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La buena educación
[Cuento. Texto completo.]

Giovanni Papini

El invierno pasado, todas las mañanas, menos el domingo, tenía la costumbre de regresar a casa a mediodía. No siempre era mediodía exacto: es más, la mayoría de las veces faltaban algunos minutos, o bien pasaban. Costumbre muy corriente, muy burguesa y en absoluto poética, pensando en su finalidad que todo el mundo sabe. Sin embargo, no conviene hablar de ella porque me ha conducido, al final, a estar encerrado en una habitación de pago de la mayor cárcel de la ciudad, esperando de un día a otro ser llamado a juicio para responder de algunos actos míos recientes.

Ya le he explicado al juez instructor cómo se desarrollaron los acontecimientos y me he dado cuenta, por algunas miradas escépticas y por algunos gestos de maravilla compasiva, de que no lo he convencido. Pero ¿tan asombroso es?

La primera vez que encontré al cantante de que se trata fue, según recuerdo, hacia mediados de noviembre. Era mediodía pasado y, como he dicho, volvía a casa con mi acostumbrado paso ligero y con mis ojos de miope fijos en quién sabe qué pensamientos. Sin embargo, cuando hube atravesado el puente y llegué al fondo de la plazuela que tenía que atravesar para tomar mi calle, es decir, casi en la esquina, he aquí que pasó por mi lado un hombre no muy alto, más bien gordo, pálido, con los bigotes recortados, un cigarrillo entre los labios y un par de botines color tórtola en los pies. Aquel hombre se llevó la mano al sombrero duro y negro, y me saludó cortésmente sin sonreír ni hablar... Me quedé tan sorprendido -ya que era la primera vez que lo veía-, que no contesté a su saludo y seguí camino.

Desde aquella vez, cuando volvía a casa a mediodía, encontraba siempre, y casi siempre en el mismo punto, al desconocido saludador. Lo encontraba si volvía antes de mediodía y lo encontraba si volvía un poco después, y también si por casualidad volvía a las doce en punto, y siempre en aquella plazuela, y entre un día y otro no había una diferencia mayor de cuarenta o cincuenta pasos. Él llevaba siempre, colgando entre los labios, el cigarrillo apenas encendido y siempre me saludaba quitándose su sombrero negro y mirándome apenas.

Durante tres o cuatro semanas no le devolví el saludo, pensando en una equivocación y no teniendo, por otra parte, ninguna gana de entablar conversación ni de pedir explicaciones. Pero el amable hombre no se descorazonaba y cada día, en mi honor, su sombrero negro abandonaba un momento su cabeza de pelo castaño. Al fin no tuve más remedio que convencerme de que era yo el incorrecto y el desmemoriado: supuse que había conocido a aquel hombre en algún sitio, que lo había visto una sola vez y durante pocos minutos, y que él era mejor fisonomista que yo. Movido por estas reflexiones, una mañana me decidí a contestar al saludo, y cuando el sombrero negro se levantó, toqué ligeramente mi fieltro gris. La respuesta no era demasiado cordial, porque -fíjense bien- mi sombrero no abandonó mí cabeza, y, sin embargo, bastó aquel indicio, aquel esbozo, aquella promesa de saludo, para que el hombre se quitara el cigarrillo de la boca y me sonriera con aire de inteligencia. Pero aquel día no sucedió nada más. Después -estábamos ya en diciembre-, como yo seguía tocando mi fieltro y tal vez lo levantaba con aire cordial, la sonrisa del desconocido se hizo más abierta, y finalmente se transformó en un «buenos días» tan afectuoso y dicho con voz tan armoniosa que mi silencio me dejó un poco confuso. Al «buenos días» se añadió, al cabo de pocas semanas, el «buen apetito» y los sombrerazos continuaron por mi parte y por la suya. Lo curioso es que, con tanta intimidad, todavía no habíamos hablado juntos. Tanto él como yo teníamos la costumbre de andar rápidamente, y para los saludos bastaba el instante del cruce.

Esta extraña relación duró de esta manera bastante tiempo. Si yo hubiera tenido otro carácter, hubiese buscado la manera de conocer más de cerca a mi nuevo amigo; lo hubiese obligado a hablar, le hubiera preguntado, por lo menos, cómo se llamaba. Pero yo tengo una simpatía antigua, natural y espontánea por las cosas insólitas y levemente extraordinarias, y mi único temor era que el otro rompiera el encanto, cambiando aquella amistad cotidiana, pero fugitiva y anónima, en un intercambio de visitas, de chismes y de tazas de té.

Lo que me temía sucedió. Habíamos llegado a finales de abril, siempre con el mismo sistema, y si bien la cordialidad había crecido, las frases de salutación no habían aumentado mucho su número. Pero aquella desgraciada mañana -era, como resulta de los autos, el 2 de mayo- mi desconocido amigo, apenas me vio, en lugar de llevarse la mano al sombrero, vino a mi encuentro con la cara muy seria, me tendió la mano -que yo, naturalmente, tuve que estrechar- y me dijo gravemente:

-Hoy lo necesito. Lo espero a las cinco en punto en la puerta de San Giorgio.

Y se fue rápidamente, como de costumbre, pero sin decir nada más y sin quitarse el sombrero. Pasé aquellas cinco horas entre molesto y curioso, y acabé por no poder hacer nada. A las cinco estaba en la puerta de San Giorgio. El hombre gordo y pálido me esperaba y salió a mi encuentro con la mano tendida.

-Perdóneme -dijo en voz baja y casi avergonzándose un poco-, nuestras relaciones son un poco singulares, lo sé. Será mejor que me presente en seguida: me llamo Giuseppe Severi, estudio canto, tengo voz de tenor, tendría que debutar este año.

-Y yo... -empecé.

-No importa -dijo el otro precipitadamente-, no importa: ya sé quién es usted. Lo sé desde hace mucho tiempo. Tiene que perdonarme: es mi método de hacer conocidos. Me lo ha enseñado un inglés, sale siempre. No siempre estamos seguros: pero la cara, el gesto, la manera de andar... Es una casualidad, lo sé; pero también los conocidos que se hacen en las conversaciones, en los teatros, en los cafés, son casualidades. Nos encontramos mal o bien: es lo mismo. Usted comprende por qué y sabrá perdonarme.

-Es más... -empecé a decir yo, con la intención de decirle que no estaba en absoluto descontento.

-No hablemos más de eso -repuso el señor Severi, levantando la voz-. No lo he detenido por esto. Ahora ya está todo hecho. Hoy tengo necesidad de usted. Vamos a casa.

Nos encaminamos hacia el paseo, a través de las bajas paredes recién enjalbegadas. No había nada de primaveral en el aire y el cielo estaba lleno de una niebla blanca que dañaba los ojos.

-Vivo aquí cerca -prosiguió el tenor-, y en mi casa sólo está mi mujer. Estamos solos, muy solos. Esta es la razón por la que tengo necesidad de usted. Hasta hace poco tiempo teníamos muchos amigos. Pero ahora... No sé por qué mis amigos me abandonan. No todos voluntariamente, sin embargo. Algunos han tenido que marcharse por asuntos o para ir a establecerse en otra parte. Y a otros he tenido que echarlos de casa, he tenido que prohibirles que se pusieran delante de mí. Además, está mi mujer... Mi mujer es rusa, un poco fantástica, un poco enferma y caprichosa. Todas las rusas fuera de Rusia son así. También ella tiene sus antipatías y he tenido que alejar a algunos amigos míos con mucha diplomacia. También tiene sus simpatías, y éstas no las puedo tolerar...

A este punto el tenor me miró con aire resuelto y preventivo.

-La conclusión es -reanudó- que nos hemos quedado absolutamente sin amigos, sin conocidos, sin relaciones, y que si hoy no queremos tomar el té solos -¡lo que nos llevaría a quién sabe qué escenas!- he tenido que recurrir a usted. ¿Usted no rechaza, no es verdad, una taza de té? Es una amabilidad que nunca olvidaré.

-Para mí será un verdadero placer -repuse.

Pero dentro de mí, a decir verdad, pensaba todo lo contrario. Las cosas no podían presentarse peor. Un cantante que no canta, celoso e irritable; una mujer rusa, voluble y coqueta, y el desierto alrededor... Pero ahora ya no podía decir que no. Seguí a mi nuevo amigo en silencio, bajo el cielo triste, blanco y pesado. Al poco rato llegamos ante una pequeña cancela negra y modesta, encastrada en una pared baja de color ladrillo. El tenor llamó y la cancela se abrió. Atravesamos un jardincillo cerrado por muros y rejas, más bien melancólico. Al fondo había una casa, una casa pequeña, baja y negra. Habían quitado el revoque enteramente y la pared estaba pintada con alquitrán brillante.

-Es por la humedad -dijo el señor Severi, señalando la casa-, dentro de poco estará todo acabado.

Entramos en un vestíbulo en el que sólo había un perchero lleno de trapos y de sombreros de todo tipo. El tenor me hizo pasar a la habitación de la izquierda: en el centro había una mesa redonda dispuesta para el té, con cierto lujo, tres sillas alrededor y un baúl a un lado: nada más. Mi nuevo amigo me dejó solo y corrió a llamar a su mujer.

Era una mujer de unos cuarenta años, mas bien alta, delgada, y que no tenía de bonito más que su gran cabellera rubia y dos ojos un poco verdes. En cuanto me vio, se precipitó hacia mí, me tomó ambas manos, me las estrechó, me miró a los ojos y me sonrió con visible placer.

-¡Oh, qué bueno y amable ha sido al venir! ¡Cuánto tiempo hacía que deseaba verlo! Pregúnteselo a Peppino. Él me ha hablado mucho de usted. He seguido paso a paso los capítulos de su amistad. Esperaba este día para poder decirle lo agradecida que le estoy. Usted es nuestro salvador.

El hornillo de alcohol fue encendido, el agua hirvió y el té fue servido. La señora sólo tenía ojos y boca para mí. Había unos emparedados excelentes y pastas. Y quiso atiborrarme, como si me hubiera rescatado de una balsa medio muerto de hambre. Mi plato estaba siempre lleno y mi taza siempre colmada. Obligado un poco a dar las gracias y un poco a rechazar las gentilezas de la señora, no tenía mucho tiempo para hacer caso al marido, el cual tomaba su té fumando furiosamente sus gordos cigarrillos, sin comer nada. La señora no le dirigía nunca la palabra, y es más, según me pareció, evitaba mirarlo.

Al final tuve que darme cuenta de su irritación y, comprendiendo el peligro y no estimando que valiera la pena de meterme en líos por aquella mujer, dije que tenía que marcharme. Al oír estas palabras, el señor Severi se alegró, pero decidió que no me iría sin ver antes la casa. Tuve que obedecer, tanto más que la señora me había ya tomado del brazo y se encaminaba hacia la puerta. Me hicieron entrar en un cuartucho donde no había más que un piano de color caoba en un ángulo. En realidad había también un pequeño sofá, pero todo cubierto de libros y partituras. En la pared había colgados, a modo de trofeos, máscaras y floretes de esgrima. Los contemplé con curiosidad, ya que allí no había nada más singular.

-¿Le gustan? -dijo el señor Severi-. ¿Conoce la esgrima? ¿Quiere probarlos?

Le aseguré que no sabía nada de esgrima y que nunca había probado a tener un florete en la mano; pero el tenor, improvisamente agitado, había ya descolgado una de aquellas grandes máscaras y se la había colocado en la cabeza.

-Agarre otra -me dijo-: agarre el florete. Vamos a probarlos. Hace quince días que no hago ejercicio. Tengo necesidad de hacerlo.

Tuve que cubrirme a la fuerza la cara con la máscara y empuñar el florete.

-No hay guantes -reanudó mi extraño adversario-, pero no importa. Es lo mismo. Cuidado con las manos. Vamos. ¡En guardia!

La señora nos miraba maravillada y de mal humor. Se sentó sobre las partituras del sofá con un gesto de impaciencia.

-¡Vamos! ¡Vamos! -gritaba el tenor.

Yo no conocía de verdad la esgrima -muchos testigos lo dirán en el proceso-, y por eso, acordándome de que la única manera de vencer es atacar, y deseando terminar pronto, me arrojé con ímpetu contra mi adversario, tirando a lo loco de punta y de corte.

-¡Basta! ¡Basta! -gritó él de repente. Bajé el florete. El señor Severi me enseñó la mano: estaba toda amoratada de los golpes que le había asestado, y de un arañazo manaba sangre. La señora me contemplaba con admiración. El marido se dio cuenta de ello y dijo, mirándome a la cara y conteniendo a duras penas su rabia:

-No creía que tuviera que habérmelas con un cobarde.

-¿Con un cobarde? -repuse-. ¿Qué palabras son éstas? ¿Acaso no le he advertido que yo no sé nada de esgrima?

-Pero no había necesidad -replicó el otro- de arrojárseme encima como una bestia.

-Bestia será usted -dije-, que me ha obligado a hacer una cosa que desprecio. ¡Y le ruego que se acuerde de que no he sido yo quien lo ha buscado y que no he sido yo quien ha querido probar los floretes!

-Pocas palabras, caballero -reanudó el otro, volviéndose muy pálido-; he dicho que es usted un cobarde, y lo repito. Aquí estoy en mi casa. Nos volveremos a ver.

A este punto la señora empezó a gritar y a gimotear.

-Pero, ¡Peppo! ¡Peppo! ¿Estás loco? ¿Qué dices?

La única respuesta a estas preguntas fue un bofetón, que la señora recibió sin demasiado asombro.

-¡Váyase de aquí! -dijo el señor Severi-. ¡Salga, váyase! ¡No quiero verlo! Estoy en mi casa. Usted me ha ofendido, recuérdelo.

-¡Y lo ofenderé otra vez, cobarde! -prorrumpí, disgustado por aquella escena.

-Está bien, está bien; hasta mañana. Mientras tanto, fuera de aquí.

No podía hacer otra cosa. Salí de la casa, me detuve un momento en la cancela para escuchar si se oían gritos, y al cabo de un momento bajé a la ciudad.

La continuación se adivina.

Al día siguiente dos caballeros vinieron a traerme el desafío del tenor, y después de lo que había dicho tuve que aceptarlo. Designé mis padrinos y les dije que no tenía ningún inconveniente en batirme, a pesar de mi incapacidad en todas las armas.

El duelo quedó decidido y el arma fue la pistola. Tiré por las buenas y, sin embargo, el tenor murió de la herida al cabo de dos días de agonía.

Y ahora estoy aquí, esperando el juicio. Pero ¿acaso soy culpable? ¿No les parece que en este asunto hay un aire de suicidio?

¿No fue él quien quiso conocerme, quien empezó a saludarme, quien me llevó a su casa, quien quiso batirse primero en broma y después en serio? ¿No les parece que desde el primer sombrerazo al último pistoletazo hay una trabazón voluntaria, una preparación consciente de su destino? Yo sólo he sido su instrumento.

Yo no tengo ninguna culpa. No siento sobre mi conciencia su sangre. Mis abogados explicarán, con la ayuda de la ciencia y de la metafísica, el misterio de este acontecimiento. Y si me condenan, no creeré nunca más en la buena educación.

FIN

Palabras y sangre, 1912

 

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