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Con despecho comprendió que
una treintena de metros más abajo otra muchacha caía.
Era sin dudas más bella que
ella y llevaba un vestido de media tarde con mucha
clase. Quién sabe por qué, la otra descendía a una velocidad muy superior a
la suya, hasta el punto que en pocos instantes la distanció y desapareció allá
abajo, a pesar de los llamados de Marta. Sin duda iba a llegar a la fiesta antes
que ella; tal vez era un plan calculado de antemano para suplantarla.
Luego Marta se dio cuenta
de que ellas dos no eran las únicas que caían. A todo
el largo de los flancos del rascacielos, otras mujeres jóvenes se deslizaban en
el vacío, las caras tensas por la excitación del vuelo, agitando festivamente
las manos como para decir: aquí estamos, aquí venimos, es nuestra hora,
festéjennos, ¿no es verdad que el mundo es nuestro?
FIN |