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¡El rajá se aburre!
¡Ah, sí, se aburre el rajá!
¡Se aburre como quizá nunca se aburrió en su vida!
(¡Y Buda sabe si el pobre rajá se aburrió!)
En el patio norte del palacio, la escolta aguarda. Y
también aguardan los elefantes del rajá. Porque hoy el rajá debía cazar al
jaguar.
Ante yo no sé qué suave gesto del rajá, el intendente
comprende: ¡que entre la escolta!; ¡que entren los elefantes!
Muy perezosamente, entra la escolta, llena de contento.
Los elefantes murmuran roncamente, que es la manera,
entre los elefantes, de expresar el descontento.
Porque, al contrario del elefante de África, que gusta
solamente de la caza de mariposas, el elefante de Asia sólo se apasiona con la
caza del jaguar.
Entonces, ¡que vengan las bailarinas!
¡Aquí están las bailarinas! Las bailarinas no impiden
que el rajá se aburra.
¡Afuera, afuera las bailarinas! Y las bailarinas se
van.
¡Un momento, un momento! Hay entre las bailarinas una
nueva pequeña que el rajá no conoce.
-Quédate aquí, pequeña bailarina. ¡Y baila! ¡He aquí
que baila, la pequeña bailarina!
¡Oh, su danza!
¡El encanto de su paso, de su actitud, de sus ademanes
graves!
¡Oh, los arabescos que sus diminutos pies escriben
sobre el ónix de las baldosas! ¡Oh, la gracia casi religiosa de sus manos
menudas y lentas! ¡Oh, todo!
Y he aquí que al ritmo de la música ella comienza a
desvestirse.
Una a una, cada pieza de su vestido, ágilmente
desprendida, vuela a su alrededor.
¡El rajá se enciende!
Y cada vez que una pieza del vestido cae, el rajá,
impaciente, ronco, dice:
-¡Más!
Ahora, hela aquí toda desnuda.
Su pequeño cuerpo, joven y fresco, es un encantamiento.
No se sabría decir si es de bronce infinitamente claro
o de marfil un poco rosado. ¿Ambas cosas, quizá?
El rajá está parado, y ruge, como loco:
-¡Más!
La pobre pequeña bailarina vacila. ¿Ha olvidada sobre
ella una insignificante brizna de tejido? Pero no, está bien desnuda.
El rajá arroja a sus servidores una malvada mirada
oscura y ruge nuevamente:
-¡Más!
Ellos lo entendieron.
Los largos cuchillos salen de las vainas. Los
servidores levantan, no sin destreza, la piel de la linda pequeña bailarina.
La niña soporta con coraje superior a su edad esta
ridícula operación, y pronto aparece ante el rajá como una pieza anatómica
escarlata, jadeante y humeante.
Todo el mundo se retira por discreción. ¡Y el rajá no
se aburre más!
FIN |