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Si por divertirme me convirtiera en una flor de champa...
Si creciera allí arriba, en una rama de este árbol, y sacudido por el viento
sintiera deseos de reír y bailara entre las hojas tiernas ¿me reconocerías,
madrecita? Me llamarías:
-Niño, ¿dónde estás?
Y yo reiría en silencio sin moverme.
Entreabriría mis pétalos y te espiaría mientras trabajas.
Después de tu baño, con los cabellos todavía mojados, desparramados sobre tus
hombros, cruzarías bajo la sombra del champa para ir al pequeño patio donde
dices tus oraciones, y allí sentirías el aroma de la flor, pero no sabrías que
sale de mí.
Después de la comida del mediodía, cuando te sentarías a la ventana a leer el
Ramayana y la sombra del árbol caería sobre tus cabellos y tu regazo, yo
proyectaría mi minúscula silueta de flor sobre la página del libro, exactamente
en el lugar en que estuvieses leyendo.
Pero, ¿adivinarías tú que es la pequeña sombra de tu hijito? Al anochecer,
cuando fueras al establo de las vacas con la lámpara encendida, yo me dejaría
caer de pronto al suelo, y convertido otra vez en tu niño, te pediría que me
contaras un cuento.
Y eso sería lo que nos diríamos:
-¿Dónde te has metido, pillín?
-Es un secreto, madre.
FIN
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