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¿Sobre qué conciencia no pesa un crimen? -preguntó el
barón d'Ormesan-. Por mi parte, ya no me tomo la molestia de contarlos. He
cometido algunos que me produjeron dinero, y si hoy no soy millonario, debo
culpar más bien a mis apetitos que a mis escrúpulos.
En 1901, en unión de unos amigos, fundé la Compañía
Internacional Cinematographic, a la que para abreviar llamamos C.I.C. Nuestro
propósito era producir una película de gran interés y pasarla luego en los
cinematógrafos de las principales ciudades de Europa y América. Nuestro programa
estaba bien trazado. Gracias a la indiscreción de uno de los domésticos, pudimos
obtener una escena interesantísima que representaba al presidente de la
República, en momentos en que se levantaba de la cama. Siguiendo idéntico
procedimiento, también logramos la filmación del nacimiento del príncipe de
Albania. En otra oportunidad, después de comprar a precio de oro la complicidad
de algunos funcionarios del Sultán, pudimos fijar para siempre la impresionante
tragedia del gran visir MalekPacha, quien, después de los desgarradores adioses
a sus esposas e hijos, bebió, por orden de su amo y señor, el funesto café en la
terraza de su residencia de Pera.
Sólo nos faltaba la representación de un crimen. Pero,
desdichadamente, no es fácil conocer con anticipación la hora de un atraco y es
muy raro que los criminales actúen abiertamente.
Desesperando de lograr por medios lícitos el
espectáculo de un atentado, decidimos organizarlo por nuestra cuenta en una casa
que alquilamos en Auteuil a esos efectos. Primeramente habíamos pensado
contratar actores para un simulacro de ese crimen que nos faltaba, pero, aparte
de que con ello hubiésemos engañado a nuestros futuros espectadores al
ofrecerles escenas falsas, habituados como estábamos a no cinematografiar más
que la realidad, no podíamos satisfacernos con un simple juego teatral por
perfecto que fuera. Llegamos así a la conclusión de echar suerte, para
establecer quién de entre nosotros debía juramentarse y cometer el crimen que
nuestra cámara registraría. Mas ésta fue una perspectiva ingrata para todos.
Después de todo, éramos una sociedad constituida por personas de bien y nadie
tomaba a broma eso de perder el honor ni aun por fines comerciales.
Una noche decidimos emboscarnos en la esquina de una
calle desierta, muy cerca de la villa que alquiláramos. Éramos seis y todos
íbamos armados con revólveres. Pasó una pareja: un hombre y una mujer jóvenes,
cuya elegancia muy rebuscada nos pareció a propósito para acondicionar los
elementos más interesantes de un crimen pasional. Silenciosos, nos abalanzamos
sobre la pareja y amordazándolos los condujimos a la casa. Allí los dejamos bajo
el cuidado de uno de nuestro grupo, volviendo a nuestra posición. Un señor de
patillas blancas vestido con traje de noche apareció en la calle; salimos a su
encuentro y lo arrastramos a la casa a pesar de su resistencia. El brillo de
nuestros revólveres dio razón de su coraje y de sus gritos.
Nuestro fotógrafo preparó su cámara, iluminó la sala
convenientemente y se aprestó a registrar el crimen. Cuatro de los nuestros se
colocaron al lado del fotógrafo apuntando con las armas a los cautivos.
La joven pareja estaba todavía desvanecida. Los
desvestí con atenciones conmovedoras: despojé a la muchacha de la falda y el
corsé, dejando al joven en mangas de camisa. Dirigiéndome al señor de esmoquin,
le dije:
-Señor: ni mis amigos ni yo deseamos a usted ningún
mal. Pero le exigimos, bajo pena de muerte, que asesine, con este puñal que
arrojo a sus pies, a este hombre y a esta mujer. Ante todo, usted tratará de que
vuelvan de su desmayo; tenga cuidado que no lo estrangulen. Como están
desarmados, no cabe la menor duda de que usted logrará su propósito.
-Señor -repuso cortésmente el futuro asesino- no tengo
más remedio que ceder ante la violencia. Usted ha tomado todas las resoluciones
y no deseo en lo más mínimo modificar una decisión cuyo motivo no se me aparece
claramente; voy a pedirle una gracia, sólo una: permítame cubrirme el rostro.
Nos consultamos y resolvimos que era mejor así, tanto
para él como para nosotros. Coloqué sobre la cara del hombre un pañuelo en el
que previamente habíamos abierto dos orificios en el lugar de los ojos, y el
individuo comenzó su tarea.
Golpeó al joven en las manos. Nuestro aparato
fotográfico empezó a funcionar, registrando esta lúgubre escena. Con el puñal
dio unos puntazos en el brazo de su víctima. Ésta se puso rápidamente de pie,
saltando, con una fuerza duplicada por el espanto, sobre la espalda de su
agresor. La muchacha volvió en sí de su desvanecimiento y acudió en socorro de
su amigo. Fue la primera en caer, herida en el corazón. Luego la escena se
concentró en el joven, que se abatió de una herida en la garganta. El asesino
hizo las cosas bien. El pañuelo que cubría su rostro no se había movido durante
la lucha, y lo conservó puesto todo el tiempo que la cámara funcionó.
-¿Están ustedes conformes? -nos preguntó-. ¿Puedo ahora
arreglarme un poco?
Lo felicitamos por su labor. Se lavó las manos, se
peinó, cepillándose luego el traje. Inmediatamente, la cámara se detuvo.
FIN |