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Un cierto muchacho y una chica, cuyos nombres este relato
no ha conservado, vivían una vez cerca de una iglesia. El muchacho, que era
bastante travieso y pícaro, tenía por hábito tratar de asustar a la chica de un
sinfín de maneras, hasta que ella estuvo tan acostumbrada a sus trucos que ya no
era capaz de asustarse por ninguna de las cosas que él hacía.
Un día húmedo, la chica fue enviada por su madre a
buscar la ropa mojada que había sido puesta a secar en el patio de la iglesia.
Cuando ella había llenado de ropa su canasta, estaba por volver cuando vio
sentada, en una tumba cercana, una figura vestida de los pies a la cabeza de
blanco, pero ella no se alarmó, creyendo que era otra jugarreta del muchacho.
Así que ella corrió hacia la figura y golpeándole el birrete que llevaba, le
dijo:
- Tú no me asustarás esta vez.
Entonces, cuando ella hubo terminado de recolectar la
ropa seca, regresó al hogar. Pero, para su sorpresa, el muchacho fue la primera
persona que la recibió cuando ella entró en la casa, siendo imposible que él
hubiera llegado sin que ella lo hubiera visto.
Entre la ropa seca, sin embargo, cuando fue ordenada,
ellos encontraron un birrete blanco, que no pertenecía a nadie de los ocupantes
de la casa, y que estaba lleno de tierra.
La siguiente mañana el fantasma (ya que la niña había
visto un fantasma) fue visto sentado sin el sombrero en su cabeza, sobre la
misma tumba que el día anterior. Y como nadie tuvo el coraje de ir a ponerle el
birrete, o sabía al menos cómo conjurarlo, la familia solicitó ayuda al
vecindario.
Un viejo declaró que la única manera de evitar una
calamidad general era que la niña volviera a poner en la cabeza del espectro el
birrete que ella había tomado, en presencia de mucha gente, quienes guardarían
perfecto silencio. Así que una multitud se congregó en la iglesia, y la chica al
frente, un poco atemorizada, se atrevió a colocar el gorro en la cabeza del
fantasma, diciéndole:
-¿Ya estás satisfecho?
Pero el fantasma, levantando las manos, le dio un
terrible golpe, y dijo:
-Sí, pero ahora tú, ¿estás satisfecha?
La chica se cayó al piso, y en el mismo instante el
fantasma se hundió en su sepulcro, el mismo en el que había estado sentado, para
nunca más ser visto. |