|
El muchacho venía del río.
Descalzo, con los pantalones arremangados por encima de las rodillas, las
piernas sucias de lodo. Vestía una camisa roja, abierta en el pecho, donde los
primeros vellos de la pubertad empezaban a ennegrecer. Tenía el pelo oscuro,
mojado por el sudor que le escurría por el cuello delgado. Se inclinaba un poco
hacia delante, bajo el peso de los largos remos, de los que pendían hilos verdes
de limos aún goteantes. El barco quedó balanceándose en el agua turbia y, allí
cerca, como si lo espiasen, afloraron de repente los ojos globulosos de una
rana. El muchacho la miró, y ella le miró. Después la rana hizo un movimiento
brusco y desapareció. Un minuto más y la superficie del río quedó lisa y
tranquila, y brillante como los ojos del muchacho. La respiración del limo
desprendía lentas y muelles burbujas de gas que la corriente arrastraba. En el
calor espeso de la tarde los chopos altos vibraban silenciosamente y, de golpe,
flor rápida que naciese del aire, un ave azul pasó rasando el agua. El muchacho
levantó la cabeza. Desde el otro lado del río una muchacha le miraba, inmóvil.
El muchacho levantó la mano libre y todo su cuerpo dibujó el gesto de una
palabra que no se oyó. El río fluía, lento.
El muchacho subió la
ladera, sin mirar atrás. La hierba se acababa allí mismo. Hacia arriba, hacia
allá, el sol calcinaba los terrones de los barbechos y los olivares cenicientos.
Metálica, durísima, una cigarra roía el silencio. En la distancia la atmósfera
temblaba.
La casa era baja,
achaparrada, bruñida de cal, con una franja de ocre violento. Un lienzo de pared
ciega, sin ventanas, una puerta en la que se abría un postigo. En el interior el
suelo de barro refrescaba los pies. El muchacho apoyó los remos, se limpió el
sudor con el antebrazo. Se quedó quieto, escuchando los golpes del corazón, el
pausado brotar del sudor que se renovaba en la piel. Estuvo así unos minutos,
sin conciencia de los rumores que venían de la parte de detrás de la casa y que
se transformaron, de súbito, en gañidos lancinantes y gratuitos: la protesta de
un cerdo atado. Cuando, por fin, empezó a moverse, el grito del animal, esta vez
herido e insultado, le golpeó en los oídos. Y en seguida oyó otros gritos,
agudos, rabiosos, una súplica desesperada, una llamada que no espera socorro.
Corrió hacia el patio, pero
no pasó del umbral de la puerta,. Dos hombres y una mujer sujetaban al cerdo.
Otro hombre, con un cuchillo ensangrentado, le abría un tajo vertical en el
escroto. En la paja brillaba ya un óvalo achatado, rojo. El cerdo temblaba
entero, lanzaba gritos entre las quijadas que apretaba una cuerda. La herida se
alargó, el testículo apareció, lechoso y rayado de sangre, los dedos del hombre
se introdujeron en la abertura, tiraron, retorcieron, arrancaron. La mujer tenía
el rostro pálido y crispado. Desataron al cerdo, le liberaron el hocico y uno de
los hombres se agachó y cogió las dos piezas, gruesas y suaves. El animal dio
una vuelta, perplejo, y se quedó con la cabeza baja, respirando con dificultad.
Entonces el hombre se los tiró. El cerdo los mordió, masticó ansioso, tragó. La
mujer dijo algunas palabras y los hombres se encogieron de hombros. Uno de ellos
se rió. Fue en ese momento cuando vieron al muchacho en el umbral de la puerta.
Se quedaron todos callados y, como si fuese la única cosa que pudiesen hacer en
aquel momento, se pusieron a mirar al animal, que se había echado en la paja,
suspirando, con el hocico sucio de su propia sangre.
El muchacho volvió al
interior. Llenó un puchero y bebió, dejando que el agua le corriese por las
comisuras de la boca, por el cuello, hasta el vello del pecho que se volvió más
oscuro. Mientras bebía miraba fuera las dos manchas rojas sobre la paja.
Después, con un movimiento de cansancio, volvió a salir de la casa, atravesó el
olivar otra vez bajo el bochorno del sol. El polvo le quemaba los pies y él, sin
darse cuenta, los encogía para huir del contacto escaldante. La misma cigarra
rechinaba en tono más sordo. Después la ladera, la hierba con su olor a savia
caliente, la frescura atontadora debajo de las ramas, el lodo que se insinúa
entre los dedos de los pies e irrumpe por arriba.
El muchacho se quedó
quieto, mirando el río. Sobre un afloramiento de limo, una rana, parda como la
primera, con los ojos redondos bajo las arcadas salientes, parecía estar
esperando. La piel blanca del buche palpitaba. La boca cerrada formaba un
pliegue de escarnio. Pasó un tiempo y ni la rana ni el muchacho se movían.
Entonces él, desviando con dificultad los ojos, como para huir de un maleficio,
vio al otro lado del río, entre las ramas bajas de los salgueros, aparecer una
vez más a la muchacha. Y nuevamente, silencioso e inesperado, pasó sobre el agua
el relámpago azul.
El muchacho se quitó la
camisa despacio. Despacio se acabó de desvestir, y sólo cuando ya no tenía ropa
ninguna sobre el cuerpo, su desnudez, lentamente, se reveló. Así como si se
estuviese curando una ceguera de sí misma. La muchacha miraba de lejos. Después,
con los mismos gestos lentos, se liberó del vestido y de todo cuanto la cubría.
Desnuda sobre el fondo verde de los árboles.
El muchacho miró una vez
más el río. El silencio se asentaba sobre la líquida piel de aquel interminable
cuerpo. Círculos que se alargaban y perdían en la superficie tranquila,
mostraban el lugar donde por fin la rana se había sumergido. Entonces el
muchacho se metió en el agua y nadó hacia la otra orilla, mientras el bulto
blanco y desnudo de la muchacha se recogía hacia la penumbra de las ramas.
FIN |