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Siempre he tenido pasión por los retratos, y, para satisfacerla, he procurado
conocer a cuantos pintores he podido. Desde hace casi quince años frecuento los
estudios y poso, en pie o sentado, ante mis amigos.
En los primeros tiempos, cuando era todavía más pobre de lo que soy ahora, hacía
lo imposible para llegar pronto a tutearme con los pintores jóvenes y pobres e
inducirlos a hacerme el retrato, y la mayoría de las veces conseguía que me lo
regalaran, una vez estaba terminado.
Cuando tuve algún billete de diez o de ciento a mi disposición, la cosa se hizo
más fácil, y creo que me he hecho retratar no menos de tres o cuatro veces al
año y siempre por pintores diferentes. Mi casa es una especie
de odiosa galería, en la que por lo menos tres cuartos están llenos de caras
mías de todas las edades, a partir de los dieciocho años, que me miran desde los
fondos claros o negros de las telas, asomadas a los bastidores dorados de los
marcos de estuco. Tengo un corredor un poco oscuro que está lleno de ellas a
ambos lados. Confieso que por la noche me molesta tener que pasar por él:
aquellos rostros, todos desiguales y que, sin embargo, se parecen, me turban, me
dan casi miedo. Me parece haber dado un poco de mi alma a cada uno de mis dobles
de tela y color y de haberme quedado con un alma empobrecida y estupefacta.
Hay a mi alrededor perfiles a la sanguina apenas esbozados, bajo vidrio;
pasteles en anchos marcos blancos; dibujos coloridos y grandes telas pintadas al
óleo. Y yo me vuelvo a ver allí, en todas las posturas y en todas las medidas:
jovencillo un poco estúpido, de perfil; cara elegiaca de poeta sobre un fondo
desvaído de rocas azules; ceño satánico de polemista con la cara ansiosa y los
ojos alterados dentro de un cielo todo negro; panzudo, buen hombre, con las
mejillas bastante rojas y los bigotes rubios; joven pálido y cansado, con la
cabeza apoyada románticamente en una mano; máscara enflaquecida y espectral, sin
cuello ni busto, como una aparición a la boca de una caverna. Y soy siempre yo,
y siempre distinto, y solamente yo: con bigotes y sin bigotes, con lentes y sin
lentes, enfermizo o con buena salud, feroz o abatido. Y por todas partes hay
pares de ojos grises, o celestes, o verdosos, que me miran y contemplan
fijamente mis ojos y parece que me pidiesen algo, como si yo tuviera la culpa de
su inmovilidad. Me acuerdo de algunas noches en las que he creído perder para
siempre aquella apariencia de razón que me ha permitido, hasta ahora, salvar mi
libertad.
Y, sin embargo, mi pasión duraba, y si por casualidad conocía de cerca a un
nuevo pintor, no me daba paz hasta que me había hecho el retrato. No obstante,
más de una vez eran los mismos pintores quienes me rogaban que posara para
ellos, ya fuera porque tuvieran necesidad de modelo, o conocieran mi debilidad,
o los atrajera mi larga cara, blanca y atormentada.
Uno de éstos fue un ruso de nombre alemán que conocí en Florencia hace seis o
siete años. Ya la segunda vez que le hablé me rogó que fuera a su estudio. Me
dijo que necesitaba mi rostro para pintar un alma: éstas fueron sus palabras
exactas.
Fui a su estudio y me quedé incluso a cenar; pero lo que entonces hacía no me
dio una gran idea de su talento. Eran paisajes descoloridos e indecisos sobre
tablitas de madera: cipreses delgadillos sobre cielos sucios y sin aire; jorobas
de montañas sin estilo y sin carácter; crepúsculos color yema de huevo con
desgraciadas nubes de chocolate.
-No es esto lo que quiero hacer -me repetía-; éstas son porquerías; lo sé yo sin
que me lo digan. Vuelva; haré su retrato; siento muchísimo su alma.
Ya verá cómo hago una cosa bonita, una cosa maravillosa.
Prometí volver, pero no volví. Perdí de vista a Hartling durante
más de un año. Cuando lo encontré, una mañana de invierno, por casualidad, tuve
que volver a hacerle la promesa. No había abandonado la idea y deseaba más que
nunca retratar mi rostro.
-Le diré sin ceremonias -me dijo- que muchas cosas han cambiado: tengo absoluta
necesidad de trabajar y ganar. Todos mis asuntos de Rusia van muy mal: hace dos
meses que no recibo un céntimo. Estoy arruinado. Ni siquiera tengo bastante
dinero para ir tirando. Lo he empeñado todo, lo he vendido todo.
Me veo obligado a vivir de mi trabajo. Sin embargo, para
reponerme, tengo necesidad de hacer una buena pintura, un retrato extraordinario
que dé el golpe, del que se hable. Su cabeza me inspira muchísimo y me traerá
suerte.
No creía mucho en sus esperanzas; sin embargo, acepté con la intención de
mantener mi compromiso. Pocas semanas después fui a verlo y empezamos en seguida
el retrato.
Estaba en otra casa y el estudio había cambiado. Ya no estaban las viejas
pinturas estúpidas que había visto. Hartling se había transformado. Había
encontrado por sí mismo el impresionismo. Hacía ahora paisajes inmensos,
solitarios, todos embebidos de luz, con campos y montañas que parecían hechos de
sol y de piedras preciosas. Los colores, todos los colores puros, fuertes,
descarados, se derramaban de las nuevas telas. Bajo la pérgola de un jardín,
bajo las hojas transparentes de un verde casi dorado, dos horribles rostros de
hombres afeitados y rubios miraban insistentemente con cuatro ojos de mosaico
rodeados de negro. Aquellas dos caras de manchas violetas, amarillas y verdes
eran vivísimas e inverosímiles.
Hartling me miraba sonriendo y espiaba en mi cara el efecto de aquella
transformación. Le dije que verdaderamente estaba muy sorprendido y que nunca
hubiera esperado un cambio tan veloz, o, mejor, superación.
-Verá
cosas mejores -me respondió-. Esto de aquí no es nada. No perdamos tiempo;
trabajemos.
Una
tela en blanco estaba ya tensada en el bastidor y colocada sobre el caballete.
Una silla de madera blanca estaba dispuesta para mí sobre una caja de cuadros, a
la izquierda del caballete.
Hartling encendió un cigarrillo y empezó a pintar. Me miraba fijamente medio
minuto, a veces con desprecio, otras con una sonrisa entre irónica y satánica, y
luego trabajaba afanosamente durante un minuto o dos, sin mirarme, sin levantar
los ojos del cuadro. Cuando había terminado, retrocedía hasta la pared y
contemplaba su trabajo, doblando la cabeza a derecha e izquierda. Luego avanzaba
a grandes zancadas hacia mí, y volvía a mirarme, y retrocedía otra vez, y de
nuevo avanzaba, y hacía los pasos tan largos que las rodillas casi se doblaban
hacia atrás.
Hartling no era un hombre que diera miedo: todo lo contrario. Era alto, delgado,
blanco, con una cara absolutamente corriente y una barbita a la francesa, rubia
y blanda, que hacía pensar más en un maestro de lenguas que en un pintor; vestía
con rebuscamiento, como un jovencito que busca mujer, y no tenía de particular
más que las mejillas, siempre un poco húmedas y emblanquecidas de polvos. Y, sin
embargo, aquel su ir hacia adelante y hacia atrás, aquellas sonrisas irónicas,
aquellos ligeros gruñidos de alegría insatisfecha, me ponían nervioso. Incluso
el rumor sordo de sus pantuflas, que golpeaban la estera, tenía un no sé qué de
desagradable.
Después de una hora y media de sesión, cubrió el cuadro y no quiso que mirara lo
que había hecho. Volví a la mañana siguiente y también a la otra. Con los mismos
gestos y el mismo misterio, la obra continuó. La cuarta mañana me tuvo sentado
poquísimo tiempo.
-Tengo
necesidad de los ojos -me dijo-. Mire como si tuviera
delante un enemigo al que está a punto de derrotar a fuerza de sarcasmos.
Procuré obedecerlo, y al cabo de un cuarto de hora me anunció:
-Está hecho. Venga a verlo.
Salté de la silla y corrí ante el retrato.
La tela no estaba toda cubierta de color. En el centro se distinguía, mirando un
poco de lejos, una cara que con certeza no era la mía. Sobre una frente casi
verde sobresalían dos mechones de cabellos rojizos; una mancha negra, a la
izquierda, debía de representar un ojo; el otro ojo estaba hecho con pequeñas
manchas verdes y violetas entre una mancha mayor blanca y una sombra negra
debajo. La nariz se parecía bastante, pero la boca estaba hecha con dos borrones
arqueados de sangre y una hilera de dientes enormes. Debajo del mentón, un
cuello blanco sucio y una corbata color granate que yo nunca me había puesto. El
vestido se perdía en una confusión de negro de hollín. Alrededor de la cabeza,
grandes bandas fantásticas de verde, de rojo vino y de violeta aguado.
-¿Qué
tal? -dijo Hartling, sonriendo con placer-. ¿No le parece
mi pintura más original? Es que no me he preocupado de pintar su cara, sino de
detener un momento de su espíritu para toda la eternidad.
Pedí tiempo para verla mejor. Finalmente, cuando la hube mirado por todas partes
y desde todas las distancias, me convencí de que no había visto nunca una
traición tan grotesca. Allí dentro no había nada de mí. Y esto no
me hubiera importado mucho, pero el conjunto no era, en absoluto, armonioso ni
profundo. La extrañeza terminaba en la negación de sí
mismo, volvía al grabado imbécil, al arabesco incongruente, a la mancha
fortuita, a la nada.
No
pude evitar insinuar mis impresiones a Hartling. Él
intentó explicarme con cierta indulgencia el significado de los colores, los
misterios de las pinceladas, la razón de las disonancias y la necesidad de los
borrones manifiestos.
-Es preciso vivir dentro de él, estar cerca, volverlo a ver -me dijo como
conclusión-. Esta obra es de tal manera original, que ni yo mismo sé cómo la he
podido hacer.
Me
fui prometiendo volver, pero firmemente decidido a no comprar el retrato.
Estuve más de una semana sin ir a ver a Hartling.
Pero un día un amigo me contó que Hartling, locamente enamorado de su obra,
había invitado a todos sus amigos y a algunos críticos a ver el retrato. Como
muchos de los que conocían a Hartling me conocían también a mí, esta noticia no
me satisfizo nada. Volví a casa del pintor. Encontré en el estudio a dos señoras
alemanas y a
un judío húngaro que contemplaban con gran atención la llamada
cara mía. Tuve que callarme. Hartling estaba explicando su teoría del retrato
espiritual. Las señoras alemanas lo admiraban y el hebreo tomaba apuntes en su
cuaderno.
Hartling me preguntó si ahora me gustaba más.
Procuré poner un poco de orden con la mirada en aquella mezclada
porquería de colores, pero sólo conseguí encontrar dos o tres frases de
admiración convencional, que Hartling comprendió en su verdadero sentido.
-Ya veo que mi retrato no le gusta -me dijo-. Lo siento mucho, porque creo que
es mi obra maestra y me temo que nunca haré nada mejor. Pero no quiero obligarlo
a tenerlo y le devuelvo la promesa de comprarlo.
Simulé resistirme, pero estaba contentísimo de haberme librado del compromiso.
No quería llevarme a casa una basura semejante y, además, pagarla.
A los tres meses supe que Hartiing había expuesto mi retrato en Venecia y, según
los periódicos, produjo cierta impresión. Había puesto en el catálogo mi nombre
y apellido, y todos los que me conocían o sabían algo de mí comenzaron a hacer
los más burlones comentarios del mundo. No podía tolerar una afrenta semejante.
Que aquel terrible embrollo de colores apareciese a los ojos de todos con mi
nombre; que aquel monstruo no dibujado y mal colorido pretendiese representar mi
persona y, de rechazo, mi alma, eran para mí atroces ofensas. Pensé que la única
salvación era comprar el retrato. Precisamente en aquel momento tenía muy poco
dinero, apenas el suficiente para ir hasta Venecia. Hartiing había pedido por su
cuadro un precio muy bajo -quinientas liras-, señal de que tenía absoluta
necesidad de vender. Pero yo no tenía quinientas liras. Sin perder tiempo elegí
unos cuantos libros viejos y llevé a vender los que ya no me interesaban. Empeñé
una gran cadena de oro que no llevaba nunca y pedí prestados cien francos a un
tío mío. En cuanto llegué a Venecia corrí a ver al secretario de la Exposición y
pagué el retrato. Pero no fue posible tenerlo en seguida. De todas maneras,
estaba ya seguro de que después de la clausura no rodaría más por el mundo
enseñando mi ridicula efigie.
Cuando el retrato me llegó de Venecia, lo puse, sin sacarlo de la caja, en un
desván y no pensé más en él. Supe que Hartiing había vuelto a Rusia y que se
encontraba muy mal. Al cabo de unos años -cinco o seis- tuve que cambiar de
casa, y apareció la caja, todavía cerrada. Una vez en la casa nueva me entraron
ganas de abrirla para ver si merecía la pena conservar el retrato, como una
curiosidad, o bien destruirlo.
Durante aquel tiempo muchas apariciones dolorosas habían ocupado mi vida y yo no
había pensado más en Hartiing ni en su retrato. Me sentía envejecido y otro
hombre, y sonreí al recordar la furia que me hizo correr a Venecia para rescatar
aquella deformidad calumniosa.
Abrí la caja y puse el retrato un poco en la sombra, en el suelo, apoyado en la
pared, bajo un gran espejo.
¡Cuál no fue mi
asombro al darme cuenta de que el retrato, ahora, se me parecía!
En la penumbra de
la habitación, mi rostro se destacaba como una aparición imprevista, todo
maravillado y pensativo, como si quisiera reconocer el mundo. Las manchas de los
ojos, vistas así, de lejos, tenían una expresión singular, aquella misma
expresión de maldad y de nostalgia que latía ahora en mis ojos reflejados en el
espejo de encima. Y mi boca roja, con los dientes blancos, reía de verdad, es
más, sonreía, sonreía como sonreía yo en aquel momento, con la misma y exacta
mueca de los labios, mueca un poco de repugnancia y un poco de rabia, que yo
veía delante de mí, encima del cuadro. Incluso los mechones de cabello tenían la
misma forma y la misma fuerza, y me vi obligado a llevarme las manos a la frente
para hacer desaparecer aquellas llamas de diablo refractario. El aire de mi
rostro era aquél; el espíritu que manaba de las facciones era el mismo: la
semejanza era, dentro de los límites del arte, perfecta. Aquel retrato, que seis
años antes era una inmunda caricatura, se había convertido en mi retrato exacto
y profundo. Hartiing había visto mi yo futuro de seis años después y lo había
pintado. Había adivinado mis sufrimientos, mis enojos, mis melancolías; había
anticipado, con el pincel, las arrugas de mi boca y las alteraciones de mis
rasgos. No había sido capaz de fijar mi rostro de entonces, pero había
presentido mi rostro de ahora.
Apenas repuesto de la sorpresa, me dije que Hartling era un extraño genio y yo
un imbécil mezquino. Aquel mismo día colgué el retrato en mi cuarto, delante de
la cama, y corrí a ver a un amigo común para pedir noticias de Hartling. Nuestro
amigo no sabía nada de él, pero escribió a un hombre que vivía en Alemania y que
estaba, sin duda, en relación con el gran pintor. La respuesta llegó pronto, con
las noticias y la dirección de Hartling. Estaba en Berlín y prosperaba. Me
propuse ir a encontrarlo apenas pudiera.
La ocasión llegó pronto: un premio inesperado me permitió, pocos meses después,
trasladarme a Berlín. El día mismo de mi llegada corrí a ver a Hartling.
Encontré, con gran maravilla por mi parte, una casa señorial, un estudio de lujo
y una gran cantidad de retratos que parecían oleografías refinadas o fotografías
coloridas con mucha paciencia. Hartling apareció con su barbita rubia, un poco
más gordo y un poco más viejo, pero elegantísimo. Me saludó fríamente y no
pareció muy entusiasmado de mi visita. Apenas si tuve el valor de hablarle de mi
retrato y del maravilloso descubrimiento que había hecho.
-¿De verdad? -me dijo, mirándome con dos ojos sin alma-. ¿Lo dice de verdad? Yo
estoy seguro de que debe de ser una gran porquería. Entonces no
sabía pintar y no entendía nada. El arte, mi querido
amigo, debe rivalizar con la Naturaleza. Es preciso reproducir escrupulosamente
la realidad a fuerza de paciencia y, todo lo más, embellecerla con gusto. Es
preciso gusto y elegancia; sobre todo, elegancia. Mire: he sufrido hambre cuando
estaba en Italia; mucha hambre. Ahora he aprendido: mis retratos se buscan y se
venden. No menos de diez mil marcos cada uno, querido amigo, y mis clientes se
cuentan entre las primeras damas de Prusia. Ahora sé dibujar con garbo y
colorear con delicadeza, ya no padezco hambre y como muy bien. A propósito:
¿quiere quedarse a comer conmigo?
Me salvé fácilmente de la invitación y, con dos burdos cumplidos, salí. Apenas
fuera de la puerta, comencé a correr.
El terror de tal nuevo encuentro solamente era comparable con el del
redescubrimiento del retrato profético. Desde aquel día he dicho que no a todo
pintor que ha pedido retratarme.
FIN |