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Cierto día, dos hombres que se encontraron en la ruta caminaban junto hacia
Salamis, la Ciudad de las Columnas. Al mediodía llegaron hasta un ancho río sin
puente para cruzarlo. Debían nadar o buscar alguna otra ruta que desconocían.
Y se dijeron: "Nademos. Después de todo el río no es tan ancho". Y se
zambulleron y nadaron.
Y uno de los hombres, el que siempre supo de ríos y rutas de ríos, de pronto,
en el medio de la corriente, comenzó a perderse y a ser arrastrado por las
impetuosas aguas; mientras, el otro, que nunca antes había nadado, cruzó el río
en línea recta y se detuvo sobre un banco. Entonces, viendo a su compañero
luchando aún con la corriente, se arrojó otra vez al agua y lo trajo a salvo
hasta la orilla.
Y el hombre que había sido arrastrado por la corriente dijo:
-¿No habías dicho que no podías nadar? ¿Cómo es que cruzaste el río con tanta
seguridad?
-Amigo -explicó el segundo hombre-, ¿ves este cinturón que me ciñe? Está
lleno de monedas de oro que gané para mi esposa y mis hijos, todo un año de
trabajo. Es el peso de este cinturón el que me condujo a través del río, hacia mi esposa y mis hijos. Y
mi esposa y mis hijos estaban sobre mis hombros mientras yo nadaba.
Y los dos hombres continuaron su camino juntos hacia Salamis.
FIN
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