|
Rápidamente
pasaron los días en el hospital de N. y yo comencé poco a poco a acostumbrarme a
mi nueva vida.
En las aldeas
continuaban agramando el lino, los caminos seguían estando intransitables y a la
consulta no venían más de cinco personas cada día. Las noches las tenía
completamente libres y las dedicaba a poner en orden la biblioteca, a leer los
manuales de cirugía y a tomar té, larga y solitariamente, junto al samovar.
La lluvia caía
durante días y noches enteras y las gotas golpeaban inexorablemente el techo; el
agua caía con gran fuerza bajo la ventana y resbalaba por el canalón hacia un
cubo. El patio estaba cubierto de fango, de niebla, de una negra penumbra en la
cual, como manchas opacas y difusas, se iluminaban las ventanas de la casita del
enfermero y la lámpara de petróleo del portón.
Una de aquellas
noches estaba yo sentado en mi gabinete y estudiaba un atlas de anatomía
topográfica. A mi alrededor había un completo silencio, interrumpido de vez en
cuando por el roer de los ratones detrás del aparador del comedor.
Estuve leyendo
hasta que mis párpados, ya pesados, comenzaron a cerrarse. Finalmente bostecé,
dejé a un lado el atlas y decidí acostarme. Me estiré y, saboreando por
anticipado un sueño pacífico, acompañado por el ruido y el golpeteo de la
lluvia, me dirigí a mi dormitorio, me desvestí y me acosté.
No había tenido
siquiera tiempo de rozar la almohada cuando, delante de mí, en la penumbra
soñolienta, apareció el rostro de Ana Prójorova, de diecisiete años, de la aldea
Tóropovo. A Ana Prójorova había que extraerle un diente. El enfermero Demián
Lukich se deslizó suavemente con unas brillantes tenazas en las manos. Recordé
cómo decía "aquesto" en lugar de "esto", llevado por el amor que profesaba al
estilo elevado. Sonreí y me quedé dormido.
Sin embargo, no
había pasado media hora cuando me desperté de repente, como si me hubieran dado
un tirón; me senté y, examinando con temor la oscuridad, me puse a escuchar con
atención.
Alguien golpeaba
con fuerza e insistencia la puerta exterior y desde un primer momento presentí
que aquellos golpes eran de mal agüero.
Llamaban a mi
apartamento.
Los golpes
cesaron, resonó el cerrojo; se oyó la voz de la cocinera y, en respuesta, una
voz poco clara; luego alguien subió por la escalera, provocando chirridos, entró
silenciosamente en el gabinete y llamó en mi dormitorio.
-¿Quién es?
-Soy yo -me
respondió un respetuoso susurro-, yo, Axinia, la enfermera.
-¿De qué se
trata?
-Ana Nikoláievna
me envía a buscarle, pide que vaya enseguida al hospital.
-¿Qué ha
sucedido? -pregunté, y sentí que el corazón me daba un vuelco.
-Han traído a
una mujer de Dúltsevo. Tiene complicaciones con el parto.
"Ya está. Ya
comenzamos -cruzó por mi cabeza, mientras trataba inútilmente de meter mis pies
en las zapatillas-. ¡Ah, diablos! Las cerillas no encienden. Bien, tarde o
temprano tenía que suceder. No podía pasarme toda la vida con las laringitis y
los catarros estomacales."
-Está bien.
¡Vete y dile que ahora mismo iré! -grité, y me levanté de la cama. Detrás de la
puerta se oyeron los pasos de Axinia y de nuevo resonó el cerrojo. El sueño
desapareció en un instante. Con dedos temblorosos encendí la lámpara
apresuradamente y comencé a vestirme. Las once y media... ¿Qué complicaciones
con el parto tendría aquella mujer? Jumm...,
posición incorrecta..., pelvis estrecha... O quizá alguna cosa peor. Tal vez
tendré que utilizar los fórceps. ¿No sería mejor enviarla directamente a la
ciudad? ¡Impensable! "¡Qué doctor tan bueno!", dirían todos. Y además, no tengo
derecho a hacerlo. No, tengo que hacerlo yo mismo. ¿Hacer qué? El diablo lo
sabe. Será una tragedia si me confundo, una vergüenza ante las comadronas.
Aunque primero es necesario ver de qué se trata; no vale la pena inquietarse
antes de tiempo...
Me vestí, me
puse el abrigo y, confiando mentalmente en que todo saldría bien, corrí bajo la
lluvia hacia el hospital, pisando sobre tablones que al hundirse hacían saltar
el agua del patio. En la semioscuridad se distinguía, junto a la entrada, una
carreta; el caballo golpeaba con sus cascos las tablas podridas.
-¿Usted ha
traído a la parturienta? -pregunté a la figura que se movía junto al caballo.
-Yo... sí, yo,
padrecito -contestó lastimeramente una voz de mujer.
En el hospital,
pese a lo avanzado de la hora, había agitación. En la recepción ardía,
parpadeante, una lámpara de petróleo. Por el angosto corredor que conducía a la
sección de maternidad, Axinia pasó rápidamente junto a mí, llevando una
palangana. Detrás de la puerta se oyó de pronto un débil gemido que cesó
inmediatamente. Abrí la puerta y entré en la sala de partos. La pequeña
habitación blanqueada estaba intensamente iluminada por la lámpara del techo. En
la cama, junto a la mesa de operaciones, yacía una mujer joven, cubierta hasta
el mentón por una manta. Su rostro estaba desfigurado por una mueca de dolor y
húmedos mechones de pelo se le habían pegado a la frente. Ana Nikoláievna, con
un termómetro en la mano, preparaba una solución en un recipiente, mientras la
segunda comadrona, Pelagueia Ivánovna, sacaba sábanas limpias del armario. El
enfermero, apoyado contra la pared, estaba en pose de Napoleón. Al verme, todos
se animaron. La parturienta abrió los ojos, se estrujó las manos y de nuevo
gimió lastimeramente.
-¿Qué ocurre?
-pregunté, y yo mismo me asombré del tono de mi voz. Hasta tal punto era seguro
y tranquilo.
-Posición
transversal -contestó rápidamente Ana Nikoláievna, mientras continuaba echando
agua en la solución.
-Bien -dije
alargando las sílabas y frunciendo el entrecejo-; bien, veamos...
-¡El doctor
tiene que lavarse las manos! ¡Axinia! -gritó de inmediato Ana Nikoláievna.
Su rostro había adquirido una expresión seria y solemne.
Mientras corría
el agua y me quitaba la espuma de las manos enrojecidas por el cepillo, hacía
preguntas poco importantes a Ana Nikoláievna;
por ejemplo, cuándo habían
traído a la parturienta y de dónde venía...
La mano de
Pelagueia Ivánovna levantó la manta y yo, sentándome al borde de la cama y
tocándola suavemente, comencé a palpar el vientre hinchado. La mujer gemía, se
estiraba, crispaba los dedos, arrugaba la sábana.
-Tranquila,
tranquila..., aguanta -le dije, mientras apoyaba cuidadosamente las manos sobre
su piel estirada, ardiente y seca.
En realidad,
después de que la experimentada Ana Nikoláievna me había sugerido de qué se
trataba, este examen no era necesario. Por más que continuara examinándola, no
sabría más que Ana Nikoláievna. Su diagnóstico era, por supuesto, correcto.
Posición transversal. Era evidente. Bien, ¿y después?
Frunciendo el
entrecejo, continué palpando el vientre por todos lados y de reojo observaba los
rostros de las comadronas. Estaban concentradas y serias y en sus ojos leí
aprobación a lo que yo hacía. En efecto, mis movimientos eran seguros y
correctos; intentaba ocultar mi intranquilidad en lo más recóndito de mi ser y
no demostrarla de ninguna manera.
-Bien -dije tras
un suspiro, y me levanté de la cama, ya que por fuera no se podía ver nada más-,
hagamos la exploración interna.
La aprobación
apareció de nuevo en los ojos de Ana Nikoláievna.
-¡Axinia!
De nuevo corrió
el agua.
"¡Eh, si pudiera
leer ahora el Doderlein!", pensé tristemente mientras me enjabonaba las manos.
Pero era imposible hacerlo en ese momento. Además, ¿cómo me podría ayudar en
aquel momento Doderlein? Me quité la espesa espuma y me unté los dedos con yodo.
La sábana limpia crujió bajo las manos de Pelagueia Ivánovna. Inclinándome hacia
la parturienta comencé tímida y cuidadosamente a realizar la exploración
interna. En mi memoria surgió de manera espontánea la imagen de la sala de
operaciones de la maternidad. Lámparas eléctricas que ardían intensamente dentro
de globos opacos, un brillante suelo de baldosas, el instrumental y los grifos
que relucían por todas partes. El asistente, con una bata blanca como la nieve,
manipulaba sobre la parturienta; a su alrededor estaban tres ayudantes, los
médicos practicantes y una multitud de estudiantes. Todo estaba bien, era
luminoso y sin peligro.
Aquí, en cambio,
estoy completamente solo y tengo en mis manos a una mujer que sufre; yo respondo
por ella. Pero no sé cómo ayudarla pues sólo he visto de cerca un parto dos
veces en mi vida. En este momento estoy realizando una exploración, pero eso no
me hace sentir ningún alivio a mí ni a la parturienta; no entiendo absolutamente
nada ni consigo palpar nada en su interior.
Pero había
llegado el momento de decidirse a hacer algo.
-Posición
transversal... como se trata de una posición transversal, entonces es
necesario... es necesario hacer...
-Un viraje sobre
la piernecita -no pudo contenerse y dijo, como para sí misma, Ana Nikoláievna.
Un médico viejo
y experimentado la habría mirado con desaprobación por entrometerse y
adelantarse con sus conclusiones... Yo, en cambio, no soy una persona que se
ofenda con facilidad.
-Sí -confirmé
significativamente-, un viraje sobre la piernecita.
Y entonces
desfilaron con rapidez ante mis ojos las páginas de Doderlein. Viraje
directo..., viraje combinado..., viraje indirecto...
Páginas,
páginas... y en ellas dibujos. La pelvis, bebés torcidos, asfixiados, con
enormes cabezas..., una manita que cuelga y en ella un lazo.
Hacía poco
tiempo que había leído el libro. Además,
lo había subrayado, reflexionando atentamente sobre cada palabra, imaginándome
la correlación de las partes y todos los métodos. Al leerlo, me parecía que el
texto quedaría para siempre impreso en mi cerebro.
Pero ahora, de
entre todo lo leído, sólo surgía una frase:
"La posición
transversal es una posición absolutamente desfavorable."
Lo cierto,
cierto. Absolutamente desfavorable tanto para la mujer que va a parir como para
el médico que ha terminado la universidad sólo seis meses atrás.
-Está bien...,
lo haremos -dije incorporándome.
El rostro de Ana
Nikoláievna se animó.
-Demián Lukich
-se dirigió al enfermero-, prepare el cloroformo.
¡Fue magnífico
que lo dijera porque en ese momento yo no estaba seguro de si la operación debía
realizarse con anestesia o sin ella! Por supuesto que con anestesia. ¡Acaso
podía ser de otra manera!
Pero de
cualquier forma tenía que consultar el Doderlein...
Me lavé las
manos y dije:
-Bien...,
prepárenla para la anestesia, colóquenla en la mesa. Ahora vuelvo, voy a casa a
buscar mis cigarrillos.
-Está bien,
doctor, está bien, hay tiempo -contestó Ana Nikoláievna.
Me sequé las
manos, la enfermera me echó el abrigo sobre los hombros y, sin meter los brazos
en las mangas, corrí a casa.
Una vez en mi
gabinete encendí la lámpara y, olvidando quitarme el gorro, me lancé hacia la
estantería.
Allí estaba:
Doderlein. Operaciones en obstetricia. Comencé a pasar rápidamente las lustrosas
páginas.
"...el viraje
representa siempre una operación peligrosa para la madre..."
Un escalofrío
recorrió mi espalda a todo lo largo de la columna vertebral.
"...el peligro
principal radica en la posibilidad de un desgarramiento espontáneo del útero..."
Es-pon-tá-ne-o.
"...si el
partero al introducir la mano en el útero, como consecuencia de la falta de
espacio o por la influencia de la reducción de las paredes del útero, encuentra
dificultades para llegar hasta la pierna, debe renunciar a intentos posteriores
de realizar el viraje..."
Bien. Si por
algún milagro llegara a ser capaz de determinar esas "dificultades" y de
renunciar a "intentos posteriores", ¿qué haría con esa mujer anestesiada de la
aldea de Dúltsevo?
Más adelante:
"...se prohíbe
terminantemente tratar de llegar hasta las piernas a lo largo de la espalda del
feto..."
Lo tomaremos en
cuenta.
"...sujetar la
pierna que está arriba se considera un error, ya que al hacerlo el feto puede
girar sobre su propio eje, lo que puede originar un grave encajamiento del feto
y puede conducir a las más tristes consecuencias..."
"Tristes
consecuencias." Algo indefinidas, ¡pero qué palabras tan impresionantes! ¿Y si
el marido de la mujer de Dúltsevo se queda viudo? Me sequé el sudor de la
frente, reuní fuerzas y, saltándome aquellos terribles pasajes, traté de
recordar sólo lo esencial: qué es lo que debía hacer y por dónde introducir la
mano. Pero mientras recorría rápidamente los negros párrafos, una y otra vez me
topaba con nuevas cosas terribles. Me saltaban a la vista:
"...debido al
enorme peligro de desgarramiento... los virajes interno y combinado son de las
operaciones obstétricas más peligrosas para la madre..."
Y como acorde
final:
"...con cada
hora de retraso, crece el peligro..."
¡Basta! La
lectura trajo sus frutos: todo se confundió definitivamente en mi cabeza y en un
instante me convencí de que no entendía nada, y sobre todo, de que no sabía qué
tipo de viraje iba a realizar: ¡combinado, no combinado, directo, indirecto...!
Abandoné el
Doderlein y me dejé caer en el sillón, forzándome a poner en orden mis fugitivos
pensamientos... Luego miré el reloj. ¡Diablos! ¡Llevaba veinte minutos en casa!
En el hospital me esperaban.
"...con cada
hora de retraso..."
Las horas se
componen de minutos y los minutos, en estos casos, vuelan a una velocidad
increíble. Arrojé el Doderlein y corrí de regreso al hospital.
Todo estaba
listo. El enfermero estaba de pie junto a la mesita y en ella preparaba la
mascarilla y el frasco con cloroformo. La parturienta ya estaba acostada en la
mesa de operaciones. Un gemido ininterrumpido se extendía por toda la clínica.
-Aguanta,
aguanta -balbuceaba tiernamente Pelagueia Ivánovna, inclinándose hacia la
mujer-, el doctor te ayudará ahora mismo.
-No tengo
fuerzas..., no... ¡Ya no tengo fuerzas!... ¡No lo soportaré!
-No temas, no
temas... -balbuceaba la comadrona-. ¡Lo soportarás! Ahora te daremos a oler
algo... No sentirás nada.
El agua salía
ruidosamente de los grifos; Ana Nikoláievna y yo comenzamos a limpiarnos y a
lavarnos las manos y los brazos desnudos hasta el codo. Ana Nikoláievna, con un
fondo de gemidos y lamentos, me contaba cómo mi antecesor -un experto cirujano-
hacía los virajes. Yo la escuchaba ansiosamente, procurando no perderme una sola
palabra. Y esos diez minutos me dieron más que todo lo que había leído sobre
obstetricia cuando me preparaba para el examen estatal, en el que -justamente en
obstetricia- había obtenido una nota "sobresaliente". Por palabras aisladas,
frases inconclusas, insinuaciones hechas de paso, me enteré de lo más necesario,
de aquello que no se encuentra nunca en ningún libro. Cuando comencé a secarme
las manos -idealmente blancas y limpias- con gasa esterilizada, la decisión ya
se había adueñado de mí y tenía en la cabeza un plan firme y determinado. En
aquel momento ya no tenía para qué pensar si el viraje iba a ser combinado o no
combinado.
Todos aquellos
términos científicos ahora no venían al caso. Lo importante era una cosa: debía
introducir una mano, con la otra ayudarme desde fuera para ejecutar el viraje y,
confiando ya no en los libros sino en el sentido de la medida sin el cual el
médico no sirve para nada, debía cuidadosa pero insistentemente hacer bajar una
piernecita y, tirando de ella, extraer el bebé.
Debía estar
tranquilo y ser cuidadoso pero al mismo tiempo ilimitadamente decidido y audaz.
-Comencemos -le
ordené al enfermero, y empecé a untarme los dedos con yodo.
Pelagueia
Ivánovna inmediatamente cruzó los brazos de la parturienta y el enfermero cubrió
con la mascarilla el rostro extenuado. Del frasco amarillo oscuro comenzó a
gotear el cloroformo. Un olor dulce y nauseabundo inundó la habitación. Los
rostros del enfermero y de las comadronas se volvieron severos, como si
estuvieran inspirados.
-¡Ah! ¡¡Ah!!
-gritó de pronto la mujer. Durante unos segundos se agitó, intentando quitarse
la máscara.
-¡Sujétenla!
Pelagueia
Ivánovna la sujetó por los brazos, los dobló y los apretó contra el pecho. La
mujer gritó unas cuantas veces más alejando el rostro de la máscara. Pero cada
vez se movía menos..., cada vez menos... Luego balbuceó sordamente:
-¡Ah!...
¡Suéltame!... ¡Ah!
Balbuceaba cada
vez más débilmente. La blanca habitación quedó en silencio. Las gotas
transparentes seguían cayendo sobre la gasa blanca.
-Pelagueia
Ivánovna, ¿el pulso?
-Es bueno.
Pelagueia
Ivánovna levantó el brazo de la mujer y lo dejó caer; éste, inanimado como una
rama, se precipitó sobre la sábana. El enfermero retiró la mascarilla y miró las
pupilas.
-Duerme.
* * *
Un charco de
sangre. Mis brazos están ensangrentados hasta el codo. En las sábanas hay
manchas sanguinolentas. Coágulos rojos y bolas de gasa. Y Pelagueia Ivánovna
sacude al recién nacido y le da golpecitos. Axinia hace ruido con los baldes al
verter el agua en las palanganas. Sumergen al niño alternativamente en agua fría
y caliente. El bebé calla y su cabeza parece sujeta por un hilo, cuelga sin vida
y se balancea de un lado a otro. Pero de pronto: se escucha algo como un
chirrido, o un gemido, y después se oye el primer grito, ronco y débil.
-Está vivo...,
está vivo... -murmura Pelagueia Ivánovna, y coloca al bebé sobre una almohada.
Y la madre
también está viva. Por suerte no ha ocurrido nada terrible. Yo mismo le tomo el
pulso. Sí, es regular y claro; el enfermero sacude ligeramente a la mujer por el
hombro y dice:
-Bueno, mujer,
mujer, despierta.
Arrojan a un
lado las sábanas ensangrentadas y apresuradamente cubren a la madre con una
sábana limpia; el enfermero y Axinia se la llevan a la sala. El bebé, ya
envuelto en sus pañales, se marcha sobre la almohada. Una pequeña carita marrón
y arrugada mira desde el borde blanco sin dejar de emitir un agudo llanto.
El agua corre
por los grifos de los lavabos. Ana Nikoláievna fuma ansiosamente un cigarrillo,
arruga la cara a causa del humo y tose.
-Doctor, ha
hecho usted muy bien el viraje, con mucha seguridad.
Me froto
afanosamente las manos con un cepillo y la miro de reojo: ¿estará burlándose?
Pero en su rostro hay una sincera expresión de orgullosa satisfacción. Mi
corazón rebosa alegría. Miro el blanco y sangriento desorden que hay a mi
alrededor, el agua roja de la palangana y me siento vencedor. Pero en algún
recóndito lugar de mi ser se agita el gusano de la duda.
-Todavía debemos
esperar a ver qué ocurre después -digo.
Ana Nikoláievna
levanta asombrada la vista hacia mí.
-¿Qué puede
ocurrir? Todo ha salido bien.
Murmuro
cualquier cosa como respuesta. En realidad, lo que quisiera decir es lo
siguiente: ¿estará todo intacto en el interior de la madre?, ¿no la habré
lastimado durante la operación...? Esto atormenta confusamente mi corazón. ¡Pero
mis conocimientos de obstetricia son tan poco claros, tan librescamente
fragmentarios! ¿Un desgarramiento? ¿Cómo debe manifestarse? ¿Cuándo se
presentarán los primeros síntomas, ahora o más tarde...? No, mejor no hablar
sobre este tema.
-Cualquier cosa
puede ocurrir -digo yo-, no está excluida la posibilidad de una infección. -repito
la primera frase que se me ocurre de algún manual.
-¡Ah, eso!
-alarga tranquilamente las palabras Ana Nikoláievna-. Si Dios quiere nada
ocurrirá. ¿Una infección? Todo está limpio y esterilizado.
* * *
Era más de la
una cuando regresé a mi apartamento. Sobre el escritorio del gabinete, bajo la
mancha de luz de la lámpara, yacía pacíficamente el Doderlein, abierto en la
página "Peligros del viraje". Durante casi una hora, estuve bebiendo el té ya
frío y hojeando el libro. Entonces ocurrió algo interesante: todos los pasajes
que hasta ese momento me habían resultado oscuros se volvieron completamente
claros, como si se hubieran llenado de luz, y allí, bajo la luz de la lámpara,
por la noche, en aquel lugar apartado, comprendí lo que significa el verdadero
conocimiento.
"Se puede
adquirir una gran experiencia en la aldea -pensé mientras me quedaba dormido-,
pero hay que leer, leer todo lo posible..., leer..."
FIN |