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Se llamaba Esperanza, pero ya no esperaba nada. Oscura de piel,
negra de cabellos, negrísima de ojos, hasta sus pensamientos, patéticamente
nocturnos, fúnebres y sepulcrales, parecían nacer entre avenidas de cipreses en
un ventoso crepúsculo de febrero. Alma de otros tiempos; alma perdida entre
demasiados cuerpos enemigos; inadaptada al amor físico; fea y taciturna; llena
de romanticismo y de malas lecturas, no había ninguna razón para que tuviera que
vivir más de treinta o treinta y cinco años. Un amor infeliz -un amor demasiado
breve, pero todavía no acabado para ella, y acaso inacabable- le había cubierto
el rostro con la lívida máscara de las traicionadas sin culpa.
Sin embargo, de su lacrimosa tristeza y de su soledad sin vistas de cielo había
conseguido sacar una profesión, algo que se parecía a la literatura. Sus
desesperaciones literarias, sus infinitos insomnios, sus paseos a ciegas, sin
finalidad y sin alegría, la habían acostumbrado a contar solamente cosas de su
alma y a sacar de ella todo lo que podía contener. En aquel ensueño continuo que
le empañaba los ojos y le lastimaba la vista, todo un mundo surgía con la
rapidez luminosa de una aventura. Sueños sin cotinuación; hipótesis realizadas a
medias; increíbles casos de conciencia; asociaciones irracionales de palabras,
de ideas, de personas; esbozos y comienzos de vida sin lógica; símbolos graves
descubiertos en muñecos de niños y bagatelas sin consecuencias y, de cuando en
cuando, chorros irisados de elocuencia amorosa con alguna que otra llovizna de
sofismas líricos, constituían su vida interior; su única riqueza, su único
consuelo. Después del abandono definitivo, después que su propio nombre se
volvió absolutamente falso y casi ridículo, ella intentó expresar con palabras
escritas algún pedazo de su mundo. Lo consiguió y prosiguió. Un día, toda
temblorosa, como si estuviera a punto de confesar al mundo su único amor,
consiguió enviar a una gran revista un cuento suyo. El cuento gustó y fue
publicado. Le pidieron otros y ella los escribió y los mandó.
Adquirió valor: pasó del cuento a la novela; encontró un editor; se creó un
pequeño público; vivió sola, pensó, inventó; consiguió ganar para vivir; rechazó
toda ayuda de la familia hostil y lejana.
2
Cuando la conocí tenía apenas treinta años. Vivía en una pensión, en una de
aquellas calles anchas, señoriales y apartadas, donde incluso el polvo parece
más limpio y el viento más educado.
Su vida era regularísima y laboriosa: escribía una novela al año y un cuento al
mes, y para la novela tenía siempre a su viejo editor dispuesto, y para los
cuentos, tres o cuatro revistas que seguían albergándola y pagándole poco. Sin
embargo, lograba reunir aquellas dos mil o tres mil liras que le hacían falta
para vivir y para abonarse a todas las salas de lectura de la ciudad. Leía con
preferencia las novelas aparecidas entre 1830 y 1870, cuando el romanticismo
estaba deshaciéndose y el realismo apenas apuntaba. Sospecho malignamente que en
aquellos libros olvidados y patéticamente idiotas ella pescaba motivos y
argumentos para los suyos.
Verdaderamente no debería decir de ella todo el mal que pienso, porque fue
precisamente ella quien me quiso conocer; guardo todavía su primera carta, de la
que algunas frases enfáticamente entusiásticas me hicieron y me hacen enrojecer.
Las primeras veces que la vi no hablamos de literaturas y esto me sorprendió y
encantó tanto que volví con más frecuencia de lo que hubiera querido. (No es que
hubiera ningún peligro sentimental, pero, como hombre sano, creo que la
proximidad de las mujeres es, al contrario de lo que se cree, un excitante para
la pequeñez.)
Pero, aunque fui varias veces a verla, nunca pensé en invitarla a mi casa, y me
asombré muchísimo el día que, mientras estaba en la ventana, vi pararse un coche
a mi puerta y bajar de él a la señorita Esperanza, que venía a mi casa.
Una vez que la hube hecho pasar a mi despacho, empezó a hablarme de cosas
corrientísimas: del concierto de Palestrina que habría el día siguiente, de la
necesidad de fomentar una moda más simple para las señoras no elegantes, e
incluso de la insólita intranquilidad del gato blanco de la pensión. Sólo cuando
se levantó para despedirse y marcharse me dijo en voz baja:
-Había venido para confiarle un pequeño secreto, pero acaso sea una estupidez.
No vale la pena hablar de ello. Esperaré a otra vez, otro síntoma, y luego se lo
diré todo, si me lo permite.
Le rogué, con mucha insistencia, que me contara en seguida lo que la había
movido a buscarme y que ahora la hacía estar titubeante y casi vergonzosa. La
pobre Esperanza me miró un momento a los ojos con sus melancólicas pupilas
negras y se sentó de nuevo.
-Escuche -empezó, bajando los ojos y atormentando con ambas manos los cordones
de su bolso-. Escuche: yo creo que es una simple casualidad, una coincidencia
cualquiera; un acuerdo repetido nada misterioso. Pero confieso que me ha
impresionado: tengo necesidad de confiarme a alguien, de pedir una explicación.
Acaso se trata de una simple suposición y otro puede verlo de otra manera. Tal
vez usted pueda decirme algo: usted es un espíritu profundo, usted ha buscado
siempre los enigmas...
-Perdone -la interrumpí, con mi acostumbrada mala educación-, usted me hace con
demasiada facilidad elogios que no me importan, y aún no me ha dado a entender,
ni remotamente, lo que desea de mí.
La desgraciada muchacha me miró de nuevo con ojos asustados.
-Tiene razón -repuso-; perdóneme: soy mujer y literata. He aquí en pocas
palabras lo que me sucede. Como usted sabe, yo sólo escribo y, en general, los
argumentos de mis cuentos me vienen de manera espontánea, mientras leo, o paseo,
o estoy en cama por la noche o por la mañana. Pero desde hace algún tiempo me he
dado cuenta de que, de los muchos temas de cuentos que tengo dispuestos en mis
papeles y en mi cabeza, sólo soy capaz de desarrollar algunos; y, lo que es más
extraño, esos argumentos tienen algo en común, es más, tienen en común el hecho
más importante, es decir, que todos se refieren a una mujer, y esta mujer, por
más que haga para cambiarla y transfigurarla, se parece precisamente a mí.
-¡Por
favor! -exclamé, con cierto desprecio-. ¿Qué encuentra de
extraño en todo eso? A todos los escritores, incluso a los de talento
shakespeariano o dramático, les sucede siempre lo mismo. La literatura es un
espejo. Se hace actuar a los demás, pero sólo se conoce y se representa a uno
mismo. Si acaso, lo extraño es que usted no lo haya
advertido antes.
-Espere
-dijo con energía la señorita Esperanza, un poco resentida-, espere a que se lo
cuente todo. La historia no se acaba aquí. Usted me cree más tonta de lo que
soy. El hecho verdaderamente extraño viene después. Cuando he escrito las
historias de la mujer que se me parece, sucede que las mismas aventuras
inventadas por mí, para mi imaginaria heroína, se repiten en la vida para
mí, precisamente para mí en carne y hueso. Le daré un ejemplo: hace seis o siete
meses escribí un cuento en el que narraba cómo una mujer joven, virgen, fea,
honesta y solitaria, se encontraba, de repente, con que tenía que hacer de madre
para salvar el honor de una amiga, y de qué manera se iba despertando poco a
poco en ella el amor hacia este niño no suyo, y con tanta fuerza que le hacía
creer que ella era verdaderamente su madre. Y he aquí que hace tres meses, antes
de que el cuento fuera publicado, he recibido una carta de la única amiga que tengo
en el mundo. Esta amiga está casada, pero separada; tiene un amante, ha tenido
un hijo y, para no verse obligada a registrarlo, como sería necesario, con el
nombre del marido, me conjuraba a recoger su hijo. No he sabido decir que no: la
cosa quedará secreta, y por otra parte, ya que nunca podré tener una familia
mía, no me importa mucho el honor burgués. El niño está con una nodriza, pero no
he podido menos que pensar en él. He ido a verlo; me
he conmovido. Esa pequeña vida que surge y se forma
liberándose de la animalidad me atrae. He vuelto ya varias veces y creo que lo
quiero, acaso, más que su madre. Este es el primer
hecho, pero hay otro. Hace pocos días escribí un cuento
donde la acostumbrada mujer que se me parece vuelve a ver, después de muchos
años, al único hombre que amó, y lo ve feliz, con una mujer a su lado, y se
aparta para no enturbiar con su presencia la nueva felicidad de aquel al que
sigue amando. Pues bien, ayer mismo...
A este punto los sollozos le cortaron la palabra, se tapó la boca con el pañuelo
y los contuvo a duras penas. Pero dos pequeñas y tímidas lágrimas cayeron de sus
largas pestañas negras, que estaban ya húmedas antes.
-Hacía siete años que no lo veía -reanudó con voz improvisamente ronca-. Se
había marchado fuera de Italia. Ayer lo he vuelto a ver: hay una mujer con él,
rubia, guapa, alta, con los ojos malos. Yo no sabía nada y, sin embargo, hace
pocos días lo había escrito todo, tal como ha sucedido. También en el cuento hay
los ojos malos de ella y la sonrisa de él: la sonrisa que yo conocía tan bien...
Aquella singular imitación que la realidad hacía de la literatura me sorprendía
más profundamente de lo que quería reconocer; sin embargo, compuse la fisonomía
más sabia de este mundo e intenté demostrar a la señorita Esperanza que se
trataba únicamente de coincidencias curiosas y nada más, y que no había motivo
para conmoverse. La pobrecita me miró tristemente y sin confianza, dándose
cuenta de que yo quería engañarla. Al cabo de unos momentos, cuando las lágrimas
se calmaron, se secó la cara con cuidado, me saludó fríamente y se fue.
3
Durante muchos
meses no la vi y no tuve el valor de ir a buscarla, después de lo que me había
dicho con los ojos aquel día al dejarme. Pero una mañana leí su nombre en el
periódico bajo un titular extraño: Tentativa de rapto de una escritora.
Era ella: mientras volvía, por la noche, de un paseo por el campo, los
acostumbrados hombres enmascarados, que tienen el coche preparado a pocos pasos,
habían intentado amordazarla. A sus gritos, un hombre que había acudido había
exclamado: «¡No es ella!» Y la habían dejado.
Corrí a la pensión donde vivía para saber lo que había de cierto en aquella
noticia. La encontré palidísima, tendida en un diván. No se asombró al verme y
me tendió un fascículo de una revista salida aquel mismo día. Miré el sumario y
vi que había un cuento suyo. Corté la página, leí... Se trataba de una mujer
joven, melancólica, fea y abandonada, que había sido raptada, por equivocación,
una noche, por unos hombres con antifaces negros.
Mientras avanzaba en la lectura, de cuando en cuando levantaba los ojos hacia
ella con estupor; ella sonreía y callaba.
-Pero ¿es verdad? -le pregunté cuando hube terminado-. ¿Es verdad todo, incluso
lo que cuentan los periódicos?
-Exactísimo -me contestó, intentando sonreír-. No hay ninguna vía de
escape. A usted se lo conté todo. Pero entonces estábamos
en el comienzo..., la cosa no era grave. Después... ¡Si supiera lo que ha
sucedido después! La ley es tenaz, constante, rigurosa. A veces se trata de
cosas de nada, pequeneces, pero otras... Es preciso que un día u otro le diga
todo: también los demás deben saber...
"Cada vez que tomo la pluma, ella, es decir, yo, se adelanta y se apodera de mi
espíritu.
No puedo imaginar cosas de nadie más sino de ella.
Lo he intentado. ¡Oh, sí, lo he intentado! ¡Cuántas redes he tendido a mi
fantasía reluctante! ¡Cuántos viejos temas he sacado de mis papeles para
imponérselos a mi inspiración! Era inútil, no conseguía ni escribir una frase.
Pero en cuanto me dejaba dominar y guiar por ella -es decir, por mí, por
mi doble literario y profético-, entonces todo se volvía fácil y llano, las
aventuras se presentaban con abundancia, sin esfuerzo, la intriga se
desarrollaba elegantemente hasta lo último, y el cuento salía de un tirón, lleno
de vida. Pero cada uno de esos cuentos era una condena
para mí. A veces se narraba que ella no podía dormir y cada noche la asaltaban
horribles visiones, y a los pocos días también yo me agitaba en el insomnio,
debatiéndome contra fantasmas y monstruos indescriptibles. Otra vez imaginaba
que era amada por un muchacho joven, por un adolescente atraído por su fama y,
en efecto, al cabo de pocas semanas recibí una carta de veinte páginas de un
muchacho de quince años que me creía joven y bella y me ofrecía su amor para
toda la vida. Y así, cada mes, una. Y siempre, cada vez, lo que predigo con la
fantasía se realiza sin demora. El último caso es el que usted conoce y que le
ha sugerido venir a verme. Y ahora, ¿qué me dice? ¿Me dirá todavía que se trata
de coincidencias?"
Me di cuenta de que la infeliz Esperanza estaba muy excitada y tenía fiebre. Le
aconsejé, con toda la malicia que encontré disponible, dejar de escribir durante
un tiempo. Me lo prometió y, después de alguna cansada palabra de consuelo, la
dejé.
Su caso me
turbaba y hacía cuanto podía para no pensar en él. No era capaz de explicarlo:
me atraía y me enojaba. Acabé por olvidarme casi completamente de la pobre
Esperanza y de sus aventuras literarias. Pero una mañana de enero me llegó una
carta suya. Me informaba que había seguido durante algún tiempo mi consejo, pero
que, al cabo de tres meses, se había visto obligada a reanudar su trabajo por
dos razones: ante todo, porque vivía de la literatura y no podía, ni quería,
pedir nada a nadie, y además, porque la imagen de su fantástico doble no le daba
paz ni sosiego y le sugería, día y noche, nuevas aventuras extraordinarias.
Entonces se había entregado a la inspiración y, apenas había escrito, la
realidad venía a imitarla como antes, como siempre. Ya no podía liberarse; todo
lo que la otra le dictaba tenía primero que narrarlo y después suceder.
El último cuento era el más terrible de todos: anunciaba la muerte. La infeliz
añadía que no temía a la muerte, pero que quería advertirme para que, por lo
menos, hubiera un testimonio de su triste clarividencia.
Apenas leí la carta fui a la pensión. Una criada que vino a abrirme con la cara
descompuesta me dijo que la señorita Esperanza había muerto hacía pocas horas de
un ataque al corazón. Encima de una mesa se encontró su último cuento, en el que
una heroína melancólica y morena moría perseguida por una sombra que nadie veía
más que ella.
FIN |