| TERCERA
JORNADA COMIENZA LA TERCERA JORNADA
DEL DECAMERÓN, EN LA QUE SE HABLA, BAJO EL GOBIERNO DE NEIFILE,
SOBRE ALGUIEN QUE HUBIERA CONSEGUIDO CON INDUSTRIA ALGUNA COSA MUY
DESEADA O ALGUNA PERDIDA RECUPERASE.
La aurora empezaba ya a convertirse de
bermeja en anaranjada por la aproximación del sol cuando el domingo,
levantada la reina y hecho levantar a su compañía, y habiendo
mandado ya el senescal buen espacio por delante al lugar donde
debían ir muchas de las cosas oportunas y quien allí preparase lo
que era necesario, viendo ya a la reina en camino, prestamente
haciendo cargar todas las demás cosas, como si de allí levantasen el
campo, se fue con los bagajes, dejando a los sirvientes junto a las
señoras y los señores. La reina, pues, con lento paso, acompañada y
seguida por sus damas y los tres jóvenes, guiada por el canto de
quién sabe si veinte ruiseñores y otros tantos pájaros, por un
sendero no muy frecuentado mas lleno de verdes hierbecillas y de
flores que al sol que llegaba todas empezaban a abrirse, tomó el
camino hacia occidente, y charlando y bromeando y riendo con su
compañía, sin haber andado más de dos mil pasos, bastante antes de
que mediada la hora de tercia estuviese, a una hermosísima y rica
mansión que un tanto levantada sobre el suelo en un cerro estaba,
les hubo conducido . Entrados en la cual y andando por todas partes,
y habiendo visto las grandes salas, las limpias y adornadas alcobas
debidamente abastecidas de todo lo que a una alcoba corresponde,
sumamente la alabaron y reputaron a su dueño por magnífico; después,
bajando abajo, y viendo el amplísimo y alegre patio, las bodegas
llenas de óptimos vinos y el agua fresquísima y abundante que de
allí manaba, más aún lo alabaron. De allí, como deseosos de reposo
en una galería desde donde todo el patio se señoreaba, estando todas
las cosas llenas de las flores que el tiempo daba y de ramas,
sentándose, vino el discreto senescal y con exquisitos dulces y
óptimos vinos los recibió y confortó. Después de lo cual, haciendo
abrir un jardín contiguo al palacio, allí, que estaba todo cercado
por un muro, entraron; y pareciéndoles a primera vista de
maravillosa belleza todo el conjunto, más atentamente empezaron a
mirar sus partes. Tenía a su alrededor y por la mitad en bastantes
partes paseos amplísimos, rectos como caminos y cubiertos por un
emparrado que gran aspecto tenía de ir aquel año a dar muchas uvas;
y todo florido entonces esparcía tan gran olor que, mezclado con el
de muchas otras cosas que por el jardín olían, les parecía estar
entre todos los aromas nacidos en el oriente. Los lados de los
cuales paseos todos por rosales blancos y bermejos y por jazmines
estaban casi cubiertos; por las cuales cosas, no ya de mañana sino
cuando el sol estuviese más alto, bajo olorosas y deleitables
sombras, sin ser tocado por él, se podía andar por ellos. Cuántas y
cuáles y cómo estaban ordenadas las plantas que había en aquel lugar
sería largo de contar; pero no hay ninguna estimable que en nuestro
clima se dé, que no hubiese allí abundantemente. En mitad del cual,
lo que no es menos digno de lo que otra cosa que allí hubiera sino
mucho más, había un prado de menudísima hierba y tan verde que casi
parecía negra, pintado todo de mil variedades de flores, cercado en
torno por verdísimos y erguidos naranjos y por cedros, los cuales,
teniendo frutos, los viejos y los nuevos, flores todavía, no
solamente con sombra amable a los ojos sino también al olfato
lisonjeaban. En medio del tal prado había una fuente de mármol
blanquísimo y con maravillosas figuras esculpidas; allí dentro, no
sé si natural o artificiosa, por una estatua que sobre una columna
en el medio de aquélla estaba en pie, arrojaba tanta agua y tan alta
hacia el cielo (que luego no sin deleitable sonido sobre la
clarísima fuente volvía a caer) que hubiera hecho mover al menos un
molino. La que después (aquella, digo, que sobrepasaba el borde de
la fuente) por vía oculta salía del pradecillo y por canalillos asaz
bellos y artificiosamente hechos, fuera de aquello haciéndose ya
manifiesta, todo lo rodeaba; y allí por canalillos semejantes por
todas las partes del jardín discurría, recogiéndose últimamente en
una parte por donde había salido del hermoso jardín y de allí,
descendiendo clarísima hacia el llano antes de llegar a él, con
grandísima fuerza y con no poca utilidad para su dueño, hacía dar
vueltas a dos molinos. Al ver este jardín, su bello orden, las
plantas y la fuente con los arroyuelos procedentes de ella, tanto
agradó a todas las mujeres y a los tres jóvenes, que todos
comenzaron a afirmar que, si se pudiera hacer un paraíso en la
tierra, no sabrían qué otra forma sino aquella del jardín pudiera
dársele, ni pensar, además de aquéllas, qué belleza podría
añadírsele. Paseando, pues, contentísimos por allí, haciéndose
bellísimas guirnaldas de varias ramas de árboles, oyendo siempre
unos veinte modos de cantos de pájaros como si contendiesen el uno
con el otro en el cantar, se apercibieron de una deleitosa belleza
de que, sorprendidos por las demás, no se habían todavía apercibido:
vieron que el jardín estaba lleno de cien especies de hermosos
animales, y enseñándoselos uno al otro, de una parte salir conejos,
por otra correr liebres, y dónde yacer cabritillos, y en algunas
estar paciendo cervatillos vieron; y además de éstos, otras muchas
clases de animales inofensivos, cada uno a su agrado, como
domesticados, ir recreándose; las cuales cosas, a los otros
placeres, mucho mayor placer sumaron.
Pero luego de que mucho hubieron andado,
viendo ora esta cosa ora aquélla, habiendo hecho poner las mesas
alrededor de la hermosa fuente, y cantando allí primero seis
cancioncillas y danzando algunos bailes, cuando agradó a la reina se
pusieron a comer, y servidos con grandísimo y bueno y reposado
orden, y con buenas y delicadas viandas, más alegres se levantaron y
a las tonadas y a los cantos y a los bailes volvieron a darse hasta
que a la reina, por el calor que había sobrevenido, pareció hora de
que a quien le agradase, se fuera a acostar. Y algunos se fueron y
algunos, vencidos por la belleza del lugar, irse no quisieron; sino
que quedándose allí, quién a leer libros de caballerías, quién a
jugar al ajedrez y quién a las tablas , mientras los otros dormían,
se dedicaron.
Pero luego de que pasó la hora de nona,
todos se levantaron y, habiéndose refrescado el rostro con la fresca
agua, en el prado, como plugo a la reina, viniendo cerca de la
fuente, y en él según la manera acostumbrada sentándose, se pusieron
a esperar contar sus historias sobre la materia propuesta por la
reina. De los que el primero a quien la reina dio el encargo fue a
Filostrato, que comenzó de esta guisa:
NOVELA PRIMERA
Masetto de Lamporecchio se hace el mudo y
entra como hortelano en un monasterio de mujeres, que porfían en
acostarse con él.
Hermosísimas señoras, bastantes hombres y
mujeres hay que son tan necios que creen demasiado confiadamente que
cuando a una joven se le ponen en la cabeza las tocas blancas y
sobre los hombros se le echa la cogulla negra, que deja de ser mujer
y ya no siente los femeninos apetitos, como si se la hubiese
convertido en piedra al hacerla monja; y si por acaso algo oyen
contra esa creencia suya, tanto se enojan cuanto si se hubiera
cometido un grandísimo y criminal pecado contra natura, no pensando
ni teniéndose en consideración a sí mismos, a quienes la plena
libertad de hacer lo que quieran no puede saciar, ni tampoco al gran
poder del ocio y la soledad. Y semejantemente hay todavía muchos que
creen demasiado confiadamente que la azada y la pala y las comidas
bastas y las incomodidades quitan por completo a los labradores los
apetitos concupiscentes y los hacen bastísimos de inteligencia y
astucia. Pero cuán engañados están cuantos así creen me complace
(puesto que la reina me lo ha mandado, sin salirme de lo propuesto
por ella) demostraros más claramente con una pequeña historieta. En
esta comarca nuestra hubo y todavía hay un monasterio de mujeres,
muy famoso por su santidad, que no nombraré por no disminuir en nada
su fama; en el cual, no hace mucho tiempo, no habiendo entonces más
que ocho señoras con una abadesa, y todas jóvenes, había un buen
hombrecillo hortelano de un hermosísimo jardín suyo que, no
contentándose con el salario, pidiendo la cuenta al mayordomo de las
monjas, a Lamporecchio, de donde era, se volvió. Allí, entre los
demás que alegremente le recibieron, había un joven labrador fuerte
y robusto, y para villano hermoso en su persona, cuyo nombre era
Masetto; y le preguntó dónde había estado tanto tiempo. El buen
hombre, que se llamaba Nuto, se lo dijo; al cual, Masetto le
preguntó a qué atendía en el monasterio. Al que Nuto repuso: -Yo
trabajaba en un jardín suyo hermoso y grande, y además de esto, iba
alguna vez al bosque por leña, traía agua y hacía otros tales
servicios; pero las señoras me daban tan poco salario que apenas
podía pagarme los zapatos. Y además de esto, son todas jóvenes y
parece que tienen el diablo en el cuerpo, que no se hace nada a su
gusto; así, cuando yo trabajaba alguna vez en el huerto, una decía:
«Pon esto aquí», y la otra: «Pon aquí aquello» y otra me quitaba la
azada de la mano y decía: «Esto no está bien»; y me daba tanto
coraje que dejaba el laboreo y me iba del huerto, así que, entre por
una cosa y la otra, no quise estarme más y me he venido. Y me pidió
su mayordomo, cuando me vine, que si tenía alguien a mano que
entendiera en aquello, que se lo mandase, y se lo prometí, pero así
le guarde Dios los riñones que ni buscaré ni le mandaré a nadie.
A Masetto, oyendo las palabras de Nuto, le
vino al ánimo un deseo tan grande de estar con estas monjas que todo
se derretía comprendiendo por las palabras de Nuto que podría
conseguir algo de lo que deseaba. Y considerando que no lo
conseguiría si decía algo a Nuto, le dijo: -¡Ah, qué bien has hecho
en venirte! ¿Qué es un hombre entre mujeres? Mejor estaría con
diablos: de siete veces seis no saben lo que ellas mismas quieren.
Pero luego, terminada su conversación,
empezó Masetto a pensar qué camino debía seguir para poder estar con
ellas; y conociendo que sabía hacer bien los trabajos que Nuto
hacía, no temió perderlo por aquello, pero temió no ser admitido
porque era demasiado joven y aparente. Por lo que, dando vueltas a
muchas cosas, pensó:
«El lugar es bastante alejado de aquí y
nadie me conoce allí, si sé fingir que soy mudo, por cierto que me
admitirán».
Y deteniéndose en aquel pensamiento, con
una segur al hombro, sin decir a nadie adónde fuese, a guisa de un
hombre pobre se fue al monasterio; donde, llegado, entró dentro y
por ventura encontró al mayordomo en el patio, a quien, haciendo
gestos como hacen los mudos, mostró que le pedía de comer por amor
de Dios y que él, si lo necesitaba, le partiría la leña. El
mayordomo le dio de comer de buena gana; y luego de ello le puso
delante de algunos troncos que Nuto no había podido partir, los que
éste, que era fortísimo, en un momento hizo pedazos. El mayordomo,
que necesitaba ir al bosque, lo llevó consigo y allí le hizo cortar
leña; después de lo que, poniéndole el asno delante, por señas le
dio a entender que lo llevase a casa. Él lo hizo muy bien, por lo
que el mayordomo, haciéndole hacer ciertos trabajos que le eran
necesarios, más días quiso tenerlo; de los cuales sucedió que un día
la abadesa lo vio, y preguntó al mayordomo quién era. El cual le
dijo:
-Señora, es un pobre hombre mudo y sordo,
que vino uno de estos días a por limosna, así que le he hecho un
favor y le he hecho hacer bastantes cosas de que había necesidad. Si
supiese labrar un huerto y quisiera quedarse, creo estaríamos bien
servidos, porque él lo necesita y es fuerte y se podría hacer de él
lo que se quisiera; y además de esto no tendríais que preocuparos de
que gastase bromas a vuestras jóvenes. Al que dijo la abadesa:
-Por Dios que dices verdad: entérate si
sabe labrar e ingéniate en retenerlo; dale unos pares de escarpines,
algún capisayo viejo, y halágalo, hazle mimos, dale bien de comer.
El mayordomo dijo que lo haría. Masetto no estaba muy lejos, pero
fingiendo barrer el patio oía todas estas palabras y se decía:
«Si me metéis ahí dentro, os labraré el
huerto tan bien como nunca os fue labrado.» Ahora, habiendo el
mayordomo visto que sabía óptimamente labrar y preguntándole por
señas si quería quedarse aquí, y éste por señas respondiéndole que
quería hacer lo que él quisiese, habiéndolo admitido, le mandó que
labrase el huerto y le enseñó lo que tenía que hacer; luego se fue a
otros asuntos del monasterio y lo dejó. El cual, labrando un día
tras otro, las monjas empezaron a molestarle y a ponerlo en
canciones, como muchas veces sucede que otros hacen a los mudos, y
le decían las palabras más malvadas del mundo no creyendo ser oídas
por él; y la abadesa que tal vez juzgaba que él tan sin cola estaba
como sin habla, de ello poco o nada se preocupaba. Pero sucedió que
habiendo trabajado un día mucho y estando descansando, dos monjas
que andaban por el jardín se acercaron a donde estaba, y empezaron a
mirarle mientras él fingía dormir. Por lo que una de ellas, que era
algo más decidida, dijo a la otra: -Si creyese que me guardabas el
secreto te diría un pensamiento que he tenido muchas veces, que tal
vez a ti también podría agradarte.
La otra repuso:
-Habla con confianza, que por cierto no lo
diré nunca a nadie. Entonces la decidida comenzó:
-No sé si has pensado cuán estrictamente
vivimos y que aquí nunca ha entrado un hombre sino el mayordomo, que
es viejo, y este mudo: y muchas veces he oído decir a muchas mujeres
que han venido a vernos que todas las dulzuras del mundo son una
broma con relación a aquella de unirse la mujer al hombre. Por lo
que muchas veces me ha venido al ánimo, puesto que con otro no
puedo, probar con este mudo si es así, y éste es lo mejor del mundo
para ello porque, aunque quisiera, no podría ni sabría contarlo; ya
ves que es un mozo tonto, más crecido que con juicio. Con gusto oiré
lo que te parece de esto. -¡Ay! -dijo la otra-, ¿qué es lo que
dices? ¿No sabes que hemos prometido nuestra virginidad a Dios?
-¡Oh! -dijo ella-, ¡cuántas cosas se le prometen todos los días de
las que no se cumple ninguna! ¡Si se lo hemos prometido, que sea
otra u otras quienes cumplan la promesa! A lo que la compañera dijo:
-Y si nos quedásemos grávidas, ¿qué iba a
pasar?
Entonces aquélla dijo:
-Empiezas a pensar en el mal antes de que
te llegue; si sucediere, entonces pensaremos en ello: podrían
hacerse mil cosas de manera que nunca se sepa, siempre que nosotras
mismas no lo digamos. Esta, oyendo esto, teniendo más ganas que la
otra de probar qué animal era el hombre, dijo: -Pues bien, ¿qué
haremos?
A quien aquélla repuso:
-Ves que va a ser nona; creo que las sores
están todas durmiendo menos nosotras; miremos por el huerto a ver si
hay alguien, y si no hay nadie, ¿qué vamos a hacer sino cogerlo de
la mano y llevarlo a la cabaña donde se refugia cuando llueve, y
allí una se queda dentro con él y la otra hace guardia? Es tan tonto
que se acomodará a lo que queremos.
Masetto oía todo este razonamiento, y
dispuesto a obedecer, no esperaba sino ser tomado por una de ellas.
Ellas, mirando bien por todas partes y viendo que desde ninguna
podían ser vistas, aproximándose la que había iniciado la
conversación a Masetto, le despertó y él incontinenti se puso en
pie; por lo que ella con gestos halagadores le cogió de la mano, y
él dando sus tontas risotadas, lo llevó a la cabaña, donde Masetto,
sin hacerse mucho rogar hizo lo que ella quería. La cual, como leal
compañera, habiendo obtenido lo que quería, dejó el lugar a la otra,
y Masetto, siempre mostrándose simple, hacía lo que ellas querían;
por lo que antes de irse de allí, más de una vez quiso cada una
probar cómo cabalgaba el mudo, y luego, hablando entre ellas muchas
veces, decían que en verdad aquello era tan dulce cosa, y más, como
habían oído; y buscando los momentos oportunos, con el mudo iban a
juguetear. Sucedió un día que una compañera suya, desde una ventana
de su celda se apercibió del tejemaneje y se lo enseñó a otras dos;
y primero tomaron la decisión de acusarlas a la abadesa, pero
después, cambiando de parecer y puestas de acuerdo con aquéllas, en
participantes con ellas se convirtieron del poder de Masetto; a las
cuales, las otras tres, por diversos accidentes, hicieron compañía
en varias ocasiones. Por último, la abadesa, que todavía no se había
dado cuenta de estas cosas, paseando un día sola por el jardín,
siendo grande el calor, se encontró a Masetto (el cual con poco
trabajo se cansaba durante el día por el demasiado cabalgar de la
noche) que se había dormido echado a la sombra de un almendro, y
habiéndole el viento levantado las ropas, todo al descubierto
estaba. Lo cual mirando la señora y viéndose sola, cayó en aquel
mismo apetito en que habían caído sus monjitas; y despertando a
Masetto, a su alcoba se lo llevó, donde varios días, con gran
quejumbre de las monjas porque el hortelano no venía a labrar el
huerto, lo tuvo, probando y volviendo a probar aquella dulzura que
antes solía censurar ante las otras. Por último, mandándole de su
alcoba a la habitación de él y requiriéndole con mucha frecuencia y
queriendo de él más de una parte, no pudiendo Masetto satisfacer a
tantas, pensó que de su mudez si duraba más podría venirle gran
daño; y por ello una noche, estando con la abadesa, roto el
frenillo, empezó a decir: -Señora, he oído que un gallo basta a diez
gallinas, pero que diez hombres pueden mal y con trabajo satisfacer
a una mujer, y yo que tengo que servir a nueve; en lo que por nada
del mundo podré aguantarlo, pues que he venido a tal, por lo que
hasta ahora he hecho, que no puedo hacer ni poco ni mucho; y por
ello, o me dejáis irme con Dios o le encontráis un arreglo a esto.
La señora, oyendo hablar a este a quien tenía por mudo, toda se
pasmó, y dijo: -¿Qué es esto? Creía que eras mudo.
-Señora -dijo Masetto-, sí lo era pero no
de nacimiento, sino por una enfermedad que me quitó el habla, y por
primera vez esta noche siento que me ha sido restituida, por lo que
alabo a Dios cuanto puedo. La señora lo creyó y le preguntó qué
quería decir aquello de que a nueve tenía que servir. Masetto le
dijo lo que pasaba, lo que oyendo la abadesa, se dio cuenta de que
no había monja que no fuese mucho más sabia que ella; por lo que,
como discreta, sin dejar irse a Masetto, se dispuso a llegar con sus
monjas a un entendimiento en estos asuntos, para que por Masetto no
fuese vituperado el monasterio. Y habiendo por aquellos días muerto
el mayordomo, de común acuerdo, haciéndose manifiesto en todas lo
que a espaldas de todas se había estado haciendo, con placer de
Masetto hicieron de manera que las gentes de los alrededores
creyeran que por sus oraciones y por los méritos del santo a quien
estaba dedicado el monasterio, a Masetto, que había sido mudo largo
tiempo, le había sido restituida el habla, y le hicieron mayordomo;
y de tal modo se repartieron sus trabajos que pudo soportarlos. Y en
ellos bastantes monaguillos engendró pero con tal discreción se
procedió en esto que nada llegó a saberse hasta después de la muerte
de la abadesa, estando ya Masetto viejo y deseoso de volver rico a
su casa; lo que, cuando se supo, fácilmente lo consiguió. Así, pues,
Masetto, viejo, padre y rico, sin tener el trabajo de alimentar a
sus hijos ni pagar sus gastos, por su astucia habiendo sabido bien
proveer a su juventud, al lugar de donde había salido con una segur
al hombro, volvió, afirmando que así trataba Cristo a quien le ponía
los cuernos sobre la guirnalda.
NOVELA SEGUNDA
Un palafrenero yace con la mujer del rey
Agilulfo, de lo que Agilulfo sin decir nada se apercibe, lo
encuentra y le corta el pelo; el tonsurado a todos los demás tonsura
y así se salva de lo que le amenaza.
Habiendo llegado el fin de la historia de
Filostrato, con la que algún veces se habían sonrojado un poco las
señoras y algunas otras se habían reído, plugo a la reina que
Pampínea siguiese novelando; la cual, comenzando con sonriente
gesto, dijo:
Hay algunos tan poco discretos al querer
mostrar que conocen y sienten lo que no les conviene saber, que
algunas veces con esto, al castigar las desapercibidas faltas de
otros, creen que su vergüenza menguan cuando por el contrario la
acrecientan infinitamente; y que esto es verdad, por medio de su
contrario, mostrándoos la astucia de alguien quizá tenido por de
menos valor que Masetto contra la prudencia de un valeroso rey,
lindas señoras, entiendo que será demostrado por mí. Agilulfo, rey
de los longobardos, así como sus predecesores habían hecho, en
Pavia, ciudad de la Lombardía, estableció la sede de su reino,
habiendo tomado por mujer a Teudelinga, que había quedado viuda de
Auttari, que también había sido rey de los longobardos, la cual era
hermosísima mujer, muy sabía y honesta, pero desventurada en amores
. Y estando por el valor y el juicio de este rey Agilulfo las cosas
de los longobardos prósperas y en paz, sucedió que un palafrenero de
dicha reina, hombre de vilísima condición por su nacimiento pero por
otras cosas mucho mejor de lo que correspondía a tal vil menester, y
en su persona hermoso y alto como era el rey, se enamoró
desmesuradamente de la reina; y porque su bajo estado no le quitaba
la comprensión de que este amor suyo estaba fuera de toda
conveniencia, como sabio, a nadie lo descubría, ni aun en la mirada
se atrevía a descubrirlo. Y aunque sin ninguna esperanza viviese de
poder agradarla nunca, se gloriaba consigo sin embargo de haber
puesto sus pensamientos en alta parte; y como quien todo ardía en
amoroso fuego, diligentemente hacía, más que cualquier otro de sus
compañeros, todas las cosas que debían agradar a la reina. Por lo
que sucedía que la reina, cuando tenía que montar a caballo, con más
gusto cabalgaba en el palafrén cuidado por éste que por algún otro;
lo que, cuando sucedía, éste se lo tomaba como grandísimo favor, y
nunca del estribo se le apartaba, teniéndose por feliz sólo con
poder tocarle las ropas. Pero como vemos suceder con mucha
frecuencia que cuanto disminuye la esperanza, tanto se hace mayor el
amor, así sucedía con el pobre palafrenero, mientras dolorosísimo le
era poder soportar el gran deseo tan ocultamente como lo hacía, no
siendo ayudado por ninguna esperanza; y muchas veces, no pudiendo
desligarse de este amor, deliberó morir.
Y pensando de este modo, tomó el partido de
querer recibir esta muerte por alguna cosa por la que le pareciese
que moría por el amor que a la reina había tenido y tenía; y esta
cosa se propuso que fuera tal que en ella tentase la fortuna de
poder en todo o en parte conseguir su deseo. Y no se dio a decir
palabras a la reina o a por cartas hacerle saber su amor, que sabía
que en vano diría o escribiría, sino a querer probar si con astucia
podría acostarse con la reina; y no otra astucia ni vía había sino
encontrar el modo de que, como si fuese el rey, que sabía que no se
acostaba con ella de continuo, pudiera llegar a ella y entrar en su
cámara. Por lo que, para ver en qué manera y qué hábito el rey,
cuando iba a estar con ella, iba, muchas veces por la noche en una
gran sala del palacio del rey, que estaba en medio entre la cámara
del rey y de la reina, se escondió; y una noche entre otras, vio al
rey salir de su cámara envuelto en un gran manto y tener en una mano
una pequeña antorcha encendida y en la otra una varita, e ir a la
cámara de la reina y, sin decir nada, golpear una vez o dos la
puerta de la cámara con aquella varita, e incontinenti serle abierto
y quitarle de la mano la antorcha. La cual cosa vista, y
semejantemente viéndolo retornar, pensó que debía hacer él otro
tanto; y encontrando modo de tener un manto semejante a aquel que
había visto al rey y una antorcha y estaca, y lavándose primero bien
en un caldero, para que no fuese a molestar a la reina el olor del
estiércol y la hiciese darse cuenta del engaño, con estas cosas,
como acostumbraba, en la gran sala se escondió. Y sintiendo que ya
en todas partes dormían, y pareciéndole tiempo o de dar efecto a su
deseo o de hacer camino con alta razón a la deseada muerte, haciendo
con la piedra y el eslabón que había llevado consigo un poco de
fuego, encendió su antorcha, y oculto y envuelto en el manto se fue
a la puerta de la cámara y dos veces la golpeó con la varita. La
cámara por una camarera toda somnolienta fue abierta y la luz cogida
y ocultada; donde él, sin decir cosa alguna, pasado dentro de la
cortina y dejado el manto, se metió en 1a cama donde la reina
dormía. Y tomándola deseosamente en brazos, mostrándose airado
porque sabía que era costumbre del rey que no quería oír ninguna
cosa cuando airado estaba, muchas veces carnalmente conoció a la
reina.
Y aunque doloroso le pareciese partir,
temiendo que la demasiada demora le fuese ocasión de convertir en
tristeza el deleite tenido, se levantó y tomando su manto y la luz,
sin decir nada se fue, y lo antes que pudo se volvió a su cama. Y
apenas podía estar en ella cuando el rey, levantándose, se fue la
cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho; y habiendo él
entrado en el lecho y saludándola alegremente, ella, de su alegría
tomando valor, dijo:
-Oh, señor mío, ¿qué novedad hay esta
noche? Os habéis partido de muy poco ha, y más de lo acostumbrado
habéis tomado placer de mí, ¿y tan pronto volvéis a empezar? Cuidaos
de lo que hacéis. El rey, al oír estas palabras, súbitamente
presumió que la reina, por la semejanza de las costumbres y de la
persona había sido engañada, pero, como sabio, súbitamente pensó
(pues vio que la reina no se había dado cuenta ni nadie más) que no
quería hacerla caer en la cuenta; lo que muchos necios no hubieran
hecho, sino que habrían dicho: «No he sido yo; ¿quién fue quien
estuvo aquí?, ¿cómo fue?, ¿quién ha venido?». De lo que habrían
nacido muchas cosas por las que sin razón habrían contristado a la
señora y dado materia de desear otra vez lo que ya había sentido; y
aquello, que callándolo no podía traerle ninguna vergüenza,
diciéndolo le habría traído vituperio Le contestó entonces el rey,
más en el pensamiento que en el rostro o las palabras airado:
-Señora, ¿no os parezco hombre de poder
haber estado otra vez y volver además ésta? A lo que la dama
contestó:
-Señor mío, sí, pero yo os ruego que miréis
por vuestra salud. Entonces el rey dijo:
-Y que me place seguir vuestro consejo, y
esta vez sin daros más empacho voy a volverme. Y teniendo ya el
ánimo lleno de ira y de rencor por lo que veía que le habían hecho,
volviendo a tomar su manto se fue de la cámara y quiso encontrar
silenciosamente quién había hecho aquello, imaginando que debía ser
de la casa, y que cualquiera que fuese no habría podido salir de
ella. Cogiendo, pues, una pequeñísima luz en una linternilla se fue
a una larguísima habitación que en su palacio había sobre las
cuadras de los caballos, en la cual casi toda su servidumbre dormía
en diversas camas; y juzgando que a quienquiera que hubiese hecho
aquello que la dama decía, no se le habría podido todavía reposar el
pulso y el latido del corazón por el prolongado afán, empezando por
uno de los extremos de la habitación, empezó a ir tocándoles el
pecho a todos, para saber si les latía el corazón con fuerza. Como
sucediese que todos dormían profundamente, el que con la reina había
estado no dormía todavía; por la cual cosa, viendo venir al rey y
dándose cuenta de lo que andaba buscando, fuertemente empezó a
temblar, tanto que el golpear del pecho que tenía por el cansancio
fue aumentado por el miedo; y dándose cuenta firmemente de que, si
el rey se apercibía de aquello, sin tardanza le haría morir. Y
aunque varias cosas que podría hacer le pasaron por la cabeza,
viendo sin embargo al rey sin ninguna arma, deliberó hacerse el
dormido y esperar lo que el rey hiciese. Habiendo, pues, el rey a
muchos buscado y no encontrando a ninguno a quien juzgase haber sido
aquél, llegó a éste, y notando que le latía fuertemente el corazón,
se dijo: «Este es aquél».
Pero como quien nada de lo que quería hacer
entendía que se supiese, no le hizo otra cosa sino que, con un par
de tijerillas que había llevado, le cortó un poco de uno de los
lados los cabellos, que en aquel tiempo se llevaban larguísimos,
para por aquella señal reconocerlo la mañana siguiente; y hecho
esto, se volvió a su cámara. Éste, que todo aquello había sentido,
como quien era malicioso, claramente se dio cuenta de por qué había
sido señalado; por lo que, sin esperar un momento, se levantó, y
encontrando un par de tijerillas, de las que por ventura había un
par en la cuadra para el servicio de los caballos, cautamente
dirigiéndose a cuantos en aquella habitación dormían, a todos de
manera igual sobre las orejas les cortó el pelo; y hecho esto, sin
que le oyeran, se volvió a dormir. El rey, levantado por la mañana,
mandó que, antes que las puertas del palacio se abriesen, toda su
servidumbre viniese ante él; y así se hizo. A todos los cuales,
estando delante de él sin nada en la cabeza, empezó a mirar para
reconocer al que él había tonsurado; y viendo a la mayoría de ellos
con los cabellos de un mismo modo cortados, se maravilló, y se dijo:
«Aquel a quien estoy buscando, aunque de
baja condición sea, bien muestra ser hombre de alto ingenio.»
Luego, viendo que sin divulgarlo no podía
encontrar al que buscaba, dispuesto a no querer por una pequeña
venganza cubrirse de gran vergüenza, sólo con unas palabras le plugo
amonestarlo y mostrarle que se había dado cuenta de lo ocurrido; y
volviéndose a todos, dijo: -Quien lo hizo que no lo haga más, e idos
con Dios.
Otro habría querido darle suplicio,
martirizarlo, interrogarle y preguntarle y al hacerlo habría
descubierto lo que cualquiera debe tratar de ocultar; y al ponerse
al descubierto, aunque se hubiera vengado cumplidamente, no menguado
sino mucho habría aumentado su vergüenza y manchado el honor de su
mujer. Los que aquellas palabras oyeron se maravillaron y largamente
dilucidaron entre sí qué habría querido decir el rey con aquello,
pero no hubo ninguno que lo entendiese sino sólo aquel a quien
tocaba. El cual, como sabio, nunca, en vida del rey lo descubrió, ni
nunca más su vida con tal acción fió a la fortuna.
NOVELA TERCERA
Bajo especie de confesión y de purísima
conciencia una señora enamorada de un joven induce a un grave
fraile, sin darse él cuenta, a hallar la manera de que el placer de
ella tuviese entero cumplimiento.
Callaba ya Pampínea, y ya la osadía y la
cautela del palafrenero había sido alabada por muchos de ellos, y
semejantemente el buen juicio del rey, cuando la reina, volviéndose
hacia Filomena, le ordenó continuar; por lo cual Filomena,
graciosamente comenzó a, hablar así: Yo entiendo contaros una burla
que fue muy justamente hecha por una hermosa señora a un grave
fraile, que tanto más a todo seglar agrada cuanto que éstos (la
mayoría estupidísimos y hombres de extrañas maneras y costumbres) se
creen que más que los otros en todas las cosas valen y saben, cuando
son de mucho menor valor, como quienes por vileza de ánimo, no
teniendo inventiva para sustentarse como los demás hombres, se
refugian donde puedan tener qué comer, como el puerco. La que, oh
amables señoras, os contaré no sólo por obedecer la orden impuesta
sino también para advertiros de que también los religiosos (a
quienes nosotras, sobremanera crédulas, demasiada fe prestamos)
pueden ser y son algunas veces, no ya por los hombres sino por
algunas de nosotras, sagazmente burlados. En nuestra ciudad, más
llena de engaños que de amor o lealtad, no hace todavía muchos años,
hubo una noble señora adornada de belleza y de costumbres, con
alteza de ánimo y con sutiles agudezas tan dotada como la que más
por la naturaleza, cuyo nombre (ni tampoco ninguno otro que
pertenezca a la presente historia) aunque yo lo sepa, no entiendo
descubrir porque todavía viven algunos que se llenarían por ello de
indignación cuando con risa se debe hablar de ello. Ésta, pues,
viéndose nacida de alto linaje y casada con un artesano lanero
porque era riquísimo, no pudiendo deponer el desdén de su ánimo
según el cual estimaba que ningún hombre de baja condición, por
riquísimo que fuese, era digno de mujer noble; y viéndole a él
además, con todas sus riquezas, no ser capaz de nada sino de saber
distinguir una mezcla o hacer urdir una tela o una hilandera
disputar sobre lo hilado, se propuso no querer de ninguna manera sus
abrazos sino cuando no pudiera negárselos, sino encontrar alguien a
su gusto que le pareciese más digno de ellos que el lanero.
Y enamoróse de un muy valeroso hombre y de
mediana edad tanto que, el día que no lo veía no podía pasar la
noche siguiente sin sentimiento; pero el hombre de pro, no dándose
cuenta de aquello, nada se preocupaba, y ella, que muy cauta era, ni
por embajada de ninguna mujer ni por carta osaba hacérselo saber,
temiendo que podrían sobrevenir posibles peligros. Y dándose cuenta
que aquél frecuentaba mucho a un religioso que, aunque fuera zopenco
y obtuso, no dejaba de tener fama entre todos de hombre de mucha
valía porque era de santísima vida, juzgó que aquél podía ser óptimo
intermediario entre ella y su amante. Y habiendo pensado qué le
convenía hacer, se fue a una hora oportuna a la iglesia donde él iba
y, haciéndole llamar, dijo que cuando le placiera, con él quería
confesarse. El fraile, viéndola y estimándola mujer de linaje, la
escuchó de buena gana, y ella después de la confesión dijo: -Padre
mío, necesito recurrir a vos por ayuda y por consejo en lo que vais
a oír. Yo sé, porque os lo he dicho, que conocéis a mis parientes y
a mi marido, por el cual soy amada más que su vida, y ninguna cosa
deseo que él, como hombre que es riquísimo y que puede bien hacerlo,
no lo adquiera incontinenti; por las cuales cosas más que a mí misma
le amo; y dejemos aparte que lo hiciese, pero si siquiera pensase
alguna cosa que contra su honor o gusto fuera, ninguna mujer
culpable sería más digna del fuego que yo. Ahora, uno de quien en
verdad no sé el nombre, pero que me parece persona de bien, y si no
estoy engañada os frecuenta mucho, apuesto y alto en la persona,
vestido de paños oscuros muy honrados , tal vez no percatándose de
que mi intención era tal como es, parece que me ha puesto sitio y no
puedo asomarme a puerta ni ventana ni salir de casa sin que él
incontinenti no se ponga delante; y me maravillo de que no esté aquí
ahora; de lo que mucho me duele, porque tales maneras hacen con
frecuencia a las damas honestas ser censuradas sin culpa. He tenido
en el ánimo hacérselo decir alguna vez a mis hermanos, pero luego he
pensado que los hombres hacen algunas veces las embajadas de manera
que las respuestas que se siguen son malas, de lo que nacen
palabras, y de las palabras se llega a las obras; por lo que, para
que daño y escándalo no se provocasen de ello, me lo he callado, y
deliberé decíroslo antes a vos que a otros, tanto porque me parece
que su amigo sois como también porque a vos os está bien de tales
cosas no ya a los amigos sino a los extraños reprender. Por lo que
os ruego en nombre de Dios que le reprendáis y roguéis que no siga
con estas costumbres. Hay bastantes mujeres que por ventura estarán
dispuestas a estas cosas y les agradará ser miradas y deseadas por
él, mientras a mí me es gravísima molestia, como que de ningún modo
tengo el ánimo dispuesto a tal materia.
Y dicho esto, como si lagrimear quisiese,
bajó la cabeza. El santo fraile comprendió en seguida que hablaba de
aquel de quien verdaderamente hablaba, y alabando mucho a la señora
por esta su buena disposición firmemente creyendo ser verdad lo que
decía, le prometió actuar así y de tal manera que por aquel tal no
sería molestada, y sabiendo que era muy rica, le alabó las obras de
caridad y las limosnas, contándole sus necesidades. A lo que la
señora dijo:
-Os lo ruego por Dios; y si lo negase,
decidle con firmeza que soy yo quien os ha dicho esto y a vos me he
dolido.
Y luego, hecha la confesión e impuesta la
penitencia, acordándose de los encomios hechos por el fraile a las
limosnas, llenándole ocultamente la mano de dineros, le rogó que
dijese misas por el alma de sus muertos; y levantándose de junto a
sus pies, se volvió a casa. A ver al santo fraile no después de
mucho tiempo, como acostumbraba vino el hombre de pro; al cual,
luego de que de una cosa y de otra hubieran hablado juntos durante
algún tiempo, llevándole aparte, con modos muy corteses le reprendió
la atención y las miradas que creía que dedicaba a aquella señora,
tal como ella le había explicado. El hombre de pro se maravilló,
como quien nunca la había mirado y rarísimas veces acostumbraba a
pasar por delante de su casa, y empezó a querer excusarse; pero el
fraile no le dejó hablar, sino que le dijo:
-Ahora, no finjas maravillarte ni gastes
palabras en negarlo, porque no puedes; no he sabido estas cosas por
los vecinos: ella misma, mucho quejándose de ti, me las ha dicho. Y
si a ti estas chanzas ya no te están bien, de ella te digo esto:
que, si jamás he encontrado alguna esquiva a estas tonterías, ella
es; y por ello, por tu honor y por tu tranquilidad, te ruego que te
retraigas y déjala estar en paz. El hombre de pro, más agudo que el
santo fraile, sin demasiada tardanza la argucia de la mujer
comprendió, y mostrando avergonzarse un tanto, dijo que no se
entrometería en aquello de allí en adelante; y separándose del
fraile, de su casa fue a la de la señora, la cual siempre estaba
asomada a una pequeña ventana por verlo si pasaba. Y viéndolo venir,
tan alegre y tan graciosa se le mostró que él asaz bien pudo
comprender que había la verdad entendido por las palabras del
fraile; y de aquel día en adelante, asaz cautamente, con placer suyo
y con grandísimo deleite y consuelo de la señora fingiendo que otro
asunto fuese el motivo, continuó pasando por aquel barrio.
Pero la señora después de algún tiempo, ya
convencida de que le gustaba tanto como él a ella, deseosa de
inflamarlo más y asegurarle del amor que le tenía, buscando el lugar
y el momento, al santo fraile volvió, y echándosele a los pies en la
iglesia, empezó a llorar. El fraile, viendo esto, le preguntó
compasivamente que qué novedad traía. La señora repuso:
-Padre mío, las noticias que traigo no son
sino de aquel maldito de Dios amigo vuestro de quien me he quejado a
vos hace unos días, porque creo que haya nacido para irritarme
grandemente y para hacerme hacer algo por lo que nunca podré ya
estar contenta ni me atreveré a ponerme aquí a vuestros pies.
-¡Cómo! -dijo el fraile-, ¿no ha dejado de molestarte?
-Cierto que no -dijo la señora-, pues desde
que me quejé a vos de ello, como por despecho, habiendo tomado sin
duda a mal que me haya quejado a vos, por una vez que pasaba, creo
que después ha pasado siete por allí. Y quisiera Dios que el pasar y
el mirarme le hubiera bastado; pero ha sido tan atrevido y tan
descarado que hasta ayer me mandó a una mujer a casa con noticias
suyas y con sus vanidades, y como si yo no tuviese escarcelas o
cintos me mandó una escarcela y un cinto, lo que he tomado y tomo
tan a mal que creo que si no hubiera pensado en el escándalo, y
también por vuestro amor, habría armado un zipizape; pero al fin me
he serenado y no he querido hacer ni decir nada sin hacéroslo saber
antes. Y además de esto, habiendo ya devuelto la escarcela y el
cinto a la mujercilla que los había traído, para que se los
devolviese, y habiéndola despedido de malos modos, temiendo que se
fuera a quedar con ellos y le dijera que yo los había aceptado, como
entiendo que hacen algunas veces, la volví a llamar y llena de enojo
se los quité de la mano y os los he traído a vos, para que se los
deis y le digáis que no tengo necesidad de sus cosas, porque, por
merced de Dios, y de mi marido, tengo tantas escarcelas y tantos
cintos que podría enterrarle con ellos. Y luego de esto, como ante
su padre me excuso ante vos de que si no se corrige, lo diré a mi
marido y a mis hermanos, y que suceda lo que sea; que más quiero que
él reciba injurias si debe recibirlas que ser difamada por su culpa;
¡y hermano, así está ello! Y dicho esto, siempre llorando
fuertemente, se sacó de debajo de la saya una preciosísima y rica
escarcela con un valioso y elegante cintillo y se la echó al fraile
en el regazo; el cual, totalmente creyendo lo que la señora le
decía, airado desmesuradamente lo tomó y dijo: -Hija, si de estas
cosas te enojas no me maravillo ni te reprendo por ello; sino que
mucho te alabo que sigas en esto mis consejos. Yo le reprendí el
otro día, y él mal ha cumplido lo que me prometió; por lo que, entre
aquello y esto que acaba de hacer entiendo tirarle de las orejas de
tal manera que no te moleste más; y tú, con la bendición de Dios, no
te dejes vencer tanto por la ira que vayas a decírselo a alguno de
los tuyos, que podría seguirse de ello mucho mal. Y no pienses que
de esto te va a venir ninguna calumnia, que yo seré siempre, ante
Dios y ante los hombres, firmísimo testigo de tu honestidad. La
señora fingió consolarse un tanto, y dejando esta conversación, como
quien su avaricia y la de los demás conocía, dijo:
-Señor, estas noches se me han aparecido
mucho mis padres en sueños y me parece que están en grandísimas
penas y lo que piden es limosnas, especialmente mi mamá, que me
parece tan afligida e infeliz que es una lástima verla; creo que
esté pasando grandísimos sufrimientos al verme en esta tribulación a
causa de ese enemigo de Dios, y por ello querría que me dijeseis por
sus almas las cuarenta misas gregorianas y vuestras oraciones, a fin
de que Dios los saque de aquel fuego atormentador. Y dicho esto, le
puso en la mano un florín. El santo fraile lo tomó alegremente, y
con buenas palabras y con muchos ejemplos alentó su devoción y
dándole su bendición la dejó irse. Y cuando se fue la señora, no
dándose cuenta que le había tomado el pelo, mandó a por su amigo; el
cual, venido y viéndole airado, se apercibió incontinenti de que
había noticias de la mujer, y esperó a ver qué decía el fraile. El
cual, repitiéndole las palabras que le había dicho otras veces y
hablándole ahora insultantemente y enojado, le reprendió mucho por
lo que le había dicho la señora que había hecho. El hombre de pro,
que todavía no veía adónde el fraile quería llegar, negaba con
bastante blandura que le hubiera mandado la escarcela y el cinto,
para que el padre no lo creyese, si por acaso la mujer se la hubiera
dado. Pero el padre, muy enfadado, dijo:
-¿Cómo puedes negarlo, mal hombre? Ahí lo
tienes, que ella misma llorando me lo ha traído: ¡mira a ver si lo
conoces!
El hombre de pro, haciendo como que se
avergonzaba mucho, dijo: -Claro que lo conozco, y os confieso que he
hecho mal; y os juro que, pues que en esa disposición la veo, que
nunca más oiréis una palabra de esto.
Ahora, las palabras fueron muchas: al
final, el borrego del fraile le dio la escarcela y el cintillo a su
amigo, y luego de mucho haberle adoctrinado y rogado que no se
ocupase más de aquellas cosas, y habiéndoselo él prometido, le dio
licencia. El hombre de pro, contentísimo de la certeza que tener le
parecía del amor de la mujer y del hermoso presente, cuando se
separó del fraile se fue a un lugar de donde cautamente hizo a su
señora ver que tenía la una y la otra cosa; de lo que la señora
estuvo muy contenta, y más aún porque le parecía que su invención
iba de bien en mejor. Y no esperando nada más ya, sino a que su
marido se fuese a cualquier parte, para finalizar su obra, sucedió
que, por alguna razón, no mucho después de esto tuvo el marido que
ir hasta Génova. Y en cuanto se hubo montado a caballo por la mañana
y puesto en camino, se fue la señora a donde el santo fraile, y
luego de muchas quejumbres, llorando, le dijo:
-Padre mío, ahora sí os digo que no puedo
aguantar más; pero porque el otro día os prometí que no haría nada
que antes no os dijese, he venido a excusarme con vos; y para que
creáis que tengo razón en llorar y quejarme, quiero deciros lo que
vuestro amigo, o diablo del infierno, me hizo esta mañana poco antes
de maitines. No sé qué mala suerte le hizo saber que mi marido se
fue ayer por la mañana a Génova; pero esta mañana, a la hora que os
he dicho, entró en un jardín mío y por un árbol subió hasta la
ventana de mi cámara, que da sobre el jardín; y ya había abierto la
ventana y quería entrar en la cámara cuando yo, despertándome, me
levanté de repente y me había dispuesto a gritar, y habría gritado a
no ser que él, que todavía dentro no estaba, me pidió merced por
Dios y por vos, diciéndome quién era; con lo que, al oírlo, por amor
vuestro me callé, y desnuda como nací corrí a cerrarle la ventana en
la cara, y él en mala hora creo que se fue, porque no lo sentí más.
Ahora, si esto es cosa que pueda aguantarse, decídmelo; en cuanto a
mí, no entiendo soportarle más pues por amor de vos ya le he sufrido
demasiadas. El fraile al oír esto se sintió lo más irritado del
mundo y no sabía qué decir sino que muchas veces le preguntó si
había visto bien que fuese él y no otro. A lo que la señora repuso:
-¡Alabado sea Dios, si no voy a distinguirle a él de cualquiera
otro! Digo que vi que fue él, y aunque lo negase él, no se lo
creáis.
Dijo entonces el fraile:
-Hija mía, no hay más que hablar, que esto
ha sido demasiado atrevimiento y una cosa demasiado mal hecha, e
hiciste lo que debías al echarlo de allí como hiciste. Pero te
ruego, puesto que Dios te libró del deshonor, que, así como has
seguido mi consejo dos veces seguidas, lo hagas esta vez, es decir,
que sin quejarte de ello a ninguno de tus parientes me dejes hacer a
mí, y ver si puedo ponerle freno a ese demonio desenfrenado que yo
creía que era un santo; y si puedo llegar a apartarle de esta
bestialidad, bien; y si no pudiera, desde ahora te doy permiso y mi
bendición para que hagas lo que en tu ánimo juzgues por bueno. -Pues
bien -dijo la señora-, por esta vez no quiero enfadaros ni
desobedeceros, pero haced de manera que se guarde de molestarme más,
y os prometo no volver a venir más por este asunto. Y sin decir más,
como enojada, se fue de donde el fraile. Y apenas había salido de la
iglesia la señora, cuando el hombre de pro llegó, y fue llamado por
el fraile; y llevándole aparte, le dijo los mayores insultos que
nunca se han dicho a un hombre, desleal y perjuro y traidor
llamándolo. Éste, que ya otras dos veces había visto lo que querían
decir los reproches de este fraile, escuchándole con atención e
ingeniándose con respuestas perplejas en hacerle hablar,
primeramente le dijo: -¿A qué viene este enojo, señor mío? ¿He
crucificado a Cristo? A lo que el fraile repuso:
-¡Mirad el desvergonzado, oíd lo que dice!
Habla ni más ni menos como si hubieran pasado un año o dos y el
tiempo le hubiera hecho olvidar sus ignominias y deshonestidad. ¿En
los instantes que han pasado desde los maitines de esta mañana se te
han ido de la cabeza las injurias que has hecho al prójimo? ¿Dónde
has estado poco antes del amanecer?
Respondió el hombre de pro:
-No sé dónde he estado; muy pronto os llega
el recadero.
-Es la verdad -dijo el fraile- que el
recadero ha venido: pienso que creíste que porque el marido no
estaba la noble señora iba a abrirte sus brazos incontinenti. ¡Ah,
qué lindo, qué hombre honrado! ¡Se ha hecho caminante nocturno,
abridor de jardines y escalador de árboles! ¿Crees que con tu osadía
vas a vencer la santidad de esta mujer que de noche te le subes a
las ventanas por los árboles? Nada hay en el mundo que la desagrade
tanto como tú; y tú no cejas. En verdad, dejemos que ella te lo ha
demostrado muchas veces, pero también con mis correcciones te has
enmendado mucho. Pero voy a decirte una cosa: hasta ahora, no por el
amor que te tenga, sino a instancias de mis ruegos ha callado lo que
le has hecho; pero no va a callarse más: le he dado permiso para
que, si la desagradas en algo más, haga lo que le parezca. ¿Y qué
harás si se lo dice a sus hermanos?
El hombre de pro, habiendo comprendido
suficientemente lo que le convenía, como mejor supo y pudo, con
muchas promesas tranquilizó al fraile; y despidiéndose de él, al
llegar maitines de la noche siguiente, entrando en el jardín y
subiendo por el árbol y hallando la ventana abierta, se metió en la
alcoba, y lo más pronto que pudo se echó en los brazos de su hermosa
señora. La cual, con grandísimo deseo habiéndolo esperado,
alegremente le recibió diciendo:
-Gracias sean dadas al señor fraile que tan
bien te enseñó el modo de venir. Y después, tomando placer el uno
del otro, hablando y riéndose mucho de la simplicidad del bruto
fraile, injuriando los copos de lana y los peines y las cardenchas,
juntos se solazaron con deleite. Y poniendo en orden sus asuntos, de
tal manera hicieron que, sin tener que recurrir de nuevo al señor
fraile, muchas otras noches con igual contento se reunieron; al que
pido a Dios por su santa misericordia que me lleve pronto a mí y a
todas las almas cristianas que lo deseen.
NOVELA CUARTA
Don Felice enseña al hermano Puccio cómo
ganar la bienaventuranza haciendo una penitencia que él conoce; la
que el hermano Puccio hace, y don Felice, mientras tanto, con la
mujer del hermano se divierte .
Luego de que Filomena, terminada su
historia, se calló, habiendo Dioneo con dulces palabras mucho
alabado el ingenio de la señora y también la plegaria hecha por
Filomena al terminar, la reina miró hacia Pánfilo sonriéndose y
dijo:
-Pues ahora, Pánfilo, alarga con alguna
cosilla placentera nuestro entretenimiento. Pánfilo prontamente
repuso que de buen grado, y comenzó:
Señora, bastantes personas hay que,
mientras se esfuerzan en ir al paraíso, sin darse cuenta a quien
mandan allí es a otro; lo que a una vecina nuestra, no hace todavía
mucho tiempo, tal como podréis oír, le sucedió.
Según he oído decir, vecino de San
Brancazio vivía un hombre bueno y rico que era llamado Puccio de
Rinieri, que luego, habiéndose entregado por completo a las cosas
espirituales, se hizo beato de esos de San Francisco y tomó el
nombre de hermano Puccio; y siguiendo su vida espiritual, como otra
familia no tenía sino su mujer y una criada, y no necesitaba
ocuparse en ningún oficio, iba mucho a la iglesia. Y porque era
hombre simple y de ruda índole, decía sus padrenuestros, iba a los
sermones, iba a las misas y nunca faltaba a las laúdes que cantaban
los seglares; y ayunaba y se disciplinaba, y se había corrido la voz
de que era de los flagelantes. La mujer, a quien llamaban señora
Isabetta, joven de sólo veintiocho o treinta años, fresca y hermosa
y redondita que parecía una manzana casolana , por la santidad del
marido y tal vez por la vejez estaba con mucha frecuencia a dietas
mucho más largas de lo que hubiera querido; y cuando hubiera querido
dormirse, o tal vez juguetear con él, él le contaba la vida de
Cristo o los sermones de fray Anastasio o el llanto de la Magdalena
u otras cosas semejantes. Volvió en estos tiempos de París un monje
llamado don Felice, del convento de San Brancazio, el cual bastante
joven y hermoso en su persona era, y de agudo ingenio y de profunda
ciencia, con el cual fray Puccio se ligó con estrecha amistad. Y
porque él todas sus dudas se las resolvía, y además, habiendo
conocido su condición, se le mostraba santísimo, empezó el hermano
Puccio a llevárselo algunas veces a casa y a darle de almorzar y
cenar, según venía al caso; y la mujer también, por amor de fray
Puccio, se había hecho a su compañía y de buen grado le hacía los
honores. Continuando, pues, el monje las visitas a casa de fray
Puccio y viendo a la mujer tan fresca y redondita, se dio cuenta de
cuál era la cosa de que más carecía; y pensó si no podría, por
quitarle trabajos a fray Puccio, suplírsela él. Y echándole miradas
una y otra vez, bien astutamente, tanto hizo que encendió en su
mente aquel mismo deseo que él tenía; de lo que habiéndose
apercibido el monje, lo antes que pudo habló con ella de sus deseos.
Pero aunque bien la encontrase dispuesta a rematar el asunto, no se
podía encontrar el modo, porque ella de ningún lugar del mundo se
fiaba para estar con el monje sino de su casa; y en su casa no se
podía porque el hermano Puccio no salía nunca de la ciudad. Por lo
que el monje tenía gran pesar; y luego de mucho se le ocurrió un
modo de poder estar con la mujer en su casa sin sospechas, aunque el
hermano Puccio allí estuviera. Y habiendo un día ido a estar con él
el hermano Puccio, le dijo así. -Ya me he dado cuenta muchas veces,
hermano Puccio, de que tu mayor deseo es llegar a ser santo, a lo
que me parece que vas por un camino demasiado largo cuando hay uno
que es muy corto, que el papa y sus otros prelados mayores, que lo
saben y lo ponen en práctica, no quieren que se divulgue porque el
orden clerical, que la mayoría vive de limosna, incontinenti sería
deshecho, como que los seglares dejarían de atenderle con limosnas y
otras cosas. Pero como eres amigo mío y me has honrado mucho, si yo
creyera que no vas a decírselo a nadie en el mundo, y quisieras
seguirlo, te lo enseñaría. El hermano Puccio, deseando aquella cosa,
primero empezó a rogarle con grandísimas instancias que se la
enseñase y luego a jurarle que jamás, sino cuando él quisiera, a
nadie lo diría, afirmando que si tal cosa era que pudiera seguirla,
se pondría a ello.
-Puesto que así me lo prometes -dijo el
monje- te la explicaré. Debes saber que los santos Doctores
sostienen que quien quiere llegar a bienaventurado debe hacer la
penitencia que vas a oír; pero entiéndelo bien: no digo que después
de la penitencia no seas tan pecador corno eres, pero sucederá que
los pecados que has hecho hasta la hora de la penitencia estarán
purgados y mediante ella perdonados y los que hagas después no se
escribirán para tu condenación sino que se irán con el agua bendita
como ahora hacen los veniales. Debe, pues, el hombre con gran
diligencia confesarse de sus pecados cuando va a comenzar la
penitencia, y luego de ello debe comenzar un ayuno y una abstinencia
grandísima, que conviene que dure cuarenta días, en los que no ya de
otra mujer sino de tocar la suya propia debe abstenerse. Y además de
esto, tienes que tener en tu propia casa algún sitio donde por la
noche puedas ver el cielo, y hacia la hora de completas irte a este
lugar; y tener allí una tabla muy ancha colocada de guisa que,
estando en pie, puedas apoyar los riñones en ella y, con los pies en
tierra, extender los brazos a guisa de crucifijo; y si los quieres
apoyar en alguna clavija puedes hacerlo; y de esta manera mirando el
cielo, estar sin moverte un punto hasta maitines. Y si fueses
letrado te convendría en este tiempo decir ciertas oraciones que voy
a darte; pero como no lo eres debes rezar trescientos padrenuestros
con trescientas avemarías y alabanzas a la Trinidad, y mirando al
cielo tener siempre en la memoria que Dios ha sido el creador del
cielo y de la tierra, y la pasión de Cristo estando de la misma
manera en que estuvo él en la cruz. Luego, al tocar maitines, puedes
si quieres irte, y así vestido echarte en la cama y dormir; y a la
mañana siguiente debes ir a la iglesia y oír allí por lo menos tres
misas y decir cincuenta padrenuestros con otras tantas avemarías y,
después de esto, con sencillez hacer algunos de tus negocios si
tienes alguno que hacer, y luego almorzar e ir después de vísperas a
la iglesia y decir ciertas oraciones que te daré escritas, sin las
que no se puede pasar, y luego a completas volver a lo antes dicho.
Y haciendo esto, como yo he hecho, espero que al terminar la
penitencia sentirás la maravillosa sensación de la beatitud eterna,
si la has hecho con devoción. El hermano Puccio dijo entonces:
-Esto no es cosa demasiado pesada ni
demasiado larga, y debe poderse hacer bastante bien; y por ello
quiero empezar el domingo en nombre de Dios.
Y separándose de él y yéndose a casa,
ordenadamente, con su licencia para hacerlo, a su mujer contó todo.
La mujer entendió demasiado bien, por aquello de estarse quieto
hasta la mañana sin moverse, lo que quería decir el monje, por lo
que, pareciéndole buen invento, le dijo que de esto y de cualquiera
otro bien que hiciese a su alma, estaba ella contenta; y que, para
que Dios hiciera su penitencia provechosa, quería con él ayunar,
pero hacer lo demás no.
Habiendo quedado, pues, de acuerdo, llegado
el domingo, el hermano Puccio empezó su penitencia, y el señor
fraile, habiéndose puesto de acuerdo con la mujer, a una hora en que
ser visto no podía, la mayoría de las noches venía a cenar con ella,
trayendo siempre con él buenos manjares y bebidas; luego, se
acostaba con ella hasta la hora de maitines, a la cual,
levantándose, se iba, y el hermano Puccio volvía a la cama. Estaba
el lugar que el hermano Puccio había elegido para cumplir su
penitencia junto a la alcoba donde se acostaba la mujer, y nada más
estaba separado de ella por una pared delgadísima; por lo que,
retozando el señor monje demasiado desbocadamente con la mujer y
ella con él, le pareció al hermano Puccio sentir un temblor del
suelo de la casa; por lo que, habiendo ya dicho cien de sus
padrenuestros, haciendo una pausa, llamó a la mujer sin moverse, y
le preguntó qué hacía. La mujer, que era ingeniosa, tal vez
cabalgando entonces en la bestia de San Benito o la de San Juan
Gualberto , respondió: -¡A fe, marido, que me meneo todo lo que
puedo!
Dijo entonces el hermano Puccio:
-¿Cómo que te meneas? ¿Qué quiere decir eso
de menearte?
La mujer, riéndose, porque aguda y valerosa
era, y porque tal vez tenía motivo de reírse, respondió: -¿Cómo no
sabéis lo que quiero decir? Pues yo lo he oído decir mil veces:
«Quien por la noche no cena, toda la noche se menea».
Se creyó el hermano Puccio que el ayuno,
que con él fingía hacer, fuese la razón de no poder dormir, y que
por ello se meneaba en la cama; por lo que, de buena fe, dijo:
-Mujer, ya te lo he dicho: «No ayunes»; pero puesto que lo has
querido hacer no pienses en ello; piensa en descansar; que das tales
vueltas en la cama que haces moverse todo. Dijo entonces la mujer:
-No os preocupéis, no; bien sé lo que me
hago; haced bien lo vuestro que yo haré bien lo mío si puedo. Se
calló entonces, pues, el hermano Puccio y volvió a sus
padrenuestros, y la mujer y el señor monje desde aquella noche en
adelante, haciendo colocar una cama en otra parte de la casa, allí
mientras duraba el tiempo de la penitencia del hermano Puccio con
grandísima fiesta se estaban; y a un tiempo se iba el monje y la
mujer volvía a su cama, y a los pocos instantes de su penitencia
venía a ella el hermano Puccio. Continuando, pues, en tal manera el
hermano la penitencia y la mujer con el monje su deleite, muchas
veces bromeando le dijo:
-Tú haces hacer una penitencia al hermano
Puccio que nos ha ganado a nosotros el paraíso. Y pareciéndole a la
mujer que le iba bien, tanto se aficionó a las comidas del monje,
que habiendo sido por el marido largamente tenida a dieta, aunque se
terminase la penitencia del hermano Puccio, encontró el modo de
alimentarse con él en otra parte, y con discreción mucho tiempo en
él tomó su placer. Por lo que, para que las últimas palabras no sean
discordantes de las primeras, sucedió que, con lo que el hermano
Puccio creyó que ganaba el paraíso haciendo penitencia, mandó allí
al monje (que antes le había enseñado el camino de ir) y a la mujer
que vivía con él en gran penuria de lo que el señor monje, como
misericordioso, le dio abundantemente.
NOVELA QUINTA
El Acicalado regala a micer Francesco
Vergellesi un palafrén suyo, y por ello habla a su mujer con su
permiso; y como ella calla, él se contesta como si fuera ella, y a
su respuesta le sigue el efecto consiguiente.
Había Pánfilo terminado la historia del
hermano Puccio, no sin risas de las señoras, cuando señorialmente la
reina mandó a Elisa que continuase; la cual, un sí es no es
desdeñosa no por malicia sino por hábito antiguo, así empezó a
hablar:
Muchos que mucho saben, se creen que otros
no saben nada, y ellos, muchas veces, mientras creen engañar a
otros, después conocen que han sido los engañados; por la cual cosa
reputo gran locura la de quien se pone sin necesidad de probar las
fuerzas del ingenio ajeno. Pero porque tal vez todos no serían de mi
opinión, lo que sucedió a un caballero pistoyés, siguiendo el orden
de los razonamientos, me place contaros:
Hubo en Pistoya en la familia de los
Vergellesi un caballero llamado micer Francesco , hombre muy rico y
sabio y precavido además, pero avarísimo sin mesura; el cual,
debiendo ir a Milán como podestá, de todas las cosas oportunas para
ir honradamente se había provisto, salvo de un palafrén que fuese
adecuadamente bueno para su rango; y no encontrando ninguno que le
agradase, estaba preocupado por ello. Había entonces un joven en
Pistoya cuyo nombre era Ricciardo, de bajo nacimiento pero muy rico,
que tan adornado y pulido iba en su persona, que era generalmente
llamado el Acicalado; y durante mucho tiempo había amado y cortejado
en vano a la mujer de micer Francesco, la cual era hermosísima y muy
honesta.
Pues éste tenía uno de los más bellos
palafrenes de Toscana, y lo tenía en mucho aprecio por su belleza; y
siendo público a todo el mundo que cortejaba a la mujer de micer
Francesco, hubo quien le dijo que si él se lo pidiese lo obtendría
por el amor que el tal Acicalado tenía a su mujer. Micer Francesco,
llevado por la avaricia, haciendo llamar al Acicalado le pidió que
vendiese su palafrén, para que el Acicalado se lo ofreciese como
presente. El Acicalado, al oír aquello, se puso contento, y
respondió al caballero:
-Micer, si me dieseis todo lo que tenéis en
el mundo no podríais comprarme mi palafrén; pero como don podríais
tenerlo cuando gustaseis con esta condición: que yo, antes de que lo
toméis, pueda, con vuestra venia y en vuestra presencia, decir
algunas palabras a vuestra mujer tan apartado de toda persona que no
sea oído más que por ella.
El caballero, llevado por la avaricia y
esperando poder burlarle, repuso que le placía, y que cuanto él
quisiese; y dejándolo en la sala de su palacio, se fue a la cámara
de la señora, y cuando le hubo dicho qué fácilmente podía ganar el
palafrén, le ordenó que viniera a oír al Acicalado, pero que se
guardase de contestarle poco ni mucho a nada que él le dijera. La
señora reprobó mucho aquello, pero como le convenía dar gusto al
marido, dijo que lo haría, y detrás del marido se fue a la sala a
oír lo que el Acicalado quisiera decirle. El cual habiendo
confirmado su pacto con el caballero, en una parte de la sala
bastante alejada de cualquier persona se sentó junto a la señora y
comenzó a hablar así: -Honrada señora, me parece ser cierto que sois
tan sabía, que muy bien, hace mucho tiempo, habréis podido
comprender a cuán grande amor me ha llevado a teneros vuestra
hermosura, que sin falta sobrepasa cualquiera otra que me haya
parecido ver. Dejo a un lado las costumbres loables y las singulares
virtudes que en vos hay, las cuales tendrían fuerza para apresar
cualquier alto ánimo de cualquier hombre; y por ello no es necesario
que os muestre con palabras que aquél ha sido el mayor y más
ferviente que jamás hombre alguno sintió hacia alguna mujer, y así
será sin falta mientras mi mísera vida sostenga estos miembros, y
más aún, que, si allí como aquí se ama, perpetuamente os amaré. Y
por ello podéis estar segura que nada tenéis, sea precioso o de poco
valor, que más vuestro podáis tener y en todo momento disponer de
ello como de mí, por lo que yo valga, y semejantemente de mis cosas.
Y para que tengáis certísima prueba de esto, os digo que reputaré
como la mayor gracia que cualquiera cosa que yo pudiera hacer y que
os pluguiese me mandaseis, que nada habrá que, mandándolo yo, todos
prestísimamente no me obedecieran. Por lo cual, si soy tan vuestro
como oís que lo soy, no osaré inmerecidamente elevar mis ruegos a
vuestra alteza, de la cual tan sólo toda mi paz, todo mi bien y mi
salud puede venirme, y no de otra parte: y así como humildísimo
servidor os ruego, caro bien mío y única esperanza de mi alma, que
esperando que el amoroso fuego en vos se alimente, que vuestra
benignidad sea tanta, y así ablande vuestra pasada dureza mostrada
hacia mí (que vuestro soy) que yo, reconfortado con vuestra piedad,
pueda decir que como de vuestra hermosura me he enamorado, por ella
he de tener la vida; la cual, si a mis ruegos el altanero ánimo
vuestro no se inclina, sin falta desfallecerá, y me moriré, y
podréis ser llamada homicida mía. Y dejemos que mi muerte no os
hiciese honor, no dejo de creer que, remordiéndoos alguna vez la
conciencia no os dolería haberlo hecho, y tal vez, mejor dispuesta,
con vos misma diríais: «¡Ah!, ¡qué mal hice al no tener misericordia
de mi Acicalado!». Y no sirviendo de nada este arrepentiros os sería
ocasión de mayor sufrimiento; por lo que, para que no suceda, ahora
que socorrerme podéis, tenedme lástima, y antes de que muera moveos
a tener misericordia de mí, porque en vos sola está el hacerme el
más feliz y el más doliente hombre que vive. Espero que sea tanta
vuestra cortesía que no sufráis que por tanto y tal amor reciba la
muerte por galardón, sino con alegre respuesta y llena de gracia
reconfortéis mis espíritus que todos espantados tiemblan ante
vuestra presencia.
Y callándose aquí, algunas lágrimas,
después de profundísimos suspiros, vertidas, se puso a esperar lo
que la noble señora le respondiera. La señora, a la cual el largo
cortejar, el justar, las serenatas y las demás cosas semejantes a
éstas hechas por amor suyo por el Acicalado no habían podido
conmover, conmovieron las afectuosas palabras dichas por el
ferventísimo amante, y comenzó a sentir lo que antes nunca había
sentido, esto es, qué era amor. Y aunque, por obedecer la orden dada
por el marido, callase, no pudo por ello dejar de esconder con algún
suspirillo lo que de buena gana, respondiendo al Acicalado, hubiera
puesto de manifiesto.
El Acicalado, habiendo esperado un tanto y
viendo que ninguna respuesta le seguía, se maravilló, y enseguida
empezó a darse cuenta del arte usada por el caballero; pero sin
embargo, mirándola a la cara y viendo algún fulgurar de sus ojos
hacia él algunas veces vueltos, y además de ello sintiendo los
suspiros que con toda la fuerza de su pecho dejaba salir, cobró
alguna esperanza y, ayudado por ella, tuvo una rara idea; y comenzó
como si fuera la señora, oyéndolo ella, a responderse a sí mismo de
tal guisa: -Acicalado mío, sin duda ha gran tiempo que me he
apercibido de que tu amor hacia mí es grandísimo y perfecto, y ahora
por tus palabras mayormente lo conozco, y estoy contenta, como debo.
Empero, si dura y cruel te he parecido, no quiero que creas que en
mi ánimo he sido como he mostrado en el gesto; pues siempre te he
amado y querido más que a cualquier hombre, pero me ha convenido
hacerlo así por miedo de los demás y por preservar mi fama de
honestidad. Pero ahora viene el tiempo en que podré claramente
mostrarte si te amo y concederte el galardón del amor que me has
tenido y me tienes; y por ello consuélate y ten esperanza porque
micer Francesco está por irse dentro de pocos días a Milán como
podestá, como sabes tú, que por amor mío le has donado tu hermoso
palafrén; y cuando se haya ido, sin falta te doy palabra, por el
buen amor que te tengo, que no pasarán muchos días sin que te reúnas
conmigo y a nuestro amor demos placentero y entero cumplimiento. Y
para que no te tenga otra vez que hablar de esta materia, desde
ahora te digo que el día en que veas dos paños de manos tendidos en
la ventana de mi alcoba, que da sobre nuestro jardín, aquella noche,
cuidando bien de no ser visto, ven a mí por la puerta del jardín: me
encontrarás allí esperándote y juntos tendremos toda la noche fiesta
y placer el uno con el otro tanto como deseemos.
Apenas había el Acicalado hablado así como
si fuera él la señora, cuando empezó a hablar por sí mismo, y
respondió así:
-Carísima señora, está por la
superabundante alegría de vuestra favorable respuesta tan colmada
toda mi virtud que apenas puedo formular la respuesta para rendiros
las debidas gracias, pero si pudiese hablar como deseo, ningún
término es tan largo que me bastase a poder agradeceros plenamente
como querría y como me convendría hacer; y por ello a vuestra
discreta consideración atañe conocer lo que yo, aunque lo desee, no
puedo explicar con palabras. Sólo os digo que lo que me habéis
ordenado pensaré en hacer sin falta, y tal vez entonces, más
tranquilizado con tan gran don como me habéis concedido, me
imaginaré cuanto pueda en daros las gracias mayores que pueda. Y
pues aquí no queda, al presente, nada que decir, carísima señora
mía, Dios os dé aquella alegría y bien que deseéis mayor, y a Dios
os encomiendo. A todo esto no dijo la señora una sola palabra; con
lo que el Acicalado se puso en pie y empezó a andar hacia el
caballero, el cual, viéndolo en pie, le salió al encuentro, y riendo
le dijo: -¿Qué te parece? ¿He cumplido bien mi promesa?
-Micer, no -repuso el Acicalado-, que me
prometisteis dejarme hablar con vuestra mujer y me habéis dejado
hablar con una estatua de mármol. Estas palabras agradaron mucho al
caballero, el cual, aunque ya tenía buena opinión de su mujer,
todavía la tuvo mejor por ellas; y dijo: -Ahora es bien mío el
palafrén que fue tuyo.
A lo que el Acicalado respondió:
-Micer, sí, pero si yo hubiera creído sacar
de esta gracia recibida de vos tal fruto como he sacado, sin
pedírosla os lo habría dado; y quisiera Dios que lo hubiera hecho,
porque vos habéis comprado el palafrén y yo no lo he vendido.
El caballero se rió de esto, y ya provisto
de palafrén, de allí a pocos días se puso en camino y hacia Milán se
fue como podestá. La mujer, quedándose libre en su casa, dándole
vueltas a las palabras del Acicalado y al amor que le tenía y al
palafrén que por su amor había regalado, y viéndolo desde su casa
pasar con mucha frecuencia, se dijo:
«¿Qué es lo que hago?, ¿por qué pierdo mi
juventud? Éste se ha ido a Milán y no volverá hasta dentro de seis
meses; ¿y cuándo me los devolverá?, ¿cuando sea vieja? Y además de
esto, ¿cuándo volveré a encontrar un amante como el Acicalado? Estoy
sola, de nadie tengo que temer; no sé porque no cojo el goce
mientras puedo; no siempre tendré la ocasión como la tengo ahora:
esto no lo sabrá nunca nadie, y si tuviera que saberse, mejor es
hacer algo y arrepentirse que no hacerlo y arrepentirse.» Y así
aconsejándose a sí misma, un día puso dos paños de manos en la
ventana del jardín, como le había dicho el Acicalado; los cuales
siendo vistos por el Acicalado, contentísimo, al venir la noche,
secretamente y solo se fue a la puerta del jardín de la señora y lo
encontró abierto; y de aquí se fue a otra puerta que daba a la
entrada de la casa, donde encontró a la noble señora que lo
esperaba. La cual, viéndole venir, levantándose a su encuentro, con
grandísima fiesta le recibió, y él, abrazándola y besándola cien mil
veces, por la escalera arriba la siguió; y sin ninguna tardanza
acostándose, los últimos términos del amor conocieron. Y no fue esta
vez la última, aunque fuese la primera: porque mientras el caballero
estuvo en Milán, y también después de su vuelta, volvió allí, con
grandísimo placer de cada una de las partes, el Acicalado muchas
otras veces.
NOVELA SEXTA
Ricciardo Minútolo ama a la mujer de
Filippello Sighinolfo, a la que advirtiendo celosa y diciéndole que
Filippello al día siguiente va a reunirse con su mujer en unos
baños, la hace ir allí y, creyendo que ha estado con el marido se
encuentra con que con Ricciardo ha estado.
Nada más quedaba por decir a Elisa cuando,
alabada la sagacidad de Acicalado, la reina impuso a Fiameta que
procediese con una, y ella, toda sonriente, repuso: -Señora, de buen
grado.
Y comenzó:
Algo conviene salir de nuestra ciudad, que
tanto como es copiosa en otras cosas lo es en ejemplos de toda
clase, y como Elisa ha hecho, algo de las cosas que por el mundo han
sucedido contar, y por ello, pasando a Nápoles, cómo una de estas
beatas que se muestran tan esquivas al amor fue por el ingenio de su
amante llevada a sentir los frutos del amor antes de que hubiese
conocido las flores ; lo que a un tiempo os recomendará cautela en
las cosas que puedan sobreveniros y os deleitará con las sucedidas.
En Nápoles, ciudad antiquísima y tal vez tan deleitable, o más, que
alguna otra en Italia, hubo un joven preclaro por la nobleza de su
sangre y espléndido por sus muchas riquezas, cuyo nombre fue
Ricciardo Minútolo , el cual, a pesar de que por mujer tenía a una
hermosísima y graciosa joven, se enamoró de una que, según la
opinión de todos, en mucho sobrepasaba en hermosura a todas las
demás damas napolitanas, y era llamada Catella , mujer de un joven
igualmente noble llamado Filippello Sighinolfo , al Cual ella,
honestísima, más que a nada amaba y tenía en aprecio. Amando, pues,
Ricciardo Minútolo a esta Catella y poniendo en obra todas aquellas
cosas por las cuales la gracia y el amor de una mujer deben poder
conquistarse, y con todo ello no pudiendo llegar a nada de lo que
deseaba, se desesperaba, y del amor no sabiendo o no pudiendo
desenlazarse, ni sabía morir ni le aprovechaba vivir. Y en tal
disposición estando, sucedió que por las mujeres que eran sus
parientes fue un día bastante alentado para que se deshiciese de tal
amor, por el que en vano se cansaba, como fuera que Catella no tenía
otro bien que Filippello, del que era tan celosa que los pájaros que
por el aire volaban temía que se lo quitasen. Ricciardo, oídos los
celos de Catella, súbitamente imaginó una manera de satisfacer sus
deseos y comenzó a mostrarse desesperado del amor de Catella y a
haberlo puesto en otra noble señora, y por amor suyo comenzó a
mostrarse justando y contendiendo y a hacer todas aquellas cosas que
por Catella solía hacer. Y no lo había hecho mucho tiempo cuando en
el ánimo de todos los napolitanos, y también de Catella, estaba que
ya no a Catella sino a esta segunda señora amaba sumamente, y tanto
en esto perseveró que tan por cierto por todos era tenido ello que
hasta Catella abandonó la esquivez que con él usaba por el amor que
tenerla solía, y familiarmente, como vecino, al ir y al venir le
saludaba como hacía a los otros. Ahora, sucedió que, estando
caluroso el tiempo, muchas compañías de damas y caballeros, según la
costumbre de los napolitanos, fueron a recrearse a la orilla del mar
y a almorzar allí y a cenar allí; sabiendo Ricciardo que Catella con
su compañía había ido, también él con sus amigos fue, y en la
compañía de las damas de Catella fue recibido, haciéndose primero
rogar mucho, como si no estuviese muy deseoso de quedarse allí. Allí
las señoras, y Catella con ellas, empezaron a gastarle bromas sobre
su nuevo amor, en el que mostrándose muy inflamado, más les daba
materia para hablar. Al cabo, habiéndose ido una de las señoras acá
y la otra allá, como se hace en aquellos lugares, habiéndose quedado
Catella con pocas allí donde Ricciardo estaba, dejó caer Ricciardo
mirándola a ella una alusión a cierto amor de Filippello su marido,
por lo que ella sintió súbitos celos y por dentro comenzó toda a
arder en deseos de saber lo que Ricciardo quería decir. Y luego de
contenerse un poco, no pudiendo más contenerse, rogó a Ricciardo
que, por el amor de la señora a quien él más amaba, le pluguiese
aclararle lo que dicho había de Filippello. El cual le dijo:
-Me habéis conjurado por alguien por quien
no os oso negar nada que me pidáis, y por ello estoy pronto a
decíroslo, con que me prometáis que ni una palabra diréis a él ni a
otro, sino cuando veáis por los hechos que es verdad lo que voy a
contaros, que si lo queréis os enseñaré cómo podéis verlo. A la
señora le agradó lo que le pedía, y más creyó que era verdad, y le
juró no decirlo nunca. Retirados, pues, aparte, para no ser oídos
por los demás, Ricciardo comenzó a decirle así: -Señora, si yo os
amase como os amé, no osaría deciros nada que creyese que iba a
doleros, pero porque aquel amor ha pasado me cuidaré menos de
deciros la verdad de todo. No sé si Filippello alguna vez tomó a
ultraje el amor que yo os tenía, o si ha tenido el pensamiento de
que alguna vez fui amado por vos, pero haya sido esto o no, a mí
nunca me demostró nada. Pero tal vez esperando el momento oportuno
en que ha creído que yo menos sospechaba, muestra querer hacerme a
mí lo que me temo que piensa que le haya hecho yo, es decir, querer
tener a mi mujer para placer suyo, y a lo que me parece la ha
solicitado desde hace no mucho tiempo hasta ahora con muchas
embajadas, que todas he sabido por ella, y ella le ha dado respuesta
según yo lo he ordenado. Pero esta mañana, antes de venir aquí,
encontré con mi mujer en casa a una mujer en secreto conciliábulo,
que enseguida me pareció que fuese lo que era; por lo que llamé a mi
mujer y le pregunté qué quería aquélla. Me dijo: «Es ese aguijón de
Filippello, al que con ese darle respuestas y esperanzas tú me has
echado encima, y dice que del todo quiere saber lo que entiendo
hacer, y que, si yo quisiera, haría que yo pudiera ir secretamente a
una casa de baños de esta ciudad y con esto me ruega y me cansa, y
si no fuese porque me has hecho, no sé por qué, tener estos tratos,
me lo habría quitado de encima de tal manera que jamás habría puesto
los ojos donde yo hubiera estado». Ahora me parece que ha ido
demasiado lejos y que ya no se le puede sufrir más, y decíroslo para
que conozcáis qué recompensa recibe vuestra fiel lealtad por la que
yo estuve a punto de morir. Y para que no creáis que son cuentos y
fábulas, sino que podáis, si os dan ganas de ello, abiertamente
verlo y tocarlo, hice que mi mujer diese a aquella que esperaba esta
respuesta: que estaba pronta a estar mañana hacia nona, cuando la
gente duerme, en esa casa de baños, con lo que la mujer se fue
contentísima. Ahora, no creo que creáis que iba a mandarla allí,
pero si yo estuviese en vuestro lugar haría que él me encontrase
allí en lugar de aquella con quien piensa encontrarse, y cuando
hubiera estado un tanto con él, le haría ver con quién había estado,
y el honor que le conviene se lo haría; y haciendo esto creo que se
le pondría en tanta vergüenza que en el mismo punto la injuria que a
vos y a mí quiere hacer sería vengada. Catella, al oír esto, sin
tener en consideración quién era quien se lo decía ni sus engaños,
según la costumbre de los celosos, dio súbitamente fe a aquellas
palabras, y ciertas cosas pasadas antes comenzó a encajar con este
hecho; y encendiéndose con súbita ira, repuso que ciertamente ella
haría aquello, que no era tan gran trabajo hacerlo y que ciertamente
si él iba allí le haría pasar tal vergüenza que siempre que viera a
alguna mujer después se le vendría a la memoria. Ricciardo, contento
con esto y pareciéndole que su invento había sido bueno y daba
resultado, con otras muchas palabras la confirmó en ello y acrecentó
su credulidad, rogándole, no obstante, que no dijese jamás que se lo
había dicho él; lo que ella le prometió por su honor.
A la mañana siguiente, Ricciardo se fue a
una buena mujer que dirigía aquellos baños que le había dicho a
Catella, y le dijo lo que entendía hacer, y le rogó que en aquello
le ayudase cuanto pudiera. La buena mujer, que muy obligada le
estaba, le dijo que lo haría de grado, y con él concertó lo que
había de hacer o decir. Tenía ésta, en la casa donde estaban los
baños, una alcoba muy oscura, como que en ella ninguna ventana por
la que entrase la luz había. Aquélla, según las indicaciones de
Ricciardo, preparó la buena mujer e hizo dentro una cama lo mejor
que pudo, en la que Ricciardo, como lo había planeado, se metió y se
puso a esperar a Catella.
La señora, oídas las palabras de Ricciardo
y habiéndoles dado más fe de lo que merecían, llena de indignación,
volvió por la noche a casa, adonde por acaso Filippello embebido en
otro pensamiento también volvió y no le hizo tal vez la acogida que
acostumbraba a hacerle. Lo que, viéndolo ella, tuvo mayores
sospechas de las que tenía, diciéndose a sí misma: «En verdad, éste
tiene el ánimo puesto en la mujer con quien mañana cree que va a
darse placer y gusto, pero ciertamente esto no sucederá.»
Y con tal pensamiento, e imaginando qué
debía decirle cuando hubiera estado con él, pasó toda la noche. Pero
¿a qué más? Venida nona, Catella tomó su compañía y sin mudar de
propósito se fue a aquellos baños que Ricciardo le había enseñado; y
encontrando allí a la buena mujer le preguntó si Filippello había
estado allí aquel día. A lo que la buena mujer, adoctrinada por
Ricciardo, dijo: -¿Sois la señora que debe venir a hablar con él?
Respondió Catella:
-Sí soy.
-Pues -dijo la buena mujer-, andad con él.
Catella, que andaba buscando lo que no
habría querido encontrar, haciéndose llevar a la alcoba donde estaba
Ricciardo, con la cabeza cubierta entró en ella y cerró por dentro.
Ricciardo, viéndola venir, alegre se puso en pie y recibiéndola en
sus brazos dijo quedamente: -¡Bien venida sea el alma mía!
Catella, para mostrar que era otra de la
que era, lo abrazó y lo besó le hizo grandes fiestas sin decir una
palabra, temiendo que si hablaba fuese por él reconocida. La alcoba
era oscurísima, con lo que cada una de las partes estaba contenta; y
no por estar allí mucho tiempo cobraban los ojos mayor poder.
Ricciardo la condujo a la cama y allí, sin hablar para que no
pudiese distinguirse la voz, por grandísimo espacio con mayor placer
y deleite de una de las partes que de la otra estuvieron; pero luego
de que a Catella le pareció tiempo de dejar salir la concebida
indignación, encendida por ardiente ira, comenzó a hablar así.
-¡Ay!, ¡qué mísera es la fortuna de las mujeres y que mal se emplea
el amor de muchas en sus maridos! Yo, mísera de mí, hace ocho años
ya que te amo más que a mi vida, y tú, corno lo he sentido, ardes
todo y te consumes en el amor de una mujer extraña, hombre culpable
y malvado. ¿Pues con quién te crees que has estado? Has estado con
aquella que se ha acostado a tu lado durante ocho años; has estado
con aquella a quien con falsas lisonjas has, tiempo ha, engañado
mostrándole amor y estando enamorado de otra. Soy Catella, no soy la
mujer de Ricciardo, traidor desleal: escucha a ver si reconoces mi
voz, que soy ella; y se me hacen mil años hasta que a la luz estemos
para avergonzarte como lo mereces, perro asqueroso y deshonrado.
¡Ah, mísera de mí!, ¿a quién le he dedicado tanto amor tantos años?
A este perro desleal que, creyéndose tener en brazos a una mujer
extraña, me ha hecho más caricias y ternuras en este poco tiempo que
he estado aquí con él que en todo el restante que he sido suya. ¡Hoy
has estado gallardo, perro renegado, cuando en casa sueles mostrarte
tan débil y cansado y sin fuerza! Pero alabado sea Dios que tu
huerto has labrado, no el de otro, como te creías. No me maravilla
que esta noche no te me acercases; esperabas descargar la carga en
otra parte y querías llegar muy fresco caballero a la batalla: ¡pero
gracias a Dios y mi artimaña, el agua por fin ha bajado por donde
debía! ¿Por qué no contestas, hombre culpable? ¡Por Dios que no sé
por qué no te meto los dedos en los ojos y te los saco! Te creíste
que muy ocultamente podías hacer esta traición. ¡Por Dios, tanto
sabe uno como otro; no has podido: mejores sabuesos te he tenido
detrás de lo que creías!
Ricciardo gozaba para sí mismo con estas
palabras y, sin responder nada la abrazaba y la besaba y más que
nunca le hacía grandes caricias. Por lo que ella, que seguía
hablando, decía: -Sí, te crees que ahora me halagas con tus caricias
fingidas, perro fastidioso, y me quieres tranquilizar y consolar;
estás equivocado: nunca me consolaré de esto hasta que no te haya
puesto en vergüenza en presencia de cuantos parientes y amigos y
vecinos tenemos. ¿Pues no soy yo, malvado, tan hermosa como lo sea
la mujer de Ricciardo Minútolo?, ¿no soy igual en nobleza a ella?
¿No dices nada, perro sarnoso? ¿Qué tiene ella más que yo? Apártate,
no me toques, que por hoy ya bastante has combatido. Bien sé que ya,
puesto que sabes quién soy, lo que hicieses lo harías a la fuerza:
pero así Dios me dé su gracia como te haré pasar carencia, y no sé
por qué no mando a por Ricciardo, que me ha amado más que a sí mismo
y nunca pudo gloriarse de que lo mirase una vez; y no sé qué mal
hubiera habido en hacerlo. Tú has creído tener aquí a su mujer y es
como si la hubieras tenido, porque por ti no ha quedado; pues si yo
lo tuviera a él no me lo podrías reprochar con razón.
Así, las palabras fueron muchas y la
amargura de la señora grande; pero al final Ricciardo, pensando que
si la dejaba irse con esta creencia a mucho mal podría dar lugar,
deliberó descubrirse y sacarla del engaño en que estaba; y
cogiéndola en brazos y apretándola bien, de modo que no pudiera
irse, dijo: -Alma mía dulce, no os enojéis; lo que con tan sólo amar
no podía tener, Amor me ha enseñado a conseguir con engaño, y soy
vuestro Ricciardo.
Lo que oyendo Catella, y conociéndolo en la
voz, súbitamente quiso arrojarse de la cama, pero no pudo; entonces
quiso gritar, pero Ricciardo le tapó la boca con una de las manos, y
dijo: -Señora, ya no puede ser que lo que ha sido no haya sido;
aunque gritaseis durante todo el tiempo de vuestra vida, y si
gritáis o de alguna manera hacéis que esto sea sabido alguna vez por
alguien, sucederán dos cosas. La una será (que no poco debe
importaros) que vuestro honor y vuestra fama se empañarán, porque
aunque digáis que yo os he hecho venir aquí con engaños yo diré que
no es verdad, sino que os he hecho venir aquí con dinero y presentes
que os he prometido y que como no os los he dado tan cumplidamente
como esperabais os habéis enojado, y por eso habláis y gritáis, y
sabéis que la gente está más dispuesta a creer lo malo que lo bueno
y me creerá antes a mí que a vos. Además de esto, se seguirá entre
vuestro marido y yo una mortal enemistad y podrían ponerse las cosas
de modo que o yo le matase a él antes o él a mí, por lo que nunca
podríais estar después alegre ni contenta. Y por ello, corazón mío,
no queráis en un mismo punto infamaros y poner en peligro y buscar
pelea entre vuestro marido y yo. No sois la primera ni seréis la
última que es engañada, y yo no os he engañado por quitaros nada
vuestro sino por el excesivo amor que os tengo y estoy dispuesto
siempre a teneros, y a ser vuestro humildísimo servidor. Y si hace
mucho tiempo que yo y mis cosas y lo que puedo y valgo han sido
vuestras y están a vuestro servicio, entiendo que lo sean más que
nunca de aquí en adelante. Ahora, vos sois prudente en las otras
cosas, y estoy cierto que también lo seréis en ésta.
Catella, mientras Ricciardo decía estas
palabras, lloraba mucho, y aunque muy enojada estuviera y mucho se
lamentase, no dejó de oír la razón en las verdaderas palabras de
Ricciardo, que no conociese que era posible que sucediera lo que
Ricciardo decía; por lo que dijo: -Ricciardo, yo no sé cómo Dios me
permitirá soportar la ofensa y el engaño que me has hecho. No quiero
gritar aquí, donde mi simpleza y excesivos celos me han conducido,
pero estate seguro de esto, de que no estaré nunca contenta si de un
modo o de otro no me veo vengada de lo que me has hecho; por ello
déjame, no me toques más; has tenido lo que has deseado y me has
vejado cuanto te ha placido; tiempo es de que me dejes: déjame, te
lo ruego.
Ricciardo, que se daba cuenta de que su
ánimo estaba aún demasiado airado, se había propuesto no dejarla
hasta conseguir que se calmara; por lo que, comenzando con
dulcísimas palabras a ablandarla, tanto dijo, y tanto rogó y tanto
juró que ella, vencida, hizo las paces con él, y con igual deseo de
cada uno de ellos por gran espacio, después, con grandísimo deleite,
se quedaron juntos. Y conociendo entonces la señora cuánto más
sabrosos eran los besos del amante que los del marido, transformada
su dureza en dulce amor a Ricciardo, desde aquel día en adelante
tiernísimamente lo amó y, prudentísimamente obrando, muchas veces
gozaron de su amor. Que Dios nos haga gozar del nuestro.
NOVELA SÉPTIMA
Tedaldo, enojado con una amante suya, se va
de Florencia; vuelve allí después de algún tiempo disfrazado de
peregrino; habla con la dama y le hace reconocer su error y libra de
la muerte a su marido, a quien se le había acusado de haberle dado
muerte a él, y lo reconcilia con los hermanos; y luego,
discretamente, con su amante goza.
Ya alabada por todos se calla Fiameta,
cuando la reina, para no perder tiempo, prestamente a Emilia
encomendó la narración; y ella empezó:
A mí me place volver a nuestra ciudad, de
donde a las dos anteriores les plugo apartarse, y contaros cómo un
ciudadano nuestro reconquistó a su perdida señora. Hubo, pues, en
Florencia, un noble joven cuyo nombre era Tedaldo de los Elisei ,
que enamorado sobremanera de una señora, llamada doña Ermelina y
mujer de un Aldobrandino Palermini, por sus loables costumbres
mereció disfrutar de su deseo; placer al cual la Fortuna, enemiga de
los dichosos, se opuso; por lo cual, fuera cual fuese la razón, la
señora, habiendo complacido a Tedaldo durante un tiempo, por
completo se apartó de querer complacerlo y de querer no ya escuchar
ninguna embajada suya, sino tampoco verle de manera ninguna. Por lo
que él se dejó ir a una tristeza fiera y aborrecible, mas tenía de
tal manera celado su amor que nadie creía que éste era la razón de
su melancolía; y luego de que de diversas maneras se hubo ingeniado
mucho en reconquistar el amor que sin culpa suya le parecía haber
perdido, y encontrando vana toda fatiga, a alejarse del mundo (para
no alegrar al verlo consumirse a aquella que de su mal era ocasión)
se dispuso.
Y cogiendo los dineros que pudo conseguir,
secretamente, sin decir palabra a amigo ni a pariente fuera de un
compañero suyo que todo sabía, se fue y llegó hasta Ancona,
haciéndose llamar Filippo de San Lodeccio, y trabando allí
conocimiento con un rico mercader, entró a su servicio y en un barco
junto con él se fue a Chipre. Sus costumbres y sus maneras agradaron
tanto al mercader que no solamente le asignó un buen salario, sino
que le hizo su socio en parte y además gran parte de sus negocios le
puso entre las manos, los cuales llevó tan bien y con tanta
solicitud que en pocos años se hizo bueno y rico mercader y famoso.
En los cuales negocios, aunque muchas veces se acordase de la cruel
señora y fieramente fuese de amor traspasado y mucho desease volver
a verla, fue de tanta constancia que durante siete años venció
aquella batalla. Pero sucedió que, oyendo un día en Chipre cantar
una canción que hacía tiempo él había compuesto, en la que el amor
que tenía a su señora y ella a él y el placer que de ella gozaba se
contaba, pensando que no podía ser que ella le hubiera olvidado, en
tanto deseo de volver a verla se inflamó que, no pudiendo sufrirlo
más, se dispuso a volver a Florencia.
Y puestos en orden todos sus asuntos, se
vino tan sólo con un sirviente suyo a Ancona, adonde habiendo
llegado sus cosas, las mandó a Florencia a un amigo del anconés
socio suyo, y él ocultamente, como un peregrino que viniera del
Santo Sepulcro, con su criado se vino detrás; y llegados a
Florencia, se fue a una posadita que dos hermanos tenían cerca de la
casa de su señora. Y donde primero fue no fue a otra parte sino a la
puerta de su casa por verla si podía; pero vio las ventanas y las
puertas y todo cerrado, por lo que mucho temió que hubiera muerto o
que se hubiese mudado de allí. Por lo que, muy pensativo, se fue a
la casa de sus hermanos, a quienes vio todos vestidos de negro, de
lo que se maravilló mucho, y sabiéndose tan cambiado en el vestido y
la persona de lo que ser solía cuando se fue de allí, que no podría
ser reconocido fácilmente, confiadamente se acercó a un zapatero y
le preguntó por qué aquéllos iban vestidos de negro. A lo que el
zapatero respondió:
-Van vestidos de negro porque no hace
quince días que un hermano suyo que hacía mucho tiempo que no estaba
aquí, que tenía por nombre Tedaldo, fue muerto; y me parece entender
que han probado a la justicia que uno que tiene por nombre
Aldobrandino Palermini, que está preso, lo mató porque estaba
enamorado de la mujer y había vuelto disfrazado para estar con ella.
Maravillóse mucho Tedaldo de que tanto se le asemejase alguno que
fuese tomado por él y le dolió la desgracia de Aldobrandin, y
habiendo oído que la señora estaba sana y salva, siendo ya de noche,
lleno de diversos pensamientos, se volvió a la posada, y luego de
que cenado hubo con su criado, en lo más alto de la casa fue puesto
a dormir. Allí, tanto por los muchos pensamientos que le asaltaban
como por la dureza de la cama y tal vez por la cena, que había sido
escasa, ya era medianoche y todavía Tedaldo no había podido
dormirse, por lo que, estando despierto, le pareció hacia la
medianoche sentir que desde el tejado de la casa bajaba gente a la
casa, y luego por las rendijas de la puerta de la cámara vio hacia
allí venir una luz. Por lo que, calladamente acercándose a las
rendijas, empezó a mirar qué significaba aquello y vio a una joven
muy hermosa tener en mano esta luz y venir hacia ella tres hombres,
que habían bajado del tejado, y luego de hacerse algunas fiestas
unos a otros, dijo uno de ellos a la joven: -Ya podemos, Dios sea
loado, estar seguros, porque sabemos ciertamente que la muerte de
Tedaldo Elisei ha sido achacada por sus hermanos a Aldobrandín
Palermini, y él ha confesado y ya está escrita la sentencia, pero
debemos seguir callando porque si alguna vez se sabe que hemos sido
nosotros estaremos en el mismo peligro que está Aldobrandino.
Y dicho esto, con la mujer, que muy
contenta se mostró con esto, bajaron y se fueron a dormir. Tedaldo,
oído esto, empezó a considerar cuántos y cuáles eran los errores en
que podía caer la mente de los hombres, pensando primero en sus
hermanos, que a un extraño habían llorado y sepultado en su lugar, y
luego acusado a un inocente por falsas sospechas, y con testigos no
verdaderos haberlo llevado a la muerte, y además de ello en la
severidad ciega de las leyes y de sus rectores, los cuales muchas
veces, como solícitos investigadores de la verdad, con crueldades
hacen probar lo falso y se llaman ministros de la justicia y de Dios
cuando son ejecutores de la iniquidad y del diablo. Después de esto,
a la salvación de Aldobrandino dirigió sus pensamientos y consideró
consigo mismo lo que debía hacer. Y en cuanto se levantó por la
mañana, dejando al criado, cuando le pareció oportuno se fue él solo
a la casa de su señora y, encontrando por acaso abierta la puerta,
entró dentro y vio a su señora sentada por tierra en una salita que
allí en la planta baja había; y estaba llena de llanto y de
amargura; y casi se puso a llorar de compasión; y acercándose le
dijo:
-Señora, no os atribuléis; vuestra paz está
cerca.
La señora, al oírle, levantó el rostro y,
llorando, dijo:
-Buen hombre, me pareces un peregrino
forastero; ¿qué sabes tú de la paz ni de mi aflicción? Repuso
entonces el peregrino:
-Señora, soy de Constantinopla y poco ha he
llegado aquí mandado por Dios a convertir vuestras lágrimas en risa
y a librar de la muerte a vuestro marido. -¿Cómo -dijo la señora- si
eres de Constantinopla y recién llegado aquí sabes quiénes mi marido
y yo somos?
El peregrino, empezando desde el principio,
toda la historia de la angustia de Aldobrandino le contó y le dijo
quién era ella, cuánto tiempo hacía que estaba casada y otras muchas
cosas que él muy bien sabía de sus asuntos, por lo que la señora se
maravilló mucho y teniéndolo por un profeta se arrodilló a sus pies,
rogándole por Dios que, si había venido a salvar a Aldobrandino que
se apresurase porque el tiempo era poco. El peregrino, mostrándose
como un muy santo varón, dijo: -Señora, levantaos y no lloréis, y
escuchad bien lo que voy a deciros, y guardaos de decirlo nunca a
nadie. Por lo que Dios me ha revelado que la tribulación en la que
estáis os ha sobrevenido por un gran pecado que cometisteis hace
tiempo, que Dios ha querido que purguéis en parte con esta angustia
y del que quiere que os enmendéis: si no, por ello recaeréis en una
aflicción mucho mayor. Dijo entonces la señora:
-Señor, he pecado mucho y no sé de qué Dios
querrá que me enmiende entre todos, y por ello, si lo sabéis,
decídmelo y haré todo cuanto pueda por enmendarlo. -Señora -dijo
entonces el peregrino-, bien sé cuál es y no voy a preguntároslo
para saberlo mejor, sino para que diciéndolo vos misma tengáis más
remordimiento. Pero vengamos al asunto. Decidme, ¿os acordáis de
haber tenido algún amante?
La señora, al oír esto, dio un gran suspiro
y se maravilló mucho, no creyendo que nadie nunca lo hubiera sabido,
a no ser que desde que había sido muerto aquel que fue enterrado
como Tedaldo se hubiese propalado algo por algunas palabras
indiscretamente dichas por un amigo de Tedaldo, que sabía de ello; y
respondió:
-Bien veo que Dios os muestra todos los
secretos de los hombres, y por ello estoy dispuesta a no ocultaros
los míos. Es verdad que en mi juventud amé sumamente al desventurado
joven de cuya muerte se culpa a mi marido, cuya muerte tanto he
llorado cuanto me duele, por lo que, por muy rígida y agreste que me
mostrase con él antes de su partida, ni su partida ni su larga
ausencia ni aun su desventurada muerte han podido nunca arrancármelo
del corazón.
A lo que dijo el peregrino:
-Al desventurado joven que ha sido muerto
no amasteis vos, sino a Tedaldo Elisei. Pero decidme, ¿cuál fue la
razón por la que os enojasteis con él? ¿Os ofendió en algo? Y la
señora le respondió:
-Ciertamente que no, nunca me ofendió, pero
la razón del enfado fueron las palabras de un maldito fraile con el
que me confesé una vez, porque cuando le hablé del amor que a aquél
tenía y de la intimidad que tenía con él, me levantó tal quebradero
de cabeza que todavía me espanta, diciéndome que si no me abstenía
de ello iría a dar a la boca del diablo en lo profundo de los
infiernos y sería condenada al fuego eterno. De lo que me entró tal
pavor que por completo me dispuse a no querer ya su intimidad; y
para quitar la ocasión, ni su carta ni su embajada quise recibir;
aunque creo que si hubiese perseverado más (porque por lo que
presumo se fue desesperado y lo vi consumirse como hace la nieve al
sol), mi dura decisión se hubiese doblegado porque un deseo mayor no
tenía en el mundo. Dijo entonces el peregrino:
-Señora, éste es el único pecado que ahora
os atribula. Sé firmemente que Tedaldo no os forzó en nada; cuando
os enamorasteis de él por vuestra propia voluntad lo hicisteis,
agradándoos él, y cuando vos misma quisisteis vino a vos y gozó de
vuestra intimidad, en la cual con palabras y con obras tanto agrado
le mostrasteis que, si primero os amaba, más de mil veces hicisteis
redoblar su amor. Y si así fue, como sé que fue, ¿qué razón podía
moveros a apartarlo tan rígidamente? Esas cosas debían pensarse
antes de hacerse y si creyeseis que debíais arrepentiros como de
algo mal hecho, no hacerlas. Tal como él se hizo vuestro, vos os
hicisteis suya. Si él no hubiera sido vuestro, podríais haber hecho
en todo lo que quisieseis, como dueña, pero querer arrebatarle a vos
que erais suya era un robo y cosa reprobable si aquélla no era la
voluntad de él. Pues debéis saber que yo soy fraile y por ello
conozco todas sus costumbres; y si hablo de ellas un tanto
libremente para vuestro provecho no estará mal en mí como estaría en
otros; y me place hablar de ellas para que de ahora en adelante
mejor los conozcáis de lo que parece que habéis hecho hasta ahora.
Hubo antes frailes santísimos y hombres de valor, pero los que hoy
se llaman frailes, y por ello quieren ser tenidos, nada tienen de
fraile, sino la capa, y ni siquiera ésta es de fraile porque si por
los fundadores de los frailes fueron elegidas delgadas y míseras y
de telas groseras y manifestadoras del espíritu que había
despreciado las cosas temporales cuando se envolvía el cuerpo en tan
vil vestido, hoy se las hacen anchas y forradas y satinadas y de
telas finísimas y les han dado forma cortesana y pontifical para no
avergonzarse de pavonearse con ellos en las iglesias y en las plazas
como con sus vestidos hacen los seglares; y como con el esparavel el
pescador se ingenia en coger en los ríos muchos peces de una vez,
así éstos, con las amplísimas fimbrias envolviéndose, a muchas
santurronas, muchas viudas, a muchas otras mujeres necias y hombres
se ingenian en coger debajo, y de ello se ocupan con mayor solicitud
que de otro ejercicio. Y por ello, para decirlo con más verdad, no
las capas de los frailes llevan éstos sino solamente el color de las
capas. Y mientras los antiguos deseaban la salvación de los hombres,
éstos desean las mujeres y las riquezas, y todo su empeño han puesto
y ponen en asustar con palabrería y con pinturas las mentes de los
necios y en enseñarles que con las limosnas se purgan los pecados y
con misas, para que a aquellos que por cobardía (no por devoción) se
han acogido a hacerse frailes, y para no pasar trabajos, éste les
mande el pan, aquél les mande el vino, aquel otro les dé la pitanza
por el alma de sus muertos. Y ciertamente es verdad que las limosnas
y las oraciones purgan los pecados, pero si quienes las hacen viesen
a quién las hacen o les conocieran, antes las guardarían para sí o
mejor a otros tantos puercos las arrojarían. Y porque saben que
cuanto menor es el número de los poseedores de una gran riqueza, a
tanto más tocan, todos con charlas y con espantos se ingenian en
quitarles a los demás aquello que desean para ellos solos. Reprueban
a los hombres la lujuria para que, apartándose de ella los
reprobados, para los reprobadores se queden las mujeres; condenan la
usura y las ganancias injustas para que, siéndoles restituidas a
ellos, puedan hacerse las capas más amplias, comprar obispados y las
otras prelaturas mayores con aquello que han enseñado que llevaría a
la condenación a quien lo tuviera. Y cuando de estas cosas y de
otras muchas que causan escándalo se les reprende, con responder
«Haced lo que decimos y no lo que hacemos» creen que tienen digna
descarga de tanto peso grave, como si fuese más posible a las ovejas
ser constantes y de hierro que a los pastores. Y cuántos son
aquellos a quienes dan tal respuesta que no la entienden en el modo
que la dicen, muchos lo saben. Quieren los frailes de hoy que hagáis
lo que dicen, esto es que llenéis sus bolsas de dineros, les
confiéis vuestros secretos, observéis castidad, perdonéis las
injurias, os guardéis de hablar mal de nadie: cosas todas buenas,
todas honestas, todas santas; ¿pero para qué? Para poder hacer ellos
lo que, si los seglares lo hacen, no podrán hacer. ¿Quién no sabe
que sin dineros la vagancia no puede durar? Si en tus gustos te
gastas el dinero, el fraile no podrá haraganear en la orden; si te
vas con las mujeres de alrededor les quitarás el sitio a los
frailes; si no eres paciente y perdonas las injurias, el fraile no
se atreverá a venir a tu casa y contaminar a tu familia. ¿Por qué
sigo? Se acusan ellos mismos tantas veces como antes los oyentes se
excusan de aquella manera. ¿Por qué no se quedan en casa si no creen
poder ser abstinentes y santos? O si quieren dedicarse a esto, ¿por
qué no siguen aquellas santas palabras del Evangelio: «Empezó Cristo
a hacer y a enseñar»? Hagan esto primero y enseñen luego a los
demás. He visto en mi vida galanteadores, amadores, visitantes no
sólo de las mujeres seglares sino de las monjas y de aquellos que
más escándalo arman desde sus púlpitos. ¿Y a los tales vamos a
seguir? Quien así hace, hace lo que quiere pero Dios sabe si lo hace
prudentemente. Pero aun si hubiéramos de conceder lo que el fraile
que os reprendió dijo, esto es, que gravísimo pecado sea romper la
fe matrimonial, ¿no lo es mucho mayor robar a un hombre?, ¿no lo es
mucho mayor matarlo o enviarlo al exilio rodando por el mundo? Esto
lo concederá cualquiera. El tener intimidad un hombre con una mujer
es un pecado natural; robarlo o matarlo o expulsarlo procede de
maldad del espíritu. Que robasteis a Tedaldo ya antes os lo he
demostrado, arrebatándoos a él cuando os habíais hecho suya por
vuestra espontánea voluntad. Además, os digo que, por lo que a vos
respecta, lo matasteis por haber hecho todo lo necesario
(mostrándoos cada vez más cruel) para que se matase con sus propias
manos; y quiere la ley que quien es ocasión del mal tenga la misma
culpa que quien lo hace. Y que vos de su exilio y de que haya andado
rodando por el mundo siete años sois la ocasión, no se puede negar.
Así que mucho mayor pecado habéis cometido con cualquiera de estas
tres cosas dichas que cometíais con concederle vuestra intimidad.
Pero veamos, ¿es que Tedaldo mereció estas cosas? Ciertamente que
no: vos misma lo habéis confesado; sin contar con que sé que más que
a sí mismo os ama. Nada fue tan honrado, tan exaltado, tan
magnificado como erais vos sobre cualquiera otra mujer por él, si se
encontraba en parte donde honestamente y sin engendrar sospechas
sobre vos podía de vos hablar. Todo su bien, todo su honor, toda su
libertad en vuestras manos era puesta por él. ¿No era un noble
joven?, ¿no era más apuesto que todos sus conciudadanos?, ¿no era
valeroso en las cosas que son propias de los jóvenes?, ¿no era
amado, tenido en aprecio, visto con agrado por todos? A nada de esto
diréis que no. Entonces ¿cómo, por lo que dijese un frailecillo
maniático, brutal y envidioso, pudisteis tomar contra él una
resolución cruel? No sé qué error debe de ser el de las mujeres que
a los hombres desprecian y estiman en poco que, pensando en lo que
ellas son y en cuánta y cuál sea la nobleza dada por Dios al hombre
sobre todos los demás animales, deberían gloriarse cuando son amadas
por alguno y tenerle sumamente en aprecio y con toda solicitud
ingeniarse en complacerlo para que de amarla nunca se apartase. Y
que lo hicisteis vos, movida por las palabras de un fraile, que con
certeza debía de ser algún tragasopas manducador de tortas, ya lo
sabéis, y tal vez lo que él deseaba era ocupar el lugar de donde se
esforzaba en echar a otro. Este pecado es aquel que la divina
justicia que con justa balanza lleva a efecto todas sus operaciones,
no ha querido dejar sin castigo; y así como vos sin ninguna razón os
ingeniasteis en quitaros vos misma a Tedaldo, así vuestro marido sin
razón ha estado y todavía está en peligro, y vos en tribulación. De
la cual si deseáis ser librada, lo que os conviene prometer y, sobre
todo hacer, es esto: si sucede alguna vez que Tedaldo de su largo
destierro vuelva, vuestra gracia, vuestro amor y vuestra
benevolencia e intimidad le devolveréis y le responderéis en aquel
estado en que estaba antes de que vos tontamente creyeseis al loco
fraile.
Había el peregrino terminado sus palabras
cuando la señora, que atentísimamente le escuchaba porque
veracísimas le parecían sus razones, y se es timaba con seguridad
castigada por aquel pecado, al oírselo a él decir, dijo:
-Amigo de Dios, bastante conozco que son
ciertas las cosas que decís y en gran parte conozco por vuestra
enseñanza quiénes son los frailes, que hasta ahora han sido tenidos
por mí como santos; y sin duda conozco que mi culpa ha sido grande
en lo que hice contra Tedaldo, y si pudiera con gusto la enmendaría
de la manera que me habéis dicho: pero ¿cómo puede ser? Tedaldo no
podrá nunca volver: está muerto, y por ello lo que no puede hacerse
no sé para qué voy a prometéroslo. El peregrino le dijo:
-Señora, Tedaldo no está muerto, según Dios
me revela, sino que está vivo y sano y en buen estado si tuviese
vuestra gracia.
Dijo entonces la señora.
-Mirad lo que decís; que yo lo he visto
muerto delante de mi casa de muchas cuchilladas, y lo tuve en estos
brazos y con muchas lágrimas bañé su muerto rostro, las cuales
dieron ocasión de hacer que se dijese lo que deshonestamente se ha
dicho.
Entonces dijo el peregrino:
-Señora, digáis lo que digáis os aseguro
que Tedaldo está vivo; y si queréis prometer aquello con la
intención de cumplirlo, espero que lo veáis pronto.
La señora dijo entonces:
-Lo hago y lo haré de buen grado; y nada
podría suceder que me diese tanta alegría sino ver a mi marido libre
y sin daño y a Tedaldo vivo.
Pareció entonces a Tedaldo tiempo de
descubrirse y de consolar a la señora con más cierta esperanza de su
marido, y dijo:
-Señora, para que pueda consolaros con
relación a vuestro marido, un gran secreto necesito deciros, que
cuidaréis de que nunca mientras viváis manifestéis a nadie. Estaban
en un lugar asaz alejado, y solos, habiendo tomado gran confianza la
señora en la santidad que le parecía tener el peregrino; por lo que
Tedaldo, sacando un anillo guardado por él con sumo cuidado, que la
señora le había dado la última noche que había estado con ella, y
mostrándoselo dijo: -Señora, ¿conocéis esto?
En cuanto la señora lo vio lo reconoció y
dijo:
-Señor, sí, yo se lo di a Tedaldo ha
tiempo.
El peregrino, entonces, poniéndose en pie y
prestamente quitándose de encima la esclavina y de la cabeza el
capelo, y hablando en florentino, dijo:
-¿Y a mí, me conocéis?
Cuando lo vio la señora, conociendo que era
Tedaldo, toda se pasmó, temiéndole como a los cuerpos muertos, si se
les ve andar como vivos, se teme: y no como a Tedaldo que regresaba
de Chipre fue a su encuentro a recibirlo, sino como de Tedaldo que
volvía desde la tumba quiso huir temerosa. Y Tedaldo le dijo:
-Señora, no temáis, soy vuestro Tedaldo
vivo y sano y nunca me he muerto ni me mataron, creáis lo que creáis
mis hermanos y vos.
La señora, tranquilizada un tanto, y
bajando la voz, y mirándolo más y asegurándose de que aquél era
Tedaldo, llorando se le echó al cuello y lo besó, diciendo: -Dulce
Tedaldo mío, ¡seas bien venido!
Tedaldo, besándola y abrazándola, dijo:
-Señora, no es ahora tiempo de hacernos más
estrechos saludos; quiero ir a hacer que Aldobrandino os sea
devuelto sano y salvo, sobre lo cual espero que antes de mañana por
la noche tengáis nuevas que os agraden; que, si tengo suerte como
espero, sobre su salvación quiero poder venir esta noche a dároslas
con más espacio que puedo hacerlo al presente.
Y volviéndose a poner la esclavina y el
sombrero, besando otra vez a la señora y confortándola con buena
esperanza, se separó de ella y allá se fue donde Aldobrandino estaba
en prisión, más embebido en pensamientos de temor de la inminente
muerte que de esperanza de futura salud; y a guisa de consolador,
con la venia de los carceleros, entró donde él estaba y sentándose
junto a él, le dijo: -Aldobrandino, soy un amigo tuyo que Dios te
manda para salvarte, quien por tu inocencia ha sentido piedad de ti;
y por ello, si en honor suyo quieres concederme un pequeño don que
voy a pedirte, sin falta antes de que mañana sea de noche, en lugar
de la sentencia de muerte que esperas, oirás absolución. Al que
Aldobrandin repuso:
-Buen hombre, puesto que de mi salvación te
preocupas, aunque no te conozco ni me acuerde de haberte visto
nunca, debes ser amigo, como dices. Y en verdad el pecado por el
cual se dice que debo ser condenado a muerte, nunca lo he cometido;
muchos otros he hecho, que tal vez a esto me hayan conducido. Pero
te digo por el temor de Dios esto: si él ahora tiene misericordia de
mí, grandes cosas, no una pequeña, haría de buena gana, aunque no lo
prometiese; así que lo que te plazca pide, que sin falta, si llego a
escapar de ésta, lo cumpliré ciertamente.
El peregrino entonces dijo:
-Lo que quiero no es otra cosa sino que
perdones a los cuatro hermanos de Tedaldo el haberte conducido a
este punto, creyéndote culpable de la muerte de su hermano, y que
los tengas por hermanos y por amigos si te piden perdón.
Al que Aldobrandín repuso:
-No sabes cuán dulce cosa es la venganza ni
con cuánto ardor se desea sino quien recibe las ofensas; pero aun
así, para que Dios de mi salvación se ocupe, de buen grado les
perdonaré y ahora les perdono, y si de aquí salgo vivo y me salvo,
para hacerlo seguiré el modo que te sea grato. Esto le plugo al
peregrino, y sin querer decirle más, encarecidamente le rogó que
tuviese buen ánimo, que con seguridad antes de que terminase el
siguiente día tendría noticia certísima de su salud. Y separándose
de él se fue a la señoría y en secreto a un caballero que la
gobernaba dijo así. -Señor mío, todos sabemos de buen grado
empeñarnos en hacer que la verdad de las cosas se conozca, y
máximamente aquellos que tienen el puesto que vos tenéis, para que
no sufran los castigos los que no han cometido el pecado y sean
castigados los pecadores. Y para que ello suceda en honor vuestro y
para mal de quien lo ha merecido, he venido a vos. Como sabéis,
habéis procedido severamente contra Aldobrandín Palermini y parece
que habéis tenido por cierto que él ha sido quien mató a Tedaldo
Elisei, y vais a condenarlo, lo que segurísimamente es falso, como
creo que antes de la medianoche, trayendo a vuestras manos al
matador de aquel joven, os habré demostrado.
El valeroso hombre, que tenía lástima de
Aldobrandino, prestó gustosamente oídos a las palabras del
peregrino, y explicándole muchas cosas sobre esto, siendo su guía,
cuando estaban en el primer sueño, a los dos hermanos posaderos y a
su criado apresó a mansalva, y queriéndoles dar tortura para
descubrir cómo había sido la cosa, no lo sufrieron sino que cada uno
separadamente y luego todos juntos abiertamente confesaron haber
sido quienes mataron a Tedaldo Elisei, sin reconocerlo. Preguntados
por la razón, dijeron que porque éste a la mujer de uno de ellos, no
estando ellos en la posada, había molestado mucho y querido forzar a
que hiciese su voluntad.
El peregrino, enterado de esto, con
licencia del gentilhombre se fue y secretamente se vino a casa de la
señora Ermelina, y a ella sola (habiéndose ido a dormir todos los
demás de la casa) la encontró esperándole, igualmente deseosa de
tener buenas noticias del marido y de reconciliarse plenamente con
su Tedaldo; a la cual acercándose, con alegre gesto, dijo:
-Carísima señora mía, alégrate, que por
cierto recuperarás mañana aquí sano y salvo a tu Aldobrandino.
Y para asegurarle de esto más, lo que había
hecho le contó plenamente. La señora, de los dos accidentes tales y
tan súbitos, esto es, de recuperar a Tedaldo vivo, al cual
firmemente creía haber llorado muerto, y de ver libre de peligro a
Aldobrandino, a quien se creía tener que llorar por muerto unos
pocos días después, tan alegre como nunca lo estuvo nadie,
afectuosamente abrazó y besó a su Tedaldo; y yéndose juntos a la
cama de buena gana firmaron graciosas y alegres paces, tomando el
uno del otro deleitable gozo. Y al acercarse el día, Tedaldo,
levantándose, habiendo ya explicado a la señora lo que hacer
entendía y rogándole que ocultísimo lo tuviese, de nuevo en hábito
de peregrino salió de casa de la señora para poder, cuando fuese el
momento, ocuparse de los asuntos de Aldobrandino. La señoría,
llegado el día y pareciéndole tener completa información del asunto,
prestamente liberó a Aldobrandino y pocos días después a los
malhechores hizo cortar la cabeza donde habían cometido el
homicidio. Estando, pues, libre Aldobrandino, con gran regocijo suyo
y de su mujer y de todos sus amigos y parientes, y conociendo
manifiestamente que aquello había sido obra del peregrino, le
condujeron a su casa por tanto tiempo cuanto le pluguiera estar en
la ciudad; y allí, de hacerle honores y fiestas que no se saciaban,
y especialmente la mujer, que sabía a quién se los hacía Pero
pareciéndole, luego de algunos días, tiempo de reconciliar a sus
hermanos con Aldobrandino, a quienes sabía no sólo desacreditados
por su absolución, sino también armados por miedo, pidió a
Aldobrandino que cumpliese su promesa. Aldobrandino espontáneamente
contestó que estaba dispuesto. El peregrino le hizo preparar un
hermoso convite para el día siguiente, al que dijo que quería que él
con sus parientes y con sus mujeres invitase a los cuatro hermanos y
a sus mujeres, añadiendo que él mismo iría incontinenti a invitarles
a su perdón y a su convite de su parte. Y estando Aldobrandino
contento con cuanto placía al peregrino, el peregrino enseguida se
fue a casa de los cuatro hermanos, y dirigiéndoles las palabras que
para tal asunto se requerían, al final, con razones irrebatibles
fácilmente les condujo a querer reconquistar, solicitando el perdón,
la amistad de Aldobrandino, y hecho esto, a ellos y a sus mujeres a
almorzar con Aldobrandino la mañana siguiente les invitó, y ellos,
de buen grado, creyendo su palabra, aceptaron el convite.
Así, pues, la mañana siguiente, a la hora
de comer, primeramente los cuatro hermanos de Tedaldo, tan vestidos
de negro como iban, con algunos amigos suyos vinieron a casa de
Aldobrandino, que les esperaba; y allí, delante de todos aquellos
que para acompañarles habían sido invitados por Aldobrandino,
arrojadas las armas en tierra, se pusieron en manos de Aldobrandino,
pidiéndole perdón de lo que contra él habían hecho. Aldobrandino,
llorando compasivamente, los recibió y besando a todos en la boca,
gastando pocas palabras, todas las injurias recibidas perdonó.
Después de ellos, sus hermanas y sus mujeres todas vestidas de luto
vinieron, y por la señora Ermelina y las otras grandes señoras
graciosamente recibidas fueron. Y habiendo sido magníficamente
servidos en el convite tanto los hombres como las mujeres, no había
habido en él nada más que cosas dignas de encomio, a no ser la
taciturnidad por el reciente dolor que estaba representado en los
vestidos oscuros de los parientes de Tedaldo (por lo cual la
invención y la invitación del peregrino había sido censurada por
muchos, y él se había apercibido de ello); pero como lo había
decidido, venido el tiempo de disiparla, se puso en pie, todavía
comiendo los demás la fruta, y dijo: -Nada ha faltado a este convite
para que fuese alegre sino Tedaldo, a quien, pues habiéndole tenido
continuamente con vosotros no lo habéis conocido, quiero
mostrároslo. Y quitándose de encima la esclavina y toda la ropa de
peregrino se quedó en jubón de tafetán verde, y no sin grandísima
maravilla fue por todos mirado y examinado largamente antes de que
alguien se atreviese a creer que era él. Lo que viendo Tedaldo,
mucho les habló de sus parientes, de las cosas sucedidas entre
ellos, de sus accidentes; por lo que sus hermanos y los demás
hombres, todos llenos de lágrimas de alegría, a abrazarle corrieron,
y lo mismo después hicieron las mujeres, tanto las parientes como
las no parientes, salvo doña Ermelina. Lo que viendo Aldobrandin,
dijo:
-¿Qué es esto, Ermelina? ¿Cómo no celebras
tú como las otras mujeres a Tedaldo? Y, oyéndola todos, la señora le
respondió:
-Ninguna hay que con más agrado le haya
hecho fiestas o se las haga que se las haré yo, como quien más que
ninguna otra le está obligada, considerando que por su medio te he
recuperado; pero las deshonestas habladurías de los días en que
llorábamos a quien creíamos Tedaldo, hacen que me retenga.
Aldobrandino le dijo:
-¡Vamos, vamos!, ¿crees que yo creo a los
que ladran? Procurando mi salvación bastante ha demostrado que
aquello eran falsedades, sin contar con que nunca lo creí: levántate
enseguida, ve a abrazarlo.
La señora, que otra cosa no deseaba, no fue
lenta en obedecer en ello al marido; por lo que, levantándose como
habían hecho los demás, abrazándolo ella, le hizo alegres fiestas.
Esta liberalidad de Aldobrandino mucho plugo a los hermanos de
Tedaldo y a todos los hombres y mujeres que allí estaban, y
cualquier barrunto que hubiera nacido en algunos por las habladurías
que había habido, con esto desapareció. Habiendo, pues, celebrado
todos a Tedaldo, él mismo rasgó las vestiduras negras que llevaban
sus hermanos y las oscuras de las hermanas y las cuñadas, y quiso
que otras ropas se trajesen y después de que vestidas fueron, muchos
cantos y bailes se hicieron y otros pasatiempos; por las cuales
cosas, el convite, que había tenido silencioso principio, tuvo un
fin sonoro. Y con grandísima alegría, así como estaban, se fueron a
casa de Tedaldo y allí cenaron por la noche, y muchos días después,
siguiendo del mismo modo, continuaron la fiesta. Los florentinos
durante muchos días como a hombre resucitado y asombrosa cosa
miraron a Tedaldo; y muchos, y aun los hermanos, tenían cierta
ligera duda en el ánimo sobre si era él o no, y no lo creían todavía
firmemente ni tal vez lo hubieran creído en mucho tiempo si un caso
que sucedió no hubiera llegado a aclararles quién había sido el
muerto; que fue esto. Pasaban un día unos soldados de Lunigiana
delante de su casa y, viendo a Tedaldo, fueron a su encuentro,
diciéndole:
-¡Buenos los tenga Faziuolo!
A quienes Tedaldo, en presencia de sus
hermanos, respondió: -Me habéis tomado por otro.
Ellos, al oírle hablar, se avergonzaron y
le pidieron perdón, diciendo -En verdad que os parecéis, más que
nunca hemos visto parecerse nadie a otro, a un camarada nuestro que
se llama Faziuolo de Pontriémoli, que vino aquí hace unos quince
días o poco más y nunca hemos podido saber qué fue de él. Bien es
verdad que nos maravillábamos del vestido porque él era, como lo
somos nosotros, mesnadero.
El hermano mayor de Tedaldo, al oír esto,
fue hacia ellos y les preguntó qué vestido llevaba aquel Faziuolo.
Ellos se lo dijeron y se encontró que precisamente así iba como
decían ellos; por lo que, entre esto y otras señales, conocido fue
que el que había sido muerto había sido Faziuolo y no Tedaldo, por
lo que se desvanecieron las sospechas de sus hermanos y de cualquier
otro. Tedaldo, pues, que había vuelto riquísimo, perseveró en su
amor y sin que la señora se enojase más con él, discretamente
obrando, largamente gozaron de su amor. Dios nos haga gozar del
nuestro.
NOVELA OCTAVA
Ferondo, tomados ciertos polvos, es
enterrado como muerto y por el abad, que su mujer se disfruta, hecho
sacar de la tumba y puesto en prisión y persuadido de que está en el
purgatorio, y luego, resucitado, como suyo cría a un hijo engendrado
por el abad en su mujer.
Llegado el fin de la larga historia de
Emilia, que a nadie había desagradado por su extensión, sino
considerada por todos como narrada brevemente teniendo en cuenta la
cantidad y la variedad de los casos contados en ella; la reina, a
Laureta mostrando con un solo gesto su deseo, le dio ocasión de
comenzar así: Carísimas señoras, se me pone delante como digna de
ser contada una verdad que tiene, mucho más de lo que fue, aspecto
de mentira, y me ha venido a la cabeza al oír contar que uno por
otro fue llorado y sepultado. Contaré, pues, cómo un vivo fue
sepultado por muerto y cómo después, resucitado y no vivo, él mismo
y otros muchos creyeron que había salido de la tumba, siendo por
ello venerado como santo quien más bien como culpable debía ser
condenado.
Hubo, pues, en Toscana, una abadía (y
todavía hay) situada, como vemos muchas, en un lugar no demasiado
frecuentado por las gentes, de la que fue abad un monje que en todas
las cosas era santísimo, salvo en los asuntos de mujeres, y éstos
los sabía hacer tan cautamente que casi nadie no sólo no los
conocía, sino que ni los sospechaba; por lo que santísimo y justo se
pensaba que era en todo. Ahora, sucedió que, habiendo hecho gran
amistad con el abad un riquísimo villano que tenía por nombre
Ferondo, hombre ignorante y obtuso fuera de toda ponderación (y no
por otra cosa gustaba el abad de su trato sino por la diversión que
a veces le causaba su simpleza), en esta amistad se apercibió el
abad de que Ferondo tenía por esposa a una mujer hermosísima, de la
que se enamoró tan ardientemente que en otra cosa no pensaba ni de
día ni de noche; pero oyendo que, por muy simple y necio que fuese
en todas las demás cosas, era sapientísimo en amar y proteger a esta
su mujer, casi desesperaba. Pero, como muy astuto, domesticó tanto a
Ferondo que éste con su mujer venían alguna vez a pasearse por el
jardín de su abadía; y allí, con él, sobre la felicidad de la vida
eterna y sobre las santísimas acciones de muchos hombres y mujeres
ya muertos les hablaba con gran modestia, tanto que a la señora le
dieron deseos de confesarse con él y le pidió licencia a Ferondo y
la obtuvo. Venida, pues, a confesarse con el abad con grandísimo
placer de éste y poniéndose a sus pies como si otra cosa viniese a
decir, comenzó: -Señor, si Dios me hubiese dado marido o no me lo
hubiese dado, tal vez me sería más fácil con vuestra enseñanza
entrar en el camino de que me habéis hablado, que lleva a otros a la
vida eterna, pero yo, considerando quién sea Ferondo y su
estulticia, me puedo considerar viuda y, sin embargo, soy casada en
tanto que, viviendo él, otro marido no puedo tomar, y él, aun necio
como es, es tan fuera de toda medida y sin ninguna razón tan celoso
que por ello no puedo vivir con él más que en tribulación y en
desgracia. Por la cual cosa, antes de venir a otra confesión, lo más
humildemente que puedo os ruego que sobre esto queráis darme algún
consejo, porque si desde ahora no empiezo a procurar ocasión de mi
bien, confesarme o hacer alguna otra buena obra de poco me servirá.
Este discurso proporcionó gran placer al
alma del abad, y le pareció que la fortuna hubiera abierto el camino
a su mayor deseo; y dijo:
-Hija mía, creo que gran fastidio debe ser
para una hermosa y delicada mujer como sois vos, tener por marido a
un mentecato, pero mucho mayor creo que sea tener a un celoso; por
lo que, teniendo vos uno y otro, fácilmente os creo lo que de
vuestra tribulación me decís. Pero en ello, por decirlo en pocas
palabras, no veo consejo ni remedio fuera de uno, que es que Ferondo
se cure de estos celos. La medicina para curarlo sé yo muy bien cómo
hacerla, siempre que vos tengáis la voluntad de guardar en secreto
lo que voy a deciros.
La mujer dijo:
-Padre mío, no dudéis de ello, porque me
dejaré antes morir que decir a nadie algo que vos me dijerais que no
dijese, ¿pero cómo se podrá hacer?
Repuso el abad:
-Es necesario que muera, y así sucederá, y
cuando haya sufrido tantos castigos que esté castigado de estos
celos suyos, nosotros, con ciertas oraciones, rogaremos a Dios que
lo devuelva a esta vida, y así lo hará.
-Pues -dijo la mujer-, ¿he de quedarme
viuda?
-Sí -repuso el abad-, durante algún tiempo,
que mucho debéis guardaros de que nadie se case con vos, porque a
Dios le parecería mal, y al volver Ferondo tendríais que volver con
él y sería más celoso que nunca.
La mujer dijo:
-Siempre que se cure de esta desgracia, que
no tenga que estar yo siempre en prisión, estoy contenta; haced como
gustéis.
Dijo entonces el abad:
-Así lo haré: pero ¿qué galardón tendré de
vos por tal servicio? -Padre mío -dijo la señora-, lo que deseéis si
puedo hacerlo, pero ¿qué puede alguien como yo que sea apropiado a
tal hombre como vos sois?
El abad le dijo:
-Señora, vos podéis hacer por mí no menos
que lo que yo me empeño en hacer por vos porque así como me dispongo
a hacer aquello que debe ser bien y consuelo vuestro, así podéis
hacer vos lo que será salud y salvación de mi vida.
Dijo entonces la señora:
-Sí es así, estoy dispuesta.
-Pues -dijo el abad-, me daréis vuestro
amor y me daréis el placer de teneros, porque por vos ardo y me
consumo.
La mujer, al oír esto, toda pasmada,
repuso:
-¡Ay, padre mío!, ¿qué es lo que me pedís?
Yo creía que erais un santo: ¿y les cuadra a los santos requerir a
las mujeres que les piden consejo a tales asuntos? El abad le dijo:
-Alma mía bella, no os maravilléis, que por
esto la santidad no disminuye, porque está en el alma y lo que yo os
pido es un pecado del cuerpo. Pero sea como sea, tanta fuerza ha
tenido vuestra atrayente belleza que Amor me obliga a hacer esto, y
os digo que de vuestra hermosura más que otras mujeres podéis
gloriaros al pensar que agrada a los santos, que están tan
acostumbrados a las del cielo; y además de esto, aunque sea yo abad
sigo siendo un hombre como los demás y, como veis, todavía no soy
viejo. Y esto no debe seros penoso de hacer, sino que debéis
desearlo porque mientras Ferondo esté en el purgatorio, yo os daré,
haciéndoos compañía por la noche, el consuelo que debería daros él,
y nadie se dará cuenta de ello, creyendo todos de mí aquello, y más,
que vos creíais hace poco. No rehuséis la gracia que Dios os manda,
que muchas son las que desean lo que vos podéis tener y tendréis, si
como prudente seguís mi consejo. Además, tengo hermosas joyas
valiosas, que entiendo no sean de otra persona sino vuestras. Haced,
pues, dulce esperanza mía, lo que yo hago por vos de buen grado. La
mujer tenía el rostro inclinado, y no sabía cómo negárselo, y
concedérselo no le parecía bien, por lo que el abad, viendo que le
había escuchado y daba largas a la respuesta, pareciéndole haberla
convencido a medias, con muchas otras palabras continuando las
primeras, antes de que callase le había metido en la cabeza que
aquello estaba bien hecho; por lo que dijo vergonzosamente que
estaba dispuesta a lo que mandase, pero que antes de que Ferondo
hubiese ido al purgatorio no podía ser. El abad contentísimo le
dijo:
-Y haremos que allí vaya incontinenti;
haced de manera que mañana o al día siguiente venga a estar aquí
conmigo.
Y dicho esto, habiéndole puesto ocultamente
en la mano un bellísimo anillo, la despidió. La mujer, alegre con el
regalo y esperando tener otros, volviendo con sus compañeras,
maravillosas cosas empezó a decir sobre la santidad del abad. De
allí a pocos días se fue Ferondo a la abadía, y en cuanto lo vio el
abad pensó en mandarlo al purgatorio; y encontrados unos polvos de
maravillosa virtud que en tierras de Levante había obtenido de un
gran príncipe que afirmaba que solía usarlos el Viejo de la Montaña
cuando quería mandar a alguien (haciéndole dormir) a su paraíso o
traerlo de allí, y que, en mayor o menor cantidad dados, sin ninguna
lesión hacían de tal manera dormir más o menos a quien los tomaba
que, mientras duraba su poder no se habría dicho que tenía vida, y
habiendo tomado de ellos cuantos fuesen suficientes para hacer
dormir tres días, en un vaso de vino todavía un poco turbio, en su
celda, sin que Ferondo se diese cuenta, se los dio a beber; y con él
lo llevó al claustro y con otros de sus monjes empezaron a reírse de
él y de sus tonterías.
Lo que no duró mucho porque, obrando los
polvos, se le subió a éste un sueño tan súbito y fiero a la cabeza
que estando todavía en pie se durmió, y cayó dormido. El abad,
mostrándose perturbado por el accidente, haciéndolo desceñir y
haciendo traer agua fría y echándosela en la cara, y haciéndole
aplicar muchos otros remedios cómo si de alguna flatulencia de
estómago o de otra cosa que tomado le hubiera quisiera recuperarle
la desmayada vida y el sentido, viendo el abad y los monjes que con
todo aquello no recobraba el sentido, tomándole el pulso y no
encontrándolo, todos tuvieron por cierto que estuviese muerto; por
lo que, mandándolo a decir a la mujer y a sus parientes, todos los
cuales aquí vinieron prontamente, y habiéndolo la mujer con sus
parientes llorado un tanto, vestido como estaba lo hizo el abad
poner en una sepultura.
La mujer volvió a su casa, y de un pequeño
muchachito que tenía de él dijo que no entendía separarse nunca; y
así quedándose en casa, el hijo la riqueza que había sido de Ferondo
empezó a administrar. El abad, con un monje boloñés de quien mucho
se fiaba y que aquel día había venido aquí desde Bolonia,
levantándose por la noche calladamente, a Ferondo sacaron de la
sepultura y a un subterráneo, en el que ninguna luz entraba y que
para prisión de los monjes que cometiesen faltas había sido hecho,
lo llevaron y, quitándole sus vestidos, vistiéndole a guisa de
monje, sobre un haz de paja lo pusieron, y lo dejaron hasta que
recobrase el sentido. Entretanto, el monje boloñés, por el abad
informado de lo que tenía que hacer, sin saber de ello nadie más, se
puso a esperar que Ferondo volviese en sí. El abad, al día
siguiente, con algunos de sus monjes a modo de hacer una visita, se
fue a casa de la mujer, a la cual de negro vestida y atribulada
encontró, y consolándola algún tanto, en voz baja le pidió que
cumpliera su promesa. La mujer, viéndose libre y sin el empacho de
Ferondo ni de nadie, habiéndole visto en el dedo otro hermoso
anillo, dijo que estaba pronta y acordó con él que la noche
siguiente fuese. Por lo que, llegada la noche, el abad, disfrazado
con las ropas de Ferondo y acompañado por su monje, fue, y con ella
hasta la mañana, con grandísimo deleite y placer, se acostó, y luego
se volvió a la abadía, haciendo aquel camino asaz frecuentemente
para dicho servicio; y siendo encontrado por algunos al ir o al
venir, se creyó que era Ferondo que andaba por aquel barrio haciendo
penitencia, y sobre ello muchas historias entre la gente vulgar de
la villa nacieron, y hasta a la mujer, que bien sabía lo que pasaba,
se las contaron muchas veces.
El monje boloñés, vuelto en sí Ferondo y
hallándose allí sin saber dónde estaba, entrando dentro, dando una
voz horrible, con algunas varas en la mano, cogiéndolo, le dio una
gran paliza. Ferondo, llorando y gritando, no hacía otra cosa que
preguntar:
-¿Dónde estoy?
El monje le repuso:
-Estás en el purgatorio.
-¿Cómo? -dijo Ferondo-. ¿Es que me he
muerto?
Dijo el monje:
-Ciertamente.
Por lo que Ferondo por sí mismo y por su
mujer y por su hijo empezó a llorar, diciendo las más extrañas cosas
del mundo. El monje le llevó algo de comer y de beber, lo que viendo
Ferondo dijo: -¿Así que los muertos comen?
Dijo el monje:
-Si, y esto que te traigo es lo que la
mujer que fue tuya mandó esta mañana a la iglesia para hacer decir
misas por tu alma, lo que Dios quiere que te sea ofrecido. Dijo
entonces Ferondo:
-¡Dómine, bendícela! Yo mucho la quería
antes que muriese, tanto que la tenía toda la noche en brazos y no
hacía más que besarla, y también otra cosa hacía cuando me daba la
gana. Y luego, teniendo mucha hambre, comenzó a comer y a beber, y
no pareciéndole el vino muy bueno, dijo:
-¡Dómine, házselo pagar, que no le dio al
cura del vino de la cuba de junto al muro! Pero luego que hubo
comido, el monje le cogió de nuevo y con las mismas varas le dio una
gran paliza. Ferondo, habiendo gritado mucho, dijo:
-¡Ah!, ¿por qué me haces esto?
Dijo el monje:
-Porque así ha mandado Dios Nuestro Señor
que cada día te sea hecho dos veces. -¿Y por qué razón? -dijo
Ferondo.
Dijo el monje:
-Porque fuiste celoso teniendo por esposa a
la mejor mujer que hubiera en tu ciudad. -¡Ay! -dijo Ferondo-, dices
verdad, y la más dulce; era más melosa que el caramelo, pero no
sabía yo que Dios Nuestro Señor tuviera a mal que el hombre fuese
celoso, porque no lo habría sido. Dijo el monje:
-De eso debías haberte dado cuenta mientras
estabas allí, y enmendarte, y si sucede que alguna vez allí vuelvas,
haz que tengas tan presente lo que ahora te hago que nunca seas
celoso. Dijo Ferondo:
-¿Pues vuelve alguna vez quien se muere?
Dijo el monje:
-Sí, quien Dios quiere.
-¡Oh! -dijo Ferondo-, si alguna vez vuelvo,
seré el mejor marido del mundo; no le pegaré nunca, nunca le diré
injurias sino por causa del vino que ha mandado esta mañana: y
tampoco ha mandado vela ninguna, y he tenido que comer a oscuras.
Dijo el monje:
-Sí lo hizo, pero se consumieron en las
misas.
-¡Oh! -dijo Ferondo-, será verdad, y ten
por seguro que si allí vuelvo la dejaré hacer lo que quiera. Pero
dime: ¿quién eres tú que me haces esto?
Dijo el monje:
-También estoy muerto, y fui de Cerdeña, y
porque alabé mucho a un señor mío el ser celoso me ha condenado Dios
a esta pena, a que tenga que darte de comer y de beber y estas
palizas hasta que Dios disponga otra cosa de ti y de mí.
Dijo Ferondo:
-¿No hay aquí nadie más que nosotros dos?
Dijo el monje:
-Sí, millones, pero tú no los puedes ver ni
oír, ni ellos a ti. Dijo entonces Ferondo:
-¿Pues a qué distancia estamos de nuestra
tierra?
-¡Ojojú! -dijo el monje-, estamos a millas
de más bien-la-cagueremos -¡Recontra, eso es mucho! -dijo Ferondo-,
y a lo que me parece debemos estar fuera del mundo, de tan lejos.
Ahora, en tales conversaciones y otras
semejantes, con comida y con palizas, fue tenido Ferondo cerca de
diez meses, en los cuales con mucha frecuencia el abad muy
felizmente visitó a su hermosa mujer y con ella se dio la mejor vida
del mundo. Pero como suceden las desgracias, la mujer quedó preñada,
y dándose cuenta enseguida lo dijo al abad; por lo que a los dos les
pareció que sin demora Ferondo tenía que ser traído del purgatorio a
la vida y volver con ella, y decir ella que estaba grávida de él. El
abad, pues, la noche siguiente hizo con una voz fingida llamar a
Ferondo en su prisión y decirle: -Ferondo, consuélate, que place a
Dios que vuelvas al mundo; adonde, vuelto, tendrás un hijo de tu
mujer, al que llamarás Benedetto porque por las oraciones de tu
santo abad y de tu mujer y por amor de San Benito te concede esta
gracia.
Ferondo, al oír esto, se puso muy alegre, y
dijo:
-Mucho me place: Dios bendiga a Nuestro
Señor y al abad y a San Benito y a mi mujer quesosa melosa sabrosa.
El abad, habiéndole hecho dar en el vino
que le mandaba tantos polvos de aquellos que le hicieran dormir unas
cuatro horas, volviéndole a poner sus vestidos, junto con su monje
silenciosamente lo volvieron a la sepultura donde había sido
enterrado. Por la mañana al hacerse de día, Ferondo volvió en sí y
vio por alguna rendija de la sepultura luz, lo que no veía hacía
diez meses, por lo que pareciéndole estar vivo, empezó a gritar:
-¡Abridme, abridme! -y a golpear él mismo
con la cabeza contra la tapa del sepulcro, tan fuerte que
removiéndola, porque con poco se removía, empezaba a abrirse cuando
los monjes, que habían rezado maitines, corrieron allí y conocieron
la voz de Ferondo y lo vieron ya salir del sepulcro, por lo que,
espantados todos ante la extrañeza del hecho, comenzaron a huir y se
fueron al abad. El cual, haciendo semblante de levantarse de la
oración, dijo:
-Hijos, no temáis; tomad la cruz y el agua
bendita y venid detrás de mi, y veamos lo que el poder de Dios nos
quiere mostrar -y así lo hizo.
Estaba Ferondo tan pálido como quien ha
estado tanto tiempo sin ver el cielo, fuera del ataúd; el cual, al
ver al abad, corrió a sus pies y le dijo:
-Padre mío, vuestras oraciones, según me ha
sido revelado, y las de San Benito y las de mi mujer me han sacado
de las penas del purgatorio y traído a la vida de nuevo; por lo que
os ruego a Dios que tengáis buenos días y buenas calendas , hoy y
siempre.
El abad dijo:
-Alabado sea el poder de Dios. Ve, pues,
hijo, pues que Dios aquí te ha devuelto, y consuela a tu mujer, que
siempre, desde que te fuiste, ha estado llorando, y sé de aquí en
adelante amigo y servidor de Dios.
Dijo Ferondo:
-Señor, así ha sido dicho; dejadme hacer a
mí, que en cuanto la encuentre, tanto la besaré cuanto la quiero.
El abad, quedándose con sus monjes, mostró
sentir por esta cosa una gran admiración e hizo cantar devotamente
el miserere. Ferondo tornó a su villa, donde, quien lo veía huía de
él como suele hacerse de las cosas horribles, pero él, llamándole,
afirmaba que había resucitado. La mujer también tenía miedo de él,
pero después de que la gente fue tomando confianza con él, y, viendo
que estaba vivo, le preguntaban sobre muchas cosas; convertido en
sabio, a todos respondía y daba noticias de las almas de sus
parientes, y hacía por sí mismo las más bellas fábulas del mundo
sobre los hechos del purgatorio, y delante de todo el pueblo contó
la revelación que había sido hecha por boca de Arañuelo Grabiel
antes de que resucitase. Por la cual cosa, volviéndose a casa con la
mujer y entrado en posesión de sus bienes, la preñó a su parecer, y
sucedió por ventura que llegado el tiempo oportuno en opinión de los
tontos, que creen que la mujer lleva a los hijos precisamente nueve
meses, la mujer parió un hijo varón, que fue llamado Benedetto
Ferondo. La vuelta de Ferondo y sus palabras, al creer casi todo el
mundo que había resucitado, acrecentaron sin límites la fama de la
santidad del abad; y Ferondo, que por sus celos había recibido
muchas palizas, según la promesa que el abad había hecho a la mujer,
dejó de ser celoso de allí en adelante, con lo que, contenta la
mujer, honestamente como solía con él vivió aunque, cuando
convenientemente podía, de buen grado se encontraba con el santo
abad que bien y diligentemente en sus mayores necesidades la había
servido.
NOVELA NOVENA
Giletta de Narbona cura al rey de Francia
de una fístula; le pide por marido a Beltramo de Rosellón, el cual,
desposándose con ella contra su voluntad, a Florencia se va enojado;
donde, cortejando a una joven, en lugar de ella, Giletta se acuesta
con él y tiene de él dos hijos, por lo que él, después, sintiendo
amor por ella, la tuvo como mujer .
Quedaba, al no querer negar su privilegio a
Dioneo, solamente la reina por contar su historia (como fuera que ya
había terminado la novela de Laureta); por lo cual, ésta, sin
esperar a ser solicitada por los suyos, así, toda amorosa, comenzó a
hablar:
¿Quién contará ahora ya una historia que
parezca buena, habiendo escuchado la de Laureta? Alguna ventaja ha
sido que ella no fuese la primera, que luego pocas de las otras nos
hubieran gustado, y así espero que suceda con las que esta jornada
quedan por contar. Pero sea como sea, aquella que sobre el presente
asunto se me ocurre os contaré.
En el reino de Francia hubo un gentilhombre
que era llamado Isnardo, conde del Rosellón, el cual, porque poca
salud tenía, siempre tenía a su lado a un médico llamado maestro
Gerardo de Narbona. Tenía el dicho conde un solo hijo pequeño,
llamado Beltramo, el cual era hermosísimo y amable, y con él otros
niños de su edad se educaban, entre los cuales estaba una niña del
dicho médico llamada Giletta, la cual infinito amor, y más allá de
lo que convenía a su tierna edad ardiente, puso en este Beltramo. El
cual, muerto el conde y confiado él a las manos del rey, tuvo que
irse a París, de lo que la jovencilla quedó vehementemente
desconsolada; y habiendo muerto el padre de ella no mucho después,
si alguna razón honesta hubiera tenido, de buen grado a París para
ver a Beltramo habría ido; pero estando muy guardada, porque rica y
sola había quedado, no encontraba ningún camino honesto. Y siendo
ella ya de edad de tomar marido, no habiendo podido nunca olvidar a
Beltramo, a muchos con quienes sus parientes habían querido casarla
había rechazado sin manifestar la razón.
Ahora, sucedió que, inflamada ella en el
amor de Beltramo más que nunca, porque hermosísimo joven oía que se
había hecho, vino a oír una noticia, de cómo al rey de Francia, de
un nacido que había tenido en el pecho y le había sido curado mal,
le había quedado una fístula que grandísima molestia y grandísimo
dolor le ocasionaba, y no se había podido todavía encontrar un
médico (aunque muchos lo hubiesen intentado) que lo hubiera podido
curar de aquello, sino que todos lo habían empeorado; por la cual
cosa el rey, desesperándose, ya de ninguno quería consejo ni ayuda.
De lo que la joven se puso sobremanera contenta y pensó no solamente
por aquello tener una razón legítima para ir a París, sino que, si
fuese la enfermedad que ella creía, que fácilmente podría tener a
Beltramo por marido. Con lo que, como quien en el pasado del padre
había aprendido muchas cosas, hechos sus polvos con ciertas hierbas
útiles para la enfermedad que pensaba que era, montó a caballo y a
París se fue. Y antes de haber hecho nada se ingenió para ver a
Beltramo, y luego, venida delante del rey, de gracia le pidió que su
enfermedad le mostrase. El rey, viéndola joven hermosa y agradable,
no se lo supo negar, y se la mostró. En cuanto la hubo visto,
incontinenti sintió esperanzas de poder curarlo, y dijo: -Monseñor,
si os place, sin ninguna molestia o trabajo vuestro, espero en Dios
que en ocho días os sanaré de esta enfermedad.
El rey, para sí mismo, se burló de sus
palabras diciendo:
-¿Lo que los mayores médicos del mundo no
han podido ni sabido, una mujer joven cómo podrá saberlo?
Pero le agradeció su buena voluntad y
repuso que se había propuesto no seguir ya ningún consejo de médico.
La joven le dijo:
-Monseñor, desprecias mi arte porque joven
soy y mujer, pero os recuerdo que yo no curo con mi ciencia, sino
con la ayuda de Dios y con la ciencia del maestro Gerardo
narbonense, que fue mi padre y famoso médico mientras vivió.
El rey, entonces se dijo: «Tal vez me ha
mandado Dios a ésta; ¿por qué no pruebo lo que sabe hacer, pues dice
que sin sufrir molestias me curará en poco tiempo?», y habiendo
decidido probarlo, dijo: -Damisela, y si no me curáis, después de
hacernos romper nuestra decisión, ¿qué queréis que se os haga?
-Monseñor -repuso la joven-, vigiladme, y
si antes de ocho días no os curo, hacedme quemar; pero si os curo,
¿qué premio me daréis?
El rey le respondió:
-Me parecéis aún sin marido; si lo hacéis,
os casaremos bien y altamente. La joven le dijo:
-Monseñor, verdaderamente me place que vos
me caséis, pero quiero a un marido tal cual yo os lo pida,
entendiendo que no os debo pedir ninguno de vuestros hijos ni de la
familia real. El rey enseguida le prometió hacerlo. La joven comenzó
su cura y, en breve, antes del tiempo fijado, le devolvió la salud,
por lo que el rey, sintiéndose curado, dijo: -Damisela, os habéis
ganado bien el marido.
Ella le contestó:
-Pues, monseñor, he ganado a Beltramo de
Rosellón, a quien infinitamente en mi infancia comencé a amar y
desde entonces siempre he amado sumamente.
Fuerte cosa pareció al rey tenérselo que
dar, pero como prometido lo había, no queriendo faltar a su palabra,
lo hizo llamar y así le dijo:
-Beltramo, sois ya maduro y fornido:
queremos que volváis a gobernar vuestro condado y que con vos
llevéis a una damisela que os hemos dado por mujer.
Dijo Beltramo:
-¿Y quién es la damisela, monseñor?
El rey le repuso:
-Es aquella que con sus medicinas me ha
devuelto la salud. Beltramo, que la conocía y la había visto, aunque
muy bella le pareciese, conociendo que no era de linaje que a su
nobleza correspondiera, todo ofendido dijo: -Monseñor, ¿pues me
queréis dar por mujer a una mendiga? No plazca a Dios que tal mujer
tome jamás.
El rey le dijo:
-¿Pues queréis vos que no cumplamos nuestra
palabra, que para recobrar la salud dimos a la damisela que os ha
pedido por marido en galardón?
-Monseñor -dijo Beltramo-, podéis quitarme
cuanto tengo, y darme, como vuestro hombre que soy, a quien os
place: pero estad seguro de esto, que nunca estaré contento con tal
matrimonio. -Sí lo estaréis -dijo el rey-, porque la damisela es
hermosa y prudente y os ama mucho, por lo que esperamos que mucho
más feliz vida tengáis con ella que tendríais con una dama de más
alto linaje. Beltramo se calló y el rey hizo preparar con gran
aparato la fiesta de las bodas; y llegado el día para ello
determinado, por muy de mala gana que lo hiciera Beltramo, en
presencia del rey la damisela se casó con quien más que a ella misma
amaba. Y hecho esto, como quien ya pensado tenía lo que debía hacer,
diciendo que a su condado volver quería y consumar allí el
matrimonio, pidió licencia al rey; y, montado a caballo, no a su
condado se fue, sino que se vino a Toscana. Y sabiendo que los
florentinos peleaban con los sieneses, a ponerse a su lado se
dispuso, donde alegremente recibido y con honor, hecho capitán de
cierta cantidad de gente y recibiendo de ellos buen salario, a su
servicio se quedó y estuvo mucho tiempo. La recién casada, poco
contenta de tal suerte, esperando poder con sus sabias obras hacerlo
volver a su condado se fue al Rosellón, donde por todos como su
señora fue recibida. Encontrando allí, por el largo tiempo que sin
conde había estado, todas las cosas descompuestas y estragadas, como
señora prudente con gran diligencia y solicitud todas las cosas puso
en orden, por lo que los súbditos mucho contento tuvieron y la
tuvieron en mucha estima y le tomaron gran amor, reprochando mucho
al conde que con ella no se contentara. Habiendo la señora
recompuesto todo el país, por dos caballeros se lo comunicó al
conde, rogándole que, si por ella no quería venir a su condado, se
lo comunicase, y ella, por complacerle, se iría; a los cuales él,
durísimamente, dijo: -Que haga lo que le plazca: en cuanto a mí,
volveré allí a estar con ella cuando tenga este anillo en su dedo, y
en los brazos un hijo engendrado por mí.
Tenía el anillo en gran aprecio y nunca se
separaba de él, por cierto poder que le habían dado a entender que
tenía. Los caballeros oyeron la dura condición puesta con aquellas
dos cosas casi imposibles, y viendo que con sus palabras de su
intención no podían moverle, volvieron a la señora y su respuesta le
contaron. La cual, muy dolorida, después de pensarlo mucho, deliberó
querer saber si aquellas dos cosas podían ocurrir y dónde, para que
como resultado pudiera recobrar a su marido. Y habiendo pensado lo
que debía hacer, reunidos una parte de los mayores y mejores hombres
de su condado, les contó ordenadamente y con palabras dignas de
compasión lo que antes había hecho por amor del conde, y mostró lo
que había sucedido por aquello, y finalmente les dijo que su
intención no era que por su estancia allí el conde estuviera en
perpetuo exilio, por lo que entendía consumir lo que le quedase de
vida en peregrinaciones y en obras de misericordia por la salvación
de su alma; y les rogó que la protección y el gobierno del condado
tomasen y se lo significasen al conde, que ella vacía y libre le
había dejado su posesión y se había alejado con intención de nunca
volver al Rosellón.
Aquí, mientras ella hablaba, fueron
derramadas lágrimas por muchos de aquellos hombres buenos y le
hicieron muchos ruegos de que le pluguiese cambiar de opinión y
quedarse; pero de nada sirvieron. Ella, encomendándolos a Dios, con
un primo suyo y una camarera, en hábito de peregrinos, bien surtidos
de dineros y valiosas joyas, sin que nadie supiese dónde iba, se
puso en camino y no se detuvo hasta que llegó a Florencia; y llegada
allí por acaso a una posadita que tenía una buena mujer viuda,
simplemente y a guisa de pobre peregrina estaba, deseosa de oír
noticias de su señor. Sucedió, pues, que al día siguiente vio pasar
a Beltramo por delante de la posada, a caballo con su compañía, y
aunque muy bien lo conoció no dejó de preguntar a la buena mujer de
la posada quién era. La posadera le respondió:
-Es un gentilhombre forastero que se llama
el conde Beltramo, amable y cortés y muy amado en esta ciudad; y lo
más enamorado del mundo de una vecina nuestra, que es mujer noble,
pero pobre. Verdad es que honestísima joven es, y por pobreza no se
ha casado aún, sino que con su madre, prudentísima y buena señora,
vive; y tal vez, si no fuese por esta su madre, habría ella hecho ya
lo que este conde hubiera querido.
La condesa, oyendo estas palabras, las
retuvo bien; y más menudamente examinando y viniendo a todos los
detalles, y bien comprendidas todas las cosas, tomó su decisión, y
aprendida la casa y el nombre de la señora y de su hija amada por el
conde, un día, ocultamente, en hábito de peregrina, allí se fue, y a
la señora y a su hija encontrando muy pobremente, saludándolas, dijo
a la señora que cuando le placiese quería hablarle. La honrada
señora, levantándose, dijo que estaba pronta a escucharla; y
entrando solas en una alcoba suya, y tomando asiento, comenzó la
condesa:
-Señora, me parece que os contáis entre las
enemigas de la fortuna como me cuento yo, pero si quisierais, por
ventura podríais a vos y a mí consolarnos. La señora respondió que
nada deseaba tanto cuanto consolarse honestamente. Siguió la
condesa: -Me es necesaria vuestra palabra, en la que si confío y vos
me engañaseis, echaríais a perder vuestros asuntos y los míos.
-Con confianza -dijo la noble señora-,
decid todo lo que gustéis, que nunca por mí seréis engañada.
Entonces la condesa, comenzando con su primer enamoramiento, quién
era ella y lo que hasta aquel día le había sucedido le contó, de tal
manera que la noble señora, como quien ya en parte lo había oído a
otros, comenzó de ella a sentir compasión. Y la condesa, contadas
sus aventuras, siguió: -Ya habéis oído, entre mis otras angustias,
cuáles son las dos cosas que necesito tener si quiero tener a mi
marido, las cuales a nadie más conozco que pueda ayudarme a
adquirirlas sino a vos, si es verdad lo que entiendo, esto es, que
el conde mi marido sumamente a vuestra hija ama. La noble señora le
dijo:
-Señora, si el conde ama a mi hija no lo
sé, pero mucho lo aparenta; ¿pero qué puedo yo por ello lograr de lo
que vos deseáis?
-Señora -repuso la condesa-, os lo diré,
pero primeramente os quiero mostrar lo que quiero daros si me
ayudáis. Veo que vuestra hija es hermosa y en edad de darle marido,
y por lo que he entendido y me parece comprender, no tener dote para
darle os la hace tener en casa. Entiendo, en recompensa del servicio
que me hagáis, darle prestamente de mis dineros la dote que vos
misma estiméis que para casarla honradamente sea necesaria.
A la señora, como a quien estaba en
necesidad, le plugo la oferta, pero como tenía el ánimo noble, dijo:
-Señora, decidme lo que puedo hacer por vos, y si es honesto para mí
lo haré con gusto, y vos luego haréis lo que os plazca.
Dijo entonces la condesa:
-Necesito que vos, por alguien de quien os
fiéis, hagáis decir al conde mi marido que vuestra hija está
dispuesta a hacer lo que él guste si puede cerciorarse de que la ama
como aparenta, lo que nunca creerá si no le envía el anillo que
lleva en la mano y que ella ha oído que él ama tanto; el cual si se
lo manda, vos me lo daréis; y luego le mandaréis decir que vuestra
hija está dispuesta a hacer su gusto, y le haréis venir aquí
ocultamente y escondidamente a mí, en lugar de a vuestra hija, me
pondréis a su lado. Tal vez me conceda Dios la gracia de quedar
preñada; y así luego, teniendo su anillo en el dedo y en los brazos
a un hijo por él engendrado, le conquistaré y con él viviré como la
mujer debe vivir con su marido, habiendo sido vos la ocasión de
ello.
Grave cosa pareció ésta a la señora,
temiendo que fuese a seguirse de ella vergüenza para su hija; pero
pensando que era cosa honrada dar ocasión a que la buena señora
recuperase a su marido y que con honesto fin se ponía a hacer
aquello, confiándose a sus buenos y honrados sentimientos, no
solamente prometió hacerlo a la condesa sino que pocos días después,
con secreta cautela, según las órdenes que había dado, tuvo el
anillo (aunque un tantillo le costase al conde) y a ella en lugar de
a su hija magistralmente puso en la cama con el conde.
En los cuales primeros ayuntamientos
afectuosísimamente por el conde buscados, como agradó a Dios, la
señora quedó preñada de dos hijos varones, como el parto hizo
manifiesto a su debido tiempo. Y no solamente una vez alegró la
noble señora a la condesa con los abrazos del marido, sino muchas,
tan secretamente actuando que nunca se supo una palabra de ello:
creyendo siempre el conde que no con su mujer sino con aquella a
quien amaba había estado. A quien cuando se iba a ir por las
mañanas, había dado diversas joyas hermosas y de valor, que
diligentemente la condesa guardaba. La cual, sintiéndose preñada, no
quiso más a la honrada señora imponer tal ayuda, sino que le dijo:
-Señora, por merced de Dios y vuestra tengo lo que deseaba, y por
ello es tiempo que haga lo que os agrade, para irme después.
La honrada señora le dijo que si había
hecho algo que le agradase, que le placía, pero que no lo había
hecho por ninguna esperanza de galardón sino porque le parecía deber
hacerlo para obrar bien. La condesa le dijo:
-Señora, mucho me place, y así, por otra
parte, no entiendo daros lo que me pidáis por galardón, sino por
obrar bien, que a mí me parece que debe hacerse así.
La honrada señora entonces, por la
necesidad obligada, con grandísima vergüenza, cien liras le pidió
para casar a su hija. La condesa, conociendo su vergüenza y oyendo
su discreta petición, le dio quinientas y tantas joyas hermosas y
valiosas que por ventura valían otro tanto; con lo que la honrada
señora, mucho más que contenta, las gracias que mejor pudo a la
condesa dio, la cual, separándose de ella, se volvió a la posada.
La honrada señora, por quitar ocasión a
Beltramo de mandar a nadie ni venir a su casa, con la hija se fue al
campo a casa de sus parientes, y Beltramo de allí a poco tiempo,
reclamado por sus hombres, a su casa, oyendo que la condesa se había
alejado, se volvió. La condesa, oyendo que se había ido de
Florencia, y vuelto a su condado, se puso muy contenta; y se quedó
en Florencia hasta que el tiempo del parto vino, y dio a luz a dos
hijos varones parecidísimos a su padre, a los que hizo
diligentemente criar. Y cuando le pareció oportuno, poniéndose en
camino, sin ser por nadie reconocida, con ellos se vino a
Montpellier; y descansando allí algunos días, y sobre el conde y
dónde estuviera habiendo indagado, y enterándose de que el día de
Todos los Santos en el Rosellón iba a hacer una gran fiesta de damas
y caballeros, siempre disfrazada de peregrina (como había salido de
allí), allá se fue. Y oyendo a las damas y los caballeros reunidos
en el palacio del conde estar para sentarse a la mesa, sin cambiarse
de hábito, con sus hijuelos en los brazos subiendo a la sala,
abriéndose paso entre todos, allá se fue hasta donde vio al conde, y
arrojándosele a los pies, dijo llorando:
-Señor mío, yo soy tu desventurada esposa,
que por dejarte volver y estar en tu casa, largamente he andado
rodando. Por Dios te requiero a que las condiciones que me pusiste
por los dos caballeros que te mandé las mantengas: y aquí está tu
anillo en mi dedo, y aquí, en mis brazos, tengo no a uno sino a dos
hijos tuyos. Es hora ya de que deba por ti ser recibida como mujer,
según tu promesa. El conde, al oír esto, todo se desvaneció y
reconoció el anillo, y también a los dos hijos, tanto se le
parecían; pero dijo:
-¿Cómo puede haber sucedido esto?
La condesa, con gran maravilla del conde y
de todos cuantos presentes estaban, ordenadamente contó lo que había
pasado y cómo; por lo cual el conde, conociendo que decía la verdad
y viendo su perseverancia y su buen juicio, y además a aquellos dos
hijitos tan hermosos, para cumplir lo que prometido había y por
complacer a todos sus hombres y a las damas, que todos le rogaban
que a ésta como su legítima esposa acogiera ya y honrase, depuso su
obstinada dureza e hizo ponerse en pie a la condesa, y la abrazó y
besó y por su legítima mujer la reconoció, y a aquéllos por hijos
suyos; y haciéndola vestirse con ropas convenientes a ella, con
grandísimo placer de cuantos allí había y de todos sus otros
vasallos que aquello oyeron, hizo no solamente todo aquel día, sino
muchísimos otros grandísima fiesta, y de aquel día en adelante a
ella siempre como a su esposa y mujer honrada, la amó y la apreció
sumamente.
NOVELA DÉCIMA
Alibech se hace ermitaña, y el monje
Rústico la enseña a meter al diablo en el infierno, después, llevada
de allí, se convierte en la mujer de Neerbale.
Dioneo, que diligentemente la historia de
la reina escuchado había, viendo que estaba terminada y que sólo a
él le faltaba novelar, sin esperar órdenes, sonriendo, comenzó a
decir: Graciosas señoras, tal vez nunca hayáis oído contar cómo se
mete al diablo en el infierno, y por ello, sin apartarme casi del
argumento sobre el que vosotras todo el día habéis discurrido, os lo
puedo decir: tal vez también podáis salvar a vuestras almas luego de
haberlo aprendido, y podréis también conocer que por mucho que Amor
en los alegres palacios y las blandas cámaras más a su grado que en
las pobres cabañas habite, no por ello alguna vez deja de hacer
sentir sus fuerzas entre los tupidos bosques y los rígidos alpes,
por lo que comprender se puede que a su potencia están sujetas todas
las cosas. Viniendo, pues, al asunto, digo que en la ciudad de
Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre
otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era
Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos
que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de
Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos
impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían
mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como
hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se
habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos
catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril,
sin nada decir a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de
Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo,
continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades
llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un
santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla
allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que,
inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también
quién la enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón,
viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la
retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de
comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y
agua a beber, le dijo:
-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un
santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo
que soy yo: irás a él.
Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él
y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a
la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo
nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había
hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no
como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la
retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de
palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase.
Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las
fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas,
sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como
vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones
y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura
de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo
debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él,
como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella. Y
probando primero con ciertas preguntas, que no había nunca conocido
a hombre averiguó y que tan simple era como parecía, por lo que
pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su
voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo
de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el
servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el
infierno, adonde Nuestro Señor le había condenado. La jovencita le
preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo: -Pronto lo sabrás,
y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse
de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y
lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien
rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así,
sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan
hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y
maravillándose, dijo: -Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así
se te sale hacia afuera y yo no la tengo? -Oh, hija mía -dijo
Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa
grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarle.
Entonces dijo la joven:
-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy
mejor que tú, que no tengo yo ese diablo. Dijo Rústico:
-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo
no tengo, y la tienes en lugar de esto. Dijo Alibech:
-¿El qué?
Rústico le dijo:
-Tienes el infierno, y te digo que creo que
Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si
ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí
tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí
grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para
ello has venido a estos lugares, como dices.
La joven, de buena fe, repuso:
-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el
infierno, sea como queréis. Dijo entonces Rústico:
-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo,
que luego me deje estar tranquilo. Y dicho esto, llevada la joven
encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para
poder encarcelar a aquel maldito de Dios.
La joven, que nunca había puesto en el
infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor,
por lo que dijo a Rústico:
-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser
este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el
infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro. Dijo
Rústico:
-Hija, no sucederá siempre así.
Y para hacer que aquello no sucediese, seis
veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto
que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza
que de buena gana se quedó tranquilo.
Pero volviéndole luego muchas veces en el
tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a
quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a
decir a Rústico: -Bien veo que la verdad decían aquellos sabios
hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en
verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto
deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno;
y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en
servir a Dios se ocupa es un animal.
Por la cual cosa, muchas veces iba a
Rústico y le decía:
-Padre mío, yo he venido aquí para servir a
Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el
infierno.
Haciendo lo cual, decía alguna vez:
-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa
del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el
infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.
Así, tan frecuentemente invitando la joven
a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado
la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro
hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo
no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él,
por soberbia, levantase la cabeza:
-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto
lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz. Y así impuso
algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico
no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:
-Rústico, si tu diablo está castigado y ya
no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que
bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi
infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la
soberbia a tu diablo.
Rústico, que de raíces de hierbas y agua
vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos
diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría
lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan
raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de
lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho
rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el
infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor
poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que
en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y
demás familia tenía; por la cual cosa, Alibech, de todos sus bienes
quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en
magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba
viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se
apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre
muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la
voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y
con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las
mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose
todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al
diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado
con haberla arrancado a tal servicio.
Las mujeres preguntaron:
-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven, entre palabras y gestos, se lo
mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:
-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí,
Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.
Luego, diciéndoselo una a otra por toda la
ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio
que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el
cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello
vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended
a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a
Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y
seguirse.
Mil veces o más había movido a risa la
historia de Dioneo a las honestas damas, tales y de tal manera les
parecían sus palabras; por lo que, llegado él a la conclusión de
ésta, conociendo la reina que el término de su señorío había
llegado, quitándose el laurel de la cabeza, muy placenteramente lo
puso sobre la cabeza de Filostrato, y dijo:
-Pronto veremos si el lobo sabe mejor guiar
a las ovejas que las ovejas han guiado a los lobos. Filostrato, al
oír esto, dijo riéndose:
-Si me hubieran hecho caso, los lobos
habrían enseñado a las ovejas a meter al diablo en el infierno no
peor de lo que hizo Rústico con Alibech; y por ello no nos llaméis
lobos porque no habéis sido ovejas, pero según me ha sido concedido,
gobernaré el reino que se me ha encomendado. A quien Neifile
contestó:
-Oye, Filostrato; habríais, queriéndonos
enseñar, podido aprender sensatez como aprendió Masetto de las
monjas y recuperar el habla en tal punto que los huesos sin dueño
habrían aprendido a silbar. Filostrato, conociendo que había allí no
menos hoces que dardos tenía él, dejando el bromear, a dedicarse al
gobierno del reino encomendado empezó; y haciendo llamar al
senescal, en qué punto estaban todas las cosas quiso oír, y además
de esto, según lo que pensó que estaría bien y que debía satisfacer
a la compañía, por cuanto su señorío durase, discretamente dispuso,
y después, dirigiéndose a las señoras, dijo: -Amorosas señoras, por
mi desventura, pues que mucho dolor he conocido, siempre por la
hermosura de alguna de vosotras he estado sujeto a Amor, y ni el ser
humilde ni el ser obediente ni el secundarlo como mejor he podido
conocer en todas sus costumbres, me ha valido sino primero ser
abandonado por otro y luego andar de mal en peor, y así creo que
andaré de aquí a la muerte, y por ello no de otra materia me place
que se hable mañana sino de lo que a mis casos es más conforme, esto
es, de aquellos cuyos amores tuvieron infeliz final, porque yo con
el tiempo lo espero infelicísimo, y no por otra cosa el nombre con
que me llamáis, por quienes bien sabían lo que decían, me fue
impuesto. Y dicho esto, poniéndose en pie, hasta la hora de la cena
dio a todos licencia. Era tan hermoso el jardín y tan deleitable que
no hubo ninguna que eligiera salir de él para mayor placer hallar en
otra parte; así, no causando el sol, ya tibio, ninguna molestia para
seguirlos, a los cabritillos y los conejos y los otros animales que
estaban en él y que, mientras estaban sentados unas cien veces,
saltando por medio de ellos, habían venido a molestarlos, se
pusieron algunos a seguir. Dioneo y Fiameta comenzaron a cantar
sobre micer Guglielmo y la Dama del Vergel , Filomena y Pánfilo se
pusieron a jugar al ajedrez, y así, quién haciendo esto, quién
haciendo aquello, pasándose el tiempo, apenas esperada, la hora de
la cena llegó; por lo que, puestas las mesas en torno a la bella
fuente, allí con grandísimo deleite cenaron por la noche.
Filostrato, por no salir del camino seguido por quienes reinas antes
que él habían sido, cuando se levantaron las mesas, mandó que
Laureta guiase una danza y cantase una canción; la cual dijo:
-Señor mío, canciones de los demás no sé,
ni de las mías tengo en la cabeza ninguna que sea lo bastante
conveniente a tan alegre compañía; si queréis de las que sé, las
cantaré de buena gana. El rey le dijo:
-Nada de lo tuyo podría ser sino bello y
placentero, y por ello, lo que sepas, cántalo. Laureta, con voz asaz
suave, pero con manera un tanto lastímera, respondiéndole las demás,
comenzó así.
- Nadie tan desolada
- como yo ha de quejarse,
- que triste, en vano, gimo enamorada.
- Aquel que mueve el cielo y toda estrella
- me formó a su placer
- linda, gallarda, y tan graciosa y bella,
- para aquí abajo al intelecto ser
- una señal de aquella
- belleza que jamás deja de ver,
- mas el mortal poder ,
- conociéndome mal,
- no me valora, soy menospreciada.
- Ya hubo quien me quiso y, muy de grado,
- siendo joven me abrió
- sus brazos y su pecho y su cuidado,
- y en la luz de mis ojos se inflamó,
- y el tiempo (que afanado
- se escapa) a cortejarme dedicó,
- y siendo cortés yo
- digna de él supe hacerme,
- pero ahora estoy de aquel amor privada.
- A mí llegó después, presuntuoso,
- un mozalbete fiero
- reputándose noble y valeroso,
- su prisionera soy, y el traicionero
- hoy se ha vuelto celoso;
- por lo que, triste, casi desespero,
- puesto que verdadero
- es que, viniendo al mundo
- por bien de muchos, de uno soy guardada.
- Maldigo mi ventura
- que, por cambiarme en esta
- veste respondí sí de aquella oscura
- en que alegre me vi, mientras con ésta
- llevo una vida dura,
- mucho menor que la pasada honesta.
- ¡Oh dolorosa fiesta,
- antes muerta me viese
- que haber sido en tal caso desgraciada!
- Oh caro amante, con quien fui primero
- más que nadie dichosa,
- que ahora en el cielo ves al verdadero
- creador, mírame con tu piadosa
- bondad, ya que por otro
- no te puedo olvidar, haz la amorosa
- llama arder por mí, ansiosa,
- y ruega que yo vuelva a esa morada.
Aquí puso fin Laureta a su canción, que,
oída por todos, diversamente por cada uno fue entendida; y los hubo
que entendieron a la milanesa que mejor era un buen puerco que una
bella moza ; otros fueron de más sublime y mejor y más verdadero
intelecto, sobre el que al presente no es propio recitar. El rey,
después de ésta, sobre la hierba y entre las flores habiendo hecho
encender muchas velas dobles, hizo cantar otras hasta que todas las
estrellas que subían comenzaron a caer; por lo que, pareciéndole
tiempo de dormir, mandó que con las buenas noches cada uno a su
alcoba se fuese.
TERMINA LA TERCERA JORNADA |