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Imagínate, madre, que vas a quedarte en casa y que yo viajaré por países
desconocidos.
Mi barco me espera en el puerto, ya cargado y completamente aparejado.
Y ahora piénsalo bien, madrecita, antes de decirme qué quieres que te traiga
cuando vuelva. ¿Quieres un enorme montón de oro, madre? Allí, en las orillas de
los ríos de oro, los campos rebosan de trigo dorado.
En la oscuridad del bosque, las flores de oro del champa alfombran el suelo.
Con ellas llenaré centenares de cestas para ti.
¿Quieres, madre, perlas tan grandes como las gotas de la lluvia de otoño?
Navegaré hasta las playas de la isla de las perlas.
Allí, al amanecer, hay perlas que tiemblan sobre las flores del prado, perlas
que caen sin cesar sobre la hierba, y la espuma de las caprichosas olas se
deshace en perlas sobre la arena.
A mi hermano le traeré un par de caballos alados para que vuele por entre las
nubes.
A mi padre le traeré una pluma mágica que escribirá sola.
Para ti, madre, debo conquistar el tesoro que se compró con los reinos de los
siete reyes.
FIN
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