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Por lo menos había visto a siete u ocho personas, ninguna
de ellas con aspecto de mendigo, meter la mano en la papelera que estaba adosada
a una farola cercana al aparcamiento donde todas las mañanas dejaba mi coche.
Era un suceso trivial que me creaba cierta animadversión,
porque es difícil sustraerse a la penosa imagen de ese vicio de urracas, sobre
todo si se piensa en las sucias sorpresas que la papelera podía albergar.
Que yo pudiera verme tentado de caer en esa indigna
manía era algo inconcebible, pero aquella mañana, tras la tremenda discusión que
por la noche había tenido con mi mujer, y que era la causa de no haber pegado
ojo, aparqué como siempre el coche y al caminar hacia mi oficina la papelera me
atrajo como un imán absurdo y, sin disimular apenas ante la posibilidad de algún
observador inadvertido, metí en ella la mano, con la misma torpe decisión con
que se lo había visto hacer a aquellos penosos rastreadores que me habían
precedido.
Decir que así cambió mi vida es probablemente una
exageración, porque la vida es algo más que la materia que la sostiene y que las
soluciones que hemos arbitrado para sobrellevarla. La vida es, antes que nada y
en mi modesta opinión, el sentimiento de lo que somos más que la evaluación de
lo que tenemos.
Pero si debo confesar que muchas cosas de mi existencia
tomaron otro derrotero.
Me convertí en un solvente empresario, me separé de mi
mujer y contraje matrimonio con una jovencita encantadora, me compré una
preciosa finca y hasta un yate, que era un capricho que siempre me había
obsesionado y, sobre todo, me hice un transplante capilar en la mejor clínica
suiza y eliminé de por vida mi horrible complejo de calvo, adquirido en la
temprana juventud.
El billete de lotería que extraje de la papelera estaba
sucio y arrugado, como si alguien hubiese vomitado sobre él, pero supe
contenerme y no hacer ascos a la fortuna que me aguardaba en el inmediato sorteo
navideño.
FIN |