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Las almas permutadas
[Cuento. Texto completo.]

Giovanni Papini

Tanto Uno como Otro eran sanos y tenían unos treinta años. Habían comido en las mismas tabernas, se habían sentado juntos en los conciertos y se habían prestado libros. Muchas veces Uno había ofrecido cigarros a Otro y éste había aceptado, pasándole, a cambio, la última revista que tenía en el bolsillo.

Pero, si no me equivoco, sus relaciones no habían sido nunca más íntimas que esto, y si alguna vez se habían estrechado la mano, Uno sentía, a través de los guantes de piel afelpada, que los blandos dedos de Otro no se entretenían con excesiva cordialidad.

Y sin embargo, Uno y Otro no se parecían a nadie de aquellos entre los que vivían, aunque tampoco se parecían entre ellos, y no me asombraría en absoluto que detrás de su silencio nacieran pensamientos bien curiosos. Pero los hombres extraños son tan corrientes que ahora ya no nos preocupamos de ellos.

Lo que supe después conmovió mi indiferencia. Parece ser que un día, mientras paseaban juntos después de la comida, Uno dijo a Otro:

-¿Estaría dispuesto a hacer conmigo un cambio importante?

(Esto fue dicho sin ninguna preparación. Entre ellos nunca habían hablado de asuntos personales.)

-Haría con gusto cualquier cambio, con tal que no perdiera demasiado -respondió Otro.

-El cambio que le propongo no se puede calcular. No podemos saber anticipadamente quién pierde o gana.

-Mejor. No busco el riesgo, pero tampoco lo rehuyo.

-Me temo que no crea posible el cambio que quiero proponerle.

-No es necesario que yo lo crea posible antes. Si lo puede llevar a cabo, creeré en él de todas maneras.

-¿Me promete, si lo rechaza, que no dirá nada a nadie?

-Le prometo todo, con tal de saber en seguida de qué se trata.

-Yo quería proponerle que permutáramos nuestras almas.

Otro sonrió y se detuvo. No se apresuró a responder, porque no quiso demostrar que la imprevista propuesta lo había asombrado demasiado. (Verdaderamente, cuesta creer que tal diálogo haya sucedido en el paseo de una gran ciudad.)

Uno tuvo que detenerse y, después de haber tenido el valor de arriesgarse a hacer la propuesta, no tuvo fuerzas para sonreír como Otro. Pero éste lo sacó en seguida del embarazo, diciendo:

-¿Por qué no? ¿Cree usted verdaderamente que es posible?

Otro, precisamente porque era un escéptico, prefería los pensamientos que nadie había pensado. Uno, enardecido, se entregó a exponer una teoría sobre las almas, sosteniendo, con mucho empeño, que en todo el mundo sólo hay una persona, que esta persona tiene muchas almas, innumerables almas contemporáneas, y que esas almas, para distinguirse, se crean cada una un cuerpo recogiendo la materia.

...Pero Otro no podía sufrir la metafísica.

-¡Basta, basta! -exclamó en lo mejor de la demostración-. Todo eso es perfectamente inútil para nuestra finalidad. A mí me importa saber si este cambio se puede hacer de verdad, de manera rápida y no dolorosa. Todo lo demás, perdóneme, es música celestial.

-¡Sea! -asintió Uno-. Veo que es usted un hombre práctico, y esto me agrada, porque yo no lo soy. Pero le diré que el problema de la sustitución de las almas es tan soluble que ya ha sido resuelto. Yo, que hablo, ya no tengo el alma con la que nací. Hace algunos años la cambié con la de un poeta que no conseguía ganar lo bastante con su alma de vagabundo, mientras yo puedo vivir de rentas. Como ve, soy un experto en estas permutas. ¿Acepta o no acepta?

-Ya le he dicho que no soy en absoluto contrario. Permítame solamente que le pida dos condiciones: ante todo, estaremos juntos por lo menos un mes, hablando mucho de nosotros mismos, para conocer mejor las respectivas almas. Por otra parte, si al cabo de un tiempo uno de nosotros ya no quisiera la nueva alma, queda entendido que nos restituiremos las que ahora poseemos.

¿Cómo podía Uno negar dos peticiones tan razonables? Así empezó, a partir de aquel día húmedo y oscuro de enero, el mes de hermandad de Uno y de Otro.

Los dos tenían mucho interés en hacerse bellos, en engañarse, en esconderse, en inventarse. Uno deseaba ardientemente hacer el cambio porque su alma de poeta no le permitía procurarse una vida tranquila y cómoda. Otro estaba estimulado por la curiosidad, por el inquieto deseo de lo nuevo.

Los dos se encontraban, por ello, en esta extraña condición: que cada uno tenía necesidad de despertar el deseo del otro y, para hacerlo, cada uno tenía que adivinar los gustos del otro; pero, por otra parte, cada uno de ellos, para presentarse de la manera más atractiva, se veía obligado a esconder algunos aspectos personales menos visibles y por ello, probablemente, más profundos. Para quien no comprenda estas sutilezas, diré, en dos palabras, que cada uno, para engañar bien, hubiera tenido necesidad de la sinceridad del otro, y que la sinceridad de uno hubiera bastado para convencer al otro de que no valía la pena de engañarlo.

Para explicarme mejor diré que Uno -el poeta- intentó mostrarse más práctico y que Otro -el práctico- se ingenió para parecer más poeta, y que Uno intentó persuadir a Otro de que solamente los poetas pueden poseer profundamente el mundo verdadero, y que Otro dio a entender a Uno que solamente los hombres prácticos pueden apoderarse del mundo concreto, el único existente.

Por otra parte, Uno hizo todo lo posible para hacer creer a Otro que también los poetas saben hacer cuentas y, en ciertos casos, incluso ganar, y Otro se dejó arrastrar a decir que también las personas prácticas tienen afán de fantasía y ráfagas de imaginación.

-Pero si todo esto es verdad, ¿por qué quiere cambiar? -preguntó Otro.

-¡Para probar, para conocer, para tener nuevas experiencias!

Verdaderamente, nunca he sabido con exactitud de qué hablaron Uno y Otro durante el mes que estuvieron juntos, pero no hace falta mucho para adivinarlo. Se contaron su vida acomodada y transfigurada, según los supuestos gustos del oyente; se hicieron todas las confidencias que no podían comprometerlos; atenuaron algunas aventuras muy graves, hasta el punto de transformarlas en pequeñas anécdotas, mientras se aprovechaban de algún hecho verdadero de poca monta para agigantarlo y hacer con él un capítulo de Plutarco o de Casanova.

Durante aquel tiempo, por deseo de Otro, vivieron juntos, en la misma habitación, sin separarse nunca ni para comer, ni para pasear, ni para dormir. Suprimieron las visitas, olvidaron los conocidos, omitieron los asuntos. Discutieron y prepararon toda la parte práctica del asunto, y cuando llegó el gran día del cambio, sólo faltaba la definitiva voluntad de los dos amigos.

La voluntad no faltaba ni a Uno ni a Otro, y, durante la noche que precedió al día treinta y uno de convivencia, la transmisión de las almas se llevó a cabo sin ninguna dificultad.

Parece ser que la operación tuvo lugar durante el sueño, es decir, en el momento en que las almas, según una vieja teoría todavía no desmentida, dejan el cuerpo y van por su cuenta en busca de aventuras que poder contar al despertar.

Cuando la mañana estuvo cerca, el alma de Uno entró en el cuerpo de Otro y la de Otro en el cuerpo de Uno. Ninguno de los dos experimentó el más pequeño sufrimiento. Cada uno se despertó con el alma deseada, con el alma nueva y, cuando notaron que todo estaba hecho, se abrazaron conmovidos, en silencio. Desde aquel día empezó para Uno la tercera vida, y para Otro, la segunda vida de este mundo.

Cada uno de ellos, con la nueva alma, se fue por caminos diversos. En el fondo, nada había cambiado entre ellos, porque las dos almas, aunque hubieran cambiado el cuerpo, eran las mismas; sin embargo, sintieron en seguida la necesidad de alejarse, como si experimentaran una imprevista repulsión después de la íntima amistad de los días pasados. ¿Quién no comprende en seguida la razón? El alma lo contiene todo, incluso el recuerdo del pasado, incluso aquello que más se esconde a los otros.

Cada uno de nosotros -con excepción del santo- es muy indulgente para consigo mismo. Intentamos no recordar las vilezas, las debilidades, las infamias cometidas; esconder y negar lo feo de nuestro carácter y, a fuerza de querer olvidar y esconder, se termina por creer que nuestra alma es pura y nuestro pasado está limpio.

Imagínense, pues, que entre en ustedes, de repente, el alma de otro. En seguida, después de una primera exploración, sentirán el mal olor de los vicios escondidos, descubrirán los rincones oscuros y se maravillarán de la cantidad de imbecilidad y de vileza que puede contener el alma de un caballero inteligente. El otro, naturalmente, hará el mismo descubrimiento en el alma que le han dado y tendrá razones de horror semejantes.

Así sucedió a Uno y a Otro: en ellos el desprecio se convirtió en odio, porque cada uno descubrió en el alma que había recibido lo que esta alma había pensado de la otra antes de pasar al nuevo cuerpo.

Uno descubrió en la memoria de Otro que éste lo había considerado como un vago vanidoso, ligero y sabihondo; Otro encontró en la memoria de Uno que éste lo tenía, antes del cambio, por un ser burdo, estrecho y orgulloso. Aunque las almas habían sido permutadas, el amor propio retrospectivo sufría y cada uno pensaba: «¡Qué alma tan terrible me ha tocado!»

Vivieron bastante tiempo alejados y cada uno buscó improvisar una nueva vida. Cada cuerpo, como consecuencia del cambio de habitante, tuvo que cambiar de costumbres y actividades. Otro, convertido en poeta, se fue a la montaña y se divirtió vagando por los campos. Uno se retiró a París y frecuentó la Bolsa. Así pasaron dos años, pero al cabo de este tiempo, a Uno lo asaltó una gran nostalgia de su alma pasada, de la que sabía algo a través de los recuerdos del alma de Otro, que ahora tenía dentro de sí, y volvió a la ciudad donde tuvo lugar el intercambio para solicitar la restitución.

Otro, en cambio, era muy feliz y había acabado por adaptarse perfectamente a su nueva alma. El alma del poeta se había vuelto verdaderamente suya. Todo lo feo estaba cubierto por la ceniza del tiempo y por las frondas de la vanidad, y Otro gozaba de los árboles, del cielo, de las aguas y de las palabras como un extático.

Es más, le había llegado una fortuna: se había enamorado de una mujer que estaba enamorada de él. Desde hacía algunos meses vivían juntos, en una casa rodeada de arroyos y de pájaros, y Otro recordaba con desagrado lo que había sido antes, cómo se había visto mientras su alma actual estaba en el cuerpo de Uno. Pero éste consiguió pronto encontrar el refugio de Otro y se presentó con bruscas maneras para pedirle el alma que le había dado; el alma que había sido suya. Los dos hombres, encerrados en un cuarto, gritaron toda una mañana sin ningún provecho. Otro no quería en absoluto restituir el alma con la que se encontraba tan bien en el mundo, y sostenía su derecho sin ninguna piedad. Hablaba a grandes voces, sin pensar que su mujer podía oírlos y, tal vez, dejar de amarlo al descubrir que aquella alma que la había enamorado no era la verdadera alma del amado. En efecto, la mujer escuchó durante mucho tiempo a la puerta, pero, como los dos gritaban a la vez sobre un intercambio tan extraño que a nadie podía ocurrírsele fácilmente, no entendió nada.

Cuando Uno salió, al fin, cerrando furiosamente la puerta, la amante se precipitó dentro del cuarto y encontró a Otro sudando, con la cara enrojecida y malhumorado.

-Se trata de un viejo acreedor -dijo, respondiendo a la pregunta de los ojos-, pero de un acreedor que no tiene ningún derecho a reclamar lo suyo.

No quiso decirle más. Comprendía que la confesión hubiera puesto en peligro su amor. La mujer amaba, sobre todo, su espíritu, su carácter, sus sueños, y por eso seguramente hubiera amado lo mismo aunque el alma hubiese vuelto a otro cuerpo, pero el pobre Otro amaba también con su cuerpo y no quería que el cuerpo de ella se le escapara.

Uno estaba fuera de sí por la rabia y, sin pensar en lo que hacía, fue a ver a un abogado y le expuso con gran calor su caso. El abogado, no pudiendo refrenar su elocuencia de ninguna manera, dejó que se desahogara, pero, apenas hubo terminado, le dijo:

-Querido señor, su asunto es muy interesante, pero creo que lo han dirigido mal. A usted le hace falta un médico y no un jurista.

Uno no se desanimó y expuso de nuevo su caso a un segundo abogado. Éste lo tomó más en serio y le dijo claramente que en el Código no había ningún artículo que hiciera referencia a una permuta tan extraordinaria, que faltaban los documentos del intercambio y que, por otra parte, él mismo reconocía que la retrocesión debía admitirse de común acuerdo, lo que, evidentemente, era imposible.

Uno pensó entonces en prescindir de los abogados, defenderse por sí mismo y denunciar el caso ante un tribunal. Encontró, por fortuna, a un juez inteligente, el cual, en lugar de hacer encerrar al pobre Uno en un manicomio, llamó a los dos contendientes para saber la verdad y, en su caso, ponerlos de acuerdo. Pero Otro sostuvo su tesis, jurídicamente legítima, de que el contrato había sido hecho contando solamente en la buena fe recíproca, y que el querellante reconocía que no se podía volver atrás más que en caso de perfecto acuerdo.

-Este acuerdo -decía- no existe y no puede existir, porque yo me encuentro bien con el alma que poseo y no quiero, en absoluto, volver a tener la antigua. La proposición del intercambio no ha salido de mí, sino de él, y es justo que sea él quien sufra las consecuencias del riesgo que ha buscado.

Uno lloraba silenciosamente y no sabía qué contestar. Se arrojó a los pies de Otro, rogó, suplicó, improvisó las más patéticas imploraciones que un hombre pueda dirigir a otro hombre, pero de nada le valió. Otro estaba demasiado apegado a su alma y a su mujer.

Uno salió de la casa del juez todo blanco, descorazonado, humillado; se encerró en un hotel y no salió de casa durante dos meses. Finalmente, una tarde -era en febrero- pensó que un poco de música le haría bien y quiso ir al teatro. Nevaba y Uno no iba bien tapado. A la mañana siguiente no se levantó de la cama, estuvo muy mal durante una semana, lo trasladaron a un hospital y sintió que la muerte se acercaba. Su cuerpo no había podido adaptarse nunca a la nueva alma.

Pero, antes de morir, pensó en la venganza. Recordó que el alma que él deseaba tan ardientemente volver a tener no había sido suya desde el nacimiento. La había obtenido, en cambio, de un pobre poeta, que, una vez librado de su incómodo espíritu, había podido llegar a ser un gran terrateniente. Uno sabía dónde vivía y le escribió una larga carta explicándoselo todo. La carta terminaba así:

 Ahora que ha hecho fortuna, podría permitirse, creo, volver a tomar el alma que me cedió en la juventud. Entonces le impedía ser rico, pero hoy le serviría para gozar más notablemente sus riquezas. Vaya a casa de aquel a quien, en un momento de loca curiosidad, la cedió y no le dé paz hasta que se la devuelva. Usted será feliz, y, además, vengará a este infeliz bienhechor suyo.

Al cabo de dos días éste corrió al hospital, y llegó a tiempo de obtener todas las noticias que le hacían falta para recuperar su alma nativa. Poco después Uno moría, y el propietario -el verdadero propietario- se puso en acción para vengarlo. Fue a ver a Otro y le dijo resueltamente:

-O me devuelve mi alma o se lo cuento todo a su mujer. Para mañana tengo necesidad de una respuesta.

El medio elegido era demasiado brusco. ¿Qué le importaba a Otro tener un cuerpo si el alma se iba, si la mujer no le amaría ya? De todas maneras, perdería lo mejor de sí mismo y de su vida. Y entonces se oyó, en el silencio de la casa campestre, el acostumbrado disparo de arma de fuego que termina tan bien con todas las situaciones embrolladas.

Cuando a la mañana siguiente llegó el propietario para la respuesta, encontró a un cuerpo vivo que sollozaba sobre un cuerpo muerto: el sabio señor vio que no merecía la pena hacer revelaciones.

FIN

Palabras y sangre, 1912

 

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