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PROEMIO
COMIENZA EL LIBRO LLAMADO DECAMERÓN, APELLIDADO PRÍNCIPE GALEOTO,
EN EL QUE SE CONTIENEN CIEN NOVELAS CONTADAS EN DIEZ DÍAS POR SIETE
MUJERES Y POR TRES HOMBRES JÓVENES.
HUMANA cosa es tener compasión de los
afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio es que la
sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y lo han
encontrado en otros: entre los cuales, si hubo alguien de él
necesitado o le fue querido o ya de él recibió el contento, me
cuento yo. Porque desde mi primera juventud hasta este tiempo
habiendo estado sobremanera inflamado por altísimo y noble amor (tal
vez, por yo narrarlo, bastante más de lo que parecería conveniente a
mi baja condición aunque por los discretos a cuya noticia llegó
fuese alabado y reputado en mucho ), no menos me fue grandísima
fatiga sufrirlo: ciertamente no por crueldad de la mujer amada sino
por el excesivo fuego concebido en la mente por el poco dominado
apetito, el cual porque con ningún razonable límite me dejaba estar
contento, me hacía muchas veces sentir más dolor del que había
necesidad. Y en aquella angustia tanto alivio me procuraron las
afables razones de algún amigo y sus loables consuelos, que tengo la
opinión firmísima de que por haberme sucedido así no estoy muerto.
Pero cuando plugo a Aquél que, siendo infinito, dio por ley
inconmovible a todas las cosas mundanas el tener fin, mi amor, más
que cualquiera otro ardiente y al cual no había podido ni romper ni
doblar ninguna fuerza de voluntad ni de consejo ni de vergüenza
evidente ni ningún peligro que pudiera seguirse de ello, disminuyó
con el tiempo, de tal guisa que sólo me ha dejado de sí mismo en la
memoria aquel placer que acostumbra ofrecer a quien no se pone a
navegar en sus más hondos piélagos, por lo que, habiendo
desaparecido todos sus afanes, siento que ha permanecido deleitoso
donde en mí solía doloroso estar. Pero, aunque haya cesado la pena,
no por eso ha huido el recuerdo de los beneficios recibidos entonces
de aquéllos a quienes, por benevolencia hacia mí, les eran graves
mis fatigas; ni nunca se irá, tal como creo, sino con la muerte. Y
porque la gratitud, según lo creo, es entre las demás virtudes
sumamente de alabar y su contraria de maldecir, por no parecer
ingrato me he propuesto prestar algún alivio, en lo que puedo y a
cambio de los que he recibido (ahora que puedo llamarme libre), si
no a quienes me ayudaron, que por ventura no tienen necesidad de él
por su cordura y por su buena suerte, al menos a quienes lo hayan
menester. Y aunque mi apoyo, o consuelo si queremos llamarlo así,
pueda ser y sea bastante poco para los necesitados, no deja de
parecerme que deba ofrecerse primero allí donde la necesidad parezca
mayor, tanto porque será más útil como porque será recibido con
mayor deseo. ¿Y quién podrá negar que, por pequeño que sea, no
convenga darlo mucho más a las amables mujeres que a los hombres?
Ellas, dentro de los delicados pechos, temiendo y avergonzándose,
tienen ocultas las amorosas llamas (que cuán mayor fuerza tienen que
las manifiestas saben quienes lo han probado y lo prueban); y
además, obligadas por los deseos, los gustos, los mandatos de los
padres, de las madres, los hermanos y los maridos, pasan la mayor
parte del tiempo confinadas en el pequeño circuito de sus alcobas,
sentadas y ociosas, y queriendo y no queriendo en un punto,
revuelven en sus cabezas diversos pensamientos que no es posible que
todos sean alegres. Y si a causa de ellos, traída por algún fogoso
deseo, les invade alguna tristeza, les es fuerza detenerse en ella
con grave dolor si nuevas razones no la remueven, sin contar con
ellas son mucho menos fuertes que los hombres; lo que no sucede a
los hombres enamorados, tal como podemos ver abiertamente nosotros.
Ellos, si les aflige alguna tristeza o pensamiento grave, tienen
muchos medios de aliviarse o de olvidarlo porque, si lo quieren,
nada les impide pasear, oír y ver muchas cosas, darse a la cetrería,
cazar o pescar, jugar y mercadear, por los cuales modos todos
encuentran la fuerza de recobrar el ánimo, o en parte o en todo, y
removerlo del doloroso pensamiento al menos por algún espacio de
tiempo; después del cual, de un modo o de otro, o sobreviene el
consuelo o el dolor disminuye. Por consiguiente, para que al menos
por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos
obligado era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue más avara
de ayuda, en socorro y refugio de las que aman (porque a las otras
les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo contar
cien novelas, o fábulas o parábolas o historias, como las queramos
llamar, narradas en diez días, como manifiestamente aparecerá, por
una honrada compañía de siete mujeres y tres jóvenes, en los
pestilentes tiempos de la pasada mortandad, y algunas canciones
cantadas a su gusto por las dichas señoras. En las cuales novelas se
verán casos de amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos
acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los
antiguos; de los cuales, las ya dichas mujeres que los lean, a la
par podrán tomar solaz en las cosas deleitosas mostradas y útil
consejo, por lo que podrán conocer qué ha de ser huido e igualmente
qué ha de ser seguido: cosas que sin que se les pase el dolor no
creo que puedan suceder. Y si ello sucede, que quiera Dios que así
sea, den gracias a Amor que, librándome de sus ligaduras, me ha
concedido poder atender a sus placeres.
PRIMERA JORNADA
COMIENZA LA PRIMERA JORNADA DEL DECAMERÓN,
EN QUE, LUEGO DE LA EXPLICACIÓN DADA POR EL AUTOR SOBRE LA RAZÓN POR
QUE ACAECIÓ QUE SE REUNIESEN LAS PERSONAS QUE SE MUESTRAN RAZONANDO
ENTRE SÍ, SE RAZONA BAJO EL GOBIERNO DE PAMPÍNEA SOBRE LO QUE MÁS
AGRADA A CADA UNO.
Cuando más graciosísimas damas, pienso cuán
piadosas sois por naturaleza, tanto más conozco que la presente obra
tendrá a vuestro juicio un principio penoso y triste, tal como es el
doloroso recuerdo de aquella pestífera mortandad pasada ,
universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la
vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza. Pero
no quiero que por ello os asuste seguir leyendo como si entre
suspiros y lágrimas debieseis pasar la lectura. Este horroroso
comienzo os sea no otra cosa que a los caminantes una montaña áspera
y empinada después de la cual se halla escondida una llanura
hermosísima y deleitosa que les es más placentera cuanto mayor ha
sido la dureza de la subida y la bajada. Y así como el final de la
alegría suele ser el dolor, las miserias se terminan con el gozo que
las sigue. A este breve disgusto (y digo breve porque se contiene en
pocas palabras) seguirá prontamente la dulzura y el placer que os he
prometido y que tal vez no sería esperado de tal comienzo si no lo
hubiera hecho. Y en verdad si yo hubiera podido decorosamente
llevaros por otra parte a donde deseo en lugar de por un sendero tan
áspero como es éste, lo habría hecho de buena gana; pero ya que la
razón por la que sucedieron las cosas que después se leerán no se
podía manifestar sin este recuerdo, como empujado por la necesidad
me dispongo a escribirlo.
Digo, pues, que ya habían los años de la
fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil
trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia,
nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la
mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por
nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la
justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado
algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran
cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en
otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo
contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de
la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello
y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos
consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las
humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una
vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al
principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y
en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como
en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto
signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los
varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las
axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de
una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que
eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del
cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a
extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e
inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse
en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y
por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y
raras y a otros menudas y abundantes. Y así como la buba había sido
y seguía siendo indicio certísimo de muerte futura, lo mismo eran
éstas a quienes les sobrevenían. Y para curar tal enfermedad no
parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de
medicina alguna; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese
o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más
allá de los entendidos había proliferado grandísimamente el número
tanto de hombres como de mujeres que nunca habían tenido ningún
conocimiento de medicina) no supiese por qué era movido y por
consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos
los que curaban sino que casi todos antes del tercer día de la
aparición de las señales antes dichas, quién antes, quién después, y
la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta
pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de
ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no
de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y
engrasadas cuando se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal: que
no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos
enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños
o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos
enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el
que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por
los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese sido visto,
apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy
digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese oído. Digo que
de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no
solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e
hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían sido
del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que
en brevísimo espacio lo mataban. De lo cual mis ojos, como he dicho
hace poco, fueron entre otras cosas testigos un día porque, estando
los despojos de un pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados
en la vía pública, y tropezando con ellos dos puercos, y como según
su costumbre se agarrasen y le tirasen de las mejillas primero con
el hocico y luego con los dientes, un momento más tarde, tras
algunas contorsiones y como si hubieran tomado veneno, ambos a dos
cayeron muertos en tierra sobre los maltratados despojos. De tales
cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron
miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi
todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir
a los enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que
conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que
vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer
gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían
separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas
casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor,
usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos
vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni
querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el
tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se
entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que
la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y
andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con
todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que
sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo
de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo
inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos
solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer.
Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como
quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como
a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes
y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado
el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de
los enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de
nuestra ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las
divinas como de las humanas, toda caída y deshecha por sus ministros
y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos
o se habían quedado tan carentes de servidores que no podían hacer
oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo
que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más
arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como
los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes
tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito,
usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear llevando en
las manos flores, hierbas odoríferas o diversas clases de especias,
que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era óptima
cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado
todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la
enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles
(como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina
era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos
por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos
hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas,
sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o
al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para
castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente
fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de
su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella
y ser llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de
diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban,
sino que, enfermándose muchos en cada una de ellas y en distintos
lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a
los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidecían ahora. Y
no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún
vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o
nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta
tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un
hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al
hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es
y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no
fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes
enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como
mujeres, ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los
amigos, de los que había pocos, o la avaricia de los criados que por
gruesos salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello
no se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y
mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal servicio,
que casi no servían para otra cosa que para llevar a los enfermos
algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y sirviendo en
tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. Y de este
ser abandonados los enfermos por los vecinos, los parientes y los
amigos, y de haber escasez de sirvientes se siguió una costumbre no
oída antes: que a ninguna mujer por bella o gallarda o noble que
fuese, si enfermaba, le importaba tener a su servicio a un hombre,
como fuese, joven o no, ni mostrarle sin ninguna vergüenza todas las
partes de su cuerpo no de otra manera que hubiese hecho a otra
mujer, si se lo pedía la necesidad de su enfermedad; lo que en
aquellas que se curaron fue razón de honestidad menor en el tiempo
que sucedió. Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que,
por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los
que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos
no podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la ciudad
la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor
oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por necesidad,
cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos
nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora
vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la
casa del muerto, y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban;
y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se
reunían sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad
del muerto allí venía el clero, y él en hombros de sus iguales, con
funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él antes de
la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la
ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y
otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin
tener muchas mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran
muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y
poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las
amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en
lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las
agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres,
en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían
aprendido óptimamente. Y eran raros aquellos cuerpos que fuesen por
más de diez o doce de sus vecinos acompañados a la iglesia; a los
cuales no llevaban sobre los hombros los honrados y amados
ciudadanos, sino una especie de sepultureros salidos de la gente
baja que se hacían llamar faquines y hacían este servicio a sueldo
poniéndose debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no a
aquella iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la
más cercana la mayoría de las veces lo llevaban, detrás de cuatro o
seis clérigos con pocas luces y a veces sin ninguna; los que, con la
ayuda de los dichos faquines, sin cansarse en un oficio demasiado
largo o solemne, en cualquier sepultura desocupada encontrada
primero lo metían. De la gente baja, y tal vez de la mediana, el
espectáculo estaba lleno de mucha mayor miseria, porque éstos, o por
la esperanza o la pobreza retenidos la mayoría en sus casas,
quedándose en sus barrios, enfermaban a millares por día, y no
siendo ni servidos ni ayudados por nadie, sin redención alguna
morían todos. Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de
noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor
corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los
vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda
parte morían, una muchedumbre. Era sobre todo observada una
costumbre por los vecinos, movidos no menos por el temor de que la
corrupción de los muertos no los ofendiese que por el amor que
tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos o con ayuda de
algunos acarreadores cuando podían tenerla, sacaban de sus casas los
cuerpos de los ya finados y los ponían delante de sus puertas
(donde, especialmente por la mañana, hubiera podido ver un sinnúmero
de ellos quien se hubiese paseado por allí) y allí hacían venir los
ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de ellos pusieron sobre
alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó juntas a dos
o tres personas; ni sucedió una vez sola sino que se habrían podido
contar bastantes de los que la mujer y el marido, los dos o tres
hermanos, o el padre y el hijo, o así sucesivamente, contuvieron. Y
muchas veces sucedió que, andando dos curas con una cruz a por
alguno, se pusieron tres o cuatro ataúdes, llevados por
acarreadores, detrás de ella; y donde los curas creían tener un
muerto para sepultar, tenían seis u ocho, o tal vez más. Tampoco
eran éstos con lágrimas o luces o compañía honrados, sino que la
cosa había llegado a tanto que no de otra manera se cuidaba de los
hombres que morían que se cuidaría ahora de las cabras; por lo que
apareció asaz manifiestamente que aquello que el curso natural de
las cosas no había podido con sus pequeños y raros daños mostrar a
los sabios que se debía soportar con paciencia, lo hacía la grandeza
de los males aún con los simples, desaprensivos y despreocupados. A
la gran multitud de muertos mostrada que a todas las iglesias, todos
los días y casi todas las horas, era conducida, no bastando la
tierra sagrada a las sepulturas (y máxime queriendo dar a cada uno
un lugar propio según la antigua costumbre), se hacían por los
cementerios de las iglesias, después que todas las partes estaban
llenas, fosas grandísimas en las que se ponían a centenares los que
llegaban, y en aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las
naves en capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se
llegaba a ras de suelo. Y por no ir buscando por la ciudad todos los
detalles de nuestras pasadas miserias en ella sucedidas, digo que
con un tiempo tan enemigo que corrió ésta, no por ello se ahorró
algo al campo circundante; en el cual, dejando los burgos, que eran
semejantes, en su pequeñez, a la ciudad, por las aldeas esparcidas
por él y los campos, los labradores míseros y pobres y sus familias,
sin trabajo de médico ni ayuda de servidores, por las calles y por
los collados y por las casas, de día o de noche indiferentemente, no
como hombres sino como bestias morían. Por lo cual, éstos, disolutas
sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna
de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la
muerte en el mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no en
ayudar a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de sus
pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano. Por lo que
los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los
pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que
fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las
cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni
siquiera segadas, iban como más les placía; y muchos, como
racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la
noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor.
¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad,
sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte
la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y
por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad
por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas
humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que
dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal
vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro
tantas? ¡Oh cuántos grandes palacios, cuántas bellas casas, cuántas
nobles moradas llenas por dentro de gentes, de señores y de damas,
quedaron vacías hasta del menor infante! ¡Oh cuántos memorables
linajes, cuántas amplísimas herencias, cuántas famosas riquezas se
vieron quedar sin sucesor legítimo! ¡Cuántos valerosos hombres,
cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no
otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos,
desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la
tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!
A mí mismo me disgusta andar revolviéndome
tanto entre tantas miserias; por lo que, queriendo dejar aquella
parte de las que convenientemente puedo evitar, digo que, estando en
estos términos nuestra ciudad de habitantes casi vacía, sucedió, así
como yo después oí a una persona digna de fe, que en la venerable
iglesia de Santa María la Nueva, un martes de mañana, no habiendo
casi ninguna otra persona, oídos los divinos oficios en hábitos de
duelo, como pedían semejantes tiempos, se encontraron siete mujeres
jóvenes, todas entre sí unidas o por amistad o por vecindad o por
parentesco, de las cuales ninguna había pasado el vigésimo año ni
era menor de dieciocho, discretas todas y de sangre noble y hermosas
de figura y adornadas con ropas y honestidad gallarda. Sus nombres
diría yo debidamente si una justa razón no me impidiese hacerlo, que
es que no quiero que por las cosas contadas de ellas que se siguen,
y por lo escuchado, ninguna pueda avergonzarse en el tiempo por
venir, estando hoy un tanto restringidas las leyes del placer que
entonces, por las razones antes dichas, eran no ya para su edad sino
para otra mucho más madura amplísimas; ni tampoco dar materia a los
envidiosos (prestos a mancillar toda vida loable), de disminuir en
ningún modo la honestidad de las valerosas mujeres en conversaciones
desconsideradas. Pero, sin embargo, para que aquello que cada una
dijese se pueda comprender pronto sin confusión, con nombres
convenientes a la calidad de cada una, o en todo o en parte,
entiendo llamarlas; de las cuales a la primera, y la que era de más
edad, llamaremos Pampínea y a la segunda Fiameta, Filomena a la
tercera y a la cuarta Emilia, y después Laureta diremos a la quinta,
y a la sexta Neifile, y a la última, no sin razón, llamaremos Elisa
. Las cuales, no ya movidas por algún propósito sino por el acaso,
se reunieron en una de las partes de la iglesia como dispuestas a
sentarse en corro, y luego de muchos suspiros, dejando de rezar
padrenuestros, comenzaron a discurrir sobre la condición de los
tiempos muchas y variadas cosas; y luego de algún espacio, callando
las demás, así empezó a hablar Pampínea: -Vosotras podéis, queridas
señoras, tanto como yo haber oído muchas veces que a nadie ofende
quien honestamente hace uso de su derecho. Natural derecho es de
todos los que nacen ayudar a conservar y defender su propia vida
tanto cuanto pueden, y concededme esto, puesto que alguna vez ya ha
sucedido que, por conservarla, se hayan matado hombres sin ninguna
culpa. Y si esto conceden las leyes, a cuya solicitud está el buen
vivir de todos los mortales, ¡cuán mayormente es honesto que, sin
ofender a nadie, nosotras y cualquiera otro, tomemos los remedios
que podamos para la conservación de nuestra vida! Siempre que me
pongo a considerar nuestras acciones de esta mañana y de las ya
pasadas y pienso cuántos y cuáles son nuestros pensamientos,
comprendo, y vosotras de igual modo lo podéis comprender, que cada
una de nosotras tema por sí misma; y no me maravillo por ello, sino
que me maravillo de que sucediéndonos a todas tener sentimiento de
mujer, no tomemos alguna compensación de aquello que fundadamente
tememos. Estamos viviendo aquí, a mi parecer, no de otro modo que si
quisiésemos y debiésemos ser testigos de cuantos cuerpos muertos se
llevan a la sepultura, o escuchar si los frailes de aquí dentro (el
número de los cuales casi ha llegado a cero) cantan sus oficios a
las horas debidas, o mostrar a cualquiera que aparezca, por nuestros
hábitos, la calidad y la cantidad de nuestras miserias. Y, si
salimos de aquí, o vemos cuerpos muertos o enfermos llevados por las
calles, o vemos aquellos a quienes por sus delitos la autoridad de
las públicas leyes condenó al exilio, escarneciéndolas porque oyeron
que sus ejecutores estaban muertos o enfermos, y con descompensado
ímpetu recorriendo la ciudad, o a las heces de nuestra ciudad,
enardecidas con nuestra sangre, llamarse faquines y en ultraje
nuestro andar cabalgando y discurriendo por todas partes,
acusándonos de nuestros males con deshonestas canciones. Y no otra
cosa oímos sino «los tales son muertos», y «los otros tales están
muriéndose»; y si hubiera quien pudiese hacerlo, por todas partes
oiríamos dolorosos llantos. Y si a nuestras casas volvemos, no sé si
a vosotras como a mí os sucede: yo, de mucha familia, no encontrando
otra persona en ella que a mi criada, empavorezco y siento que se me
erizan los cabellos, y me parece, dondequiera que voy o me quedo,
ver la sombra de los que han fallecido, y no con aquellos rostros
que solían sino con un aspecto horrible, no sé en dónde extrañamente
adquirido, espantarme. Por todo lo cual, aquí y fuera de aquí, y en
casa, me siento mal, y tanto más ahora cuando me parece que no hay
persona que aún tenga pulso y lugar donde ir, como tenemos nosotras,
que se haya quedado aquí salvo nosotras. Y he oído y visto muchas
veces que si algunos quedan, aquéllos, sin hacer distinción alguna
entre las cosas honestas y las que no lo son, sólo con que el
apetito se lo pida, y solos y acompañados, de día o de noche, hacen
lo que mejor se les ofrece; y no sólo las personas libres sino
también las encerradas en monasterios, persuadiéndose de que les
conviene aquello que en los otros no desdice, rotas las leyes de la
obediencia, se dan a deleites carnales, de tal guisa pensando
salvarse, y se han hecho lascivas y disolutas. Y si así es, como
manifiestamente se ve, ¿qué hacemos aquí nosotras?, ¿qué esperamos?,
¿qué soñamos? ¿Por qué somos más perezosas y lentas en nuestra
salvación que todos los demás ciudadanos? ¿Nos reputamos de menor
valor que todos los demás?, ¿o creemos que nuestra vida está atada
con cadenas más fuertes a nuestro cuerpo que la de los otros, y así
no debemos pensar que nada tenga fuerza para ofenderla? Estamos
equivocadas, nos engañamos, qué brutalidad es la nuestra si lo
creemos así, cuantas veces queramos recordar cuántos y cuáles han
sido los jóvenes y las mujeres vencidos por esta cruel pestilencia,
tendremos una demostración clarísima. Y por ello, a fin de que por
repugnancia o presunción no caigamos en aquello de lo que por
ventura, queriéndolo, podremos escapar de algún modo, no sé si os
parecerá a vosotras lo que a mí me parece: yo juzgaría óptimamente
que, tal como estamos, y así como muchos han hecho antes que
nosotras y hacen, saliésemos de esta tierra, y huyendo como de la
muerte los deshonestos ejemplos ajenos, honestamente fuésemos a
estar en nuestras villas campestres (en que todas abundamos) y allí
aquella fiesta, aquella alegría y aquel placer que pudiésemos sin
traspasar en ningún punto el límite de lo razonable, lo tomásemos .
Allí se oye cantar los pajarillos, se ve verdear los collados y las
llanuras, y a los campos llenos de mieses ondear no de otro modo que
el mar y muchas clases de árboles, y el cielo más abiertamente; el
cual, por muy enojado que esté, no por ello nos niega sus bellezas
eternas, que mucho más bellas son de admirar que los muros vacíos de
nuestra ciudad. Y es allí, a más de esto, el aire asaz más fresco, y
de las cosas que son necesarias a la vida en estos tiempos hay allí
más abundancia, y es menor el número de las enojosas: porque allí,
aunque también mueran los labradores como aquí los ciudadanos, el
disgusto es tanto menor cuanto más raras son las casas y los
habitantes que en la ciudad. Y aquí, por otra parte, si veo bien, no
abandonamos a nadie, antes podemos con verdad decir que fuimos
abandonadas: porque los nuestros, o muriendo o huyendo de la muerte,
como si no fuésemos suyas nos han dejado en tanta aflicción. Ningún
reproche puede hacerse, por consiguiente, a seguir tal consejo,
mientras que el dolor y el disgusto, y tal vez la muerte, podrían
acaecernos si no lo seguimos. Y por ello, si os parece, tomando
nuestras criadas y haciéndonos seguir de las cosas oportunas, hoy en
este sitio y mañana en aquél, la alegría y la fiesta que en estos
tiempos se pueda creo que estará bien que gocemos; y que
permanezcamos de esta guisa hasta que veamos (si primero la muerte
no nos alcanza) qué fin reserva el cielo a estas cosas. Y recordad
que no desdice de nosotras irnos honestamente cuando gran parte de
los otros deshonestamente se quedan. Habiendo escuchado a Pampínea
las otras mujeres, no solamente alabaron su razonamiento sino que,
deseosas de seguirlo, habían ya entre sí empezado a considerar el
modo de llevarlo a cabo, como si al levantarse de donde estaban
sentadas inmediatamente debieran ponerse en camino. Pero Filomena,
que era discretísima, dijo:
-Señoras, por muy óptimamente dicho que
haya estado el razonamiento de Pampínea, no por ello es cosa de
correr a hacerlo así como parece que queréis. Os recuerdo que somos
todas mujeres y no hay ninguna tan moza que no pueda conocer bien
cómo se saben gobernar las mujeres juntas y sin la providencia de
algún hombre. Somos volubles, alborotadoras, suspicaces, pusilánimes
y miedosas , cosas por las que mucho dudo que, si no tomamos otra
guía más que la nuestra, no se disuelva esta compañía mucho antes y
con menos honor para nosotras de lo que sería menester: y por ello
bueno es tomar providencias antes de empezar.
Dijo entonces Elisa:
-En verdad los hombres son cabeza de la
mujer y sin su dirección raras veces llega alguna de nuestras obras
a un fin loable: pero ¿cómo podemos encontrar esos hombres? Todas
sabemos que de los nuestros están la mayoría muertos, y los otros
que viven se han quedado uno aquí otro allá en distinta compañía,
sin que sepamos dónde, huyéndole a aquello de que nosotras queremos
huir, y el admitir a extraños no sería conveniente; por lo que, si
queremos correr tras la salud, nos conviene encontrar el modo de
organizarnos de tal manera que de aquello en lo que queremos
encontrar deleite y reposo no se siga disgusto y escándalo. Mientras
entre las mujeres andaban estos razonamientos, he aquí que entran en
la iglesia tres jóvenes, que no lo eran tanto que no fuese de menos
de veinticinco años la edad del más joven: ni la calidad y
perversidad de los tiempos, ni la pérdida de amigos y de parientes,
ni el temor por sí mismos había podido no sólo extinguir el amor en
ellos sino ni aun enfriarlos. De los cuales uno era llamado Pánfilo
y Filostrato el segundo y el último Dioneo , todos afables y
corteses; y andaban buscando, como su mayor consuelo en tanta
perturbación de las cosas, ver a sus damas, las cuales estaban las
tres por ventura entre las ya dichas siete, y de las demás eran
parientes de alguno de ellos. Pero primero llegaron ellos a los ojos
de éstas que éstas fueron vistas por ellos; por lo que Pampínea,
entonces, sonriéndose comenzó: -He aquí que la fortuna es favorable
a nuestros comienzos y nos ha puesto delante a estos jóvenes
discretos y valerosos que nos harán con gusto de guías y servidores
si no dejamos de tomarles para este oficio.
Neifile, entonces, que toda se había
sonrojado de vergüenza porque era una de las amadas por los jóvenes,
dijo:
-Pampínea, por Dios, mira lo que dices.
Reconozco abiertamente que nada más que cosas todas buenas pueden
decirse de cualquiera de ellos, y los creo capaces de muchas mayores
cosas de las que son necesarias para éstas, y semejantemente creo
que pueden ofrecer buena y honesta compañía no solamente a nosotras
sino a otras mucho más hermosas y estimadas de lo que nosotras
somos; pero como es cosa manifiesta que están enamorados de algunas
de las que aquí están, temo que se siga difamación y reproches, sin
nuestra culpa o la suya, si los llevamos con nosotras. Dijo entonces
Filomena:
-Eso poca monta; allá donde yo honestamente
viva y no me remuerda de nada la conciencia, hable quien quiera en
contra: Dios y la verdad tomarán por mí las armas. Pues, si
estuviesen dispuestos a venir podríamos decir en verdad, como
Pampínea dijo, que la fortuna es favorable a nuestra partida. Las
demás, oyendo a éstas hablar así, no solamente se callaron sino que
con sentimiento concorde dijeron todas que fuesen llamados y se les
dijese su intención; y se les rogase que quisieran tenerlas compañía
en el dicho viaje. Por lo que, sin más palabras, poniéndose en pie
Pampínea, que por consanguinidad era pariente de uno de ellos, se
dirigió hacia ellos, que estaban parados mirándolas y, saludándolos
con alegre gesto, les hizo manifiesta su intención y les rogó en
nombre de todas que con puro y fraternal ánimo se quisiesen disponer
a tenerlas compañía. Los jóvenes creyeron primero que se burlaba,
pero después que vieron que la dama hablaba en serio declararon
alegremente que estaban prontos, y sin poner dilación al asunto, a
fin de que partiesen, dieron órdenes de lo que había que hacer para
disponer la partida. Y ordenadamente haciendo aparejar todas las
cosas oportunas y mandadas ya a donde ellos querían ir, la mañana
siguiente, esto es, el miércoles, al clarear el día, las mujeres con
algunas de sus criadas y los tres jóvenes con tres de sus
sirvientes, saliendo de la ciudad, se pusieron en camino, y no más
de dos pequeñas millas se habían alejado de ella cuando llegaron al
lugar primeramente decidido. Estaba tal lugar sobre una pequeña
montaña, por todas partes alejado algo de nuestros caminos, con
diversos arbustos y plantas todas pobladas de verdes frondas
agradable de mirar; en su cima había una villa con un grande y
hermoso patio en medio, y con galerías y con salas y con alcobas
todas ellas bellísimas y adornadas con alegres pinturas dignas de
ser miradas, con pradecillos en torno y con jardines maravillosos y
con pozos de agua fresquísima y con bodegas llenas de preciosos
vinos: cosas más apropiadas para los bebedores consumados que para
las sobrias y honradas mujeres. La cual, bien barrida y con las
alcobas y las camas hechas, y llena de cuantas flores se podían
tener en la estación, y alfombrada con esparcidas ramas de juncos,
halló la compañía que llegaba, con no poco placer por su parte. Y al
reunirse por primera vez, dijo Dioneo, que más que ningún otro joven
era agradable y lleno de agudeza: -Señoras, vuestra discreción más
que nuestra previsión nos ha guiado aquí; yo no sé qué es lo que
intentáis hacer de vuestros pensamientos: los míos los dejé yo
dentro de las puertas de la ciudad cuando con vosotras hace poco me
salí de ella, y por ello o vosotras os disponéis a solazaros y a
reír y a cantar conmigo (tanto, digo, como conviene a vuestra
dignidad) o me dais licencia para que a por mis pensamientos retorne
y me quede en aquella ciudad atribulada.
A lo que Pampínea, no de otro modo que si
semejantemente hubiese arrojado de sí todos los suyos, contestó
alegre:
-Dioneo, óptimamente hablas: hemos de vivir
festivamente pues no otra cosa que las tristezas nos han hecho huir.
Pero como las cosas que no tienen orden no pueden durar largamente,
yo que fui la iniciadora de los rozamientos por los que se ha
formado esta buena compañía, pensando en la continuación de nuestra
alegría, estimo que es de necesidad elegir entre nosotros a alguno
como más principal a quien honremos y obedezcamos como a mayor,
todos cuyos pensamientos se dirijan por el cuidado de hacernos vivir
alegremente. Y para que todos prueben el peso de las preocupaciones
junto con el placer de la autoridad, y por consiguiente, llevado de
una parte a la otra, no pueda quien no lo prueba sentir envidia
alguna, digo que a cada uno por un día se atribuya el peso y con él
el honor, y quien sea el primero de nosotros se deba a la elección
de todos; los que le sucedan, al acercarse la hora del crepúsculo,
sean aquel o aquella que plazca a quien aquel día haya tenido tal
señorío, y este tal, según su arbitrio, durante el tiempo de su
señorío, del lugar y el modo en el que hayamos de vivir, ordene y
disponga. Estas palabras agradaron grandemente y a una voz la
eligieron por reina del primer día, y Filomena, corriendo
prestamente hacia un laurel, porque muchas veces había oído hablar
de cuán grande honor sus frondas eran dignas y cuán digno honor
hacían a quien era con ellas meritoriamente coronado, cogiendo
algunas ramas, hizo una guirnalda honrosa y bien arreglada que,
poniéndosela en la cabeza, fue, mientras duró aquella compañía,
manifiesto signo a todos los demás del real señorío y preeminencia.
Pampínea, hecha reina, mandó que todos callasen, habiendo hecho ya
llamar allí a los servidores de los tres jóvenes y a sus criadas; y
callando todos, dijo:
-Para dar primero ejemplo a todos vosotros
para que, procediendo de bien en mejor, nuestra compañía con orden y
con placer y sin ningún deshonor viva y dure cuanto lo deseemos,
nombro primeramente a Pármeno , criado de Dioneo, mi senescal, y a
él encomiendo el cuidado y la solicitud por toda nuestra familia y
lo que pertenece al servicio de la sala. Sirisco, criado de Pánfilo,
quiero que sea administrador y tesorero y que siga las órdenes de
Pármeno. Tíndaro, al servicio de Filostrato y de los otros dos, que
se ocupe de sus alcobas cuando los otros, ocupados en sus oficios,
no puedan ocuparse. Misia, mi criada, y Licisca, de Filomena,
estarán continuamente en la cocina y aparejarán diligentemente las
viandas que por Pármeno le sean ordenadas. Quimera, de Laureta, y
Estratilia, de Fiameta, queremos que estén pendientes del gobierno
de las alcobas de las damas y de la limpieza de los lugares donde
estemos. Y a todos en general, por cuanto estimen nuestra gracia,
queremos y les ordenamos que se guarden, dondequiera que vayan, de
dondequiera que vuelvan, cualquier cosa que sea lo que oigan o vean,
de traer de fuera ninguna noticia que no sea alegre. -Y dadas
sumariamente estas órdenes, que fueron de todos encomiadas,
enderezándose, alegres en pie, dijo-: Aquí hay jardines, aquí hay
prados, aquí hay otros lugares muy deleitosos, por los cuales vaya
cada uno a su gusto solazándose; y al oír el toque de tercia, todos
estén aquí para comer con la fresca.
Despedida, pues, por la reciente reina, la
alegre compañía, los jóvenes junto con las bellas mujeres, hablando
de cosas agradables, con lento paso, se fueron por un jardín
haciéndose bellas guirnaldas de varias frondas y cantando
amorosamente. Y luego de haberse demorado así cuanto espacio les
había sido concedido por la reina, vueltos a casa, encontraron que
Pármeno había dado diligentemente principio a su oficio, por lo que,
al entrar en una sala de la planta baja, allí vieron las mesas
puestas con manteles blanquísimos y con vasos que parecían de plata,
y todas las cosas cubiertas de flores y de ramas de hiniesta; por lo
que, dada el agua a las manos, como gustó a la reina, según el
juicio de Pármeno, todos fueron a sentarse. Las viandas
delicadamente hechas llegaron y fueron aprestados vinos finísimos, y
sin más, en silencio los tres servidores sirvieron las mesas.
Alegrados todos por estas cosas, que eran bellas y ordenadas, con
placentero ingenio y con fiesta comieron; y levantadas las mesas,
como sucedía que todas las damas sabían bailar las danzas de carola,
y también los jóvenes, y parte de ellos tocar y cantar óptimamente,
mandó la reina que viniesen los instrumentos: y por su mandato,
Dioneo tomó un laúd y Fiameta una viola, comenzando a tocar
suavemente una danza. Por lo que la reina, con las otras damas,
cogiéndose de la mano en corro con los jóvenes, con lento paso,
mandados a comer los sirvientes, empezaron una carola: y cuando la
terminaron, a cantar canciones amables y alegres. Y de este modo
estuvieron tanto tiempo que a la reina le pareció que debían ir a
dormir; por lo que, dando a todos licencia, los tres jóvenes a sus
alcobas, separadas de las de las mujeres, se fueron; las cuales con
las camas bien hechas y tan llenas de flores como la sala
encontraron; y semejantemente las suyas las damas, por lo que,
desnudándose se fueron a reposar.
No hacía mucho que había sonado nona cuando
la reina, levantándose, hizo levantar a las demás y de igual modo a
los jóvenes, afirmando que era nocivo dormir demasiado de día; y así
se fueron a un pradecillo en que la hierba era verde y alta y el sol
no podía entrar por ninguna parte; y allí, donde se sentía un suave
vientecillo, todos se sentaron en corro sobre la verde hierba así
como la reina quiso. Y ella les dijo:
-Como veis, el sol está alto y el calor es
grande, y nada se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo
que ir ahora a cualquier lugar sería sin duda necedad. Aquí es bueno
y fresco estar y hay, como veis, tableros y piezas de ajedrez, y
cada uno puede, según lo que a su ánimo le dé más placer, encontrar
deleite. Pero si en esto se siguiera mi parecer, no jugando, en lo
que el ánimo de una de las partes ha de turbarse sin demasiado
placer de la otra o de quien está mirando, sino novelando (con lo
que, hablando uno, toda la compañía que le escucha toma deleite)
pasaríamos esta caliente parte del día. Cuando terminaseis cada uno
de contar una historia, el sol habría declinado y disminuido el
calor, y podríamos a donde más gusto nos diera ir a entretenernos; y
por ello, si esto que he dicho os place (ya que estoy dispuesta a
seguir vuestro gusto), hagámoslo; y si no os pluguiese, haga cada
uno lo que más le guste hasta la hora de vísperas. Las mujeres por
igual y todos los hombres alabaron el novelar. -Entonces -dijo la
reina-, si ello os place, por esta primera jornada quiero que cada
uno hable de lo que más le guste.
Y vuelta a Pánfilo, que se sentaba a su
derecha, amablemente le dijo que con una de sus historias diese
principio a las demás; y Pánfilo, oído el mandato, prestamente, y
siendo escuchado por todos, empezó así:
NOVELA PRIMERA
El seor Cepparello engaña a un santo fraile
con una falsa confesión y muere después, y habiendo sido un hombre
malvado en vida, es, muerto, reputado por santo y llamado San
Ciapelletto.
Conviene, carísimas señoras, que a todo lo
que el hombre hace le dé principio con el nombre de Aquél que fue de
todos hacedor; por lo que, debiendo yo el primero dar comienzo a
nuestro novelar, entiendo comenzar con uno de sus maravillosos
hechos para que, oyéndolo, nuestra esperanza en él como en cosa
inmutable se afirme, y siempre sea por nosotros alabado su nombre.
Manifiesta cosa es que, como las cosas temporales son todas
transitorias y mortales, están en sí y por fuera de sí llenas de
dolor, de angustia y de fatiga, y sujetas a infinitos peligros; a
los cuales no podremos nosotros sin algún error, los que vivimos
mezclados con ellas y somos parte de ellas, resistir ni hacerles
frente, si la especial gracia de Dios no nos presta fuerza y
prudencia. La cual, a nosotros y en nosotros no es de creer que
descienda por mérito alguno nuestro, sino por su propia benignidad
movida y por las plegarias impetradas de aquellos que, como lo somos
nosotros, fueron mortales y, habiendo seguido bien sus gustos
mientras tuvieron vida, ahora se han transformado con él en eternos
y bienaventurados; a los cuales nosotros mismos, como a procuradores
informados por experiencia de nuestra fragilidad, y tal vez no
atreviéndonos a mostrar nuestras plegarias ante la vista de tan
grande juez, les rogamos por las cosas que juzgamos oportunas. Y aún
más en Él, lleno de piadosa liberalidad hacia nosotros, señalemos
que, no pudiendo la agudeza de los ojos mortales traspasar en modo
alguno el secreto de la divina mente, a veces sucede que, engañados
por la opinión, hacemos procuradores ante su majestad a gentes que
han sido arrojadas por Ella al eterno exilio; y no por ello Aquél a
quien ninguna cosa es oculta (mirando más a la pureza del orante que
a su ignorancia o al exilio de aquél a quien le ruega) como si fuese
bienaventurado ante sus ojos, deja de escuchar a quienes le ruegan.
Lo que podrá aparecer manifiestamente en la novela que entiendo
contar: manifiestamente, digo, no el juicio de Dios sino el seguido
por los hombres. Se dice, pues, que habiéndose Musciatto Franzesi
convertido, de riquísimo y gran mercader en Francia, en caballero, y
debiendo venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra, hermano del
rey de Francia, que fue llamado y solicitado por el papa Bonifacio,
dándose cuenta de que sus negocios estaban, como muchas veces lo
están los de los mercaderes, muy intrincados acá y allá, y que no se
podían de ligero ni súbitamente desintrincar, pensó encomendarlos a
varias personas, y para todos encontró cómo; fuera de que le quedó
la duda de a quién dejar pudiese capaz de rescatar los créditos
hechos a varios borgoñones. Y la razón de la duda era saber que los
borgoñones son litigiosos y de mala condición y desleales, y a él no
le venía a la cabeza quién pudiese haber tan malvado en quien
pudiera tener alguna confianza para que pudiese oponerse a su
perversidad. Y después de haber estado pensando largamente en este
asunto, le vino a la memoria un seor Cepparello de Prato que muchas
veces se hospedaba en su casa de París, que porque era pequeño de
persona y muy acicalado, no sabiendo los franceses qué quería decir
Cepparello, y creyendo que vendría a decir capelo, es decir,
guirnalda, como en su romance, porque era pequeño como decimos, no
Chapelo, sino Ciappelletto le llamaban: y por Ciappelletto era
conocido en todas partes, donde pocos como Cepparello le conocían.
Era este Ciappelletto de esta vida: siendo notario, sentía
grandísima vergüenza si alguno de sus instrumentos (aunque fuesen
pocos) no fuera falso; de los cuales hubiera hecho tantos como le
hubiesen pedido gratuitamente, y con mejor gana que alguno de otra
clase muy bien pagado. Declaraba en falso con sumo gusto, tanto si
se le pedía como si no; y dándose en aquellos tiempos en Francia
grandísima fe a los juramentos, no preocupándose por hacerlos
falsos, vencía malvadamente en tantas causas cuantas le pidiesen que
jurara decir verdad por su fe. Tenía otra clase de placeres (y mucho
se empeñaba en ello) en suscitar entre amigos y parientes y
cualesquiera otras personas, males y enemistades y escándalos, de
los cuales cuantos mayores males veía seguirse, tanta mayor alegría
sentía. Si se le invitaba a algún homicidio o a cualquier otro acto
criminal, sin negarse nunca, de buena gana iba y muchas veces se
encontró gustosamente hiriendo y matando hombres con las propias
manos. Gran blasfemador era contra Dios y los santos, y por
cualquier cosa pequeña, como que era iracundo más que ningún otro. A
la iglesia no iba jamás, y a todos sus sacramentos como a cosa vil
escarnecía con abominables palabras; y por el contrario las tabernas
y los otros lugares deshonestos visitaba de buena gana y los
frecuentaba. A las mujeres era tan aficionado como lo son los perros
al bastón, con su contrario más que ningún otro hombre flaco se
deleitaba. Habría hurtado y robado con la misma conciencia con que
oraría un santo varón. Golosísimo y gran bebedor hasta a veces
sentir repugnantes náuseas; era solemne jugador con dados trucados.
Mas ¿por qué me alargo en tantas palabras?
Era el peor hombre, tal vez, que nunca hubiese nacido. Y su maldad
largo tiempo la sostuvo el poder y la autoridad de micer Musciatto,
por quien muchas veces no sólo de las personas privadas a quienes
con frecuencia injuriaba sino también de la justicia, a la que
siempre lo hacía, fue protegido.
Venido, pues, este seor Cepparello a la
memoria de micer Musciatto, que conocía óptimamente su vida, pensó
el dicho micer Musciatto que éste era el que necesitaba la maldad de
los borgoñones; por lo que, llamándole, le dijo así:
-Seor Ciappelletto, como sabes, estoy por
retirarme del todo de aquí y, teniendo entre otros que entenderme
con los borgoñones, hombres llenos de engaño, no sé quién pueda
dejar más apropiado que tú para rescatar de ellos mis bienes; y por
ello, como tú al presente nada estás haciendo, si quieres ocuparte
de esto entiendo conseguirte el favor de la corte y darte aquella
parte de lo que rescates que sea conveniente.
Seor Cepparello, que
se veía desocupado y mal provisto de bienes mundanos y veía que se
iba quien su sostén y auxilio había sido durante mucho tiempo, sin
ningún titubeo y como empujado por la necesidad se decidió sin
dilación alguna, como obligado por la necesidad y dijo que quería
hacerlo de buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo, recibidos por
seor Ciappelletto los poderes y las cartas credenciales del rey,
partido micer Musciatto, se fue a Borgoña donde casi nadie le
conocía: y allí de modo extraño a su naturaleza, benigna y
mansamente empezó a rescatar y hacer aquello a lo que había ido,
como si reservase la ira para el final. Y haciéndolo así,
hospedándose en la casa de dos hermanos florentinos que prestaban
con usura y por amor de micer Musciatto le honraban mucho, sucedió
que enfermó, con lo que los dos hermanos hicieron prestamente venir
médicos y criados para que le sirviesen en cualquier cosa necesaria
para recuperar la salud.
Pero toda ayuda era vana porque el buen
hombre, que era ya viejo y había vivido desordenadamente, según
decían los médicos iba de día en día de mal en peor como quien tiene
un mal de muerte; de lo que los dos hermanos mucho se dolían y un
día, muy cerca de la alcoba en que seor Ciappelletto yacía enfermo,
comenzaron a razonar entre ellos.
-¿Qué haremos de éste? -decía el uno al
otro-. Estamos por su causa en una situación pésima porque echarlo
fuera de nuestra casa tan enfermo nos traería gran tacha y sería
signo manifiesto de poco juicio al ver la gente que primero lo
habíamos recibido y después hecho servir y medicar tan solícitamente
para ahora, sin que haya podido hacer nada que pudiera ofendernos,
echarlo fuera de nuestra casa tan súbitamente, y enfermo de muerte.
Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querrá
confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia y, muriendo
sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir su cuerpo y será
arrojado a los fosos como un perro. Y si por el contrario se
confiesa, sus pecados son tantos y tan horribles que no los habrá
semejantes y ningún fraile o cura querrá ni podrá absolverle; por lo
que, no absuelto, será también arrojado a los fosos como un perro. Y
si esto sucede, el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio
(que les parece inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo)
como por el deseo que tiene de robarnos, viéndolo, se amotinará y
gritará: «Estos perros lombardos a los que la iglesia no quiere
recibir no pueden sufrirse más», y correrán en busca de nuestras
arcas y tal vez no solamente nos roben los haberes sino que pueden
quitarnos también la vida; por lo que de cualquiera guisa estamos
mal si éste se muere.
Seor Ciappelletto, que, decimos, yacía allí
cerca de donde éstos estaban hablando, teniendo el oído fino, como
la mayoría de las veces pasa a los enfermos, oyó lo que estaban
diciendo y los hizo llamar y les dijo:
-No quiero que temáis por mí ni tengáis
miedo de recibir por mi causa algún daño; he oído lo que habéis
estado hablando de mí y estoy certísimo de que sucedería como decís
si así como pensáis anduvieran las cosas; pero andarán de otra
manera. He hecho, viviendo, tantas injurias al Señor Dios que por
hacerle una más a la hora de la muerte poco se dará. Y por ello,
procurad hacer venir un fraile santo y valioso lo más que podáis, si
hay alguno que lo sea, y dejadme hacer, que yo concertaré firmemente
vuestros asuntos y los míos de tal manera que resulten bien y estéis
contentos.
Los dos hermanos, aunque no sintieron por
esto mucha esperanza, no dejaron de ir a un convento de frailes y
pidieron que algún hombre santo y sabio escuchase la confesión de un
lombardo que estaba enfermo en su casa; y les fue dado un fraile
anciano de santa y de buena vida, y gran maestro de la Escritura y
hombre muy venerable, a quien todos los ciudadanos tenían en
grandísima y especial devoción, y lo llevaron con ellos. El cual,
llegado a la cámara donde el seor Ciappelletto yacía, y sentándose a
su lado, empezó primero a confortarle benignamente y le preguntó
luego que cuánto tiempo hacía que no se había confesado. A lo que el
seor Ciappelletto, que nunca se había confesado, respondió:
-Padre mío, mi costumbre es de confesarme
todas las semanas al menos una vez; sin lo que son bastantes las que
me confieso más; y la verdad es que, desde que he enfermado, que son
casi ocho días, no me he confesado, tanto es el malestar que con la
enfermedad he tenido.
Dijo entonces el fraile:
-Hijo mío, bien has hecho, y así debes
hacer de ahora en adelante; y veo que si tan frecuentemente te
confiesas, poco trabajo tendré en escucharte y preguntarte.
Dijo seor Ciappelletto:
-Señor fraile, no digáis eso; yo no me he
confesado nunca tantas veces ni con tanta frecuencia que no quisiera
hacer siempre confesión general de todos los pecados que pudiera
recordar desde el día en que nací hasta el que me haya confesado; y
por ello os ruego, mi buen padre, que me preguntéis tan menudamente
de todas las cosas como si nunca me hubiera confesado, y no tengáis
compasión porque esté enfermo, que más quiero disgustar a estas
carnes mías que, excusándolas, hacer cosa que pudiese resultar en
perdición de mi alma, que mi Salvador rescató con su preciosa
sangre.
Estas palabras gustaron mucho al santo
varón y le parecieron señal de una mente bien dispuesta; y luego que
al seor Ciappelletto hubo alabado mucho esta práctica, empezó a
preguntarle si había alguna vez pecado lujuriosamente con alguna
mujer. A lo que seor Ciappelletto respondió suspirando:
-Padre, en esto me avergüenzo de decir la
verdad temiendo pecar de vanagloria.
A lo que el santo fraile dijo:
-Dila con tranquilidad, que por decir la
verdad ni en la confesión ni en otro caso nunca se ha pecado.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
-Ya que lo queréis así, os lo diré: soy tan
virgen como salí del cuerpo de mi madre.
-¡Oh, bendito seas de Dios! -dijo el
fraile-, ¡qué bien has hecho! Y al hacerlo has tenido tanto más
mérito cuando, si hubieras querido, tenías más libertad de hacer lo
contrario que tenemos nosotros y todos los otros que están
constreñidos por alguna regla.
Y luego de esto, le preguntó si había
desagradado a Dios con el pecado de la gula. A lo que, suspirando
mucho, seor Ciappelletto contestó que sí y muchas veces; porque,
como fuese que él, además de los ayunos de la cuaresma que las
personas devotas hacen durante el año, todas las semanas tuviera la
costumbre de ayunar a pan y agua al menos tres días, se había bebido
el agua con tanto deleite y tanto gusto y especialmente cuando había
sufrido alguna fatiga por rezar o ir en peregrinación, como los
grandes bebedores hacen con el vino. Y muchas veces había deseado
comer aquellas ensaladas de hierbas que hacen las mujeres cuando van
al campo, y algunas veces le había parecido mejor comer que le
parecía que debiese parecerle a quien ayuna por devoción como él
ayunaba. A lo que el fraile dijo:
-Hijo mío, estos pecados son naturales y
son asaz leves, y por ello no quiero que te apesadumbres la
conciencia más de lo necesario. A todos los hombres sucede que les
parezca bueno comer después de largo ayuno, y, después del
cansancio, beber.
-¡Oh! -dijo seor Ciappelletto-, padre mío,
no me digáis esto por confortarme; bien sabéis que yo sé que las
cosas que se hacen en servicio de Dios deben hacerse limpiamente y
sin ninguna mancha en el ánimo: y quien lo hace de otra manera,
peca.
El fraile, contentísimo, dijo:
-Y yo estoy contento de que así lo
entiendas en tu ánimo, y mucho me place tu pura y buena conciencia.
Pero dime, ¿has pecado de avaricia deseando más de lo conveniente y
teniendo lo que no debieras tener?
A lo que seor Ciappelletto dijo:
-Padre mío, no querría que sospechaseis de
mí porque estoy en casa de estos usureros: yo no tengo parte aquí
sino que había venido con la intención de amonestarles y
reprenderles y arrancarles a este abominable oficio; y creo que
habría podido hacerlo si Dios no me hubiese visitado de esta manera.
Pero debéis de saber que mi padre me dejó rico, y de sus haberes,
cuando murió, di la mayor parte por Dios; y luego, por sustentar mi
vida y poder ayudar a los pobres de Cristo, he hecho mis pequeños
mercadeos y he deseado tener ganancias de ellos, y siempre con los
pobres de Dios lo que he ganado lo he partido por medio, dedicando
mi mitad a mis necesidades, dándole a ellos la otra mitad; y en ello
me ha ayudado tan bien mi Creador que siempre de bien en mejor han
ido mis negocios.
-Has hecho bien -dijo el fraile-, pero ¿con
cuánta frecuencia te has dejado llevar por la ira?
-¡Oh! -dijo seor Ciappelletto-, eso os digo
que muchas veces lo he hecho. ¿Y quién podría contenerse viendo todo
el día a los hombres haciendo cosas sucias, no observar los
mandamientos de Dios, no temer sus juicios? Han sido muchas veces al
día las que he querido estar mejor muerto que vivo al ver a los
jóvenes ir tras vanidades y oyéndolos jurar y perjurar, ir a las
tabernas, no visitar las iglesias y seguir más las vías del mundo
que las de Dios.
Dijo entonces el fraile:
-Hijo mío, ésta es una ira buena y yo en
cuanto a mí no sabría imponerte por ella penitencia. Pero ¿por acaso
no te habrá podido inducir la ira a cometer algún homicidio o a
decir villanías de alguien o a hacer alguna otra injuria?
A lo que el seor Ciappelletto respondió:
-¡Ay de mí, señor!, vos que me parecéis
hombre de Dios, ¿cómo decís estas palabras? Si yo hubiera podido
tener aún un pequeño pensamiento de hacer alguna de estas cosas,
¿creéis que crea que Dios me hubiese sostenido tanto? Eso son cosas
que hacen los asesinos y los criminales, de los que, siempre que
alguno he visto, he dicho siempre: «Ve con Dios que te convierta».
Entonces dijo el fraile:
-Ahora dime, hijo mío, que bendito seas de
Dios, ¿alguna vez has dicho algún falso testimonio contra alguien, o
dicho mal de alguien o quitado a alguien cosas sin consentimiento de
su dueño?
-Ya, señor, sí -repuso seor Ciappelletto- que he dicho mal
de otro, porque tuve un vecino que con la mayor sinrazón del mundo
no hacía más que golpear a su mujer tanto que una vez hablé mal de
él a los parientes de la mujer, tan gran piedad sentí por aquella
pobrecilla que él, cada vez que había bebido de más, zurraba como
Dios os diga.
Dijo entonces el fraile:
-Ahora bien, tú me has dicho que has sido
mercader: ¿has engañado alguna vez a alguien como hacen los
mercaderes?
-Por mi fe -dijo seor Ciappelletto-, señor,
sí, pero no sé quiénes eran: sino que habiéndome dado uno dineros
que me debía por un paño que le había vendido, y yo puéstolos en un
cofre sin contarlos, vine a ver después de un mes que eran cuatro
reales más de lo que debía ser por lo que, no habiéndolo vuelto a
ver y habiéndolos conservado un año para devolvérselos, los di por
amor de Dios.
Dijo el fraile:
-Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacer
lo que hiciste.
Y después de esto preguntole el santo
fraile sobre muchas otras cosas, sobre las cuales dio respuesta en
la misma manera. Y queriendo él proceder ya a la absolución, dijo
seor Ciappelletto:
-Señor mío, tengo todavía algún pecado que
aún no os he dicho.
El fraile le preguntó cuál, y dijo:
-Me acuerdo que hice a mi criado, un sábado
después de nona, barrer la casa y no tuve al santo día del domingo
la reverencia que debía.
-¡Oh! -dijo el fraile-, hijo mío, ésa es
cosa leve.
-No -dijo seor Ciappelletto-, no he dicho
nada leve, que el domingo mucho hay que honrar porque en un día así
resucitó de la muerte a la vida Nuestro Señor.
Dijo entonces el fraile:
-¿Alguna cosa más has hecho?
-Señor mío, sí -respondió seor
Ciappelletto-, que yo, no dándome cuenta, escupí una vez en la
iglesia de Dios.
El fraile se echó a reír, y dijo:
-Hijo mío, ésa no es cosa de preocupación:
nosotros, que somos religiosos, todo el día escupimos en ella.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
-Y hacéis gran villanía, porque nada
conviene tener tan limpio como el santo templo, en el que se rinde
sacrificio a Dios.
Y en breve, de tales hechos le dijo muchos,
y por último empezó a suspirar y a llorar mucho, como quien lo sabía
hacer demasiado bien cuando quería. Dijo el santo fraile:
-Hijo mío, ¿qué te pasa?
Repuso seor Ciappelletto:
-¡Ay de mí, señor! Que me ha quedado un
pecado del que nunca me he confesado, tan grande vergüenza me da
decirlo, y cada vez que lo recuerdo lloro como veis, y me parece muy
cierto que Dios nunca tendrá misericordia de mí por este pecado.
Entonces el santo fraile dijo:
-¡Bah, hijo! ¿Qué estás diciendo? Si todos
los pecados que han hecho todos los hombres del mundo, y que deban
hacer todos los hombres mientras el mundo dure, fuesen todos en un
hombre solo, y éste estuviese arrepentido y contrito como te veo,
tanta es la benignidad y la misericordia de Dios que, confesándose
éste, se los perdonaría liberalmente; así, dilo con confianza.
Dijo entonces seor Ciappelletto, todavía
llorando mucho:
-¡Ay de mí, padre mío! El mío es demasiado
grande pecado, y apenas puedo creer, si vuestras plegarias no me
ayudan, que me pueda ser por Dios perdonado.
A lo que le dijo el fraile:
-Dilo con confianza, que yo te prometo
pedir a Dios por ti.
Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo
decía y el fraile le animaba a decirlo. Pero luego de que seor
Ciappelletto llorando un buen rato hubo tenido así suspenso al
fraile, lanzó un gran suspiro y dijo:
-Padre mío, pues que me prometéis rogar a
Dios por mí, os lo diré: sabed que, cuando era pequeñito, maldije
una vez a mi madre.
Y dicho esto, empezó de nuevo a llorar
fuertemente. Dijo el fraile:
-¡Ah, hijo mío! ¿Y eso te parece tan gran
pecado? Oh, los hombres blasfemamos contra Dios todo el día y si Él
perdona de buen grado a quien se arrepiente de haber blasfemado, ¿no
crees que vaya a perdonarte esto? No llores, consuélate, que por
seguro si hubieses sido uno de aquellos que le pusieron en la cruz,
teniendo la contrición que te veo, te perdonaría Él.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
-¡Ay de mí, padre mío! ¿Qué decís? La dulce
madre mía que me llevó en su cuerpo nueve meses día y noche, y me
llevó en brazos más de cien veces. ¡Mucho mal hice al maldecirla, y
pecado muy grande es; y si no rogáis a Dios por mí, no me será
perdonado!
Viendo el fraile que nada le quedaba por
decir al seor Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición
teniéndolo por hombre santísimo, como quien totalmente creía ser
cierto lo que seor Ciappelletto había dicho: ¿y quién no lo hubiera
creído viendo a un hombre en peligro de muerte confesándose decir
tales cosas? Y después, luego de todo esto, le dijo:
-Señor Ciappelletto, con la ayuda de Dios
estaréis pronto sano; pero si sucediese que Dios a vuestra bendita y
bien dispuesta alma llamase a sí, ¿os placería que vuestro cuerpo
fuese sepultado en nuestro convento?
A lo que seor Ciappelletto repuso:
-Señor, sí, que no querría estar en otro
sitio, puesto que vos me habéis prometido rogar a Dios por mí,
además de que yo he tenido siempre una especial devoción por vuestra
orden; y por ello os ruego que, en cuanto estéis en vuestro
convento, haced que venga a mí aquel veracísimo cuerpo de Cristo que
vos por la mañana consagráis en el altar, porque aunque no sea
digno, entiendo comulgarlo con vuestra licencia, y después la santa
y última unción para que, si he vivido como pecador, al menos muera
como cristiano.
El santo hombre dijo que mucho le agradaba
y él decía bien, y que haría que de inmediato le fuese llevado; y
así fue.
Los dos hermanos, que temían mucho que seor
Ciappelletto les engañase, se habían puesto junto a un tabique que
dividía la alcoba donde seor Ciappelletto yacía de otra y,
escuchando, fácilmente oían y entendían lo que seor Ciappelletto al
fraile decía; y sentían algunas veces tales ganas de reír, al oír
las cosas que le confesaba haber hecho, que casi estallaban, y se
decían uno al otro: ¿qué hombre es éste, al que ni vejez ni
enfermedad ni temor de la muerte a que se ve tan vecino, ni aún de
Dios, ante cuyo juicio espera tener que estar de aquí a poco, han
podido apartarle de su maldad, ni hacer que quiera dejar de morir
como ha vivido? Pero viendo que había dicho que sí, que recibiría la
sepultura en la iglesia, de nada de lo otro se preocuparon. Seor
Ciappelletto comulgó poco después y, empeorando sin remedio, recibió
la última unción; y poco después del crepúsculo, el mismo día que
había hecho su buena confesión, murió. Por lo que los dos hermanos,
disponiendo de lo que era de él para que fuese honradamente
sepultado y mandándolo decir al convento, y que viniesen por la
noche a velarle según era costumbre y por la mañana a por el cuerpo,
dispusieron todas las cosas oportunas para el caso. El santo fraile
que lo había confesado, al oír que había finado, fue a buscar al
prior del convento, y habiendo hecho tocar a capítulo, a los frailes
reunidos mostró que seor Ciappelletto había sido un hombre santo
según él lo había podido entender de su confesión; y esperando que
por él el Señor Dios mostrase muchos milagros, les persuadió a que
con grandísima reverencia y devoción recibiesen aquel cuerpo. Con
las cuales cosas el prior y los frailes, crédulos, estuvieron de
acuerdo: y por la noche, yendo todos allí donde yacía el cuerpo de
seor Ciappelletto, le hicieron una grande y solemne vigilia, y por
la mañana, vestidos todos con albas y capas pluviales, con los
libros en la mano y las cruces delante, cantando, fueron a por este
cuerpo y con grandísima fiesta y solemnidad se lo llevaron a su
iglesia, siguiéndoles el pueblo todo de la ciudad, hombres y
mujeres; y, habiéndolo puesto en la iglesia, subiendo al púlpito, el
santo fraile que lo había confesado empezó sobre él y su vida, sobre
sus ayunos, su virginidad, su simplicidad e inocencia y santidad, a
predicar maravillosas cosas, entre otras contando lo que seor
Ciappelletto como su mayor pecado, llorando, le había confesado, y
cómo él apenas le había podido meter en la cabeza que Dios quisiera
perdonárselo, tras de lo que se volvió a reprender al pueblo que le
escuchaba, diciendo:
-Y vosotros, malditos de Dios, por
cualquier brizna de paja en que tropezáis, blasfemáis de Dios y de
su Madre y de toda la corte celestial.
Y además de éstas, muchas otras cosas dijo
sobre su lealtad y su pureza, y, en breve, con sus palabras, a las
que la gente de la comarca daba completa fe, hasta tal punto lo
metió en la cabeza y en la devoción de todos los que allí estaban
que, después de terminado el oficio, entre los mayores apretujones
del mundo todos fueron a besarle los pies y las manos, y le
desgarraron todos los paños que llevaba encima, teniéndose por
bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera tener: y
convino que todo el día fuese conservado así, para que por todos
pudiese ser visto y visitado. Luego, la noche siguiente, en una urna
de mármol fue honrosamente sepultado en una capilla, y enseguida al
día siguiente empezaron las gentes a ir allí y a encender candelas y
a venerarlo, y seguidamente a hacer promesas y a colgar exvotos de
cera según la promesa hecha. Y tanto creció la fama de su santidad y
la devoción en que se le tenía que no había nadie que estuviera en
alguna adversidad que hiciese promesas a otro santo que a él, y lo
llamaron y lo llaman San Ciappelletto, y afirman que Dios ha
mostrado muchos milagros por él y los muestra todavía a quien
devotamente se lo implora. Así pues, vivió y murió el seor
Cepparello de Prato y llegó a ser santo, como habéis oído; y no
quiero negar que sea posible que sea un bienaventurado en la
presencia de Dios porque, aunque su vida fue criminal y malvada,
pudo en su último extremo haber hecho un acto de contrición de
manera que Dios tuviera misericordia de él y lo recibiese en su
reino; pero como esto es cosa oculta, razono sobre lo que es
aparente y digo que más debe encontrarse condenado entre las manos
del diablo que en el paraíso. Y si así es, grandísima hemos de
reconocer que es la benignidad de Dios para con nosotros, que no
mira nuestro error sino la pureza de la fe, y al tomar nosotros de
mediador a un enemigo suyo, creyéndolo amigo, nos escucha, como si a
alguien verdaderamente santo recurriésemos como a mediador de su
gracia. Y por ello, para que por su gracia en la adversidad presente
y en esta compañía tan alegre seamos conservados sanos y salvos,
alabando su nombre en el que la hemos comenzado, teniéndole
reverencia, a él acudiremos en nuestras necesidades, segurísimos de
ser escuchados.
Y aquí, calló.
NOVELA SEGUNDA
El judío Abraham, animado por Giannotto de
Civigní , va a la corte de Roma y, vista la maldad de los clérigos,
vuelve a París y se hace cristiano.
La novela de Pánfilo fue en parte reída y
en todo celebrada por las mujeres, y habiendo sido atentamente
escuchada y llegado a su fin, como estaba sentada junto a él
Neifile, le mandó la reina que, contando una, siguiese el orden del
comenzado entretenimiento. Y ella, como quien no menos de corteses
maneras que de belleza estaba adornada, alegremente repuso que de
buena gana, y comenzó de esta guisa: Mostrado nos ha Pánfilo con su
novelar la benignidad de Dios que no mira nuestros errores cuando
proceden de algo que no nos es posible ver; y yo, con el mío,
entiendo mostraros cuánto esta misma benignidad, soportando
pacientemente los defectos de quienes deben dar de ella verdadero
testimonio con obras y palabras y hacen lo contrario, es por ello
mismo argumento de infalible verdad para que los que creemos sigamos
con más firmeza de ánimo.
Tal como yo, graciosas señoras, he oído
decir, hubo en París un gran mercader y hombre bueno que fue llamado
Giannotto de Civigní, lealísimo y recto y gran negociante en el
rango de la pañería; y tenía íntima amistad con un riquísimo hombre
judío llamado Abraham, que era también mercader y hombre harto recto
y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empezó a tener
gran lástima de que el alma de un hombre tan valioso y sabio y bueno
fuese a su perdición por falta de fe, y por ello amistosamente le
empezó a rogar que dejase los errores de la fe judaica y se volviese
a la verdad cristiana, a la que como santa y buena podía ver siempre
aumentar y prosperar, mientras la suya, por el contrario, podía
distinguir cómo disminuía y se reducía a la nada. El judío
contestaba que ninguna creía ni santa ni buena fuera de la judaica,
y que en ella había nacido y en ella entendía vivir y morir; ni
habría nada que nunca de aquello le hiciese moverse. Giannotto no
cesó por esto de, pasados algunos días, repetirle semejantes
palabras, mostrándole, tan burdamente como la mayoría de los
mercaderes pueden hacerlo, por qué razones nuestra religión era
mejor que la judaica.
Y aunque el judío fuese en la ley judaica
gran maestro, no obstante, ya que la amistad grande que tenía con
Giannotto le moviese, o tal vez que las palabras que el Espíritu
Santo ponía en la lengua del hombre simple lo hiciesen, al judío
empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto; pero
obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto él seguía
pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo, hasta que el
judío, vencido por tan continuas instancias, dijo: -Ya, Giannotto, a
ti te gusta que me haga cristiano; y yo estoy dispuesto a hacerlo,
tan ciertamente que quiero primero ir a Roma y ver allí al que tú
dices que es el vicario de Dios en la tierra, y considerar sus modos
y sus costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y
si me parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos
comprender que vuestra fe sea mejor que la mía, como te has
ingeniado en demostrarme, haré aquello que te he dicho: y si no
fuese así, me quedaré siendo judío como soy. Cuando Giannotto oyó
esto, se puso en su interior desmedidamente triste, diciendo para sí
mismo: «Perdido he los esfuerzos que me parecía haber empleado
óptimamente, creyéndome haber convertido a éste; porque si va a la
corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los clérigos, no es
que de judío vaya a hacerse cristiano, sino que si se hubiese hecho
cristiano, sin falta volvería judío». Y volviéndose a Abraham dijo:
-Ah, amigo mío, ¿por qué quieres pasar ese
trabajo y tan grandes gastos como serán ir de aquí a Roma? Sin
contar con que, tanto por mar como por tierra, para un hombre rico
como eres tú todo está lleno de peligros. ¿No crees que encontrarás
aquí quien te bautice? Y si por ventura tienes algunas dudas sobre
la fe que te muestro, ¿hay mayores maestros y hombres más sabios
allí que aquí para poderte esclarecer todo lo que quieras o
preguntes? Por todo lo cual, en mi parecer esta idea tuya está de
sobra. Piensa que tales son allí los prelados como aquí los has
podido ver y los ves; y tanto mejores cuanto que aquéllos están más
cerca del pastor principal. Y por ello esa fatiga, según mi consejo,
te servirá en otra ocasión para obtener algún perdón, en lo que yo
por ventura te haré compañía.
A lo que respondió el judío:
-Yo creo, Giannotto, que será como me
cuentas, pero por resumirte en una muchas palabras, estoy del todo
dispuesto, si quieres que haga lo que me has rogado tanto, a irme, y
de otro modo no haré nada nunca. Giannotto, viendo su voluntad,
dijo:
-¡Vete con buena ventura! -y pensó para sí
que nunca se haría cristiano cuando hubiese visto la corte de Roma;
pero como nada se perdía, se calló.
El judío montó a caballo y lo antes que
pudo se fue a la corte de Roma, donde al llegar fue por sus judíos
honradamente recibido; y viviendo allí, sin decir a ninguno por qué
hubiese ido, cautamente empezó a fijarse en las maneras del papa y
de los cardenales y de los otros prelados y de todos los cortesanos;
y entre lo que él mismo observó, como hombre muy sagaz que era, y lo
que también algunos le informaron, encontró que todos, del mayor al
menor, generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no
sólo en la natural sino también en la sodomítica, sin ningún freno
de remordimiento o de vergüenza, tanto que el poder de las
meretrices y de los garzones al impetrar cualquier cosa grande no
era poder pequeño. Además de esto, universalmente golosos,
bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a guisa de
animales brutos, además de la lujuria) que otros conoció
abiertamente que eran; y mirando más allá, los vio tan avaros y
deseosos de dinero que por igual la sangre humana (también la del
cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificios o a
beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con ellas más
comercio y empleando a más corredores de mercancías que había en
París en la pañería o ningún otro negocio, y habiendo a la simonía
manifiesta puesto el nombre de «mediación» y a la gula el de
«manutención», corno si Dios, no ya el significado de los vocablos,
sino la intención de los pésimos ánimos no conociese y a guisa de
los hombres se dejase engañar por el nombre de las cosas. Las
cuales, junto con otras muchas que deben callarse, desagradaron
sumamente al judío, como a hombre que era sobrio y modesto, y
pareciéndole haber visto bastante, se propuso retornar a París; y
así lo hizo. Adonde, al saber Giannotto que había venido, esperando
cualquier cosa menos que se hiciese cristiano, vino a verle y se
hicieron mutuamente grandes fiestas; y después que hubo reposado
algunos días, Giannotto le preguntó lo que pensaba del santo padre y
de los cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el judío
respondió prestamente:
-Me parecen mal, que Dios maldiga a todos;
y te digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna
devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna otra cosa
me pareció ver en ningún clérigo, sino lujuria, avaricia y gula,
fraude, envidia y soberbia y cosas semejantes y peores, si peores
puede haberlas; me pareció ver en tanto favor de todos, que tengo
aquélla por fragua más de operaciones diabólicas que divinas. Y
según yo estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo
arte me parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se
esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión
cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y sostén. Y porque
veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan sino que vuestra
religión aumenta y más luciente y clara se vuelve, me parece
discernir justamente que el Espíritu Santo es su fundamento y
sostén, como de más verdadera y más santa que ninguna otra; por lo
que, tan rígido y duro como era yo a tus consejos y no quería
hacerme cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada
dejaré de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia; y allí según
las costumbres debidas en vuestra santa fe me haré bautizar.
Giannotto, que esperaba una conclusión exactamente contraria a ésta,
al oírle decir esto fue el hombre más contento que ha habido jamás:
y a Nuestra Señora de París yendo con él, pidió a los clérigos de
allí dentro que diesen a Abraham el bautismo. Y ellos, oyendo que él
lo demandaba, lo hicieron prontamente; y Giannotto lo llevó a la
pila sacra y lo llamó Giovanni, y por hombres de valer lo hizo
adoctrinar cumplidamente en nuestra fe, la que aprendió prontamente;
y fue luego hombre bueno y valioso y de santa vida.
NOVELA TERCERA
El judío Melquisidech con una historia
sobre tres anillos se salva de una peligrosa trampa que le había
tendido Saladino .
Después de que, alabada por todos la
historia de Neifile, calló ésta, como gustó a la reina, Filomena
empezó a hablar así:
La historia contada por Neifile me trae a
la memoria un peligroso caso sucedido a un judío; y porque ya se ha
hablado tan bien de Dios y de la verdad de nuestra fe, descender
ahora a los sucesos y los actos de los hombres no se deberá hallar
mal, y vendré a narrárosla para que, oída, tal vez más cautas os
volváis en las respuestas a las preguntas que puedan haceros.
Debéis saber, amorosas compañeras, que así
como la necedad muchas veces aparta a alguien de un feliz estado y
lo pone en grandísima miseria, así aparta la prudencia al sabio de
peligros gravísimos y lo pone en grande y seguro reposo. Y cuán
verdad sea que la necedad conduce del buen estado a la miseria, se
ve en muchos ejemplos que no está ahora en nuestro ánimo contar,
considerando que todo el día aparecen mil ejemplos manifiestos; pero
que la prudencia sea ocasión de consuelo, como he dicho, os mostraré
brevemente con un cuentecillo.
Saladino, cuyo valer fue tanto que no
solamente le hizo llegar de hombre humilde a sultán de Babilonia ,
sino también lograr muchas victorias sobre los reyes sarracenos y
cristianos, habiendo en diversas guerras y en grandísimas
magnificencias suyas gastado todo su tesoro, y necesitando, por
algún accidente que le sobrevino, una buena cantidad de dineros, no
viendo cómo tan prestamente como los necesitaba pudiese tenerlos, le
vino a la memoria un rico judío cuyo nombre era Melquisidech, que
prestaba con usura en Alejandría; y pensó que éste tenía con qué
poderlo servir, si quería, pero era tan avaro que por voluntad
propia no lo hubiera hecho nunca, y no quería obligarlo por la
fuerza; por lo que, apretándole la necesidad se dedicó por completo
a encontrar el modo como el judío le sirviese, y se le ocurrió
obligarle con algún argumento verosímil. Y haciéndolo llamar y
recibiéndole familiarmente, le hizo sentar con él y después le dijo:
-Hombre honrado, he oído a muchas personas
que eras sapientísimo y muy avezado en las cosas de Dios; y por ello
querría saber cuál de las tres leyes reputas por verdadera: la
judaica, la sarracena o la cristiana.
El judío, que verdaderamente era un hombre
sabio, advirtió demasiado bien que Saladino buscaba cogerlo en sus
palabras para moverle alguna cuestión, y pensó que no podía alabar a
una de las tres más que a las otras sin que Saladino saliese con su
empeño; por lo que, como a quien le parecía tener necesidad de una
respuesta por la que no pudiesen llevarle preso, aguzado el ingenio,
le vino pronto a la mente lo que debía decir; y dijo:
-Señor mío, la cuestión que me proponéis es
fina, y para poder deciros lo que pienso de ella querría contaros el
cuentecillo que vais a oír. Si no me equivoco, me acuerdo de haber
oído decir muchas veces que hubo una vez un hombre grande y rico
que, entre las otras joyas más caras que tenía en su tesoro, tenía
un anillo bellísimo y precioso al que, queriendo hace honor por su
valor y su belleza y dejarlo perpetuamente a sus descendientes
ordenó que aquel de sus hijos a quien, habiéndoselo dejado él, le
fuese encontrado aquel anillo, que se entendiese que él era su
heredero y debiese ser por todos los demás honrado y reverenciado
como a mayorazgo, ya que a quien fue dejado por éste guardó el mismo
orden con sus descendiente e hizo tal como había hecho su
predecesor. Y, en resumen, este anillo anduvo de mano en mano de
muchos sucesores y últimamente llegó a las mano de uno que tenía
tres hijos hermosos y virtuosos y muy obedientes al padre por lo que
amaba a los tres por igual. Y los jóvenes, que conocían la costumbre
del anillo, deseoso cada uno de ser el más honrado entre los suyos,
cada uno por sí, como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya
viejo, que cuando sintiese llegar la muerte, a él le dejase el
anillo. El honrado hombre, que por igual amaba a todos, no sabía él
mismo elegir a cuál debiese dejárselo y pensó, habiéndoselo
prometido a todos, en satisfacer a los tres: y secretamente a un
buen orfebre le encargó otros dos, los cuales fueron tan semejantes
al primero que el mismo que los había hecho hacer apenas distinguía
cuál fuese el verdadero; y sintiendo llegar la muerte, secretamente
dio el suyo a cada uno de sus hijos. Los cuales, después de la
muerte del padre, queriendo cada uno posesionarse de la herencia y
el honor, y negándoselo el uno al otro, como testimonio de hacerlo
con todo derecho, cada uno mostró su anillo; y encontrados los
anillos tan iguales el uno al otro que cuál fuese el verdadero no
sabía distinguirse, se quedó pendiente la cuestión de quién fuese el
verdadero heredero del padre, y sigue pendiente todavía. Y lo mismo
os digo, señor mío, de las tres leyes dadas a los tres pueblos por
Dios padre sobre las que me propusisteis una cuestión: cada uno su
herencia, su verdadera ley y sus mandamientos cree rectamente tener
y cumplir, pero de quién la tenga, como de los anillos, todavía está
pendiente la cuestión. Conoció Saladino que éste había sabido salir
óptimamente del lazo que le había tendido y por ello se dispuso a
manifestarle sus necesidades y ver si quería servirle; y así lo
hizo, manifestándole lo que había tenido en el ánimo hacerle si él
tan discretamente como lo había hecho no le hubiera respondido. El
judío le sirvió libremente con toda la cantidad que Saladino le
pidió y luego Saladino se la restituyó enteramente, y además de ello
le dio grandísimos dones y siempre por amigo suyo lo tuvo y en
grande y honrado estado lo conservó junto a él.
NOVELA CUARTA
Un monje, caído en pecado digno de castigo
gravísimo, se libra de la pena reprendiendo discretamente a su abad
de aquella misma culpa .
Ya se calla Filomena, liberada de su
historia, cuando Dioneo, que junto a ella estaba sentado, sin
esperar de la reina otro mandato, conociendo ya por el orden
comenzado que a él le tocaba tener que hablar, de tal guisa comenzó
a decir:
Amorosas señoras, si he entendido bien la
intención de todas, estamos aquí para complacernos a nosotros mismos
novelando, y por ello, tan sólo porque contra esto no se vaya,
estimo que a cada uno debe serle lícito (y así dijo nuestra reina,
hace poco, que era) contar aquella historia que más crea que pueda
divertir; por lo que, habiendo escuchado cómo por los buenos
consejos de Giannotto de Civigní salvó su alma el judío Abraham y
cómo por su prudencia defendió Melquisidech sus riquezas de las
asechanzas de Saladino, sin esperar que me reprendáis, entiendo
contar brevemente con qué destreza libró su cuerpo un monje de
gravísimo castigo.
Hubo en Lunigiana, pueblo no muy lejano de
éste, un monasterio más copioso en santidad y en monjes de lo que lo
es hoy, en el que, entre otros, había un monje joven cuyo vigor y
vivacidad ni los ayunos ni las vigilias podían macerar. El cual, por
acaso, un día hacia el mediodía, cuando los otros monjes dormían
todos, habiendo salido solo por los alrededores de su iglesia, que
estaba en un lugar asaz solitario, alcanzó a ver a una jovencita
harto hermosa, hija tal vez de alguno de los labradores de la
comarca, que andaba por los campos cogiendo ciertas hierbas: no bien
la había visto cuando fue fieramente asaltado por la concupiscencia
carnal.
Por lo que, avecinándose, con ella trabó
conversación y tanto anduvo de una palabra en otra que se puso de
acuerdo con ella y se la llevó a su celda sin que nadie se
apercibiese. Y mientras él, transportado por el excesivo deseo,
menos cautamente jugueteaba con ella, sucedió que el abad,
levantándose de dormir y pasando silenciosamente por delante de su
celda, oyó el alboroto que hacían los dos juntos; y para conocer
mejor las voces se acercó quedamente a la puerta de la celda a
escuchar y claramente conoció que dentro había una mujer, y estuvo
tentado a hacerse abrir; luego pensó que convendría tratar aquello
de otra manera y, vuelto a su alcoba, esperó a que el monje saliera
fuera. El monje, aunque con grandísimo placer y deleite estuviera
ocupado con aquella joven, no dejaba sin embargo de estar temeroso
y, pareciéndole haber oído algún arrastrar de pies por el
dormitorio, acercó el ojo a un pequeño agujero y vio clarísimamente
al abad escuchándole y comprendió muy bien que el abad había podido
oír que la joven estaba en su celda. De lo que, sabiendo que de ello
debía seguirle un gran castigo, se sintió desmesuradamente pesaroso;
pero sin querer mostrar a la joven nada de su desazón, rápidamente
imaginó muchas cosas buscando hallar alguna que le fuera salutífera.
Y se le ocurrió una nueva malicia (que el fin imaginado por él
consiguió certeramente) y fingiendo que le parecía haber estado
bastante con aquella joven le dijo:
-Voy a salir a buscar la manera en que
salgas de aquí dentro sin ser vista, y para ello quédate en silencio
hasta que vuelva.
Y saliendo y cerrando la celda con llave,
se fue directamente a la cámara del abad, y dándosela, tal como
todos los monjes hacían cuando salían, le dijo con rostro tranquilo:
-Señor, yo no pude esta mañana traer toda la leña que había cortado,
y por ello, con vuestra licencia, quiero ir al bosque y traerla.
El abad, para poder informarse más
plenamente de la falta cometida por él, pensando que no se había
dado cuenta de que había sido visto, se alegró con tal ocasión y de
buena gana tomó la llave y semejantemente le dio licencia. Y después
de verlo irse empezó a pensar qué era mejor hacer: o en presencia de
todos los monjes abrir la celda de aquél y hacerles ver su falta
para que no hubiese ocasión de que murmurasen contra él cuando
castigase al monje, o primero oír de él cómo había sido aquel
asunto. Y pensando para sí que aquélla podría ser tal mujer o hija
de tal hombre a quien él no quisiera hacer pasar la vergüenza de
mostrarla a todos los monjes, pensó que primero vería quién era y
tomaría después partido; y quedamente yendo a la celda, la abrió,
entró dentro, y volvió a cerrar la puerta. La joven, viendo venir al
abad, palideció toda, y temblando empezó a llorar de vergüenza. El
señor abad, que le había echado la vista encima y la veía hermosa y
fresca, aunque él fuese viejo, sintió súbitamente no menos
abrasadores los estímulos de la carne que los había sentido su joven
monje, y para sí empezó a decir:
«Bah, ¿por qué no tomar yo del placer
cuanto pueda, si el desagrado y el dolor aunque no los quiera, me
están esperando? Ésta es una hermosa joven, y está aquí donde nadie
en el mundo lo sabe; si la puedo traer a hacer mi gusto no sé por
qué no habría de hacerlo. ¿Quién va a saberlo? Nadie lo sabrá nunca,
y el pecado tapado está medio perdonado. Un caso así no me sucederá
tal vez nunca más. Pienso que es de sabios tomar el bien que Dios
nos manda».
Y así diciendo, y habiendo del todo
cambiado el propósito que allí le había llevado, acercándose más a
la joven, suavemente comenzó a consolarla y a rogarle que no
llorase; y de una palabra en otra yendo, llegó a manifestarle su
deseo. La joven, que no era de hierro ni de diamante, con bastante
facilidad se plegó a los gustos del abad: el cual, después de
abrazarla y besarla muchas veces, subiéndose a la cama del monje, y
en consideración tal vez del grave peso de su dignidad y la tierna
edad de la joven, temiendo tal vez ofenderla con demasiada gravedad,
no se puso sobre el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su
pecho y por largo espacio se solazó con ella.
El monje, que había fingido irse al bosque,
habiéndose ocultado en el dormitorio, como vio al abad solo entrar
en su celda, casi por completo tranquilizado, juzgó que su
estratagema debía surtir efecto; y, viéndole encerrarse dentro, lo
tuvo por certísimo. Y saliendo de donde estaba, calladamente fue
hasta un agujero por donde lo que el abad hizo o dijo lo oyó y lo
vio. Pareciéndole al abad que se había demorado bastante con la
jovencita, encerrándola en la celda, se volvió a su alcoba; y luego
de algún tiempo, oyendo al monje y creyendo que volvía del bosque,
pensó en reprenderlo duramente y hacerlo encarcelar para poseer él
solo la ganada presa; y haciéndolo llamar, duramente y con mala cara
le reprendió, y mandó que lo llevaran a la cárcel. El monje
prestísimamente respondió:
-Señor, yo no he estado todavía tanto en la
orden de San Benito que pueda haber aprendido todas sus reglas; y
vos aún no me habíais mostrado que los monjes deben acordar tanta
preeminencia a las mujeres como a los ayunos y las vigilias; pero
ahora que me lo habéis mostrado, os prometo, si me perdonáis esta
vez, no pecar más por esto y hacer siempre como os he visto a vos.
El abad, que era hombre avisado, entendió prestamente que aquél no
sólo sabía su hecho sino que lo había visto, por lo que, sintiendo
remordimientos de su misma culpa, se avergonzó de hacerle al monje
lo que él también había merecido; y perdonándole e imponiéndole
silencio sobre lo que había visto, con toda discreción sacaron a la
jovencita de allí, y aún debe creerse que más veces la hicieron
volver.
NOVELA QUINTA
La marquesa de Monferrato con una
invitación a comer gallinas y con unas discretas palabras reprime el
loco amor del rey de Francia.
La historia contada por Dioneo hirió
primero de alguna vergüenza el corazón de las damas que la
escuchaban y dio de ello señal el honesto rubor que apareció en sus
rostros; mas luego, mirándose unas a otras, pudiendo apenas contener
la risa, la escucharon sonriendo. Y llegado el final, después de
haberle reprendido con algunas dulces palabras, queriendo mostrar
que historias semejantes no debían contarse delante de mujeres, la
reina, vuelta hacia Fiameta (que junto a él estaba sentada en la
hierba), le mandó que continuase el orden establecido, y ella
galanamente y con alegre rostro, mirándola, comenzó: Tanto porque me
complace que hayamos entrado a demostrar con las historias cuánta es
la fuerza de las respuestas agudas y prontas, como porque tan gran
cordura es en el hombre amar siempre a mujeres de linaje más alto
que el suyo como es en las mujeres grandísima precaución saber
guardarse de caer en el amor de un hombre de mayor posición que la
suya, me ha venido al ánimo, hermosas señoras, mostraros, en la
historia que me toca contar, cómo una noble dueña supo con palabras
y obras guardarse de esto y evitar otras cosas.
Había el marqués de Monferrato, hombre de
alto valor, gonfalonero de la Iglesia, pasado a ultramar en una
expedición general hecha por los cristianos a mano armada ; y
hablándose de su valor en la corte de Felipe el Tuerto , que se
preparaba a ir desde Francia en aquella misma expedición, fue dicho
por un caballero que no había bajo las estrellas otra pareja
semejante a la del marqués y su mujer: porque cuanto destacaba en
todas las virtudes el marqués entre los caballeros, tanto era la
mujer entre las demás mujeres hermosísima y valerosa. Las cuales
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