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El hijo del rey estaba en vísperas de casarse. Con este motivo el regocijo
era general.
Estuvo esperando un año entero a su prometida, y al fin llegó ésta.
Era una princesa rusa que había hecho el viaje desde Finlandia en un trineo
tirado por seis renos, que tenía la forma de un gran cisne de oro; la princesa
iba acostada entre las alas del cisne.
Su largo manto de armiño caía recto sobre sus pies. Llevaba en la cabeza un
gorrito de tisú de plata y era pálida como el palacio de nieve en que había
vivido siempre.
Era tan pálida, que al pasar por las calles, se quedaban admiradas las gentes.
-Parece una rosa blanca -decían.
Y le echaban flores desde los balcones.
A la puerta del castillo estaba el príncipe para recibirla. Tenía los ojos
violeta y soñadores, y sus cabellos eran como oro fino.
Al verla, hincó una rodilla en tierra y besó su mano.
-Tu retrato era bello -murmuró-, pero eres más bella que el retrato.
Y la princesita se ruborizó.
-Hace un momento parecía una rosa blanca -dijo un pajecillo a su vecino-,
pero ahora parece una rosa roja.
Y toda la corte se quedó extasiada.
Durante los tres días siguientes todo el mundo no cesó de repetir:
-¡Rosa blanca, rosa roja! ¡Rosa roja, rosa blanca!
Y el rey ordenó que diesen doble paga al paje.
Como él no percibía paga alguna, su posición no mejoró mucho por eso; pero
todos lo consideraron como un gran honor y el real decreto fue publicado con
todo requisito en la Gaceta de la Corte.
Transcurridos aquellos tres días, se celebraron las bodas.
Fue una ceremonia magnífica.
Los recién casados pasaron cogidos de la mano, bajo un dosel de terciopelo
granate, bordado de perlitas.
Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas.
El príncipe y la princesa, sentados al extremo del gran salón, bebieron en
una copa de cristal purísimo. Únicamente los verdaderos enamorados podían beber
en esa copa, porque si la tocaban unos labios falsos, el cristal se empañaba,
quedaba gris y manchoso.
-Es evidente que se aman -dijo el pajecillo-. Resultan tan claros como el
cristal.
Y el rey volvió a doblarle la paga.
-¡Qué honor! -exclamaron todos los cortesanos.
Después del banquete hubo baile.
Los recién casados debían bailar juntos la danza de las rosas, y el rey tenía
que tocar la flauta.
La tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido a decírselo nunca, porque era
el rey. La verdad es que no sabía más que dos piezas y no estaba seguro nunca de
la que interpretaba, aunque esto no le preocupase, pues hiciera lo que hiciera
todo el mundo gritaba:
-¡Delicioso! ¡Encantador!
El último número del programa consistía en unos fuegos artificiales que
debían empezar exactamente a media noche.
La princesita no había visto fuegos artificiales en su vida. Por eso el rey
encargó al pirotécnico real que pusiera en juego todos los recursos de su arte
el día del casamiento de la princesa.
-¿A qué se parecen los fuegos artificiales? -preguntó ella al príncipe,
mientras se paseaban por la terraza.
-Se parecen a la aurora boreal -dijo el rey, que respondía siempre a las
preguntas dirigidas a los demás-. Sólo que son más naturales. Yo los prefiero a
las estrellas, porque sabe uno siempre cuándo van a empezar a brillar y son
además tan agradables como la música de mi flauta. Ya verán.., ya verán...
Así pues, levantaron un tablado en el fondo del jardín real, y no bien acabó
de prepararlo todo el pirotécnico real, cuando los fuegos artificiales se
pusieron a charlar entre sí.
-El mundo es seguramente muy hermoso -dijo un pequeño buscapiés-. Miren esos
tulipanes amarillos. ¡A fe mía, ni aun siendo petardos de verdad, podrían
resultar más bonitos! Me alegro mucho de haber viajado. Los viajes desarrollan
el espíritu de una manera asombrosa y acaban con todos los prejuicios que haya
podido uno conservar.
-El jardín del rey no es el mundo, joven alocado -dijo una gruesa candela
romana-. El mundo es una extensión enorme y necesitarías tres días para
recorrerlo por entero.
-Todo lugar que amamos es para nosotros el mundo -dijo una rueda unida en
otro tiempo a una vieja caja de pino y muy orgullosa de su corazón destrozado-
pero el amor no está de moda; los poetas lo han matado. Han escrito tanto sobre
él, que nadie les cree ya, cosa que no me extraña. El verdadero amor sufre y
calla... Recuerdo que yo misma, una vez.., pero no se trata de eso aquí. El
romanticismo es algo del pasado.
-¡Qué estupidez! -exclamó la candela romana-. La novela no muere nunca. ¡Se
parece a la luna: vive siempre! Realmente, los recién casados se aman
tiernamente. He sabido todo lo concerniente a ellos esta mañana por un cartucho
de papel oscuro que estaba en el mismo cajón que yo y que sabe las últimas
noticias de la corte.
Pero la rueda meneó la cabeza.
-¡El romanticismo ha muerto! ¡El romanticismo ha muerto! ¡El romanticismo ha
muerto! -murmuró.
Era una de esas personas que creen que repitiendo una cosa cierto número de
veces, acaba por ser verdad.
De pronto se oyó una tos fuerte y seca y todos miraron a su alrededor. Era un
pequeño cohete de altivo continente atado a la punta de un palo. Tosía siempre
antes de hacer una advertencia, como para llamar la atención.
-¡Ejem! ¡Ejem! -exclamó.
Y todo el mundo se dispuso a escucharle, menos la pobre rueda, que seguía
moviendo la cabeza y murmurando:
-¡El romanticismo ha muerto!
-¡Orden! ¡Orden! -gritó un petardo.
Tenía algo de político y había tomado siempre parte importante en las
elecciones locales. Por eso conocía las frases empleadas en el Parlamento.
-¡Ha muerto del todo! -suspiró la rueda. Y se volvió a dormir.
No bien se restableció por completo el silencio, el cohete tosió por la
tercera vez y comenzó. Hablaba con una voz clara y lenta, como si dictase sus
memorias, y miraba siempre por encima del hombro a la persona a quien se
dirigía. Realmente, tenía unos modales distinguidísimos.
-¡Qué feliz es el hijo del rey -observó- por casarse el mismo día en que me
van a disparar! Ni preparándolo de antemano podría resultar mejor para él;
aunque los príncipes siempre tienen suerte.
-¿Ah, sí? -dijo el pequeño buscapiés-. Yo creí que era precisamente lo
contrario y que era usted a quien se disparaba en honor del príncipe.
-Ése quizás sea su caso -replicó el cohete-. Casi diríase que estoy seguro de
ello; pero en cuanto a mí, es ya diferente. Soy un cohete distinguido y
desciendo de padres igualmente distinguidos. Mi madre era la girándula más
célebre de su época. Tenía fama por la gracia de su danza. Cuando hizo su gran
aparición en público, dio diecinueve vueltas antes de apagarse, lanzando por el
aire siete estrellas rojas a cada vuelta. Tenía tres pies y medio de diámetro y
estaba fabricada con pólvora de la mejor. Mi padre era cohete como yo y de
origen francés. Volaba tan alto, que la gente temía que no volviese a descender.
Descendía, sin embargo, porque era de excelente constitución e hizo una caída
brillantísima, en forma de lluvia, de chispas de oro. Los periódicos se ocuparon
de él en términos muy halagüeños, y hasta la Gaceta de la Corte dijo que
"señalaba el triunfo del arte pilotécnico".
-Pirotécnico, pirotécnico querrá decir -interrumpió una bengala-. Sé que es
pirotécnico porque he visto la palabra escrita sobre mi caja de hoja de lata.
-Pues yo digo pilotécnico -replicó el cohete en tono severo.
Y la bengala se quedó tan apabullada, que empezó inmediatamente a mortificar
a los buscapiés pequeños para demostrar que ella también era persona de bastante
importancia.
-Decía yo... -prosiguió el cohete-, decía yo... ¿qué es lo que yo decía?
-Hablaba de usted mismo -repuso la candela romana.
-Naturalmente. Sé que hablaba de alguna cosa interesante cuando he sido tan
groseramente interrumpido. Odio la grosería y las malas maneras, porque soy
extremadamente sensible. No hay nadie en el mundo tan sensible como yo, estoy
seguro de ello.
-¿Qué es una persona sensible? -preguntó el petardo a la candela romana.
-Una persona que porque tiene callos pisa siempre los pies a los demás
-respondió la candela en un débil murmullo.
Y el petardo casi estalló de risa.
-¡Perdón! ¿De qué se ríe? -preguntó el cohete-. Yo no me río.
-Me río porque soy feliz -replicó el petardo.
-Es un motivo bien egoísta -dijo el cohete con ira-. ¿Qué derecho tiene para
ser feliz? Debería pensar en los demás, debería pensar en mí. Yo pienso siempre
en mí y creo que todo el mundo debería hacer lo mismo. Eso es lo que se llama
simpatía. Es una hermosa virtud y yo la poseo en alto grado. Suponga, por
ejemplo, que me sucediese algún percance esta noche. ¡Qué desgracia para todo el
mundo! El príncipe y la princesa no podrían ya ser felices: se habría acabado su
vida de matrimonio. En cuanto al rey, creo que no podría soportarlo. Realmente,
cuando empiezo a pensar en la importancia de mi papel, me emociono hasta casi
llorar.
-Si quiere agradar a los demás -exclamó la candela romana-, haría mejor en
mantenerse en seco.
-¡Ciertamente! -exclamó la bengala, que no estaba de muy buen humor-, eso es
sencillamente de sentido común.
-¿Cree que es de sentido común? -replicó el cohete indignado-. Olvida que yo
no tengo nada común y que soy muy distinguido. ¡A fe mía todo el mundo puede
tener sentido común con tal de carecer de imaginación! Pero yo tengo
imaginación, porque nunca veo las cosas como son. Las veo siempre muy diferentes
de lo que son. En cuanto a eso de mantenerme en seco, es que no hay aquí, con
toda seguridad, nadie que sepa apreciar a fondo un temperamento delicado.
Afortunadamente para mí, no me importa nada. La única cosa que le sostiene a uno
en la vida es el convencimiento de la enorme inferioridad de sus semejantes y
éste es un sentimiento que he mantenido siempre en mí. Pero ninguno de ustedes
tiene corazón. Gritan y se regocijan como si el príncipe y la princesa no
estuviesen celebrando sus bodas.
-¡Eh! -exclamó un pequeño globo de fuego-. ¿Y por qué no? Es una alegre
ocasión y cuando estalle yo en el aire pienso comunicárselo a todas las
estrellas. Ya verán cómo brillarán cuando las hable de la bella recién casada.
-¡Oh, qué concepto más banal de la vida! -dijo el cohete-, pero no me
esperaba yo menos. No hay nada en usted. Es hueco y vacío. ¡Bah! Quizás el
príncipe y la princesa se vayan a vivir en un país en que haya un río profundo,
quizás tengan un solo hijo, un pequeñuelo de pelo rizado y de ojos violeta como
los del príncipe. Quizás vaya algún día a pasearse con su nodriza. Quizás la
nodriza se duerma debajo de un gran sauce. Quizás el niño se caiga al río y se
ahogue. ¡Qué terrible desgracia! ¡Los pobres perder su hijo único! Es terrible,
realmente. No podré soportarlo nunca.
-Pero no han perdido su hijo único -dijo la candela romana-. No les ha
sucedido ninguna desgracia.
-No he dicho que les haya sucedido -replicó el cohete-. He dicho que podría
sucederles. Si hubiesen perdido a su hijo único, sería inútil decir nada sobre
el suceso. Detesto a las personas que lloran por su cántaro de leche roto. Pero
cuando pienso que han perdido a su hijo único, me siento verdaderamente
tristísimo.
-Ya lo veo -exclamó la bengala-. Realmente es usted la persona más afectada
que he visto en mi vida.
-Y usted la persona más grosera que he conocido -dijo el cohete-. No puede
comprender mi afecto por el príncipe.
-¡Bah! Ni siquiera lo conoce... -chisporroteó la candela romana.
-No, nunca dije que le conociera -respondió el cohete-. Me atrevo a decir que
si lo conociese no sería de ningún modo amigo suyo. Es cosa peligrosa conocer
uno a sus amigos.
-Mejor haría en mantenerse en seco -dijo el globo de fuego-. Eso es lo más
importante.
-Para usted no dudo que será importantísimo -respondió el cohete-. Pero yo
lloraré si me viene en gana.
Y el cohete estalló en lágrimas que corrieron sobre su vara en gotas de
lluvia, ahogando casi a dos pequeños escarabajos que pensaban precisamente en
fundar una familia y buscaban un bonito sito seco para instalarse.
-Debe tener un temperamento verdaderamente romántico, pues llora cuando no
hay por qué llorar -dijo la rueda.
Y lanzando un profundo suspiro, se puso a pensar en la caja de madera.
Pero la candela romana y la bengala estaban indignadas. Gritaban con todas
sus fuerzas:
-¡Pamplinas! ¡Pamplinas!
Eran muy prácticas, y cuando se oponían a algo lo denominaban pamplinas.
Entonces apareció la luna como un soberbio escudo de plata y las estrellas
comenzaron a brillar y llegaron al palacio los sones de una música.
El príncipe y la princesa dirigían el baile. Bailaban tan bien que los
pequeños lirios blancos echaban un vistazo por la ventana contemplándolos, y las
grandes amapolas rojas movían la cabeza, llevando el compás.
En aquel momento sonaron las diez, luego las once y luego las doce, y a la
última campanada de media noche, todo el mundo fue a la terraza y el rey hizo
llamar al pirotécnico real.
-Empiecen los fuegos artificiales-dijo el rey. Y el pirotécnico real hizo un
profundo saludo y se dirigió al fondo del jardín. Tenía seis ayudantes. Cada uno
llevaba una antorcha encendida sujeta a la punta de una larga pértiga.
Fue realmente una soberbia irradiación de luz.
-¡Ssss! ¡Ssss! -hizo la rueda que empezó a girar.
-¡Bum! ¡Bum! -replicó la candela romana. Entonces los buscapiés entraron en
danza y las bengalas colorearon todo de rojo.
-¡Adiós! -gritó el globo de fuego mientras se elevaba haciendo llover
chispitas azules.
-¡Bang! ¡Bang! -respondieron los petardos, que se divertían muchísimo.
Todos tuvieron un gran éxito, menos el cohete. Estaba tan húmedo por haber
llorado que no pudo arder. Lo mejor que había en él era la pólvora y ésta se
hallaba tan mojada por las lágrimas que estaba inservible. Toda su pobre
parentela, a la que no se dignaba hablar sin una sonrisa despectiva, produjo un
gran alboroto por el cielo, como si fuesen magníficos ramilletes de oro
floreciendo en fuego.
-¡Bravo! ¡Bravo! -gritaba la corte.
Y la princesita reía de placer.
-Creo que me reservan para alguna gran ocasión -dijo el cohete-.
Indudablemente es eso.
Y miraba a su alrededor con aire más orgulloso que nunca.
Al día siguiente vinieron los obreros a colocarlo todo de nuevo en su sitio.
-Evidentemente es una comisión -se dijo el cohete-. Los recibiré con una
tranquila dignidad.
Y engallándose empezó a fruncir las cejas como si pensase en algo muy
importante. Pero los obreros no se dieron cuenta de su presencia hasta dejarlo
atrás.
Entonces uno de ellos lo vio.
-¡Ah! -gritó-. ¡Qué mal cohete!
Y le tiró al paso por encima del muro.
-¡Mal cohete! ¡Mal cohete! -dijo éste girando por el aire-. ¡Imposible!
Famoso cohete, eso es lo que han querido decir. Mal y famoso suenan para mí casi
lo mismo, y a veces ambas cosas son idénticas.
Y cayó en el lodo.
-No es esto muy cómodo -observó-, pero sin duda es algún balneario de moda a
donde me han enviado para que reponga mi salud. Mis nervios están muy
desgastados y necesito descanso.
Entonces una ranita de ojillos brillantes y de traje verde moteado, nadó
hacia él.
-Ya veo que es un recién llegado -dijo la rana-. ¡Bueno! Después de todo no
hay nada como el fango. Denme un tiempo lluvioso y un hoyo y soy completamente
feliz... ¿Cree que la tarde será calurosa? Así lo espero, porque el cielo está
todo azul y despejado. ¡Qué lástima!
-¡Ejem!, Ejem! -profirió el cohete tosiendo.
-¡Qué voz más deliciosa tiene! -gritó la rana-. Parece el croar de una rana y
croar es la cosa más musical del mundo. Ya oirá nuestros coros esta noche. Nos
colocamos en el antiguo estanque de los patos junto a la alquería y en cuanto
aparece la luna, empezamos. El concierto es tan sublime que todo el mundo viene
a oírnos. Ayer, sin ir más lejos, oí a la mujer del colono decir a la madre que
no pudo dormir ni un segundo durante la noche por nuestra causa. Es muy
agradable ver lo popular que es una.
-¡Ejem!, Ejem! -dijo el cohete.
Estaba muy molesto de no poder salir de su mutismo.
-¡Sí, una voz deliciosa! -prosiguió la rana-. Espero que vendrá al estanque
de los patos. Voy a echar un vistazo a mis hijas. Tengo seis hijas soberbias y
me inquieta mucho que el sollo tope con ellas... Es un verdadero monstruo y no
sentiría el menor escrúpulo en comérselas. Así es que ¡adiós! Me agrada mucho su
conversación, se lo aseguro.
-¿Y llama conversación a esto? -dijo el cohete-. Ha charlado usted sola todo
el rato. Eso no es conversación.
-Alguien tiene que escuchar siempre -replicó la rana-, y a mí me gusta llevar
la voz cantante en la conversación. Así se ahorra tiempo y se evitan disputas.
-Pues a mí me gusta la discusión -dijo el cohete.
-No lo creo -replicó la rana con aire compasivo-. Las discusiones son
completamente vulgares, porque en la buena sociedad todo el mundo tiene
exactamente las mismas opiniones. Adiós otra vez. Veo a mis hijas allá abajo.
Y la ranita se puso a nadar nuevamente.
-Es una persona antipática -dijo el cohete-, y mal educada. Detesto a las
gentes que hablan de sí mismas como usted, cuando necesita uno hablar de uno
mismo, como en mi caso. Eso es lo que se llama egoísmo y el egoísmo es una cosa
aborrecible, sobre todo para los que son como yo, pues bien conocen todos mi
carácter simpático. Debería tomar ejemplo de mí. No podría encontrar un modelo
mejor. Ahora que tiene esa oportunidad, aprovéchela sin tardanza, porque voy a
volver a la corte en seguida. Soy muy estimado en la corte. Ayer, el príncipe y
la princesa se casaron en mi honor. Seguramente no estará enterada de nada de
esto, ¡como es provinciana!
-¡No se moleste en hablarle! -dijo una libélula posada en la punta de una
espadaña-. Se ha ido.
-Bueno, ¡ella se lo pierde y no yo! No voy a dejar de hablarle, sólo porque
no me escuche. Me gusta oírme hablar. Es uno de mis mayores placeres. Sostengo a
menudo largas conversaciones conmigo mismo y soy tan profundo que a veces no
comprendo ni una palabra de lo que digo.
-Entonces debe ser licenciado en filosofía -dijo la libélula.
Y desplegando sus lindas alas de gasa, se elevó hacia el cielo.
-¡Qué necedad demuestra al no quedarse aquí! -dijo el cohete-. Estoy seguro
de que no habrá tenido muy a menudo la oportunidad de educar su espíritu; aunque
después de todo me es igual. Un genio como el mío será apreciado con toda
seguridad algún día.
Y se hundió un poco más en el fango.
Pasado un rato, una gran pata blanca nadó hacia él. Tenía las patas
amarillas, los pies palmeados y la consideraban como una gran belleza por su
contoneo.
-¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac! -dijo-. ¡Qué tipo más raro tiene usted! ¿Puedo
preguntarle si ha nacido aquí o si es de resultas de algún accidente?
-¡Cómo se ve que ha vivido siempre en el campo! De otro modo sabría quién
soy. Sin embargo, disculpo su ignorancia. Sería descabellado querer que los
demás fueran tan extraordinarios como uno mismo. Sin duda le sorprenderá saber
que vuelo por el cielo y que caigo en una lluvia de chispas de oro.
-No lo considero muy estimable -dijo la pata-, pues no veo en qué puede ser
eso útil a nadie. ¡Ah! Si arara los campos como un buey; si arrastrase un carro
como el caballo; si guardase un rebaño como el perro del ganado, entonces ya
sería otra cosa.
-Buena mujer -dijo el cohete con tono muy altivo-, veo que pertenece a la
clase baja. Las personas de mi rango no sirven nunca para nada. Tenemos un
encanto especial y con eso basta. Yo mismo no siento la menor inclinación por
ningún trabajo y menos aún por esa clase de trabajos, que enumera. Además,
siempre he sido de opinión que el trabajo rudo es simplemente el refugio de la
gente que no tiene otra cosa que hacer en la vida.
-¡Bien, bien! -dijo la pata, que era de temperamento pacífico y no reñía
nunca con nadie-. Cada cual tiene gustos diferentes. De todas maneras, deseo que
venga a establecer aquí su residencia.
-¡Nada de eso! -exclamó el cohete-. Soy un visitante, un visitante
distinguido y nada más. El hecho es que encuentro este sitio muy aburrido. No
hay aquí ni sociedad ni soledad. Resulta completamente de barrio bajo... Volveré
seguramente a la corte, pues estoy destinado a causar sensación en el mundo.
-Yo también pensé en entrar en la vida pública -observó la pata-. ¡Hay tantas
cosas que piden reforma! Así pues, presidí, no hace mucho, un mitin en el que
votamos unas proposiciones condenando todo lo que nos desagradaba. Sin embargo,
no parecen haber surtido gran efecto. Ahora me ocupo de cosas domésticas y velo
por mi familia.
-Yo he nacido para la vida pública y en ella figuran todos mis parientes,
hasta los más humildes. Allí donde aparecemos, llamamos extraordinariamente la
atención. Esta vez no he figurado personalmente, pero cuando lo hago, resulta un
espectáculo magnifico. En cuanto a las cosas domésticas, hacen envejecer y
apartan el espíritu de otras cosas más altas.
-¡Oh, qué bellas son las cosas altas de la vida! -dijo la pata-. ¡Esto me
recuerda el hambre que tengo!
Y la pata volvió a nadar por el río, continuando sus ¡cuac... cuac... cuac...!
-¡Vuelva, vuelva! -gritó el cohete-. Tengo muchas cosas que decirle.
Pero la pata no le hacía ningún caso.
-Me alegro de que se haya ido. Tiene realmente un espíritu mediocre.
Y hundiéndose un poco más en el fango, empezaba a reflexionar sobre la
belleza del genio, cuando de repente dos chiquillos con blusas blancas llegaron
al borde de la cuneta con un caldero y unos leños.
-Ésta debe ser la comisión -dijo el cohete. Y adoptó una digna compostura.
-¡Oh! -gritó uno de ellos-. Mira este palo viejo. ¡Qué raro que haya venido a
parar aquí!
Y sacó el cohete de la cuneta.
-¡Palo viejo! -refunfuñó el cohete-. ¡Imposible! Habrá querido decir palo
precioso. Palo precioso es un cumplido. Me toma por un personaje de la corte.
-¡Echémoslo al fuego! -dijo el otro muchacho-. Así ayudará a que hierva la
caldera.
Amontonaron los leños, colocaron el cohete sobre ellos y prendieron fuego.
-¡Magnífico! -gritó el cohete-. Me colocan a plena luz. Así todos me verán.
-Ahora vamos a dormir! -dijeron los niños-, y cuando nos despertemos estará
ya hirviendo la caldera.
Y acostándose sobre la hierba cerraron los ojos. El cohete estaba muy húmedo.
Pasó un buen rato antes de que ardiese. Sin embargo, al fin, prendió el fuego en
él.
-¡Ahora voy a partir! -gritaba.
Y se erguía y se estiraba.
-Sé que voy a subir más alto que las estrellas, más alto que la luna, más
alto que el sol. Subiré tan arriba que...
-¡Fisss! ¡Fisss! ¡Fisss!
Y se elevó en el aire.
-¡Delicioso! -gritaba-. Seguiré subiendo así siempre. ¡Qué éxito tengo!
Pero nadie lo veía.
Entonces comenzó a sentir una extraña impresión de hormigueo.
-¡Voy a estallar! -gritaba-. Incendiaré el mundo entero y haré tanto ruido,
que no se hablará de otra cosa en un año.
Y, en efecto, estalló.
-¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! -hizo la pólvora. La pólvora no podía hacer otra cosa.
Pero nadie oyó, ni siquiera los dos muchachos que dormían profundamente.
No quedó del cohete más que el palo que cayó sobre la espalda de una oca que
daba su paseo alrededor de la zanja.
-¡Cielos! -exclamó-. ¡Ahora llueven palos!
Y se tiró al agua.
-¡Me parece que he causado una gran sensación! -musitó el cohete.
Y expiró.
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