|
Todas las mañanas, a las diez, cuando suena el gong,
por el camino de la escuela encuentro al vendedor que grita:
-¡Brazaletes de cristal!
Nunca tiene prisa, ni está obligado a seguir ningún
camino ni llegar a ninguna parte, ni volver, ni volver a una hora fija.
¡Cómo me gustaría ser un vendedor y pasarme el día por
las calles, gritando:
-¡Brazaletes, brazaletes de cristal!
Cuando, a las cuatro de la tarde, vuelvo de la escuela, contemplo por la
verja de aquella casa cómo el jardinero cava el jardín.
Trabaja como quiere con su azadón, se llena el vestido de polvo, nadie se
preocupa de él si se tuesta al sol o si lo cala la lluvia.
¡Cómo me gustaría ser jardinero y cavar, cavar siempre sin que nadie viniera
a interrumpirme!
Al anochecer, cuando mi madre me mete en la cama, veo por mi ventana abierta al
vigilante, que pasea arriba y abajo por la calleja.
La calleja es estrecha y está solitaria, la farola se yergue como un gigante
con un solo y enorme ojo colorado.
El vigilante hace oscilar su linterna al andar, su sombra anda junto a él y
nunca, nunca se va a acostar.
¡Cómo me gustaría ser vigilante y andar por la calle toda la noche, y hacer
correr las sombras con mi linterna!
FIN
|