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La cocina de la granja quizás estaba donde estaba por azar o accidente. Sin
embargo, la ubicación bien podía haber sido proyectada por un experto estratega
en arquitectura campesina. La lechería, el corral, el huerto y los demás lugares
de trajín de la granja parecían tener fácil acceso a aquel refugio con piso de
anchas losas, en donde había espacio para todo y en donde un par de botas
embarradas dejaban huellas fáciles de barrer. Y aún así, a pesar de lo bien
emplazada que estaba en el centro del tráfago humano, su única ventana, larga,
enrejada, con un amplio asiento empotrado y enmarcada en un alféizar más allá de
la enorme chimenea, dominaba un dilatado paisaje silvestre de colinas, brezales
y boscosas cañadas. El hueco de la ventana era casi un cuartito de por sí, en
realidad el más agradable de la granja en cuanto a situación y posibilidades. La
joven señora Ladbruk, cuyo marido acababa de recibir la granja por herencia,
había puesto los ojos en el cálido rinconcito; y los dedos le picaban por
volverlo claro y acogedor con cortinas de zaraza, vasos llenos de flores y una
repisa o dos con viejos platos de porcelana. La mohosa sala de la casa, que daba
a un jardín adusto, melancólico y encerrado por tapias lisas y altas, no era un
cuarto que se prestara con facilidad para el confort o la decoración.
-Cuando estemos más instalados voy a hacer maravillas en la cocina para que
sea habitable -decía la joven mujer a las contadas visitas.
En aquellas palabras había un deseo callado, un deseo que además de callado
era inconfesable. Emma Ladbruk era la señora de la granja. Junto con su marido
podía tener derecho a opinar y hasta cierto punto a decidir en la conducción de
sus asuntos. Pero no era la señora de la cocina.
En un estante de un viejo aparador, en compañía de salseras desportilladas,
jarras de peltre, ralladores de queso y facturas pagadas, descansaba una raída
biblia que tenía anotado en la portada el desteñido registro de un bautismo
fechado noventa y cuatro años atrás. "Martha Crale" rezaba el nombre escrito en
la página amarillenta. Y la amarillenta y arrugada anciana que rengueaba y
hablaba entre dientes por toda la cocina, parecida a una hoja marchita que los
vientos de invierno siguen soplando de un lado para otro, alguna vez había sido
Martha Crale. Durante setenta y pico de años había sido Martha Mountjoy. Nadie
podía recordar por cuántos años había andorreado de acá para allá entre el
horno, el lavadero y la lechería, o salido al gallinero y al jardín, rezongando,
murmurando y riñendo, pero trabajando sin parar. Emma Ladbruk, a cuyo arribo le
había prestado tanta atención como a una abeja errante que entrara por la
ventana en un día de verano, la miraba al principio con una especie de temerosa
curiosidad. Era tan vieja y tanto hacía parte del lugar que costaba decir con
precisión que fuera un ser animado. El viejo Shep, un pastor escocés de hocico
blanco y miembros entumidos, cuyas horas estaban ya contadas, casi parecía más
humano que aquella anciana mustia y seca. Había sido un cachorrito bulloso y
juguetón, desbordante de alegría de vivir, cuando ella era ya una anciana de
pasos inseguros; y ahora era un cadáver vivo y ciego, nada más, y ella todavía
trabajaba con frágil tesón, todavía barría, horneaba y lavaba, traía y llevaba.
Si algo había en esos sabios perros viejos que no pereciera del todo con la
muerte, solía meditar Emma, cuántas generaciones de perros fantasmas debía de
haber afuera en las colinas, criadas, atendidas y despedidas en la hora final
por Martha en aquella cocina. Y cuántos recuerdos debía de guardar de las
generaciones humanas que habían muerto en sus días. Le resultaba difícil a
cualquiera, y mucho más a una extraña como Emma, hacerla hablar de los tiempos
pasados. Sus palabras, chillonas y cascadas, se referían a puertas que habían
dejado sin seguro, baldes extraviados, terneros a los que ya era hora de
alimentar, y a las diversas faltas y omisiones que salpican la rutina de una
granja. De cuando en cuando, llegada la fecha de elecciones, desempolvaba los
recuerdos de los viejos nombres que libraran antaño esas contiendas. Había
habido un Palmerston, muy sonado por los lados de Tiverton. Tiverton no quedaba
muy lejos a vuelo de pájaro, pero para Martha era casi otro país. Después
vinieron los Northcotes, los Aclands y muchos otros nuevos apellidos que había
olvidado ya. Los nombres cambiaban, pero se trató siempre de liberales y
conservadores, de amarillos y azules. Y siempre se pelearon a los gritos sobre
quién estaba en lo correcto y quién no. Por el que más se pelearon había sido un
viejo y distinguido caballero de expresión colérica... recordaba haber visto su
retrato en las paredes; y en el piso también, con una manzana podrida y
aplastada encima, pues en la granja se cambiaba de política de tiempo en tiempo.
Martha nunca había estado de un lado o de otro; ninguno de "ellos" había
beneficiado para nada a la granja. Este era su veredicto general, dictado con
toda la desconfianza de una campesina por el mundo exterior.
Cuando la medio temerosa curiosidad se hubo desvanecido, Emma Ladbruk se
sintió incómoda al descubrir que abrigaba otro sentimiento hacia la vieja. Ésta
era una exótica tradición estancada en el lugar, era parte integral de la propia
granja, era algo a la vez patético y pintoresco... pero era un soberano estorbo.
Emma había llegado a la granja llena de planes de efectuar pequeñas reformas y
mejoras, en parte por su adiestramiento en los métodos y procedimientos
modernos, en parte por efecto de sus propias ideas y caprichos. Las reformas en
la región de la cocina, de haber sido posible hacer que esos oídos sordos se
mostraran dispuestos a escuchar, habrían encontrado un rechazo sumario y
despectivo; y la región de la cocina abarcaba las zonas del manejo de la leche y
las hortalizas, y la mitad de las faenas domésticas. Emma, que se sabía al
dedillo lo último en el arte de preparar aves de corral muertas, tomaba asiento
a un lado, observadora inadvertida, mientras la vieja Martha espetaba los pollos
para el puesto del mercado de la misma manera que los había espetado durante
casi ochenta años... por los muslos, sin tocar la pechuga. Y las mil sugerencias
sobre la forma más eficaz de hacer el aseo, aligerar el trabajo y demás cosas
que contribuyen a una vida sana y que la joven estaba dispuesta a impartir o
llevar a la práctica, se perdían en la nada ante aquella presencia mustia,
rezongona y desatenta. Sobre todo, el codiciado rinconcito de la ventana, que
podía ser un lindo oasis de alegría en la sombría cocina, estaba ahora atestado
con un revoltijo de cachivaches que Emma, a pesar de su toda autoridad nominal,
no se habría tomado el atrevimiento o la molestia de remover. Parecían
revestidos por la protección de algo similar a una telaraña humana.
Definitivamente, Martha era un estorbo. Habría sido una canallada desear ver
aquella vida añeja y corajuda acortada en unos miserables meses; pero a medida
que pasaban los días Emma reconoció que allí estaba el deseo, por más que lo
negara, agazapado en el fondo de su mente.
Sintió que la vileza de aquel deseo la invadió, junto con un remordimiento de
conciencia, un día en que entró a la cocina y descubrió que las cosas no
marchaban como de costumbre en aquel sitio de constante ajetreo. La vieja Martha
no estaba trabajando. A sus pies había una canasta de maíz, y en el corral los
pollos empezaban a piar en protesta por haberse pasado la hora de la
alimentación. Pero Martha estaba acurrucada en el asiento de la ventana, mirando
afuera con sus ojos opacos como si divisara algo más raro que el paisaje otoñal.
-¿Pasa algo, Martha? -preguntó la joven esposa.
-Es la muerte, es la muerte que viene -respondió la voz cascada-. Ya sabía
que venía, ya lo sabía yo. Por algo el viejo Shep estuvo aullando toda la
mañana. Y anoche oí cuando la lechuza cantó el grito de la muerte; y una cosa
blanca pasó corriendo por el patio ayer. No era ni un gato ni una comadreja, era
una cosa... Las gallinas supieron que era algo y se corrieron todas para un
lado. ¡Ay!, esos son avisos. Yo ya sabía que venía.
Los ojos de la joven se empañaron de lástima. El carcamal que estaba ahí
sentado, tan encogido y pálido, había sido alguna vez una niñita alegre y
bulliciosa que jugara por los senderos, henales y desvanes de una granja. De eso
hacía ochenta años largos, y ahora no era más que un viejo y frágil cuerpo que
se achicaba ante el cercano frío de la muerte que al fin venía a llevársela.
Probablemente no se podía hacer mayor cosa por ella, pero Emma corrió a buscar
ayuda y consejo. Sabía que su marido andaba en una tala de árboles a cierta
distancia, pero podía encontrar otro ser racional que conociera a la vieja mejor
que ella. No tardó en descubrir que la granja tenía la cualidad, común a todos
los corrales, de tragarse y desaparecer a sus moradores humanos. Las gallinas la
siguieron con interés y los cerdos le gruñeron inquisitivamente tras las rejas
de sus porquerizas, pero el granero, el henar, el huerto, los establos y la
lechería no premiaron su búsqueda. Entonces, mientras desandaba el camino hacia
la cocina, se topó de repente con su primo, conocido por todos como el joven
señor Jim, que repartía el tiempo entre la trata aficionada de caballos, la caza
de conejos y el flirteo con las criadas del lugar.
-Me temo que la vieja Martha se está muriendo -dijo Emma.
Jim no era una de esas personas a las que hay que darles las noticias con
suavidad.
-¡Tonterías! -dijo éste-. La intención de Martha es llegar a los cien años.
Así me lo dijo y así lo va a hacer.
-En realidad se puede estar muriendo en este momento, o puede ser que sólo
empiece a derrumbarse -insistió Emma, llena de desprecio por la estupidez y
lentitud del joven.
Una sonrisa se dibujó en las facciones bonachonas del otro.
-Pues no parece así -dijo, señalando con la cabeza hacia el patio.
Emma se volvió para captar el significado de este comentario. La vieja Martha
estaba en el centro de una multitud de aves de corral, esparciendo granos a su
alrededor. El pavo con el brillo bronceado de sus plumas y el rojo púrpura de su
barba, el gallo de pelea con el radiante lustre metálico de su plumaje oriental,
las gallinas con sus ocres, pardos y amarillos y el escarlata de sus crestas, y
los patos con sus cabezas color verde botella, componían un revoltijo de
intensos colores en el centro del cual la anciana parecía un tallo marchito que
se irguiera en medio de un macizo de vistosas flores. Pero arrojaba el grano
hábilmente entre la mezcolanza de picos y su cascada voz llegaba a las dos
personas que la estaban observando. Seguía machacando sobre el tema de la muerte
que venía en camino.
-Yo ya sabía que venía. Ha habido signos y advertencias.
-¿Quién murió, pues, señora? -llamó el joven.
-El joven señor Ladbruk -chilló ella por respuesta-. Acaban de traer su
cadáver. Por esquivar un árbol que tumbaban chocó con una estaca de hierro.
Estaba muerto cuando lo recogieron. ¡Ay, yo la veía venir!
Y se dio vuelta para arrojar un puñado de cebada a una manada de gallinas de
Guinea rezagadas que llegaban corriendo.
La granja era una heredad familiar y pasó a manos del primo cazador de
conejos en su calidad de pariente más cercano. Emma Ladbruk salió volando de su
cotidianeidad, como una abeja que entrara por la ventana abierta y en su
revoloteo volviera a atravesarla. Cierta mañana fría y gris se encontró
esperando, sus cajas ya acomodadas en la carreta, a que todos los productos del
mercado estuvieran listos, pues el tren que iba a tomar era menos importante que
los pollos, la mantequilla y los huevos que iban a ser puestos en venta. Desde
donde estaba podía ver una esquina de la larga ventana enrejada que habría
quedado tan acogedora con las cortinas y tan alegre con los floreros. Se le
ocurrió pensar que durante meses, años quizás, mucho tiempo después de que la
hubieran olvidado por completo, se vería asomar una cara pálida y desentendida a
través de esos cristales, y que se oiría rezongar una voz débil y trémula por
esos corredores enlosados. Se dirigió hasta una ventana batiente de tupidos
barrotes que daba a la despensa de la casa. La vieja Martha se encontraba de pie
frente a una mesa, espetando un par de pollos para el puesto del mercado de la
misma manera que los había espetado desde hacía casi ochenta años.
FIN
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