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El marido de Toshiko estaba
siempre ocupado. Incluso esa noche había tenido que salir precipitadamente para
acudir a una cita y ella había vuelto sola en un taxi. Pero, ¿qué otra cosa
podía esperar una mujer casada con un atractivo actor? Toshiko había sido una
tonta al suponer que pasaría la noche con ella. Sin embargo, él sabía cuánto le
espantaba volver a su casa tan poco acogedora con sus muebles de estilo
occidental y las manchas de sangre que aún podían verse en el piso.
Toshiko había sido siempre
extremadamente sensible. Tal era su naturaleza. Como resultado de un constante
preocuparse por todo jamás engordaba, y ahora, ya una mujer adulta, más parecía
una figura etérea que una criatura de carne y hueso. Hasta sus amistades
ocasionales no podían dejar de advertir la delicadeza de su espíritu.
Aquella noche se había
reunido con su marido en un club nocturno y se había
sentido herida al encontrarlo relatando a sus amigos una versión del
«incidente».
Sentado allí, con su traje
de estilo norteamericano y un cigarrillo entre los
labios, se le había antojado un extraño.
-Es un cuento increíble
-decía con ademanes extravagantes intentando acaparar la atención que
monopolizaba la orquesta-, fíjense ustedes que llega a casa la niñera enviada
por la agencia de colocaciones para nuestro hijo y lo primero que veo es su
vientre. ¡Enorme! ¡Como si tuviera una almohada debajo del kimono!, y no era de
extrañar, porque en seguida observé que podía comer más que todos nosotros
juntos. Nuestra provisión de arroz desapareció así... -hizo chasquear los
dedos-. «Dilatación gástrica». Tal fue la explicación que nos dio acerca de su
gordura y su apetito. Anteayer, escuchamos quejidos y lamentos provenientes de
la habitación del niño. Corrimos hasta allí y la encontramos en cuclillas,
agarrándose el vientre con las dos manos, gimiendo como una vaca. En la cuna, a
su lado, nuestro chico, aterrado, lloraba con toda la fuerza de sus pulmones.
¡Les aseguro que era algo digno de verse!
-¿Y salió el gato
encerrado? -preguntó un amigo, actor de cine, como el marido de Toshiko.
-¡Vaya si salió! Me dio el
susto de mi vida. Yo había aceptado sin titubear la historia de la «dilatación
gástrica», ¿comprenden? Bueno, sin perder el tiempo, rescaté la alfombra fina y
extendí una manta sobre el piso para que se acostara allí. Durante todo el
tiempo la muchacha gritaba como un cerdo herido. Cuando llegó el médico de la
clínica el chico ya había nacido. ¡La habitación había quedado convertida en un
matadero!
-No me cabe la menor duda
-apuntó alguien, y todo el grupo se echó a reír.
Escuchar a su marido hablar del horrible suceso
como de un incidente jocoso, hizo enmudecer a Toshiko. Cerró los ojos durante un
instante y vio nuevamente al recién nacido frente a ella, en el piso,
y su frágil cuerpecito envuelto en papel de periódico manchado de sangre.
Toshiko pensaba que el
médico lo había hecho todo por despecho. Como para acentuar el desprecio que
sentía por esta madre que había dado a luz a un bastardo en tan sórdidas
condiciones, había ordenado a su asistente que, en vez de envolver al pequeño
con los correspondientes pañales, lo hiciera con papel de periódico.
Esta dureza para con el
recién nacido hirió a Toshiko. Sobreponiéndose al disgusto que le causaba toda
la escena, había buscado un pedazo de franela sin usar que tenía en reserva y
fajando cuidadosamente al niño lo había depositado sobre un sillón.
Esto había sucedido después
de que su marido saliera de la casa. Toshiko no se lo había contado, temiendo
que la creyera demasiado blanda y sentimental. Sin embargo, el episodio se había
grabado profundamente en ella. Lo recordaba, sentada en silencio, mientras la
orquesta de jazz atronaba los aires y su marido charlaba alegremente con sus
amigos. Sabía que nunca podría olvidar a aquel niño, acostado sobre el piso,
envuelto en los papeles manchados. Era una escena como de carnicería.
Toshiko, cuya vida había
transcurrido dentro del más sólido bienestar, sentía dolorosamente la
infelicidad del niño ilegítimo.
«Soy la única que ha
presenciado su vergüenza», se le ocurrió. La madre no había visto a su hijo
tendido allí, envuelto en periódicos y, por supuesto, el niño no lo sabría
nunca.
«Si guardo silencio, este
chico nunca se enterará de la verdad. ¿Por qué siento culpa, entonces? Después
de todo, fui yo quien lo levantó del suelo y lo envolvió en la franela y lo
depositó sobre el sillón...»
Se retiraron del club
nocturno y Toshiko subió al taxi que su marido había
llamado para ella.
-Lleve a esta señora a
Ushigomé -ordenó al conductor, mientras cerraba la puerta desde fuera. Toshiko
observó por la ventanilla la fisonomía sonriente de su marido y sus dientes
blancos y fuertes. Se recostó entonces en el asiento sintiendo con angustia que
la vida entre ellos era, en cierta manera, demasiado fácil, demasiado carente de
dolor. No hubiera podido expresar este pensamiento con palabras. Echó una última
mirada a su marido por la ventanilla trasera del coche. Se aproximaba a grandes
zancadas a su automóvil Nash y la espalda de su llamativa chaqueta de
lana no tardó en mezclarse y desaparecer entre la
gente.
El taxi se alejó, cruzó una
calle llena de bares y pasó, luego, por un teatro frente al cual se apretujaba
la gente. Acababa de finalizar la función, las luces ya estaban apagadas y en la
semioscuridad las flores artificiales de cerezo que decoraban la entrada
resaltaban en forma deprimente.
Dejándose llevar por sus
pensamientos, Toshiko llegó a la conclusión de que, aun cuando el niño creciera
en la ignorancia de su origen, nunca se convertiría en un ciudadano respetable.
Aquellos pañales de sucios periódicos serían el símbolo bajo el cual se
encaminaría toda su vida.
Toshiko se interrogó, «¿por
qué me preocupo tanto? ¿Estoy acaso intranquila por el porvenir de mi propio
hijo? Cuando, dentro de veinte años, mi niño se haya convertido en un hombre
refinado y educado, podría encontrarse por una de esas casualidades del destino,
frente a este otro muchacho que también tendrá entonces veinte años. Supongamos
que este joven, contra quien se ha pecado, pudiera acuchillarlo en forma
salvaje...»
La noche de abril era
nublada y calurosa, pero los pensamientos sobre el futuro hicieron estremecer a
Toshiko y la entristecieron.
«No, cuando llegue el
momento, yo tomaré el lugar de mi hijo», se dijo, de pronto. «Dentro de veinte
años yo tendré cuarenta y tres y me presentaré ante ese muchacho y se lo
relataré todo... sus pañales de periódicos y cómo yo lo envolví en la franela y
lo levanté del suelo...»
El taxi se adelantaba por
el ancho camino que bordeaba el parque y el foso del Palacio Imperial. A lo
lejos, Toshiko veía los puntos luminosos que señalaban los altos edificios.
Prosiguió su monólogo
interior: «Dentro de veinte años, ese pobre infeliz se encontrará en la mayor
miseria. Llevará una existencia desolada, sin esperanzas, llena de pobreza. Será
una rata solitaria. ¿Qué otra cosa podría ocurrirle a un niño que ha tenido
semejante nacimiento? Irá vagabundeando por las calles, maldiciendo a su padre y
aborreciendo a su madre».
No cabía duda de que
aquellos sombríos pensamientos producían a Toshiko cierta satisfacción. Se
torturaba con ellos sin cesar.
El taxi se aproximó a
Hanzomon y pasó frente a la embajada británica. Las famosas hileras de cerezos
se extendían desde allí en toda su mágica pureza. Toshiko decidió contemplar
aquellas flores a solas, lo cual era una extraña decisión para una joven tímida
y carente de espíritu aventurero. Sin embargo, se hallaba en un estado de ánimo
poco usual y temía volver a su casa. Aquella noche su mente estaba invadida por
toda clase de fantasías inquietantes.
Cruzó la ancha calle. Se
convirtió en una delgada y solitaria figura en la oscuridad. Por lo general,
cuando se movía entre el tráfico, Toshiko se aferraba con miedo a su
acompañante. Sin embargo, aquella noche caminó sola rápidamente entre los autos
hasta llegar al parque largo y angosto que rodea el foso del Palacio. Aquel foso
se llama Chidorigafuchi, Abismo de los Mil Pájaros.
El parque se había
convertido en un bosque de cerezos en flor. Las flores formaban una masa de
sólida blancura bajo el cielo nublado y tranquilo. Los farolitos de papel que
colgaban entre los árboles estaban apagados. Los reemplazaban lamparillas
eléctricas de varios colores que brillaban tenuemente bajo las flores. Ya eran
más de las diez y la mayoría de los visitantes se habían marchado. Los pocos que
aún permanecían allí empujaban automáticamente con los pies botellas vacías o
aplastaban los desechos de papel al caminar.
«Periódicos...», recordó
Toshiko, y su mente retornó al hilo de los acontecimientos anteriores. Papel de
periódico manchado de sangre. Si un hombre oyera hablar alguna vez de tan
lastimoso nacimiento y descubriera que era el suyo, aquello bastaría para
arruinar toda su vida.
«Y yo, una extraña, tendré que guardar tan gran
secreto... El secreto de una vida...»
Perdida en estos
pensamientos, Toshiko caminó por el parque. La mayoría de los transeúntes eran
parejas silenciosas que no le prestaban atención. Vio a dos personas sentadas
sobre un banco de piedra al lado del foso. No miraban las flores, sino el agua.
Todo estaba oscuro y envuelto en pesadas tinieblas. El sombrío bosque del
Palacio Imperial se perdía tras el foso. Los árboles parecían formar una sólida
masa con el oscuro cielo. Toshiko caminó lentamente por el sendero sobre el cual
colgaban, grávidas, las flores.
Sobre un banco de madera,
ligeramente apartado de los demás, vio algo que no era, como imaginara en un
principio, una cantidad de flores de cerezo ni alguna prenda olvidada por los
visitantes del parque. Al acercarse, comprobó que era una forma humana echada
sobre el banco. ¿Seria alguno de esos miserables borrachos que se ven durmiendo
a la intemperie? Evidentemente, no era ése el caso, ya que el cuerpo había sido
cuidadosamente cubierto con papeles cuya blancura había atraído la atención de
Toshiko. Observó detenidamente al hombre con camiseta marrón, acurrucado sobre
una cama de papeles de periódicos y, también, cubierto por ellos. Sin duda
aquella era su morada ahora que la primavera había llegado.
Toshiko observó el pelo
sucio y despeinado que, en ciertas partes, mostraba una irremediable decadencia.
Mientras velaba el sueño del hombre envuelto en periódicos, no pudo evitar el
recuerdo de aquel otro niño acostado en el suelo, cubierto por sus miserables
pañales. El hombro enfundado en la camiseta marrón subía y bajaba
acompasadamente en la oscuridad.
Toshiko sintió, de repente,
que todos sus miedos y premoniciones tomaban cuerpo. La frente pálida del hombre
se destacaba en la oscuridad. Era una frente joven, aunque surcada por las
arrugas de largas penurias y miserias. Había arremangado ligeramente sus
pantalones color caqui y en sus pies descalzos llevaba zapatillas deshilachadas.
Resultaba imposible ver su rostro y, de pronto, Toshiko sintió un deseo
incontrolable de observarlo.
La cabeza del hombre estaba
semioculta entre sus brazos pero, acercándose aún más, Toshiko pudo ver que era
sorprendentemente joven. Observó las gruesas cejas y el fino puente de la nariz.
La boca, ligeramente entreabierta, respiraba juventud.
Pero Toshiko se había
acercado demasiado. La cama de periódicos crujió en el silencio de la noche y el
hombre abrió bruscamente los ojos. Se levantó, de pronto, al ver a la joven
parada a su lado. Sus ojos brillaron en la noche y, segundos después, una mano
llena de fuerza tomó la fina muñeca de Toshiko.
Ella no se asustó ni hizo
esfuerzo alguno por librarse. Como un relámpago, un pensamiento atravesó su
mente. ¡Ah, ya habían pasado veinte años!
El bosque del Palacio Imperial estaba tan oscuro
como el azabache y un profundo silencio reinaba en él.
FIN |