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Ilia Sergeich Peplov y su mujer, Cleopatra Petrovna,
escuchaban junto a la puerta con gran ansiedad. Al otro lado, en la pequeña
sala, se desarrollaba, al parecer, una escena de declaración amorosa. Su hija
Nataschenka se prometía en aquel momento con el profesor de la Escuela
Provincial, Schupkin.
-Parece que pica -murmuraba Peplov, temblando de
impaciencia y frotándose las manos-. Mira, Petrovna... Tan pronto como empiecen
a hablar de sentimientos, descuelgas la imagen de la pared y entramos a
bendecirlos... Quedarán cogidos. La bendición con la imagen es sagrada e
irrevocable... Ni aunque acuda al juzgado podrá ya volverse atrás.
Al otro lado de la puerta estaba entablado el siguiente
diálogo:
-¡Nada de su carácter!... -decía Schupkin, frotando una
cerilla en sus pantalones a cuadros para encenderla-. Le aseguro que yo no fui
quien escribió las cartas.
-¡Vamos no diga!... ¡Como si no conociera yo su letra!
-reía la damisela lanzando grititos amanerados y mirándose al espejo a cada
momento-. La reconocí en seguida. ¡Y qué cosa tan rara!... ¡Usted, profesor de
caligrafía y haciendo esos garrapatos!... ¿Cómo va usted a enseñar a escribir a
otros si escribe usted tan mal?...
-¡Hum!... Eso no significa nada, señorita. En el
estudio de la caligrafía lo principal no es la clase de letra..., lo principal
es mantener sujetos a los alumnos. A uno se le pega con la regla en la
cabeza..., a otro se le pone de rodillas... ¡Pero la escritura! ¡Pchs!... ¡Eso
es lo de menos!... Nekrasov era un escritor y daba vergüenza ver cómo escribía.
En sus obras completas viene una muestra, ¡qué muestra!, de su caligrafía.
-Sí..., pero aquel era Nekrasov, y usted es usted...
-un suspiro-. ¡A mí me hubiera encantado casarme con un escritor! ¡Se hubiera
pasado el tiempo haciéndome versos!
-También yo puedo hacerle versos si lo desea.
-¿Y sobre qué sabe usted escribir?
-Sobre el amor..., sobre los sentimientos.... ¡Sobre
sus ojos!... Cuando los lea usted se quedará asombrada. ¡Le harán verter lágrimas!
Dígame: ¿si yo le escribiera unos versos llenos de poesía me daría a besar su
manecita?
-¡Vaya una tontería!... ¡Ahora mismo si quiere! Bésela.
Schupkin se levantó de un brinco y con ojos que
parecían prontos a saltársele apretó sus labios sobre la mano gordezuela que
olía a jabón de huevo.
-¡Descuelga la imagen! -dijo apresuradamente Peplov,
dando un codazo a su mujer, palideciendo de emoción y abrochándose los botones
de la chaqueta-. ¡Anda, vamos! -y sin perder un segundo abrió la puerta de par
en par-. ¡Hijos! -balbució, alzando las manos y con lágrimas en los ojos-. ¡Que
el Señor los bendiga! ¡Hijos míos!... ¡Vivan! ¡Sean fructíferos y
multiplíquense!...
-¡Yo!... ¡También yo los bendigo! -dijo la madre,
llorando de felicidad-. ¡Sean dichosos, queridos míos! ¡Oh!... -prosiguió,
dirigiéndose a Schupkin-. ¡Me arrebata usted mi único tesoro!... ¡Quiera a mi
hija! ¡Mímela!...
La boca de Schupkin se abrió de asombro y de susto. El
asalto de los padres había sido tan inesperado y tan atrevido que no podía
pronunciar una sola palabra.
«Me han cogido... Me han cogido... -pensó, preso de
espanto-. Te ha llegado el fin, hermano... Ya no te escaparás...» Y sumisamente
presentó su cabeza, como diciendo: «¡Tómenla..., estoy vencido!»
-¡Los... ben.., bendigo... -prosiguió el padre; y
empezó a llorar también-. ¡Natascheñka!... ¡Hija mía!... ¡Ponte a su lado!...
¡Petrovna, trae la imagen!
Pero en aquel momento el llanto del padre cesó y su
rostro se alteró con furia.
-¡Zoquete!... ¡Cabeza huera! -dijo, dirigiéndose con
enfado a su mujer-. ¿Es ésta acaso la imagen?...
-¡Ay, Dios mío!... ¡Virgen Santísima!...
¿Qué había ocurrido?... El profesor de caligrafía
levantó temerosamente los ojos y se vio salvado. En su precipitación, la madre
había descolgado equivocadamente de la pared el retrato del literato Lajechnikov.
El viejo Peplov y su esposa Cleopatra, con él entre las manos, no sabían en su
azoramiento qué hacer ni qué decir. El profesor de caligrafía aprovechó el
momento de confusión y huyó.
FIN |