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DÉCIMA JORNADA
COMIENZA LA DÉCIMA Y ÚLTIMA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL BAJO
EL GOBIERNO DE PÁNFILO, SE DISCURRE SOBRE QUIENES LIBERALMENTE O CON
VERDADERA MAGNIFICENCIA HICIERON ALGO, YA EN ASUNTOS DE AMOR, YA EN
OTROS.
Aún estaban bermejas algunas nubecillas del
occidente, habiendo ya las del oriente, en su extremidad semejantes
al oro, llegado a ser luminosísimas por los solares rayos que,
aproximándoseles, mucho las herían, cuando Pánfilo, levantándose, a
las señoras y a sus compañeros hizo llamar. Y venidos todos, con
ellos habiendo deliberado adónde pudiesen ir para su esparcimiento,
con lento paso se puso a la cabeza, acompañado por Filomena y
Fiameta, y con todos los otros siguiéndole; y hablando de muchas
cosas sobre su futura vida, y diciendo y respondiendo, por largo
tiempo se fueron paseando; y habiendo dado una vuelta bastante
larga, comenzando el sol a calentar ya demasiado, se volvieron a la
villa. Y allí, en torno a la clara fuente, habiendo hecho enjuagar
los vasos, el que quiso bebió algo, y luego entre las placenteras
sombras del jardín, hasta la hora de comer se fueron divirtiendo; y
luego de que hubieron comido y dormido, como solían hacer, cuando al
rey plugo se reunieron, y allí el primer discurso lo ordenó el rey a
Neifile, la cual alegremente comenzó así:
NOVELA PRIMERA
Un caballero sirve al rey de España; le
parece estar mal recompensado, por lo que el rey, con una prueba
evidentísima, le muestra que no es culpa suya, sino de su mala
fortuna, recompensándole luego generosamente .
Como grandísima gracia, honorables señoras,
debo reputar que nuestro rey me haya encargado en primer lugar
hablar sobre la magnificencia, la cual, como el sol es hermosura y
ornamento del cielo, es claridad y luz de cualquier otra virtud.
Contaré, pues, sobre todo una novelita a mi parecer asaz donosa,
cuyo recuerdo (con certeza) no podrá ser sino útil.
Debéis, pues, saber que entre los demás
valerosos caballeros que desde hace mucho tiempo hasta ahora ha
habido en nuestra ciudad, fue uno, y tal vez el mejor, micer Ruggeri
de los Figiovanni ; el cual siendo rico y de gran ánimo, y viendo
que, considerada la cualidad del vivir y de las costumbres de
Toscana, él, quedándose en ella, poco o nada podría demostrar su
valor, tomó el partido de irse un tiempo junto a Alfonso, rey de
España , la fama de cuyo valor sobrepasaba a la de cualquier otro
señor de aquellos tiempos; y muy honradamente equipado de armas y de
caballos y de compañía se fue a él en España y graciosamente fue
recibido por el rey. Allí, pues, viviendo micer Ruggeri y
espléndidamente viviendo y en hechos de armas haciendo maravillosas
cosas, muy pronto se hizo conocer como valeroso. Y habiendo estado
allí ya algún tiempo observando mucho las maneras del rey, le
pareció que éste, ora a uno, ora a otro daba castillos y ciudades y
baronías muy poco discretamente, como dándolas a quien no era digno;
y porque a él, que entre los que lo eran se consideraba, nada le era
dado, juzgó que mucho disminuía aquello su fama; por lo que deliberó
irse de allí y pidió licencia al rey. El rey se la concedió y le dio
una de las mejores mulas que nunca se hubieron cabalgado, y la más
hermosa, la cual, por el largo camino que tenía que hacer, fue muy
estimada por micer Ruggeri. Después de esto, encomendó el rey a un
discreto servidor suyo que, de la manera que mejor le pareciese, se
ingeniase en cabalgar la primera jornada con micer Ruggeri de guisa
que no pareciese mandado por el rey, y todo lo que dijese de él lo
conservara en la memoria de manera que pudiera decírselo luego, y a
la mañana siguiente le mandase que volviera a donde estaba el rey.
El servidor, estando al cuidado, al salir micer Ruggeri de la
ciudad, muy hábilmente se fue acompañándole, diciéndole que venía
hacia Italia. Cabalgando, pues, micer Ruggeri en la mula que le
había dado el rey, y con aquél de una cosa y de otra hablando,
acercándose la hora de tercia, dijo: -Creo que estaría bien que
llevásemos a estercolar a estas bestias. Y, entrando en un establo,
todas menos la mula estercolaron; por lo que, siguiendo adelante,
estando siempre el servidor atento a las palabras del caballero,
llegaron a un río, y abrevando allí a sus bestias, la mula estercoló
en el río. Lo que viendo micer Ruggeri, dijo: -¡Bah!, desdichado te
haga Dios, animal, que eres como el señor que te ha dado a mí. El
servidor se fijó en estas palabras, y como en otras muchas se había
fijado caminando todo el día con él, ninguna otra que no fuese en
suma alabanza del rey le oyó decir, por lo que a la mañana
siguiente, montando a caballo y queriendo cabalgar hacia Toscana, el
servidor le dio la orden del rey, por lo que micer Ruggeri
incontinenti se volvió atrás. Y habiendo ya sabido el rey lo que
había dicho de la mula, haciéndole llamar le preguntó que por qué le
había comparado con su mula, o mejor a la mula con él. Micer
Ruggeri, con abierto gesto le dijo:
-Señor mío, os asemejáis a ella porque, así
como vos hacéis dones a quien no conviene y a quien conviene no los
hacéis, así ella donde convenía no estercoló y donde no convenía,
sí. Entonces dijo el rey:
-Micer Ruggeri, el no haberos hecho dones
como los he hecho a muchos que en comparación de vos nada son, no ha
sucedido porque yo no os haya tenido por valerosísimo caballero y
digno de todo gran don; sino por vuestra fortuna, que no me lo ha
permitido, en lo que ella ha pecado y yo no. Y que digo verdad os lo
mostraré manifiestamente.
A quien Ruggeri repuso:
-Señor mío, yo no me enojo por no haber
recibido dones de vos, porque no los deseaba para ser más rico, sino
porque vos no habéis testimoniado con nada la estima de mi valor,
sin embargo, tengo la vuestra por buena excusa y por honrada, y
estoy dispuesto a ver lo que os plazca, aunque os crea sin ninguna
prueba.
Lo llevó, entonces, el rey a una gran sala
donde, como había ordenado antes, había dos grandes cofres cerrados,
y en presencia de muchos le dijo:
-Micer Ruggeri, en uno de estos cofres está
mi corona, el cetro real y el orbe y muchos buenos cinturones míos,
broches, anillos y otras preciosas joyas que tengo; el otro está
lleno de tierra. Coged uno, pues, y el que cojáis será vuestro y
podréis ver quién ha sido ingrato hacia vuestro valor, si yo o
vuestra fortuna.
Micer Ruggeri, puesto que vio que así
agradaba al rey, cogió uno, el cual mandó el rey que fuese abierto,
y se encontró que estaba lleno de tierra; con lo que el rey,
riéndose, dijo: -Bien podéis ver, micer Ruggeri, que es verdad lo
que os digo de vuestra fortuna; pero en verdad vuestro valor merece
que me oponga a sus fuerzas. Yo sé que no tenéis la intención de
haceros español, y por ello no quiero daros aquí ni castillo ni
ciudad, pero el cofre que la fortuna os quitó, aquél a despecho de
ella quiero que sea vuestro, para que a vuestra tierra podáis
llevároslo y de vuestro valor con el testimonio de mis dones podáis
gloriaros con vuestros conciudadanos.
Micer Ruggeri, cogiéndolo, y dadas al rey
aquellas gracias que a tamaño don correspondían, con él, contento,
se volvió a Toscana.
NOVELA SEGUNDA
Ghino de Tacco apresa al abad de Cluny y le
cura del estómago, y luego lo suelta, el cual, volviendo a la corte
de Roma, lo reconcilia con el papa Bonifacio, y lo hace caballero
Hospitalario.
Alabada había sido ya por todos la
magnificencia del rey Alfonso con el caballero florentino cuando el
rey, a quien mucho había complacido, ordenó a Elisa que siguiese; la
cual, prestamente comenzó: Delicadas señoras, el haber sido un rey
magnífico y el haber usado su magnificencia con quien servido le
había, no puede decirse que no sea loable y gran cosa, ¿pero qué
diríamos si se cuenta que un clérigo ha usado de admirable
magnificencia hacia una persona que si la hubiese tenido por enemiga
no habría sido reprochado por ello? Ciertamente no otra cosa sino
que la del rey fuese virtud y la del clérigo milagro, como sea que
éstos son todos mucho más avaros que las mujeres y de toda
liberalidad enemigos encarnizados; y por mucho que todo hombre
apetezca venganza de las ofensas recibidas, los clérigos, como se
ve, aunque paciencia prediquen y sumamente alaben el perdón de las
ofensas, más fogosamente que los demás hombres recurren a ella. La
cual cosa, es decir, cómo un clérigo fue magnífico, en la historia
que sigue podréis saber claramente.
Ghino de Tacco, por su fiereza y por sus
robos hombre muy famoso, siendo arrojado de Siena y enemigo de los
condes de Santafiore, sublevó Radicófani contra la iglesia de Roma,
y estando allí, a cualquiera que por los alrededores pasaba le hacía
robar por sus mesnaderos. Ahora bien, estando el Papa Bonifacio VIII
en Roma, vino a la corte el abad de Cluny, el cual se cree ser uno
de los más ricos prelados del mundo; y estropeándosele allí el
estómago, le aconsejaron los médicos que fuese a los baños de Siena
y se curaría sin falta; por lo cual, concediéndoselo el Papa, sin
preocuparse de la fama de Ghino, con gran pompa de equipaje y de
carga y de caballos y de servidumbre se puso en camino. Ghino de
Tacco, habiendo sabido su venida, tendió sus redes, y sin perder un
solo mozo de mulas, al abad y a todos sus acompañantes y sus cosas
cercó en un estrecho lugar; y esto hecho, lo mandó al abad, al cual
de su parte muy amablemente le dijo que hiciese el favor de ir a
hospedarse con aquel Ghino al castillo. Lo que oyendo el abad, todo
furioso respondió que no quería hacerlo, como quien no tenía nada
que hacer con Ghino, sino que seguiría su camino y que querría ver
quién se lo iba a vedar. Al cual el embajador, humildemente
hablando, dijo:
-Señor, habéis venido a un lugar donde,
excepto a la fuerza de Dios, nosotros nada tememos y donde las
excomuniones y los interdictos están todos excomulgados; y por ello,
sufrid por las buenas el complacer a Ghino en esto.
Estaba ya, mientras decían estas palabras,
todo el lugar rodeado por bandoleros; por lo que el abad, viéndose
apresado con los suyos, muy desdeñoso, con el embajador tomó el
camino del castillo, y con él toda su compañía y todo su equipaje. Y
habiendo echado pie a tierra, como Ghino quiso, completamente solo
fue llevado a una alcobita de un edificio muy oscura e incómoda, y
todos los demás hombres fueron, según su condición, muy bien
acomodados en el castillo, y los caballos y los equipajes puestos a
salvo sin tocar nada de ellos. Y hecho esto, se fue Ghino al abad y
le dijo: -Señor, Ghino, de quien sois huésped, os manda preguntar
que os plazca decirle adónde ibais y por qué razón.
El abad, que como discreto había depuesto
su altanería, le dijo dónde iba y por qué. Ghino, oído esto, se fue,
y pensó curarlo sin baños; y haciendo que tuviese siempre encendido
en la alcoba un gran fuego, y vigilarla bien, no volvió a verlo
hasta la Mañana siguiente; y entonces, en un mantel blanquísimo le
llevó dos rebanadas de pan tostado y un gran vaso de vino de
Comiglia, del mismo del abad, y dijo así al abad: -Señor, cuando
Ghino era más joven estudió medicina, y dice que aprendió que
ninguna cura es mejor para el mal de estómago que la que él os hará;
de la cual estas cosas que os traigo son el principio, y por ello,
tomadlas y confortaos con ellas.
El abad, que más hambre tenía que ganas de
bromas, aunque lo hiciese malhumorado, se comió el pan y se bebió el
vino, y luego muchas cosas altaneras dijo y preguntó sobre muchas, y
aconsejó muchas, y especialmente pidió ver a Ghino. Ghino,
oyéndolas, algunas las dejó pasar como vanas y a algunas contestó
cortésmente, afirmando que, lo antes que pudiese, Ghino lo
visitaría; y dicho esto, se separó de él, y no volvió antes del día
siguiente, con la misma cantidad de pan tostado y de vino; y así lo
tuvo muchos días, hasta que se dio cuenta de que el abad había
comido unas habas secas que él, a propósito y a escondidas, le había
traído y dejado allí. Por la cual cosa, le preguntó de parte de
Ghino que qué tal le parecía que estaba del estómago; a quien el
abad respondió:
-Me parece que estaría bien si estuviese
fuera de sus manos; y después de esto de nada tengo tanta gana como
de comer, pues tan bien me han curado sus medicinas.
Ghino, pues, habiendo de su equipaje mismo
y a sus criados hecho arreglar una hermosa alcoba, y hecho preparar
un gran convite, al que con muchos hombres del castillo asistió toda
la servidumbre del abad, se fue a verle la mañana siguiente y le
dijo:
-Señor, puesto que os sentís bien, es
tiempo de salir de la enfermería -y cogiéndolo de la mano a la
cámara que le habían arreglado le llevó, y dejándolo en ella con su
gente, fue a vigilar para que el convite fuese magnífico.
El abad, con los suyos un rato se
entretuvo, y cómo había sido su vida les contó, mientras ellos por
el contrario le dijeron que habían sido maravillosamente honrados
por Ghino; pero llegada la hora de comer, el abad y todos los demás
fueron, ordenadamente, servidos con buenos manjares y buenos vinos,
sin que Ghino se diese a conocer al abad todavía. Pero luego de que
el abad unos cuantos días vivió de esta manera, habiendo hecho Ghino
traer a una sala todo su equipaje, y a un patio que estaba debajo de
ella todos sus caballos hasta el más miserable rocín, fue al abad y
le preguntó que qué tal estaba y si se sentía lo bastante fuerte
para cabalgar; a lo que el abad respondió que estaba muy fuerte y
bien curado del estómago, y que estaría bien en cuanto se viese
fuera de las manos de Ghino. Llevó entonces Ghino al abad a la sala
donde estaban su equipaje y todos sus servidores, y haciéndole
asomar a una ventana desde donde podía ver todos sus caballos, dijo:
-Señor abad, debéis saber que el ser noble
y arrojado de su patria y pobre, y el tener muchos y poderosos
enemigos, han conducido a Ghino de Tacco, que soy yo, a ser ladrón
de caminos y enemigo de la Iglesia de Roma para poder defender mi
vida y mi nobleza, y no la maldad de ánimo. Pero porque me parecéis
valeroso señor, después de haberos curado el estómago no entiendo
trataros como lo haría a otros, que, cuando los tuviese en mis manos
como os tengo a vos, me quedaría con la parte de sus cosas que me
pareciese; sino me parece que vos, considerando mi necesidad, me
entreguéis la parte de vuestras cosas que vos mismo queráis. Todas
están aquí ante vos, y vuestros caballos podéis verlos en el patio
desde esta ventana; y por ello, parte o todo, según os plazca,
tomad, y desde ahora en adelante quede el iros o el quedaros a
vuestro arbitrio.
Maravillóse el abad de que un ladrón de
caminos pronunciase palabras tan magnánimas, y placiéndole mucho,
súbitamente desaparecidos su ira y su malhumor, y transformados en
benevolencia, convertido en amigo de Ghino en su corazón corrió a
abrazarlo, diciendo: -Juro ante Dios que por ganar la amistad de un
hombre tal como ahora juzgo que eres, soportaría recibir mucho
mayores ofensas que la que me parece que hasta ahora me has hecho.
¡Maldita sea la fortuna que a tan condenable oficio te obliga!
Y después de esto, habiendo hecho de sus
muchas cosas coger algunas poquísimas y necesarias, y lo mismo de
los caballos, y dejándole todas las otras, se volvió a Roma. Había
sabido el Papa la prisión del abad, y aunque mucho le había dolido,
al verlo le preguntó que cómo le habían sentado los baños; al cual,
sonriendo, repuso el abad: -Santo Padre, antes de llegar a los baños
encontré un valeroso médico que óptimamente me ha curado. Y le contó
el modo, de lo que se rió el Papa; al que el abad, continuando su
conversación y movido por la grandeza de su ánimo, pidió una gracia.
El Papa, creyendo que le pediría otra cosa, liberalmente ofreció
hacer lo que pidiese. Entonces el abad dijo:
-Santo Padre, lo que entiendo pediros es
que otorguéis vuestra gracia a Ghino de Tacco mi médico, porque
entre los demás hombres valerosos y de pro que nunca he conocido, él
es con certeza uno de los mejores, y el mal que hace juzgo que es
mucho más culpa de la fortuna que suya; la cual, si vos, dándole
algo con lo que pueda vivir según su condición, cambiáis, no dudo
que en poco tiempo no os parezca a vos lo que a mí me parece.
El Papa, al oír esto, como quien fue de
gran ánimo y admirador de los hombres valerosos, dijo que lo haría
de buena gana si tan de pro era como decía, y que lo hiciese venir
sin temor. Vino, pues, Ghino, sobre fianza, como plugo al abad, a la
corte; y no había estado mucho junto al Papa cuando le reputó por
valeroso, y dándole su paz, le otorgó un gran priorazgo del
Hospital, habiéndole hecho caballero de éste; el cual, mientras
vivió, lo mantuvo como amigo y servidor de la Santa Iglesia y del
abad de Cluny.
NOVELA TERCERA
Mitrídanes, envidioso de la cortesía de
Natán, yendo a matarlo, sin conocerlo se encuentra con él, e,
informado por él mismo sobre lo que debe hacer, lo encuentra en un
bosquecillo como éste lo había dispuesto; el cual, al reconocerlo,
se avergüenza y se hace amigo suyo .
Cosa semejante a un milagro les parecía, en
verdad, a todos haber escuchado; es decir, que un clérigo hubiese
hecho algo magnífico; pero callando ya la conversación de las
señoras, mandó el rey a Filostrato que continuase; el cual,
prestamente, comenzó:
Nobles señoras, grande fue la magnificencia
del rey de España y acaso mucho más inaudita la del abad de Cluny,
¡pero tal vez no menos maravilloso os parecerá oír que uno, por
liberalidad, a otro que deseaba su sangre y también su espíritu, con
circunspección se dispuso a entregársela! y lo habría hecho si aquél
hubiera querido tomarlo, tal como en una novelita mía pretendo
mostraros. Certísimo es, si se puede dar fe a las palabras de
algunos genoveses y de otros hombres que han estado en aquellas
tierras, que en la parte de Cata, hubo un hombre de linaje noble y
rico sin comparación, llamado por nombre Natán, el cual teniendo una
finca cercana a un camino por el cual casi obligadamente pasaban
todos los que desde Poniente a las partes de Levante o de Levante a
Poniente querían venir, y teniendo el ánimo grande y liberal y
deseoso de ser conocido por sus obras, teniendo allí muchos
maestros, hizo allí en poco espacio de tiempo construir una de las
mayores y más ricas mansiones que nunca fueran vistas, y con todas
las cosas que eran necesarias para recibir y honrar a gente noble la
hizo óptimamente proveer. Y teniendo numerosa y buena servidumbre,
con agrado y con fiestas a quienquiera que iba o venía hacía recibir
y honrar; y tanto perseveró en tal loable costumbre que ya no
solamente en Levante, sino en Poniente se le conocía por su fama. Y
estando ya cargado de años, pero no cansado de ejercitar la
cortesía, sucedió que llegó su fama a los oídos de un joven llamado
Mitrídanes, de una tierra no lejana de la suya, el cual, viéndose no
menos rico que lo era Natán, sintiéndose celoso de su fama y de su
virtud, se propuso o anularla u ofuscarla con mayores liberalidades;
y haciendo construir una mansión semejante a la de Natán, comenzó a
hacer las más desmedidas cortesías que nunca nadie había hecho a
quien iba o venia por allí, y sin duda en poco tiempo muy famoso se
hizo. Ahora bien, sucedió un día que, estando el joven completamente
solo en el patio de su mansión, una mujercita, que había entrado por
una de las puertas de la mansión, le pidió limosna y la obtuvo; y
volviendo a entrar por la segunda puerta hasta él, la recibió de
nuevo, y así sucesivamente hasta la duodécima; y volviendo la
decimotercera vez, dijo Mitrídanes: -Buena mujer, eres muy
insistente en tu pedir -y no dejó, sin embargo, de darle una
limosna. La viejecita, oídas estas palabras, dijo:
-¡Oh liberalidad de Natán, qué maravillosa
eres!, que por treinta y dos puertas que tiene su mansión, como
ésta, entrando y pidiéndole limosna, nunca fui reconocida por él (o
al menos no lo mostró) y siempre la obtuve; y aquí no he venido más
que trece todavía y he sido reconocida y reprendida. Y diciendo
esto, sin más volver, se fue. Mitrídanes, al oír las palabras de la
vieja, como quien lo que escuchaba de la fama de Natán lo
consideraba disminución de la suya, en rabiosa ira encendido comenzó
a decir:
-¡Ay, triste de mí! ¿Cuándo alcanzaré la
liberalidad de las grandes cosas de Natán, que no sólo no lo supero
como busco, sino que en las cosas pequeñísimas no puedo acercármele?
En verdad me canso en vano si no lo quito de la tierra; la cual
cosa, ya que la vejez no se lo lleva, conviene que la haga con mis
propias manos.
Y con este ímpetu se levantó, sin decir a
ninguno su intención y, montando a caballo con pocos acompañantes,
después de tres días llegó a donde vivía Natán; y habiendo a sus
compañeros ordenado que fingiesen no conocerle y que se procurasen
un albergue hasta que recibiesen de él otras órdenes, llegando allí
al caer la tarde y estando solo, no muy lejos de la hermosa mansión
encontró a Natán solo, el cual, sin ningún hábito pomposo, estaba
dándose un paseo; a quien él, no conociéndole, preguntó si podía
decirle dónde vivía Natán. Natán alegremente le repuso:
-Hijo mío, nadie en esta tierra puede
mostrártelo mejor que yo, y por ello, cuando gustes te llevaré allí.
El joven dijo que le agradaría pero que, si podía ser, no quería ser
visto ni conocido de Natán; al cual Natán dijo:
-También esto haré, pues que te place.
Echando, pues, Mitrídanes pie a tierra, con
Natán, que agradabilísima conversación muy pronto trabó con él,
hasta su mansión se fue. Allí hizo Natán a uno de sus criados coger
el caballo del joven, y al oído le ordenó que prestamente arreglase
con todos los de la casa que ninguno le dijera al joven que él era
Natán; y así se hizo. Pero cuando ya en la mansión estuvieron, llevó
a Mitrídanes a una hermosísima cámara donde nadie le veía sino
quienes él había señalado para su servicio; y, haciéndolo honrar
sumamente, él mismo le hacía compañía. Estando con el cual
Mitrídanes, aunque le tuviese la reverencia que a un padre, le
preguntó que quién era; al cual respondió Natán:
-Soy un humilde servidor de Natán, que
desde mi infancia he envejecido con él, y nunca me elevó a otro
estado que al que me ves; por lo cual, aunque todos los demás le
alaben tanto, poco puedo alabarle yo. Estas palabras llevaron
algunas esperanza a Mitrídanes de poder con mejor consejo y con
mayor seguridad llevar a efecto su perverso propósito; al cual,
Natán, muy cortésmente le preguntó quién era y qué asunto le traía
por allí, ofreciéndole su consejo y su ayuda en lo que pudiera.
Mitrídanes tardó un tanto en responder y decidiéndose por fin a
confiarse con él, con largo circunloquio, le pidió su palabra y
luego el consejo y la ayuda; y quién era él y por qué había venido,
y movido por qué sentimiento, enteramente le descubrió. Natán,
oyendo el discurso y feroz propósito de Mitrídanes, mucho se enojó
en su interior, pero sin tardar mucho, con fuerte ánimo e impasible
gesto le respondió: -Mitrídanes, noble fue tu padre y no quieres
desmerecer de él, tan alta empresa habiendo acometido como lo has
hecho, es decir, la de ser liberal con todos; y mucho la envidia que
por la virtud de Natán sientes alabo porque, si de éstas hubiera
muchas, el mundo, que es misérrimo, pronto se haría bueno. La
intención que me has descubierto sin duda permanecerá oculta, para
la cual antes un consejo útil que una gran ayuda puedo ofrecerte: el
cual es éste. Puedes ver desde aquí un bosquecillo al que Natán casi
todas las mañanas va él solo a pasearse durante un buen rato: allí
fácil te será encontrarlo y hacerle lo que quieras; al cual, si
matas, para que puedas sin impedimento a tu casa volver, no por el
camino por el que viniste, sino por el que ves a la izquierda irás
para salir del bosque, porque aunque algo más salvaje sea, está más
cerca de tu casa y por consiguiente, más seguro.
Mitrídanes, recibida la información y
habiéndose despedido Natán de él, ocultamente a sus compañeros (que
también estaban allí adentro) hizo saber dónde debían esperarlo al
día siguiente. Pero luego de que hubo llegado el nuevo día, Natán,
no habiendo cambiado de intención por el consejo dado a Mitrídanes,
ni habiéndolo cambiado en nada, se fue solo al bosquecillo y se
dispuso a morir. Mitrídanes, levantándose y cogiendo su arco y su
espada, que otras armas no tenía, y montado a caballo, se fue al
bosquecillo, y desde lejos vio a Natán solo ir paseándose por él; y
queriendo, antes de atacarlo, verlo y oírlo hablar, corrió hacia él
y, cogiéndolo por el turbante que llevaba en la cabeza, dijo:
-¡Viejo, muerto eres!
Al que nada respondió Natán sino:
-Entonces es que lo he merecido.
Mitrídanes, al oír su voz y mirándole a la
cara, súbitamente reconoció que era aquel que le había benignamente
recibido y fielmente aconsejado; por lo que de repente desapareció
su furor y su ira se convirtió en vergüenza. Con lo que, arrojando
lejos la espada que para herirlo había desenvainado, bajándose del
caballo, corrió llorando a arrojarse a los pies de Natán y dijo:
-Manifiestamente conozco, carísimo padre, vuestra liberalidad,
viendo con cuánta prontitud habéis venido a entregarme vuestro
espíritu, del que, sin ninguna razón, me mostré a vos mismo deseoso;
pero Dios, más preocupado de mi deber que yo mismo, en el punto en
que mayor ha sido la necesidad me ha abierto los Ojos de la
inteligencia, que la mísera envidia me había cerrado; y por ello,
cuanto más pronto habéis sido en complacerme, tanto más conozco que
debo hacer penitencia por mi error: tomad, pues, de mí, la venganza
que estimáis convenientemente para mi pecado. Natán hizo levantar a
Mitrídanes, y tiernamente lo abrazó y lo besó, y le dijo: -Hijo mío,
en tu empresa, quieras llamarla mala o de otra manera, no es
necesario pedir ni otorgar perdón porque no la emprendiste por odio,
sino por poder ser tenido por el mejor. Vive, pues, confiado en mí,
y ten por cierto que no vive ningún otro hombre que te ame tanto
como yo, considerando la grandeza de tu ánimo que no a amasar
dineros, como hacen los miserables, sino a gastar los amasados se ha
entregado; y no te avergüences de haber querido matarme para hacerte
famoso ni creas que yo me maraville de ello. Los sumos emperadores y
los grandísimos reyes no han ampliado sus reinos, y por consiguiente
su fama, sino con el arte de matar no sólo a un hombre como tú
querías hacer, sino a infinitos, e incendiar países y abatir
ciudades; por lo que si tú, por hacerte más famoso, sólo querías
matarme a mí, no hacías nada maravilloso ni extraño, sino muy
acostumbrado.
Mitrídanes, no excusando su perverso deseo
sino alabando la honesta excusa que Natán le encontraba, razonando
llegó a decirle que se maravillaba sobremanera de cómo Natán había
podido disponerse a aquello y a darle la ocasión y el consejo; al
cual dijo Natán: -Mitrídanes, no quiero que ni de mi consejo ni de
mi disposición te maravilles porque desde que soy dueño de mí mismo
y dispuesto a hacer lo mismo que tú has emprendido, ninguno ha
habido que llegase a mi casa que yo no lo contentase en lo que
pudiera en lo que fuese por él pedido. Viniste tú deseoso de mi
vida; por lo que, al oírtela solicitar, para que no fuese el único
que sin obtener lo que habías pedido se fuese de aquí, prestamente
decidí dártela y para que la tuvieses aquel consejo te di que creí
que era bueno para obtener la mía y no perder la tuya; y por ello
todavía te digo y ruego que, si te place, la tomes y te satisfagas
con ella; no sé cómo podría emplearla mejor. Ya la he usado ochenta
años y la he gastado en mis deleites y en mis consuelos; y sé que,
según el curso de la naturaleza, como sucede a los demás hombres y
generalmente a todas las cosas, por poco tiempo ya podrá serme
otorgada; por lo que juzgo que es mucho mejor darla, como siempre he
dado y gastado mis tesoros, que quererla conservar tanto que contra
mi voluntad me sea arrebatada por la naturaleza. Pequeño don es dar
cien años; ¿cuánto menor será dar seis u ocho que me queden por
estar aquí? Tómala, pues, si te agrada, te ruego, porque mientras he
vivido aquí todavía no he encontrado a nadie que la haya deseado y
no sé cuándo pueda encontrar a alguno, si no la tomas tú que la
deseas; y por ello, antes de que disminuya su valor tómala, te lo
ruego. Mitrídanes, avergonzándose profundamente, dijo:
-No quiera Dios que cosa tan preciosa como
es vuestra vida vaya yo a tomarla, quitándola a vos, y ni siquiera
que la desee, como antes hacía; a la cual no ya no disminuiría sus
años, sino que le añadiría de los míos si pudiese.
A quien prestamente Natán dijo:
-Y si puedes, ¿querrías añadírselos? Y me
harías hacer contigo lo que nunca con nadie he hecho, es decir,
coger sus cosas, que nunca a nadie las cogí.
-Sí -dijo súbitamente Mitrídanes.
-Pues -dijo Natán- harás lo que voy a
decirte. Te quedarás, joven como eres, aquí en mi casa y te llamarás
Natán, y yo me iré a la tuya y siempre me haré llamar Mitrídanes.
Entonces Mitrídanes repuso:
-Si yo supiese obrar tan bien como sabéis
vos y habéis sabido, tomaría sin pensarlo demasiado lo que me
ofrecéis; pero porque me parece ser muy cierto que mis obras
disminuirían la fama de Natán y yo no entiendo estropear en otra
persona lo que no sé lograr para mí, no lo tomaré. Estos y muchos
otros amables razonamientos habidos entre Natán y Mitrídanes, cuando
plugo a Natán juntos hacia la mansión volvieron, donde Natán, muchos
días sumamente honró a Mitrídanes y con todo ingenio y sabiduría le
confortó en su alto y grande propósito. Y queriendo Mitrídanes con
su compañía volver a casa, habiéndole Natán muy bien hecho conocer
que nunca en liberalidad podría vencerle, le dio su licencia.
NOVELA CUARTA
Micer Gentile de los Carisendi , llegado de
Módena, saca de la sepultura a una dama amada por él, enterrada por
muerta, la cual, confortada, pare un hijo varón, y micer Gentile a
ella y a su hijo los restituye a Niccoluccio Caccianernici , su
marido .
Maravillosa cosa pareció a todos que
alguien fuese liberal con su propia sangre: y afirmaron que
verdaderamente Natán había sobrepasado la del rey de España y la del
abad de Cluny. Pero después de que durante un rato unas cosas y
otras se dijeron, el rey, mirando a Laureta, le demostró que deseaba
que narrase ella; por la cual cosa, Laureta prestamente comenzó:
Jóvenes señoras, magníficas y bellas han sido las contadas, y no me
parece que se nos haya dejado nada para decir a nosotros por donde
novelando podamos discurrir (tan ocupado está todo por la excelencia
de las magnificencias contadas) si de los asuntos de amor no echamos
mano, los cuales a toda materia de narración ofrecen abundantísima
copia. Y por ello, tanto por esto como porque a ello debe
principalmente inducirnos nuestra edad, me place contaros un gesto
de magnificencia hecho por un enamorado, el cual, todo considerado,
no os parecerá menor por ventura que alguno de los mostrados, si es
verdad aquello de que los tesoros se dan, las enemistades se olvidan
y se pone la propia vida, el honor y la fama, que es mucho más, en
mil peligros por poder poseer la cosa amada. Hubo, pues, en Bolonia,
nobilísima ciudad de Lombardía, un caballero muy digno de
consideración por su virtud y nobleza de sangre, que fue llamado
micer Gentile de los Carisendi. El cual joven, de una noble señora
llamada doña Catalina, mujer de un Niccoluccio Caccianernici, se
enamoró; y porque mal era correspondido por el amor de la señora,
como desesperado y siendo llamado por la ciudad de Módena para ser
allí podestá, allí se fue. En este tiempo, no estando Niccoluccio en
Bolonia, y habiéndose su mujer ido a una posesión suya a unas tres
millas de la ciudad porque estaba grávida, sucedió que le sobrevino
un fiero accidente, de tanta fuerza que apagó en ella toda señal de
vida y por ello aun por algún médico fue juzgada muerta; y porque
sus más próximos parientes decían que habían sabido por ella que no
estaba todavía grávida de tanto tiempo como para que la criatura
pudiese ser perfecta, sin tomarse otro cuidado, tal cual estaba, en
una sepultura de una iglesia vecina, después de mucho llorar, la
sepultaron. La cual cosa, inmediatamente por un amigo suyo le fue
hecha saber a micer Gentile, el cual de ello, aunque de su gracia
hubiese sido indigentísimo, se dolió mucho, diciéndose finalmente:
«He aquí, doña Catalina, que estás muerta; yo, mientras viviste,
nunca pude obtener de ti una sola mirada; por lo que, ahora que no
podrás prohibírmelo, muerta como estás, te quitaré algún beso.» Y
dicho esto, siendo ya de noche, organizando las cosas para que su
ida fuese secreta, montando a caballo con un servidor suyo, sin
detenerse un momento, llegó a donde sepultada estaba la dama; y
abriendo la sepultura, en ella con cuidado y cautela entró, y
echándose a su lado, su rostro acercó al de la señora y muchas veces
derramando muchas lágrimas, la besó. Pero así como vemos que el
apetito de los hombres no está nunca contento con ningún límite,
sino que siempre desea más, y especialmente el de los amantes,
habiendo éste decidido no quedarse allí, se dijo: «¡Bah!, ¿por qué
no le toco, ya que estoy aquí, un poco el pecho? No debo tocarla más
y nunca la he tocado.»
Vencido, pues, por este apetito, le puso la
mano en el seno y teniéndola allí durante algún espacio, le pareció
sentir que en alguna parte le latía el corazón; y, después de que
hubo alejado de sí todo temor, buscando con más atención, encontró
que con seguridad no estaba muerta, aunque poca y débil juzgase su
vida; por lo que, lo más suavemente que pudo, ayudado por su
servidor, la sacó del monumento y poniéndola delante en el caballo,
secretamente la llevó a su casa de Bolonia. Estaba allí su madre,
valerosa y discreta señora, que después que de su hijo hubo
extensamente todo oído, movida a compasión, ocultamente, con
grandísimos fuegos y con algún baño, a aquella le volvió la
desmayada vida. Al volver en sí la cual, dio la señora un gran
suspiro y dijo:
-¡Ay!, ¿pues dónde estoy?
A lo que la valerosa señora respondió:
-Tranquilízate, estás en buen lugar.
Ella, vuelta en sí y mirando alrededor, no
conociendo dónde estaba y viendo delante a micer Gentile, llena de
maravilla a la madre de éste rogó que le dijese de qué guisa había
ella venido aquí, a la cual micer Gentile ordenadamente contó todas
las cosas. De lo que doliéndose ella, después de un poco le dio las
gracias que pudo y luego le rogó, por el amor que le había tenido y
por cortesía suya, en su casa no recibir nada que menoscabase su
honor ni el de su marido, y al llegar el día, que la dejase volver a
su casa propia; a quien micer Gentile repuso:
-Señora, cualquiera que mi deseo haya sido
en tiempos pasados, no entiendo al presente ni nunca en adelante
(puesto que Dios me ha concedido esta gracia que de la muerte a la
vida os ha devuelto a mí, siendo el motivo el amor que en el pasado
os he tenido) trataros ni aquí ni en ninguna otra parte sino como a
una querida hermana. Pero el beneficio que os he hecho esta noche
merece algún galardón; y por ello quiero que no me neguéis una
gracia que voy a pediros.
Al cual la señora benignamente repuso que
estaba dispuesta a ello si es que podía y era honesto. Micer Gentile
dijo entonces:
-Señora, todos vuestros parientes y todos
los boloñeses creen y tienen por cierto que estáis muerta, por lo
que nadie hay que os espere en casa; y por ello quiero pediros como
gracia que queráis quedaros aquí ocultamente con mi madre hasta que
yo vuelva de Módena, que será pronto. Y la razón por la que os lo
pido es porque deseo, en presencia de los mejores ciudadanos de esta
ciudad, hacer de vos un precioso y solemne don a vuestro marido.
La dama, sabiendo que estaba obligada al
caballero y que la petición era honesta, aunque mucho desease
alegrar con su vida a sus parientes, se dispuso a hacer aquello que
micer Gentile pedía, y así lo prometió y dio su palabra. Y apenas
habían terminado las palabras de su respuesta cuando sintió que el
tiempo de dar a luz había llegado; por lo que, tiernamente por la
madre de micer Gentile ayudada, no mucho después parió un hermoso
varón, la cual cosa muy mucho redobló la alegría de micer Gentile y
la suya. Micer Gentile ordenó que las cosas necesarias fuesen
preparadas y que ella fuese atendida como si su propia mujer fuese,
y a Módena secretamente se volvió. Terminado allí el tiempo de su
oficio y teniendo que volver a Bolonia, hizo que, la mañana que
debía entrar en Bolonia, se preparase un gran convite en su casa
para muchos y nobles señores de Bolonia entre los cuales estaba
Niccoluccio Caccianernici; y habiendo vuelto y echado pie a tierra y
encontrándose con ellos, habiendo también encontrado a la señora más
hermosa y más sana que nunca y que su hijo estaba bien, con alegría
incomparable a sus invitados sentó a la mesa y les hizo servir
magníficamente muchos manjares. Y estando ya cerca de su fin la
comida, habiendo él dicho primeramente a la señora lo que intentaba
hacer y arreglado con ella la manera en que debía conducirse, así
comenzó a hablar:
-Señores, me acuerdo de haber oído alguna
vez que en Persia hay una costumbre honrada según mi juicio, la cual
es que cuando alguien quiere honrar sumamente a su amigo lo invita a
su casa y allí le muestra la cosa más preciada que tenga, sea su
mujer, su amiga, o su hija, ¡afirmando que, si pudiese, tal como le
muestra aquello, con mucho más agrado le mostraría su corazón!; la
cual entiendo yo seguir en Bolonia. Vosotros, por vuestra merced,
habéis honrado mi convite y yo quiero honraros a lo persa
mostrándoos la cosa más preciada que tengo en el mundo y que siempre
voy a tener. Pero antes de hacerlo os ruego que me digáis lo que
opináis de una duda que voy a plantearos. Hay una persona que tiene
en casa a un bueno y fiel servidor que enferma gravemente; este tal,
sin esperar a ver el final del siervo enfermo lo hace llevar a mitad
de la calle y no se preocupa más de él; viene un extraño y, movido a
compasión por el enfermo, se lo lleva a su casa y con gran solicitud
y con gastos lo devuelve a su salud primera; querría yo saber ahora
si, teniéndolo y usando de sus servicios, su señor puede en toda
equidad dolerse o quejarse del segundo si, al pedírselo, no quisiera
devolvérselo.
Los gentileshombres, después de varios
razonamientos entre sí y concurriendo todos en la misma opinión, a
Niccoluccio Caccianernici, porque era un conversador bueno y ornado,
encargaron de la respuesta. Éste, alabando primeramente la costumbre
persa, dijo que él con los demás estaba concorde en esta opinión:
que el primer señor ningún derecho tenía ya sobre su servidor puesto
que en semejante caso no solamente lo había abandonado sino arrojado
de sí, y que por los beneficios recibidos del segundo justamente
parecía haber pasado a ser su servidor; por lo que, teniéndolo,
ningún daño, ninguna fuerza, ninguna injuria le hacía al primero.
Los demás hombres que a la mesa estaban, que mucho hombre valeroso
había, dijeron juntos que sostenían lo que había sido contestado por
Niccoluccio. El caballero, contento con tal respuesta y con que
Niccoluccio la hubiese dado, afirmó que él también era de aquella
opinión y luego dijo:
-Tiempo es ahora de que según mi promesa yo
os honre.
Y llamados dos de sus servidores, los envió
a la señora, a quien había hecho vestir y adornar egregiamente, y le
mandó pedir que viniese a alegrar a los hombres nobles con su
presencia. La cual, tomando en brazos a su hermosísimo hijito,
acompañada por dos servidores, vino a la sala y, como plugo al
caballero, junto a uno de los valerosos hombres se sentó; y él dijo:
-Señores, ésta es la cosa más preciada que tengo y que entiendo
tener más que ninguna otra; mirad si os parece que tengo razón.
Los gentileshombres, honrándola y loándola
mucho, y afirmando al caballero que como preciosa debía tenerla,
comenzaron a mirarla; y muchos había allí que le habrían dicho quién
era si por muerta no la hubiesen tenido; pero sobre todo la miraba
Niccoluccio. El cual, habiéndose alejado un poco el caballero, como
quien ardía en deseos de saber quién era ella, no pudiendo
contenerse le preguntó si boloñesa era o forastera. La señora,
oyendo que su marido le preguntaba, con trabajo se contuvo en
responderle, pero para seguir la orden que le habían dado, se calló.
Algún otro le preguntó si era suyo aquel niñito, y alguno si era la
mujer de micer Gentile o de alguna manera pariente suya; a los
cuales no dio ninguna respuesta. Pero llegando micer Gentile, dijo
alguno de sus invitados:
-Señor, hermosa cosa es esta vuestra, pero
parece muda; ¿lo es? -Señores --dijo micer Gentile-, el no haber
ella hablado al presente es no pequeña prueba de su virtud.
-Decidnos, pues, vos -siguió el mismo- quién es.
Dijo el caballero:
-Lo haré de buen grado si me prometéis que
por nada que diga nadie se moverá de su sitio hasta que esté
terminada mi historia.
Habiéndolo prometido todos, y habiendo ya
levantado las mesas, micer Gentile, sentándose junto a la señora,
dijo:
-Señores, esta señora es aquel siervo leal
y fiel sobre el cual os he hecho antes una pregunta; la cual, poco
estimada por los suyos, y como vil y ya no útil arrojada en mitad de
la calle, fue recogida por mí y con mi solicitud y obras arrancada
de las manos de la muerte; y Dios, mirando mi puro afecto, de cuerpo
espantable en tan hermosa la ha hecho volverse. Pero para que
claramente entendáis cómo esto me ha sucedido, brevemente os lo
aclararé.
Y comenzando desde su enamoramiento de
ella, lo que sucedido había hasta entonces distintamente narró, con
gran maravilla de los oyentes, y luego añadió:
-Por las cuales cosas, si mudado no habéis
la opinión de hace un momento ahora, y especialmente Niccoluccio,
esta mujer merecidamente es mía, y nadie puede reclamármela a justo
título. A esto nadie repuso sino que esperaban todos lo que iba a
decir después. Niccoluccio y los demás que allí estaban, y la señora
lloraban de compasión; pero micer Gentile, poniéndose en pie y
tomando en sus brazos al pequeñito y a la señora de la mano y yendo
hacia Niccoluccio dijo: -Vamos, compadre, no te devuelvo a tu mujer,
a quien tus parientes y los tuyos echaron a la calle, sino que
quiero darte a esta señora, mi comadre, con este hijito suyo, el
cual estoy seguro de que fue engendrado por ti y a quien sostuve en
el bautismo y le di por nombre Gentile: y te ruego que porque haya
estado en mi casa cerca de tres meses no te sea menos cara; que te
juro por el Dios que tal vez de ella enamorarme hizo para que mi
amor fuera, como ha sido, la ocasión de su salvación, que nunca ni
con su padre ni con su madre ni contigo más honestamente ha vivido
de lo que lo ha hecho junto a mi madre en mi casa. Y dicho esto, se
volvió a la señora y dijo:
-Señora, ahora ya de todas las promesas que
me habéis hecho os libero y libre os dejo con Niccoluccio. Y
habiendo devuelto a la mujer y al niño a los brazos de Niccoluccio,
volvió a sentarse. Niccoluccio deseosamente recibió a su mujer y a
su hijo, tanto más alegre cuanto más lejos estaba de esperarlos; y
lo mejor que pudo y supo dio las gracias al caballero; y los demás,
que todos de compasión lloraban, de esto le alabaron mucho, y
alabado fue de quien lo oyó. La señora, con maravillosa fiesta fue
recibida en su casa y como resucitada fue mucho tiempo mirada con
admiración por los boloñeses; y micer Gentile siempre amigo vivió de
Niccoluccio y de sus parientes y de los de la señora. ¿Qué, pues,
diréis, aquí, benignas señoras? ¿Estimaréis que haber dado un rey su
cetro y su corona, y un abad sin que nada le costase haber
reconciliado a un malhechor con el Papa, y un viejo poner la
garganta al cuchillo del enemigo, son dignos de igualar la acción de
micer Gentile? El cual, joven y ardiente, y pareciéndole a justo
título tener derecho a aquello que el descuido ajeno había desechado
y él por su buena fortuna había recogido, no sólo templó
honestamente su fuego, sino que liberalmente lo que solía con todos
sus pensamientos tratar de robar, teniéndolo, lo restituyó. Por
cierto que ninguna de las antes contadas me parece asemejarse a
ésta.
NOVELA QUINTA
Doña Dianora pide a micer Ansaldo un jardín
de enero bello como en mayo, micer Ansaldo, comprometiéndose con un
nigromante, se lo da; el marido le concede que haga lo que guste
micer Ansaldo el cual, oída la liberalidad del marido, la libra de
la promesa y el nigromante, sin querer nada de lo suyo, libra de la
suya a micer Ansaldo .
Por todos los de la alegre compañía había
sido ya micer Gentile elevado al cielo con sumas alabanzas cuando el
rey ordenó a Emilia que siguiese; la cual, desenvueltamente, como
deseosa de hablar, así comenzó:
Blandas señoras, nadie dirá con razón que
micer Gentile no obró con magnificencia; pero decir que no se pueda
con más tal vez no demuestre que se puede más: lo que pienso
contaros con una novelita mía. En el Friuli , lugar, aunque frío
alegre con bellas montañas, muchos ríos y claras fuentes, hay una
ciudad llamada Udine en la que vivió una hermosa y noble señora
llamada doña Dianora y mujer de un gran hombre rico llamado
Gilberto, muy amable y de buena índole; y mereció esta señora por su
valor ser sumamente amada por un noble y gran barón que tenía por
nombre micer Ansaldo Gradense, hombre de alta condición y en las
armas y en la cortesía conocido en todas partes. El cual,
ardientemente amándola y haciendo todas las cosas que podía para ser
amado por ella, y a ello con frecuencia solicitándola con sus
embajadas, en vano se cansaba. Y siendo a la señora penosas las
solicitaciones del caballero y viendo que, aunque le negase todo lo
que él pedía, no por ello dejaba él de amarla ni de solicitarla, con
una extraña y a su juicio imposible petición pensó que podría
quitárselo de encima; y a una mujer que a ella venía muchas veces de
parte de él, dijo un día así:
-Buena mujer, tú me has afirmado muchas
veces que micer Ansaldo me ama sobre todas las cosas y maravillosos
dones me has ofrecido de su parte; los cuales quiero que se quede
con ellos porque por ellos nunca a amarle y a complacerle me
llevará. Y si pudiese estar segura de que me ama tanto como decís,
sin falta me dejaría ir a amarle y a hacer lo que él quisiese; y por
ello, si quisiera asegurarme de ello con algo que voy a pedirle,
estaría dispuesta a lo que me ordenase. Dijo la buena mujer:
-¿Qué es, señora, lo que deseáis que haga?
Repuso la señora:
-Lo que deseo es esto: quiero, en el
próximo mes de enero, cerca de esta ciudad, un jardín lleno de
verdes hierbas, de flores y de frondosos árboles, no de otra manera
hecho que si fuese en mayo; lo cual, si no lo hace, ni a ti ni a
nadie envíe más a mí porque, si más me solicitase, tal como yo hasta
ahora lo he tenido oculto a mi marido y a mis parientes, así,
quejándome a ellos me ingeniaría en quitármelo de encima.
El caballero, oída la petición, y la
promesa de su señora, aunque muy difícil cosa y casi imposible de
hacer le pareciese, y conociendo que no por otra cosa le había
pedido la dama aquello, sino para que abandonase toda esperanza, se
propuso, sin embargo, intentar todo aquello que pudiese, y por
muchas partes del mundo anduvo mirando si a alguien encontraba que
ayuda o consejo le diese; y llegó a dar con uno que, si le pagaba
bien, le prometía hacerlo con artes nigrománticas. Con el cual micer
Ansaldo, concertándose por una grandísima cantidad de dinero, alegre
esperó el tiempo que le habían ordenado; y venido el cual, siendo
grandísimos los fríos y todas las cosas llenas de nieve y de hielo,
el valeroso hombre en un hermosísimo prado cercano a la ciudad con
sus artes hizo de tal manera, la noche a la cual seguía el primer
día de enero, que por la mañana apareció, según los que lo veían
testimoniaban, uno de los más hermosos jardines que nunca hubo visto
nadie, con hierbas y con árboles y con frutos de todas clases. El
cual, como micer Ansaldo, contentísimo, hubo visto, haciendo coger
frutos de los más hermosos que había y flores de las más bellas,
ocultamente los hizo llevar a su señora, e invitarla a ver el jardín
por ella pedido para que por él pudiese conocer que la amaba y
recordase la promesa que le había hecho y con juramento sellado, y
como mujer leal procurase luego cumplirla. La señora, vistos las
flores y los frutos, y ya habiendo oído hablar a muchos del
maravilloso jardín, comenzó a arrepentirse de su promesa; pero con
todo su arrepentimiento, como deseosa de ver cosas extrañas, con
muchas otras damas de la ciudad fue a ver el jardín, y no sin
maravilla alabándolo mucho, más triste que mujer alguna volvió a
casa, pensando en aquello a que estaba obligada por ello. Y fue
tanto el dolor que, no pudiéndolo esconder bien dentro de sí, hizo
que, apareciendo fuera, su marido se diese cuenta; y quiso de todas
las maneras que ella le dijese la razón. La señora, por vergüenza,
lo calló largo tiempo; por último, obligada, ordenadamente le
manifestó todo. Gilberto, primeramente, oyendo aquello se enfureció
mucho; luego, considerando la pura intención de la señora, arrojando
fuera de sí la ira, con más discreción, dijo: -Dianora, no es de
prudente ni de honesta mujer escuchar ninguna embajada de las de tal
clase, ni negociar bajo ninguna condición la castidad con nadie. Las
palabras recibidas en el corazón por los oídos tienen mayor fuerza
que muchos juzgan y casi todo les es posible a los amantes. Mal
hiciste, pues, primero al escuchar y luego al hacer un trato; pero
como conozco la pureza de tu intención, para liberarte de los lazos
de la promesa hecha, te concederé lo que tal vez ningún otro haría,
induciéndome a ello también el miedo al nigromante, al cual tal vez
micer Ansaldo, si le burlases, podría pedir nuestro daño. Quiero que
vayas a él y, si de alguna manera puedes, te ingenies en hacer que,
conservando tu honestidad, seas liberada de esta promesa; pero si de
otro modo no pudiera ser, por esta vez, el cuerpo, pero no el ánimo,
concédele. La mujer, oyendo al marido, lloraba y negaba que tal
gracia quisiese de él. A Gilberto, por mucho que su mujer se negase,
plugo que fuese así, por lo que, venida la siguiente mañana, al
salir la aurora, sin demasiado adornarse, con dos de sus servidores
delante y con una camarera detrás, se fue la señora a casa de micer
Ansaldo. El cual, al oír que su señora había venido a verle, se
maravilló fuertemente, y levantándose y haciendo llamar al
nigromante, le dijo:
-Quiero que veas qué gran bien me ha hecho
conseguir tu arte. Y saliendo a su encuentro, sin entregarse a
ningún desordenado apetito con reverencia la recibió honestamente, y
en una hermosa cámara con un gran fuego entraron todos; y haciéndola
sentar, dijo: -Señora, os ruego, si el largo amor que os he tenido
merece algún galardón, que no os moleste decirme la verdadera razón
que a tal hora os ha hecho venir y con tal compañía. La señora,
vergonzosa y casi con las lágrimas en los ojos, repuso: -Señor, ni
amor que os tenga ni palabra dada me traen aquí, sino la orden de mi
marido, el cual, teniendo más respeto a los trabajos de vuestro amor
que a su honra y la mía, me ha hecho venir aquí, y por orden suya
estoy dispuesta por esta vez a hacer lo que os agrade. Micer
Ansaldo, si primero se maravilló, oyendo a la señora mucho más
comenzó a maravillarse, y conmovido por la liberalidad de Gilberto,
su ardor en compasión comenzó a cambiar y dijo: -Señora, no plazca a
Dios, puesto que así es como vos decís, que sea yo quien manche el
honor de quien tiene compasión de mi amor; y por ello, el estar aquí
vos, cuanto os plazca, no será sino como si fueseis mi hermana, y,
cuando sea de vuestro agrado, libremente podéis iros, a condición de
que a vuestro marido, por tanta cortesía como ha sido la suya, deis
las gracias que creáis convenientes, teniéndome a mí siempre en el
porvenir por amigo y por servidor.
La señora, oyendo estas palabras, más
contenta que nunca, dijo: -Nada podía hacerme creer, teniendo en
consideración vuestras costumbres, que otra cosa debiera seguirse de
mi venida sino lo que veo que hacéis; por lo que os estaré siempre
obligada. Y despidiéndose, honrosamente acompañada volvió con
Gilberto y le contó lo que sucedido le había; de lo que se siguió
una estrechísima y leal amistad entre él y micer Ansaldo. El
nigromante, a quien micer Ansaldo se aprestaba a dar la prometida
recompensa, vista la liberalidad de Gilberto para con micer Ansaldo
y la de micer Ansaldo con la señora, dijo:
-No quiera Dios que, después de haber visto
a Gilberto ser liberal con su honra y a vos con vuestro amor, no sea
yo también liberal con mi recompensa; y por ello, sabiendo que os
corresponde a vos, entiendo que sea vuestra.
El caballero se avergonzó y se ingenió todo
lo que pudo en hacérsela tomar toda o en parte; pero luego de
cansarse en vano, habiendo el nigromante hecho desaparecer su jardín
después del tercer día y queriendo irse, le dejó irse con Dios; y
apagado en el corazón el concupiscente amor, por la mujer quedó
encendido en honesto afecto.
¿Qué diremos aquí, amorosas señoras?
¿Antepondremos la casi muerta señora y el amor entibiecido por la
débil esperanza a esta liberal conducta de micer Ansaldo, que más
ardientemente que nunca amaba y de más esperanza encendido que nunca
estaba teniendo en sus manos la presa tan perseguida? Necia cosa me
parecería creer que aquella liberalidad pudiera compararse a ésta.
NOVELA SEXTA
El rey Carlos , ya viejo, victorioso,
enamorado de una jovencita, avergonzándose de su loco amor, a ésta y
a una hermana suya casa honrosamente.
¿Quién podría contar cabalmente los varios
razonamientos que hubo entre las señoras sobre quién había usado de
mayor liberalidad, Gilberto o micer Ansaldo o el nigromante, en
torno a los casos de doña Dianora? Demasiado largo sería. Pero luego
de que el rey hubo concedido que se disputasen un tanto, mirando a
Fiameta, le mandó que novelando los sacase de su discusión; la cual,
sin esperar un momento, comenzó:
Magníficas señoras, yo he sido siempre de
la opinión de que, en las compañías como la nuestra, se debería
hablar tan por extenso que la demasiada oscuridad en el sentido de
las cosas dichas no fuese para los demás materia de discusión: lo
que mucho más es propio de las escuelas, entre los estudiosos, que
entre nosotras, que sólo con la rueca y el huso trabajamos. Y por
ello yo, que tal vez pensaba en alguna cosa dudosa, viendo que por
las ya dichas estáis riñendo, dejaré aquélla y contaré una no de un
hombre de poco pelo sino de un valeroso rey, contando lo que
caballerosamente hizo sin en nada faltar a su honor. Todas vosotras
podéis haber oído recordar muchas veces al rey Carlos el Viejo, o
bien el Primero, por cuya magnífica acción y luego por la gloriosa
victoria lograda sobre el rey Manfredi , fueron de Florencia los
gibelinos arrojados y volvieron allí los güelfos; por la cual cosa,
un caballero llamado micer Neri de los Uberti , con toda su familia
y con muchos dineros saliendo de allí, no quiso humillarse sino bajo
la protección del rey Carlos. Y para estar en un lugar solitario y
terminar allí en reposo su vida, a Castellammare de Stabia se fue; y
allí, como a un tiro de ballesta alejado de las demás habitaciones
de la ciudad, entre olivos y avellanos y castaños, en los que la
comarca es abundante, compró una posesión; sobre la cual hizo una
gran casa hermosa y espaciosa y junto a ella un deleitable jardín,
en medio del cual, a la manera nuestra, teniendo abundancia de agua
corriente, hizo un claro y buen vivero y lo llenó fácilmente con
muchos peces. Y de nada cuidando sino de hacer cada día más hermoso
su jardín, sucedió que el rey Carlos, en época calurosa, fue algún
tiempo a descansar a Castellammare, donde, oyendo la belleza del
jardín de micer Neri, quiso verlo. Y habiendo oído de quién era,
pensó que, porque a un partido contrario al suyo pertenecía el
caballero, más familiarmente con él quería comportarse; y le mandó a
decir que con cuatro acompañantes, privadamente, la noche siguiente
quería cenar con él en su jardín. Lo que fue muy del agrado de micer
Neri, y habiendo preparado magníficamente las mesas y habiendo
arreglado con sus criados lo que debía hacerse, lo más alegremente
que pudo y supo recibió al rey en su hermoso jardín; el cual,
después de que todo el jardín y la casa de micer Neri hubo visto y
alabado, estando las mesas puestas junto al vivero, a una de ellas,
después de haberse lavado, se sentó, y al conde Guido de Monforte ,
que uno de sus acompañantes era, mandó que se sentase a un lado suyo
y a micer Neri al otro, y a los otros tres que con él habían venido
mandó que sirviesen la mesa según el orden establecido por micer
Neri. Vinieron allí las bebidas delicadas y allí estuvieron los
vinos óptimos y preciosos, y la manera de servir muy bella y digna
de alabanza, sin ningún ruido ni ningún error, lo que el rey alabó
mucho. Y estando comiendo él alegremente y disfrutando del lugar
solitario, en el jardín entraron dos jovencitas de edad de unos
quince años cada una, rubias como las hebras del oro y con los
cabellos todos ensortijados y sobre ellos, sueltos, una fina
guirnalda de vincapervinca, y en los rostros antes parecían corderos
que otra cosa, tan delicados y hermosos los tenían; y estaban
vestidas con un vestido de lino sutilísimo y blanco como la nieve
sobre sus carnes, el cual de la cintura para arriba era estrechísimo
y de allí para abajo ancho, a guisa de un pabellón y largo hasta los
pies. Y la que venía delante llevaba sobre los hombros un par de
carriegos que mantenía con la siniestra mano, y en la diestra
llevaba un bastón largo y bajo aquel mismo brazo una brazada de leña
y en la mano unas trébedes y en la otra mano una orza de aceite y un
fuego encendido; las cuales, al verlas el rey, se maravilló y,
suspenso, esperó a ver qué quería decir esto. Las jovencitas,
llegadas más adelante, honestamente y tímidas hicieron una
reverencia al rey; y después, yendo a donde se entraba en el vivero,
la que llevaba la sartén, dejándola en el suelo y las demás cosas
junto a ella, cogió el bastón que la otra llevaba, y las dos en el
vivero, cuya agua les llegaba al pecho, entraron. Uno de los
servidores de micer Neri, prestamente allí encendió el fuego, y
puesta la sartén sobre las trébedes y echando en ella el aceite,
comenzó a esperar a que las jóvenes le echasen los peces. De 1as
cuales, una, buscando en los lugares donde sabía que se escondían
los peces, y la otra preparando los carriegos, con grandísimo placer
del rey que aquello atentamente miraba, en poco espacio de tiempo
cogieron un montón de peces; y arrojándoselos al criado, que casi
vivos los echaba en la sartén, tal como se les había enseñado,
comenzaron a coger los más hermosos y a echarlos encima de la mesa
delante del rey, y del conde Guido y su padre. Estos peces se
escurrían por la mesa, con lo que el rey recibía maravilloso placer;
e igualmente cogiéndolos él, a las jóvenes cortésmente se los
devolvía arrojándoselos, y así un rato estuvieron jugando, hasta que
el criado hubo frito aquellos que le habían dado; los cuales, más
como entremés que como comida muy preciosa o deleitable habiéndolo
ordenado micer Neri, fueron puestos delante del rey. Las jóvenes, al
ver los peces fritos y habiendo bastante pescado, habiéndoseles
completamente el blanco vestido pegado a las carnes y no ocultando
casi nada de sus delicados cuerpos, salieron del vivero; y habiendo
cada una recogido las cosas que habían llevado, pasando vergonzosas
delante del rey, a casa se volvieron. El rey y el conde y los demás
que servían habían mucho observado a estas jovencitas, y mucho
dentro de sí mismos las había estimado cada uno bellas y bien
hechas, y además de ello, amables y corteses; pero sobre todos los
demás habían agradado al rey; el cual, tan atentamente todas las
partes de su cuerpo había considerado cuando salían del agua que a
quien entonces lo hubiese pinchado no lo hubiera sentido. Y mucho
acordándose de ellas, sin saber quiénes eran ni cómo, sintió en el
corazón despertarse un ardentísimo deseo de agradarles, por lo cual
muy bien conoció que iba a enamorarse si no tenía cuidado; y no
sabía él mismo cuál de las dos era la que más le agradaba, tan
semejante en todas las cosas era una a la otra. Pero luego de que un
tanto hubo dado vueltas a este pensamiento, volviéndose a micer Neri
le preguntó quiénes eran las dos damiselas; a quien micer Neri
repuso:
-Monseñor, son mis hijas y nacidas de un
mismo parto, de las cuales una tiene por nombre Ginebra la bella y
la otra Isotta la rubia.
El rey se las alabó mucho, exhortándole a
casarlas; de lo que micer Neri, por no estar ya en posición de
hacerlo, se excusó. Y en esto, no quedando sino las frutas por
servir a la mesa, vinieron las dos jóvenes con dos corpiños de
tafetán bellísimos, con dos grandísimas bandejas de plata en la mano
llenas de frutos variados, según los daba la estación, y los
llevaron ante el rey sobre la mesa. Y hecho esto, retirándose un
poco, comenzaron a cantar una tonada cuya letra comenzaba:
Adónde he
llegado, Amor,
contarse no podría largamente,
con tanta dulzura y tan agradablemente que
al rey, que con deleite miraba y escuchaba, le parecía que todas las
jerarquías de los ángeles habían descendido allí a cantar; y
terminado aquélla, arrodillándose, reverentemente pidieron licencia
al rey, el cual, aunque su partida le doliese, aparentemente con
alegría se la dio. Terminada, pues, la cena, y habiendo vuelto el
rey a montar a caballo con sus compañeros y separándose de micer
Neri, hablando de una cosa y de la otra, al real palacio volvieron.
Allí, teniendo el rey su pasión escondida y no pudiendo olvidar la
hermosura y el agrado de Ginebra la bella por muchas cosas que
sucediesen, por cuyo amor también amaba a su hermana, tan semejante
a ella, tanto se dejó prender en la amorosa trampa que casi no podía
pensar en otra cosa; y fingiendo otros motivos, con micer Neri tenía
una estrecha familiaridad y muy frecuentemente visitaba su hermoso
jardín para ver a Ginebra. Y no pudiendo ya más soportarlo, y
habiéndosele (no sabiendo ver otra manera) venido al pensamiento no
solamente una, sino las dos jovencitas quitarle a su padre,
manifestó su intención y su amor al conde Guido. El cual, que era
valeroso hombre, le dijo:
-Monseñor, me maravilla mucho lo que me
decís, y tanto más de lo que se maravillaría otro cuanto me parece
que desde vuestra infancia hasta estos días he conocido mejor que
nadie vuestras costumbres; y no habiéndome parecido en vuestra
juventud (en la cual Amor más fácilmente debía hincar sus garras)
haberos conocido tal pasión, oyéndoos ahora, que ya estáis cercano a
la vejez, me resulta tan raro y tan extraño que améis vos de amor
que casi me parece un milagro. Y si a mí me correspondiese
reprenderos, sé bien lo que os diría, considerando que estáis
todavía en armas en el reino recientemente conquistado, entre gentes
no conocidas y llenas de engaños y de traición, y todo ocupado con
grandísimos cuidados y de alto gobierno, y aún no habéis podido
sentaros cuando entre tantas cosas habéis hecho lugar al lisonjero
amor. Esto no es propio de rey magnánimo, sino de un pusilánime
jovencito. Y además de esto, lo que es mucho peor, decís que habéis
deliberado quitarle las dos hijas al pobre caballero que en su casa
os ha honrado más allá de lo que podía, y por honraros más os las ha
mostrado casi desnudas, testimoniando con ello cuánta sea la fe que
tiene en vos, y que firmemente cree que vos sois un rey y no un lobo
rapaz. Pues ¿se os ha ido tan pronto de la memoria que la violencia
hecha a las mujeres por Manfredi os ha abierto las puertas de este
reino? ¿Qué traición se ha cometido nunca más digna del eterno
suplicio que sería ésta: que a aquel que os honra le quitéis su
honor, su bien, su esperanza y su consuelo? ¿Qué se diría si lo
hicieseis? Tal vez juzgáis que suficiente excusa sería decir: «Lo
hice porque es gibelino». Pues ¿es esto propio de la justicia de un
rey, que a quienes en sus brazos se echan de esta forma los trate de
tal guisa, sean quienes fueren? Os recuerdo, rey, que grandísima
gloria os ha sido vencer a Manfredi y derrotar a Curradino, pero
mucho mayor es vencerse a sí mismo; y por ello vos, que debéis
corregir a los otros, venceos a vos mismo y refrenad ese apetito, y
no queráis con tal mancha destruir lo que gloriosamente habéis
conquistado. Estas palabras hirieron amargamente el ánimo del rey, y
tanto más le afligieron cuanto más verdaderas las sabía; por lo que,
después de algún cálido suspiro, dijo: -Conde, por cierto que a
cualquiera otro enemigo, por muy fuerte que sea, juzgo que le sea al
bien enseñado guerrero débil y fácil de vencer con relación a su
mismo apetito; pero por muy grande que sea el deseo y necesite
fuerzas inestimables, tanto me han espoleado vuestras palabras que
conviene que, antes de que pasen demasiados días, os haga ver con
obras que, como sé vencer a otros, sé someterme a mí mismo
igualmente.
Y no muchos días después de que tuvieron
lugar estas palabras, vuelve el rey a Nápoles, tanto por quitarse a
sí mismo la ocasión de hacer alguna cosa vil como por premiar al
caballero del honor recibido de él, por muy duro que le fuese hacer
a otro poseedor de lo que sumamente deseaba para él mismo, no se
dispuso menos a casar a las dos jóvenes, y no como a hijas de micer
Neri, sino como a suyas. Y con placer de micer Neri, dotándolas
magníficamente, a Ginebra la bella dio a micer Maffeo de Palizzi, y
a Isotta la rubia a micer Guiglielmo de la Magna, nobles caballeros
y grandes barones ambos; y asignándoselas a ellos, con dolor
inestimable se fue a Apulia, y con fatigas continuas tanto maceró a
su ciego apetito que, despedazadas y rotas las amorosas cadenas, por
todo lo que vivir debía libre quedó de tal pasión. Habrá tal vez
quienes digan que pequeña cosa es para un rey haber casado a dos
jovencitas, y lo concederé; pero que muy grande y grandísima es
diré, si decimos que un rey enamorado lo haya hecho, casando a
aquella a quien amaba sin haber tomado o cogido de su amor fronda, o
flor, o fruto. Así pues, obró el magnífico rey premiando altamente
al noble caballero, honrando loablemente a las amadas jovencitas y
venciéndose a sí mismo duramente.
NOVELA SÉPTIMA
El rey Pedro , oyendo el ardiente amor que
le tiene la enferma Lisa, la consuela y luego la casa con un joven
noble,, y besándola en la frente dice que será siempre su caballero
.
Llegado había Fiameta al fin de su novela y
muy alabada había sido la viril magnificencia del rey Carlos, por
más que alguna de las que allí estaban, que era gibelina, no
quisiese alabarlo, cuando Pampínea, habiéndoselo ordenado el rey,
comenzó:
Nadie que sea discreto, conspicuas señoras,
habría que no dijera lo que decís vosotras del buen rey Carlos, sino
quien por otro motivo le quiera mal. Pero como por la memoria me
está rondando una cosa tal vez no menos loable que fue hecha por un
adversario suyo a una joven de nuestra Florencia, me place
contárosla:
En el tiempo en que los franceses fueron
arrojados de Sicilia , había en Palermo un boticario florentino
llamado Bernardo Puccini, hombre riquísimo que de su mujer tenía
solo una hijita hermosísima y ya en edad de casarse. Y habiendo
llegado a ser señor de la isla el rey Pedro de Aragón, celebraba en
Palermo una maravillosa fiesta con sus barones; en la cual fiesta,
estando justando él a la catalana, sucedió que la hija de Bernardo,
cuyo nombre era Lisa, desde una ventana donde estaba con otras damas
lo vio mientras corría, y tan maravillosamente le agradó que
mirándolo luego una vez y otra se enamoró de él ardientemente. Y
terminada la fiesta y estando ella en casa de su padre, en ninguna
otra cosa podía pensar sino en este su magnífico y alto amor; y lo
que en este asunto le dolía era el conocimiento de su ínfima
condición que apenas le dejaba tener ninguna esperanza de un final
feliz; pero no obstante no quería apartarse de amar al rey y por
miedo de un mayor mal no se atrevía a manifestarlo. El rey de esto
no se había dado cuenta ni se preocupaba, de lo que ella, más allá
de lo que pudiera juzgarse, sentía intolerable dolor; por la cual
cosa sucedió que, creciendo en ella continuamente amor, y sumándose
una tristeza a la otra, la hermosa joven, no pudiendo más, enfermó
y, evidentemente de día en día, como la nieve al sol se consumía. Su
padre y su madre, doloridos de esta enfermedad, con consuelos
continuos y con médicos y con medicinas en lo que era posible le
ayudaban; pero de nada servía porque ella, como desesperada de su
amor, había elegido no seguir viviendo. Ahora bien, sucedió que,
ofreciéndole su padre darle todo lo que quisiera, le vino al
pensamiento que si convenientemente pudiese, querría hacer saber al
rey su amor y su decisión antes de morir: y por ello, un día le rogó
que hiciera venir a Minuccio de Arezzo . Era en aquellos tiempos
Minuccio tenido por un finísimo cantor y músico y con agrado era
recibido por el rey Pedro, al cual avisó Bernardo de que Lisa
querría oírle tocar y cantar un rato; por lo que, haciéndoselo
decir, él, que era hombre amable, incontinenti vino a donde ella; y
luego de que un tanto con tiernas palabras la hubo consolado, con
una viola dulcemente tocó alguna estampida y cantó luego algunas
canciones que para el amor de la joven eran fuego y llama, cuando él
lo que creía era consolarla. Después de esto, dijo la joven que
quería hablar con él solo unas palabras; por lo que, yéndose todos
los demás, le dijo ella:
-Minuccio, te he elegido a ti para
fidelísimo guardián de un secreto mío, esperando primeramente que a
nadie sino a quien yo te diga debas manifestarlo nunca, y luego, que
en lo que puedas me ayudes: y esto te ruego. Debes, pues, saber,
Minuccio mío, que el día que nuestro señor el rey Pedro celebró su
gran fiesta de subida al trono, me sucedió verlo, mientras estaba
justando, en tan fuerte momento, que por su amor se me encendió en
el alma un fuego tal que a la situación me ha traído en que me ves;
y conociendo yo cuán mal conviene mi amor a un rey, y no pudiendo no
ya arrojarlo de mí, sino disminuirlo, y siéndome sobremanera duro de
soportar, he elegido como menor aflicción, morir; y así lo haré. Y
es verdad que grandemente me iría consolada si lo supiera él
primero; y no sabiendo por quién poderle hacer saber esta
disposición mía más apropiadamente que por ti, quiero a ti
encomendarla y te ruego que no te rehúses a hacerlo; y cuando lo
hayas hecho, házmelo saber para que yo, muriendo consolada, me
desenlace de estas penas. Y dicho esto, llorando, calló. Maravillóse
Minuccio de la grandeza del ánimo de ella y de su duro propósito, y
mucho se compadeció de ella; y súbitamente le vino al ánimo cómo
honestamente podría ayudarla, y le dijo:
-Lisa, te doy mi palabra, por la que está
segura de que nunca serás engañada; y además, alabándote por tan
alto empeño como es haber puesto el ánimo en tan gran rey, te
ofrezco mi ayuda, con la que espero que, si quieres consolarte,
obraré de tal manera que antes de que pase el tercer día creo que
podré traerte noticias que sumamente queridas te serán; y para no
perder tiempo, me voy a darle principio. Lisa, por ello de nuevo
rogándole mucho y prometiéndole animarse, le dijo que se fuese con
Dios. Minuccio, yéndose, fue a buscar a un tal Mico de Siena, muy
buen decidor en rima en aquellos tiempos, y con ruegos le obligó a
hacer la cancioncita que sigue:
- Muévete, Amor, y vete a mi señor
- y cuéntale las penas que sostengo,
- dile que a muerte vengo
- por celar mi deseo por temor.
- Piedad, Amor: de rodillas te llamo,
- ve y busca a mi señor en donde mora,
- dile que mucho le deseo y amo
- pues dulcemente el alma me enamora,
- y por el fuego ardiente en que me inflamo
- temo morir, y no veo la hora
- en que me aleje de pena tan dura
- como padezco su amor deseando,
- temiendo y vacilando
- ¡Por Dios, haz que conozca mi dolor!
- Desde que de él estoy enamorada,
- no me has dejado, Amor, atrevimiento:
- siempre estoy asustada
- sin poderle mostrar mi sentimiento
- a quien me tiene tan apasionada
- y, muriendo, morir es mi tormento;
- tal vez no le daría descontento
- conocer el dolor del alma mía
- si tuviera osadía
- para manifestarle este mi ardor.
- Y pues que no te fue agradable, Amor,
- el concederme tanta confianza
- que pudiese decir a mi señor
- ¡ay de mí! por mensaje o en semblanza
- el sentimiento que me da calor,
- vete ante él y ante su remembranza
- trae aquel día en que a escudo y a lanza
- con otros caballeros vi justar
- indúcelo a mirar
- cómo perezco por su dulce amor.
Las cuales palabras, Minuccio entonó
prestamente con un son suave y piadoso, como su materia requería, y
el tercer día se fue a la corte, cuando estaba el rey Pedro todavía
comiendo; por el cual le fue dicho que cantase algo con su viola.
Con lo que él comenzó, tan dulcemente tocando, a cantar esta canción
que cuantos en la real sala estaban parecían bajo un sortilegio, de
tan callados y suspensos escuchando como estaban todos, y el rey
casi más que los otros. Y habiendo Minuccio terminado su canto, el
rey le preguntó de dónde procedía, que no le parecía haberlo oído
nunca. -Monseñor -repuso Minuccio-, no hace aún tres días que se
compusieron las palabras y la música. El cual, habiéndole el rey
preguntado que por quién, repuso: -No me atrevo a descubrirlo sino a
vos.
El rey, deseoso de oírlo, levantadas las
mesas, le hizo entrar a él solo en su cámara, donde Minuccio
ordenadamente le contó todo lo oído; lo que el rey celebró mucho y
mucho alabó a la joven y dijo que de joven tan valerosa había que
tener compasión, y por ello que fuese de su parte a ella y la
confortase, y le dijera que sin falta aquel día al atardecer vendría
a visitarla. Minuccio, contentísimo de llevar tan placenteras nuevas
a la joven, sin dilación con su viola se fue y, hablando con ella
sola, todo lo que había pasado le contó, y luego cantó la canción
con su viola. De esto se puso la joven tan alegre y tan contenta que
claramente y sin tardanza aparecieron señales grandísimas de su
mejoría; y con deseo, sin saber ni presumir ninguno de la casa qué
fuese aquello, se puso a esperar el atardecer en que su señor debía
venir. El rey, que liberal y benigno señor era, habiendo luego
pensado muchas veces en las cosas oídas a Minuccio y conociendo
óptimamente a la joven y su hermosura, se compadeció más de lo que
estaba y al llegar la caída de la tarde montando a caballo,
aparentando ir de paseo, llegó donde estaba la casa del boticario; y
allí, haciendo pedir que le abriesen un bellísimo jardín que el
boticario tenía, allí bajó de su caballo, y luego de un tanto
preguntó a Bernardo que qué era de su hija, si la había casado ya.
Repuso Bernardo:
-Señor, no está casada sino que ha estado y
aún está muy enferma; aunque es verdad que desde nona para acá se ha
mejorado maravillosamente.
El rey comprendió prestamente lo que
aquella mejoría quería decir y dijo: -A fe que desgracia sería que
fuese quitada al mundo tan hermosa cosa; queremos ir a visitarla. Y
con dos de sus compañeros solamente y con Bernardo en la alcoba de
ella poco después entró, y en cuanto estuvo dentro se acercó a la
cama donde la joven, algo incorporada en ella, le esperaba deseosa,
y le cogió una mano, diciéndole:
-Señora, ¿qué quiere decir esto? Sois joven
y debéis confortar a los otros, ¿y os dejáis enfermar? Queremos
rogaros que os plazca por nuestro amor consolaros de manera que
estéis pronto curada. La joven, sintiéndose coger las manos por
aquel a quien sobre todas las cosas amaba, aunque un tanto se
avergonzase, sentía tan gran placer en el ánimo como si hubiera
estado en el paraíso, y como pudo le respondió:
-Señor mío, el querer poner mis pocas
fuerzas sobre gravísimos pesos ha sido la razón de esta enfermedad,
de la cual vos, por vuestra gracia, pronto libre me veréis. Sólo el
rey entendía el encubierto hablar de la joven y a cada momento la
reputaba de más valor, y muchas veces maldijo en su interior a la
fortuna que de tal hombre la había hecho hija; y luego de que un
tanto hubo estado con ella y confortándola más todavía, se fue. Este
rasgo de humanidad del rey fue muy alabado y en gran honor tenido
para el boticario y su hija; la cual, tan contenta se quedó como
cualquiera otra mujer lo estuvo alguna vez de su amante; y por una
mejor esperanza ayudada, curada en pocos días, más hermosa se puso
de lo que lo había sido nunca. Pero luego de que estuvo curada,
habiendo el rey con la reina discurrido qué recompensa a tal amor
quería darle, montando un día a caballo, con muchos de sus barones
se fue a casa del boticario, y entrando en el jardín hizo llamar al
boticario y a su hija; y en esto llegando la reina con muchas damas,
y recibiendo a la joven entre ellas, comenzaron una maravillosa
fiesta. Y luego de algún tanto, el rey y la reina llamando a Lisa,
le dijo al rey: -Valerosa joven, el gran amor que me habéis tenido
os ha alcanzado de nos gran honor, del que queremos que por amor a
nos estéis contenta; y el honor es éste: que, como sea que estáis en
edad de casaros queremos que toméis por marido al que os vamos a
dar, entendiendo siempre, no obstante esto, llamarme vuestro
caballero, sin querer de tanto amor tomar de vos sino un solo beso.
La joven, que de vergüenza tenía la faz bermeja, haciendo suyo el
gusto del rey, en voz baja respondió así:
-Señor mío, estoy muy cierta de que si se
supiera que me he enamorado de vos, las más de las gentes me
reputarían loca, creyendo tal vez que a mí misma me hubiese olvidado
y que mi condición (y además de ella la vuestra) no conozco; pero
como Dios sabe, que sólo el corazón de los mortales ve y conoce, en
el momento que primero me gustasteis conocí que erais rey y yo la
hija de Bernardo el boticario, y mal convenirme a mí a tan alto
lugar dirigir el ardor de mi ánimo. Pero tal como vos mejor que yo
conocéis, nadie se enamora por meditada elección sino según el
apetito y el gusto; ley a la cual muchas veces se opusieron mis
fuerzas; y no pudiendo más, os amé y os amo y os amaré siempre. Es
verdad que, al sentirme prender por vuestro amor, me dispuse por
completo a hacer siempre de vuestro deseo el mío y por ello no el
hacer esto de tomar de buen grado marido y tener en estima a quien
os plazca darme (que sea mi honor y estado), sino que si me dijeseis
que me quedase en el fuego, si creía que os agradaba, me daría
placer. Teneros a vos, rey, por caballero, sabéis que me conviene y
por ello más a esto no respondo; y no os será concedido el beso que
queréis de mi amor sin licencia de mi señora la reina. Y de tanta
benignidad hacia mí cuanta es la vuestra y de mi señora la reina que
está aquí, Dios os conceda por mí las gracias y el premio que yo no
puedo dar.
Y aquí calló. A la reina plugo mucho la
respuesta de la joven y le pareció tan discreta como le había dicho
el rey. El rey hizo llamar al padre de la joven y a la madre y,
sintiéndose contentos de lo que hacer se proponía, hizo llamar a un
joven, que era hombre noble aunque pobre, que tenía por nombre
Perdicone, y poniéndole unos anillos en la mano, a él que no
rehusaba hacerlo, hizo casarse con Lisa; a los cuales incontinenti
el rey, además de muchas joyas preciosas que él y la reina a la
joven dieron, les dio Cefalú y Caltabellotta, dos buenísimos feudos
y de gran fruto, diciendo: -Éstas te las damos como dote de la dama;
lo que queremos hacerte a ti lo verás en el tiempo por venir. Y
dicho esto, volviéndose a la joven, dijo:
-Ahora queremos tomar aquel fruto que de
vuestro amor debemos tener -y cogiéndole la cabeza con las dos
manos, la besó en la frente. Perdicone y el padre y la madre de
Lisa, y ella también, contentos hicieron grandísima fiesta y alegres
bodas: y según lo que muchos afirman, muy bien cumplió el rey lo
convenido con la joven, porque mientras vivió se llamó siempre
caballero suyo y nunca fue a ningún hecho de armas llevando otra
enseña sino la que por la joven le fuese mandada. Así pues, obrando
se conquistan las almas de los súbditos, se da a otros ejemplos de
bien obrar y se conquistan las famas eternas; a la cual cosa hoy
pocos o ninguno ha tendido el arco del intelecto, habiéndose
convertido en tiranos y en crueles la mayoría de los señores.
NOVELA OCTAVA
Sofronia, creyendo ser la mujer de Gisippo,
lo es de Tito Quinto Fulvio y con él se va a Roma; adonde Gisippo
llega en pobre estado, y creyendo ser despreciado por Tito, afirma,
para morir, que ha matado a un hombre, Tito, reconociéndolo, dice,
para salvarlo, que lo ha matado él, lo cual, viéndolo quien lo había
hecho, se culpa a sí mismo; por la cual cosa son todos puestos en
libertad por Octavio, y Tito a Gisippo da a su hermana por mujer y
reparte con él todos sus bienes .
Filomena, por mandato del rey, habiéndose
callado Pampínea y habiendo ya todas ellas alabado al rey Pedro, y
más gibelina que las otras, comenzó:
Magníficas señoras, ¿quién no sabe que los
reyes pueden, cuando quieren, hacer las más altas cosas y que además
a ellos les cumple especialísimamente ser magníficos? Quien, por
consiguiente, hace lo que debe hacer, hace bien; pero no hay que
maravillarse tanto ni alzarlo tan alto con alabanzas sumas como
convendría a otro que lo hiciese, de quien, por tener menos posibles
menos se esperase. Y por ello, si con tantas palabras las obras del
rey exaltáis y os parecen buenas, no dudo que mucho más deban
agradaros y ser alabadas por vos las de nuestros iguales cuando son
semejantes a las del rey o mejores; por lo que una admirable obra y
magnífica hecha por dos ciudadanos amigos me he propuesto contaros
en una historia. Así pues, en el tiempo en que Octavio César, no
todavía como Augusto, sino desde el puesto llamado triunvirato,
regía el imperio de Roma, hubo en Roma un hombre noble llamado
Publio Quinto Fulvio el cual, teniendo un hijo llamado Tito Quinto
Fulvio, de maravilloso ingenio, lo mandó a Atenas a aprender
filosofía, y cuanto más pudo lo recomendó a un hombre noble de la
ciudad llamado Cremetes, el cual era muy viejo amigo suyo. Por el
cual Tito, en su propia casa fue alojado en compañía de un hijo suyo
llamado Gisippo; y bajo la enseñanza de un filósofo llamado
Aristippo, tanto Tito como Gisippo fueron por igual puestos a
estudiar por Cremetes. Y frecuentándose mucho los dos jóvenes, tanto
llegaron a ser semejantes sus costumbres que una fraternidad y una
amistad tan grande nació entre ellos que nunca luego fue destruida
sino por la muerte; y ninguno de ellos gozaba de bien ni de reposo
sino cuando estaban juntos. Habían comenzado los estudios e
igualmente los dos con altísimo ingenio dotados, subían a la
gloriosa altura de la filosofía con iguales pasos y con maravillosa
alabanza; y en tal vida (con grandísimo placer de Cremetes, que casi
no consideraba más hijo suyo al uno que al otro) perseveraron al
menos tres años. Al final de los cuales, como con todas las cosas
sucede, sucedió que Cremetes, ya viejo, cerró los ojos a esta vida,
de lo que un igual dolor, así como por común padre, sintieron, y ni
los amigos ni los parientes de Cremetes discernían cuál de los dos
habría de ser más consolado por el sucedido caso. Sucedió, después
de unos cuantos meses, que los amigos de Gisippo y los parientes
fueron a estar con él y junto con Tito le animaron a tomar mujer, y
le encontraron una joven de maravillosa hermosura y de nobilísimos
parientes descendiente y ciudadana de Atenas, cuyo nombre era
Sofronia, de edad de unos quince años. Y acercándose el momento de
las futuras bodas, Gisippo rogó a Tito un día que fuese con él a
verla, que todavía no la había visto; y llegados a casa de ella, y
estando ella entre ambos, Tito, como apreciador de la hermosura de
la novia de su amigo comenzó a mirarla atentísimamente, y todas sus
partes desmedidamente agradándole, mientras las ponderaba sumamente
para sí, tan profundamente, sin darlo a entender, se inflamó por
ella, cuanto ningún amante de mujer se ha inflamado nunca. Pero
luego que con ella hubieron estado, despidiéndose, a casa se
volvieron. Allí Tito, entrando solo en su alcoba, en la joven que le
había placido comenzó a pensar, tanto más inflamándose cuanto más se
paraba en su pensamiento; de lo que, dándose cuenta, luego de muchos
cálidos suspiros, comenzó a decirse: -¡Ay! ¡Miserable vida tuya,
Tito! ¿Dónde es donde pones tu ánimo y tu amor y tu esperanza? ¿Pues
no conoces, tanto por los honores recibidos de Cremetes y su familia
como por la verdadera amistad que hay entre tú y Gisippo, de quien
ésta es esposa, que a esta joven te conviene tener la reverencia que
a una hermana? ¿Cómo la amas? ¿Dónde te dejas llevar por el engañoso
amor?, ¿dónde por la lisonjera esperanza? Abre los ojos del
intelecto y conócete, mísero, a ti mismo; deja paso a la razón,
refrena el apetito concupiscente, templa los deseos no sanos y
endereza a otra parte tus pensamientos; haz frente en este comienzo
a tu lujuria, y véncete a ti mismo mientras es todavía tiempo. Lo
que quieres no es conveniente, no es honesto; lo que a seguir te
dispones, aun si fuese seguro que lo alcanzases, que no es, deberías
huirlo si mirases aquello que la verdadera amistad te pide. ¿Qué
harás, pues, Tito? Abandonarás el indebido amor, si quieres hacer lo
que es debido.
Y luego, acordándose de Sofronia, volviendo
atrás, todo lo dicho lo condenaba, diciendo: -Las leyes de Amor son
de mayor poder que ninguna otra; rompen no solamente las de la
amistad sino las divinas. ¿Cuántas veces ha amado el padre a su
hija, el hermano a la hermana, la madrina al ahijado? Cosas más
monstruosas que un amigo ame a la mujer del otro han sucedido mil
veces. Además de esto, yo soy joven, y la juventud toda está
sometida a las amorosas leyes; aquello, pues, que place a amor, a mí
debe placerme. Las cosas son propias de los más viejos; yo no puedo
querer sino lo que amor quiere. La hermosura de ella merece ser
amada por todos; y si yo la amo, que soy joven, ¿quién podrá
reprenderme con razón? No la amo porque sea de Gisippo, la amo tanto
como la amaría fuera de quien fuese; peca aquí la fortuna que la ha
concedido a mi amigo Gisippo en lugar de a otro. Y si debe ser amada
por su hermosura (como debe) merecidamente, más contento debe estar
Gisippo, al saberlo, de que la ame yo que otro.
Y desde este razonamiento, burlándose a sí
mismo, volviendo al contrario, y de éste a aquél y de aquél a éste,
no solamente aquel día y la noche siguiente consumió, sino muchos
otros, hasta el punto de que, perdidos el alimento y el sueño, por
debilidad tuvo que acostarse. Gisippo, que muchos días lo había
visto sumido en sus pensamientos y ahora lo veía enfermo, mucho se
dolía, y con todo arte y solicitud, sin separarse nunca de él, se
esforzaba en consolarlo, con frecuencia y con muchas instancias
preguntándole la razón de sus pensamientos y de la enfermedad. Pero
habiéndole muchas veces Tito respondido con mentiras y habiéndose
dado cuenta Gisippo, sintiéndose, sin embargo, Tito obligado, con
llantos y con suspiros le repuso de tal guisa:
-Gisippo, si a los dioses hubiera placido,
a mí me sería mucho más grata la muerte que seguir viviendo,
pensando que la fortuna me ha conducido a un lugar en que me ha
convenido probar mi virtud, y con grandísima vergüenza mía la
encuentro vencida; pero por cierto que espero pronto la recompensa
que merezco, es decir, la muerte, que me es más cara que vivir con
el recuerdo de mi vileza; la cual, puesto que a ti no puedo ni debo
ocultarte nada, con gran rubor te manifestaré. Y comenzando desde el
principio, la razón de sus pensamientos y la batalla de éstos, y por
último de quién era la victoria y que se moría por amor de Sofronia,
le descubrió, afirmando que, conociendo cuánto le convenía a él
aquello, como penitencia se había impuesto el morir, lo que pronto
creía que conseguiría. Gisippo, al oír esto y ver su llanto, un
tanto al principio reflexionó, como quien de la belleza de la joven
sucediese que más tibiamente estuviera prendado; pero sin tardanza
deliberó que la vida de su amigo debía serle más querida que
Sofronia y así, por las lágrimas de él invitado a llorar, le
contestó llorando: -Tito, si no estuvieses tan necesitado de
consuelo como lo estás, me quejaría a ti de ti mismo como de quien
ha violado nuestra amistad teniéndome tan largamente escondida tu
gravísima pasión. Y aunque no pareciese honesta, no hay por ello que
celar al amigo las cosas deshonestas sino como las honestas, porque
quien es amigo, así como en las honestas cosas se alegra con el
amigo, así en las no honestas se esfuerza por apartar de ellas el
ánimo del amigo. Pero absteniéndome al presente, vendré a lo que veo
que más necesitas. Si ardientemente amas a Sofronia, conmigo
desposada, no me maravillo, sino que me maravillaría si no fuese
así, conociendo su hermosura y la nobleza de tu ánimo, tanto más
apta a sostener la pasión cuanto más excelencia tenga la cosa que
plazca. Y cuanto justamente amas a Sofronia, tanto te quejas
injustamente de la fortuna, aunque así no lo expreses, que a mí me
la ha concedido, pareciéndote que amarla tú sería honesto si hubiese
sido de otro que no fuera yo. Pero si eres discreto como sueles, ¿a
quién podía concederla la fortuna, de quien mayores gracias pudieras
darle, si no me la hubiera concedido a mí? Cualquiera otro que la
hubiese tenido por muy honesto que hubiera sido tu amor, la habría
amado a ella más que a ti, lo que de mí, si por tan amigo me tienes
como soy, no debes esperar y la razón es ésta: que no me acuerdo,
desde que somos amigos, de que yo tuviese nada que no fuese tan tuyo
como mío; lo que, si tan lejos hubiera ido las cosas que no pudiese
ser de otra manera, así haría con ésta como con las otras; pero
todavía estamos en tales términos que puedo hacer que sea solamente
tuya, y eso haré, porque no sé cómo mi amistad podría serte preciada
si en una cosa que puede hacerse honestamente, no supiera de tu
voluntad hacer la mía. Es verdad que Sofronia es mi esposa y que la
amaba mucho y con gran alegría esperaba las bodas con ella; pero
como tú, como de mayor entendimiento que yo, con más ardor deseas
tan preciada cosa como es ella, vive seguro que no mi mujer, sino la
tuya será en mi alcoba. Y por ello, deja el ensimismamiento, aleja
la melancolía, llama a ti la salud perdida y el consuelo y la
alegría, y de ahora en adelante espera contento el premio de tu
amor, que mucho más merecido es que lo era al mío. Tito, al oír
hablar así a Gisippo, cuanto placer le daba la lisonjera esperanza
de aquello, tanto le daba vergüenza la justa conciencia, mostrándole
que cuanto mejor era la liberalidad de Gisippo, tanto mayor le
parecía inconveniente aceptarla; por lo que, sin dejar de llorar,
con trabajo así le respondió: -Gisippo, tu liberal y verdadera
amistad muy claro me muestra lo que a la mía conviene hacer. No
quiera Dios que nunca aquella que te han dado como a más digno que a
mí la reciba yo por mía. Si Él hubiera visto que me convenía, ni tú
ni nadie debes creer que te la hubiera concedido a ti. Toma, pues,
contento, lo que has elegido con el discreto consejo y con su don, y
a mí déjame consumirme en las lágrimas que como a indigno de tanto
bien me ha aparejado: las cuales, o venceré y te seré querido, o me
vencerán y estaré libre de pena.
Al cual Gisippo dijo:
-Tito, si nuestra amistad puede concederme
tanta licencia como para forzarte a seguir un gusto mío, y a ti
puede inducirte a seguirlo, esto será en lo que sumamente entiendo
usarla; y si tú no condesciendes placenteramente a mis ruegos, con
la fuerza que debe hacerse en bien del amigo haré que Sofronia sea
tuya. Sé cuánto pueden las fuerzas de Amor y que no una vez, sino
muchas han conducido a una infeliz muerte a los amantes; y te veo
tan cerca de ello que ni detener ni vencer a las lágrimas podrías
sino que, continuando, vencido, desfallecerías; y yo, sin ninguna
duda, pronto te seguiría. Así pues, aunque por otra cosa no te
amase, me es, para vivir, preciosa tu vida. Será, pues, tuya
Sofronia porque fácilmente no encontrarías a otra que así te
agradase, y yo con facilidad volviendo mi amor a otra, te habré
contentado a ti y a mí. En la cual cosa tal vez no sería tan liberal
si tan raramente y con la misma dificultad las mujeres se
encontrasen como los amigos se encuentran; y por ello, pudiendo yo
facilísimamente otra mujer encontrar pero no otro amigo, quiero por
ello (no quiero decir perderla, que no la perderé dándotela a ti,
sino que la trasladaré a otro yo mío) de bien a mejor transferirla,
antes que perderte. Y por ello, si alguna cosa pueden en ti mis
ruegos, te ruego que, saliendo de esta aflicción, en un punto te
consueles a ti y a mí, y con esperanza del bien, viviendo te
dispongas a coge esa alegría que tu cálido amor desea de la cosa
amada. Aunque Tito se avergonzase de consentir en que Sofronia se
convirtiese en su mujer, y por ello obstinado estuviese todavía,
empujándolo por una parte amor y por la otra incitándole los ánimos
que le daba Gisippo, dijo:
-Basta, Gisippo; no sé qué puedo decir
mejor que haré, si mi placer o el tuyo haciendo lo que, rogándome,
me dices que tanto te gusta; y puesto que tu liberalidad es tanta
que vence mi merecida vergüenza, lo haré. Pero estate seguro de que
lo hago no como quien no sabe que recibo de ti no solamente a la
mujer amada, sino con ella mi vida. Hagan los dioses, si puede ser,
que con honor y con bien tuyo pueda alguna vez mostrarte cuánto
aprecio lo que por mí, más compasivo de mí que yo mismo, haces.
Después de estas palabras, dijo Gisippo:
-Tito, en esto, para que tenga efecto, me
parece que debemos hacer lo siguiente: como sabes, después de largas
negociaciones entre mis parientes y los de Sofronia, ella se ha
convertido en mi esposa; y por ello, si yo fuese ahora diciendo que
no la quería por mujer, grandísimo escándalo nacería de ello, y se
enfurecerían mis parientes y los suyos; lo que nada me preocuparía
si por ello viese que ella iba a ser tuya; pero temo, que si así la
dejase, que sus parientes la darían pronto a otro, que tal vez no
serías tú, y así habrías perdido lo que yo habría adquirido. Y por
ello me parece, si estás de acuerdo, que con lo que he comenzado voy
yo a seguir adelante y como mía la llevaré a casa y celebraré las
bodas; y luego tú, ocultamente, como lo preparemos, con ella como
mujer tuya te acuestes; luego, a su lugar y tiempo manifestaremos el
asunto, que, si les agrada, bien estará; si no les agrada, de todas
las maneras estará hecho y no pudiendo volverlo atrás, tendrán por
fuerza que contentarse con ello. Plugo a Tito el acuerdo; por la
cual cosa, Gisippo, como suya en su casa la recibió, estando ya Tito
curado y en buena salud; y haciendo una fiesta grande, al venir la
noche, dejaron las mujeres a la nueva esposa en la cama de su marido
y se fueron. Estaba la alcoba de Tito contigua con la de Gisippo y
desde la una podía entrarse en la otra; por lo que, estando Gisippo
en su alcoba y habiendo apagado todas las luces yendo calladamente a
donde Tito, le dijo que con su mujer fuese a acostarse. Tito, al oír
esto, muerto de vergüenza, quiso echarse atrás y rehusaba ir; pero
Gisippo, que con entero ánimo, como en sus palabras, estaba
dispuesto a su placer, luego de larga disputa, le hizo entrar allí,
el cual, al acercarse a la cama, cogiendo a la joven, como
bromeando, en voz baja le preguntó que si quería ser su mujer. Ella,
creyendo que era Gisippo, le contesto que sí, con lo que un bello y
rico anillo le puso en el dedo, diciendo: -Y yo quiero ser tu
marido.
Y consumando así el matrimonio, largo y
amoroso placer tomó de ella, sin que ni ella ni nadie se diesen
cuenta nunca de que alguien que no fuese Gisippo se hubiese acostado
con ella. Estando, pues, en estos términos el matrimonio de Sofronia
y de Tito, Publio su padre cerró los ojos a esta vida, por la cual
cosa le fue escrito a él que sin dilación volviera a Roma a velar
por sus asuntos. Y por ello, habló con Gisippo de irse y llevarse a
Sofronia, lo que sin hacer manifiesto cómo estaban las cosas no se
podía ni debía apropiadamente; con lo que un día, llamándola a la
alcoba, enteramente cómo estaba aquel asunto le explicaron, y de
ello Tito, por muchos casos entre los dos acaecidos le dio pruebas.
La cual, después que al uno y al otro un tantico enojada hubo
mirado, comenzó a deshacerse en lágrimas, quejándose del engaño de
Gisippo; y antes de que en casa de Gisippo ni una palabra se dijese
de aquello; se fue a casa de su padre, y allí a él y a su madre les
contó el engaño de Gisippo de que ella y ellos habían sido víctima,
afirmando que era la mujer de Tito y no de Gisippo como ellos
creían. Esto fue durísimo para el padre de Sofronia y con sus
parientes y con los de Gisippo hizo de ello largas y grandes
lamentaciones, y fueron los comadreos y los enfados muchos y
grandes. Gisippo despertó el odio de los suyos y de los de Sofronia
y todos decían no sólo que era digno de reprobación, sino de áspero
castigo. Pero él afirmaba que había hecho una cosa honesta y que los
padres de Sofronia debían darle las gracias porque la había casado
con alguien mejor que él mismo. Tito, por otra parte, de todo se
enteraba y con gran trabajo lo soportaba; y conociendo que era
costumbre de los griegos excitarse con los reproches y las amenazas
hasta que encontraban quien les respondiese, y que entonces no
solamente humildes, sino cobardísimos se volvían, pensó que sus
discursos no podían ya soportar sin responderlos; y teniendo él
ánimo romano y el pensamiento ateniense, de una manera muy oportuna
reunió a los parientes de Gisippo y los de Sofronia en un templo, y
entrando en él acompañado sólo por Gisippo, así habló a los que
esperaban: -Creen muchos filósofos que lo que les sucede a los
mortales es disposición y providencia de los dioses inmortales; y
por esto creen algunos que es inevitable todo lo que nos sucede o
nos sucederá alguna vez, aunque hay quienes esta inevitabilidad
atribuyen sólo a lo que ya ha sucedido. Las cuales opiniones, si con
perspicacia son miradas, se verá muy abiertamente que el reprender
algo que no puede cambiarse, nada es sino querer demostrarse más
sabio que los dioses, los cuales debemos creer que con eterna ley y
sin ningún error gobiernan y disponen de nosotros y de las demás
cosas; por lo que, cuán loca y bestial presunción sea corregir su
obra, muy fácilmente lo podéis ver, y aun cuántas y cuáles cadenas
merecen aquellos que se dejan ir a tal atrevimiento. Entre los
cuales, según mi juicio, os encontráis todos, si es verdad lo que
entiendo que debéis haber dicho y decís continuamente porque
Sofronia sea mi mujer cuando se la habéis entregado a Gisippo, no
mirando que ab eterno estaba dispuesto que fuese mujer no de
Gisippo, sino mía, como por efecto se conoce al presente. Pero como
el hablar de la secreta providencia e intención de los dioses parece
a muchos duro y difícil de comprender, presuponiendo que ellos de
ninguna de nuestras acciones se ocupen, me place descender a los
razonamientos de los hombres, hablando de los cuales me convendrá
hacer dos cosas muy contrarias a mis costumbres: la una, algo
alabarme a mí mismo y la otra hablar mal de otros o humillarlos;
pero porque de la verdad ni en una cosa ni en otra entiendo
apartarme, y la presente materia lo pide, lo haré. Vuestras quejas,
más incitadas por la furia que por la razón, con continuas
protestas, así como alborotos, ofenden, reprenden y condenan a
Gisippo porque me ha dado por mujer, por su decisión, a quien
vosotros a él por la vuestra habíais dado, en lo que yo estimo que
debe ser muy de alabar; y las razones son éstas: la primera, porque
ha hecho lo que debe hacer un amigo; la segunda porque ha obrado más
sabiamente de lo que lo habíais hecho vosotros. Lo que las santas
leyes de la amistad quieren que un amigo haga por el otro, no es mi
intención explicaros al presente, contentándome sólo con haberos
recordado de ellas que los lazos de la amistad mucho más unen que
los de la sangre o el parentesco, como sea que tenemos los amigos
que elegimos y los parientes que nos da la fortuna. Y por ello, si
Gisippo amó más mi vida que vuestra benevolencia, siendo yo amigo
suyo como me tengo, nadie debe maravillarse. Pero vengamos a la
segunda razón (en la que con más insistencia nos conviene
detenernos): el haber sido él más sabio que vosotros lo sois, como
sea que de la providencia de los dioses poco me parece que
entendáis, y mucho menos que conozcáis los efectos de la amistad.
Digo que vuestro inicio, vuestro consejo y vuestra deliberación
habían dado Sofronia a Gisippo, joven y filósofo; el de Gisippo la
dio a un joven y filósofo; vuestro consejo la dio a un ateniense, el
de Gisippo a un romano; el vuestro a un joven noble, el de Gisippo a
uno más noble; el vuestro a un joven rico, el de Gisippo a uno
riquísimo; el vuestro a un joven que no solamente no la amaba, sino
que apenas la conocía, el de Gisippo a un joven que por encima de su
felicidad y más que a la propia vida la amaba. Y que lo que digo es
verdad, y más de alabar que lo que habíais hecho vosotros, miradlo
cosa por cosa. Que yo joven y filósofo soy como Gisippo, mi rostro y
mis estudios, sin ningún discurso más largo decir, pueden
explicarlo. Una misma edad es la suya y la mía, y con iguales pasos
siempre avanzando hemos estudiado. Es verdad que él es ateniense y
yo romano. Si de la gloria de la ciudad disputamos, diré que yo soy
de ciudad libre y él de tributaria; diré que soy de ciudad señora de
todo el mundo y él de ciudad obediente a la mía; diré que soy de
ciudad floreciente en armas, imperio y estudios, mientras él no
podrá a la suya sino alabar en los estudios. Además de esto, aunque
escolar humilde me veáis aquí entre vosotros, no he nacido de las
heces del populacho de Roma; mis palacios y los lugares públicos de
Roma están llenos de antiguas imágenes de mis mayores, y los anales
romanos se encuentran llenos de muchos triunfos logrados por los
Quinto sobre el Capitolio romano; y no está por la vejez marchita
sino que hoy más que nunca florece la gloria de nuestro nombre.
Callo, por vergüenza, mis riquezas, teniendo en la memoria que la
pobreza honrada es el antiguo y copioso patrimonio de los nobles
ciudadanos romanos; la cual, si por la opinión de los vulgares es
condenada, y son alabados los tesoros, soy en ellos, no como
avaricioso, sino como amado de la fortuna, abundante. Y muy bien
conozco que era aquí, y debía ser y debe ser preciado, tener por
pariente a Gisippo; pero yo no os debo ser, por razón alguna, menos
preciado en Roma, considerando que allí tendréis en mí a un óptimo
huésped; y un útil y solicito y poderoso protector tanto en las
oportunidades públicas como en las necesidades privadas. ¿Quién,
pues, dejando aparte la pasión, y mirando con justicia, alabará más
vuestras decisiones que las de mi amigo Gisippo? Ciertamente,
ninguno. Está, pues, Sofronia bien casada con Tito Quinto Fulvio,
noble, antiguo y rico ciudadano de Roma y amigo de Gisippo; por lo
que quien de ello se duele o se queja no hace lo que debe ni sabe lo
que hace. Habrá tal vez algunos que digan no dolerse de que Sofronia
sea la mujer de Tito, sino dolerse del modo en que en su mujer se ha
convertido: ocultamente, a hurtadillas, sin que ningún amigo ni
pariente supiese nada. Y esto no es milagro ni cosa que suceda por
primera vez. Dejo de buena gana a un lado a aquellas que contra la
voluntad del padre han tomado marido y a aquellas que han huido con
sus amantes y primero han sido amigas que esposas, y a aquellas que
antes han descubierto con embarazos y partos sus matrimonios que con
la lengua, y la necesidad ha hecho consentir en ellos, cosa que con
Sofronia no ha sucedido; sino que ordenada, discreta y honestamente
ha sido dada por Gisippo a Tito. Y dirán otros que la ha casado
aquel a quien casarla no incumbía. ¡Necias lamentaciones son éstas y
mujeriles, y procedentes de la poca consideración! No usa ahora la
fortuna por primera vez distintos caminos e instrumentos nuevos para
inducir las cosas a determinados efectos. ¿Qué puede importarme a mí
que el zapatero en lugar del filósofo haya expresado su juicio sobre
un hecho mío (en oculto o en público) si el fin es bueno? Debo
cuidarme si el zapatero no es discreto, de no dejarle proseguir, y
agradecerle lo hecho. Si Gisippo ha casado bien a Sofronia, andar
quejándose del modo y de él es una necedad superflua; si en su
juicio no confiáis, cuidad de que no pueda casar a nadie más y
agradecedle esto. No menos debéis saber que yo no busqué ni con
astucia ni con fraude poner alguna mancha sobre la honestidad y la
claridad de vuestra sangre en la persona de Sofronia; y aunque
ocultamente la haya tomado por mujer no vine como un raptor a
quitarle su virginidad ni como enemigo quise tenerla
deshonestamente, rechazando emparentar con vosotros; sino que
ardientemente prendado de su cautivadora hermosura y de su virtud,
conocía que si con el orden que tal vez queréis decir que debía
haberla procurado, siendo muy amada por vos, por temor a que a Roma
me la llevase, no la habría obtenido. Utilicé, pues, la manera
oculta que ahora puede hacérseos manifiesta e hice a Gisippo que
consintiese en mi nombre en lo que él no estaba dispuesto; y luego,
aunque yo ardientemente la amase, no como amante, sino como marido
busqué el ayuntamiento con ella no aproximándome a ella (como puede
ella misma con verdad testimoniar), sino después de las debidas
palabras y el anillo de desposada, preguntándole si me quería por
marido; a lo que repuso que sí. Si le parece haber sido engañada, no
habéis de reprenderme a mí, sino a ella que no me preguntó quién
era. Éste es, pues, el gran mal, el gran pecado, la gran falta
cometida por el Gisippo amigo y por mí amante; que Sofronia se haya
ocultamente convertido en mujer de Tito Quinto; por ello, lo herís,
lo amenazáis y lo insidiáis. ¿Y qué más haríais si la hubiese dado a
un villano, a un vagabundo, a un siervo? ¿Qué cadenas, qué cárcel,
qué cruces os bastarían? Pero dejemos ahora esto; ha llegado el
tiempo que yo todavía no esperaba de que mi padre haya muerto y me
sea obligado volver a Roma. Por lo que, queriendo llevar a Sofronia
conmigo, os he descubierto lo que puede que aún seguiría
ocultándoos; lo que, si fueseis sabios, alegremente lo soportaríais
porque, si engañaros o ultrajaros hubiera querido, escarnecida podía
dejárosla; pero no lo quiera Dios que en un espíritu romano pueda
albergarse tanta vileza. Ella, pues, es decir, Sofronia, por
consentimiento de los dioses y por vigor de las leyes humanas y por
el loable juicio de mi amigo Gisippo y por mi amorosa astucia, es
mía, la cual cosa vosotros (por ventura teniéndoos en más que los
dioses y los demás hombres sabios) bestialmente, en dos maneras muy
odiosas para mí, mostráis que os equivocáis: una es teniendo a
Sofronia, sobre la cual (sino en cuanto me place) no tenéis ningún
derecho; y la otra es tratar a Gisippo, a quien estáis obligados
justamente, como a enemigo. Y cuán neciamente hacéis en ellas no
entiendo al presente explicaros más sino como amigo aconsejaros que
dispongáis vuestros enojos, y los agravios tomados se dejen y que
Sofronia me sea restituida para que yo alegremente me vaya como
pariente vuestro y vuestro viva: seguros de esto, que, os plazca o
no os plazca lo que está hecho, si entendéis obrar de otro modo, os
quitaré a Gisippo y sin faltar, si llego a Roma, recuperaré a quien
es merecidamente mía, por mucho que os disguste; y cuánto puede el
enojo de los ánimos romanos, hostigándoos siempre, os haré conocer
por experiencia. Luego de que Tito hubo dicho esto, poniéndose en
pie con el rostro todo airado, cogiendo a Gisippo de la mano,
mostrando preocuparle poco cuantos en el templo había, de allí,
moviendo la cabeza y amenazándoles, salió. Los que se quedaron
dentro, en parte inducidos por las palabras de Tito a su parentesco
y a su amistad, y en parte asustados por sus últimas palabras, de
común acuerdo deliberaron que mejor era tener a Tito por pariente,
puesto que Gisippo no había querido serlo, que haber perdido a
Gisippo por pariente y a Tito adquirido por enemigo; por la cual
cosa, saliendo, fueron a buscar a Tito y le dijeron que les placía
que Sofronia fuese suya y tenerlo a él por pariente querido y a
Gisippo por buen amigo; y haciendo juntos una familiar y amistosa
fiesta, se fueron y le mandaron a Sofronia, la cual, como discreta,
haciendo de la necesidad virtud, el amor que tenía por Gisippo
prestamente lo volvió a Tito y con él se fue a Roma, donde con gran
honor fue recibido. Gisippo, quedándose en Atenas, por todos tenidos
en poco, después de no mucho tiempo, por unas contiendas civiles,
con todos los de su casa, pobre y mezquino fue arrojado de Atenas y
condenado a perpetuo exilio. Estando en el cual Gisippo, y habiendo
llegado a ser no sólo pobre sino mendigo, como pudo se vino a Roma a
probar si Tito lo recordaba; y enterado de que estaba vivo y
estimado por todos los romanos, y enterado de cuál era su casa,
delante de ella se puso hasta que Tito llegó; al cual, por la
miseria en que estaba no se atrevió a dirigir la palabra, sino que
se ingenió en hacer que lo viese para que reconociéndolo lo mandase
llamar. Por lo que, pasando Tito adelante y pareciéndole a Gisippo
que lo había visto y esquivado, acordándose de lo que él había hecho
por él, furioso y desesperado se fue; y siendo ya de noche y estando
él en ayunas y sin dineros, sin saber adónde ir, más deseoso de
morir que nadie, llegó a un lugar muy salvaje de la ciudad, donde,
viendo una gran gruta, dentro entró para quedarse aquella noche, y
sobre la tierra desnuda y mal vestido, vencido por largo llanto, se
durmió. A la cual gruta, dos que habían estado robando aquella
noche, con el hurto hecho fueron al amanecer, y entrando en una
disputa, el uno, que era más fuerte, mató al otro y se fue; la cual
cosa, habiendo Gisippo oído y visto, le pareció haber encontrado el
camino a la muerte que mucho deseaba, sin matarse a sí mismo; y por
ello, sin irse, estuvo allí hasta que los esbirros del tribunal, que
ya del suceso se habían enterado, allí vinieron y a Gisippo
furiosamente se llevaron preso. Y él, interrogado, confesó que lo
había matado y que no había podido irse de la gruta, por la cual
cosa el pretor, que se llamaba Marco Varrón, mandó que fuese
condenado a muerte en la cruz, tal como entonces era costumbre.
Había Tito, por acaso, llegado al pretorio en aquel momento y,
mirándole al rostro al mísero condenado y habiendo oído el porqué,
súbitamente reconoció a Gisippo, y se maravilló de su miserable
fortuna y de cómo habría llegado aquí, y ardentísimamente deseando
ayudarlo y no viendo ninguna otra vía para su salvación, sino
acusarse a sí mismo y excusarle a él, prestamente se adelantó y
gritó: -Marco Varrón, haz llamar al pobre hombre al que has
condenado porque es inocente; bastante he ofendido yo a los dioses
con una culpa matando a aquel a quien tus esbirros hallaron esta
mañana muerto sin que ahora les ofenda de nuevo con la muerte de
otro inocente. Varrón se maravilló y le dolió que todo el pretorio
lo hubiese oído, y no pudiendo por su honor retraerse de hacer lo
que le mandaban las leyes, hizo volverse atrás a Gisippo, y en
presencia de Tito le dijo:
-¿Cómo has sido tan loco que, sin haber
experimentado ningún dolor, confesaste lo que no has hecho jugándote
la vida? Decías que eras quien había matado esta noche al hombre y
éste viene ahora y dice que no tú sino él lo ha matado.
Gisippo miró y vio que aquél era Tito y muy
bien conoció que hacía aquello para salvarle, como agradecido por el
servicio que en otro tiempo le había hecho; por lo que, llorando de
piedad, dijo: -Varrón, verdaderamente lo he matado yo, y la piedad
de Tito para salvarme llega ya demasiado tarde. Tito, por otra
parte, decía:
-Pretor, como ves, éste es extranjero y sin
armas ha sido encontrado junto al muerto, y bien ves que su miseria
le da el motivo para querer estar muerto; y por ello, ponlo en
libertad y a mí, que lo he merecido, castígame.
Se maravilló Varrón de la insistencia de
aquellos dos y presumía ya que ninguno debía ser el culpable; y,
pensando en el modo de absolverlos, he aquí que viene un joven
llamado Publio Ambusto, de perdidas costumbres y conocidísimo ladrón
entre todos los romanos, el cual verdaderamente había cometido el
homicidio; y sabiendo que ninguno de los dos eran culpables de lo
que los dos se acusaban, tanta fue la ternura que llenó su corazón
por la inocencia de estos dos que, movido por grandísima compasión,
vino ante Varrón y le dijo:
-Pretor, mis hechos me traen a resolver la
dura discusión de estos dos, y no sé qué dios dentro de mí me
espolea y me empuja a manifestarte mi pecado: y sabe por ello que
ninguno de éstos es culpable de aquello de lo que a sí mismo se
acusa. Yo soy verdaderamente quien mató a aquel hombre esta mañana
al apuntar el día; y a este desdichado que está aquí lo vi allí que
dormía mientras yo repartía las cosas robadas con aquel a quien
maté. Tito no necesita que yo lo excuse; su fama es clara en todas
partes y se sabe que no es hombre de tal condición; así que libéralo
y castígame a mí a la pena que las leyes me impongan. Había ya
Octavio oído estas cosas y, haciendo venir a los tres, quiso oír qué
razón había movido a cada uno a querer ser el condenado, la cual
cada uno le contó. Octavio, a los dos porque eran inocentes y al
tercero por amor suyo los puso en libertad. Tito, tomando a Gisippo
y reprendiéndolo mucho primero por su desapego y desconfianza, le
hizo maravillosa fiesta y a su casa se lo llevó, donde Sofronia, con
piadosas lágrimas le recibió como amigo; y confortándolo un tanto y
vistiéndolo y volviéndole al ropaje debido a su virtud y nobleza,
primeramente hizo con él comunes todos sus tesoros y posesiones, y
después, a una hermana jovencita que tenía, llamada Fulvia, le dio
por mujer; y luego le dijo: -Gisippo, de ti depende ahora o quedarte
aquí junto a mí o volverte a Atenas con todas las cosas que te he
dado.
Gisippo, obligándole por una parte el
destierro a que estaba condenado por su ciudad y por otra el amor
que debidamente sentía por la merecida amistad de Tito, decidió
hacerse romano; con lo que con su Fulvia, y Tito con su Sofronia,
siempre en una gran casa mucho tiempo y alegremente vivieron, más
amigos haciéndose cada día, si es que podía ser.
Santísima cosa es, pues, la amistad, y no
solamente digna de singular reverencia, sino de ser con loor
perpetuo alabada como discretísima madre de la magnificencia y de la
honestidad, hermana de la gratitud y de la caridad, y del odio y la
avaricia enemiga; siempre, sin esperar ningún ruego, pronta a hacer
por otros virtuosamente lo que querría que por ella misma se
hiciese; cuyos sacratísimos efectos rarísimas veces se ven hoy en
dos, por culpa y vergüenza de la mísera avidez de los mortales que,
sólo a la propia utilidad mirando, los ha relegado a perpetuo exilio
más allá de los extremos límites de la tierra. ¿Qué amor, qué
riqueza, qué parentesco hubiera hecho sentir al corazón de Gisippo
el ardor, las lágrimas y los suspiros de Tito, con tanta eficacia
que por ellos a la hermosa esposa noble y amada por él hubiese hecho
casar con Tito, sino ellos? ¿Qué leyes, qué amenazas, qué temor
hubiese hecho a los juveniles brazos de Tito en los lugares
solitarios, en los lugares oscuros, en la cama propia, abstenerse de
los abrazos de la hermosa joven, que tal vez le invitaba a ellos,
sino ellos? ¿Qué estados, qué méritos, qué ganancias habrían hecho a
Gisippo no preocuparse de perder a sus parientes y a los de
Sofronia, no preocuparse de las deshonestas murmuraciones del
populacho, no preocuparse de las burlas y de los escarnios por
satisfacer a su amigo, sino ellos? Y, por otra parte, ¿quién habría
a Tito, sin ninguna dilación y pudiendo convenientemente disimular
que lo veía, hecho prontísimo en procurar la propia muerte para
quitar a Gisippo de la cruz que él mismo se procuraba, sino ellos?,
¿quién habría hecho a Tito sin duda alguna liberalísimo en compartir
su amplísimo patrimonio con Gisippo, a quien la fortuna le había
privado del suyo, sino ellos? ¿Quién habría hecho a Tito sin ningún
temor, deseosísimo de conceder la propia hermana por mujer a
Gisippo, a quien veía pobrísimo y a extrema miseria llevado, sino
ellos? Deseen, pues, los hombres multitud de consortes, turbas de
hermanos y gran cantidad de hijos, y con sus dineros se acreciente
el número de sus servidores; y no reparen en que cualquiera de éstos
teme más un mínimo peligro propio que solicitud muestran en apartar
los grandes del padre o del hermano o del señor, mientras todo lo
contrario vemos que hace el amigo.
NOVELA NOVENA
Saladino , disfrazado de mercader, es
honrado por micer Torello; viene luego la cruzada ; micer Torello
pone un plazo a su mujer para que pueda volver a casarse, es hecho
prisionero y por amaestrar aves de presa llega a oídos del sultán,
el cual, reconociéndole y dándole a conocer, sumamente le honra;
micer Torello enferma y por arte de magia es llevado en una noche a
Pavia, y en las bodas que se celebraban por el nuevo matrimonio de
su mujer, reconocido por ella, con ella a su casa vuelve .
Había ya a sus palabras Filomena puesto fin
y la magnífica gratitud de Tito había sido alabada mucho por todos
concordemente, cuando el rey, el postrer lugar reservando a Dioneo,
así comenzó a hablar: Atrayentes señoras, sin falta cuenta Filomena
la verdad por lo que sobre la amistad dice, y con razón al final de
sus palabras se lamenta que hoy sea ésta tan poco grata a los
mortales. Y si nosotros, aquí, para corregir los defectos mundanos o
aunque sólo fuera para reprenderlos estuviésemos, continuaría yo con
extenso discurso sus palabras; pero como otro es nuestro fin, me ha
venido al ánimo el mostraros, tal vez con una historia muy larga,
pero en todas sus partes agradable, una de las magníficas obras de
Saladino, para que por las cosas que en mi novela oigáis, si
plenamente la amistad de alguien no se puede conquistar por nuestros
vicios, sepamos al menos deleitarnos en obra cortésmente, esperando
que, cuando sea, de ello se siga una recompensa.
Digo, pues, que, según afirman algunos, en
el tiempo del emperador Federico I , para reconquistar Tierra Santa
tuvo lugar una cruzada general entre los cristianos; la cual cosa,
Saladino, valentísimo señor y entonces sultán de Babilonia ,
habiendo oído algo de ello, se propuso ver personalmente los
preparativos de los señores cristianos para aquella cruzada, para
mejor poder prevenirse. Y arreglados sus asuntos en Egipto, haciendo
semblante de ir en peregrinación, con dos de sus hombres más
ilustres y más sabios y con tres servidores solamente, en disfraz de
mercader se puso en camino; y habiendo andado por muchas provincias
cristianas y cabalgando por Lombardía para pasar más allá de los
montes, sucedió que, yendo de Milán a Pavia y siendo ya el
anochecer, se toparon con un gentilhombre cuyo nombre era micer
Torello de Strata de Pavia , el cual con sus criados y con perros y
con halcones se iba a estar a una hermosa posesión que sobre el río
Tesino tenía. A los cuales, al verlos micer Torello se dio cuenta de
que nobles y forasteros eran y deseó honrarlos; por lo que,
preguntando Saladino a uno de sus servidores cuánto había todavía de
allí a Pavia y si a tiempo de entrar en ella pudiese llegar allí, no
dejó que respondiese el servidor sino que él mismo repuso: -Señores,
no podréis llegar a Pavia a una hora en que podáis entrar dentro.
-Pues -dijo Saladino- hacednos la merced de enseñarnos, porque
extranjeros somos, dónde podremos albergarnos mejor.
Micer Torello dijo:
-Eso haré de buena gana. Ahora mismo estaba
pensando en mandar a uno de estos míos junto a Pavia por cierta
cosa: lo mandaré con vos y os conducirá a un lugar donde os
albergaréis asaz convenientemente. Y al más discreto de los suyos
acercándose, le ordenó lo que tenía que hacer, y le mandó con ellos;
y yéndose él a su posesión, prestamente, lo mejor que pudo hizo
preparar una buena cena y poner la mesa en un jardín; y hecho esto,
junto a la puerta vino a esperarlos. El servidor, hablando con los
hombres nobles sobre diversas cosas, por ciertos caminos los desvió
y a la posesión de su señor, sin que se diesen cuenta, los condujo;
a los cuales, cuando los vio micer Torello, saliendo a pie a su
encuentro, dijo sonriendo: -Señores, sed muy bien venidos.
Saladino, que era sagacísimo, se dio cuenta
de que este caballero había temido que no habrían aceptado el
convite si, cuando los encontró, les hubiese invitado, y por ello,
para que no pudieran negarse a quedarse aquella noche con él, con
una artimaña los había conducido a su casa; y contestado su saludo,
dijo: -Señor, si de los corteses hombres pudiese uno quejarse, nos
quejaríamos de vos, el cual, aunque hayáis estorbado un tanto
nuestro viaje, sin que hayamos merecido por nada vuestra
benevolencia sino por un solo saludo, a aceptar tan alta cortesía
como es la vuestra nos habéis obligado. El caballero, sabio y
elocuente, dijo:
-Señores, esta que recibís de mí, en
vuestro aspecto, es pobre cortesía; pero en verdad fuera de Pavia no
habríais podido estar en ningún lugar que fuese bueno, y por ello no
os sea grave haber alargado un poco el camino para tener un poco
menos de incomodidad.
Y así diciendo, viniendo su servidumbre
alrededor de aquéllos, en cuanto desmontaron, acomodaron sus
caballos, y micer Torello a los tres hombres nobles llevó a las
cámaras preparadas para ellos, donde les hizo descalzarse y
refrescarse un poco con fresquísimos vinos, y en amable conversación
hasta la hora de cenar los entretuvo. Saladino y sus compañeros y
servidores sabían todos latín, por lo que muy bien entendían y eran
entendidos, y les parecía a todos ellos que este caballero era el
hombre más amable y el más cortés y el que mejor hablaba de todos
los otros que hubiesen visto hasta entonces. A micer Torello, por
otra parte, le parecía que eran aquellos hombres ilustrísimos y de
mucho más valor de lo que antes había estimado, por lo que se dolía
para sí mismo de que con compañía y más solemne convite no podía
honrarlos aquella noche; por lo que pensó en reparar aquello a la
mañana siguiente, e informando a uno de sus servidores de lo que
quería hacer, a su mujer, que discretísima era y de grandísimo
ánimo, se lo mandó a Pavia, que muy cerca estaba y cuyas puertas no
se cerraban nunca. Y después de esto, llevando a los gentileshombres
al jardín, cortésmente les preguntó quiénes eran y adónde iban. Al
cual repuso Saladino: -Somos mercaderes chipriotas y venimos de
Chipre, y por nuestros negocios vamos a París. Entonces dijo micer
Torello:
-¡Pluguiese a Dios que esta tierra nuestra
produjese tales nobles como veo que Chipre hace los mercaderes!
Y de este razonamiento en otros estando un
tanto, se hizo hora de cenar: por lo que les invitó a sentarse a la
mesa, y en ella, según era la cena improvisada, fueron muy bien y
ordenadamente servidos; y poco después, levantadas las mesas, se
pusieron en pie, que, dándose cuenta micer Torello de que estaban
cansados, en hermosísimos lechos los llevó a descansar, y
semejantemente él, poco después, se fue a dormir. El servidor
enviado a Pavia dio la embajada a la señora, la cual, no con ánimo
mujeril sino real, haciendo prestamente llamar a muchos amigos y
servidores de micer Torello, todas las cosas oportunas para un
grandísimo convite hizo preparar, y a la luz de las antorchas hizo
invitar al convite a muchos de los más nobles ciudadanos, e hizo
sacar paños y sedas y pieles y completamente poner en orden lo que
el marido le había mandado a decir. Venido el día, los
gentileshombres se levantaron, con los cuales micer Torello,
montando a caballo y haciendo venir sus halcones, a una charca
vecina les llevó y les mostró cómo volaban; pero preguntando
Saladino si alguien podía ir a Pavia y llevarlos al mejor albergue,
dijo micer Torello:
-Ése seré yo, porque ir allí necesito.
Ellos, creyéndoselo, se alegraron y juntos
con él se pusieron en camino; y siendo ya la hora de tercia y
habiendo llegado a la ciudad, creyendo que eran enviados al mejor
albergue, con micer Torello llegaron a su casa, donde ya al menos
cincuenta de los más ilustres ciudadanos habían venido para recibir
a los gentileshombres, alrededor de los cuales acudieron rápidamente
a los frenos y espuelas. La cual cosa viendo Saladino y sus
compañeros, demasiado bien comprendieron lo que era aquello y
dijeron: -Micer Torello, esto no es lo que os habíamos pedido:
bastante habéis hecho esta noche pasada y mucho más de lo que
merecemos; por lo que sin inconveniente podíais dejarnos seguir
nuestro camino. A quienes micer Torello repuso:
-Señores, de lo que ayer noche se os hizo
estoy yo más agradecido a la fortuna que a vosotros, que a tiempo os
alcanzó en el camino para que necesitaseis venir a mi pequeña casa;
de lo de esta mañana os quedaré yo obligado y junto conmigo todos
estos gentileshombres que están en torno vuestro, a quienes si os
parece cortés negaros a almorzar con ellos podéis hacerlo si
queréis. Saladino y sus compañeros, vencidos, desmontaron y
recibidos por los gentileshombres alegremente fueron llevados a sus
cámaras, las cuales riquísimamente les habían preparado; y dejando
las ropas de camino y refrescándose un tanto, a la sala, que
espléndidamente estaba aparejada, vinieron; y habiendo sido dada el
agua a las manos y sentándose a la mesa con grandísimo orden y
hermoso, con muchas viandas fueron magníficamente servidos; tanto
que, si el emperador hubiese venido allí, no se habría sabido cómo
hacerle más honor. Y aunque Saladino y sus compañeros fuesen grandes
señores y acostumbrados a ver grandísimas cosas, no menos se
maravillaron mucho de ésta, y les parecía de las mayores, teniendo
en cuenta la calidad del caballero, que sabían que era burgués y no
noble. Terminada la comida y levantada la mesa, habiendo hablado un
tanto de altas cosas, haciendo mucho calor, cuando plugo a micer
Torello, los gentileshombres de Pavia se fueron a descansar, y
quedándose él con los tres suyos, y entrando con ellos en una
cámara, para que ninguna cosa querida para él quedara que visto no
hubieran, allí hizo llamar a su valerosa mujer; la cual, siendo
hermosísima y alta en su persona y adornada con ricas vestimentas,
en medio de dos hijos suyos, que parecían dos angelotes, vino hacia
ellos y placenteramente les saludó. Ellos, al verla, se levantaron y
con reverencia la recibieron, y haciéndola sentarse entre ellos,
gran fiesta hicieron con sus dos hermosos hijitos. Pero luego de que
con ellos hubo entrado en agradable conversación, habiéndose ido un
poco micer Torello, ella amablemente les preguntó de dónde eran y
adónde iban; a quien los gentileshombres respondieron como habían
hecho a micer Torello. Entonces la señora, con alegre gesto, dijo:
-Así pues, veo que mi previsión femenina
será útil, y por ello os ruego que por especial merced no rehuséis
ni tengáis por vil el pequeño presente que voy a hacer traeros, sino
considerando que las mujeres, de acuerdo con su pequeño ánimo
pequeñas cosas dan, más considerando el buen deseo de quien da que
la cantidad del presente, lo toméis.
Y haciendo traer para cada uno dos pares de
sobrevestes, una forrada de seda y otra de marta, en nada de
burgueses ni de mercaderes, sino de señor, y tres jubones de cendal
y lino, dijo: -Tomad esto: las ropas de mi señor son como las
vuestras; las otras cosas, considerando que estáis lejos de vuestras
mujeres, y lo largo del camino hecho y el que os queda por hacer, y
que los mercaderes son hombres limpios y delicados, aunque poco
valgan podrán seros preciadas. Los gentileshombres se maravillaron y
claramente conocieron que micer Torello ninguna clase de cortesía
quería dejar de hacerles, y temieron, viendo la nobleza de las
ropas, en nada propias de mercaderes, que hubiesen sido reconocidos
por micer Torello; pero sin embargo, a la señora respondió uno de
ellos: -Éstas son, señora, grandísimas cosas y no deberíamos
tomarlas fácilmente si vuestros ruegos a ello no nos obligasen, a
los cuales no puede decirse que no.
Hecho esto y habiendo ya vuelto micer
Torello, la señora, encomendándolos a Dios, se separó de ellos, y de
cosas semejantes a aquéllas, tal como a ellos convenía, hizo proveer
a los criados. Micer Torello con muchos ruegos les pidió que todo
aquel día se quedasen con él; por lo que, después que hubieron
dormido, poniéndose sus ropas, con micer Torello un rato cabalgaron
por la ciudad, y venida la hora de la cena, con muchos honorables
compañeros magníficamente cenaron. Y cuando fue el momento, yéndose
a descansar, al venir el día se levantaron y encontraron en el lugar
de sus rocines cansados, tres gordos palafrenes y buenos y
semejantemente caballos nuevos y fuertes para todos sus criados. La
cual cosa viendo Saladino, volviéndose a sus compañeros, dijo:
-Juro ante Dios que hombre más cumplido ni
más cortés ni más precavido que éste no lo ha habido nunca; y si los
reyes cristianos son tales reyes en su condición como éste es
caballero, el sultán de Babilonia no podrá enfrentarse siquiera con
uno, ¡no digamos con todos los que vemos que se preparan para
echársele encima!
Pero sabiendo que negarse a recibirlos no
era oportuno, muy cortésmente agradeciéndolo, montaron a caballo.
Micer Torello, con muchos compañeros, gran trecho en el camino les
acompañaron fuera de la ciudad, y por mucho que a Saladino le
doliese separarse de micer Torello, tanto se había prendado ya de
él, le rogó que atrás se volviese, teniendo que irse; el cual, por
muy duro que le fuese separarse de ellos, dijo: -Señores, lo haré
porque os place, pero os diré esto: yo no sé quiénes sois ni deseo
saber más de lo que os plazca; pero seáis quienes seáis, que sois
mercaderes no me dejaréis creyendo esta vez: y que Dios os guarde.
Saladino, habiendo ya de todos los
compañeros de micer Torello tomado licencia, le repuso diciendo:
-Señor, podrá todavía suceder que os hagamos ver nuestra mercancía,
con la cual vuestra creencia aseguraremos; e idos con Dios.
Se fueron, pues, Saladino y sus compañeros,
con grandísimo ánimo de (si la vida les duraba y la guerra que
esperaban no lo impidiese) hacer aún no menor honor a micer Torello
del que éste le había hecho; y mucho de él y de su mujer y de todas
sus cosas y actos y hechos habló con sus compañeros, alabándolo
todo. Pero luego que todo Poniente, no sin gran fatiga, hubo
corrido, entrando en el mar, con sus compañeros se volvió a
Alejandría, y plenamente informado, se dispuso a la defensa. Micer
Torello se volvió a Pavia y mucho estuvo pensando que quiénes serían
aquellos tres, pero nunca a la verdad llegó, ni se aproximó.
Llegando el tiempo de la cruzada y haciéndose grandes preparativos
por todas partes, micer Torello, no obstante los ruegos de su mujer
y las lágrimas, se dispuso a irse de todas las maneras; y habiendo
hecho todos los preparativos y estando a punto de montar a caballo,
dijo a su mujer, a quien sumamente amaba:
-Mujer, como ves, me voy a esta cruzada
tanto por el honor del cuerpo como por la salvación del alma; te
encomiendo todas nuestras cosas y nuestro honor; y como estoy seguro
de irme, y de volver, por mil accidentes que puedan sobrevenir,
ninguna certeza tengo, quiero que me concedas una gracia: que suceda
lo que suceda de mí, si no tienes noticia cierta de mi vida, que me
esperes un año y un mes y un día sin volver a casarte, comenzando
con este día que de ti me separo. La mujer, que mucho lloraba,
repuso:
-Micer Torello, no sé cómo voy a soportar
el dolor en el cual, al partiros, me dejáis: pero si mi vida es más
fuerte que él y algo os acaeciese, vivid y morid seguro de que
viviré y moriré como mujer de micer Torello y de su memoria.
A la cual micer Torello dijo:
-Mujer, certísimo estoy de que, en cuanto
esté en ti sucederá esto que me prometes; pero eres mujer joven y
hermosa y de gran linaje, y tu virtud es muy conocida por todos; por
la cual cosa no dudo que muchos grandes y gentileshombres, si nada
de mí se supiera, te pedirán por mujer a tus hermanos y parientes,
de cuyos consejos, aunque lo quieras, no podrás defenderte y por
fuerza tendrás que complacerlos; y éste es el motivo por el cual
este plazo y no mayor te pido. La mujer dijo:
-Yo haré lo que pueda de lo que os he
dicho; y si otra cosa tuviera que hacer; os obedeceré en esto que me
ordenáis, con certeza. Ruego a Dios que a tales plazos ni a vos ni a
mí nos lleven estos tiempos. Terminadas estas palabras, la señora,
llorando, se abrazó a micer Torello, y quitándose del dedo un anillo
se lo dio, diciendo:
-Si sucede que muera yo antes de que os
vuelva a ver, acordaos de mí cuando lo veáis. Y él, cogiéndolo,
montó a caballo, y diciendo adiós a todo el mundo, se fue a su
viaje; y llegado a Génova con su compañía, subiendo a la galera, se
fue, y en poco tiempo llegó a Acre y con otro ejército de los
cristianos se unió. En el cual casi inmediatamente comenzó una
grandísima enfermedad y mortandad, durante la cual, fuese cual fuese
el arte o la fortuna de Saladino, casi todo lo que quedó de los
cristianos que se salvaron fueron por él apresados a mansalva, y por
muchas ciudades repartidos y puestos en prisión; entre los cuales
presos fue uno micer Torello, y a Alejandría llevado preso. Donde,
no siendo conocido y temiendo darse a conocer, por la necesidad
obligado se dedicó a domesticar halcones, en lo que era grandísimo
maestro; y de esto llegó la noticia a Saladino, por lo que lo sacó
de la prisión y se quedó con él como halconero. Micer Torello, que
no era llamado por Saladino sino «el cristiano», a quien no
reconocía, ni el sultán a él, solamente en Pavia tenía el ánimo, y
muchas veces había intentado escaparse, y no había podido hacerlo;
por lo que, venidos ciertos genoveses como embajadores a Saladino
para rescatar a algunos conciudadanos suyos, y teniendo que irse,
pensó en escribirle a su mujer que estaba vivo y que volvería con
ella lo antes que pudiese, y que lo esperase; y así lo hizo, y
caramente rogó a uno de los embajadores, que conocía, que hiciese
que aquellas noticias llegasen a manos del abad de San Pietro en
Cieldoro, que era su tío. Y estando en estos términos micer Torello,
sucedió un día que, hablando con él Saladino de sus aves, micer
Torello comenzó a sonreír e hizo un gesto con la boca en que
Saladino, estando en su casa de Pavia, se había fijado mucho, por el
cual acto a Saladino le vino a la mente micer Torello; y comenzó a
mirarlo fijamente y le pareció él; por lo que, dejando la primera
conversación, dijo: -Dime, cristiano, ¿de qué país de Poniente eres
tú?
-Señor mío -dijo micer Torello-, soy
lombardo, de una ciudad llamada Pavia, hombre pobre y de baja
condición.
Al oír esto Saladino, casi seguro de lo que
dudaba, se dijo alegre: «¡Dios me ha dado la ocasión de mostrar a
éste cuánto me agradó su cortesía!» Y sin decir más, haciendo
preparar en una alcoba todos sus vestidos, le condujo dentro y dijo:
-Mira, cristiano, si entre estas ropas hay alguna que alguna vez
hayas visto. Micer Torello comenzó a mirar y vio aquellas que su
mujer le había dado a Saladino, pero no juzgó que podían ser
aquéllas; pero respondió:
-Señor mío, ninguna conozco, aunque es
verdad que aquellas dos se parecen a ropas con que yo, además de
tres mercaderes que en mi casa estuvieron, anduve vestido. Entonces
Saladino, no pudiendo ya contenerse, lo abrazó tiernamente,
diciendo: -Vos sois micer Torello de Strá, y yo soy uno de los tres
mercaderes a los cuales vuestra mujer dio estas ropas; y ahora ha
llegado el tiempo de asegurar vuestra creencia en lo que era mi
mercancía, como al separarme de vos os dije que podría suceder.
Micer Torello, al oír esto, comenzó a
ponerse contentísimo y a avergonzarse; y a estar contento de haber
tenido tal huésped, y a avergonzarse de que pobremente le parecía
haberlo recibido; al cual Saladino dijo:
-Micer Torello, puesto que Dios os ha
enviado a mí, pensad que no yo de ahora en adelante sino que vos
aquí sois el dueño.
Y haciéndose fiestas grandes por igual, con
reales vestidos lo hizo vestir, y llevándole ante sus barones más
ilustres y habiendo dicho muchas cosas en alabanza de su valor,
ordenó que por cualquiera que su gracia apreciase tan honrado fuese
como su persona; lo que de entonces en adelante todos hicieron, pero
mucho más que los otros los dos señores que habían sido compañeros
de Saladino en su casa. La altura de la súbita gloria en que se vio
micer Torello, algo las cosas lombardas le hizo olvidar, y
máximamente porque con seguridad esperaba que sus cartas hubieran
llegado a su tío. Había, en el campo donde estaba el ejército de los
cristianos, el día que fueron apresados por Saladino, muerto y sido
sepultado un caballero provenzal de poca monta cuyo nombre era micer
Torello de Dignes ; por la cual cosa, siendo micer Torello de Strá a
causa de su nobleza conocido por el ejército, cualquiera que oyó
decir «Ha muerto micer Torello», creyó que era micer Torello de Strá
y no el de Dignes; y el accidente del apresamiento que sobrevino no
dejó que los engañados saliesen de su error. Por lo que muchos
itálicos volvieron con esta noticia, entre los cuales los hubo tan
presuntuosos que osaron decir que lo habían visto muerto y habían
asistido a su sepultura; la cual cosa, sabida por la mujer y por sus
parientes, fue ocasión de grandísimo e indecible pesar no solamente
de ellos, sino de todos los que lo habían conocido. Largo sería de
exponer cuál fue y cuánto el dolor y la tristeza y el llanto de su
mujer; a la cual, después de algunos meses en que se había dolido
con tribulación continua, y había empezado a dolerse menos, siendo
solicitada por los más ilustres hombres de Lombardía, sus hermanos y
todos sus demás parientes empezaron a pedirle que se casara, a lo
que ella muchas veces y con grandísimo llanto habiéndose negado,
obligada, al final tuvo que hacer lo que querían sus parientes, con
esta condición: que habría de estar sin convivir con el marido tanto
cuanto le había prometido a micer Torello. Mientras en Pavia estaban
las cosas de la señora en estos términos, y ya unos ocho días antes
del plazo en que debía ir a vivir con su marido, sucedió que micer
Torello vio en Alejandría un día a uno que había visto subir con los
embajadores genoveses a la galera que venía a Génova; por lo que,
haciéndole llamar, le preguntó que qué viaje habían tenido y cuándo
habían llegado a Génova. Al cual dijo éste:
-Señor mío, mal viaje hizo la galera, tal
como oí en Creta, donde me quedé; porque estando cerca de Sicilia,
se levantó una peligrosa tramontana que contra los bajíos de
Berbería la arrojó, y no se salvó un alma; y entre los demás
perecieron dos hermanos míos.
Micer Torello, creyendo las palabras de
aquél, que eran veracísimas, y acordándose de que el plazo que le
había pedido a su mujer terminaba de allí a pocos días, y dándose
cuenta que nada de él debía saberse en Pavia, tuvo por cierto que su
mujer debía haber vuelto a casarse; con lo que cayó en tan gran
dolor que, perdidas las ganas de comer y echándose en la cama,
decidió morir. La cual cosa, cuando llegó a oídos de Saladino, que
sumamente le amaba, vino a verle; y luego de muchos ruegos y grandes
que le hizo, sabida la razón de su dolor y de su enfermedad, le
reprochó mucho no habérsela dicho antes, y luego le rogó que se
animase, asegurándole que, si lo hacia, él obraría de modo que
estuviese en Pavia antes del plazo dado; y le dijo cómo. Micer
Torello, dando fe a las palabras de Saladino, y habiendo muchas
veces oído decir que aquello era posible y se había hecho muchas
veces, comenzó a animarse, y a pedir a Saladino que se apresurase en
ello. Saladino, a un nigromante suyo cuyo arte ya había
experimentado, le ordenó que arreglase la manera de que micer
Torello, sobre una cama fuese transportado a Pavia en una noche; a
quien el nigromante respondió que así sería hecho, pero que por bien
suyo lo adormeciese. Arreglado esto, volvió Saladino a Micer
Torello, y hallándolo completamente determinado a estar en Pavia
antes del plazo dado, si pudiera ser, y si no pudiera a dejarse
morir, le dijo así: -Micer Torello, si tiernamente amáis a vuestra
mujer y teméis que pueda ser de otro, sabe Dios que yo en nada puedo
reprochároslo porque de cuantas mujeres me parece haber visto ella
es quien por sus costumbres, sus maneras y su porte (dejando la
hermosura, que es flor caduca) más digna me parece de alabarse y
tenerse en aprecio. Me habría complacido muchísimo que, puesto que
la fortuna os había mandado aquí, el tiempo que vos y yo vivir
debamos, en el gobierno del reino que yo tengo igualmente señores,
hubiésemos vivido juntos; y si esto no me hubiera sido concedido por
Dios, ya que habría de veniros al ánimo o querer la muerte o
encontraros en Pavia al final del plazo impuesto, sumamente habría
deseado saberlo a tiempo de poder mandaros a vuestra casa con el
honor, la grandeza, la compañía que vuestra virtud merece; lo que,
puesto que no me ha sido concedido, y vos deseáis estar allí
presente, tal como puedo y en la forma que os he dicho os mandaré.
A quien micer Torello dijo:
-Señor mío, sin vuestras palabras, vuestros
actos me han demostrado bien vuestra benevolencia, que por mí nunca
en tan supremo grado fue merecida, y de lo que decís, aunque no lo
dijeseis, vivo y moriré certísimo; pero tal como he decidido, os
ruego que lo que me habéis dicho que vais a hacer lo hagáis pronto,
porque mañana es el último día en que deben esperarme. Saladino dijo
que aquello sin duda estaba arreglado; y el día siguiente, esperando
mandarlo a la noche siguiente, hizo Saladino hacer en una gran sala
un hermosísimo y rico lecho con todos los colchones, según su
costumbre, de velludo y drapeados de oro, y poner por encima una
colcha labrada con arabescos de perlas gordísimas y de riquísimas
piedras preciosas, la cual fue después aquí tenida por un
incalculable tesoro, y dos almohadones tales como semejante lecho
requería; y hecho esto, mandó que a micer Torello, que ya estaba
repuesto, le pusiesen un traje a la guisa sarracena, que era la cosa
más rica y más bella que nunca nadie había visto, y la cabeza, a su
manera, hizo que se la envolvieran en uno de sus larguísimos
turbantes. Y siendo ya tarde, Saladino entró, con muchos de sus
barones, en la alcoba donde Micer Torello estaba, y sentándose a su
lado, casi llorando, comenzó a decir: -Micer Torello, el momento que
va a separarme de vos está cerca, y como yo no puedo acompañaros ni
haceros acompañar, por la condición del camino que tenéis que hacer,
que no lo sufre, aquí en la alcoba tengo que despedirme de vos, a lo
que he venido. Y por ello, antes de dejaros con Dios, os ruego que
por el amor a la amistad que hay entre nosotros, que no os olvidéis
de mí, y si es posible, antes de que nos llegue nuestra hora, que
vos, habiendo puesto en orden vuestras cosas en Lombardía, una vez
por lo menos vengáis a verme para que pueda yo entonces, habiéndome
alegrado con veros, enmendar la falta que ahora por vuestra prisa
tengo que cometer; y hasta que esto suceda, no os sea enojoso
visitarme con cartas y pedirme las cosas que os gusten, que con más
agrado por vos que por ningún hombre del mundo lo haré con
seguridad.
Micer Torello no pudo retener las lágrimas,
y por ello, impedido por ellas, contestó con pocas palabras que era
imposible que nunca sus beneficios y su valor se le fuesen de la
memoria, y que sin falta lo que le pedía haría si es que el tiempo
le era concedido. Por lo que Saladino, tiernamente abrazándolo y
besándolo, con muchas lágrimas le dijo:
-Idos con Dios -y salió de la alcoba, y los
demás barones después de él se despidieron y se fueron con Saladino
a la sala donde había hecho preparar el lecho.
Pero siendo tarde ya y el nigromante
estando en espera de hacer aquello y preparándolo, vino un médico
con un brebaje para micer Torello y diciéndole que se lo daba para
fortalecerle, se lo hizo beber: y no pasó mucho sin que se durmiese.
Y así durmiendo fue llevado por mandato de Saladino al hermoso lecho
sobre el cual puso él una grande y bella corona de gran valor, y la
señaló de manera que claramente se vio después que Saladino se la
mandaba a la mujer de micer Torello . Después, le puso a micer
Torello en el dedo un anillo en el que había engastado un carbunclo
tan reluciente que una antorcha encendida parecía, cuyo valor era
inestimable; luego le hizo ceñir una espada guarnecida de manera que
su valor no podría apreciarse con facilidad, y además de esto un
broche que le hizo prender en el pecho en el que había perlas cuyas
semejantes nunca habían sido vistas, con otras muchas piedras
preciosas, y luego, a cada uno de sus costados, hizo poner dos
grandísimos aguamaniles de oro llenos de doblones y muchas
redecillas de perlas, y anillos, y cinturones, y otras cosas que
largo sería contarlas, hizo que le pusiesen en torno. Y hecho esto,
otra vez besó a micer Torello y dijo al nigromante que se diese
prisa; por lo que, incontinenti, en presencia de Saladino, el lecho
llevando a micer Torello, desapareció de allí, y Saladino se quedó
hablando de él con sus barones.
Y ya en la iglesia de San Pietro en
Cieldoro de Pavia, tal como lo había pedido, llevaba un rato posando
micer Torello con todas las antes dichas joyas y adornos, y todavía
dormía, cuando habiendo tocado ya a maitines, el sacristán entró en
la iglesia con una luz en la mano; y le sucedió que súbitamente vio
el rico lecho y no tan sólo se maravilló sino que, sintiendo un
miedo grandísimo, huyendo se volvió atrás: al cual viendo huir el
abad y los monjes, se maravillaron y le preguntaron la razón. El
monje la dijo. -¡Oh! -dijo el abad-, pues no eres ya ningún niño ni
eres tan nuevo en la iglesia para espantarte tan fácilmente; vamos
nosotros, pues, y veamos qué coco has visto. Encendidas, pues, más
luces, el abad con todos sus monjes entrando en la iglesia vieron
este lecho tan maravilloso y rico, y sobre él el caballero que
dormía; y mientras, temerosos y tímidos, sin acercarse nada al lecho
las nobles joyas miraban, sucedió que, habiendo pasado la virtud del
brebaje, micer Torello, despertándose, lanzó un suspiro. Los monjes
al ver esto y el abad con ellos, espantados y gritando: "¡Señor,
ayúdanos!", huyeron todos.
Micer Torello, abiertos los ojos y mirando
alrededor, conoció claramente que estaba allí donde le había pedido
a Saladino, de lo que se puso muy contento; por lo que, sentándose
en el lecho y detalladamente mirando todo lo que tenía alrededor,
por mucho que hubiera conocido ya la magnificencia de Saladino, le
pareció ahora mayor y más la conoció. Sin embargo, sin moverse,
viendo a los monjes huir y dándose cuenta de por qué, comenzó por su
nombre a llamar al abad y a rogarle que no temiese, porque él era
Torello su sobrino. El abad, al oír esto, sintió mayor miedo como
quien por muerto lo tenía desde hacia meses; pero luego de un tanto,
tranquilizado por verdaderas pruebas, sintiéndose llamar, haciendo
la señal de la santa cruz, se acercó a él; al cual micer Torello
dijo: -Oh, padre mío, ¿qué teméis? Estoy vivo, gracias a Dios, y
aquí he vuelto de ultramar. El abad, a pesar de que tenía la barba
larga y estaba en traje morisco, después de un tanto lo reconoció, y
tranquilizándose por completo, le cogió de la mano, y dijo: -Hijo
mío, ¡seas bien venido!
Y siguió:
-No debes maravillarte de nuestro miedo
porque en esta tierra no hay hombre que no crea firmemente que estás
muerto, tanto que te diré sólo que doña Adalieta tu mujer, vencida
por los ruegos y las amenazas de sus parientes y contra su voluntad,
se ha vuelto a casar; y hoy por la mañana debe irse con su marido, y
las bodas y todo lo que se necesita para la fiesta está preparado.
Micer Torello, levantándose del rico lecho y haciendo al abad y a
los monjes maravillosas fiestas, pidió a todos que de su vuelta no
hablasen con nadie hasta que no hubiese él resuelto un asunto suyo.
Después de esto, haciendo poner a salvo las ricas joyas, lo que le
había sucedido hasta aquel momento le contó al abad. El abad,
contento de sus aventuras, con él dio gracias a Dios. Después de
esto, preguntó micer Torello al abad que quién era el nuevo marido
de su mujer. El abad se lo dijo, a quien micer Torello dijo: -Antes
que se sepa que he vuelto quiero ver el comportamiento que tiene mi
mujer en estas bodas; y por ello, aunque no sea costumbre que los
religiosos vayan a tales convites, quiero que por mi amor lo
arregléis de manera que los dos vayamos.
El abad contestó que de buena gana; y al
hacerse de día mandó un recado al recién casado diciendo que con un
compañero quería asistir a sus bodas; a quien el gentilhombre repuso
que mucho le placía. Llegada, pues, la hora de la comida, micer
Torello, con aquel traje que llevaba, se fue con el abad a casa del
recién casado, mirado con asombro por quien le veía, pero no
reconocido por ninguno; y el abad decía a todos que era un sarraceno
enviado por el sultán al rey de Francia como embajador. Y, pues,
micer Torello sentado a una mesa exactamente frente a su mujer, a
quien con grandísimo placer miraba; y en el gesto le parecía molesta
por estas bodas. Ella también alguna vez le miraba, no porque le
reconociese en nada (que la larga barba y el extraño traje y la
firme creencia de que estaba muerto no se lo permitían), sino por la
rareza del traje. Pero cuando le pareció oportuno a micer Torello
ver si se acordaba de él, quitándose del dedo el anillo que su mujer
le había dado se separó de ella, hizo llamar a un jovencito que
delante de él estaba sirviendo, y le dijo:
-Di de mi parte a la recién casada que en
mi país se acostumbra, cuando algún forastero como yo come en el
banquete de una recién casada, como es ella, en señal de que gusta
de que él haya venido a comer, que ella le manda la copa en la que
bebe llena de vino; con lo cual luego de que el forastero ha bebido
lo que guste, tapándola de nuevo, la novia bebe el resto.
El jovencito dio el recado a la señora, la
cual, como cortés y discreta, pensando que aquél era un gran
infanzón, para mostrar que le agradaba su llegada, una gran copa
dorada, que tenía delante, mandó que fuese lavada y colmada de vino
y llevada al gentilhombre; y así se hizo. Micer Torello, que se
había metido en la boca su anillo, hizo de manera que lo dejó caer
en la copa sin que nadie se diese cuenta, y dejando un poco de vino,
la tapó y se la envió a la señora. La cual, cogiéndola, para cumplir
la costumbre, destapándola se la llevó a la boca y vio el anillo, y
sin decir nada lo estuvo mirando un rato; y reconociéndolo como el
que ella le había dado al irse a micer Torello, lo cogió, y mirando
fijamente al que creía forastero, y reconociéndolo, como si se
hubiese vuelto loca, tirando al suelo la mesa que tenía delante,
gritó:
-¡Es mi señor, es verdaderamente micer
Torello!
Y corriendo a la mesa a la que él estaba
sentado, sin importarle sus ropas ni nada de lo que hubiese sobre la
mesa, echándose contra él cuando pudo, lo abrazó fuertemente y no se
la pudo arrancar de su cuello, por dicho ni hecho de nadie que allí
estuviera, hasta que micer Torello le dijo que se compusiese un poco
porque tiempo para abrazarlo le sería aún concedido mucho. Entonces
ella, enderezándose, estando ya las bodas todas turbadas y en parte
más alegres que nunca por la recuperación de tal caballero, rogados
por él, todos callaron; por lo que micer Torello desde el día de su
partida hasta aquel momento, lo que le había sucedido a todos narró,
concluyendo que al gentilhombre que, creyéndole muerto, había tomado
por mujer a la suya, si estando vivo se la quitaba, no debía
parecerle mal. El recién casado, aunque un tanto burlado se
sintiese, generosamente y como amigo respondió que de sus cosas
podía hacer lo que más le agradase. La señora, el anillo y la corona
recibidas del nuevo marido allí las dejó y se puso aquel que de la
copa había cogido, e igualmente la corona que le había mandado el
sultán; y saliendo de la casa en donde estaban, con toda la pompa de
unas bodas hasta la casa de micer Torello fueron, y allí los
desconsolados amigos y parientes y todos los ciudadanos, que le
miraban como si fuese resucitado, con larga y alegre fiesta se
consolaron. Micer Torello, dando de sus preciosas joyas una parte a
quien había hecho el gasto de las bodas y al abad y a muchos otros,
y por más de un mensajero haciendo saber su feliz repatriación a
Saladino, declarándose su amigo y servidor, muchos años con su
valerosa mujer vivió después, siendo más cortés que nunca.
Este fue, pues, el fin de las desdichas de
micer Torello y de las de su amada mujer, y el galardón de sus
alegres y espontáneas cortesías. Las cuales, muchos se esfuerzan en
hacer que, aunque tengan con qué, saben tan mal hacerlas que las
hacen pagar más de lo que valen; por lo que, si de ellas no se sigue
recompensa, no deben maravillarse, ni ellos ni otros.
NOVELA DÉCIMA
El marqués de Saluzzo, obligado por los
ruegos de sus vasallos a tomar mujer, para tomarla a su gusto elige
a la hija de un villano, de la que tiene dos hijos, a los cuales le
hace creer que mata; luego, mostrándole aversión y que ha tomado
otra mujer, haciendo volver a casa a su propia hija como si fuese su
mujer, y habiéndola a ella echado en camisa y encontrándola paciente
en todo, más amada que nunca haciéndola volver a casa, le muestra a
sus hijos grandes y como a marquesa la honra y la hace honrar .
Terminada la larga novela del rey, que
mucho había gustado a todos a lo que mostraban en sus gestos, Dioneo
dijo riendo:
-El buen hombre que esperaba a la noche
siguiente hacer bajar la cola tiesa del espantajo no habría dado más
de dos sueldos por todas las alabanzas que hacéis de micer Torello.
Y después, sabiendo que sólo faltaba él por narrar, comenzó:
Benignas señoras mías, a lo que me parece, este día de hoy ha estado
dedicado a los reyes y a los sultanes y a gente semejante; y por
ello, para no apartarme demasiado de vosotras, voy a contar de un
marqués no una cosa magnífica, sino una solemne barbaridad, aunque
terminase con buen fin; la cual no aconsejo a nadie que la imite
porque una gran lástima fue que a aquél le saliese bien. Hace ya
mucho tiempo, fue el mayor de la casa de los marqueses de Saluzzo un
joven llamado Gualtieri, el cual estando sin mujer y sin hijos, no
pasaba en otra cosa el tiempo sino en la cetrería y en la caza, y ni
de tomar mujer ni de tener hijos se ocupaban sus pensamientos; en lo
que había que tenerlo por sabio. La cual cosa, no agradando a sus
vasallos, muchas veces le rogaron que tomase mujer para que él sin
herederos y ellos sin señor no se quedasen, ofreciéndole a
encontrársela tal, y de tal padre y madre descendiente, que buena
esperanza pudiesen tener, y alegrarse mucho con ello. A los que
Gualtieri repuso:
-Amigos míos, me obligáis a algo que estaba
decidido a no hacer nunca, considerando qué dura cosa sea encontrar
alguien que bien se adapte a las costumbres de uno, y cuán grande
sea la abundancia de lo contrario, y cómo es una vida dura la de
quien da con una mujer que no le convenga bien. Y decir que creéis
por las costumbres de los padres y de las madres conocer a las
hijas, con lo que argumentáis que me la daréis tal que me plazca, es
una necedad, como sea que no sepa yo cómo podéis saber quiénes son
sus padres ni los secretos de sus madres; y aun conociéndolos, son
muchas veces los hijos diferentes de los padres y las madres. Pero
puesto que con estas cadenas os place anudarme, quiero daros gusto;
y para que no tenga que quejarme de nadie sino de mí, si mal
sucediesen las cosas, quiero ser yo mismo quien la encuentre,
asegurándoos que, sea quien sea a quien elija, si no es como señora
acatada por vosotros, experimentaréis para vuestro daño cuán penoso
me es tomar mujer a ruegos vuestros y contra mi voluntad.
Los valerosos hombres respondieron que
estaban de acuerdo con que él se decidiese a tomar mujer. Habían
gustado a Gualtieri hacía mucho tiempo las maneras de una pobre
jovencita que vivía en una villa cercana a su casa, y pareciéndole
muy hermosa, juzgó que con ella podría llevar una vida asaz feliz; y
por ello, sin más buscar, se propuso casarse con ella; y haciendo
llamar a su padre, que era pobrísimo, convino con él tomarla por
mujer. Hecho esto, hizo Gualtieri reunirse a todos sus amigos de la
comarca y les dijo:
-Amigos míos, os ha placido y place que me
decida a tomar mujer, y me he dispuesto a ello más por complaceros a
vosotros que por deseo de mujer que tuviese. Sabéis lo que me
prometisteis: es decir, que estaríais contentos y acataríais como
señora a cualquiera que yo eligiese; y por ello, ha llegado el
momento en que pueda yo cumpliros mi promesa y en que vos cumpláis
la vuestra. He encontrado una joven de mi gusto muy cerca de aquí
que entiendo tomar por mujer y traérmela a casa dentro de pocos
días: y por ello, pensad en preparar una buena fiesta de bodas y en
recibirla honradamente para que me pueda sentir satisfecho con el
cumplimiento de vuestra promesa como vos podéis sentiros con el mío.
Los hombres buenos, todos contentos,
respondieron que les placía y que, fuese quien fuese, la tendrían
por señora y la acatarían en todas las cosas como a señora; y
después de esto todos se pusieron a preparar una buena y alegre
fiesta, y lo mismo hizo Gualtieri. Hizo preparar unas bodas
grandísimas y hermosas, e invitar a muchos de sus amigos y parientes
y a muchos gentileshombres y a otros de los alrededores; y además de
esto hizo cortar y coser muchas ropas hermosas y ricas según las
medidas de una joven que en la figura le parecía como la jovencita
con quien se había propuesto casarse, y además de esto dispuso
cinturones y anillos y una rica y bella corona, y todo lo que se
necesitaba para una recién casada. Y llegado el día que había fijado
para las bodas, Gualtieri, a la hora de tercia, montó a caballo, y
todos los demás que habían venido a honrarlo; y teniendo dispuestas
todas las cosas necesarias, dijo:
-Señores, es hora de ir a por la novia.
Y poniéndose en camino con toda su comitiva
llegaron al villorrio; y llegados a casa del padre de la muchacha, y
encontrándola a ella que volvía de la fuente con agua, con mucha
prisa para ir después con otras mujeres a ver la novia de Gualtieri,
cuando la vio Gualtieri la llamó por su nombre -es decir, Griselda-
y le preguntó dónde estaba su padre; a quien ella repuso
vergonzosamente:
-Señor mío, está en casa.
Entonces Gualtieri, echando pie a tierra y
mandando a todos que esperasen, solo entró en la pobre casa, donde
encontró al padre de ella, que se llamaba Giannúculo, y le dijo:
-He venido a casarme con Griselda, pero
antes quiero que ella me diga una cosa en tu presencia.
Y le preguntó si siempre, si la tomaba por
mujer, se ingeniaría en complacerle y en no enojarse por nada que él
dijese o hiciese, y si sería obediente, y semejantemente otras
muchas cosas, a las cuales, a todas contestó ella que sí. Entonces
Gualtieri, cogiéndola de la mano, la llevó fuera, y en presencia de
toda su comitiva y de todas las demás personas hizo que se
desnudase; y haciendo venir los vestidos que le había mandado hacer,
prestamente la hizo vestirse y calzarse, y sobre los cabellos, tan
despeinados como estaban, hizo que le pusieran una corona, y después
de esto, maravillándose todos de esto, dijo:
-Señores, ésta es quien quiero que sea mi
mujer, si ella me quiere por marido.
Y luego, volviéndose a ella, que
avergonzada de sí misma y titubeante estaba, le dijo:
-Griselda, ¿me quieres por marido?
A quien ella repuso:
-Señor mío, sí.
Y él dijo:
-Y yo te quiero por mujer.
Y en presencia de todos se casó con ella; y
haciéndola montar en un palafrén, honrosamente acompañada se la
llevó a su casa. Hubo allí grandes y hermosas bodas, y una fiesta no
diferente de que si hubiera tomado por mujer a la hija del rey de
Francia. La joven esposa pareció que con los vestidos había cambiado
el ánimo y el comportamiento. Era, como ya hemos dicho, hermosa de
figura y de rostro, y todo lo hermosa que era pareció agradable,
placentera y cortés, que no hija de Giannúculo y pastora de ovejas
parecía haber sido sino de algún noble señor; de lo que hacía
maravillarse a todo el mundo que antes la había conocido; y además
de esto era tan obediente a su marido y tan servicial que él se
tenía por el más feliz y el más pagado hombre del mundo; y de la
misma manera, para con los súbditos de su marido era tan graciosa y
tan benigna que no había ninguno de ellos que no la amase y que no
la honrase de grado, rogando todos por su bien y por su prosperidad
y por su exaltación, diciendo (los que solían decir que Gualtieri
había obrado como poco discreto al haberla tomado por mujer) que era
el más discreto y el más sagaz hombre del mundo, porque ninguno sino
él habría podido conocer nunca la alta virtud de ésta escondida bajo
los pobres paños y bajo el hábito de villana. Y en resumen, no
solamente en su marquesado, sino en todas partes, antes de que mucho
tiempo hubiera pasado, supo ella hacer de tal manera que hizo hablar
de su valor y de sus buenas obras, y volver en sus contrarias las
cosas dichas contra su marido por causa suya (si algunas se habían
dicho) al haberse casado con ella. No había vivido mucho tiempo con
Gualtieri cuando se quedó embarazada, y en su momento parió una
niña, de lo que Gualtieri hizo una gran fiesta. Pero poco después,
viniéndosele al ánimo un extraño pensamiento, esto es, de querer con
larga experiencia y con cosas intolerables probar su paciencia,
primeramente la hirió con palabras, mostrándose airado y diciendo
que sus vasallos muy descontentos estaban con ella por su baja
condición, y especialmente desde que veían que tenía hijos, y de la
hija que había nacido, tristísimos, no hacían sino murmurar. Cuyas
palabras oyendo la señora, sin cambiar de gesto ni de buen talante
en ninguna cosa, dijo:
-Señor mío, haz de mí lo que creas que
mejor sea para tu honor y felicidad, que yo estaré completamente
contenta, como que conozco que soy menos que ellos y que no era
digna de este honor al que tú por tu cortesía me trajiste.
Gualtieri amó mucho esta respuesta, viendo
que no había entrado en ella ninguna soberbia por ningún honor de
los que él u otros le habían hecho. Poco tiempo después, habiendo
con palabras generales dicho a su mujer que sus súbditos no podían
sufrir a aquella niña nacida de ella, informando a un siervo suyo,
se lo mandó, el cual con rostro muy doliente le dijo:
-Señora, si no quiero morir tengo que hacer
lo que mi señor me manda. Me ha mandado que coja a esta hija vuestra
y que... -y no dijo más.
La señora, oyendo las palabras y viendo el
rostro del siervo, y acordándose de las palabras dichas, comprendió
que le había ordenado que la matase; por lo que prestamente,
cogiéndola de la cuna y besándola y bendiciéndola, aunque con gran
dolor en el corazón sintiese, sin cambiar de rostro, la puso en
brazos del siervo y le dijo:
-Toma, haz por entero lo que tu señor y el
mío te ha ordenado; pero no dejes que los animales y los pájaros la
devoren salvo si él lo mandase.
El siervo, cogiendo a la niña y contando a
Gualtieri lo que dicho había la señora, maravillándose él de su
paciencia, la mandó con ella a Bolonia a casa de una pariente,
rogándole que sin nunca decir de quién era hija, diligentemente la
criase y educase. Sucedió después que la señora se quedó embarazada,
y al debido tiempo parió un hijo varón, lo que carísimo fue a
Gualtieri; pero no bastándole lo que había hecho, con mayor golpe
hirió a su mujer, y con rostro airado le dijo un día:
-Mujer, desde
que tuviste este hijo varón de ninguna guisa puedo vivir con esta
gente mía, pues tan duramente se lamentan que un nieto de Giannúculo
deba ser su señor después de mí, por lo que dudo que, si no quiero
que me echen, no tenga que hacer lo que hice otra vez, y al final
dejarte y tomar otra mujer. La mujer le oyó con paciente ánimo y no
contestó sino:
-Señor mío, piensa en contentarte a ti
mismo y satisfacer tus gustos, y no pienses en mí, porque nada me es
querido sino cuando veo que te agrada.
Luego de no muchos días, Gualtieri, de
aquella misma manera que había mandado por la hija, mandó por el
hijo, y semejantemente mostrando que lo había hecho matar, a criarse
lo mandó a Bolonia, como había mandado a la niña; de la cual cosa,
la mujer, ni otro rostro ni otras palabras dijo que había dicho
cuando la niña, de lo que Gualtieri mucho se maravillaba, y afirmaba
para sí mismo que ninguna otra mujer podía hacer lo que ella hacía:
y si no fuera que afectuosísima con los hijos, mientras a él le
placía, la había visto, habría creído que hacía aquello para no
preocuparse más de ellos, mientras que sabía que lo hacía como
discreta. Sus súbditos, creyendo que había hecho matar a sus hijos
mucho se lo reprochaban y lo reputaban como hombre cruel, y de su
mujer tenían gran compasión; la cual, con las mujeres que con ella
se dolían de los hijos muertos de tal manera nunca dijo otra cosa
sino que aquello le placía a aquel que los había engendrado.
Pero habiendo pasado muchos años después
del nacimiento de la niña, pareciéndole tiempo a Gualtieri de hacer
la última prueba de la paciencia de ella, a muchos de los suyos dijo
que de ninguna guisa podía sufrir más el tener por mujer a Griselda
y que se daba cuenta de que mal y juvenilmente había obrado, y por
ello en lo que pudiese quería pedirle al Papa que le diera dispensa
para que pudiera tomar otra mujer y dejar a Griselda; de lo que le
reprendieron muchos hombres buenos, a quienes ninguna otra cosa
respondió sino que tenía que ser así. Su mujer, oyendo estas cosas y
pareciéndole que tenía que esperar volverse a la casa de su padre, y
tal vez a guardar ovejas como había hecho antes, y ver a otra mujer
tener a aquel a quien ella quería todo lo que podía, mucho en su
interior sufría; pero, tal como había sufrido otras injurias de la
fortuna, así se dispuso con tranquilo semblante a soportar ésta. No
mucho tiempo después, Gualtieri hizo venir sus cartas falsificadas
de Roma, y mostró a sus súbditos que el Papa, con ellas, le había
dado dispensa para poder tomar otra mujer y dejar a Griselda; por lo
que, haciéndola venir delante, en presencia de muchos le dijo:
-Mujer, por concesión del Papa puedo elegir
otra mujer y dejarte a ti; y porque mis antepasados han sido grandes
gentileshombres y señores de este dominio, mientras los tuyos
siempre han sido labradores, entiendo que no seas más mi mujer, sino
que te vuelvas a tu casa con Giannúculo con la dote que me trajiste,
y yo luego, otra que he encontrado apropiada para mí, tomaré.
La mujer, oyendo estas palabras, no sin
grandísimo trabajo (superior a la naturaleza femenina) contuvo las
lágrimas, y respondió:
-Señor mío, yo siempre he conocido mi baja
condición y que de ningún modo era apropiada a vuestra nobleza, y lo
que he tenido con vos, de Dios y de vos sabía que era y nunca mío lo
hice o lo tuve, sino que siempre lo tuve por prestado; os place que
os lo devuelva y a mí debe placerme devolvéroslo: aquí está vuestro
anillo, con el que os casasteis conmigo, tomadlo. Me ordenáis que la
dote que os traje me lleve, para lo cual ni a vos pagadores ni a mí
bolsa ni bestia de carga son necesarios, porque de la memoria no se
me ha ido que desnuda me tomasteis; y si creéis honesto que el
cuerpo en el que he llevado hijos engendrados por vos sea visto por
todos, desnuda me iré; pero os ruego, en recompensa de la virginidad
que os traje y que no me llevo, que al menos una camisa sobre mi
dote os plazca que pueda llevarme.
Gualtieri, que mayor gana tenía de llorar
que de otra cosa, permaneciendo, sin embargo, con el rostro
impasible, dijo:
-Pues llévate una camisa.
Cuantos en torno estaban le rogaban que le
diera un vestido, para que no fuese vista quien había sido su mujer
durante trece años o más salir de su casa tan pobre y tan vilmente
como era saliendo en camisa; pero fueron vanos los ruegos, por lo
que la señora, en camisa y descalza y con la cabeza descubierta,
encomendándoles a Dios, salió de casa y volvió con su padre, entre
las lágrimas y el llanto de todos los que la vieron. Giannúculo, que
nunca había podido creer que era cierto que Gualtieri tenía a su
hija por mujer, y cada día esperaba que sucediese esto, había
guardado las ropas que se había quitado la mañana en que Gualtieri
se casó con ella; por lo que, trayéndoselas y vistiéndose ella con
ellas, a los pequeños trabajos de la casa paterna se entregó como
antes hacer solía, sufriendo con esforzado ánimo el duro asalto de
la enemiga fortuna. Cuando Gualtieri hubo hecho esto, hizo creer a
sus súbditos que había elegido a una hija de los condes de Pánago ;
y haciendo preparar grandes bodas, mandó a buscar a Griselda; a
quien, cuando llegó, dijo:
-Voy a traer a esta señora a quien acabo de
prometerme y quiero honrarla en esta primera llegada suya; y sabes
que no tengo en casa mujeres que sepan arreglarme las cámaras ni
hacer muchas cosas necesarias para tal fiesta; y por ello tú, que
mejor que nadie conoces estas cosas de casa, pon en orden lo que
haya que hacer y haz que se inviten las damas que te parezcan y
recíbelas como si fueses la señora de la casa; luego, celebradas las
bodas, podrás volverte a tu casa.
Aunque estas palabras fuesen otras tantas
puñaladas dadas en el corazón de Griselda, como quien no había
podido arrojar de sí el amor que sentía por él como había hecho la
buena fortuna, repuso:
-Señor mío, estoy presta y dispuesta.
Y entrando, con sus vestidos de paño pardo
y burdo en aquella casa de donde poco antes había salido en camisa,
comenzó a barrer las cámaras y ordenarlas, y a hacer poner
reposteros y tapices por las salas, a hacer preparar la cocina, y
todas las cosas, como si una humilde criadita de la casa fuese,
hacer con sus propias manos; y no descansó hasta que tuvo todo
preparado y ordenado como convenía. Y después de esto, haciendo de
parte de Gualtieri invitar a todas las damas de la comarca, se puso
a esperar la fiesta, y llegado el día de las bodas, aunque vestida
de pobres ropas, con ánimo y porte señorial a todas las damas que
vinieron, y con alegre gesto, las recibió. Gualtieri, que
diligentemente había hecho criar en Bolonia a sus hijos por sus
parientes (que por su matrimonio pertenecían a la familia de los
condes de Pánago), teniendo ya la niña doce años y siendo la cosa
más bella que se había visto nunca, y el niño que tenía seis, había
mandado un mensaje a Bolonia a su pariente rogándole que le
pluguiera venir a Saluzzo con su hija y su hijo y que trajese
consigo una buena y honrosa comitiva, y que dijese a todos que la
llevaba a ella como a su mujer, sin manifestar a nadie sobre quién
era ella. El gentilhombre, haciendo lo que le rogaba el marqués,
poniéndose en camino, después de algunos días con la jovencita y con
su hermano y con una noble comitiva, a la hora del almuerzo llegó a
Saluzzo, donde todos los campesinos y muchos otros vecinos de los
alrededores encontró que esperaban a esta nueva mujer de Gualtieri.
La cual, recibida por las damas y llegada a la sala donde estaban
puestas las mesas, Griselda, tal como estaba, saliéndole alegremente
al encuentro, le dijo:
-¡Bien venida sea mi señora!
Las damas, que mucho habían (aunque en
vano) rogado a Gualtieri que hiciese de manera que Griselda se
quedase en una cámara o que él le prestase alguno de los vestidos
que fueron suyos, se sentaron a la mesa y se comenzó a servirles. La
jovencita era mirada por todos y todos decían que Gualtieri había
hecho buen cambio, y entre los demás Griselda la alababa mucho, a
ella y a su hermano. Gualtieri, a quien parecía haber visto por
completo todo cuanto deseaba de la paciencia de su mujer, viendo que
en nada la cambiaba la extrañeza de aquellas cosas, y estando seguro
de que no por necedad sucedía aquello porque muy bien sabía que era
discreta, le pareció ya hora de sacarla de la amargura que juzgaba
que bajo el impasible gesto tenía escondida; por lo que, haciéndola
venir, en presencia de todos sonriéndole, le dijo:
-¿Qué te parece nuestra esposa?
-Señor mío -repuso Griselda-, me parece muy
bien; y si es tan discreta como hermosa, lo que creo, no dudo de que
viváis con ella como el más feliz señor del mundo; pero cuanto está
en mi poder os ruego que las heridas que a la que fue antes vuestra
causasteis, no se las causéis a ésta, que creo que apenas podría
sufrirlas, tanto porque es más joven como porque está educada en la
blandura mientras aquella otra estaba educada en fatigas continuas
desde pequeñita.
Gualtieri, viendo que creía firmemente que
aquélla iba a ser su mujer, y no por ello decía algo que no fuese
bueno, la hizo sentarse a su lado y dijo:
-Griselda, tiempo es ya de que recojas el
fruto de tu larga paciencia y de que quienes me han juzgado cruel e
inicuo y bestial sepan que lo que he hecho lo hacía con vistas a un
fin, queriendo enseñarte a ser mujer, y a ellos saber elegirla y
guardarla, y lograr yo perpetua paz mientras contigo tuviera que
vivir; lo que, cuando tuve que tomar mujer, gran miedo tuve de no
conseguirlo; y por ello, para probar si era cierto, de cuantas
maneras sabes te herí y te golpeé. Y como nunca he visto que ni en
palabras ni en acciones te hayas apartado de mis deseos,
pareciéndome que tengo en ti la felicidad que deseaba, quiero
devolverte en un instante lo que en muchos años te quité y con suma
dulzura curar las heridas que te hice; y por ello, con alegre ánimo
recibe a ésta que crees mi esposa, y a su hermano, como tus hijos y
míos: son los mismos que tú y muchos otros durante mucho tiempo
habéis creído que yo había hecho matar cruelmente, y yo soy tu
marido, que sobre todas las cosas te amo, creyendo poder jactarme de
que no hay ningún otro que tanto como yo pueda estar contento de su
mujer.
Y dicho esto, lo abrazó y lo besó, y junto
con ella, que lloraba de alegría, poniéndose en pie fueron donde su
hija, toda estupefacta, había estado sentada escuchando estas cosas;
y abrazándola tiernamente, y también a su hermano, a ella y a muchos
otros que allí estaban sacaron de su error. Las damas,
contentísimas, levantándose de las mesas, con Griselda se fueron a
su alcoba y con mejores augurios quitándole sus rópulas, con un
noble vestido de los suyos la volvieron a vestir, y como a señora,
que ya lo parecía en sus harapos, la llevaron de nuevo a la sala. Y
haciendo allí con sus hijos maravillosa fiesta, estando todos
contentísimos con estas cosas, el solaz y el festejar multiplicaron
y alargaron muchos días; y discretísimo juzgaron a Gualtieri, aunque
demasiado acre e intolerable juzgaron el experimento que había hecho
con su mujer, y discretísima sobre todos juzgaron a Griselda. El
conde de Pánago se volvió a Bolonia luego de algunos días, y
Gualtieri, retirando a Giannúculo de su trabajo, como a su suegro lo
puso en un estado en que honradamente y con gran felicidad vivió y
terminó su vejez. Y él luego, casando altamente a su hija, con
Griselda, honrándola siempre lo más que podía, largamente y feliz
vivió. ¿Qué podría decirse aquí sino que también sobre las casas
pobres llueven del cielo los espíritus divinos, y en las reales
aquellos que serían más dignos de guardar puercos que de tener
señorío sobre los hombres? ¿Quién más que Griselda habría podido,
con el rostro no solamente seco, sino alegre, sufrir las duras y
nunca oídas pruebas a que la sometió Gualtieri? A quien tal vez le
habría estado muy merecido haber dado con una que, cuando la hubiera
echado de casa en camisa, se hubiese hecho sacudir el polvo de
manera que se hubiese ganado un buen vestido.
Había terminado la historia de Dioneo y
mucho habían hablado de ella las señoras, quien de un lado y quien
del otro tirando, y quien reprochando una cosa y quien otra alabando
en relación con ella, cuando el rey, levantando el rostro al cielo y
viendo que el sol estaba ya más bajo de la hora de vísperas, sin
levantarse comenzó a hablar así.
-Esplendorosas señoras, como creo que
sabéis, el buen sentido de los mortales no consiste sólo en tener en
la memoria las cosas pretéritas o conocer las presentes, sino que
por las unas y las otras saber prever las futuras es reputado como
talento grandísimo por los hombres eminentes. Nosotros, como sabéis,
mañana hará quince días, para tener algún entretenimiento con el que
sujetar nuestra salud y vida, dejando la melancolía y los dolores y
las angustias que por nuestra ciudad continuamente, desde que
comenzó este pestilente tiempo, se ven, salimos de Florencia; lo
que, según mi juicio, hemos hecho honestamente porque, si he sabido
mirar bien, a pesar de que alegres historias y tal vez despertadoras
de la concupiscencia se han contado, y del continuo buen comer y
beber, y la música y los cánticos (cosas todas que inclinan a las
cabezas débiles a cosas menos honestas) ningún acto, ninguna
palabra, ninguna cosa ni por vuestra parte ni por la nuestra he
visto que hubiera de ser reprochada; continua honestidad, continua
concordia, continua fraterna familiaridad me ha parecido ver y oír,
lo que sin duda, para honor y servicio vuestro y mío me es carísimo.
Y por ello, para que por demasiada larga costumbre algo que pudiese
convertirse en molesto no pueda, y para que nadie pueda reprochar
nuestra demasiado larga estancia aquí y habiendo cada uno de
nosotros disfrutado su jornada como parte del honor que ahora me
corresponde a mí, me parecería, si a vosotros os pluguiera, que
sería conveniente volvernos ya al lugar de donde salimos. Sin contar
con que, si os fijáis, nuestra compañía (que ya ha sido conocida por
muchas otras) podría multiplicarse de manera que nos quitase toda
nuestra felicidad; y por ello, si aprobáis mi opinión, conservaré la
corona que me habéis dado hasta nuestra partida, que entiendo que
sea mañana por la mañana; si juzgáis que debe ser de otro modo,
tengo ya pensado quién para el día siguiente debe coronarse. La
discusión fue larga entre las señoras y entre los jóvenes, pero por
último tomaron el consejo del rey como útil y honesto y decidieron
hacer tal como él había dicho; por la cual cosa éste, haciendo
llamar al senescal, habló con él sobre el modo en que debía
procederse a la mañana siguiente, y licenciada la compañía hasta la
hora de la cena, se puso en pie.
Las señoras y los otros, levantándose, no
de otra manera que de la que estaban acostumbrados, quien a un
entretenimiento, quien a otro se entregó; y llegada la hora de la
cena, con sumo placer fueron a ella, y después de ella comenzaron a
cantar y a tañer instrumentos y a carolar; y dirigiendo Laureta una
danza, mandó el rey a Fiameta que cantase una canción; la cual, muy
placenteramente así comenzó a cantar:
- Si Amor sin celos fuera,
- no sería yo mujer,
- aunque ello me alegrase, y a cualquiera.
- Si alegre juventud
- en bello amante a la mujer agrada,
- osadía o valor
- o fama de virtud,
- talento, cortesía, y habla honrada,
- o humor encantador,
- yo soy, por su salud,
- una que puede ver
- en mi esperanza esta visión entera.
- Pero porque bien veo
- que otras damas mi misma ciencia tienen,
- me muero de pavor
- creyendo que el deseo
- en donde yo lo he puesto a poner vienen:
- en quien es robador
- de mi alma, y de este modo en mi dolor
- y daño veo volver
- quien era mi ventura verdadera.
- Si viera lealtad
- en mi señor tal como veo valor
- celosa no estaría,
- pero es tan gran verdad
- que muchas van en busca de amador,
- que en todos ellos veo ya falsía.
- Esto me desespera, y moriría;
- y que voy a perder
- su amor sospecho, que otra robaría.
- Por Dios, a cada una
- de vosotras le ruego que no intente
- hacerme en esto ultraje,
- que, si lo hiciera alguna
- con palabras, o señas, u otramente,
- le juro que sería mi coraje
- capaz de triste hacerla, y con lenguaje
- decir no he de poder
- cuánto por tal locura ella sufriera.
Cuando Fiameta hubo terminado su canción,
Dioneo, que estaba a su lado, dijo riendo: -Señora, sería gran
cortesía que dieseis a conocer a todas quién es, para que por
ignorancia no os fuese arrebatada vuestra posesión, ya que así os
enojaríais.
Después de ésta, se cantaron muchas otras;
y estando ya la noche casi mediada, cuando plugo al rey, todos se
fueron a descansar. Y al aparecer el nuevo día, levantándose,
habiendo ya el senescal mandado todas las cosas por delante, tras de
la guía del discreto rey hacia Florencia tornaron; y los tres
jóvenes, dejando a las siete señoras en Santa María la Nueva, de
donde habían salido con ellas, despidiéndose de ellas, a sus otros
solaces atendieron; y ellas, cuando les pareció, se volvieron a sus
casas.
CONCLUSIÓN DEL AUTOR
Nobilísimas jóvenes por cuyo consuelo he
pasado tan larga fatiga, creo que (habiéndome ayudado la divina
gracia por vuestros piadosos ruegos, según juzgo, más que por mis
méritos) he terminado cumplidamente lo que al comenzar la presente
obra prometí que haría; por la cual cosa, a Dios primeramente y
después a vosotras dando las gracias, es tiempo de conceder reposo a
la pluma y a la fatigada mano. Pero antes de concedérselo,
brevemente algunas cosillas, que tal vez alguna de vosotras u otros
pudiesen decir (como sea que me parece certísimo que éstas no
tendrán privilegio mayor que ninguna de las otras cosas, como que no
lo tienen me acuerdo haber mostrado al principio de la cuarta
jornada), como movido por tácitas cuestiones, intento responder.
Habrá por ventura algunas de vosotras que digan que al escribir
estas novelas me he tomado demasiadas libertades, como la de hacer
algunas veces decir a las señoras, y muy frecuentemente escuchar,
cosas no muy apropiadas ni para que las digan ni para que las
escuchen las damas honestas. La cual cosa yo niego porque ninguna
hay tan deshonesta que, si con honestas palabras se dice, sea una
mancha para nadie; lo que me parece haber hecho aquí bastante
apropiadamente Pero supongamos que sea así, que no intento litigar
con vosotras, que me venceríais; digo que para responderos por qué
lo he hecho así, muchas razones se me ocurren prestísimo.
Primeramente, si algo en alguna hay, la calidad de las novelas lo ha
requerido, las cuales, si con ojos razonables fuesen miradas por
personas entendidas, muy claramente sería conocido que sin haber
traicionado su naturaleza no hubiese podido contarlas de otro modo Y
si tal vez en ellas hay alguna partecilla, alguna palabrita más
libre de lo que tal vez tolera alguna santurrona (que más pesan las
palabras que los hechos y más se ingenian en parecer buenas que en
serio), digo que más no se me debe reprochar a mí haberlas escrito
que generalmente se reprocha a los hombres y a las mujeres decir
todos los días «agujero», «clavija» y «mortero» y «almirez», y
«salchicha» y «mortadela», y una gran cantidad de cosas semejantes.
Sin contar con que a mi pluma no debe concedérsele menor autoridad
que al pincel del pintor, al que sin ningún reproche (o al menos
justo), dejamos que pinte no ya a San Miguel herir a la serpiente
con la espada o con la lanza y a San Jorge el dragón cuando le
place, sino que hace a Cristo varón y a Eva hembra, y a Aquel mismo
que quiso morir por la salvación del género humano sobre la cruz,
unas veces con un clavo y otras con dos, lo clava en ella. Además,
muy bien puede conocerse que estas cosas no en la iglesia, de cuyas
cosas con ánimos y palabras honestísimas se debe hablar (aunque en
sus historias muchas se encuentren de sucesos más allá de los
escritos por mí), ni tampoco en las escuelas de los filósofos, donde
la honestidad se requiere no menos que en otra parte, se cuentan; ni
entre clérigos ni entre filósofos en ningún lugar, sino en los
jardines, y como entretenimiento, entre personas jóvenes aunque
maduras y no influenciables por las novelas, en un tiempo durante el
cual el ir con las bragas en la cabeza para salvar la vida no
sentaba tan mal a las personas honestas. Las cuales, sean quienes
sean, perjudicar y mejorar pueden tal como pueden todas las demás
cosas, según sea el oyente. ¿Quién no sabe que el vino es óptima
cosa para los vivientes, según Cincilione y Escolario y muchos
otros, y para quien tiene fiebre es nocivo? ¿Diremos, entonces, que
porque perjudica a los que tienen fiebre es malo? ¿Quién no sabe que
el fuego es utilísimo, y aun necesario a los mortales? ¿Diremos,
porque quema las casas y los pueblos y la ciudad, que sea malo? Las
armas, semejantemente, defienden la vida de quien pacíficamente
vivir desea; y también matan a los hombres muchas veces, no por
maldad suya, sino de quienes las usan. Ninguna mente corrupta
entendió nunca rectamente una palabra; y así como las honestas nada
les aprovechan, así las que no son tan honestas no pueden contaminar
a la bien dispuesta, así como el lodo a los rayos solares o las
inmundicias terrenas a las bellezas del cielo. ¿Qué libros, qué
palabras, qué papeles son más santos, más dignos, más reverendos que
los de la divina Escritura? Y muchos ha habido que, entendiéndolos
perversamente, a sí mismo y a otros han llevado a la perdición. Cada
cosa en sí misma es buena para alguna cosa, y mal usada puede ser
nociva para muchas; y así digo de mis novelas. Quien quiera sacar de
ellas mal consejo o mala obra, a ninguno se lo vedarán si lo tienen
en sí o si son retorcidas y estiradas hasta que lo tengan; y a quien
utilidad y fruto quiera no se lo negarán, y nunca serán tenidas por
otra cosa que por útiles y honestas si se leen o cuentan en las
ocasiones y a las personas para los cuales y para quienes han sido
contadas. Quien tenga que rezar padrenuestros o hacer tortas de
castaña para su confesor, que las deje, que no correrán tras de
nadie para hacerse leer, aunque las beatas las digan (y también las
hagan) alguna que otra vez. Habrá igualmente, quienes digan que hay
algunas que hubiera sido mejor que no estuviesen. Lo concedo: pero
yo no podía ni debía escribir sino las que eran contadas y por ello
quienes las contaron debieron haberlas contado buenas, y yo las
hubiera escrito buenas. Pero si quisiera presuponerse que yo hubiera
sido de éstas el inventor y el escritor, que no lo fui, digo que no
me avergonzaría de que no todas fuesen buenas, porque no hay ningún
maestro, de Dios para abajo, que haga todas las cosas bien y
cumplidamente; y Carlo Magno, que fue el primero en crear paladines,
no pudo crear tantos que por ellos mismos pudiesen formar un
ejército. En la multitud de las cosas diversas conviene que las haya
de toda calidad. Ningún campo se cultivó nunca tanto que en él
ortigas y abrojos o algún espino no se encontrase mezclado con las
mejores hierbas. Sin contar con que, al tener que hablar a
jovencitas simples, como sois la mayoría de vosotras, necedad
hubiera sido el andar buscando y fatigándose en buscar cosas muy
exquisitas y poner gran cuidado en hablar muy mesuradamente. Pero en
resumen, quien va leyendo éstas de una en otra, deje las que le
molesten y las que le deleiten lea: para no engañar a nadie, llevan
en la frente escrito lo que en su interior escondido contienen. Y
todavía creo que habrá quien diga que las hay demasiado largas; a
los que repito que quien tiene otra cosa que hacer hace una locura
leyéndolas, y también si fuesen breves. Y aunque ha pasado mucho
tiempo desde que comencé a escribir hasta este momento en que llego
al final de mi fatiga, no se me ha ido de la cabeza que he ofrecido
este trabajo mío a los ociosos y no a los otros; y para quien lee
por pasar el tiempo nada puede ser largo si le sirve para lo que
quiere. Las cosas breves convienen mucho mejor a los estudiosos (que
no para pasar el tiempo sino para usarlo útilmente trabajan) que a
vosotras, mujeres, a quienes todo el tiempo sobra que no gastáis en
los amorosos placeres; y además de esto, como ni a Atenas ni a
Bolonia ni a París vais estudiar ninguna, más largamente conviene
hablaros que a quienes tienen el ingenio agudizado por los estudios.
Y no dudo que haya quienes digan que las cosas contadas están
demasiado llenas de chistes y de bromas, y que no es propio de un
hombre grave y de peso haber así escrito. A éstas debo darles las
gracias, y se las doy, porque, movidas por bondadoso celo, se
preocupan tanto de mi fama. Pero a su objeción voy a responder así:
confieso que hombre de peso soy y que muchas veces lo he sido en mi
vida; y por ello, hablando a aquellas que no conocen mi peso, afirmo
que no soy grave sino que soy tan leve que me sostengo en el agua; y
considerando que los sermones echados por los frailes para que los
hombres se corrijan de sus culpas, la mayoría llenos de frases
ingeniosas y de bromas y de bufonadas se encuentran, juzgué que las
mismas no estarían mal en mis novelas, escritas para apartar la
melancolía de las mujeres. Empero, si demasiado se riesen con ello,
el lamento de Jeremías, la pasión del Salvador y los remordimientos
de la Magdalena podrán fácilmente curarlas. ¿Y quién pensará que aún
haya de aquellas que digan que tengo una lengua mala y venenosa
porque en algún lugar escribo la verdad de los frailes? A quienes
esto digan hay que perdonarlas porque no es de creer que otra cosa
sino una justa razón las mueva, porque los frailes son buenas
personas y huyen de la incomodidad por amor de Dios, y muelen cuando
el caz está colmado y no lo cuentan; y si no fuese porque todos
huelen un poco a cabruno, mucho más agradable sería su manjar.
Confieso, sin embargo, que las cosas de este mundo no tienen
estabilidad alguna, sino que siempre están cambiando, y así podría
ocurrir con mi lengua; la cual, no confiando yo en mi propio juicio,
del que desconfío cuanto puedo en mis asuntos, no hace mucho me dijo
una vecina mía que era la mejor y la más dulce del mundo: y en
verdad que cuando esto fue había pocas de las precedentes novelas
que faltasen por escribir. Y porque con animosidad razonan aquellas
tales, quiero que lo que se ha dicho baste a responderlas. Y dejando
ya a cada una decir y creer como les parezca, es tiempo de poner fin
a las palabras, dando las gracias humildemente a Aquel que tras una
tan larga fatiga con su ayuda me ha conducido al deseado fin; y
vosotras, amables mujeres, quedaos en paz con su gracia, acordándoos
de mí si tal vez a alguna algo le ayuda el haberlas leído.
AQUÍ TERMINA LA DÉCIMA Y ÚLTIMA JORNADA
DEL
LIBRO LLAMADO DECAMERÓN,
APELLIDADO PRÍNCIPE GALEOTO
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