Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en
automóvil a una fiesta de fin de semana. De pronto, tironeó la manga del
conductor y le pidió que detuviera el auto. Allí, a la derecha del camino
pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
-Espéreme un momento -suplicó, y echó a andar por el
sendero, con el corazón latiéndole alocadamente.
Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió
enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos
menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño
respondía a su impaciente llamado.
-Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa?
-Sí -respondió el hombre-, pero no le aconsejo que la
compre. ¡Un fantasma, hija mía, frecuenta esta casa!
-Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y
quién es?