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Hablaba por el teléfono de una tienda con voz bastante
alta para hacerse oír a pesar del jaleo de la ruidosa calle de Al-Geis,
inclinándose hacia el fondo de la tienda para alejarse lo más posible del
bullicio. Acabó con un "espérame, voy en seguida'', colgó, cogió del mostrador
una cajetilla de Hollywood y pagó al dependiente los cigarrillos y la
llamada. Giró, ya en la acera, para dirigirse a la calzada. Tendría unos
sesenta, más o menos. Alto, enjuto. Frente y ojos abombados. Barbilla roma. En
la pulimentada superficie de su calva no quedaba más que algunos hilos blancos,
iguales a los que le nacían en la barba. Su aspecto evidenciaba despiste,
producto quizá de la edad, o de la manera de ser, o ensimismamiento. Aparte de
esto gozaba de una vitalidad exuberante: sus ojos brillaban con vivacidad y
alegría; encendió un cigarrillo y le dio una profunda chupada, parecía estar más
pendiente de lo que iba pensando que de lo que sucedía en la calle. Dio otra
media vuelta a la derecha y marchó paralelamente a una fila de camiones
aparcados junto a la acera, hasta que encontró un sitio accesible para bajar a
la calzada. Sonriéndose sacudió la ceniza del cigarrillo y miró a la acera de
enfrente. Estaba ya sobrepasando la parte anterior del último camión cuando
sintió el impacto de un coche que se le vino encima a gran velocidad. Uno de los
testigos diría después que si se hubiera echado para atrás, a pesar de que el
coche venía muy de prisa, aún se habría salvado, pero que, por alguna causa
-quizá el susto o un error de cálculo o el Destino- saltó hacia adelante
gritando: "¡Santo Dios!" Desde luego hay
accidentes a cada momento.
La víctima dio un grito parecido a un aullido,
simultáneo a los gritos de horror de la gente que había en la acera y en la
plataforma del tranvía. El hombre aún se levantó y caminó por espacio de unos
metros, para caer luego como un saco. El frenazo del Ford produjo un ruido
gutural, convulsivo, desgarrado, y el coche resbaló por el suelo aunque las
ruedas ya se habían inmovilizado. Mucha gente se precipitó hacia la víctima,
como una bandada de palomas, formando una espesa muralla que iba engrosando
desordenadamente.
Ni un solo movimiento agitaba el cuerpo; estaba de
bruces y nadie se atrevía a tocarlo. Un pie sobre el otro y remangado el
pantalón de una pierna delgada y muy peluda; había perdido un zapato. Exhalaba
un silencio que contrastaba con la marea de alrededor; parecía ajeno a todo el
asunto.
El conductor del Ford apoyaba su espalda en el coche
con circunspección y se había puesto a hablar al grupo de curiosos que le
miraban:
-La culpa no fue mía, salió de pronto por delante del
camión, muy de prisa, sin mirar a la izquierda como debía...
Y como ninguno le hiciera eco siguió perorando:
-No pude evitar el atropello...
Salió del caído un quejido, como un escape de aire.
Hizo un movimiento completamente inesperado que duró sólo un segundo y a
continuación volvió a quedar exánime
-¡No ha muerto! ¡Vive!...
-A lo mejor se trata de una herida superficial...
-Pero ¡cómo voló por el aire, Dios mío!
-Ya lo creo; ¡que Dios le asista...!
-¿No hay sangre?
-Junto a la boca, ¡mira!
-Sin parar están ocurriendo casos así...
Llegó apresuradamente un policía, abriéndose paso a
golpes a través de la muralla humana, gritando a la gente que se alejasen. Se
hicieron atrás unos pasos, unos pocos pasos solamente, sin apartar los ojos del
caído ni ceder en su tensión mezcla de curiosidad y pena.
Un hombre dijo:
-¿¡Le vamos a dejar que se muera ahí sin hacer nada!?
El policía le contestó preventivo:
-Si el golpe no le ha matado la Brigada de Tráfico se
hará cargo de él.
El suceso afectó a aquella banda de la calzada y los
coches se veían obligados a rodear la muralla humana, mientras que el tranvía,
preso en sus raíles, iba abriéndose paso poco a poco entre dos filas laterales
de gente que le increpaban por la molestia; algunos de los viajeros dirigían de
paso miradas de interés a la víctima y luego apartaban los ojos del espectáculo
con horror.
Llegó la Brigada de Tráfico tras su característica
sirena creciente y decreciente. El impulso que traía dejó al coche junto al
caído. El Inspector era decidido y enérgico; dio órdenes de que se despejase la
multitud. Echó un vistazo al hombre y preguntó al policía:
-¿No han llegado de la Casa de Socorro?
Como la pregunta estaba de más, no hubo respuesta.
Preguntó también:
-¿Hay testigos?
Se presentaron un limpiabotas, el conductor del camión
y un niño que vendía kebab y que andaba por allí con su bandeja vacía.
Repitieron al Inspector lo que había ocurrido a partir de cuando el desconocido
estaba hablando por teléfono.
Llegó una ambulancia y sus ocupantes rodearon al
accidentado. El enfermero jefe le examinó cuidadosamente puesto en cuclillas a
su lado. Luego se incorporó y fue hacia el Inspector que se le anticipó
diciendo:
-¿Cree necesario trasladarlo a la Casa de Socorro?
El otro contestó con voz que sonaba como la sirena de
su ambulancia:
-Donde hay que llevarlo es al Hospital Damardash.
El Inspector comprendió lo que quería decir. El de la
Casa de Socorro añadió:
-Me parece que la cosa ha sido muy grave.
El hombre yacía en la Sala de Urgencia del Hospital
Damardash. Ya se venía encima la noche cerrada. Le estaba examinando el Médico
Jefe en persona. Al acabar se volvió a su ayudante:
-Tiene una herida grave en el pulmón izquierdo, el
corazón ha sido seriamente afectado.
-¿Operación?
Negó con la cabeza:
-Está muriéndose.
El pronóstico del médico era correcto: el hombre hizo
un movimiento parecidísimo a un escalofrío, su pecho se agitó en una cadena de
estertores, emitió un suave quejido, y quedó inmóvil. Los dos médicos habían
estado observándole. El director se dirigió a su ayudante:
-Acabó...
Llegó el Inspector y el hombre seguía allí tendido con
todas sus ropas puestas, excepto el zapato que se le había perdido.
El médico dijo:
-¡¿Cuándo acabarán estos accidentes?!...
El Inspector señaló al muerto:
-Las declaraciones de los testigos no están a su favor.
Se acercó a la cama:
-Espero que encontremos alguna información sobre su
persona.
Y puso manos a la obra al tiempo que su ayudante
extendía una hoja en una mesa preparándose a tomar nota de los efectos.
El Inspector introdujo con cuidado la mano en el
bolsillo interior de la chaqueta y sacó una cartera vieja, de tamaño mediano; la
registró compartimento a compartimento y dictó al ayudante:
-Cuarenta y cinco piastras en billetes. Una receta del
doctor Fauzi Sulaymán...
Echó una mirada formularia a la lista de medicinas y
vio que más abajo había unas líneas; sus ojos las recorrieron por inercia:
"No tomar bebidas alcohólicas, huevos ni grasas: se recomienda prescindir de
estimulantes, tales como café, té y chocolate". El Inspector sonrió para sí,
su médico le había hecho las mismas recomendaciones aquel mismo mes. Prosiguió
su faena y sus dedos siguieron extrayendo el contenido de la cartera:
-Un breviario de azoras coránicas.
Al no encontrar nada más, comentó preocupado:
-¡No hay carnet de identidad!
Buscó en el bolsillo de fuera y en seguida dijo
desilusionado:
-Tres piastras y media en calderilla.
Encontró también una cajita. Levantó la bien encajada
tapa y encontró una materia extraña parecida al café molido, la olió un poco y
no tardó en estornudar profundamente, volvió la tapa a su sitio y dijo con ojos
llorosos todavía:
-Comprobado... rapé.
Siguió el registro:
-Un pañuelo... una cajetilla de cigarrillos
Hollywood... un llavero... un reloj de pulsera...
Lo último que le encontró encima fue una hoja de
cuaderno doblada, la desplegó y vio que era una carta sin sobre todavía. Tuvo
esperanzas de descubrir en ella alguna pista sobre la personalidad del individuo
en cuestión. Miró la firma pero sólo decía: "Tu hermano Abdallah". Subió
al encabezamiento, pero la carta estaba dirigida solamente a "Mi querido
hermano que Dios guarde". Se sintió molesto por las dificultades que
encontraba y se decidió a seguir: "Mi querido hermano que Dios guarde:
hoy se ha realizado 1a mayor ilusión de mi vida". Hizo una pausa para
levantar los ojos a la fecha: 20 de febrero, es decir, hoy mismo. Su mirada fue
desde las líneas hasta el pálido rostro que iba tiñéndose de un azul terrible,
aquel rostro impenetrable como un enigma, inanimado como una estatua ¡ese era el
que acababa de ver cumplida la mayor ilusión de su vida!
El médico preguntó:
-¿Se aclara algo?
Volvió a la realidad y sonrió desdeñosamente, que era
su modo de decir que nada:
-"Hoy se ha realizado la mayor ilusión de mi vida"
así empieza la carta.
Volvió a la lectura apartando su mirada de los ojos del
médico:
-"Las amargas preocupaciones han abandonado mi
pecho, todas se fueron ya gracias a Dios. Amina, Bahiya y Zaynab están en sus
casas y este Ali ya tiene un empleo. Cuando recuerdo el pasado sus dificultades
fatigas angustia y penuria... doy gracias a Dios Bienhechor nuestra Providencia
Evidente."
Echó otra mirada furtiva al muerto, del que nadie sabía
su domicilio, cuyo aislamiento, silencio y resistencia a salir del anonimato
producían asombro. "¡Las dificultades, fatigas, angustia y penuria, la gran
esperanza, la Providencia Evidente!"
-"Después de pensarlo bien he decidido dejar el
trabajo." (Es un dato) "ya que tengo comprobado que mi salud está muy
lejos de mejorar cuando estoy en la ciudad. He echado cuentas y me he
encontrado sirviendo al Gobierno por tres guineas, o sea la diferencia entre el
sueldo que tenía y la pensión que me queda, así que he decidido pedir la
excedencia. Pronto volveré al pueblo y a la agradable tertulia en casa de Abd
al-Tawwád, el jefe de Policía. Ahora todo marcha como no podía haber soñado
antes".
Dijo el Inspector mientras doblaba la carta:
-Era funcionario, por lo que se deduce de la carta:
pero no hay ningún dato más sobre su persona.
El médico:
-Seguiremos los procedimientos usuales. Lo normal es
que la familia aparezca en un plazo de tiempo prudencial y retire el cadáver del
Depósito. |