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CUARTA JORNADA
COMIENZA LA CUARTA JORNADA DEL DECAMERÓN,
EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE FILOSTRATO, SE RAZONA SOBRE AQUELLOS
CUYOS AMORES TUVIERON UN FINAL INFELIZ.
CARÍSIMAS señoras, tanto por las palabras
oídas a los hombres sabios como por las cosas por mí muchas veces
vistas y leídas, juzgaba yo que el impetuoso viento y ardiente de la
envidia no debía golpear sino las altas torres y las más elevadas
cimas de los árboles; pero en mi opinión me encuentro sobremanera
engañado. Porque huyendo yo, y habiéndome siempre ingeniado en huir
el fiero ímpetu de ese rabioso espíritu, no solamente por las
llanuras sino también por los profundísimos valles, callado y
escondido, me he ingeniado en andar; lo que puede aparecer asaz
manifiesto a quien las presentes novelitas mira, que no solamente en
florentino vulgar y en prosa están escritas por mí y sin título sino
también en estilo humildísimo y bajo cuanto más se puede, y no por
todo ello he podido dejar de ser fieramente atacado por tal viento
(hasta casi desarraigado) y de ser todo lacerado por los mordiscos
de la envidia ; por lo que asaz manifiestamente puedo comprender que
es verdad lo que suelen decir los sabios que sólo la miseria deja de
ser envidiada en este mundo presente. Pues ha habido quienes,
discretas señoras, leyendo estas novelitas, han dicho que vosotras
me gustáis demasiado y que no es cosa honesta que yo tanto deleite
tome en agradaros y consolaros y algunos han dicho peor: que en
alabaros como lo hago. Otros, mostrando querer hablar más
reflexivamente, han dicho que a mi edad no está bien perseguir ya
estas cosas: esto es, hablar de mujeres y complacerlas.
Y muchos, muy preocupados por mi fama
mostrándose, dicen que más sabiamente haré en estar con las musas en
el Parnaso que en estas chácharas mezclarme con vosotras. Y hay
quienes, más despechada que sabiamente hablando, han dicho que haría
más discretamente en pensar dónde podría encontrar el pan que tras
estas necedades andar palpando el viento. Y algunos otros, que de
otra guisa han sido las cosas por mí contadas que como os las digo,
se ingenian en detrimento de mis trabajos en demostrar. Así, por
tantos y tales soplos, por tan atroces dientes, por tan agudos,
valerosas señoras, mientras en vuestro servicio milito, estoy
azotado, molestado y, en fin, crucificado vivo. Las cuales cosas con
tranquilo ánimo, sábelo Dios, escucho y oigo, y aunque a vos en esto
corresponda por completo mi defensa, no menos entiendo yo no ahorrar
mis fuerzas y sin responder cuanto sería conveniente, con alguna
ligera respuesta quitármelos de las orejas, y hacer esto sin
tardanza porque si ya, no habiendo llegado al tercio de mi trabajo,
son ellos muchos y mucho presumen, pienso que antes de que llegue al
final podrán haberse multiplicado de manera (no habiendo sufrido
antes ninguna repulsa) que con poco esfuerzo suyo me hundirían, y
contra ellos, por muy grandes que sean, no podrían resistir vuestras
fuerzas. Pero antes de que comience a responder a alguien, me place
contar en mi favor no una historia entera, para que no parezca que
quiero mis historias con aquellas de tan loable compañía como fue la
que os he mostrado mezclar, sino parte de una, para que en su misma
forma incompleta se muestre que no es de aquéllas; y hablando a mis
detractores, digo que: En nuestra ciudad, hace ya mucho tiempo, hubo
un ciudadano que fue llamado Filippo Balducci, hombre de condición
asaz modesta, pero rico y bien despachado y hábil en las cosas
cuanto su estado lo requería; y tenía a una señora por mujer a quien
tiernamente amaba, y ella a él, y juntos llevaban una feliz vida, en
ninguna otra cosa poniendo tanto afán como en agradarse enteramente
el uno al otro. Ahora, sucedió que, como sucede a todos, la buena
señora falleció y nada dejó suyo a Filippo sino un único hijo
concebido de él, que de edad de unos dos años era. Él, por la muerte
de su mujer tan desconsolado se quedó como nunca quedó nadie al
perder la cosa amada; y viéndose quedar solo sin la compañía que más
amaba, se decidió por completo a no pertenecer más al mundo sino
dedicarse al servicio de Dios, y hacer lo mismo de su pequeño hijo.
Por lo que, dando todas sus cosas por el amor de Dios, sin demora se
fue a lo alto del Monte Sinerio y allí en una pequeña celda se metió
con su hijo, con el cual, de limosnas y en ayunos y en oraciones
viviendo, sumamente se guardaba de hablar, allí donde estaba, de
ninguna cosa temporal ni de dejarle ver ninguna de ellas, para que
no lo apartasen de tal servicio, sino que siempre de la gloria de la
vida eterna y de Dios y de los santos hablaba, no enseñándole otra
cosa sino santas oraciones: y en esta vida muchos años le tuvo, no
dejándolo nunca salir de la celda ni mostrándole ninguna cosa más
que a sí mismo. Acostumbraba el buen hombre a venir alguna vez a
Florencia, y de allí, según sus necesidades ayudado por los amigos
de Dios, a su celda se volvía. Ahora, sucedió que siendo ya el
muchacho de edad de dieciocho años, y Filippo viejo, un día le
preguntó que dónde iba. Filippo se lo dijo; al cual dijo el
muchacho:
-Padre mío, vos sois ya viejo y mal podéis
soportar los trabajos; ¿por qué no me lleváis una vez a Florencia,
para que, haciéndome conocer a los amigos de Dios y vuestros, yo,
que soy joven y tengo más fuerzas que vos, pueda luego ir a
Florencia a vuestros asuntos cuando lo deseéis, y vos quedaros aquí?
El buen hombre, pensando que ya su hijo era grande, y estaba tan
habituado al servicio de Dios que difícilmente las cosas del mundo
debían ya poder atraerlo, se dijo: «Bien dice éste».
Por lo que, teniendo que ir, lo llevó
consigo. Allí el joven, viendo los edificios, las casas, las
iglesias y todas las demás cosas de que toda la ciudad se ve llena,
como quien no se acordaba de haberlas visto, comenzó a maravillarse
grandemente, y sobre muchas preguntaba al padre qué eran, y cómo se
llamaban. El padre se lo decía y él, quedándose contento al oírlo,
le preguntaba otra cosa. Y preguntando de esta manera el hijo y
respondiendo el padre, por ventura se tropezaron con un grupo de
bellas muchachas jóvenes y adornadas que de una fiesta de bodas
venían; a las cuales, en cuanto vio el joven, le preguntó al padre
que qué eran.
El padre le dijo:
-Hijo mío, baja la vista, no las mires, que
son cosa mala. Dijo entonces el hijo:
-Pero ¿cómo se llaman?
El padre, por no despertar en el
concupiscente apetito del joven ningún proclive deseo menos que
conveniente, no quiso nombrarlas por su propio nombre, es decir,
«mujeres», sino que dijo: -Se llaman gansas.
¡Maravillosa cosa de oír! Aquel que nunca
en su vida había visto ninguna, no preocupándose de los palacios, ni
del buey, ni del caballo, ni del asno, ni de los dineros ni de otra
cosa que visto hubiera, súbitamente dijo:
-Padre mío, os ruego que hagáis que tenga
yo una de esas gansas. -¡Ay, hijo mío! -dijo el padre-, calla: son
cosa mala.
El joven, preguntándole, le dijo:
-¿Pues así son las cosas malas?
-Sí -dijo el padre.
Y él dijo entonces:
-No sé lo que decís, ni por qué éstas sean
cosas malas: en cuanto a mí, no me ha parecido hasta ahora ver nunca
nada tan bello ni tan agradable como ellas. Son más hermosas que los
corderos pintados que me habéis enseñado muchas veces. ¡Ah!, si os
importo algo, haced que nos llevemos una allá arriba de estas gansas
y yo la llevaré a pastar.
Dijo el padre:
-No lo quiero; ¡no sabes tú dónde pastan!
Y sintió incontinenti que la naturaleza era
más fuerte que su ingenio, y se arrepintió de haberlo llevado a
Florencia. Pero haber hasta aquí contado de la presente novela me
basta, y dirigirme a quienes la he contado.
Dicen, pues, algunos de mis censores que
hago mal, oh jóvenes damas, esforzándome demasiado en agradaros; y
que vosotras demasiado me agradáis. Las cuales cosas
abiertísimamente confieso; es decir, que me agradáis y que me
esfuerzo en agradaros; y les pregunto si de esto se maravillan
considerando no ya el haber conocido el amoroso besarse y el
placentero abrazarse y los ayuntamientos deleitosos que con vos,
dulcísimas señoras, se tienen muchas veces, sino solamente el haber
visto y ver continuamente las corteses costumbres y la atractiva
hermosura y la cortés gallardía y además de todo esto, vuestra
señoril honestidad: cuando aquel que nutrido, criado, crecido en un
monte salvaje y solitario, dentro de los límites de una pequeña
celda, sin otra compañía que el padre, al veros, solas por él
deseadas fuisteis, solas con afecto seguidas.
¿Habrían de reprenderme, de amonestarme, de
castigarme éstos si yo, cuyo cuerpo el cielo produjo apto para
amaros, y yo desde mi infancia el alma os dediqué al sentir el poder
de la luz de vuestros ojos, la suavidad de las palabras melifluas y
las llamas encendidas por los compasivos suspiros, si me agradáis y
si yo en agradaros me esfuerzo; y especialmente teniendo en cuenta
que antes que nada agradasteis a un ermitañito, a un jovencillo sin
sentido, casi a un animal salvaje? Por cierto que quien no os ama y
por vos no desea ser amado, como persona que ni los placeres ni la
virtud de la natural afección siente ni conoce me reprende: y poco
me preocupo por ello. Y quien contra mi edad va hablando muestra que
mal conoce que aunque el perro tiene la cabeza blanca, la cola la
tiene verde; a los cuales, dejando a un lado las bromas, respondo
que nunca reputaré vergonzoso para mí hasta el final de mi vida el
complacer a aquellas cosas a las que Guido Cavalcanti y Dante
Alighieri ya viejos, y micer Gino de Pistoia viejísimo tuvieron en
honor, y buscaron su placer .
Y si no fuese que sería salirme del modo
que se acostumbra a hablar, traería aquí en medio la historia, y la
mostraría llena de hombres viejos y valerosos que en sus más maduros
años sumamente se esforzaron en complacer a las damas, lo que si
ellos no lo saben, que vayan y lo aprendan. Que se quede con las
musas en el Parnaso, afirmo que es un buen consejo: pero no siempre
podemos quedarnos con las musas ni ellas con nosotros. Si cuando
sucede que el hombre se separa de ellas, se deleita en ver cosa que
se las asemejan no es de reprochar: las musas son mujeres, y aunque
las mujeres lo que las musas valen no valgan, sin embargo tienen en
el primer aspecto semejanza con ellas, así que aunque por otra cosa
no me agradasen, por ello debían agradarme; sin contar con que las
mujeres ya fueron para mí ocasión de componer mil versos mientras
las musas nunca me fueron de hacer ninguno ocasión. Ellas me
ayudaron bien y me mostraron cómo componer aquellos mil; y tal vez
para escribir estas cosas, aunque humildísimas sean, también han
venido algunas veces a estar conmigo, en servicio tal vez y en honor
de la semejanza que las mujeres tienen con ellas; por lo que,
tejiendo estas cosas, ni del Monte Parnaso ni de las Musas me separo
tanto cuanto por ventura muchos creen.
Pero ¿qué diremos a aquellos que de mi fama
tienen tanta compasión que me aconsejan que me busque el pan?
Ciertamente no lo sé, pero, queriendo pensar cuál sería su respuesta
si por necesidad se lo pidiera a ellos, pienso que dirían:
«¡Búscatelo en tus fábulas!». Y ya más han encontrado entre sus
fábulas los poetas que muchos ricos entre sus tesoros, y muchos ha
habido que andando tras de sus fábulas hicieron florecer su edad,
mientras por el contrario, muchos al buscar más pan del que
necesitaban, murieron sin madurar. ¿Qué diré más? Échenme con malos
modos esos tales cuando se lo pida, si bien con la merced de Dios
todavía no lo necesito y si me sobreviniese la necesidad yo sé,
según el Apóstol, vivir en la abundancia y padecer la miseria; y por
ello nadie se preocupe de mí sino yo. Y los que dicen que estas
cosas no han sido así, me gustaría mucho que encontrasen los
originales, que si fueran discordantes de lo que yo escribo, justa
diré que es su reprimenda y en corregirme yo mismo me ingeniaré;
pero mientras no aparezca nada sino palabras, les dejaré con su
opinión, siguiendo la mía, diciendo de ellos lo que ellos dicen de
mí. Y queriendo haber respondido bastante por esta vez, digo que con
la ayuda de Dios y la vuestra, gentilísimas señoras, en quien
espero, armado y con buena paciencia, con esto procederé adelante,
volviendo las espaldas a este viento y dejándolo soplar, porque no
veo que pueda sucederme a mí otra cosa que le sucede al menudo
polvo, el cual, soplando el torbellino, o de la tierra no lo mueve,
o si lo mueve lo lleva a lo alto y muchas veces sobre la cabeza de
los hombres, sobre las coronas de los reyes y de los emperadores, y
a veces sobre los altos palacios y sobre las excelsas torres lo
deja; de las cuales, si cae, más abajo no puede llegar del lugar
adonde fue llevado. Y si alguna vez con toda mi fuerza a complaceros
en algo me dispuse, ahora más que nunca me dispondré, porque conozco
que otra cosa nadie podrá decir con razón sino que los demás y yo,
que os amamos, naturalmente obramos; a cuyas leyes (de la
naturaleza) para querer oponerse, demasiado grandes fuerzas se
necesitan y muchas veces no solamente en vano sino con grandísimo
daño del que se afana se ponen en obra. Las cuales fuerzas, confieso
que no las tengo ni deseo tenerlas en esto, y si las tuviese, antes
a otros las prestaría que las usaría para mí. Por lo que cállense
los reprensores, y si calentarse no pueden, vivan congelados, y en
sus deleites (más bien apetitos corruptos) estándose, a mí en el
mío, en esta breve vida que se nos da, me dejen tranquilo. Pero
hemos de volver, porque bastante hemos divagado, oh hermosas
señoras, allá de donde partimos, y el orden empezado seguir.
Arrojado había el sol ya del cielo a todas las estrellas y de la
tierra la húmeda sombra de la noche, cuando Filostrato,
levantándose, a toda su compañía hizo levantar, y yendo al hermoso
jardín, por allí empezaron a pasearse; y venida la hora de la
comida, almorzaron aquí donde habían cenado la noche pasada. Y de
dormir, estando el sol en su mayor altura, levantándose, de la
manera acostumbrada cerca de la hermosa fuente se sentaron, y
entonces Filostrato a Fiameta mandó que principio diese a las
historias, la cual, sin esperar más a que dicho le fuese,
señorilmente así comenzó:
NOVELA PRIMERA
Tancredo, príncipe de Salerno, mata al
amante de su hija y le manda el corazón en una copa de oro; la cual,
echando sobre él agua envenenada, se la bebe y muere .
Duro asunto para tratar nos ha impuesto hoy
nuestro rey, si pensamos que cuando para alegrarnos hemos venido,
tenemos que hablar de las lágrimas de otros, que no pueden contarse
sin que deje de sentir compasión quien las cuenta y quien las
escucha. Tal vez por moderar un tanto la alegría sentida los días
pasados lo ha hecho; pero sea lo que le haya movido, como a mí no me
incumbe cambiar su gusto, un caso lastímero, y por lo mismo
desventurado y digno de nuestras lágrimas, contaré. Tancredo,
príncipe de Salerno , fue señor asaz humano, y de benigno talante,
si en amorosa sangre, en su vejez, no se hubiera ensuciado las
manos; el cual en todo el tiempo de su vida no tuvo más que una
hija, y más feliz hubiera sido si no la hubiese tenido. Ésta fue por
el padre tan tiernamente amada cuanto hija alguna vez fuese amada
por su padre; y por este tierno amor, habiendo ella ya pasado en
muchos años la edad de tener marido, no sabiendo cómo separarla de
él, no la casaba; luego, por fin, habiéndola dado por mujer a un
hijo del duque de Capua, viviendo con él poco tiempo, se quedó viuda
y volvió con su padre. Era hermosísima en el cuerpo y el rostro como
la mujer que más lo hubiera sido, y joven y gallarda, y más discreta
de lo que por ventura convenía a una mujer serlo. Y viviendo con el
amante padre como una gran señora, en mucha blandura, y viendo que
su padre, por el amor que le tenía, poco cuidado se tomaba por
casarla otra vez, y a ella cosa honesta no le parecía pedírselo,
pensó en tener, ocultamente si podía hallarlo, un amante digno de
ella. Y viendo a muchos hombres en la corte de su padre, nobles y
no, como nosotros los vemos en las cortes, y consideradas las
maneras y las costumbres de muchos, entre los otros un joven paje
del padre cuyo nombre era Guiscardo, hombre de nacimiento asaz
humilde pero por la virtud y las costumbres noble, más que otro le
agradó y por él calladamente, viéndolo a menudo, ardientemente se
inflamó, estimando cada vez más sus maneras. Y el joven, que no
dejaba de ser perspicaz, habiéndose fijado en ella, la había
recibido en su corazón de tal manera que de cualquiera otra cosa que
no fuera amarla tenía alejada la cabeza. De tal guisa, pues,
amándose el uno al otro secretamente, nada deseando tanto la joven
como encontrarse con él, ni queriéndose sobre este amor confiarse a
nadie, para poderle declarar su intención inventó una rara
estratagema. Escribió una carta, y en ella lo que tenía que hacer el
día siguiente para estar con ella le mostró; y luego, puesta en el
hueco de una caña, jugando se la dio a Guiscardo diciendo: -Con esto
harás esta noche un soplillo para tu sirvienta con que encienda el
fuego. Guiscardo la tomó, y pensando que no sin razón debía
habérsela dado y dicho aquello, marchándose, con aquello volvió a su
casa, y mirando la caña, y viéndola hendida, la abrió y, hallada
dentro la carta de ella y leída, y bien entendido lo que tenía que
hacer, se sintió el hombre más contento que ha habido en el mundo, y
se dedicó a prepararse para reunirse con ella según el modo que le
había mostrado. Había junto al palacio del príncipe una gruta cavada
en el monte, hecha en tiempos lejanísimos, a la que daba luz un
respiradero abierto en el monte; el cual, como la gruta estaba
abandonada, por zarzas y por hierbas nacidas por encima, estaba casi
obturado; y a esta gruta, por una escala secreta que había en una de
las cámaras bajas del palacio, que era la de la señora, podía
bajarse, aunque con un fortísimo portón cerrada estaba. Y estaba tan
fuera de la cabeza de todos esta escala, porque hacía muchísimo
tiempo que no se usaba, que casi ninguno de los que allí vivían la
recordaba; pero Amor, a cuyos ojos nada está tan secreto que no lo
alcance, se la había traído a la memoria a la enamorada señora . La
cual, para que nadie de ello apercibirse pudiera, muchos días con
sus arneses mucho había trabajado para que aquel portón pudiera
abrirse; abierto el cual, y sola bajando a la gruta y visto el
respiradero, por él había mandado decir a Giuscardo que se
industriase en bajar, habiéndole dibujado la altura de aquél a la
tierra haber podía. Y para cumplir esto, Guiscardo prestamente,
preparada una soga con ciertos nudos y lazadas para poder descender
y subir por ella, y vestido con un cuero que de las zarzas le
protegiese, sin haber dicho nada a nadie, a la noche siguiente al
respiradero se fue, y acomodando bien uno de los cabos de la soga a
un fuerte tocón que en la boca del respiradero había nacido, por
ella bajó a la gruta y esperó a la señora. La cual, al día
siguiente, fingiendo querer dormir, mandadas afuera sus damiselas y
encerrándose sola en la alcoba, abierto el portón, a la gruta bajó,
donde, encontrando a Guiscardo, uno a otro maravillosas fiestas se
hicieron, y viniendo juntos a su alcoba, con grandísimo placer gran
parte de aquel día se quedaron, y puesto discreto orden en sus
amores para que fuesen secretos, volviéndose a la gruta Guiscardo y
ella cerrando el portón, con sus damiselas se vino afuera.
Guiscardo luego, al venir la noche,
subiendo por su soga, por el respiradero por donde había entrado
salió afuera y se volvió a su casa; y habiendo aprendido este
camino, muchas veces luego, andando el tiempo, allí retornó. Pero la
fortuna, envidiosa de tan largo y de tan grande deleite, con un
doloroso suceso el gozo de los dos amantes volvió triste llanto.
Acostumbraba Tancredo a venir alguna vez solo a la cámara de su
hija, y allí hablar con ella y quedarse un rato, y luego irse; el
cual, un día después de comer, bajando allí, estando la señora, que
Ghismunda tenía por nombre, en un jardín suyo con todas sus
damiselas, en ella entrando, sin haber sido por nadie visto u oído,
no queriendo apartarla de su distracción, encontrando las ventanas
de la alcoba cerradas y las cortinas de la cama echadas, junto a
ellas en una esquina se sentó en un almohadón; y apoyando la cabeza
en la cama y cubriéndose con la cortina, como si deliberadamente se
hubiera escondido allí, se quedó dormido. Y estando durmiendo de
esta manera, Ghismunda, que por desgracia aquel día había hecho
venir a Guiscardo, dejando a sus damiselas en el jardín,
calladamente entró en la alcoba y, cerrándola, sin apercibirse de
que nadie estuviera allí, abierto el portón a Guiscardo que la
esperaba y yéndose los dos a la cama como acostumbraban, y juntos
jugando y solazándose, sucedió que Tancredo se despertó y oyó y vio
lo que Guiscardo y su hija hacían; y dolorido por ello sobremanera,
primero quiso gritarles, luego tomó el partido de callarse y de
quedarse escondido, si podía, para poder más cautamente obrar y con
menor vergüenza suya lo que ya le había venido la intención de
hacer. Los dos amantes estuvieron largo tiempo juntos como
acostumbraban, sin apercibirse de Tancredo; y cuando les pareció
tiempo, bajándose de la cama, Guiscardo se volvió a la gruta y ella
salió de la alcoba. De la cual Tancredo, aunque era viejo, desde una
ventana bajó al jardín y sin ser visto por nadie, mortalmente
dolorido, a su cámara volvió. Y por una orden que dio, al salir del
respiradero, la noche siguiente durante el primer sueño, Guiscardo,
tal como estaba con la vestimenta de cuero embarazado, fue apresado
por dos y secretamente llevado a Tancredo; el cual, al verle, casi
llorando dijo: -Guiscardo, mi benignidad contigo no merecía el
ultraje y la vergüenza que en mis cosas me has hecho, como he visto
hoy con mis propios ojos.
Al cual, Guiscardo, nada respondió sino
esto:
-Amor puede mucho más de lo que podemos vos
y yo.
Mandó entonces Tancredo que calladamente en
alguna cámara de allí adentro guardado fuese; y así se hizo. Venido
el día siguiente, no sabiendo Ghismunda nada de estas cosas,
habiendo Tancredo consigo mismo pensado varios y diversos
procedimientos, después de comer, según su costumbre se fue a la
cámara de la hija, donde haciéndola llamar y encerrándose dentro con
ella, llorando comenzó a decirle: -Ghismunda, pareciéndome conocer
tu virtud y tu honestidad, nunca habría podido caberme en el ánimo,
aunque me lo hubieran dicho, si yo con mis ojos no lo hubiera visto,
que someterte a algún hombre, si tu marido no hubiera sido, hubieses
no ya hecho sino ni aun pensado; por lo que yo en este poco resto de
vida que mi vejez me conserva siempre estaré dolorido al recordarlo.
Y hubiera querido Dios que, pues que a tanta deshonestidad
encaminarte debías, hubieses tomado un hombre que a tu nobleza
hubiera sido conveniente; pero entre tantos que mi corte frecuentan,
elegiste a Guiscardo, joven de condición vilísima en nuestra corte
casi como por el amor de Dios desde niño hasta este día criado; por
lo que en grandísimo afán de ánimo me has puesto no sabiendo qué
partido tomar sobre ti. De Guiscardo, a quien esta noche hice
prender cuando por el respiradero salía y lo tengo en prisión, ya he
determinado qué hacer, pero de ti sabe Dios que no sé qué hacer. Por
una parte, me arrastra el amor que siempre te he tenido más que
ningún padre tuvo a su hija y por la otra me arrastra la justísima
ira ocasionada por tu gran locura: aquél quiere que te perdone y
éste quiere que contra mi misma naturaleza me ensañe; pero antes de
tomar partido, deseo oírte lo que tengas que decir a esto.
Y dicho esto, bajó el rostro, llorando tan
fuertemente como habría hecho un muchacho apaleado. Ghismunda, al
oír a su padre y al conocer no solamente que su secreto amor había
sido descubierto sino que Guiscardo estaba preso, un dolor indecible
sintió y de mostrarlo con gritos y con lágrimas, como la mayoría de
las mujeres hace, estuvo muchas veces cerca, pero venciendo esta
vileza su ánimo altanero, su rostro con maravillosa fuerza contuvo,
y se determinó a no seguir con vida antes que proferir alguna
súplica por ella misma, imaginando que ya su Guiscardo había muerto,
por lo que no como dolorida mujer o arrepentida de su yerro, sino
como mujer impasible y valerosa, con seco rostro y abierto y en
ningún rasgo alterado, así dijo a su padre:
-Tancredo, ni a negar ni a suplicar estoy
dispuesta porque ni lo uno me valdría ni lo otro quiero que me
valga; y además de esto, de ningún modo entiendo que me favorezcan
tu benevolencia y tu amor sino la verdad confesando, primero
defender mi fama con razones verdaderas y luego con las obras seguir
firmemente la grandeza de mi ánimo. Es verdad que he amado y amo a
Guiscardo, y mientras viva, que será poco, lo amaré y si después de
la muerte se ama, no dejaré de amarlo; pero a esto no me indujo
tanto mi femenina fragilidad como tu poca solicitud en casarme y la
virtud suya. Debe serte, Tancredo, manifiesto, siendo tú de carne,
que has engendrado a una hija de carne y no de piedra ni de hierro;
y acordarte debías y debes, aunque tú ahora seas viejo, cómo y
cuáles y con qué fuerza son las leyes de la juventud, y aunque tú,
hombre, en parte de tus mejores años en las armas te hayas
ejercitado, no debías, sin embargo, conocer lo que los ocios y las
delicadezas pueden en los viejos, no ya en los jóvenes. Soy, pues,
como engendrada por ti, de carne, y he vivido tan poco que todavía
soy joven, y por una cosa y la otra llena del deseo concupiscente,
al que asombrosísimas fuerzas ha dado ya, por haber estado casada,
el conocimiento del placer sentido cuando tal deseo se cumple. A
cuyas fuerzas, no pudiendo yo resistir, a seguir aquello a lo que me
empujaban, como joven y como mujer, me dispuse, y me enamoré. »Y
ciertamente en esto puse toda mi virtud al no querer que ni para ti
ni para mí, de aquello que al natural pecado me atraía (en cuanto yo
pudiera evitarlo) viniese ninguna vergüenza. A lo que el compasivo
Amor y la benigna fortuna una muy oculta vía me habían encontrado y
mostrado, por la cual, sin nadie saberlo, yo mis deseos alcanzaba: y
esto (quien sea que te lo haya mostrado o como quiera que lo sepas)
no lo niego. A Guiscardo no escogí por acaso, como muchas hacen,
sino que con deliberado consejo lo elegí antes que a cualquiera
otro, y con precavido pensamiento lo atraje, y con sabia
perseverancia de él y de mí largamente he gozado en mi deseo. En lo
que parece que, además de haber pecado por amor, tú, más la opinión
vulgar que la verdad siguiendo, con más amargura me reprendes al
decir, como si no te hubiese enojado si a un hombre noble hubiera
elegido para esto, que con un hombre de baja condición me he
mezclado; en lo que no te das cuenta de que no mi pecado sino el de
la fortuna reprendes, la cual con asaz frecuencia a los que no son
dignos eleva, dejando abajo a los dignísimos. »Pero dejemos ahora
esto, y mira un poco los principios del asunto: verás que todos
nosotros de una sola masa de carne tenemos la carne, y que por un
mismo creador todas las almas con igual fuerza, con igual poder, con
igual virtud fueron creadas. La virtud primeramente hizo distinción
entre nosotros, que nacemos y nacíamos iguales; y quienes mayor
cantidad de ella tenían y la ponían en obra fueron llamados nobles,
y los restantes quedaron siendo no nobles. Y aunque una costumbre
contraria haya ocultado después esta ley, no está todavía arrancada
ni destruída por la naturaleza y por las buenas costumbres; y por
ello, quien virtuosamente obra, abiertamente se muestra noble, y si
de otra manera se le llama, no quien es llamado sino quien le llama
se equivoca.
»Mira, pues, entre tus nobles y examina su
vida, sus costumbres y sus maneras, y de otra parte las de Guiscardo
considera: si quisieras juzgar sin animosidad, le llamarías a él
nobilísimo y a todos estos nobles tuyos villanos. En la virtud y el
valor de Guiscardo no creí por el juicio de otra persona, sino por
tus palabras y por mis ojos. ¿Quién le alabó tanto cuando tú le
alababas en todas las cosas loables que deben ser alabadas en un
hombre valeroso? Y ciertamente no sin razón: que si mis ojos no me
engañaron, ninguna alabanza fue dicha por ti que yo ponerla en obra,
y más admirablemente que podían expresarlo tus palabras, no le
viese; y si en ello me hubiera engañado en algo, por ti habría sido
engañada. ¿Dirás, pues, que con un hombre de baja condición me he
mezclado? No dirás verdad; si por ventura dijeses que con un pobre,
con vergüenza tuya podría concederse, que así has sabido a un hombre
valioso servidor tuyo traer a buen estado; pero la pobreza no quita
a nadie nobleza, sino los haberes. »Muchos reyes, muchos grandes
príncipes fueron pobres, y muchos que cavan la tierra y guardan
ovejas fueron riquísimos, y lo son. La última duda que me expusiste,
es decir, qué debas hacer conmigo, deséchala por completo: si en tu
extrema vejez estás dispuesto a hacer lo que de joven no
acostumbraste, es decir, a obrar cruelmente, prepárate a ello, sé
cruel conmigo porque no estoy dispuesta a rogarte de ningún modo que
no lo seas como que eres la primera razón de este pecado, si es que
pecado es; por lo que te aseguro que lo que de Guiscardo hayas hecho
o hagas si no haces conmigo lo mismo, mis propias manos lo harán. Y
ahora anda, vete con las mujeres a derramar lágrimas, y para
descargar tu crueldad con el mismo golpe, a él y a mí, si te parece
que lo hemos merecido, mátanos. Conoció el príncipe la grandeza de
ánimo de su hija, pero no por ello creyó que estuviese tan
firmemente dispuesta a lo que con sus palabras amenazaba como decía;
por lo que, separándose de ella y alejando el pensamiento de obrar
cruelmente contra ella, pensó con la condenación del otro enfriar su
ardiente amor, y mandó a los dos que a Guiscardo guardaban que, sin
hacerlo saber a nadie, la noche siguiente lo estrangularan y,
arrancándole el corazón, se lo llevasen. Los cuales, tal como se les
había ordenado, lo hicieron, por lo que, venido el día siguiente,
haciéndose traer el príncipe una grande y hermosa copa de oro y
puesto en ella el corazón de Guiscardo, por un fidelísimo sirviente
suyo se lo mandó a su hija y le ordenó que cuando se lo diera le
dijese:
-Tu padre te envía esto para consolarte con
lo que más amas, como le has consolado tú con lo que él más amaba.
Ghismunda, no apartada de su dura decisión,
haciéndose traer hierbas y raíces venenosas, luego de que su padre
partió, las destiló y las redujo a agua, para tenerla preparada si
lo que temía sucediese. Y venido el sirviente a ella con el regalo y
con las palabras del príncipe, con inconmovible rostro la copa
recibió, y descubriéndola, al ver el corazón y al oír las palabras,
tuvo por certísimo que aquél era el corazón de Guiscardo, por lo
que, levantando los ojos hacia el sirviente, dijo: -No convenía
sepultura menos digna que el oro a tal corazón como es éste;
discretamente ha obrado mi padre en esto. -Y dicho esto,
acercándoselo a la boca, lo besó y después dijo-: En todas las cosas
y hasta en este extremo de mi vida he encontrado tiernísimo el amor
que mi padre me tiene, pero ahora más que nunca; y por ello las
últimas gracias que debo darle ahora por tan gran presente, de mi
parte le darás. -Dicho esto, mirando la copa que tenía abrazada,
mirando el corazón, dijo-: ¡Ay!, dulcísimo albergue de todos mis
placeres, ¡maldita sea la crueldad de aquel que con los ojos de la
cara me hace verte ahora! Bastante me era mirarte a cada momento con
los del espíritu. Tú has cumplido ya tu carrera y te has liberado de
la que te concedió la fortuna; llegado has al final a donde todos
corremos; dejado has las miserias del mundo y las fatigas, y de tu
mismo enemigo has recibido la sepultura que tu valor merecía. »Nada
te faltaba para recibir cumplidas exequias sino las lágrimas de
quien mientras viviste tanto amaste; las que para que las tuvieses,
puso Dios en el corazón de mi cruel padre que te mandase a mí, yo te
las ofreceré aunque tuviera el propósito de morir con los ojos secos
y con el gesto de nada espantado; y después de habértelas ofrecido,
sin tardanza alguna haré que mi alma se una a la que, rigiéndola tú,
con tanto amor guardaste.
»¿Y en qué compañía podré ir más contenta y
más segura a los lugares desconocidos que con ella? Estoy segura de
que está todavía aquí dentro y que mira los lugares de sus deleites
y los míos, y como quien estoy segura de que sigue amándome, espera
a la mía por la cual sumamente es amada. Y dicho esto, no de otra
manera que si una fuente en la cabeza tuviese, sin hacer ningún
mujeril alboroto, inclinándose sobre la copa, llorando empezó a
verter tantas lágrimas que admirable cosa era de ver, besando
infinitas veces el muerto corazón. Sus damiselas, que en torno de
ella estaban, qué corazón fuese éste y qué querían decir sus
palabras no entendían, pero por la piedad vencidas, todas lloraban;
y compasivamente le preguntaban en vano por el motivo de su llanto,
y mucho más, como mejor podían y sabían, se ingeniaban en
consolarla. La cual, después de que cuanto le pareció hubo llorado,
alzando la cabeza y secándose los ojos, dijo:
-Oh, corazón muy amado, todos mis deberes
hacia ti están cumplidos y nada me queda por hacer sino venir con mi
alma a estar en tu compañía.
Y dicho esto, se hizo dar la botijuela
donde estaba el agua que el día anterior había preparado; y la echó
en la copa donde el corazón estaba, con muchas lágrimas suyas
lavado; y sin ningún espanto puesta allí la boca, toda la bebió, y
habiéndola bebido, con la copa en la mano subió a su cama, y lo más
honestamente que supo colocó sobre ella su cuerpo y contra su
corazón apoyó el de su muerto amante, y sin decir palabra esperaba
la muerte. Sus damiselas, habiendo visto y oído estas cosas, como no
sabían qué agua fuera la que había bebido, a Tancredo habían mandado
a decir todo aquello, el cual, temiendo lo que sucedió, bajó
prontamente a la alcoba de su hija. Adonde llegó en el momento en
que ella se echaba sobre la cama, y tarde, con dulces palabras
viniendo a consolarla, viendo el término en que estaba, comenzó
doloridamente a llorar; y la señora le dijo:
-Tancredo, guarda esas lágrimas para algún
caso menos deseado que éste, y no las viertas por mí que no las
deseo. ¿Quién ha visto jamás a nadie llorar por lo que él mismo ha
querido? Pero si algo de aquel amor que me tuviste todavía vive en
ti, por último don concédeme que, pues que no te fue grato que yo
calladamente y a escondidas con Guiscardo viviera, que mi cuerpo con
el suyo, dondequiera que lo hayas hecho arrojar muerto, esté
públicamente.
La angustia del llanto no dejó responder al
príncipe, y entonces la joven, sintiéndose llegar a su fin,
estrechando contra su pecho el muerto corazón, dijo:
-Quedaos con Dios, que yo me voy.
Y velados los ojos y perdido todo sentido,
de esta dolorosa vida se partió. Tal doloroso fin tuvo el amor de
Guiscardo y de Ghismunda, como habéis oído; a los cuales Tancredo,
luego de mucho llanto, y tarde arrepentido de su crueldad, con
general dolor de todos los salernitanos, honradamente a ambos en un
mismo sepulcro hizo enterrar .
NOVELA SEGUNDA
Fray Alberto convence a una mujer de que el
arcángel Gabriel está enamorado de ella y, como si fuera él, muchas
veces se acuesta con ella, luego, por miedo a los parientes de ella
huyendo de su casa se refugia en casa de un hombre pobre, el cual,
como a un hombre salvaje, al día siguiente a la plaza lo lleva;
donde, reconocido, sus frailes le echan mano y lo encarcelan.
Había la historia por Fiameta contada hecho
muchas veces saltar las lágrimas a sus compañeras, pero estando ya
completa, el rey con inconmovible gesto dijo:
-Poco precio me parecería tener que dar mi
vida por la mitad del deleite que con Guiscardo gozó a Ghismunda, y
ninguna de vosotras debe maravillarse, como sea que yo, viviendo, a
cada paso mil muertes siento, y por todas ellas no me es dada una
sola partecilla de deleite. Pero dejando estar mis asuntos en sus
términos por el momento, quiero que sobre duros casos, y en parte a
mis accidentes semejantes, siga hablando Pampínea; la cual, si como
ha comenzado Fiameta, continúa, sin duda algún rocío comenzaré a
sentir caer sobre mis llamas.
Pampínea, oyendo que a ella le tocaba
aquella orden, más por su emoción conoció el ánimo de sus compañeras
que el del rey por sus palabras y por ello, más dispuesta a
recrearlas un poco que a tener (salvo por el solo mandato) que
contentar al rey, se dispuso a contar una historia que sin salir de
lo propuesto, las hiciera reír, y comenzó:
Acostumbra el pueblo a decir el proverbio
siguiente: «Quien es malvado y por bueno tenido, puede hacer el mal
y no es creído»; el cual amplia materia para hablar sobre lo que me
ha sido propuesto me presta, y aun para demostrar cuánta y cuál sea
la hipocresía de los religiosos, los cuales con las ropas largas y
amplias y con los rostros artificialmente pálidos y con las voces
humildes y mansas para pedir a otros, y altanerísimos y ásperos al
reprender a los otros sus mismos vicios y en mostrarles que ellos
por coger y los demás por darles a ellos consiguen la salvación, y
además de ello, no como hombres que el paraíso tengan que ganar como
nosotros sino casi como señores y poseedores de él dando a cada uno
que muere, según la cantidad de los dineros que les deja, un lugar
más o menos excelente, con esto primero a sí mismos, si así lo
creen, y luego a quienes a sus palabras dan fe se esfuerzan en
engañar. Sobre los cuales, si cuanto les conviene me fuera permitido
demostrar, pronto le aclararía a muchos simples lo que en sus capas
anchísimas tienen escondido. Pero quisiera Dios que en todas sus
mentiras a todos les sucediese lo que a un fraile menor, nada joven,
sino de aquellos que por mayores santones eran tenidos en Venecia;
sobre el cual sumamente me place hablar para tal vez aliviar un
tanto con risa y con placer vuestros ánimos llenos de compasión por
la muerte de Ghismunda.
Hubo, pues, valerosas señoras, en Imola, un
hombre de malvada vida y corrupta que fue llamado Berto de la Massa,
cuyas vituperables acciones muy conocidas por los imolenses, a tanto
le llevaron que no ya la mentira sino la verdad no había en Imola
quien le creyese; por lo que, apercibiéndose de que allí ya sus
artimañas no le servían, como desesperado a Venecia, receptáculo de
toda inmundicia , se mudó, y allí pensó encontrar otra manera para
su mal obrar de lo que había hecho en otra parte. Y como si le
remordiese la conciencia por las malvadas acciones cometidas por él
en el pasado, mostrándose embargado por suma humildad y convertido
en mejor católico que ningún otro hombre, fue y se hizo fraile menor
y se hizo llamar fray Alberto de Imola; y en tal hábito comenzó a
hacer en apariencia una vida sacrificada y a alabar mucho la
penitencia y la abstinencia, y nunca comía carne ni bebía vino
cuando no había el que le gustaba.
Y sin apercibirse casi nadie, de ladrón, de
rufián, de falsario, de homicida, súbitamente se convirtió en un
gran predicador sin haber por ello abandonado los susodichos vicios
cuando ocultamente pudiera ponerlos en obra. Y además de ello,
haciéndose sacerdote, siempre en el altar, cuando celebraba, si
muchos lo veían, lloraba por la pasión del Señor como a quien poco
le costaban las lágrimas cuando lo quería. Y en breve, entre sus
predicaciones y sus lágrimas, supo de tal manera engatusar a los
venecianos que casi de todo testamento que allí se hacía era
fideicomisario y depositario, y guardador de los dineros de muchos,
confesor y consejero casi de la mayoría de los hombres y de las
mujeres; y obrando así, de lobo se había convertido en pastor, y era
su fama de santidad en aquellas partes mucho mayor que nunca había
sido la de San Francisco de Asís. Ahora, sucedió que una mujer
joven, mema y boba que se llamaba doña Lisetta de en cá Quirini
casada con un rico mercader que había ido con sus galeras a Flandes,
fue con otras mujeres a confesarse con este santo fraile; y estando
a sus pies, como veneciana que era, que son todos unos vanidosos,
habiendo dicho una parte de sus asuntos, fue preguntada por fray
Alberto si tenía algún amante. Y con mal gesto le respondió:
-Ah, señor fraile, ¿no tenéis ojos en la
cara? ¿Os parecen mis encantos hechos como los de esas otras?
Demasiados amantes tendría, si quisiera; pero no son mis encantos
para dejar que los ame un tal o un cual ¿A cuántas veis cuyos
encantos sean como los míos, yo que sería hermosa en el paraíso? Y
además de esto dijo tantas cosas de esta hermosura suya que era un
fastidio oírla. Fray Alberto conoció incontinenti que aquélla olía a
necia, y pareciéndole tierra para su arado, de ella súbitamente y
con desmesura se enamoró; pero guardando las alabanzas para momento
más cómodo, para mostrarse santo aquella vez, comenzó a quererla
reprender y a decirle que aquello era vanagloria, y otras de sus
historias; por lo que la mujer le dijo que era un animal y que no
sabía que había hermosuras mayores que otras, por lo que fray
Alberto, no queriéndola enojar demasiado, terminada la confesión, la
dejó irse con las demás. Y unos días después, tomando un fiel
compañero, se fue a casa de doña Lisetta y, retirándose aparte a una
sala con ella y sin poder ser visto por otros, se le arrodilló
delante y dijo: -Señora, os ruego por Dios que me perdonéis de lo
que el domingo, hablándome vos de vuestra hermosura, os dije, por lo
que tan fieramente fui castigado la noche siguiente que no he podido
levantarme de la cama hasta hoy.
Dijo entonces doña Trulla:
-¿Y quién os castigó así?
Dijo fray Alberto:
-Os lo diré: estando en oración durante la
noche, como suelo estar siempre, vi súbitamente en mi celda un gran
esplendor, y antes de que pudiera volverme para ver lo que era, me
vi encima un joven hermosísimo con un grueso bastón en la mano, el
cual, cogiéndome por la capa y haciéndome levantar, tanto me pegó
que me quebrantó todo. Al cual pregunté después por qué me había
hecho aquello, y respondió: «Porque hoy te has atrevido a reprender
los celestiales encantos de doña Lisetta, a quien amo, Dios aparte,
sobre todas las cosas». Y yo entonces pregunté: «¿Quién sois vos?».
A lo que respondió él que era el arcángel Gabriel. «Oh, señor mío,
os ruego que me perdonéis», dije yo. Y él dijo entonces: «Te perdono
con la condición de que irás a verla en cuanto puedas, y pídele
perdón; y si no te perdona, yo volveré aquí y te daré tantos que lo
sentirás mientras vivas». Lo que me dijo después no me atrevo a
decíroslo si no me perdonáis primero.
Doña Calabaza -de-viento, que era un sí es
no es dulce de sal , se esponjaba oyendo estas palabras y todas las
creía veracísimas, y luego de un poco dijo: -Bien os decía yo, fray
Alberto, que mis encantos eran celestiales; pero así Dios me ayude,
me da lástima de vos, y hasta ahora, para que no os hagan más daño,
os perdono, si verdaderamente me decís lo que el ángel os dijo
después.
Fray Alberto dijo:
-Señora, pues que me habéis perdonado, os
lo diré de buen grado, pero una cosa os recuerdo, que lo que yo os
diga os guardéis de decirlo a ninguna persona del mundo, si no
queréis estropear vuestros asuntos, que sois la más afortunada mujer
que hay hoy en el mundo. Este ángel Gabriel me dijo que os dijera
que le gustáis tanto que muchas veces habría venido a estar por la
noche con vos si no hubiera sido por no asustaros. Ahora, os manda
decir por mí que quiere venir una noche a veros y quedarse con vos
un buen rato; y porque como es un ángel y viniendo en forma de ángel
no lo podríais tocar, dice que por deleite vuestro quiere venir en
figura de hombre, y por ello dice que le mandéis decir cuándo
queréis que venga y en forma de quién, y que lo hará; por lo que
vos, más que ninguna mujer viva, os podréis tener por feliz.
Doña Bachillera dijo entonces que mucho le
placía si el ángel Gabriel la amaba, porque ella lo quería bien, y
nunca sucedía que una vela de un matapán no le encendiera delante de
donde le viese pintado; y que cuando quisiera venir a ella era bien
venido, que la encontraría sola en su alcoba; pero con el pacto de
que no fuese a dejarla por la Virgen María, que le habían dicho que
la quería mucho, y también lo parecía así porque en cualquier sitio
que lo veía estaba arrodillado delante de ella; y además de esto,
que era cosa suya venir en la forma que quisiese, siempre que no la
asustara. Entonces dijo fray Alberto:
-Señora, habláis sabiamente, y yo arreglaré
bien con él lo que me decís. Pero podéis hacerme un gran favor, y no
os costará nada y el favor es éste: que queráis que venga en este
cuerpo mío. Y escuchad por qué me haréis un favor: que me sacará el
alma del cuerpo y la pondrá en el paraíso, y cuanto él esté con vos
tanto estará mi alma en el paraíso.
Dijo entonces doña Poco-hila:
-Bien me parece; quiero que por los azotes
que os dio por mi causa, que tengáis este consuelo. Entonces dijo
fray Alberto:
-Así, haréis que esta noche encuentre él la
puerta de vuestra casa de manera que pueda entrar, porque viniendo
en cuerpo humano como vendrá, no podrá entrar sino por la puerta. La
mujer repuso que lo haría. Fray Alberto se fue y ella se quedó con
tan gran alborozo que no le llegaba la camisa al cuerpo, mil años
pareciéndole hasta que el arcángel Gabriel viniera a verla. Fray
Alberto, pensando que caballero y no ángel tenía que ser por la
noche, con confites y otras buenas cosas empezó a fortalecerse, para
que fácilmente no pudiera ser arrojado del caballo; y conseguido el
permiso, con un compañero, al hacerse de noche, se fue a casa de una
amiga suya de donde otra vez había arrancado cuando andaba corriendo
las yeguas, y de allí, cuando le pareció oportuno, disfrazado, se
fue a casa de la mujer y, entrando en ella, con los perifollos que
había llevado, en ángel se transfiguró, y subiendo arriba, entró en
la cámara de la mujer. La cual, cuando aquella cosa tan blanca vio,
se le arrodilló delante, y el ángel la bendijo y la hizo ponerse en
pie, y le hizo señal de que se fuese a la cama; lo que ella, deseosa
de obedecer, hizo prestamente, y el ángel después con su devota se
acostó. Era fray Alberto hermoso de cuerpo y robusto, y muy bien
plantado; por la cual cosa, encontrándose con doña Lisetta, que era
fresca y mórbida, distinto yacimiento haciéndole que el marido,
muchas veces aquella noche voló sin alas, de lo que ella muy
contenta se consideró; y además de ello, muchas cosas le dijo de la
gloria celestial. Luego, acercándose el día, organizando el retorno,
con sus arneses fuera se salió y volvióse a su compañero, al cual,
para que no tuviese miedo durmiendo solo, la buena mujer de la casa
había hecho amigable compañía. La mujer, en cuanto almorzó, tomando
sus acompañantes, se fue a fray Alberto y le dio noticias del ángel
Gabriel y de lo que le había contado de la gloria y la vida eterna,
y cómo era él, añadiendo además a esto, maravillosas fábulas.
A la que fray Alberto dijo:
-Señora, yo no sé cómo os fue con él; lo
que sé bien es que esta noche, viniendo él a mí y habiéndole yo dado
vuestra embajada, me llevó súbitamente el alma entre tantas flores y
tantas rosas que nunca se han visto tantas aquí, y me estuve en uno
de los lugares más deleitosos que nunca hubo hasta esta mañana a
maitines: lo que pasó de mi cuerpo, no lo sé.
-¿No os lo digo yo? -dijo la señora-.
Vuestro cuerpo estuvo toda la noche en mis brazos con el ángel
Gabriel, y si no me creéis miraos bajo la teta izquierda, donde le
di un beso grandísimo al ángel, tal que allí tendréis la señal unos
cuantos días.
Dijo entonces fray Alberto:
-Bien haré hoy algo que no he hecho hace
mucho tiempo, que me desnudaré para ver si me decís verdad.
Y luego de mucho charlar, la mujer se
volvió a casa; a donde en figura de ángel fray Alberto fue luego
muchas veces sin encontrar ningún obstáculo. Pero sucedió un día
que, estando doña Lisetta con una comadre suya y juntas hablando
sobre la hermosura, para poner la suya delante de ninguna otra, como
quien poca sal tenía en la calabaza, dijo:
-Si supierais a quién le gusta mi
hermosura, en verdad que no hablaríais de las demás. La comadre,
deseosa de oírla, como quien bien la conocía, dijo: -Señora, podréis
decir verdad; pero sin embargo, no sabiendo quién sea él, no puede
uno desdecirse tan ligeramente.
Entonces la mujer, que poco meollo tenía,
dijo:
-Comadre, no puede decirse, pero con quien
me entiendo es con el ángel Gabriel, que más que a sí mismo me ama
como a la mujer más hermosa, por lo que él me dice, que haya en el
mundo o en la marisma.
A la comadre le dieron entonces ganas de
reírse, pero se contuvo para hacerla hablar más, y dijo: -A fe,
señora, que si el ángel Gabriel se entiende con vos y os dice esto
debe ser así, pero no creía yo que los ángeles hacían estas cosas.
Dijo la mujer:
-Comadre, estáis equivocada, por las llagas
de Dios: lo hace mejor que mi marido, y me dice que también se hace
allá arriba; pero porque le parezco más hermosa que ninguna de las
que hay en el cielo se ha enamorado de mí y se viene a estar conmigo
muchas veces; ¿está claro? La comadre, cuando se fue doña Lisetta,
se le hicieron mil años hasta que estuvo en un lugar donde poder
contar estas cosas; y reuniéndose en una fiesta con una gran
compañía de mujeres, ordenadamente les contó la historia. Estas
mujeres se lo dijeron a sus maridos y a otras mujeres, y éstas a
otras, y así en menos de dos días toda Venecia estuvo llena de esto.
Pero entre aquellos a cuyos oídos llegó, estaban los cuñados de
ella, los cuales, sin decir nada, se propusieron encontrar aquel
arcángel y ver si sabía volar: y muchas noches estuvieron apostados.
Sucedió que de este anuncio alguna
noticieja llegó a oídos de fray Alberto; el cual, para reprender a
la mujer yendo una noche, apenas se había desnudado cuando los
cuñados de ella, que le habían visto venir, fueron a la puerta de su
alcoba para abrirla. Lo que, oyendo fray Alberto, y entendiendo lo
que era, levantándose y no viendo otro refugio, abrió una ventana
que sobre el gran canal daba y desde allí se arrojó al agua. La
hondura era bastante y él sabía bien nadar así que ningún daño se
hizo; y nadando hasta la otra parte del canal, en una casa que
abierta había se metió prestamente, rogando a un buen hombre que
había dentro que por amor de Dios le salvase la vida, contando
fábulas de por qué allí a aquella hora y desnudo estaba. El buen
hombre, compadecido, corno tenía que salir a hacer sus asuntos, lo
metió en su cama y le dijo que allí hasta su vuelta se estuviese; y
encerrándolo dentro, se fue a sus cosas. Los cuñados de la mujer,
entrando en la alcoba, se encontraron con que el ángel Gabriel,
habiendo dejado allí las alas, había volado, por lo que, como
escarnecidos, gravísimas injurias dijeron a la mujer, y por fin
desconsoladísima la dejaron en paz y se volvieron a su casa con los
arneses del arcángel. Entretanto, clareando el día, estando el buen
hombre en Rialto, oyó contar cómo el ángel Gabriel había ido por la
noche a acostarse con doña Lisetta, y, encontrado por los cuñados,
se había arrojado al canal por miedo y no se sabía qué había sido de
él; por lo que prestamente pensó que aquel que tenía en casa debía
de ser él; y volviendo allí y reconociéndolo, luego de muchas
historias, llegó con él al acuerdo de que si no quería que le
entregase a los cuñados, le diese cincuenta ducados; y así se hizo.
Y después de esto, deseando fray Alberto salir de allí, le dijo el
buen hombre: -No hay modo ninguno, si uno no queréis. Hoy hacemos
nosotros una fiesta a la que uno lleva a un hombre vestido de oso y
otro a guisa de hombre salvaje y quién de una cosa y quién de otra,
y en la plaza de San Marcos se hace una cacería , terminada la cual
se termina la fiesta; y luego cada uno se va con quien ha llevado
donde le guste; si queréis, antes de que pueda descubrirse que
estáis aquí, que yo os lleve de alguna de estas maneras, os podré
llevar donde queráis; de otro modo, no veo cómo podréis salir sin
ser reconocido; y los cuñados de la señora, pensando que en algún
lugar de aquí dentro estáis, han puesto por todas partes guardias
para cogeros.
Aunque duro le pareciese a fray Alberto ir
de tal guisa, a pesar de todo le indujo a hacerlo el miedo que tenía
a los parientes de la mujer, y le dijo a aquél adónde debía
llevarlo: y que de cómo le llevase se contentaba. Éste, habiéndole
ya untado todo con miel y recubierto encima con pequeñas plumas, y
habiéndole puesto una cadena al cuello y una máscara en la cara, y
habiéndole dado para una mano un gran bastón y para la otra dos
grandes perros que había llevado del matadero, mandó a uno a Rialto
a que pregonase que si alguien quería ver al ángel Gabriel subiese a
la plaza de San Marcos. Y fue lealtad veneciana ésta.
Y hecho esto, luego de un rato, lo sacó
fuera y lo puso delante de él, y andando detrás sujetándolo por la
cadena, no sin gran alboroto de muchos, que decían todos: «¿Qué es
eso? ¿Qué es eso?», lo llevó hasta la plaza donde, entre los que
habían venido detrás y también los que, al oír el pregón, se habían
venido desde Rialto, había un sinfín de gente. Éste, llegado allí,
en un lugar destacado y alto, ató a su hombre salvaje a una columna,
fingiendo que esperaba la caza, al cual las moscas y los tábanos,
porque estaba untado de miel, daban grandísima molestia.
Pero luego que de gente vio la plaza bien
llena, haciendo como que quería desatar a su salvaje, le quitó la
máscara a fray Alberto, diciendo:
-Señores, pues que el jabalí no viene a la
caza, y no puede hacerse, para que no hayáis venido en vano quiero
que veáis al arcángel Gabriel, que del cielo desciende a la tierra
por las noches para consolar a las mujeres venecianas.
Al quitarle la máscara fue fray Alberto
incontinenti reconocido por todos y contra él se elevaron los gritos
de todos, diciéndole las más injuriosas palabras y la mayor infamia
que nunca se dijo a ningún bribón, y, además de esto, arrojándole a
la cara quién una porquería y quién otra; y así le tuvieron durante
muchísimo tiempo, hasta tanto que por acaso llegando la noticia a
sus frailes, hasta seis de ellos poniéndose en camino llegaron allí,
y, echándole una capa encima y desencadenándolo, no sin grandísimo
alboroto detrás hasta su casa lo llevaron, donde encarcelándolo,
después de vivir míseramente se cree que murió. Así éste, tenido por
bueno y obrando el mal, no siendo creído, se atrevió a hacer de
arcángel Gabriel; y de él convertido en hombre salvaje, con el
tiempo, como lo había merecido, vituperado, sin provecho lloró los
pecados cometidos. Plazca a Dios que a todos los demás les suceda lo
mismo.
NOVELA TERCERA
Tres jóvenes aman a tres hermanas y con
ellas se fugan a Creta, la mayor, por celos, mata a su amante, la
segunda, entregándose al duque de Creta, salva de la muerte a la
primera, cuyo amante la mata y con la primera huye, es culpado de
ello el tercer amante con la tercera hermana y, presos, lo confiesan
y por temor a morir corrompen con dinero a la guardia, y, pobres,
huyen a Rodas y en la pobreza allí mueren .
Filostrato, oído el final del novelar de
Pampínea, se quedó un poco ensimismado y luego dijo volviéndose a
ella:
-Algo bueno y que me agradó hubo al final
de vuestra novela, pero demasiada diversión hubo antes que habría
querido que no hubiese.
Luego, volviéndose a Laureta, dijo:
-Señora, seguid vos con una mejor, si es
que puede ser.
Laureta, riendo, dijo:
-Demasiado cruel estáis contra los amantes,
si sólo un mal fin les deseáis; y por obedeceros os contaré una
sobre tres que igualmente mal terminaron habiendo gozado poco de su
amor. Y dicho esto, comenzó:
Jóvenes señoras, como claramente podéis
conocer, todos los vicios pueden volverse, con grandísimo dolor,
contra quien los tiene y muchas veces contra otros; y entre los que
con más flojas riendas a nuestros peligros nos lleva, me parece que
la ira sea el que más; la cual no es otra cosa que un movimiento
súbito y desconsiderado, movido por los sentidos dolores; el cual,
desterrada toda razón y teniendo los ojos de la mente ofuscados por
tinieblas, con ardentísimo furor enciende nuestro ánimo. Y aunque
con frecuencia le sobreviene al hombre, y más a unos que a otros, no
menos ha sobrevenido (y con mayores daños) a las mujeres, porque más
fácilmente se enciende en ellas y allí arde con llama más clara y
con menor freno las agita.
Y no hay que maravillarse de ello: porque
si queremos mirar, veremos que su fuego por su naturaleza antes
prende en las cosas ligeras y suaves que en las duras y más pesadas;
y nosotras somos (no lo tengan a mal los hombres) más delicadas que
lo son ellos, y mucho más volubles. Por lo cual, viéndonos
naturalmente a esto proclives, y mirando después cómo nuestra
mansedumbre y benignidad son gran reposo y placer a los hombres con
quien acostumbramos a tratar, y cómo la ira y el furor son de gran
angustia y peligro, para que de ella con más fuerte pecho nos
guardemos, el amor de tres jóvenes y de otras tantas señoras, como
dije antes, convertido de feliz que era en infelicísimo por la ira
de una de ellas, entiendo mostraros con mi historia.
Marsella es, como sabéis, en Provenza, una
nobilísima y antigua ciudad, situada junto al mar, y ha sido antes
en hombres ricos y en grandes mercaderes más copiosa de lo que hoy
se ve; entre los que hubo uno llamado N'Arnald Civada , hombre de
nacimiento ínfimo pero de claro honor y leal mercader, sin medida
rico en posesiones y en dineros, el cual de su mujer tenía muchos
hijos entre los cuales tres eran mujeres, y eran de edad mayores que
los otros que eran varones. De las cuales, dos, nacidas de un parto,
tenían quince años de edad, la tercera tenía catorce; y nada
esperaban sus parientes para casarlas sino la vuelta de N'Arnald,
que con su mercancía se había ido a España. Eran los nombres de las
dos primeras, el de la una Ninetta, y de la otra Maddalena; la
tercera se llamaba Bertella. De Ninetta estaba un joven,
gentilhombre aunque fuese pobre, llamado Restagnone, enamorado
cuanto más podía, y la joven de él; y de tal modo habían sabido
obrar que, sin que ninguna persona en el mundo lo supiese, gozaban
de su amor; y ya buen espacio gozado habían cuando sucedió que dos
jóvenes amigos, de los cuales uno se llamaba Folco y el otro
Ughetto, muertos sus padres y habiendo quedado riquísimos, el uno de
Maddalena y el otro de Bertella se enamoraron. De lo cual
percatándose Restagnone (habiéndole sido por Ninetta mostrado) pensó
en poder ayudarse en sus carencias con el amor de éstos; y
familiarizándose con su trato, ahora a uno ahora al otro, y a veces
a los dos, les acompañaba a ver sus señoras y la de él.
Y cuando lo bastante familiar y amigo suyo
le pareció ser, un día a su casa llamándoles les dijo: -Carísimos
jóvenes, nuestro trato os puede haber demostrado cuánto es el amor
que os tengo y que por vosotros pondría en obra lo que por mí mismo
pondría; y porque mucho os amo, lo que se me ha venido al ánimo
entiendo mostraros, y vosotros luego conmigo, juntos, tomaremos el
partido que os parezca mejor. Vosotros, si vuestras palabras no
mienten, y por lo que en vuestros actos de día y de noche me parece
haber comprendido, en grandísimo amor por las dos jóvenes que amáis
ardéis, y yo por la tercera, su hermana; al cual ardor, si queréis
concedérmelo, me pide el corazón hallar un muy dulce y placentero
remedio como es éste: vosotros sois riquísimos, lo que no soy yo; si
quisierais juntar vuestras riquezas y hacerme a mí tercer poseedor
de ellas junto con vosotros y deliberar a qué parte del mundo
podríamos ir a vivir alegremente con ellas, sin falta me dice el
corazón que podré hacer que las tres hermanas, con gran parte de lo
que tiene su padre, con nosotros a donde queramos ir vengan, y allí
cada uno con la suya a guisa de hermanos vivir podremos como los
hombres más felices que hay en el mundo. A vosotros os toca ahora
decidir si queréis haceros felices con esto, o dejarlo.
Los dos jóvenes, que sobremanera ardían, al
oír que a las dos jóvenes tendrían, no pasaron mucho trabajo
deliberando sino que dijeron que, si esto sucedía, estaban
dispuestos a hacerlo. Restagnone, con esta respuesta de los jóvenes,
de allí a pocos días se encontró con Ninetta, a la que no sin gran
dificultad ver podía; y luego de que un tanto con ella hubo estado,
lo que había hablado con los jóvenes le explicó, y con muchas
razones se ingenió en que esta empresa le agradase. Pero poco
difícil le fue porque ella mucho mas que él deseaba poder estar con
él sin sobresalto; por lo que de buena gana le contestó que le
placía y que sus hermanas, y máximamente en esto, harían lo que ella
quisiese; le dijo que todas las cosas necesarias para ello lo antes
que pudiera preparase.
Volviendo Restagnone a los dos jóvenes, que
mucho sobre lo que les había dicho le preguntaban, les dijo que por
parte de sus señoras el asunto estaba decidido; y entre ellos
deliberaron irse a Creta después de vender algunas posesiones que
tenían, bajo título de querer ir a comerciar con los dineros, y
trocadas en dineros todas las demás cosas que tenían, compraron una
saetía y la armaron secretamente con gran ventaja, y esperaron el
término puesto.
Por otra parte, Ninetta, que del deseo de
las hermanas demasiado sabía, con dulces palabras en tanto afán de
hacer aquello las inflamó que les parecía que no iban a vivir lo
suficiente para llegar a ello. Por lo que, venida la noche en que
debían subir a la saetía, las tres hermanas, abierto un gran cofre
de su padre, de él grandísima cantidad de dineros y de joyas
sacaron, y con ellas, de casa las tres ocultamente saliendo, según
lo planeado, allí a sus tres amantes que las esperaban encontraron;
con los cuales sin ninguna demora a la saetía subidas, dieron los
reinos al agua y se fueron, y sin detenerse un punto en ningún
lugar, a la tarde siguiente llegaron a Génova, donde los noveles
amantes gozo y placer por primera vez tomaron de su amor. Y
proveyéndose de aquello que necesitaban se fueron, y de un puerto en
otro, antes de que llegase el día octavo, sin ningún impedimento
llegaron a Creta, donde grandísimas y hermosas posesiones compraron,
en las cuales, asaz cerca de Candia construyeron hermosísimas y
deleitables mansiones; y allí con muchos sirvientes, con perros y
con aves de presa y con caballos en convites y en fiestas y en
placeres con sus mujeres lo más contentos del mundo a guisa de
barones comenzaron a vivir. Y viviendo de tal manera, sucedió (así
como vemos suceder todos los días) que aunque las cosas mucho
gusten, si se tienen en cantidad excesiva cansan, que a Restagnone,
el cual mucho amado había a Ninetta, pudiéndola sin ningún temor
tener a todo su placer, comenzó a cansarle, y por consiguiente, a
fallarle el amor hacia ella. Y habiéndole en una fiesta sumamente
agradado una joven del país, hermosa y noble señora, y cortejándola
con toda asiduidad, comenzó a hacer por ella maravillosos gastos y
fiestas, de lo que percatándose Ninetta, le entraron tantos celos de
él que no podía dar un paso sin que ella lo supiera y sin que luego
con palabras y con reproches a él y a ella no se atribulase. Pero
así como la abundancia de las cosas engendra el fastidio, así
multiplica el apetito el ser negadas las que se desean: y así los
reproches de Ninetta acrecentaban las llamas del nuevo amor de
Restagnone; y como con el paso del tiempo aconteciese o que
Restagnone la intimidad de la mujer amada tuviese o que no, Ninetta,
quienquiera que se lo dijese, lo tuvo por cierto, con lo que cayó en
tanta tristeza, y de ella en tanta ira y subsiguientemente a tanto
furor pasó que, convertido el amor que a Restagnone tenía en amargo
odio, cegada por la ira, pensó con la muerte de Restagnone vengar la
vergüenza que le parecía haber recibido. Y hecha venir a una vieja
griega, gran maestra en componer venenos, con promesas y con dones
la condujo a hacer un agua mortífera, la que ella, sin aconsejarse
con nadie, una noche a Restagnone acalorado y que aquello no temía
le dio a beber. El poder de aquello fue tal que antes de que llegase
la mañana lo había matado; cuya muerte, sintiendo Folco y Ughetto y
sus mujeres, sin saber que de veneno hubiese muerto, junto con
Ninetta amargamente lloraron y honradamente lo hicieron sepultar.
Pero sucedió no muchos días después que, por otra malvada acción,
fue apresada la vieja que a Ninetta el agua envenenada le había
preparado, la cual, entre sus otras maldades, al darle tortura,
confesó ésta, claramente mostrando lo que por ello había sucedido;
por lo que el duque de Creta, sin nada decir, ocultamente una noche
fue a los alrededores de la villa de Folco, y sin alboroto ni
oposición ninguna, se llevó presa a Ninetta, de la cual, sin ninguna
tortura, prestísimamente lo que oír quería obtuvo sobre la muerte de
Restagnone.
Folco y Ughetto ocultamente le habían oído
al duque, y a sus mujeres, por qué había sido apresada Ninetta; lo
que mucho les dolió, y todo trabajo ponían en hacer que Ninetta
escapase al fuego, al que creían que sería condenada, como quien muy
bien merecido lo tenía, porque el duque firme estaba en querer hacer
justicia. Maddalena, que hermosa joven era y largamente había sido
cortejada por el duque sin nunca haber querido hacer nada que él
desease, imaginando que si le daba gusto podría librar a la hermana
del fuego, por un cauto embajador se lo dio a entender, que ella
estaba por completo a sus órdenes si dos cosas se siguiesen de ello;
la primera, que recuperase a su hermana salva y libre; la otra, que
esto fuese cosa secreta. El duque, oída la embajada y agradándole,
largamente consideró si debía hacerlo y al final estuvo de acuerdo y
repuso que estaba pronto. Haciendo, pues, con consentimiento de la
señora (como si de ellos quisiera informarse del asunto) detener una
noche a Folco y a Ughetto, fue secretamente a albergarse con
Maddalena; y fingiendo primero haber puesto a Ninetta dentro de un
saco y deber aquella noche misma arrojar al mar con una piedra atada
al cuello, con él se la llevó a su hermana y por precio de aquella
noche se la dio, rogándole al irse por la mañana que aquella noche,
que había sido la primera de su amor, no fuese la última, y además
de esto le ordenó que de allí hiciese partir a la mujer culpable
para que no le fuese reprochado aquello y no tuviese que empezar de
nuevo a maltratarla. A la mañana siguiente, Folco y Ughetto,
habiendo oído que Ninetta por la noche había sido arrojada al mar, y
creyéndolo, fueron liberados; y a su casa para consolar a sus
mujeres de la muerte de la hermana retornados, por mucho que
Maddalena se ingeniase en esconderla mucho, Folco se dio cuenta de
que estaba allí; de lo que se maravilló mucho y súbitamente
sospechó, habiendo ya oído que el duque había cortejado a Maddalena,
y le preguntó cómo podía ser que Ninetta estuviese aquí. Maddalena
urdió una larga fábula para querérselo explicar, poco por él (que
era malicioso) creída, y a decir la verdad la constriñó; y ella,
luego de muchas palabras, se la dijo.
Folco, vencido por el dolor y montando en
ira, desenvainada una espada, a ella que en vano le pedía merced, la
mató; y temiendo la ira y la justicia del duque, dejándola muerta en
la alcoba, se fue donde Ninetta estaba, y con rostro infinitamente
alegre, le dijo: -Vamos pronto allí donde tu hermana ha determinado
que te lleve para que no vuelvas a manos del duque.
La cual cosa creyendo Ninetta, y como
temerosa, deseando irse, con Folco, sin otra despedida buscar de su
hermana, siendo ya de noche, se puso en camino, y con aquellos
dineros a que Folco pudo echar mano, que fueron pocos; y yéndose al
puerto, subieron a una barca y nunca más se supo dónde llegaron.
Venido el día siguiente y siendo Maddalena hallada muerta, hubo
algunos que por envidia y odio que tenían a Ughetto, rápidamente al
duque se lo hicieron saber, por la cual cosa el duque, que mucho
amaba a Maddalena, corriendo fogosamente a la casa, a Ughetto apresó
y a su mujer, que de estas cosas todavía nada sabían, esto es de la
partida de Folco y Ninetta, los constriñó a confesar que ellos
juntos con Folco habían sido culpables de la muerte de Maddalena.
Por cuya confesión ellos, fundadamente temiendo la muerte, con gran
habilidad a quienes los guardaban corrompieron, dándoles una cierta
cantidad de dineros que en su casa escondidos para los casos
necesarios guardaban: y junto con los guardias, sin tener espacio de
poder coger ninguna de sus cosas, montándose en una barca, de noche
se escaparon a Rodas, donde en pobreza y miseria vivieron no mucho
tiempo. Pues a semejante partido el loco amor de Restagnone y la ira
de Ninetta les condujeron a ellos y a los demás.
NOVELA CUARTA
Gerbino, contra la palabra dada al rey
Guilielmo, su abuelo, combate una nave del rey de Túnez para
quitarle a una hija suya; y matada ésta por los que allí iban, los
mata, y a él luego le cortan la cabeza.
Laureta callaba, una vez terminada su
novela, y, entre la compañía, quién con uno, quién con otro de la
desgracia de los amantes se dolía, y quién reprobaba la ira de
Ninetta, y unos una cosa y otros otra decían, cuando el rey, como
saliendo de un profundo pensamiento, alzó el rostro y a Elisa le
hizo señal de continuar narrando; la cual gentilmente comenzó:
Amables señoras, muchos son los que creen
que Amor solamente por las miradas encendido, envía sus saetas,
burlándose de quienes sostener quieren que alguien por el oído pueda
enamorarse , y que éstos están engañados aparecerá asaz claramente
en una novela que contar entiendo, en la que no solamente por la
fama, sin haberse visto nunca, veréis que ha obrado sino también
cómo a mísera muerte condujo a cada uno os será manifiesto.
Guilielmo II, rey de Sicilia, según dicen
los sicilianos, tuvo dos hijos , uno varón llamado Ruggiero, la otra
mujer, llamada Constanza. El cual Ruggiero, muriendo antes que su
padre, dejó un hijo llamado Gerbino, el cual, con solicitud educado
por su abuelo, se hizo un joven hermosísimo y famoso en bizarría y
en cortesía. Y no dentro de los límites de Sicilia se quedó
encerrada su fama, sino que en varias partes del mundo sonando, era
clarísima en Berbería, que en aquellos tiempos era tributaria del
rey de Sicilia. Y entre los demás a cuyos oídos la magnífica fama de
la virtud y la cortesía de Gerbino llegaron, hubo una hija del rey
de Túnez, la cual, según lo que todos los que la veían decían, era
una de las más hermosas criaturas que nunca por la naturaleza
hubiera sido formada, y la más cortés y de ánimo grande y noble. La
cual, gustando de oír hablar de los hombres valerosos, con tanto
afecto retuvo las cosas valerosamente hechas por Gerbino que unos y
otros contaban, y tanto le agradaban, que dándole vueltas en su
imaginación a cómo debía ser él, ardientemente se enamoró, y con más
agrado que de otros hablaba de él y a quien de él hablaba escuchaba.
Por otra parte, había también, como a otros
lugares, llegado a Sicilia la grandísima fama de la belleza y del
valor de ella, y no sin gran deleite ni en vano había alcanzado los
oídos de Gerbino; así, no menos que la joven se había inflamado por
él, él por ella se había inflamado. Por la cual cosa, hasta tanto
que con conveniente razón de su abuelo la licencia pidiese para ir a
Túnez, deseoso sobremanera de verla, a todo amigo suyo que allí iba,
ordenaba que en cuanto estuviera en su poder le comunicase su
secreto y gran amor del modo que mejor le pareciese y le trajese de
ella noticia. De los cuales, uno lo hizo muy sagazmente llevándole
joyas de mujer para que las viese, del modo que hacen los
mercaderes, y por completo manifestándole el ardor de Gerbino, él y
sus cosas le ofreció dispuestas a sus mandatos; la cual, con alegre
rostro el embajador y la embajada recibió; y respondiéndole que ella
en igual amor ardía, una de sus más preciosas joyas en testimonio de
ello le mandó. La cual recibió Gerbino con tanta alegría como pueda
recibirse la cosa más querida, y por aquel mismo muchas veces le
escribió y le mandó preciosísimos presentes, haciendo con ella
ciertos conciertos para, si la fortuna lo permitiese, verse y
tocarse. Pero andando las cosas de esta guisa y un poco más lejos de
lo que hubiera sido necesario ardiendo por una parte la joven y por
otra Gerbino, sucedió que el rey de Túnez la casó con el rey de
Granada, de lo que ella se afligió sobremanera, pensando que no
solamente con larga distancia se alejaba de su amante sino que casi
por completo le era arrebatada; y si hubiera habido manera, de buena
gana, para que aquello no sucediese, hubiera huido del padre y se
hubiera reunido con Gerbino. Del mismo modo, Gerbino, enterado de
este matrimonio, sin medida doliente vivía y pensando si pudiese
hallar alguna manera de poder llevársela por la fuerza, si sucediese
que por mar fuese al marido. El rey de Túnez, oyendo algo de este
amor y de la determinación de Gerbino, y temiendo su valor y su
poder, llegando el tiempo en que debía mandarla, hizo saber al rey
Guilielmo lo que quería hacer y que entendía hacerlo si él le
aseguraba que ni Gerbino ni otro se lo impediría.
El rey Guilielmo, que viejo era y no había
oído nada del enamoramiento de Gerbino, no imaginándose que por ello
se le pidiese tal garantía, lo concedió de buena gana y en señal de
ello mandó al rey de Túnez su guante . El cual, después de que la
seguridad hubo recibido, hizo preparar una grandísima y hermosa nave
en el puerto de Cartago y abastecerla con todo lo que fuera
necesario, y adornarla y prepararla, para mandar en ella a su hija a
Granada; y no esperaba sino el tiempo favorable. La joven señora,
que todo esto sabía y veía, ocultamente mandó a Palermo a un
servidor suyo y le ordenó que al bellido Gerbino saludase de su
parte y le dijera cómo iba a irse a Granada pocos días después; por
lo que ahora se vería si era hombre tan valiente como se decía y si
tanto la amaba como muchas veces le había significado. Aquel a quien
le fue ordenada, óptimamente cumplió su embajada y se volvió a
Túnez. Gerbino, al oír esto, y sabiendo que el rey Guilielmo su
abuelo había otorgado la seguridad al rey de Túnez, no sabía qué
hacerse; pero empujado por el amor, habiendo escuchado las palabras
de la señora y para no parecer vil, yendo a Mesina, allí hizo
prestamente armar dos galeras ligeras, y haciendo subir a ellas
valientes hombres, con ellos se fue junto a Cerdeña, pensando que
por allí debía pasar la nave de la señora. Y no tardó en realizarse
su pensamiento, porque después de que allí pocos días hubo estado,
la nave, con poco viento y no lejana al lugar donde se había
apostado esperándola, apareció. Viendo la cual, Gerbino, a sus
compañeros dijo:
-Señores, si sois tan valerosos como
pienso, ninguno de vosotros creo que esté sin haber sentido o sentir
amor, sin el cual, como por mí mismo juzgo, ningún mortal puede
ninguna virtud o bien tener en sí; y si enamorados habéis estado o
estáis, fácil cosa os será comprender mi deseo. Yo amo: Amor me
indujo a daros la presente fatiga, y lo que amo, en la nave que se
ve ahí delante está, la cual, junto con la cosa que yo más deseo, va
llena de grandísimas riquezas, las cuales, si hombres valerosos
sois, con poca fatiga, virilmente combatiendo, podemos conquistar;
de cuya victoria no busco quedarme sino con una mujer por cuyo amor
muevo las armas; todas las demás cosas sean vuestras libremente
desde ahora. Vamos, pues, y con buena ventura asaltemos la nave
mientras Dios, favorable a nuestra empresa, sin prestarle viento nos
la tiene inmóvil.
No necesitaba el bellido Gerbino tantas
palabras porque los mesinenses que con él estaban, deseosos del
botín, ya en su ánimo estaban dispuestos a hacer aquello a lo que
Gerbino les alentaba con las palabras; por lo que, haciendo un
grandísimo alboroto, al final de sus palabras, para que así fuese
sonaron las trompetas, y empuñando las armas dieron los remos al
agua y a la nave llegaron. Los que en la nave estaban, viendo de
lejos venir las galeras, no pudiéndose ir, se aprestaron a la
defensa. El bellido Gerbino, llegado a ella, ordenó que los patrones
a las galeras fuesen llevados si no querían batalla. Los sarracenos,
asegurados de quiénes eran y qué pedían, dijeron que se les asaltaba
contra la palabra empeñada con ellos por el rey suyo, y en señal de
ello mostraron el guante del rey Guilielmo y del todo se negaron, si
no eran vencidos en batalla, a rendirse o a darle nada que hubiera
en la nave. Gerbino, que en la popa de la nave había visto a la
señora, mucho más hermosa de lo que él ya pensaba, mucho más
inflamado en amor que antes, al mostrarle el guante repuso que allí
no había en aquel momento halcones para los que se necesitase un
guante, y que por ello, si no querían entregarles a la señora, que
se preparasen a la batalla. La que, sin esperar más, a arrojarse
saetas y piedras el uno contra el otro fieramente comenzaron y
largamente con daño de cada una de las partes en tal guisa
combatieron.
Por último, viéndose Gerbino sin mucho
provecho, tomando una barquichuela que de Cerdeña llevado había, y
prendiéndole fuego, con las dos galeras la acostó a la nave; lo que
viendo los sarracenos y conociendo que por necesidad debían o
rendirse o morir, haciendo a cubierta venir a la hija del rey, que
bajo cubierta lloraba, y llevándola a la proa de la nave y llamando
a Gerbino, ante sus ojos, a ella, que pedía merced y ayuda, le
cortaron las venas y arrojándola al mar dijeron: -Tómala, te la
damos como podemos y como tu lealtad la ha merecido. Gerbino, viendo
su crueldad, deseoso de morir, no preocupándose por saetas ni por
piedras, a la nave se hizo acercar, y subiendo a ella a pesar de
cuantos allí iban, no de otra manera que un león famélico entra en
una manada de becerros, ora a éste ora a aquél desangrando y primero
con los dientes y con las uñas su ira sacia que el hambre, con una
espada en la mano ora a éste ora a aquél cortando de los sarracenos,
cruelmente a muchos mató Gerbino ; creciendo ya el fuego en la
encendida nave, haciendo a los marineros coger lo que pudieran como
recompensa, abajo se fue con aquella poco alegre victoria conseguida
sobre sus enemigos. Luego, haciendo el cuerpo de la hermosa señora
recoger del mar, largamente y con muchas lágrimas la lloró, y
volviéndose a Sicilia, en Ustica, pequeñísima isla casi enfrente de
Trápani, honradamente la hizo sepultar, y a su casa se fue más
dolorido que ningún hombre. El rey de Túnez, conocida la noticia, a
sus embajadores de negro vestidos, envió al rey Guilielmo,
doliéndose de que la palabra dada mal había sido cumplida, y le
contaron cómo. Por lo que el rey Guilielmo, fuertemente airado, no
viendo manera de poder negarles la justicia que pedían, hizo apresar
a Gerbino, y él mismo, no habiendo ninguno de sus barones que con
ruegos se esforzase en disuadirlo, le condenó a muerte y en
presencia suya le hizo cortar la cabeza, queriendo antes quedarse
sin nieto que tenido por un rey sin honor. Así, en pocos días, tan
miserablemente los dos amantes, sin haber gustado ningún fruto de su
amor, de mala muerte murieron, como os he contado.
NOVELA QUINTA
Los hermanos de Isabetta matan a su amante,
éste se le aparece en sueños y le muestra dónde está enterrado, ella
ocultamente le desentierra la cabeza y la pone en un tiesto de
albahaca y llorando sobre él todos los días durante mucho tiempo,
sus hermanos se lo quitan y ella se muere de dolor poco después.
Terminada la historia de Elisa y alabada
por el rey durante un rato, a Filomena le fue ordenado que contase:
la cual, llena de compasión por el mísero Gerbino y su señora, luego
de un piadoso suspiro, comenzó:
Mi historia, graciosas señoras, no será
sobre gentes de tan alta condición como fueron aquéllas sobre
quienes Elisa ha hablado, pero acaso no será menos digna de lástima;
y a acordarme de ella me trae Mesina, ha poco recordada, donde
sucedió el caso.
Había, pues, en Mesina tres jóvenes
hermanos y mercaderes, y hombres, que habían quedado siendo bastante
ricos después de la muerte de su padre, que era de San Gimigniano, y
tenían una hermana llamada Elisabetta, joven muy hermosa y cortés, a
quien, fuera cual fuese la razón, todavía no habían casado. Y tenían
además estos tres hermanos, en un almacén suyo, a un mozo paisano
llamado Lorenzo, que todos sus asuntos dirigía y hacía, el cual,
siendo asaz hermoso de persona y muy gallardo, habiéndolo muchas
veces visto Isabetta, sucedió que empezó a gustarle
extraordinariamente, de lo que Lorenzo se percató y una vez y otra,
semejantemente, abandonando todos sus otros amoríos, comenzó a poner
en ella el ánimo; y de tal modo anduvo el asunto que, gustándose el
uno al otro igualmente, no pasó mucho tiempo sin que se atrevieran a
hacer lo que los dos más deseaban.
Y continuando en ello y pasando juntos
muchos buenos ratos y placenteros, no supieron obrar tan
secretamente que una noche, yendo Isabetta calladamente allí donde
Lorenzo dormía, el mayor de los hermanos, sin advertirlo ella, no lo
advirtiese; el cual, porque era un prudente joven, aunque muy
doloroso le fue enterarse de aquello, movido por muy honesto
propósito, sin hacer un ruido ni decir cosa alguna, dándole vuelta a
varios pensamientos sobre aquel asunto, esperó a la mañana
siguiente. Después, venido el día, a sus hermanos contó lo que la
pasada noche había visto entre Isabetta y Lorenzo, y junto con
ellos, después de largo consejo, deliberó para que sobre su hermana
no cayese ninguna infamia, pasar aquello en silencio y fingir no
haber visto ni sabido nada de ello hasta que llegara el momento en
que, sin daño ni deshonra suya, esta afrenta antes de que más
adelante siguiera pudiesen lavarse. Y quedando en tal disposición
charlando y riendo con Lorenzo tal como acostumbraban, sucedió que
fingiendo irse fuera de la ciudad para solazarse llevaron los tres
consigo a Lorenzo; y llegados a un lugar muy solitario y remoto,
viéndose con ventaja, a Lorenzo, que de aquello nada se guardaba,
mataron y enterraron de manera que nadie pudiera percatarse; y
vueltos a Mesina corrieron la voz de que lo habían mandado a algún
lugar, lo que fácilmente fue creído porque muchas veces solían
mandarlo de viaje. No volviendo Lorenzo, e Isabetta muy frecuente y
solícitamente preguntando por él a sus hermanos, como a quien la
larga tardanza pesaba, sucedió un día que preguntándole ella muy
insistentemente, uno de sus hermanos le dijo:
-¿Qué quiere decir esto? ¿Qué tienes que
ver tú con Lorenzo que me preguntas por él tanto? Si vuelves a
preguntarnos te daremos la contestación que mereces.
Por lo que la joven, doliente y triste,
temerosa y no sabiendo de qué, dejó de preguntarles, y muchas veces
por la noche lastímeramente lo llamaba y le pedía que viniese, y
algunas veces con muchas lágrimas de su larga ausencia se quejaba y
sin consolarse estaba siempre esperándolo. Sucedió una noche que,
habiendo llorado mucho a Lorenzo que no volvía y habiéndose al fin
quedado dormida, Lorenzo se le apareció en sueños, pálido y todo
despeinado, y con las ropas desgarradas y podridas, y le pareció que
le dijo:
-Oh, Isabetta, no haces más que llamarme y
de mi larga tardanza te entristeces y con tus lágrimas duramente me
acusas; y por ello, sabe que no puedo volver ahí, porque el último
día que me viste tus hermanos me mataron.
Y describiéndole el lugar donde lo habían
enterrado, le dijo que no lo llamase más ni lo esperase. La joven,
despertándose y dando fe a la visión, amargamente lloró; después,
levantándose por la mañana, no atreviéndose a decir nada a sus
hermanos, se propuso ir al lugar que le había sido mostrado y ver si
era verdad lo que en sueños se le había aparecido. Y obteniendo
licencia de sus hermanos para salir algún tiempo de la ciudad a
pasearse en compañía de una que otras veces con ellos había estado y
todos sus asuntos sabía, lo antes que pudo allá se fue, y apartando
las hojas secas que había en el suelo, donde la tierra le pareció
menos dura allí cavó; y no había cavado mucho cuando encontró el
cuerpo de su mísero amante en nada estropeado ni corrompido; por lo
que claramente conoció que su visión había sido verdadera. De lo que
más que mujer alguna adolorida, conociendo que no era aquél lugar de
llantos, si hubiera podido todo el cuerpo se hubiese llevado para
darle sepultura más conveniente; pero viendo que no podía ser, con
un cuchillo lo mejor que pudo le separó la cabeza del tronco y,
envolviéndola en una toalla y arrojando la tierra sobre el resto del
cuerpo, poniéndosela en el regazo a la criada, sin ser vista por
nadie, se fue de allí y se volvió a su casa.
Allí, con esta cabeza en su alcoba
encerrándose, sobre ella lloró larga y amargamente hasta que la lavó
con sus lágrimas, dándole mil besos en todas partes. Luego cogió un
tiesto grande y hermoso, de esos donde se planta la mejorana o la
albahaca, y la puso dentro envuelta en un hermoso paño, y luego,
poniendo encima la tierra, sobre ella plantó algunas matas de
hermosísima albahaca salernitana , y con ninguna otra agua sino con
agua de rosas o de azahares o con sus lágrimas la regaba; y había
tomado la costumbre de estar siempre cerca de este tiesto, y de
cuidarlo con todo su afán, como que tenía oculto a su Lorenzo, y
luego de que lo había cuidado mucho, poniéndose junto a él, empezaba
a llorar, y mucho tiempo, hasta que toda la albahaca humedecía,
lloraba. La albahaca, tanto por la larga y continua solicitud como
por la riqueza de la tierra procedente de la cabeza corrompida que
en ella había, se puso hermosísima y muy olorosa.
Y continuando la joven siempre de esta
manera, muchas veces la vieron sus vecinos; los cuales, al
maravillarse sus hermanos de su estropeada hermosura y de que los
ojos parecían salírsele de la cara, les dijeron:
-Nos hemos apercibido de que todos los días
actúa de tal manera. Lo que, oyendo sus hermanos y advirtiéndolo
ellos, habiéndola reprendido alguna vez y no sirviendo de nada,
ocultamente hicieron quitarle aquel tiesto. Y no encontrándolo ella,
con grandísima insistencia lo pidió muchas veces, y no
devolviéndoselo, no cesando en el llanto y las lágrimas, enfermó y
en su enfermedad no pedía otra cosa que el tiesto. Los jóvenes se
maravillaron mucho de esta petición y por ello quisieron ver lo que
había dentro; y vertida la tierra vieron el paño y en él la cabeza
todavía no tan consumida que en el cabello rizado no conocieran que
era la de Lorenzo. Por lo que se maravillaron mucho y temieron que
aquello se supiera; y enterrándola sin decir nada ocultamente
salieron de Mesina y ordenando la manera de irse de allí se fueron a
Nápoles. No dejando de llorar la joven y siempre pidiendo su tiesto
llorando murió y así tuvo fin su desventurado amor; pero después de
cierto tiempo, siendo esto sabido por muchos hubo alguien que
compuso aquella canción que todavía se canta hoy y dice:
Quién sería el mal cristiano
que el albahaquero me robó, etc .
NOVELA SEXTA
Andreuola ama a Gabyiotto; le cuenta un
sueño que ha tenido y él a ella otro; repentinamente se muere en sus
brazos, mientras ella con una criada a su casa lo llevan son
apresadas por la señoría, y ella dice lo que ha sucedido; el podestá
la quiere forzar, ella no lo sufre, se entera su padre y, hallándola
inocente, la hace liberar, ella, rehusando seguir en el mundo, se
hace monja.
La historia que Filomena había contado fue
muy apreciada por las señoras porque muchas veces habían oído cantar
aquella canción y nunca habían podido, a pesar de preguntarlo, saber
con qué ocasión había sido compuesta. Pero habiendo el rey su final
oído, a Pánfilo le ordenó que continuase el orden. Pánfilo,
entonces, dijo:
El sueño contado en la pasada historia me
da materia para contaros una en la cual se habla de dos, que sobre
cosas que debían pasar, como si hubieran ya sucedido, versaban, y
apenas hubieron terminado de contarse por quienes las habían visto
cuando tuvieron los dos efecto. Y así, amorosas señoras, debéis
saber que general impresión es de todos los vivientes ver varias
cosas en su sueño, las cuales, aunque a quien duerme, durmiendo le
parecen todas verdaderas, y despertándose juzgue verdaderas algunas,
algunas verosímiles y una parte fuera de toda verosimilitud, no
menos resulta que muchas de ellas suceden. Por la cual cosa, muchos
prestan tanta fe a cada sueño cuanta prestarían a las cosas que
vieran estando en vigilia, y con sus mismos sueños se entristecen o
se alegran como por lo que temen o esperan, y por el contrario, hay
quienes en ninguno creen sino después de que se ven caer en el
peligro que les ha sido mostrado; de los cuales, ni a unos ni a
otros alabo, porque no siempre son verdaderos ni todas las veces
falsos. Que no son todos verdaderos, muchas veces todos nosotros
hemos tenido ocasión de verlo, y que todos no son falsos, ya antes
en la historia de Filomena se ha mostrado, y en la mía, como ya he
dicho, entiendo mostrarlo. Por lo que juzgo que si se vive
virtuosamente y se obra, a ningún sueño contrario a ello debe
temerse y no dejar por él los buenos propósitos; en las cosas
perversas y malvadas, aunque los sueños parezcan favorables a ellas
y con visiones propicias a quienes los ven animen, nadie debe creer;
y así, en su contrario, dar a todos completa fe. Pero vengamos a la
historia. Hubo en la ciudad de Brescia un gentilhombre llamado micer
Negro de Pontecarrato, el cual, entre otros muchos hijos, tenía una
hija, llamada Andreuola, muy joven y hermosa y sin marido, la cual,
por ventura de un vecino suyo cuyo nombre era Gabriotto, se enamoró,
hombre de baja condición aunque de loables costumbres lleno y en su
persona hermoso y amable; y con la intervención y la ayuda de la
nodriza de la casa tanto anduvo la joven, que Cabriotto supo no sólo
que era amado por Andreuola, sino que fue llevado mucho a un hermoso
jardín del padre de ella, y muchas veces con deleite de una y de
otra parte; y para que ninguna razón nunca sino la muerte pudiera
separar su deleitoso amor, marido y mujer secretamente se hicieron.
Y del mismo modo, furtivamente, confirmando sus ayuntamientos,
sucedió que a la joven una noche, durmiendo, le pareció ver en
sueños que estaba en su jardín con Gabriotto y que le tenía entre
sus brazos con grandísimo placer de ambos; y mientras así estaban le
pareció ver salir del cuerpo de él una cosa oscura y terrible cuya
forma ella no podía reconocer, y le parecía que esta cosa cogiese a
Gabriotto y contra su voluntad con espantosa fuerza se lo arrancase
de los brazos y con él se escondiese dentro de la tierra y no
pudiese ver más ni al uno ni a la otra; por lo que muy gran dolor e
imponderable sentía, y por ello se despertó, y despierta, aunque
fuese viendo que no era así como lo había soñado, no por ello dejó
de sentir miedo por el sueño visto. Y por esto, queriendo luego
Gabriotto la noche siguiente venir a donde ella, cuanto pudo se
esforzó en hacer que no viniese por la noche allí; pero, viendo su
voluntad, para que de otro no fuese a sospechar, la noche siguiente
lo recibió en su jardín. Y habiendo muchas rosas blancas y bermejas
cogido, porque era tiempo de ellas, con él junto a una bellísima
fuente y clara que en el jardín había, se fue a estar, y allí,
después de una grande y muy larga fiesta que disfrutaron juntos,
Gabriotto le preguntó cuál era la razón por la que le había
prohibido venir el día antes.
La joven, contándole el sueño tenido por
ella la noche antes y el temor que le había dado, se la explicó.
Gabriotto, al oírla, se rió y dijo que gran necedad era creer en
sueños porque o por exceso de comida o por falta de ella sucedían, y
que eran todos vanos se veía cada día; y luego dijo: -Si yo hubiese
querido hacer caso de sueños no habría venido aquí, no tanto por el
tuyo sino por uno que también tuve esta noche pasada, el cual fue
que me parecía estar en una hermosa y deleitosa selva por la que iba
cazando, y haber cogido una cabritilla tan bella y tan placentera
como la mejor que se haya visto; y me parecía que era más blanca que
la nieve y en breve espacio se hizo tan amiga mía que en ningún
momento se separaba de mí. Y me parecía que la quería tanto que para
que no se separase de mí me parecía que le había puesto en la
garganta un collar de oro y con una cadena de oro la sujetaba entre
las manos. Y después de esto me parecía que, descansando esta
cabritilla una vez y teniéndome la cabeza en el regazo, salió de no
sé dónde una perra negra como el carbón, muy hambrienta y espantosa
en su apariencia, y se vino hacia mí, contra la que ninguna
resistencia me parecía hacer; por lo que me parecía que me metía el
hocico en el seno en el lado izquierdo, y tanto lo roía que llegaba
al corazón, que parecía que me arrancaba para llevárselo. Por lo que
sentía tal dolor que mi sueño se interrumpió y, despierto, con la
mano súbitamente corrí a palpar si algo tenía en el costado; pero no
encontrándome el mal me burlé de mí mismo por haberlo hecho. Pero
¿qué quiere decir esto? Tales y más espantosos he tenido más veces y
no por ello me ha sucedido nada más ni nada menos; y por ello
olvídate de eso y pensemos en disfrutar. La joven, por su sueño ya
muy espantada, al oír esto lo estuvo mucho más, pero para no ser
ocasión de enfado a Gabriotto, lo más que pudo ocultó su miedo; y
aunque abrazándolo y besándolo algunas veces y siendo por él
abrazada y besada se solazase, temerosa y no sabiendo de qué, más de
lo acostumbrado muchas veces le miraba a la cara y de vez en cuando
miraba por el jardín por si alguna cosa negra viese venir de alguna
parte.
Y estando de esta manera, Cabriotto,
lanzando un gran suspiro, la abrazó y dijo: -¡Ay de mí, alma mía,
ayúdame que me muero!
Y dicho esto, cayó en tierra sobre la
hierba del pradecillo. Lo que viendo la joven y caído como estaba,
apoyándoselo en el regazo, casi llorando dijo: -Oh, dulce señor mío,
¿qué te pasa?
Gabriotto no respondió sino que jadeando
fuertemente y sudando todo, luego de no mucho tiempo, pasó de la
presente vida.
Cuán duro y doloroso fue esto para la
joven, que más que a sí misma lo amaba, cada una debe imaginarlo.
Ella lo lloró mucho, y muchas veces lo llamó en vano, pero luego de
que se apercibió de que estaba verdaderamente muerto, habiéndolo
tocado por todas las partes del cuerpo y en todas encontrándolo
frío, no sabiendo qué hacerse ni qué decir, lacrimosa como estaba y
llena de angustia, se fue a llamar a su nodriza, que de este amor
era cómplice, y su miseria y su dolor le mostró. Y luego de que
míseramente juntas un tanto hubieron llorado sobre el muerto rostro
de Cabriotto, dijo la joven a la nodriza: -Puesto que Dios me lo ha
quitado, no entiendo seguir yo con vida pero antes de que llegue a
matarme, querría que buscásemos una manera conveniente de proteger
mi honor y el secreto amor que ha habido entre nosotros y que el
cuerpo del cual la graciosísima alma ha partido fuese sepultado. A
lo que la nodriza dijo:
-Hija mía, no hables de querer matarte,
porque si lo has perdido, matándote también lo perderías en el otro
mundo porque irías al infierno, donde estoy cierta que su alma no ha
ido porque bueno fue; pero mucho mejor es que te consueles y pienses
en ayudar con oraciones o con otras buenas obras a su alma, por si
por algún pecado cometido tiene necesidad de ello. Sepultarlo es muy
fácil hacerlo en este jardín, lo que nadie sabrá nunca porque nadie
sabe que nunca él haya venido aquí, y si no lo quieres así,
pongámoslo fuera del jardín y dejémoslo: mañana por la mañana lo
encontrarán y llevándolo a su casa será sepultado por sus parientes.
La joven, aunque estuviese llena de
amargura y continuamente llorase, escuchaba sin embargo los consejos
de su nodriza, y no estando de acuerdo en la primera parte, repuso a
la segunda, diciendo: -No quiera Dios que un joven tan valioso y tan
amado por mí y marido mío sufra que sea sepultado a guisa de un
perro o dejado en tierra en la calle. Ha recibido mis lágrimas y,
como yo pueda, recibirá las de sus parientes, y ya me viene al ánimo
lo que tenemos que hacer. Y prestamente a por una pieza de paño de
seda que tenía en su arca la mandó; y traída aquélla y extendiéndola
en tierra, encima pusieron el cuerpo de Gabriotto, y poniéndole la
cabeza sobre una almohada y cerrándole con muchas lágrimas los ojos
y la boca, y haciéndole una guirnalda de rosas y poniéndole
alrededor las rosas que habían cogido juntos, dijo a la nodriza: -De
aquí a la puerta de su casa hay poco camino, y por ello tú y yo, así
como lo hemos arreglado, lo llevaremos de aquí y lo pondremos
delante de su casa. No tardará mucho tiempo en hacerse de día y lo
recogerán, y aunque para los suyos no sea esto ningún consuelo, para
mí, en cuyos brazos ha muerto, será un placer.
Y dicho esto, de nuevo con abundantísimas
lágrimas se le inclinó sobre el rostro y largo espacio estuvo
llorando, la cual, muy requerida por la criada, porque venía el día,
irguiéndose, el mismo anillo con el que se había desposado con
Gabriotto quitándose del dedo, se lo puso en el dedo a él, diciendo
entre llanto: -Caro señor mío, si tu alma ve mis lágrimas y algún
conocimiento o sentimiento después de su partida queda en los
cuerpos, recibe benignamente el último don de esta a quien viviendo
amaste tanto. Y dicho esto, desvanecida, cayó encima de él, y luego
de algún tiempo volviendo en sí y poniéndose en pie, junto con la
criada cogiendo el paño sobre el que yacía el cuerpo, con él
salieron del jardín y hacia la casa de él se enderezaron.
Y yendo así, sucedió por casualidad que por
los guardias del podestá, que por azar iban a aquella hora a algún
asunto, fueron encontradas y prendidas con el cuerpo muerto. La
Andreuola, más deseosa de morir que de vivir, reconocidos los
guardas de la señoría, francamente dijo:
-Sé quiénes sois y que querer huir de nada
me serviría; estoy dispuesta a ir con vos ante la señoría, y lo que
sea contar; pero ninguno se atreva a tocarme, si os obedezco, ni a
quitar nada de lo que lleva este cuerpo si no quiere que yo le
acuse.
Por lo que, sin que ninguno la tocase, con
el cuerpo de Gabriotto se fue a palacio ; lo cual oyendo el podestá,
se levantó, y haciéndola venir a la alcoba, de lo que había sucedido
se informó, y habiendo hecho mirar por algunos médicos si con veneno
o de otra manera había sido muerto el buen hombre, todos afirmaron
que no sino que algún acceso cercano al corazón se le había roto que
lo había ahogado. Y él, oído esto y que aquélla en poca cosa era
culpable, se ingenió en parecer que le daba lo que no podía
venderle, y dijo que si ella su voluntad hiciese, la liberaría. Pero
no sirviéndole las palabras, quiso contra toda conveniencia usar la
fuerza; pero Andreuola, encendida en desdén y sintiéndose fortísima,
virilmente se defendió, rechazándolo con injuriosas y altivas
palabras. Pero llegado el día claro y siéndole contadas estas cosas
a micer Negro, mortalmente dolido se fue con muchos de sus amigos a
palacio y allí, informado de todo por el podestá, pidió que le
devolviesen a su hija. El podestá, queriendo primero acusarse de la
fuerza que le había querido hacer que ser acusado por ella, alabando
primero a la joven y su constancia, por probarla vino a decir que
era lo que había hecho; por la cual cosa, viéndola de tanta firmeza,
sumo amor había puesto en ella y si a él le agradaba, que su padre
era, y a ella, no obstante haber tenido marido de baja condición, de
buen grado como mujer la tomaría. En este tiempo que así éstos
hablaban, Andreuola vino ante su padre y llorando se le arrojó a los
pies y dijo:
-Padre mío, no creo que sea necesario que
la historia de mi atrevimiento y de mi desgracia os cuente, que
estoy cierta de que ya la habéis oído y lo sabéis; y por ello cuanto
más puedo humildemente perdón os pido de mi falta, esto es, de
haber, sin vos saberlo, a quien más me placía tomado por marido; y
este perdón no os lo pido para que me sea perdonada la vida sino
para morir como hija vuestra y no como vuestra enemiga.
Y así, llorando, cayó a sus pies.
Micer Negro, que viejo era ya y hombre
benigno y amoroso por naturaleza, al oír estas palabras empezó a
llorar, y llorando alzó a su hija tiernamente en pie, y dijo: -Hija
mía, mucho me hubiera gustado que hubieses tenido tal marido como
según mi parecer te convenía; y si lo hubieras tomado tal como a ti
te agradase debía también gustarme; pero el haberlo ocultado me hace
dolerme de tu poca confianza, y más aún, viéndote que lo has perdido
antes de haberlo sabido yo. Pero puesto que es así, lo que por
contentarte, viviendo él, habría hecho con gusto, esto es, honrarle
como a mi yerno hágasele a su muerte.
Y volviéndose a sus hijos y a sus parientes
les ordeno que preparasen para Gabriotto exequias grandes y
honorables. Habían entretanto acudido los padres y los parientes del
joven, que se habían enterado de la noticia, y casi tantas mujeres y
tantos hombres como en la ciudad había; por lo que, puesto en medio
del patio el cuerpo sobre el paño de Andreuola y con todas sus
rosas, allí no tan sólo por ella y por sus parientes fue llorado,
sino públicamente casi por todas las mujeres de la ciudad y por
muchos hombres, y no a guisa de plebeyo sino de señor sacado de la
plaza pública a hombros de los más nobles ciudadanos, con grandísimo
honor fue llevado a la sepultura. Y de allí a algunos días,
insistiendo el podestá en lo que pedido había, exponiéndose micer
Negro a su hija, ésta nada de ello quiso oír; pero queriendo en algo
complacer a su padre, en un monasterio muy famoso por su santidad,
ella y su nodriza monjas se hicieron, y honradamente luego en él
vivieron mucho tiempo.
NOVELA SÉPTIMA
Simona ama a Pasquino; están juntos en un
huerto; Pasquino se frota los dientes con una hoja de salvia y se
muere; Simona es apresada, la cual, queriendo mostrar al juez cómo
murió Pasquino, frotándose con una de aquellas hojas los dientes,
muere del mismo modo.
Pánfilo se había desembarazado de su
historia cuando el rey, no mostrando ninguna compasión por
Andreuola, mirando a Emilia, le hizo un gesto significándole que le
agradaría que siguiese con la narración a quienes ya habían hablado;
la cual, sin ninguna demora, comenzó: Caras compañeras, la historia
contada por Pánfilo me induce a contar una en ninguna otra cosa
semejante a la suya sino en que, así como Andreuola perdió el amante
en el jardín, igual sucedió a aquella de quien debo hablar; y del
mismo modo presa, como lo fue Andreuola, no por fuerza ni por virtud
sino por inesperada muerte se libró de la justicia. Y como ya se ha
dicho más veces entre nosotras, aunque Amor de buen grado habite en
las casas de los nobles, no por ello rehúsa el señorío sobre las de
los pobres y también en ellas muestra alguna vez sus fuerzas de tal
manera que como poderosísimo señor se hace temer de los más ricos.
Lo que aunque no en todo, en gran parte aparecerá en mi historia,
con la que me place volver a nuestra ciudad, de la que hoy, contando
diversas cosas diversamente, vagando por diversas partes del mundo,
tanto nos hemos alejado.
Hubo, pues, no hace todavía mucho tiempo,
en Florencia, una joven muy hermosa y gallarda para su condición, e
hija de padre pobre, que se llamaba Simona; y aunque tuviera que
ganarse con sus manos el pan que quería comer, y para subsistir
hilase lana, no fue ello de tan pobre ánimo que no osase recibir a
Amor en su mente, el cual con los actos y las palabras amables de un
mozo de no más fuste que ella, que andaba dando lana a hilar para su
maestro lanero, hacía tiempo que había mostrado querer entrar.
Acogiéndolo, pues, en ella bajo el placentero aspecto del joven que
la amaba, cuyo nombre era Pasquino, deseándolo mucho y no
atreviéndose a nada más, hilando, a cada vuelta de lana hilada que
enroscaba al huso arrojaba mil suspiros más calientes que el fuego
al acordarse de aquel que para hilarla se la había dado.
Él, por otra parte, muy solícito habiéndose
vuelto de que se hilase bien la lana de su maestro, como si sólo la
que Simona hilaba, y no ninguna otra, debiese bastar a toda la tela,
más frecuentemente que la otras las solicitaba. Por lo que,
solicitando uno y la otra gozando al ser solicitada, sucedió que,
cobrando el uno más osadía de la que solía tener y desechando la
otra mucho del miedo y de la vergüenza que acostumbraba a tener,
juntos se unieron en mutuos placeres, los cuales a una parte y a la
otra agradaron tanto que no esperaba el uno a ser solicitado por el
otro para ello, sino que uno invitaba al otro para disfrutarlos. Y
continuando así su placer de un día en otro, y siempre, al
continuar, más inflamándose, sucedió que Pasquino dijo a Simona que
firmemente quería que encontrase el modo de poder venir a un jardín
adonde él quería llevarla, para que allí más a sus anchas y con
menos temor pudiesen estar juntos. Simona dijo que le placía, y
dando a entender a su padre, un domingo después de comer, que quería
ir a la bendición de San Galo , con una compañera suya llamada
Lagina, al jardín que le había mostrado Pasquino se fue, donde,
junto con un compañero suyo que Puccino tenía por nombre, pero que
era llamado el Tuerto, lo encontró, y allí, iniciándose un amorío
entre el Tuerto y Lagina, ellos se retiraron a una parte del jardín
a gustar de sus placeres y al Tuerto y a Lagina dejaron en otra.
Había en aquella parte del jardín donde Pasquino y Simona habían
ido, una grandísima y hermosa mata de salvia; a cuyo pie se sentaron
y un buen rato se solazaron juntos, y habiendo hablado mucho de una
merienda que en aquel huerto, con ánimo reposado, querían hacer,
Pasquino, volviéndose a la gran mata de salvia, cogió algunas hojas
de ella y empezó a frotarse con ellas los dientes y las encías,
diciendo que la salvia los limpiaba muy bien de cualquier cosa que
hubiera quedado en ellos después de haber comido. Y luego de que,
así, un poco los hubo frotado volvió a la conversación de la
merienda de la que estaba hablando primero; y no había proseguido
hablando casi nada cuando empezó a demudársele todo el rostro y
luego de demudársele no pasó sin que perdiese la vista y la palabra
y en breve se murió. Las cuales cosas viendo Simona empezó a llorar
y a gritar y a llamar al Tuerto y a Lagina, los cuales prestamente
corriendo allí y viendo a Pasquino no solamente muerto, sino ya todo
hinchado y lleno de manchas oscuras por el rostro y por el cuerpo,
súbitamente gritó el Tuerto:
-¡Ay, mujer malvada, lo has envenenado tú!
Y habiendo hecho un gran alboroto, fue oído
por muchos que vivían cerca del jardín; los cuales, corrido el rumor
y encontrándole muerto e hinchado, y oyendo dolerse al Tuerto y
acusar a Simona de haberlo envenenado con engaños, y a ella, por el
dolor del súbito accidente que le había arrebatado a su amante, casi
fuera de sí, no sabiendo excusarse, fue reputado por todos que había
sido como el Tuerto decía; por la cual cosa, apresándola, llorando
siempre ella mucho, fue llevada al palacio del podestá. E
insistiendo allí el Tuerto, y el Rechoncho y el Desmañado,
compañeros de Pasquino que habían llegado, un juez sin dilatar el
asunto se puso a interrogarla sobre el hecho y, no pudiendo
comprender ella en qué podía haber obrado maliciosamente o ser
culpable, quiso, estando él presente, ver el cuerpo muerto y decirle
el lugar y el modo porque por las palabras suyas no lo comprendía
bastante bien. Haciéndola, pues, sin ningún tumulto, llevar allí
donde todavía yacía el cuerpo de Pasquino, le preguntó que cómo
había sido. Ella, acercándose a la mata de salvia y habiendo contado
toda la historia precedente para darle completamente a entender lo
sucedido, hizo lo que Pasquino había hecho, frotándose contra los
dientes una de aquellas hojas de salvia. Las cuales cosas, mientras
que por el Tuerto y por el Rechoncho y por los otros amigos y
compañeros de Pasquino, como frívolas y vanas en la presencia del
juez eran rechazadas, y con más insistencia acusada su maldad, no
pidiendo sino que el fuego fuese de semejante maldad castigo, la
pobrecilla, que por el dolor del perdido amante y por el miedo de la
pena pedida por el Tuerto estaba encogida, por haberse frotado la
salvia en los dientes, sufrió aquel mismo accidente que antes había
sufrido Pasquino, no sin gran maravilla de cuantos estaban
presentes. ¡Oh, almas felices, a quienes un mismo día sucedió el
ardiente amor y la mortal vida acabar; y más felices si juntas a un
mismo lugar os fuisteis; y felicísimas si en la otra vida se ama, y
os amáis como lo hicisteis en ésta! Pero mucho más feliz el alma de
Simona en gran medida, por lo que respecta al juicio de quienes,
vivos, tras de ella hemos quedado, cuya inocencia la fortuna no
sufrió que cayese bajo los testimonios del Tuerto y del Rechoncho y
del Desmañado (tal vez cardadores u hombres más villanos) abriéndole
más honesto camino con la misma clase de muerte de su amante, para
deshacerse de su calumnia y seguir al alma de su Pasquino, tan amada
por ella. El juez, todo estupefacto por el accidente junto con
cuantos allí estaban, no sabiendo qué decirse, largamente calló;
luego, con mejor juicio, dijo:
-Parece que esta salvia es venenosa, lo que
no suele suceder con la salvia. Pero para que a alguien más no pueda
ofender de modo semejante, córtese hasta las raíces y arrójese al
fuego. La cual cosa, el que era guardián del jardín haciéndola en
presencia del juez, no acababa de abatir la gran mata cuando
apareció la razón de la muerte de los dos míseros amantes. Había
bajo la mata de aquella salvia un sapo de maravilloso tamaño, de
cuyo venenoso aliento pensaron que la salvia se había envenenado. Al
cual sapo, no atreviéndose nadie a acercarse, poniéndole alrededor
una pila grandísima de leña, allí junto con la salvia lo quemaron, y
se terminó el proceso del señor juez por la muerte del pobrecillo
Pasquino. El cual, junto con su Simona, tan hinchados como estaban,
por el Tuerto y el Rechoncho y el Hocico Puerco y el Desmañado
fueron sepultados en la iglesia de San Paolo, de donde probablemente
eran feligreses.
NOVELA OCTAVA
Girólamo ama a Salvestra; empujado por los
ruegos de su madre va a París,, vuelve y la encuentra casada; entra
a escondidas en su casa y se queda muerto a su lado, y llevado a una
iglesia, Salvestra muere a su lado.
Había acabado la historia de Emilia cuando,
por orden del rey, Neifile comenzó así: Algunos, a mi juicio hay,
valerosas señoras, que más que la otra gente creen saber, y menos
saben; y por esto no solamente a los consejos de los hombres sino
también contra la naturaleza de las cosas pretenden oponer su
juicio; de la cual presunción han sobrevenido ya grandísimos males y
nunca se vio venir ningún bien. Y porque entre las demás cosas
naturales es el amor la que menos admite el consejo o la acción que
le sean contrarios, y cuya naturaleza es tal que antes puede
consumirse por sí mismo que ser arrancado por ningún consejo, me ha
venido al ánimo narraros una historia de una señora que, queriendo
ser más sabia de lo que debía y no lo era (y también porque no lo
soportaba la cosa en que se esforzaba por manifestar su buen juicio)
creyendo del enamorado corazón arrancar el amor que tal vez allí
habían puesto las estrellas , llegó a arrancarle en un mismo punto
el amor y el alma del cuerpo a su hijo. Hubo, pues, en nuestra
ciudad, según los ancianos cuentan, un grandísimo mercader y rico
cuyo nombre fue Leonardo Sighieri , que de su mujer tuvo un hijo
llamado Girólamo, después de cuyo nacimiento, arreglados
ordenadamente sus asuntos, dejó esta vida. Los tutores del niño,
junto con la madre, bien y lealmente administraron sus bienes. El
niño, creciendo con los niños de sus otros vecinos, más que con
ningún otro del barrio con una niña de su edad, hija de un sastre,
se familiarizó; y creciendo los años, el trato se convirtió en amor
tan grande y fiero que Girólamo no estaba bien si no veía cuanto
veía ella; y ciertamente no la amaba menos que era amado por ella.
La madre del muchacho, percatándose de
ello, muchas veces se lo reprochó y lo castigó; y luego que a sus
tutores (no pudiendo Girólamo contenerse) se quejó y como quien se
creía que por la gran riqueza del hijo podía pedir peras al olmo,
les dijo:
-Este muchacho nuestro, que todavía no
tiene catorce años, está tan enamorado de una hija de un sastre
vecino, que se llama Salvestra, que, si no se la quitamos de
delante, probablemente la tomará un día por mujer sin que nadie lo
sepa, y yo nunca estaré contenta; o se consumirá por ella si la ve
casarse con otro; y por ello me parece que para evitar esto lo
debíais mandar a alguna parte lejana de aquí, al cuidado de los
negocios para que, dejando de ver a ésta, se le salga del ánimo y se
le podrá luego dar por mujer alguna joven bien nacida.
Los tutores dijeron que la señora decía
bien y que harían aquello que pudiesen, y haciendo llamar al
muchacho al almacén, comenzó a decirle uno, muy amorosamente: -Hijo
mío, ya eres grande; bueno será que comiences tú mismo a velar por
tus negocios, por lo que nos contentaría mucho que fueses a estar
algún tiempo en París, donde verás cómo se trafica con gran parte de
tu riqueza; sin contar con que te harás mucho mejor y más cortés y
de más valor allí que aquí lo harías, viendo a aquellos señores y a
aquellos barones y a aquellos gentileshombres (que allí hay tantos)
y aprendiendo sus costumbres; luego podrás venir aquí.
El muchacho escuchó diligentemente y en
breve respondió que no quería hacerlo porque pensaba que lo mismo
que los demás, podía quedarse en Florencia. Los honrados hombres, al
oírle esto, le insistieron con más palabras; pero no pudiendo
sacarle otra respuesta, a su madre se lo dijeron. La cual,
bravamente enojada, no por no querer irse a París, sino por su
enamoramiento, le dijo graves insultos; y luego, con dulces palabras
ablandándolo, empezó a halagarlo y a rogarle tiernamente que hiciese
aquello que querían sus tutores; y tanto supo decirle que él
consintió en irse a estar allí un año y no más; y así se hizo.
Yéndose, pues, Girólamo a París vehementemente enamorado, diciéndole
hoy no, mañana te irás, allí lo tuvieron dos años; y más enamorado
que nunca volviendo encontró a su Salvestra casada con un buen joven
que hacía tiendas , de lo que desmesuradamente se entristeció. Pero
viendo que de otra manera no podía ser, se esforzó en
tranquilizarse; y espiando cuándo estuviese en casa, según la
costumbre de los jóvenes enamorados empezó a pasar delante de ella,
creyendo que no lo había olvidado sino como él había hecho con ella.
Pero el asunto estaba de otra guisa: ella se acordaba de él como si
nunca lo hubiera visto, y si por acaso algo se acordaba, mostraba lo
contrario. De lo que el joven se apercibió en muy poco espacio de
tiempo y no sin grandísimo dolor; pero no por ello dejaba de hacer
todo lo que podía por volver a entrar en su pecho; pero como nada
parecía conseguir, se dispuso, aunque fuese su muerte, a hablarle él
mismo. E informándose por algún vecino sobre cómo su casa estaba
dispuesta, una tarde que habían ido de vela ella y el marido a casa
de sus vecinos, ocultamente entró dentro en su alcoba, detrás de las
lonas de las tiendas que estaban tejidas allí, se escondió; y tanto
esperó, que, vueltos ellos y acostados, sintió a su marido dormido,
y allá se fue adonde había visto acostada a Salvestra; y poniéndole
una mano en el pecho, simplemente dijo:
-¡Oh, alma mía! ¿Duermes ya? -la joven, que
no dormía, quiso gritar pero el joven prontamente dijo-: por Dios,
no grites, que soy tu Girólamo
Al que oyendo ella toda temblorosa dijo:
-¡Ah, por Dios, Girólamo, vete!; ha pasado
aquel tiempo en que éramos muchachos y no era contra el decoro estar
enamorados; estoy, como ves casada, por lo que ya no me está bien
escuchar a otro hombre que a mi marido; por lo que te ruego por Dios
que te vayas, que si mi marido te oyese aunque otro mal no se
siguiera, se seguiría que ya no podría vivir nunca con él en paz ni
en reposo, mientras que ahora, amada por él, en paz y en
tranquilidad con él vivo.
El joven, al oír estas palabras, sintió un
terrible dolor, y recordándole el tiempo pasado y su amor nunca por
la distancia disminuido, y mezclando muchos ruegos y promesas
grandísimas, nada obtuvo; por lo que, deseoso de morir, por último
le pidió que en recompensa de tanto amor, sufriese que se acostase a
su lado hasta que pudiera calentarse un poco, que se había quedado
helado esperándola, prometiéndole que ni le diría nada ni la
tocaría, y que en cuanto se hubiera calentado un poco se iría.
Salvestra, teniendo un poco de compasión de él, se lo concedió con
las condiciones que él había puesto. Se acostó, pues, el joven junto
a ella sin tocarla; y recordando en un solo pensamiento el largo
amor que le había tenido y su presente dureza y la perdida
esperanza, se dispuso a no vivir más y retrayendo en sí los
espíritus , sin decir palabra, cerrados los puños junto a ella se
quedó muerto. Y luego de algún rato, la joven, maravillándose de su
quietud, temiendo que el marido se despertase, comenzó a decir:
-¡Ah, Girólamo! ¿No te vas?
Pero no sintiéndose responder, pensó que se
habría quedado dormido; por lo que, extendiendo la mano, empezó a
menearlo para que se despertase, y al tocarlo lo encontró frío como
el hielo, de lo que se maravilló mucho; y meneándolo con más fuerza
y sintiendo que no se movía, luego de tocarlo otra vez conoció que
había muerto; por lo que sobremanera angustiada estuvo mucho tiempo
sin saber qué hacerse. Al fin, decidió, fingiendo que se trataba de
otra persona, ver qué decía su marido que debía hacerse; y
despertándolo, lo que acababa de sucederle a ella le dijo que le
había sucedido a otra, y luego le preguntó que si le sucediese a él,
ella qué tendría que hacer. El buen hombre respondió que le parecía
que a aquel que había muerto se le debía calladamente llevar a su
casa y dejarlo allí, sin enfurecerse contra la mujer, que no le
parecía que hubiese cometido ninguna falta.
Entonces la joven dijo:
-Pues eso tenemos que hacer nosotros.
Y cogiéndole de la mano, le hizo tocar al
muerto joven, con lo que él, todo espantado, se puso en pie y,
encendiendo una luz, sin entrar con su mujer en otras historias,
vestido el cuerpo muerto con sus mismas manos y sin ninguna
tardanza, ayudándole su inocencia, echándoselo a las espaldas, a la
puerta de su casa lo llevó, y allí lo puso y lo dejó.
Y venido el día y encontrado aquél delante
de su puerta muerto, fue hecho un gran alboroto y, especialmente por
su madre; y examinado por todas partes y mirado, y no
encontrándosele ni herida ni golpe, fue generalmente creído por los
médicos que había muerto de dolor, como había sido. Fue, pues, este
cuerpo llevado a una iglesia; y allí vino la dolorida madre con
muchas otras señoras parientes y vecinas, y sobre él comenzaron a
llorar a lágrima viva, y a lamentarse, según nuestras costumbres. Y
mientras se hacía un grandísimo duelo, el buen hombre en cuya casa
había muerto, dijo a Salvestra: -Anda, échate algún manto a la
cabeza y ve a la iglesia donde ha sido llevado Girólamo y métete
entre las mujeres; y escucha lo que se hable sobre este asunto, y yo
haré lo mismo entre los hombres, para enterarnos de si se dice algo
contra nosotros.
A la joven, que tarde se había hecho
piadosa, le plugo, como a quien deseaba ver muerto a quien de vivo
no había querido complacer con un solo beso; y allá se fue.
¡Maravillosa cosa es de pensar cuán difícil es descubrir las fuerzas
de Amor! Aquel corazón, que la feliz fortuna de Girólamo no había
podido abrir lo abrió su desgracia, y resucitando las antiguas
llamas todas, súbitamente lo movió a tanta piedad el ver el muerto
rostro, que, oculta bajo su manto, abriéndose paso entre las
mujeres, no paró hasta llegar al cadáver; y allí, lanzando un
fortísimo grito, sobre el muerto joven se arrojó de bruces, y no lo
bañó con muchas lágrimas porque, antes de tocarle, el dolor, como al
joven le había quitado la vida, a ella se la quitó. Luego,
consolándola las mujeres y diciéndole que se levantase, no
conociéndola todavía, y como ella no se levantaba, queriendo
levantarla, y encontrándola inmóvil, pero levantándola, sin embargo,
en un mismo punto conocieron que era Salvestra y estaba muerta. Por
lo que todas las mujeres que allí estaban, vencidas de doble
compasión, comenzaron un llanto mucho mayor. La noticia se esparció
fuera de la iglesia, entre los hombres, y llegando a los oídos de su
marido que entre ellos estaba, sin atender consuelo o alivio de
nadie, largo espacio lloró, y contando luego a muchos que allí había
lo que aquella noche había sucedido entre aquel hombre y aquella
mujer abiertamente todos supieron la razón de la muerte de cada uno,
lo que dolió a todos.
Tomando, pues, a la muerta joven, y
adornándola también como se adorna a los cuerpos muertos, sobre
aquel mismo lecho junto al joven la pusieron yacente, y llorándola
allí largamente, en una misma sepultura fueron enterrados los dos; y
a ellos, a quienes Amor no había podido unir vivos, la muerte unió
en inseparable compañía .
NOVELA NOVENA
Micer Guiglielmo de Rosellón da a comer a
su mujer el corazón de micer Guiglielmo Guardastagno, muerto por él
y amado por ella; lo que sabiéndolo ella después, se arroja de una
alta ventana y muere, y con su amante es sepultada .
Habiendo terminado la historia de Neifile
no sin haber hecho sentir gran compasión a todas sus compañeras, el
rey, que no entendía abolir el privilegio de Dioneo, no quedando
nadie más por narrar, comenzó:
Se me ha puesto delante, compasivas
señoras, una historia con la cual, puesto que así os conmueven los
infortunados casos de amor, os convendrá sentir no menos compasión
que con la pasada, porque más altos fueron aquellos a quienes
sucedió lo que voy a contar y con un accidente más atroz que los que
aquí se han contado.
Debéis, pues, saber que, según cuentan los
provenzales , en Provenza hubo hace tiempo dos nobles caballeros, de
los que cada uno castillos y vasallos tenía, y tenía uno por nombre
micer Guiglielmo de Rosellón y el otro micer Guiglielmo
Guardastagno; y porque el uno y el otro eran muy de pro con las
armas, mucho se amaban y tenían por costumbre ir siempre a todo
torneo o justas u otro hecho de armas juntos y llevando una misma
divisa.
Y aunque cada uno vivía en un castillo suyo
y estaban uno del otro lejos más de diez millas, sucedió sin embargo
que, teniendo micer Guiglielmo de Rosellón una hermosísima y
atrayente señora por mujer, micer Guiglielmo Guardastagno, fuera de
toda medida y no obstante la amistad y la compañía que había entre
ellos, se enamoró de ella; y tanto, ora con un acto ora con otro,
hizo que la señora se apercibió; y sabiéndolo valerosísimo
caballero, le agradó, y comenzó a amarle hasta tal punto que nada
deseaba o amaba más que a él, y no esperaba sino ser requerida por
él; lo que no pasó mucho tiempo sin que sucediese, y juntos
estuvieron una vez y otra, amándose mucho. Y obrando menos
discretamente juntos, sucedió que el marido se apercibió de ello y
fieramente se enfureció, hasta el punto que el gran amor que a
Guardastagno tenía se convirtió en mortal odio, pero mejor lo supo
tener oculto que los dos amantes habían podido tener su amor; y
deliberó firmemente matarlo. Por lo cual, estando el de Rosellón en
esta disposición, sucedió que se pregonó en Francia un gran torneo;
lo que el de Rosellón incontinenti hizo decir a Guardastagno, y le
mandó decir que si le placía, viniera a donde él y juntos
deliberarían si iban a ir y cómo. Guardastagno, contentísimo,
respondió que al día siguiente sin falta iría a cenar con él.
Rosellón, oyendo aquello, pensó que había llegado el momento de
poder matarlo, y armándose, al día siguiente, con algún hombre suyo,
montó a caballo, y a cerca de una milla de su castillo se puso en
acecho en un bosque por donde debía pasar Guardastagno; y habiéndolo
esperado un buen espacio, lo vio venir desarmado con dos hombres
suyos junto a él, desarmados como él, que nada desconfiaba; y cuando
le vio llegar a aquella parte donde quería, cruel y lleno de rencor,
con una lanza en la mano, le salió al paso gritando:
-¡Traidor, eres muerto!
Y decir esto y darle con aquella lanza en
el pecho fue una sola cosa; Guardastagno, sin poder nada en su
defensa ni decir una palabra, atravesado por aquella lanza, cayó en
tierra y poco después murió. Sus hombres, sin haber conocido a quien
lo había hecho, vueltas las cabezas a los caballos, lo más que
pudieron huyeron hacia el castillo de su señor. Rosellón,
desmontando, con un cuchillo abrió el pecho de Guardastagno y con
sus manos le sacó el corazón, y haciéndolo envolver en el pendón de
una lanza, mandó a uno de sus vasallos que lo llevase; y habiendo
ordenado a todos que nadie fuera tan osado que dijese una palabra de
aquello, montó de nuevo a caballo y, siendo ya de noche, volvió a su
castillo. La señora, que había oído que Guardastagno debía ir a
cenar por la noche, y con grandísimo deseo lo esperaba, no viéndolo
venir, se maravilló mucho y dijo al marido: -¿Y cómo es esto, señor,
que Guardastagno no ha venido?
A lo que el marido repuso:
-Señora, he sabido de su parte que no puede
llegar aquí sino mañana. De lo que la señora quedó un tanto enojada.
Rosellón, desmontando, hizo llamar al
cocinero y le dijo:
-Coge aquel corazón de jabalí y prepara el
mejor alimento y más deleitoso de comer que sepas; y cuando esté a
la mesa, mándamelo en una escudilla de plata. El cocinero,
cogiéndolo y poniendo en ello todo su arte y toda su solicitud,
desmenuzándolo y poniéndole muchas buenas especias, hizo con él un
manjar exquisito. Micer Guiglielmo, cuando fue hora, con su mujer se
sentó a la mesa. Vino la comida, pero él, por la maldad cometida
impedido su pensamiento, poco comió. El cocinero le mandó el manjar,
que hizo poner delante de la señora, mostrándose él aquella noche
desganado, y lo alabó mucho. La señora, que desganada no estaba,
comenzó a comerlo y le pareció bueno, por lo que lo comió todo.
Cuando el caballero hubo visto que la señora lo había comido todo,
dijo: -Señora, ¿qué tal os ha parecido esa comida?
La señora repuso:
-Monseñor, a fe que me ha placido mucho.
-Así me ayude Dios como lo creo -dijo el
caballero- y no me maravillo si muerto os ha gustado lo que vivo os
gustó más que cosa alguna.
La señora, esto oído, un poco se quedó
callada; luego dijo: -¿Cómo? ¿Qué es lo que me habéis dado a comer?
El caballero repuso:
-Lo que habéis comido ha sido
verdaderamente el corazón de micer Guiglielmo Guardastagno, a quien
como mujer desleal tanto amábais; y estad cierta de que ha sido eso
porque yo con estas manos se lo he arrancado del pecho.
La señora, oyendo esto de aquél a quien más
que a ninguna cosa amaba, si sintió dolor no hay que preguntarlo, y
luego de un poco dijo:
-Habéis hecho lo que cumple a un caballero
desleal y malvado; que si yo, no forzándome él, le había hecho señor
de mi amor y a vos ultrajado con esto, no él sino yo era quien debía
sufrir el castigo. Pero no plazca a Dios que sobre una comida tan
noble como ha sido la del corazón de un tan valeroso y cortés
caballero como micer Guiglielmo Guardastagno fue, nunca caiga otra
comida. Y poniéndose en pie, por una ventana que detrás de ella
estaba, sin dudarlo un momento, se arrojó. La ventana estaba muy
alta; por lo que al caer la señora no solamente se mató, sino que se
hizo pedazos. Micer Guiglielmo, viendo esto, mucho se turbó, y le
pareció haber hecho mal; y temiendo a los campesinos y al conde de
Provenza , haciendo ensillar los caballos, se fue de allí. A la
mañana siguiente fue sabido por toda la comarca cómo había sucedido
aquello: por lo que, por los del castillo de micer Guiglielmo
Guardastagno y por los del castillo de la señora, con grandísimo
dolor y llanto fueron los dos cuerpos recogidos y en la iglesia del
mismo castillo de la señora puestos en una misma sepultura, y sobre
ella escritos versos diciendo quiénes eran los que dentro estaban
sepultados, y el modo y la razón de su muerte .
NOVELA DÉCIMA
La mujer de un médico, teniéndole por
muerto, mete a su amante narcotizado en un arcón que, con él dentro,
se llevan dos usureros a su casa; al recobrar el sentido, es
apresado por ladrón; la criada de la señora cuenta a la señoría que
ella lo había puesto en el arcón robado por los usureros, con lo que
se salva de la horca, y los prestamistas por haber robado el arca
son condenados a pagar una multa.
Solamente a Dioneo, habiendo ya terminado
el rey su relato, quedaba por cumplir su labor; el cual,
conociéndolo y siéndole ya ordenado por el rey, comenzó:
Las desdichas de los infelices amantes aquí
contadas, no sólo a vosotras, señoras, sino también a mí me han
entristecido los ojos y el pecho, por lo que sumamente he deseado
que se terminase con ellas. Ahora, alabado sea Dios, que han
terminado (salvo si yo quisiera a esta malvada mercancía añadir un
mal empalme, de lo que Dios me libre), sin seguir más adelante en
tan dolorosa materia, una más alegre y mejor comenzaré, tal vez
sirviendo de buena orientación a lo que en la siguiente jornada debe
contarse. Debéis, pues, saber, hermosísimas jóvenes, que todavía no
hace mucho tiempo hubo en Salerno un grandísimo médico cirujano cuyo
nombre fue maestro Mazzeo de la Montagna , el cual, ya cerca de sus
últimos años, habiendo tomado por mujer a una hermosa y noble joven
de su ciudad, de lujosos vestidos y ricos y de otras joyas y de todo
lo que a una mujer puede placer más, la tenía abastecida; es verdad
que ella la mayor parte del tiempo estaba resfriada, como quien en
la cama no estaba por el marido bien cubierta. El cual, como micer
Ricciardo de Chínzica, de quien hemos hablado, a la suya enseñaba
las fiestas y los ayunos, éste a ella le explicaba que por acostarse
con una mujer una vez tenía necesidad de descanso no sé cuántos
días, y otras chanzas; con lo que ella vivía muy descontenta, y como
prudente y de ánimo valeroso, para poder ahorrarle trabajos al de la
casa se dispuso a echarse a la calle y a desgastar a alguien ajeno,
y habiendo mirado a muchos y muchos jóvenes, al fin uno le llegó al
alma, en el que puso toda su esperanza, todo su ánimo y todo su
bien. Lo que, advirtiéndolo el joven y gustándole mucho,
semejantemente a ella volvió todo su amor. Se llamaba éste Ruggeri
de los Aieroli, noble de nacimiento pero de mala vida y de
reprobable estado hasta el punto de que ni pariente ni amigo le
quedaba que le quisiera bien o que quisiera verle, y por todo
Salerno se le culpaba de latrocinios y de otras vilísimas maldades;
de lo que poco se preocupó la mujer, gustándole por otras cosas. Y
con una criada suya tanto lo preparó, que estuvieron juntos; y luego
de que algún placer disfrutaron, la mujer le comenzó a reprochar su
vida pasada y a rogarle que, por amor de ella, de aquellas cosas se
apartase; y para darle ocasión de hacerlo empezó a proporcionarle
cuándo una cantidad de dineros y cuándo otra. Y de esta manera,
persistiendo juntos asaz discretamente, sucedió que al médico le
pusieron entre las manos un enfermo que tenía dañada una de las
piernas, al cual mal habiendo visto el maestro, dijo a sus parientes
que, si un hueso podrido que tenía en la pierna no se le extraía,
con certeza tendría aquél o que cortarse toda la pierna o que
morirse; y si le sacaba el hueso podía curarse, pero que si no se le
daba por muerto, él no lo recibiría; con lo que, poniéndose de
acuerdo todos los de su parentela, así se lo entregaron. El médico,
juzgando que el enfermo sin ser narcotizado no soportaría el dolor
ni se dejaría intervenir, debiendo esperar hasta el atardecer para
aquel servicio, hizo por la mañana destilar de cierto compuesto suyo
una agua que debía dormirle tanto cuanto él creía que iba a hacerlo
sufrir al curarlo; y haciéndola traer a casa en una ventanica de su
alcoba la puso, sin decir a nadie lo que era. Venida la hora del
crepúsculo, debiendo el maestro ir con aquél, le llegó un mensaje de
ciertos muy grandes amigos suyos de Amalfi de que por nada dejase de
ir incontinenti allí, porque había habido una gran riña y muchos
habían sido heridos. El médico, dejando para la mañana siguiente la
cura de la pierna, subiendo a una barquita, se fue a Amalfi; por lo
cual la mujer, sabiendo que por la noche no debía volver a casa,
ocultamente como acostumbraba, hizo venir a Ruggeri y en su alcoba
lo metió, y lo cerró dentro hasta que algunas otras personas de la
casa se fueran a dormir. Quedándose, pues, Ruggeri en la alcoba y
esperando a la señora, teniendo (o por trabajos sufridos durante el
día o por comidas saladas que hubiera comido, o tal vez por
costumbre) una grandísima sed, vino a ver en la ventana aquella
garrafita del agua que el médico había hecho para el enfermo, y
creyéndola agua de beber, llevándosela a la boca, toda la bebió; y
no había pasado mucho cuando le dio un gran sueño y se durmió.
La mujer, lo antes que pudo se vino a su
alcoba y, encontrando a Ruggeri dormido, empezó a sacudirlo y a
decirle en voz baja que se pusiese en pie, pero como si nada: no
respondía ni se movía un punto; por lo que la mujer, algo enfadada,
con más fuerza lo sacudió, diciendo: -Levántate, dormilón, que si
querías dormir, donde debías ir es a tu casa y no venir aquí.
Ruggeri, así empujado, se cayó al suelo desde un arcón sobre el que
estaba y no dio ninguna señal de vida, sino la que hubiera dado un
cuerpo muerto; con lo que la mujer, un tanto asustada, empezó a
querer levantarlo y menearlo más fuerte y a cogerlo por la nariz y a
tirarle de la barba, pero no servía de nada: había atado el asno a
una buena clavija . Por lo que la señora empezó a temer que
estuviera muerto, pero aun así le empezó a pellizcar agriamente las
carnes y a quemarlo con una vela encendida; por lo que ella, que no
era médica aunque médico fuese el marido, sin falta lo creyó muerto,
por lo que, amándolo sobre todas las cosas como hacía, si sintió
dolor no hay que preguntárselo, y no atreviéndose a hacer ruido,
calladamente, sobre él comenzó a llorar y a dolerse de tal
desventura. Pero luego de un tanto, temiendo añadir la deshonra a su
desgracia, pensó que sin ninguna tardanza debía encontrar el modo de
sacarlo de casa muerto como estaba, y ni en esto sabiendo
determinarse, ocultamente llamó a su criada, y mostrándole su
desgracia, le pidió consejo.
La criada, maravillándose mucho y
meneándolo también ella y empujándolo, y viéndolo sin sentido, dijo
lo mismo que decía la señora, es decir, que verdaderamente estaba
muerto, y aconsejó que lo sacasen de casa.
A lo que la señora dijo:
-¿Y dónde podremos ponerlo que no se
sospeche mañana cuando sea visto que de aquí dentro ha sido sacado?
A lo que la criada contestó:
-Señora, esta tarde ya de noche he visto,
apoyada en la tienda del carpintero vecino nuestro, un arca no
demasiado grande que, si el maestro no la ha metido en casa, será
muy a propósito lo que necesitamos porque dentro podemos meterlo, y
darle dos o tres cuchilladas y dejarlo. Quien lo encuentre allí, no
sé por qué más de aquí dentro que de otra parte vaya a creer que lo
hayan llevado; antes se creerá, como ha sido tan malvado, que, yendo
a cometer alguna fechoría, por alguno de sus enemigos ha sido
muerto, luego metido en el arca.
Plugo a la señora el consejo de la criada,
salvo en lo de hacerle algunas heridas, diciendo que no podría por
nada del mundo sufrir que aquello se hiciese; y la mandó a ver si
estaba allí el arca donde la había visto, y ella volvió y dijo que
sí. La criada, entonces, que joven y gallarda era, ayudada por la
señora, se echó a las espaldas a Ruggeri y yendo la señora por
delante para mirar si venía alguien, llegadas al arca, lo metieron
dentro y, volviéndola a cerrar, se fueron.
Habían, hacía unos días más o menos, venido
a vivir a una casa dos jóvenes que prestaban a usura, y deseosos de
ganar mucho y de gastar poco, teniendo necesidad de muebles, el día
antes habían visto aquella arca y convenido que si por la noche
seguía allí se la llevarían a su casa. Y llegada la medianoche,
salidos de casa, encontrándola, sin entrar en miramientos,
prestamente, aunque pesadita les pareciese, se la llevaron a casa y
la dejaron junto a una alcoba donde sus mujeres dormían, sin
cuidarse de colocarla bien entonces; y dejándola allí, se fueron a
dormir.
Ruggeri, que había dormido un grandísimo
rato y ya había digerido el bebedizo y agotado su virtud cerca de
maitines se despertó; y al quedar el sueño roto y recuperar sus
sentidos el poder, sin embargo le quedó en el cerebro una
estupefacción que no solamente aquella noche sino después algunos
días lo tuvo aturdido; y abriendo los ojos y no viendo nada, y
extendiendo las manos acá y allá, encontrándose en esta arca,
comenzó a devanarse los sesos y a decirse:
-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Estoy dormido
o despierto? Me acuerdo que esta noche he entrado en la alcoba de mi
señora y ahora me parece estar en un arca. ¿Qué quiere decir esto?
¿Habrá vuelto el médico o sucedido otro accidente por lo cual la
señora, mientras yo dormía, me ha escondido aquí? Eso creo, y seguro
que así habrá sido.
Y por ello, comenzó a estarse quieto y a
escuchar si oía alguna cosa, y estando así un gran rato, estando más
bien a disgusto en el arca, que era pequeña, y doliéndole el costado
sobre el que se apoyaba, queriendo volverse del otro lado, tan
hábilmente lo hizo que, dando con los riñones contra uno de los
lados del arca, que no estaba colocada sobre un piso nivelado, la
hizo torcerse y luego caer; y al caer hizo un gran ruido, por lo que
las mujeres que allí al lado dormían se despertaron y sintieron
miedo, y por miedo se callaban. Ruggeri, por el caer del arca temió
mucho, pero notándola abierta con la caída, quiso mejor, si otra
cosa no sucedía, estar fuera que quedarse dentro. Y entre que él no
sabía dónde estaba y una cosa y la otra, comenzó a andar a tientas
por la casa, por ver si encontraba escalera o puerta por donde irse.
Cuyo tantear sintiendo las mujeres, que despiertas estaban,
comenzaron a decir: -¿Quién hay ahí?
Ruggeri, no conociendo la voz, no
respondía, por lo que las mujeres comenzaron a llamar a los dos
jóvenes, los cuales, porque habían velado hasta tarde, dormían
profundamente y nada de estas cosas sentían. Con lo que las mujeres,
más asustadas, levantándose y asomándose a las ventanas, comenzaron
a gritar:
-¡Al ladrón, al ladrón!
Por la cual cosa, por varios lugares muchos
de los vecinos, quién arriba por los tejados, quién por una parte y
quién por otra, corrieron a entrar en la casa, y los jóvenes
semejantemente, despertándose con este ruido, se levantaron. Y a
Ruggeri, el cual viéndose allí, como por el asombro fuera de sí, y
sin poder ver de qué lado podría escaparse, pronto le echaron mano
los guardias del rector de la ciudad, que ya habían corrido allí al
ruido, y llevándolo ante el rector, porque por malvadísimo era
tenido por todos, sin demora dándole tormento, confesó que en la
casa de los prestamistas había entrado para robar; por lo que el
rector pensó que sin mucha espera debía colgarlo.
Se corrió por la mañana por todo Salerno la
noticia de que Ruggeri había sido preso robando en casa de los
prestamistas, lo que la señora y su criada oyendo, de tan grande y
rara maravilla fueron presa que cerca estaban de hacerse creer a sí
mismas que lo que habían hecho la noche anterior no lo habían hecho,
sino que habían soñado hacerlo; y además de ello, del peligro en que
Ruggeri estaba la señora sentía tal dolor que casi se volvía loca.
No poco después de mediada tercia, habiendo
retornado el médico de Amalfi, preguntó qué había sido de su agua,
porque quería darla a su enfermo; y encontrándose la garrafa vacía
hizo un gran alboroto diciendo que nada en su casa podía durar en su
sitio.
La señora, que por otro dolor estaba
azuzada, repuso airada diciendo: -¿Qué haríais vos, maestro, por una
cosa importante, cuando por una garrafita de agua vertida hacéis
tanto alboroto? ¿Es que no hay más en el mundo?
A quien el maestro dijo:
-Mujer, te crees que era agua clara; no es
así, sino que era un agua preparada para hacer dormir. Y le contó la
razón por la que la había hecho.
Cuando la señora oyó esto, se convenció de
que Ruggeri se la había bebido y por ello les había parecido muerto,
y dijo:
-Maestro, nosotras no lo sabíamos, así que
haceos otra.
El maestro, viendo que de otro modo no
podía ser, hizo hacer otra nueva. Poco después, la criada, que por
orden de la señora había ido a saber lo que se decía de Ruggeri,
volvió y le dijo: -Señora, de Ruggeri todos hablan mal y, por lo que
yo he podido oír, ni amigo ni pariente alguno hay que para ayudarlo
se haya levantado o quiera levantarse; y se tiene por seguro que
mañana el magistrado lo hará colgar. Y además de esto, voy a
contaros una cosa curiosa, que me parece haber entendido cómo llegó
a casa del prestamista; y oíd cómo. Bien conocéis al carpintero
junto a quien estaba el arca donde le metimos: éste estaba hace poco
con uno, de quien parece que era el arca, en la mayor riña del
mundo, porque aquél le pedía los dineros por su arca, y el maestro
respondía que él no había visto el arca, pues le había sido robada
por la noche; al que aquél decía: «No es así sino que la has vendido
a los dos jóvenes prestamistas, como ellos me dijeron cuando la vi
en su casa cuando fue apresado Ruggeri». A quien el carpintero dijo:
«Mienten ellos porque nunca se la he vendido, sino que la noche
pasada me la habrán robado; vamos a donde ellos». Y así se fueron,
de acuerdo, a casa de los prestamistas y yo me vine aquí, y como
podéis ver, entiendo que de tal guisa Ruggeri, adonde fue encontrado
fue transportado; pero cómo resucitó allí no puedo entenderlo.
La señora, entonces, comprendiendo
óptimamente cómo había sido, dijo a la criada lo que había oído al
médico, y le rogó que para salvar a Ruggeri la ayudase, como quien,
si quería, en un mismo punto podía salvar a Ruggeri y proteger su
honor.
La criada dijo:
-Señora, decidme cómo, que yo haré
cualquier cosa de buena gana. La señora, como a quien le apretaban
los zapatos, con rápida determinación habiendo pensado qué había de
hacerse, ordenadamente informó de ello a la criada. La cual,
primeramente fue al médico, y llorando comenzó a decirle:
-Señor, tengo que pediros perdón de una
gran falta que he cometido contra vos. Dijo el médico:
-¿Y de cuál?
Y la criada, no dejando de llorar, dijo:
-Señor, sabéis quién es el joven Ruggeri de
los Aieroli, quien, gustándole yo, entre amenazas y amor me condujo
hogaño a ser su amiga: y sabiendo ayer tarde que vos no estabais,
tanto me cortejó que a vuestra casa en mi alcoba a dormir conmigo lo
traje, y teniendo él sed y no teniendo yo dónde ir antes a por agua
o a por vino, no queriendo que vuestra mujer, que en la sala estaba,
me viera, acordándome de que en vuestra alcoba una garrafita de agua
había visto, corrí a por ella y se la di a beber, y volví a poner la
garrafa donde la había cogido; de lo que he visto que vos en casa
gran alboroto habéis hecho. Y en verdad confieso que hice mal, pero
¿quién hay que alguna vez no haga mal? Siento mucho haberlo hecho;
sobre todo porque por ello y por lo que luego se siguió de ello,
Ruggeri está a punto de perder la vida, por lo que os ruego, por lo
que más queráis, que me perdonéis y me deis licencia para que me
vaya a ayudar a Ruggeri en lo que pueda.
El médico, al oír esto, a pesar de la saña
que tuviese, repuso bromeando: -Tú ya te has impuesto penitencia tú
misma porque cuando creíste tener esta noche a un joven que muy bien
te sacudiera el polvo, lo que tuviste fue a un dormilón: y por ello
vete a procurar la salvación de tu amante, y de ahora en adelante
guárdate de traerlo a casa porque lo pagarás por esta vez y por la
otra. Pareciéndole a la criada que buena pieza había logrado al
primer golpe, lo antes que pudo se fue a la prisión donde Ruggeri
estaba, y tanto lisonjeó al carcelero que la dejó hablar a Ruggeri.
La cual, después de que lo hubo informado de lo que responder debía
al magistrado para poder salvarse, tanto hizo que llegó ante el
magistrado. El cual, antes de consentir en oírla, como la viese
fresca y gallarda, quiso enganchar una vez con el garfio a la
pobrecilla cristiana; y ella, para ser mejor escuchada, no le hizo
ascos; y levantándose de la molienda, dijo:
-Señor, tenéis aquí a Ruggeri de los
Aieroli preso por ladrón, y no es eso verdad. Y empezando por el
principio le contó la historia hasta el fin de cómo ella, su amiga,
a casa del médico lo había llevado y cómo le había dado a beber el
agua del narcótico, no sabiendo que lo era, y cómo por muerto lo
había metido en el arca; y después de esto, lo que entre el maestro
carpintero y el dueño del arca había oído decir, mostrándole con
aquello cómo a casa de los prestamistas había llegado Ruggeri. El
magistrado, viendo que fácil cosa era comprobar si era verdad
aquello, primero preguntó al médico si era verdad lo del agua, y vio
que había sido así; y luego, haciendo llamar al carpintero y a quien
era el dueño del arca y a los prestamistas, luego de muchas
historias vio que los prestamistas la noche anterior habían robado
el arca y se la habían llevado a casa. Por último, mandó a por
Ruggeri y preguntándole dónde se había albergado la noche antes,
repuso que dónde se había albergado no lo sabía, pero que bien se
acordaba que había ido a albergarse con la criada del maestro
Maezzo, de cuya alcoba había bebido agua porque tenía mucha sed;
pero que dónde había estado después, salvo cuando despertándose en
casa de los prestamistas se había encontrado dentro de un arca, no
lo sabía. El magistrado, oyendo estas cosas y divirtiéndose mucho
con ellas, a la criada y a Ruggeri y al carpintero y a los
prestamistas las hizo repetir muchas veces. Al final, conociendo que
Ruggeri era inocente, condenando a los prestamistas que robado
habían el arca a pagar diez onzas , puso en libertad a Ruggeri; lo
cual, cuánto gustó a éste, nadie lo pregunte: y a su señora gustó
desmesuradamente. La cual, luego, junto con él y con la querida
criada que había querido darle de cuchilladas, muchas veces se rió y
se divirtió, continuando su amor y su solaz siempre de bien en
mejor; como querría que me sucediese a mí, pero no que me metieran
dentro de un arca.
Si las primeras historias los pechos de las
anhelantes señoras habían entristecido, esta última de Dioneo las
hizo reír tanto, y especialmente cuando dijo que el magistrado había
enganchado el garfio, que pudieron sentirse recompensadas de las
tristezas sentidas con las otras. Pero viendo el rey que el sol
comenzaba a ponerse amarillo y que era llegado el término de su
señorío, con muy placenteras palabras se excusó con las hermosas
señoras de lo que había hecho; es decir, de haber hecho hablar de un
asunto tan cruel como es el de la infelicidad de los amantes, y
hecha la excusa se levantó y de la cabeza se quitó el laurel y,
esperando las señoras a ver a quién iba a ponérselo, placenteramente
sobre la cabeza rubísima de Fiameta lo puso, diciendo:
-Te pongo esta corona como a quien, mejor
que ninguna otra, de la dura jornada de hoy con la de mañana sabrás
consolar a estas compañeras nuestras.
Fiameta, cuyos cabellos eran crespos,
largos y de oro, y sobre los cándidos y delicados hombros le caían,
y el rostro redondito con un verdadero color de blancos lirios y de
bermejas rosas mezclados todo esplendoroso, con dos ojos en la cara
que parecían de un halcón peregrino y con una boquita pequeñita
cuyos labios parecían dos pequeños rubíes, sonriendo contestó:
-Filostrato, yo la acepto de buena gana, y para que mejor veas lo
que has hecho, desde ahora mando y ordeno que todos se preparen para
contar mañana lo que a algún amante, luego de algunos duros o
desventurados accidentes, le hubiera sucedido de feliz.
La cual proposición plugo a todos; y ella,
haciendo venir al senescal y habiendo dispuesto con él las cosas
necesarias, a toda la compañía, levantándose, hasta la hora de la
cena dio alegremente licencia. Ellos, pues, parte por el jardín,
cuya hermosura no era de las que cansa pronto, y parte por los
molinos que fuera de él daban vueltas, y quién por aquí y quién por
allí, a gustar según los distintos apetitos diversos deleites se
dieron hasta la hora de la cena. Venida la cual, recogiéndose todos,
como tenían por costumbre, junto a la hermosa fuente, a bailar y a
cantar se pusieron, y dirigiendo Filomena la danza, dijo la reina:
-Filostrato, yo no pretendo apartarme de
mis predecesores, sino, como ellos han hecho, entiendo que
obedeciéndome se cante una canción; y porque estoy cierta de que tus
canciones son como tus novelas, para no tener más días turbados con
tus infortunios, queremos que una nos cantes como más te plazca.
Filostrato repuso que de grado, y sin demora comenzó a cantar de tal
guisa:
- Con lágrimas demuestro
- cuánta amargura siente, y qué dolor,
- el traicionado corazón, Amor.
- Amor, amor, cuando primeramente
- pusiste en él a quien me mueve al llanto
- sin esperar salud,
- tan llena la mostraste de virtud
- que leve yo creí cualquier quebranto
- que embargase mi mente,
- ya mártir y doliente
- por causa tuya, pero bien mi error
- conozco ahora, y no sin gran dolor.
- Me ha mostrado mi engaño
- el verme abandonado por aquella
- en quien sólo esperaba:
- que cuando, triste, yo creí que estaba
- más en su gracia y la servía a ella,
- sin pensar en el daño
- que sentiría hogaño,
- vi que la calidad de otro amador
- dentro acogía y yo perdí el favor.
- Cuando me vi por ella desdeñado
- nació en mi corazón el doloroso
- llanto que lloro ahora;
- y mucho he maldecido el día y la hora
- en que primero vi el rostro amoroso
- de alba belleza ornado
- y muy mucho infamado,
- mi confianza, esperanza y ardor
- va maldiciendo mi alma en su dolor.
- Cuán sin consuelo sea mi quebranto,
- señor, puedes sentirlo, pues te llamo
- con voz que se lamenta
- y te digo que tanto me atormenta
- que por menor martirio muerte clamo:
- venga, y la vida tanto
- anegada en su llanto
- termine con su golpe, y mi furor
- a donde vaya sentiré menor.
- Ni otro camino ni otra salvación
- le queda sino muerte a mí afligida
- vida: dámela, Amor,
- pronto y con ella acaba mi amargor
- y al corazón despoja de tal vida.
- ¡Hazlo, ay, que sin razón
- se me ha quitado mi consolación!
- Hazla feliz con mi muerte, señor,
- como la has hecho con nuevo amador.
- Balada mía, si otros no te aprenden
- me da igual, porque no sabrá la gente
- igual que yo cantarte;
- un trabajo tan sólo quiero darte
- a Amor encuentra, a él tan solamente
- cuánto me es enojosa
- esta vida angustiosa
- di claramente, y ruega que a mejor
- puesto la lleve para hacerse honor.
Demostraron las palabras de esta canción
asaz claramente cuál era el ánimo de Filostrato, y la ocasión; y tal
vez más declarado lo habría el aspecto de tal señora que estaba
danzando, si las tinieblas de la llegada noche el rubor de su rostro
no hubieran escondido. Pero luego de que él la hubo puesto fin,
muchos otros cantares hubo hasta que llegó la hora de irse a dormir;
por lo que, mandándolo la reina, cada uno en su cámara se recogió.
TERMINA LA CUARTA JORNADA
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