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A la manera de Sü Chin-wen1
"Escribir sólo cuando uno se siente inspirado. Eso es
de veras hacer obra de arte, una obra que, como la luz del sol, irradie de una
fuente infinita de claridad y no simplemente la chispa que brota del roce de la
piedra con el hierro; sólo entonces el autor es un verdadero artista. Mientras
que yo... ¡escribir como lo he hecho!..."
Cuando llegó a este punto de sus reflexiones saltó de
la cama. Hacía tiempo que venía diciéndose que era absolutamente necesario
escribir algo a fin de obtener un poco de dinero para la casa; aun más, había
decidido por anticipado enviar su manuscrito a La Felicidad, revista
mensual, porque pagaba mejor que otras publicaciones. Pero tenía que encontrar
un tema conveniente, de otro modo podrían rechazar su trabajo. Bueno, iba a
encontrar uno... "¿Cuáles son los problemas que inquietan a los jóvenes en la
actualidad?... Son muchos, sin duda, pero tal vez la mayor parte de ellos se
refiere al amor, al matrimonio, a la familia... Sí, hay muchos jóvenes que viven
preocupados de estas cuestiones y las discuten todos los días. Bueno, vamos
entonces con la familia. Pero ¿cómo presentarla?... Porque hay que hacer las
cosas de modo que esta novela breve no sea rechazada. Pero ¿para qué estar
prediciendo desgracias? Sin embargo..."
Saltó del lecho y de cuatro o cinco brincos se aproximó
al escritorio; se sentó, sacó del cajón una hoja de papel con cuadrículas verdes
y, aunque con cierta sensación de humillación, escribió sin vacilar el título:
Una familia feliz.
Hecho esto, su pincel se inmovilizó. Levantó los ojos
al cielo raso, pensando en el sitio en que colocaría a esta familia feliz.
¿Pekín? No, un lugar demasiado muerto, hasta el aire que se respira parece
muerto. Y aunque esta familia viviera en una casa rodeada de altas murallas, el
aire de Pekín no dejaría de llegarle. ¡No, imposible! En Chiangsú y en Chechiang
se prevé una guerra de un día a otro. En Fuchián, ni hablar. ¿Sechuán? ¿Guangdong?
Están en plena guerra civil.2
¿Tal vez Shangdong o Jonán?... De ninguna manera, uno de mis personajes podría
ser secuestrado y si cualquiera de ambos esposos es apresado por los bandoleros,
la familia se convertiría en una familia desgraciada. Por otra parte, las casas
situadas dentro de las concesiones de Shanghai o Tientsín cobran alquileres
demasiado subidos... ¿Y si los pusiera en el extranjero? No, sería completamente
ridículo. No sé tampoco en qué situación están Yunnán y Guichou, pero las
comunicaciones son tan difíciles...
Después de haber reflexionado largamente y al no
encontrar un solo sitio apropiado, decidió inventar una ciudad que llamaría A.
Pero de pronto lo asaltó otra idea: "Existen no pocas personas que están contra
el empleo de letras del alfabeto europeo; dicen que reemplazar el nombre de una
persona o de un sitio por una inicial, disminuye el interés del lector. Más
seguro será que en esta novela me abstenga de hacerlo... Pero ¿qué lugar será
mejor, entonces? En Junán hay guerra, en Dalian los alojamientos son muy
caros... En Chahar, en Chilin, en Jeilongchiang..., bueno, he oído decir que hay
muchos bandidos; no, tampoco sirve esto..."
Volvió a dedicar largos minutos a la reflexión, pero
fue inútil; no pudo encontrar un sitio conveniente para su relato. Finalmente
decidió que esta familia feliz viviría hipotéticamente en una ciudad llamada A.
"En definitiva, esta familia tiene que vivir en A; se
acabó la discusión. La familia se compone naturalmente del marido y la mujer, el
señor y la señora, que se han casado por amor. Su contrato de matrimonio
comprende una cuarentena de cláusulas muy detalladas, que aseguran a los esposos
una igualdad perfecta y una gran libertad. Ambos son muy cultos, pertenecen a la
élite intelectual... Haber estudiado en Japón es cosa pasada de moda... Es mejor
que hayan estudiado en algún país de Occidente. Él se viste siempre a la
europea, con cuello almidonado e impecable. Ella tiene siempre los rizos en la
frente, suaves y vaporosos, peinados al estilo de un nido de gorriones. Luce
siempre dientes nacarados, pero lleva el vestido chino..."
-No, no, eso no... ¡Veinticinco libras!
Al oír una voz de hombre que venía de bajo la ventana,
instintivamente se volvió en esa dirección. Pero las cortinas estaban
descorridas y el sol brillaba tan fuerte que la reverberación le causó dolor en
los ojos. Pronto oyó ruido de trozos de leña que caían al suelo. "No tengo nada
que ver con eso", pensó volviéndose para continuar en sus reflexiones.
"¿Veinticinco libras de qué?... Pertenecen a la élite intelectual, aman la
literatura y el arte. Pero como han sido criados en el seno de familias felices,
no gustan de las novelas rusas... La mayor parte de las novelas rusas muestran a
gente del bajo pueblo y por lo tanto no son adecuadas para esta familia.
"¿Veinticinco libras? No pensemos en esto. ¿Qué leen
entonces? ¿Los poemas de Byron, los de Keats? No, eso no, no es seguro... Ah, ya
lo tengo, están maravillados con el libro Un marido ideal. Bueno, la
verdad es que todavía no he leído ese libro, pero si los profesores de la
Universidad lo elogian tanto, supongo que a este matrimonio le encantará. Ambos
lo leen, cada uno tiene su ejemplar; hay dos ejemplares de Un marido ideal
en el seno de esta familia..."
Experimentó una sensación de vacío en el estómago y,
dejando el pincel, se agarró la cabeza con ambas manos, lo que le dio la
posición de un globo suspendido de dos columnas. "...Están almorzando", piensa.
"Sobre la mesa hay un mantel de blancura nívea; el cocinero trae los platos,
platos chinos. ¿Veinticinco libras de qué? No hay que pensar en esto. ¿Por qué
platos chinos? Los occidentales dicen que la cocina china está a la cabeza del
progreso, es la más sabrosa, la más sana; es la razón por la cual esta pareja
prefiere los platos chinos. El cocinero trae el primer plato. Pero ¿qué puede
ser el primer plato?"
-Leña para la lumbre...
Se sobresalta, vuelve la cabeza y ve a la dueña de su
propia casa, de pie a su izquierda. Lo mira con ojos sombríos y tristes.
-¿Qué pasa? -pregunta él, descontento de que haya
venido a trastornar su creación.
-Hemos agotado la leña para la lumbre y acabo de
comprar más. La última vez las diez libras costaban veinticuatro sapecas y hoy
cuestan veintiséis. Me propongo darle veinticinco por las diez libras, ¿qué
piensas tú?
-Bien, bien, vaya por las veinticinco.
-No nos ha hecho un buen peso. Insiste en que hay
veinticinco libras y media y yo pienso insistir en que hay veintitrés libras y
media... ¿Qué crees tú?
-Bueno, vaya por las veintitrés libras y media.
-En ese caso, cinco veces cinco, veinticinco; tres
veces cinco, quince...
¡Oh!... Cinco veces cinco, veinticinco; tres veces
cinco, quince..., tampoco pudo terminar la multiplicación. Después de una pausa,
de súbito cogió con brusquedad el pincel y en la hoja de cuadrículas verdes en
que había escrito Una familia feliz, se puso a hacer el cálculo. Después
de largos minutos levantó la cabeza y dijo:
-Cincuenta y ocho sapecas.
-Entonces no me alcanza; me faltan ocho o nueve
sapecas.
Abrió el cajón de la mesa, sacó todas las monedas que
había, cerca de treinta, y las puso sobre la mano tendida de ella. La miró
partir y volvió a su escritorio. Su cabeza estaba pesada, como si fuera a
estallar, llena de atados de leña. Cinco veces cinco, veinticinco. El cerebro
parecía tener números arábigos impresos en todas direcciones. Aspiró
profundamente, luego hizo una forzada espiración como si con ese recurso fuera a
desocupar su mente de la leña para la lumbre, las cinco veces cinco, veinticinco
y los números arábigos. Y, efectivamente, después de ese ejercicio de
respiración, se sintió más relajado. Volvió a sus reflexiones, que eran un poco
vagas:
"¿Qué platos? No hay nada que impida que esos platos
sean extraordinarios. Lomo frito, holoturias con camarones son platos bastante
comunes. Estoy empeñado en hacerlos comer 'duelo entre tigre y dragón'. Pero ¿en
qué consiste este plato? Algunos dicen que es un plato cantonés muy rebuscado
que sólo se sirve en banquetes importantes y que lo preparan con gato y
serpiente. Pero yo vi este plato en el menú de un restaurante en Chiangsú. En
Chiangsú no comen a lo mejor gatos ni serpientes. Quizás, como me dijo otro,
este plato se hace con ranas y anguilas. Bueno, entonces, ¿de qué provincia
tendrían que ser ambos esposos? Tanto peor, dejemos eso de lado. En todo caso,
de cualquiera provincia que sean, pueden muy bien comer una mezcla de gato con
serpiente o de ranas y anguilas sin que la felicidad de la familia se vea
afectada en absoluto, bueno, quedamos en que el primer plato que se les sirve es
'duelo entre tigre y dragón'. No hay más que hablar sobre esto.
"Ahora que el plato 'duelo entre tigre y dragón' se
halla al centro de la mesa, los esposos levantan los palillos al mismo tiempo y
señalando el plato se miran sonriendo:
"-My dear, please.
"-Please, you eat first, my dear.
"-Oh, no, please you!3
"Y ambos, con sus palillos, sacan al mismo tiempo un
trozo de serpiente... No, no, no está bien; la carne de serpiente es demasiado
ordinaria; es mejor decir que sacan un trozo de anguila. En tal caso, el 'duelo
entre tigre y dragón' tiene que componerse de ranas y anguilas. Ambos sacan
simultáneamente un pedazo de anguila de igual tamaño. Cinco veces cinco,
veinticinco, tres veces cinco... Dejemos eso. Se llevan los trozos a la boca al
mismo tiempo..."
Tuvo deseos irreprimibles de volverse para ver lo que
ocurría a sus espaldas, porque sentía gran animación, que alguien iba y venía
varias veces; pero se contuvo y continuó pensando distraídamente:
"Esto parece un poco sensiblero; no se es tan
sentimental en la vida de familia. ¿Por qué tengo todo tan confuso en la cabeza?
Temo que no voy a llegar a dar fin a esta historia, a pesar de que tiene un
título tan bonito...
"Tampoco es absolutamente necesario que hayan estudiado
en el extranjero; pueden haber estudiado en una universidad china, pero ambos
tienen diploma universitario y pertenecen a la élite intelectual, a la élite...
El marido es escritor, la mujer también escribe, o por lo menos es apasionada
por la literatura. O bien ella es poetisa y el marido un apasionado por la
poesía; él es feminista. O mejor..."
No resistiendo más, volvió la cabeza.
Junto al estante de libros que se hallaba a sus
espaldas se levantaba un montículo de coles: tres abajo, dos al centro y una
encima, formando una A gigantesca.
"¡Oh!", lanzó un suspiro de asombro; el calor le subió
a las mejillas y sintió una picazón corriéndole por la espalda. "Pues..."
Respiró profundamente como para desembarazarse de la picazón que tenía junto a
la columna vertebral y luego continuó:
"...Es necesario que esta casa feliz tenga muchas
habitaciones. Hay una despensa donde se pueden meter los repollos y otros
elementos por el estilo. El dueño de casa tiene un despacho personal, con
estanterías para libros que cubren todos los muros y junto a las cuales no hay
coles, naturalmente. Estas estanterías están colmadas de libros, libros chinos,
libros extranjeros, entre los que no falta Un marido ideal..., dos
ejemplares. El dormitorio es una habitación separada, con un catre de cobre, o
bien una cama más corriente; una cama de madera de olmo como las que fabrican
los presos de la cárcel número uno no estaría mal; debajo de la cama hay mucha
limpieza..." Echó una mirada al suelo debajo de su propia cama; la provisión de
leña para la lumbre se había acabado y no se veía sino un trozo de paja
trenzada, estirado en el suelo como el cadáver de una serpiente.
"Veintitrés libras y media..." Tuvo el presentimiento
de que la leña para la lumbre iba a llegar -cargas y más cargas- y comenzó a
dolerle la cabeza. Se levantó precipitadamente de la silla y fue a cerrar la
puerta; pero cuando sus manos iban a tocar la perilla pensó que obrar de esa
manera equivaldría en realidad a mostrar muy mal humor; en consecuencia, en vez
de cerrar la puerta se limitó a bajar la cortina llena de polvo. Se dijo que
esta medida, menos extrema que la de encerrarse, le evitaría también los
inconvenientes de una puerta abierta; había alcanzado el justo término medio
recomendado por los antiguos.
"La puerta del despacho del dueño de casa está, por lo
tanto, siempre cerrada", pensó mientras volvía a sentarse. "Si alguien necesita
verlo, golpea la puerta y sólo entra cuando él lo autoriza. Este sistema es muy
razonable. Cuando el marido está en su despacho y la mujer quiere ir a hablar de
literatura con él, también golpea la puerta... Pero el marido no tiene nada que
temer, ni mucho menos que ella vaya a llevarle un montón de coles.
"-Come in, please, my dear4.
"Pero, ¿qué se puede hacer cuando el marido no tiene
tiempo para hablar de literatura? ¿La deja llamar discretamente a la puerta sin
responderle? No, no es posible. A lo mejor este caso está descrito en Un
marido ideal..., de veras debe ser una buena novela. Si me pagan por mi
narración, tendré que comprar este libro..."
¡Pam!
Su espalda se enderezó, porque sabía por experiencia
que ese "¡pam!" era el ruido que hacía la mano de su mujer al caer sobre la
cabeza de la hija pequeña, de tres años.
"En esta familia feliz...", pensó con la espalda tiesa,
oyendo llorar a la niña, "los hijos llegan tarde, más tarde. O bien no llegan,
lo cual es mucho más simple para dos personas. Pueden vivir en un cuarto de
hotel, en una pensión con todo el servicio comprendido. Por otra parte, sería
más simple que no hubiera sino una persona sola..."
Como los llantos de la niña redoblaban en intensidad,
se levantó y cruzó la cortina pensando:
"Karl Marx escribió Das Kapital5
entre el ruido del llanto de sus hijos, lo que demuestra que era un gran
hombre..."
Atravesó la habitación junto a la suya y abrió la
puerta exterior; un fuerte olor a petróleo lo asaltó. La niña estaba tendida de
boca, a la derecha de la puerta; al ver a su padre lloró aún con más ganas.
-Vamos, vamos, no llores así, no llores así, mi hijita
buena... -Se inclinó para levantarla. Cuando la tenía en los brazos se volvió y
vio a su mujer, de pie al otro lado de la puerta. También ella tenía la espalda
tiesa y parecía muy enojada, las manos en las caderas, como si estuviera
preparándose para hacer ejercicios gimnásticos.
-¡Tú también vienes a fastidiarme! En vez de ayudarme,
lo echas todo a perder. Claro, tenías que dar vuelta a la lámpara de petróleo...
¿Cómo vamos a alumbrarnos esta noche?
-Vamos, vamos, hijita, no llores más -poniendo oídos
sordos a las enérgicas palabras de su mujer, llevó a la niña a su habitación,
sin dejar de acariciarle la cabeza-. Tú eres mi hijita buena -dijo poniéndola en
el suelo. Se sentó, instaló a la pequeña entre sus rodillas, y levantando la
mano, añadió-: No llores, hijita buena. Papá va a imitar al minino cuando se
lava la cara. Mira.
Alargando el cuello, sacó la lengua, hizo como que se
humedecía la palma de la mano y luego se la pasó por la cara, dibujando círculos
en el aire.
-¡Ah, ja, ja, es la gata Florecilla! -dijo la niña
riendo.
-¡Eso es, eso es, Florecilla! -Se pasó aún varias veces
más la mano en círculos junto a la cara; la niña lo miraba sonriendo a través de
sus lágrimas. De pronto se dio cuenta del parecido que existía entre esa linda
carita de niña inocente y la de su mujer, cinco años antes. Los labios muy rojos
eran exactamente los mismos, sólo que más pequeños. Había sido en un día de
invierno soleado; al oírlo decir que estaba dispuesto a vencer todos los
obstáculos y a hacer todos los sacrificios necesarios por ella, ella lo había
mirado así, sonriendo a pesar de las lágrimas que nublaban sus ojos.
Melancólicamente sentado en su silla, él daba la impresión de un hombre algo
borracho.
"Ah, los hermosos labios...", pensó.
De súbito se levantó la cortina y la leña para la
lumbre hizo su entrada.
Recuperó su propio dominio y notó que la niña, aún con
lágrimas en los ojos, lo miraba, los labios rojos entreabiertos. "Labios..."
Echó una mirada de soslayo, vio que la leña llegaba por brazadas. "...Tal vez
bastará que cuente cinco veces cinco, veinticinco, y nueve veces nueve, ochenta
y uno, en el futuro, para que sus ojos se vuelvan sombríos y tristes..."
Pensando en ello, cogió bruscamente la hoja de las cuadrículas verdes en la que
había escrito un título y una serie de cifras, la arrugó y luego la estiró de
nuevo y la aprovechó para enjugar los ojos y la nariz de la niña.
-Pórtate bien, anda a jugar sola.
La empujó hacia la puerta y lanzó con violencia la bola
de papel arrugado al cesto de los papeles.
Se arrepintió en seguida de la brusquedad con la niña,
y se volvió para mirarla alejarse solita. El ruido de la leña que arrojaban bajo
la cama lo aturdió. Quiso concentrarse de nuevo y, sentándose a la mesa de
trabajo, cerró los ojos, desterró los pensamientos que lo perturbaban y
permaneció apaciblemente inmóvil.
La imagen de una flor negra, redonda y plana, con un
corazón de color naranja, surgió bajo sus pupilas; pasó flotando del rabillo del
ojo izquierdo al ojo derecho y luego desapareció. En seguida fue una flor de un
verde vivo con un corazón verde oscuro; finalmente un montículo formado por seis
coles, que se alzó ante él con el aspecto de una A gigantesca.
FIN |