Demasiado lejos queda su pálido y mortal rostro, y
demasiado remotas las nieves de su pecho letal como para que mis ojos puedan
contemplarlos jamás. Pero hay veces en que me llega su susurro, como un helado
viento de ultratumba, debilitado después de atravesar los golfos que separan a
los mundos, y que ha surgido sobre los últimos horizontes de desiertos rodeados
de hielo. Y me habla en un idioma que nunca he oído, pero que siempre he
conocido; y me habla de cosas mortales y de cosas maravillosas, fuera del
alcance de los deseos estáticos del amor. Su relato no es sobre algo bueno o
malo, ni sobre nada que pueda ser deseado o concebido o pensado por las termitas
de la tierra; y el aire que respira, y la tierra por donde anda errante,
estallarían como el frío cortante del espacio sideral; y sus ojos cegarían la
visión de los hombres como si fueran el sol; y su beso, si pudiera alcanzarse,
se retorcería acuchillando como el beso del relámpago.
Pero al oír su susurro lejano y poco frecuente, me
imagino una visión de vastas auroras, sobre continentes más grandes que el
mundo, y mares demasiado extensos para las quillas de las empresas humanas. Y a
veces balbuceo los lazos extraños que nos trae, si bien nadie los recibirá con
agrado, y nadie creerá en ellos ni los escuchará. Y en algún amanecer de los
años desesperados, me adelantaré y seguiré hasta donde me llama, para buscar el
beatífico nado de sus distancias nevadas, para perecer entre sus inescrutables
horizontes.
FIN