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I
-¡Oye, tú..., quien seas! -gritó un señor gordo, de blancas carnes, al
divisar entre la bruma a un hombre alto y escuálido, con una barbita delgada y
una cruz de cobre sobre el pecho-. ¡Dame más vaho!
-Yo no soy bañero, señoría... Soy el barbero. La cuestión del vaho no es de
mi incumbencia. ¿Desea, en cambio, que le ponga unas ventosas...?
El señor gordo acarició sus muslos amoratados y después de pensar un poco
contestó:
-¿Ventosas?... Bueno, ¿por qué no?... Pónmelas. No tengo prisa.
El barbero corrió a la habitación de al lado en busca de los aparatos, y unos
cinco minutos después, sobre el pecho y la espalda del señor gordo proyectaban
su sombra diez ventosas.
-Lo he reconocido, señoría... -empezó a decir el barbero, mientras aplicaba
la undécima ventosa-. El sábado pasado se sirvió usted venir a bañarse aquí y me
acuerdo de que le corté los callos. Soy Mijailo, el barbero... ¿No lo
recuerda?... Aquel día me preguntó usted algo sobre las novias...
-¡Ah, sí!... ¿Y qué hay?
-Nada... Ahora estoy haciendo ejercicios espirituales y no quiero criticar
porque es pecado, pero no puedo menos de decir a su señoría (y que Dios me
perdone por mis censuras) que las novias de ahora son muy ligeras y carecen de
reflexión... Antes, las novias aspiraban a casarse con un hombre serio,
formal..., que tuviera un capitalito, que supiera hablar de todo y no se
olvidara de la religión..., pero las de ahora..., ¡la instrucción es lo único
que les interesa! No les des más que un hombre instruido...; de un comerciante o
de un funcionario no quieren ni oír hablar... ¡Se ríen de ellos!... ¡Claro que
la instrucción!... Un hombre instruido puede alcanzar un puesto muy elevado,
mientras que otro que no lo es no pasa toda su vida de escribiente y cuando
se muere no deja ni siquiera para el entierro... ¡De esos hay muchos!... Por
aquí suele venir uno de esos instruidos..., uno de Correos... Es un hombre que
sabe de todo, hasta redactar telegramas..., pero no tiene ni para lavarse con
jabón. ¡Da pena verlo!
-¡Pobre, pero honrado! -dijo una voz de bajo, ronca, que venía de la tabla de
arriba-. ¡Hombres así deben ser nuestro orgullo! ¡La instrucción, cuando va
unida a la pobreza, es testimonio de elevadas cualidades del alma!... ¡Mal
educado...!
Mijailo miró de soslayo a la tabla de arriba.
Allí, golpeándose la frente con unos vergajos, estaba sentado un hombre
escuálido y huesudo..., sólo compuesto, al parecer, de piel y de costillas. El
largo pelo colgante que le cubría no permitía ver su cara, distinguiéndose tan
sólo dos ojos llenos de desprecio y malignidad que miraban fijamente a Mijailo.
-Es uno de esos que se dejan el pelo largo... -dijo Mijailo haciendo un guiño
significativo-. De esa gente que llaman..., de ideas... ¡Cuántos de esos hay
ahora! No se les puede cazar a todos. La conversación cristiana les repugna
tanto como a las fuerzas maléficas el incienso... ¿Le oye usted defender la
instrucción?... ¡Estos son los que gustan a las novias de ahora! ¡Estos
precisamente, señoría!... ¡Da asco!... Figúrese que este otoño me manda a llamar
la hija de un pope y me dice: «Búscame, Michel... (en las casas suelen llamarme
Michel..., como rizo el pelo a las señoras...), búscame -dice- un novio. Pero
que sea escritor». Por suerte, en aquel momento sabía yo de uno. Solía éste
frecuentar la taberna de Porfirii Emejianovich, a quien acostumbraba amenazar
con hablar de él en el periódico. Cuando se le acercaba el mozo a cobrarle el
vodka que se había bebido, le pegaba una bofetada y se ponía a gritar:
«¿Cómo?... ¿Pedirme a mí que pague?... ¿No sabes acaso quién soy yo? ¿Ignoras
que puedo perderte hablando de ti en el periódico?...» Era pequeñito y solía ir
muy andrajoso... Yo lo atraje hablándole del dinero del pope, le enseñé un
retrato de la señorita, le alquilé un traje..., ¡pero a la señorita no le gustó!
«¡No tiene la cara bastante melancólica!», me dijo. Ella era la primera que no
sabía qué diablo quería.
-¡Eso es una calumnia a la Prensa! -se oyó decir desde la misma tabla a la
ronca voz de bajo-. ¡Y tú; una porquería!
-¿Porquería yo?... ¡Hum!... ¡Tiene usted la suerte, caballero, de que esta
semana esté haciendo ejercicios espirituales!... ¡De no haber sido así, le
hubiera dicho que porquería es una palabra!... Según eso, ¿también es usted
escritor?
-Sea o no sea escritor, ¿con qué derecho hablas de lo que no entiendes? ¡Ha
habido muchos escritores en Rusia y varios de ellos fueron de gran utilidad para
su país, por lo que nuestro deber es honrarlos y no hablar mal de ellos! Con esto me refiero lo mismo a los escritores profanos que a los religiosos.
-¡Los religiosos no se ocupan de tales asuntos!
-¡Eso no lo puedes comprender tú..., ignorante!... ¡Dmitrii Rostovskii,
Innokentii Jersonskii, Filaret Moscovskii y demás hombres de la iglesia,
contribuyeron con sus creaciones a la formación de la cultura!
Mijailo miró de reojo a su adversario y movió la cabeza.
-Este me está resultando demasiado... -murmuro rascándose la nuca-, demasiado
inteligente... ¡Por algo lleva esos pelos!... ¡Por algo!... Lo comprendemos
perfectamente -dijo en voz alta-, y ahora mismo vamos a demostrarle que sabemos
la clase de persona que es. (Quédese un ratito con las ventosas, señoría, que yo
en seguida vuelvo. Voy a decir solamente...)
Y Mijailo, acomodándose al andar los mojados pantalones y chapoteando con los
pies descalzos, pasó a la habitación de al lado.
-Escucha... Ahora saldrá del baño uno de esos de pelo largo... -dijo
dirigiéndose al joven que vendía el jabón-. Vigílalo... Es de esos que van
sembrando la confusión entre la gente... De esos que andan a vueltas con las
ideas... Habría que ir a buscar a Nazar Zajarevich...
-Debes decírselo a los muchachos.
Mijailo se dirigió a los muchachos encargados del guardarropa y les dijo en
voz baja:
-Ahora va a salir uno de pelo largo... De esos que van sembrando la confusión
entre la gente. Hay que vigilarlo e ir corriendo a avisar al ama y que mande a
buscar a Nazar Zajarevich para que levante acta... ¡Dice unas cosas!... ¡Tiene
unas ideas...!
-¿Cuál de pelo largo? -preguntan inquietos los muchachos-. Aquí no se ha
quitado la ropa nadie de esas señas. En total se la han quitado seis. Dos
tártaros, un caballero, dos comerciantes, un diácono... y nadie más. ¿A ver si
es que has tomado al padre diácono por uno de esos de pelo largo de que
hablas...?
-¡Diablo, qué cosas se les ocurren! ¡Sé lo que digo!
Mijailo examinó la vestimenta del diácono, palpó su traje y se encogió de
hombros... Una expresión de profundo asombro se deslizó por su rostro.
-¿Cómo es?
-Delgadito..., rubio..., con una barbita... está constantemente tosiendo.
-¡Hum!... -murmuró Mijailo-. ¡Entonces..., eso quiere decir que he ofendido a
una persona del clero!... ¡Dios mío!... ¡Qué pecado! ¡Qué pecado!... ¡Yo, que
estoy haciendo ejercicios espirituales, hermanos!..., ¿cómo voy a poder
confesarme después de haber ofendido a una persona del clero?... ¡Perdona, Dios
mío, al pecador!... ¡Corro a pedirle perdón...!
Y Mijailo, rascándose la nuca y con rostro afligido, se dirigió a los baños.
Ya no estaba el diácono en la tabla de arriba, sino abajo, junto a los grifos y
llenando de agua un barreño.
-¡Padre diácono! -le dijo Mijailo con voz llorosa-. ¡Perdone a este pecador,
por el amor de Dios!
-¿Qué tengo que perdonarle?
Mijailo suspiró profundamente; se arrodilló ante el diácono e inclinándose
hasta el suelo dijo:
-¡Haber pensado que en su cabeza había ideas...!
II
-Me asombra que su hija..., dada su belleza y su buena conducta... no se haya
casado todavía -dijo Nicodim Egorich mientras subía a la tabla de arriba.
Nicodim Egorich Potichkin estaba desnudo como cualquier hombre desnudo, pero
llevaba puesto un gorro sobre su cabeza calva. Tenía miedo a la congestión
cerebral y al ataque de apoplejía, por lo que tomaba siempre su baño de vapor
con su gorro encima de la cabeza. Su compañero Macar Tarasich Peschkin,
viejecillo de piernas delgaduchas y azuladas, al escuchar esta pregunta se
encogió de hombros y dijo:
-No se ha casado porque Dios no me ha dotado de suficiente carácter. Soy demasiado tímido, Nicodim Egorich, y ahora no sirve
de nada la timidez. Los novios de ahora son feroces y hay que tratarlos con
procedimientos adecuados.
-¿Cómo feroces?... ¿Desde qué punto de vista...?
-¡Muy consentidos!... Hay que emplear con ellos la severidad, Nicodim Egorich...
No andar con contemplaciones y, si es necesario, pegarles unas cuantas bofetadas
y acudir a la Policía... ¡Eso es lo que hay que hacer!... Son gente inútil...,
sin ningún valor...
Los dos amigos se tumbaron el uno al lado del otro sobre la tabla y empezaron
a darse golpes con los vergajos.
-Sin ningún valor... -prosiguió Macar Tarasich-. A mí me han hecho sufrir bastante..., ¡canallas!... Si mi carácter fuera más
firme..., hace tiempo que mi Dascha estaría casada y tendría una porción de
niños... ¡Eso es!... A decir verdad, ahora, en el campo femenino, señor mío, hay
un cincuenta por ciento de solteronas... ¡Y observe bien, Nicodim Egorich...,
que todas estas mozas tuvieron novios en su juventud!... ¿Por qué no se
casaron?... ¿Cuál fue la causa?... No se casaron porque los padres no supieron
retener al novio y lo dejaron escapar.
-Exacto.
-El hombre de hoy en día está muy consentido..., es necio y despreocupado.
Todo lo quiere gratis y con ventaja. Le das lo que se le antoja y encima te pide
dinero... Cuando se casa calcula: «Si me caso, tendré dinero.» ¡Lo de menos es
que coma, que zampe y que acepte mi dinero..., pero que haga siquiera la merced
de casarse con la criatura!... Porque a veces, además de que te cuesta el
dinero, acabas sufriendo y llorando. Los hay que hacen la corte a la muchacha y
que cuando llegan al punto decisivo, esto es, al momento de ir a la iglesia, se
vuelven atrás y se ponen a hacer la corte a otra. ¡Desde luego, el noviazgo es
muy agradable!... ¡encantador!... Le dan a uno de comer, de beber, le prestan lo
que necesita... Por eso el novio sigue así hasta la vejez, y cuando le llega la
muerte ya no le hace falta casarse. Algunos están calvos, tienen el pelo blanco
y se les doblan las rodillas..., ¡pero siguen de novios!... Hay otros que no se
casan por pura estupidez. Un hombre tonto no sabe él mismo lo que quiere, y por
eso tan pronto le parece mal una cosa como otra. Frecuenta las casas..., hace el
amor... y de pronto, sin que se sepa por qué, sale diciendo: «No puedo casarme.
No me da la gana casarme.» Como ejemplo puedo citarle al señor Catavasov, el
primer novio de Dascha..., maestro de escuela y consejero titular al mismo
tiempo... Había estudiado todas las ciencias. Francés, alemán, matemáticas..., y
luego resultó ser un majadero. ¡Un perfecto estúpido y nada más!... ¿Se ha
dormido usted, Nicodim Egorich?
-No, no... Es que me agrada cerrar los ojos.
-Así, pues..., como le digo..., empezó a hacer la corte a mi Dascha. He de
advertirle que entonces Dascha no había cumplido todavía los veinte años. ¡Era
un asombro de muchacha! ¡Un dátil!... Gruesa..., formal... El consejero civil
Ciceronov le pidió de rodillas que fuera de institutriz a su casa, pero ella no
quiso. Catavasov empezó a frecuentar la nuestra, venía diariamente y se quedaba
hasta la noche conversando con ella sobre física y otras diversas ciencias. Le
traía libros, le oía tocar el piano... Lo que más le interesaba eran los libros,
pero mi Dascha no necesitaba libros... Como también ella era muy erudita, libros
no le faltaban... Él, sin embargo, le estaba siempre diciendo que leyera esto y
que leyera lo otro... ¡Un aburrimiento de muerte!... Observé, no obstante, que
la quería y que ella tampoco parecía tener nada en contra de él..., aunque solía
decirme: «No me gusta, papaíto, que no sea militar...» Cierto que no era
militar, pero tenía una buena posición..., un carácter noble..., no era
borracho..., conque ¿qué más se podía pedir?... Solicitó su mano..., se les
bendijo ¡y ni siquiera se informó de la dote!... Sobre este punto... ¡silencio!
Lo mismo que si hubiera sido un ser incorpóreo que puede pasarse sin una dote.
Se fijó el día de la boda, ¿y qué se figura usted que pasó?... ¿Eh?... Pues que
tres días antes de ésta se me presenta en la tienda el propio Catavasov, con los
ojos irritados, el rostro pálido como si le hubieran dado un susto y temblando
con todo su cuerpo.
»-¿Qué se le ofrece? -le pregunté yo.
»-¡Perdóneme, Macar Tarasich! -dijo él-; pero no puedo casarme con Daria
Macarovna. ¡Me he equivocado! -dijo-. ¡Su florida juventud..., su
imaginación..., me hicieron pensar que había de encontrar en ella el terreno...,
digamos..., la frescura espiritual!... ¡Veo, sin embargo, que ya ha tenido
tiempo de adquirir otras inclinaciones! Dice que le atrae la vanidad, que no
sabe lo que es trabajar y que con la leche de su madre ha mamado... Ya no
recuerdo qué era lo que había mamado... Él seguía hablando y llorando al mismo
tiempo. Yo, señor mío, me limité a enfadarme y lo dejé marchar. Ni me dirigí al
juez, ni fui a quejarme a su jefe, ni dije nada por la ciudad. Si hubiera
acudido al juez, seguro que se hubiera asustado y se hubiera casado... A la
autoridad le tendría sin cuidado lo que ella había mamado... ¿Te has prometido a
una joven?... ¡Pues tienes que casarte, y se acabó!... ¿Oyó usted hablar de un
comerciante llamado Kliakin?... Era un mujik, ¡pero qué ocurrencia tuvo!...
También el novio de su hija, que había reparado en que la cuestión de la dote no
estaba del todo clara, empezó a protestar. Kliakin entonces se encerró con él en
la despensa, sacó de su bolsillo una gran pistola con todas las balas en regla y
le dijo: «¡Jura delante de la imagen que te casarás! ¡Si no lo haces -dijo-,
ahora mismo te mataré, canalla! ¡Ahora mismo!...» El joven juró y se casó. ¿Lo
está usted viendo?... Yo, en cambio, no soy capaz de hacer eso ni de pegarme con
nadie... En otra ocasión, un funcionario ucraniano... un tal Briusdenco..., vio
a mi Dascha y se enamoró de ella. Iba tras de ella, rojo como un cangrejo y
diciéndole una porción de cosas. Su boca despedía calor, como una estufa. Se
pasaba el día entero sentado en nuestra casa y la noche paseando bajo las
ventanas. También Dascha había empezado a quererlo. Le gustaban sus ojos, porque
decía que en ellos había ¡fuego y negrura de noche!... Así, pues, el ucraniano
venía a visitarnos, y un día se decidió a pedir la mano de Dascha. Ésta, que
puede decirse que estaba encantada..., se la concedió. «Comprendo, papaíto -me
dijo-, que no es militar; pero como, en cambio, pertenece al departamento de
Asuntos Eclesiásticos..., o sea, como si fuera de intendencia, lo quiero
mucho...» Se veía que la muchacha, a pesar de su juventud, sabía distinguir...
¿Se fija usted cómo dijo «¡De intendencia!»?... Cuando el ucraniano se enteró de
la dote, regateó un poco conmigo, pero dijo que estaba conforme con todo. Lo
único que quería era que la boda se celebrara lo antes posible. Pues bien...,
cuando llegó el día de los esponsales y vio reunidos a los invitados, se agarró
la cabeza con las manos y exclamó: «¡Dios mío! ¡Cuántos parientes tiene! ¡No
estoy conforme..., no! ¡No puedo! ¡No quiero!...» Y así dale que dale. Yo
intenté por todos los medios tranquilizarlo. «Pero ¿se ha vuelto loco su
señoría?... ¡Cuantos más parientes, más honor!...» Pero él no estaba de acuerdo
con esto. Cogió su gorro y no volvimos a verlo más. Le contaré también otro
caso: El guardabosque Alialiev pretendió casarse con Dascha. La quería por su
inteligencia y por su conducta. A su vez, Dascha se enamoró de él. Le agradaba
su carácter equilibrado. Era, en efecto, un hombre bueno y noble. Procedió en
aquella ocasión con mucha seriedad. Se enteró de la cuantía de la dote, revolvió
todos los baúles y reprendió a Matriona por no haber sabido preservar bien las
capas de la polilla. A mí también me dio una lista de sus haberes. Era, desde luego, un noble carácter y una persona seria (es un pecado hablar
mal de él) y, a decir verdad, a mí me gustaba enormemente. Se pasó dos meses
regateando conmigo. Yo le daba ocho mil, pero él quería ocho mil quinientos.
Regateábamos y regateábamos constantemente. Se daba el caso de que nos
sentáramos a tomar el té, lleváramos bebidos quince vasos y siguiéramos siempre
regateando... Yo subí hasta doscientos, pero él no quiso aceptar. ¡Y eso fue lo
que nos separó!... ¡Trescientos rublos!... Él se fue todo pálido y lloroso...
¡Quería tanto a Dascha!... Ahora, pecador de mí, me culpo a mí mismo... Debería
haberle dado los trescientos rublos o haberlo asustado o avergonzado delante de
la ciudad entera..., o haberlo metido en una habitación oscura y propinado unas
cuantas bofetadas. ¡Ahora me doy cuenta de que el que perdió fui yo! ¡Perdí por
tonto!... Pero ¡qué se le va a hacer, Nicodim Egorich!... Mi carácter es así...,
demasiado tímido.
-Demasiado tímido..., exacto. Bien... yo ya me voy. Siento la cabeza un poco
pesada.
Nicodim Egorich se golpeó con los vergajos por última vez y bajó. Macar
Tarasich agitó los suyos con renovado brío y suspiró.
FIN |