Cuando san Menulphe o Menoux regresaba de Roma a pie hacia
Quimper-Corentin-en-Bretagne, se hallaba muy fatigado al llegar al pueblo de
Mailly-les-Roses, a orillas del Ours. Se detuvo para descansar, luego se
estableció allí definitivamente, y llevó en soledad una vida de oración y
meditación. Toda la región supo enseguida que el santo anacoreta era un enviado
de Dios, que realizaba numerosos milagros, aliviaba a los desgraciados con su
infatigable caridad, curaba los males de los inválidos y de los enfermos. Se le
respetó y se depositó en él la máxima confianza.
En el pueblo de Mailly-les-Roses, antes de que cambiara ese bonito nombre
florido por el de Saint-Menoux, convertido en su patrón, había una fuente de la
que todas las gentes del lugar iban a sacar agua. Unas mujeres, al llegar un día
a la fuente, vieron una gruesa serpiente que allí se bañaba. Su cabeza salía del
agua, su boca dejaba ver un dardo amenazador y sus ojos lanzaban llamaradas de
fuego. Las mujeres huyeron despavoridas, fueron a buscar a san Menoux y le
suplicaron que los librara de aquel monstruo salido, sin duda, de los infiernos.
El santo ermitaño se dirigió a la fuente, introdujo en ella su cayado, alrededor
del cual se enrolló la serpiente. Cuando la hubo sacado del agua, la lanzó al
aire diciendo: «Donde caiga, culebra será».
La bestia inmunda fue a caer a más de diez leguas de allí, entre Cérilly y Lurcy-le-Sauvage,
en un territorio de aspecto desolado donde, después, se construyó una iglesia
alrededor de la cual se fue edificando la aldea de Couleuvre (culebra).
La serpiente proliferó y atrajo a otros animales venenosos: víboras, sapos,
escorpiones. Había tal cantidad que nadie se atrevía a acercarse a aquel lugar
por miedo a recibir una picadura mortal. San Julián -la tradición no aclara si
se trataba de Julián el Apóstata que venció el Galileo o de Julián el
Hospitalario, pero asegura que había matado a su padre y a su madre sin
saberlo-, al tener conocimiento de la gran desolación del lugar en el que había
caído la serpiente de Menulphe, decidió vivir allí en un montaraz ascetismo,
para espiar el doble parricidio que había cometido involuntariamente. Tan pronto
como él llegó, todos los animales venenosos desaparecieron. Y no regresaron
jamás. Julián construyó en primer lugar un oratorio, cerca del cual hizo brotar
una fuente. Luego decidió construir una iglesia. Pidió a las gentes del lugar
que le ayudaran, acarrearan las piedras e hicieran los muros. Todo el mundo se
puso manos a la obra y, pronto, la iglesia salió de sus cimientos, se levantó
con un frontispicio perforado por una puerta románica, una puerta lateral
adornada con tímpanos esculpidos, una torre redonda con vanos de medio punto,
sostenida por pilares y rematada por una alta fecha. Como todo el mundo
colaboró, el trabajo avanzó rápidamente. Se cuenta, no obstante, que hubo tres
jóvenes que decidieron no prestar su colaboración a la edificación común.
Tramaron una farsa macabra para no trabajar, convencieron a uno de ellos de que
se hiciera el muerto y lo colocaron, cubierto con una sábana blanca, sobre una
carreta tirada por dos bueyes. Cuando llegaron al tajo, san Julián les dijo:
-Deteneos un instante y llevad vuestra piedra a la iglesia que levantamos a la
gloria de Dios.
-No podemos -contestaron los jóvenes- porque llevamos un muerto.
-Entonces proseguid vuestro camino -dijo san Julián-, y que todo sea como decís.
Preguntándose qué significaban aquellas palabras, los jóvenes aguijonearon a los
bueyes y se pusieron de nuevo en marcha. Tan pronto como pensaron que el santo
no podía verlos, levantaron la sábana e invitaron a su compañero a levantarse.
Éste permaneció sin moverse. Los otros lo sacudieron. No se movió. Entonces
comprendieron el sentido de las palabras de san Julián, al constatar con terror
que su amigo no daba ya señales de vida.
Pero Julián era incapaz de sentir rencor. Estimó que la lección que le había
dado a los jóvenes era suficiente. Además la prometida del muerto fue llorando
en su busca, para suplicarle que le devolviera la vida. Julián se puso a orar y
le dijo a la joven:
-Beba agua de la fuente que Dios ha hecho brotar, y regrese a su casa, pidiendo
al Cielo que perdone la mentira de su novio.
Cuando llegó cerca de su casa, vio al joven que se dirigía hacia ella sonriendo.
Este hecho milagroso produjo una gran conmoción en toda la región. Dio
testimonio de las virtudes y del poder de san Julián. Todos quisieron ponerse
bajo su protección. Las casas se fueron edificando en torno a la iglesia y es
así como nació la aldea de Couleuvre.
Después de haber expiado su doble asesinato por la penitencia, Julián falleció a
una edad muy avanzada. Fue enterrado en la iglesia que él había construido y el
pueblo tomó la costumbre de acudir en peregrinación a su tumba, el día de su
fiesta. Acudían desde lugares lejanos. Se formaba una procesión, con el clero a
la cabeza, y llegaban a la fuente al fondo del barranco. Los enfermos bebían su
agua fresca y se sentían instantáneamente aliviados. Las chicas jóvenes y las
mujeres también bebían, las primeras para encontrar marido en aquel año y las
otras para conocer las alegrías de la maternidad.
FIN |
|