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Se dice que el desierto de Soom
se extiende en un extremo del mundo, de difícil situación geográfica, entre
tierras casi desconocidas y otras inimaginables. Los viajeros le tienen miedo
porque sus arenas desérticas y movedizas no tienen oasis;
además, cuenta la leyenda que allí habitaban horrores indescriptibles. En este
sentido, existen numerosos relatos, cada cual distinto. Algunos dicen que no es
ni visible, ni audible, y otros dicen que se trata de una mera quimera de muchas
cabezas, cuernos y rabos, y una lengua cuyo sonido es semejante al tañido de las
campanas en auditorios abovedados durante algún funeral solemne. Todas las
caravanas y aventureros solitarios que regresaron de Soom contaban relatos
extraños; otros ni pudieron regresar siquiera, y hubo incluso quien se volvió
completamente loco a causa del terror y el vértigo provocados por un espacio
infinito y vacío... En efecto, eran muchos los relatos que existían en torno a
un ser que espiaba furtivamente, o a todo un ejército de mil diablos; se hablaba
de algo que se escondía aguardando detrás de las dunas movedizas, o de algo que
rugía y susurraba desde la arena o desde el viento, o se mueve invisible en un
silencio opresor, o cae desde el aire como un insecto aplastante, o bosteza
abriéndose como un pozo repentinamente ante los pies del viajero.
Pero hace mucho tiempo existió una pareja de amantes
que llegaron al desierto de Soom y cruzaron las estériles arenas. Desconocían la
existencia del mal por aquellos parajes, y como habían encontrado un acogedor
edén en sus respectivos ojos, es posible que no se dieran cuenta de que
atravesaban un desierto. Y entre todos los que se atrevieron a pisar la temible
desolación fueron los únicos que no regresaron con una nueva historia sobre algo
terrible, sobre algún horror que los hubiera seguido o espiado, algo visible o
invisible, audible o inaudible. Para ellos no hubo ni quimeras de múltiples
cabezas, ni pozos bostezantes, ni insectos monstruosos. Además, nunca pudieron
comprender las historias que les relataron caminantes menos afortunados.
FIN |
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