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SEXTA JORNADA
COMIENZA LA SEXTA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN
LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE ELISA, SE DISCURRE SOBRE QUIEN CON
ALGUNAS PALABRAS INGENIOSAS SE RESARCE DE ALGÚN ATAQUE, O CON UNA
RÁPIDA RESPUESTA U OCURRENCIA ESCAPA A LA PERDICIÓN O AL PELIGRO O
AL DESHONOR.
Había la luna, estando ya en medio del
cielo, perdido sus rayos, y ya con la nueva luz que llegaba estando
claras todas las partes de nuestro mundo cuando, levantándose la
reina, haciendo llamar a su compañía, algo se alejaron, con lento
paso, del hermoso palacio paseándose entre el rocío, sobre una y
otra cosa varios razonamientos teniendo, y disputando sobre la mayor
y menor belleza de las historias contadas, y riéndose de nuevo de
diversos sucesos contados en ellas, hasta que, levantándose más el
sol y empezando a calentar, a todos pareció tener que volver a casa;
por lo que, volviendo sobre sus pasos, allá se fueron. Y allí,
estando ya puestas las mesas y todo lleno de esparcidas hierbecillas
olorosas y flores, antes de que el calor se hiciese mayor, por orden
de la reina se pusieron a comer, y hecho esto con fiesta, antes de
hacer otra cosa, cantadas algunas cancioncillas bellas y graciosas,
quién se fue a dormir y quién a jugar a los dados y quién a las
tablas; y Dioneo junto con Laureta sobre Troilo y Criseida se
pusieron a cantar . Y llegada ya la hora de volver al consistorio ,
siendo todos llamados por la reina, como acostumbraban, en torno a
la fuente se sentaron; y queriendo ya la reina mandar que se contase
la primera historia sucedió algo que hasta entonces no había
sucedido, y fue que por la reina y por todos fue oído un gran
alboroto que las criadas y los servidores hacían en la cocina. Por
lo que hecho llamar el senescal y preguntándole quién gritaba y cuál
era la razón del alboroto, repuso que el alboroto era entre Licisca
y Tíndaro pero que la razón no 1a sabía, como quien acababa de
llegar a donde estaban para hacerlos callar cuando de parte suya lo
habían llamado. Al cual mandó la reina que incontinenti hiciera
venir aquí a Licisca y Tíndaro; venidos los cuales, preguntó la
reina cuál era la razón de su alboroto. Y queriéndole responder
Tíndaro, Licisca, que sus años tenía y un tanto soberbia era, y
calentada con el gritar, volviéndose a él con mal gesto, dijo:
-¡Ved este animal de hombre a lo que se
atreve, donde estoy yo a hablar antes que yo! Deja que yo lo diga.
-Y volviéndose a la reina, dijo:- Señora, éste quiere saber más que
yo de la mujer de Sicofonte, y ni más ni menos que si yo no la
conociese, quiere que crea que la noche primera que Sicofonte se
acostó con ella, micer Mazo entró en Montenegro por la fuerza y con
derramamiento de sangre; y yo digo que no es verdad sino que entró
pacíficamente y con gran placer de los de dentro. Y éste es tan
animal que se cree demasiado que las jóvenes son tan tontas que
están perdiendo el tiempo al cuidado del padre y los hermanos que de
siete veces seis esperan a casarlas tres o cuatro años más de lo que
deben. Hermano, ¡bien estarían si tuvieran que esperar tanto! Por
Cristo que debo saber lo que me digo cuando lo juro, no tengo vecina
yo que haya ido al marido doncella; y aun de las casadas bien sé
cuántas y qué burlas hacen a los maridos; y este borrego quiere
enseñarme a conocer a las mujeres, como si yo hubiera nacido ayer.
Mientras hablaba Licisca, se reían tanto las señoras que se les
habrían podido sacar todos los dientes que tenían; y la reina ya la
había mandado callar seis veces, pero no valía de nada: no paró
hasta que hubo dicho lo que quería. Pero luego de que puso fin a sus
palabras, la reina, riendo, volviéndose a Dioneo, dijo: -Dioneo,
éste es asunto tuyo, y por ello cuando hayamos terminado nuestras
historias tendrás que sentenciar en firme sobre él.
Dioneo prestamente le respondió:
-Señora, la sentencia está dada sin oír
más; y digo que Licisca tiene razón y creo que sea como ella dice, y
Tíndaro es un animal. -La cual cosa, oyendo Licisca, comenzó a
reírse, y volviéndose a Tíndaro, le dijo:
-Oye, bien lo decía yo: vete con Dios,
¿crees que sabes más que yo cuando todavía no tienes secos los ojos
? ¡Alabado sea!, no he vivido yo en vano, no.
Y si no fuera que la reina con un mal gesto
le impuso silencio y le mandó que no dijese una palabra más ni
hiciera ningún alboroto si no quería ser azotada, y mandó que se
fuesen ella y Tíndaro, nada se habría podido hacer en todo el día
sino oírla a ella. Poco después que hubieron partido, la reina
ordenó a Filomena que a las historias diera principio; la cual,
alegremente así comenzó:
NOVELA PRIMERA
Un caballero dice a doña Oretta que la
llevará a caballo y le contará una historia, y contándola
desordenadamente, ella le ruega que la baje del caballo.
Jóvenes señoras, como en las noches claras
son las estrellas ornamento del cielo y en la primavera las flores
de los verdes prados, y de los montes los vestidos arbustillos, así
de las corteses costumbres y de los bellos discursos lo son las
frases ingeniosas; las cuales, porque son breves, tanto mejor
convienen a las mujeres que a los hombres, cuanto a las mujeres más
que a los hombres el mucho hablar afea. Es verdad que, sea cual sea
la razón, o la mitad de nuestro ingenio o la singular enemistad que
a nuestros siglos tengan los cielos, hoy pocas o ninguna mujer
quedan que sepan en los momentos oportunos decir algunas, o, si se
dicen, entenderlas como conviene: vergüenza general de todas
nosotras. Pero porque ya sobre esta materia suficiente fue dicho por
Pampínea , no entiendo seguir adelante; mas por haceros ver cuán
bello es decirlas en el momento oportuno, una cortés imposición de
silencio hecha por una gentil señora a un caballero me place
contaros:
Así como muchas de vosotras pueden saberlo
(o por haberlo visto o haberlo oído), no hace mucho tiempo hubo en
nuestra ciudad una gentil y cortés señora y elocuente cuyo valor no
ha merecido que se olvide su nombre. Se llamó, pues, doña Oretta y
fue la mujer de micer Geri Spina ; la cual, estando por acaso en el
campo, como estamos nosotros, y yendo de un lugar a otro para
entretenerse junto con otras señoras y caballeros, a quienes en su
casa había tenido a almorzar, y siendo tal vez el camino algo largo
de allí de donde partían a donde esperaban llegar todos a pie, dijo
uno de los caballeros de la compañía: -Doña Oretta, si queréis, yo
os llevaré gran parte del camino que tenemos que andar, a caballo y
contándoos una de las mejores historias del mundo.
La señora le repuso:
-Señor, mucho os lo ruego, y me será
gratísimo.
El señor caballero, a quien tal vez no le
sentaba mejor la espada al cinto que el novelar a la lengua, oído
esto, comenzó una historia que en verdad era de por sí bellísima,
pero repitiendo él tres o cuatro veces una misma palabra y unas
veces volviendo atrás, y a veces diciendo: «No es como dije», y con
frecuencia equivocándose en los nombres, diciendo uno en lugar de
otro, gravemente la estropeaba; sin contar con que pésimamente,
según la cualidad de las personas y de los actos que les sucedían,
hacía la exposición. De lo que a doña Oretta, al oírlo, muchas veces
le venían sudores y un desvanecimiento del corazón como si, enferma,
estuviera a punto de finar; la cual cosa, después de que ya sufrir
no la pudo, conociendo que el caballero había entrado en un embrollo
y no sabía cómo salir, placenteramente dijo: -Señor, este caballo
vuestro tiene un trote muy duro, por lo que os ruego que os plazca
dejarme bajar. El caballero, que por ventura era mucho mejor
entendedor que narrador, entendida la alusión, y tomándola
festivamente y a broma, echó mano de otras novelas, y la que había
comenzado y mal seguido, dejó sin terminar.
NOVELA SEGUNDA
El panadero Cisti con una sola palabra hace
arrepentirse a micer Géri Spina de una irreflexiva petición suya.
Mucho fue por todas las mujeres y los
hombres alabado el decir de doña Oretta, al que mandó la reina que
Pampínea siguiese; por lo que ella comenzó así:
Hermosas señoras, no sé ver por mí misma
qué tiene mayor culpa, si la naturaleza emparejando un alma noble
con un cuerpo vil o la fortuna emparejando con un cuerpo dotado de
alma noble un vil oficio, como en Cisti , nuestro conciudadano, y en
muchos más hemos podido ver que sucedía; al cual Cisti, provisto de
altísimo ánimo, la fortuna hizo panadero. Y ciertamente le echaría
yo la culpa por igual a la naturaleza y a la fortuna si no supiese
que la naturaleza es discretísima y que la fortuna tiene mil ojos
aunque los tontos se la figuren ciega. Las cuales creo yo que, como
muy previsoras, hacen lo que los mortales hacen muchas veces,
cuando, inseguros del acontecer futuro, para una necesidad sus cosas
más preciosas en los sitios más viles de sus casas, como menos
sospechosos, sepultan, y de allí la sacan en las mayores
necesidades, habiéndolas el vil lugar más seguramente conservado que
lo habría hecho la hermosa cámara.
Y así las dos ministros del mundo con
frecuencia sus más preciosas cosas esconden bajo la sombra de las
artes reputadas más viles, para que al sacarlas de ellas cuando es
necesario, más claro aparezca su esplendor. Lo cual, en cuán poca
cosa el panadero Cisti lo demostró abriéndole los ojos de la
inteligencia a micer Geri Spina (a quien, la contada historia de
doña Oretta, que fue su mujer, me ha traído a la memoria) me place
exponeros con una historia muy corta.
Digo, pues, que, habiendo el papa
Bonifacio, junto al que micer Geri Spina tuvo grandísimo favor,
mandado a Florencia a algunos nobles embajadores suyos por ciertas
grandes necesidades suyas , habiéndose quedado ellos en casa de
micer Geri, y tratando él con ellos los asuntos del Papa, sucedió
que, cualquiera que fuese la razón, micer Geri con estos embajadores
del Papa, todos a pie, casi todas las mañanas pasaban por delante de
Santa María Ughi , donde el panadero Cisti tenía su horno y
personalmente ejercía su arte. Al cual, aunque fortuna hubiera dado
un oficio muy humilde, tanto en él le había sido benigna que se
había hecho riquísimo, y sin querer nunca abandonarlo por otro,
espléndidamente vivía, teniendo entre sus demás buenas cosas los
mejores vinos blancos y tintos que se encontraban en Florencia o en
sus alrededores. El cual, viendo todas las mañanas pasar por delante
de su puerta a micer Geri y los embajadores del Papa, y siendo
grande el calor, pensó que gran cortesía sería invitarles a beber su
buen vino blanco; pero considerando su condición y la de micer Geri,
no le parecía cosa decorosa atreverse a invitarlo sino que pensó en
una manera que indujese a micer Geri a invitarse a sí mismo. Y
teniendo un jubón blanquísimo puesto y un mandil limpísimo siempre
por encima, que más bien le hacían parecer molinero que panadero,
todas las mañanas a la hora que pensaba que micer Geri con los
embajadores debían pasar, se hacía traer delante de su puerta un
cubo nuevo rebosante de agua fresca y un pequeño jarro boloñés nuevo
de su buen vino blanco y dos vasos que parecían de plata, tan claros
eran; y sentándose, cuando pasaban (y después de que él una vez o
dos había carraspeado), comenzaba a beber con tanto gusto este vino
suyo que le habría dado ganas de beberlo a un muerto. La cual cosa
habiendo micer Geri visto una o dos mañanas, dijo la tercera: -¿Qué
es eso, Cisti? ¿Está bueno?
Cisti, poniéndose prestamente en pie,
repuso:
-Señor, sí; pero cuánto no podría haceros
comprender si no lo probáis. Micer Geri, quien o por el tiempo que
hacía o por haberse cansado más de lo acostumbrado o tal vez por el
gusto con que veía beber a Cisti, sentía sed, volviéndose a los
embajadores les dijo sonriendo: -Señores, bueno será que probemos el
vino de este hombre honrado; tal vez sea tal que no nos
arrepintamos.
Y junto con ellos se acercó a Cisti. El
cual, haciendo inmediatamente sacar un buen banco fuera de la
tahona, les rogó que se sentasen, y a sus criados que ya para lavar
los vasos se adelantaban dijo: -Compañeros, apartaos y dejadme hacer
a mí este servicio, que no sé peor escanciar que hornear; ¡y no
esperéis probar una gota!
Y dicho esto, lavando él mismo cuatro vasos
buenos y nuevos, y haciendo traer un pequeño jarro de su buen vino,
diligentemente dio de beber a micer Geri y sus compañeros. A quienes
el vino pareció el mejor que habían bebido en mucho tiempo; por lo
que, alabándolo mucho, mientras los embajadores estuvieron allí,
casi todas las mañanas fue con ellos a beber micer Geri. Habiendo
terminado sus asuntos y debiendo partir, micer Geri les hizo dar un
magnífico convite, al que invitó a una parte de los más honorables
ciudadanos, e hizo invitar a Cisti, el cual de ninguna manera quiso
ir. Mandó entonces micer Geri a uno de sus servidores que fuese a
por una botella del vino de Cisti, y de él diese medio vaso por
persona la primera vez que sirviese.
El servidor, tal vez enfadado porque nunca
había podido probar el vino, cogió un gran frasco; el cual al verlo
Cisti dijo:
-Hijo, micer Geri no te envía a mí.
Lo que afirmando muchas veces el servidor y
no pudiendo obtener otra respuesta, volvió a micer Geri y se lo dijo
así, micer Geri le dijo:
-Vuelve allí y dile que de verdad te mando
yo, y si otra vez te contesta lo mismo pregúntale que adónde te
mando.
El servidor, volviendo, le dijo:
-Cisti, es verdad que micer Geri me manda
otra vez a ti.
Cisti le respondió:
-Seguro, hijo, que no.
-Entonces -dijo el servidor-, ¿a quién
manda?
Respondió Cisti:
-Al Arno.
Lo que contando el servidor a micer Geri,
enseguida le abrió los ojos de la inteligencia, y dijo al servidor:
-Déjame ver qué frasco le llevas. -Y
viéndolo, dijo-: Cisti dice bien. E insultándole, le hizo llevar un
frasco apropiado; viendo el cual, Cisti dijo: -Ahora sé bien que te
manda a mí.
Y alegremente se lo llenó.
Y luego, aquel mismo día, haciendo llenar
un barrilejo de un vino igual y haciéndolo llevar despacito a casa
de micer Geri, se fue detrás y al encontrarse con él le dijo:
-Señor, no querría que creyeseis que el gran frasco de esta mañana
me había espantado; pero pareciéndome que os habíais olvidado de lo
que yo os he mostrado estos días con mis pequeños jarritos, es
decir, que éste no es vino para criados, quise recordároslo esta
mañana. Pero como no entiendo ser guardián de él, os he traído todo:
haced con él lo que gustéis.
Micer Geri recibió el apreciadísimo regalo
de Cisti y le dio las gracias que creyó que convenían, y siempre
luego lo tuvo en gran estima y fue su amigo.
NOVELA TERCERA
Doña Nonna de los Pulci con una rápida
respuesta a las bromas menos que honestas del obispo de Florencia
impone silencio.
Cuando Pampínea hubo terminado su historia,
luego que por todos tanto la respuesta como la liberalidad de Cisti
fue muy alabada, plugo a la reina que Laureta narrase después; la
cual, alegremente, comenzó a decir así:
Amables señoras, primero Pampínea y ahora
Filomena con mucha verdad incidieron en nuestra poca virtud y en la
belleza de los dichos ingeniosos; por lo que como no hay necesidad
de volver a ello, además de lo que se ha dicho de los dichos
ingeniosos, quiero recordaros que la naturaleza de estos dichos es
tal que del modo que muerde la oveja deben atacar al oyente y no
como hace el perro: porque si como el perro mordiesen, las palabras
no serían ingeniosas sino villanas. Es verdad que, si como respuesta
se dicen, y el que responde muerde como el perro cuando ha sido
primero mordido como por un perro, no parece tan reprensible como lo
sería si no hubiera sucedido así, y por ello hay que considerar cómo
y cuándo y con quién y semejantemente dónde se hace gala de ingenio.
Las cuales cosas, poco teniendo en cuenta un prelado nuestro, no
menor ataque recibió que dio; lo que quiero mostraros con una corta
historia. Siendo obispo de Florencia micer Antonio de Orsi , valioso
y sabio prelado, vino a Florencia un noble catalán llamado micer
Diego de la Ratta , mariscal del rey Roberto, el cual, siendo
apuestísimo en su persona y muy gran galanteador, sucedió que entre
las otras damas florentinas le gustó una que era mujer muy hermosa y
era sobrina de un hermano del dicho obispo. Y habiendo sabido que su
marido, aunque de buena familia era muy avaro y malvado, arregló con
él que le entregaría cincuenta florines de oro y que él le dejaría
dormir una noche con su mujer; por lo que, haciendo dorar popolinos
de plata , que entonces se usaban, acostándose con la mujer, aunque
contra el gusto de ella, se los dio. Lo que, corriéndose luego por
todas partes, llenó al mal hombre de burlas y de escarnio y el
obispo, como prudente, fingió no haber oído nada de todo esto. Por
lo que, tratándose mucho el obispo y el mariscal, sucedió que el día
de San Juan, montando a caballo uno al lado del otro mirando a las
mujeres por la calle por donde se corre el palio , el obispo vio a
una joven a quien la pestilencia presente nos ha quitado ya siendo
señora, cuyo nombre fue Nonna de los Pulci, prima de micer Alesso
Rinucci y a quien vosotras todas habéis debido conocer; la cual,
siendo entonces una lozana y hermosa joven y elocuente y de gran
ánimo, poco tiempo antes casada en Porta San Pietro, la enseñó al
mariscal. Luego, acercándose a ella, poniéndole al mariscal una mano
en el hombro, dijo: -Nonna, ¿qué piensas de él? ¿Crees que le
vencerías?
A Nonna le pareció que aquellas palabras en
algo iban contra su honestidad o que la mancharían en la opinión de
quienes las oyeron, que eran muchos; por lo que, no preocupándose de
limpiar esta mancha sino de devolver golpe por golpe, rápidamente
contestó:
-Señor, él tal vez no me vencería a mí, que
necesito buena moneda. Cuyas palabras oídas, el mariscal y el
obispo, sintiéndose igualmente vulnerados, el uno como autor de la
deshonrosa cosa con la sobrina del hermano del obispo y el otro como
el que la había recibido en la sobrina del propio hermano, sin
mirarse el uno al otro, avergonzados y silenciosos se fueron sin
decir aquel día una palabra más. Así pues, habiendo sido atacada la
joven, no estuvo mal que atacase a los otros con ingenio.
NOVELA CUARTA
Ghichibio, cocinero de Currado
Gianfigliazzi, con unas rápidas palabras cambió a su favor en risa
la ira de Currado y se salvó de la desgracia con que Currado le
amenazaba.
Se callaba ya Laureta y por todos había
sido muy alabada Nonna, cuando la reina ordenó a Neifile que
siguiese; la cual dijo:
Por mucho que el rápido ingenio, amorosas
señoras, con frecuencia preste palabras rápidas y útiles y buenas a
los decidores, según los casos, también la fortuna, que alguna vez
ayuda a los temerosos, en sus lenguas súbitamente las pone cuando
nunca los decidores hubieran podido hallarlas con ánimo sereno; lo
que con mi historia entiendo mostraros.
Currado Gianfigliazzi , como todas vosotras
habéis oído y podido ver, siempre ha sido en nuestra ciudad un
ciudadano notable, liberal y magnífico, y viviendo caballerescamente
continuamente se ha deleitado con perros y aves de caza, para no
entrar ahora en sus obras mayores. El cual, con un halcón suyo
habiendo cazado un día en Perétola una grulla muerta, encontrándola
gorda y joven la mandó a un buen cocinero suyo que se llamaba
Ghichibio y era veneciano, y le mandó decir que la asase para la
cena y la preparase bien.
Ghichibio, que era un fantoche tan grande
como lo parecía, preparada la grulla, la puso al fuego y con
solicitud comenzó a guisarla. La cual, estando ya casi guisada y
despidiendo un grandísimo olor, sucedió que una mujercita del
barrio, que se llamaba Brunetta y de quien Ghichibio estaba muy
enamorado, entró en la cocina y sintiendo el olor de la grulla y
viéndola, rogó insistentemente a Ghichibio que le diese un muslo.
Ghichibio le contestó cantando y dijo:
-No os la daré yo, señora Brunetta, no os
la daré yo.
Con lo que, enfadándose la señora Brunetta,
le dijo:
-Por Dios te digo que si no me lo das,
nunca te daré yo nada que te guste. Y en resumen, las palabras
fueron muchas; al final, Ghichibio, para no enojar a su dama,
tirando de uno de los muslos de la grulla se lo dio. Habiendo luego
delante de Currado y algunos huéspedes suyos puesto la grulla sin
muslo, y maravillándose Currado de ello, hizo llamar a Ghichibio y
le preguntó qué había sucedido con el otro muslo de la grulla.
El veneciano mentiroso le respondió:
-Señor mío, las grullas no tienen más que
un muslo y una pata. Currado, entonces, enojado, dijo:
-¿Cómo diablos no tienen más que un muslo y
una pata? ¿No he visto yo en mi vida más grullas que ésta?
Ghichibio siguió:
-Es, señor, como os digo; y cuando os
plazca os lo haré ver en las vivas. Currado, por amor a los
huéspedes que tenía consigo, no quiso ir más allá de las palabras,
sino que dijo:
-Puesto que dices que me lo mostrarás en
las vivas, cosa que nunca he visto ni oído que fuese así, quiero
verlo mañana por la mañana, y me quedaré contento; pero te juro por
el cuerpo de Cristo que, si de otra manera es, te haré azotar de
manera que por tu mal te acordarás siempre que aquí vivas de mi
nombre. Terminadas, pues, por aquella tarde las palabras, a la
mañana siguiente, al llegar el día, Currado, a quien no le había
pasado la ira con el sueño, lleno todavía de rabia se levantó y
mandó que le llevasen los caballos y haciendo montar a Ghichibio en
una mula, hacia un río en cuya ribera siempre solía, al hacerse de
día, verse a las grullas, lo llevó, diciendo:
-Pronto veremos quién ha mentido ayer
tarde, si tú o yo.
Ghichibio viendo que todavía duraba la ira
de Currado y que tenía que probar su mentira, no sabiendo cómo
podría hacerlo, cabalgaba junto a Currado con el mayor miedo del
mundo, y de buena gana si hubiese podido se habría escapado; pero no
pudiendo, ora hacia atrás, ora hacia adelante y a los lados miraba,
y lo que veía creía que eran grullas sobre sus dos patas.
Pero llegados ya cerca del río, antes que
nadie vio sobre su ribera por lo menos una docena de grullas que
estaban sobre una pata como suelen hacer cuando duermen. Por lo que,
rápidamente mostrándolas a Currado, dijo:
-Muy bien podéis, señor, ver que ayer noche
os dije la verdad, que las grullas no tienen sino un muslo y una
pata, si miráis a las que allá están.
Currado, viéndolas, dijo:
-Espérate que te enseñaré que tienen dos.
-Y acercándose un poco más a ellas, gritó-: ¡Hohó! Con el cual
grito, sacando la otra pata, todas después de dar algunos pasos
comenzaron a huir; con lo que Currado, volviéndose a Ghichibio,
dijo:
-¿Qué te parece, truhán? ¿Te parece que
tienen dos?
Ghichibio, casi desvanecido, no sabiendo él
mismo de dónde le venía la respuesta, dijo: -Señor, sí, pero vos no
le gritasteis «¡hohó!» a la de anoche: que si le hubieseis gritado,
habría sacado el otro muslo y la otra pata como hacen éstas.
A Currado le divirtió tanto la respuesta,
que toda su ira se convirtió en fiestas y risa, y dijo: -Ghichibio,
tienes razón: debía haberlo hecho.
Así pues, con su rápida y divertida
respuesta, evitó la desgracia y se reconcilió con su señor.
NOVELA QUINTA
Micer Forese de Rábatta y el maestro
Giotto, pintor, viniendo de Mugello, mutuamente se burlan de su
mezquina apariencia .
Al callarse Neifile, habiendo gustado mucho
a las señoras la respuesta de Ghichibio, así habló Pánfilo por
voluntad de la reina:
Carísimas señoras, sucede con frecuencia
que, así como la fortuna bajo viles oficios algunas veces oculta
grandes tesoros de virtud, como hace poco fue mostrado por Pampínea,
también bajo feísimas formas humanas se encuentran maravillosos
talentos escondidos por la naturaleza. La cual cosa muy aparente fue
en dos de nuestros conciudadanos sobre los que entiendo hablar
brevemente: porque el uno, que micer Forese de Rábatta se llamaba,
siendo bajo de estatura y deforme, con una cara tan aplastada y
retorcida que hubiera parecido deforme a cualquiera de los Baronci
que más deformada la tuvo , tuvo tanto talento para las leyes que
por muchos hombres de valor fue reputado almacén de conocimientos
civiles; y el otro, cuyo nombre fue Giotto, fue de ingenio tan
excelente que ninguna cosa de la naturaleza (madre de todas las
cosas y alimentadora de ellas con el continuo girar de los cielos)
con el estilo, la pluma o el pincel había que no pintase tan
semejante a ella que no ya semejante sino más bien ella misma
pareciese, en cuanto muchas veces en las cosas hechas por él se
encuentra que el vivísimo juicio de los hombres se equivoca creyendo
ser verdadero lo que es pintado . Y por ello, habiendo él hecho
tornar a la luz aquel arte que muchos siglos bajo los errores ajenos
(que más para deleitar los ojos de los ignorantes que para complacer
al intelecto de los sabios pintan) había estado sepultada,
merecidamente puede decirse que es una de las luces de la florentina
gloria; y tanto más cuanto que, con la mayor humildad, viviendo
siempre en ella como maestro de las artes, la conquistó rehusando
siempre ser llamado maestro; el cual título, por él rechazado, tanto
más resplandecía en él cuanto más era usurpado con avidez mayor por
quienes menos sabían que él o por sus discípulos. Pero por muy
grande que fuese su arte, no era él en la persona y el aspecto en
nada más hermoso de lo que era micer Forese. Pero volviendo a la
historia digo que:
Tenían en Mugello micer Forese y Giotto sus
posesiones; y habiendo ido micer Forese a ver las suyas en este
tiempo del verano en que los tribunales tienen vacaciones, y
volviendo por acaso sobre un mal rocín de alquiler, encontró al ya
dicho Giotto, el cual semejantemente, habiendo visto las suyas, se
volvía a Florencia; el cual ni en el caballo ni en los arreos
estando en nada mejor que él, como viejos que eran, avanzando poco a
poco, se juntaron. Sucedió, como muchas veces en el verano vemos
suceder, que les alcanzó una súbita lluvia, de la que lo más pronto
que pudieron se refugiaron en casa de un labrador amigo y conocido
de los dos. Pero luego de un rato, no llevando el agua aspecto de
parar y queriendo ellos llegar en el día a Florencia, pidiendo
prestadas al labrador dos viejas capas de paño romañés y dos
sombreros todos roídos por el tiempo, porque mejores no había,
comenzaron a caminar. Ahora, habiendo andado algo, y viéndose todos
mojados y, por las salpicaduras que los rocines hacen en gran
cantidad con las patas, llenos de barro, cosas que no suelen añadir
ningún honor, aclarando un tanto el tiempo, ellos, que largamente
habían venido callados, empezaron a conversar. Y micer Forese,
cabalgando y escuchando a Giotto, que era excelentísimo conversador,
comenzó a considerarlo de lado y de frente y por todas partes; y
viéndolo todo tan deslustrado y tan mezquino, sin considerarse a sí
mismo, comenzó a reírse y dijo:
-Giotto, ¿cuándo, si viniese a nuestro
encuentro algún forastero que nunca te hubiera visto, crees tú que
pensaría que eras el mejor pintor del mundo, como eres?
Giotto le respondió prestamente:
-Señor, creo que lo creería cuando
mirándoos a vos creyese que sabíais el abecé. Lo que, oyendo micer
Forese, su error reconoció y se vio pagado en la misma moneda con
que había vendido las mercancías.
NOVELA SEXTA
Prueba Michele Scalza a algunos jóvenes que
los Baronci son los hombres más nobles del mundo y del ultramar y
gana una cena.
Todavía reían, las señoras con la buena y
rápida respuesta de Giotto cuando la reina ordenó seguir a Fiameta,
la cual comenzó a hablar así:
Jóvenes señoras, el haber recordado Pánfilo
a los Baronci, a quienes tal vez no conocisteis como él conoció, me
ha traído a la memoria una historia en la cual cuánta sea su nobleza
se muestra sin desviarnos de nuestro propósito; y por ello me place
contarla.
No ha pasado mucho tiempo desde que en
nuestra ciudad hubo un joven llamado Michele Scalza, que era el más
agradable y divertido hombre de mundo, y tenía entre manos las
historias más extravagantes; por la cual cosa los jóvenes
florentinos estimaban mucho, cuando se reunían en compañía poder
contar con él. Ahora, sucedió un día que, estando él con algunos más
en Montughi , empezó entre ellos una disputa sobre cuáles serían los
hombres más nobles de Florencia y los más antiguos; de los cuales
algunos decían que los Uberü y otros los Lamberü, y quién uno y
quién otro, según les venía al ánimo. Y oyéndolos Scalza, comenzó a
reírse sarcásticamente y dijo: -Idos por ahí, idos, que sois unos
bobos; no sabéis lo que decís: los hombres más nobles y los más
antiguos, no en Florencia sino en todo el mundo y en ultramar son
los Baronci, y en esto están de acuerdo todos los filósofos y todo
hombre que los conoce como yo; y para que no creáis que hablo de
otros os digo que son los Baronci vuestros vecinos de Santa María la
Mayor Cuando los jóvenes, que esperaban que dijera otra cosa, oyeron
esto, se burlaron de él todos, y dijeron: -Quieres atraparnos por
tontos, como si no conociésemos a los Baronci como tú. Dijo Scalza:
-No, por el Evangelio, sino que digo la
verdad, y si aquí hay alguno que quiera apostar una cena a pagarla
quien gane, yo apostaré de grado; aún haré más, que me someteré a la
sentencia de quien queráis. Entre quienes dijo uno, que se llamaba
Neri Vannini:
-Yo estoy dispuesto a ganar esa cena.
Y poniéndose de acuerdo en tener por juez a
Piero de los Fioretino, en cuya casa estaban, y yéndose a buscarle,
y todos los otros detrás para ver perder a Scalza y burlarse de él,
le contaron todo lo dicho. Piero, que era discreto joven, oída
primeramente la explicación de Neri, volviéndose hacia Scalza luego,
dijo:
-¿Y cómo podrás demostrar esto que afirmas?
Dijo Scalza:
-¿Que cómo? Lo mostraré con tal argumento
que no sólo tú sino también éste que lo niega dirá que digo verdad.
Sabéis que, cuanto más antiguos son los hombres más nobles son, y
así decían éstos hace poco; y los Baronci son más antiguos que
cualquiera otro hombre, por lo que son más nobles; y si os demuestro
cómo son más antiguos sin duda habré ganado la disputa. Debéis saber
que los Baronci fueron creados por Dios en el tiempo en que él había
comenzado a aprender a pintar, pero los otros hombres fueron hechos
después de que Nuestro Señor supo pintar. Y si digo la verdad en
esto, pensad en los Baronci y en los demás hombres. Mientras a todos
los demás veréis con los rostros bien compuestos y debidamente
proporcionados, podréis ver a los Baronci con la cara muy larga y
estrecha, y alguno que la tiene ancha más allá de toda conveniencia,
y tal con la nariz muy larga y tal con ella corta, y algunos con el
mentón hacia afuera o metido hacia adentro, y con quijadas que
parecen de asno, y los hay que tienen un ojo mayor que el otro, y
aun quien tiene uno más alto que el otro, como suelen ser las caras
que pintan primero los niños que aprenden a dibujar; por lo cual,
como ya he dicho, bastante bien se ve que Nuestro Señor los hizo
cuando aprendía a pintar, por lo que éstos son más antiguos que los
otros, y por ello más nobles. De lo cual acordándose Piero que era
el juez y Neri que había apostado la cena, y acordándose todos los
demás también, y habiendo oído el divertido argumento de Scalza,
empezaron a reírse y a afirmar que Scalza tenía razón y que había
ganado la cena y que con seguridad los Baronci eran los más nobles y
más antiguos que había, no ya en Florencia sino en el mundo y en
ultramar. Y por ello con toda razón Pánfilo, queriendo mostrar la
fealdad del rostro de micer Forese, dijo que habría sido horrible en
uno de los Baronci.
NOVELA SÉPTIMA
Doña Filipa, encontrada por su marido con
un amante, llamada a juicio, con una pronta y divertida respuesta
consigue su libertad y hace cambiar las leyes.
Ya se callaba Fiameta y todos reían aún del
ingenioso argumento usado por Scalza para ennoblecer sobre todos los
otros a los Baronci, cuando la reina mandó a Filostrato que
novelase; y él comenzó a decir: Valerosas señoras, buena cosa es
saber hablar bien en todas partes, pero yo juzgo que es buenísimo
saber hacerlo cuando lo pide la necesidad; lo que tan bien supo
hacer una noble señora sobre la cual entiendo hablaros que no
solamente a diversión y risa movió a los oyentes, sino que a sí
misma se desató de los lazos de una infamante muerte, como oiréis.
En la ciudad de Prato había antes una ley,
ciertamente no menos condenable que dura, que, sin hacer distinción,
mandaba que igual fuera quemada la mujer que fuese por el marido
hallada en adulterio con algún amante como la que por dinero con
algún otro hombre fuese encontrada. Y mientras había esta ley
sucedió que una noble señora, hermosa y enamorada más que ninguna
otra, cuyo nombre era doña Filipa, fue hallada en su propia alcoba
una noche por Rinaldo de los Pugliesi, su marido, en brazos de
Lazarino de los Guazzagliotri , joven hermoso y noble de aquella
ciudad, a quien ella como a sí misma amaba y era amada por él; la
cual cosa viendo Rinaldo, muy enfurecido, a duras penas se contuvo
de echarse encima de ellos y matarlos, y si no hubiese sido porque
temía por sí mismo, siguiendo el ímpetu de su ira lo habría hecho.
Sujetándose, pues, en esto, no se pudo
sujetar de querer que lo que a él no le era lícito hacer lo hiciese
la ley pratense, es decir, matar a su mujer. Y por ello, teniendo
para probar la culpa de la mujer muy convenientes testimonios, al
hacerse de día, sin cambiar de opinión, acusando a su mujer, la hizo
demandar. La señora, que de gran ánimo era, como generalmente suelen
ser quienes enamoradas están de verdad, aunque desaconsejándoselo
muchos de sus amigos y parientes, decidió firmemente comparecer y
mejor querer, confesando la verdad, morir con valiente ánimo que
vilmente, huyendo, ser condenada al exilio por rebeldía y declararse
indigna de tal amante como era aquel en cuyos brazos había estado la
noche anterior. Y muy bien acompañada de mujeres y de hombres, por
todos exhortada a que negase, llegada ante el podestá, preguntó con
firme gesto y con segura voz qué quería de ella. El podestá,
mirándola y viéndola hermosísima y muy admirable en sus maneras, y
de gran ánimo según sus palabras testimoniaban, sintió compasión de
ella, temiendo que fuera a confesar una cosa por la cual tuviese él
que hacerla morir si quería conservar su reputación.
Pero no pudiendo dejar de preguntarle
aquello de que era acusada, le dijo: -Señora, como veis, aquí está
Rinaldo vuestro marido y se querella contra vos, a quien dice que ha
encontrado en adulterio con otro hombre, y por ello pide que yo,
según una ley dispone, haciéndoos morir os castigue; pero yo no
puedo hacerlo si vos no confesáis, y por ello cuidaos bien de lo que
vais a responder, y decidme si es verdad aquello de que vuestro
marido os acusa. La señora, sin amedrentarse un punto, con voz asaz
placentera, repuso: -Señor, es verdad que Rinaldo es mi marido y que
la noche pasada me encontró en brazos de Lazarino, en los que muchas
veces he estado por el buen y perfecto amor que le tengo, y esto
nunca lo negaré. Pero como estoy segura que sabéis, las leyes deben
ser iguales para todos y hechas con consentimiento de aquellos a
quienes afectan; cosas que no ocurren con ésta, que solamente obliga
a las pobrecillas mujeres, que mucho mejor que los hombres podrían
satisfacer a muchos; y además de esto, no ya ninguna mujer, cuando
se hizo, le prestó consentimiento sino que ninguna fue aquí llamada;
por las cuales cosas merecidamente puede decirse que es mala. Y si
queréis en perjuicio de mi cuerpo y de vuestra alma ser ejecutor de
ella, a vos lo dejo; pero antes de que procedáis a juzgar nada, os
ruego que me concedáis una pequeña gracia, que es que preguntéis a
mi marido si yo, cada vez y cuantas veces él quería, sin decirle
nunca que no, le concedía todo de mí misma o no.
A lo que Rinaldo, sin esperar a que el
podestá se lo preguntase, prestamente repuso que sin duda alguna su
mujer siempre que él la había requerido le había concedido cuanto
quería. -Pues -siguió rápidamente la señora- yo os pregunto, señor
podestá, si él ha tomado de mí siempre lo que ha necesitado y le ha
gustado, ¿qué debía hacer yo (o debo) con lo que me sobra? ¿Debo
arrojarlo a los perros? ¿No es mucho mejor servírselo a un hombre
noble que me ama más que a sí mismo que dejar que se pierda o se
estropee?
Estaban allí para semejante interrogatorio
de tan famosa señora casi todos los pratenses reunidos, los cuales,
al oír tan aguda respuesta, enseguida, luego de mucho reír, a una
voz gritaron que la señora tenía razón y decía bien; y antes de que
se fuesen de allí, exhortándoles a ello el podestá, modificaron la
cruel ley y dejaron que solamente se refiriese a las mujeres que por
dinero faltasen contra sus maridos. Por la cual cosa Rinaldo,
quedándose confuso con tan loca empresa, se fue del tribunal; y la
señora, alegre y libre, del fuego resucitada, a su casa se volvió
llena de gloria.
NOVELA OCTAVA
Fresco aconseja a su sobrina que no se mire
al espejo si los fastidiosos le eran tan molestos de ver como decía.
La historia contada por Filostrato primero
ofendió con alguna vergüenza los corazones de las señoras que
escuchaban, y con el rubor que apareció en su rostro dieron de ello
señal; y luego, mirándose la una a la otra, apenas pudiendo contener
la risa, la escucharon riendo a escondidas. Pero luego de que llegó
el fin, la reina, volviéndose a Emilia, le ordenó que siguiese; la
cual, no de otro modo que si se levantase de dormir, suspirando,
comenzó:
Atrayentes jóvenes, porque un largo
pensamiento me ha tenido un buen rato lejos de aquí, para obedecer a
nuestra reina, tal vez con una mucho más corta historia de lo que lo
habría hecho si hubiese tenido ánimo, cumpliré, contándoos el tonto
error de una joven corregido por unas ingeniosas palabras de un tío
suyo si ella hubiera sido capaz de entenderlo.
Uno, pues, que se llamó Fresco de Celático
, tenía una sobrina llamada cariñosamente Cesca, la cual, aunque
tuviese gallarda figura y rostro, no era sin embargo de esos
angelicales que muchas veces vemos, pero en tanto y tan noble se
reputaba que había tomado por costumbre censurar a los hombres y las
mujeres y todas las cosas que veía sin mirarse en nada a sí misma,
que era mucho más fastidiosa, cansina y enfadosa que ninguna, porque
a su gusto nada podía hacerse; y tan altanera era, además de todo
esto, que si hubiera sido hija del rey de Francia habría sido
excesivo. Y cuando iba por la calle tanto le olía a quemado que no
hacía sino torcer el gesto como si le llegara hedor de aquel a quien
viera o encontrara. Ahora, dejando otras muchas costumbres suyas
desagradables y fastidiosas, sucedió un día que, habiendo vuelto a
casa, donde Fresco estaba, y sentándose frente a él, toda deshecha
en dengues no hacía sino suspirar; por lo que preguntándole Fresco
le dijo:
-Cesca, ¿qué es esto, que siendo hoy fiesta
has vuelto tan pronto a casa? A quien, hecha melindres, le
respondió:
-Es verdad que me he venido temprano porque
no creo que nunca en esta ciudad han sido los hombres y las mujeres
tan fastidiosos y molestos como hoy, y no hay nadie en la calle que
no me desagrade como la mala ventura; y no creo que haya mujer en el
mundo a quien más fastidie ver a la gente desagradable que a mí, y
por no verla me he venido tan pronto.
Fresco, a quien grandemente desagradaban
las maneras afectadas de la sobrina, dijo: -Hija, si así te molestan
los fastidiosos como dices, si quieres vivir contenta, no te mires
nunca al espejo.
Pero ella, más hueca que una caña y a quien
le parecía igualar a Salomón en inteligencia, no de otra manera que
hubiese hecho un borrego entendió las acertadas palabras de Fresco;
contestó que le gustaba mirarse al espejo como a las demás; y así en
su ignorancia siguió, y todavía sigue.
NOVELA NOVENA
Guido Cavalcanti injuria cortésmente con
unas palabras ingeniosas a algunos caballeros florentinos que lo
habían sorprendido.
Advirtiendo la reina que Emilia se había
desembarazado de su historia y que a nadie quedaba por novelar sino
a ella, excepto a aquél que tenía el privilegio de decirla al final,
así comenzó a decir: Aunque, gallardas señoras, hoy me habéis
quitado más de dos historias entre las que yo había pensado contar
una, no ha dejado de quedarme una para contar en cuya conclusión se
contienen tales palabras que tal vez ningunas se han contado de
tanta sabiduría.
Debéis, pues, saber que en tiempos pasados
había en nuestra ciudad muchas bellas y encomiables costumbres (de
las cuales hoy no ha quedado ninguna por causa de la avaricia que en
ella ha crecido con las riquezas, que ha desterrado a todas) entre
las cuales había una según la cual en diversos lugares de Florencia
se reunían los nobles de los barrios y hacían grupos de cierto
número, cuidando de poner en ellos a quienes soportar pudiesen
cumplidamente los gastos, y hoy uno mañana otro, y así sucesivamente
todos invitaban a comer, cada uno el día que le correspondiese, a
todo el grupo; y a la mesa frecuentemente invitaban a nobles
forasteros, cuando allí llegaban, o a otros ciudadanos; y también se
vestían de la misma manera al menos una vez al año; y juntos los
días festivos cabalgaban por la ciudad, y a veces justaban, y
máximamente en las fiestas principales o cuando alguna noticia
alegre de victoria o de otra cosa hubiera llegado a la ciudad.
Entre las cuales compañías había una de
micer Betto Brunelleschi , a la que micer Betto y los compañeros se
habían esforzado mucho por atraer a Guido, de micer Cavalcanti de
los Cavalcanti, no sin razón, porque además de que era uno de los
mejores lógicos que hubiera en su tiempo en el mundo y un óptimo
filósofo natural (cosas de las cuales poco cuidaba la compañía) fue
tan donoso y cortés y elocuente hombre que todo lo que quería hacer
y de un noble era propio, supo hacerlo mejor que nadie; y además de
esto era riquísimo y lo más que pueda decir la lengua sabía honrar a
quien le parecía que valiese. Pero micer Betto nunca había podido
tenerlo y creía él con sus compañeros que ello ocurría porque Guido,
en sus especulaciones, muchas veces mucho se abstraía de los
hombres; y porque en algunas cosas compartía las opiniones de los
epicúreos se decía entre la gente vulgar que estas especulaciones
suyas estaban solamente en buscar si podía probar que Dios no
existía.
Ahora, sucedió un día que, habiendo salido
Guido de Orto San Michele y viniendo por el corso de los Adimari
hasta San Giovanni, que muchas veces era su camino, estando allí
esos sepulcros grandes de mármol que hoy están en Santa Reparata y
otros muchos alrededor de San Giovanni , y estando él entre las
columnas de pórfiro que allí hay y aquellas tumbas y la puerta de
San Giovanni, que cerrada estaba, micer Betto con su compañía a
caballo, viendo a Guido allí entre aquellas sepulturas, dijeron:
-Vamos a gastarle una broma.
Y espoleados los caballos, a guisa de un
asalto bullicioso estuvieron encima casi antes de que él se diera
cuenta, y comenzaron a decirle:
-Guido, tú te niegas a entrar en nuestra
compañía; pero di, cuando hayas encontrado que Dios no existe, ¿qué
harás?
A quienes Guido, viéndose rodeado por
ellos, prestamente dijo: -Señores, en vuestra casa podéis decirme
todo lo que os plazca. Y poniendo la mano sobre una de aquellas
tumbas, que eran grandes, como agilísimo que era dio un salto y se
puso del otro lado y, librándose de ellos, se fue. Ellos se quedaron
todos mirándose unos a otros y comenzaron a decir que era un
aturdido y que lo que había contestado no quería decir nada, siendo
como era que allí donde estaban no tenían ellos nada más que hacer
que todos los demás ciudadanos, y no Guido menos que ninguno de
ellos.
Micer Betto, volviéndose a ellos, dijo:
-Los aturdidos sois vosotros si no lo
habéis entendido: nos ha dicho cortésmente y con pocas palabras la
mayor injuria del mundo, porque, si bien lo miráis, estas sepulturas
son las casas de los muertos, porque en ellas se los pone y se
quedan los muertos; las cuales dice que son nuestra casa, y nos
prueba que nosotros y los demás hombres incultos y no letrados
somos, en comparación de él y de los otros hombres de ciencia, peor
que muertos, y por ello al estar aquí estamos en nuestra casa.
Entonces todos entendieron lo que Guido había querido decir, y
avergonzándose, nunca más le gastaron bromas; y tuvieron en adelante
a micer Betto por sutil y entendido caballero.
NOVELA DÉCIMA
Fray Cebolla promete a algunos campesinos
mostrarles la pluma del ángel Gabriel; al encontrar en lugar de ella
unos carbones, dice que son de aquellos que asaron a San Lorenzo.
Habiendo todos los de la compañía
completado sus historias, conoció Dioneo que a él le tocaba tener
que contar; por la cual cosa, sin demasiado esperar un mandato
solemne, impuesto silencio a quienes las agudas palabras de Guido
alababan, comenzó:
Graciosas señoras, aunque tenga por
privilegio poder hablar de lo que más me agrade, no entiendo hoy
querer separarme de aquella materia de que vosotras todas habéis muy
apropiadamente hablado; sino siguiendo vuestras huellas entiendo
mostraros cuán cautamente con un súbito expediente uno de los
frailes de San Antonio escapó a una burla que por dos jóvenes le
había sido preparada. Y no deberá seros penoso que, para bien contar
la historia completa, algo me extienda al hablar, si miráis al sol
que todavía está en mitad del cielo.
Certaldo, como tal vez habéis podido oír,
es un burgo de Valdelsa situado en nuestros campos el cual, aunque
sea pequeño, estuvo antiguamente habitado por hombres nobles y
acaudalados; al cual, porque se encontraban buenos pastos,
acostumbraba a ir durante mucho tiempo, todos los años una vez, a
recoger las limosnas que le daban los tontos, un fraile de San
Antonio cuyo nombre era fray Cebolla, tal vez no menos por el nombre
que por otra devoción bien visto allí, como sea que aquel terreno
produce cebollas famosas en toda Toscana. Era este fray Cebolla
pequeño de persona, de pelo rojo y alegre gesto, y lo más campechano
del mundo; y además de esto, no teniendo ninguna ciencia, tan óptimo
hablador y rápido que quien no lo hubiera conocido no solamente lo
habría estimado por gran retórico sino que habría dicho que era el
mismo Tulio o tal vez Quintiliano; y casi de todos los de la comarca
era compadre o amigo o bienquisto.
El cual, según su costumbre, en el mes de
agosto allí se fue una vez entre otras y un domingo por la mañana,
habiendo todos los buenos hombres y las mujeres de las aldeas de
alrededor venido a misa a la parroquia, cuando le pareció oportuno,
avanzando hacia ellos, dijo: -Señores y señoras, como sabéis,
vuestra costumbre es mandar todos los años a los pobres del barón
señor San Antonio algo de vuestro grano y de vuestras mieses, quién
poco y quién mucho, según sus posibilidades y su devoción, para que
el beato San Antonio os guarde vuestros bueyes y los burros y las
ovejas; Y además de esto, soléis pagar, y especialmente quienes a
nuestra cofradía están apuntados, esa pequeña cuota que se paga una
vez al año. Para recoger las cuales cosas he sido mandado por mi
superior, es decir, por el señor abad; y por ello con la bendición
de Dios, después de nona, cuando oigáis tocar las campanillas, venid
aquí fuera de la iglesia, donde yo os echaré el sermón al modo usado
y besaréis la cruz; y además de esto, porque sé que todos sois
devotísimos del barón San Antonio, como gracia especial os mostraré
una santísima y bella reliquia, que yo mismo he traído de tierras de
ultramar , y es una de las plumas del ángel Gabriel, que en la
alcoba de la Virgen María se quedó cuando vino a visitarla a
Nazaret.
Y dicho esto se calló y volvió a su misa.
Había, cuando fray Cebolla decía estas cosas, entre otros muchos
jóvenes en la iglesia, dos muy astutos, llamado el uno Giovanni del
Bragoniera y el otro Biagio Pizzini , los cuales, luego de que algún
tanto se hubieron reído entre sí de la reliquia de fray Cebolla,
aunque eran muy amigos suyos y de su compañía, se propusieron
hacerle alguna burla con esta pluma. Y habiendo sabido que fray
Cebolla por la mañana almorzaba en el castillo con un amigo suyo, al
sentirlo sentado a la mesa se bajaron a la calle y al albergue donde
estaba hospedado el fraile se fueron, con el propósito de que Biagio
debía dar conversación al criado de fray Cebolla y Giovanni debía
entre las cosas del fraile buscar aquella pluma, fuese la que fuese,
y quitársela, para ver qué decía él al pueblo de este asunto.
Tenía fray Cebolla un criado a quien
algunos llamaban Guccio Balena y otros Guccio Imbratta, y quien le
decía Guccio Porco , el cual era tan feo que no es verdad que Lippo
Topo pintase a alguien semejante. Del que muchas veces fray Cebolla
acostumbraba a reírse con su compañía y a decir: -Mi criado tiene
nueve cosas tales que si una cualquiera de ellas se encontrase en
Salomón, en Aristóteles o en Séneca tendría la fuerza de estropear
todo su entendimiento, toda su virtud, toda su santidad. ¡Pensad qué
hombre debe ser éste en quien ni virtud, ni entendimiento ni
santidad alguna hay, habiendo nueve cosas!
Y siendo alguna vez preguntado que cuáles
eran estas nueve cosas, y habiéndolas puesto en verso, respondía:
-Os las diré: es calmoso, pringoso y
mentiroso; negligente, desobediente y malediciente; descuidado,
desmemoriado y maleducado, sin contar con que tiene algunos
defectillos, además de éstos que mejor es callarlos. Y lo que es
sumamente risible de sus asuntos es que en todos los sitios quiere
tomar mujer y arrendar una casa, y teniendo la barba larga y negra y
grasienta le parece que es tan hermoso y placentero que cree que
cuantas mujeres le ven se enamoran de él y si se le dejase andaría
detrás de todas perdiendo las calzas. Y es verdad que me es de gran
ayuda porque nunca hay nadie que me quiera hablar tan en secreto que
él no quiera oír su parte, y si sucede que me pregunten alguna cosa
siente tanto miedo de que yo no sepa responder que prestamente
responde él sí o no, según juzga que conviene. A éste, al dejarlo en
el albergue, fray Cebolla le había mandado que mirase bien que nadie
tocase sus cosas, y especialmente sus alforjas que es donde estaban
las cosas sagradas; pero Guccio Imbratta, que más gustaba de estar
en la cocina que el ruiseñor sobre las verdes ramas, y máximamente
si a alguna sirvienta olía por allí, habiendo visto a una del
hospedero, grasienta y gruesa y pequeña y mal hecha, con un par de
tetas que parecían dos canastas de abono y con una cara que parecía
de los Baronci, toda sudada, mugrienta y ahumada, no de otro modo
que el buitre se arroja sobre la carroña, abandonando la cámara de
fray Cebolla y todas sus cosas, allá se dejó caer.
Y aunque fuese agosto, sentándose junto al
fuego comenzó con ésta, que Nuta tenía por nombre, a entrar en
conversación y a decirle que él era hombre noble por delegación y
que tenía más de milientainueve florines, sin contar con los que
tenía que dar a otro que eran más o menos los mismos, y que sabía
hacer y decir tantas más cosas que ni el dómine unquanque. Y sin
mirar un capuz suyo que tenía tanta grasa que habría servido para
condimentar la caldera de Altopascio , y a su jubonzuelo roto y
remendado, y alrededor del cuello y bajo los sobacos esmaltado de
mugre con más manchas y más colores que nunca tuvieron los paños
tártaros o indios y a sus zapatillas todas rotas y a las calzas
descosidas, le dijo, como si hubiera sido el señor de Chatilión ,
que quería darle vestidos y pulirla y sacarla de aquella esclavitud
de estar en casa ajena, y sin tener grandes posesiones, ponerla en
estado de esperar mejor fortuna; y muchas otras cosas, las cuales,
por muy afectuosamente que las dijese, convertidas en aire como
ocurría con la mayoría de sus empresas, se quedaron en nada.
Encontraron, así, los dos jóvenes a Guccio Porco ocupado con Nuta;
de la cual cosa contentos, porque la mitad del trabajo se ahorraban,
no impidiéndoselo nadie, en la cámara de fray Cebolla, que
encontraron abierta, entrados, la primera cosa que cogieron para
buscar en ella fue la alforja donde estaba la pluma; y abierta la
cual, encontraron en un gran paquete de cendales envuelta una
pequeña arqueta donde, abierta, encontraron una pluma de aquéllas de
la cola de un papagayo, que pensaron que debía ser la que había
prometido mostrar a los certaldeños. Y ciertamente podía en aquellos
tiempos fácilmente hacérselo creer, porque todavía los lujos de
Egipto no habían llegado a Toscana sino en pequeña cantidad y no
como después en grandísima abundancia, con ruina de toda Italia han
llegado; y si eran poco conocidos en aquella comarca, no eran nada
conocidos por los habitantes; sino que, conservándose todavía la
ruda honestidad de los antiguos no sólo no habían visto papagayos,
sino que ni de lejos la mayor parte nunca habían oído hablar de
ellos.
Contentos, pues, los jóvenes de haber
encontrado la pluma, la cogieron, y para no dejar la arqueta vacía,
viendo carbones en un rincón de la cámara, llenaron con ellos la
arqueta; y cerrándola y cerrando todas las cosas como las habían
encontrado, sin haber sido vistos, se fueron contentos con la pluma
y se pusieron a esperar lo que fray Cebolla, al encontrar carbones
en lugar de la pluma, iba a decir. Los hombres y las mujeres
sencillos que estaban en la iglesia, al oír que iban a ver la pluma
del arcángel Gabriel después de nona, terminada la misa se volvieron
a casa; y diciéndoselo de un vecino a otro y de una comadre a otra,
al terminar todos de almorzar, tantos hombres y tantas mujeres
acudieron al castillo que apenas cabían allí, esperando con deseo de
ver aquella pluma.
Fray Cebolla, habiendo almorzado bien y
luego dormido un rato, se levantó un poco después de nona y
sintiendo que una multitud grande de campesinos había venido para
ver la pluma, mandó a decir a Guccio Imbratta que allí con las
campanillas subiera y trajese sus alforjas. El cual, luego que con
trabajo de la cocina y de la Nuta se arrancó, con las cosas pedidas,
con lento paso, allá se fue, y llegando allí sin aliento porque el
beber agua le había hecho hincharse mucho el cuero, por mandato de
fray Cebolla, bajo la puerta de la iglesia se fue y comenzó a tocar
fuertemente las campanillas. Después de que todo el pueblo se
reunió, fray Cebolla, sin haberse apercibido de que nada le hubieran
tocado, comenzó su sermón y a favor de sus intenciones dijo muchas
palabras; y teniendo que llegar a mostrar la pluma del ángel
Gabriel, diciendo primero con gran solemnidad el Confiteor, hizo
encender dos antorchas, y desenrollando delicadamente los cendales,
habiéndose quitado primero la capucha, fuera sacó la arqueta; y
diciendo primeramente unas palabritas en alabanza y loa del arcángel
Gabriel y de su reliquia, abrió la arqueta. Y cuando llena de
carbones la vio, no sospechó que aquello Guccio Balena lo hubiera
hecho porque sabía que no alcanzaba a tanto, ni lo maldijo por no
haber cuidado de que otro no lo hiciera; sino que se insultó
tácitamente por haberle encomendado la guarda de sus cosas
sabiéndolo como lo sabía negligente, desobediente, descuidado y
desmemoriado; pero sin embargo, sin cambiar de color, alzando el
rostro y las manos al cielo dijo de manera que fue oído por todos:
-¡Oh, Dios, alabado sea siempre tu poder!
Luego, volviendo a cerrar la arqueta y
volviéndose al pueblo, dijo: -Señores y señoras, debéis saber que
siendo yo todavía muy joven fui enviado por un superior mío a
aquella parte por donde aparece el sol, y me fue ordenado con
mandamiento expreso que buscase los privilegios de Porcellana , los
cuales, aunque como indulgencias no costasen nada, mucho más útiles
les son a otros que a nosotros; por la cual cosa, poniéndome en
camino, partiendo de Vinegia y yendo por el Burgo de Griegos y de
allí adelante cabalgando por el reino del Garbo y por Baldacca,
llegué al Parión de donde, no sin sed, luego de un tanto llegué a
Cerdeña. ¿Pero por qué voy diciéndoos todos los países por donde fui
buscando? Llegué, pasado el estrecho de San Giorgio, a Estafia y a
Befia, países muy habitados y con muchas gentes, y de allí llegué a
la Tierra de la Mentira, donde a muchos de nuestros frailes y de
otras religiones encontré, los cuales todos andaban evitando los
disgustos por amor de Dios, poco cuidándose de otros trabajos cuando
veían que perseguían su utilidad, no gastando más moneda que la que
no estaba acuñada por aquellos países; y pasando de allí a la tierra
de los Abruzzos, donde los hombres y las mujeres van sin zuecos por
los montes, vistiendo a los puercos con sus mismas tripas , y poco
más allá me encontré a gentes que llevan el pan en los bastones y el
vino en los morrales, desde donde llegué a las montañas de los
vascos, donde todas las aguas corren hacia abajo. »Y en resumen,
tanto anduve que llegué hasta la India Pastinaca , en donde os juro,
por el hábito que llevo, que vi volar a los plumíferos, cosa
increíble para quien no los haya visto; pero no me deje mentir Maso
del Saggio a quien encontré allí hecho un gran mercader que cascaba
nueces y vendía las cáscaras al por menor. Pero no pudiendo lo que
estaba buscando encontrar, porque de allí en adelante se va por el
mar, volviéndome atrás, llegué a esas santas tierras donde en el
verano os cuesta el pan frío cuatro dineros y el caldo nada os
cuesta ; y allí encontré al venerable padre señor
Non-me-blasméis-si-os-place , dignísimo patriarca de Jerusalén, el
cual, por reverencia al hábito que siempre he llevado del barón
señor San Antonio, quiso que viese ya todas las santas reliquias que
tenía junto a sí, y fueron tantas que, si quisiese describiros todas
no vendrían a término en tal milla; pero por no dejaros
desilusionados os diré, sin embargo, algunas. Primeramente me mostró
el dedo del Espíritu Santo tan entero y sano como nunca lo estuvo, y
el tupé del serafín que se apareció a San Francisco, y una de las
uñas de los querubines, y una de las costillas del
Verbum-caripuesto-alajimez , y de los vestidos de la santa fe
católica y algunos de los rayos de la estrella que se apareció a los
tres Magos de Oriente, y una ampolla con el sudor de San Miguel
cuando combatió con el diablo, y la mandíbula de la muerte de San
Lázaro y otras . Y porque yo libremente le entregué las laderas de
Montemoreno en vulgar y algunos capítulos del Caprezio que
largamente había estado buscando, él me hizo partícipe de sus santas
reliquias y me donó uno de los dientes de la santa cruz y en una
ampolleta algo del sonido de las campanas del templo de Salomón y la
pluma del arcángel Gabriel, de la cual ya os he hablado, y uno de
los zuecos de San Gherardo de Villamagna , el cual yo, no hace
mucho, en Florencia di a Gherardo de los Bonsi , que tiene en él
grandísima devoción; y me dio los carbones con los que fue asado el
bienaventurado mártir San Lorenzo; las cuales cosas todas aquí
conmigo traje devotamente, y todas las tengo.
»Y es la verdad que mi superior nunca ha
permitido que las mostrase hasta tanto que no se ha certificado si
son ciertas o no, pero ahora que por algunos milagros hechos por
ellas y por cartas recibidas del patriarca se ha asegurado, me ha
concedido la licencia para que os las muestre; pero yo, temiendo
confiárselas a nadie, siempre las llevo conmigo. Cierto que llevo la
pluma del arcángel Gabriel, para que no se estropee, en una arqueta,
y los carbones con los cuales fue asado San Lorenzo en otra, las
cuales son tan semejantes la una a la otra que muchas veces he
cogido la una por la otra, y ahora me ha ocurrido; y creyendo que
había traído la arqueta donde estaba la pluma, he traído aquella en
donde están los carbones. Lo que no reputo como error sino que me
parece que sea cierto que haya sido la voluntad de Dios y que Él
mismo haya puesto la arqueta de los carbones en mis manos,
acordándome yo hace poco que la fiesta de San Lorenzo es de aquí a
dos días; y por ello, queriendo Dios que yo, al mostraros los
carbones con los que fue asado, encienda en vuestras almas la
devoción que en él debéis tener, no la pluma que quería sino los
benditos carbones rociados con el humor de aquel santísimo cuerpo me
hizo coger. Y por ello, hijos benditos, quitaos las capuchas y
acercaos aquí devotamente a verlos. Pero primero quiero que sepáis
que cualquiera que por estos carbones es tocado con la señal de la
cruz puede vivir seguro todo el año de que no le quemará fuego que
no sienta.
Y luego que hubo dicho así, cantando un
laude de San Lorenzo, abrió la arqueta y mostró los carbones, los
cuales luego de que un rato la estúpida multitud hubo mirado con
reverente admiración, con grandísimo ruido de pies todos se
acercaron a fray Cebolla, y dando mayores limosnas de lo que
acostumbraban, que les tocase con ellos le rogaban todos. Por la
cual cosa, fray Cebolla, cogiendo aquellos carbones en la mano,
sobre sus camisolas blancas y sobre los jubones y sobre los velos de
las mujeres comenzó a hacer las cruces mayores que le cabían,
afirmando que cuanto se gastaban al hacer aquellas cruces lo crecían
después en la arqueta, como él había experimentado muchas veces. Y
de tal guisa, no sin grandísima utilidad suya, habiendo cruzado a
todos los certaldeños, por su rápida invención se burló de aquellos
que, quitándole la pluma, habían querido burlarse de él. Los cuales,
estando en su sermón y habiendo oído el extraordinario remedio
encontrado por él, y cómo se las había arreglado y con qué palabras,
se habían reído tanto que habían creído que se les desencajaban las
mandíbulas; y luego de que se hubo ido el vulgo, yendo a él, con la
mayor fiesta del mundo lo que habían hecho le descubrieron y luego
le devolvieron su pluma, la cual al año siguiente le valió no menos
que aquel día le habían valido los carbones. Esta historia dio por
igual a toda la compañía grandísimo placer y solaz y mucho se rieron
todos de fray Cebolla y máximamente de su peregrinación y de las
reliquias tanto vistas por él como traídas; la cual sintiendo la
reina que había acabado, e igualmente su señorío, poniéndose en pie,
se quitó la corona y, riendo, se la puso en la cabeza a Dioneo y
dijo:
-Es tiempo, Dioneo, que algo pruebes la
carga que es tener que guiar y gobernar a las mujeres; sé, pues,
rey, y reina de tal manera que al final de tu gobierno lo alabemos.
Dioneo, recibiendo la corona, repuso riendo:
-Muchas veces podéis haber visto reyes de
ajedrez que son más preciosos de lo que yo soy; y por cierto que si
me obedecieseis como a un verdadero rey se obedece, os haría gozar
de aquello sin lo cual es verdad que ninguna fiesta es totalmente
alegre. Pero dejemos estas palabras; gobernaré como pueda. Y
haciendo, según la costumbre usada, venir al senescal, lo que tenía
que hacer mientras durase su señorío le mandó; y luego dijo:
-Valerosas señoras, de diversas maneras se
ha hablado aquí tanto del ingenio humano y de los varios sucesos
que, si la señora Licisca no hubiese venido aquí hace un rato (que
con sus palabras me ha dado la materia de las futuras narraciones de
mañana) temo que me hubiera costado mucho tiempo encontrar tema
sobre el que hablar. Ella, como habéis oído, dijo que no tenía una
vecina que hubiera ido doncella a su marido, y añadió que bien sabía
cuántas y cuáles burlas seguían las casadas haciendo a sus maridos.
Pero dejando la primera parte, que es cosa de criaturas, pienso que
la segunda deba ser divertida para hablar de ella, y por ello quiero
que mañana se digan, puesto que la señora Licisca nos ha dado el
motivo, burlas que por amor o por salvación suya han hecho las
mujeres a sus maridos, habiéndose ellos apercibido o no.
Hablar de tal materia parecía a algunas de
las damas que no era apropiado para ellas y le rogaban que cambiase
el tema propuesto; a quienes el rey respondió:
-Señoras, sé lo que he ordenado mejor que
vosotras, y de ordenarlo no me podréis apartar por lo que queréis
mostrarme, considerando que estamos en tales tiempos que con
guardarse los hombres y las mujeres de obrar deshonestamente toda
conversación está permitida. Pues ¿no sabéis que por la perversidad
de esta temporada los jueces han abandonado los tribunales, las
leyes tanto divinas como humanas están calladas y amplia licencia
para conservar la vida se ha concedido a cada uno? Por lo que, si
algo se relaja vuestra honestidad al hablar, no para seguir con las
obras nada desordenado sino para deleite de los demás y vuestro, no
veo con qué argumento os pueda en el porvenir ser reprochado por
nadie. Además de esto, nuestra compañía, desde el primer momento
hasta esta hora honestísima, por nada que se diga no me parece que
en ningún acto se manche ni sea manchada, con la ayuda de Dios.
Además, ¿quién no conoce vuestra honestidad? La cual no ya las
conversaciones divertidas sino el terror de la muerte creo que no
podría desalentar. Y por decir verdad, quien supiera que dejasteis
de hablar de estas chanzas alguna vez acaso sospecharía que fueseis
culpables de lo que teníais que narrar y que por ello no quisisteis.
Sin contar con que bien me honraríais si habiendo yo obedecido a
todas, ahora, habiéndome hecho vuestro rey, quisierais imponerme la
ley y no hablar de lo que yo ordenase. Dejad, pues, este temor más
propio de ánimos bajos que de los nuestros, y buena suerte tenga
cada una en pensar una buena historia. Cuando las señoras esto
hubieron oído dijeron que fuera así como a él le pluguiese; por lo
que el rey hasta la hora de la cena dio a cada uno licencia de hacer
lo que gustase. Estaba el sol todavía muy alto porque las
narraciones habían sido breves; por lo que, habiéndose Dioneo con
los otros jóvenes puesto a jugar a las tablas, Elisa, llamando
aparte a las otras señoras, dijo: -Desde que estarnos aquí he
deseado llevaros a un lugar muy cerca de éste donde no creo que
ninguna de vosotras haya estado, y se llama el Valle de las Damas; y
hasta ahora no he visto el momento de poderos llevar allí sino hoy,
puesto que el sol está aún alto; y por ello, si os place venir, no
dudo que cuando estéis allí no estéis contentísimas de haber estado.
Las señoras dijeron que estaban dispuestas,
y llamando a una de sus criadas, sin decir nada a los jóvenes, se
pusieron en camino; y no habían andado más de una milla cuando
llegaron al Valle de las Damas; dentro del cual, por un camino muy
estrecho por una de cuyas partes corría un clarísimo arroyo,
entraron; y lo vieron tan hermoso y tan deleitoso, y especialmente
en aquel tiempo en que el calor era grande cuanto más podría
imaginarse. Y según me dijo luego alguna de ellas, el llano que
había en el valle era tan redondo como si hubiera sido trazado con
compás aunque artificio de la naturaleza y no de la mano del hombre
pareciese; y tenía de contorno poco más de media milla, rodeado por
seis montañitas no muy altas, y encima de la cumbre de cada una se
veía un edificio que tenía la forma de un hermoso castillito .
Las laderas de tales montañitas declinando
hacia la llanura descendían como en los teatros vemos que desde la
cima las gradas hasta la parte más baja vienen sucesivamente
ordenadas, estrechando siempre su círculo. Y estaban estas laderas,
cuantas a la vertiente del mediodía miraban, todas con viñas,
olivos, almendros, cerezos, higueras y otras clases muchas de
árboles frutales llenas sin dejar un palmo. Las que miraban al carro
del Septentrión todas eran de bosquecillos de chaparros, fresnos y
otros árboles verdísimos y lo más derechos que podían estar. La
llanura de abajo, sin tener más entrada que aquella por donde las
damas habían venido, estaba llena de abetos, de cipreses, de
laureles y de algunos pinos, tan bien compuestos y tan bien
ordenados como si todos hubieran sido plantados por el mejor
artífice; y entre ellos poco sol o ninguno, entonces que estaba
alto, entraba hasta el suelo, que era todo un prado de hierba
menudísima y llena de flores purpúreas y de otras. Y además de esto,
lo que no menos de deleite que de otra cosa servía, había un arroyo
que desde una de las calles que dos de aquellas montañitas dividían,
caía sobre peñas de roca viva y al caer hacía un rumor muy deleitoso
al oído, y al salpicar parecía de lejos plata viva que cayese de
alguna cosa exprimida menudamente; y al llegar abajo a la pequeña
llanura, allí, recogido en una hermosa acequia hasta la mitad de la
llanura velocísimo, y formaba allí un pequeño lago como a veces a
modo de vivero hacen en su jardín los habitantes de las ciudades que
de ello tienen ocasión.
Y era este lago no más profundo de lo que
sea la estatura de un hombre hasta el pecho, y sin tener en sí
mezcla alguna mostraba clarísimo su fondo que era de menudísimos
guijos que, quien no hubiese tenido otra cosa que hacer, habría
podido contarlos si quisiera; y no solamente al mirar se veía el
fondo del agua sino tantos peces acá y allá ir discurriendo que
además de deleite eran maravilla. Y no estaba cerrado por la otra
orilla sino por el suelo del prado, tanto más hermoso en su borde
cuanto más humedad tenía de él. El agua que desbordaba su capacidad
la recibía otra acequia por la cual, saliendo fuera del vallecito, a
las partes más bajas corría.
Venidas, pues, aquí las jóvenes damas,
luego de que por todas partes hubieron mirado y alabado mucho el
lugar, siendo grande el calor y viendo el pequeño piélago delante y
sin ningún temor de ser vistas, deliberaron bañarse; y mandando a su
criada que sobre el camino por donde habían estado se quedase y
mirase si alguien venía y se lo hiciera saber, las siete se
desnudaron y entraron en él, que no de otra manera escondía sus
cándidos cuerpos de lo que haría a una encarnada rosa un cristal
sutil. Estando ellas allí metidas sin que en nada se enturbiase el
agua, comenzaron como podían a andar de acá para allá detrás de los
peces, los cuales mal tenían donde esconderse, y a querer cogerlos
con las manos. Y luego de que en tal diversión, habiendo cogido
algunos, estuvieron un rato, saliendo de allí se volvieron a vestir
y sin poder alabar más el lugar que lo habían alabado, pareciéndoles
tiempo de volverse a casa, con suave paso, hablando mucho de la
belleza del lugar, se pusieron en camino; y llegando a la villa a
bastante buena hora, todavía allí encontraron jugando a los jóvenes
donde los habían dejado; a quienes Pampínea, riendo, dijo: -Pues ya
os hemos engañado hoy.
-¿Y cómo? -dijo Dioneo-. ¿Comenzáis primero
las obras que las palabras? Dijo Pampínea:
-Señor nuestro, sí.
Y extensamente le contó de dónde venían y
cómo era el lugar y cuánto distaba de allí y lo que habían hecho.
El rey, oyendo hablar de la belleza del
lugar, deseoso de verlo, prestamente hizo ordenar la cena; la cual
luego de que con mucho placer de todos se terminó, los tres jóvenes
con sus sirvientes, dejando a las damas, se fueron a este valle, y
considerando cada cosa, no habiendo estado allí nunca ninguno de
ellos, alabaron aquello como una de las más bellas cosas del mundo;
y luego de que se hubieron bañado y volvieron a vestirse, como se
hacía demasiado tarde se volvieron a casa, donde encontraron a las
mujeres que danzaban una carola a un aria cantada por Fiameta; y con
ellas, terminada su carola, entrando en conversación sobre el Valle
de las Damas, mucho bien y muchas alabanzas dijeron. Por la cual
cosa el rey, haciendo venir al senescal, le mandó que a la mañana
siguiente hiciera que allí fuesen preparadas las cosas y fuera
llevada alguna cama por si alguna quisiera dormir o acostarse la
siesta. Después de esto, haciendo venir luces y vino y dulces y un
tanto reconfortados, mandó que todo el mundo se pusiese a bailar; y
habiendo iniciado Pánfilo una danza por voluntad suya, el rey,
volviéndose a Elisa, le dijo amablemente: -Hermosa joven, hoy me
hiciste la honra de darme la corona, y yo quiero hacerte a ti esta
noche la de la canción; y por ello haz una que diga lo que más te
guste.
A quien Elisa repuso sonriendo que de buen
grado, y con suave voz comenzó de esta guisa:
- Amor, si de tus garras yo saliera
- no podría suceder
- que otro de tus anzuelos más mordiera.
- Yo era una niña cuando entré en tu guerra
- creyendo que era suma y dulce paz,
- y las armas dejé puestas en tierra
- cual quien confía en uno que es veraz,
- tú, desleal tirano, eres rapaz
- y me hiciste caer
- con tu armamento y con tu garra fiera.
- Luego, bien apretada en tus cadenas,
- a quien nació para verdugo mío,
- llena de tristes lágrimas y penas
- presa me diste, y tiene mi albedrío;
- y es tan duro y cruel su señorío
- que no pueden mover
- su corazón mis suspiros ni ojeras.
- Mis ruegos todos se los lleva el viento:
- nadie me escucha ni me quiere oír,
- y, si cada hora crece mi tormento,
- viviendo con dolor no sé morir,
- ¡Ah, duélete, señor , de mi sufrir!
- Lo que no puedo hacer
- haz tú, y dámelo atado en forma fiera.
- Y si no quieres, por lo menos suelta
- el nudo con que me ata la esperanza.
- ¡Ah, que la libertad me sea devuelta!
- Pues yo tendré, si lo haces, confianza
- en ser bella de nuevo sin tardanza;
- y sin más padecer
- con blanca y roja flor ornada fuera
Luego de que con un suspiro muy
apesadumbrado Elisa hubo dado fin a su canción, aunque todos se
maravillasen de tales palabras, ninguno hubo que pudiera adivinar
quién de tal cantar la razón fuese. Pero el rey, que estaba de buen
humor, haciendo llamar a Tíndaro, le ordenó que sacase su cornamusa,
al son de la cual hizo bailar muchas danzas; pero cuando ya buena
parte de la noche había pasado, dijo a todos que se fuesen a dormir.
TERMINA LA SEXTA JORNADA
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