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Cuando el cielo tempestuoso ruge sordamente y caen los chubascos de junio, el
húmedo viento del este camina a través de los brezales para tocar la cornamusa
entre los bambúes.
Entonces, innumerables flores se abren de súbito; nadie sabe de dónde han
salido, y se las ve bailar locamente sobre la hierba.
Madre, estoy seguro de que las flores tienen una escuela bajo tierra.
Cuando hacen sus deberes las puertas se cierran, y si antes de que sea la
hora quieren salir para jugar, el maestro las manda castigadas al rincón.
Tienen vacaciones cuando llega la época de las lluvias.
Las ramas entrechocan en el bosque y las hojas se estremecen con el viento
furioso, las gigantescas nubes dan unas palmadas y las niñas-flores salen
corriendo, con sus vestidos rosados, amarillos y blancos.
¿Sabes, madre? Las flores viven en el cielo, como las estrellas. ¿No te has
fijado qué deseos tienen de llegar allá arriba? ¿Y sabes el porqué de tanta
impaciencia? Yo sí, yo adivino hacia quién tienden sus brazos: las flores
tienen, como yo, una madre.
FIN
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