Si se concede crédito a los cronistas, la historia tuvo
lugar hacia mediados del siglo XII cerca de Mortain, cuyo poderoso torreón
dominaba entonces la pequeña ciudad con su sombría silueta. Guillaume de
Mortain, cuarto de aquel título, fiel servidor del duque de Normandía (Enrique
II Plantagenet, rey de Inglaterra), fue el infortunado protagonista.
Guillaume no tenía buena reputación. Brutal, codicioso, hedonista, no ponía
freno a sus ambiciones y apetencias, y más de un arrendatario, más de un
habitante de la pequeña ciudad padecía las exacciones de su elevado, poderoso y
temible señor. Gracias a Dios, el servicio al duque de Normandía lo mantenía con
frecuencia alejado del castillo. Había por aquel entonces una guerra entre
Francia e Inglaterra, y durante la guerra las buenas gentes vivían en paz.
Desgraciadamente, las campañas no solían durar más de cuarenta días y cuando
Guillaume regresaba, las preocupaciones y las vejaciones de todo tipo volvían a
llover sobre los habitantes de Mortain.
Hacia el año 1160, de regreso de una expedición guerrera, Guillaume IV se mostró
de humor gallardo. Viudo desde hacía un año y sin descendientes, después de
haber llorado a la difunta un tiempo razonable, estaba decidido a casarse de
nuevo y a ser posible con alguien muy joven.
Con su cabello canoso, su barba enmarañada, su piel dura como la de un jabalí y
sus cincuenta años, a los ojos de las bellas jovencitas no encarnaba en absoluto
la imagen del doncel con quien se sueña en el salón de las damas mientras se
escucha a los troveros cantar los amores de Tristán e Iseo. Algunas de éstas, no
obstante, con tal de llegar a ser castellana y reinar sobre la comarca, habrían
cerrado con gusto los ojos para no ver los defectos del señor de Mortain.
La desgracia quiso que Guillaume, que era muy exigente, no se dejara seducir por
ninguna de éstas. Finalmente, después de haber buscado mucho y haber recorrido
veinte leguas a la redonda, terminó por poner sus ojos en la joven más
encantadora de la región. Rubia, con grandes ojos azules, claros y luminosos, y
dos trenzas que le caían sobre los hombros como dos haces de trigo maduro,
Iolande de Bellême sólo era la heredera de una modesta casa, pero su belleza
había enamorado a más de un doncel y, aunque sólo tenía dieciséis años, había
sido solicitada en matrimonio por un joven caballero de los alrededores, más
rico sin duda en valor y dulzura que en escudos, pero ¡qué importa la riqueza
cuando se tiene veinte años! El joven iba a ser armado caballero en la próxima
fiesta de San Juan y las dos familias veían con buenos y satisfechos ojos la
unión proyectada.
Desgraciadamente, Guillaume de Mortain pasó por allí y toda aquella encantadora
felicidad se vio comprometida.
-Tu hija me gusta -declaró sin ambages el terrible personaje al padre de
Iolande-. Sí, me gusta mucho. Y me casaré con ella en la iglesia de Mortain
antes de que finalice el verano.
-Pero, señor, ella ya está comprometida con Raoul de Beaumont...
-¿Osarás preferir a ese coquebin, que ni siquiera es digno aún de ceñir la
espada, antes que al poderoso descendiente de uno de los más nobles linajes de
Normandía?
-No, señor, por supuesto. Pero mi hija prefiere...
-¿Tu hija? ¿Y desde cuándo un padre de familia consulta a sus hijas para
casarlas? ¡Qué bromista excusa! Vamos, acabemos con las bromas. Ya he reído
suficiente y tengo prisa. Mañana, una litera vendrá a buscar a tu hija. Es
inútil que prepares para ella cofres y equipaje, pues yo le ofreceré el más
maravilloso ajuar que una jovencita pueda soñar. Y no resistirá mucho ante los
trajes de brocado y las alhajas que le destino.
El padre de Iolande no se atrevió a decir que no. Un vasallo del señor de
Mortain no se habría atrevido jamás a oponerse a su señor. Sólo Iolande
permaneció con la frente alta y el alma fuerte. Y dijo a Raoul, desesperado, que
había ido a pasar una última velada en su compañía:
-¡Jamás! ¡No entregaré jamás mi cuerpo y mi alma a Guillaume!
Os lo prometo, Raoul, ante la Virgen María a quien estoy consagrada desde
mi infancia.
A la mañana siguiente no tuvo más remedio, no obstante, que emprender el camino
que conducía al castillo de Mortain. Arisca, Iolande no contestó ni palabra a
las demostraciones de amor que Guillaume le hizo cuando llegó a su suntuosa
residencia. Todas sus atenciones tropezaron con el desprecio más glacial. Cuando
comprendió que sus cortesías eran rechazadas, el castellano cambió de actitud.
-¡Muy bien! -gritó-. Puesto que así son las cosas, voy a encerraros en vuestra
habitación hasta que adoptéis una actitud más dócil.
Iolande fue encerrada pues, sin ver a más personas que a una anciana doncella
que se ocupaba de ella y le servía la comida. Cada tarde Guillaume iba a
cortejarla. La entrevista se desarrollaba siguiendo siempre el mismo ritual: el
señor de Mortain empezaba por mostrarse tan amable como le era posible y
pronunciaba galantes palabras; luego, irritado por el mutismo y la frialdad de
aquélla a la que él se obstinaba en denominar su prometida, pronto se ponía a
lanzar gritos de cólera, amenazaba con gestos a la joven y la escena concluía
habitualmente con alguna rotura de vajilla o de adornos.
Así transcurrieron dos meses y hasta Guillaume se maravillaba de la fuerza de
carácter de una persona tan joven. Por lo que cada vez estaba más decidido a
convertirla en su esposa. Aquel normando tenía la obstinación de un bretón. Una
tarde entró en la habitación de Iolande y le habló en estos términos:
-Bella joven, he tenido mucha paciencia, pero ha llegado el momento de poner en
práctica mis proyectos. El verano avanza y dentro de unas semanas, es probable
que el rey, mi señor, me convoque a unirme a sus huestes. Deseo,
pues, concluir nuestro asunto antes de marcharme.
Dentro de cinco días exactamente, Guilbert, nuestro capellán, nos unirá en
matrimonio.
Iolande, completamente pálida, se irguió.
-¡Basta de lamentaciones! -rugió Guillaume- ¡Habrase visto semejante obstinada!
Os encuentro muy desprovista de color, Iolande. Es cierto que la palidez
incrementa aún más vuestra delicadeza, pero no quiero que caigáis enferma en
vísperas de nuestra boda. Es, sin duda, esta prolongada reclusión la que os ha
debilitado. A partir de mañana, podréis, pues,
pasearos libremente por el castillo, del corral al huerto. Además, ¿no es bueno
que vayáis conociendo vuestras nuevas posesiones?
Y como Iolande no podía reprimir un estremecimiento de alegría:
-¡Oh!, no os alegréis tan rápido -añadió Guillaume
riendo sarcásticamente-, los muros son muy altos. No podéis esperar ninguna
ayuda del exterior. Vamos, resignaos. Sois mi prisionera de por vida, mi bella
prisionera...
Y al concluir estas palabras se marchó.
Durante los días siguientes, Iolande decidió recorrer el castillo del que sólo
había conocido hasta entonces una habitación de la torre principal. Atravesó
varios patios en los que los soldados de Guillaume practicaban el manejo de la
pica y de la ballesta, de cara a la próxima campaña. Llegó al huerto donde todas
las manzanas de Normandía parecían haberse dado cita. Saboreó algunas con
deleite.
Para demostrarle que no temía que huyera, Guillaume no hacía que la acompañara
nadie, Iolande podía correr libremente y desde luego no se abstuvo de hacerlo
después de tan prolongado cautiverio. Lamentablemente, pronto veía levantarse
ante ella las altas torres del castillo que seguía siendo para ella la más
amarga de las prisiones.
Los días siguientes, no obstante, se alejó un poco más. Había observado que
había un bosquecillo en el ángulo de una muralla con algunos hermosos árboles
que se erguían en medio de un revoltijo de matorrales y de vegetación que
dejaban crecer en desorden.
-Debe ser agradable sentarse a la sombra de aquellos árboles -había pensado
Iolande.
Cuando se dirigía corriendo, ávida de frescor, a tenderse bajo un gran roble, la
tierra se hundió bajo sus pies y se precipitó en un agujero cuya entrada se
encontraba disimulada por hojas secas y ramas.
Al incorporarse dolorida, cuál no sería su sorpresa al descubrir que aquel
agujero ocultaba un subterráneo. Sin dudar un instante, empezó a descender. Tras
unos pasos en pendiente empinada, el terreno se transformaba en escalera cuyos
abruptos peldaños se hundían cada vez más abajo.
La joven cautiva del señor de Mortain era una de esas almas valientes a las que
ningún peligro podía hacer retroceder. Además, consideraba que todo era
preferible antes que la deshonra que la esperaba. Prosiguió su camino. El
descenso, antes rápido, se hizo menos empinado. Finalmente un pasadizo se abrió
ante ella. Se introdujo en el mismo.
Iolande caminó bastante rato en medio de la oscuridad, guiada por su confianza
en la Virgen María a quien había sido consagrada. Notó bajo sus pies que la
pendiente remontaba, y que poco después había escaleras de nuevo. Un débil
resplandor penetraba a través de un orificio: había llegado al final de su
calvario.
La salida del subterráneo estaba cerrada por una compuerta de madera como las
que se colocan sobre los pozos que afloran en el suelo. Iolande golpeó la
compuerta con el puño, llamó, gritó; sus llamadas pronto fueron escuchadas. Se
encontró, totalmente deslumbrada, en medio de un claustro en el monasterio de la
Grâce-Dieu, a una legua de Mortain. La madre priora, que había sido avisada de
inmediato, se presentó. Había oído hablar de las desgracias que se habían
abatido sobre Iolande, y se alegraba de verla libre.
-Siempre habíamos pensado -le dijo- que ese orificio era el de un pozo desecado.
Nadie se había introducido jamás en él. Es la Santísima Virgen María quien os ha
conducido hasta nosotras.
-Y la Santa Virgen me guardará, madre. Os suplico que me aceptéis entre vuestras
novicias.
La buena superiora aceptó sin problemas: Iolande estaba a salvo.
Cuando Guillaume de Mortain, algo inquieto por no ver regresar a su prisionera,
decidió ir en su búsqueda, era demasiado tarde. Se puso a correr como un loco
por el parque y el huerto del castillo. Sus pasos lo llevaron hacia el agujero
que Iolande había descubierto. Se arrojó en él con violencia, rodó pesadamente
por los escalones y desde entonces nadie ha vuelto a verlo más.
Por lo que respecta al prometido de Iolande, se marchó a Tierra Santa donde
murió combatiendo a los infieles.
FIN |
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Légende du Mortainais |
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