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El asunto empezó de un modo muy sencillo. Una mañana no
recibí ni siquiera una carta. Hacía muchísimos años que no me ocurría eso y
quedé sorprendido y amoscado. Me importaba enormemente la correspondencia, ya
que es una de las pocas posibilidades de lo imprevisto que permanecen en nuestra
existencia, y todos los días la esperaba con una ansiedad que se volvía casi
febril cuando esperaba alguna respuesta importante. Ya fuesen cartas de mujeres
lejanas que solicitan un amor inútil, o de desconocidos entusiastas que intentan
hacernos penetrar en sus vidas, o de amigos olvidados que de improviso surgen
del pasado y nos exponen los deseos y los arrepentimientos de las últimas etapas
de la vida, o de descubridores y profetas provincianos que nos quieren imponer
sus tonterías o bien esperan que las refutemos, o incluso de insignificantes
hombres de negocios o de parientes de tercer grado, yo las leía todas con una
enorme avidez. El examen de mi correspondencia diaria, que en aquel tiempo era
bastante voluminosa, se había convertido en uno de mis grandes placeres. ¡Y
aquella mañana no recibí una sola carta, un solo diario! La impresión fue penosa
pero breve. Supuse que se trataba de una casualidad y que al día siguiente
recibiría muchas más cartas que de ordinario.
Para distraerme, salí de casa. La ciudad era
perfectamente igual a la del día anterior. Las calles estaban flanqueadas por
las mismas casas y en los comercios habituales los mismos empleados vendían
idénticos objetos a indefinidos compradores. Los carteles que veía comúnmente no
registraban cambio alguno. Los carros que rodaban sobre el empedrado no diferían
en nada de los que siempre había contemplado. Los hombres que se apresuraban
aquí y allá estaban vestidos como de costumbre. Por primera vez experimenté
cierta impresión de encarcelamiento frente a esta continuidad de cosas iguales.
Pero pensé, en seguida, que mi impresión era estúpida y no supe hallar ninguna
razón que justificara el hecho de encontrarme fuera de casa a esa hora. Decidí
regresar y, cuando hube atravesado la plaza para dirigirme a la calle en que
vivo, di con un viejo profesor que había conocido de niño y que a menudo se
detenía a conversar conmigo acerca de sus teorías sobre la multiplicación
artificial de las diferencias. Lo saludé quitándome el sombrero y llamándolo por
su nombre, pero el viejo continuó su camino sin siquiera percatarse. Eché la
culpa a su miopía y pensé, por otra parte, que estaba distraído y no le gustaría
que lo abordara. Por eso no intenté seguirlo y volví a casa algo irritado por
esta ocasión perdida de hallar distracción.
La jornada había comenzado mal y decidí no salir ya de
casa. Me consolé saboreando con el pensamiento el placer de las innumerables
cartas que me llegarían la mañana siguiente. Pasé la noche algo menos tranquilo
que lo habitual pero por fin llegó la mañana. Esperé la hora del correo con
ridícula impaciencia. Pasé cerca de media hora junto a la ventana para ver
llegar al cartero. Por fin lo vi acercarse a mi casa pero tampoco esa
mañana había cartas para mí. Este repetido
silencio de mis corresponsales me turbó muchísimo. Pasé todo el día dedicado a
inventar pretextos, excusas, hipótesis para disminuir y explicar este hecho para
mí gravísimo. Esperé una vez más el día siguiente. ¡Y llegó la nueva mañana y
por tercera vez no había ninguna carta para mí! Entonces no me pude contener.
Bajé a la calle; llamé al cartero -que fingió no
reconocerme- y le hice revolver la cartera hasta el fondo
para cerciorarme de que no había nada para mí. Se me ocurrió entonces un extraño
pensamiento: que hubiese una especie de conspiración en mi contra para separarme
de mis amigos y que algún empleado postal fuera uno de los cómplices. Carecía en
absoluto de indicio alguno acerca de los motivos de esta conspiración pero lo
que me ocurría era tan extraño que, por fuerza, debía recurrir a suposiciones
todavía más extrañas. Por ello me dirigí al edificio central del correo, hablé
con el director, hice realizar averiguaciones y no se halló nada anormal.
Ninguno aparentaba conocerme y todos se sorprendieron mucho de mis sospechas.
Salí de allí deprimido y casi humillado y comencé a
caminar al azar por la ciudad, atormentándome vanamente para comprender las
razones del singular e imprevisto silencio que se había hecho a mi alrededor.
Mientras paseaba encontré a un amigo del café con el cual bromeaba de buena gana
en ciertas veladas invernales, cuando la niebla es tan densa que hasta el rostro
de un imbécil nos reconforta. Me detuve ante él sonriendo pero él se apartó
rápidamente y, luego de haberme arrojado una mirada de sorpresa, se alejó
apurando el paso.
-¿Te has vuelto loco?
-le grité furiosamente-. ¿Por qué
no quieres hablarme? No obtuve ninguna respuesta y él ni se volvió siquiera. Era
famoso como uno de esos idiotas alegres que se creen divertidos y algunas de sus
chanzas eran célebres. Supuse, pues, que quería reírse de mí fingiendo no
reconocerme y continué caminando sin ocuparme más de él. Pero, al proseguir
reflexionando sobre las causas del silencio universal que me rodeaba, no pude
menos que pensar en las personas que no habían querido reconocerme. Sospeché que
podía haber una relación entre los dos hechos, pero vi que de ese modo la
cuestión se volvía más oscura y preferí creer que se trataba de una serie de
casos independientes. Volví a casa y escribí varias cartas solicitando cosas
diversas con tal de obtener una respuesta, o bien preguntando por los motivos de
su silencio a los que hubieran debido escribirme en esos días. Cuando las hube
despachado, me quedé más tranquilo y me pareció entonces imposible que las
cartas no continuaran llegando. Pero era necesario esperar por lo menos dos días
y pensé ocuparlos íntegramente -para escapar de esa idea
fija- en ciertas investigaciones históricas que debía
realizar desde hacía mucho tiempo sobre la imprevista desaparición de la famosa
ciudad de Semifonte. Pasaron también, mejor que los anteriores, estos dos días,
pero el tercero tampoco recibí nada, y preso de una tristeza profunda pensé en
pedir consejo a uno de mis más queridos amigos, un estudiante de física que
tocaba maravillosamente el violín. Fui inmediatamente a buscarlo. Me dijeron que
estaba en casa y me hicieron pasar al estudio. Entró pocos momentos más tarde.
Sin embargo, en lugar de estrecharme la mano, de sonreír y de preguntarme cómo
me hallaba, se detuvo ante mí preguntándome:
-¿Con quién tengo el honor de
hablar?
La impresión que me causaron estas sencillas palabras
fue terrible. En un segundo todos los hechos precedentes volvieron a mi memoria
y una sospecha espantosa atravesó mi mente. Pero fui lo suficientemente fuerte
como para resistir todavía. Quise creer una vez más en una broma y dije,
intentando sonreír.
-¿Estás enloquecido esta mañana?
¿Por qué finges no conocerme? No te hagas el tonto y convídame en seguida con un
cigarrillo.
Mis palabras tuvieron un efecto opuesto al que yo
esperaba. El rostro de mi amigo se volvió todavía más serio y vi que
instintivamente ponía la mano en el bolsillo donde tenía
habitualmente el revólver.
-Le digo -exclamó
con voz enérgica- que no lo conozco y no comprendo sus
palabras. Hágame el favor de decirme quién es usted o váyase.
Ante tanta tranquilidad me puse como loco. Comencé a
rogarle, a repetirle cien veces mi nombre, a recordarle mil cosas que vimos
juntos, a pedirle que me explicara qué lo había hecho,
por qué motivo deseaba aparentar que no me conocía y terminé por injuriarlo
atrozmente ante la persistencia de sus negativas. Pero él se cansó pronto de la
escena.
-Usted debe estar borracho o
loco -me dijo duramente-. No
llamaré a la policía para no tener trastornos pero mientras tanto usted se irá
inmediatamente.
Me empujó fuera de la habitación, aferrándome
fuertemente un brazo, y cerró la puerta dejándome fuera. Yo era más débil que él
y, por otra parte, estaba confuso, abatido, entontecido y no supe siquiera
resistirme. Me arrastré dolorosamente a casa. Apenas llegué a mi cuarto corrí
ante el espejo para ver si mi cara había cambiado, si mi
aspecto se había modificado de improviso. Me miré largamente
pero no logré descubrir la más mínima variación.
Me extendí sobre un diván con el único deseo de dormir y de sentirme aniquilado.
Pero no llegué siquiera a cerrar los ojos.
Una idea fija se había apoderado íntegramente de mí:
Yo debía haber cometido sin darme cuenta algún repugnante delito y nadie quería
ya tener trato conmigo. Pero por más que pensaba no podía imaginarme cuál
era ese delito. En ese entonces yo llevaba una vida perfectamente virtuosa. No
jugaba, no tenía casi relaciones con mujeres, no pedía dinero a nadie. Mis
únicos vicios eran el amor desmedido al café y a la filosofía
india. Por lo que sabía, no había asesinado a nadie ni desvalijado ninguna casa.
Sin embargo, algo debía haber ocurrido para que todos me
huyeran, fingieran no conocerme o ni siquiera se atrevieran a escribirme. Esta
sensación de un círculo de soledad que querían crear a mi alrededor me hizo
estremecer. Estaba a punto de ser expulsado de la sociedad de los vivos. Querían
abolirme con el silencio; hacer de mí, socialmente, un ser inexistente, un
muerto.
Pero yo quería ardientemente salir de esta
incertidumbre dolorosa; quería conocer la causa por la que todos deseaban
suprimirme de sus vidas.
Al anochecer, algo reanimado por algunas gotas de
coñac, me dirigí al gran café donde muchos amigos míos se encontraban para
discutir las habituales tonterías del día. Me encaminé derecho a la mesa ocupada
ya por algunos de ellos. Todos me miraron un poco desconcertados y no me
respondieron. Pero ahora yo me encontraba ya habituado a esa comedia y por lo
tanto no me turbé demasiado.
-Veo -les
dije con voz calma y uniforme- que también ustedes actúan
como los otros y aparentan no conocerme. Justamente, he venido a verlos para que
me digan la razón de esta extrañísima conducta. Debo haber cometido algo muy
grave ya que hasta mis más viejos amigos me echan de su casa, pero les declaro
sinceramente que no conozco absolutamente las acusaciones que me hacen. Díganme
ustedes qué es lo que hice. Es la última prueba de amistad que les pido. Sea lo
que fuere, no vendré a importunarlos más con mi presencia ni con mi
conversación.
Antes de que hubiese terminado de hablar me di cuenta
de que la sorpresa de mis amigos había aumentado extraordinariamente. Uno de
ellos comenzó a reír sin miramientos; otro -el más
prudente- se levantó y se sentó a otra mesa. Yo esperaba
la respuesta con tanta ansiedad que mi respiración se había vuelto agitada. Uno
de ellos, finalmente, me dijo a quemarropa:
-Disculpe, pero ¿quién es usted?
-No prosigan, se lo ruego -añadí con voz temblorosa-
dejen de fingir por un momento. Díganme, en nombre del Señor, qué les hice, por
qué motivo me tratan así. Díganme...
Pero no pude continuar. Todos estallaron en una sonora
carcajada. No bien se calmaron, llamaron al camarero y se levantaron. Uno solo
de ellos, un buen muchacho que tenía mucha simpatía por mí, se acercó y me dijo
en voz baja:
-¿Quiere que lo acompañe a su
casa?
Acepté el ofrecimiento y salí con él. Creí que por lo
menos lo habría convencido para que me explicara algo, pero todo fue inútil. Me
hablaba con mucha condescendencia, pero hasta el último momento no quiso
confesarme que me conocía.
-Tenga la seguridad -me repetía- que usted no ha
cometido nada o por lo menos ninguno de nosotros sabe nada. Es una idea que se
le ha metido en la cabeza pero le pasará. Le aseguro que ni yo ni los demás lo
conocemos y que no simulamos al preguntarle quién es usted. Trate de calmarse y
si verdaderamente desea ser amigo mío vendré a verlo cuando quiera.
Al llegar a casa me expresó sus buenos deseos y me
aconsejó que durmiera. Subí a mi pequeño cuarto y me desvestí sin darme cuenta.
No logré, naturalmente, dormir. Mi situación era tan horrible que aún no podía
acostumbrarme a considerarla real. Sentirse completamente solo en el mundo,
abandonado de pronto por todos, bajo el peso de una vergüenza desconocida o de
una condena silenciosa es algo más pavoroso y misterioso que la muerte. Yo no
existía más para los hombres. Estaba solo y maldito. Yo era el mismo, pero todos
los demás habían cambiado respecto a mí. Estaba solo, pero no sobre una isla o
una balsa, como un Robinson o un náufrago, con la esperanza de la salvación o la
visión del regreso, sino solo en medio de una gran ciudad, solo en medio de una
multitud, solo en el centro de hombres que me rechazaban, me negaban, me
expulsaban de sus vidas. Al llegar la mañana comencé a dormir, pero comencé a
soñar de tal manera que me desperté casi inmediatamente gritando y llorando
horrorizado. No sé cómo tuve fuerzas para salir una vez más de casa.
La ciudad era siempre la misma, todo estaba como antes.
Los hombres y las mujeres iban y venían, y cada tanto, como para contrariarme,
pasaban junto a mí personas que yo conocía y ninguna de ellas me miraba, ninguna
me sonreía, ninguna me saludaba. Yo era como un extranjero o llegado al azar ese
día. Todo lo que a mí se refería había desaparecido de las mentes. Yo no existía
más en los otros, sino sólo en mí mismo. Me parecía que mi misma alma había sido
amputada y que me restaba sólo un pedacito, un pequeño centro al cual podía dar
todavía el nombre Yo. Me parecía que todos los que pasaban me pedían razón de mi
existencia. Me parecía que de todas partes surgían voces urgentes y sorprendidas
que preguntaban: "¿Quién es? ¿Quién es usted?”
Y la única variante residía en el pronombre -en el
usted o en el él-, pero todos los que pasaban me arrojaban a la cara
la cruel pregunta. Entonces todas estas preguntas se fundieron como un coro, se
volvieron una sola y enorme pregunta que yo mismo me hacía a mí mismo: ¿Quién
eres? ¿Cuándo había tratado de responder a esta pregunta? ¿Cuándo se me
había ocurrido confesarme a mí mismo quién era yo? Sabía mi nombre, mi edad, mi
patria, mi estatura; conocía algo mi rostro pero menos todavía mi alma. Del
futuro, nada sabía; del pasado, no me quedaban más que pálidos bloques de
recuerdos yuxtapuestos. Nunca había intentado descubrirme, conocer mi secreto,
aseverar cuál era mi verdadero nombre, el nombre de mi raza y no el ficticio y
ridículo que me impuso mi padre en la fuente bautismal.
¿Quién eres?, me pregunté finalmente, y apenas
sentí la gravedad y la grandeza de esta pregunta el resto desapareció. No
recordé ni los insultos ni las carcajadas ni el abandono de los otros. Separado
de ellos, me enfrenté conmigo mismo y quise olvidar todo lo que la costumbre y
la opinión ajena habían hecho de mi alma. Había vivido hasta entonces de una
cierta manera porque los otros me habían guiado o aconsejado, porque se habían
formado ciertas ideas sobre mí que me desagradaba desmentir, porque me había
encontrado en medio de hombres de quienes, sin darme cuenta, había imitado sus
gustos y adoptado sus valores. Ahora ellos renegaban de mí y afirmaban no
conocerme, mientras yo renegaba de lo que había en mí de ellos y no quería
reconocer como mío lo que ellos me habían impuesto. Y sin miedo, me preguntaba a
mí mismo: ¿Quién eres?
Todas las otras voces se habían callado. Solamente mi
pregunta me llenaba el alma. Y durante muchos días viví como en un sueño
buscando fatigosamente el hallazgo de una respuesta segura.
Una noche, mientras soñaba con una multitud de ciegos
que caminaban por un prado cubierto de espesas hierbas, insensiblemente, la
respuesta surgió de improviso.
Yo soy alguien para quien los otros no existen.
Esta ceguera, esta amnesia de los hombres hacia mí había sido un examen que de
ninguna otra manera hubiera podido aprobar. Los hombres
no me conocían más pero yo no había sido suprimido. Había vuelto a encontrarme a
mí mismo y ahora podía recomenzar mi vida y conocer otros hombres, ya sin
temores.
Por la mañana, al despertarme, me sentía feliz como un
niño convaleciente. Una curiosa sorpresa me esperaba. El cartero me entregó un
gran envío de correspondencia, en la que hallé lo que esperaba desde la primera
mañana de silencio. Al anochecer, en el café, mis amigos me acogieron como de
costumbre y no hicieron la más pequeña alusión al encuentro de pocas noches
antes. Entre ellos estaba el estudiante de física que me había echado de su
casa, quien estuvo más expansivo conmigo que de costumbre. Pronto me cansé de su
compañía y los abandoné. Afuera encontré otra gente que me saludaba como antes y
me hablaba con su habitual cordialidad. Había reingresado en el mundo. Los
hombres me aceptaban una vez más y sin embargo yo sentía una curiosa fatiga de
su compañía, tenía como la sensación de haber regresado de algún país lejano y
de haber perdido el gusto de todo lo que veía. Jamás, después de esa época, he
podido explicarme la razón de aquella pausa de mi vida, en la cual aparecí ante
los demás como un mentecato forastero. Alguna vez pienso que en el tiempo debe
haber desgarrones y que solamente yo he vivido en esos días, como en un
intervalo, sin que los otros lo advirtieran. ¿Pero por qué parecían vivir como
viven siempre y como viven todavía hoy? Esa zona de misterio, esa interrupción
negra que hay en mi vida tan común me ha perturbado siempre y me perturba
todavía más escribiendo este relato. Incluso en este momento, media hora después
de la medianoche, mientras escribo en mi cuarto en un silencio lleno de hálitos
y de latidos levísimos me parece estar solo, irremediablemente solo entre los
hombres, en medio del mundo: un alma única en el centro del universo. En
efecto...
FIN |