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Tanto Uno
como Otro eran sanos y tenían unos treinta años. Habían
comido en las mismas tabernas, se habían sentado juntos en los conciertos y se
habían prestado libros. Muchas veces Uno había ofrecido cigarros a Otro y éste
había aceptado, pasándole, a cambio, la última revista que tenía en el bolsillo.
Pero, si no me equivoco, sus relaciones no habían sido nunca más íntimas que
esto, y si alguna vez se habían estrechado la mano, Uno sentía, a través de los
guantes de piel afelpada, que los blandos dedos de Otro no se entretenían con
excesiva cordialidad.
Y sin embargo, Uno y Otro no se parecían a nadie de aquellos entre los que
vivían, aunque tampoco se parecían entre ellos, y no me asombraría en absoluto
que detrás de su silencio nacieran pensamientos bien curiosos. Pero los hombres
extraños son tan corrientes que ahora ya no nos preocupamos de ellos.
Lo que supe después conmovió mi indiferencia. Parece ser que un día, mientras
paseaban juntos después de la comida, Uno dijo a Otro:
-¿Estaría dispuesto a hacer conmigo un cambio importante?
(Esto
fue dicho sin ninguna preparación. Entre ellos nunca
habían hablado de asuntos personales.)
-Haría con gusto cualquier cambio, con tal que no perdiera demasiado -respondió
Otro.
-El cambio que le propongo no se puede calcular. No podemos saber
anticipadamente quién pierde o gana.
-Mejor. No busco el riesgo, pero tampoco lo rehuyo.
-Me
temo que no crea posible el cambio que quiero proponerle.
-No
es necesario que yo lo crea posible antes. Si lo puede
llevar a cabo, creeré en él de todas maneras.
-¿Me promete,
si lo rechaza, que no dirá nada a nadie?
-Le prometo
todo, con tal de saber en seguida de qué se trata.
-Yo quería
proponerle que permutáramos nuestras almas.
Otro sonrió y se detuvo. No se apresuró a responder, porque no quiso demostrar
que la imprevista propuesta lo había asombrado demasiado. (Verdaderamente,
cuesta creer que tal diálogo haya sucedido en el paseo de una gran ciudad.)
Uno tuvo que detenerse y, después de haber tenido el valor de arriesgarse a
hacer la propuesta, no tuvo fuerzas para sonreír como Otro. Pero éste lo sacó en
seguida del embarazo, diciendo:
-¿Por qué no?
¿Cree usted verdaderamente que es posible?
Otro,
precisamente porque era un escéptico, prefería los pensamientos que nadie había
pensado. Uno, enardecido, se entregó a exponer una teoría sobre las almas,
sosteniendo, con mucho empeño, que en todo el mundo sólo hay una persona,
que esta persona tiene muchas almas, innumerables almas contemporáneas, y que
esas almas, para distinguirse, se crean cada una un cuerpo recogiendo la
materia.
...Pero
Otro no podía sufrir la metafísica.
-¡Basta,
basta! -exclamó en lo mejor de la demostración-. Todo eso es perfectamente
inútil para nuestra finalidad. A mí me importa saber si este cambio se puede
hacer de verdad, de manera rápida y no dolorosa.
Todo lo demás, perdóneme, es música celestial.
-¡Sea!
-asintió Uno-. Veo que es usted un hombre práctico, y esto me agrada, porque yo
no lo soy. Pero le diré que el problema de la sustitución de las almas es tan
soluble que ya ha sido resuelto. Yo, que hablo, ya no tengo el alma con la que
nací. Hace algunos años la cambié con la de un poeta que no conseguía ganar lo
bastante con su alma de vagabundo, mientras yo puedo vivir de rentas. Como ve,
soy un experto en estas permutas. ¿Acepta o no
acepta?
-Ya
le he dicho que no soy en absoluto contrario. Permítame solamente que le pida
dos condiciones: ante todo, estaremos juntos por lo menos un mes, hablando mucho
de nosotros mismos, para conocer mejor las respectivas almas. Por otra parte, si
al cabo de un tiempo uno de nosotros ya no quisiera la nueva alma, queda
entendido que nos restituiremos las que ahora poseemos.
¿Cómo podía Uno
negar dos peticiones tan razonables? Así empezó, a partir de aquel día húmedo y
oscuro de enero, el mes de hermandad de Uno y de Otro.
Los dos tenían
mucho interés en hacerse bellos, en engañarse, en esconderse, en inventarse. Uno
deseaba ardientemente hacer el cambio porque su alma de poeta no le permitía
procurarse una vida tranquila y cómoda. Otro estaba estimulado por la
curiosidad, por el inquieto deseo de lo nuevo.
Los dos se encontraban, por ello, en esta extraña condición: que cada uno tenía
necesidad de despertar el deseo del otro y, para hacerlo, cada uno tenía que
adivinar los gustos del otro; pero, por otra parte, cada uno de ellos, para
presentarse de la manera más atractiva, se veía obligado a esconder algunos
aspectos personales menos visibles y por ello, probablemente, más profundos.
Para quien no comprenda estas sutilezas, diré, en dos palabras, que cada uno,
para engañar bien, hubiera tenido necesidad de la sinceridad del otro, y que la
sinceridad de uno hubiera bastado para convencer al otro de que no valía la pena
de engañarlo.
Para explicarme mejor diré que Uno -el poeta- intentó mostrarse más práctico y
que Otro -el práctico- se ingenió para parecer más poeta, y que Uno intentó
persuadir a Otro de que solamente los poetas pueden poseer profundamente el
mundo verdadero, y que Otro dio a entender a Uno que solamente los hombres
prácticos pueden apoderarse del mundo concreto, el único existente.
Por otra parte, Uno hizo todo lo posible para hacer creer a Otro que también los
poetas saben hacer cuentas y, en ciertos casos, incluso ganar, y Otro se dejó
arrastrar a decir que también las personas prácticas tienen afán de fantasía y
ráfagas de imaginación.
-Pero si todo
esto es verdad, ¿por qué quiere cambiar? -preguntó Otro.
-¡Para probar,
para conocer, para tener nuevas experiencias!
Verdaderamente, nunca he sabido con exactitud de qué hablaron Uno y Otro durante
el mes que estuvieron juntos, pero no hace falta mucho para adivinarlo. Se
contaron su vida acomodada y transfigurada, según los supuestos gustos del
oyente; se hicieron todas las confidencias que no podían comprometerlos;
atenuaron algunas aventuras muy graves, hasta el punto de transformarlas en
pequeñas anécdotas, mientras se aprovechaban de algún hecho verdadero de poca
monta para agigantarlo y hacer con él un capítulo de Plutarco o de Casanova.
Durante aquel tiempo, por deseo de Otro, vivieron juntos, en la misma
habitación, sin separarse nunca ni para comer, ni para pasear, ni para dormir.
Suprimieron las visitas, olvidaron los conocidos, omitieron los asuntos.
Discutieron y prepararon toda la parte práctica del asunto, y cuando llegó el
gran día del cambio, sólo faltaba la definitiva voluntad de los dos amigos.
La voluntad no faltaba ni a Uno ni a Otro, y, durante la noche que precedió al
día treinta y uno de convivencia, la transmisión de las almas se llevó a cabo
sin ninguna dificultad.
Parece ser que la operación tuvo lugar durante el sueño, es decir, en el momento
en que las almas, según una vieja teoría todavía no desmentida, dejan el cuerpo
y van por su cuenta en busca de aventuras que poder contar al despertar.
Cuando la mañana estuvo cerca, el alma de Uno entró en el cuerpo de Otro y la de
Otro en el cuerpo de Uno. Ninguno de los dos experimentó el más pequeño
sufrimiento. Cada uno se despertó con el alma deseada, con el alma nueva y,
cuando notaron que todo estaba hecho, se abrazaron conmovidos, en silencio.
Desde aquel día empezó para Uno la tercera vida, y para Otro, la segunda vida de
este mundo.
Cada uno de
ellos, con la nueva alma, se fue por caminos diversos. En el fondo, nada había
cambiado entre ellos, porque las dos almas, aunque hubieran cambiado el cuerpo,
eran las mismas; sin embargo, sintieron en seguida la necesidad de alejarse,
como si experimentaran una imprevista repulsión después de la íntima amistad de
los días pasados. ¿Quién no comprende en seguida la razón? El alma lo
contiene todo, incluso el recuerdo del pasado, incluso aquello que más se
esconde a los otros.
Cada uno de nosotros -con excepción del santo- es muy indulgente para consigo
mismo. Intentamos no recordar las vilezas, las debilidades, las infamias
cometidas; esconder y negar lo feo de nuestro carácter y, a fuerza de querer
olvidar y esconder, se termina por creer que nuestra alma es pura y nuestro
pasado está limpio.
Imagínense, pues, que entre en ustedes, de repente, el alma de otro. En seguida,
después de una primera exploración, sentirán el mal olor de los vicios
escondidos, descubrirán los rincones oscuros y se maravillarán de la cantidad de
imbecilidad y de vileza que puede contener el alma de un caballero inteligente.
El otro, naturalmente, hará el mismo descubrimiento en el alma que le han dado y
tendrá razones de horror semejantes.
Así sucedió a Uno y a Otro: en ellos el desprecio se convirtió en odio, porque
cada uno descubrió en el alma que había recibido lo que esta alma había pensado
de la otra antes de pasar al nuevo cuerpo.
Uno descubrió en la memoria de Otro que éste lo había considerado como un vago
vanidoso, ligero y sabihondo; Otro encontró en la memoria de Uno que éste lo
tenía, antes del cambio, por un ser burdo, estrecho y orgulloso. Aunque las
almas habían sido permutadas, el amor propio retrospectivo sufría y cada uno
pensaba: «¡Qué alma tan terrible me ha tocado!»
Vivieron bastante tiempo alejados y cada uno buscó improvisar una nueva vida.
Cada cuerpo, como consecuencia del cambio de habitante, tuvo que cambiar de
costumbres y actividades. Otro, convertido en poeta, se fue a la montaña y se
divirtió vagando por los campos. Uno se retiró a París y frecuentó la Bolsa. Así
pasaron dos años, pero al cabo de este tiempo, a Uno lo asaltó una gran
nostalgia de su alma pasada, de la que sabía algo a través de los recuerdos del
alma de Otro, que ahora tenía dentro de sí, y volvió a la ciudad donde tuvo
lugar el intercambio para solicitar la restitución.
Otro, en cambio, era muy feliz y había acabado por adaptarse perfectamente a su
nueva alma. El alma del poeta se había vuelto verdaderamente suya. Todo lo feo
estaba cubierto por la ceniza del tiempo y por las frondas de la vanidad, y Otro
gozaba de los árboles, del cielo, de las aguas y de las palabras como un
extático.
Es más, le había llegado una fortuna: se había enamorado de una mujer que estaba
enamorada de él. Desde hacía algunos meses vivían juntos, en una casa rodeada de
arroyos y de pájaros, y Otro recordaba con desagrado lo que había sido antes,
cómo se había visto mientras su alma actual estaba en el cuerpo de Uno. Pero
éste consiguió pronto encontrar el refugio de Otro y se presentó con bruscas
maneras para pedirle el alma que le había dado; el alma que había sido suya. Los
dos hombres, encerrados en un cuarto, gritaron toda una mañana sin ningún
provecho. Otro no quería en absoluto restituir el alma con la que se encontraba
tan bien en el mundo, y sostenía su derecho sin ninguna piedad. Hablaba a
grandes voces, sin pensar que su mujer podía oírlos y, tal vez, dejar de amarlo
al descubrir que aquella alma que la había enamorado no era la verdadera alma
del amado. En efecto, la mujer escuchó durante mucho tiempo a la puerta, pero,
como los dos gritaban a la vez sobre un intercambio tan extraño que a nadie
podía ocurrírsele fácilmente, no entendió nada.
Cuando Uno salió, al fin, cerrando furiosamente la puerta, la amante se
precipitó dentro del cuarto y encontró a Otro sudando, con la cara enrojecida y
malhumorado.
-Se trata de un
viejo acreedor -dijo, respondiendo a la pregunta de los ojos-, pero de un
acreedor que no tiene ningún derecho a reclamar lo suyo.
No
quiso decirle más. Comprendía que la confesión hubiera
puesto en peligro su amor. La mujer amaba, sobre todo, su espíritu, su carácter,
sus sueños, y por eso seguramente hubiera amado lo mismo aunque el alma hubiese
vuelto a otro cuerpo, pero el pobre Otro amaba también con su cuerpo y no quería
que el cuerpo de ella se le escapara.
Uno estaba fuera de sí por la rabia y, sin pensar en lo que hacía, fue a ver a
un abogado y le expuso con gran calor su caso. El abogado, no pudiendo refrenar
su elocuencia de ninguna manera, dejó que se desahogara, pero, apenas hubo
terminado, le dijo:
-Querido señor,
su asunto es muy interesante, pero creo que lo han dirigido mal. A usted le hace
falta un médico y no un jurista.
Uno no se desanimó y expuso de nuevo su caso a un segundo abogado. Éste lo tomó
más en serio y le dijo claramente que en el Código no había ningún artículo que
hiciera referencia a una permuta tan extraordinaria, que faltaban los documentos
del intercambio y que, por otra parte, él mismo reconocía que la retrocesión
debía admitirse de común acuerdo, lo que, evidentemente, era imposible.
Uno pensó entonces en prescindir de los abogados, defenderse por sí mismo y
denunciar el caso ante un tribunal. Encontró, por fortuna, a un juez
inteligente, el cual, en lugar de hacer encerrar al pobre Uno en un manicomio,
llamó a los dos contendientes para saber la verdad y, en su caso, ponerlos de
acuerdo. Pero Otro sostuvo su tesis, jurídicamente legítima, de que el contrato
había sido hecho contando solamente en la buena fe recíproca, y que el
querellante reconocía que no se podía volver atrás más que en caso de perfecto
acuerdo.
-Este acuerdo
-decía- no existe y no puede existir, porque yo me encuentro bien con el alma
que poseo y no quiero, en absoluto, volver a tener la antigua. La proposición
del intercambio no ha salido de mí, sino de él, y es justo que sea él quien
sufra las consecuencias del riesgo que ha buscado.
Uno lloraba silenciosamente y no sabía qué contestar. Se arrojó a los pies de
Otro, rogó, suplicó, improvisó las más patéticas imploraciones que un hombre
pueda dirigir a otro hombre, pero de nada le valió. Otro estaba demasiado
apegado a su alma y a su mujer.
Uno salió de la casa del juez todo blanco, descorazonado, humillado; se encerró
en un hotel y no salió de casa durante dos meses. Finalmente, una tarde -era en
febrero- pensó que un poco de música le haría bien y quiso ir al teatro.
Nevaba y Uno no iba bien tapado. A
la mañana siguiente no se levantó de la cama, estuvo muy mal durante una semana,
lo trasladaron a un hospital y sintió que la muerte se acercaba. Su cuerpo no
había podido adaptarse nunca a la nueva alma.
Pero, antes de morir, pensó en la venganza. Recordó que el alma que él deseaba
tan ardientemente volver a tener no había sido suya desde el nacimiento. La
había obtenido, en cambio, de un pobre poeta, que, una vez librado de su
incómodo espíritu, había podido llegar a ser un gran terrateniente. Uno sabía
dónde vivía y le escribió una larga carta explicándoselo todo. La carta
terminaba así:
Ahora
que ha hecho fortuna, podría permitirse, creo, volver a tomar el alma que me
cedió en la juventud. Entonces le impedía ser rico, pero hoy le serviría para
gozar más notablemente sus riquezas. Vaya a casa de aquel a quien, en un momento
de loca curiosidad, la cedió y no le dé paz hasta que se la devuelva. Usted será
feliz, y, además, vengará a este infeliz bienhechor suyo.
Al cabo de dos
días éste corrió al hospital, y llegó a tiempo de obtener todas las noticias que
le hacían falta para recuperar su alma nativa. Poco después Uno moría, y el
propietario -el verdadero propietario- se puso en acción para vengarlo. Fue a
ver a Otro y le dijo resueltamente:
-O me devuelve
mi alma o se lo cuento todo a su mujer. Para mañana
tengo necesidad de una respuesta.
El medio elegido era demasiado brusco. ¿Qué le importaba a Otro
tener un cuerpo si el alma se iba, si la mujer no le amaría ya? De todas
maneras, perdería lo mejor de sí mismo y de su vida. Y entonces se oyó, en el
silencio de la casa campestre, el acostumbrado disparo de arma de fuego que
termina tan bien con todas las situaciones embrolladas.
Cuando a la mañana siguiente llegó el propietario para la respuesta, encontró a
un cuerpo vivo que sollozaba sobre un cuerpo muerto: el sabio señor vio que no
merecía la pena hacer revelaciones.
FIN |