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Tengo gafas para ver verdades. Como no tengo costumbre no
las uso nunca. Sólo una vez...
Mi mujer dormía a mi lado.
Puestas las gafas, la miré.
La calavera del esqueleto que yacía debajo de las
sabanas roncaba a mi lado, junto a mí.
El hueso redondo sobre la almohada tenía los cabellos
de mi mujer, con los rulos de mi mujer.
Los dientes descarnados que mordían el aire a cada
ronquido, tenían la prótesis de platino de mi mujer.
Acaricié los cabellos y palpé el hueso procurando no
entrar en las cuencas de los ojos: no cabía duda, aquello era mi mujer.
Dejé las gafas, me levanté, y estuve paseando hasta que
el sueño me rindió y me volvió a la cama.
Desde entonces, pienso mucho en las cosas de la vida y
de la muerte.
Amo a mi mujer, pero si fuera más joven me metería a
monje.
FIN |