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SEGUNDA JORNADA
COMIENZA LA SEGUNDA JORNADA DEL DECAMERÓN,
EN LA QUE, BAJO EL GOBIERNO DE FILOMENA, SE RAZONA SOBRE QUIENES,
PERSEGUIDOS POR DIVERSAS CONTRARIEDADES, HAN LLEGADO, CONTRA TODA
ESPERANZA, A BUEN FIN.
Ya había el sol llevado a todas partes el
nuevo día con su luz y los pájaros daban de ello testimonio a los
oídos cantando placenteros versos sobre las verdes ramas, cuando
todas las jóvenes y los tres jóvenes, habiéndose levantado, se
entraron por los jardines y, hollando con lento paso las hierbas
húmedas de rocío, haciéndose bellas guirnaldas acá y allá,
recreándose durante largo rato estuvieron. Y tal como habían hecho
el día anterior hicieron el presente: habiendo comido con la fresca,
luego de haber bailado alguna danza se fueron a descansar y,
levantándose de la siesta después de la hora de nona, como le plugo
a su reina, venidos al fresco pradecillo, se sentaron en torno a
ella. Y ella, que era hermosa y de muy amable aspecto, coronada con
su guirnalda de laurel, después de estar callada un poco y de mirar
a la cara a toda su compañía, mandó a Neifile que a las futuras
historias diese, con una, principio; y ella, sin poner ninguna
excusa, así, alegre, empezó a hablar:
NOVELA PRIMERA
Martellino, fingiéndose tullido, simula
curarse sobre la tumba de San Arrigo y, conocido su engaño, es
apaleado; y después de ser apresado y estar en peligro de ser
colgado, logra por fin escaparse.
Muchas veces sucede, carísimas señoras, que
aquel que se ingenia en burlarse de otro, y máximamente de las cosas
que deben reverenciarse, se ha encontrado sólo con las burlas y a
veces con daño de sí mismo; por lo que, para obedecer el mandato de
la reina y dar principio con una historia mía al asunto propuesto,
entiendo contaros lo que, primero desdichadamente y después (fuera
de toda su esperanza) muy felizmente, sucedió a un conciudadano
nuestro.
Había, no hace todavía mucho tiempo, un
tudesco en Treviso llamado Arrigo que, siendo hombre pobre, servía
como porteador a sueldo a quien se lo solicitaba y, a pesar de ello,
era tenido por todos como hombre de santísima y buena vida. Por lo
cual, fuese verdad o no, sucedió al morir él, según afirman los
trevisanos, que a la hora de su muerte, todas las campanas de la
iglesia mayor de Treviso empezaron a sonar sin que nadie las tocase.
Lo que, tenido por milagro, todos decían que este Arrigo era santo ;
y corriendo toda la gente de la ciudad a la casa en que yacía su
cuerpo, lo llevaron a guisa de cuerpo santo a la iglesia mayor,
llevando allí cojos, tullidos y ciegos y demás impedidos de
cualquiera enfermedad o defecto, como si todos debieran sanar al
tocar aquel cuerpo. En tanto tumulto y movimiento de gente sucedió
que a Treviso llegaron tres de nuestros conciudadanos, de los cuales
uno se llamaba Stecchi, otro Martellino y el tercero Marchese ,
hombres que, yendo por las cortes de los señores, divertían a la
concurrencia distorsionándose y remedando a cualquiera con muecas
extrañas. Los cuales, no habiendo estado nunca allí, se maravillaron
de ver correr a todos y, oído el motivo de aquello, sintieron deseos
de ir a ver y, dejadas sus cosas en un albergue, dijo Marchese:
-Queremos ir a ver este santo, pero en
cuanto a mí, no veo cómo podamos llegar hasta él, porque he oído que
la plaza está llena de tudescos y de otra gente armada que el señor
de esta tierra, para que no haya alboroto, hace estar allí, y además
de esto, la iglesia, por lo que se dice, está tan llena de gente que
nadie más puede entrar.
Martellino, entonces, que deseaba ver
aquello, dijo:
-Que no se quede por eso, que de llegar
hasta el cuerpo santo yo encontraré bien el modo. Dijo Marchese:
-¿Cómo?
Repuso Martellino:
-Te lo diré: yo me contorsionaré como un
tullido y tú por un lado y Stecchi por el otro, como si no pudiese
andar, me vendréis sosteniendo, haciendo como que me queréis llevar
allí para que el santo me cure: no habrá nadie que, al vernos, no
nos haga sitio y nos deje pasar. A Marchese y a Stecchi les gustó el
truco y, sin tardanza, saliendo del albergue, llegados los tres a un
lugar solitario, Martellino se retorció las manos de tal manera, los
dedos y los brazos y las piernas, y además de ello la boca y los
ojos y todo el rostro, que era cosa horrible de ver; no habría
habido nadie que lo hubiese visto que no hubiese pensado que estaba
paralítico y tullido. Y sujetado de esta manera, entre Marchese y
Stecchi, se enderezaron hacia la iglesia, con aspecto lleno de
piedad, pidiendo humildemente y por amor de Dios a todos los que
estaban delante de ellos que les hiciesen sitio, lo que fácilmente
obtenían; y en breve, respetados por todos y todo el mundo gritando:
«¡Haced sitio, haced sitio!», llegaron allí donde estaba el cuerpo
de San Arrigo y, por algunos gentileshombres que estaban a su
alrededor, fue Martellino prestamente alzado y puesto sobre el
cuerpo para que mediante aquello pudiera alcanzar la gracia de la
salud.
Martellino, como toda la gente estaba
mirando lo que pasaba con él, comenzó, como quien lo sabía hacer muy
bien, a fingir que uno de sus dedos se estiraba, y luego la mano, y
luego el brazo, y así todo entero llegar a estirarse. Lo que,
viéndolo la gente, tan gran ruido en alabanza de San Arrigo hacían
que un trueno no habría podido oírse. Había por acaso un florentino
cerca que conocía muy bien a Martellino, pero que por estar así
contorsionado cuando fue llevado allí no lo había reconocido. El
cual, viéndolo enderezado, lo reconoció y súbitamente empezó a
reírse y a decir: -¡Señor, haz que le duela! ¿Quién no hubiera
creído al verlo venir que de verdad fuese un lisiado? Oyeron estas
palabras unos trevisanos que, incontinenti, le preguntaron: -¡Cómo!
¿No era éste tullido?
A lo que el florentino repuso:
-¡No lo quiera Dios! Siempre ha sido tan
derecho como nosotros, pero sabe mejor que nadie, como habéis podido
ver, hacer estas burlas de contorsionarse en las posturas que
quiere. Como hubieron oído esto, no necesitaron otra cosa: por la
fuerza se abrieron paso y empezaron a gritar: -¡Coged preso a ese
traidor que se burla de Dios y de los santos, que no siendo tullido
ha venido aquí para escarnecer a nuestro santo y a nosotros
haciéndose el tullido! Y, diciendo esto, le echaron las manos encima
y lo hicieron bajar de donde estaba, y cogiéndole por los pelos y
desgarrándole todos los vestidos empezaron a darle puñetazos y
puntapiés, y no se consideraba hombre quien no corría a hacer lo
mismo. Martellino gritaba: -¡Piedad, por Dios!
Y se defendía cuanto podía, pero no le
servía de nada: las patadas que le daban se multiplicaban a cada
momento. Viendo lo cual, Stecchi y Marchese empezaron a decirse que
la cosa se ponía mal; y temiendo por sí mismos, no se atrevían a
ayudarlo, gritando junto con los otros que le matasen, aunque
pensando sin embargo cómo podrían arrancarlo de manos del pueblo.
Que le hubiera matado con toda certeza si no hubiera habido un
expediente que Marchese tomó súbitamente: que, estando allí fuera
toda la guardia de la señoría, Marchese, lo antes que pudo se fue al
que estaba en representación del corregidor y le dijo: -¡Piedad, por
Dios! Hay aquí algún malvado que me ha quitado la bolsa con sus
buenos cien florines de oro; os ruego que lo prendáis para que pueda
recuperar lo mío. Súbitamente, al oír esto, una docena de soldados
corrieron a donde el mísero Martellino era trasquilado sin tijeras
y, abriéndose paso entre la muchedumbre con las mayores fatigas del
mundo, todo apaleado y todo roto se lo quitaron de entre las manos y
lo llevaron al palacio del corregidor, adonde, siguiéndole muchos
que se sentían escarnecidos por él, y habiendo oído que había sido
preso por descuidero, no pareciéndoles hallar más justo título para
traerle desgracia, empezaron a decir todos que les había dado el
tirón también a sus bolsas. Oyendo todo lo cual, el juez del
corregidor, que era un hombre rudo, llevándoselo prestamente aparte
le empezó a interrogar.
Pero Martellino contestaba bromeando, como
si nada fuese aquella prisión; por lo que el juez, alterado,
haciéndolo atar con la cuerda le hizo dar unos buenos saltos, con
ánimo de hacerle confesar lo que decían para después ahorcarlo. Pero
luego que se vio con los pies en el suelo, preguntándole el juez si
era verdad lo que contra él decían, no valiéndole decir no, dijo:
-Señor mío, estoy presto a confesaros la verdad, pero haced que cada
uno de los que me acusan diga dónde y cuándo les he quitado la
bolsa, y os diré lo que yo he hecho y lo que no. Dijo el juez:
-Que me place.
Y haciendo llamar a unos cuantos, uno decía
que se la había quitado hace ocho días, el otro que seis, el otro
que cuatro, y algunos decían que aquel mismo día. Oyendo lo cual,
Martellino dijo: -Señor mío, todos estos mienten con toda su boca: y
de que yo digo la verdad os puedo dar esta prueba, que nunca había
estado en esta ciudad y que no estoy en ella sino desde hace poco; y
al llegar, por mi desventura, fui a ver a este cuerpo santo, donde
me han trasquilado todo cuanto veis; y que esto que digo es cierto
os lo puede aclarar el oficial del señor que registró mi entrada, y
su libro y también mi posadero. Por lo que, si halláis cierto lo que
os digo, no queráis a ejemplo de esos hombres malvados destrozarme y
matarme.
Mientras las cosas estaban en estos
términos, Marchese y Stecchi, que habían oído que el juez del
corregidor procedía contra él sañudamente, y que ya le había dado
tortura, temieron mucho, diciéndose: -Mal nos hemos industriado; le
hemos sacado de la sartén para echarlo en el fuego. Por lo que,
moviéndose con toda presteza, buscando a su posadero, le contaron
todo lo que les había sucedido; de lo que, riéndose éste, les llevó
a ver a un Sandro Agolanti que vivía en Treviso y tenía gran
influencia con el señor, y contándole todo por su orden, le rogó que
con ellos interviniera en las hazañas de Martellino, y así se hizo.
Y los que fueron a buscarlo le encontraron todavía en camisa delante
del juez y todo desmayado y muy temeroso porque el juez no quería
oír nada en su descargo, sino que, como por acaso tuviese algún odio
contra los florentinos, estaba completamente dispuesto a hacerlo
ahorcar y en ninguna guisa quería devolverlo al señor, hasta que fue
obligado a hacerlo contra su voluntad. Y cuando estuvo ante él, y le
hubo dicho todas las cosas por su orden, pidió que como suma gracia
le dejase irse porque, hasta que en Florencia no estuviese, siempre
le parecería tener la soga al cuello. El señor rió grandemente de
semejante aventura y, dándoles un traje por hombre, sobrepasando la
esperanza que los tres tenían de salir con bien de tal peligro,
sanos y salvos se volvieron a su casa.
NOVELA SEGUNDA
Rinaldo de Asti, robado, va a parar a
Castel Guiglielmo y es albergado por una señora viuda, y,
desagraviado de sus males, sano y salvo vuelve a su casa.
De las desventuras de Martellino contadas
por Neifile rieron las damas desmedidamente, y sobre todo entre los
jóvenes Filostrato, a quien, como estaba sentado junto a Neifile,
mandó la reina que la siguiese en el novelar; y sin esperar,
comenzó:
Bellas señoras, me siento inclinado a
contaros una historia sobre cosas católicas entremezcladas con
calamidades y con amores, la cual será por ventura útil haberla
oído, especialmente a quienes por los peligrosos caminos del amor
son caminantes, de los cuales quien no haya rezado el padrenuestro
de San Julián muchas veces, aunque tenga buena cama, se hospeda mal.
Había, pues, en tiempos del marqués Azzo de Ferrara un mercader
llamado Rinaldo de Asti que, por sus negocios, había ido a Bolonia;
a los que habiendo provisto y volviendo a casa, le sucedió que,
habiendo salido de Ferrara y caminando hacia Verona, se topó con
unos que parecían mercaderes y eran unos malhechores y hombres de
mala vida y condición y, discurriendo con ellos, siguió incautamente
en su compañía.
Éstos, viéndole mercader y juzgando que
debía llevar dineros, deliberaron entre sí que a la primera ocasión
le robarían, y por ello, para que no sintiera ninguna sospecha, como
hombres humildes y de buena condición, sólo de cosas honradas y de
lealtad iban hablando con él, haciéndose todo lo que podían y sabían
humildes y benignos a sus ojos, por lo que él reputaba por gran
ventura haberlos encontrado ya que iba solo con su criado y su
caballo. Y así caminando, de una cosa en otra, como suele pasar en
las conversaciones, llegaron a discurrir sobre las oraciones que los
hombres dirigen a Dios. Y uno de los malhechores, que eran tres,
dijo a Rinaldo:
-Y vos, gentilhombre, ¿qué oración
acostumbráis a rezar cuando vais de camino? A lo que Rinaldo repuso:
-En verdad yo soy hombre asaz ignorante y
rústico, y pocas oraciones tengo a mano como que vivo a la antigua y
cuento dos sueldos por veinticuatro dineros , pero no por ello he
dejado de tener por costumbre al ir de camino rezar por la mañana,
cuando salgo del albergue, un padrenuestro y un avemaría por el alma
del padre y de la madre de San Julián, después de lo que pido a Dios
y a él que la noche siguiente me deparen buen albergue. Y ya muchas
veces me he visto, yendo de camino, en grandes peligros, y escapando
a todos los cuales, he estado la noche siguiente en un buen lugar y
bien albergado; por lo que tengo firme fe en que San Julián, en cuyo
honor lo digo, me haya conseguido de Dios esta gracia; no me parece
que podría andar bien el día, ni llegar bien la noche siguiente, si
no lo hubiese rezado por la mañana.
A lo cual, el que le había preguntado dijo:
-Y hoy de mañana, ¿lo habéis dicho?
A lo que Rinaldo respondió:
-Ciertamente.
Entonces aquél, que ya sabía lo que iba a
sucederle, dijo para si- «Falta te hará, porque, si no fallamos, vas
a albergarte mal según me parece». Y luego le dijo:
-Yo también he viajado mucho y nunca lo he
rezado, aunque lo haya oído a muchos recomendar, y nunca me ha
sucedido que por ello dejase de albergarme bien; y esta noche por
ventura podréis ver quién se albergará mejor, o vos que lo habéis
dicho o yo que no lo he dicho. Bien es verdad que yo en su lugar
digo el Dirupisti o la Intemerata o el De Profundis que son, según
una abuela mía solía decirme, de grandísima virtud.
Y hablando así de varias cosas y
continuando su camino, y esperando lugar y ocasión para su mal
propósito, sucedió que, siendo ya tarde, del otro lado de Castel
Guiglielmo, al vadear un río aquellos tres, viendo la hora tardía y
el lugar solitario y oculto, lo asaltaron y lo robaron, y dejándolo
a pie y en camisa, yéndose, le dijeron:
-Anda y mira a ver si tu San Julián te da
esta noche buen albergue, que el nuestro bien nos lo dará. Y,
vadeando el río, se fueron. El criado de Rinaldo, viendo que lo
asaltaban, como vil, no hizo nada por ayudarle, sino que dando la
vuelta al caballo sobre el que estaba, no se detuvo hasta estar en
Castel Guiglielmo, y entrando allí, siendo ya tarde, sin ninguna
dificultad encontró albergue. Rinaldo, que se había quedado en
camisa y descalzo, siendo grande el frío y nevando todavía mucho, no
sabiendo qué hacerse, viendo llegada ya la noche, temblando y
castañeteándole los dientes, empezó a mirar alrededor en busca de
algún refugio donde pudiese estar durante la noche sin morirse de
frío; pero no viendo ninguno porque no hacía mucho que había habido
guerra en aquella comarca y todo había ardido, empujado por el frío,
se enderezó, trotando, hacia Castel Guiglielmo, no sabiendo sin
embargo que su criado hubiese huido allí o a ningún otro sitio, y
pensando que si pudiera entrar allí, algún socorro le mandaría Dios.
Pero la noche cerrada le cogió cerca de una
milla alejado del burgo, por lo que llegó allí tan tarde que,
estando las puertas cerradas y los puentes levantados, no pudo
entrar dentro. Por lo cual, llorando doliente y desconsoladamente,
miraba alrededor dónde podría ponerse que al menos no le nevase
encima; y por azar vio una casa sobre las murallas del burgo algo
saliente hacia afuera, bajo cuyo saledizo pensó quedarse hasta que
fuese de día; y yéndose allí y habiendo encontrado una puerta bajo
aquel saledizo, como estaba cerrada, reuniendo a su pie alguna paja
que por allí cerca había, triste y doliente se quedó, muchas veces
quejándose a San Julián, diciéndole que no era digno de la fe que
había puesto en él. Pero San Julián, que le quería bien, sin mucha
tardanza le deparó un buen albergue. Había en este burgo una señora
viuda, bellísima de cuerpo como la que más, a quien el marqués Azzo
amaba tanto como a su vida y aquí a su disposición la hacía estar. Y
vivía la dicha señora en aquella casa bajo cuyo saledizo Rinaldo se
habla ido a refugiar. Y el día anterior por acaso había el marqués
venido aquí para yacer por la noche con ella, y en su casa misma
secretamente había mandado prepararle un baño y suntuosamente una
cena.
Y estando todo presto, y nada sino la
llegada del marqués esperando ella, sucedió que un criado llegó a la
puerta que traía nuevas al marqués por las cuales tuvo que ponerse
en camino súbitamente; por lo cual, mandando decir a la señora que
no lo esperase, se marchó prestamente. Con lo que la mujer, un tanto
desconsolada, no sabiendo qué hacer, deliberó meterse en el baño
preparado para el marqués y después cenar e irse a la cama; y así,
se metió en el baño. Estaba este baño cerca de la puerta donde el
pobre Rinaldo estaba acostado fuera de la ciudad; por lo que,
estando la señora en el baño, sintió el llanto y la tiritona de
Rinaldo, que parecía haberse convertido en cigüeña. Y llamando a su
criada, le dijo: -Vete abajo y mira fuera de los muros al pie de esa
puerta quién hay allí, y quién es y lo que hace. La criada fue y,
ayudándola la claridad del aire, vio al que en camisa y descalzo
estaba allí, como se ha dicho, y todo tiritando; por lo que le
preguntó quién era. Y Rinaldo, temblando tanto que apenas podía
articular palabra, quién fuese y cómo y por qué estaba allí, lo más
breve que pudo le dijo y luego lastímeramente comenzó a rogarle que,
si fuese posible, no lo dejase allí morirse de frío durante la
noche. La criada, sintiéndose compadecida, volvió a la señora y todo
le dijo; y ella, también sintiendo piedad, se acordó que tenía la
llave de aquella puerta, que algunas veces servía a las ocultas
entradas del marqués, y dijo:
-Ve y ábrele sin hacer ruido; aquí está
esta cena que no habría quien la comiese, y para poderlo albergar
hay de sobra.
La criada, habiendo alabado mucho la
humanidad de la señora, fue y le abrió; y habiéndolo hecho entrar,
viéndolo casi yerto, le dijo la señora:
-Pronto, buen hombre, entra en aquel baño,
que todavía está caliente. Y él, sin esperar más invitaciones, lo
hizo de buena gana, y todo reconfortado con aquel calor, de la
muerte a la vida le pareció haber vuelto. La señora le hizo preparar
ropas que habían sido de su marido, muerto poco tiempo antes, y
cuando las hubo vestido parecían hechas a su medida; y esperando qué
le mandaba la señora, empezó a dar gracias a Dios y a San Julián que
de una noche tan mala como la que le esperaba le habían librado y a
buen albergue, por lo que parecía, conducido. Después de esto, la
señora, algo descansada, habiendo ordenado hacer un grandísimo fuego
en la chimenea de uno de sus salones, se vino allí y preguntó qué
era de aquel buen hombre. A lo que la criada respondió: -Señora mía,
se ha vestido y es un buen mozo y parece persona de bien y de buenas
maneras. -Ve, entonces -dijo la señora-, y llámalo, y dile que se
venga aquí al fuego, y así cenará, que sé que no ha cenado.
Rinaldo, entrando en el salón y viendo a la
señora y pareciéndole principal, la saludó reverentemente y las
mayores gracias que supo le dio por el beneficio que le había hecho.
La señora lo vio y lo escuchó, y pareciéndole lo que la criada le
había dicho, lo recibió alegremente y con ella familiarmente le hizo
sentarse al fuego y le preguntó sobre la desventura que le había
conducido allí, y Rinaldo le narró todas las cosas por su orden.
Había la señora, por la llegada del criado de Rinaldo al castillo,
oído algo de ello por lo que enteramente creyó en lo que él le
contaba, y también le dijo lo que de su criado sabía y cómo
fácilmente podría encontrarlo a la mañana siguiente.
Pero luego que la mesa fue puesta como la
señora quiso, Rinaldo con ella, lavadas las manos, se puso a cenar.
Él era alto de estatura, y hermoso y agradable de rostro y de
maneras asaz loables y graciosas, y joven de mediana edad; y la
señora, habiéndole ya muchas veces puesto los ojos encima y
apreciándolo mucho, y ya, por el marqués que con ella debía venir a
acostarse teniendo el apetito concupiscente despierto en la mente,
después de la cena, levantándose de la mesa, con su criada se
aconsejó si le parecía bien que ella, puesto que el marqués la había
burlado, usase de aquel bien que la fortuna le había enviado. La
criada, conociendo el deseo de su señora, cuanto supo y pudo la
animó a seguirlo; por lo que la señora, volviendo al fuego donde
había dejado solo a Rinaldo, empezando a mirarlo amorosamente, le
dijo: -¡Ah, Rinaldo!, ¿por qué estáis tan pensativo? ¿No creéis
poder resarciros de un caballo y de unos cuantos paños que habéis
perdido? Confortaos, poneos alegre, estáis en vuestra casa; y más
quiero deciros: que, viéndoos con esas ropas encima, que fueron de
mi difunto marido, pareciéndome vos él mismo, me han venido esta
noche más de cien veces deseos de abrazaros y de besaros, y si no
hubiera temido desagradaros por cierto que lo habría hecho.
Rinaldo, oyendo estas palabras y viendo el
relampaguear de los ojos de la mujer, como quien no era un
mentecato, se fue a su encuentro con los brazos abiertos y dijo:
-Señora mía, pensando que por vos puedo siempre decir que estoy
vivo, y mirando aquello de donde me sacasteis, gran vileza sería la
mía si yo todo lo que pudiera seros agradable no me ingeniase en
hacer; y así, contentad vuestro deseo de abrazarme y besarme, que yo
os abrazaré y os besaré más que a gusto. Después de esto no
necesitaron más palabras. La mujer, que ardía toda en amoroso deseo,
prestamente se le echó en los brazos; y después que mil veces,
estrechándolo deseosamente, le hubo besado y otras tantas fue besada
por él, levantándose de allí se fueron a la alcoba y sin esperar,
acostándose, plenamente y muchas veces, hasta que vino el día, sus
deseos cumplieron. Pero luego que empezó a salir la aurora, como
plugo a la señora, levantándose, para que aquello no pudiera ser
sospechado por nadie, dándole algunas ropas asaz mezquinas y
llenándole la bolsa de dineros, rogándole que todo aquello tuviese
secreto, habiéndole enseñado primero qué camino debiese seguir para
llegar dentro a buscar a su criado, por aquella portezuela por donde
había entrado le hizo salir. Él, al aclararse el día, dando muestras
de venir de más lejos, abiertas las puertas, entró en aquel burgo y
encontró a su criado; por lo que, vistiéndose con ropas suyas que en
el equipaje tenía, y pensando en montarse en el caballo del criado,
casi por milagro divino sucedió que los tres malhechores que la
noche anterior le habían robado, por otra maldad hecha después,
apresados, fueron llevados a aquel castillo y, por su misma
confesión, le fue restituido el caballo, los paños y los dineros y
no perdió más que un par de ligas de las medías de las que no sabían
los malhechores qué habían hecho. Por lo cual Rinaldo, dándole
gracias a Dios y a San Julián, montó a caballo, y sano y salvo
volvió a su casa; y a los tres malhechores, al día siguiente, los
llevaron a agitar los pies en el aire.
NOVELA TERCERA
Tres jóvenes, malgastando sus bienes, se
empobrecen; y un sobrino suyo, que al volver a casa desesperado
tiene como compañero de camino a un abad, encuentra que éste es la
hija del rey de Inglaterra, la cual le toma por marido y repara los
descalabros de sus tíos restituyéndoles en su buen estado.
Fueron oídas con admiración las aventuras
de Rinaldo de Asti por las señoras y los jóvenes y alabada su
devoción, y dadas gracias a Dios y a San Julián que le habían
prestado socorro en su mayor necesidad, y no fue por ello (aunque
esto se dijese medio a escondidas) reputada por necia la señora que
había sabido coger el bien que Dios le había mandado a casa. Y
mientras que sobre la buena noche que aquél había pasado se razonaba
entre sonrisas maliciosas, Pampínea, que se veía al lado de
Filostrato, apercibiéndose, así como sucedió, que a ella le tocaba
la vez, recogiéndose en sí misma, empezó a pensar en lo que debía
contar; y luego del mandato de la reina, no menos atrevida que
alegre empezó a hablar así: Valerosas señoras, cuanto más se habla
de los hechos de la fortuna, tanto mas, a quien quiere bien mirar
sus casos, queda por contar; y de ello nadie debe maravillarse si
discretamente piensa que todas las cosas que nosotros neciamente
nuestras llamamos están en sus manos y por consiguiente, por ella,
según su oculto juicio, sin ninguna pausa, de uno en otro y de otro
en uno sucesivamente sin ningún orden conocido por nosotros son
cambiadas. Lo que, aunque con plena fidelidad, en todas las cosas y
todo el día se muestre, y además haya sido antes mostrado en algunas
historias, no dejaré (ya que place a nuestra reina que de ello se
hable), tal vez no sin utilidad de los oyentes, de añadir a las
contadas una historia más, que pienso que deberá agradaros.
Hubo en nuestra ciudad un caballero cuyo
nombre era micer Tebaldo, el cual, según quieren algunos, fue de los
Lamberti y otros afirman haber sido de los Agolanti, fundándose tal
vez, más que en otra cosa, en el oficio que sus hijos después de él
han hecho, conforme al que siempre los Agolanti han hecho y hacen .
Pero dejando a un lado a cuál de las dos casas perteneciese, digo
que fue éste en sus tiempos riquísimo caballero y tuvo tres hijos,
el primero de los cuales tuvo por nombre Lamberto, el segundo
Tebaldo y el tercero Agolante, ya hermosos y corteses jóvenes,
aunque el mayor no llegase a dieciocho años, cuando este riquísimo
micer Tebaldo vino a morir, y a ellos, como a sus herederos
legítimos, todos sus bienes muebles e inmuebles dejó.
Los cuales, viéndose quedar riquísimos en
campesinos y en posesiones, sin ningún otro gobierno sino su propio
placer, sin ningún freno ni contención empezaron a gastar teniendo
numerosísimos criados y muchos y buenos caballos y perros y aves y
continuamente huéspedes, dando y justando y haciendo no solamente lo
que a gentileshombres corresponde, sino también aquello que en su
apetito juvenil les venía en gana hacer. Y no habían llevado mucho
tiempo tal vida cuando el tesoro dejado por el padre disminuyó y no
bastándoles para los comenzados gastos sus rentas, comenzaron a
empeñar y a vender las posesiones; y hoy una, mañana otra vendiendo,
apenas se dieron cuenta cuando se vieron venidos a la nada y se
abrieron a la pobreza sus ojos, que la riqueza había tenido
cerrados. Por lo cual Lamberto, llamando un día a los otros dos, les
dijo cuán grande había sido la honorabilidad del padre y cuánta la
suya, y cuánta su riqueza y cuál la pobreza a la que por su
desordenado gastar habían venido; y lo mejor que supo, antes de que
más aparente fuese su miseria, les animó a vender con él mismo lo
poco que les quedaba y a irse; y así lo hicieron.
Y sin despedirse ni hacer ninguna pompa,
salidos de Florencia, no se detuvieron hasta que estuvieron en
Inglaterra, y allí, tomando una casita en Londres, haciendo
pequeñísimos gastos, duramente comenzaron a prestar a usura; y tan
favorable les fue la fortuna en este lugar que en pocos años una
grandísima cantidad de dineros ganaron. Por lo cual, con ellos,
sucesivamente uno u otro volviendo a Florencia, gran parte de sus
posesiones volvieron a comprar y muchas otras compraron además de
aquéllas, y tomaron mujer; y, para continuar prestando en
Inglaterra, a atender sus negocios mandaron a un joven sobrino suyo
que tenía por nombre Alessandro, y ellos tres en Florencia, habiendo
olvidado a qué partido les había llevado el desmedido gasto otras
veces, a pesar de que con familia todos habían venido, más que nunca
excesivamente gastaban y tenían sumo crédito con todos los
mercaderes y por cualquier cantidad grande de dinero.
Los cuales gastos unos cuantos años ayudó a
sostener la moneda que les mandaba Alessandro, que se había puesto a
prestar a barones sobre sus castillos y otras rentas suyas, los
cuales con grandes rendimientos bien le respondían. Y mientras así
los tres hermanos abundantemente gastaban y cuando les faltaba
dinero lo tomaban en préstamo, teniendo siempre su esperanza en
Inglaterra, sucedió que, contra la opinión de todos, comenzó en
Inglaterra una guerra entre el rey y un hijo suyo por la cual se
dividió toda la isla , y quién apoyaba a uno y quién al otro: por la
cual cosa fueron todos los castillos de los barones quitados a
Alessandro y no había ninguna otra renta que de algo le respondiese.
Y esperándose que cualquier día entre el hijo y el padre debía
hacerse la paz y por consiguiente todas las cosas restituidas a
Alessandro, rendimientos y capital, Alessandro de la isla no se iba,
y los tres hermanos, que en Florencia estaban, en nada sus gastos
grandísimos limitaban, tomando prestado más cada día. Pero luego de
que en muchos años ningún efecto se vio seguir a la esperanza
tenida, los tres hermanos no sólo el crédito perdieron sino que,
queriendo aquellos a quienes debían ser pagados, fueron súbitamente
presos; y no bastando sus posesiones para pagar, por lo que faltaba
quedaron en prisión, y de sus mujeres y los hijos pequeños quién se
fue al campo y quién aquí y quién allá con bastante pobres avíos, no
sabiendo ya qué debiesen esperar sino mísera vida siempre.
Alessandro, que en Inglaterra la paz muchos
años esperado había, viendo que no llegaba y pareciéndole que se
quedaba allí no menos con peligro de su vida que en vano, habiendo
deliberado volver a Italia solo, se puso en camino. Y por acaso, al
salir de Brujas, vio que salía igualmente un abad blanco acompañado
de muchos monjes y con muchos criados y precedido de gran equipaje;
junto al cual venían dos caballeros viejos y parientes del rey, a
los cuales; como a conocidos, acercándose Alessandro, por ellos en
su compañía fue de buena gana recibido. Caminando, pues, Alessandro
con ellos, graciosamente les preguntó quiénes fuesen los monjes que
con tanto séquito cabalgaban delante y a dónde iban. A lo que uno de
los caballeros repuso:
-Este que cabalga delante es un joven
pariente nuestro, recientemente elegido abad de una de las mayores
abadías de Inglaterra; y porque es más joven de lo que las leyes
mandan para tal dignidad, vamos nosotros con él a Roma a impetrar
del santo padre que, a pesar de su tierna edad, lo dispense y luego
en la dignidad lo confirme: porque esto no se puede tratar con nadie
más. Caminando, pues, el novel abad ora delante de sus criados ora
junto a ellos, así como vemos que hacen todos los días por los
caminos los señores, le sucedió ver a Alessandro junto a él al
caminar, el cual era asaz joven, en la persona y en el rostro
hermosísimo y, cuanto cualquiera podía serlo, cortés y agradable y
de buenas maneras; el cual maravillosamente le gustó a primera vista
más que nada le había gustado nunca, y llamándolo junto a sí, con él
empezó a conversar placenteramente y a preguntarle quién era, de
dónde venía y adónde iba. A lo cual Alessandro todo sobre su
condición francamente dijo y satisfizo sus preguntas, y él mismo a
su servicio, aunque poco pudiese, se ofreció. El abad, oyendo su
conversar bello y ordenado y más detalladamente considerando sus
maneras, y pensando para sí que a pesar de que su oficio había sido
servil, era gentilhombre, más en su agrado se encendió; y ya lleno
de compasión por sus desgracias, asaz familiarmente le confortó y le
dijo que tuviera buena esperanza porque, si hombre de pro era, aún
Dios le repondría en donde la fortuna le había arrojado y aún más
arriba; y le rogó que, puesto que hacia Toscana iba, quisiera
quedarse en su compañía, como fuese que él también allí iba.
Alessandro le dio gracias por el consuelo y le dijo que estaba
pronto a todos sus mandatos. Caminando, pues, el abad, en cuyo pecho
se revolvían extrañas cosas sobre el visto Alessandro, sucedió que
después de algunos días llegaron a una villa que no estaba demasiado
ricamente provista de albergues, y queriendo allí albergar al abad,
Alessandro en casa de un posadero que le era muy conocido le hizo
desmontar y le hizo preparar una alcoba en el lugar menos incómodo
de la casa. Y, convertido ya casi en mayordomo del abad, como quien
estaba muy avezado a ello, como mejor pudo alojando por la villa a
todo el séquito, quién aquí y quién allí, habiendo ya cenado el abad
y ya siendo noche cerrada, y todos los hombres idos a dormir,
Alessandro preguntó al posadero dónde podría dormir él. A lo que el
posadero le respondió: -En verdad que no lo sé; ves que todo está
lleno, y puedes ver a mis criados dormir en los bancos, pero en la
alcoba del abad hay unos arcones a los que te puedo llevar y poner
encima algún colchón y allí, si te parece bien, como mejor puedas
acuéstate esta noche.
A lo que Alessandro dijo:
-¿Cómo voy a ir a la alcoba del abad, que
sabes que es pequeña y por su estrechez no ha podido acostarse allí
ninguno de sus monjes? Si yo me hubiera dado cuenta de ello cuando
se corrieron las cortinas habría hecho dormir sobre los arcones a
sus monjes y yo me habría quedado donde los monjes duermen. A lo que
el posadero dijo:
-Pero así está el asunto, y puedes, si
quieres, estar allí lo mejor del mundo; el abad duerme y las
cortinas están corridas, yo te traeré sin hacer ruido una manta, ve
a dormir. Alessandro viendo que esto podía hacerse sin ninguna
molestia para el abad, dio su acuerdo, y lo más calladamente que
pudo se acomodó allí. El abad, que no dormía, sino que pensaba
vehementemente en sus extraños deseos, oía lo que el posadero y
Alessandro hablaban, y también había oído dónde se había acostado
Alessandro; por lo que entre sí, muy contento, empezó a decir: -Dios
ha mandado ocasión a mis deseos; si no la aprovecho, por acaso no
volverá en mucho tiempo. Y decidiéndose del todo a aprovecharla,
pareciéndole todo reposado en el albergue, con baja voz llamó a
Alessandro y le dijo que se acostase junto a él; el cual, luego de
muchas negativas, desnudándose se acostó allí. El abad, poniéndole
la mano en el pecho le empezó a tocar no de otra manera que suelen
hacer las deseosas jóvenes a sus amantes; de lo que Alessandro se
maravilló mucho, y dudó si el abad, impulsado por deshonesto amor,
se movía a tocarlo de aquella manera. La cual duda, o por presumirla
o por algún gesto que Alessandro hiciese, súbitamente conoció el
abad, y sonrió: y prontamente quitándose una camisa que llevaba
encima tomó la mano de Alessandro y se la puso sobre el pecho
diciéndole: -Alessandro, arroja fuera tus pensamientos necios, y
buscando aquí, conoce lo que escondo. Alessandro, puesta la mano
sobre el pecho del abad, encontró dos teticas redondas y firmes y
delicadas, no de otro modo que si hubieran sido de marfil;
encontradas las cuales y conocido en seguida que éste era mujer, sin
esperar otra invitación, abrazándola prontamente la quería besar,
cuando ella le dijo: -Antes de que te acerques, escucha lo que
quiero decirte. Como puedes conocer, soy mujer y no hombre; y,
doncella, me partí de mi casa y al papa iba a que me diera marido: o
por tu ventura o por mi desdicha, al verte el otro día, así me hizo
arder por ti Amor como mujer no hubo nunca que tanto amase a un
hombre; y por ello he deliberado quererte por marido antes que a
ningún otro. Si no me quieres por mujer, salte de aquí en seguida y
vuelve a tu sitio.
Alessandro, aunque no la conocía,
considerando la compañía que llevaba, estimó que debía ser noble y
rica, y hermosísima la veía; por lo que, sin demasiado largo
pensamiento, repuso que, si le placía aquello, a él mucho le
agradaba. Ella entonces, levantándose y sentándose sobre la cama,
delante de una tablilla donde estaba la efigie de Nuestro Señor,
poniéndole en la mano un anillo, se hizo desposar por él y después,
abrazados juntos, con gran placer de cada una de las partes, cuanto
quedaba de aquella noche se solazaron.
Y conviniendo entre ellos el modo y la
manera para los hechos futuros, al venir el día, Alessandro por el
mismo lugar de la alcoba saliendo que había entrado, sin saber
ninguno dónde hubiese dormido durante la noche, alegre sobremanera,
con el abad y con su compañía se puso en camino, y luego de muchas
jornadas llegaron a Roma. Y allí, después de que algunos días se
hubieron quedado, el abad con los dos caballeros y con Alessandro,
sin nadie más, entraron a ver al papa; y hecha la debida reverencia,
así comenzó a hablar el abad:
-Santo padre, así como vos mejor que nadie
debéis saber, todos los que iban y honestamente quieren vivir deben,
en cuanto pueden, huir toda ocasión que a obrar de otro modo pudiese
conducirles; lo cual para que yo, que honestamente vivir deseo,
pudiese hacer cumplidamente, en el hábito en que me veis escapada
secretamente con grandísima parte de los tesoros del rey de
Inglaterra, mi padre, el cual al rey de Escocia, señor viejísimo,
siendo yo joven como me veis, me quería dar por mujer, para venir
aquí, a fin de que vuestra santidad me diese marido, me puse en
camino. Y no me hizo tanto huir la vejez del rey de Escocia cuanto
el temor de hacer, por la fragilidad de mi juventud, si con él fuese
casada, algo que fuese contra las divinas leyes y contra el honor de
la sangre real de mi padre. Y así dispuesta viniendo, Dios, el cual
sólo óptimamente conoce lo que cada uno ha menester, creo que por su
misericordia, a aquel a quien a Él placía que fuese mi marido me
puso delante de los ojos: y aquél fue este joven -y mostró a
Alessandro que vos veis junto a mí, cuyas costumbres y mérito son
dignos de cualquier gran señora, aunque quizá la nobleza de su
sangre no sea tan clara como es la real. A él, pues, he tomado y a
él quiero, y no tendré nunca a nadie más, parézcale lo que le
parezca de ello a mi padre o a los demás, por lo que la principal
razón que me movió ha desaparecido; pero me complació completar el
camino, tanto por visitar los santos lugares y dignos de reverencia,
de los cuales está llena esta ciudad, como a vuestra santidad, y
también para que por vos el matrimonio contraído entre Alessandro y
yo solamente en la presencia de Dios, hiciera yo público ante la
vuestra y consiguientemente ante la presencia de los demás hombres.
Por lo que humildemente os ruego que aquello que a Dios y a mí ha
placido os sea grato y que me deis vuestra bendición, para que con
ella, como con mayor certidumbre del placer de Aquel del cual sois
vicario, podamos juntos, a honor de Dios y vuestro, vivir y
finalmente morir.
Maravillóse Alessandro oyendo que su mujer
era hija del rey de Inglaterra, y se llenó de extraordinaria alegría
oculta; pero más se maravillaron los dos caballeros y tanto se
enojaron que si en otra parte y no delante del papa hubieran estado,
habrían a Alessandro y tal vez a la mujer hecho alguna villanía. Por
otra parte, el papa se maravilló mucho tanto del hábito de la mujer
como de su elección; pero sabiendo que no se podía dar vuelta atrás,
quiso satisfacer su ruego y primeramente consolando a los
caballeros, a quienes sabía airados, y poniéndolos en buena paz con
la señora y con Alessandro, dio órdenes para hacer lo que hubiera
menester. Y el día fijado por él siendo llegado, ante todos los
cardenales y otros muchos grandes hombres de pro, los cuales
invitados a una grandísima fiesta preparada por él habían venido,
hizo venir a la señora regiamente vestida, la cual tan hermosa y
atrayente parecía que merecidamente era por todos alabada, y del
mismo modo Alessandro espléndidamente vestido, en apariencia y en
modales nada parecía un joven que a usura hubiese prestado sino más
bien de sangre real, y por los dos caballeros muy honrado; y aquí de
nuevo hizo celebrar solemnemente los esponsales, y luego, hechas
bien y magníficamente las bodas, con su bendición los despidió.
Plugo a Alessandro, y también a la señora, al partir de Roma venir a
Florencia donde ya había llegado la fama de la noticia; y allí,
recibidos por los ciudadanos con sumo honor, hizo la señora liberar
a los tres hermanos, habiendo hecho primero pagar a todo el mundo y
devolverles sus posesiones a ellos y sus mujeres. Por lo cual, con
buenos deseos de todos, Alessandro con su mujer, llevándose consigo
a Agolante, se fue de Florencia y llegados a París, honorablemente
fueron recibidos por el rey. De allí se fueron los dos caballeros a
Inglaterra, y tanto se afanaron con el rey que les devolvió su
gracia y con grandísima fiesta recibió a ella y a su yerno; al cual
poco después hizo caballero y le dio el condado de Cornualles. Y él
fue tan capaz, y tanto supo hacer que reconcilió al hijo con el
padre, de lo que se siguió gran bien a la isla y se ganó el amor y
la gracia de todos los del país y Agolante recobró todo lo que le
debían enteramente, y rico sobremanera se volvió a Florencia,
habiéndolo primero armado caballero el conde Alessandro. El conde,
luego, con su mujer gloriosamente vivió, y según lo que algunos
dicen, con su juicio y valor y la ayuda del suegro conquistó luego
Escocia de la que fue coronado rey.
NOVELA CUARTA
Landolfo Rúfolo, empobrecido, se hace
corsario y, preso por los genoveses, naufraga y se salva sobre una
arqueta llena de joyas preciosísimas, y recogido en Corfú por una
mujer, rico vuelve a su casa.
Laureta estaba sentada junto a Pampínea; y
viéndola llegar al triunfal final de su historia, sin esperar otra
cosa empezó a hablar de esta guisa:
Graciosísimas damas, ninguna obra de la
fortuna, según mi juicio, puede verse mayor que ver a alguien desde
la extrema miseria al estado real elevarse, como la historia de
Pampínea nos ha mostrado que sucedió a su Alessandro. Y por ello, a
cualquiera que sobre la propuesta materia de aquí en adelante
novelare, le será necesario contar algo más acá de estos límites y
no me avergonzaré yo de contar una historia que, aunque contenga
mayores miserias, no tenga tan espléndido desenlace. Bien sé que,
teniendo aquélla presente, será la mía escuchada con menor
diligencia; pero como no puedo hacer de otro modo, seré disculpada
por ello.
Se cree que el litoral desde Reggio a Caeta
es la parte más deleitosa de Italia; en la cual, junto a Salerno hay
un acantilado que avanza sobre el mar al que los habitantes llaman
la costa de Amalfi, llena de pequeñas ciudades, de jardines y de
fuentes, y de hombres ricos y emprendedores en empresas mercantiles
tanto como ningunos otros. Entre las cuales ciudadecillas hay una
llamada Ravello en la que, si hoy hay hombres ricos, había hace
tiempo uno que fue riquísimo, llamado Landolfo Rúfolo; al cual, no
bastándole su riqueza, deseando duplicarla, estuvo a punto de
perderse con toda ella a sí mismo. Este, pues, así como suele ser el
uso de los mercaderes, hechos sus cálculos, compró un grandísimo
barco y con sus dineros lo cargó todo de varias mercancías y anduvo
con él a Chipre.
Allí, con aquella misma calidad de
mercancías que él había llevado, encontró que habían llegado otros
barcos; por la cual razón no solamente tuvo que vender a bajo precio
aquello que llevado había, sino que, para colocar sus cosas, tuvo
casi que tirar algunas; con lo que cerca estuvo de arruinarse. Y
sintiendo por ello grandísima pesadumbre, no sabiendo qué hacerse y
viéndose de hombre riquísimo en breve tiempo convertido en casi
pobre, decidió o morir o robando resarcirse de sus males, para que
allí de donde rico había partido no fuese a volver pobre.
Y encontrando un comprador de su gran
barco, con aquellos dineros y con los otros que le había valido su
mercancía, compró un barquito ligero para piratear, y con todas las
cosas necesarias a tal servicio lo armó y lo guarneció óptimamente,
y se dio a apropiarse las cosas de los demás, y máximamente de los
turcos. En cuya tarea le fue la fortuna mucho más benévola que le
había sido en comerciar. Quizás en un solo año robó y prendió tantos
barcos de turcos que se encontró con que no sólo había vuelto a
ganar lo suyo que había perdido en el comercio, sino que con mucho
lo había duplicado. Por lo cual, enseñado por el dolor de la primera
pérdida, conociendo que tenía bastante, para no caer en la segunda,
se aconsejó a sí mismo que aquello que tenía, sin querer más, debía
bastarle, y por ello se dispuso a volver con ello a su casa: y
temeroso del comercio no se molestó en invertir de otra manera sus
dineros sino que en aquel barquito con el cual los había ganado,
haciendo los remos a la mar, emprendió el regreso.
Y ya al Archipiélago llegado, levantóse por
la noche un siroco que no solamente era contrario a su ruta sino que
hacía una mar gruesísima y su pequeño barco no hubiera podido
soportarlo, y en un entrante del mar que tenía una islita, de aquel
viento al cubierto se recogió, proponiéndose allí esperarlo mejor.
En la cual caleta, estando poco rato, dos
grandes cocas de genoveses que venían de Constantinopla, para huir
de lo mismo que Landolfo huido había, llegaron con trabajo; y sus
gentes, visto el barquichuelo y cortándole el camino para poder
irse, oyendo de quién era y ya por la fama sabiéndole riquísimo,
como hombres que eran naturalmente deseosos de pecunia y rapaces, a
tomarlo se dispusieron. Y, haciendo bajar a tierra parte de sus
gentes, con ballestas y bien armadas, las hicieron ir a lugar tal
que del barquichuelo ninguna persona, si no quería ser asaeteada,
podía descender; y ellos haciéndose remolcar por las chalupas y
ayudados por el mar, se acostaron al pequeño barco de Landolfo, y
con poco trabajo en poco tiempo, con toda su chusma y sin perder un
solo hombre, se apoderaron de él a mansalva; y haciendo venir a
Landolfo sobre una de las dos cocas y cogiendo todo lo que había en
el barquichuelo, lo hundieron, apresándole a él, cubierto sólo de un
pobre justillo. Al día siguiente, habiendo mudado el viento, las
naves viniendo hacia Poniente, izaron las velas, y todo aquel día
prósperamente vinieron su camino; pero al caer la tarde se levantó
un viento tempestuoso, que haciendo las olas altísimas separó a una
coca de la otra. Y por la fuerza de este viento sucedió que aquella
en que iba el mísero y pobre Landolfo, con grandísimo ímpetu cerca
de la isla de Cefalonia chocó contra un arrecife y no de otra manera
que un vidrio golpeado contra un muro se abrió toda y se hizo
pedazos; por lo que los desdichados miserables que en ella estaban,
estando ya el mar todo lleno de mercancías que flotaban y de cajones
y de tablas, como en casos semejantes suele suceder, aun cuando
oscurísima la noche estuviese y el mar gruesísimo e hinchado,
nadando quienes sabían nadar, empezaron a asirse a las cosas que por
azar se les paraban delante.
Entre los cuales el mísero Landolfo, aun
cuando el día anterior había llamado a la muerte muchas veces,
prefiriendo quererla mejor que retornar a casa pobre como se veía,
al verla cerca tuvo miedo de ella; y como los demás, al venirle a
las manos una tabla se asió a ella, por si Dios, retardando él el
ahogarse, le mandase alguna ayuda en su salvación: y a caballo de
aquélla como mejor podía, viéndose arrastrado por el mar y el viento
ora acá ora allá se sostuvo hasta el clarear del día. Venido el
cual, mirando en torno, ninguna cosa sino nubes y mar veía y un
cofre que, flotando sobre las olas del mar, a veces con grandísimo
temor suyo se le acercaba: temiendo que aquel cofre le golpease de
modo que lo ahogara, y siempre que junto a él venía, cuanto podía,
con la mano, aunque pocas fuerzas le quedaran, lo alejaba. Pero como
quiera que fuesen las cosas sucedió que, desencadenándose de súbito
en el aire un nudo de viento y habiendo penetrado en el mar, en
aquel cofre un golpe tan fuerte dio, y el cofre en la tabla sobre la
que Landolfo estaba, que, volcada por la fuerza, soltándola Landolfo
fue bajo las olas y volvió arriba nadando, más por el miedo que por
las fuerzas ayudado, y vio muy alejada de él la tabla; por lo que,
temiendo no poder llegar a ella, se acercó al cofre, que estaba
bastante cerca, y puesto el pecho sobre su tapa, como mejor podía
con los brazos la conducía derecha. Y de esta manera, arrojado por
el mar ora aquí ora allí, sin comer, como quien no tiene qué, y
bebiendo más de lo que habría querido, sin saber dónde estuviese ni
ver otra cosa que olas, permaneció todo aquel día y noche siguiente.
Y al día siguiente, o por placer de Dios o porque la fuerza del
viento así lo hiciera, éste, convertido en una esponja, agarrándose
fuerte con ambas manos a los bordillos del cofre a guisa de lo que
vemos hacer a quienes están por ahogarse cuando cogen alguna cosa,
llegó a la playa de la isla de Corfú, donde una pobre mujercita
lavaba y pulía por acaso sus cacharros con la arena y el agua
salada. La cual, al verle avecinarse, no distinguiendo en él forma
alguna, temiendo y gritando retrocedió. Él no podía hablar y poco
veía, y por ello nada le dijo; pero mandándolo hacia la tierra el
mar, ella apercibió la forma del cofre, y mirando después más
fijamente y viendo distinguió primeramente los mismos brazos sobre
el cofre, y luego reconoció la cara y ser lo que era se imaginó. Por
lo que, a compasión movida, adentróse un tanto por el mar que estaba
ya tranquilo y, agarrándolo por los cabellos, con todo el cofre lo
arrastró a tierra, y allí con trabajo las manos del cofre
desenganchándole, y puesto éste al cuidado de una hija suya que con
ella estaba, lo llevó a tierra como a un niño pequeño y, poniéndolo
en un baño caliente, tanto lo refregó y lavó con el agua caliente,
que volvió a él el perdido calor y algunas de las fuerzas
desaparecidas; y cuando le pareció oportuno le atendió y con algo de
buen vino y de confituras le reconfortó, y algunos días lo tuvo lo
mejor que pudo hasta que él, recuperadas las fuerzas, se dio cuenta
de dónde estaba.
Por lo que a la buena mujer le pareció
deber devolverle su cofre, que ella había salvado, y decirle que en
adelante se buscase su ventura; y así lo hizo. Él, que de ningún
cofre se acordaba, lo cogió sin embargo, visto que se lo daba la
buena mujer, pensando que no debía valer tan poco que no le sirviese
para los gastos de algún día; y al encontrarlo muy ligero, asaz
menguó su esperanza. Pero no por ello, no estando en casa la buena
mujer, dejó de desclavarlo para ver lo que habla dentro, y encontró
en el muchas piedras preciosas, engarzadas y sueltas, de las que
algo entendía. Y viendo las cuales y conociéndolas de gran valor,
alabando a Dios que aún no había querido abandonarle, todo se
reconfortó; pero como quien en poco tiempo había sido fieramente
asaeteado por la fortuna dos veces, temiendo la tercera, pensó que
le convenía tener mucha cautela para poder llevar aquellas cosas a
su casa; por lo que en algunos harapos, como mejor pudo,
envolviéndolas, dijo a la buena mujer que no necesitaba ya el cofre,
pero que, si le placía, le diera un saco y se quedase con él.
La buena mujer lo hizo de buena gana; y él,
dándole las mayores gracias que podía por el beneficio recibido de
ella, guardándose el saco en el regazo, de ella se separó; y subido
a una barca, pasó a Brindisi y desde allí, de costa en costa se
dirigió a Trani, donde, encontrando a unos ciudadanos suyos que eran
pañeros, como por amor de Dios le vistieron, habiéndoles contado
antes todas sus aventuras, salvo la del cofre; y además prestándole
caballo y dándole compañía hasta Ravello donde para siempre decía
querer volver, le enviaron.
Aquí, pareciéndole estar seguro, dándole
gracias a Dios que lo había guiado allí, desató su saquito, y con
más diligencia buscando todo que nunca había hecho antes, se
encontró que tenía tantas y tales piedras que, vendiéndolas a su
precio y aun a menos, era dos veces más rico que cuando se había
ido. Y encontrando el modo de despachar sus piedras, hasta Corfú
mandó una buena cantidad de dineros, por valerlos el servicio
recibido, a la buena mujer que lo había sacado del mar; y lo mismo
hizo a Trani a quienes le habían dado de vestir; y lo restante, sin
querer comerciar ya más, lo retuvo y honorablemente vivió hasta el
fin.
NOVELA QUINTA
A Andreuccio de Perusa, llegado a Nápoles a
comprar caballos, le suceden en una noche tres graves desventuras, y
salvándose de todas, se vuelve a casa con un rubí.
Las piedras preciosas encontradas por
Landolfo -empezó Fiameta, a quien le tocaba la vez de novelar- me
han traído a la memoria una historia que no contiene menos peligros
que la narrada por Laureta, pero es diferente de ella en que
aquéllos tal vez en varios años y éstos en el espacio de una noche
se sucedieron, como vais a oír.
Hubo, según he oído, en Perusa, un joven
cuyo nombre era Andreuccio de Prieto, tratante en caballos, el cual,
habiendo oído que en Nápoles se compraban caballos a buen precio,
metiéndose en la bolsa quinientos florines de oro, no habiendo nunca
salido de su tierra, con otros mercaderes allá se fue; donde,
llegado un domingo al atardecer e informado por su posadero, a la
mañana siguiente bajó al mercado, y muchos vio y muchos le
pluguieron y entró en tratos sobre muchos, pero no pudiendo
concertarse sobre ninguno, para mostrar que a comprar había ido,
como rudo y poco cauto, muchas veces en presencia de quien iba y de
quien venia sacó fuera la bolsa donde tenía los florines. Y estando
en estos tratos, habiendo mostrado su bolsa, sucedió que una joven
siciliana bellísima, pero dispuesta por pequeño precio a complacer a
cualquier hombre, sin que él la viera pasó cerca de él y vio su
bolsa, y súbitamente se dijo:
-¿Quién estaría mejor que yo si aquellos
dineros fuesen míos? -y siguió adelante. Y estaba con esta joven una
vieja igualmente siciliana la cual, al ver a Andreuccio, dejando
seguir la joven, afectuosamente corrió a abrazarlo; lo que viendo la
joven, sin decir nada, aparte la empezó a esperar. Andreuccio
volviéndose hacia la vieja la conoció y le hizo grandes fiestas
prometiéndole ella venir a su posada, y sin quedarse allí más, se
fue, y Andreuccio volvió a sus tratos; pero nada compró por la
mañana. La joven, que primero la bolsa de Andreuccio y luego la
familiaridad de su vieja con él había visto, por probar si había
modo de que ella pudiese hacerse con aquellos dineros, o todos o en
parte, cautamente empezó a preguntarle quién fuese él y de dónde, y
qué hacía aquí y cómo le conocía. Y ella, todo con todo detalle de
los asuntos de Andreuccio le dijo, como con poca diferencia lo
hubiera dicho él mismo, como quien largamente en Sicilia con el
padre de éste y luego en Perusa había estado, e igualmente le contó
dónde paraba y por qué había venido.
La joven, plenamente informada del linaje
de él y de los nombres, para proveer a su apetito, con aguda
malicia, fundó sobre ello su plan; y, volviéndose a casa, dio a la
vieja trabajo para todo el día para que no pudiese volver a
Andreuccio; y tomando una criadita suya a quien había enseñado muy
bien a tales servicios, hacia el anochecer la mandó a la posada
donde Andreuccio paraba. Y llegada allí, por acaso a él mismo, y
solo, encontró a la puerta, y le preguntó por él mismo; a lo cual,
diciéndole él que él era, ella llevándolo aparte, le dijo:
-Señor mío, una noble dama de esta tierra,
si os pluguiese, querría hablar con vos. Y él, al oírla,
considerándose bien y pareciéndole ser un buen mozo, pensó que
aquella tal dama debía estar enamorada de él, como si otro mejor
mozo que él no se encontrase entonces en Nápoles, y prontamente
repuso que estaba dispuesto y le preguntó dónde y cuándo aquella
dama quería hablarle. A lo que la criadita respondió:
-Señor, cuando os plaza venir, os espera en
su casa.
Andreuccio, prestamente y sin decir nada en
la posada, dijo: -Pues vamos, ve delante; yo iré tras de ti.
Con lo que la criadita a casa de aquélla le
condujo, que vivía en un barrio llamado Malpertuggio que cuán
honesto barrio era, su nombre mismo lo demuestra. Pero él, no
sabiéndolo ni sospechándolo, creyéndose que iba a un honestísimo
lugar y a una señora honrada, sin precauciones, entrada la criadita
delante, entró en su casa; y al subir las escaleras, habiendo ya la
criadita a su señora llamado y dicho: «¡Aquí está Andreuccio!», la
vio arriba de la escalera asomarse y esperarlo. Y ella era todavía
bastante joven, alta de estatura y con hermosísimo rostro, vestida y
adornada asaz honradamente. Y al aproximarse a ella Andreuccio, bajó
tres escalones a su encuentro con los brazos abiertos y echándosele
al cuello un rato lo estuvo abrazando sin decir nada, como si una
invencible ternura le impidiese hacerlo; después, derramando
lágrimas le besó en la frente, y con voz algo rota dijo: -¡Oh,
Andreuccio mío, sé bien venido!
Éste, maravillándose de caricias tan
tiernas, todo estupefacto repuso: -¡Señora, bien hallada seáis!
Ella, después, tomándole de la mano le
llevó abajo a su salón y desde allí, sin nada más decir, con él
entró en su cámara, la cual a rosas, a flores de azahar y a otros
olores olía toda, y allí vio un bellísimo lecho encortinado y muchos
paños colgados de los travesaños según la costumbre de allí, y otros
muy bellos y ricos arreos; por las cuales cosas, como inexperto que
era, firmemente creyó que ella no era menos que gran señora. Y
sentándose sobre un arca que estaba al pie de su lecho, así empezó a
hablarle: -Andreuccio, estoy segura de que te maravillas de las
caricias que te hago y de mis lágrimas, como quien no me conoce y
por ventura nunca me oíste recordar: pero pronto oirás algo que tal
vez te haga maravillarte más, como es que yo soy tu hermana; y te
digo que, pues que Dios me ha hecho tan grande gracia que antes de
mi muerte haya visto a alguno de mis hermanos, aunque deseo veros a
todos, no me moriré en hora que, consolada, no muera. Y si esto tal
vez nunca lo has oído, te lo voy a decir. Pietro, padre mío y tuyo,
como creo que habrás podido saber, vivió largamente en Palermo, y
por su bondad y agrado fue y todavía es por quienes le conocieron
amado; pero entre otros que mucho le amaron, mi madre, que fue una
mujer noble y entonces era viuda, fue quien más le amó, tanto, que
depuesto el temor a su padre, a sus hermanos y su honor, de tal
guisa se familiarizó con él que nací yo, y estoy aquí como me ves.
Después, llegada la ocasión a Pietro de irse de Palermo y volver a
Perusa, a mi, siendo muy niña, me dejó con mi madre, y nunca más,
por lo que yo sé, ni de mí ni de ella se acordó: por lo que yo, si
mi padre no fuera, mucho le reprobaría, teniendo en cuenta la
ingratitud suya hacia mi madre mostrada, y no menos el amor que a
mí, como a su hija no nacida de criada ni de vil mujer, debía tener;
y que ella, sin saber de otra manera quién fuese él, movida por
fidelísimo amor puso sus cosas y ella misma en sus manos. Pero ¿qué?
Las cosas mal hechas y pasadas ha mucho tiempo son más fáciles de
reprochar que de enmendar; así fueron las cosas sin embargo. Él me
dejó en Palermo siendo niña donde, crecida casi como soy, mi madre,
que era muy rica, me dio por mujer a uno de Agrigento, gentilhombre
y honrado, que por amor de mi madre y de mí vino a vivir en Palermo;
y allí, como muy güelfo, comenzó a concertar algún trato con nuestro
rey Carlos . Lo que, sabido del rey Federico , antes de que pudiese
llevarse a cabo, fue motivo de hacerle huir de Sicilia cuando yo
esperaba ser la mayor señora que hubiera en aquella isla donde,
tomadas las pocas cosas que podíamos tomar (digo pocas con respecto
a las muchas que teníamos), dejadas las tierras y los palacios en
esta tierra nos refugiamos, donde al rey Carlos hacia nosotros
encontramos tan agradecido que, reparados en parte los daños que por
él recibido habíamos, nos ha dado posesiones y casas, y da
continuamente a mi marido, y a tu cuñado que es, buenos gajes, tal
como podrás ver: y de esta manera estoy aquí donde yo, por la buena
gracia de Dios y no tuya, dulce hermano mío, te veo. Y dicho así,
empezó a abrazarlo otra vez, y otra vez llorando tiernamente, le
besó en la frente. Andreuccio, oyendo esta fábula tan ordenada y tan
compuestamente contada por aquella a la que en ningún momento moría
la palabra entre los dientes ni le balbuceaba la lengua, acordándose
ser verdad que su padre había estado en Palermo, y por sí mismo
conociendo las costumbres de los jóvenes, que de buen agrado aman en
la juventud, y viendo las tiernas lágrimas, el abrazarle y los
honestos besos, tuvo aquello que ésta decía por más que verdadero. Y
después que calló, le repuso: -Señora, no os debe parecer gran cosa
que me maraville; porque en verdad, sea que mi padre, por lo que lo
hiciese, de vuestra madre y de vos no hablase nunca, o sea que, si
habló de ello a mi conocimiento no haya venido, yo por mí tal
conocimiento tenía de vos como si no hubieseis existido; y me es
tanto más grato aquí haber encontrado a mi hermana cuanto más solo
estoy aquí y menos lo esperaba. Y en verdad no conozco a nadie de
tan alta posición a quien no debieseis ser querida, y menos a mí que
soy un pequeño mercader. Pero una cosa quiero que me aclaréis: ¿cómo
supisteis que estaba aquí? A lo que respondió ella:
-Esta mañana me lo hizo saber una pobre
mujer que mucho me visita porque con nuestro padre, por lo que ella
me dice, largamente en Palermo y en Perusa estuvo: y si no fuera que
me parecía más honesto que tú vinieses a mí a tu casa que no yo
fuese a ti a la de otros, hace mucho rato que yo hubiera ido a ti.
Después de estas palabras, empezó ella a preguntar separadamente
sobre todos los parientes, por su nombre; y sobre todos le contestó
Andreuccio, creyendo por esto más todavía lo que menos le convenía
creer. Habiendo sido la conversación larga y el calor grande, hizo
ella venir vino de Grecia y dulces e hizo dar de beber a Andreuccio;
el cual, luego de esto, queriéndose ir porque era la hora de la
cena, en ninguna guisa lo sufrió ella, sino que poniendo semblante
de enojarse mucho, abrazándole le dijo: -¡Ay, triste de mí!, que
asaz claro conozco que te soy poco querida. ¿Cómo va a pensarse que
estés con una hermana tuya nunca vista por ti, y en su casa, donde
al venir aquí debías haberte albergado, y quieras salir de ella para
ir a cenar a la posada? En verdad que cenarás conmigo: y aunque mi
marido no esté aquí, de lo que mucho me pesa, yo sabré bien, como
mujer, hacerte los honores. A lo que Andreuccio, no sabiendo qué
otra cosa responder, dijo: -Vos me sois querida como debe serlo una
hermana, pero si no me voy seré esperado durante toda la noche para
cenar y cometeré una villanía.
Y ella entonces dijo:
-Alabado sea Dios, ¿no tengo yo en casa por
quien mandar a decir que no seas esperado? Y aún harías mayor
cortesía, y tu deber, en mandar a decir a tus compañeros que
viniesen a cenar, y luego, si quisieras irte, podríais todos iros en
compañía.
Andreuccio respondió que de sus compañeros
no quería nada por aquella noche, pero que, pues ello le agradaba,
dispusiese de él a su gusto. Ella entonces hizo semblante de mandar
a decir a la posada que no le esperasen para la cena; y luego,
después de muchos otros razonamientos, sentándose a cenar y
espléndidamente servidos de muchos manjares, astutamente la hizo
durar hasta la noche cerrada: y habiéndose levantado de la mesa, y
Andreuccio queriéndose ir, ella dijo que en ninguna guisa lo
sufriría porque Nápoles no era una ciudad para andar por la calle de
noche, y máxime un forastero, y que lo mismo que había mandado a
decir que no le esperasen a cenar, lo mismo había hecho con el
albergue. El, creyendo esto, y agradándole, engañado por la falsa
confianza, quedarse con ella, se quedó. Fue, pues, después de la
cena, la conversación mucha y larga, y no mantenida sin razón: y
habiendo ya pasado parte de la noche, ella, dejando a Andreuccio
dormir en su alcoba con un muchachito que le ayudase si necesitaba
algo, con sus mujeres se fue a otra cámara. Y era el calor grande;
por lo cual Andreuccio, al ver que se quedaba solo, prontamente se
quedó en justillo y se quitó las calzas y las puso en la cabecera de
la cama; y siéndole menester la natural costumbre de tener que
disponer del superfluo peso del vientre, dónde se hacía aquello
preguntó al muchachito, quien en un rincón de la alcoba le mostró
una puerta, y dijo: -Id ahí adentro.
Andreuccio, que había pasado dentro con
seguridad, fue por acaso a poner el pie sobre una tabla la cual, de
la parte opuesta desclavada de la viga sobre la que estaba,
volcándose esta tabla, junto a él se fue de allí para abajo: y tanto
lo amó Dios que ningún mal se hizo en la caída, aun cayendo de
bastante altura; pero todo en la porquería de la cual estaba lleno
el lugar se ensució. El cual lugar, para que mejor entendáis lo que
se ha dicho y lo que sigue, cómo era os lo diré. Era un callejón
estrecho como muchas veces lo vemos entre dos casas: sobre dos
pequeños travesaños, tendidos de una a la otra casa, se habían
clavado algunas tablas y puesto el sitio donde sentarse; de las
cuales tablas, aquella con la que él cayó era una. Encontrándose,
pues, allá abajo en el callejón Andreuccio, quejándose del caso
comenzó a llamar al muchacho: pero el muchacho, al sentirlo caer
corrió a decirlo a su señora, la cual, corriendo a su alcoba,
prontamente miró si sus ropas estaban allí y encontradas las ropas y
con ellas los dineros, los cuales, por desconfianza tontamente
llevaba encima, teniendo ya aquello a lo que ella, de Palermo,
haciéndose la hermana de un perusino, había tendido la trampa, no
preocupándose de él, prontamente fue a cerrar la puerta por la que
él había salido cuando cayó.
Andreuccio, no respondiéndole el muchacho,
comenzó a llamar más fuerte, pero sin servir de nada; por lo que, ya
sospechando y tarde empezando a darse cuenta del engaño, súbito
subiéndose sobre una pared baja que aquel callejón separaba de la
calle y bajando a la calle, a la puerta de la casa, que muy bien
reconoció, se fue y allí en vano llamó largamente, y mucho la
sacudió y golpeó. Sobre lo que, llorando como quien clara veía su
desventura, empezó a decir:
-¡Ay de mí, triste!, ¡en qué poco tiempo he
perdido quinientos florines y una hermana! Y después de muchas otras
palabras, de nuevo comenzó a golpear la puerta y a gritar; y tanto
lo hizo que muchos de los vecinos circundantes, habiéndose
despertado, no pudiendo sufrir la molestia, se levantaron, y una de
las domésticas de la mujer, que parecía medio dormida, asomándose a
la ventana, reprobatoriamente dijo:
-¿Quién da golpes abajo?
-¡Oh! -dijo Andreuccio-, ¿y no me conoces?
Soy Andreuccio, hermano de la señora Flordelís. A lo que ella
respondió:
-Buen hombre, si has bebido de más ve a
dormirte y vuelve por la mañana; no sé qué Andreuccio ni qué burlas
son esas que dices: vete en buena hora y déjame dormir, si te place.
-¿Cómo? -dijo Andreuccio-, ¿no sabes lo que digo? Sí lo sabes bien;
pero si así son los parentescos de Sicilia, que en tan poco tiempo
se olvidan, devuélveme al menos mis ropas que he dejado ahí, y me
iré con Dios de buena gana.
A lo que ella, casi riéndose, dijo:
-Buen hombre, me parece que estás soñando.
Y el decir esto y el meterse dentro y
cerrar la ventana fue todo uno. Por lo que la gran ira de
Andreuccio, ya segurísimo de sus males, con la aflicción estuvo a
punto de convertirse en furor, y con la fuerza se propuso reclamar
aquello que con las palabras recuperar no podía, por lo que, para
empezar, cogiendo una gran piedra, con mucho mayores golpes que
antes, furiosamente comenzó a golpear la puerta. Por lo cual, muchos
de los vecinos antes despertados y levantados, creyendo que fuese
algún importuno que aquellas palabras fingiese para molestar a
aquella buena mujer , fastidiados por el golpear que armaba,
asomados a la ventana no de otra manera que a un perro forastero
todos los del barrio le ladran detrás, empezaron a decir:
-Es gran villanía venir a estas horas a
casa de las buenas mujeres a decir estas burlas; ¡bah!, vete con
Dios, buen hombre; déjanos dormir si te place; y si algo tienes que
tratar con ella vuelve mañana y no nos des este fastidio esta noche.
Con las cuales palabras tal vez
tranquilizado uno que había dentro de la casa, alcahuete de la buena
mujer, y a quien él no había visto ni oído, se asomó a la ventana y
con una gran voz gruesa, horrible y fiera dijo:
-¿Quién está ahí abajo?
Andreuccio, levantando la cabeza a aquella
voz, vio uno que, por lo poco que pudo comprender, parecía tener que
ser un pez gordo, con una barba negra y espesa en la cara, y como si
de la cama o de un profundo sueño se levantase, bostezaba y
refregaba los ojos. A lo que él, no sin miedo, repuso: -Yo soy un
hermano de la señora de ahí dentro.
Pero aquél no esperó a que Andreuccio
terminase la respuesta sino que, más recio que antes, dijo: -¡No sé
qué me detiene que no bajo y te doy de bastonazos mientras vea que
te estás moviendo, asno molesto y borracho que debes ser, que esta
noche no nos vas a dejar dormir a nadie! Y volviéndose adentro,
cerró la ventana. Algunos de los vecinos, que mejor conocían la
condición de aquél, en voz baja decían a Andreuccio:
-Por Dios, buen hombre, ve con Dios; no
quieras que esta noche te mate éste; vete por tu bien. Por lo que
Andreuccio, espantado de la voz de aquél y de la vista, y empujado
por los consejos de aquéllos, que le parecía que hablaban movidos
por la caridad, afligido cuanto más pudo estarlo nadie y
desesperando de recuperar sus dineros, hacia aquella parte por donde
de día había seguido a la criadita, sin saber dónde ir, tomó el
camino para volver a la posada.
Y disgustándose a sí mismo por el mal olor
que de él mismo le llegaba, deseoso de llegar hasta el mar para
lavarse, torció a mano izquierda y se puso a bajar por una calle
llamada la Ruga Catalana; y andando hacia lo alto de la ciudad, vio
que por acaso venían hacia él dos con una linterna en la mano, los
cuales, temiendo que fuesen de la guardia de la corte u otros
hombres a hacer el mal dispuestos, por huirlos, en una casucha de la
cual se vio cerca, cautamente se escondió. Pero éstos, como si a
aquel mismo lugar fuesen enviados, dejando en el suelo algunas
herramientas que traía, con el otro empezó a mirarlas, hablando de
varias cosas sobre ellas. Y mientras hablaban dijo uno:
-¿Qué quiere decir esto? Siento el mayor
hedor que me parece haber sentido nunca. Y esto dicho, alzando un
tanto la linterna, vieron al desdichado de Andreuccio y estupefactos
preguntaron:
-¿Quién está ahí?
Andreuccio se callaba; pero ellos,
acercándose con la luz, le preguntaron que qué cosa tan asquerosa
estaba haciendo allí, a los que Andreuccio, lo que le había sucedido
les contó por entero. Ellos, imaginándose dónde le podía haber
pasado aquello, dijeron entre sí: -Verdaderamente en casa del matón
de Buottafuoco ha sido eso. Y volviéndose a él, le dijo uno:
-Buen hombre, aunque hayas perdido tus
dineros, tienes mucho que dar gracias a Dios de que te sucediera
caerte y no poder volver a entrar en la casa; porque, si no te
hubieras caído, está seguro de que, al haberte dormido, te habrían
matado y habrías perdido la vida con los dineros. ¿Pero de qué sirve
ya lamentarse? No podrías recuperar un dinero como que hay estrellas
en el cielo: y bien podrían matarte si aquél oye que dices una
palabra de todo esto.
Y dicho esto, hablando entre sí un momento,
le dijeron:
-Mira, nos ha dado compasión de ti, y por
ello, si quieres venir con nosotros a hacer una cosa que vamos a
hacer, parece muy cierto que la parte que te toque será del valor de
mucho más de lo que has perdido.
Andreuccio, como desesperado, repuso que
estaba pronto. Había sido sepultado aquel día un arzobispo de
Nápoles, llamado micer Filippo Minútolo , y había sido sepultado con
riquísimos ornamentos y con un rubí en el dedo que valía más de
quinientos florines de oro, y que éstos querían ir a robar; y así se
lo dijeron a Andreuccio, con lo que Andreuccio, más codicioso que
bien aconsejado, con ellos se puso en camino. Y andando hacia la
iglesia mayor, y Andreuccio hediendo muchísimo, dijo uno: -¿No
podríamos hallar el modo de que éste se lavase un poco donde sea,
para que no hediese tan fieramente?
Dijo el otro:
-Sí, estamos cerca de un pozo en el que
siempre suele estar la polea y un gran cubo; vamos allá y lo
lavaremos en un momento.
Llegados a este pozo, encontraron que la
soga estaba, pero que se habían llevado el cubo; por lo que juntos
deliberaron atarlo a la cuerda y bajarlo al pozo, y que él allí
abajo se lavase, y cuando estuviese lavado tirase de la soga y ellos
le subirían; y así lo hicieron. Sucedió que, habiéndolo bajado al
pozo, algunos de los guardias de la señoría (o por el calor o porque
habían corrido detrás de alguien) teniendo sed, a aquel pozo
vinieron a beber; los que, al ver a aquellos dos incontinenti se
dieron a la fuga, no habiéndolos visto los guardias que venían a
beber.
Y estando ya en el fondo del pozo
Andreuccio lavado, meneó la soga. Ellos, con sed, dejando en el
suelo sus escudos y sus armas y sus túnicas, empezaron a tirar de la
cuerda, creyendo que estaba colgado de ella el cubo lleno de agua.
Cuando Andreuccio se vio del brocal del pozo cerca, soltando la
soga, con las manos se echó sobre aquél; lo cual, viéndolo aquéllos,
cogidos de miedo súbito, sin más soltaron la soga y se dieron a huir
lo más deprisa que podían. De lo que Andreuccio se maravilló mucho,
y si no se hubiera sujetado bien, habría otra vez caído al fondo,
tal vez no sin gran daño suyo o muerte: pero salió de allí y,
encontradas aquellas armas que sabía que sus compañeros no habían
llevado, todavía más comenzó a maravillarse.
Pero temeroso y no sabiendo de qué,
lamentándose de su fortuna, sin nada tocar, deliberó irse; y andaba
sin saber adónde. Andando así, vino a toparse con aquellos sus dos
compañeros, que venían a sacarlo del pozo; y, al verle,
maravillándose mucho, le preguntaron quién del pozo le había sacado.
Andreuccio respondió que no lo sabía y les contó ordenadamente cómo
había sucedido y lo que había encontrado fuera del pozo. Por lo que
ellos, dándose cuenta de lo que había sido, riendo le contaron por
qué habían huido y quiénes eran aquellos que le habían sacado. Y sin
más palabras, siendo ya medianoche, se fueron a la iglesia mayor, y
en ella muy fácilmente entraron, y fueron al sepulcro, el cual era
de mármol y muy grande; y con un hierro que llevaba la losa, que era
pesadísima, la levantaron tanto cuanto era necesario para que un
hombre pudiese entrar dentro, y la apuntalaron. Y hecho esto, empezó
uno a decir:
-¿Quién entrará dentro?
A lo que el otro respondió:
-Yo no.
-Ni yo -dijo aquél-, pero que entre
Andreuccio.
-Eso no lo haré yo -dijo Andreuccio.
Hacia el cual aquéllos, ambos a dos
vueltos, dijeron:
-¿Cómo que no entrarás? A fe de Dios, si no
entras te daremos tantos golpes con uno de estos hierros en la
cabeza que te haremos caer muerto.
Andreuccio, sintiendo miedo, entró, y al
entrar pensó:
«Ésos me hacen entrar para engañarme porque
cuando les haya dado todo, mientras esté tratando de salir de la
sepultura se irán a sus asuntos y me quedaré sin nada». Y por ello
pensó quedarse ya con su parte; y acordándose del precioso anillo
del que les había oído hablar, cuando ya hubo bajado se lo sacó del
dedo al arzobispo y se lo puso él; y luego, dándoles el báculo y la
mitra y los guantes, y quitándole hasta la camisa, todo se lo dio,
diciendo que no había nada más. Ellos, afirmando que debía estar el
anillo, le dijeron que buscase por todas partes; pero él,
respondiendo que no lo encontraba y fingiendo buscarlo, un rato les
tuvo esperando. Ellos que, por otra parte, eran tan maliciosos como
él, diciéndole que siguiera buscando bien, en el momento oportuno,
quitaron el puntal que sostenía la losa y, huyendo, a él dentro del
sepulcro lo dejaron encerrado. Oyendo lo cual lo que sintió
Andreuccio cualquiera puede imaginarlo. Trató muchas veces con la
cabeza y con los hombros de ver si podía alzar la losa, pero se
cansaba en vano; por lo que, de gran valor vencido, perdiendo el
conocimiento, cayó sobre el muerto cuerpo del arzobispo; y quien lo
hubiese visto entonces malamente hubiera sabido quién estaba más
muerto, el arzobispo o él. Pero luego que hubo vuelto en sí, empezó
a llorar sin tino, viéndose allí sin duda a uno de dos fines tener
que llegar: o en aquel sepulcro, no viniendo nadie a abrirlo, de
hambre y de hedores entre los gusanos del cuerpo muerto tener que
morir, o viniendo alguien y encontrándolo dentro, tener que ser
colgado como ladrón. Y en tales pensamientos y muy acongojado
estando, sintió por la iglesia andar gentes y hablar muchas
personas, las cuales, como pensaba, andaban a hacer lo que él con
sus compañeros habían ya hecho; por lo que mucho le aumentó el
miedo.
Pero luego de que aquéllos tuvieron el
sepulcro abierto y apuntalado, cayeron en la discusión de quién
debiese entrar, y ninguno quería hacerlo; pero luego de larga
disputa un cura dijo: -¿Qué miedo tenéis? ¿Creéis que va a comeros?
Los muertos no se comen a los hombres; yo entraré dentro, yo.
Y así dicho, puesto el pecho sobre el borde
del sepulcro, volvió la cabeza hacia afuera y echó dentro las
piernas para tirarse al fondo.
Andreuccio, viendo esto, poniéndose en pie,
cogió al cura por una de las piernas y fingió querer tirar de él
hacia abajo. Lo que sintiendo el cura, dio un grito grandísimo y
rápidamente del arca se tiró afuera: de lo cual, espantados todos
los otros, dejando el sepulcro abierto, no de otra manera se dieron
a la fuga que si fuesen perseguidos por cien mil diablos. Lo que
viendo Andreuccio, alegre contra lo que esperaba, súbitamente se
arrojó fuera y por donde había venido salió de la iglesia. Y
aproximándose ya el día, con aquel anillo en el dedo andando a la
aventura, llegó al mar y de allí se enderezó a su posada, donde a
sus compañeros y al posadero encontró, que habían estado toda la
noche preocupados por lo que podría haber sido de él. A los cuales
contándoles lo que le había sucedido, pareció por el consejo de su
posadero que él incontinenti debía irse de Nápoles; la cual cosa
hizo prestamente y se volvió a Perusa, habiendo invertido lo suyo en
un anillo cuando a lo que había ido era a comprar caballos.
NOVELA SEXTA
Madama Beritola, con dos cabritillos en una
isla encontrada, habiendo perdido dos hijos, se va de allí a
Lunigiana,, allí, uno de los hijos va a servir a su señor y con la
hija de éste se acuesta, y es puesto en prisión; Sicilia rebelada
contra el rey Carlos, y reconocido el hijo por la madre, se casa con
la hija de su señor y encuentra a su hermano, y vuelven a tener una
alta posición .
Habían las señoras al igual que los jóvenes
reído mucho de los casos de Andreuccio por Fiameta narrados, cuando
Emilia, advirtiendo la historia terminada, por mandato de la reina
así comenzó: Graves cosas y dolorosas son los movimientos varios de
la fortuna, sobre los cuales (porque cuantas veces alguna cosa se
dice, tantas hay un despertar de nuestras mentes, que fácilmente se
adormecen con sus halagos) juzgo que no desagrade tener que oír
tanto a los felices como a los desgraciados, por cuanto a los
primeros hace precavidos y a los segundos consuela. Y por ello,
aunque grandes cosas hayan sido dichas antes, entiendo contaros una
historia no menos verdadera que piadosa, la cual, aunque alegre fin
tuviese, fue tanta y tan larga su amargura, que apenas puedo creer
que alguna vez la dulcificase la alegría que la siguió:
Carísimas señoras, debéis saber que después
de la muerte de Federico II el emperador, fue coronado rey de
Sicilia Manfredo , junto al cual en grandísima privanza estuvo un
hombre noble de Nápoles llamado Arrighetto Capece, el cual tenía por
mujer a una hermosa y noble dama igualmente napolitana llamada
madama Beritola Caracciola . El cual Arrighetto, teniendo el
gobierno de la isla en las manos, oyendo que el rey Carlos primero
había vencido en Benevento y matado a Manfredo, y que todo el reino
se volvía a él, teniendo poca confianza en la escasa lealtad de los
sicilianos no queriendo convertirse en súbdito del enemigo de su
señor, se preparaba huir. Pero conocido esto por los sicilianos,
súbitamente él y muchos otro amigos y servidores del rey Manfredo
fueron entregados como prisionero al rey Carlos, y el dominio de la
isla después.
Madama Beritola, en tan gran mudanza de las
cosas, no sabiendo que fuese de Arrighetto y siempre temiendo lo que
había sucedido, por temor a ser ultrajada, dejadas todas sus cosas,
con un hijo suyo de edad de unos ocho años llamado Giuffredi, y
preñada y pobre, montando en una barquichuela, huyó a Lípari, y allí
parió otro hijo varón al que llamó el Expulsado; y tomada una
nodriza, con todos en un barquichuelo montó para volverse a Nápoles
con sus parientes. Pero de otra manera sucedió que como pensaba;
porque por la fuerza del viento el barco, que a Nápoles ir debía,
fue transportado a la isla de Ponza, donde, entrados en una pequeña
caleta, se pusieron a esperar oportunidad para su viaje. Madama
Beritola, tomando tierra en la isla como los demás, y en ella un
lugar solitario y remoto encontrado, allí a dolerse por su
Arrighetto se retiró sola. Y haciendo lo mismo todos los días,
sucedió que, estando ella ocupada en su aflicción, sin que nadie, ni
marinero ni otro, se diese cuenta, llegó una galera de corsarios,
quienes a todos capturaron a mansalva y se fueron.
Madama Beritola, terminado su diario
lamento, volviendo a la playa para ver de nuevo a sus hijos, como
acostumbraba hacer, a nadie encontró allí, de lo que se maravilló
primero, y luego, súbitamente sospechando lo que había sucedido, los
ojos hacia el mar dirigió y vio la galera, todavía no muy alejada,
que remolcaba al barquichuelo, por lo que óptimamente conoció que,
al igual que al marido, había perdido a los hijos; y pobre y sola y
abandonada, sin saber dónde a nadie pudiese encontrar jamás,
viéndose allí, desmayada, llamando al marido y a los hijos, cayó
sobre la playa. No había aquí quien con agua fría o con otro medio a
las desmayadas fuerzas llamase, por lo que a su albedrío pudieron
los espíritus andar vagando por donde quisieron ; pero después de
que en el mísero cuerpo las partidas fuerzas junto con las lágrimas
y el llanto volvieron, largamente llamó a los hijos y mucho por
todas las cavernas los anduvo buscando. Pero luego que conoció que
se fatigaba inútilmente y vio caer la noche, esperando y no sabiendo
qué, por sí misma se preocupó un tanto y, yéndose de la playa, a
aquella caverna donde acostumbraba a llorar y a dolerse volvió. Y
luego de que la noche con mucho miedo y con incalculable dolor fue
pasada y el nuevo día venido, y ya pasada la hora de tercia, como la
noche antes cenado no había, obligada por el hambre, se dio a pacer
la hierba; y paciendo como pudo, llorando, a diversos pensamientos
sobre su futura vida se entregó. Y mientras estaba en ellos, vio
venir una cabrilla y entrar allí cerca en una caverna, y luego de un
poco salir de ella e irse por el bosque; por lo que, levantándose,
allí entró donde había salido la cabrilla, y vio dos cabritillos tal
vez nacidos el mismo día, los cuales le parecieron la cosa más dulce
del mundo y la más graciosa; y no habiéndosele todavía del reciente
parto retirado la leche del pecho, los cogió tiernamente y se los
puso al pecho.
Los cuales, no rehusando el servicio, así
mamaban de ella como hubiesen hecho de su madre, y de entonces en
adelante entre la madre y ella ninguna distinción hicieron; por lo
que, pareciéndole a la noble señora haber en el desierto lugar
alguna compañía encontrado, pastando hierbas y bebiendo agua y
tantas veces llorando cuantas del marido y de los hijos y de su
pretérita vida se acordaba, allí a vivir y a morir se había
dispuesto, no menos familiar con la cabrilla vuelta que con los
hijos. Y, viviendo así, la noble señora en fiera convertida, sucedió
que, después de algunos meses, por fortuna llegó también un barquito
de pisanos allí donde ella había llegado antes, y se quedó varios
días. Había en aquel barco un hombre noble llamado Currado de los
marqueses de Malaspina con una mujer suya valerosa y santa; y venían
en peregrinación de todos los santos lugares que hay en el reino de
Apulia y a su casa volvían. El cual, por entretener el aburrimiento,
junto con su mujer y con algunos servidores y con sus perros, un día
a bajar a la isla se puso; y no muy lejano del lugar donde estaba
madama Beritola, empezaron los perros de Currado a seguir a los dos
cabritillos, los cuales, ya grandecitos, andaban paciendo; los
cuales cabritillos, perseguidos por los perros, a ninguna parte
huyeron sino a la caverna donde estaba madama Beritola. La cual,
viendo esto, poniéndose en pie y cogiendo un bastón, hizo retroceder
a los perros; y allí Currado y su mujer, que a sus perros seguían,
llegando, viéndola morena y delgada y peluda como se había puesto,
se maravillaron, y ella mucho más que ellos. Pero luego de que a sus
ruegos hubo Currado sujetado a sus perros, después de muchas
súplicas le hicieron que dijese quién era y qué hacía aquí, la cual
enteramente toda su condición y todas sus desventuras y su rigurosa
resolución les comunicó. Lo que, oyendo Currado, que muy bien a
Arrighetto Capece conocido había, lloró de compasión y con muchas
palabras se ingenió en apartarla de decisión tan rigurosa,
ofreciéndola llevarla a su casa o tenerla consigo con el mismo honor
que a su hermana, y que allí se quedase hasta que Dios más alegre
fortuna le deparara. A cuyas ofertas no plegándose la señora,
Currado dejó con ella a su mujer y le dijo que mandase traer aquí de
qué comer, y a ella, que estaba en harapos, con alguno de sus
vestidos vistiese, e hiciese todo para llevarla con ellos.
Quedándose con ella la noble señora, habiendo primero con madama
Beritola llorado mucho de sus infortunios, hechos venir vestidos y
viandas, con la mayor fatiga del mundo a tomarlos y a comer la
indujo: y por fin, luego de muchos ruegos, afirmando ella nunca
querer ir a donde conocida fuera, la indujo a irse con ellos a
Lunigiana junto con los dos cabritillos y con la cabrilla, la que en
aquel entretanto había vuelto y no sin gran maravilla de la noble
señora le había hecho grandísimas fiestas. Y así, venido el buen
tiempo, madama Beritola con Currado y con su mujer en su barco
montó, y junto con ellos la cabrilla y los dos cabritillos; por los
cuales no sabiendo todos su nombre, fue Cabrilla llamada; y, con
buen viento, pronto llegaron hasta la desembocadura del Magra, donde
bajándose, a sus castillos subieron. Allí, junto a la mujer de
Currado, madama Beritola, en trajes de viuda, como una damisela
suya, honesta y humilde y obediente estuvo, siempre a sus
cabritillos teniendo amor y haciéndoles alimentar. Los corsarios que
habían en Ponza tomado el barco en que madama Beritola había venido
dejándola a ella como a quien no habían visto, con toda la demás
gente se fueron a Génova; y allí dividida la presa entre los amos de
la galera, tocó por ventura, entre otras cosas, en suerte a un micer
Guasparrino de Oria la nodriza de madama Beritola y los dos niños
con ella; el cual, a ella junto con los dos niños mandó a su casa
para tenerlos como siervos en los trabajos de la casa.
La nodriza, sobremanera afligida por la
pérdida de su ama y por la mísera fortuna en la que veía haber caído
a los dos niños, lloró amargamente; pero después que vio que las
lágrimas de nada servían y que ella era sierva junto con ellos,
aunque pobre mujer fuese, era sin embargo sabia y sagaz; por lo que,
consolándose lo mejor que pudo, y mirando a donde habían llegado,
pensó que si los dos niños eran reconocidos, por acaso podrían con
facilidad recibir molestias , y además de ello, esperando que,
cuando fuese podría cambiar la fortuna y ellos podrían, si vivos
estuvieran, al perdido estado volver, pensó no descubrir a nadie
quiénes fueran, si no veía que fuese oportuno: y a todos decía (los
que le habían preguntado por ello) que eran sus hijos. Y al mayor,
no Giuffredi, sino Giannotto de Prócida llamaba; al menor no se
preocupó de cambiarle el nombre; y con suma diligencia enseñó a
Giuffredi por qué le había cambiado el nombre y en qué peligro podía
estar si fuera reconocido, y esto no una vez sino muchas y con
frecuencia le recordaba: lo que el muchacho, que era buen
entendedor, según la enseñanza de la sabia nodriza óptimamente
hacía.
Se quedaron, pues, mal vestidos y peor
calzados, ocupados en todos los trabajos viles, junto con la
nodriza, pacientemente muchos años los dos muchachos en casa de
micer Guasparrino. Pero Giannotto, ya de edad de dieciséis años,
teniendo mayor ánimo del que pertenecía a un siervo, desdeñando la
vileza de la condición servil, subiendo a unas galeras que iban a
Alejandría, del servicio de micer Guasparrino se fue y anduvo en
muchos lugares, sin poder mejorar en nada. Al final después de unos
tres o cuatro años de haberse ido de casa de micer Guasparrino,
siendo un buen mozo y habiéndose hecho grande de estatura, y
habiendo oído que su padre, al que creía muerto, estaba todavía vivo
aunque en cautividad tenido por el rey Carlos, casi desesperando de
la fortuna, andando vagabundo, llegó a Lunigiana, y allí entró por
acaso como criado de Currado Malaspina sirviéndole con diligencia y
agrado. Y como raras veces a su madre, que con la señora de Currado
estaba, viese, ninguna la conoció, ni ella a él: tanto la edad al
uno y al otro, de lo que solían ser cuando se vieron por última vez,
había transformado. Estando, pues, Giannotto al servicio de Currado,
sucedió que una hija de Currado cuyo nombre era Spina, que había
enviudado de Niccolb de Grignano, volvió a casa del padre; la cual,
siendo muy bella y agradable y joven de poco más de dieciséis años,
por ventura le echó los ojos encima a Giannotto y él a ella, y
ardentísimamente el uno del otro se enamoraron. El cual amor no
estuvo largamente sin efecto, y muchos meses pasaron antes de que
nadie se apercibiese; por lo cual, ellos, demasiado seguros,
comenzaron a actuar de manera menos discreta que la que para tales
hechos se requería. Y yendo un día por un hermoso bosque de muchos
árboles, la joven junto con Giannotto, dejando a toda la demás
compañía, se fueron delante, y pareciéndoles que habían dejado muy
lejos a los demás, en un lugar deleitoso y lleno de hierbas y
flores, y rodeado de árboles, descansando, a tomar el amoroso placer
el uno del otro empezaron. Y cuando ya habían estado juntos largo
tiempo, que el gran deleite les hizo encontrar muy breve, en esto
por la madre de la joven primero, y luego por Currado, fueron
alcanzados. El cual, afligido sobremanera al ver esto, sin nada
decir del porqué, a los dos hizo coger por tres de sus servidores y
a un castillo suyo llevarlos atados; y de ira y de disgusto gimiendo
andaba, dispuesto a hacerles vilmente morir.
La madre de la joven, aunque muy enojada
estuviese y digna reputase a su hija por su falta de cualquier cruel
penitencia, habiendo por algunas palabras de Currado comprendido
cuál era su intención respecto a los culpables, no pudiendo soportar
aquello, apresurándose alcanzó al airado marido y comenzó a rogarle
que quisiese agradarla no corriendo furiosamente a convertirse en su
vejez en homicida de su hija y a mancharse las manos con la sangre
de un criado suyo, y que encontrase otra manera de satisfacer su
ira, así como hacerles encarcelar y en la prisión penar y llorar por
el pecado cometido. Y tanto estas y otras palabras le estuvo
diciendo la santa mujer que apartó de su ánimo el propósito de
matarlos; y mandó que en distintos lugares cada uno de ellos fuese
encarcelado, y allí guardado bien, y con poca comida y muchas
incomodidades mantenidos hasta que decidiese hacer otra cosa de
ellos; y así se hizo. Y cuál fuese su vida en cautiverio y en
continuas lágrimas y en más largos ayunos de los que serían
menester, cualquiera puede pensarlo. Llevando, pues, Giannotto y
Spina una vida tan dolorosa, y habiendo ya un año sin acordarse
Currado de ellos pasado, sucedió que el rey Pedro de Aragón, por un
acuerdo con micer Gian de Prócida, sublevó a la isla de Sicilia y la
quitó al rey Carlos ; por lo que Currado, como gibelino, hizo una
gran fiesta. De la que oyendo hablar Giannotto a alguno de aquellos
que le custodiaban, dio un gran suspiro y dijo:
-¡Ay, triste de mí!, ¡que hace hoy ya
catorce años que ando arrastrándome por el mundo, no esperando otra
cosa que ésta, y ahora que es venida, y para que ya no espere tener
ningún bien, me ha encontrado en prisión, de la que nunca sino
muerto espero salir!
-¿Y qué? -dijo el carcelero-. ¿Qué te
importa a ti lo que hagan los altísimos reyes? ¿Qué tienes tú que
hacer en Sicilia?
A lo que Giannotto dijo:
-Parece que se me rompe el corazón
acordándome de lo que mi padre tuvo que hacer allí, el cual, aunque
yo niño chico era cuando huí de allí, aún me acuerdo que lo vi señor
en vida del rey Manfredo. Siguió el carcelero:
-¿Y quién fue tu padre?
-Mi padre -dijo Giannotto- puedo ya asaz
seguramente manifestarlo pues que me veo a cubierto del peligro que
temía descubriéndolo, se llamó y se llama aún, si vive, Arrighetto
Capece, y yo no Giannotto sino Giuffredi me llamo; y nada dudo, si
de aquí saliera, que volviendo a Sicilia, no tuviese allí todavía
una altísima posición.
El buen hombre, sin más decir, en cuanto
hubo lugar todo se lo contó a Currado. Lo que oyendo Currado, aunque
mostró no preocuparse del prisionero, se fue a ver a madama Beritola
y placenteramente le preguntó si había tenido algún hijo de
Arrighetto que se llamase Giuffredi. La señora, llorando, respondió
que, si el mayor de los dos suyos que había tenido estuviera vivo,
así se llamaría y sería de edad de veintidós años. Oyendo esto,
Currado pensó que podía de una vez hacer una gran misericordia y
borrar su vergüenza y la de su hija dándosela a aquél por mujer; y
por ello, haciendo venir secretamente a Giannotto, le examinó
detalladamente sobre toda su pasada vida. Y hallando abundancia de
indicios manifiestos de que verdaderamente era Giuffredi, hijo de
Arrighetto, le dijo: -Giannotto, sabes cuán grande y cuál ha sido la
ofensa que me has hecho en mi propia hija cuando, habiéndote yo
tratado bien y amistosamente, como debe hacerse con los servidores,
debías mi honor y el de mis cosas siempre buscar y servir; y muchos
serían los que si tú les hubieras hecho lo que a mí me hiciste, con
vituperio te habrían hecho morir, lo que mi piedad no sufrió. Ahora,
puesto que así como me dices eres hijo de un hombre noble y de una
noble señora, quiero a tus angustias, si tú lo quieres, poner fin y
quitarte de la miseria y del cautiverio en los que estás, y al mismo
tiempo tu honor y el mío reintegrar a su debido sitio. Como sabes,
Spina, a quien con amorosa (aunque poco conveniente para ti y para
ella) amistad tomaste, es viuda, y su dote es grande y buena; cuáles
sean las costumbres de su padre y de su madre las conoces, de tu
presente estado nada digo. Por lo que, cuando quieras, estoy
dispuesto a que, ya que deshonestamente fue tu amiga se convierta
honestamente en tu mujer, y que a guisa de hijo mío aquí conmigo y
con ella cuanto te plazca vivas.
Había la prisión macerado las carnes de
Giannotto, pero el generoso ánimo propio de su origen no había
disminuido nada en él, ni tampoco el verdadero amor que tenía a su
mujer; y aunque fervientemente desease lo que Currado le ofrecía y
lo viese a su alcance, en nada atenuó lo que la grandeza de su ánimo
le mostraba tener que decir, y repuso:
-Currado, ni avidez de señorío ni deseo de
dineros ni alguna otra razón me hizo nunca contra tu vida y tus
cosas obrar como traidor. Amé a tu hija y la amo y la amaré siempre,
porque la reputo digna de mi amor; y si yo con ella me conduje menos
que honestamente según la opinión de los vulgares, aquel pecado
cometí que siempre lleva aparejada la juventud, y que si se quisiera
hacer desaparecer habría que hacer desaparecer a la juventud, y
éste, si los viejos se quisieran acordar de haber sido jóvenes y los
defectos de los demás midiesen con los suyos, no sería tenido por
grave como lo es por ti y por otros muchos; y como amigo, no como
enemigo, lo cometí. Lo que me ofreces hacer, siempre lo deseé, y si
hubiera creído que me habría podido ser concedido, largo tiempo hace
que lo habría pedido; y tanto más caro me será ahora cuando la
esperanza de ello es menor. Si no tienes en el ánimo lo que tus
palabras demuestran, no me alimentes con vanas esperanzas; hazme
volver a la prisión, y hazme allí afligir cuanto te plazca, que
mientras ame a Spina te amaré a ti por amor suyo, hagas lo que
hagas, y te tendré reverencia. Currado, habiéndole oído, se
maravilló y le tuvo por de gran ánimo y reputó a su amor como
ardiente, y más lo quiso: por ello, poniéndose en pie, lo abrazó y
lo besó, y sin poner más dilación a la cosa, mandó que aquí fuese
Spina traída secretamente. Ella en la prisión se había puesto
delgada y pálida y débil, y otra mujer distinta de la que solía y
parecía ser, y del mismo modo Giannotto otro hombre; los cuales, en
presencia de Currado, con consentimiento mutuo contrajeron los
esponsales según nuestra costumbre. Y luego que pasaron algunos días
sin que nadie se enterase de lo que pasado había y les hubo
proporcionado todo aquello que necesitaban y les placía,
pareciéndole tiempo de hacer alegrarse a las dos madres, llamando a
su mujer y a la Cabrilla así les dijo:
-¿Qué diríais, señora, si yo os devolviera
a vuestro hijo mayor casado con una de mis hijas? A lo que la
Cabrilla respondió:
-No podría deciros sino que, si pudiese
estaros más obligada de lo que os estoy, tanto más os estaría cuanto
vos una cosa que me es querida más que yo misma me devolveríais; y
devolviéndomela en la guisa que decís, algo haríais de volver a mí
mi perdida esperanza. Y llorando, se calló. Entonces dijo Currado a
su mujer:
-¿Y a ti qué te parecería, mujer, si te
diese un tal yerno? A lo que la señora respondió:
-No uno de ellos, que son nobles, sino
cualquier miserable si a vos os pluguiese, me placería. Entonces
dijo Currado:
-Espero dentro de pocos días haceros
alegrar por ello.
Y viendo ya a los dos jóvenes vueltos a su
anterior aspecto, vistiéndolos honradamente, preguntó a Giuffredi:
-¿Qué te gustaría más, además de la alegría
que tienes, si vieses aquí a tu madre? A lo que Giuffredi respondió:
-No me es posible creer que los dolores de
sus desventurados accidentes la hayan dejado viva: pero si así
fuese, sumamente me gustaría, como a quien aún, con su consejo,
creería que podría recobrar en Sicilia gran parte de mis bienes.
Entonces Currado hizo venir allí a la una y
la otra señora. Las dos hicieron maravillosas fiestas a la recién
casada, maravillándose no poco de la inspiración a que podía deberse
que Currado hubiese llegado a ser tan benigno que hubiese hecho su
pariente a Giannotto; al cual, madama Beritola, por las palabras
oídas a Currado, empezó a mirar, y, por oculta virtud, se despertó
en ella algún recuerdo de las pueriles facciones del rostro de su
hijo, sin esperar otra demostración, con los brazos abiertos se le
echó al cuello, ni el desbordante amor y la alegría materna le
permitieron poder decir palabra alguna, sino que la privaron de toda
virtud sensitiva hasta tal punto que como muerta cayó en los brazos
del hijo. El cual, aunque mucho se maravillase de haberla visto
muchas veces antes en aquel mismo castillo sin nunca reconocerla, no
dejó de conocer incontinenti el aroma materno y reprochándose su
pretérito descuido, recibiéndola en sus brazos llorando, tiernamente
la besó. Pero luego de que madama Beritola, piadosamente ayudada por
la mujer de Currado y por Spina y con agua fría y con otras artes
suyas le devolvieron las desmayadas fuerzas empezó de nuevo a
abrazar al hijo con muchas lágrimas y muchas dulces palabras; y
llena de piedad materna mil veces más le besó, y él y a ella
reverentemente mucho la miró y la abrazó. Pero después de que los
honestos y alegres agasajos se repitieron tres o cuatro veces, no
sin contento y placer de los circunstantes, y el uno hubo al otro
narrado sus desventuras, habiendo ya Currado a sus amigos
comunicado, con gran placer de todos, el nuevo parentesco por él
contraído, y ordenando una hermosa y magnífica fiesta le dijo
Giuffredi: -Currado, me habéis contentado con muchas cosas y
largamente habéis honrado a mi madre: ahora, para que nada, en lo
que podáis, quede por hacer, os ruego que a mi madre, a mis
invitados y a mí alegréis con la presencia de mi hermano, que como
siervo tiene en su casa micer Guasparrino de Oria, quien, como ya os
he dicho, de él y de mí se apoderó pirateando y luego, que mandéis a
Sicilia para que se informe plenamente de las condiciones y del
estado del país, y averigüe lo que ha sido de Arrighetto, mi padre,
si está vivo o muerto, y si está vivo, en qué estado; y plenamente
informado de todo, vuelva a nosotros. Plugo a Currado la petición de
Giuffredi, y sin tardanza alguna a discretísimas personas mandó a
Génova y a Sicilia. El que fue a Génova, hallado micer Guasparrino,
de parte de Currado le rogó vehementemente que al Expulsado y a su
nodriza le enviase, contándole lo que Currado había hecho con
Giuffredi y con su madre. A lo que Micer Guasparrino se maravilló
mucho oyéndolo, y dijo: -Es verdad que haré por Currado cualquier
cosa que esté en mi poder que le agrade; y ciertamente he tenido en
casa, desde hace catorce años, al muchacho que me pides y a su
madre, los cuales te enviaré de buena gana; pero le dirás de mi
parte que cuide de no haber creído demasiado o de no creer las
fábulas de Giannotto, que dices que hoy se hace llamar Giuffredi,
porque es mucho más malo de lo que él piensa. Y dicho esto, haciendo
honrar al valiente hombre, hizo llamar a la nodriza en secreto, y
cautamente la interrogó sobre aquel asunto. La cual, habiendo oído
la rebelión de Sicilia y oyendo que Arrighetto estaba vivo,
desechando el miedo que hasta entonces había tenido, ordenadamente
le contó todo y le mostró las razones por las que aquella manera de
conducirse había seguido. Micer Guasparrino, viendo que las cosas
dichas por la nodriza con las del embajador de Currado se convenían
óptimamente, empezó a dar fe a las palabras; y de una manera y de
otra, como hombre astutísimo que era, haciendo averiguaciones sobre
este asunto y cada vez encontrando más cosas que más le hacían creer
en ello, avergonzándose del vil trato que le había dado al muchacho,
para enmendarlo, teniendo una bella hija de once años de edad,
sabiendo quién Arrighetto había sido y era, con una gran dote se la
dio por mujer, y luego de una gran fiesta, con el muchacho y con la
hija y con el embajador de Currado y con la nodriza, subiendo a una
galera bien armada, se vino a Lérici; donde recibido por Currado,
con toda su compañía se fue a un castillo de Currado no muy alejado
de allí, donde estaba preparada una gran fiesta.
Qué fiestas hizo la madre al volver a ver a
su hijo, cuáles las de los dos hermanos, cuál la de los tres a la
fiel nodriza, cuál la hecha por todos a micer Guasparrino y a su
hija, y por él a todos, y de todos juntos con Currado y su mujer y
con sus hijos y sus amigos, no se podría explicar con palabras, ni
con pluma escribir; por lo que a vosotras, señoras, os dejo que lo
imaginéis. Para lo cual, para que fuese completa, quiso Dios,
generosísimo donante cuando empieza, hacer llegar las alegres nuevas
de la vida y el buen estado de Arrighetto Capece.
Por lo que, siendo grande la fiesta y los
convidados, las mujeres y los hombres estando a la mesa todavía al
primer plato, llegó aquel que había sido enviado a Sicilia, y entre
otras cosas contó de Arrighetto, que, estando en Catania encarcelado
por el rey Carlos, cuando se levantó contra el rey la revuelta en
aquella tierra, el pueblo enfurecido corrió a la cárcel y, matando a
los guardias, le habían sacado de allí, y como a capital enemigo del
rey Carlos lo habían hecho su capitán y le habían seguido en
expulsar y matar a los franceses; por la cual cosa, se había hecho
sumamente grato al rey Pedro, quien todos sus bienes y todo su honor
le había restituido, por lo que estaba en grande y buena posición;
añadiendo que a él le había recibido con sumo honor y había hecho
indecibles fiestas por las noticias de su mujer y del hijo, de los
cuales después de su prisión nada había sabido, y además de ello,
mandaba a por ellos una saetía con algunos gentileshombres, que
venían detrás.
Fue con gran alegría y fiesta éste
recibido; y prontamente Currado con algunos de sus amigos salieron
al encuentro de los gentileshombres que a por madama Beritola y por
Giuffredi venían, y recibidos alegremente, a su banquete, que
todavía no estaba mediado, les introdujo. Allí a la señora y a
Giuffredi y además de a ellos a todos los otros con tanta alegría
los vieron, que nunca mayor fue oída; y ellos, antes de sentarse a
comer, de parte de Arrighetto saludaron y agradecieron como mejor
supieron y pudieron a Currado y a su mujer por el honor hecho a su
mujer y a su hijo, y a Arrighetto y a cualquier cosa que por medio
de él se pudiese hacer pusieron a su disposición. Luego, volviéndose
a micer Guasparrino, cuyos favores eran inesperados, dijeron que
estaban certísimos de que, en cuanto lo que habían hecho por el
Expulsado supiese Arrighetto, gracias semejantes y mayores le daría.
Después de lo cual, muy contentos, en el banquete de las recién
casadas y con los recién casados comieron. Y no sólo aquel día
festejó Currado al yerno y a sus otros parientes amigos, sino muchos
otros; y después que hubieron cesado los festejos, pareciéndole a
madama Beritola y a Giuffredi y a los demás que tenían que irse, con
muchas lágrimas de Currado y de su mujer y de micer Guasparrino
subiendo a la saetía, llevándose consigo a Spina, se fueron. Y
teniendo próspero el viento, pronto llegaron a Sicilia, donde con
tan gran fiesta por Arrighetto (todos por igual, los hijos y las
mujeres) fueron en Palermo recibidos que decir no se podría; y allí
se cree que mucho tiempo todos vivieron feliz mente, y reconocidos
por el beneficio recibido, en amistad con Dios Nuestro Señor.
NOVELA SÉPTIMA
El sultán de Babilonia manda a una hija
suya como mujer al rey del Algarbe, la cual, por diversas
desventuras, en el espacio de cuatro años llega a las manos de nueve
hombres en diversos lugares, por último, restituida al padre como
doncella, vuelve de su lado al rey del Algarbe como mujer, como
primero iba .
Tal vez no se habría extendido mucho más la
historia de Emilia sin que la compasión sentida por las jóvenes por
los casos de madama Beritola no les hubiera conducido a derramar
lágrimas. Pero luego de que a aquélla se puso fin, plugo a la reina
que Pánfilo siguiera, contando la suya; por lo cual él, que
obedientísimo era, comenzó:
Difícilmente, amables señoras, puede ser
conocido por nosotros lo que nos conviene, por lo que, como muchas
veces se ha podido ver, ha habido muchos que, estimando que si se
hicieran ricos podrían vivir sin preocupación y seguros, lo pidieron
a Dios no sólo con oraciones sino con obras, no rehusando ningún
trabajo ni peligro para buscar conseguirlo: y cuando lo hubieron
logrado, encontraron que por deseo de tan gran herencia fueron a
matarles quienes antes de que se hubieran enriquecido deseaban su
vida. Otros, de bajo estado subidos a las alturas de los reinos por
medio de mil peligrosas batallas, por medio de la sangre de sus
hermanos y de sus amigos, creyendo estar en ellas la suma felicidad,
además de los infinitos cuidados y temores de que llenas las vieron
y sintieron, conocieron (no sin su muerte) que en el oro de las
mesas reales se bebía el veneno . Muchos hubo que la fuerza corporal
y la belleza, y ciertos ornamentos con apetito ardentísimo desearon,
y no se percataron de haber deseado mal hasta que aquellas cosas no
les fueron ocasión de muerte o de dolorosa vida.
Y para no hablar por separado de todos los
humanos deseos, afirmo que ninguno hay que con completa precaución,
como por seguro de los azares de la fortuna pueda ser elegido por
los vivos; por lo que, si queremos obrar rectamente, a tomar y
poseer deberíamos disponernos lo que nos diese Aquél que sólo lo que
nos hace falta conoce y nos puede dar. Pero si los hombres pecan por
desear varias cosas, vosotras, graciosas señoras, sobremanera pecáis
por una, que es por desear ser hermosas, hasta el punto de que, no
bastándoos los encantos que por la naturaleza os son concedidos, aún
con maravilloso arte buscáis acrecentarlos, y me place contaros cuán
desventuradamente fue hermosa una sarracena que, en unos cuatro
años, tuvo, por su hermosura, que contraer nuevas bodas nueve veces.
Ya ha pasado mucho tiempo desde que hubo un sultán en Babilonia que
tuvo por nombre Beminedab, al que en sus días bastantes cosas de
acuerdo con su gusto sucedieron. Tenía éste, entre sus muchos hijos
varones y hembras, una hija llamada Alatiel que, por lo que todos
los que la veían decían, era la mujer más hermosa que se viera en
aquellos tiempos en el mundo; y porque en una gran derrota que había
causado a una gran multitud de árabes que le habían caído encima, le
había maravillosamente ayudado el rey del Algarbe , a éste,
habiéndosela pedido él como gracia especial, la había dado por
mujer; y con honrada compañía de hombres y de mujeres y con muchos
nobles y ricos arneses la hizo montar en una nave bien armada y bien
provista, y mandándosela, la encomendó a Dios. Los marineros, cuando
vieron el tiempo propicio, dieron al viento las velas y del puerto
de Alejandría partieron y muchos días navegaron felizmente; y ya
habiendo pasado Cerdeña, pareciéndoles que estaban cerca del fin de
su camino, se levantaron súbitamente un día contrarios vientos, los
cuales, siendo todos sobremanera impetuosos, tanto azotaron a la
nave donde iba la señora y los marineros que muchas veces se
tuvieron por perdidos. Pero, como hombres valientes, poniendo en
obra toda arte y toda fuerza, siendo combatidos por el infinito mar,
resistieron durante dos días; y empezando ya la tercera noche desde
que la tempestad había comenzado, y no cesando ésta sino creciendo
continuamente, no sabiendo dónde estaban ni pudiendo por cálculo
marinesco comprenderlo ni por la vista, porque oscurísimo de nubes y
de tenebrosa noche estaba el cielo, estando no mucho más allá de
Mallorca, sintieron que se resquebrajaba la nave. Por lo cual, no
viendo remedio para su salvación, teniendo en el pensamiento cada
cual a sí mismo y no a los demás, arrojaron a la mar una chalupa, y
confiando más en ella que en la resquebrajada nave, allí se
arrojaron los patrones, y después de ellos unos y otros de cuantos
hombres había en la nave (aunque los que primero habían bajado a la
chalupa con los cuchillos en la mano trataron de impedírselo) se
arrojaron, y creyendo huir de la muerte dieron con ella de cabeza:
porque no pudiendo con aquel mal tiempo bastar para tantos,
hundiéndose la chalupa, todos perecieron.
Y la nave, que por impetuoso viento era
empujada, aunque resquebrajada estuviese y ya casi llena de agua -no
habiéndose quedado en ella nadie más que la señora y sus mujeres, y
todas por la tempestad del mar y por el miedo vencidas, yacían en
ella como muertas- corriendo velocísimamente, fue a vararse en una
playa de la isla de Mallorca, con tanto y tan gran ímpetu que se
hundió casi entera en la arena, a un tiro de piedra de la orilla
aproximadamente; y allí, batida por el mar, sin poder ser movida por
el viento, se quedó durante la noche. Llegado el día claro y algo
apaciguada la tempestad, la señora, que estaba medio muerta, alzó la
cabeza y, tan débilmente como estaba empezó a llamar ora a uno ora a
otro de su servidumbre, pero en vano llamaba: los llamados estaban
demasiado lejos.
Por lo que, no oyéndose responder por nadie
ni viendo a nadie, se maravilló mucho y empezó a tener grandísimo
miedo; y como mejor pudo levantándose, a las damas que eran de su
compañía y a las otras mujeres vio yacer, y a una ahora y a otra
después sacudiendo, luego de mucho llamar a pocas encontró que
tuvieran vida, como que por graves angustias de estómago y por miedo
se habían muerto: por lo que el miedo de la señora se hizo mayor.
Pero no obstante, apretándole la necesidad de decidir algo, puesto
que allí sola se veía (no conociendo ni sabiendo dónde estuviera),
tanto animó a las que vivas estaban que las hizo levantarse; y
encontrando que ellas no sabían dónde los hombres se hubiesen ido, y
viendo la nave varada en tierra y llena de agua, junto con ellas
dolorosamente comenzó a llorar. Y llegó la hora de nona antes de que
a nadie vieran, por la orilla o en otra parte, a quien pudiesen
provocar piedad y les diese ayuda.
Llegada nona, por azar volviendo de una
tierra suya pasó por allí un gentilhombre cuyo nombre era Pericón de
Visalgo, con muchos servidores a caballo; el cual, viendo la nave,
súbitamente se imaginó lo que era y mandó a uno de los sirvientes
que sin tardanza procurase subir a ella y le contase lo que hubiera.
El sirviente, aunque haciéndolo con dificultad, allí subió y
encontró a la noble joven, con aquella poca compañía que tenía, bajo
el pico de la proa de la nave, toda tímida escondida. Y ellas, al
verlo, llorando pidieron misericordia muchas veces, pero
apercibiéndose de que no eran entendidas y de que ellas no le
entendían, por señas se ingeniaron en demostrarle su desgracia. El
sirviente, como mejor pudo mirando todas las cosas, contó a Pericón
lo que allí había, el cual prontamente hizo traer a las mujeres y
las más preciosas cosas que allí había y que pudieron coger, y con
ellas se fue a un castillo suyo; y allí con víveres y con reposo
reconfortadas las señoras, comprendió, por los ricos arneses, que la
mujer que había encontrado debía ser una grande y noble señora, y a
ella la conoció prestamente al ver los honores que veía a las otras
hacerle a ella sola. Y aunque pálida y asaz desarreglada en su
persona por las fatigas del mar estuviese entonces la mujer, sin
embargo sus facciones le parecieron bellísimas a Pericón, por lo
cual deliberó súbitamente que si no tuviera marido la querría por
mujer, y si por mujer no pudiese tenerla, la querría tener por
amiga.
Era Pericón hombre de fiero aspecto y muy
robusto; y habiendo durante algunos días a la señora hecho servir
óptimamente, y por ello estando ésta toda reconfortada, viéndola él
sobremanera hermosísima, afligido desmedidamente por no poder
entenderla ni ella a él, y así no poder saber quién fuera, pero no
por ello menos desmesuradamente prendado de su belleza, con obras
amables y amorosas se ingenió en inducirla a cumplir su placer sin
oponerse. Pero era en vano: ella rehusaba del todo sus
familiaridades, y mientras tanto más se inflamaba el ardor de
Pericón. Lo que, viéndolo la mujer, y ya durante algunos días
estando allí y dándose cuenta por las costumbres de que entre
cristianos estaba, y en lugar donde, si hubiera sabido hacerlo, el
darse a conocer de poca cosa le servía, pensando que a la larga o
por la fuerza o por amor tendría que llegar a satisfacer los gustos
de Pericón, se propuso con grandeza de ánimo hollar la miseria de su
fortuna, y a sus mujeres, que más de tres no le habían quedado,
mandó que a nadie manifestasen quiénes eran, salvo si en algún lugar
se encontrasen donde conocieran que podrían encontrar una ayuda
manifiesta a su libertad; además de esto, animándolas sumamente a
conservar su castidad, afirmando haberse ella propuesto que nunca
nadie gozaría de ella sino su marido. Sus mujeres la alabaron por
ello, y le dijeron que observarían en lo que pudieran su mandato.
Pericón, inflamándose más de día en día, y
tanto más cuanto más cerca veía la cosa deseada y muchas veces
negada, y viendo que sus lisonjas no le valían, preparó el ingenio y
el arte, reservándose la fuerza para el final. Y habiéndose dado
cuenta alguna vez que a la señora le gustaba el vino, como a quien
no estaba acostumbrada a beber, porque su ley se lo vedaba, con él,
como ministro de Venus pensó que podía conseguirla, y, aparentando
no preocuparse de que ella se mostrase esquiva, hizo una noche a
modo de solemne fiesta una magnífica cena, a la que vino la señora;
y en ella, siendo por muchas cosas alegrada la cena, ordenó al que
la servía que con varios vinos mezclados le diese de beber. Lo que
él hizo óptimamente; y ella, que de aquello no se guardaba, atraída
por el agrado de la bebida, más tomó de lo que habría requerido su
honestidad; por lo que, olvidando todas las advertencias pasadas, se
puso alegre, y viendo a algunas mujeres bailar a la moda de
Mallorca, ella a la manera alejandrina bailó. Lo que, viendo
Pericón, estar cerca le pareció de lo que deseaba, y continuando la
cena con más abundancia de comidas y de bebidas, por gran espacio
durante la noche la prolongó. Por último, partiendo los convidados,
solo con la señora entró en su alcoba; la cual, más caliente por el
vino que templada por la honestidad, como si Pericón hubiese sido
una de sus mujeres, sin ninguna contención de vergüenza desnudándose
en presencia de él, se metió en la cama. Pericón no dudó en seguirla
sino que, apagando todas las luces, prestamente de la otra parte se
echó junto a ella, y cogiéndola en brazos sin ninguna resistencia,
con ella empezó amorosamente a solazarse. Lo que cuando ella lo hubo
probado, no habiendo sabido nunca antes con qué cuerpo embisten los
hombres, casi arrepentida de no haber accedido antes a las lisonjas
de Pericón, sin esperar a ser invitada a tan dulces noches, muchas
veces se invitaba ella misma, no con palabras, con las que no se
sabía hacer entender, sino con obras. A este gran placer de Pericón
y de ella, no estando la fortuna contenta con haberla hecho de mujer
de un rey convertirse en amiga de un castellano, opuso una amistad
más cruel.
Tenía Pericón un hermano de veinticinco
años de edad, bello y fresco como una rosa, cuyo nombre era Marato;
el cual, habiéndola visto y habiéndole agradado sumamente,
pareciéndole, según por sus actos podía comprender, que gozaba de su
gracia, y estimando que lo que él deseaba nada se lo vedaba sino la
continua guardia que de ella hacía Pericón, dio en un cruel
pensamiento: y al pensamiento siguió sin tregua el criminal efecto.
Estaba entonces, por acaso, en el puerto de la ciudad, una nave
cargada de mercancía para ir a Clarentza, en Romania , de la que
eran patrones dos jóvenes genoveses, y tenía ya la vela izada para
irse en cuanto buen viento soplase; con los cuales concertándose
Marato, arregló cómo la siguiente noche fuese recibido con la mujer.
Y hecho esto, al hacerse de noche, a casa de Pericón, quien de él
nada se guardaba, secretamente fue con algunos de sus fidelísimos
compañeros, a los cuales había pedido ayuda para lo que pensaba
hacer, y en la casa, según lo que habían acordado, se escondió. Y
luego que fue pasada parte de la noche, habiendo abierto a sus
compañeros, allá donde Pericón con la mujer dormía se fue, y
abriéndola, a Pericón mataron mientras dormía y a la mujer,
despierta y gimiente, amenazándola con la muerte si hacía algún
ruido, se llevaron; y con gran cantidad de las cosas más preciosas
de Pericón, sin que nadie les hubiera oído, prestamente se fueron al
puerto, y allí sin tardanza subieron a la nave Marato y la mujer, y
sus compañeros se dieron la vuelta.
Los marineros, teniendo viento favorable y
fresco, se hicieron a la mar. La mujer, amargamente de su primera
desgracia y de ésta se dolió mucho; pero Marato, con el
San-Crescencio-en-mano que Dios le había dado empezó a consolarla de
tal manera que ella, ya familiarizándose con él, olvidó a Pericón; y
ya le parecía hallarse bien cuando la fortuna le aparejó nuevas
tristezas, como si no estuviese contenta con las pasadas. Porque,
siendo ella hermosísima de aspecto, como ya hemos dicho muchas
veces, y de maneras muy dignas de alabanza, tan ardientemente de
ella los dos patrones de la nave se enamoraron que, olvidándose de
cualquier otra cosa, solamente a servirla y a agradarla se
aplicaban, teniendo cuidado siempre de que Marato no se apercibiese
de su intención. Y habiéndose dado cuenta el uno de aquel amor del
otro, sobre aquello tuvieron juntos una secreta conversación y
convinieron en adquirir aquel amor común, como si Amor debiese
sufrir lo mismo que se hace con las mercancías y las ganancias. Y
viéndola muy guardada por Marato, y por ello impedido su propósito,
yendo un día la nave con vela velocísima, y Marato estando sobre la
popa y mirando al mar, no sospechando nada de ellos, se fueron a él
de común acuerdo y, cogiéndolo prestamente por detrás lo arrojaron
al mar; y estuvieron más de una milla alejados antes de que nadie se
hubiera dado cuenta de que Marato había caído al mar; lo que oyendo
la mujer y no viendo manera de poderlo recobrar, nuevo duelo empezó
a hacer en la nave. Y a su consuelo los dos amantes vinieron
incontinenti, y con dulces palabras y grandísimas promesas, aunque
ella poco los entendiese, a ella, que no tanto por el perdido Marato
como por su desventura lloraba, se ingeniaban en tranquilizar. Y
luego de largas consideraciones una y otra vez dirigidas a ella,
pareciéndoles que la habían consolado, vino la hora de discutir
entre sí cuál de ellos la fuera a llevar primero a la cama. Y
queriendo cada uno ser el primero y no pudiendo en aquello llegar a
ningún acuerdo entre ambos, primero con palabras graves y duras
empezaron un altercado y encendiéndose en ira con ellas, echando
mano a los cuchillos, furiosamente se echaron uno sobre el otro; y
muchos golpes, no pudiendo los que en la nave estaban separarlos, se
dieron uno al otro, de los que uno cayó muerto incontinenti, y el
otro en muchas partes de su cuerpo gravemente herido, quedó con
vida; lo que desagradó mucho a la mujer, como a quien allí sola, sin
ayuda ni consejo alguno se veía, y mucho temía que contra ella se
volviese la ira de los parientes y de los amigos de los dos
patrones; pero los ruegos del herido y la pronta llegada a Clarentza
del peligro de muerte la libraron. Donde junto con el herido
descendió a tierra, y estando con él en un albergue, súbitamente
corrió la fama de su gran belleza por la ciudad, y a los oídos del
príncipe de Morea , que entonces estaba en Clarentza, llegó: por lo
que quiso verla, y viéndola, y más de lo que la fama decía
pareciéndole hermosa, tan ardientemente se enamoró de ella que en
otra cosa no podía pensar. Y habiendo oído en qué guisa había
llegado allí, se propuso conseguirla para él, y buscándole las
vueltas y sabiéndolo los parientes del herido, sin esperar más se la
mandaron prestamente; lo que al príncipe fue sumamente grato y otro
tanto a la mujer, porque fuera de un gran peligro le pareció estar.
El príncipe, viéndola además de por la belleza adornada con trajes
reales, no pudiendo de otra manera saber quién fuese ella, estimó
que sería noble señora, y por lo tanto su amor por ella se redobló;
y teniéndola muy honradamente, no a guisa de amiga sino como a su
propia mujer la trataba. Lo que, considerando la mujer los pasados
males y pareciéndole bastante bien estar, tan consolada y alegre
estaba mientras sus encantos florecían que de nada más parecía que
hubiera que hablar en Romania. Por lo cual, al duque de Atenas,
joven y bello y arrogante en su persona, amigo y pariente del
príncipe, le dieron ganas de verla: y haciendo como que venía a
visitarle, como acostumbraba a hacer de vez en cuando, con buena y
honorable compañía se vino a Clarentza, donde fue honradamente
recibido con gran fiesta. Después, luego de algunos días, venidos a
hablar de los encantos de aquella mujer, preguntó al duque si eran
cosa tan admirable como se decía; a lo que el príncipe respondió:
-Mucho más; pero de ello no mis palabras sino tus ojos quiero que
den fe. A lo que, invitando al duque el príncipe, juntos fueron allá
donde ella estaba; la cual, muy cortésmente y con alegre rostro,
habiendo antes sabido su venida, les recibió. Y habiéndola hecho
sentar entre ellos, no se pudo de hablar con ella tomar ningún
agrado porque poco o nada de aquella lengua entendía; por lo que
cada uno la miraba como a cosa maravillosa, y mayormente el duque,
el cual apenas podía creer que fuese cosa mortal, y sin darse
cuenta, al mirarla, con el amoroso veneno que con los ojos bebía,
creyendo que su gusto satisfacía mirándola, se enviscó a sí mismo,
enamorándose de ella ardentísimamente. Y luego que de ella, junto
con el príncipe, se hubo partido y tuvo espacio de poder pensar por
sí solo, juzgaba al príncipe más feliz que a nadie teniendo una cosa
tan bella a su disposición; y luego de muchos y diversos
pensamientos, pesando más su fogoso amor que su honra, determinó,
sucediera lo que fuese, privar al príncipe de aquella felicidad y
hacerse feliz con ella a sí mismo si pudiese. Y, teniendo en el
ánimo apresurarse, dejando toda razón y toda justicia aparte, a los
engaños dispuso todo su pensamiento; y un día, según el malvado plan
establecido por él, junto con un secretísimo camarero del príncipe
que tenía por nombre Ciuriaci, secretísimamente todos sus caballos y
sus cosas hizo preparar para irse, y viniendo la noche, junto con un
compañero, todos armados, llevado fue por el dicho Ciuriaci a la
alcoba del príncipe silenciosamente. Al que vio que, por el gran
calor que hacía, mientras dormía la mujer, él todo desnudo estaba a
una ventana abierta al puerto, tomando un vientecillo que de aquella
parte venía; por la cual cosa, habiendo a su compañero antes
informado de lo que tenía que hacer, silenciosamente fue por la
cámara hasta la ventana, y allí con un cuchillo hiriendo al príncipe
en los riñones, lo traspasó de una a otra parte, y cogiéndolo
prestamente, lo arrojó por la ventana abajo.
Estaba el palacio sobre el mar y muy alto,
y aquella ventana a la que estaba entonces el príncipe daba sobre
algunas casas que habían sido derribadas por el ímpetu del mar, a
las cuales raras veces o nunca alguien iba; por lo que sucedió, tal
como el duque lo había previsto, que la caída del cuerpo del
príncipe ni fue ni pudo ser oída por nadie. El compañero del duque,
viendo que aquello estaba hecho, rápidamente un cabestro que llevaba
para aquello, fingiendo hacer caricias a Ciuriaci, se lo echó a la
garganta y tiró de manera que Ciuriaci no pudo hacer ningún ruido; y
reuniéndose con él el duque, lo estrangularon, y adonde el príncipe
arrojado había, lo arrojaron. Y hecho esto, manifiestamente
conociendo que no habían sido oídos ni por la mujer ni por nadie,
tomó el duque una luz en la mano y la levantó sobre la cama, y
silenciosamente a la mujer toda, que profundamente dormía,
descubrió; y mirándola entera la apreció sumamente, y si vestida le
había gustado sobre toda comparación le gustó desnuda. Por lo que,
inflamándose en mayor deseo, no espantado por el reciente pecado por
él cometido, con las manos todavía sangrientas, junto a ella se
acostó y con ella toda soñolienta, y creyendo que el príncipe fuese,
yació. Pero luego de que algún tiempo con grandísimo placer estuvo
con ella, levantándose y haciendo venir allí a algunos de sus
compañeros, hizo coger a la mujer de manera que no pudiera hacer
ruido, y por una puerta falsa, por donde entrado había él,
llevándola y poniéndola a caballo, lo más silenciosamente que pudo,
con todos los suyos se puso en camino y se volvió a Atenas. Pero
como tenía mujer, no en Atenas sino en un bellísimo lugar suyo que
un poco a las afueras de la ciudad tenía junto al mar, dejó a la más
dolorosa de las mujeres, teniéndola allí ocultamente y haciéndola
honradamente, de cuanto necesitaba, servir.
Habían a la mañana siguiente los cortesanos
del príncipe esperado hasta la hora de nona a que el príncipe se
levantase; pero no oyendo nada, empujando las puertas de la cámara
que solamente estaban entornadas, y no encontrando allí a nadie,
pensando que ocultamente se hubiera ido a alguna parte para estarse
algunos días a su gusto con aquella su hermosa mujer, más no se
preocuparon. Y así las cosas, sucedió que al día siguiente, un loco,
entrando entre las ruinas donde estaban el cuerpo del príncipe y el
de Ciuriaci, por el cabestro arrastró afuera a Ciuriaci, y lo iba
arrastrando tras él. El cual, no sin maravilla fue reconocido por
muchos, que con lisonjas haciéndose llevar por el loco allí de donde
lo había arrastrado, allí, con grandísimo dolor de toda la ciudad,
encontraron el del príncipe, y honrosamente lo sepultaron; e
investigando sobre los autores de tan grande delito, y viendo que el
duque de Atenas no estaba, sino que se había ido furtivamente,
estimaron, como era, que él debía haber hecho aquello y llevádose a
la mujer. Por lo que prestamente sustituyendo a su príncipe con un
hermano del muerto, le incitaron con todo su poder a la venganza; el
cual, por muchas otras cosas confirmado después haber sido tal como
lo habían imaginado, llamando en su ayuda a amigos y parientes y
servidores de diversas partes, prontamente reunió una grande y buena
y poderosa hueste, y a hacer la guerra al duque de Atenas se
enderezó. El duque, oyendo estas cosas, en su defensa semejantemente
aparejó todo su ejército, y vinieron en su ayuda muchos señores,
entre los cuales, enviados por el emperador de Constantinopla,
estaban Costanzo su hijo y Manovello su sobrino con buenas y grandes
gentes, los cuales fueron recibidos honradamente por el duque, y más
por la duquesa, porque era su hermana. Aprestándose las cosas para
la guerra más de día en día, la duquesa, en tiempo oportuno, a ambos
a dos hizo venir a su cámara, y allí con lágrimas bastantes y con
muchas palabras toda la historia les contó, mostrándoles las razones
de la guerra y la ofensa hecha contra ella por el duque con la mujer
a la que creía tener ocultamente; y doliéndose mucho de aquello, les
rogó que al honor del duque y al consuelo de ella ofreciesen la
reparación que pensasen mejor. Sabían los jóvenes cómo había sido
todo aquel hecho y, por ello, sin preguntar demasiado, confortaron a
la duquesa lo mejor que supieron y la llenaron de buena esperanza, e
informados por ella de dónde estaba la mujer, se fueron.
Y habiendo muchas veces oído hablar de la
mujer como maravillosa, desearon verla y al duque pidieron que se la
enseñase; el cual, mal recordando lo que al príncipe había sucedido
por habérsela enseñado a él, prometió hacerlo: y hecho aparejar en
un bellísimo jardín, en el lugar donde estaba la mujer, un magnífico
almuerzo, a la mañana siguiente, a ellos con algunos otros
compañeros a comer con ella los llevó. Y estando sentado Costanzo
con ella, la comenzó a mirar lleno de maravilla, diciéndose que
nunca había visto nada tan hermoso, y que ciertamente por excusado
podía tenerse al duque y a cualquiera que para tener una cosa tan
hermosa cometiese traición o cualquier otra acción deshonesta: y una
vez y otra mirándola, y celebrándola cada vez más, no de otra manera
le sucedió a él lo que le había sucedido al duque. Por lo que,
yéndose enamorado de ella, abandonado todo el pensamiento de guerra,
se dio a pensar cómo se la podría quitar al duque, óptimamente a
todos celando su amor. Pero mientras él se inflamaba en este fuego,
llegó el tiempo de salir contra el príncipe que ya a las tierras del
duque se acercaba; por lo que el duque y Costanzo y todos los otros,
según el plan hecho en Atenas saliendo, fueron a contender a ciertas
fronteras, para que más adelante no pudiera venir el príncipe. Y
deteniéndose allí muchos días, teniendo siempre Costanzo en el ánimo
y en el pensamiento a aquella mujer, imaginando que, ahora que el
duque no estaba junto a ella, muy bien podría venir a cabo de su
placer, por tener una razón para volver a Atenas se fingió muy
indispuesto en su persona; por lo que, con permiso del duque,
delegado todo su poder en Manovello, a Atenas se vino junto a la
hermana, y allí, luego de algunos días, haciéndola hablar sobre la
ofensa que del duque le parecía recibir por la mujer que tenía, le
dijo que, si ella quería, él la ayudaría bien en aquello, haciendo
de allí donde estaba sacarla y llevársela. La duquesa, juzgando que
Costanzo por su amor y no por el de la mujer lo hacía, dijo que le
placía mucho siempre que se hiciese de manera que el duque nunca
supiese que ella hubiera consentido en esto. Lo que Costanzo
plenamente le prometió; por lo que la duquesa consintió en que él
como mejor le pareciese hiciera.
Costanzo, ocultamente, hizo armar una barca
ligera, y aquella noche la mandó cerca del jardín donde vivía la
mujer, informados los suyos que en ella estaban de lo que habían de
hacer, y junto con otros fue al palacio donde estaba la mujer, donde
por aquellos que allí al servicio de ella estaban fue alegremente
recibido, y también por la mujer; y con ésta, acompañada por sus
servidores y por los compañeros de Costanzo, como quisieron, fueron
al jardín. Y como si a la mujer de parte del duque quisiera
hablarle, con ella, hacia una puerta que salía al mar, solo se fue;
a la cual, estando ya abierta por uno de sus compañeros, y allí con
la señal convenida llamada la barca, haciéndola coger prestamente y
poner en la barca, volviéndose a sus criados, les dijo:
-Nadie se mueva ni diga palabra, si no
quiere morir, porque entiendo no robar al duque su mujer sino
llevarme la vergüenza que le hace a mi hermana.
A esto nadie se atrevió a responder; por lo
que Costanzo, con los suyos en la barca montado y acercándose a la
mujer que lloraba, mandó que diesen los remos al agua y se fueran;
los cuales, no bogando sino volando, casi al alba del día siguiente
llegaron a Egina. Bajando aquí a tierra y descansando Costanzo con
la mujer, que su desventurada hermosura lloraba, se solazó; y luego,
volviéndose a subir a la barca, en pocos días llegaron a Quíos, y
allí, por temor a la reprensión de su padre y para que la mujer
robada no le fuese quitada, plugo a Costanzo como en seguro lugar
quedarse; donde muchos días la mujer lloró su desventura, pero
luego, consolada por Costanzo, como las otras veces había hecho,
empezó a tomar el gusto a lo que la fortuna le deparaba.
Mientras estas cosas andaban de tal guisa,
Osbech, entonces rey de los turcos, que estaba en continua guerra
con el emperador, en aquel tiempo vino por acaso a Esmirna, y oyendo
allí cómo Costanzo en lasciva vida, con una mujer suya a quien
robado había, sin ninguna precaución estaba en Quíos, yendo allí con
unos barquichuelos armados una noche y ocultamente con su gente
entrando en la ciudad, a muchos cogió en sus camas antes de que se
diesen cuenta de que los enemigos habían llegado; y por último a
algunos que, despertándose, habían corrido a las armas, los mataron,
y, prendiendo fuego a toda la ciudad, el botín y los prisioneros
puestos en las naves, hacia Esmirna se volvieron. Llegados allí,
encontrando Osbech, que era hombre joven, al revisar el botín, a la
hermosa mujer, y conociendo que aquélla era la que con Costanzo
había sido cogida durmiendo en la cama, se puso sumamente contento
al verla; y sin tardanza la hizo su mujer y celebró las bodas, y con
ella se acostó contento muchos meses.
El emperador, que antes de que estas cosas
sucedieran había tenido tratos con Basano, rey de Capadocia, para
que contra Osbech bajase por una parte con sus fuerzas y él con las
suyas le asaltara por la otra, y no había podido cumplirlo aún
plenamente porque algunas cosas que Basano pedía, como menos
convenientes no había podido hacerlas, oyendo lo que a su hijo había
sucedido, triste se puso sobremanera y sin tardanza lo que el rey de
Capadocia le pedía hizo, y él cuanto más pudo solicitó que
descendiese contra Osbech, aparejándose él de la otra parte a irle
encima. Osbech, al saber esto, reunido su ejército, antes de ser
cogido en medio por los dos poderosísimos señores, fue contra el rey
de Capadocia, dejando en Esmirna al cuidado de un fiel familiar y
amigo a su bella mujer; y con el rey de Capadocia enfrentándose
después de algún tiempo combatió y fue muerto en la batalla y su
ejército vencido y dispersado. Por lo que Basano, victorioso, se
puso libremente a venir hacia Esmirna; y al venir, toda la gente
como a vencedor le obedecía. El familiar de Osbech, cuyo nombre era
Antíoco, a cargo de quien había quedado la hermosa mujer, por
templado que fuese, viéndola tan bella, sin observar a su amigo y
señor lealtad, de ella se enamoró; y sabiendo su lengua (lo que
mucho le agradaba, como a quien varios años a guisa de sorda y de
muda había tenido que vivir, por no haberla entendido nadie y ella
no haber entendido a nadie), incitado por el amor, comenzó a tomar
tanta familiaridad con ella en pocos días que, no después de mucho,
no teniendo consideración a su señor que en armas y en guerra
estaba, hicieron su trato no solamente en amistoso sino en amoroso
transformarse, tomando el uno del otro bajo las sábanas maravilloso
placer. Pero oyendo que Osbech estaba vencido y muerto, y que Basano
venía pillando todo, tomaron juntos por partido no esperarlo allí
sino que cogiendo grandísima parte de las cosas más preciosas que
allí tenía Osbech, juntos y escondidamente, se fueron a Rodas; y no
habían vivido allí mucho tiempo cuando Antíoco enfermó de muerte.
Estando con el cual por acaso un mercader chipriota muy amado por él
y sumamente su amigo, sintiéndose llegar a su fin, pensó que le
dejaría a él sus cosas y su querida mujer. Y ya próximo a la muerte,
a ambos llamó, diciéndoles así:
-Veo que desfallezco sin remedio; lo que me
duele, porque nunca tanto me gustó vivir como ahora me gustaba. Y
cierto es que de una cosa muero contentísimo, porque, teniendo que
morir, me veo morir en los brazos de las dos personas a quienes amo
más que a ninguna otra que haya en el mundo, esto es en los tuyos,
carísimo amigo, y en los de esta mujer a quien más que a mí mismo he
amado desde que la conocí. Es verdad que doloroso me es saber que se
queda forastera y sin ayuda ni consejo, al morirme yo; y más
doloroso me sería todavía si no te viese a ti que creo que cuidado
de ella tendrás por mi amor como lo tendrías de mi mismo; y por
ello, cuanto más puedo te ruego que, si me muero, que mis cosas y
ella queden a tu cuidado, y de las unas y de la otra haz lo que
creas que sirva de consuelo a mi alma. Y a ti, queridísima mujer, te
ruego que después de mi muerte no me olvides, para que yo allá pueda
envanecerme de que soy amado aquí por la más hermosa mujer que nunca
fue formada por la naturaleza. Si de estas dos cosas me dieseis
segura esperanza, sin ninguna duda me iré consolado. El amigo
mercader y semejantemente la mujer, al oír estas palabras, lloraban;
y habiendo callado él, le confortaron y le prometieron por su honor
hacer lo que les pedía, si sucediera que él muriese; y poco después
murió y por ellos fue hecho sepultar honorablemente. Después, luego
de pocos días, habiendo el mercader chipriota todos sus negocios en
Rodas despachado y queriendo volverse a Chipre en una coca de
catalanes que allí había, preguntó a la hermosa mujer que qué quería
hacer, como fuera que a él le convenía volverse a Chipre.
La mujer repuso que con él, si le
pluguiera, iría de buena gana, esperando que por el amor de Antíoco
sería tratada y mirada por él como una hermana. El mercader repuso
que de lo que a ella gustase estaría contento: y, para de cualquier
ofensa que pudiese sobrevenirle antes de que a Chipre llegasen,
defenderla, dijo que era su mujer. Y subido a la nave, habiéndoles
dado un camarote en la popa, para que las obras no pareciesen
contrarias a las palabras, con ella en una litera bastante pequeña
dormía. Por lo que sucedió lo que ni por el uno ni por el otro había
sido acordado al partir de Rodas; es decir que, incitándoles la
oscuridad y la comodidad y el calor de la cama, cuyas fuerzas no son
pequeñas, olvidada la amistad y el amor por Antíoco muerto, atraídos
por igual apetito, empezando a hurgonearse el uno al otro, antes de
que a Pafos llegasen, de donde era el chipriota, se habían hecho
parientes; y llegados a Pafos, mucho tiempo estuvo con el mercader.
Sucedió por acaso que a Pafos llegó por
algún asunto suyo un gentilhombre cuyo nombre era Antígono, cuyos
años eran muchos pero cuyo juicio era mayor, y pocas las riquezas,
porque habiéndose en muchas cosas mezclado al servicio del rey de
Chipre, la fortuna le había sido contraria. El cual, pasando un día
por delante de la casa donde la hermosa mujer vivía, habiendo el
mercader chipriota ido con su mercancía a Armenia, le sucedió por
ventura ver a una ventana de su casa a esta mujer; a quien, como era
hermosísima, empezó a mirar fijamente, y empezó a querer acordarse
de haberla visto otras veces, pero dónde de ninguna manera acordarse
podía.
La hermosa mujer, que mucho tiempo habla
sido juguete de la fortuna, acercándose al término en que sus males
debían hallar fin, al ver a Antígono se acordó de haberlo visto en
Alejandría al servicio de su padre, en no baja condición; por lo
cual, concibiendo súbita esperanza de poder aún volver al estado
real con sus consejos, no sintiendo a su mercader, lo antes que pudo
hizo llamar a Antígono. Al cual, venido a ella, tímidamente preguntó
si él fuese Antígono de Famagusta, como creía. Antígono repuso que
sí, y además de ello dijo:
-Señora, a mí me parece conoceros, pero por
nada puedo acordarme de dónde; por lo que os ruego, si no os es
enojoso, que a la memoria me traigáis quién sois. La mujer, oyendo
que era él, llorando fuertemente le echó los brazos al cuello, y,
luego de un poco, a él, que mucho se maravillaba, le preguntó si
nunca en Alejandría la había visto. Cuya pregunta oyendo Antígono
reconoció incontinenti que era aquélla Alatiel la hija del sultán
que muerta en el mar se creía que había sido, y quiso hacerle la
reverencia debida; pero ella no lo sufrió, y le rogó que con ella se
sentase un poco. Lo que, hecho por Antígono, le preguntó
reverentemente cómo y cuándo y de dónde había venido aquí, como
fuera que en toda la tierra de Egipto se tuviese por cierto que se
había ahogado en el mar, hacía ya algunos años. A lo que dijo la
mujer:
-Bien querría que hubiera sido así más que
haber tenido la vida que he tenido, y creo que mi padre querría lo
mismo, si alguna vez lo supiera.
Y dicho así, volvió a llorar
maravillosamente; por lo que Antígono le dijo: -Señora, no os
desconsoléis antes que sea necesario; si os place, contadme vuestras
desventuras y qué vida habéis tenido; por ventura vuestros asuntos
podrán encaminarse de manera que les encontremos, con ayuda de Dios,
buena solución.
-Antígono -dijo la hermosa mujer-, me
pareció al verte ver a mi padre, y movida por el amor y la ternura
que a él le he tenido, pudiéndome ocultar me manifesté a ti, y a
pocas personas me habría podido suceder haber visto de que tan
contenta fuese cuanto estoy de haberte, antes que a ningún otro,
visto y reconocido; y por ello, lo que en mi mala fortuna siempre he
tenido escondido, a ti como a padre te lo descubriré. Si ves,
después de que oído lo hayas, que puedas de algún modo a mi debida
condición hacerme volver, te ruego que lo pongas en obra; si no lo
ves, te ruego que jamás a nadie digas que me has visto o que nada
has oído de mí.
Y dicho esto, siempre llorando, lo que
sucedido le había desde que naufragó en Mallorca hasta aquel punto
le contó; de lo que Antígono, movido a piedad, empezó a llorar, y
luego de que por un rato hubo pensado, dijo:
-Señora, puesto que oculto ha estado en
vuestros infortunios quién seáis, sin falta os devolveré más querida
que nunca a vuestro padre, y luego como mujer al rey del Algarbe. Y
preguntado por ella que cómo, ordenadamente lo que había de hacer le
enseñó; y para que ninguna otra fuese a sobrevenir si se demoraba,
en el mismo momento volvió Antígono a Famagusta y se fue al rey, al
que dijo:
-Señor mío, si os place, podéis al mismo
tiempo haceros grandísimo honor a vos, y a mí (que soy pobre por
vos) gran provecho sin que os cueste mucho.
El rey le preguntó cómo. Antígono entonces
dijo:
-A Pafos ha llegado la hermosa joven hija
del sultán, de la que ha corrido tanto la fama de que se había
ahogado; y, por preservar su honestidad, grandísimas privaciones ha
sufrido largamente, y al presente se encuentra en pobre estado y
desea volver a su padre. Si a vos os pluguiera mandársela bajo mi
custodia, sería un gran honor para vos, y un gran bien para mí; y no
creo que nunca tal servicio se le olvidase al sultán.
El rey, movido por real magnanimidad,
súbitamente repuso que le placía: y honrosamente enviando a por
ella, a Fainagusta la hizo venir, donde por él y por la reina con
indecible fiesta y con magnífico honor fue recibida; a la cual,
después, por el rey y la reina siéndole preguntadas sus desventuras,
según los consejos dados por Antígono repuso y contó todo. Y pocos
días después, pidiéndolo ella, el rey, con buena y honorable
compañía de hombres y de mujeres, bajo la custodia de Antígono la
devolvió al sultán; por el cual si fue celebrada su vuelta nadie lo
pregunte, y lo mismo la de Antígono con toda su compañía. La que,
luego de que reposó algo, quiso el sultán saber cómo estaba viva, y
dónde se había detenido tanto tiempo sin nunca haberle hecho nada
saber sobre su condición.
La joven, que óptimamente las enseñanzas de
Antígono había aprendido, a su padre así comenzó a hablar:
-Padre mío, sería el vigésimo día después
que partí de vuestro lado cuando, por fiera tempestad nuestra nave
resquebrajada, encalló en ciertas playas allá en Occidente, cerca de
un lugar llamado Aguasmuertas, una noche, y lo que de los hombres
que en nuestra nave iban sucediese no lo sé ni lo supe nunca; de
cuanto me acuerdo es de que, llegado el día y yo casi de la muerte a
la vida volviendo, habiendo sido ya la rota nave vista por los
campesinos, corrieron a robarla de toda la comarca, y yo con dos de
mis mujeres primero sobre la orilla puestas fuimos, e incontinenti
cogidas por los jóvenes que, quién por aquí con una y quién por ahí
con otra, empezaron a huir. Qué fue de ellas no lo supe nunca; pero
habiéndome a mí, que me resistía, cogido entre dos jóvenes y
arrastrándome por los cabellos, llorando yo fuertemente, sucedió
que, pasando los que me arrastraban un camino para entrar en un
grandísimo bosque, cuatro hombres en aquel momento pasaban por allí
a caballo, a los cuales, como vieron los que me arrastraban,
soltándome, prestamente se dieron a la fuga. Los cuatro hombres, que
por su semblante me parecían de autoridad, visto aquello, corrieron
a donde yo estaba y mucho me preguntaron, y yo mucho dije, pero ni
por ellos fui entendida ni a ellos los entendí. Ellos, luego de
larga consulta, subiéndome a uno de sus caballos, me llevaron a un
monasterio de mujeres según su ley religiosa, y yo, por lo que les
dijeran, fui allí benignísimamente recibida y siempre honrada, y con
gran devoción junto con ellas he servido desde entonces a san
Crescencio-en-la-cueva, a quien las mujeres de aquel país mucho
aman. Pero luego de que algún tiempo estuve con ellas, y ya habiendo
algo aprendido de su lengua, preguntándome quién yo fuese y de
dónde, y sabiendo yo dónde estaba y temiendo, si dijese la verdad,
ser perseguida como enemiga de su ley, repuse que era hija de un
gran gentilhombre de Chipre, el cual habiéndome mandado a Creta para
casarme, por azar allí habíamos sido llevados y naufragamos. Y
muchas veces en muchas cosas, por miedo a lo peor, observé sus
costumbres; y preguntándome la mayor de aquellas señoras, a la que
llamaban «abadesa», si a Chipre me gustaría volver, contesté que
nada deseaba tanto; pero ella, solícita de mi honor, nunca me quiso
confiar a nadie que hacia Chipre viniera sino, hace unos dos meses,
cuando llegados allí ciertos hombres buenos de Francia con sus
mujeres, entre los cuales algún pariente tenía la abadesa, y oyendo
ella que a Jerusalén iban a visitar el sepulcro donde aquel a quien
tienen por Dios fue enterrado después de que fue matado por los
judíos, a ellos me encomendó, y les rogó que en Chipre quisieran
entregarme a mi padre. Cuánto estos gentileshombres me honraron y
alegremente me recibieron junto con sus mujeres, larga historia
sería de contar. Subidos, pues, en una nave, luego de muchos días
llegamos a Pafos; y allí viéndome llegar, sin conocerme nadie ni
sabiendo qué debía decir a los gentileshombres que a mi padre me
querían entregar, según les había sido impuesto por la venerable
señora, me aparejó Dios, a quien tal vez daba lástima de mí, sobre
la orilla a Antígono en la misma hora que nosotros en Pafos
bajábamos; al que llamé prestamente y en nuestra lengua, para no ser
entendida por los gentileshombres ni las señoras, le dije que como
hija me recibiera. Él me entendió enseguida; y haciéndome gran
fiesta, a aquellos gentileshombres y a aquellas señoras según sus
pobres posibilidades honró, y me llevó al rey de Chipre, el cual con
qué honor me recibió y aquí a vos me ha enviado nunca podría yo
contar. Si algo por decir queda, Antígono, que muchas veces me ha
oído esta mi peripecia, lo cuente. Antígono, entonces, volviéndose
al sultán, dijo:
-Señor mío, ordenadísimamente, tal como me
lo ha contado muchas veces y como aquellos gentileshombres con los
que vino me contaron, os lo ha contado; solamente una parte ha
dejado por deciros, que estimo que, porque bien no le está decirlo a
ella, lo haya hecho: y ello es cuánto aquellos gentileshombres y
señoras con quienes vino hablaron de la honesta vida que con las
señoras religiosas había llevado y de su virtud y de sus loables
costumbres, y de las lágrimas y del llanto que hicieron las señoras
y los gentileshombres cuando, restituyéndola a mí, se separaron de
ella. De las cuales cosas si yo quisiera enteramente decir lo que
ellos me dijeron, no el presente día sino la noche siguiente no nos
bastaría; tanto solamente creo que basta que, según sus palabras
mostraban y aun aquello que yo he podido ver, os podéis gloriar de
tener la más hermosa hija y la más honrada y la más valerosa que
ningún otro señor que hoy lleve corona.
Estas cosas celebró el sultán
maravillosamente y muchas veces rogó a Dios que le concediese gracia
para poder dignas recompensas conceder a cualquiera que hubiera
honrado a su hija, y máximamente al rey de Chipre por quien
honradamente le había sido devuelta; y luego de algunos días,
habiendo hecho preparar grandísimos dones para Antígono, le dio
licencia de volverse a Chipre, dándole al rey con cartas y con
embajadores especiales grandísimas gracias por lo que había hecho a
la hija. Y después de esto, queriendo que lo que comenzado había
sido tuviese lugar, es decir, que ella fuese la mujer del rey del
Algarbe, a éste todo hizo saber enteramente, escribiéndole además de
ello que, si le pluguiera tenerla, a por ella mandase. Mucho celebró
esto el rey del Algarbe y, mandando honorablemente a por ella,
alegremente la recibió. Y ella, que con otros ocho hombres unas diez
mil veces se había acostado, a su lado se acostó como doncella, y le
hizo creer que lo era, y, reina, con él alegremente mucho tiempo
vivió después. Y por ello se dice: «Boca besada no pierde fortuna,
que se renueva como la luna».
NOVELA OCTAVA
El conde de Amberes, acusado en falso, va
al exilio; deja a dos hijos suyos en diversos lugares de Inglaterra
y él, al volver de Escocia , sin ser conocido, los encuentra en buen
estado; entra como palafrenero en el ejército del rey de Francia y,
reconocida su inocencia, es restablecido en su primer estado.
Mucho suspiraron las señoras por las
diversas desventuras de la hermosa mujer: pero ¿quién sabe qué razón
movía los suspiros? Tal vez las había que no menos por anhelo de tan
frecuentes nupcias que por lástima de ella suspiraban. Pero dejando
esto por el momento presente, habiéndose alguna reído por las
últimas palabras dichas por Pánfilo, y viendo por ellas la reina que
su novela había terminado, vuelta hacia Elisa, le impuso que
continuara el orden con una de las suyas; la cual, alegremente
haciéndolo, comenzó Amplísimo campo es este por el cual hoy nos
estamos paseando, y no hay nadie que, no una justa sino diez pudiese
contender en él asaz fácilmente pues tan abundante lo ha hecho la
fortuna en sus extraños y dolorosos casos; y por ello, viniendo de
ellos, que infinitos son, a contar alguno, digo que: Al ser el
imperio de Roma de los franceses a los tudescos transportado , nació
entre una nación y la otra grandísima enemistad y acerba y continua
guerra, por la cual, tanto para defender su país como para atacar a
los otros, el rey de Francia y un hijo suyo, con toda la fuerza de
su reino y junto con los amigos y parientes con quienes hacer lo
pudieron, organizaron un grandísimo ejército para ir contra los
enemigos; y antes de que a ello procedieran, para no dejar el reino
sin gobierno, sabiendo que Gualterio, conde de Amberes, era un
hombre noble y sabio y muy fiel amigo y servidor suyo, y que aunque
también era conocedor del arte de la guerra les parecía a ellos más
apto para las cosas delicadas que para las fatigosas, a él en el
lugar de ellos dejaron como vicario general sobre todo el gobierno
del reino de Francia, y se fueron a sus campañas.
Comenzó, pues, Gualterio con juicio y con
orden el oficio encomendado, siempre en todas las cosas con la reina
y con su nuera consultando; y aunque bajo su custodia y jurisdicción
hubiesen sido dejadas, no menos como a sus señoras y principales en
lo que podía las honraba. Era el dicho Gualterio hermosísimo de
cuerpo y de edad de unos cuarenta años, y tan amable y cortés cuanto
más pudiese serlo hombre noble, y además de todo esto, era el más
galante y el más delicado caballero que en aquel tiempo se
conociese, y el que más adornado iba.
Ahora, sucedió que, estando el rey de
Francia y su hijo en la guerra ya dicha, habiendo muerto la mujer de
Gualterio y habiéndole dejado con un hijo varón y una hija, niños
pequeños, y sin nadie más, frecuentando él la corte de las dichas
señoras y hablando con ellas frecuentemente de las necesidades del
reino, la mujer del hijo del rey puso en él sus ojos y con
grandísimo afecto considerando su persona y sus costumbres, con
oculto amor fervientemente se inflamó por él; y viéndose joven y
fresca y a él sin mujer, pensó que sería fácil realizar su deseo. Y
pensando que ninguna cosa se oponía a aquello sino la vergüenza de
manifestárselo, se dispuso del todo a desecharla de sí, y estando un
día sola y pareciéndole oportuno, como si otras cosas con él hablar
quisiese, mandó a por él. El conde, cuyo pensamiento estaba muy
lejos del de la señora, sin ninguna dilación se fue a donde ella; y
sentándose, como ella quiso, con ella sobre una cama, en una cámara
los dos solos, habiéndola ya el conde preguntado sobre la razón por
la que le hubiese hecho venir, y ella callando, finalmente, empujada
por el amor, toda roja de vergüenza, casi llorando y temblando toda,
con palabras entrecortadas, así comenzó a decir: -Carísimo y dulce
amigo y señor mío, vos podéis, como hombre sabio, fácilmente conocer
cuánta sea la fragilidad de los hombres y de las mujeres, y por
diversas razones más en una que en otra; por lo que debidamente,
ante un justo juez, un mismo pecado en diversa cualidad de personas
no debe recibir la misma pena. ¿Y quién sería quien dijese que no
debiese ser mucho más reprensible un pobre hombre o una pobre mujer
que con su trabajo tuviesen que ganar lo que necesitasen para vivir,
si fuesen por el amor estimulados y lo siguiesen, que una señora
rica y ociosa y a quien nada que agradase a sus deseos faltara? Creo
ciertamente que nadie. Por la razón que juzgo que grandísima parte
de excusa deban prestar las dichas cosas de aquella que las posee,
si por ventura se deja llevar a amar; y lo restante debe tenerlo el
haber elegido a un sabio y valeroso amador, si lo ha hecho así
aquella que ama. Las cuales cosas, como quiera que ambas según mi
parecer, se dan en mí, y además de ellas otras más que a amar deben
inducirme, como es mi juventud y el alejamiento de mi marido, deben
ahora venir en mi ayuda a la defensa de mi fogoso amor ante vuestra
consideración; y si pueden lo que en la presencia de los sabios
deben poder, os ruego que consejo y ayuda en lo que os pida me
prestéis. Es verdad que, por el alejamiento de mi marido no pudiendo
yo a los estímulos de la carne ni a la fuerza del amor oponerme (los
cuales son de tanto poder, que a los fortísimos hombres, no ya a las
tiernas mujeres, han vencido muchas veces y vencen todos los días),
estando yo en las comodidades y los ocios en que me veis, a secundar
los placeres de amor y a enamorarme me he dejado llevar: y como tal
cosa, si sabida fuese, yo sepa que no es honesta, no menos, siendo y
estando escondida en nada la juzgo ser deshonesta, pues me ha sido
Amor tan complaciente que no solamente no me ha quitado el debido
juicio al elegir el amante sino que mucho me ha dado, mostrándome
que sois digno vos de ser amado por una mujer tal como yo; que, si
no me engaño, os reputo por el más hermoso, el más amable y más
galante y el más sabio caballero que en el reino de Francia pueda
encontrarse; y tal como yo puedo decir que sin marido me veo, vos
también sin mujer. Por lo que yo os ruego, por tan grande amor como
es el que os tengo, que no me neguéis el vuestro y que se acreciente
con mi juventud, la cual verdaderamente, como el hielo al fuego, se
consume por vos. Al llegar a estas palabras le acometieron tan
abundantemente las lágrimas que ella, que todavía más ruegos
intentaba interponer, no tuvo más poder para hablar, sino que bajado
el rostro y abatida, llorando, en el seno del conde dejó caer la
cabeza. El conde, que lealísimo caballero era, con gravísima
reprimenda empezó a reprender un tan loco amor y a rechazarla porque
ya al cuello quería echársele, y con juramentos a afirmar que
primero sufriría él ser descuartizado que tal cosa contra el honor
de su señor ni en sí mismo ni en otro consintiera. Lo que oyendo la
señora, súbitamente olvidado el amor y en fiero furor encendida
dijo: -¿Será, pues, ruin caballero, de esta guisa escarnecido por
vos mi deseo? No plazca a Dios, puesto que queréis hacerme morir,
que yo morir arrojar del mundo no os haga. Y diciendo así, al punto
se echó las manos a los cabellos, enmarañándoselos y
descomponiéndoselos todos, y después de haberse desgarrado las
vestiduras en el pecho, comenzó a gritar fuerte: -¡Ayuda, ayuda, que
el conde de Amberes quiere forzarme!
El conde, viendo esto, y temiendo mucho más
la envidia de los cortesanos que a su conciencia, y temiendo que
aquélla fuese a dar más fe a la maldad de la señora que a su
inocencia, se levantó y lo más aprisa que pudo, de la cámara y del
palacio salió y escapó a su casa, donde, sin tomar otro consejo,
puso a sus hijos a caballo y montándose él también, lo más aprisa
que pudo se fue hacia Calais. Al ruido de la señora corrieron
muchos, los cuales, viéndola y oyendo la razón de sus gritos, no
solamente por aquello dieron fe a sus palabras, sino que añadieron
que la galanura y la adornada manera del conde había sido por él
largamente buscada para poder llegar a aquello. Se corrió, pues, con
furia a los palacios del conde para arrestarlo; pero no
encontrándole a él, primero los saquearon todos y luego hasta los
cimientos los hicieron derribar.
La noticia, tan torpe como se contaba,
llegó en las huestes al rey y al hijo, los cuales, muy airados, a
perpetuo exilio a él y a sus descendientes condenaron, grandísimos
dones prometiendo a quien vivo o muerto se lo llevase. El conde,
pesaroso de que, de inocente, al huir, se había hecho culpable,
llegado sin darse a conocer o ser conocido, con sus hijos a Calais,
prestamente pasó a Inglaterra y en pobres vestidos fue hacia
Londres, donde antes de entrar, con muchas palabras adoctrinó a los
dos pequeños hijos suyos, y máximamente en dos cosas: primera, que
pacientemente soportasen el estado pobre al que sin culpa de ellos
la fortuna, junto con él, les había llevado, y luego que con toda
prudencia se guardasen de manifestar a nadie de dónde eran ni hijos
de quién, si amaban la vida.
Era el hijo, llamado Luigi, de unos nueve
años, y la hija, que tenía por nombre Violante , tenía unos siete,
los cuales, según lo que permitía su tierna edad, muy bien
comprendieron la lección del padre, y en las obras lo mostraron
después. Y para que aquello mejor pudiese hacerse le pareció deber
cambiarles los nombres; y lo hizo así, y llamó al varón Perotto y
Giannetta a la niña; y llegados a Londres con pobres vestidos, del
modo que vemos hacer a los pordioseros franceses, se dieron a andar
pidiendo limosna. Y estando por acaso en tal ocupación una mañana en
una iglesia, sucedió que una gran dama, que era mujer de uno de los
mariscales del rey de Inglaterra, al salir de la iglesia, vio al
conde y a sus dos hijitos que limosna pedían, al que preguntó de
dónde era y si suyos eran aquellos dos niños. A quien repuso que él
era de Picardía y que, por un delito de un hijo mayor, había tenido
que hacerse vagabundo con aquellos dos, que suyos eran. La dama, que
era piadosa, puso los ojos en la muchacha y le gustó mucho porque
hermosa y gentil y agraciada era, y dijo:
-Buen hombre, si te contentase dejar aquí
conmigo a esta hijita tuya, porque buen aspecto tiene, la enseñaré
de buena gana, y si se hace mujer virtuosa la casaré en el tiempo
que sea conveniente de manera que estará bien.
Al conde mucho le plugo esta petición, y
prestamente repuso que sí, y con lágrimas se la dio y recomendó
mucho. Y habiendo así colocado a la hija y sabiendo bien a quién,
deliberó no quedarse allí, y pidiendo limosna atravesó la isla y con
Perotto llegó a Gales no sin gran fatiga, como quien a andar a pie
no está acostumbrado. Allí había otro de los mariscales del rey, que
gran estado y muchos servidores tenía, en cuya corte el conde alguna
vez, él y el hijo, para tener de qué comer, mucho se detenían. Y
estando en ella algún hijo del dicho mariscal y otros muchachos de
gente noble, y jugando a algunos juegos de muchachos como de correr
y de saltar, Perotto comenzó a mezclarse con ellos y a hacerlo tan
diestramente, o más, que cualquiera de los otros hiciese alguna de
las pruebas que entre ellos se hacían. Lo que viendo alguna vez el
mariscal, y gustándole mucho la manera y los modos del muchacho,
preguntó que quién fuese. Le fue dicho que era hijo de un pobre
hombre que alguna vez por limosna venia allá adentro. Al cual el
mariscal se lo hizo pedir y el conde, como quien a Dios otra cosa no
rogaba, libremente se lo concedió, por mucho disgusto que le causase
separarse de él. Teniendo, pues, el conde el hijo y la hija
colocados, pensó que más no quería quedarse en Inglaterra sino que
como mejor pudo se pasó a Irlanda, y llegado a Stanford, con un
caballero de un conde campesino se colocó como criado, todas
aquellas cosas haciendo que a un criado o a un palafrenero pueden
convenir; y allí sin ser nunca por nadie conocido, con asaz disgusto
y fatiga se quedó largo tiempo.
Violante, llamada Giannetta, con la noble
señora en Londres fue creciendo en años y en persona y en belleza, y
en tanto favor de la señora y de su marido y de cualquiera otro de
la casa y de quienquiera que la conociese, que era cosa maravillosa
de ver; y no había nadie que sus costumbres y sus maneras mirase que
no dijese que debía ser digna de todo grandísimo bien y honor. Por
la cual cosa, la noble señora que la había recibido de su padre, sin
haber podido nunca saber quién era él de otra manera que por lo que
él decía, se había propuesto casarla honradamente según la condición
de que estimaba que era. Pero Dios, justo protector de los méritos
de los demás, sabiendo que era mujer noble, y llevaba sin culpa la
penitencia del pecado ajeno, lo dispuso de otra manera: y para que a
manos de un hombre vil no viniese la noble joven, debe creerse que,
lo que sucedió, Él por su misericordia lo permitió. Tenía la noble
señora con la que Giannetta vivía un único hijo de su marido a quien
ella y el padre sumamente amaban, tanto porque era su hijo como
porque por virtud y méritos lo valía, como quien más que nadie
cortés y valeroso y arrogante y hermoso de cuerpo era. El cual,
teniendo unos seis años más que Giannetta y viéndola hermosísima y
graciosa, tanto se enamoró de ella que más allá de ella nada veía. Y
porque imaginaba que debía ser de baja condición, no solamente no
osaba pedirla a su padre y a su madre por mujer, sino que temiendo
ser reprendido por haberse puesto a amar bajamente, cuanto podía su
amor tenía escondido. Por la cual cosa, mucho más que si descubierto
lo hubiera, lo estimulaba; y ocurrió que por exceso de angustia
enfermó, y gravemente. Habiendo sido llamados varios médicos a su
cuidado, y habiendo un signo y otro observado en él y no pudiendo su
enfermedad conocer, todos juntos desesperaban de su salvación; por
lo que el padre y la madre del joven tenían tanto dolor y melancolía
que mayor no habría podido tenerse; y muchas veces con piadosos
ruegos le preguntaban la razón de su mal, a los que o suspiros por
respuesta daba o que todo se sentía desfallecer. Sucedió un día que,
estando sentado junto a él un médico asaz joven, pero en ciencia muy
profundo, y teniéndole cogido por el brazo en aquella parte donde
buscan el pulso, Giannetta, que, por respeto por la madre,
solícitamente le servía, por alguna razón entró en la cámara en la
que el joven estaba echado. A la cual, cuando el joven vio, sin
ninguna palabra o ademán hacer, sintió con más fuerza en el corazón
el amoroso ardor, por lo que el pulso más fuerte comenzó a latirle
de lo acostumbrado; lo que el médico sintió incontinenti y
maravillóse, y estuvo quedo por ver cuánto aquel latir durase . Al
salir Giannetta de la cámara el latir se calmó: por lo que le
pareció al médico haber entendido algo de la razón de la enfermedad
del joven; y poco después, como si algo quisiera preguntar a
Giannetta, siempre teniendo al enfermo por el brazo, la hizo llamar.
A lo que ella vino incontinenti; no había entrado en la cámara
cuando el latir del pulso volvió al joven, y partida ella, cesó. Con
lo que, pareciendo al médico tener plena certeza, levantóse y
llevando aparte al padre y a la madre del joven, les dijo: -La salud
de vuestro hijo no en los remedios de los médicos sino en las manos
de Giannetta está, a la cual, tal como he conocido manifiestamente
por ciertos signos, el joven ama ardientemente aunque ella no se
haya dado cuenta por lo que yo veo. Sabéis ya lo que tenéis que
hacer si su vida os es querida. El noble señor y su mujer, oyendo
esto, se pusieron contentos en cuanto algún modo se encontraba para
su salvación, aunque mucho les pesase que lo que temían fuera
aquello, esto es, tener que dar a Giannetta a su hijo por esposa.
Ellos, pues, partido el médico, se fueron al enfermo, y díjole la
señora así: -Hijo mío, no habría yo creído nunca que me escondieses
algún deseo tuyo, y especialmente viéndote, por no tenerlo,
desfallecer, por lo que debías estar cierto, y debes, que nada hay
que por contentarte hacer pudiese, aunque menos que honesto fuera,
que como por mí misma no lo hiciese; pero pues que lo has hecho así
ha sucedido que Nuestro Señor se ha compadecido de ti más que tú
mismo, y para que de esta enfermedad no te mueras me ha mostrado la
razón de tu mal, que no es otra cosa que un excesivo amor que
sientes por alguna joven, sea quien sea ella. Y en verdad, de
manifestar esto no deberías avergonzarte porque tu edad lo pide, y
si no estuvieras enamorado yo te tendría en bastante poco. Por lo
que, hijo mío, no te escondas de mí sino que con confianza
descúbreme todo tu deseo, y la melancolía y el pensamiento que
tienes y del que esta enfermedad procede, arrójalos fuera, y
consuélate y persuádete de que nada habrá por satisfacción tuya, que
tú me impongas, que yo no haga si está en mi poder, como quien más
te ama que a la vida mía. Desecha la vergüenza y el temor, y dime si
puedo por tu amor hacer algo; y si no encuentras que sea solícita en
ello y logre tal efecto tenme por la más cruel madre que ha parido
un hijo. El joven, oyendo las palabras de la madre, primero se
avergonzó; luego, pensando que nadie mejor que ella podría
satisfacer su placer, desechada la vergüenza, le dijo así: -Madama,
nada me ha hecho teneros escondido mi amor sino haberme apercibido
de que la mayoría de las personas, después de que entran en años, de
haber sido jóvenes no quieren acordarse. Pero pues que en esto os
veo discreta, no solamente no negaré que es verdad aquello de que os
habéis apercibido, sino que os haré manifiesto de quién; con tal
condición de que el efecto siga a vuestra promesa en todo cuanto
esté en vuestro poder y así podréis sanarme.
A lo que la señora, confiando demasiado en
que debía suceder en la forma en que ella misma pensaba, libremente
repuso que con confianza su pecho le abriese, que ella sin tardanza
alguna se pondría a actuar para que él su placer tuviera.
-Madama -dijo entonces el joven-, la alta
hermosura y las loables maneras de nuestra Giannetta y el no poder
manifestárselo ni hacerla apiadarse de mi amor y el no haber osado
jamás manifestarlo a nadie me han conducido donde me veis: y si lo
que me habéis prometido de un modo u otro no se sigue, estaos por
segura de que mi vida será breve.
La señora, a quien más parecía momento
aquel de consuelo que de reprensiones, sonriendo dijo: -¡Ay, hijo
mío!, ¿así que por esto te has dejado enfermar? Consuélate y déjame
a mí hacer, pues curado serás.
El joven, lleno de esperanza, en brevísimo
tiempo mostró signos de grandísima mejoría, por lo que la señora,
muy contenta, se dispuso a intentar el modo en que pudiera cumplirse
lo que prometido le había; y llamando un día a Giannetta, con bromas
y asaz discretamente le preguntó si tenía algún amador. Giannetta,
toda colorada, repuso:
-Madama, a una doncella pobre y echada de
su casa, como soy yo, y que está al servicio ajeno, como hago yo, no
se le pide ni le está bien servir a Amor.
A lo que la señora dijo:
-Pues si no lo tenéis, queremos daros uno,
con el que contenta viváis y más os deleitéis con vuestra beldad,
porque no es conveniente que tan hermosa damisela como vos sois esté
sin amante. A lo que Giannetta repuso:
-Madama, vos sacándome de la pobreza de mi
padre, me habéis criado como hija, y por ello debo hacer todo
vuestro gusto; pero no os complaceré en esto, creyendo que me hago
bien. Si os place darme marido, a él entiendo amar pero no a otro;
porque si de la herencia de mis abuelos nada me ha quedado sino la
honra, entiendo guardarla y observarla cuanto mi vida dure. Estas
palabras parecieron a la señora muy contrarias a lo que quería
conseguir para cumplir la promesa hecha a su hijo, aunque, como
mujer discreta, mucho estimase en su interior a la doncella; y dijo:
-Cómo, Giannetta, si monseñor el rey, que es joven caballero, y tú
eres hermosísima doncella, buscase en tu amor algún placer, ¿se lo
negarías?
Y ella súbitamente le respondió:
-Forzarme podría el rey, pero nunca con mi
consentimiento, sino lo que fuera honesto, podría tener. La dama,
comprendiendo cuál fuese su ánimo, dejó de hablar y pensó ponerla a
prueba; y le dijo a su hijo que, en cuanto estuviera curado, la
haría ir con él a una cámara y que él se ingeniase en conseguir de
ella su placer, diciendo que le parecía deshonesto, a guisa de
alcahueta, hablar por el hijo y rogar a su doncella. Con lo que el
joven no estuvo contento en ninguna guisa y de súbito empeoró
gravemente; lo que viendo la señora, manifestó su intención a
Giannetta pero, encontrándola más constante que nunca, contando a su
marido lo que había hecho, aunque duro les pareciese, de mutuo
consentimiento deliberaron dársela por esposa, queriendo mejor a su
hijo vivo con mujer que no le correspondía que muerto sin ninguna; y
así, luego de muchas historias, lo hicieron. Con lo que Giannetta
estuvo muy contenta y con piadoso corazón agradeció a Dios que no la
había olvidado; pero, con todo, no dijo nunca que era sino hija de
un picardo. El joven curó y celebró las nupcias más contento que
ningún otro hombre, y empezó a darse buena vida con ella.
Perotto, que se había quedado en Gales con
el mariscal del rey de Inglaterra, igualmente creciendo halló la
gracia de su señor y se hizo hermosísimo de persona y gallardo
cuanto cualquiera otro que hubiese en la isla, tanto que ni en los
torneos ni en las justas ni en cualquier otro hecho de armas había
nadie en el país que valiese lo que él; por lo que por todos, que le
llamaban Perotto el picardo, era conocido y famoso. Y así como Dios
no había olvidado a su hermana, así demostró igualmente tenerlo a él
en el pensamiento; porque, sobrevenida en aquella comarca una
pestilente mortandad, a la mitad de la gente se llevó consigo, sin
contar que grandísima parte de los que quedaron huyeron, por miedo,
a otras comarcas, por lo que el país todo parecía abandonado.
En la cual mortandad el mariscal su señor y
su mujer y un hijo suyo y otros muchos hermanos y sobrinos y
parientes todos murieron, y no quedó sino una doncella ya en edad de
casarse, y con algunos otros servidores Perotto. Al cual, cesada un
tanto la pestilencia, la doncella, porque era hombre honrado y
valeroso, con placer y con el consejo de algunos campesinos que
habían quedado vivos, por marido lo tomó, y de todo aquello que a
ella por herencia le había correspondido, le hizo señor; y poco
tiempo pasó hasta que, enterándose el rey de Inglaterra de que el
mariscal había muerto, y conociendo el valor de Perotto el picardo,
en el lugar del que muerto había lo puso y lo hizo mariscal suyo. Y
así, en breve, fue de los dos hijos del conde de Amberes, dejados
por él como perdidos. Ya había pasado el año decimoctavo desde que
el conde de Amberes, huyendo, se había ido de París cuando,
habitante de Irlanda él, habiendo, en una vida asaz mísera, sufrido
muchas cosas, viéndose ya viejo, le vino el deseo de saber, si
pudiese, lo que hubiera sucedido con sus hijos. Por lo que, por
completo en el aspecto que soler tenía viéndose cambiado, y
sintiéndose por el mucho ejercicio más fuerte de cuerpo de lo que
era cuando joven viviendo en el ocio, partió, asaz pobre y mal
vestido, de donde largamente había estado y se fue a Inglaterra y
allá donde a Perotto había dejado se fue, y encontró que éste era
mariscal y gran señor, y lo vio sano y fuerte y hermoso en su
aspecto; lo que le agradó mucho, pero no quiso darse a conocer hasta
que hubiera sabido qué había sido de Giannetta. Por lo que,
poniéndose en camino, no descansó hasta llegar a Londres; y allí
preguntando cautamente por la señora a quien había dejado su hija
por su estado, encontró a Giannetta mujer del hijo, lo que mucho le
plugo; y todas sus adversidades pretéritas reputó por pequeñas
puesto que vivos había encontrado a sus hijos y en buen estado. Y
deseoso de poderla ver empezó, como pobre, a acercarse junto a su
casa, donde, viéndole un día Giachetto Lamiens, que así se llamaba
el marido de Giannetta, teniendo compasión de él porque pobre y
viejo lo vio, mandó a uno de los sirvientes que a su casa lo llevase
y le hiciera dar de comer por Dios; lo que el sirviente hizo de
buena gana.
Había Giannetta tenido ya de Giachetto
varios hijos, de los que el mayor no tenía más de ocho años, y eran
los más hermosos y los más graciosos niños del mundo; los cuales,
como vieron comer al conde, todos juntos se le pusieron en derredor
y empezaron a hacerle fiestas, como si por oculta virtud hubiesen
conocido que aquél era su abuelo. El cual, sabiendo que eran sus
nietos, empezó a demostrarles amor y a hacerles caricias; por lo que
los niños de él no querían separarse, por mucho que quien atienda a
su vigilancia les llamase. Por lo que Giannetta, oyéndolo, salió de
una cámara y vino allí donde el conde, amenazándoles con pegarlos si
lo que su maestro quería no hiciesen. Los niños empezaron a llorar y
a decir que querían quedarse con aquel hombre honrado, que les
quería más que su maestro; de lo que la señora y el conde se rieron.
Se había levantado el conde, no a guisa de padre sino de mendigo,
para saludar a la hija como a señora y un maravilloso placer al
verla había sentido en el alma. Pero ella ni entonces ni después le
conoció en nada, porque sobremanera estaba cambiado de lo que ser
solía, como quien viejo y canoso y barbudo estaba, y magro y moreno
vuelto, y más otra persona parecía que el conde. Y viendo la señora
que los niños no querían separarse de él, sino que al quererlos
separar lloraban, dijo al maestro que un rato los dejase quedarse.
Estando, pues, los niños con el hombre honrado, sucedió que el padre
de Giachetto volvió, y por el maestro se enteró de aquello; por lo
que, como despreciaba a Giannetta, dijo:
-Dejadlos con la mala ventura que Dios les
dé, que son imagen de donde han nacido: por su madre descienden de
vagabundos y no hay que maravillarse si con los vagabundos les gusta
estar. Estas palabras escuchó el conde, y mucho le dolieron; pero
encogiéndose de hombros sufrió aquella injuria como muchas otras
había sufrido. Giachetto, que oído había las fiestas que los hijos
hacían al hombre honrado, es decir al conde, aunque le desagradó,
tanto les amaba que, antes de verlos llorar mandó que si el hombre
honrado quisiera quedarse para hacer algún servicio, que fuese
recibido. El cual respondió que se quedaba de buena gana pero que
otra cosa no sabía hacer sino cuidar caballos, a lo que toda su vida
estaba acostumbrado. Dándole, pues, un caballo, cuando lo había
atendido, se ponía a jugar con los niños. Mientras la fortuna de
esta guisa que se ha contado conducía al conde de Amberes y a sus
hijos, sucedió que el rey de Francia, concertadas muchas treguas con
los alemanes, murió, y en su lugar fue coronado el hijo de quien era
mujer aquélla por quien el conde había sido perseguido. Éste,
habiendo expirado la última tregua con los tudescos, comenzó de
nuevo muy cruda guerra; en cuya ayuda, como de nuevo pariente, el
rey de Inglaterra mandó mucha gente bajo las órdenes de Perotto su
mariscal y de Giachetto Lamiens, hijo del otro mariscal: con el
cual, el hombre honrado, es decir el conde, fue, y sin ser
reconocido por nadie se quedó en el ejército por largo espacio como
palafrenero, y allí, como hombre de pro, con consejos y obras, más
de lo que le correspondía prestó ayuda. Sucedió durante la guerra
que la reina de Francia enfermó gravemente; y conociendo ella misma
que iba a morir, arrepentida de todos sus pecados se confesó
devotamente con el arzobispo de Rouen, que por todos era tenido por
hombre bueno y santísimo, y entre los demás pecados le contó el gran
daño que por su culpa había sufrido el conde de Amberes. Y no
solamente se contentó con decirlo, sino que delante de muchos otros
hombres de pro contó todo como había sucedido, rogándoles que con el
rey intercediesen para que al conde, si estaba vivo, y si no a
alguno de sus hijos se les restituyese en su estado; y mucho
después, ya finada su vida, honrosamente fue sepultada.
Y contándole al rey su confesión, después
de algunos dolorosos suspiros por las injurias hechas sin razón al
valeroso hombre, le movió a hacer publicar por todo el ejército, y
además en otras muchas partes, el bando de que a quien sobre el
conde de Amberes o alguno de sus hijos le diese noticias,
maravillosamente por cada uno sería recompensado, porque él lo tenía
por inocente de aquello que le había hecho expatriarse por la
confesión hecha por la reina y entendía restituirle en el estado que
tenía y aún en mayor. Las cuales cosas oyendo el conde transformado
en palafrenero y comprendiendo que eran verdad, súbitamente fue a
Giachetto y le rogó que con él y con Perotto fuese porque quería
mostrarles lo que el rey andaba buscando. Reunidos, pues, los tres,
dijo el conde a Perotto, que ya tenía el pensamiento en descubrirse:
-Perotto, Giachetto que aquí está tiene a
tu hermana por mujer; y nunca tuvo ninguna dote; y por ello, para
que tu hermana no esté sin dote, entiendo que sea él y no otro quien
obtenga el beneficio que el rey promete que es tan grande, por ti, y
te declare como hijo del conde de Amberes, y por Violante, tu
hermana y su mujer, y por mi, que el conde de Amberes y vuestro
padre soy. Perotto, oyendo esto y mirándole fijamente, enseguida lo
reconoció, y llorando se arrojó a sus pies y lo abrazó diciendo:
-¡Padre mío, seáis muy bien venido!
Giachetto, oyendo primero lo que había
dicho el conde y viendo luego lo que Perotto hacía, fue acometido en
un punto por tanta maravilla y tanta alegría que apenas sabía qué se
debía hacer; pero dando fe a las palabras y avergonzándose mucho de
las palabras injuriosas que había usado con el conde palafrenero,
llorando se dejó caer a sus pies y humildemente de todas las ofensas
pasadas le pidió perdón; lo que el conde, muy benignamente,
levantándolo en pie, le concedió. Y luego de que los varios casos de
cada uno se hubieron contado los tres, y habiendo llorado y
habiéndose regocijado mucho juntos, queriendo Perotto y Giachetto
vestir al conde, de ninguna manera lo sufrió, sino que quiso que,
teniendo primero Giachetto la seguridad de obtener la recompensa
prometida, tal como estaba y en aquel hábito de palafrenero, para
hacerlo más avergonzarse, se lo llevase. Giachetto, pues, con el
conde y con Perotto se presentó al rey y ofreció llevarle al conde y
a su hijo si, según el bando publicado, quisiera recompensarle. El
rey prestamente hizo traer una maravillosa recompensa ante los ojos
de Giachetto y mandó que se la llevase si con verdad le mostraba,
como prometía, al conde y a sus hijos. Giachetto entonces,
retrocediendo y haciendo poner delante de él al conde su palafrenero
y a Perotto dijo:
-Monseñor, he aquí al padre y al hijo; la
hija, que es mi mujer y no está aquí, pronto vendrá con la ayuda de
Dios.
El rey, oyendo aquello, miró al conde, y
por muy cambiado que estuviera de lo que ser solía, sin embargo
luego de haberlo mirado un tanto lo reconoció, y con lágrimas en los
ojos a él, que arrodillado estaba, le hizo poner en pie y lo abrazó
y lo besó, y amigablemente recibió a Perotto; y mandó que
incontinenti el conde con vestidos, servidores y caballos y arneses
fuese convenientemente provisto, según requería su nobleza; la cual
cosa inmediatamente fue hecha. Además de esto, mucho honró el rey a
Giachetto y quiso saber todo sobre sus aventuras pretéritas. Y
cuando Giachetto tomó las altas recompensas por haber mostrado al
conde y a sus hijos, le dijo el conde: -Toma estos dones de la
magnificencia de monseñor el rey, y acuérdate de decir a tu padre
que tus hijos, nietos suyos y míos, no son por su madre nacidos de
vagabundo. Giachetto tomó los dones e hizo venir a París a su mujer
y a su suegra; vino la mujer de Perotto; y allí en grandísima fiesta
estuvieron con el conde, al cual el rey había restituido todos sus
bienes y le había hecho más de lo que antes fuese; después, cada uno
con su venia se volvió a su casa, y él hasta la muerte vivió en
París con más honor que nunca.
NOVELA NOVENA
Bernabó de Génova, engañado por
Ambruogiuolo, pierde lo suyo y manda matar a su mujer, inocente;
ésta se salva y, en hábito de hombre, sirve al sultán; encuentra al
engañador y conduce a Bernabó a Alejandría donde, castigado el
engañador, volviendo a tomar hábito de mujer, con el marido y ricos
vuelven a Génova .
Habiendo Elisa con su lastímera historia
cumplido su deber, la reina Filomena, que hermosa y alta de estatura
era, más que ninguna otra amable y sonriente de rostro, recogiéndose
en sí misma dijo: -El pacto hecho con Dioneo debe ser respetado y,
así, no quedando más que él y que yo por novelar, diré yo mi
historia primero y él, como lo pidió por merced, será el último que
la diga. Y dicho esto, así comenzó:
Se suele decir frecuentemente entre la
gente común el proverbio de que el burlador es a su vez burlado; lo
que no parece que pueda demostrarse que es verdad mediante ninguna
explicación sino por los casos que suceden. Y por ello, sin
abandonar el asunto propuesto, me ha venido el deseo de demostraros
al mismo tiempo que esto es tal como se dice; y no os será
desagradable haberlo oído, para que de los engañadores os sepáis
guardar.
Había en París, en un albergue, unos
cuantos importantísimos mercaderes italianos, cuál por un asunto
cuál por otro, según lo que es su costumbre; y habiendo cenado una
noche todos alegremente, empezaron a hablar de distintas cosas, y
pasando de una conversación en otra, llegaron a hablar de sus
mujeres, a quienes en sus casas habían dejado; y bromeando comenzó a
decir uno: -Yo no sé lo que hará la mía, pero sí sé bien que, cuando
aquí se me pone por delante alguna jovencilla que me plazca, dejo a
un lado el amor que tengo a mi mujer y gozo de ella el placer que
puedo. Otro repuso:
-Y yo lo mismo hago, porque si creo que mi
mujer alguna aventura tiene, la tiene, y si no lo creo, también la
tiene; y por ello, lo que se hace que se haga: lo que el burro da
contra la pared, eso recibe. El tercero llegó, hablando, a la
mismísima opinión: y, en breve, todos parecía que estuviesen de
acuerdo en que las mujeres por ellos dejadas no perdían el tiempo.
Uno solamente, que tenía por nombre Bernabó Lomellin de Génova, dijo
lo contrario, afirmando que él, por especial gracia de Dios, tenía
por esposa a la mujer más cumplida en todas aquellas virtudes que
mujer o aun caballero, en gran parte, o doncella puede tener, que
tal vez en Italia no hubiera otra igual: porque era hermosa de
cuerpo y todavía bastante joven, y diestra y fuerte, y nada había
que fuese propio de mujer, como bordar labores de seda y cosas
semejantes, que no hiciese mejor que ninguna. Además de esto no
había escudero, o servidor si queremos llamarlo así, que pudiera
encontrarse que mejor o más diestramente sirviese a la mesa de un
señor de lo que ella servía, como que era muy cortés, muy sabía y
discreta. Junto a esto, alabó que sabía montar a caballo, gobernar
un halcón, leer y escribir y contar una historia mejor que si fuese
un mercader; y de esto, luego de otras muchas alabanzas, llegó a lo
que se hablaba allí, afirmando con juramento que ninguna más honesta
ni más casta se podía encontrar que ella; por lo cual creía él que,
si diez años o siempre estuviese fuera de casa, ella no se
entendería con otro hombre en tales asuntos. Había entre estos
mercaderes que así hablaban un joven mercader llamado Ambruogiuolo
de Piacenza, el cual a esta última alabanza que Bernabó había hecho
de su mujer empezó a dar las mayores risotadas del mundo, y
jactándose le preguntó si el emperador le había concedido aquel
privilegio sobre todos los demás hombres. Bernabó, un tanto
airadillo, dijo que no el emperador sino Dios, quien tenía algo más
de poder que el emperador, le había concedido aquella gracia.
Entonces dijo Ambruogiuolo: -Bernabó, yo no dudo que no creas decir
verdad, pero a lo que me parece, has mirado poco la naturaleza de
las cosas, porque si la hubieses mirado, no te creo de tan torpe
ingenio que no hubieses conocido en ella cosas que te harían hablar
más cautamente sobre este asunto. Y para que no creas que nosotros,
que muy libremente hemos hablado de nuestras mujeres, creamos tener
otra mujer o hecha de otra manera que tú, sino que hemos hablado así
movidos por una natural sagacidad, quiero hablar un poco contigo
sobre esta materia. Siempre he entendido que el hombre es el animal
más noble que fue creado por Dios entre los mortales, y luego la
mujer; pero el hombre, tal como generalmente se cree y ve en las
obras, es más perfecto y teniendo más perfección, sin falta debe
tener mayor firmeza, y la tiene por lo que universalmente las
mujeres son más volubles, y el porqué se podría por muchas razones
naturales demostrar; que al presente entiendo dejar a un lado. Si el
hombre, que es de mayor firmeza, no puede ser que no condescienda,
no digamos a una que se lo ruegue, sino a no desear a alguna que a
él le plazca, y además de desearla a hacer todo lo que pueda para
poder estar con ella, y ello no una vez al mes sino mil al día le
sucede, ¿qué esperas que una mujer, naturalmente voluble, pueda
hacer ante los ruegos, las adulaciones y mil otras maneras que use
un hombre entendido que la ame? ¿Crees que pueda contenerse?
Ciertamente, aunque lo afirmes no creo que lo creas; y tú mismo
dices que tu esposa es mujer y que es de carne y hueso como son las
otras. Por lo que, si es así, aquellos mismos deseos deben ser los
suyos y las mismas fuerzas que tienen las otras para resistir a los
naturales apetitos; por lo que es posible, aunque sea honestísima,
que haga lo que hacen las demás: y no es posible negar nada tan
absolutamente ni afirmar su contrario como tú lo haces.
A lo que Bernabó repuso y dijo:
-Yo soy mercader y no filósofo, y como
mercader responderé; y digo que sé que lo que dices les puede
suceder a las necias, en las que no hay ningún pudor; pero que
aquellas que sabias son tienen tanta solicitud por su honor que se
hacen más fuertes que los hombres, que no se preocupan de él, para
guardarlo, y de éstas es la mía.
Dijo entonces Ambruogiuolo:
-Verdaderamente si por cada vez que
cediesen en tales asuntos les creciese un cuerno en la frente, que
diese testimonio de lo que habían hecho creo yo que pocas habría que
cediesen, pero como el cuerno no nace, no se les nota a las que son
discretas ni pisada ni huella y la vergüenza y en deshonor no están
sino en las cosas manifiestas; por lo que, cuando pueden ocultamente
las hacen, o las dejan por necedad. Y ten esto por cierto; que sólo
es casta la que no fue por nadie rogada, o si rogó ella, la que no
fue escuchada. Y aunque yo conozca por naturales y diversas razones
que las cosas son así, no hablaría tan cumplidamente como lo hago si
no hubiese muchas veces y a muchas puesto a prueba; y te digo que si
yo estuviese junto a esa tu santísima esposa, creo que en poco
espacio de tiempo la llevaría a lo que ya he llevado a otras.
Bernabó, airado, repuso:
-El contender con palabras podría
extenderse demasiado: tú dirías y yo diría, y al final no serviría
de nada. Pero puesto que dices que todas son tan plegables y que tu
ingenio es tanto, para que te asegures de la honestidad de mi mujer
estoy dispuesto a que me corten la cabeza si jamás a algo que te
plazca en tal asunto puedas conducirla; y si no puedes no quiero
sino que pierdas mil florines de oro. Ambruogiuolo, ya calentado
sobre el asunto, repuso:
-Bernabó, no sé qué iba a hacer con tu
sangre si te ganase; pero si quieres tener una prueba de lo que te
he explicado, apuesta cinco mil florines de oro de los tuyos, que
deben serte menos queridos que la cabeza, contra mil de los míos, y
aunque no pongas ningún límite, quiero obligarme a ir a Génova y
antes de tres meses luego de que me haya ido, haber hecho mi
voluntad con tu mujer, y en señal de ello traer conmigo algunas de
sus cosas más queridas, y tales y tantos indicios que tú mismo
confieses que es verdad, a condición de que me des tu palabra de no
venir a Génova antes de este límite ni escribirle nada sobre este
asunto.
Bernabó dijo que le placía mucho; y aunque
los otros mercaderes que allí estaban se ingeniasen en estorbar
aquel hecho, conociendo que gran mal podía nacer de él, estaban sin
embargo tan encendidos los ánimos de los dos mercaderes que, contra
la voluntad de los otros, por buenos escritos con sus propias manos
se comprometieron el uno con el otro. Y hecho el compromiso, Bernabó
se quedó y Ambruogiuolo lo antes que pudo se vino a Génova.
Y quedándose allí algunos días y con mucha
cautela informándose del nombre del barrio y de las costumbres de la
señora, aquello y más oyó que le había oído a Bernabó; por lo que le
pareció haber emprendido necia empresa. Pero sin embargo, habiendo
conocido a una pobre mujer que mucho iba a su casa y a la que la
señora quería mucho, no pudiéndola inducir a otra cosa, la corrompió
con dineros y por ella, dentro de un arca construida para su
propósito, se hizo llevar no solamente a la casa sino también a la
alcoba de la noble señora: y allí, como si a alguna parte quisiese
irse la buena mujer, según las órdenes dadas por Ambruogiuolo, le
pidió que la guardase algunos días. Quedándose, pues, el arca en la
cámara y llegada la noche, cuando Ambruogiuolo pensó que la señora
dormía, abriéndola con ciertos instrumentos que llevaba, salió a la
alcoba silenciosamente, en la que había una luz encendida; por lo
cual la situación de la cámara, las pinturas y todas las demás cosas
notables que en ella había empezó a mirar y a guardar en su memoria.
Luego, aproximándose a la cama y viendo que la señora y una
muchachita que con ella estaba dormían profundamente, despacio la
descubrió toda y vio que era tan hermosa desnuda como vestida, y
ninguna señal para poder contarla le vio fuera de una que tenía en
la teta izquierda, que era un lunar alrededor del cual había algunos
pelillos rubios como el oro; y visto esto, calladamente la volvió a
tapar, aunque, viéndola tan hermosa, las ganas le dieron de
aventurar su vida y acostársele al lado.
Pero como había oído que era tan rigurosa y
agreste en aquellos asuntos no se arriesgó y, quedándose la mayor
parte de la noche por la alcoba a su gusto, una bolsa y una saya
sacó de un cofre suyo, y unos anillos y un cinturón, y poniendo todo
aquello en su arca, él también se metió en ella, y la cerró como
estaba antes: y lo mismo hizo dos noches sin que la señora se diera
cuenta de nada. Llegado el tercer día, según la orden dada, la buena
mujer volvió a por su arca, y se la llevó allí de donde la había
traído; saliendo de la cual Ambruogiuolo y contentando a la mujer
según le había prometido, lo antes que pudo con aquellas cosas se
volvió a París antes del término que se había puesto. Allí, llamando
a los mercaderes que habían estado presentes a las palabras y a las
apuestas, estando presente Bernabó dijo que había ganado la apuesta
que había hecho, puesto que había logrado aquello de lo que se había
gloriado: y de que ello era verdad, primeramente dibujó la forma de
la alcoba y las pinturas que en ella había, y luego mostró las cosas
de ella que se había llevado consigo, afirmando que se las había
dado. Confesó Bernabó que tal era la cámara como decía y que,
además, reconocía que aquellas cosas verdaderamente habían sido de
su mujer; pero dijo que había podido por algunos de los criados de
la casa saber las características de la alcoba y del mismo modo
haber conseguido las cosas; por lo que, si no decía nada más, no le
parecía que aquello bastase para darse por ganador. Por lo que
Ambruogiuolo dijo: -En verdad que esto debía bastar; pero como
quieres que diga algo más, lo diré. Te digo que la señora Zinevra,
tu mujer, tiene debajo de la teta izquierda un lunar grandecillo,
alrededor del cual hay unos pelillos rubios como el oro.
Cuando Bernabó oyó esto, le pareció que le
habían hundido un cuchillo en el corazón, tal dolor sintió, y con el
rostro demudado, aún sin decir palabra, dio señales asaz manifiestas
de ser verdad lo que Ambruogiuolo decía; y después de un poco dijo:
-Señores, lo que dice Ambruogiuolo es
verdad, y por ello, habiendo ganado, que venga cuando le plazca y
será pagado.
Y así fue al día siguiente Ambruogiuolo
enteramente pagado: y Bernabó, saliendo de París, con crueles
designios contra su mujer, hacia Génova se vino. Y acercándose allí,
no quiso entrar en ella sino que se quedó a unas veinte millas en
una de sus posesiones; y a un servidor suyo, de quien mucho se
fiaba, con dos caballos y con sus cartas mandó a Génova,
escribiéndole a la señora que había vuelto y que viniera a su
encuentro: al cual servidor secretamente le ordenó que, cuando
estuviese con la señora en el lugar que mejor le pareciese, sin
falta la matase y volviese a donde estaba él. Llegado, pues, el
servidor a Génova y entregadas las cartas y hecha su embajada, fue
por la señora con gran fiesta recibido; y ella a la mañana
siguiente, montando con el servidor a caballo, hacia su posesión se
puso en camino; y caminando juntos y hablando de diversas cosas,
llegaron a un valle muy profundo y solitario y rodeado por altas
rocas y árboles; el cual, pareciéndole al servidor un lugar donde
podía con seguridad cumplir el mandato de su señor, sacando fuera el
cuchillo y cogiendo a la señora por el brazo dijo:
-Señora, encomendad vuestra alma a Dios,
que, sin proseguir adelante, es necesario que muráis. La señora,
viendo el cuchillo y oyendo las palabras, toda espantada, dijo:
-¡Merced, por Dios! Antes de que me mates dime en qué te he ofendido
para que debas matarme. -Señora -dijo el servidor-, a mí no me
habéis ofendido en nada: pero en qué hayáis ofendido a vuestro
marido yo no lo sé, sino que él me mandó que, sin teneros ninguna
misericordia, en este camino os matase: y si no lo hiciera me
amenazó con hacerme colgar. Sabéis bien qué obligado le estoy y que
a cualquier cosa que él me ordene no puedo decirle que no: sabe Dios
que por vos siento compasión, pero no puedo hacer otra cosa.
A lo que la señora, llorando, dijo:
-¡Ay, merced por Dios!, no quieras
convertirte en homicida de quien no te ofendió por servir a otro.
Dios, que todo lo sabe, sabe que no hice nunca nada por lo cual deba
recibir tal pago de mi marido. Pero dejemos ahora esto; puedes, si
quieres, a la vez agradar a Dios, a tu señor y a mí de esta manera:
que cojas estas ropas mías, y dame solamente tu jubón y una capa, y
con ellas vuelve a tu señor y el mío y dile que me has matado; y te
juro por la salvación que me hayas dado que me alejaré y me iré a
algún lugar donde nunca ni a ti ni a él en estas comarcas llegará
noticia de mí. El servidor, que contra su gusto la mataba,
fácilmente se compadeció; por lo que, tomando sus paños y dándole un
juboncillo suyo y una capa con capuchón, y dejándole algunos dineros
que ella tenía, rogándole que de aquellas comarcas se alejase, la
dejó en el valle a pie y se fue a donde su señor, al que dijo que no
solamente su orden había sido cumplida sino que el cuerpo de ella
muerto había arrojado a algunos lobos. Bernabó, luego de algún
tiempo, se volvió a Génova y, cuando se supo lo que había hecho, muy
recriminado fue.
La señora, quedándose sola y desconsolada,
al venir la noche, disimulándose lo mejor que pudo fue a una
aldehuela vecina de allí, y allí, comprándole a una vieja lo que
necesitaba, arregló el jubón a su medida, y lo acortó, y se hizo con
su camisa un par de calzas y cortándose los cabellos y disfrazándose
toda de marinero, hacia el mar se fue, donde por ventura encontró a
un noble catalán cuyo nombre era señer en Cararh, que de una nave
suya, que estaba algo alejada de allí, había bajado a Alba a
refrescarse en una fuente; con el cual, entrando en conversación, se
contrató por servidor, y subió con él a la nave, haciéndose llamar
Sicurán de Finale. Allí, con mejores paños vestido con atavío de
gentilhombre, lo empezó a servir tan bien y tan capazmente que
sobremanera le agradó.
Sucedió a no mucho tiempo de entonces que
este catalán con su carga navegó a Alejandría y llevó al sultán
ciertos halcones peregrinos, y se los regaló; y habiéndole el sultán
invitado a comer alguna vez y vistas las maneras de Sicurán que
siempre a atenderle iba, y agradándole, se lo pidió al catalán, y
éste, aunque duro le pareció, se lo dejó. Sicurán en poco tiempo no
menos la gracia y el amor del sultán conquistó, con su esmero, que
lo había hecho los del catalán; por lo que con el paso del tiempo
sucedió que, debiéndose hacer en cierta época del año una gran
reunión de mercaderes cristianos y sarracenos, a manera de feria, en
Acre , que estaba bajo la señoría del sultán, y para que los
mercaderes y las mercancías seguras estuvieran, siempre había
acostumbrado el sultán a mandar allí, además de sus otros oficiales,
algunos de sus dignatarios con gente que atendiese a la guardia;
para cuya necesidad, llegado el tiempo, deliberó mandar a Sicurán,
el cual ya sabía la lengua óptimamente, y así lo hizo. Venido, pues,
Sicurán a Acre como señor y capitán de la guardia de los mercaderes
y las mercancías, y desempeñando allí bien y solícitamente lo que
pertenecía a su oficio, y andando dando vueltas vigilando, y viendo
a muchos mercaderes sicilianos y pisanos y genoveses y venecianos y
otros italianos, con ellos de buen grado se entretenía, recordando
su tierra. Ahora, sucedió una vez que, habiendo él un día
descabalgado en un depósito de mercaderes venecianos, vio entre
otras joyas una bolsa y un cinturón que enseguida reconoció como que
habían sido suyos, y se maravilló; pero sin hacer ningún gesto,
amablemente preguntó de quién eran y si se vendían. Había venido
allí Ambruogiuolo de Piacenza con muchas mercancías en una nave de
venecianos; el cual, al oír que el capitán de la guardia preguntaba
de quién eran, dio unos pasos adelante y, riendo, dijo:
-Micer, las cosas son mías, y no las vendo,
pero si os agradan os las daré con gusto. Sicurán, viéndole reír,
sospechó que le hubiese reconocido en algún gesto; pero, poniendo
serio rostro, dijo:
-Te ríes tal vez porque me ves a mí, hombre
de armas, andar preguntando sobre estas cosas femeninas. Dijo
Ambruogiuolo:
-Micer, no me río de eso sino que me río
del modo en que las conseguí. A lo que Sicurán dijo:
-¡Ah, así Dios te dé buena ventura, si no
te desagrada, di cómo las conseguiste! -Micer -dijo Ambruogiuolo-,
me las dio con alguna otra cosa una noble señora de Génova llamada
señora Zinevra, mujer de Bernabó Lomellin, una noche que me acosté
con ella, y me rogó que por su amor las guardase. Ahora, me río
porque me he acordado de la necedad de Bernabó, que fue de tanta
locura que apostó cinco mil florines de oro contra mil a que su
mujer no se rendía a mi voluntad; lo que hice yo y vencí la apuesta;
y él, a quien más por su brutalidad debía castigarse que a ella por
haber hecho lo que todas las mujeres hacen, volviendo de París a
Génova, según lo he oído, la hizo matar. Sicurán, al oír esto,
pronto comprendió cuál había sido la razón de la ira de Bernabó
contra ella y claramente conoció que éste era el causante de todo su
mal; y determinó en su interior no dejarlo seguir impune. Hizo ver,
pues, Sicurán haber gustado mucho de esta historia y arteramente
trabó con él una estrecha familiaridad, tanto que, por sus consejos,
Ambruogiuolo, terminada la feria, con él y con todas sus cosas se
fue a Alejandría, donde Sicurán le hizo hacer un depósito y le
entregó bastantes de sus dineros; por lo que él, viéndose sacar gran
provecho, se quedaba de buena gana. Sicurán, preocupado por
demostrar su inocencia a Bernabó, no descansó hasta que, con ayuda
de algunos grandes mercaderes genoveses que en Alejandría estaban,
encontrando raras razones, le hizo venir; y estando éste en asaz
pobre estado, por algún amigo suyo le hizo recibir ocultamente hasta
el momento que le pareciese oportuno para hacer lo que hacer
entendía. Había ya Sicurán hecho contar a Ambruogiuolo la historia
delante del sultán, y hecho que el sultán gustase de ella; pero
luego que vio aquí a Bernabó, pensando que no había que dar largas a
la tarea, buscando el momento oportuno, pidió al sultán que llamase
a Ambruogiuolo y a Bernabó, y que en presencia de Bernabó, si no
podía hacerse fácilmente, con severidad se arrancase a Ambruogiuolo
la verdad de cómo había sido aquello de lo que él se jactaba de la
mujer de Bernabó.
Por la cual cosa, Ambruogiuolo y Bernabó
venidos, el sultán en presencia de muchos, con severo rostro, a
Ambruogiuolo mandó que dijese la verdad de cómo había ganado a
Bernabó cinco mil florines de oro; y estaba presente allí Sicurán,
en el que Ambruogiuolo más confiaba, y él con rostro mucho más
airado le amenazaba con gravísimos tormentos si no la decía. Por lo
que Ambruogiuolo, espantado por una parte y otra, y obligado, en
presencia de Bernabó y de muchos otros, no esperando más castigo que
1a devolución de los cinco mil florines de oro y de las cosas,
claramente cómo había sido el asunto todo lo contó. Y habiéndolo
contado Ambruogiuolo, Sicurán, como delegado del sultán en aquello,
volviéndose a Bernabó dijo:
-¿Y tú, qué le hiciste por esta mentira a
tu mujer?
A lo que Bernabó repuso:
-Yo, llevado de la ira por la pérdida de
mis dineros y de la vergüenza por el deshonor que me parecía haber
recibido de mi mujer, hice que un servidor mío la matara, y según lo
que él me contó, pronto fue devorada por muchos lobos.
Dichas todas estas cosas en presencia del
sultán y por él oídas y entendidas todas, no sabiendo él todavía a
dónde Sicurán (que esto le había pedido y ordenado) quisiese llegar,
le dijo Sicurán: -Señor mío, asaz claramente podéis conocer cuánto
aquella buena señora pueda gloriarse del amante y del marido; porque
el amante en un punto la priva del honor manchando con mentiras su
fama y aparta de ella al marido; y el marido, más crédulo de las
falsedades ajenas que de la verdad que él por larga experiencia
podía conocer, la hace matar y comer por los lobos y además de esto,
es tanto el cariño y el amor que el amigo y el marido 1e tienen que,
estando largo tiempo con ella, ninguno la conoce. Pero porque vos
óptimamente conocéis lo que cada uno de éstos ha merecido, si
queréis por una especial gracia, concederme que castiguéis al
engañador y perdonéis al engañado, la haré que venga ante vuestra
presencia. El sultán, dispuesto en este asunto a complacer a Sicurán
en todo, dijo que le placía y que hiciese venir a la mujer. Se
maravillaba mucho Bernabó, que firmemente la creía muerta; y
Ambruogiuolo, ya adivino de su mal, de más tenía miedo que de pagar
dineros y no sabía si esperar o si temer más que la señora viniese,
pero con gran maravilla su venida esperaba. Hecha, pues, la
concesión por el sultán a Sicurán, éste, llorando y arrojándose de
rodillas ante el sultán, en un punto abandonó la masculina voz y el
querer parecer varón, y dijo:
-Señor mío, yo soy la mísera y desventurada
Zinevra, que seis años llevo rodando disfrazada de hombre por el
mundo, por este traidor Ambruogiuolo falsamente y criminalmente
infamada, y por este cruel e inicuo hombre entregada a la muerte a
manos de su criado y a ser comida por los lobos. Y rasgándose los
vestidos y mostrando el pecho, que era mujer al sultán y a todos los
demás hizo evidente; volviéndose luego a Ambruogiuolo, preguntándole
con injurias cuándo, según se jactaba, se había acostado con ella.
El cual, ya reconociéndola y mudo de vergüenza, no decía nada. El
sultán, que siempre por hombre la había tenido, viendo y oyendo
esto, tanto se maravilló que más creía ser sueño que verdad aquello
que oía y veía. Pero después que el asombro pasó, conociendo la
verdad, con suma alabanza la vida y la constancia y las costumbres y
la virtud de Zinevra, hasta entonces llamada Sicurán, loó. Y
haciéndole traer riquísimas vestiduras femeninas y damas que le
hicieran compañía según la petición hecha por ella, a Bernabó
perdonó la merecida muerte; el cual, reconociéndola, a los pies se
le arrojó llorando y le pidió perdón, lo que ella, aunque mal fuese
digno de él, benignamente le concedió, y le hizo levantarse
tiernamente abrazándolo como a su marido.
El sultán después mandó que incontinenti
Ambruogiuolo en algún lugar de la ciudad fuese atado al sol a un
palo y untado de miel, y que de allí nunca, hasta que por sí mismo
cayese, fuese quitado; y así se hizo. Después de esto, mandó que lo
que había sido de Ambruogiuolo fuese dado a la señora, que no era
tan poco que no valiera más de diez mil doblas : y él, haciendo
preparar una hermosísima fiesta, en ella a Bernabó como a marido de
la señora Zinevra, y a la señora Zinevra como valerosísima mujer
honró, y le dio, tanto en joyas como en vajilla de oro y de plata
como en dineros, tanto que valió más de otras diez mil doblas.
Y haciendo preparar un barco para ellos,
luego que terminó la fiesta que les hacía, les dio licencia para
poder volver a Génova si quisieran; adonde riquísimos y con gran
alegría volvieron, y con sumo honor fueron recibidos y especialmente
la señora Zinevra, a quien todos creían muerta; y siempre de gran
virtud y en mucho, mientras vivió, fue reputada. Ambruogiuolo, el
mismo día que fue atado al palo y untado de miel, con grandísima
angustia suya por las moscas y por las avispas y por los tábanos, en
los que aquel país es muy abundante, fue no solamente muerto sino
devorado hasta los huesos; los que, blancos y colgando de sus
tendones, por mucho tiempo después, sin ser movidos de allí, de su
maldad fueron testimonio a cualquiera que los veía. Y así el
burlador fue burlado.
NOVELA DÉCIMA
Paganín de Mónaco roba la mujer a micer
Ricciardo de Chínzica, el cual, sabiendo dónde está ella, va y se
hace amigo de Paganín; le pide que se la devuelva y él, si ella
quiere, se lo concede, ella no quiere volver con él, y muerto micer
Ricciardo, se casa con Paganín.
Todos los de la honrada compañía alabaron
por buena la historia contada por su reina, y mayormente Dioneo, el
único a quien faltaba novelar por la presente jornada; el cual,
luego de hacer muchas alabanzas de ella, dijo:
Hermosas señoras, una parte de la historia
de la reina me ha hecho mudar la opinión de contar una que tenía en
el ánimo a decir otra: y es la bestialidad de Bernabó (aunque
terminase bien) y de todos los demás que se dan a creer lo que él
mostraba que creía: es decir, que ellos, yendo por el mundo con ésta
y con aquélla ahora una vez y ahora otra solazándose, se imaginan
que las mujeres dejadas en casa se estén de brazos cruzados, como si
no supiésemos, quienes entre ellas nacemos y crecemos y estamos, qué
es lo que les gusta. Y contándola os mostraré cuál sea la estupidez
de estos tales, y cuánto mayor sea la de quienes, estimándose más
poderosos que la naturaleza, se persuaden (con fantásticos
razonamientos) de poder hacer lo que no pueden y se esfuerzan por
traer a otro a lo que ellos son, no sufriéndolo la naturaleza de
quien es arrastrado.
Hubo, pues, un juez en Pisa, más que de
fuerza corporal dotado de ingenio, cuyo nombre fue micer Ricciardo
de Chínzica, el cual, creyendo tal vez satisfacer a su mujer con las
mismas obras que hacía para sus estudios, siendo muy rico, con no
poca solicitud buscó a una mujer hermosa y joven por esposa, cuando
de lo uno y lo otro, si hubiese sabido aconsejarse él mismo como
hacía a los demás, debía huir. Y lo consiguió, porque micer Lotto
Gualandi le dio por mujer a una hija suya cuyo nombre era
Bartolomea, una de las más hermosas y vanidosas jóvenes de Pisa, aun
cuando allí haya pocas que no parezcan lagartijas gusaneras . A la
cual, el juez, llevándola con grandísima fiesta a su casa, y
celebrando unas bodas hermosas y magníficas, acertó la primera noche
a tocarla una vez para consumar el matrimonio, y poco faltó para que
hiciera tablas; el cual, luego por la mañana, como quien era magro y
seco y de poco espíritu, tuvo que confortarse con garnacha y con
dulces, y con otros remedios volverse a la vida.
Pues este señor juez, habiendo aprendido a
estimar mejor sus fuerzas que antes, empezó a enseñarle a ella un
calendario bueno para los niños que aprenden a leer, y quizás hecho
en Rávena ; porque, según le enseñaba, no había día en que no tan
sólo una fiesta sino muchas se celebrasen; en reverencia de las
cuales, por diversas razones le enseñaba que el hombre y la mujer
debían abstenerse de tales ayuntamientos, añadiendo a ellos los
ayunos y las cuatro témporas y vigilias de los apóstoles y de mil
otros santos, y viernes y sábados, y el domingo del Señor, y toda la
Cuaresma, y ciertas fases de la luna y otras muchas excepciones,
pensando tal vez que tanto convenía descansar de las mujeres en la
cama como descansos él se tomaba al pleitear sus causas. Y esta
costumbre, no sin gran melancolía de la mujer, a quien tal vez
tocaba una vez al mes, y apenas, por mucho tiempo mantuvo; siempre
guardándola mucho, para que ningún otro fuera a enseñarle los días
laborables tan bien como él le había enseñado las fiestas. Sucedió
que, haciendo mucho calor, a micer Ricciardo le dieron ganas de ir a
recrearse a una posesión suya muy hermosa cercana a Montenero, y
allí, para tomar el aire, quedarse algunos días. Y llevó consigo a
su hermosa mujer, y estando allí, por entretenerla un poco, mandó un
día salir de pesca; y en dos barquillas, él en una con los
pescadores y ella en otra con las otras mujeres, fueron a mirar y,
sintiéndose a gusto, se adentraron en el mar unas cuantas millas
casi sin darse cuenta. Y mientras estaban atentos mirando, de
improviso una galera de Paganín de Mónaco, entonces muy famoso
corsario, apareció, y vistas las barcas, se enderezó a ellas; y no
pudieron tan pronto huir que Paganín no llegase a aquella en que
iban las mujeres, en la cual viendo a la hermosa señora, sin querer
otra cosa, viéndolo micer Ricciardo que estaba ya en tierra,
subiéndola a ella a su galera, se fue. Viendo lo cual micer el juez,
que era tan celoso que temía al aire mismo, no hay que preguntar si
le pesó. Sin provecho se quejó, en Pisa y en otras partes, de la
maldad de los corsarios, sin saber quién le había quitado a la mujer
o dónde la había llevado. A Paganín, al verla tan hermosa, le
pareció que había hecho un buen negocio; y no teniendo mujer pensó
quedarse con ella siempre, y como lloraba mucho empezó a consolarla
dulcemente. Y, venida la noche, habiéndosele a él el calendario
caído de las manos y salido de la memoria cualquier fiesta o feria,
empezó a consolarla con los hechos, pareciéndole que de poco habían
servido las palabras durante el día; y de tal modo la consoló que,
antes de que llegasen a Mónaco, el juez y sus leyes se le habían ido
de la memoria y empezó a vivir con Paganín lo más alegremente del
mundo; el cual, llevándola a Mónaco, además de los consuelos que de
día y de noche le daba, honradamente como a su mujer la tenía.
Después de cierto tiempo, llegando a los oídos de micer Ricciardo
dónde estaba su mujer, con ardentísimo deseo, pensando que nadie
sabía verdaderamente hacer lo que se necesitaba para aquello, se
dispuso a ir él mismo, dispuesto a gastar en el rescate cualquier
cantidad de dineros; y haciéndose a la mar, se fue a Mónaco, y allí
la vio y ella a él, la cual por la tarde se lo dijo a Paganín e
informó de sus intenciones. A la mañana siguiente, micer Ricciardo,
viendo a Paganín, se acercó a él y estableció con él en un momento
gran familiaridad y amistad, fingiendo Paganín no reconocerlo y
esperando a ver a dónde quería llegar. Por lo que, cuando pareció
oportuno a micer Ricciardo, como mejor supo y del modo más amable,
descubrió la razón por la que había venido, rogándole que tomase lo
que pluguiera y le devolviese a la mujer. A quien Paganín, con
alegre rostro, repuso:
-Micer, sois bien venido; y respondiéndoos
brevemente, os digo: es verdad que tengo en casa a una joven que no
sé si es vuestra mujer o de algún otro, porque a vos no os conozco,
ni a ella tampoco sino en tanto en cuanto, conmigo ha estado algún
tiempo. Si sois vos su marido, como decís, yo, como parecéis
gentilhombre amable, os llevaré donde ella, y estoy seguro de que os
reconocerá. Si ella dice que es como decís, y quiere irse con vos,
por amor de vuestra amabilidad, me daréis de rescate por ella lo que
vos mismo queráis; si no fuera así, haríais una villanía en
querérmela quitar porque yo soy joven y puedo tanto como otro tener
una mujer, y especialmente ella que es la más agradable que he visto
nunca. Dijo entonces micer Ricciardo:
-Por cierto que es mi mujer, y si me llevas
donde ella esté, lo verás pronto: se me echará al cuello
incontinenti; y por ello te pido que no sea de otra manera que como
tú has pensado. -Pues entonces -dijo Paganín- vamos.
Fueron, pues, a la casa de Paganín y,
estando ella en una cámara suya, Paganín la hizo llamar; y ella,
vestida y dispuesta, salió de una cámara y vino a donde micer
Ricciardo con Paganín estaba, e hizo tanto caso a micer Ricciardo
como lo hubiera hecho a cualquier otro forastero que con Paganín
hubiera venido a su casa. Lo que viendo el juez, que esperaba ser
recibido por ella con grandísima fiesta, se maravilló fuertemente, y
empezó a decirse:
«Tal vez la melancolía y el largo dolor que
he pasado desde que la perdí me ha desfigurado tanto que no me
reconoce».
Por lo que le dijo:
-Señora, caro me cuesta haberte llevado a
pescar, porque un dolor semejante no sentí nunca al que he tenido
desde que te perdí, y tú no pareces reconocerme, pues tan
hurañamente me diriges la palabra. ¿No ves que soy tu micer
Ricciardo, venido aquí a pagarle lo que quiera a este gentilhombre
en cuya casa estamos, para recuperarte y llevarte conmigo; y él, su
merced, por lo que quiera darle te devuelve a mí? La mujer,
volviéndose a él, sonriéndose una pizquita, dijo: -Micer, ¿me lo
decís a mí? Mirad que no me hayáis tomado por otra porque yo no me
acuerdo de haberos visto nunca.
Dijo micer Ricciardo:
-Mira lo que dices: mírame bien; si bien te
acuerdas bien verás que soy tu micer Ricciardo de Chínzica. La
señora dijo:
-Micer, perdonadme: puede que no sea a mí
tan honesto miraros mucho como os imagináis, pero os he mirado lo
bastante para saber que nunca jamás os he visto. Imaginóse micer
Ricciardo que hacía esto de no querer confesar en su presencia
reconocerlo por temor a Paganín por lo que, luego de algún tanto,
pidió por merced a Paganín que le dejase hablar en una cámara a
solas con ella. Paganín dijo que le placía a cambio de que no la
besase contra su voluntad, y mandó a la mujer que fuese con él a la
alcoba y escuchase lo que quisiera decirle, y le respondiera como
quisiese. Yéndose, pues, a la alcoba solos la señora y micer
Ricciardo, en cuanto se sentaron, empezó micer Ricciardo a decir:
-¡Ah!, corazón de mi cuerpo, dulce alma
mía, esperanza mía, ¿no reconoces a tu Ricciardo que te ama más que
a sí mismo? ¿Cómo puede ser? ¿Estoy tan desfigurado? ¡Ah!, bellos
ojos míos, mírame un poco. La mujer se echó a reír y sin dejarlo
seguir, dijo:
-Bien sabéis que no soy tan desmemoriada
que no sepa que sois micer Ricciardo de Chínzica, mi marido; pero
mientras estuve con vos mostrasteis conocerme muy mal, porque si
erais sabio o lo sois, como queréis que de vos se piense, debíais
haber tenido el conocimiento de ver que yo era joven y fresca y
gallarda, y saber por consiguiente lo que las mujeres jóvenes piden
(aunque no lo digan por vergüenza) además de vestir y comer; y lo
que hacíais en eso bien lo sabéis. Y si os gustaba más el estudio de
las leyes que la mujer, no debíais haberla tomado; aunque a mí me
parezca que nunca fuisteis juez sino un pregonero de ferias y
fiestas, tan bien os las sabíais, y de ayunos y de vigilias. Y os
digo que si tantas fiestas hubierais hecho guardar a los labradores
que labraban vuestras tierras como hacíais guardar al que tenía que
labrar mi pequeño huertecillo, nunca hubieseis recogido un grano de
trigo. Me he doblegado a quien Dios ha querido, como piadoso
defensor de mi juventud, con quien me quedo en esta alcoba, donde no
se sabe lo que son las fiestas, digo aquellas que vos, más devoto de
Dios que de servir a las damas, tantas celebrabais; y nunca por esta
puerta entraron sábados ni domingos ni vigilia ni cuatro témporas ni
cuaresma, que es tan larga, sino que de día y de noche se trabaja y
se bate la lana; y desde que esta noche tocaron maitines, bien sé
cómo anduvo el asunto más de una vez. Y, así, entiendo quedarme con
él y trabajar mientras sea joven, y las fiestas y las
peregrinaciones y los ayunos esperar a hacerlos cuando sea vieja; y
vos idos con buena ventura lo más pronto que podáis y, sin mí,
guardad cuantas fiestas gustéis. Micer Ricciardo, oyendo estas
palabras, sufría un dolor insoportable, dijo, luego que vio que
callaba: -¡Ah, dulce alma mía!, ¿qué palabras son las que me has
dicho? ¿Pues no miras el honor de tus parientes y el tuyo? ¿Quieres
de ahora en adelante quedarte aquí de barragana con éste, y en
pecado mortal, en lugar de en Pisa ser mi mujer? Éste, cuando le
hayas hartado, con gran vituperio tuyo te echará a la calle; yo te
tendré siempre amor y siempre, aunque yo no lo quisiera, serías el
ama de mi casa. ¿Debes por este apetito desordenado y deshonesto
abandonar tu honor y a mí que te amo más que a mi vida? ¡Ah,
esperanza mía!, no digáis eso, dignaos venir conmigo: yo de aquí en
adelante, puesto que conozco tu deseo, me esforzaré; pero, dulce
bien mío, cambia de opinión y vente conmigo, que no he tenido ningún
bien desde que me fuiste arrebatada.
Y la mujer le respondió:
-Por mi honor no creo que nadie, ahora que
ya nada puede hacerse, se preocupe más que yo: ¡ojalá se hubieran
preocupado mis parientes cuando me entregaron a vos! Y si ellos no
lo hicieron por el mío, no entiendo yo hacerlo ahora por el de
ellos; y si ahora estoy en pecado mortero, alguna vez estaré en
pecado macero: no os preocupéis más por mí. Y os digo más, que aquí
me parece ser la mujer de Paganín y en Pisa me parecía ser vuestra
barragana, pensando que según las fases de la luna y las escuadras
geométricas debíamos vos y yo ayuntar los planetas, mientras que
Paganín toda la noche me tiene en brazos y me aprieta y me muerde,
¡y cómo me cuida dígalo Dios por mí! Decís aún que os esforzaréis:
¿y en qué?, ¿en empatar en tres bazas y levantarla a palos ? ¡Ya veo
que os habéis hecho un caballero de pro desde que no os he visto!
Andad y esforzaos por vivir: que me parece que estáis a pensión, tan
flacucho y delgado me parecéis. Y aún os digo más: que cuando éste
me deje, a lo que no me parece dispuesto, sea donde sea donde tenga
que estar, no entiendo volver nunca con vos que, exprimiéndoos todo
no podría hacerse con vos ni una escudilla de salsa, porque con
grandísimo daño mío e interés y réditos allí estuve una vez; por lo
que en otra parte buscaré mi pitanza. Lo que os digo es que no habrá
fiesta ni vigilia donde entiendo quedarme; y por ello, lo antes que
podáis, andaos con Dios, si no, gritaré que queréis forzarme. Micer
Ricciardo, viéndose en mal trance y aun conociendo entonces su
locura al elegir mujer joven estando desmadejado, doliente y triste,
salió de la alcoba y dijo a Paganín muchas palabras que de nada le
valieron. Y por último, sin haber conseguido nada, dejada la mujer,
se volvió a Pisa, y en tal locura dio por el dolor que, yendo por
Pisa, a quien le saludaba o le preguntaba algo, no respondía nada
más que: -¡El mal foro no quiere fiestas !
Y luego de no mucho tiempo murió; de lo que
enterándose Paganín, y sabiendo el amor que la mujer le tenía, la
desposó como su legítima esposa, y sin nunca guardar fiestas ni
vigilias o hacer ayunos, trabajaron mientras las piernas les
sostuvieron y bien se divirtieron. Por lo cual, queridas señoras
mías, me parece que el señor Bernabó disputando con Ambruogiuolo
quisiese apartar la cabra del monte. Esta historia hizo reír tanto a
toda la compañía que no había nadie a quien no le doliesen las
mandíbulas; y de común consentimiento todas las mujeres dijeron que
Dioneo llevaba razón y que Bernabó había sido un animal. Pero luego
que terminó la historia y las risas callaron, habiendo mirado la
reina que la hora era ya tardía y que todos habían novelado, y el
fin de su señorío había llegado, según el orden comenzado,
quitándose la guirnalda de la cabeza, sobre la cabeza la puso de
Neifile, diciendo con alegre gesto:
-Ya, cara compañera, sea tuyo el gobierno
de este pequeño pueblo -y volvió a sentarse. Neifile se ruborizó un
poco con el recibido honor, y su rostro parecía una fresca rosa de
abril o de mayo tal como se muestra al clarear el día, con los ojos
anhelantes y chispeantes (no de otro modo que una matutina estrella)
un poco bajos. Pero luego que el cortés murmullo de los
circunstantes (en el que su disposición favorable a la reina
mostraban alegremente) se reposó y que ella recuperó el ánimo,
sentándose un poco más alto de lo que acostumbraba, dijo:
-Puesto que así es que vuestra reina soy,
no alejándome de la costumbre seguida por aquellas que antes de mí
lo han sido, cuyo gobierno habéis alabado obedeciéndolo, os haré
manifiesto en pocas palabras mi parecer; que si por vuestra opinión
es estimado, seguiremos. Como sabéis, mañana es viernes y el día
siguiente sábado, días que, por las comidas que se acostumbran en
ellos, son un tanto enojosos a la mayoría de la gente; sin decir
que, el viernes, atendiendo a que en él Aquel que por nuestra vida
murió, sufrió pasión, es digno de reverencia; por lo que justa cosa
y muy honesta reputaría que, en honor de Dios, más con oraciones que
con historias nos entretuviésemos. Y el sábado es costumbre de las
mujeres lavarse la cabeza y quitarse todo el polvo, toda la suciedad
que por el trabajo de la semana anterior se hubiese cogido; y
también muchos acostumbran a ayunar en reverencia a la Virgen madre
del Hijo de Dios, y de ahí en adelante, en honor del domingo
siguiente, descansar de cualquier trabajo; por lo que, no pudiendo
tan plenamente en esos días seguir el orden en el vivir que hemos
adoptado, también estimo que estaría bien que esos días depongamos
las historias. Luego, como habremos estado aquí cuatro días, si
queremos evitar que llegue la gente nueva, juzgo oportuno mudarnos
de aquí e irnos a otra parte; y dónde ya lo he pensado y provisto.
Allí, cuando estemos reunidos el domingo después de dormir, como
hemos tenido hoy mucho tiempo para razonar conversando, tanto porque
tendréis más tiempo para pensar como porque será mejor que se limite
un poco la libertad en novelar y que se hable de uno de los muchos
casos de la fortuna, he pensado que sea sobre quien alguna cosa muy
deseada haya conseguido con industria o una pérdida recuperado.
Sobre lo cual, piense cada uno en decir algo que a la compañía pueda
ser útil o al menos deleitable, siempre con la salvedad del
privilegio de Dioneo. Todo el mundo alabó lo dicho y lo imaginado
por la reina, y así establecieron que fuese. La cual, después de
esto, haciendo llamar a su senescal, dónde debía poner la mesa por
la tarde le dijo, y todo lo que luego debía hacer en todo el tiempo
de su señorío plenamente le expuso; y hecho así, poniéndose en pie
con su compañía, les dio licencia para hacer lo que a cada uno más
gustase. Tomaron, pues, las señoras y los hombres el camino de un
jardincillo, y allí, luego de que un tanto se hubieron entretenido,
venida la hora de la cena, con fiesta y con placer cenaron; y
levantándose de allí, según plugo a la reina, conduciendo Emilia la
carola, la siguiente canción de Pampínea, que los demás coreaban, se
cantó:
¿Quién podría cantar en lugar mío
- que tengo y gozo todo cuanto ansío?
- Ven, pues, Amor, razón de mi ventura,
- de la esperanza y de toda alegría,
- ven conmigo a cantar
- no de suspiros, penas y amargura,
- que ahora me es dulce lo que fue agonía,
- sino de este brillar
- del fuego en cuyas llamas quiero estar
- adorándote a ti como a dios mío.
- Tú ante los ojos me trajiste, Amor,
- cuando en tu fuego ardí por vez primera,
- a uno de tal talante
- que en beldad y osadía, y en valor,
- otro mejor jamás se encontraría,
- ni aún otro semejante;
- y tanto me inflamó que en este instante
- feliz te estoy cantando, señor mío.
- Y este que es para mí sumo placer
- y que me quiere cuanto yo le quiero
- Amor, por tu merced,
- por lo que en este mundo mi querer
- tengo y gozar de paz en otro espero;
- y pues le guardo fe
- que aun a su reino Dios, que esto lo ve,
- por su bondad nos llevará confío .
Después de ésta, otras muchas se cantaron y
se bailaron muchas danzas y se tocaron distintas músicas; pero
juzgando la reina que era tiempo de tener que irse a descansar, con
las antorchas por delante cada uno a su cámara se fueron, y durante
los dos días siguientes atendiendo a aquellas cosa que la reina
había hablado, esperando con deseo la llegada del domingo.
TERMINA LA SEGUNDA JORNADA
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