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Cuando una parte del Morbihan se sublevó durante los Cien
Días, es sabido que cerca de Auray tuvo lugar un combate entre los insurrectos y
los azules. No fue sino un ensayo de guerra civil, un facsímil de 1793; y, sin
embargo, el asunto tuvo la suficiente gravedad como para dejar un número
considerable de hombres verter su sangre en los fosos de los caminos hundidos.
Fue allí donde se hallaron casi todos los cadáveres y, como señaló con bravía
ingenuidad el alcalde encargado de despejar el campo de batalla, «aquello
parecía la prolongación de una romería con hombres sencillos que se habían
quedado dormidos por la borrachera». Desgraciadamente pocos de aquellos
durmientes se despertaron.
Al día siguiente del combate, muy de mañana, una mujer
se dirigía al campo con una hoz sobre el brazo. Mientras avanzaba a lo largo del
camino, miraba curiosamente para todos los lados. A su alrededor, los árboles
estaban agujereados por las balas, los arbustos destrozados y la tierra
pisoteada. De tarde en tarde, se veía el camino sembrado de botones, de
cabellos, de hebras de lana retorcida arrancadas a las charreteras, papel de
cartuchos, jirones de sombreros bretones agujereados por las balas o la bayoneta
y charcos de sangre a medio coagular. Todo indicaba que un encuentro intenso y
reciente había ocurrido en aquel lugar. Por lo que respecta a los cadáveres,
habían desaparecido. Los campesinos habían venido durante la noche a darles
sepultura; y las mujeres habían recorrido el campo de batalla con la talega al
hombro, despojando a los muertos enemigos y rezando por los suyos. Se hablaba
incluso de ricos botines conseguidos así por algunas de ellas, y habríase podido
creer que la joven pensaba en ello, dada su preocupación y la especie de
atención con la que sus ojos escudriñaban los matorrales a ambos lados del
camino.
Había llegado finalmente a un lugar más amplio ocupado
casi por completo por un aguazal cerrado, y empezaba a apresurar el paso, como
si hubiera renunciado a toda esperanza, cuando vio moverse las cañas del
pantano; se escuchó un ruido metálico, y apareció la punta de una bayoneta,
luego una figura ensangrentada se incorporó con esfuerzo. La bretona se detuvo.
No lanzó ni el menor grito, pero agarró con más fuerza el mango de su hoz. Sin
embargo, los gestos y algunas palabras pronunciadas en el bretón de la comarca
la animaron a acercarse. Dio dos o tres pasos hacia los herbajes. El herido
había logrado ponerse de rodillas, apoyándose en su fusil; y la campesina vio,
por la chaqueta azul adornada con botones metálicos, que era un marinero. Se
detuvo de nuevo, indecisa; pero él le gritó que se acercara asegurándole que no
quería hacerle daño; que apenas podía moverse, pues tenía una pierna rota por
una bala. La campesina, envalentonada, avanzó unos pasos.
-¿Qué quiere usted? -preguntó brevemente.
-¿Hay azules por aquí?
-Los azules se han marchado.
-¡Marchado! ¿desde cuándo?
-Desde ayer.
-¡Eso no es posible! -exclamó el marinero- ¿es que no fuimos los más fuertes?
La campesina no respondió. Permaneció derecha e impasible como si no hubiera
oído. Pero había mentido, pues los azules estaba aún en Auray. El marinero
reanudó sus preguntas: ella contestó de tal manera para persuadirlo de que lo
habían abandonado y no tenía esperanza de ser socorrido. Herido la víspera
cuando disparaba contra los chuanes, hacia el anochecer, el desgraciado había
pasado la noche entre las cañas del pantano sin poder moverse y torturado por
atroces sufrimientos. Había esperado que el día le permitiera dar a conocer a
sus compañeros su situación; pero la noticia de su marcha lo sumió en la
desesperación. Le faltaban las fuerzas para abandonar el lugar en el que se
encontraba, y aunque las recuperara, temía ser asesinado por los chuanes si se
dejaba ver. Le pareció, pues, que no tenía más esperanza que la joven campesina
que acababa de encontrar. Él era de la comarca. Su padre y sus hermanos,
pescadores de Locmariaquer, podían salvarlo si venían a buscarlo. Conjuró a la
chica para que fuera a buscarlos; empleó las súplicas más apremiantes, las
lágrimas, e incluso las amenazas; pero ella pareció insensible a todo. Sus
miradas ardientes se dispersaban a su alrededor, y luego se detenían en el
marinero que se encontraba a sus pies. Finalmente se acercó a él y con voz breve
y atrevida le dijo:
-Si quieres que vaya a Locmariaquer, dame tu reloj.
Y mientras hablaba quiso agarrar el cordón que sujetaba el reloj; pero el herido
se echó hacia atrás e hizo un esfuerzo para rechazarla.
-Después -dijo- cuando regreses. Te daré mi reloj y además dinero...
-¿Tienes dinero? -preguntó la campesina.
-Tengo.
-¿Dónde está?
-Ahí.
-Enséñamelo.
-¿Me prometes salvarme después?
-Enséñame el dinero.
-Vas a verlo.
El confiado marino se inclinó hacia su macuto que había soltado y que estaba
junto a él; sus dos manos empezaron a desabrochar con esfuerzo las correas. En
ese mismo instante, la bretona dio un paso hacia atrás para tomar espacio y le
descargó sobre la cabeza un golpe de hoz que le abrió el cráneo. Sólo lanzó un
suspiro; sus brazos se estiraron y cayó de bruces sobre el macuto. Entonces la
chica le quitó el reloj, el dinero y la ropa; se lavó tranquilamente en la
charca los pies que tenía manchados de sangre, luego se fue al campo a cortar su
carga de hierba, y más tarde regresó a su casa. Al llegar arrojó sobre el baúl
todo lo que le había quitado al marinero, diciendo: «He encontrado el cuerpo de
un azul; esto es lo que llevaba encima». Todos se alegraron mucho por su suerte
y las cosas quedaron ahí.
Pero aquella misma noche, el cadáver fue reconocido por su familia. Pronto,
numerosas circunstancias delataron a la chica, y todo fue descubierto. El
marinero asesinado era uno de esos chicos a los que el reclutamiento reviste de
una opinión, al mismo tiempo que de un uniforme, y a los que se les cose
reglamentariamente la escarapela del partido que gobierna. Enrolado forzosamente
en el puerto de Brest, había salido de él con sus compañeros y había ido a
combatir a Auray, sin que le hubiera sido posible hacer algo distinto. Esta
posición, comprendida por los campesinos porque era la de muchos de sus hijos,
hizo lamentar la muerte del marinero e hizo odiosa a la que lo había asesinado.
Había además en las circunstancias del asesinato una baja perfidia que repugnaba
a todos. No habían matado a aquel hombre para matarlo, sino para robarle, y era
eso lo que le producía horror a la gente pues, en semejantes casos, el dinero
mancha más que la sangre.
Por consiguiente, hubo un grito generalizado de cólera
contra la campesina; y, como ocurre con las reacciones generosas en las que el
espíritu de partido cede un instante a la voz de la equidad, la indignación fue
excesiva y sin freno. A falta de la justicia de los tribunales, la justicia
popular se encargó de castigar el crimen. La joven fue expulsada de la relación
con los demás, y se separaron de ella como si hubiera contraído lepra. Ningún
campesino quiso alquilarle una cabaña, y pronto no tuvo más cobijo que el porche
de la iglesia. Por todas partes por donde pasaba, los demás se echaban a un
lado. En la fuente, cuando ella llegaba, las mujeres retiraban sus cántaros
diciendo: «Dejen sitio a la asesina». Era el nombre que le habían dado. Para
ponerle el sello a la reprobación pública, hicieron una canción en la que la
muerte del joven marinero era narrada con todos sus horribles detalles.
Entonces, por todas partes por donde la chica aparecía,
oía repetir la canción vengadora. El suyo no fue un suplicio ordinario, con
término y espacio; pasó al dominio público, entró en la tradición. Caminó, como
Caín, con la marca fatal en la frente, entre los hombres que, como picotas
vivientes, le recordaban su crimen y la maldecían. En vano quiso huir de su
pueblo; por todas partes adonde podía llegar la voz del pastor, se escuchaba el
terrible estribillo. Un día, -ella misma lo contó- encontró en el campo, lejos
de Auray, a un niño de cinco o seis años que jugaba con las margaritas. Ella se
acercó y se sentó a su lado. Para ella, desgraciada, abandonada, que desde hacía
un año no había rozado la mano de nadie, acariciar al niño era una gran alegría.
Lo colocó sobre sus rodillas y se puso a acariciarlo, como las madres,
cantándole romances. Cuando hubo terminado, el niño dijo: «Yo sé una canción más
bonita que la tuya, me la ha enseñado mi padre». Y se puso a cantar: «Prestad
atención, cristianos, este es el relato de un crimen: Marie Marker mató a un
azul con su hoz, un azul que le pedía misericordia en la lengua de su parroquia
y que era un pobre recluta de la comarca». La desgraciada dejó caer al niño al
suelo lanzando un grito y huyó a todo correr. Era demasiada vergüenza y dolor;
la «asesina» sucumbió y perdió la razón.
Cuando yo la conocí, hacía ya unos años que estaba loca; su aspecto me
impresionó. Era una robusta y fuerte chica de unos veinticuatro años,
resueltamente tallada con el desbastador. Su cuerpo, en el que los músculos y
las venas desaparecían escondidos en sus carnes curtidas, parecía formado por
dos piezas pesadamente articuladas. En conjunto, recordaba a esas vírgenes de
piedra que se ven de pie en los nichos de nuestras fuentes, obras rústicas en
las que el arte sólo hace caer la mitad del velo de granito que ocultaba la
estatua y que hace dudar si debajo hay alguien o si sólo es una piedra. Sin
embargo, visto de cerca, el rostro de la asesina tenía una expresión
singularmente huraña. Era una cara angulosa, llena de líneas que sorprendían y
hacían daño; mientras que en el fondo de su mirada inmóvil flotaba no se sabe
qué ferocidad ladina. Todo en ella llevaba el sello de una raza céltica
bastarda, en la que las cualidades primitivas han degenerado en los vicios
correspondientes, y que tienen parte de cafre y de siux. Raramente contestaba a
las preguntas que se le hacían; pero tan pronto como una sola palabra de la
canción terrible llegaba a sus oídos, como impactado por una conmoción
galvánica, aquel cuerpo de piedra se levantaba y aquella burda estatua se
convertía en carne y sufrimiento. Gritaba, se retorcía los brazos, giraba sobre
sí misma, y luego, de repente, como presa de vértigo, huía repitiendo las
estrofas acusadoras; y a medida que su voz se elevaba, la canción parecía
adueñarse más fuertemente de ella: habríase dicho que el remordimiento se
encarnaba en ella, que en su persona se formaban dos seres siendo la misión de
uno torturar al otro y que su conciencia furiosa daba caza a su alma. Todas sus
facciones, todos sus gestos expresaban ese doble papel de vengadora y de
víctima. Lloraba, enrojecía, pedía piedad, pero lanzaba maldiciones. Era un
espectáculo tal que no podía verse sin cerrar los ojos: era la lucha del verdugo
y el condenado al pie del patíbulo.
FIN |