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HISTORIA DEL MANDADERO Y DE LAS TRES DONCELLAS
"Había en la ciudad de Bagdad un hombre que era soltero
y además mozo de cordel.
Un día entre los días, mientras estaba en el zoco,
indolentemente apoyado en su espuerta, se paró delante de él una mujer con un
ancho manto de tela, de Mussul, en seda sembrada de lentejuelas de oro y forro
de brocado. Levantó un poco el velillo de la cara y aparecieron por debajo dos
ojos negros, con largas pestañas, y ¡qué párpados! Era esbelta, sus manos Y sus
pies muy pequeños, y reunía, en fin, un conjunto de perfectas cualidades. Y dijo
con su voz llena de dulzura: "¡Oh mandadero! coge la espuerta y sígueme." Y el
mandadero, sorprendidísimo, no supo si había oído bien, pero cogió la espuerta y
siguió a la joven, hasta que se detuvo a la puerta de una casa. Llamó y salió un
nusraní, que por un dinar le dio una medida de aceitunas, y ella las puso en la
espuerta, diciendo al mozo: "Lleva eso y sígueme." Y el mandadero exclamó: "¡Por
Alah! ¡Bendito día!" Y cogió otra vez la espuerta y siguió a la joven. Y he aquí
que se paró ésta en la frutería y compro manzanas de Siria; membrillos osmaní,
melocotones de Omán; jazmunes de Alepo, nenúfares de Damasco, cohombros del
Nilo, limones de Egipto, cidras sultaní, bayas de mirto, flores de henné,
anémonas rojas de color de sangre, violetas, flores de granado y narcisos. Y lo
metió todo en la espuerta del mandadero, y le dijo: "Llévalo." Y él lo llevó, y
la siguió hasta que llegaron a la carnicería, donde dijo la joven. "Corta diez
artal de carne". Y el carnicero cortó los diez artal, y ella los envolvió en
hojas de banano, los metió en la espuerta, y dijo: "Llévalo, ¡oh mandadero!" Y
él lo llevó así, y la siguió hasta encontrar un vendedor de almendras, al cual
compró la joven toda clase de almendras, diciendo al mozo. "Llévalo y sígueme."
Y cargó otra vez con la espuerta y la siguió hasta llegar a la tienda de un
confitero, y allí compró ella una bandeja y la cubrió de cuanto había en la
confitería: enrejados de azúcar con manteca, pastas aterciopeladas perfumadas
con almizcle y deliciosamente rellenas, bizcochos llamados sabun, pastelillos,
tortas de limón, confituras sabrosas, dulces llamado muchabac, bocadillos huecos
llamados lucmet-el-kadí, otros cuyo nombre es assabihzeinab, hechos con manteca,
miel y leche. Después colocó todas aquellas golosinas en la bandeja, y la
bandeja encima de la espuerta. Entonces el mandadero dijo: "Si me hubieras
avisado habría alquilado una mula para cargar tanta cosa." Y la joven sonrió al
oírlo. Después se detuvo en casa de un destilador y compró diez clases de aguas:
de rosas de azahar y otras muchas; y varias bebidas embriagadoras, como asimismo
un hisopo para aspersiones de agua de rosas almizclada, granos de incienso
macho, palo de áloe, ámbar gris y almizcle, y finalmente velas de cera de
Alejandría. Todo lo metió en la espuerta, y dijo al mozo: "lleva la espuerta y
sígueme." Y el mozo la siguió, llevando siempre la espuerta, hasta que la joven
llegó a un palacio, todo de mármol, con un gran patio que daba al jardín de
atrás. Todo era muy lujoso, y el pórtico tenía dos hojas de ébano, adornadas con
chapas de oro rojo.
La joven llamó, y las dos hojas de la puerta se
abrieron. El mandadero vio entonces que había abierto la puerta otra joven, cuyo
talle, elegante y gracioso, era un verdadero modelo, especialmente por sus
pechos redondos y salientes, su gentil apostura, su belleza, y todas las
perfecciones de su talle y de todo lo demás. Su frente era blanca como la
primera luz de la luna nueva, sus ojos como los ojos de las gacelas, sus cejas
como la luna creciente del Ramadán, sus mejillas como anémonas, su boca como el
sello de Soleimán, su rostro como la luna llena al salir.
Por eso, a su vista, notó el mozo que se le iba el
juicio y que la espuerta se le venía al suelo. Y dijo para sí "¡Por Alah! ¡En mi
vida he tenido un día tan bendito como el de hoy!"
Entonces esta joven tan admirable dijo a su hermana la
proveedora y al mandadero: "¡Entrad, y que la acogida aquí sea para vosotros tan
amplia como agradable!"
Y entraron, y acabaron por llegar a una sala espaciosa
que daba al patio, ad ornada con brocados de seda y oro, llena de lujosos muebles
con incrustaciones de oro, jarrones, asientos esculpidos, cortinas y unos
roperos cuidadosamente cerrados. En medio de la sala había un lecho de mármol
incrustado con perlas y esplendorosa pedrería, cubierto con un dosel de raso
rojo. Sobre él estaba extendido un mosquitero de fina gasa, también roja, y en
el lecho había una joven de maravillosa hermosura, con ojos babilónicos, un
talle esbelto como la letra aleph, y un rostro tan bello, que podía envidiarlo
el sol luminoso. Era una estrella brillante, una noble hermosura de.Arabia, como
dijo el poeta:
¡El que mida tu talle, ¡oh joven! y lo campare por su
esbeltez con la delicadeza de una rama flexible, juzga con error a pesar de su
talento! ¡Porque tu talle no tiene igual, ni tu cuerpo un hermano!
¡Porque la rama sólo es linda en el árbol y estando
desnuda! ¡Mientras que tú eres hermosa de todos modos, y las ropas que te cubren
son únicamente una delicia más!
Entonces la joven se levantó, y llegando junto a sus
hermanas, les dijo: "¿Por qué permanecéis quietas? Quitad la carga de la cabeza
de ese hombre." Entonces entre las tres le aliviaron del peso. Vaciaron la
espuerta, pusieron cada cosa en su sitio, y entregando dos dinares al mandadero,
le dijeron: "¡Oh mandadero! vuelve la cara y vete inmediatamente." Pero el mozo
miraba a las jóvenes, encantado de tanta belleza y tanta perfección, y pensaba
que en su vida había visto nada semejante. Sin embargo, chocábele que no hubiese
ningún hombre en la casa. En seguida se fijó en lo que allí había de bebidas,
frutas, flores olorosas y otras cosas buenas, y admirado hasta el límite de la
admiración, no tenía maldita la gana de marcharse.
Entonces la mayor de las doncellas le dijo: "¿Por qué
no te vas? ¿Es que te parece poco el salario?" Y se volvió hacia su hermana, la
que había hecho las compras, y le dijo: "Dale otro dinar." Pero el mandadero
replicó: "¡Par Alah, señoras mías! Mi salario suele ser la centesima parte de un
dinar, por lo cual no me ha parecido escasa la paga. Pero mi corazón está
pendiente de vosotras. Y me pregunto cuál puede ser vuestra vida, ya que vivís
en esta soledad, y no hay hombre que os haga compañía. ¿No sabéis que un
minarete sólo vale algo con la condición de ser uno de los cuatro de la
mezquita? Pero ¡oh señoras mías! no sois más que tres, y os falta el cuarto. Ya
sabéis que la dicha de las mujeres nunca es perfecta si no se unen con los
hombres. Y, coma dice el poeta, un acorde no será jamás armonioso como no se
reúnan cuatro instrumentos: el arpa, el laúd, la cítara y la flauta. Vosotras,
¡oh señoras mías! sólo sois tres, y os falta el cuarto instrumento: la flauta.
¡Yo seré la flauta, y me conduciré como un hombre prudente, lleno de sagacidad e
inteligencia, artista hábil que sabe guardar un secreto!"
Y las jóvenes le dijeron: "¡Oh mandadero! ¿no sabes tú
que somos vírgenes? Por eso tenemos miedo de fiarnos de algo. Porque hemos leído
lo que dicen los poetas: "Desconfía de toda confidencia, pues un secreto
revelado es secreto perdido."
Pero el mandadero exclamó: "¡Juro por vuestra vida, ¡oh
señoras mías! que yo soy un hombre prudente, seguro y leal! He leído libros y he
estudiado crónicas. Sólo cuento casas agradables, callándome cuidadosamente las
cosas tristes. Obro en toda ocasión según dice el poeta:
¡Sólo el hombre juicioso sabe callar el secreto! ¡Sólo
los mejores entre los hombres saben cumplir sus promesas!
¡Yo encierro los secretos en una casa de sólidos
candados, donde la llave se ha perdido y la puerta está sellada!"
Y escuchando los versos del mandadero, muchas otras
estrofas que recitó y sus improvisaciones rimadas, las tres jóvenes se
tranquilizaron; pero para no ceder en seguida, le dijeron: "Sabe, ¡oh mandadero!
que, en este palacio hemos gastado el dinero en enormes cantidades. ¿Llevas tú
encima con que indemnizarnos? Sólo te podremos invitar con la condición de que
gastes mucho oro. ¿Ácaso no es tu deseo permanecer con nosotras, acompañarnos a
beber, y singularmente hacernos velar toda la noche, hasta que la aurora bañe
nuestros rostros?" Y _la mayor de las doncellas añadió: "Amor sin dinero no
puede servir de buen contrapeso en el platillo de la balanza." Y la que había
abierto la puerta, dijo: "Si no tienes nada, vete sin nada." Pero en aquel
momento intervino la proveedora, y dijo: "¡Oh hermanas mías! Dejemos eso, ¡por
Alah! pues este muchacho en nada ha de amenguarnos el día. Además, cualquier
otro hombre no habría tenido con nosotras tanto comedimiento. Y cuando le toque
pagar a él, yo lo abonaré en su lugar."
Entonces el mandadero se regocijó en extremo, y dijo a
la que le había defendido: "¡Por Alah! A ti te debo la primer ganancia del día."
Y dijeron las tres: "Quédate, ¡oh buen mandadero! y te tendremos sobre nuestra
cabeza y nuestros ojos," Y en seguida la proveedora se levantó y se ajustó el
cinturón. Luego dispuso los frascos, clarificó el vino por decantación, preparó
el lugar en que habían de reunirse cerca del estanque, y llevó allí cuanto
podían necesitar. Después ofreció el vino y todo el mundo se sentó, y el
mandadero en medio de ellas, en el vértigo, pues se figuraba estar soñando.
Y he aquí que la proveedora ofreció la vasija del vino
y llenaron la copa y la bebieron, y así por segunda y por tercera vez. Después
la proveedora la llenó de nuevo y la presentó a sus hermanas, y luego al
mandadero. Y el mandadero, extasiado, improvisó esta composición rimada:
¡Bebe este vino! ¡Él es la causa de toda nuestra
alegría! .¡Él da al que lo bebe fuerzas y salud! ¡Él es el único remedio que
cura todos los males!
¡Nadie bebe el vino origen de toda alegría, sin sentir
las emociones más gratas! ¡La embriaguez es lo único que puede saturarnos de
voluptuosidad!
Después besó las manos a las tres doncellas, y vació la
copa. En seguida, aproximandose a la mayor, le dijo: "¡Oh señora mía! ¡Soy tu
esclavo, tu cosa y tu propiedad!" Y recitó estas estrofas en honor suyo:
¡A tu puerta espera de pie un esclavo de tus ojos,
acaso el más humilde de tus esclavos!
¡Pero, conoce a su dueña! ¡Él sabe cuánta s su
generosidad y sus beneficios! ¡Y sobre todo, sabe cómo se lo ha de agradecer!
Entonces ella le dijo ofreciéndole la copa: "Bebe, ¡oh
amigo mío! que la bebida, te aproveche y la digieras bien. Que ella te de
fuerzas para el camino de la verdadera salud."
Y el mandadero cogió la copa, besó la mano a la joven,
y una voz dulce y modulada cantó quedamente estos versos:
¡Yo ofrezco: a mi amiga un vino resplandeciente como
sus mejillas, mejillas tan luminosas, que sólo la claridad de una llama podría
compararse con su espléndida vida!
Ella se digna aceptarlo, pero me dice muy risueña:
"¿Cómo quieres que beba mis propias mejillas?"
Y yo le digo: "¡Bebe, oh llama de mi corazón! ¡Este
licor son mis lágrimas, su color rojo mi sangre, y su mezcla en la copa es toda
mi alma!
Entonces la joven cogió la copa de manos del mandadero,
se la llevó a los labios y después fue a sentarse junto a sus hermanas. Y todas
empezaron a cantar, a danzar y a jugar con las flores exquisitas. Después
siguieron bebiendo en la misma copa hasta que comenzó a anochecer. Las jóvenes
dijeron entonces al mandadero: "Ahora vuelve la cara y vete, y así veremos la
anchura de tus hombros." Pero el mozo exclamo: "¡Por Alah, señoras mías! ¡Más
fácil sería a mi alma salir del cuerpo, que a mí dejar esta casa! ¡Juntemos esta
noche con el día, y mañana podrá cada uno ir en busca de su destino por el
camino de Alah!" Entonces intervino nuevamente la joven proveedora: "Hermanas,
por vuestra vida, invitémosle a pasar la noche con nosotras y nos reiremos mucho
con él, porque es muy gracioso." Y dijeron entonces al mandadero: "Puedes pasar
aquí la noche, con la condición de estar bajo nuestro dominio y no pedir ninguna
explicación sobre lo que veas ni sobre cuanto ocurra." Y él respondió: "Así sea,
¡oh señoras mías!" Y ellas añadieron: "Levántate y lee lo que está escrito
encima de la puerta." Y él se levantó, y encima de la puerta vio las siguientes
palabras, escritas con letras de oro:
No hables nunca de lo que no te importe, si no, oirás
cosas que no te gusten.
Y, el mandadero dijo: "¡Oh señoras mías os pongo por
testigo de que no he de hablar de lo que no me importe"
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 10a NOCHE
Doniazada dijo: "¡Oh hermana mía! acaba la relación." Y
Schalhrazada contestó: "Con mucho agrado, y como un deber de generosidad." Y
prosiguió:
He llegado a saber, ¡oh rey poderoso! que cuando el
mandadero hizo su promesa a las jóvenes, se levantó la proveedora, colocó los
manjares delante de los comensales, y todos comieron muy regaladamente. Después
de esto, encendieron las velas, quemaron maderas olorosas e incienso, y
volvieron a beber y comer todas las golosinas compradas en el zoco, sobre todo
el mandadero, que al mismo tiempo decía versos, cerrando los ojos mientras
recitaba y moviendo la cabeza. Y de pronto se oyeron fuertes golpes en la
puerta, lo que no les perturbó en sus placeres, pero al fin la menor de las
jóvenes se levantó, fue a la puerta, y luego volvió y dijo: "Bien llena va a
estar nuestra mesa esta noche, pues acabo de encontrar junto a la puerta a tres
ahjam con las barbas afeitadas y tuertos del ojo izquierdo. Es una coincidencia
asombrosa. He visto inmediatamente que eran extranjeros, y deben venir del país
de los Rum. Cada uno es diferente, pero los tres son tan ridículos de fisonomía,
que hacen reír. Si los hiciésemos entrar nos divertiríamos con ellos." Y sus
hermanas aceptaron, "Diles que pueden entrar; pero entérales de que no deben
hablar de lo que no les importe, si no quieren oír cosas desagradables." Y la
joven corrió a la puerta, muy alegre, y volvió trayendo a los tres tuertos.
Llevaban las mejillas afeitadas, con unos bigotes retorcidos y tiesos, y todo
indicaba que pertenecían a la cofradía de mendicantes llamados saalik.
Apenas entraron, desearon la paz a la concurrencia, las
jóvenes se quedaron de pie y los invitaran a. sentarse. Una vez sentados, los
saalik miraron al mandadero, y suponiendo que pertenecía a su cofradía, dijeron:
"Es un saalik como nosotros, y podrá hacernos amistosa compañía." Pero el mozo,
que los había oído, se levantó de súbito los miró airadamente, y exclamó:
"Dejadme en paz, que para nada necesito vuestro afecto. Y empezad por cumplir lo
que veréis escrito encima de esa puerta." Las doncellas estallaron de risa al
oír estas palabras, y se decían: "Vamos a divertirnos con este mozo y los
saalik." Después ofrecieron manjares a los saalik, que los comieron muy
gustosamente. Y la más joven les ofreció de beber, y los saalik bebieron uno
tras otro. Y cuando la copa estuvo en circulación, dijo el mandadero: "Hermanos
nuestros, ¿lleváis en el saco alguna historia o alguna maravillosa aventura con
qué divertirnos?" Estas palabras los estimularon, y pidieron que les trajesen
instrumentos. Y entonces la más joven les trajo inmediatamente un pandero de
Mussul adornado con cascabeles, un laúd de Irak y una flauta de Persia. Y los
tres saalik se pusieron de pie, y uno cogió el pandero, otro el laúd y el
tercero la flauta. Y los tres empezaron a tocar, y las doncellas los acompañaban
con sus cantos. Y el mandadero se moría de gusto, admirando la hermosa voz de
aquellas mujeres.
En este momento volvieron a llamar a la puerta. Y como
de costumbre, acudió a abrir la más joven de las tres doncellas.
Y he aquí el motivo de que hubiesen llamado:
Aquella noche, el califa Harún Al-Rachid había salido a
recorrer la ciudad, para ver y escuchar por si mismo cuanto ocurriese. Le
acompañaba su visir Giafar-Al-Barmaki y el porta-alfanje Masrur, ejecutor de sus
justicias. El califa en estos casos acostumbraba a disfrazarse de mercader.
Y paseando por las calles había llegado frente a
aquella casa y había oído los instrumentos y los ecos de la fiesta. el califa
dijo al visir Giafar: "Quiero que entremos en esta casa para saber qué son esas
voces." Y el visir Giafar replicó: "Acaso sea un atajo de borrachos, y
convendría precavernos por si nos hiciesen alguna mala partida." Pero el califa
dijo: "Es mi voluntad entrar ahí. Quiero que busques la forma de entrar y
sorprenderlos." Al oír esa orden, el visir contestó: "Escucho y obedezco." Y
Giafar avanzó llamó a la puerta. Y al momento fue a abrir la más joven de las
tres hermanas.
Cuando la joven hubo abierto la puerta, el visir le
dijo: "¡Oh señora mía! somos mercaderes de Tabaria. Hace diez días llegamos a
Bagdad con nuestras géneros, y habitamos en el khan de los mercaderes. Uno de
las comerciantes del khan nos ha convidado a su casa y nos ha dado de comer.
Después de la comida, que ha durado una hora, nos ha dejado en libertad de
marcharnos. Hemos salido, pero ya era de noche, y como somos extranjeros, hemos
perdido el camino del khan y ahora nos dirigimos fervorosamente a vuestra
generosidad para que nos perImitáis entrar y pasar la noche aquí. Y ¡Alah os
tendrá en cuenta esta buena obra!"
Entonces la joven los miró, le pareció que en efecto
tenían maneras de mercaderes y un aspecto muy respetable, por lo cual fue a
buscar a sus dos hermanas para pedirles parecer. Y ellas le dijeron: "Déjales
entrar." Entonces fue a abrirles la puerta, y le preguntaron: "¿Podemos entrar,
con vuestro permiso?" Y ella contestó: "Entrad." Y entraron el califa, el visir
y el porta-alfanje, y al verlos, las jóvenes se pusieron de pie y les dijeron:
"¡Sed bien venidos, y que la acogida en esta casa os sea tan amplia como
amistosa! Sentaos, ¡oh huéspedes nuestros! Sólo tenemos que imponeros una
condición: No habléis de lo que no os importe, si no queréis oír cosas que no os
gusten." Y ellos respondieron: "Ciertamente que sí." Y se sentaron, y fueron
invitados a beber y a que circulase entre ellos la copa. Después el califa miró
a los tres saalik, y se asombró mucho de ver que los tres estaban tuertos del
ojo izquierdo. Y miró en seguida a las jóvenes, y al, advertir su hermosura y su
gracia, quedó aún más perplejo y sorprendido. Las doncellas siguieron
conversando con los convidados; invitándoles a beber con ellas, y luego
presentaron un vino exquisito al califa, pero éste lo rechazó, diciendo: "Soy un
buen hadj". Entonces la más joven se levantó y colocó delante de él una mesita
con incrustaciones finas, encima de la cual puso una taza de porcelana de China,
y echó en ella agua de la fuente, que enfrió con un pedazo de hielo, y lo mezcló
todo con azúcar y agua de rosas, y después se lo presentó al califa. Y él
aceptó, y le dio las gracias, diciendo para sí: "Mañana tengo que recompensaría
por su acción y por todo el bien que hace."
Las doncellas siguieron cumplierado sus deberes de
hospitalidad y sirviendo de beber. Pero, cuando el vino produjo sus efectos, la
mayor de las tres hermanas se levantó, cogió de la mano a la proveedora, y le
dijo: "¡Oh hermana mía! levántate y cumplamos nuestro deber." Y su hermana le
contestó: "Me tienes a tus órdenes." Entonces la más pequeña se levantó también,
y dijo a los saalik que se apartaran del centro de la sala y que fuesen a
colocarse junto a las puertas. Quitó cuanto había en medio del salón y lo
limpió. Las otras dos hermanas llamaron al mandadero, y le dijeron: "¡Por Alah!
¡Cuán poco nos ayudas! Cuenta que no eres un extraño, sino de la casa." Y
entonces el mozo se levantó, se remangó la túnica, y apretándose el cinturón,
dijo: "Mandad y obedeceré." Y ellas contestaron: "Aguarda en tu sitio." Y a los
pocos momentos le dijo la proveedora: "Sígueme, que podrás ayudarme."
Y la siguió fuera de la sala, y vio las perras de la
especie de las perras negras, que llevaban cadenas al cuello. El mandadero las
cogió y las llevó al centro de la sala. Entonces la mayor de las hermanas se
remangó el brazo, cogió un látigo, y dijo al mozo: "Trae aquí una de esas
perras." Y el mandadero, tirando de la cadena del animal, le obligó a acercarse,
y la perra se echó a llorar y levantó la cabeza hacia la joven. Pero ésta, sin
cuidarse de ello, la tumbó a sus pies, y empezó a darle latigazos en la cabeza,
y la perra chillaba y lloraba, y la joven no la dejó de azotar hasta que se le
cansó el brazo. Entonces tiró el látigo, cogió a la perra en brazos, la estrechó
contra su pecho, le seco las lágrimas y la besó en la cabeza, que le tenía
cogida entre sus manos. Después dijo al mandadero: "Llévatela, y tráeme la
otra." Y el mandadero trajo la otra, y la joven la trató lo mismo que a la
primera.
Entonces el califa sintió que su corazón se llenaba de
lástima y que el pecho se le oprimía de tristeza, y guiñó el ojo al visir Giafar
para que interrogase sobre aquello a la joven, pero el visir le respondió por
señas que lo mejor era callarse.
En seguida la mayor de las doncellas se dirigió a sus
hermanas, y les dijo: "Hagamos lo que es nuestra costumbre." Y las otras
contestaron: "Obedecemos." Y entonces se subió al lecho, chapeado de plata y de
oro, y dijo a las otras dos: "Veamos ahora lo que sabéis." Y la más pequeña se
subió al lecho, mientras que la otra se marchó a sus habitaciones y volvió
trayendo una bolsa de raso con flecos de seda verde; se detuvo delante de las
jóvenes, abrió la bolsa y extrajo de ella un laúd. Después se lo entregó a su
hermana pequeña, que lo templó, y se puso a tañerlo, cantando estas estrofas con
una vez sollozante y conmovida:
¡Por piedad! ¡Devolved a mis párpados el sueño que de
ellos ha huido! ¡Decidme dónde ha ido a parar mi razón!
¡Cuando permití que el amor penetrase en mi morada, se
enojó conmigo, el ceño y me abandonó?
Y me preguntaban: "¿Qué has hecho: para verte así, tú
que eres de los que recorren el camino recto y seguro? ¡Dinos quién te ha
extraviado de ese modo!"
Y les dije; "¡No seré yo, sino ella, quiera os
responda! ¡Yo sólo puedo deciros que mi sangre, toda mi sangre, le pertenece! ¡Y
siempre he de preferir veterla por ella a conservarla torpemente en mí!
"¡He elegido una mujer para poner en ella mis
pensamientos, mis pensamientos que reflejan su imagen! ¡Si expulsara esa imagen,
se consumirían mis entrañas con un fuego devorador!
"¡Si la vierais, me disculparíais! ¡Porque el mismo
Alah cinceló esa joya con el licor de la vida; y con lo que quedó de ese licor
fabricó la granada y las perlas!"
Y me dicen: "¿Pero encuentras en el objeto amado otra
cosa que lágrimas, peñas y escasos placeres?
¿No sabes que al mirarte en el agua límpida sólo verás
tu sombra? ¡bebes de un manantial cuya agua sacia antes de ser saboreada!"
Y yo contesto: "¡No creáis que bebiendo se ha apoderado
de mí la embriaguez, sino sólo mirando! ¡No fue preciso más; esto bastó para qué
el sueño huyera por siempre de mis ojos!
"¡Y no son las cosas pasadas las que me consumen, sino
solamente el pasado de ella! ¡No son las cosas amadas de que me separé las que
me han puesto en este estado, sino solamente la separación de ella!
"¿Podría volver mis miradas hacia otra, cuando toda mi
alma está unida a su cuerpo perfumado a sus aromas de ámbar y almizcle?"
Cuando acaba de cantar, su hermana le dijo: "¡Ojalá te
consuele Alah, hermana mía!" Pero tal aflicción se apoderó de la joven portera,
que se desgarró las vestiduras y cayó desmayada en el suelo.
Pero al caer, como una parte de su cuerpo quedó
descubierta, el califa vio en él huellas de latigazos y várazos, y se asombró
hasta el límite del asombro. La proveedora roció la cara de su hermana, y luego
que recobró el sentido, le trajo un vestido nuevo y se lo puso.
Entonces el califa dijo a Giafar: ¿No te conmueven
estas cosas? ¿No has visto señales de golpes en el cuerpo de esa mujer? Yo no
puedo callarme, y no descansaré hasta descubrir la verdad de todo esto, y sobre
todo, esa aventura de las dos perras." Y el visir contestó: "¡Oh mi señor,
corona de mi cabeza! recuerda la condición que nos impusieron: No hables de lo
que no te importe, si no quieres oír cosas que no te gusten."
Y mientras tanto, la proveedora se levantó, cogió el
laúd; lo apoyó en su redonda seno, y se puso a cantar:
¿Qué responderíamos si vinieran a darnos quejas de
amor? ¿Qué haríamos si el amor nos dañara?
¡Si confiáramos a un intérprete que respondiese en
nuestro nombre, este intérprete no sabría traducir todas las quejas de un
corazón enamorado!
¡Y si sufrimos con paciencia y era silencio en ausencia
del amado, pronto nos pondrá el dolor a las puertas de la muerte!
¡Oh dolor!` ¡Para npsotros sólo hay penas y duelo: las
lágrimas resbalan por las mejillas!
Y tú, querido ausente, que has huido de las miradas de
mis ojos cortando las lazos que te unían a mis entrañas.
Di, ¿conservas algún recuerdo de nuestro amor pasado,
una huella, pequeña que dure a pesar del tiempo?
¿O has olvidado, con la ausencia, el amor que agotó mi
espíritu y me puso en tal estado de aniquilamiento y postración?
¡Si mí sino es vivir desterrada, algún día pediré
cuentas de estos sufrimientos a Alah, nuestro Señor!
Al oír este canto tan triste, la mayor de las doncellas
se desgarró las vestiduras, y cayó desmayada. Y la proveedora se levantó y le
puso un vestido nuevo, después de haber cuidado de rociarle la cara con agua
para que volviese de su desmayo. Entonces, algo repuesta, se sentó la joven en
el lecho, y dijo a su hermana: "Te ruego que cantes para que podamos pagar
nuestrás deudas. ¡Aunque sólo sea una vez!" Y la proveedora templó de nuevo el
laúd y cantó las siguientes estrofas:
¿Hasta cuándo durarán esta separación y este abandono
tan cruel? ¿No sabes qué a mis ojos ya no les quedan lágrimas?
¡Me abandonas! ¿Pera no crees que rompes así la antigua
amistad? ¡Oh! ¡si tu objeto era despertar mis celos, lo has logrado!
¡Si el maldito Destino siempre ayudase a los hombres
amorosos, las pobres mujeres no tendrían tiempo para dirigir reconvenciones a
los amantes infieles!
¿A quién me quejaré para desahogar un poco mis
desdichas, las desdichas causadas por tu mano, asesino de mi corazón?.. ¡Áy de
mi! ¿Qué recurso le queda al que perdió la garantía de su crédito? ¿Cómo cobrar
la deuda?
¡Y la tristeza de mi corazón dolorido crece con la
locura de mi deseo hacia tí! ¡Te busco! ¡Tengo tus promesas! Pero tú ¿dónde
estás?
¡Oh hermanos! ¡os lego la obligación de vengarme del
infiel! ¡Que sufra padecimientos como los míos! ¡Que apenas vaya a cerrar los
ojos para el sueño, se los abra en seguida el insomnio largamente!
¡Por tu amor he sufrido las peores humillaciones!
¡Deseo, pues, que otro en mi lugar goce las mayores satisfacciones a costa tuya!
¡Hasta hay me ha tocado padecer por su amor! ¡Pero a
él, que de mí se burla, le tocará sufrir mañana!
Al oír esto cayó desmayada otra vez la más joven de las
hermanas; y su cuerpo apareció señalado por el látigo.
Entonces dijeron los tres saalik: "Más nos habría
valido no entrar en esta casa, aunque hubiéramos pasado la noche sobre un montón
de escombros, porque este espectáculo nos apena de tal modo, que acabará por
destruirnos la espina dorsal." Entonces el califa, volviénlose hacia ellos, les
dijo: "¿Y por qué es eso?" Y contestaron: "Porque nos ha emocionado mucho lo que
acaba de ocurrir." Y el califa les preguntó: "¿De modo que no sois de la casa?"
Y contestaron: "Nada de eso. El que parece serlo es ese que está a tu lado."
Entonces exclamó el mandadero: "¡Por Alah! Esta noche he entrado en esta casa
por primera vez, y mejor habría sido dormir sobre un montón de piedras."
Entonces dijeron: "Somos siete hombres, y ellas sólo
son tres mujeres. Preguntemos la explicación de lo ocurrido, y si no quieren
contestarnos de grado, que lo hagan a la fuerza." Y todos se concertaron para
obrar de ese modo, menos el visir, que les dijo: "¿Creéis que vuestro propósito
es justo y honrado? Pensad que somos sus huéspedes, nos han impuesto condiciones
y debemos cumplirlas Además, he aquí que se acaba la noche, y pronto irá cada
uno a buscar su suerte por el camino de Alah." Después guiñó el ojo al califa, y
llevándole aparte, le dijo: "Sólo nos queda que permanecer aquí una hora. Te
prometo que mañana pondré entre tus manos a estas jóvenes, y entonces las podrás
preguntar su historia." Pero el califa rehusó y dijo: "No tengo paciencia para
aguardar a mañana." Y siguieron hablando todos, hasta que acabaron por
preguntarse: "¿cuál de nosotros les dirigirá la pregunta?" Y algunos opinaron
que eso le correspondía al mandadero.
A todo esto, las jóvenes les preguntaron: "¿De qué
habláis, buena gente?" Entonces el mandadero se levantó, se puso delante de la
mayor de las tres hermanas, y le dijo: "¡Oh soberana mía! En nombre de Alah te
pido y te conjuro, de parte de todos los convidados, que nos cuentes la historia
de esas dos perras negras, y por qué las has castigado tanto, para llorar
después y besarlas. Y dinos también, para que nos enteremos, la causa de esas
huellas de latigazos que se ven en el cuerpo de tu hermana. Tal es nuestra
petición. Y ahora, ¡que la paz sea contigo!" Entonces la joven les preguntó a
todos. "¿Es cierto lo que dice este mandadero en vuestro nombre?" Y todos,
excepto el visir, contestaron "Cierto es," Y el visir no dijo ni una palabra.
Entonces la joven, al oír su respuesta, les dijo: "¡Por
Alah, huéspedes míos! Acabáis de ofendernos de la peor manera. Ya se os advirtió
oportunamente que si alguien hablaba de lo que no le importase, oiría lo que no
le había de gustar. ¿No os ha bastado entrar en esta casa y comeros nuestras
provisiones? Pero no tenéis vosotros la culpa, sino nuestra hermana, por haberos
traído."
Y dicho esto, se remangó el brazo, dio tres veces con
el pie en el suelo, y gritó: "¡Holal ¡Venid en seguida!" E inmediatamente se
abrió uno de los roperos cubiertos por cortinajes, y aparecieron siete negros,
altos y robustos, que blandían agudos alfanjes. Y la dueña les dijo: "Atad los
brazos a esa gente de lengua larga, y amarradlos unos a otros." Y ejecutada la
orden, dijeron los negros: "¡Oh señora nuestral ¡Oh flor oculta a las miradas de
los hombres! ¿nos permites que les cortemos la cabeza?" Y ella contestó:
"Aguardad una hora, que antes de degollarlos he de interrogar para saber quiénes
son."
Entonces exclamó el mandadero: "¡Por Alah, oh señora
mía! no me mates por el crimen de estos hombres. Todos han faltado y todos han
cometido un acto criminal, pero yo no. ¡Por Alah! ¡Qué noche tan dichosa y tan
agradable habríamos pasado si no hubiésemos visto a estos malditos saalik!
Porque estos saalik de mal agüero son capaces de destruir la más floreciente de
las ciudades sólo con entrar` en ella."
Y en seguida recitó esta estrofa:
¡Qué hermoso es el perdón del fuerte!
¡Y sobre todo; qué hermoso cuando se otorga al
indefenso!
¡Yo te conjuro por la inviolable amistad que existe
entre los dos: no mates al inocente por causa del culpable!
Cuando el mandadero acabó de recitar, la joven se echó
a reir.
En este momento de su narración; Schahrazada vio
aproximarse la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 11a NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando la
joven se echó a reír, después de haberse indignado, se acercó a los
concurrentes, y dilo: "Cantadme cuanto tengáis que contar, pues sólo os queda
una hora de vida. Y si tengo tanta paciencia, es porque sois gente humilde, que
si fueseis de los notables, o de los grandes de vuestra tribu, o si fueseis de
los que gobiernan, ya os habría castigado."
Entonces el califa dijo al visir: "¡Desdichados de
nosotros, oh Giafar! Revélale quiénes somos, si no, va a matarnos." Y el visir
contestó: "Bien merecido nos está." Pero el califa dijo: '`No es ocasión
oportuna para bromas; el caso es muy serio, y cada cosa en su tiempo."
Entonces la joven se acercó a los saalik, y les dijo:
"¿Sois hermanos?" Y contestaron ellos; "¡No, por Alah! Somos los más pobres de
los pobres, y vivimos de nuestro oficio, haciendo escarificaciones y poniendo
ventosas." Entonces fue preguntando a cada uno: "¿Naciste tuerto, tal como ahora
estás?" Y el primero de ellos contestó: "¡No, por Alah! Pero la historia de mi
desgracia es tan asombrosa, que si se escribiera con una aguja en el ángulo
interior de un ojo, sería una lección para quien la leyera con respeto." Y los
otros dos contestaron lo mismo, y luego dijeron los tres: "Cada uno de nosotros
es de un país distinto, pero nuestras historias no pueden, ser más maravillosas,
ni nuestras aventuras más prodigiosamente extrañas.". Entonces dijo, la joven:
"Que cada cual cuente su historia, y después se llevé la mano a la frente para
darnos las gracias, y se vaya en busca de su destino.
El mandadero fue el primero que se adelantó y dijo:
"¡Oh señora mía! Yo soy sencillamente un mandadero, y nada más. Vuestra hermana
me hizo cargar con muchas cosas y venir aquí. Me ha ocurrido con vosotras lo que
sabéis muy bien, y no he de repetirlo ahora, por razones que se os alcanzan. Y
tal es toda mi historia. Y nada podré añadir a ella, sino que os deseo la paz."
Entonces la joven le dijo: "¡Vaya! llévate la mano a la
cabeza, para ver si está todavía en su sitio, arréglate el pelo, y márchate:`
Pero replicó el mozo: "¡Oh! ¡No, por Alah! No me he de ir hasta que oiga el
relato de mis compañeros."
Entonces el primer saaluk entre los saalik, avanzó para
contar su historia, y dijo:
HISTORIA DEL PRIMER SAALUK
"Voy a contarte, ¡oh mi señora! el motivo de que me
afeitara las barbas y de haber perdido un ojo.
Sabe, pues, que mi padre era rey. Tenía un hermano, y
ese hermano era rey en otra ciudad. Y ocurrió la coincidencia de que el mismo
día que mi madre me parió nació también mi primo.
Después pasaron los años, y después de los años y los
días, mi primo y yo crecimos. He de decirte que, con intervalos de algunos años,
iba a visitar a mi tío y a pasar con él algunos meses. La última vez que le
visité me dispensó mi primo una acogida de las más amplias y más generosas, y
mandó degollar varios carneros en mi honor y clarificar numerosos vinos. Luego
empezamos a beber, hasta que el vino pudo más que nosotros. Entonces mi primo me
dijo: "¡Oh primo mío Ya sabes que te quiero extremadamente, y te he de pedir una
cosa importante. No quisiera que me la negases ni que me impidieses hacer lo que
he resuelto." Y yo le contesté: "Así sea, con toda la simpatía y generosidad de
mi corazón." Y para fiar más en mí, me hizo prestar el más sagrado de los
juramentos, haciéndome jurar sobre el Libro Noble. Y en seguida se levantó, se
ausentó unos instantes, y después volvió con una mujer ricamente vestida y
perfumada, con un atavío tan fastuoso, que suponía una gran riqueza. Y
volviéndose hacia mí, con la mujer detrás de él, me dijo: "Toma esta mujer y
acompáñala al sitio que voy a indicarte." Y me señaló el sitío, explicándolo tan
detalladamente que lo comprendí muy bien. Luego añadió: "Allí encontrarás una
tumba entre las otras tumbas, y en ella me aguardarás." Yo no me pude negar a
ello, porque había jurado con la mano derecha. Y cogí a la mujer, y marchamos al
sitio que me había indicado, y nos sentamos allí para esperar a mi primo, que no
tardó en presentarse, llevando una vasija llena de agua; un saco con yeso y una
piqueta. Y lo dejó todo, en el suelo, conservando en la mano nada más que la
piqueta, y marchó hacia la tumba, quitó una por una las piedras y las puso
aparte. Después cavó con la piqueta hasta descubrir una gran losa. La levantó, y
apareció una escalera abovedada. Se volvió entonces hacia la mujer, y le dijo:
"Ahora puedes elegir." Y la mujer bajó en seguida la escalera y desapareció.
Entonces él se volvió hacia mí y me dijo: "¡Oh primo mío! te ruego que acabes de
completar este favor, y que, cuando haya bajado, eches la losa y la cubras con
tierra, como estaba. Y así completarás este favor que me has hecho. En cuanto al
yeso que hay en el saco y en cuanto al agua de la vasija, los mezclarás bien y
después pondrás las piedras como antes, y con la mezcla llenarás las junturas de
modo que nadie, pueda adivinar que es obra reciente. Porque hace un año que
estoy haciendo este trabajo, y sólo Alah lo sabe." Y luego añadió: "Y ahora
ruega a Alah que no me abrume de tristeza por estar lejos de ti, primo mío." En
seguida bajó la escalera, y desapareció en la tumba. Cuando hubo desaparecido de
mi vista, me levanté, volví a poner la losa, e hice, todo lo demás que me había
mandado, de modo que la tumba quedó como antes estaba.
Regresé al palacio, pero mi tío se haba ido de caza, y
entonces decidí acostarme aquella noche. Después, cuando vino la manana, comencé
a reflexionar sobre todas las cosas de la noche anterior, y singularmente sobre
lo que me había ocurrido con mi primo, y me arrepentí de cuánto había hecho.
¡Pero con el arrepentímiento no remediaba nada! Entonces volví hacia las tumbas
y busqué, sin poder encontrarla, aquella en que se había encerrado mi primo. Y
seguí buscando hasta cerca del anochecer, sin hallar ningún rastro. Regresé
entonces al palacio y no podía beber, ni comer, ni apartar el recuerdo de lo que
me había ocurrido con mi primo, sin poder descubrir qué era de él. Y me afligí
con una aflicción tan considerable, que toda la noche la pasé muy apenado hasta
la mañana. Marché en seguida otra vez al cementerio, y volví a buscar la tumba
entre todas las demás, pero sin ningún resultado. Y continué mis pesquisas
durante siete días más, sin encontrar el verdadero camino. Por lo cual
aumentaron de tal modo mis temores, que creí volverme loco.
Decidí viajar, en busca de remedio para mi aflicción, y
regresé al país de mi padre. Pero al llegar a las puertas de la ciudad salió un
grupo de hombres, se echaron sobre mi y me ataron los brazos. Entonces me quedé
completamente asombrado, puesto que yo era el hijo del sultán y, aquellos los
servidores de mi padre y también mis esclavos. Y me entró un miedo muy grande, y
pensaba: "¿Quién sabe lo que le habrá podido ocurrir a mi padre?" Y pregunté a
los que me habían atado los brazos, y no quisieron contestarme. Pero poco
después, uno de ellos, esclavo mío, me dijo: "La suerte no se ha mostrado
propicia con tu padre. Los soldados le han hecho traición y el visir lo ha
mandado matar. Nosotros estabamos emboscados, aguardando que cayeses en nuestras
manos."
Luego me condujeron a viva fuerza. Yo no sabía lo que
me pasaba, pues la muerte de mi padre me había llenado de dolor. Y me entregaron
entre las manos del visir que había matado a mi padre. Pero entre este visir y
yo existía un odio muy antiguo. Y la causa de este odio consistía en que yo, de
joven, fui muy aficionado al tiro de ballesta, y ocurrió la desgracia de que un
día entre los días me hallaba en la azotea del palacio de mi padre, cuando un
gran pájaro descendió sobre la azotea del palacio del visir, el cual estaba en
ella. Quise matar al pájaro con la ballesta, pero la ballesta erró al pájaro,
hirió en un ojo al visir y se lo hundió, por voluntad y juicio escrito de Alah.
Ya lo dijo el poeta:
¡Deja que se cumplan los destinos; no quieras desviar
el fallo de los jueces de la tierra!
¡No sientas alegría ni aflicción por ninguna cosa, pues
las cosas no son eternas!
¡Se ha cumplido nuestro destino; hemos seguido con toda
fidelidad los renglones escritos por la Suerte; porque aquel para quien, la
Suerte escribió un renglón, no tiene más remedio que seguirlo!
Y el saaluk prosiguió de este modo
Cuando dejé tuerto al visir, no se atrevió a reclamar
en contra mía, porque mi padre era el rey del país. Pero esta era la causa de su
odio.
Y cuando me presentaron a él, con los brazos atados,
dispuso que me cortaran la cabeza. Entonces le dije: ¿Por qué me matas si no he
cometido ningún crimen?" Y contestó: "¿Qué mayor crimen que éste?" Y señalaba su
ojo huero. Y yo dije: "Eso lo hice contra mi voluntad." Pero él replicó: "Si lo
hiciste contra tu voluntad, yo voy a hacerlo con toda la mía." Y dispuso:
"¡Traedlo a mis manos!" Y me llevaron entre sus manos.
Entonces extendió la mano, clavó su dedo en mi ojo
izquierdo, y lo hundió completamente.
¡Y desde entonces estoy tuerto, como todos veis!
Hecho esto, ordenó que me matasen y me metiesen en un
cajón. Después llamó al verdugo, y le dijo: "Te lo entrego. Desenvaina tu
alfanje y lleva a este hombre fuera de la ciudad; lo matas y le dejas allí para
que se lo coman las fieras."
Entonces el verdugo me llevó fuera de la ciudad. Y me
sacó de la caja con las manos atadas y los pies encadenados, y me quiso vendar
los ojos antes de matarme. Pero entonces rompí a llorar y recité estas estrofas:
¡Te elegí como firme coraza para librarme de mis
enemigos, y eres la lanza y el agudo hierro con que me atraviesan!
¡Cuando disponía del poder, mi mano derecha, la que
debía castigar, se abstenía, pasando el arma a mi mano izquierda, que no la
sabía esgrimir! ¡Así obraba yo!
¡No insistáis, os lo ruego, en vuestros reproches
crueles; dejad que sólo los enemigos me arrojen las flechas dolorosas!
¡Conceded a mi pobre alma, torturada por los enemigos,
el don del silencio; no la oprimáis más con la dureza y el peso de vuestras
palabras!
¡Confié en mis amigos para que me sirviesen de sólidas
corazas; y así lo hicieron, pero en manos de los enemigos y contra mí!
¡Los elegí para que me sirviesen de flechas mortales; y
lo fueron, pero contra mi corazón!
¡Cultivé sus corazones para hacerlos, fieles; y fueron
fieles, pero a otros amores!
¡Los cuidé fervorosamente para que fuesen constantes; y
lo fueron, pero en la traición!
Cuando el verdugo oyó éstos versos, recordó que había
servido a mi padre y que yo le había colmado de beneficios, y me dijo: "¿Cómo
iba yo a matarte, si soy tu esclavo?" Y añadió: "Escápate. ¡Te salvo la vida!
Pero no vuelvas a esta comarca, porque perecerías y me harías perecer contigo,
según dice el poeta:
¡Anda! ¡Libértate, amigo, y salva a tu alma de la
tiranía! ¡Deja que las casas sirvan de tumba a quienes las han construido!
¡Anda! ¡Podrás encontrar otras tierras que las tuyas,
otros países distintos de tu país, pero nunca hallarás mas alma que tu alma!
¡Piensa que es muy insensato vivir en un país de
humillaciones, cuando la tierra de Alah es ancha hasta lo infinito!
¡Sin embargo... está escrito! ¡Está escrito que el
hombre destinado a morir en un país no podrá morir más que en el país de su
destino! Pero, ¿sabes tú cuál es el país de, tu destino?...
¡Y sobre todo, no olvides nunca que el cuello del león
no llega a su desarrollo hasta que su alma se ha desarrollado, con toda
libertad!
Cuando acabó de recitar estos versos le besé las manos,
y mientras no me vi muy lejos de aquellos lugares no pude creer en mi salvación.
Pensando que había salvado la vida, pude consolarme de
haber perdido un ojo, y seguí caminando, hasta llegar a la ciudad de mi tío.
Entré en su palacio y le referí todo lo que le había ocurrido a mi padre y todo
lo qué me había ocurrido o mí. Entonces derramó muchas lágrimas, y exclamó "¡Oh
sobrino mío! vienes a añadir una aflicción a mis aflicciones y un dolor a mis
dolores. Porque has de saber que el hijo de tu pobre tío ha desaparecido hace
muchos días, y nadie sabe dónde está." Y rompió a llorar tanto, que se desmayó.
Cazando volvió en sí, me dijo: "Estaba afligidísimo por tu primo, y ahora
se.aumenta mi dolor con lo ocurrido a ti y a tu padre. En cuanto a ti, ¡oh hijo
mío! más vale haber perdido un ojo que la vida."
Al oírle hablar de este modo, no pude callar por más
tiempo lo que le había ocurrido a mi primo, y le revelé toda la verdad. Mi tío,
al saberla, se alegró hasta el límite de la alegría; y me dijo: "Llévame en
seguida a esa tumba." Y contesté: ¡Por Alah! no sé donde está esa tumba. He ido
muchas veces a buscarla, sin poder dar con ella."
Entonces nos fuimos al cementerio, y al fin, después de
buscar en todos sentidos, acabé por encontrarla. Y yo y mi tío llegamos al
límite de la alegría, y entramos en la bóveda, quitamos la tierra, apartamos la
losa y descendimos los cincuenta peldaños que tenía la escalera. Al llegar
abajo, subió hacia nosotros una humareda que nos cegaba. Pero en seguida mi tío
pronunció la Palabra que libra de todo temor a quien la dice, y es ésta: "¡No
hay poder ni fuerza mas que en Alah, el Altísimo, el Omnipotente!"
Después seguimos andando, hasta llegar a un gran salón
que estaba lleno de harina y de grano de todas las especies, de manjares de
todas clases y de otras muchas cosas. Y vimos en medio del salón un lecho
cubierto por unas cortinas. Mi tío miró hacia el interior del lecho, y vio a su
hijo en brazos de aquella mujer que le había acompañado, pero ambos estaban
totalmente convertidos en carbón, como si los hubieran echado en un horno.
Al verlos, escupió mi tío en la cara de su hijo, y
exclamó: "Mereces el suplicio de este bajo mundo que ahora sufres, pero aún te
falta el del otro, que es mas terrible y más duradero." Y después de haberle
escupído, se descalzó una babucha, y con la suela le dio en la cara.
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aproximarse la mañana, y discretamente no quiso abusar del permiso que se le
había concedido.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 12a NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el saaluk,
mientras la concurrencia escuchaba su relato prosiguió diciendo a la joven:
Después que mi tío dio con la babucha en la cara de su
hijo, que estaba allí tendido y hecho carbón, me quedé prodigiosamente
sorprendido ante aquel golpe. Y me afligió mucho ver a mi primo convertido en
carbón, ¡tan joven como era! Y en seguida exclamé: "¡Por Alah! ¡oh tío mío!
Alivia un poco los pesares de tu corazón. Porque yo sufro mucho con lo que ha
ocurrido a tu hijo. Y sobre todo, me aflige verlo convertido en carbón, lo mismo
que a esa joven, y que tú, no contento con esto, le pegues con la suela de tu
babucha." Entonces mi tío me contó lo siguiente:
"¡Oh sobrino mío! Sabe que este joven, que es mi hijo,
ardió en amores por su hermana desde la niñez. Y yo siempre le alejaba de ella,
y me decía: "Debo estar tranquilo, porque aún son muy jóvenes." Sin embargo,
eché a mi hijo una reprimenda terrible y le dije: "¡Cuidado con esas acciones
que nadie ha cometido hasta ahora, ni nadie cometerá después! ¡Cuenta que no
habría reyes que tuvieran que arrastrar tanta vergüenza ni tanta ignominia como
nosotros! ¡Y los correos propagarían a caballo nuestro escándalo por todo el
mundo! ¡Guárdete, pues, si no quieres que te maldiga y te mate!" Después cuidé
de separarla a ella y de separarle a él.
Así, pues, cuando mi hijo vio que le había separado de
su hermana, debió fabricar este asilo subterráneo sin que nadie lo supiera; y
como ves, trajo a él manjares y otras cosas; y se aprovechó de mi ausencia,
cuando yo estaba en la cacería, para venir aquí con su hermana.
Con esto provocaron la justicia del Altísimo y Muy
Glorioso. Y ella los abrasó aquí a los dos. Pero el suplicio del mundo futuro es
más terrible todavía y más duradero."
Entonces mi tío se echó a llorar, y yo lloré con él. Y
después exclamó: "¡Desde ahora serás mi hijo en vez del otro!"
Pero yo me puse a meditar durante una hora sobre los
hechos de este mundo y en otras cosas: en la muerte de mi padre por orden del
visir, en su trono usurpado, en mi ojo hundido, ¡que todos veis! y en todas
estas cosas tan extraordinarias que le habían ocurrido a mi primo, y no pude
menos de llorar otra vez.
Luego salimos de la tumba, echamos la losa la cubrimos
con tierra y dejándolo todo como estaba antes, volvimos a palacio.
Apenas llegamos oímos sonar instrumentos de guerra,
trompetas y tambores, y vimos que corrían los guerreros, Y toda la ciudad se
llenó de ruidos, del estrépito y del polvo que levantaban los cascos de los
caballos. Nuestro espíritu se hallaba en una gran perplejidad, no acertando la
causa de todo aquello. Pero por fin mi tío acabó por preguntar la razón de estas
cosas, y le dijeron: "Tu hermano ha sido muerto por el visir, que se ha
apresurado a reunir sus tropas y a venir súbitamente al asalto de la ciudad, Y
los habitantes han visto que no podían ofrecer resistencia, y han rendido la
ciudad a discreción."
Al oír todo aquello, me dije: "¡Seguramente me matará
si caigo en sus manos!" Y de nuevo se amontonaron en mi alma las penas y las
zozobras, y empecé a recordar las desgracias ocurridas a mi padre y a mi madre,
Y no sabía qué hacer, pues si me veían los soldados estaba perdido Y no hallé
otro recurso que afeitarme la barba, Así es que me afeité la barba, me disfracé
como pude, y me escapé de la ciudad. Y me dirigí hacia esta ciudad de Bagdad,
donde esperaba llegar sin contratiempo y encontrar alguien que me guiase al
palacio del Emir de. los Creyentes, Harún Al Rachid, el califa del Amo del
Universo, a quien quería contar mi historia y mis aventuras.
Llegué a Bagdad esta misma noche, y como no sabía dónde
ir, me quedé muy perplejo. Pero de pronto me encontré cara a cara con este
saaluk, y le deseé la paz y le dije: "Soy extranjero;" Y él me contestó: "Yo
también lo soy," Y estábamos hablando, cuando vimos acercarse a este tercer
saaluk, que nos deseó la paz y nos dijo: "Soy extranjero." Y le contestamos:
"También lo somos nosotros." Y anduvimos juntos hasta que nos sorprendieron las
tinieblas. Entonces el Destino nos guió felizmente a esta casa, cerca de
vosotras, señoras mías,
Tal es la causa de que me veáis afeitado y tenga un ojo
saltado." Cuando hubo acabado de hablar, le dijo la mayor de las tres doncellas:
"Está bien; acaríciate la cabeza y vete."
Pero el primer saaluk contestó: "No me iré hasta que
haya oído los relatos de los demás."
Y todos estaban maravillados de aquella historia tan
prodigiosa, y el califa dijo al visar: "En mí vida he oído aventura semejante a
la de este saaluk."
Entonces el primer saaluk fue a sentarse en el suelo,
con las piernas cruzadas, y el otro dio un paso, besó la tierra entre las manos
de la joven, y refirió lo que sigue:
HISTORIA DEL SEGUNDO SAALUK
"La verdad es, ¡oh señora mía! que yo no nací tuerto.
Pero la historia que voy a contarte es tan asombrosa, que si se escribiese con
la aguja en el ángulos interior del ojo, serviría de lección a quien fuese,
capaz de instruirse.
Aquí donde me ves, soy rey, hijo de un rey. También
sabrás que no soy ningún ignorante. He leído el Corán, las siete narraciones,
los libros capitales, los libros esenciales de los maestros de la ciencia. Y
aprendí también la ciencia de los astros y las palabras de los poetas. Y de tal
modo me entregué al estudio de todas las ciencias, que pude superar a todos los
vivientes de mi siglo.
Además, mi nombre sobresalió entre todos los
escritores. Mi fama se extendió por el mundo, y todos los reyes supieron mi
valía. Fue entonces cuando oyó hablar de ella el rey de la India, mandó un
mensaje a mi padre rogándole que me enviara a su corte, y acompañó a este
mensaje espléndidos regalos, dignos de un rey. Mi padre consintió, hizo preparar
seis naves, llenas de todas las cosas, y partí con mi servidumbre.
Nuestra travesía duró todo un mes. Al llegar a tierra
desembarcamos los caballos y los camellos, y cargamos diez de éstos con los
presentes destinadas al rey de la India. Pero apenas nos habíamos puesto en
marcha, se levantó una nube de polvo; que cubría todas las regiones del cielo y
de la tierra; y así duró una hora. Se disipó después, y salieron de ella hasta
sesenta jinetes que parecían leones enfurecidos. Eran árabes del desierto,
salteadores de caravanas, y cuando intentamos huir, corrieron a rienda suelta
detrás de nosotros y no tardaron en darnos alcance. Entonces, haciéndoles señas
con las manos, les dijimos: "No nos hagáis daño, pues somos una embajada que
lleva estos presentes al poderoso rey de la India." Y contestaron ellos: "No
estamos en sus dominios ni dependemos de ese rey." Y en seguida mataron a varios
de mis servidores, mientras que huíamos los demás. Yo había recibido una herida
enorme, pero, afortunadamente, los árabes sólo se cuidaron de apoderarse de las
riquezas que llevaban los camellos.
No sabía yo dónde estaba ni qué había de hacer, pues me
afligía pensar que poco antes era muy poderoso y ahora me veía en la pobreza y
en la miseria. Seguí huyendo, hasta encontrarme en la cima de una montaña, donde
había una gruta, y allí al fin pude descansar y pasar la noche.
A la mañana siguiente salí de la gruta, proseguí mi
camino, y así llegué a una ciudad espléndida, de clima tan maravilloso, que el
invierno nunca la visitó y la primavera la cubría constantemente con sus rosas.
Me alegré mucho al entrar en aquella ciudad, donde
encontraría, seguramente, descanso a mis fatigas y sosiego a mis inquietudes.
No sabía a quién dirigirme, pero al pasar junto a la
tienda de un sastre que estaba allí cosiendo, le deseé la paz, y el buen hombre,
después de devolverme el saludo, me invitó cordialmente a sentarme, y lleno de
bondad me interrogó acerca de los motivos que me habían alejado de mi país. Le
referí entonces cuanto me había ocurrido, desde el principio hasta el fin, y el
sastre me compadeció mucho y me dijo: "¡Oh tierno joven, no cuentes eso a nadie!
Teme al rey de esta ciudad, que es el mayor enemigo de los tuyos y quiere
vengarse de tu padre desde hace muchos años."
Después me dio de comer y beber, y comimos y bebimos en
la mejor compañía. Y pasamos parte de la noche conversando, y luego me cedió un
rincón de la tienda para que pudiese dormir, y me trajo un colchón y una manta,
cuanto podía necesitar.
Así permanecí en su tienda tres días, y transcurridos
que fueron, me preguntó: "¿Sabes algún oficio para ganarte la vida?" Y yo
contesté: ¡Ya lo creo! Soy un gran jurisconsulto, un maestro reconocido en
ciencías, y además sé leer y contar," Pero él replicó. "Hijo mío, nada de eso es
oficio. Es decir, no digo que no sea oficio -pues me vio muy afligido-, pero no
encontrarás parroquianos en nuestra ciudad. Aquí nadie sabe estudiar, ni leer,
ni escribir, ni contar. No saben más que ganarse la vida." Entonces me puse muy
triste y comencé a lamentarme: "¡Por Alah! Sólo sé hacer lo que acabo de
decirte." Y el me dijo:
¡Vamos, hijo mío, no hay que afligirse de ese modo!
Coge una cuerda y un hacha y trabaja de leñador hasta que Alah te depare mejor
suerte. Pero sobre todo, oculta tu verdadera condición, pues te matarían." Y fue
a comprarme el hacha y la cuerda, y me mandó con los leñadores, después de
recomendarme a ellos.
Marché entonces con los leñadores, y terminado mi
trabajo, me eché al hombro una carga de leña, la llevé a la ciudad y la vendí
por medio dinar. Compré con unos pocos cuartos mi comida, guarde cuidadosamente
el resto de las monedas, y durante un año seguí trabajando de este modo. Todos
los días iba a la tienda del sastre, donde descansaba unas horas sentado en el
suelo con las piernas cruzadas.
Un día, al salir al campo con mi hacha, llegué hasta un
bosque muy frondoso que me ofrecía una buena provisión de leña. Escogí un gran
tronco seco, me puse a escarbar alrededor de las raíces, y de pronto el hacha se
quedó sujeta en una argolla de cobre. Vacié la tierra y descubrí una tabla a la
cual estaba prendida la argolla, y al levantarla, apareció una escalera que me
condujo hasta una puerta. Abrí la puerta y me encontré en un salón de un palacio
maravilloso. Allí estaba una joven hermosísima, perla inestimable, cuyos
encantos me hicieron olvidar mis desdichas y mis temores. Y mirándola, me
incliné ante el Creador, que la había dotado de tanta perfección y tanta
hermosura.
Entonces ella me miró y me dijo: "¿Eres un ser humano o
un efrit?" Y contesté: "Soy un hombre." Ella volvió a preguntar: "¿Cómo pudiste
venir hasta este sitio donde estoy encerrada veinte años?" Y al oír estas
palabras, que me parecieron llenas de delicia y de dulzura, le dije: "¡Oh señora
mía!' Alah me ha traído a tu morada para que olvide mis dolores y mis penas." Y
le conté cuanto me había ocurrido; desde él principio hasta el fin,
produciéndole tal lástima, que se puso a llorar, y me dijo: "Yo también te voy a
contar mi historia.
"Sabe que soy hija del rey Aknamus, el último rey de la
India, señor de la Isla de Ébano. Me casé con el hijo de mi tío. Pero la misma
noche de mi boda, me raptó un efrit llamado Georgirus, hijo de Rajmus y nieto
del propio Eblis, y me condujo volando hasta este sitio, al que había traído
dulces, golosinas, telas preciosas, muebles, víveres y bebidas. Desde entonces
viene a verme cada diez días; se acuesta esa noche conmigo, y se va por la
mañana. Si necesitase llamarlo durante los diez días de su ausencia, no tendría
más que tocar esos dos renglones escritos en la bóveda, e inmediatamente se
presentaría. Como vino hace cuatro días, no volverá hasta pasadas otros seis, de
modo que puedes estar conmigo cinco días, para irte uno antes de su llegada."
Y yo contesté: "Desde luego he de permanecer aquí todo
ese tiempo." Entonces ella, mostrando una gran satisfacción, se levantó en
seguida, me cogió de la mano, me llevó por unas galerías, y llegamos por fin al
hammam, cómodo y agradable con su atmósfera tibia. Inmediatamente los dos
entramos en el baño. Después de bañarnos, nos sentamos en la tarima del hammam,
uno al lado del otro, y me dio de beber sorbetes de almizcle y a comer pasteles
deliciosos. Y seguimos hablando cariñosamente mientras nos comíamos las
golosinas del raptor.
En seguida me dijo: "Esta noche vas a dormir y a
descansar de tus fatigas para que mañana estés bien dispuesto."
Y yo, ¡oh señora mía! me avine a dormir, después de
darle mil gracias. Y olvidé realmente todos mis pesares.
Al despertar, la encontré sentada a mi lado, frotando
con un delicioso masaje mis miembros y mis pies. Y entonces invoqué sobre ella
todas las bendiciones de Alah, y estuvimos hablando durante una hora cosas muy
agradables. Y ella me dijo: "¡Por Alah! Antes de que vinieses vivía sola en este
subterráneo, y estaba muy triste, sin nadie con quien hablar, y esto durante
veinte años.
Por eso bendigo a Alah, que te ha guiado junto a mí"
Después, con voz llena de dulzura, cantó esta estancia:
¡Si de tu venida
Nos hubiesen avisado anticipadamente,
Habríamos tendido como alfombra para tus pies
La sangre pura de nuestros corazones y el negro
terciopelo de nuestros ojos!
¡Habríamos tendido la frescura de nuestras mejillas!
Para tu lecho, ¡oh viajero de la noche!
¡Porque tu sitio está encima de nuestros párpados!
Al oír estos versos le di las gracias con la mano sobre
el corazón, y sentí que su amor se apoderaba de todo mi ser, haciendo que
tendieran el vuelo mis dolores y mis penas. En seguida nos pusimos a beber en la
misma copa, hasta que se ausentó el día. ¡Y jamás en mi vida he pasado una noche
semejante! Por eso cuando llegó la mañana nos levantamos muy satisfechos uno de
otro y realmente poseídos de una dicha sin límites.
Entonces, más enamorado que nunca, temiendo que se
acabase nuestra felicidad, le dije: "¿Quieres que te saque de este subterráneo y
que te libre del efrit?" Pero ella se echó a reír y me dijo: "¡Calla y
conténtate con lo que tienes! Ese pobre efrit sólo vendrá una vez cada diez
días, y todos los demás, serán para ti." Pero exaltado por mi pasión, me excedí
demasiado en mis deseos, pues repuse: "Voy a destruir esas inscripciones
mágicas, y en cuanto se presente el efrit, lo mataré. Para mí es un juego
exterminar a esos efrits, ya sean de encima o de debajo de la tierra."
Y la joven, queriendo calmarme, recitó estos versos:
¡Oh tú, que pides un plazo antes de la separación y que
encuentras dura la ausencia! ¿no sabes que es el medio de no encadenarse? ¿no
sabes que es sencillamente el medio de amar?
¿Ignoras que el cansancio es la regla de todas las
relaciones, y que la ruptura es la conclusión de todas las amistades?...
Pero yo, sin hacer caso de estos versos que ella me
recitaba, di un violento puntapié en la bóveda...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 13a. NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el segundo
saaluk prosiguió su relato de este modo:
¡Oh señora mía! cuando di en la bóveda tan violento
puntapié, la jovenme dijo: "¡He ahí el efrit! ¡Ya viene contra nosotros! ¡Por
Alah! ¡Me has perdido! Atiende a tu salvación y sal por donde entraste."
Entonces me precipité hacia la escalera. Pero
desgraciadamente, a causa de mi gran terror había olvidado las sandalias y el
hacha. Por eso, como había ya subido algunos peldaños, volví un poco la cabeza
para dirigir la última mirada a las sandalias y al hacha que habían sido mi
felicidad; pero en el mismo instante vi abrirse la tierra y aparecer un efrit
enorme, horriblemente feo, que preguntó a la joven: "¿A qué obedece esa llamada
tan terrible con la que acabas de asustarme? ¿Qué desgracia te amenaza?" Ella
contestó: "Ninguna desgracia. Sentí una opresión en el pecho, a causa de mi
soledad, y al levantarme en busca de alguna bebida refrescante que reconfortara
mi ánimo, lo hice tan bruscamente, que resbalé y fui a dar contra la cúpula."
Pero el efrit dijo: "¡Cómo sabes mentir, desvergonzada libertina!" Después
empezó a registrar el palacio por todos lados, hasta encontrar mis babuchas y el
hacha. Y entonces gritó: "¿Qué, significan estas prendas? ¿Cómo han podido
llegar aquí?" Y ella contestó: "Ahora las veo por primera vez. Acaso las
llevarías tú colgando a la espalda, y así las has traído." El efrit, en el colmo
del furor, dijo entonces: "Todo eso son palabras absurdas, torpes y falsas. Y no
han de servirte conmigo mala mujer."
En seguida la puso sobre cuatro estacas clavadas en el
suelo, y empezó a atormentarla, insistiendo en sus preguntas sobre lo que había
ocurrido. Pero yo no pude resistir mas aquella escena, ni escuchar su llanto, y
subí rápidamente los peldaños, trémulo de terror. Una vez en el bosque, puse la
trampa como la había encontrado, la oculté a las miradas cubriéndola con tierra.
Y me arrepentí de mi acción hasta el límite del arrepentimiento. Y me puse a
pensar en la joven, en su hermosura y en los tormentos que le hacía sufrir aquel
miserable después de tenerla encerrada veinte años. Y aún me dolía más que la
atormentase por causa, mía. Y en ese momento me puse a pensar también en mi
padre, en su reino y en mi triste condición de leñador. ¡Esto fue todo!
Después seguí caminando, hasta llegar a la casa de mi
amigo el sastre. Y lo encontré muy impaciente a causa de mi ausencia, pues se
hallaba sentado y parecía que lo estuviesen friendo al fuego en una sartén. Y me
dijo: "Como no veniste ayer, pasé toda la noche muy intranquilo. Y temí que te
hubiese devorado alguna fiera o te hubiera pasado algo semejante en el bosque;
pero ¡alabado sea Alah que te guardó!" Entonces le di las gracias por su bondad,
entré en la tienda, y sentado en mi rincón empecé a pensar en mi desventura y a
reconvenirme por aquel puntapié tan imprudente que había dado en la bóveda. De
pronto mi amigo el sastre entró y me dijo: "En la puerta de la tienda hay un
hombre una especie de persa, que pregunta por ti y lleva en la mano, tu hacha y
tus babuchas. Las ha presentado a todos los sastres de esta calle, y les ha
dicho: "Al ir esta mañana a la oración, llamado por el muecín, me he encontrado
en el camino estas prendas y no sé a quien pertenecen. ¿Me lo podríais decir
vosotros?" Entonces los sastres reconocieron tu hacha y tus sandalias y lo han
encaminado hacia aquí. Y ahí está aguardándote en la puerta de la tienda. Sal,
dale las gracias, y recoge el hacha y las sandalias." Pero al oír todo aquello
me puse muy pálido, y creí desmayarme de terror. Y hallándome en este trance, se
abrió de pronto la tierra y apareció el persa. ¡Era el efrit! Había sometido a
la joven al tormento, ¡y qué tormento! Pero ella nada había declarado, y
entonces él, cogiendo el hacha y las babuchas, le dijo: "Ahora verás si no soy
Georgirus, descendiente de Eblis. ¡Vas a ver si puedo traer o no al amo de estas
cosas!"
Y había empleado en las casas de los sastres la
estratagema de que he hablado.
Se me apareció, pues, bruscamente, brotando del suelo,
y sin perder un instante me cogió en brazos, se elevó conmigo por los aires, y
descendió después para hundirme con él en la tierra. Yo había perdido por
completo el conocimiento. Me llevó al palacio subterráneo en que había sido tan
feliz, y allí vi a la joven, cuya sangre corría por su cuerpo. Mis ojos se
habían llenado de lágrimas: Entonces el efrit sé dirigió a ella y le dijo: "Aquí
tienes a tu amante." Y la joven me miró y dijo: "No sé quién pueda ser este
hombre. No le he visto hasta ahora."
Y replicó el efrit: "¿Cómo es eso? ¿Te presento la
prueba del delito y no confiesas?" Y ella, resueltamente, insistió: "He dicho
que no le conozco." Entonces dijo el efrit: "Si es verdad que no le conoces,
coge esa alfanje y córtale la cabeza. "Y ella cogió el alfanje, avanzó muy
decidida y se detuvo delante de mí. Y yo, pálido de terror, le pedía por señas
que me perdonase, y las lagrimas corrían por mis mejillas. Y ella me hizo
también una seña con los ojos, mientras decía en alta voz: "¡Tú eres la causa de
mis desgracias!" Y yo contesté a esta seña con una contracción de mis ojos, y
recité estos versos de doble sentido; que el efrit no podía entender:
¡Mis ojos saben hablarte suficientemente para que la
lengua sea inútil! ¡Sólo mis ojos te revelan los secretos ocultos de mi corazón!
¡Cuando te apareciste, corrieron por mi rostro dulces
lágrimas, y me quedé mudo, pues, mis ojos te decían lo necesario!
¡Los párpados saben expresar también los sentimientos!
¡El entendido no necesita utilizar los dedos!
¡Nuestras cejas pueden suplir a las palabras!
¡Silencio, pues! ¡Dejemos que hable el amor!
Y entonces la joven, habiendo entendido mis súplicas,
soltó el alfanje. Lo recogió el efrit, y entregándomelo, dijo señalando a la
joven: "Córtale la cabeza, y quedarás en libertad; te prometo no causarte ningún
daño," Y yo contesté: "¡Así sea"' Y cogí el alfanje y avancé resueltamente con
el brazo levantado. Pero ella me imploraba, haciéndome señas con los ojos, como
diciendo: "¿Qué daño te hice?'" Y entonces, se me llenaron los ojos de lágrimas
y arrojando el alfanje, dije al efrit: "¡Oh poderoso efrit! ¡Oh héroe robusto e
invencible! Si esta mujer fuese tan mala como crees, no habría dudado en
salvarse a costa de mi vida. Y en cambio ya has visto que ha arrojado el
alfanje. ¿Cómo he de cortarle yo la cabeza, si además no conozco a esta joven?
Así me diesen a beber la copa de la mala muerte, no habría de prestarme a esa
villanía." Y el efrit contestó a estas palabras: "¡Basta ya! Acabo de sorprender
que os amáis. He podido comprobarlo."
Y, entonces; ¡oh señora mía! cogió el alfanje y cortó
una mano, de la joven y después la otra mano, y luego el pie derecho y después
el izquierdo. De cuatro golpes sacó las cuatro extremidades: Y yo, al ver
aquello con mis propios ojos, creí que me moría.
En ese momento la joven, guiñándome un ojo, me hizo
disimuladamente una seña. Pero ¡ay de mí! el efrit la sorprendió, y dijo: "¡Oh
hija, de tal! Acabas de cometer adulterio con tu ojo." Y entonces de un tajo le
cortó la cabeza. Despues, volviéndose hacia mí, exclamó, "Sabe, ¡oh tú ser
humano! que nuestra ley nos permite a los efrits matar a la esposa adúltera, y
hasta lo encuentra lícito y recomendable. Sabe que yo robé a esta joven la noche
de su boda, cuando aún no tenía doce años. Y la traje aquí, y cada diez días
venía a verla, y pasábamos juntos la noche, pero hoy, al saber que me engañaba,
la he matado. Sólo me ha engañado con un ojo, con el que te guiñó al mirarte. En
cuanto a ti, como no he podido comprobar tu falta, no te mataré; pero de todos
modos, algo he de hacerte para que no te rías a mis espaldas y para humillar tu
vanidad. Te permito elegir el mal que quieras que te cause."
Entonces, ¡oh señora mía! al verme libre de la muerte,
me regocijé hasta el límite del regocijo, y confiando en obtener toda su gracia,
le dije; "Realmente, no sé cuál elegir de entre todos los males; no prefiero
ninguno." Y el efrit, más irritado que nunca, golpeó con el pie en el suelo, y
exclamó: "¡Te mando que elijas! A ver, ¿bajó qué forma quieres que te encante?
¿Prefieres la de un borrico? ¿La de un mulo? ¿La de un cuervo? ¿La de un perro?
¿La de un mono?" Entonces yo, con la esperanza de un indulto completo y abusando
de su buena disposición, le respondí: "¡Oh mi señor Georgirus, descendiente del
poderoso Eblis! Si me perdonas, Alah te perdonará también, pues tendrá en cuenta
tu clemencia con un buen musulmán que nunca te hizo daño." Y seguí suplicando
hasta el límite de la súplica, postrándome humildemente entre sus manos, y le
decía: "No me condenes injustamente." Pero él replicó: "No hables más si no
quieres morir. Es inútil que abuses de mi bondad, pues tengo que encantarte
necesariamente."
Y dicho esto me cogió, hendió la cúpula, atravesó la
tierra y voló conmigo a tal altura, que el mundo me parecía una escudilla de
agua. Descendió después hasta la cima de un monte, y allí me soltó; cogió luego
un puñado de tierra, refunfuñó algo como un gruñido, pronunció en seguida unas
palabras misteriosas, y arrojándome la tierra, dijo: "¡Sal de tu forma y toma la
de un mono!" Y al momento, ¡oh, señora mía! quedé convertido en mono. ¡Pero qué
mono! ¡Viejo, de más de cien años y de una fealdad excesiva! Cuando me vi tan
horrible, me desesperé y me puse a brincar, y brincaba, realmente. Y como
aquello no me servía de remedio, rompí a llorar a causa de mis desventuras. Y el
efrit se reía de un modo que daba miedo, hasta que por último desapareció.
Y medité entonces sobre las injusticias de la suerte,
habiendo. aprendido a costa mía que la suerte no depende de la criatura.
Después descendí al pie de la montaña, hasta llegar a
lo más bajo de todo. Y empecé a viajar, y por las noches me subía para dormir a
la copa de los árboles. Así fui caminando durante un mes, hasta encontrarme a
orillas del mar. Y allí me detuve como una hora, y acabé por ver una nave, en
medio del mar, que era impulsada hacia la costa por un viento favorable.
Entonces me escondí detrás de unas rocas, y allí aguardé. Cuando la embarcación
ancló y sus tripulantes comenzaron a desembarcar, me tranquilicé un tanto,
saltando finalmente a la nave. Y uno de aquellos hombres gritó al verme: "¡Echad
de aquí pronto a ese bicho de mal agüero!" Otro dijo: "¡Mejor sería matarlo!" Y
un tercero repuso. "Sí; matémoslo con este sable." Entonces me eché a llorar, y
detuve con una mano el arma, y mis lágrimas corrían abundantes.
Y en seguida el capitán, compadeciéndose de mí,
exclamó: "¡Oh mercaderes! este mono acaba de implorarme, y queda bajo mi
protección. Y os prohibo echarle, pegarle u hostigarle." Luego hubo de dirigirme
benévolas palabras, y yo las entendía todas. Entonces acabó por tomarme en
calidad de criado, y yo hacía todas sus cosas y le servía en la nave.
Y al cabo de cincuenta días, durante los cuales nos fue
el viento propicio, arribamos a una ciudad enorme y tan llena de habitantes, que
sólo Alah podría contar su número.
Cuando llegamos, acercáronse a nuestra nave los mamalix
enviados por el rey de la ciudad. Y llegaron para saludarnos y dar la bienvenida
a los mercaderes, diciéndoles: "El rey nos manda que os felicitemos por vuestra
feliz llegada, y nos ha entregado este rollo de pergamino para que cada uno de
vosotros escriba en él una línea con su mejor letra."
Entonces yo, que no había perdido aún mi forma de mono,
les arranqué de la mano el pergamino, alejándome con mi presa. Y temerosos sin
duda de que lo rompiese o lo tirase al mar, me llamaron a gritos y me
amenazaron; pero les hice seña de que sabía y quería escribir; y el capitán
repuso: Dejadle. Si vemos que lo emborrona, le impediremos que continúe; pero si
escribe bien de veras, le adoptaré por hijo, pues en mi vida he visto un mono
mas inteligente." Cogí entonces el cálamo, lo mojé, extendiendo bien la tinta
por sus dos caras, y comencé a escribir.
Y escribí cuatro estrofas, cada una con una letra
diferente, e improvisadas en distinto estilo: la primera al modo Rikaa, la
segunda al modo Rihani, la tercera al modo Sulci y la cuarta al modo Muchik:
a) ¡El tiempo ha descrito ya los beneficios y los dones
de los hombres generosos, pero desespera de poder enumerar jamás los tuyos!
¡Después de Alah, el género humano no puede recurrir
más que a ti, porque eres realmente el padre de todos los beneficios!
b) Os hablaré de su pluma:
¡Es la primera, y el origen mismo de las plumas! ¡Su
poderío es sorprendente! ¡Y ella es la que le ha colocado entre los sabios más
notables!
¡De esa pluma, cogida con las yemas de sus cinco dedos,
han brotado y corren por el mundo cinco ríos de elocuencia y poesía!
c) Os hablaré de su inmortalidad:
¡No hay escritor que no muera; pero el tiempo eterniza
lo escrito por sus manos!
¡Así, pues, no dejes escribir a tu pluma más que
aquello de que puedas enorgullecerte el día de la Resurrección!
d) ¡Si abres el tintero, utilízalo solamente para
trazar renglones que beneficien a toda criatura generosa!
¡Pero si no has de usarlo para hacer donaciones,
procura, al menos, producir belleza! ¡Y serás así uno de aquellos a quienes se
cuenta entre los escritores más grandes!
Cuando acabé de escribir les entregué el rollo de
pergamino. Y todos los que lo vieron se quedaron muy admirados. Después cada
cual escribió una línea con su mejor letra.
Luego de esto se fueron los esclavos para llevar el
rollo al rey. Y cuando el rey hubo examinado lo escrito por cada uno de
nosotros, no quedó satisfecho más que de lo mío, que estaba hecho de cuatro
maneras diferentes, pues mi letra me había dado reputación universal cuando yo
era todavía príncipe.
Y el rey dijo a sus amigos que estaban presentes y a
los esclavos: "Id en seguida a ver al que ha hecho esta hermosa letra, dadle
este traje de honor para que se lo vista, y traedle en triunfo sobre mi mejor
mula al son de los instrumentos."
Al oírlo, todos empezaron a sonreír. Y el rey, al
notarlo, se enojó mucho, y dijo: "¡Cómo! ¿Os doy una orden y os reís de mí?" Y
contestaron: "¡Oh rey del siglo! En verdad que nos guardaríamos de reirnos de
tus palabras; pero has de saber que, el que ha hecho esa letra tan hermosa no es
hijo de Adán, sino un mono, que pertenece al capitán de la nave." Estas palabras
sorprendieron mucho al rey, y luego, convulso de alegría y estallando de risa,
dijo: "Deseo comprar ese mono." Y ordenó inmediatamente a las personas de su
corte que cogiesen la mula y el traje de honor y se fuesen a la nave a buscar al
mono, y les dijo: "De todas maneras, le vestiréis con ese traje de honor y le
traeréis montado en la mula."
Llegados a la nave me compraron a un precio elevada,
aunque al principio el capitán se resistía a venderme, comprendiendo, por las
señas que le hice, que me era muy doloroso separarme de él. Después los otros me
vistieron con el traje de honor, montáronme en la mula y salimos al son de los
instrumentos más armoniosos que se tocaban en la ciudad. Y todos los habitantes
y las criaturas humanas de la población se quedaron asombrados, mirando con
interés enorme un espectáculo tan extraordinario y prodigioso.
Cuando me llevaron ante el rey y lo vi, besé la tierra
entre sus manos tres veces, permaneciendo luego inmóvil. Entonces el monarca me
invitó a sentarme, y yo me postré de hinojos. Y todos los concurrentes se
quedaron maravillados de mi buena crianza y mi admirable cortesía; pero el más
profundamente maravillado fue el rey. Y cuando me postré de hinojos, el rey
dispuso que todo el mundo se fuese, y todo el mundo se marchó No quedamos más
que el rey, el jefe de los eunucos, un joven esclavo favorito y yo, señora mía:
Entonces ordenó al rey qué trajesen algunas vituallas.
Y colocaron sobre un mantel cuantos manjares puede el alma anhelar y cuantas
excelencias son la delicia de los ojos. Y el rey me invitó luego a servirme, y
levantándome y besando la tierra entre sus manos siete veces, me senté sobre mi
trasero, de mono y me puse a comer pulcramente, recordando en todo mi educación
pasada.
Cuando levantaron el mantel, me levanté yo también para
lavarme las manos. Volví después de lavármelas, cogí el tintero, la pluma y una
hoja de pergamino, y escribí lentamente estas dos estrofas ensalzando las
excelencias de la pastelería árabe:
¡Oh pasteles! ¡dulces, finos y sublimes pasteles;
enrollados con los dedos! ¡Vosotros sois la triaca, el antídoto de cualquier
veneno! ¡Nada me gusta tanto, y constituís mi única esperanza, toda mi pasión!
¡El corazón se me estremece al ver un mantel bien
extendido, en cuyo centro se aromatiza una kenafa nadando sobre la manteca y la
miel en una gran bandeja!
¡Oh kenafal ¡kenafa fina y sedosa como cabellera! ¡Mi
deseo, por saborearte, ¡oh kénafa! llega a la exageración! ¡Y me pondría en
peligro de muerte al pasar un día sin que estuvieses en mi mesa! ¡Oh kenafa!
¡Y tú, jarabe! ¡adorable y delicioso jebe! ¡Aunque lo
estuviera comiendo y bebiendo, día y noche, volvería a desearlo en la vida
futura!
Después de esto dejé la pluma y el tintero, y me senté
respetuosamente a alguna distancia. Y no bien leyó el rey lo que yo había
escrito, se maravilló asombrosamente, y exclamó: "¿Es posible que un mono posea
tanta elocuencia, y sobre todo una letra tan magnífica? ¡Por Alah!... ¡es el
prodigio de los prodigios!"
En aquel instante trajeron un juego de ajedrez, y el
rey me preguntó por señas si sabía jugar, contestándole yo que sí con la cabeza.
Y me acerqué, coloqué las piezas y me puse a jugar con el rey. Y le di mate dos
veces. Y el rey no supo entonces qué pensar, quedándose perplejo, y dijo: "¡Si
éste fuera un hijo de Adán, habría superado a todos los vivientes de su siglo!"
Y ordenó luego al eunuco: "Ve a las habitaciones de tu
dueña, mi hija, y dile: "¡Oh mi señora! Venid inmediatamente junto al rey", pues
quiero que disfrute de este espectáculo y va un mono tan maravilloso."
Entonces fue el eunuco, y no tardó en volver con su
dueña, la hija del rey, que en cuanto me divisó se cubrió la cara con el velo, y
dijo: ¡Padre mío! ¿Cómo me mandas llamar ante hombres extraños?" Y el rey dijo:
"Hija mía, ¿por quién te tapas la cara, si no hay aquí nadie más que nosotros?"
Entonces contestó la joven: "Sabe, ¡oh padre mío! que ese mono es hijo de un rey
llamado Amarus, y dueño de un lejano país. Este mono está encantado por el efrit
Georgirus, descendiente de Eblis, después de haber matado a su esposa, hija del
rey Aknamus, señor de las Islas de Ébano. Este mono, al cual crees mono de
veras, es un hombre, pero un hombre sabio, instruido y prudente."
Sorprendido al oír estas palabras, me preguntó el rey:
"¿Es verdad lo que dice de ti mi hija?" Y yo, con la cabeza, le indiqué que era
cierto, y rompí a llorar. Entonces el rey le preguntó a su hija: "¿Por qué sabes
que está encantado?" Y la princesa contestó: "¡Oh padre mío! Siendo yo pequeña,
la vieja que había en casa de mi madre era una bruja muy versada en la magia y
me enseñó este arte. Más tarde me perfeccioné en él, y aprendí más de ciento
seasenta artículos mágicos, de los cuales el más insignificante me permitiría
transportar tu palacio con todas sus piedras y la ciudad entera detrás del
Cáucaso y convertir en mar esta comarca y en peces a cuantos la habitan."
Y el, padre exclamó: "¡Por el verdadero nombre de Alah
sobre ti, ¡oh hija mía! desencanta a ese hombre, para que yo le nombre mi visir.
Pero ¿es posible que tú poseas ese, talento tan enorme y que yo lo ignorase?
Desencanta inmediatamente a ese mono, pues debe ser un joven muy inteligente y
agradable." Y la princesa respondió: "De buena gana y como homenaje debido."
En este momento de su narración, Schaltrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA Y 14a NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el segundo
saaluk dijo a la dueña de la casa:
¡Oh mi señora! Al oír la princesa el ruego de su padre,
cogió un cuchillo que tenía unas inscripciones en lengua hebrea, trazó con él un
círculo en el suelo, escribió allí varios renglones talismánicos, y después se
colocó en medio del círculo, murmuró algunas palabras mágicas, leyó en un libro
antiquísimo unas cosas que nadie entendía, y así permaneció breves instantes. Y
he aquí que de pronto nos cubrieron unas tinieblas tan espesas, que nos creímos
enterrados bajo las ruinas del mundo. Y súbitamente apareció el efrit Geor-girus
bajo el aspecto más horrible, las manos como rastrillos, las piernas como
mástiles y los ojos como tizones encendidos. Entonces nos aterrorizamos todos,
pero la hija del rey le dijo; "¡Oh, efrit! No puedo darte la bienvenida ni
acogerte con cordialidad." Y contestó el efrit: "¿Por qué no cumples tus
promesas? ¿No juraste respetar nuestro acuerdo de no combatirnos ni mezclarte en
nuestros asuntos? Mereces el castigo que voy a imponerte. ¡Ahora verás,
traidora!" E inmediatamente el efrit se convirtió en un león espantoso, el cual,
abriendo la boca en toda su extensión, se abalanzó sobre la joven. Pero ella,
rápidamente, se arrancó un cabello, se lo acercó a los labios, murmuró algunas
palabras mágicas, y en seguida el cabello se convirtió en un sable afiladísimo.
Y dio con él tal tajo al león, que lo abrió en dos mitades. Pero inmediatamente
la cabeza del león se transformó en un escorpión horrible, que se arrastraba
hacia el talón de la joven para morderla, y la princesa se convirtió en seguida
en una serpiente enorme, que se precipitó sobre el maldito escorpión, imagen del
efrit, y ambos trabaron descomunal batalla. De pronto, el escorpión se convirtió
en un buitre y la serpiente en un águila, que se cernió sobre el buitre, y ya
iba a alcanzarlo, después de una hora de persecución, cuando el buitre se
transformó en un enorme gato negro, y la princesa en lobo. Gato y lobo se
batieron a través del palacio; hasta que el gato, al verse vencido; se convirtió
en una inmensa granada roja y se dejó caer en un estanque que había en el
patio.. El lobo se echó entonces al agua, la granada, cuando iba a cogerla, se
elevó por los aires, pero como era tan enorme cayó pesadamente sobre el mármol y
se reventó. Los granos, desprendiéndose uno a uno, cubrieron todo el suelo. El
lobo se transformó entonces en gallo, empezó a devorarlos, y ya no quedaba más
que uno, pero al ir a tragárselo se le cayó del pico, pues así lo había
dispuesto la fatalidad, y fue a esconderse en un intersticio de las losas, cerca
del estanque. Entonces el gallo empezó a chillar, a sacudir las alas y a
hacernos señas con el pico, pero no entendíamos su lenguaje, y como no podíamos
comprenderle, lanzó un grito tan terrible, que nos pareció que el palacio se nos
venía encima. Después empezó a dar vueltas por el patio, hasta que vio el grano
y se precipitó a cogerlo, pero el grano cayó en el agua y se convirtió en un
pez. El gallo se transformó entonces en una ballena enorme, que se hundió en el
agua persiguiendo al pez, y desapareció de nuestra vista durante una hora.
Después oímos unos gritos tremendos y nos estremecimos de terror. Y en seguida
apareció el efrit en su propia; y horrible figura, pero ardiendo como un ascua,
pues de su boca, de sus ojos y de su nariz salían llamas y humo; y detrás de él
surgió la princesa en su propia forma, pero ardiendo también como metal en
fusión; y persiguiendo al efrit, que ya nas iba a alcanzar. Entonces, temiendo
que nos abrasase, quisimos echarnos al agua, pero el efrit nos detuvo dando un
grito espantoso, y empezó a resollar fuego contra todos. La princesa lanzaba
fuego contra él, y fue el caso que nos alcanzó el fuego de los dos, y el de ella
no nos hizo daño, pero el del efrit sí que nos lo produjo, pues una chispa me
dio en este ojo y me lo saltó; otra dio al rey en la cara, y le abrasó la
barbilla y la boca, arrancándole parte de la dentadura, y otra chispa prendió en
el pecho del eunuco y le hizo perecer abrasado.
Mientras tanto, la princesa perseguía al efrit,
lanzándole fuego encima, hasta que oímos decir: "¡Alah es el único grande! ¡Alah
es el único poderoso! ¡Aplasta al que reniega de la fe de Mohamed, señor de los
hombres!" Esta voz era de la princesa, que nos mostraba al efrit enteramente
convertido en un montón de cenizas. Después llegó hasta nosotros y dijo:
"Aprisa, dadme una taza con agua." Se la trajeron, pronunció la princesa unas
palabras incomprerisibles, me roció con el agua, y dijo: "¡Queda desencantado en
nombre del único Verdadero! ¡Por el poderoso nombre de Alah, vuelve a tu
primitiva forma!"
Entonces volví a ser hombre, pero me quedé tuerto. Y la
princesa, queriendo consolarme, me dijo: "¡El fuego siempre es fuego, hijo mío!"
Y lo mismo dijo a su padre por sus barbas chamuscadas y sus dientes rotos.
Después exclamó: ¡Oh padre mío! Necesariamente he de morir, pues está escrita mi
muerte. Si este efrit hubiese sido una simple criatura humana, lo habría
aniquilado en seguida. Pero lo que más me hizo sufrir fue que, al dispersarse
los granos de la granada, no acerté a devorar el grano principal, el único que
contenía el alma del efrit; pues si hubiera podido tragármelo, habría perecido
inmediatamente. Pero ¡ay de mí! tardé mucho en verlo. Así lo quiso la fatalidad
del Destino. Por eso he tenido que combatir tan terriblemente contra el efrit
debajo de tierra, en el aire y en el agua. Y cada vez que él abría una puerta de
salvación, le abría yo otra de perdición, hasta que abrió por fin la más fatal
de todas, la puerta del fuego, y yo tuve que hacer lo mismo. Y después de
abierta la puerta del fuego, hay que morir necesariamente. Sin emuargo, el
Destino me permitió quemar al efrit antes de perecer yo abrasada. Y antes de
matarle, quise que abrazara nuestra fe, que es la santa religión del Islam, pero
se negó, y entonces lo quemé. Alah ocupará mi lugar cerca de vosotros, y esto
podrá serviros de consuelo."
Después de estas palabras empezó a implorar al fuego,
hasta que al fin brotaron unas chispas negras que subieron hacia su pecho. Y
cuando el fuego le llegó a la cara, lloró, y luego dijo: "¡Afirmo que no hay más
Dios que Alah, y que Mohamed es su profeta!" No bien había pronunciado estas
palabras, la vimos convertirse en un montón de ceniza, próximo al otro montón
que formaba el efrit.
Entonces nos afligimos profundamente. Gustoso habría yo
ocupado su lugar, antes que ver bajo tan mísero aspecto a aquella joven de
radiante hermosura que tanto quiso favorecerme; pero los designios de Alah son
inapelables.
Al advertir el rey la transformación sufrida por su
hija, lloró por ella, mesándose las barbas que le quedaban, abofeteándose y
desgarrándose las ropas. Y lo propio hice yo. Y los dos lloramos sobre ella. En
seguida llegaron los chambelanes, y los jefes del gobierno hallaron al sultán
llorando aniquilado ante los dos montones de ceniza. Y se asombraron muchísimo,
y comenzaron a dar vueltas a su alrededor, sin atreverse a hablarle. Al cabo de
una hora se repuso algo el rey, y les contó lo ocurrido entre la princesa y el
efrit. Y todos gritaron; "¡Alah! ¡Alah! ¡Qué gran desdicha! ¡Qué tremenda
desventura!"
En seguida llegaron todas las damas de palacio con sus
esclavas, y durante siete días se cumplieron todas las ceremonias de duelo y de
pésame.
Luego dispuso el rey la construcción de un gran
sarcófago para las cenizas de su hija, y que se encendiesen velas, faroles y
linternas día y noche. En cuanto a las cenizas, del efrit, fueron aventadas bajo
la maldición de Alah.
La tristeza acarreó al sultán una enfermedad que le
tuvo a la muerte. Esta enfermedad le duró un mes entero. Y cuando hubo recobrado
algún vigor, me llamó a su presencia y me dijo: "¡Oh joven!, Antes de que
vinieses vivíamos aqui nuestra vida en la más perfecta dicha, libres de los
sinsabores de la suerte. Ha sido necesario que: tú vinieses y que viéramos tu
hermosa letra para que cayesen sobre nosotros todas las aflicciones ¡Ojalá no te
hubiésemos visto nunca a ti, ni a tu cara de mal agüero, ni a tu maldita
escritura! Porque primeramente ocasionaste la pérdida de mi hija, la cual, sin
duda, valía más que cien hombres. Después, por causa tuya, me quemé lo que tú
sabes, y he perdido la mitad de mis dientes, y la otra mitad casi ha volado
también. Y por último, ha perecido mi pobre eunuco, aquel buen servidor que fue
ayo de mi hija. Pero tú no tuviste la culpa, y mal podrías remediarlo ahora.
Todo nos ha ocurrido a nosotros y a ti por voluntad de Alah. ¡Alabado sea por
permitir que mi hija te desencantara, aunque ella pereciese! ¡Es el Destino!
Ahora, hijo mío, debes abandonar este país, porque ya tenemos bastante con lo
que por tu causa nos ha pasado. ¡Alah es quien todo lo decreta!, ¡Sal, pues, y
vete en paz!"
Entonces, ¡oh mi señora! abandoné el palacio del rey,
sin fiar mucho en mi salvación. No sabía adonde ir. Y recordé entonces todo
cuanto me había ocurrido, desde el principio hasta el fin, cómo me habían dejado
sano y salvo los árabes del desierto, mi viaje y mis fatigas de un mes, mi
entrada en la ciudad coma extranjero, el encuentro con el sastre, la entrevista
e intimidad tan deliciosa con la joven del subterráneo, el modo de escaparme de
las manos del efrit que me quería matar, todo, en fin; sin olvidar mi
transformación en mono al servicio después del capitán mercante, mi compra a
elevado precio por el rey a consecuencia de mi hermosa letra, mi desencanto, ¡en
fin, todo! Pero más que nada, ¡hay de mí! el último incidente, que me hizo
perder un ojo. Pero di gracias a Alah, y dije: "¡Más vale perder un ojo que la
vida! Después de esto, fui al hammam a tomar un baño antes de salir de la
ciudad. Entonces, ¡oh señora mía! me afeité la barba para poder viajar seguro en
calidad de saaluk. Desde aquella fecha no he dejado ni un día de llorar pensando
en las desgracias -que sobre mí han caído, y sobre todo en la pérdida de mi ojo
izquierdo. Y cada vez que esto me viene a la memoria, el ojo derecho se me llena
de lágrimas, que no me dejan ver, aunque nunca me impedirán pensar en estos
versos del poeta:
¿Conoce Alah misericordioso mi afliccíón? ¡Las
desdichas pesan sobre mí, y me he dado cuenta de ellas demasiado tarde!
¡Pero haré acopio de paciencia frente a mis grandes
desventuras, para que el mundo no ignore que he tomado con paciencia algo que es
mas amargo que la misma paciencia!
¡Porque la paciencia tiene su belleza, sobre todo,
cuando es el hombre piadoso quien la practica! ¡De todos modos, ha de ocurrir lo
que, haya decidido Alah respecto a cada criatura!
¡Mi misteriosa amada conoce los secretos de mi lecho, y
ninguno, aunque sea el secreto de los secretos, puede ocultársele!
¡Al que diga que hay delicias en este mundo,
contestadle que pronto conocerá días más amargos que el jugo de la mirra!
Entonces salí de la ciudad aquella, viaje por varios
países, atravesé sus capitales, y luego me dirigí a Bagdad, la Morada de Paz,
donde espero llegar a ver al Emir de los Creyentes para contarle cuanto me ha
ocurrido.
Después de muchos días de viaje, he llegado esta misma
noche a Bagdad, y encontré muy perplejo al hermano que está ahí, al primer
saaluk, y le dije: "¡La paz sea contigo!" Y él me contestó: "¡Y contigo la paz,
y la misericordia de Alah, y todas sus bendiciones!"
Entonces empecé a charlar con él, y se nos acercó el
otro hermano, el tercer saaluk, quien después de desearnos la paz, nos dijo que
era extranjero. Y nosotros le dijimos: "También somos extranjeros, y hemos
llegado hoy a esta ciudad bendita." Y echamos a andar juntos, sin que ninguno
supiera la historia de sus compañeros. Y la suerte y el Destino nos guiaron
hasta esta puerta, y entramos en vuestra casa.
He aquí, ¡oh mi señora! los motivos de que me veas
tuerto y con la barba afeitada."
Entonces la dueña de la casa dijo al segundo saaluk:
"Tu historia es realmente extraordinaria. Ahora alísate un poco el pelo sobre la
cabeza y ve a buscar tu destino por la ruta de Alah."
Pero él respondió: "En verdad que no saldré de aquí sin
haber oído el relato de mi tercer compañero."
Entonces el tercer saaluk dio un paso y dijo:
HISTORIA DEL TERCER SAALUK
¡Oh gloriosa señora! no creas que mi historia encierra
menos maravillas que las de mis dos compañeros!
Porque mi historia es infinitamente más asombrosa aún.
Si sobre estos dos compañeros míos pesaron las
desgracias, motivadas por el Destino y la fatalidad, otra cosa fue respecto a
mí. Sí estoy afeitado y tuerto, yo tengo la culpa, pues me atraje la fatalidad y
llené mi corazón de penas y zozobras. ¡Helo aquí! Soy rey, hijo de rey: Mi padre
se llamaba Kassib y yo era su hijo. Cuando murió el rey, mi padre, heredé su
reino, y reiné y goberné con justicia, haciendo mucho bien entre mis súbditos.
Pero tenía gran afición a los viajes por mar. Y no me
privaba de ellos, porque la capital de mi reino estaba junto al mar, y en una
gran extensión marítima pertenecíanme numerosas islas fortificadas. Una vez
quise ir a visitarlas todas, y, mandé preparar diez naves grandes; y llenarlas
de provisiones para un mes, dándome a la vela. Esta visita duró veinte días, al
cabo de los cuales, una noche se desencadenó contra nosotros un viento
contrario, que se prolongó hasta la aurora. Entonces, calmado un poco el viento
y suavizado el mar, al salir el sol vimos una isla, en la que podíamos
detenernos. Fuimos a tierra, hicimos algo de comer, y descansamos dos días en
espera de que la tempestad terminara, y luego zarpamos. El viaje duró otros
veinte días, hasta que en uno de tantos perdimos la derrota, pues las aguas en
que navegábamos eran tan desconocidas para nosotros como para el capitán. Porque
el capitán, realmente, no conocía este mar. Entonces le dijimos al vigía: "Mira
con atención el mar."' Y el vigía subió al palo, descendió después y nos dijo al
capitán y a mí: "A la derecha he visto peces en la superficie del agua, y muy
lejos, en medio de las olas, una cosa que unas veces parecía blanca y otras
negra."
Al oír. estas palabras del vigía, el capitán sufrió un
cambio muy notable en su color, tiró él turbante al suelo, se mesó la barba, y
nos dijo: "¡Os anuncio nuestra total perdida! ¡No ha de salvarse ni uno!" Luego
se echó a llorar, y con él lloramos todos. Yo le pregunté entonces: ¡Oh capitán!
¿Quieres explicarnos las palabras del vigía?" Y contestó: "¡Oh mi señor! Sabe
que desde el día que sopló el aire contrario, perdimos la derrota, y hace de
ello once días, sin que haya un viento favorable que nos permita volver al buen
camino. Sabe, pues, el significado de esa cosa negra y blanca y de esos peces
que sobrenadan cerca de nosotros: mañana llegaremos a una montaña de rocas
negras que se llama la Montaña del Imán, y hacia ella han de llevamos a la
fuerza las aguas. Y nuestra nave se despedazará, porque volarán todos sus
clavos, atraídos por la montaña v adhiriéndose a sus laderas, pues Alah el
Altísimo dotó a la Mentaña del Imán de una secreta virtud que la permite atraer
todos los objetos de hierro. Y no puedes imaginarte la enorme cantidad de cosas
de hierro que se han acumulado y colgado de dicha montaña desde que atrae a los
navíos. ¡Sólo Alah sabe su número! Desde el mar se ve relucir en la cima de esa
montaña una cúpula de cobre amarillo sostenida por diez columnas y encima hay un
jinete en un caballo de bronce, y el jinete tiene en la mano una lanza de cobre,
y le pende del pecho una chapa de plomo grabada con palabras talismánicas
desconocidas; Sabe, ¡oh rey! que mientras el jinete permanezca sobre su caballo,
quedarán destrozados todos los barcos que naveguen en torno suyo, y todos los
pasajeros se perderán sin remedio, y todos los hierros de las naves se irán a
pegar a la montaña. ¡No habrá salvación posible mientras no se precipite el
jinete al mar!
Dicho esto, ¡oh señora mía! el capitán continuó
derramando abundantes lágrimas, y juzgamos segura e irremediable nuestra
pérdida, despidiéndose cada cual de sus amigos.
Y así fue; porque apenas amaneció, nos vimos próximos a
la montaña de rocas negras imantadas y las aguas nos empujaban violentamente
hacia ella, Y cuando las diez naves llegaron al pie de la montaña, los clavos se
desprendieron de pronto y comenzaron a volar por millares, lo mismo que todos
los hierros, y todos fueron a adherirse a la montaña. Y nuestros barcos se
abrieron, siendo precipitados al mar todos nosotros.
Pasamos el día entero a merced de las olas, ahogándose
la mayoría y salvándonos otros, sin que los que no perecimos pudiéramos volver a
encontrarnos, pues las corrientes terribles y los vientos contrarios nos
dispersaron por todas partes.
Y Alah el Altísimo; ¡oh señora, mía! me quiso salvar
para reservarme nuevas penas, grandes padecimientos y enormes desventuras. Pude
agarrarme a uno de los tablones que sobrenadaban, y las olas y el viento me
arrojaron a la costa, al pie de la Montaña del Imán.
Allí encontré un camino que subía hasta la cumbre, y
estaba hecho de escalones tallados en la roca. En seguida invoqué el nombre de
Alah el Altísimo, y...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 15a. NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el tercer
saaluk, mientras permanecían sentados y cruzados de brazos los demás, vigilados
por los siete negros, que tenían en la mano el alfanje desnudo, prosiguió
dirigiéndose a la dueña de la casa:
Invoqué, pues, el nombre de Alah, le imploré, y me
absorbí en el éxtasis de la plegaria. Y cuando el viento cambió, por orden del
Altísimo, logré subir a lo más alto de la montaña, agarrándome como pude a las
rocas y excavaciones: Y mi alegría por hallarme en salvo llegó hasta el límite
de la alegría. Ya sólo me faltaba llegar a la cúpula; lo conseguí al fin, y pude
penetrar en ella. Entonces me puse de rodillas y di gracias a Alah por haberme
salvado.
Pero estaba tan rendido, que me eché en el suelo y me
dormí. Y durante mi sueño oí que una voz me decía: "¡Oh hijo de Kassib! cuando
te despiertes cava a tus pies, y encontrarás un arco de cobre y tres flechas de
plomo, en las cuales hay grabados talismanes. Coge el arco y dispara contra el
jinete que está en la cúpula, y así podrás devolver la tranquilidad a los
humanos, librándoles de tan terrible plaga. Cuando hieras al jinete, este jinete
caerá al mar y el arco se escapará de tus manos al suelo. Le cogerás entonces y
lo enterrarás en el mismo sitio en que haya caído. Y mientras tanto, el mar
empezará a hervir, creciendo hasta llegar a la cumbre en que te encuentras. Y
verás en el mar una barca, y en la barca, a una persona distinta del jinete
arrojado al abismo. Esa persona se te acercará con un remo en la mano. Puedes
entrar sin temor en la barca. Pero guárdate bien de pronunciar el santo nombre
de Alah, y no olvides esto por nada del mundo. Una vez en la barca, te guiará
ese hombre, haciéndote navegar por espacio de diez días, hasta que llegues al
Mar de Salvación. Y cuando llegues a este mar encontrarás a alguien que ha de
llevarte a tu tierra. Pero no olvides que para que todo eso ocurra no debes
pronunciar nunca el nombre de Alah."
Entonces, ¡oh señora mía! desperté y me dispuse animoso
a ejecutar las órdenes de aquella voz. Con el arco y las flechas encontradas
disparé contra el jinete, lo derribé, y lo vi hundirse en el mar. El arco se me
escapó de la mano, y lo enterre en el mismo sitio en que había caído. En seguida
el mar se agitó, hirvió y se desbordó, llegando hasta la cumbre en que yo me
hallaba. Y a los pocos instantes vi en medio del mar una barca que se dirigía
hacia la costa. Entonces di gracias a Alah el Altísimo. Y al aproximarse la
barca advertí en ella a un hombre de bronce que llevaba en el pecho una chapa de
plomo con nombres y talismanes grabados. Y cuando la barca llegó, entré en ella,
pero sin decir palabra. Y el hombre de bronce me condujo durante un día, durante
dos, durante tres, y así sucesivamente, hasta diez días. Entonces vi unas islas
a lo lejos. ¡Aquello era la salvación! Y me alegré hasta el límite de la
alegría; pero tanta era la plenitud de mi emoción y de mi gratitud hacia el
Altísimo, que pronuncié el nombre de Alah y lo glorifiqué, exclamando: "¡Alahu
akbar! ¡Alahu akbar!"
Pero apenas dije tan sagradas palabras, el hombre de
bronce se apoderó de mí, me arrojó al mar, y hundiéndose a lo lejos,
desapareció.
Estuve nadando hasta el anochecer, en que mis brazos,
quedaron extenuados y rendido todo mi cuerpo. Entonces, viendo aproximarse la
muerte, dije la schehada, mi, profesión de fe, y me dispuse a morir. Pero en
aquél momento una ola más enorme que las otras vino desde la lejanía como una
torre gigantesca y me despidió con tal empuje, que me encontré junto a unas
islas que había divisado en lontananza. ¡Así lo quiso Alah!
Entonces trepé a la orilla, retorcí mi ropa,
tendiéndola en el suelo para que se secase, y me eché a dormir, sin despertar
hasta por la mañana. Me puse mis vestidos secos, me levanté buscando donde ir, y
me interné en un pequeño valle fértil, recorriéndolo en todas direcciones, y así
di una vuelta entera al lugar en que me encontraba, viendo que me rodeaba el mar
por todas partes. Y me dije: "¡Qué fatalidad la mía! ¡Siempre que me libro de
una desgracia caigo en otra peor!"
Mientras me absorbían tan tristes pensamientos, divisé
que venía por el mar una barca con gente. Entonces, temeroso de que me ocurriera
algo desagradable, me levanté y me encaramé, a un árbol para esperar los
acontecimientos. Al arribar la barca salieron de ella diez esclavos con una pala
cada uno. Anduvieron hasta llegar al centro de la isla, y allí empezaron a cavar
la tierra, dejando al descubierto una trampa. La levantaron, y abrieron una
puerta que apareció debajo. Hecho esto, volvieron a la barca, descargando de su
interior-y echándose a hombros gran cantidad de efectos: pan, harina, miel,
manteca, carneros, sacos llenos y otras muchas cosas; todo, en fin, lo que pueda
desear, quien vive en una casa. Los esclavos siguieron yendo y viniendo del
subterráneo a la barca y de la barca a la trampa, hasta vaciar completamente
aquella, sacando luego trajes suntuosos y magníficos, que se echaron al brazo; y
entonces vi salir de la barca, en medio de los esclavos, a un anciano venerable,
tan flaco y encorvado por los años y las vicisitudes, que apenas tenia
apariencia humana. Este jeique llevaba de la mano a un joven hermosísimo,
moldeado realmente en el molde de la perfección, rama tierna y flexible, cuyo
aspecto hubo de cautivar mi corazón.
Llegaron hasta la puerta, la franquearon y
desaparecieron ante mis ojos. Pero pasados unos instantes, subieron todos menos
el joven; entraron otra vez en la barca y se alejaron por el mar.
Cuando los hube perdido de vista, salté del árbol,
corrí hacia el sitio donde estaba la trampa, que habían cubierto otra vez de
tierra, y la quité de nuevo. Entonces descubrí la trampa, que era de madera y
del tamaño de una piedra de molino, la levanté con ayuda de Alah, y vi que
arrancaba de ella una escalera abovedada. Descendí poseído de asombro sus
peldaños de piedra, y me encontré al fin en un espacioso salón revestido de
tapices magníficos y colgaduras de seda y terciopelo. En un diván, entre bujías
encendidas, jarrones con flores y tarros llenos de frutas y de dulces, aparecía
sentado el joven, que estaba haciéndose aire con un abanico. Al verme se asustó
mucho, pero yo le dije con mi más armoniosa voz: "¡La paz sea contigo!" Y él
contestó, tranquilizándose: "¡Y contigo sea la paz, la misericoria de Alah y sus
bendiciones!" Yo le dije: "¡Oh mi señor! Que tu corazón no se alarme. Aquí donde
me ves, soy rey e hijo de un rey. Alah me ha guiado hasta ti para sacarte de
este subterráneo, al cual sin duda te trajeron para que murieses. Pero yo te
libertaré. Y serás mi amigo, pues me bastó verte para, estar predispuesto a tu
favor."
Entonces el joven, dibujando una sonrisa en sus labios,
me invitó a que me sentase junto a él en el diván, y me dijo: "Sabe, ¡oh señor
mío! que no me trajeron a este lugar para que muriese, sino para librarme de la
muerte. Sabe también que soy hijo de un gran joyero, conocido en todo el mundo
por sus riquezas y la cuantía de sus tesoros. Las caravanas que van por cuenta
suya a lejanos países para vender su pedrería a los reyes y emires de la tierra
han extendido su reputación por todas partes. Al nacer yo, siendo ya él de edad
madura, le anunciaron los maestros -de la adivinación que 'su hijo había de
morir antes que su paore y su madre; y mi padre, este día, a pesar del regocijo
que le había causado mi nacimiento y la felicidad de mi madre, que me dio al
mundo después del término de nueve rieses, por voluntad de Alah, experimentó un
dolor muy grande, sobre todo cuando: los sabios que habían leído en los astros
mi suerte le dijeron: "Matará a tu hijo un rey, hijo de otro rey, llamado
Kassib, cuarenta días después de que aquél haya arrojado al mar al jinete de
bronce de la montaña magnética." Y mi padre el joyero quedó afligidísimo. Y
cuidó de mí, educándome con mucho esmero, hasta que hube cumplido los quince
años. Pero entonces supo que el jinete había sido echado al mar, y la noticia le
apenó y le hizo llorar tanto, que en poco tiempo palideció su cara, enflaqueció
su cuerpo y toda su persona adquirió la apariencia de un hombre decrepito,
rendido por los años y las desventuras. Entonces me trajo a esta morada
subterránea, la cual mandó construir para sustraerme a la busca del rey que
había de matarme cuando cumpliera yo los quince años, y yo y mi padre estamos
seguros de que el hijo de Kassib no podrá dar conmigo en esta isla desconocida.
Tal es la causa de mi estancia en este sitio."
Entonces pensé yo: "¿Cómo podrán equivocarse así los
sabios que leen en los astros? Porque, ¡por Alah! este joven es la llama de mi
corazón, y más fácil que matarlo me sería matarme." Y luego le dije: "¡Oh hijo
mío! Alah Todopoderoso no consentirá nunca que se quiebre flor tan hermosa.
Estoy dispuesto a defenderte y a seguir aquí contigo toda la vida." Y él me
contestó: "Pasados cuarenta días vendrá a buscarme mi padre, pues ya no habrá
peligro." Y yo le dije: "¡Por Alah! que permaneceré en tu compañía esos cuarenta
días, y después le diré a tu padre que te deje ir a mi reino, donde serás mi
amigo y heredero del trono."
Entonces el mancebo me dio las gracias con palabras
cariñosas; y comprendí que era en extremo cortés y correspondía a la inclinación
que a él me arrastraba. Y empezamos a conversar amistosamente, regalándonos con
las vituallas deliciosas de sus provisiones, que podían bastar para un año a
cien comensales.
Al acercarse el día me desperté y me lavé, llevando al
joven la palangana llena de agua perfumada para que asimismo se lavase, y
preparé los alimentos y comimos juntos, hablando, jugando y riendo luego hasta
la noche. Y entonces pusimos la mesa y cenamos un carnero relleno de almendras,
pasas, nuez moscada, clavo y pimienta. Y bebimos agua dulce y fresca, y tomamos
también sandía, melón, tortas y postelillos tan finos y leves como una
cabellera, en los cuales no se había escatimado la manteca, la miel, las
almendras ni la canela. Y así dejamos transcurrir, tranquilos y felices; hasta
el día cuadragésimo. Este último día, como tenía que venir su padre, el joven
quiso darse un buen baño, y puse a calentar agua en el caldero vertiéndola
después en la tina de cobre y añadiéndole agua fría para hacerla más agrable. El
joven entró en el baño, lavándose y. Perfumándose.
Al despertarse quiso comer algo, y eligiendo la sandía
más hermosa y colocándola en una bandeja, y la bandeja, en un tapiz, me subí a
la cama para coger el cuchillo grande, que pendía de la pared sobre la cabeza
del mancebo. Y he aquí que el joven, por divertirse, me hizo de pronto
cosquillas en una pierna, produciéndome tal efecto, que caí encima de él sin
querer y le clavé el cuchillo en el corazón. Y expiró en seguida.
Al ver aquello, ¡oh señora mía! empecé a golpearme, y a
gritar, y a gemir, y me desgarré las zopas, arrojándome desesperado al suelo.
Pero mi amigo muerto estaba, cumpliéndose el Destino para que no mintieran las
predicciones de los astrólogos. Alcé los ojos y las manos hacia el Altísimo, y
repuse: "¡Oh, señor del universo! Si he cometido un crimen, dispuesto estoy a
que me castigue tu justicia." En este momento sentíame animoso ante la muerte.
Pero ¡oh señora mía! nuestros anhelos nunca se satisfacen ni para el bien ni
para el mal.
Entonces, no siéndome posible soportar la estancia en
aquel sitio, y además, como sabía que el joyero no tardaría en comparecer, subí
la escalera, salí y cerré la trampa, cubriéndola de tierra, como estaba antes.
Cuando me vi fuera, me dije: "Voy a observar ahora lo
que ocurra; pero ocultándome, porque si no, los esclavos me matarían con la peor
muerte." Y entonces me subí a un árbol copudo que estaba cerca de la trampa, y
allí quedó en acecho. Una hora más tarde apareció la barca con el anciano y los
esclavos. Desembarcaron todos, llegaron apresuradamente junto al árbol, y al
advertir la tierra recientemente removida, atemorizáronse, quedando abatidísimo
el viejo. Los esclavos cavaron apresuradamente, y levantando la trampa, bajaron
con el pobre padre. Éste empezó a llamar a gritos a su hijo, sin que el muchacho
respondiera, y le buscaron por todas partes; hallándolo por fin tendido en el
lecho con el corazón atravesado.
Al verle, sintió el anciano que se le partía el alma, y
cayó desmayado. Los esclavos, mientras tanto, se lamentaban y afligían; después
subieron en hombros al joyero. Sepultaron el cadáver del joven envuelto en un
sudario, transportaron al padre dentro de la barca, con todas las riquezas y
provisiones que quedaban aún, y desaparecieron en la lejanía sobre el mar.
Entonces, apenadísimo, bajé del árbol, medité en
aquella desgracia, lloré mucho, y anduve desolado todo el día y toda la noche.
De repente noté que iba menguando el agua, quedando seco el espacio entre la
isla y la tierra firme de enfrente. Di gracias a Alah, que quería librarme de
seguir en aquel paraje maldito, y empecé a caminar por la arena invocando su
santo nombre. Llegó en esto la hora de ponerse el sol. Vi de pronto aparecer muy
a lo lejos como una gran hoguera, y me dirigí hacia aquel sitio, sospechando que
estarían cociendo algún carnero; pero al acercarme advertí que lo que hube
tomado, por hoguera era un vasto palacio de cobre que se diría incendiado por el
sol poniente.
Llegué hasta el límite del asombro ante aquel palacio
magnífico, todo de cobre. Y estaba admirando su sólida construcción, cuando
súbitamente vi salir por la puerta principal diez jóvenes de buena estatura, y
cuyas caras eran una alabanza al Creador por haberlas hecho tan hermosas. Pero
aquellos diez jóvenes eran todos tuertos del ojo izquierdo, y sólo no lo era un
anciano alto y venerable, que hacía el número once.
Al verlos exclamé; "¡Por Alah, que es extraña
coincidencia! ¿Cómo estarán juntos diez tuertos, y del ojo izquierdo
precisamente?" Mientras yo me absorbía en estas reflexiones, los diez jóvenes se
acercaron, y me dijeron: "¡La paz sea contigo!" Y yo les devolví el saludo de
paz, y hube de referirles mi historia, desde el principio hasta el fin, que no
creo necesario repetirte, ¡oh señora mía!
Al oirla, llegaron aquellos jóvenes al colmo de la
admiración, y me dijeron: "¡Oh señor! Entra en esta morada, donde serás bien
acogido. Entré con ellos, y atravesamos muchas salas revestidas con telas de
raso. En el centro de la última, que era la más hermosa y espaciosa de todas,
había diez lechos magníficos formados con alfombras y colchones, y entre
aquéllos otra alfombra, pero sin colchón, y tan rica como las demás. Y el
anciano se sentó en ésta, y cada uno de los diez jóvenes en la suya, y me
dijeron: "¡Oh señor! Siéntate en el testero de la sala, y no nos preguntes
acerca de lo que aquí veas."
A los pocos momentos se levantó el viejo, salió y
volvió varias veces, llevando manjares y bebidas, de lo cual comimos y bebimos
todos.
Después recogió las sobras el anciano, y se sentó de
nuevo. Y los jóvenes le preguntaron: "¿Cómo te sientas sin traernos lo necesario
para cumplir nuestros deberes?" Y el anciano, sin replicar palabra, se levantó y
salió diez veces, trayendo cada vez sobre la cabeza una palangana cubierta con
un paño de raso y en la mano un farol, que fue colocando delante de cada joven.
Y a mí no me dio nada, lo cual hubo de contrariarme.
Pero cuando levantaron las telas de raso, vi que las
jofainas sólo contenían ceniza, polvo de carbón y kohl. Se echaron la ceniza en
la cabeza, el carbón en la cara y el kohl en el ojo derecho, y empezaron a
lamentarse y a llorar, mientras decían: "¡Sufrimos lo que merecemos por nuestras
culpas y nuestra desobediencia!" Y aquella lamentación prosiguió hasta cerca del
amanecer. Entonces se lavaron en nuevas palanganas que les llevó el viejo, se
pusieron otros trajes, y quedaron como antes de la extraña ceremonia.
Por más que aquello, ¡oh señora mía! me, asombrase con
el más considerable asombro, no me atreví a preguntar nada, pues así me lo
habían ordenado. Y a la noche siguiente hicieron lo mismo que la primera, y lo
mismo a la tercera y a la cuarta. Entonces ya no pude callar más, y exclamé:
"¡Oh mis señores! Os ruego que me digáis por qué sois todos tuertos y a qué
obedece el que os echéis por la cabeza ceniza, carbón y kohl, pues, ¡por Alah!
prefiero la muerte a la incertidumbre en que me habéis sumido." Entonces ellos
replicaron: "¿Sabes que lo que pides es tu perdición?" Y yo contesté: "Venga mi
perdición antes que la duda." Pero ellos me dijeron: "¡Cuidado con tu ojo
izquierdo!" Y yo respondí: "No necesito el ojo izquierdo si he de seguir en esta
perplejidad." Y por fin exclamaron: "¡Cúmplase tu destino! Te sucederá lo que
nos sucedió; mas no te quejes, que la culpa es tuya. Y después de perdido el ojo
izquierdo, no podrás venir con nosotros, porque ya somos diez y no hay sitio
para el undécimo."
Dicho esto, el anciano trajo un carnero vivo. Lo
degollaron, le arrancaron la piel, y después de limpiarla cuidadosamente, me
dijeron: "Vamos a coserte dentro de esa piel; y te colocaremos en la azotea del
palacio. El enorme buitre llamado Rokh, capaz de arrebatar un elefante, te
levantará hasta las nubes, tomándote por un carnero de veras, y para devorarte
te llevará a la cumbre de una montaña muy alta, inaccesible a todos los seres
humanos. Entonces con este cuchillo, de que puedes armarte, rasgarás la piel de
carnero, saldrás de ella, y el terrible Rokh, que no ataca a los hombres,
desaparecerá de tu vista. Echa después a andar hasta que encuentres un palacio
diez veces mayor que el nuestro y mil veces más suntuoso. Está revestido de
chapas de oro, sus muros se cubren de pedrería, especialmente de perlas y
esmeraldas. Entra por una puerta abierta a todas horas, como nosotros entramos
una vez, y ya verás lo que vieres. Allí nos dejamos todos el ojo izquierdo.
Desde entonces soportamos el castigo merecido y expiamos nuestra culpa haciendo
todas las noches lo que viste. Esa es en resumen nuestra historia, que más
detallada llenaría todas las páginas de un gran libro cuadrado. Y ahora,
¡cúmplase tu destino!"
Y como persistiera en mi resolución, diéronme el
cuchillo, me cosieron dentro de la piel de carnero, me colocaron en la azotea y
se marcharon. Y de pronto noté que cargaba conmigo el terrible Rokh, remontando
el vuelo, y en cuanto comprendí que, me había depositado en la cumbre de la
montaña, rasgué con el cuchillo la piel que me cubría, y salí de debajo de ella
dando gritos para asustar al terrible Rokh. Y se alejó volando pesadamente, y vi
que era todo blanco, tan ancho como diez elefantes y más largo que veinte
camellos.
Entonces eché a andar muy de prisa, pues me torturaba
la ímpaciencia por llegar al palacio. Al verlo, a pesar de la descripción hecha
por los diez jóvenes, me quedé admirado hasta el límite de la admiración. Era
mucho más suntuoso de lo que me habían dicho. La puerta, principal, toda de oro,
por la cual entré, tenía a los lados noventa y nueve puertas de maderas
preciosas, de áloe y de sándalo. Las puertas de la salas eran de ébano con
incrustaciones de oro y de diamantes. Y estas puertas conducían a los salones y
a los jardines, donde se acumulaban todas las riquezas de la tierra y del mar.
No bien llegué a la primera habitación me vi rodeado de
cuarenta jóvenes, de una belleza tan asombrosa, que perdí la noción de mí mismo,
y mis ojos no sabían a cuál dirigirse con preferencia a las demás, y me entró
tal admiración, que hube de detenerme, sintiendo que me daba vueltas la cabeza.
Entonces todas se levantaron al verme, y con voz
armoniosa me dijeron: "¡Que nuestra casa sea la tuya!, ¡oh convidado nuestro!
¡Tu sitio está sobre nuestras cabezas y en nuestros ojos!" Y me ofrecieron
asiento en un estrado magnífico, sentándose ellas más abajo en las alfombras, y
me dijeron: "¡Oh señor, somos tus esclavas, tu cosa, y tú eres nuestro dueño y
la corona de nuestras cabezas!"
Luego todas se pusieron a servirme: una trajo agua
caliente y toallas, y me lavó los pies; otra me echó en las manos agua
perfumada, que vertía de un jarro de oro; la tercera me vistió un traje de seda
con cinturón bordado de oro y plata, y la cuarta me presentó una copa llena de
exquisita bebida aromada con flores. Y ésta me mirada, aquélla me sonreía, la de
aquí me guiñaba los ojos, la de más allá me recitaba versos, otra abría los
brazos, extendiéndolos perezosamente delante de mí, y aquélla otra hacía ondular
su talle. Y la una suspirada: "¡ay!", y otra: "¡huy!", y ésta me decía: `¡Ojos
míos!", la de más allá: "¡Oh alma mía!", la otra: "¡Entraña de mi vida!", y la
otra: "¡Oh llama de mi corazón!"
Después se me acercaron todas, y comenzaron a
acariciarme, y me dijeron: "¡Oh convidado nuestro, cuéntanos tu historia, porque
estamos sin ningún hombre hace tiempo, y nuestra dicha será ahora completa!"
Entonces hube de tranquilizarme, y les conté una parte de mi historia, hasta que
empezó a anochecer.
Inmediatamente encendieron numerosas bujías, y la sala
quedó iluminada como por el más espléndido sol. Luego pusieron los manteles,
sirvieron los manjares más exquisitos y las bebidas más embriagadoras, y unas
tañían instrumentos melodiosas, cantando con encantadora voz, otras bailaban, y
yo seguía comiendo.
Después de estas diversiones, me dijeron: "Estáis
cansado de resultas del viaje que habéis hecho, y hora es ya de que toméis algún
reposo; vuestro aposento está preparado; mas, antes de retiraros, escoged entre
nosotras una para que os sirva."
Yo, señora, mía, no sabía cuál elegir, pues todas eran
igualmente deseables. A ciegas alargué los brazos, y cogí a una; ¡pero al abrir
los ojos, los volví a cerrar, deslumbrado por su hermosura! Entonces aquella
joven me asió de la mano y me condujo al dormitorio.
Las siguientes noches, ¡oh señora mía! se deslizaron de
la misma manera, cada noche con una de las hermanas.
Un año completo duró esta felicidad. Llegó el final del
año. La mañana del último día vi a todas las jóvenes al pie de mi cama, sueltas
las cabelleras, llorando amargamente, poseídas de un gran dolor, y me dijeran:
"Sabe, ¡oh luz de nuestros ojos! que hemos de abandonarte, como abandonamos a
otros antes que a ti. Eres, en realidad, el más libertino y agradable de todos.
Por este motivo, no podremos vivir sin ti." Y yo les dije: "¿,Y por qué habéis
de abandonarme? Porque yo tampoco quiero perder la alegría de mi vida, que está
en vosotras." Ellas contestaron "Sabe que somos todas hijas de un rey, pero de
madre distinta. Desde nuestra pubertad vivimos en este palacio, y cada año pone
Alah en nuestra camino un hermoso doncel que nos agrada, como nosotras a él.
Pero cada año hemos de ausentarnos cuarenta, días para visitar a nuestro padre y
a nuestras madres. Y hoy es el día de la marcha." Entonces dije: "Pero delicias
mías, yo me quedaré en este palacio alabando a 'Alah hasta vuestro regreso." Y
ellas contestaron: "Cúmplase tu deseo. Aquí tienes todas las llaves del palacio,
que abren todas las puertas. Él ha de servirte de morada, puesto que eres su
dueño; pero guárdate muy bien de abrir la puerta de bronce que está en el fondo
del jardín, porque no volverías a. vernos y te ocurriría una gran desgracia.
¡Cuida, pues, de no abrir esa puerta!
Dicho esto, me abrazaron y besaron todas, una tras
otra, llorando y diciéndome: "¡Alah sea contigo!" Y partieron, sin dejar de
mirarme a través de sus lágrimas.
Entonces, ¡oh señora mía! salí del salón en que me
hallaba, y con las llaves en la mano empecé a recorrer aquel palacio, que aún no
había tenido tiempo de ver, pues mi cuerpo y mi alma habían estado encadenados
entre los brazos de las jóvenes. Y abrí con la primera llave la primera puerta.
Me vi entonces en un gran huerto rebosante de árboles
frutales, tan frondosos, que en mi vida los había conocido iguales en el mundo.
Canalillos llenos de agua los regaban tan a conciencia, que las frutas eran de
un tamaño y una hermosura indecibles. Comí de ellas, especialmente bananas, y
también dátiles, que eran largos coma los dedos de un árabe noble, y granadas,
manzanas y melocotones. Cuando acabé de comer di gracias por su magnanimidad a
Alah, y abrí la segunda puerta con la segunda llave.
Cuando abrí esta puerta, mis ojos y mi olfato quedaron
subyugados por una inmensidad de flores que llenaban un gran jardín regado por
arroyos numerosos. Había allí cuantas flores pueden criarse en los jardines de
los emires de la tierra: jazmines, narcisos, rosas, violetas, jacintos,
anémonas, claveles, tulipanes, renúnculos Y todas las flores de todas las
estaciones. Cuando hube aspirado la fragancia de todas las flores, cogí un
jazmín, guardándolo dentro de mi nariz para gozar su aroma, y di las gracias a
Alah el Altísimo por sus bondades.
Abrí en seguida la tercera puerta, y mis oídos quedaron
encantados con las voces de numerosas aves de todos los colores y de todas las
especies de la tierra. Estaban en una pajarera construida- con varillas de áloe
y de sándalo. Los bebederos eran de jaspe fino y los comederos de oro. El suelo
aparecía barrido y regado. Y las aves bendecían al Creador. Estuve oyéndolas
cantar; y cuando anocheció me retiré.
Al día siguiente me levanté temprano, y abrí la cuarta
puerta con la cuarta llave. Y entonces, ¡oh, señora mía! vi cosas que ni en
sueños podría ver un ser humano. En medio de un gran patio había una cúpula de
maravillosa construcción, con escaleras de pórfido que ascendían hasta cuarenta,
puertas de ébano, labradas con oro y plata. Se encontraban abiertas y permitían
ver aposentos, espaciosos, cada uno de los cuales contenía un tesoro diferente,
y valía cada tesoro más que todo mi reino. La primera sala, estaba atestada de
enormes montones de perlas, grandes y pequeñas, abundando las grandes, que
tenían el tamaño de un huevo de paloma y brillaban como la luna llena. La
segunda sala superaba en riqueza a la primera, y aparecía repleta de diamantes,
rubíes rojos, rubíes azules y carbunclos. En la tercera había esmeraldas
solamente; en la cuarta, montones de oro en bruto; en la quinta, monedas de oro
de todas las naciones; en la sexta, plata virgen; en la séptima monedas de
plata, de todas las naciones: Las demás salas estaban llenas de cuantas
pedrerías hay en el seno de la tierra y del mar: topacios, turquesas, jacintos,
piedras del Yemen, comalínas de los más viejos colores, jarrones de jade,
collares, brazaletes, cinturones y todas las preseas, en fin, usadas en las
cortes de reyes y de emires.
Y yo, ¡oh señora mía! levanté las manos y los ojos y di
gracias a Alah el Altísimo por sus beneficios: Y así seguí cada día abriendo una
o dos o tres puertas hasta el cuadrapésimo; creciendo diariamente mi asombro, y
ya no me quedaba, más que la llave de la puerta de bronce, y pensé en las
cuarenta jóvenes, y me sentí sumido en la mayor felicidad.
Pero el Maligno hacíame pensar en la llave de la puerta
de bronce, tentándome continuamente, y la tentación pudo más que yo, y abrí la
puerta. Nada vieron mis ojos, mí olfato notó un olor muy fuerte y hostil a los
sentidos, y me desmayé, cayendo por la parte de fuera de la entrada y cerrándose
inmediatamente la puerta delante de mí. Guando me repuse, persistí en la
resolución inspirada por el Cheitán, y volví a abrir, aguardando a que el olor
fuese menos penetrante.
Entré por fin, y me encontré en una espaciosa sala, con
el suelo cubierto de azafrán y alumbrada por bujías perfumadas de ámbar gris e
incienso y por magníficas lámparas de plata y oro llenas de aceite aromático,
que al arder exhalaba aquel olor tan fuerte. Y entre lámparas; y candelabros vi
un maravilloso caballo negro con una estrella blanca en la frente, y la pata
delantera derecha y la trasera izquierda tenían asimismo manchas blancas en los
extremos. La silla era de brocado y la brida una cadena de oro; el pesebre
estaba lleno de sésamo y cebada bien cribada; el abrevadero contenía agua fresca
perfumada con rosas
Entonces, ¡oh señora mía! costo mi pasión mayor eran
los buenos caballos, y yo el jinete más ilustre de mi reino, me agradó mucho
aquel corcel, y cogiéndole de la brida le saqué al jardín y lo monté; pero no se
movió. Entonces le di en el cuello con la cadena de oro. Y de pronto, ¡oh señora
mía! abrió el caballo dos grandes alas negras, que yo no había visto, relinchó
de un modo espantoso, dio tres veces con los cascos en el suelo, y voló conmigo
por los aires.
En seguida, ¡oh señora mía! empezó todo a dar vueltas a
mi alrededor, pero apreté los muslos y me sostuve como buen jinete. Y he aquí
que el caballo descendió y se detuvo en la azotea del palacio donde había yo
encontrado a los diez tuertos. Y entonces se encabritó terriblemente y logró
derribarme. Luego se acercó a mí, y metiéndome la punta de una de sus alas en el
ojo izquierdo, me lo vació sin que pudiera yo impedirlo y emprendió el vuelo
otra vez, desapareciendo en los aires.
Me tapé con la mano el ojo huero, y anduve en todos
sentidos par la azotea, lamentándome a impulsos del dolor. Y de pronto vi
delante de mí a los diez mancebos, que decían: "¡No quisiste atendernos! ¡Ahí
tienes el fruto de tu funesta terquedad! Y no puedes quedarte entre nosotros,
porque ya somos diez. Pero te indicaremos el camino para que marches a Bagdad,
capital del Emir de los Creyentes Harún Al-Rachid, cuya fama ha llegado a
nuestros oídos y tu destino quedará entre sus manos."
Partí, después de haberme afeitado y puesta este traje
de saaluk, para no tener que soportar otras desgracias, y viajé día y noche, no
parando hasta llegar a Bagdad, morada de paz, donde encontré a estos dos
tuertos, y saludándoles, les dije: "Soy extranjero" Y ellos me contestaron:
"También lo somos nosotros." Y así, llegamos los tres, a esta bendita casa, ¡oh
señora mía!
¡Y tal es la causa de mi ojo huero y de mis barbas
afeitadas!"
Después de oír tan extraordinaria historia, la mayor de
las tres doncellas dijo al tercer saakik. "Te perdono. Acaríciate un poco la
cabeza y vete."
Pero el tercer saaluk contestó: ¡Por Alah! No he de
irme sin oír las historias de los otros."
Entonces la joven, volviéndose hacia el califa, hacia
el visir Giafar y hacia el porta-alfanje, les dijo: "Contad vuestra historia."
Y Giafar se le acercó, y repitió el relato que ya había
contado a la joven portera al entrar en la casa. Y después de haber oído a
Giafar, la dueña de la morada les dijo:
"Os perdono a todos, a los unos y a los otros. ¡Pero
marchaos en seguida!"
Y todos salieron a la calle. Entonces el califa dijo a
los saalik: "Compañeros, ¿adónde vais?" Y éstos contestaron: "No sabemos dónde
ir." Y el califa les dijo: "Venid a pasar la noche con nosotros." Y ordenó a
Giafar: "Llévalos a tu casa y mañana me los traes, que ya veremos lo que se
hace." Y Giafar ejecutó estas órdenes.
Entonces entró ere su palacio el califa, pero no pudo
dormir en toda la noche. Por la mañana se sentó en el trono, mandó entrar a los
jefes de su Imperio, y cuando hubo despachado los asuntos y se hubieron
marchado, volvióse hacia Giafar, y le dijo Tráeme las tres jóvenes, las dos
perras y los tres saaluk." Y Giafar salió en seguida, y los puso a todos entre
las manos del califa. Las jóvenes se presentaron ante él cubiertas con sus
velos. Y Giafar les dijo: "No se os castigará, porque sin conocernos nos habéis
perdonado y favorecido. Pero ahora estáis en manos del quinto descendiente de
Abbas, el califa. Harún Al-Rachid. De modo que tenéis que contarle la verdad."
Cuando las jóvenes oyeron las palabras de Giafar, que
hablaba en nombre del Príncipe de los Creyentes, dio un paso la mayor, y dijo:
"¡Oh Emir de los Creyentes! Mi historia es tan prodigiosa, que si se escribiese
con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería una lección para quien la
leyese con respeto."
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGO LA 16a. NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la mayor de
las jóvenes se puso entre las manos del Emir de los Creyentes y contó su
historia del siguiente modo:
HISTORIA DE ZOBEIDA, LA MAYOR DE IAS JÓVENES
¡Oh Príncipe de los Creyentes! Sabe que me llamo
Zobeida; un hermana, la que abrió la puerta, se llama Amina, y la más joven de
todas, Fahima. Las tres somos hijas del mismo padre, pero no de la misma madre.
Estas dos perras son otras hermanas mías, de padre y madre.
Al morir nuestro padre nos dejó cinco mil dinares, que
se repartieron por igual entre nosotras. Entonces mis hermanas Amina y Fahima se
separaran de mí para irse con su madre, y yo y las otras dos hermanas, estas dos
perras que aquí ves, nos quedamos juntas. Soy la más joven de las tres, pero
mayor que Amina y Fahima, que están entre tus manos.
Al poco tiempo de morir nuestro padre, mis dos hermanas
mayores se casaron y estuvieron algún tiempo conmigo en la misma casa. Pero sus
maridos no tardaron en prepararse a un viaje comercial; cogieron los mil dinares
de sus mujeres para comprar mercaderías, y se marcharon todos juntos, dejándome
completamente sola.
Estuvieron ausentes cuatro años; durante las cuales se
arruinaron mis cuñados, y después de perder sus mercancías, desaparecieron,
abandonando en país extranjero a sus mujeres.
Y mis hermanas pasaron toda clase de miserias y
acabaron por llegar a mi casa como unas mendigas. Al ver aquellas dos mendigas,
no pude pensar que fuesen mis hermanas, y me alejé de ellas; pero entonces me
hablaron, y reconociéndolas, les dije: ,"¿Qué os ha ocurrido? ¿Cómo os veo en
tal estado?" Y respondieron: "¡Oh hermana! Las palabras ya nada remediarian,
pues el cálamo corrió por lo que había mandado Alah." Oyéndolas se conmovió de
lástima mi corazón, y las llevé al hammam, poniendo a cada una un traje nuevo, y
les dije: "Hermanas mías, sois mayores que yo, y creo justo que ocupéis el lugar
de mis padres. Y como la herencia que me tocó; igual que a vosotras, ha sido
bendecida por Alah y se ha acrecentado considerablemente, comeréis sus frutos
conmigo, nuestra vida será respetable y honrosa, y ya no nos separaremos." Y las
retuve en mi casa y en mi corazón.
Y he aquí que las colmé de beneficios, y estuvieron en
mi casi durante un año completo, y mis bienes eran sus bienes. Pero un día me
dijeron: "Realmente, preferimos el matrimonio, y no podemos pasarnos sin él,
pues se ha agotado nuestra paciencia al vernos tan solas." Yo les contesté: "¡Oh
hermanas! Nada bueno podréis encontrar en el matrimonio, pues escasean los
hombres honrados. ¿No probasteis el matrimonio ya? ¿Olvidáis lo que os ha
proporcionada?"
Pero no me hicieron caso, y se empeñaron en casarse sin
mi consentimiento. Entonces les di el dinero para las bodas y les regalé los
equipos necesarios. Después se fueron con sus maridos a probar fortuna. Pero no
haría mucho que se habían ido, cuando sus esposos se burlaron de ellas,
quitándolas cuanto yo les di y abandonándolas. De nuevo regresaron ambas
desnudas a mi casa, y me pidieron mil perdones, diciéndome: "No nos regañes,
hermana. Cierto que eres la de menos edad de las tres, pero nos aventajas a
todas en razón. Te prometemos no volver a pronunciar nunca la palabra
casamiento." Entonces les dije: "¡Oh hermanas mías! Que la acogida en mi casa os
sea hospitalaria. A nadie quiero como a vosotras." Y les di muchos besos, y las
traté con mayor generosidad que la primera vez.
Así transcurrió otro año entero, y al terminar éste,
pensé fletar una nave cargada de mercancías y marcharme a comerciar a Bassra. Y
efectivamente, dispuse un barco, y lo cargué de mercancías y géneros y de cuanto
pudiera necesitarse durante la travesía, y dije a mis hermanas: "¡Oh hermanas!
¿Preferís quedaros en mi casa mientras dure el viaje hasta mi regreso, o viajar
conmigo?" Y me contestaron: "Viajaremos contigo, pues no podríamos, soportar tu
ausencia." Entonces las llevé conmigo y partimos todas juntas.
Pero antes de zarpar había cuidado yo de dividir mi
dinero en dos partes; cogí la mitad, y la otra la escondí, diciéndome: "Es
posible que nos ocurra alguna desgracia en el barco, y si logramos salvar la
vida, al regresar, si es que regresamos, encontraremos aquí algo útil."
Y viajamos día y noche; pero por desgracia, el capitán
equivocó la ruta. La corriente nos llevó hasta un mar distinto por completo al
que nos dirigíamos. Y nos impulsó un viento muy fuerte, que duró diez días.
Entonces divisamos una ciudad en lontananza, y le preguntamos al capitán: "¿Cuál
es el nombre de esa ciudad adonde vamos?" Y contestó: "¡Por Alah que no lo sé!
Nunca le he visto, pues en mi vida había entrado en este mar. Pero, en fin, lo
importante es que estamos por fortuna fuera de peligro: Ahora sólo os queda
bajar a la ciudad y exponer vuestra mercancías; Y si podéis vennderlas, os
aconsejo que las vendáis."
Una hora después volvió á acercársenos, y nos dijo:
"¡Apresuraos a desembarcar, para ver en esa población las maravillas del
Altísimo!"
Entonces desembarcamos, pero apenas hubimos entrado en
la ciudad, nos quedamos asombradas. Todos los habitantes estaban convertidos en
estatuas de piedra negra. Y sólo ellos habían sufrido esta petrificación, pues
en los zocos y en las tiendas aparecían las mercancías en su estado normal, lo
mismo que las cosas de oro y de plata. Al ver aquello llegamos al límite de la
admiración, y nos dijimos: "En verdad que la causa de todo esto debe de ser
rarísima."
Y nos separamos, para recorrer cada cual a su gusto las
calles de la ciudad, y recoger por su cuenta cuanto oro, plata y telas preciosas
pudiese llevar consigo.
Yo subí a la ciudadela, y vi que allí estaba el palacio
del rey. Entré en el palacio por una gran puerta de oro macizo, levanté un gran
cortinaje de terciopelo, y advertí que todos los muebles y objetos eran de plata
y oro. Y en el patio y en los aposentos, los guardias y chambelanes estaban de
pie o sentados, pero petrificados en vida. Y en la última sala, llena de
chambelanes, tenientes y visires, vi al rey sentado en su trono, con un traje
tan suntuoso y tan rico, que desconcertaba, y aparecía rodeado de cincuenta
mamalik con trajes de seda y en la mano los alfanjes desnudos: El trono estaba
incrustado de perlas y pedrería, y cada. perla brillaba como una estrella. Os
aseguro qué me faltó poco para volverme loca.
Seguí andando, no obstante, y llegué a la sala del
harén, que hubo de parecerme más maravillosa todavía, pues era toda de oro,
hasta las celosías de las ventanas. Las paredes estaban forradas de tapices de
seda: En las puertas y en las, ventanas pendían cortinajes de raso y terciopelo.
Y vi por fin, en medio de las esclavas petrificadas, a la misma reina, con un
vestido sembrado de perlas deslumbrantes, enriquecida su corona por toda clase
de piedras finas, ostentando collares y redecillas de oro admirablemente
cincelados. Y se hallaba también convertida en una estatua de piedra negra.
Seguí andando, y encontré abierta una puerta, cuyas
hojas eran de plata virgen, y más allá una escalera de pórfido de siete
peldaños, y al subir esta escalera y llegar arriba, me hallé en un salón de
mármol blanco, cubierto de alfombras tejidas de oro, y en el centro, entre
grandes candelabros de oro, una tarima también de oro salpicada de esmeraldas y
turquesas, y sobre la tarima un lecho incrustado de perlas y pedrería, cubierto
con telas preciosas. Y en el fondo de la sala advertí una gran luz, pero al
acercarme me enteré de que era un brillante enorme, como un huevo de avestruz,
cuyas facetas despedían tanta claridad, que bastaba, su luz para alumbrar todo
el aposento.
Los candelabros ardían vergonzosamente ante el
esplendor de aquella maravilla, y yo pensé. "Cuando estos candelabros arden,
alguien los ha encendido."
Continué andando, y hube de penetrar asombrada en otros
aposentos, sin hallar a ningún ser viviente. Y tanto me absorbía esto, que me
olvidé de de mi persona, de mi viaje, de mi nave y de mis hermanas. Y todavía
seguía maravillada, cuando la noche se echó encima. Entonces quise salir de
palacio; pero no di con la salida, y acabé por llegar a la sala donde estaba el
magnifico lecho y el brillante y los candelabros encendidos. Me senté en el
lecho, cubriéndome con la colcha de razo azul bordada de plata y de perlas, y
cogí el Libro Noble, nuestro Corán, que estaba escrito en magníficos caracteres
de oro y bermellón, e iluminado con delicadas tintas, y me puse a leer algunos
versículos para santificarme, y dar gracias a Alah, y reprenderme; y cuando hube
meditado en las palabras del Profeta (¡Alah le bendiga!) me tendí para conciliar
el sueño, pero no pude lograrlo. Y el insomnio me tuvo despierta hasta media
noche.
En aquel momento oí una voz dulce y simpática que
recitaba El Corán. Entonces me levanté y me dirigí hacia el sitio de donde
provenía aquella voz. Y acabé por llegar a un aposento cuya puerta aparecía
abierta. Entré con mucho cuidado, poniendo a la parte de afuera la antorcha que
me había alumbrado en el camino, y vi que aquello era un oratorio. Estaba
iluminado por lámparas de cristal verde que colgaban del techo, y en el centro
había un tapiz de oraciones extendido hacia Oriente; y allí estaba sentado un
hermoso joven que leía el Corán en alta voz, acompasadamente. Me sorprendió
mucho, y no acertaba a comprender cómo había podido librarse de la suerte de
todos los otros. Entonces avancé un paso y le dirigí mi saludo de paz, y él
volviéndose hacia mí y mirándome fijamente, correspondió a mi saludo. Luego le
dije: "¡Por la santa verdad de los versículos del Corán que recitas, te conjuro
a que contestes a mi pregunta!"
Entonces, tranquilo y sonriendo con dulzura, me
contestó: "Cuando expliques quién eres, responderé a tus preguntas." Le referí
mi historia, que le interesó mucho, y luego le interrogué por las
extraordinarias circunstancias que atravesaba la ciudad. Y él me dijo: "Espera
un momento." Y cerró el Libro Noble, lo guardó en una bolsa de seda y me hizo
sentar a su lado. Entonces le miré atentamente, y vi que era hermoso como la
luna llena, sus mejillas parecían de cristal; su cara tenía el color de los
dátiles frescos, y estaba adornado de perfecciones, cual si fuese aquel de quien
habla el poeta en sus estrofas:
¡El que lee en los astros contemplaba la noche! ¡Y de
pronto surgió ante su mirada la esbeltez del apuesto mancebo! Y pensó:
¡Es el mismo Zohal, que dio a este astro la negra
cabellera destrenzada, semejante a un cometa!
¡En cuanto al carmesí de sus mejillas, Mirrikh fue el
encargado de extenderlo! ¡Los rayos penetrantes de sus ojos son las flechas
mismas del Arquero de las siete estrellas!
¡Y Hutared le otorgó su maravillosa sagacidad y
Abylssuha su valor de oro!
¡Y el astrólogo no supo qué pensar al verle, y se quedó
perplejo! ¡Entonces, inclinándose hacia él sonrió el astro!
Al mirarle, experimentaba una profunda turbación de mis
sentidos, lamentando no haberle conocido antes, y en mi corazón se encendían
como ascuas. Y le dije: "¡Oh dueño y soberano mío, atiende a mi pregunta!" Y él
me contestó:. "Escucho y obedezco." Y me contó lo siguiente:
"Sabe, ¡oh mi honorable señora! que esta ciudad era de
mi padre. Y la habitaban todos sus parientes y súbditos. Mi padre es el rey, que
habrás visto en su trono, transformado en estatua de piedra. Y la reina, que
también habrás visto, es mi madre. Ambos profesaban la religión de los magos
adoradores del terrible Nardún. Juraban por el fuego y la luz, por la sombra y
el calor, y por los astros que giran.
Mi padre estuvo mucho tiempo sin hijos. Yo nací a fines
de su vida, cuando transpuso ya el umbral de la vejez. Y fui criado por él con
mucho esmero, y cuando fui creciendo se me eligió para la verdadera felicidad.
Había en nuestro palacio una anciana musulmana, que
creía en Alah y en su Enviado; pero ocultaba sus creencias y aparentaba estar
conforme con las de mis padres. Mi padre tenía en ella gran confianza, y muy
generosa con ella, la colmaba de su generosidad, creyendo que compartía su fe y
su religión. Me confió a ella, y le dijo: "Encárgate de su cuidado; enséñale las
leyes de nuestra religión del Fuego y dale una educación- excelente,
atendiéndole en todo."
Y la vieja se encargó de mí; pero me enseñó la religión
del Islam, desde los deberes de la purificación y de las abluciones, hasta las
santas fórmulas de la plegaria. Y me enseñó y explicó el Corán en la lengua del
Profeta. Y cuando, hubo terminado de instruirme, me dijo: "¡Oh hijo mío! Tienes
que ocultar estas creencias a tu padre, profesándolas en secreto, porque si no,
te mataría."
Callé, en efecto; y no hacía mucho que había terminado
mi instrucción, cuando falleció la santa anciana, repitiéndome su recomendación
por última vez. Y seguí en secreto siendo un creyente de Alah y de su Profeta.
Pero los habitantes de esta ciudad, obcecados por su rebelión y su ceguera,
persistían en la incredulidad. Y un día la voz de un muecín, invisible retumbó
como el trueno, llegando a los oídos más distantes:
¡Oh vosotros los que habitáis esta ciudad! ¡Renunciad a
la adoración del fuego y de Nardún, y adorad al Rey único y Poderoso!"
Al oír aquello se sobrecogieron todos y acudieron al
palacio del rey, exclamando: "¿Qué voz aterradora es esa que hemos oído? ¡Su
amenaza nos asusta!" Pero el rey les dijo: "No os aterréis y seguid firmemente
vuestras antiguas creencias."
Entonces sus corazones se inclinaron a las palabras de
mi padre, y no dejaron de profesar la adoración del fuego. Y siguieron en su
error, hasta que llegó el aniversario del día en que habían oído la voz por
primera vez. Y la voz se hizo oír por segunda vez, y luego por tercera vez,
durante tres años seguidos. Pero a pesar de ello, no cesaron en su extravío. Y
una mañana, cuando apuntaba el día, la desdicha y la maldición cayeron del cielo
y los convirtió en estatuas de piedra negra, corriendo la misma suerte sus
caballos y sus mulos, sus camellos y sus ganados. Y de todos los habitantes fuí
el único que se salvó de esta desgracia. Porque era el único creyente.
Desde aquel día me consagro a la oración, al ayuno y a
la lectura del Corán.
Pero he de confesarte, ¡oh mi honorable dama llena de
perfecciones! que ya estoy cansado de esta soledad en que me encuentro, y
quisiera tener junta a mí a alguien que me acompañase." Entonces le dije:
"¡Oh joven dotado de cualidades! ¿Por qué no vienes
conmigo a la ciudad de Bagdad? Allí encontrarás sabios y venerables jeiques
versados en las leyes y en la religión. En su compañía aumentarás tu ciencia y
tus conocimientos de derecho divino, y yo, a pesar de mi rango, será tú esclava
y tu cosa. Poseo numerosa servidumbre, y mía es la nave que hay ahora en el
puerto abarrotada de mercancías. El Destino nos arrojó a estas costas para que
conociésemos la población y ocasionarnos la presente aventura. La suerte, pues,
quiso reunirnos."
Y no dejé de instarle a marchar conmigo, hasta que
aceptó mi ruego. En ese momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la
mañana y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 17a. NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡óh rey afortunado! que la joven
Zobeida no dejó de instar al mancebo, y de inspirarle el deseo de seguirla,
hasta que éste consintió.
Y ambos no cesaron de conversar, hasta que el sueño
cayó sobre ellos. Y la joven Zobéida se acostó entonces y durmió a los pies del
príncipe. ¡Y sentía una alegría y una felicidad inmensas!
Después Zobeida prosiguió de este modo su relato ante
el califa Harún Al-Rachid, Gíafar y los tres saalik:
"Cuando brilló la mañana nos levantamos, y fuimos a
revisar los tesoros, cogiendo los de menos peso, que podían llevarse más
fácilmente y tenían más valor. Salimos de la ciudadela y descendimos hacia la
ciudad, donde encontramos al capitán y a mis esclavos, que me buscaban desde el
día antes. Y se regocijaron mucho al verme, preguntándome el motivo de mi
ausencia. Entonces les conté lo que había visto, la historia del joven y la
causa de la metamorfosis de los habitantes de la ciudad con todos sus detalles.
Y su relato les sorprendió mucho.
En cuanto a mis hermanas, apenas me vieron en compañía
de aquel joven tan hermoso, envidiaron mi suerte, y llenas de celos, maquinaran
secretamente la perfidia contra mí. Regresamos al barco, y yo era muy feliz,
pues mi dicha la aumentaba el cariño del principe. Esperamos a que nos fuera
propicio el viento, desplegamos las velas y partimos. Y mis hermanas me dijeron
un día: ¡Oh hermana! ¿qué te propones con tu amor por ese joven tan hermoso?" Y
les contesté: "Mi propósito es que nos casemos." Y acercándome a él, le declaré:
"¡Oh dueño mío! mi deseo es convertirme en cosa tuya. Te ruego que no me
rechaces." Y entonces me respondió: "Escucho y obedezco." Al oírlo, me volví
hacia mis hermanas y les dije; "No quiero más bienes que a este hombre. Desde
ahora todas mis riquezas pasan a ser de vuestra propiedad." Y me contestaron:
"Tu voluntad es nuestro gusto." Pero se reservaban la traición y el daño.
Continuamos bogando con viento favorable, y salimos del
mar del Terror, entrando en el de la Seguridad. Aun navegamos por él algunos
días, hasta llegar cerca de la ciudad de Bassra, cuyos edificios se divisaban a
lo lejos. Pero nos sorprendió la noche, hubimos de parar la nave y no tardamos
en dormirnos.
Durante nuestro sueño se levantaron mis hermanas, y
cogiéndonos a mí y al joven, nos echaron al agua. Y el mancebo, como no sabía
nadar, se ahogó, pues estaba escrito por Alah que figuraría en el número de los
mártires. En cuanto a mí estaba escrito que me salvara, pues apenas caí al agua,
Alah me benefició con un madero, en el cual cabalgué, y con el cual me arrastró
el oleaje hasta la playa de.una isla próxima. Puse a secar mis vestiduras, pasé
allí la noche, y no bien amaneció, eché a andar en busca de un camino. Y
encontré un camino en el cual había huellas de pasos de seres humanos, hijos de
Adán. Este camino comenzaba en la playa y se internaba en la isla. Entonces,
después de ponerme los vestidos ya secos, lo seguí hasta llegar a la orilla
opuesta, desde la que se veía en lontananza la ciudad de Bassra. Y de pronto
advertí una culebra que corría hacia mí, y en pos de ella otra serpiente gorda y
grande que quería matarla. Estaba la culebra tan rendida, que la lengua le
colgaba fuera de la boca. Compadecida de ella, tiré una piedra enorme a la
cabeza de la serpiente, y la dejé sin vida. Mas de improviso la culebra desplegó
dos alas, y volando, desapareció por los aires. Y yo llegué al límite del
asombro.
Pero como estaba muy cansada, me tendí en aquel mismo
sitio, y dormí próximamente una hora. Y he aquí que al despertar vi sentada a
mis plantas a una negra joven y hermosa, que me estaba acariciando los pies.
Entonces, llena de vergüenza, hube de apartarlos en seguida, pues ignoraba lo
que la negra pretendía de mí. Y le pregunté: "¿Quién eres y qué quieres?" Y me
contestó: "Me he apresurado a venir a tu lado, porque me has hecho un gran favor
matando a mi enemigo. Soy la culebra a quien libraste de la serpiente. Yo soy
una efrita. Aquella serpiente era un efrit enemigo mío, que deseaba matarme. Y
tú me has librado de sus manos. Por eso, en cuanto estuve libre, volé con el
viento y me dirigí hacia la nave de la cual te arrojaron tus hermanas. Las he
encantado en forma de perras negras, y te las he traído." Entonces vi las dos
perras atadas a un árbol detrás de mí. Luego, la efrita prosiguió: "En seguida
llevé a tu casa de Bagdad todas las riquezas que había en la nave, y después que
las hube dejado, eché la nave a pique. En cuanto al joven que se ahogó, nada
puedo hacer contra la muerte. ¡Porque Alah es el único Resucitador!"
Dicho esto, me cogió en brazos, desató a mis hermanas,
las cogió también, y volando nos transportó a las tres, sanas y salvas, a la
azotea de mi casa de Bagdad, o sea aquí mismo.
Y encontré perfectamente instaladas todas las riquezas
y todas las cosas que había en la nave. Y nada se había perdido ni estropeado.
Después me dijo la efrita: "¡Por la inscripción santa
del sello de Soleimán, te conjuro a que todos los días pegues a cada perra
trescientos latigazos! Y si un solo día se te olvida cumplir esta orden, te
convertiré también en perra."
Y yo tuve que contestarle: "Escucho y obedezco."
Y desde entonces, ¡oh Príncipe de los Creyentes! las
empecé a azotar, para besarlas después llena de dolor por tener que castigarlas,
Y tal es mi historia. Pero he aquí, ¡oh Príncipe de los
Creyentes! Que mi hermana Amina te va a contar la suya, que es aún más
sorprendente que la mía."
Ante este relato, el califa Harún Al-Rachid llegó hasta
el límite más extremo del asombro. Pero quiso satisfacer del todo su curiosidad,
y por eso se volvió hacia Amina, que era quien le había abierto la puerta la
noche anterior, y le dijo: "Sepamos, ¡oh lindísima joven! cuál es la causa de
esos, golpes con que lastimaron tu cuerpo."
HISTORIA DE AMINA, LA SEGUNDA JOVEN
Al oír estas palabras del califa, la joven Amina avanzó
un paso, y llena de timidez ante las miradas impacientes, dijo así:
"¡Oh Emir de los Creyentes! No, te repetiré las
palabras de Zobeida acerca de nuestros padres. Sabe, pues, que cuando nuestro
padre murió, yo y Fahima, la hermana más pequeña de las cinco, nos fuimos a
vivir solas con nuestra madre, mientras mi hermana Zobeida y las otras dos
marcharon con la suya.
- Poco después mi madre me casó con un anciano, que era
el más rico de la ciudad y de su tiempo. Al año siguiente murió en la paz de
Alah mi viejo esposo, dejándome como parte legal de herencia, según ordena
nuestro código oficial, ochenta mil dinares en oro.
Me apresuré a comprarme con ellos diez magníficos
vestidos, cada uno de mil dinares: Y no hube de carecer absolutamente de nada.
Un día entre los días, hallándome cómodamente sentada,
vino a visitarme una vieja. Nunca la había visto. Esta vieja era horrible: su
cara tenía la nariz aplastada, peladas las cejas, los dientes rotos, el pescuezo
torcido, Y le goteaba la nariz. Bien la describió el poeta:
¡Vieja de mal agüero! ¡Si la viese Eblis, le enseñaría
todos los fraudes sin tener que hablar, pues bastaría con el silencio
únicamente! ¡Podría desenredar a mil mulos que se hubieran enredado en una
telaraña, y no rompería la tela!
La vieja me saludó y me dijo: "¡Oh señora llena de
gracias y cualidades! Tengo en mi casa a una joven huérfana que se casa esta
noche. Y vengo a rogarte (¡Alah otorgará la recompensa a tu bondad!) que te
dignes honrarnos asistiendo a la boda de esta pobre doncella tan afligida y tan
humilde, que no conoce a nadie en esta ciudad y sólo cuenta con la protección,
del Altísimo." Y después la vieja se echó a llorar y comenzó a besarme los pies.
Yo que no conocía su perfidia, sentí lástima de ella, y le dije: "Escucho y
obedezco." Entonces dijo: "Ahora me ausento, con tu venia, y entretanto vístete,
pues al anochecer volveré a buscarte." Y besándome la mano, se marchó.
Fui entonces al hammam y me perfumé; después elegí el
más hermoso de mis diez trajes nuevos, me adorné con mi hermoso collar de
perlas, mis brazaletes, mis ajorcas y todas mis joyas, y me puse un gran veló
azul de seda y oro, el cinturón de brocado y el velillo para la cara, luego de
prolongarme los ojos con kohl. Y he aquí que volvió la vieja y me dijo: "¡Oh
señora mía! ya está la casa llena de damas, parientes del esposo, que son las
más linajudas de la ciudad. Les avisé de tu segura llegada, se alegraron mucho,
y te esperan con impaciencia." Llevé conmigo algunas de mis esclavas, y salimos
todas, andando hasta llegar a una calle ancha y bien regada, en la que soplaba
fresca brisa. Y vimos un gran pórtico de mármol con una cúpula monumental de
mármol y sostenida por arcadas. Y desde aquel pórtico vimos el interior de un
palacio tan alto, que parecía tocar las nubes. Penetramos, y llegadas a la
puerta, la vieja llamó y nos abrieron. Y a la entrada encontramos un corredor
revestido de tapices y colgaduras. Colgaban dei artesonado lámparas de colores
encendidas, y en las paredes había candelabros encendidos también y objetos de
oro y plata, joyas y armas de metales preciosos. Atravesamos este corredor, y
llegamos a una sala tan maravillosa, que sería inútil describirla.
En medio de la sala, que estaba tapizada con sedas,
aparecía un techa de mármol incrustado de perlas y cubierto con un moscjuitero
de raso.
Entonces vimos salir del lecho una joven tan bella como
la luna. Y me dijo: "¡Marhaba!. ¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Oh hermana mía, nos haces
el mayor honor humano! ¡Anastina! ¡Eres nuestro dulce consuelo, nuestro orgullo!
Y para honrarme, recitó estos versos del poeta:
¡Si las piedras de la casa hubiesen sabido la visita de
huésped tan encantador, se habrían alegrado en extremo, inclinándose ante la
huella de tus pasos para anunciarse la buena nueva!
¡Y exclamarían en su lengua: "¡Ahlan! ¡Ua sahlan!
¡Honor a las personas adornadas de grandza y de generosidad!"
Luego se sentó, y me dijo: "¡Oh hermana mía! He de
anunciarte que tengo un hermano que te vio cierto día en una boda. Y este joven
es muy gentil, y mucho más hermoso que yo. Y desde aquella noche, te ama con
todos los impulsos de un corazón enamorado y ardiente. Y él es quien ha dado
dinero a la vieja para que fuese a tu casa y te trajese aquí con el pretexto que
ha inventado. Y ha hecho todo esto para encontrarte en mi casa, pues mi hermano
no tiene otro deseo que casarse contigo este año bendecido por Alah y por su
Enviado. Y no debe avergonzarse de estas cosas, porque son lícitas."
Cuando oí tales palabras, y me vi conocida y estimada
en aquella mansión, le dije a la joven: "Escucho y obedezco." Entonces,
mostrando una gran alegría, dio varias palmadas. Y a esta señal, se abrió una
puerta y entró un joven como la luna, según dijo el poeta:
¡Ha llegado a tal grado de hermosura, que se ha
convertido en obra verdaderamente digna del Creador! ¡Una joya que es realmente
la gloria del orfebre que hubo de cincelarla!
¡Ha llegado a la misma perfección de la belleza! ¡No te
asombres si enloquece de amor a todos los humanos!
¡Su hermosura resplandece a la vista, por estar
inscrita en sus facciones! ¡Juro que no hay nadie más bello que él!
Al verle, se predispuso mi corazón en favor suyo.
Entonces el joven avanzó y fue a sentarse junto a su hermana, y en seguida entro
el kadi con cuatro testigos, que saludaron y se sentaron. Después el kadí
escribió mi contrato de matrimonio con aquel joven, los testigos estamparon sus
sellos, y se fueron todos.
Entonces el joven se me acercó, y me dijo: "¡Sea
nuestra noche una noche bendita!" Y luego añadió: ¡Oh señora mía! quisiera
imponerte un condición." Yo le contesté "Habla, dueño mío. ¿Qué condición es
esa?" Entonces se incorporo, trajo el Libro Sagrado, y me dijo. "Vas a jurar por
el Corán que nunca elegirás a otro más que a mí, ni sentirás inclinación hacia
otro." Y yo juré observar la condición aquella. Al oirme mostróse muy contento,
me echó al cuello los brazos, y sentí que su amor penetraba hasta el fondo de mi
corazón.
En seguirla los esclavos pusieron la mesa, y comimos y
bebimos hasta la saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en
el lecho. Y pasamos la noche, uno en brazos de otro, hasta que fue de día.
Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad.
Y al concluir este mes, pedí permiso a mi marido para ir al zoco y comprar
algunas telas. Me concedió este permiso. Entonces me vestí y llevé conmigo a la
vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré a la
puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho por la
buena calidad de sus géneros y a quien conocía muy de antiguo. Y añadió: "Es un
muchacho que heredó mucho dinero y riquezas al morir su padre." Después,
volviéndose hacia el mercader, le dijo: "Saca lo mejor y más caro que tengas en
tejidos, que son para esta hermosa dama. " Y dijo él: "Escucho y obedezco." Y la
vieja, mientras el mercader desplegaba las telas, seguía elogiándolo y
haciendome observar sus cualidades, y yo le dije: "No me importan sus cualidades
ni los elogios que le diriges, pues no hemos venido más que a comprar lo que
necesitamos, para volvernos luego a casa."
Y cuando hubimos escogido la tela, ofrecimos al
mercader el dinero de su importe. Pero él se negó a coger el dinero, y nos dijo:
Hoy no os cobraré dinero alguno; eso es un regalo por el placer y por el honor
que recibo al veros en mi tienda." Entonces le dije a la vieja: "Si no quiere
aceptar el dinero, devuélvele la tela." Y él exclamó: "¡Por Alah! No quiero
tomar nada de vosotras. Todo eso os lo regalo. En cambio, ¡oh hermosa joven,
concédeme un beso, sólo un beso. Porque yo doy más valor a ese beso que a todas
las mercancías de mi tienda." Y la vieja le dijo riéndose: "¡Oh guapo mozo!,
Locura es considerar un beso como cosa tan inestimable." Y a mí me dijo: "¡Oh
hija mía! ¿has oído lo que dice este joven mercader? No tengas cuidado, que nada
malo ha de pasar porque te dé un beso únicamente, y en cambio, podrás escoger y
tomar lo que más te plazca de todas esas telas preciosas." Entonces contesté:
"¿No sabes que estoy ligada por un juramento?" Y la vieja replicó: "Déjale que
te bese, que con que tú no hables ni te muevas, nada tendrás que echarte en
cara. Y además, recogerás el dinero, que es tuyo, y la tela también." Y tanto
siguió encareciéndolo la vieja, que hube de consentir. Y para ello, me tapé los
ojos y extendí el velo," a fin de que no vieran nada los transeúntes. Entonces
el joven mercader ocultó la cabeza debajo de mi velo, acercó sus labios a mi
mejilla y me besó. Pera a la vez me mordió tan bárbaramente, que me rasgó la
carne. Y me desmayé de dolor y de emocion.
"Cuando volví en mí, me encontré echada en las,
rodillas de la vieja, que parecía muy afligida. En cuanto a la tienda, estaba
cerrada y el joven mercader había desaparecido. Entonces la vieja me dijo:
"¡Alah sea loado, por librarnos de mayor desdicha! Y luego añadió: "Ahora
tenemos que volver a casa. Tú fingirás estar indispuesta, y yo te traeré un
remedio que te curará la mordedura inmediatamente." Entonces me levanté, y sin
poder dominar mis pensamientos y mi terror por las consecuencias, eche a andar
hacia mi casa, y mi espanto iba creciendo según mas acercábamos. Al llegar,
entré en mi aposento y me fingí enferma.
A poco entró mi marido y me preguntó muy preocupado:
"¡Oh dueña mía! ¿qué desgracia te ocurrió cuando saliste?" Yo le contesté:
"Nada. Estoy .bien." Entonces me miró con atención, y dijo: "Pero ¿qué herida es
esa que tienes en la mejilla, precisamente en el sitio más fino y suave?" Y yo
le dije entonces: "Cuando salí hoy con tu permiso a comprar esas telas, un
camello cargado de leña ha tropezado conmigo en una calle llena de gente, me ha
roto el velo y me ha desgarrado la mejilla, según ves. ¡Oh, qué calles tan
estrechas las de Bagdad!" Entonces se llenó de ira, y dijo: "¡Mañana mismo iré a
ver al gobernador para reclamar contra los carnelleros y leñadores, y el
gobernador los mandará ahorcar a todos!"-Al oírle, repliqué compasiva: "¡Por
Alah sobre ti! ¡No te cargues con pecados ajenos! Además, yo he tenido la culpa,
por haber montado en un borrico que empezó a galopar y cocear. Caí al suelo, y
por desgracia había allí un pedazo de madera que me ha desollado la cara,
haciéndome esta herida en la mejilla." Entonces exclamó él: "¡Mañana iré a ver
a. Giafar Al-Barmaki, y, le contaré esta historia, para que maten a todos los
arrieros de la ciudad." Y yo le repuse: "Pero ¿vas a matar a todo el mundo por
causa mía? Sabe que esto ha ocurrido sencillamente por voluntad de Alah, y por
el Destino, a quien gobierna." Al oírme, mi esposo no pudo contener su furia y
gritó: "¡Oh pérfida! ¡Basta de mentiras! ¡Vas a sufrir el castigo de tu crimen!"
Y me trató con las palabras más duras, y a una llamada suya se abrió la puerta y
entraron siete negros terribles, que me sacaron de la cama y me tendieron en el
centro del patio. Entonces mi esposa mandó a uno de estos negros que me sujetara
por los hombros y se sentara sobre mí y a otro negro que se apoyase en mis
rodillas para sujetarme las piernas. Y en seguida avanzó un tercer negro con una
espada en la mano, y dijo., "¡Oh mi señor! la asestaré un golpe que la partirá
en dos mitades. Y otro negro añadió: "Y cada uno de nosotros cortará un buen
pedazo de carne y se lo echará a los peces del río de la Dejla, pues así debe
castigarse a quien hace traición al juramento y al cariño." Y en apoyo de lo que
decía, recitó estos versos:
¡Si supiese que otro participa del cariño de la que
amo, mi alma se robelaría hasta arrancar de ella tal amor de perdición! Y le
diría a mi alma: ¡Mejor será que sucumbamos, nobles! ¡Porque no alcanzará la
dicha el que ponga su amor en un pecho enemigo!
Entonces rni esposo dijo al negro que empuñaba la
espada: "¡Oh valiente Saad! ¡Hiere a esa pérfida!" Y Saad levantó el acero. Y mi
esposo me dijo: "Ahora di en alta voz tu acto de fe y recuerda las cosas y
trajes y efectos que te pertenecen para que hagas testamento, porque ha llegado
el fin de tu vida." Entonces le dije: "¡Oh servidor, de Alah el Optimo! dame
nada más el tiempo necesario para hacer mi acto de fe y mi testamento." Después,
levanté al cielo la mirada, la volví a bajar y reflexioné acerca del estado
mísero e ignominioso en que me veía, arrasándoseme en lágrimas los ojos, y
recité llorando estas estrofas:
¡Encendiste en mis entrañas la pasión, para enfriarte
después! ¡Hiciste que mis ojos velarán largas noches, para dormirte luego!
¡Pero yo te reservé un sitio entre mi corazón y mis
ojos! ¿Cómo te ha de olvidar mi corazón, ni han de cesar de llorarte mis ojos?
¡Me habías jurado una constancia sin límite, y apenas
tuviste mi corazón, me dejaste!
¡Y ahora no quieres tener piedad de ese corazón ni
compadecerte de mi tristeza! ¿Es que no naciste más que para ser causa de mi
desdicha y de la de toda mi juventud?
¡Oh amigos míos! os conjuro por Alah para que cuando yo
muera escribáis en la losa de mi tumba: "¡Aquí yace un gran culpablel ¡Uno que
amó!"
¡Y el afligido caminante que conozca los sufrimientos
del amor, dirigirá a mi tumba una mirada compasiva!
Terminados los versos, seguía llorando, y al oírme y
ver mis lágrimas, mi esposo se excitó y enfureció más todavía, y dijo-estas
estancias:
¡Si así dejé a la que mi corazón amaba, no ha sido por
hastío ni cansancio! ¡Ha cometido una falta que merece el abandono!
¡Ha querido asociar a otro a nuestra ventura, cuando ni
mi corazón, ni mi razón, ni mis sentidos pueden tolerar sociedad semejante!
Y cuando acabó sus versos yo lloraba aún, con la
intención de conmoverle, y dije para mí: "Me tornaré sumisa y humilde. Y acaso
me indulte de la muerte, aunque se apodere de todas mis riquezas." Y le dirigí
mis súplicas, y recité con gentileza estas estrofas:
¡En verdad te juro que, si quisieses ser justo no
mandarías que me matasen! ¡Pero es sabido que el que ha juzgado inevitable la
separación nunca supo ser justo!
¡Me cargaste con todo el peso de las consecuencias del
amor, cuando mis hombros apenas podían soportar el peso de la túnica más fina o
algún otro todavía más ligero!
¡Y sin embargo, no es mi muerte lo que me asombra, sino
que mi cuerpo, después de la ruptura, siga deseándote!
Terminados los versos, mis sollozos continuaban. Y
entonces me miró, me rechazó con ademán violento, me llenó de injurias, y me
recitó estos otros:
¡Atendiste a un cariño que no era el mío, y me has
hecho sentir todo tu abandono!
¡Pero yo te abandonaré, como tú me has abandonado;
desdeñando mi deseo! ¡Y tendré contigo la misma consideración que conmigo
tuviste!
¡Y me apasionaré por otra, ya que a otro te inclinaste!
¡Y de la ruptura eterna entre nosotros no tendré yo la culpa, sino tú solamente!
Y al concluir estos versos, dijo al negro: "¡Córtala en
dos mitades! ¡Ya no es nada mío!"
Cuando el negro dio un paso hacia mí, desesperé de
salvarme, y viendo ya segura mi muerte, me confié en Alah Todopoderoso. Y en
aquel momento vi entrar a la vieja, que se arrojó a los pies del joven, se puso
a besarlos, y le dijo: "¡Oh hijo mío! como nodriza tuya, te conjuro, por los
cuidados que tuve contigo a que perdones a esta criatura, pues no cometió falta
que merezca tal castigo. Además, eres joven todavía, y temo que sus maldiciones
caigan sobre ti." Y luego rompió a llorar, y continuó en sus súplicas para
convencerle, hasta que él dijo: "¡Basta! Gracias a ti no la mato; pero la he de
señalar de tal modo, que conserve las huellas todo el resto de su vida."
Entonces ordenó algo a los negros, e inmediatamente me
quitaron la ropa, dejándome toda desnuda. Y él con una rama de membrillero me
fustigó toda, con preferencia el pecho, la espalda y las caderas, tan recia y
furiosamente, que hube de desmayarme, perdida ya toda esperanza de sobrevivir a
tales golpes. Entonces cesó de pegarme, y se fue, dejándome tendida en el suelo,
mandando a los esclavos que me abandonasen en aquel estado hasta la noche, para
transportarme después a mi antigua casa, a favor de la obscuridad. Y los
esclavos lo hicieron así, llevándome a mi antigua casa, como les había ordenado
su amo.
Al volver en mí, estuve mucho tiempo sin poder moverme,
a causa de la paliza; luego me aplicaron varios medicamentos, y poco a poco
acabé por curar; pero las cicatrices de los golpes no se borraron de mis
miembros ni de mis carnes, como azotadas por correas y látigos. ¡Todos habéis
visto sus huellas!
Cuando hube curado, después de cuatro meses de
tratamiento, quise ver el palacio en que fue víctima, de tanta violencia; pero
se hallaba completamente derruido, lo mismo que la calle donde estuvo, desde uno
hasta el otro extremo. Y en el lugar de todas aquéllas maravillas no había más
que montones de basura acumulados por las barreduras de la ciudad. Y a pesar de
todas mis tentativas, no conseguí noticias de mi esposo.
Entonces regresé al lado de Fahima que seguía soltera,
y ambas fuimos a visitar a Zobeida, nuestra hermanastra, que te ha contado su
historia y la de sus hermanas convertidas en perras. Y ella me contó su historia
y yo le conté la mía, después de los acostumbrados saludos. Y mi hermana Zobeida
me dijo: "¡Oh hermana mía! nadie está libre de las desgracias de la suerte.
¡Pero gracias a Alah, ambas vivimos aún! ¡Per~ manezeamos juntas desde ahora! ¡Y
sobre toda que no se pronuncie siquiera la palabra matrimonio!"
Y nuestra hermana Fahima vive con nosotras. Tiene el
cargo de proveedora, y baja al zoco todos, los días para comprar cuanto
necesitamos; yo tengo la misión de abrir la puerta a los que llaman y de recibir
a nuestros convidados, y Zobeida, nuestra hermana mayor, corre con el peso de la
casa.
Y así hemos vivido muy a gusto, sin hombres, hasta que
Fahima nos trajo al mandadero cargado con una gran cantidad de cosas, y le
invitamos a descansar en casa un momento. Y entonces entraron los tres saalik,
que nos contaron sus historías, y en seguida vosotros, vestidos de mercaderes.
Ya sabes, pues, lo que ocurrió y cómo nos han traído a tu poder, ¡oh príncipe de
los Creyentes!
¡Esta es mi historia!"
Entonces el califa quedó profundamente maravillado,
y...
En este momento de su narración, Schabrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 18a. NOCHE
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey aforttmado! que el califa
Harún Al-Rachid quedó maravilladísimo al oír las historias de las dos jóvenes
Zobeida y Amina, que estaban ante él con su hermana Fahima, las dos perras
negras y los tres saalik, y dispuso que ambas historias, así como las de los
tres saalik, fuesen escritas por los escribas de palacio con buena y esmerada
letra, para conservar los manuscritos en sus archivos.
En seguida dijo a la joven Zobeida: "Y después, ¡oh mi
noble señora! ¿no has vuelto a saber nada de la efrita que encantó a tus
hermanas bajo la forma de estas dos perras?" Y Zobeida repuso: "Podría saberlo,
¡oh Emir de los Creyentes! pues me entregó un mechón de sus cabellos, y me dijo:
"Cuando me necesites, quema un cabello de estos y me presentaré, por muy lejos
que me halle, aunque estuviese detrás del Cáucaso." Entonces el califa le dijo:
"¡Dame uno de esos cabellos!" Y Zobeida le entregó el mechón, y el califa cogió
un cabello y lo quemó. Y apenas hubo de notarse el olor a pelo chamuscado, se
estremeció todo el palacio con una violenta sacudida, y la efrita surgió de
pronto en forma de mujer ricamente vestida. Y como era musulmana, no dejó de
decir al califa: "La paz sea contigo, ¡oh Vicario de Alah!" Y el califa le
contestó: "¡Y desciendan sobre ti la paz, la misericordia de Alah, y sus
bendiciones!" Entonces ella le dijo: "Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que
esta joven, que me ha llamado por deseo tuyo, me hizo un gran favor, y la
semilla que en mí sembró siempre germinara, porque jamas he de agradecerla
bastante los beneficios que la debo. A sus hermanas las convertí en perras, y no
las maté para no ocasionarla a ella mayor sentimiento. Ahora, si tú, ¡oh
Príncipe de los Creyentes! deseas que las desencante, lo haré por consíderación
a ambos, pues no has de olvidar que soy musulmana." Entonces el califa dijo: "En
verdad que deseo las libertes, y, luego estudiaremas el caso de la joven
azotada, y si compruebo la certeza de su narración, tomaré su defensa y la
vengaré de quien la ha castigado con tanta injusticia." Entonces la efrita dijo:
¡Oh Emir de los Creyentes! dentro de un instante te indicaré quién trató así a
la joven Amina, quedándose con sus riquezas. Pero sabe que es el más cercano a
ti entre los humanos."
Y la efrita cogió una vasija de agua, e hizo sobre ella
sus conjuros, rociando después a las dos perras, y diciéndoles: "¡Recobrad
inmediatamente vuestra primitiva forma humana!" Y al momento se transformaron
las dos perras en dos jóvenes tan hermosas; que honraban a quien las creo.
Luego, la efríta, volviéndose hacia el califa, le dijo:
"El autor de los malos tratos contra la joven Amina es tu propio hijo El-Amín."
Y le refirió la historia, en cuya veracidad creyó el califa por venir de labios
de una segunda persona, no humana, sino efrita.
Y el califa se quedó muy asombrado, pero dijo: "¡Loor a
Alah porque intervine en el desencanto de las dos perras!" Después mandó llamar
a su hijo El-Amín; le pidió explicaciones, y El-Amín respondió con la verdad. Y
entonces el califa ordenó que se reuniesen los kadíes y testigos en la misma
sala en donde estaban los tres saalik, hijos de reyes, y las tres jóvenes, con
sus dos hermanas desencantadas recientemente.
Y con auxilio de kadies y testigos, casó de nuevo a su
hijo El-Amín con la joven Amina; a Zobeida con el primer saalik, hijo de rey; a
las otras dos jóvenes con los otros dos saalik, hijos de reyes; y por últirno
mandó extender su propio contrato de casamiento con la más joven de las cinco
hermanas, la virgen Fahima, .¡la proveedora agradable y dulce!
Y mandó edificar un palacio para cada pareja,
enriqueciéndoles para que pudieran vivir felices.
"Pero -dijo Schaharazada dirigiéndose al rey Schahriar-
no creas, ¡oh rey afortunado! que esta historia sea más prodigiosa que la que
ahora sigue."
Historia de la Mujer Despedazada, de las Tres Manzanas
y del Negro Rihán
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