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Horatius, un oficial romano apostado en la recién
conquistada provincia de Averonia, busca en vano a su desaparecido compañero,
Galbius, de quien no existe al parecer ni señal ni rumor entre los nativos.
Horatius, desesperado, solicita por último un oráculo de los druidas paganos: el
((temible)) y maligno
oráculo del espantoso dios Sadoqua, el cual se cree dormita eternamente bajo
tierra en una caverna en medio de los profundos bosques de Averonia. Encuentra
el lugar, acompañado por varios soldados, y es llevado por los sombríos,
repulsivos druidas que le ((ordenan))
entrar en la cueva del oráculo ((solo)).
En una gruta hendida de arriba a abajo, donde la luz de fuera desciende
lúgubremente al interior de medio veladas sombras, halla a un extraño ser mitad
humano, peludo, atezado, encadenado junto a una ((fétida,
humeante)) sima de donde brotan
hórridos, hediondos vapores. El ser ((responde)),
habla en un semiarticulado latín, y da una críptica contestación a sus preguntas
relativas al destino de Galbius. Horatius se siente extrañamente desasosegado
por algo en la voz; y cuando la medio tamizada luz del sol cae por un momento
sobre el insólito oráculo, cree ver en este ser un remoto, deformado, imposible
parecido con el perdido Galbius. La criatura, empero, niega ser Galbius; y
Horatius se marcha con sus hombres, más dolorosamente perplejo y confuso que
antes. Al irse, se encuentra con una preciosa chica pagana, que mora en las
proximidades de la caverna. Se produce una inmediata atracción entre los dos; y
Horatius regresa más tarde, solo, para continuar conociéndola. El amor crece
entre ellos y la chica le cuenta, de mala gana, alguno de los verdaderos
secretos de la caverna del oráculo, y confiesa que el actual oráculo es
efectivamente el perdido Galbius, quien fue secuestrado por los druidas y
encadenado al lado de la sima. Los vapores elevándose desde ella le habían hecho
olvidar rápidamente todos sus recuerdos normales y habían causado su degradación
en una forma subhumana. De esta manera, se había convertido en un apropiado
médium a fin de ser influido por el durmiente dios Sadoqua, el que conoce todas
las cosas; y podía responder las preguntas con las respuestas que el dios le
dictaba. Muchos otros habían sido los oráculos del dios. Se decía que los
vapores emanados de la sima eran su mismo aliento; y su efecto era tan terrible
que pocos mortales podían resistirlos mucho tiempo sin morir o cuando menos
tornarse tan embrutecidos que ya no eran capaces de hablar y perdían su valor
como mediadores. Al saber esto, ((Galbius)) Horatius
encolerizado entra de nuevo en la cueva secreta, y se encuentra con que Galbius
se ha convertido en una casi informe masa de negro, velludo plasma, que profiere
inarticulados sonidos. Horrorizado, trata de matar a la cosa. Los druidas entran
y lo prenden mientras hunde su espada en el metamorfoseado Galbius. Es dejado
inconsciente de un golpe. Al recobrar más tarde la consciencia, se encuentra a
sí mismo encadenado junto a la maligna sima, inhalando los humos que le hacen
olvidar su pasado humano en un loco, primigenio delirio.
FIN |
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