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Habiéndose Musciatto Franzesi
convertido, de riquísimo y gran mercader en Francia, en caballero, y
debiendo venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra, hermano del
rey de Francia, que fue llamado y solicitado por el papa Bonifacio,
dándose cuenta de que sus negocios estaban, como muchas veces lo
están los de los mercaderes, muy intrincados acá y allá, y que no se
podían de ligero ni súbitamente desintrincar, pensó encomendarlos a
varias personas, y para todos encontró cómo; fuera de que le quedó
la duda de a quién dejar que fuera capaz de rescatar los créditos
hechos a varios borgoñones. Y la razón de la duda era saber que los
borgoñones son litigiosos y de mala condición y desleales, y a él no
le venía a la cabeza quién pudiese haber tan malvado en quien
pudiera tener alguna confianza para que pudiese oponerse a su
perversidad. Y después de haber estado pensando largamente en este
asunto, le vino a la memoria un seor Cepparello de Prato que muchas
veces se hospedaba en su casa de París, que porque era pequeño de
persona y muy acicalado, no sabiendo los franceses qué quería decir
Cepparello, y creyendo que vendría a decir capelo, es decir,
guirnalda, como en su romance, porque era pequeño como decimos, no
Chapelo, sino Ciappelletto le llamaban: y por Ciappelletto era
conocido en todas partes, donde pocos como Cepparello le conocían.
Era este Ciappelletto de esta vida: siendo notario, sentía
grandísima vergüenza si alguno de sus instrumentos (aunque fuesen
pocos) no fuera falso; de los cuales hubiera hecho tantos como le
hubiesen pedido gratuitamente, y con mejor gana que alguno de otra
clase muy bien pagado. Declaraba en falso con sumo gusto, tanto si
se le pedía como si no; y dándose en aquellos tiempos en Francia
grandísima fe a los juramentos, no preocupándose por hacerlos
falsos, vencía malvadamente en tantas causas cuantas le pidiesen que
jurara decir verdad por su fe. Tenía otra clase de placeres (y mucho
se empeñaba en ello) en suscitar entre amigos y parientes y
cualesquiera otras personas, males y enemistades y escándalos, de
los cuales cuantos mayores males veía seguirse, tanta mayor alegría
sentía. Si se le invitaba a algún homicidio o a cualquier otro acto
criminal, sin negarse nunca, de buena gana iba y muchas veces se
encontró gustosamente hiriendo y matando hombres con las propias
manos. Gran blasfemador era contra Dios y los santos, y por
cualquier cosa pequeña, como que era iracundo más que ningún otro. A
la iglesia no iba jamás, y a todos sus sacramentos como a cosa vil
escarnecía con abominables palabras; y por el contrario las tabernas
y los otros lugares deshonestos visitaba de buena gana y los
frecuentaba. A las mujeres era tan aficionado como lo son los perros
al bastón, con su contrario más que ningún otro hombre flaco se
deleitaba. Habría hurtado y robado con la misma conciencia con que
oraría un santo varón. Golosísimo y gran bebedor hasta a veces
sentir repugnantes náuseas; era solemne jugador con dados trucados.
Mas ¿por qué me alargo en tantas palabras?
Era el peor hombre, tal vez, que nunca hubiese nacido. Y su maldad
largo tiempo la sostuvo el poder y la autoridad de micer Musciatto,
por quien muchas veces no sólo de las personas privadas a quienes
con frecuencia injuriaba sino también de la justicia, a la que
siempre lo hacía, fue protegido.
Venido, pues, este seor Cepparello a la
memoria de micer Musciatto, que conocía óptimamente su vida, pensó
el dicho micer Musciatto que éste era el que necesitaba la maldad de
los borgoñones; por lo que, llamándole, le dijo así:
-Seor Ciappelletto, como sabes, estoy por
retirarme del todo de aquí y, teniendo entre otros que entenderme
con los borgoñones, hombres llenos de engaño, no sé quién pueda
dejar más apropiado que tú para rescatar de ellos mis bienes; y por
ello, como tú al presente nada estás haciendo, si quieres ocuparte
de esto entiendo conseguirte el favor de la corte y darte aquella
parte de lo que rescates que sea conveniente.
Seor Cepparello, que
se veía desocupado y mal provisto de bienes mundanos y veía que se
iba quien su sostén y auxilio había sido durante mucho tiempo, sin
ningún titubeo y como empujado por la necesidad se decidió sin
dilación alguna, como obligado por la necesidad y dijo que quería
hacerlo de buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo, recibidos por
seor Ciappelletto los poderes y las cartas credenciales del rey,
partido micer Musciatto, se fue a Borgoña donde casi nadie le
conocía: y allí de modo extraño a su naturaleza, benigna y
mansamente empezó a rescatar y hacer aquello a lo que había ido,
como si reservase la ira para el final. Y haciéndolo así,
hospedándose en la casa de dos hermanos florentinos que prestaban
con usura y por amor de micer Musciatto le honraban mucho, sucedió
que enfermó, con lo que los dos hermanos hicieron prestamente venir
médicos y criados para que le sirviesen en cualquier cosa necesaria
para recuperar la salud.
Pero toda ayuda era vana porque el buen
hombre, que era ya viejo y había vivido desordenadamente, según
decían los médicos iba de día en día de mal en peor como quien tiene
un mal de muerte; de lo que los dos hermanos mucho se dolían y un
día, muy cerca de la alcoba en que seor Ciappelletto yacía enfermo,
comenzaron a razonar entre ellos.
-¿Qué haremos de éste? -decía el uno al
otro-. Estamos por su causa en una situación pésima porque echarlo
fuera de nuestra casa tan enfermo nos traería gran tacha y sería
signo manifiesto de poco juicio al ver la gente que primero lo
habíamos recibido y después hecho servir y medicar tan solícitamente
para ahora, sin que haya podido hacer nada que pudiera ofendernos,
echarlo fuera de nuestra casa tan súbitamente, y enfermo de muerte.
Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querrá
confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia y, muriendo
sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir su cuerpo y será
arrojado a los fosos como un perro. Y si por el contrario se
confiesa, sus pecados son tantos y tan horribles que no los habrá
semejantes y ningún fraile o cura querrá ni podrá absolverle; por lo
que, no absuelto, será también arrojado a los fosos como un perro. Y
si esto sucede, el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio
(que les parece inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo)
como por el deseo que tiene de robarnos, viéndolo, se amotinará y
gritará: «Estos perros lombardos a los que la iglesia no quiere
recibir no pueden sufrirse más», y correrán en busca de nuestras
arcas y tal vez no solamente nos roben los haberes sino que pueden
quitarnos también la vida; por lo que de cualquiera guisa estamos
mal si éste se muere.
Seor Ciappelletto, que, decimos, yacía allí
cerca de donde éstos estaban hablando, teniendo el oído fino, como
la mayoría de las veces pasa a los enfermos, oyó lo que estaban
diciendo y los hizo llamar y les dijo:
-No quiero que temáis por mí ni tengáis
miedo de recibir por mi causa algún daño; he oído lo que habéis
estado hablando de mí y estoy certísimo de que sucedería como decís
si así como pensáis anduvieran las cosas; pero andarán de otra
manera. He hecho, viviendo, tantas injurias al Señor Dios que por
hacerle una más a la hora de la muerte poco se dará. Y por ello,
procurad hacer venir un fraile santo y valioso lo más que podáis, si
hay alguno que lo sea, y dejadme hacer, que yo concertaré firmemente
vuestros asuntos y los míos de tal manera que resulten bien y estéis
contentos.
Los dos hermanos, aunque no sintieron por esto mucha
esperanza, no dejaron de ir a un convento de frailes y pidieron que
algún hombre santo y sabio escuchase la confesión de un lombardo que
estaba enfermo en su casa; y les fue dado un fraile anciano de santa
y de buena vida, y gran maestro de la Escritura y hombre muy
venerable, a quien todos los ciudadanos tenían en grandísima y
especial devoción, y lo llevaron con ellos. El cual, llegado a la
cámara donde el seor Ciappelletto yacía, y sentándose a su lado,
empezó primero a confortarle benignamente y le preguntó luego que
cuánto tiempo hacía que no se había confesado. A lo que el seor Ciappelletto,
que nunca se había confesado, respondió:
-Padre mío, mi costumbre es de confesarme
todas las semanas al menos una vez; sin lo que son bastantes las que
me confieso más; y la verdad es que, desde que he enfermado, que son
casi ocho días, no me he confesado, tanto es el malestar que con la
enfermedad he tenido.
Dijo entonces el fraile:
-Hijo mío, bien has hecho, y así debes
hacer de ahora en adelante; y veo que si tan frecuentemente te
confiesas, poco trabajo tendré en escucharte y preguntarte.
Dijo
seor Ciappelletto:
-Señor fraile, no digáis eso; yo no me he
confesado nunca tantas veces ni con tanta frecuencia que no quisiera
hacer siempre confesión general de todos los pecados que pudiera
recordar desde el día en que nací hasta el que me haya confesado; y
por ello os ruego, mi buen padre, que me preguntéis tan menudamente
de todas las cosas como si nunca me hubiera confesado, y no tengáis
compasión porque esté enfermo, que más quiero disgustar a estas
carnes mías que, excusándolas, hacer cosa que pudiese resultar en
perdición de mi alma, que mi Salvador rescató con su preciosa
sangre.
Estas palabras gustaron mucho al santo
varón y le parecieron señal de una mente bien dispuesta; y luego que
al seor Ciappelletto hubo alabado mucho esta práctica, empezó a
preguntarle si había alguna vez pecado lujuriosamente con alguna
mujer. A lo que seor Ciappelletto respondió suspirando:
-Padre, en esto me avergüenzo de decir la
verdad temiendo pecar de vanagloria.
A lo que el santo fraile dijo:
-Dila con tranquilidad, que por decir la
verdad ni en la confesión ni en otro caso nunca se ha pecado.
Dijo
entonces seor Ciappelletto:
-Ya que lo queréis así, os lo diré: soy tan
virgen como salí del cuerpo de mi madre.
-¡Oh, bendito seas de Dios! -dijo el
fraile-, ¡qué bien has hecho! Y al hacerlo has tenido tanto más
mérito cuando, si hubieras querido, tenías más libertad de hacer lo
contrario que tenemos nosotros y todos los otros que están
constreñidos por alguna regla.
Y luego de esto, le preguntó si había
desagradado a Dios con el pecado de la gula. A lo que, suspirando
mucho, seor Ciappelletto contestó que sí y muchas veces; porque,
como fuese que él, además de los ayunos de la cuaresma que las
personas devotas hacen durante el año, todas las semanas tuviera la
costumbre de ayunar a pan y agua al menos tres días, se había bebido
el agua con tanto deleite y tanto gusto y especialmente cuando había
sufrido alguna fatiga por rezar o ir en peregrinación, como los
grandes bebedores hacen con el vino. Y muchas veces había deseado
comer aquellas ensaladas de hierbas que hacen las mujeres cuando van
al campo, y algunas veces le había parecido mejor comer que le
parecía que debiese parecerle a quien ayuna por devoción como él
ayunaba. A lo que el fraile dijo:
-Hijo mío, estos pecados son naturales y
son asaz leves, y por ello no quiero que te apesadumbres la
conciencia más de lo necesario. A todos los hombres sucede que les
parezca bueno comer después de largo ayuno, y, después del
cansancio, beber.
-¡Oh! -dijo seor Ciappelletto-, padre mío,
no me digáis esto por confortarme; bien sabéis que yo sé que las
cosas que se hacen en servicio de Dios deben hacerse limpiamente y
sin ninguna mancha en el ánimo: y quien lo hace de otra manera,
peca.
El fraile, contentísimo, dijo:
-Y yo estoy contento de que así lo
entiendas en tu ánimo, y mucho me place tu pura y buena conciencia.
Pero dime, ¿has pecado de avaricia deseando más de lo conveniente y
teniendo lo que no debieras tener?
A lo que seor Ciappelletto dijo:
-Padre mío, no querría que sospechaseis de
mí porque estoy en casa de estos usureros: yo no tengo parte aquí
sino que había venido con la intención de amonestarles y
reprenderles y arrancarles a este abominable oficio; y creo que
habría podido hacerlo si Dios no me hubiese visitado de esta manera.
Pero debéis de saber que mi padre me dejó rico, y de sus haberes,
cuando murió, di la mayor parte por Dios; y luego, por sustentar mi
vida y poder ayudar a los pobres de Cristo, he hecho mis pequeños
mercadeos y he deseado tener ganancias de ellos, y siempre con los
pobres de Dios lo que he ganado lo he partido por medio, dedicando
mi mitad a mis necesidades, dándole a ellos la otra mitad; y en ello
me ha ayudado tan bien mi Creador que siempre de bien en mejor han
ido mis negocios.
-Has hecho bien -dijo el fraile-, pero ¿con cuánta
frecuencia te has dejado llevar por la ira?
-¡Oh! -dijo seor Ciappelletto-, eso os digo que muchas veces lo he hecho. ¿Y quién
podría contenerse viendo todo el día a los hombres haciendo cosas
sucias, no observar los mandamientos de Dios, no temer sus juicios?
Han sido muchas veces al día las que he querido estar mejor muerto
que vivo al ver a los jóvenes ir tras vanidades y oyéndolos jurar y
perjurar, ir a las tabernas, no visitar las iglesias y seguir más
las vías del mundo que las de Dios.
Dijo entonces el fraile:
-Hijo mío, ésta es una ira buena y yo en
cuanto a mí no sabría imponerte por ella penitencia. Pero ¿por acaso
no te habrá podido inducir la ira a cometer algún homicidio o a
decir villanías de alguien o a hacer alguna otra injuria?
A lo que el seor Ciappelletto respondió:
-¡Ay de mí, señor!, vos que me parecéis
hombre de Dios, ¿cómo decís estas palabras? Si yo hubiera podido
tener aún un pequeño pensamiento de hacer alguna de estas cosas,
¿creéis que crea que Dios me hubiese sostenido tanto? Eso son cosas
que hacen los asesinos y los criminales, de los que, siempre que
alguno he visto, he dicho siempre: «Ve con Dios que te convierta».
Entonces dijo el fraile:
-Ahora dime, hijo mío, que bendito seas de
Dios, ¿alguna vez has dicho algún falso testimonio contra alguien, o
dicho mal de alguien o quitado a alguien cosas sin consentimiento de
su dueño?
-Ya, señor, sí -repuso seor Ciappelletto- que he dicho mal
de otro, porque tuve un vecino que con la mayor sinrazón del mundo
no hacía más que golpear a su mujer tanto que una vez hablé mal de
él a los parientes de la mujer, tan gran piedad sentí por aquella
pobrecilla que él, cada vez que había bebido de más, zurraba como
Dios os diga.
Dijo entonces el fraile:
-Ahora bien, tú me has dicho que has sido
mercader: ¿has engañado alguna vez a alguien como hacen los
mercaderes?
-Por mi fe -dijo seor Ciappelletto-, señor,
sí, pero no sé quiénes eran: sino que habiéndome dado uno dineros
que me debía por un paño que le había vendido, y yo puéstolos en un
cofre sin contarlos, vine a ver después de un mes que eran cuatro
reales más de lo que debía ser por lo que, no habiéndolo vuelto a
ver y habiéndolos conservado un año para devolvérselos, los di por
amor de Dios.
Dijo el fraile:
-Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacer
lo que hiciste.
Y después de esto preguntole el santo fraile sobre
muchas otras cosas, sobre las cuales dio respuesta en la misma
manera. Y queriendo él proceder ya a la absolución, dijo seor
Ciappelletto:
-Señor mío, tengo todavía algún pecado que
aún no os he dicho.
El fraile le preguntó cuál, y dijo:
-Me acuerdo que hice a mi criado, un sábado
después de nona, barrer la casa y no tuve al santo día del domingo
la reverencia que debía.
-¡Oh! -dijo el fraile-, hijo mío, ésa es
cosa leve.
-No -dijo seor Ciappelletto-, no he dicho
nada leve, que el domingo mucho hay que honrar porque en un día así
resucitó de la muerte a la vida Nuestro Señor.
Dijo entonces el fraile:
-¿Alguna cosa más has hecho?
-Señor mío, sí -respondió seor
Ciappelletto-, que yo, no dándome cuenta, escupí una vez en la
iglesia de Dios.
El fraile se echó a reír, y dijo:
-Hijo mío, ésa no es cosa de preocupación:
nosotros, que somos religiosos, todo el día escupimos en ella.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
-Y hacéis gran villanía, porque nada
conviene tener tan limpio como el santo templo, en el que se rinde
sacrificio a Dios.
Y en breve, de tales hechos le dijo muchos,
y por último empezó a suspirar y a llorar mucho, como quien lo sabía
hacer demasiado bien cuando quería. Dijo el santo fraile:
-Hijo mío, ¿qué te pasa?
Repuso seor Ciappelletto:
-¡Ay de mí, señor! Que me ha quedado un
pecado del que nunca me he confesado, tan grande vergüenza me da
decirlo, y cada vez que lo recuerdo lloro como veis, y me parece muy
cierto que Dios nunca tendrá misericordia de mí por este pecado.
Entonces el santo fraile dijo:
-¡Bah, hijo! ¿Qué estás diciendo? Si todos
los pecados que han hecho todos los hombres del mundo, y que deban
hacer todos los hombres mientras el mundo dure, fuesen todos en un
hombre solo, y éste estuviese arrepentido y contrito como te veo,
tanta es la benignidad y la misericordia de Dios que, confesándose
éste, se los perdonaría liberalmente; así, dilo con confianza.
Dijo
entonces seor Ciappelletto, todavía llorando mucho:
-¡Ay de mí, padre mío! El mío es demasiado
grande pecado, y apenas puedo creer, si vuestras plegarias no me
ayudan, que me pueda ser por Dios perdonado.
A lo que le dijo el fraile:
-Dilo con confianza, que yo te prometo
pedir a Dios por ti.
Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo decía y
el fraile le animaba a decirlo. Pero luego de que seor Ciappelletto
llorando un buen rato hubo tenido así suspenso al fraile, lanzó un
gran suspiro y dijo:
-Padre mío, pues que me prometéis rogar a
Dios por mí, os lo diré: sabed que, cuando era pequeñito, maldije
una vez a mi madre.
Y dicho esto, empezó de nuevo a llorar
fuertemente. Dijo el fraile:
-¡Ah, hijo mío! ¿Y eso te parece tan
gran pecado? Oh, los hombres blasfemamos contra Dios todo el día y
si Él perdona de buen grado a quien se arrepiente de haber
blasfemado, ¿no crees que vaya a perdonarte esto? No llores,
consuélate, que por seguro si hubieses sido uno de aquellos que le
pusieron en la cruz, teniendo la contrición que te veo, te
perdonaría Él.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
-¡Ay de mí, padre mío! ¿Qué decís? La dulce
madre mía que me llevó en su cuerpo nueve meses día y noche, y me
llevó en brazos más de cien veces. ¡Mucho mal hice al maldecirla, y
pecado muy grande es; y si no rogáis a Dios por mí, no me será
perdonado!
Viendo el fraile que nada le quedaba por
decir al seor Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición
teniéndolo por hombre santísimo, como quien totalmente creía ser
cierto lo que seor Ciappelletto había dicho: ¿y quién no lo hubiera
creído viendo a un hombre en peligro de muerte confesándose decir
tales cosas? Y después, luego de todo esto, le dijo:
-Señor Ciappelletto, con la ayuda de Dios
estaréis pronto sano; pero si sucediese que Dios a vuestra bendita y
bien dispuesta alma llamase a sí, ¿os placería que vuestro cuerpo
fuese sepultado en nuestro convento?
A lo que seor Ciappelletto repuso:
-Señor, sí, que no querría estar en otro
sitio, puesto que vos me habéis prometido rogar a Dios por mí,
además de que yo he tenido siempre una especial devoción por vuestra
orden; y por ello os ruego que, en cuanto estéis en vuestro
convento, haced que venga a mí aquel veracísimo cuerpo de Cristo que
vos por la mañana consagráis en el altar, porque aunque no sea
digno, entiendo comulgarlo con vuestra licencia, y después la santa
y última unción para que, si he vivido como pecador, al menos muera
como cristiano.
El santo hombre dijo que mucho le agradaba
y él decía bien, y que haría que de inmediato le fuese llevado; y
así fue.
Los dos hermanos, que temían mucho que seor
Ciappelletto les engañase, se habían puesto junto a un tabique que
dividía la alcoba donde seor Ciappelletto yacía de otra y,
escuchando, fácilmente oían y entendían lo que seor Ciappelletto al
fraile decía; y sentían algunas veces tales ganas de reír, al oír
las cosas que le confesaba haber hecho, que casi estallaban, y se
decían uno al otro: ¿qué hombre es éste, al que ni vejez ni
enfermedad ni temor de la muerte a que se ve tan vecino, ni aún de
Dios, ante cuyo juicio espera tener que estar de aquí a poco, han
podido apartarle de su maldad, ni hacer que quiera dejar de morir
como ha vivido? Pero viendo que había dicho que sí, que recibiría la
sepultura en la iglesia, de nada de lo otro se preocuparon. Seor
Ciappelletto comulgó poco después y, empeorando sin remedio, recibió
la última unción; y poco después del crepúsculo, el mismo día que
había hecho su buena confesión, murió. Por lo que los dos hermanos,
disponiendo de lo que era de él para que fuese honradamente
sepultado y mandándolo decir al convento, y que viniesen por la
noche a velarle según era costumbre y por la mañana a por el cuerpo,
dispusieron todas las cosas oportunas para el caso. El santo fraile
que lo había confesado, al oír que había finado, fue a buscar al
prior del convento, y habiendo hecho tocar a capítulo, a los frailes
reunidos mostró que seor Ciappelletto había sido un hombre santo
según él lo había podido entender de su confesión; y esperando que
por él el Señor Dios mostrase muchos milagros, les persuadió a que
con grandísima reverencia y devoción recibiesen aquel cuerpo. Con
las cuales cosas el prior y los frailes, crédulos, estuvieron de
acuerdo: y por la noche, yendo todos allí donde yacía el cuerpo de
seor Ciappelletto, le hicieron una grande y solemne vigilia, y por
la mañana, vestidos todos con albas y capas pluviales, con los
libros en la mano y las cruces delante, cantando, fueron a por este
cuerpo y con grandísima fiesta y solemnidad se lo llevaron a su
iglesia, siguiéndoles el pueblo todo de la ciudad, hombres y
mujeres; y, habiéndolo puesto en la iglesia, subiendo al púlpito, el
santo fraile que lo había confesado empezó sobre él y su vida, sobre
sus ayunos, su virginidad, su simplicidad e inocencia y santidad, a
predicar maravillosas cosas, entre otras contando lo que seor
Ciappelletto como su mayor pecado, llorando, le había confesado, y
cómo él apenas le había podido meter en la cabeza que Dios quisiera
perdonárselo, tras de lo que se volvió a reprender al pueblo que le
escuchaba, diciendo:
-Y vosotros, malditos de Dios, por
cualquier brizna de paja en que tropezáis, blasfemáis de Dios y de
su Madre y de toda la corte celestial.
Y además de éstas, muchas otras cosas dijo
sobre su lealtad y su pureza, y, en breve, con sus palabras, a las
que la gente de la comarca daba completa fe, hasta tal punto lo
metió en la cabeza y en la devoción de todos los que allí estaban
que, después de terminado el oficio, entre los mayores apretujones
del mundo todos fueron a besarle los pies y las manos, y le
desgarraron todos los paños que llevaba encima, teniéndose por
bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera tener: y
convino que todo el día fuese conservado así, para que por todos
pudiese ser visto y visitado. Luego, la noche siguiente, en una urna
de mármol fue honrosamente sepultado en una capilla, y enseguida al
día siguiente empezaron las gentes a ir allí y a encender candelas y
a venerarlo, y seguidamente a hacer promesas y a colgar exvotos de
cera según la promesa hecha. Y tanto creció la fama de su santidad y
la devoción en que se le tenía que no había nadie que estuviera en
alguna adversidad que hiciese promesas a otro santo que a él, y lo
llamaron y lo llaman San Ciappelletto, y afirman que Dios ha
mostrado muchos milagros por él y los muestra todavía a quien
devotamente se lo implora. Así pues, vivió y murió el seor
Cepparello de Prato y llegó a ser santo, como habéis oído; y no
quiero negar que sea posible que sea un bienaventurado en la
presencia de Dios porque, aunque su vida fue criminal y malvada,
pudo en su último extremo haber hecho un acto de contrición de
manera que Dios tuviera misericordia de él y lo recibiese en su
reino; pero como esto es cosa oculta, razono sobre lo que es
aparente y digo que más debe encontrarse condenado entre las manos
del diablo que en el paraíso. Y si así es, grandísima hemos de
reconocer que es la benignidad de Dios para con nosotros, que no
mira nuestro error sino la pureza de la fe, y al tomar nosotros de
mediador a un enemigo suyo, creyéndolo amigo, nos escucha, como si a
alguien verdaderamente santo recurriésemos como a mediador de su
gracia. Y por ello, para que por su gracia en la adversidad presente
y en esta compañía tan alegre seamos conservados sanos y salvos,
alabando su nombre en el que la hemos comenzado, teniéndole
reverencia, a él acudiremos en nuestras necesidades, segurísimos de
ser escuchados.
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