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Tajar era alcantarillero y, dada su profesión,
pasaba gran parte de su tiempo en medio de olores de excrementos y putrefacción.
Sin embargo, se había acostumbrado y tales hedores le resultaban familiares y en
absoluto desagradables. Formaban parte de su trabajo diario.
Sin embargo, un buen día, abrieron una nueva
perfumería en su barrio, y al pasar por delante del establecimiento, Tajar
sintió curiosidad al oler unos aromas tan distintos a los que habitualmente
percibía. Una vez dentro, asombrado ante todas las desconocidas fragancias,
aspiró profundamente para captarlas mejor, pero en ese momento su cuerpo se puso
rígido y Tajar perdió el conocimiento por completo, cayendo al suelo desmayado.
Los comerciantes de la perfumería avisaron a
los vecinos y muy pronto se presentó en la tienda el hermano de Tajar, provisto,
para la sorpresa de todos, de una cajita con excrementos. Una vez ante Tajar
abrió la caja y se la acercó a la nariz. Unos segundos después, Tajar se
despertó admirado de encontrarse en el suelo y rodeado de sus compungidos
vecinos y familiares. |