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Corría el año 1799, cuando el capitán Amasa Delano, de Duxbury (Massachusetts),
al mando de un gran velero mercante, ancló con un valioso cargamento
en la ensenada de Santa María, una isla pequeña, desierta y
deshabitada, situada hacia el extremo sur de la larga costa de
Chile. Había atracado allí
para abastecerse de agua.
Al segundo día, poco después del
amanecer, cuando aún se encontraba acostado en su camarote, su
primer oficial bajó a informarle que una extraña vela estaba
entrando en la bahía. Por aquel entonces, en esas aguas las
embarcaciones no abundaban como ahora. Se levantó, se vistió y subió
a cubierta.
El amanecer era característico de
esa costa. Todo estaba mudo y encalmado; todo era gris. El mar,
aunque cruzado por las largas ondas del oleaje, parecía fijo, con la
superficie bruñida como plomo ondulado que se hubiera enfriado y
solidificado en el molde de un fundidor. El cielo aparecía
totalmente gris. Bandadas de aves de color gris turbio estrechamente
entremezcladas con jirones de vapores de un gris igualmente turbio
pasaban a rachas en vuelo rasante sobre las aguas, como golondrinas
sobre un prado antes de una tormenta. Sombras presentes que
anunciaban la llegada de sombras más profundas.
Para sorpresa del capitán Delano,
el desconocido, visto a través del catalejo, no mostraba colores a
pesar de que mostrarlos al entrar en un puerto, por más deshabitadas
que estuvieran sus orillas, donde pudiera encontrarse un solo barco,
era costumbre entre marineros pacíficos de todas las naciones.
Considerando la soledad y el desamparo del lugar, y la clase de
historias que en aquellos días se asociaban a esos mares, la
sorpresa del capitán Delano se hubiera trocado en intranquilidad de
no haber sido éste una persona de naturaleza singularmente confiada,
que no tendía, excepto a causa de extraordinarios y reiterados
motivos, y aún así difícilmente, a permitirse sentimientos de alarma
que implicaran de alguna manera la imputación de perversa maldad en
el prójimo. A la vista de todo lo que es capaz el género humano,
mejor será dejar en manos de los entendidos determinar si tal
característica supone, junto a un corazón benevolente, algo más que
la normal rapidez y precisión en la percepción intelectual.
Pero, cualesquiera que fueran los
temores que hubiera suscitado la presencia del desconocido en la
mente de cualquier marinero, se habrían casi desvanecido al observar
que la nave, al entrar navegando en la ensenada, se aproximaba
demasiado a tierra para evitar un escollo sumergido que se divisaba
cerca de su proa. Ello parecía probar que era realmente un extraño,
no tan sólo para el velero, sino también respecto a la isla; por lo
tanto, no podía tratarse de ningún filibustero habitual de esas
aguas. Sin perder interés, el capitán Delano siguió observándolo,
tarea que en nada facilitaban los vapores que cubrían el casco, a
través de los cuales la lejana luz matinal del camarote fluía con
considerable ambigüedad; al igual que el sol, que empezaba a mostrar
su truncada esfera sobre la línea del horizonte aparentando
acompañar al desconocido que entraba en la ensenada, y que, velado
por esas mismas nubes bajas y errantes, aparecía de forma no muy
distinta al siniestro único ojo de una intrigante de Lima acechando
la plaza desde la rendija india de su oscura saya y manta.1
Podía haber sido tan sólo un
engaño de la niebla, pero cuanto más tiempo se le observaba, tanto
más singulares parecían las maniobras de aquel velero. Poco después
resultaba difícil conjeturar si se proponía entrar o no, qué quería
o qué pretendía hacer. El viento, que había arreciado un poco
durante la noche, era ahora extremadamente suave y variable, lo cual
aumentaba la aparente inseguridad de sus movimientos.
Suponiendo finalmente que podía
tratarse de un barco en apuros, el capitán Delano ordenó que
lanzaran al agua su barca ballenera, y, a pesar de la cautelosa
oposición de su primer oficial, se preparó para abordarlo y, por lo
menos, dirigirlo a puerto. La noche anterior, una partida de
marineros había ido de pesca a bastante distancia, a unas rocas algo
alejadas, fuera de la vista del velero, y, una o dos horas antes del
amanecer, habían vuelto, con un botín mayor de lo esperado.
Presumiendo que el navío desconocido podía haber pasado mucho tiempo
en aguas más profundas, el bueno del capitán puso en la barca unos
cuantos cestos de pescado, para ofrecérselos como obsequio y partió.
Viendo que proseguía demasiado cerca del escollo hundido y
considerándolo en peligro, mandó a sus hombres que se apresuraran
para poder advertir a los de a bordo de su situación. Pero, poco
antes de que la barca se acercara, el viento, aunque suave, habiendo
cambiado de dirección, había alejado la nave, además de haber
disipado en parte las brumas que la rodeaban.
Al obtener una vista menos remota,
cuando la nave se hizo destacadamente visible sobre la cresta de un
oleaje plomizo, con jirones de niebla aquí y allá cubriéndola como
harapos, apareció como un monasterio de blancas paredes, tras una
terrible tormenta, asomando sobre un peñasco pardo en el corazón de
los Pirineos. Pero no era una semejanza puramente imaginaria lo que
entonces, por un momento, llevó al capitán Delano casi a pensar que
un barco repleto de monjes se hallaba ante sus ojos. Mirando por
encima de los macarrones, se encontraba lo que realmente semejaba un
tropel de capuchas oscuras, al tiempo que, saliendo a tongadas a
través de las portillas abiertas, se divisaban tenuemente otras
oscuras figuras móviles, como frailes negros deambulando por los
claustros.
Al ir acercándose, esta apariencia
se fue modificando y se hizo patente la auténtica índole de la nave:
se trataba de un buque mercante español de primera clase, que, entre
otras valiosas mercancías, transportaba un cargamento de esclavos
negros de un puerto colonial a otro. Un voluminoso y, en su
momento, excelente navío de los que aún se podían encontrar en
aquellos días, de vez en cuando, por esos mares. Naves anticuadas
cargadas de tesoros de Acapulco o fragatas retiradas de la armada
real española, que, como arruinados palacios italianos, a pesar de
la decadencia de sus propietarios, conservaban todavía vestigios de
su apariencia original.
Al acercarse más y más con la
barca ballenera, la causa del singular aspecto blanqueado que
presentaba el extraño se hacía patente en el descuidado abandono que
lo invadía. Los palos, cuerdas y gran parte de los macarrones
parecían recubiertos de lana a causa de la larga ausencia de
contacto con la rasqueta, la brea y el escobón. La quilla parecía
desarmada, las cuadernas rejuntadas, y la propia nave botada desde
el «Valle de los Huesos Secos» de Ezequiel.
Pese a la misión para la que
actualmente estaba siendo utilizado, el modelo y aparejo del navío
en general no parecían haber sufrido ninguna modificación del
diseño bélico y Froissart original. Sin embargo, no se veían armas.
Las cofas eran grandes y estaban
cercadas por lo que había sido una red octagonal, todo ahora en
triste desorden. Dichas cofas colgaban allá arriba cual tres
pajareras ruinosas, en una de las cuales se veía, colgando de un
flechaste, un Anous stolidus blanco, ave extraña así denominada por
su carácter aletargado y sonámbulo, siendo frecuentemente atrapada a
mano en el mar. Maltrecho y enmohecido, el almenado castillo de proa
parecía un antiguo torreón, tomado por asalto en el pasado y más
tarde abandonado. Hacia la popa, dos galerías laterales elevadas,
las balaustradas cubiertas aquí y allá de musgo marino seco como
yesca, abriéndose desde la desocupada cabina de mando, cuyas
claraboyas, a causa del clima templado se hallaban herméticamente cerradas y calafateadas; estos
balcones sin inquilino colgaban por encima del mar como si fuera el
Gran Canal de Venecia. Pero la principal reliquia de su grandeza
venida a menos era el amplio óvalo de la pieza de popa,
intrincadamente tallado con los escudos de Castilla y León,
enmarcados por grupos de emblemas de tema mitológico o simbólico, y
en cuya parte central superior aparecía un oscuro sátiro enmascarado
pisando la doblada cerviz de una contorsionada figura, también
enmascarada. No estaba del todo claro si el barco tenía un mascarón
de proa, o tan sólo el simple espolón, a causa de las velas que
envolvían esa parte, bien para protegerla en el proceso de
restauración, bien para esconder decentemente su deterioro.
Rudimentariamente pintada o escrita con tiza, como por un capricho
de marinero, a lo largo de la parte delantera de una especie de
pedestal bajo las velas, se hallaba la frase «Seguid a vuestro
jefe»;2
mientras que sobre la deslucida empavesada del beque aparecía en
majestuosas mayúsculas, que en tiempos habían sido doradas, el
nombre del barco San Dominick,3
con cada letra corroída por los finos regueros de orín que bajaban
desde los clavos de cobre; al mismo tiempo, como algas de luto,
oscuros adornos de hierbas marinas barrían viscosamente el nombre de
aquí para allá con cada fúnebre balanceo del casco.
Cuando, finalmente, la barca fue
amarrada por babor al portalón central del barco, la quilla, todavía
separada unas pulgadas del casco, rozó ásperamente como sobre un
arrecife de coral sumergido. Resultó ser un enorme ramo de percebes
adherido como un quiste al costado del barco por debajo del agua,
testimonio de vientos variables y calmas prolongadas transcurridas
en alguna parte de esos mares.
Habiendo subido por el costado, el
visitante fue inmediatamente rodeado por una clamorosa multitud de
blancos y negros, los últimos en mayor número que los primeros,
bastante más de lo que podía esperarse en un barco de transporte de
negros, como este desconocido de la bahía. Sin embargo, unos y otros
en una misma lengua y con voz unánime, empezaron a referir un mismo
relato de los sufrimientos padecidos, en lo que las negras, de las
que había no pocas, superaban a los demás en su dolorosa vehemencia.
El escorbuto, junto con las fiebres, habían barrido gran número de
ellos, más especialmente de españoles. Saliendo del cabo de Hornos,
habían escapado por poco del naufragio; luego, sin viento, habían
quedado inmovilizados durante días enteros; iban cortos de
provisiones y casi desprovistos de agua; sus labios, en aquel
momento, estaban acartonados.
Mientras el capitán Delano se
convertía de esta manera en el blanco de todas aquellas lenguas
impacientes, sólo un mirada, la suya, también impaciente, observaba
todas las caras y los objetos que las rodeaban.
Siempre que se aborda por primera
vez un barco grande y populoso en medio del mar, especialmente si es
extranjero, con una tripulación desconocida como los lascars o los
hombres de Manila, se siente una impresión peculiar, distinta de la
que se produce al entrar por primera vez en una casa extraña, con
extraños habitantes, en una tierra extraña. Ambos, la casa y el
barco, una con sus muros y postigos, el otro con sus macarrones,
altos como murallas, ocultan a la vista su interior hasta el último
instante, pero en el caso de este barco había algo más: el vivo
espectáculo que contenía, al revelarse súbita y totalmente,
producía, en contraste con el vacío océano que lo rodeaba, un efecto
parecido al de un encantamiento. El barco parecía irreal: aquellas
extrañas costumbres, gestos y rostros, como un fantasmagórico
retablo viviente apenas emergido de las profundidades, que habrán de
recobrar sin tardanza lo que nos han ofrecido.
Posiblemente fue un influjo
parecido al que se ha intentado describir más arriba lo que, en la
mente del capitán Delano, le hizo pasar por alto aquello que,
observado sensatamente, podía haber parecido poco normal,
especialmente las notables figuras de cuatro viejos negros de pelo
cano, con cabezas como copas de sauces negros y temblorosos,
quienes, en venerable contraste con el tumulto que se encontraba más
abajo, se hallaban acomodados, cual esfinges, uno sobre la serviola
de estribor, el otro a babor, y los otros dos cara a cara en los
macarrones de enfrente, por encima de las cadenas principales. Cada
uno de ellos tenía en las manos algunos pedazos destrenzados de
cuerdas viejas y, con una especie de estoica satisfacción, iban
recogiendo los restos de cuerda en un montoncillo de estopa que
tenían a su lado. Acompañaban su tarea con un continuo, grave y
monótono canto, murmurando y moviéndose como tantos canosos gaiteros
al interpretar una marcha fúnebre.
El alcázar sobresalía por encima
de una amplia y elevada popa sobre cuyo borde delantero; a unos ocho
pies por encima de la multitud general; como los recogedores de
estopa, sentados con las piernas cruzadas; alineados a intervalos
regulares, se encontraban otros seis negros, cada uno con un hacha
oxidada en la mano, que, con un pedazo de piedra y un trapo, se
atareaban en fregar como marmitones, al tiempo que entre cada dos de
ellos se hallaba un montoncillo de hachas, con los filos oxidados
vueltos hacia arriba esperando una operación similar. Si bien,
ocasionalmente, los cuatro recogedores de estopa se dirigían
brevemente a alguna persona, o a varias, de las que se congregaban
abajo, los seis pulidores de hachas ni hablaban con otros ni
intercambiaban un solo susurro entre ellos sino que se hallaban
entregados a su tarea, salvo en contadas ocasiones, en las que, de
dos en dos, con el típico amor de los negros por aunar trabajo y
pasatiempo, hacían chocar sus hachas, que sonaban como címbalos, con
bárbaro estrépito. Aquellos seis, al contrario del resto,
conservaban su tosco aspecto africano.
Pero aquella mirada general, que
comprendía esas diez figuras, con resultados menos notables, se
demoró tan sólo un instante sobre todos ellos, ya que, impaciente a
causa de la barahúnda de voces, el visitante se puso en búsqueda de
quien fuera que estuviese al mando de la nave.
Pero como si estuviera dispuesto a
dejar que la naturaleza siguiera su propio curso entre la sufrida
carga, o quizá desesperado por contenerla momentáneamente, el
capitán español, un hombre de noble apariencia, reservado, y
bastante joven a los ojos de un extraño, vestido con singular
riqueza, pero mostrando claras secuelas de una reciente falta de
sueño a causa de inquietudes y sobresaltos, esperaba pasivamente,
apoyado en el palo mayor, lanzando en un momento dado una triste,
desencantada mirada sobre su enervada gente, para volverla luego,
melancólicamente, hacia su visitante. Se hallaba a su lado un negro
de baja estatura, en cuyo rudo rostro, que ocasionalmente levantaba
en silencio, como lo hace el perro de un pastor, para mirar al
español, se mezclaban por igual la pena y el afecto.
Abriéndose paso entre la multitud,
el norteamericano avanzó hacia el español dándole muestras de su
solidaridad y ofreciéndole toda la ayuda que estuviera a su alcance,
a lo que el español respondía tan sólo con graves y formales
muestras de agradecimiento, empañada su ceremoniosidad hispánica por
un taciturno estado de ánimo mezclado con un precario estado de
salud.
Pero, sin perder tiempo en meros
cumplidos, el capitán Delano, volviendo al portalón, mandó subir el
cesto de pescado, y como el viento seguía siendo suave, por lo que
deberían pasar por lo menos algunas horas antes de que pudieran
llevar el barco al fondeadero, ordenó a sus hombres que volvieran al
velero y trajeran tanta agua como pudiera transportar la barca
ballenera, junto a todo el pan tierno que tuviera el mayordomo,
todas las calabazas que quedaran a bordo, una caja de azúcar y una
docena de sus botellas de sidra personales.
Pocos minutos después de que
partiera el bote, para colmo de contrariedades, el viento amainó
completamente, y, con la marea, el barco empezó a moverse sin
remedio mar adentro. Mas, convencido de que la situación no se
prolongaría demasiado, el capitán Delano procuró, con palabras
esperanzadoras, levantar el ánimo de los extraños, sintiéndose muy
satisfecho porque, gracias a sus frecuentes viajes a lo largo de los
mares de España, podía conversar con cierta soltura en su lengua
nativa con personas en tan difícil situación.
Estando a solas con ellos, no le
llevó mucho tiempo observar algunos detalles que tendían a confirmar
sus primeras impresiones; pero su sorpresa se trocó en lástima,
tanto hacia los españoles como hacia los negros, al encontrar ambos
contingentes evidentemente reducidos a causa de la falta de agua y
provisiones, del mismo modo que el sufrimiento largo y sostenido
parecía haber hecho aflorar las cualidades menos benévolas de los
negros, al tiempo que deterioraba la autoridad de los españoles sobre
ellos. Sólo que, precisamente en estas condiciones, debía haberse
previsto que las cosas llegarían a tal estado. En lo que respecta a
ejércitos, armadas, ciudades o familias, incluso en la misma
naturaleza, nada relaja tanto las buenas costumbres como la miseria.
Sin embargo el capitán Delano tenía la idea de que si Benito Cereno
hubiera sido un hombre más enérgico, el desorden no habría llegado a
tal extremo. Pero la debilidad del capitán español, ya fuera
constitucional o provocada por las dificultades físicas y mentales,
era demasiado obvia para ser pasada por alto. Presa de un
abatimiento permanente, como si -habiendo sido burlado largo tiempo
por la esperanza no pudiera admitirla ahora que la burla había
cesado- la perspectiva de fondear aquel mismo día o aquella noche a
mucho tardar, disponiendo de abundante agua para su gente y con un
fraternal capitán para aconsejarle y ofrecerle su amistad, no le
animara de manera perceptible. Su mente parecía trastornada o quizás
aun más seriamente afectada. Encerrado entre aquellas paredes de
roble, encadenado a un aburrido círculo de mando cuya incondicionalidad le hartaba; cual hipocondríaco abad se paseaba
lentamente, parando a veces súbitamente, volviendo a caminar, con la
mirada fija, mordiéndose el labio, mordiéndose las uñas,
ruborizándose, empalideciendo, pellizcándose la barba, y con otros
síntomas de tener la mente ausente o abatida. Ese espíritu enfermizo
se alojaba, como ya antes se ha esbozado, en una estructura igual de
enfermiza. Era bastante alto, pero no parecía haber sido nunca
robusto y ahora, con los nervios destrozados, se había quedado
esquelético. Parecía habérsele confirmado recientemente cierta
tendencia a las complicaciones pulmonares. Su voz era como la de
alguien a quien le falta la mitad de los pulmones, áspera y
contenida, como un ronco susurro. No era de extrañar, en tal estado,
que se tambaleara, ni que su criado personal lo siguiera sin
perderlo nunca de vista. De vez en cuando el negro ofrecía el brazo
a su amo, o sacaba un pañuelo del bolsillo para dárselo, cumpliendo
estas y similares funciones con ese celo afectuoso que convierte en
algo filial o fraterno aquellos actos que en sí mismos no son más
qué una muestra de servilismo y que les ha valido a los negros la
reputación de ser los ayudas de cámara más satisfactorios del mundo,
y con los que su amo no se ve obligado a mostrarse frío y superior,
sino que puede tratarlos con amistosa confianza, más que como a un
sirviente, como a un fiel compañero.
Al tiempo que observaba la ruidosa
indisciplina de los negros en general, así como lo que parecía una
taciturna incompetencia de los blancos, no sin cierta humanitaria
complacencia, el capitán Delano fue testigo de la correcta y firme
conducta de Babo.
Aunque la buena conducta de Babo
parecía despertar de su nebulosa languidez al medio lunático don
Benito más efectivamente que el mal comportamiento de algunos otros,
no era ésta precisamente la impresión que había causado el español
en la mente de su visitante que, en aquel momento, consideró la
agitación del español tan sólo como una característica propia de la
aflicción general que reinaba en el barco. Sin embargo, el capitán
Delano se sentía no poco preocupado por lo que, por el momento, no
podía evitar considerar una poco amistosa actitud de don Benito hacia su persona. La
actitud del español, además, daba la impresión de un amargo y triste
desdén, que no parecía esforzarse en disimular. Pero el norteamericano lo
atribuyó caritativamente a los molestos efectos de la enfermedad, ya
que, en otras ocasiones, se había dado cuenta de que existen
determinados temperamentos, en los que el sufrimiento prolongado
parece anular todo instinto social de afabilidad como si, por el
hecho de estar ellos forzados a vivir de pan negro, consideraran
equitativo que toda persona que se les acercase estuviera
indirectamente obligada a compartir su suerte mediante algún
desprecio o afrenta.
Pero poco después se convencía de
que, si bien al principio había sido indulgente al juzgar al
español, quizá, después de todo, no había sido lo bastante
caritativo. En el fondo, era la reserva de don Benito lo que le
disgustaba, pero lo cierto era que mostraba la misma reserva para
con su fiel asistente personal. Incluso los informes oficiales que
según es costumbre en el mar le eran regularmente transmitidos por
algún insignificante subordinado, ya fuera blanco, mulato o negro, a
duras penas tenía la paciencia de escucharlos, sin dar muestras de
despectiva aversión. Su actitud en tales ocasiones era, salvando las
distancias, un tanto parecida a la que se suponía debía ser la de su
real compatriota Carlos V, justo antes de dejar el trono para partir
a su anacorético retiro.
Esa melancólica falta de interés
por su cargo se evidenciaba en casi todas las funciones propias de
éste. Tan orgulloso como atribulado, no se rebajaba a dar órdenes
personalmente. Si era necesario dar alguna orden especial, lo hacía
a través de su sirviente, quien la transfería a su destino final por
medio de correos, espabilados muchachos españoles o jóvenes
esclavos, que, como pajes o peces piloto, estaban siempre a punto,
moviéndose continuamente en torno a don Benito. Tanto era así que,
de haber contemplado a este impávido inválido que flotaba,
inapetente y silencioso, ningún hombre de tierra adentro hubiera
podido imaginar que dentro de sí albergaba una dictadura fuera de la
cual, mientras estuviera en el mar, no existía ningún apetito
terrenal.
Así pues, el español, a la vista
de su reserva, parecía ser víctima involuntaria de algún trastorno
mental. Aunque, de hecho, esa reserva podía haber sido, hasta cierto
punto, intencionada. De ser así, se pondría de manifiesto el
patológico punto culminante de esa gélida pero concienzuda norma
que, en mayor o menor grado, adoptan todos los comandantes de
grandes navíos, la cual, excepto en notables emergencias, elimina
por igual toda demostración de superioridad así como cualquier
muestra de sociabilidad, transformando al hombre en una especie de
monolito, o más bien en un cañón cargado, que no tiene nada que
decir hasta que aparece una amenaza.
Mirándolo desde este punto de
vista, parecía tan sólo una secuela del obstinado hábito provocado
por una larga trayectoria de autorrepresión, por la que, a pesar de
las condiciones actuales del barco, el español persistía aún en una
conducta que aunque inofensiva e incluso apropiada en un buque tan
bien equipado como debió de haberlo sido el San Dominick al empezar
su viaje, era, en el momento presente, cualquier cosa menos
juiciosa. Pero, posiblemente, el español pensaba que con los
capitanes sucedía como con los dioses: la reserva debía seguir
siendo su guía en cualquier caso. Aunque probablemente esta
apariencia de inactivo autocontrol podía ser un intento de disfrazar
una estulticia de la que era consciente (no unos principios
profundos sino una estratagema superficial). Mas, sea lo que fuere,
tanto si la actitud de don Benito era intencionada como si no,
cuanto más notaba el capitán Delano que se empecinaba en su reserva,
tanto menos incómodo se sentía ante cualquier demostración concreta
de esa reserva hacia su persona.
De todas maneras sus pensamientos
no estaban relacionados tan sólo con el capitán. Acostumbrado al
tranquilo orden que reinaba en la confortable familia que formaba la
tripulación del velero, la ruidosa confusión de los sufridos
tripulantes del San Dominick provocaba repetidamente su atención,
pudiendo observar algunas infracciones relevantes, ya no tan sólo de
la disciplina sino incluso de la decencia. El capitán Delano sólo
pudo atribuirlas, principalmente, a la ausencia de esos oficiales
subordinados de cubierta a los cuales, entre otras funciones, se les
confía lo que vendría a ser como el departamento de policía de un
barco muy populoso. En realidad, los recogedores de estopa aparecían
alguna vez para ejercer el papel de guardia y guía de sus
compatriotas, los negros, pero aunque ocasionalmente conseguían
apaciguar insignificantes enfrentamientos que se producían de vez en
cuando entre los hombres, poco o nada podían hacer para establecer
la tranquilidad general. Las condiciones en las que se hallaba el
San Dominick eran las de un transatlántico de emigrantes, entre cuya
multitud de carga viviente se encontraban, indudablemente, algunos
individuos que causaban tan pocos problemas como las cajas y fardos,
pero los amistosos reproches de éstos hacia sus compañeros más rudos
no eran tan efectivos como el poco amistoso brazo del primer
oficial. Lo que necesitaba el San Dominick era algo que normalmente
tiene un barco de emigrantes: unos severos oficiales superiores. Mas
en aquellas cubiertas no se columbraba a nadie que pasara de cuarto
oficial.
La curiosidad del visitante
aguzaba el deseo de conocer los pormenores de los acontecimientos
que habían provocado tal ausencia y sus consecuencias ya que, aunque
de las lamentaciones que al llegar había recibido como salutación
podía entresacar una vaga impresión sobre el viaje, no conseguía
hacerse una clara idea de los detalles. El mejor relato de lo
acaecido podría ofrecerlo, sin lugar a dudas, el capitán. Aunque, en
principio, el visitante se hallaba poco predispuesto a preguntarle,
por miedo a provocar un distante desaire. Pero, armándose de coraje,
se acercó finalmente a don Benito, renovando las demostraciones de
su bienintencionado interés y añadiendo que si él (el capitán
Delano) pudiera conocer los pormenores de los infortunios sufridos
por el barco, tal vez podría ser capaz de aliviarlos. Es decir, si
don Benito le confiaba toda la historia. Don Benito titubeó, luego,
como un sonámbulo al que hubieran despertado repentinamente, miró
con desconcierto a su visitante y acabó mirando hacia abajo, hacia
la cubierta. Tanto rato se mantuvo en esta actitud que el capitán
Delano, casi tan desconcertado como él e, involuntariamente, casi
tan descortés, se giró súbitamente dejando de mirarle y caminando
hacia adelante para acercarse a uno de los marineros españoles a fin
de recabar la deseada información. Mas, antes de que hubiera dado
cinco pasos, don Benito, con extraña urgencia, le invitó a volver,
lamentando su momentánea distracción y manifestando que estaba
dispuesto a complacerle.
Mientras se iba desarrollando la
mayor parte del relato, los dos capitanes permanecieron de pie en la
parte de popa de la cubierta principal, un lugar privilegiado, sin
otra compañía que el sirviente.
-Hace ahora ciento noventa días
-empezó el español en un ronco susurro- que este barco, bien
equipado de oficialidad y marinería, con algunos pasajeros de
camarote, unos cincuenta españoles en total, zarpó de Buenos Aires
hacia Lima con el cargamento habitual: ferretería, té de Paraguay y
cosas por el estilo -señaló hacia la proa-, y esa partida de negros,
que ahora no son más de ciento cincuenta, como puede ver, pero que
entonces eran más de trescientas almas. Enfrente del cabo de Hornos
encontramos fuertes vendavales.
»En un momento dado, por la noche,
tres de mis mejores oficiales, con quince marineros, desaparecieron
bajo las aguas junto con la verga principal, golpeando la percha
bajo ellos, en las eslingas, mientras intentaban, a empujones,
esquivar la vela helada. Para aligerar el casco, los sacos de mate
más pesados fueron arrojados al agua, así como la mayor parte de
barriles de agua que en aquel momento se hallaban amarrados en
cubierta. Y fue esta última necesidad, combinada con las prolongadas
detenciones que sufrimos después, lo que, a la larga, acarreó las
causas principales de nuestra desgracia. Cuando...»
Le sobrevino aquí un repentino
ataque de tos que lo hizo desmayarse, a causa, sin duda, de su
estado de agotamiento mental. Su criado lo sostuvo y, sacando una
medicina de uno de sus bolsillos se la puso en los labios. Volvió
algo en sí. Pero no queriendo todavía dejarlo sin sostén ya que aún
no estaba perfectamente restablecido, el negro seguía rodeando a su
amo con un brazo, al tiempo que mantenía la mirada fija en su
rostro, como buscando el primer signo de recuperación, o de recaída,
según se diera el caso.
El español continuó, pero de
manera oscura y fragmentada, como entre sueños.
-¡Oh, Dios mío! Antes que pasar
por lo que he pasado, habría acogido con júbilo los más terribles
vendavales; pero...
Su tos reapareció aún con mayor
violencia; cuando ésta se calmó, con los labios enrojecidos y los
ojos cerrados se desplomó en brazos de su criado.
-Su mente desvaría. Pensaba en la
peste que se abatió sobre nosotros tras los vendavales -susurró
quejumbrosamente el sirviente-. ¡Mi pobre, pobre amo! -retorciendo
una mano y secándose la boca con la otra-. Pero tenga paciencia,
señor4 -volviéndose otra vez hacia el capitán Delano-, estos ataques
no le duran mucho; el amo se recobrará enseguida.
Don Benito, volviendo en sí,
prosiguió; mas como esta parte del relato fue narrada de forma muy
fragmentada, tan sólo se hará constar la esencia.
Al parecer, después de que las
tormentas empujaran la nave lejos del Cabo durante muchos días, hizo
su aparición el escorbuto, llevándose la vida de gran número tanto
de blancos como de negros. Cuando, finalmente, consiguieron
adentrarse en el Pacífico, los mástiles y las velas estaban tan
dañados y tan inadecuadamente manejados por los marineros
supervivientes, muchos de los cuales habían quedado inválidos, que,
incapaz de mantener su rumbo hacia el norte, a causa del fuerte
viento, la inmaniobrable nave fue empujada en dirección noroeste,
donde la brisa la abandonó repentinamente, en aguas desconocidas, a
merced de una calma sofocante. La ausencia de barriles de agua se
reveló tan fatal para la supervivencia como antes había amenazado
serlo su presencia. Provocada, o por lo menos agravada, por la más
que escasa provisión de agua, una fiebre maligna sucedió al
escorbuto, que junto al excesivo calor de la interminable calma,
consiguió barrer en poco tiempo y como a oleadas, familias enteras
de africanos y un número aún mayor, proporcionalmente, de españoles,
incluyendo, por infortunada fatalidad, todos los oficiales que
quedaban a bordo. Así pues, con los repentinos vientos del Oeste
que, finalmente, siguieron a la calma, las velas ya rasgadas, al
tener que dejarlas simplemente caer por no poderlas replegar, habían
quedado reducidas a los harapos que eran ahora.
Con la intención de encontrar
quien reemplazara a los marineros que había perdido, además de
provisiones de agua y velas, el capitán, en cuanto le fue posible,
puso rumbo a Valdivia, el puerto civilizado más meridional de Chile
y de toda América, pero al acercarse, la bruma no le permitió ni tan
siquiera avistar dicho puerto. A partir de entonces, casi sin
tripulación, casi sin velas y casi sin agua, y, de tiempo en tiempo,
librando al mar el creciente número de muertos, el San Dominick
había sido zarandeado por vientos contrarios, arrastrado por
corrientes y recubierto de algas durante los períodos de calma. Como
un hombre perdido en un bosque, más de una vez había avanzado en
círculos.
-Pero durante todas estas
calamidades -continuó con voz ronca don Benito, girándose a duras
penas mientras su criado lo mantenía medio abrazado-, debo agradecer
a estos negros que ve, quienes, aunque a sus ojos sin
experiencia parezcan ingobernables o revoltosos, se han comportado,
ciertamente, con menor turbulencia de la que su propio dueño hubiera
creído posible en tales circunstancias.
En este punto volvió a perder el
conocimiento. Su mente volvió a desvariar. Pero se rehízo y
prosiguió con más claridad.
-Sí, su dueño llevaba razón al
asegurarme que con estos negros los grilletes no serían necesarios;
tanto es así que no sólo han permanecido siempre en cubierta, sin
ser echados a la bodega como a los hombres de Guinea, como es
habitual en este tipo de transporte, sino que se les ha permitido
moverse libremente, con ciertas limitaciones, como a su aire.
Una vez más, se desmayó, su mente
divagó, pero, recuperándose, terminó diciendo:
-Pero es a Babo, aquí presente, a
quien debo no tan sólo mi propia preservación sino que también es a
él más que a nadie a quien debo el mérito de poder tranquilizar a
sus hermanos más ignorantes, cuando, a veces, se sentían tentados a
quejarse.
-¡Ay, amo! -suspiró el negro,
bajando la cara-. No hable de mí, Babo no es nada, lo que ha hecho
Babo era sólo su deber.
-¡Qué fiel compañero! -exclamó el
capitán Delano-. Don Benito, lo envidio por tener tan buen amigo,
pues no puedo llamarle esclavo.
Teniendo ante sí al hombre y a su
amo, el negro sosteniendo al blanco, el capitán Delano no pudo sino
percatarse de la belleza de una relación que ofrecía tal
espectáculo de fidelidad por una parte y de confianza por la otra.
Realzaba la escena el contraste de sus vestiduras que ponía de
manifiesto sus relativas posiciones.
El español llevaba una amplia
chaqueta chilena de terciopelo oscuro; calzones cortos blancos y
medias, con hebillas de plata en la rodilla y en el empeine; un
sombrero de alta copa, realizado en fino lino de China; una delgada
espada, montada en plata, colgando del nudo de su faja, la última a
modo accesorio, más por su utilidad que como ornamento, casi
indispensable, en la indumentaria de un caballero sudamericano de la
época. Excepto cuando sus ocasionales contorsiones nerviosas
provocaban algún desorden, había en su vestimenta una segura
precisión que contrastaba curiosamente con el impresentable desorden
del entorno, especialmente en el descuidado sector, por delante del
palo mayor, ocupado enteramente por los negros.
El criado llevaba tan sólo unos
pantalones anchos, que, por ser toscos y estar llenos de remiendos,
parecían hechos de gavia vieja; no obstante, estaban limpios y se
los ataba a la cintura con un pedazo de cuerda destrenzada, y, junto
a su aire de compostura y a veces de lamentación, le conferían un
cierto parecido con un fraile mendicante de la Orden de San
Francisco.
Aunque inapropiado para el lugar y
el momento, al menos al franco parecer del norteamericano y sobreviviendo
extrañamente a través de todas sus aflicciones, el acicalamiento de
don Benito, en lo que respecta a la moda, no podía ser más del
estilo del momento entre los sudamericanos de su clase. Aunque en el
presente viaje había zarpado de Buenos Aires, se había declarado
nativo y residente de Chile, cuyos habitantes no habían aceptado,
por lo general, el vulgar abrigo y los pantalones en otro tiempo
plebeyos, sino que, con las convenientes modificaciones habían
conservado su típica vestimenta, pintoresca como ninguna otra en el
mundo. De todos modos, a tenor de la pálida historia de su viaje y
de la misma palidez de su propio rostro, parecía haber algo tan
incongruente en el atavío del español que casi sugería la imagen de
un cortesano enfermo tambaleándose por las calles de Londres en
tiempos de la peste.
La parte del relato que
posiblemente despertaba mayor interés, además de sorpresa,
considerando las latitudes en cuestión, era la de las largas calmas
de las que había hablado, y más en particular, el largo tiempo que
el barco había permanecido a la deriva. Sin comunicar su opinión,
por supuesto, el norteamericano no pudo menos que imputar, por lo menos,
parte de los períodos de inmovilidad tanto a una impericia marinera
como a una defectuosa navegación. Observando las menudas y pálidas
manos de don Benito, cayó fácilmente en la cuenta de
que el joven capitán no había llegado a comandante a través del
agujero del ancla sino desde la ventana del camarote; y, si ello era
así ¿cómo extrañarse de su incompetencia, siendo joven, enfermo y
aristócrata al mismo tiempo?
Pero, ahogando su crítica en
compasión, tras renovar otra vez su simpatía, el capitán Delano,
habiendo oído su historia, no sólo se propuso, como al principio,
ver a don Benito y a su gente atendidos en sus más inmediatas
necesidades físicas, sino que, además de todo ello le prometió
ayudarlo a procurarse un buen abastecimiento duradero de agua, al
igual que velas y aparejo, y aunque a él le iba a provocar una
situación embarazosa, le prestaría a tres de sus mejores marinos
para que, provisionalmente, le sirvieran como oficiales de cubierta
y que así, sin más dilación, el barco pudiera continuar hasta
Concepción, donde podría ser reparado completamente y después llegar
a Lima, su puerto de destino.
Tal generosidad tuvo su efecto,
incluso sobre el enfermo. Su rostro se iluminó; impaciente y febril,
buscó la honesta mirada de su visitante. Parecía vencido por la
gratitud.
-Esta excitación es mala para el
amo -susurró el criado cogiéndolo del brazo y llevándolo poco a
poco aparte con palabras tranquilizadoras.
Cuando don Benito volvió, el
norteamericano observó con tristeza que la ilusionada esperanza de aquél,
al igual que el repentino fulgor en sus mejillas, había sido sólo
algo febril y transitorio.
Poco después, con semblante
apagado, mirando hacia la popa, el anfitrión invitó a su huésped a
acompañarle allí, para aprovechar la brisa que pudiera levantarse.
Como, durante el relato de lo
acontecido, el capitán Delano se había sobresaltado más de una vez
con el ocasional sonido de platillos que producían los pulidores de
hachas, se extrañó de que fueran permitidas tales interrupciones,
especialmente en esa parte del navío y a oídos de un enfermo; y,
además, como la visión de las hachas no resultaba muy atractiva y
aún menos la de aquellos que las manipulaban, el caso fue que, a
decir verdad no sin cierta temerosa reticencia, o incluso puede que
con cobardía, el capitán Delano, aparentando complacencia, aceptó la
invitación de su anfitrión. Y aún fue peor cuando, por un inoportuno
capricho de cumplir con el protocolo, que resultaba aún más penoso
por su aspecto cadavérico, don Benito, con castellanas reverencias,
insistió solemnemente en que su huésped le precediera para subir la
escalerilla que conducía a lo alto, donde, uno a cada lado del
último peldaño, a modo de portaestandartes o centinelas, se hallaban
sentados dos miembros de aquella hilera siniestra. El buen capitán
pasó con cautela entre ellos y al instante de haberlos dejado atrás,
como quien ha escapado a un peligro, sintió que las pantorrillas se
le contraían de inquietud.
Mas, cuando al girarse vio la
hilera completa de centinelas que, como muchos organilleros, todavía
estúpidamente absortos en su tarea, no eran conscientes de nada
ajeno a ella, no pudo más que sonreírse ante su anterior inquieto
pánico.
En aquel momento, mientras se
hallaba de pie junto a su anfitrión, mirando al frente por encima de
las cubiertas inferiores, fue sorprendido por uno de esos casos de
insubordinación a los que hemos aludido anteriormente. Tres
muchachos negros y dos muchachos españoles estaban sentados juntos
sobre las escotillas, limpiando una burda fuente de madera en la que
recientemente se había cocinado una escasa cantidad de rancho. De
pronto, uno de los muchachos negros, enfurecido por una palabra que
había proferido uno de sus compañeros, agarró una navaja y, aunque
uno de los recogedores de estopa lo instara a contenerse, golpeó al
joven en la cabeza infligiéndole una herida de la que fluyó la
sangre.
Sorprendido, el capitán Delano
preguntó qué significaba aquello. A lo que el pálido don Benito
murmuró con voz apagada que se trataba meramente de una diversión
del muchacho.
-Una diversión más bien grave, por
cierto -respondió el capitán Delano-. Si algo semejante hubiera
ocurrido en el Bachelor's Delight, se habría impuesto un castigo
inmediato.
Al oír estas palabras, el español
lanzó al norteamericano una de sus repentinas, fijas y medio enloquecidas
miradas, para después, volviendo a caer en su aletargamiento,
contestarle:
-Indudablemente, señor,
indudablemente.
«¿No resultará -pensó el capitán
Delano-, que este desventurado es uno de esos capitanes de paja que
he conocido, cuya política consiste en hacer la vista gorda ante
aquello que no son capaces de reprimir con su sola autoridad? No
conozco visión más triste que la de un comandante que sólo ejerce
su mando nominalmente.»
-Es mi parecer, don Benito -dijo
ahora, mirando al recogedor de estopa que había intentado
interponerse entre los muchachos-, que le sería muy ventajoso
mantener atareados a todos los negros, especialmente a los más
jóvenes, sin que importe lo que suceda en el barco. Porque, incluso
con mi pequeño grupo, me resulta indispensable este proceder. Una
vez mantuve a mi tripulación en el alcázar sacudiendo alfombrillas
para mi camarote, cuando, durante tres días, había dado por perdido
mi barco -hombres, alfombrillas y todo lo demás-, a causa del
vendaval, por cuya violencia no podíamos hacer otra cosa que
dejarnos conducir a su merced.
-Indudablemente, indudablemente
-murmuró don Benito.
-Pero -siguió diciendo el capitán
Delano, mirando de nuevo a los recogedores de estopa y luego a los
cercanos pulidores de hachas-, veo que, por lo menos, tiene atareada
a alguna de su gente.
-Sí -fue la también vaga respuesta.
-Esos viejos de ahí, lanzando sus
discursos desde sus púlpitos -continuó el capitán Delano señalando a
los recogedores de estopa-, parecen representar el papel de viejos
maestros de escuela ante los demás, aunque por lo que se ve, sus advertencias son
poco atendidas. ¿Lo hacen por su propia voluntad, don Benito, o les
ha mandado que hicieran de pastores de su rebaño de ovejas negras?
-Los puestos que ocupan los he
ordenado yo -replicó el español en tono mordaz, como ofendido por
una reflexión pretendidamente irónica.
-¿Y esos otros, esos conjuradores
Ashanti de ahí -continuó el capitán Delano,
bastante intranquilo al mirar el acero que blandían los pulidores de
hachas, a las que habían sacado brillo en algunas partes- no resulta
curioso que tengan esa tarea, don Benito?
-Durante las galernas que
encontramos -respondió el español- lo que de nuestro cargamento
general no se tiró por la borda, resultó muy dañado por la salmuera
del aire. Desde que entramos en un tiempo más tranquilo, he hecho
que se subieran varias cajas de cuchillos y hachas para revisar y
limpiar.
-Una idea prudente, don Benito.
Supongo que es, en parte, dueño del barco y del cargamento, pero
no de los esclavos, ¿no es así?
-Soy dueño de todo lo que ve
-contestó don Benito con impaciencia-, excepto de la mayoría de los
negros, los cuales pertenecían a mi difunto amigo Alejandro Aranda.
La mención de este nombre provocó
en él una actitud de desolación: le temblaron las rodillas y su
criado tuvo que sostenerlo.
Creyendo intuir la causa de tan
insólita emoción, con la idea de confirmar su suposición, el capitán
Delano, tras una pausa, dijo:
-Y ¿puedo preguntar, don Benito,
si, ya que hace un momento ha hablado de unos pasajeros de
camarote, el amigo cuya pérdida tanto lo aflige, acompañaba a los
negros al empezar el viaje?
-Sí.
-Pero ¿murió de la fiebre?
-Murió de la fiebre. Oh, si yo
hubiera podido...
Estremeciéndose de nuevo, el
español hizo una pausa.
Perdóneme -dijo el capitán Delano
en voz baja-, pero creo que, por haber pasado por una experiencia
similar, puedo intuir, don Benito, lo que le causa mayor dolor en
su aflicción. Una vez tuve la mala fortuna de perder, en el
mar, a un querido amigo, a mi propio hermano, que era entonces
sobrecargo. Seguro del bienestar de su alma, puedo sobrellevar su
partida como un hombre, pero... esa mano honesta, esa mirada honesta
que tan a menudo habían encontrado las mías y ese buen corazón,
todo, ¡todo!, como sobras para los perros... ¡todo lanzado a los
tiburones! Fue entonces cuando me prometí no volver a llevar a un
ser querido como compañero de viaje, a no ser que, sabiéndolo él,
hubiera proveído todo lo indispensable para embalsamar sus restos
mortales y poderlos enterrar al llegar a tierra. Si los restos de
su amigo estuvieran ahora a bordo del barco, don Benito, no le
afectaría tanto oír mencionar su nombre.
-¿A bordo de este barco? -repitió
el español. Luego, con gestos de horror, como alejando un espectro,
cayó inconsciente en los atentos brazos de su asistente, el cual,
con un gesto silencioso hacia al capitán Delano, pareció suplicarle
que no abordara un tema tan terriblemente angustioso para su amo.
«Este pobre hombre es ahora -pensó
el apenado norteamericano-, víctima de esa triste superstición que asocia
la idea de duendes en el interior del cuerpo vacío de un hombre,
como fantasmas en una casa abandonada. ¡Cuán distintos somos unos y
otros! La sola mención de lo que para mí, en el mismo caso, hubiera
significado una solemne satisfacción, horroriza al español hasta el
punto de ponerlo en este trance. ¡Pobre Alejandro Aranda! Qué
diría si pudiera ver aquí a su amigo, -quien, en pasados
viajes, cuando usted se había quedado atrás durante meses, me atrevo
a decir que a menudo habría deseado y deseado poder verlo siquiera
unos segundos-, ahora traspuesto de terror al menor pensamiento de
tenerlo, en algún modo, cerca de él.»
En aquel momento, con el triste
tañido de una campana de cementerio anunciando el duelo, la campana
del castillo de proa del navío, golpeada por uno de los canosos
recogedores de estopa, anunciaba las diez en punto a través de la
densa calma, cuando llamó la atención del capitán Delano la móvil
figura de un negro gigantesco que emergía de la multitud de abajo y,
lentamente, avanzaba hacia la elevada popa.
Alrededor del cuello llevaba una
argolla de hierro de la que pendía una cadena enrollada tres veces a
su cuerpo, los últimos eslabones sujetos con un candado a una ancha
banda de hierro que le servía de cinturón.
-Atufal se mueve como un mudo
-murmuró el criado.
El negro subió los peldaños hacia
la popa y, como un valiente prisionero que subiera a recibir
sentencia, se plantó con impertérrita mudez ante don Benito, ya
recuperado de su ataque.
En cuanto lo vio acercarse, don
Benito se estremeció, una sombra de resentimiento pasó por su rostro
y, como si le asaltara repentinamente el recuerdo de un inútil
arrebato de ira, sus blancos labios permanecieron pegados.
«Debe de ser un terco amotinado»,
pensó el capitán Delano examinando, no sin una mezcla de admiración,
la talla colosal del negro.
-Vea, señor, espera su
pregunta -dijo el criado.
Así advertido, don Benito,
esquivando con nerviosismo su mirada, como rehuyendo anticipadamente
una respuesta rebelde, con voz desconcertada, habló de esta manera:
-Atufal, ¿me pedirás perdón ahora?
El negro no dijo nada.
-Otra vez, amo -murmuró el criado
mirando a su compatriota con rencorosa censura-. Otra vez, amo,
ahora sí que se someterá al amo.
-Contesta -dijo don Benito,
esquivando aún su mirada-, di tan sólo la palabra perdón y haré que
te quiten las cadenas.
Al oír estas palabras, el negro,
levantando lentamente ambos brazos, los dejó caer después sin
fuerza, haciendo sonar sus cadenas, y bajó la cabeza, para luego
decir:
-No, estoy bien así.
-¡Vete! -dijo don Benito con
reprimida y desconocida emoción.
Pausadamente, como había venido,
el negro obedeció.
-Perdón, don Benito -dijo el
capitán Delano-, esta escena me sorprende, ¿podría decirme qué
significa?
-Significa que ese negro, él solo,
de entre todo el grupo, me ha infligido una particular ofensa. Lo he
hecho encadenar. Yo...
Aquí hizo una pausa, llevándose la
mano a la cabeza, como si algo nadara allí dentro, o una súbita
perplejidad hubiera embargado su memoria, pero al encontrar la
mirada de aquiescencia de su criado pareció sentirse más seguro y
prosiguió:
-No podía mandar azotar semejante
corpulencia. Pero le dije que debía pedirme perdón. Todavía no lo ha
hecho. Por orden mía debe presentarse ante mí cada dos horas.
-Y ¿desde cuándo dura esto?
-Desde hace unos sesenta días.
-¿Es obediente en todo lo demás?
¿Y respetuoso?
-Sí.
-Entonces, a mi parecer -exclamó
el capitán Delano, impulsivamente-, el interior de ese sujeto
alberga un espíritu regio.
-Puede que tenga algún derecho a
ello -repuso don Benito con amargura- dice que era rey en su tierra.
-Si -dijo el criado tomando la
palabra-, esas hendiduras que tiene Atufal en las orejas habían
llevado aretes de oro; pero el pobre Babo, en su tierra natal, no
era más que un pobre esclavo; Babo era esclavo de un negro como
ahora lo es de un blanco.
Un tanto enojado por esas
familiaridades en la conversación, el capitán Delano observó con
curiosidad al asistente, luego miró inquisitivamente a su amo; pero,
como si ya estuviera acostumbrado a esas pequeñas informalidades, ni
el hombre ni su amo parecieron entenderlo.
-Dígame, por favor, don Benito,
¿cuál fue la ofensa de Atufal? -inquirió el capitán Delano-. Si no
fue nada muy serio, acepte el consejo de un bobo y, en vista de su
docilidad general, además de un cierto respeto natural hacia su
coraje, levántele el castigo.
-No, el amo no hará eso jamás
-murmuró entonces para sí el criado-; el orgulloso Atufal debe pedir
primero el perdón del amo. Ese esclavo lleva el candado, pero el amo
posee la llave.
Dirigida su atención por estas
palabras, el capitán Delano advirtió por primera vez que, del cuello
de don Benito, suspendida a un fino cordón de seda, colgaba una
llave. De pronto, pensando en las palabras que había mascullado el
criado, intuyendo la finalidad de la llave, sonrió y dijo:
-De modo, don Benito, que...
candado y llave..., símbolos bien significativos, realmente.
Aunque el capitán Delano, hombre
por cuya natural simplicidad era incapaz de cualquier sátira o
ironía, había pronunciado jovialmente el comentario que aludía al
señorío, singularmente evidenciado, del español sobre el negro,
pareció de alguna manera que el hipocondríaco lo había tomado como
una reflexión maliciosa acerca de su confesada incapacidad, hasta el
momento, para doblegar, al menos por requerimiento verbal, la
atrincherada voluntad del esclavo. Deplorando este supuesto
malentendido, al tiempo que se esforzaba en corregirlo, el capitán
Delano cambió de tema, pero, encontrando a su compañero más
ensimismado que nunca, como si todavía estuviera digiriendo
amargamente el poso de la supuesta afrenta arriba mencionada, poco a
poco, el capitán Delano también fue adoptando una actitud menos
locuaz, abrumado, contra su voluntad, por lo que parecía ser la
secreta venganza del enfermizamente susceptible español. Pero el
buen marino, por su talante más bien opuesto, se abstuvo, por su
parte, no sólo de mostrarse, sino incluso de sentirse ofendido, y si
se mantenía en silencio era tan sólo por contagio.
A continuación, el español,
ayudado por su criado, pasó por delante de su huésped de forma un
tanto descortés, proceder que, a decir verdad, podía haber sido
considerado como un capricho de su mal humor, si no hubiera sido
porque amo y criado, quedándose en la esquina de la alta claraboya,
empezaron a murmurar en voz baja, lo cual no dejaba de ser
desagradable. Es más, la enojada actitud del español, que a veces
había mostrado con valetudinaria majestuosidad, parecía ahora muy
poco digna, al tiempo que la sumisa familiaridad del criado perdía
su originario encanto de inocente estima.
Hallándose en una situación
embarazosa, el visitante volvió la cara hacia el otro lado del
barco. Al hacerlo, su mirada recayó accidentalmente sobre un joven
marinero español que, con un rollo de cuerda en la mano, se dirigía
en aquel momento desde la cubierta al primer círculo del aparejo de
mesana.
Posiblemente, el hombre no habría
merecido mayor atención, de no ser porque había sido él quien,
durante su ascenso a una de las vergas, había fijado la mirada en el
capitán Delano, y, a continuación, como por instinto, en el par de
murmuradores.
Al volver a dirigir su atención
hacia esta zona, el capitán Delano se sobresaltó ligeramente. Algún
detalle del comportamiento de don Benito en aquel momento hizo
pensar al visitante que, al menos en parte, era él mismo el objeto
de la consulta que se desarrollaba al margen, conjetura tan poco
agradable para el invitado como poco elogiosa para el anfitrión.
Las extrañas idas y venidas entre
cortesía y mala educación por parte del capitán español resultaban
inexplicables, salvo por causa de uno de dos supuestos: inocente
demencia o perversa impostura.
Pero la primera idea, aunque se le
podría haber ocurrido de forma natural a un observador indiferente,
y, de alguna manera, no hubiera sido, hasta el momento,
completamente ajena a la mente del capitán Delano; no obstante,
ahora que, de forma incipiente, empezaba a considerar la conducta
del extraño como una especie de afrenta intencionada, ciertamente
la idea de locura quedaba virtualmente descartada. Mas, si no era un
loco ¿qué era, entonces? En estas circunstancias, ¿representaría un
caballero o en cualquier caso un honesto patán, el papel que ahora
interpretaba su anfitrión? Aquel hombre era un impostor. Algún
aventurero de poca monta, disfrazado de grande de los océanos pero
ignorante de los requisitos básicos de la más simple caballerosidad
hasta el punto de ofrecer muestras de tan notable indecoro. Esa
extraña ceremoniosidad puesta de manifiesto también otras veces,
parecía propia de alguien que interpreta un personaje por encima de
su auténtico rango. Benito Cereno... don Benito Cereno... un nombre
muy acertado. Un apellido, además, nada desconocido en esa época
entre los sobrecargos y capitanes de barco que comerciaban a lo
largo de los mares españoles y perteneciente a una de las más
emprendedoras y extensas familias de comerciantes de todas esas
provincias, algunos de cuyos miembros poseían títulos nobiliarios;
una especie de Rothschild de Castilla, con un hermano o primo
noble en cada gran ciudad comercial de Sudamérica. El supuesto don
Benito era un hombre joven, alrededor de los veintinueve o treinta
años. Adoptar el tipo de vida errante de un cadete encargado de los
asuntos marítimos de tan importante familia... ¿qué treta podía ser
más apetecible para un joven bribón con talento y vitalidad? Pero el
español era un pálido enfermo... ¿Y qué? Es bien sabido que más de
un malhechor ha llegado incluso al punto de simular una enfermedad
mortal, con tal de lograr su cometido. Y pensar que, bajo ese
aspecto de debilidad infantil, podían albergarse los más salvajes
propósitos... esos melindres del español no eran sino la piel de
cordero tras la que se esconde el lobo.
Tales fantasías no provenían de
ninguna línea de pensamiento, ni profunda ni superficial; así
también, súbitamente y todas de vez, se desvanecían tan deprisa como
la escarcha cuando el suave sol de la afable naturaleza del capitán
Delano volvía a alcanzar su meridiano.
Observando una vez más a su
anfitrión, cuyo rostro, visto por encima de la claraboya, se
encontraba ahora medio vuelto hacia él, se sorprendió ante la pureza
de corte de su perfil, aún más afinada por la incidental delgadez
causada por la enfermedad y ennoblecido, además, el mentón por la
barba. ¡Fuera sospechas! Era un auténtico vástago de un auténtico
hidalgo Cereno.
Aliviado por estos pensamientos y
otros aún mejores, el visitante, tarareando suavemente una canción,
empezó ahora a pasearse con indiferencia por la popa, como para no
dar a entender a don Benito que, de algún modo, había desconfiado de
su cortesía y mucho menos de su identidad; ya que esa desconfianza
estaba por probar si era ilusoria o debida a hechos concretos,
aunque la circunstancia que la había provocado quedara sin explicar.
Pero el capitán Delano pensó que, cuando ese pequeño misterio se
hubiera aclarado, podría arrepentirse en extremo si dejaba que don
Benito se enterara de que se le habían ocurrido sospechas tan poco
generosas. En pocas palabras que, con todo lo que había sufrido del
español, era mejor, por un tiempo, concederle el beneficio de la
duda.
Por ahora, con el rostro lívido,
espasmódico y ensombrecido, el español, todavía sostenido por su
asistente, se acercó a su huésped y, con un azoramiento aún mayor
del acostumbrado, y una extraña forma de intrigante entonación en su
ronco susurro, comenzó la siguiente conversación:
-Señor, ¿puedo preguntarle cuánto
tiempo lleva anclado en esta isla?
-Pues, tan sólo un día o dos, don
Benito.
-Y ¿de qué puerto venían?
-De Cantón.
-Y allí, señor, ¿intercambiaron
sus pieles de foca por té y sedas, creo que dijo?
-Sí. Sedas más que nada.
-¿Y el remanente, lo recibió
en metálico, supongo?
El capitán Delano, un poco
intranquilo, contestó:
-Sí, algo de plata, aunque no
demasiada.
-Ah, bien. ¿Puedo preguntarle
cuántos hombres tiene, señor?
El capitán Delano se estremeció
levemente, pero contestó:
-Unos... cinco y veinte, en total.
-Y actualmente ¿todos a bordo,
supongo?
-Todos a bordo, don Benito
-contestó el capitán, ahora con satisfacción.
-¿Y lo estarán esta noche, señor?
Ante esta última pregunta, después
de tantas y tan pertinaces, el capitán Delano no pudo evitar mirar
con gran seriedad a quien se la hacía, el cual, en vez de sostener
la mirada, dando muestra de cobarde inquietud, bajó los ojos hacia
la cubierta, lo que ofrecía un indigno contraste con la actitud de
su criado, quien, en aquel momento, se encontraba de rodillas a sus
pies, ajustándole una hebilla suelta del zapato, mientras que, con
humilde curiosidad, volvió su aparentemente distraída mirada
abiertamente hacia arriba para observar el abatimiento de su amo.
El español, aún con una
desordenada expresión de culpabilidad, repitió su pregunta:
-Y... ¿y estarán esta noche?
-Sí, que yo sepa -contestó el
capitán Delano-, aunque mejor dicho -recobró la compostura para
decir la verdad sin temor- algunos hablaron de salir para otra
partida de caza hacia la medianoche.
-¿Sus barcos, generalmente,
van... van más o menos armados, creo, señor?
-Bueno... uno o dos cañones del
seis, para casos de emergencia -fue la intrépidamente indiferente
respuesta- con una pequeña provisión de mosquetes, arpones para
focas, y chafarotes, ya usted sabe.
Habiendo así contestado, el
capitán Delano miró otra vez a don Benito, pero los ojos de este
último miraban hacia otro lado, mientras, cambiando abrupta e
inoportunamente de tema, se refería displicentemente a la calma y
luego, sin excusarse, se retiró una vez más con su asistente a los
macarrones opuestos, donde continuaron murmurando.
En aquel momento, y antes de que
el capitán Delano pudiera empezar a reflexionar fríamente sobre lo
que acababa de ocurrir, vio al joven marinero español antes
mencionado descendiendo del aparejo. Durante la acción de inclinarse
para saltar sobre la cubierta, su voluminoso, amplio vestido, o
camisa, de lana ordinaria, muy manchado de alquitrán, se abrió hasta
muy por debajo del pecho, dejando ver una ropa interior sucia que
parecía de lino de la mejor calidad, ribeteado, a la altura del
cuello, por una estrecha cinta azul, deplorablemente descolorida y
desgastada. En ese momento, la mirada del joven marinero volvió a
fijarse en los murmuradores y el capitán Delano creyó observar en
ello un secreto significado, como si silenciosas señales, de alguna
especie de francmasonería, hubieran sido intercambiadas en aquel
instante.
Ello impulsó nuevamente su mirada
hacia don Benito y, como la vez anterior, no pudo sino deducir que
el tema de la conferencia era él mismo. Se detuvo. El sonido de los
pulidores de hachas atrajo su atención. Lanzó otra rápida mirada
disimulada a los dos. Tenían todo el aire de estar conspirando.
Unidas al anterior interrogatorio y el incidente del joven marinero,
todas estas cosas engendraron ahora con tal fuerza la reaparición de
una involuntaria sospecha que la extraordinaria inocencia del
norteamericano no la pudo tolerar; forzando una alegre y animada
expresión se acercó rápidamente a los dos diciendo:
-Vaya, don Benito, vuestro negro
parece ser realmente de vuestra confianza, una especie de consejero
privado, ciertamente.
Ante estas palabras, el criado
levantó la mirada con una amable sonrisa, pero el amo se estremeció
como si hubiera sufrido una venenosa mordedura. Transcurrieron uno o
dos instantes antes de que el español se sintiera suficientemente
recuperado para contestar, lo cual hizo, finalmente, con fría
reserva.
-Sí, señor, confío en Babo.
Aquí Babo, cambiando su anterior
gran sonrisa de mero carácter animal por una sonrisa inteligente,
miró a su amo no sin gratitud.
Viendo que ahora el español
permanecía silencioso y reservado, como si, involuntaria o
intencionadamente, quisiera dar a entender que la proximidad de su
huésped era inconveniente en ese momento, el capitán Delano, sin
querer parecer descortés incluso ante la descortesía en persona,
hizo un frívolo comentario y se marchó dándole vueltas una y otra
vez en la mente a la misteriosa conducta de don Benito Cereno.
Había descendido desde popa y,
absorto en sus pensamientos, pasaba cerca de una oscura escotilla
que llevaba al entrepuente, cuando, al percibir movimiento allí
dentro, miró para ver qué era lo que se movía. En aquel instante
percibió un resplandor en la sombría escotilla y vio a uno de los
marineros españoles que rondaba por allí apresurándose en meter la
mano dentro de la pechera de su vestido, como si escondiera algo.
Antes de que el hombre pudiera estar seguro de la identidad de quien
pasaba por allí, éste se alejó furtivamente hacia abajo. Aunque se
vio lo suficiente de él para convencerse de que era el mismo
marinero visto anteriormente en el aparejo.
¿Que era aquello que brillaba
tanto? Pensó el capitán Delano. No era ninguna lámpara... Ninguna
cerilla... Ningún carbón encendido ¿Podría haber sido una joya?
¿Pero, como iban a tener joyas los marineros?... ¿O tener camisetas
ribeteadas de seda? ¿Habría estado robando los calzones de los
pasajeros de camarote que habían muerto? Aunque, si así fuera,
difícilmente llevaría uno de los artículos robados estando a bordo
del barco. Vaya, vaya... Si ahora resulta que era, realmente, una
señal secreta lo que he visto pasarse entre este tipo sospechoso y
su capitán hace un rato...; si tan sólo pudiera estar seguro de que
mis sentidos, en mi nerviosismo, no me han engañado, entonces...
En este punto, pasando de una
sospecha a otra, daba vueltas en su mente a las extrañas preguntas
que se le habían formulado respecto a su barco.
Por una curiosa coincidencia, a
cada punto que recordaba, resonaba un golpe de las hachas de los
viejos brujos de Ashanti; como un siniestro comentario a los
pensamientos del extraño blanco. Presionado por tales enigmas y
presagios, hubiera sido algo antinatural que no se hubieran
impuesto, incluso en el más escéptico de los corazones, tan
desagradables sentimientos.
Observando el barco,
irremediablemente arrastrado por una corriente, con las velas como
hechizadas, dirigiéndose con creciente rapidez mar adentro, y
dándose cuenta de que a causa de una prominencia de la tierra, el
velero quedaba escondido, el tenaz marinero empezó a temblar con
pensamientos que no se atrevía a confesarse a sí mismo. Más que
nada, empezó a sentir un fantasmagórico temor hacia don Benito. Y,
al mismo tiempo, cuando recobró el ánimo, con el pecho dilatado y ya
seguro sobre sus piernas, lo consideró fríamente: ¿a santo de qué
hacerse tantos fantasmas?
Si el español tuviera algún plan
siniestro, debería ser no tanto respecto a él (el capitán Delano)
sino respecto a su navío (el Bachelor's Delight). Por lo tanto, el
actual alejamiento de un barco respecto al otro, en vez de propiciar
ese posible plan, era, al menos por ahora, opuesto a él. Estaba
claro que cualquier sospecha que combinara tales contradicciones
debía ser forzosamente ilusoria. Además, parecía absurdo pensar que
una nave en apuros, una nave donde la enfermedad había dejado la
tripulación casi sin hombres, una nave cuyos habitantes estaban
muertos de sed; parecía mil veces absurdo que tal vehículo pudiera
ser, en el presente, de carácter pirata; o que su comandante
albergara algún deseo para sí mismo o para sus subordinados, que no
fuera el de obtener rápido alivio y refresco. Por otra parte,
¿podían ser fingidas la angustia en general y la sed en particular?
¿Y no podía ser que la misma tripulación española, que supuestamente
había perecido hasta no quedar más que unos pocos, estuviera, toda
ella, en ese mismo momento, acechando a la espera? Con el angustioso
pretexto de suplicar una taza de agua fría, demonios con forma
humana se habían escondido a veces en solitarias moradas, para no
retirarse hasta que se hubiera llevado a cabo un secreto designio.
Además, entre los piratas malayos no era nada inusual el hecho de
persuadir a los barcos para que les siguieran a sus traicioneros
puertos, o el de atraer a los tripulantes de un reconocido
adversario con el triste espectáculo de hombres demacrados y
cubiertas vacías, bajo los cuales acechaban centenares de lanzas y
de brazos amarillos preparados para lanzarlas a lo alto a través de
las esteras. No es que el capitán Delano hubiera dado crédito
enteramente a tales hechos. Había oído hablar de ellas... y ahora,
como historias, le rondaban por la cabeza. El destino actual del
barco era el fondeadero. Allí estaría cerca de su propio navío. Una
vez conseguida esa proximidad ¿no podría el San Dominick,
como un volcán inactivo, liberar repentinamente las fuerzas que
ahora escondía
Recordó la actitud del español
mientras contaba su propia historia, sus titubeos y sus sombríos
subterfugios. Era precisamente la forma en que uno se inventa un
cuento, con malvados propósitos, al tiempo que lo va contando. Pero
si esa historia no era cierta, ¿cuál era la verdad? ¿Que el barco
había llegado ilícitamente a manos del español? Sin embargo, en
muchos de los detalles, especialmente los referidos a las mayores
calamidades, como las bajas entre los marineros, el consiguiente y
prolongado barloventear, los sufrimientos soportados a causa de las
obstinadas calmas y el aún no aliviado sufrimiento causado por la
sed. En todas estas cuestiones, y también en otras, la historia de
don Benito había sido corroborada no tan sólo por las exclamaciones
de lamento de la caótica multitud, negros y blancos, sino también,
cosa que parecía imposible de falsificar, por la misma expresión y
aspecto de cada uno de los rasgos humanos que el capitán Delano
podía observar.
Si la historia de don Benito era,
de principio a fin, una invención, entonces cada alma de a bordo,
incluso la de la más joven negra, era un recluta suyo cuidadosamente
adiestrado para el complot: una conclusión increíble. Y, no
obstante, si había fundamento para desconfiar de su veracidad, esa
conclusión era legítima.
Sólo que... esas preguntas del
español... Eso sí que daba que pensar... ¿No parecían formuladas con
el mismo objetivo con el que un ladrón o asesino inspecciona durante
el día las paredes de una casa? Aunque... recabar información tan
abiertamente, con malas intenciones, de la persona que corre más
peligro y, de esta manera, ponerla en guardia, ¿qué improbable
proceder era ése? Por lo tanto, era absurdo suponer que las
preguntas habían sido incitadas por planes perversos. De esta
manera, la misma conducta que había provocado la alarma, sirvió para
disiparla. En pocas palabras, cualquier sospecha o preocupación, por
más evidentemente razonable que pareciera en su momento, era
descartada de inmediato por el exceso de evidencia.
Finalmente empezó a reírse de sus
anteriores presentimientos, y a reírse del extraño navío para,
dentro de lo que cabe, ponerse de alguna forma a su favor, por así
decirlo; y a reírse también del extraño aspecto de los negros, en
particular de esos viejos afiladores de tijeras, los Ashanti, y de
esas viejas mujeres haciendo ganchillo postradas en cama, los
recogedores de estopa; y casi incluso del propio español misterioso,
el mayor espantajo de todos ellos.
Por lo demás, cualquier cosa que,
considerada seriamente, parecía enigmática, era ahora afablemente
justificada por la idea de que, la mayoría de las veces, el pobre
enfermo a duras penas sabía lo que se hacía; tanto respecto a sus
demostraciones de mal humor como respecto a sus ociosas preguntas
sin objeto ni sentido. Obviamente, por el momento, el hombre no se
encontraba en condiciones de asumir el mando del navío. Retirándole
del mando con alguna excusa de ayuda mutua, el capitán Delano debía,
no obstante, enviar la nave a Concepción, a cargo de su segundo
oficial, un plan tan conveniente para el San Dominick como para don
Benito, ya que, liberado de toda ansiedad, quedándose el resto del
viaje en su camarote, el enfermo, bajo los buenos cuidados de su
criado, al final de la travesía, probablemente, habría recuperado
hasta cierto punto su salud, y con ella recuperaría también su
autoridad.
Tales eran los pensamientos del
norteamericano. Tranquilizadores. No era lo mismo imaginar a don Benito
manejando secretamente el destino del capitán Delano que al capitán
Delano solucionando abiertamente el de don Benito. De todas formas,
el buen marino no dejó de sentir un cierto alivio en aquel momento
al divisar en la distancia su barca ballenera. Su ausencia se había
prolongado a causa de una imprevista retención junto al velero,
además de que su viaje de vuelta se había prolongado a causa del
continuo alejamiento del objetivo.
El punto que avanzaba era
observado por los negros. Sus gritos atrajeron la atención de don
Benito, quien, recobrando la cortesía y acercándose al capitán
Delano, expresó su satisfacción por la llegada de las provisiones,
aunque fueran por fuerza escasas y temporales.
El capitán Delano respondió, pero,
mientras lo hacia, algo que sucedía en la cubierta inferior atrajo
su atención: entre la multitud que se
encaramaba a los macarrones del costado de tierra, mirando
ansiosamente la barca que se acercaba, dos negros que, al parecer,
habían sido accidentalmente incomodados por uno de los marineros,
empujaron violentamente a éste hacia un lado, y, como el marinero se
había quejado de alguna manera, lo estamparon contra la cubierta a
pesar de los ardientes gritos de los recogedores de estopa.
-Don Benito -dijo inmediatamente
el capitán Delano-, ¿ve usted lo que está sucediendo ahí? ¡Mire!
Pero, encogido por un nuevo ataque
de tos, el español se tambaleaba con ambas manos en la cara, a punto
de caerse. El capitán Delano habría acudido en su ayuda, pero el
criado estaba más alerta y, mientras con una mano sostuvo a su amo, con la otra le
aplicó la medicina. Al recuperarse don Benito, el negro dejó de
sostenerlo apartándose ligeramente hacia un lado pero manteniéndose
sumisamente atento al más leve susurro.
Se evidenciaba aquí tal
discreción, que borraba, al parecer del visitante, cualquier mancha de
deshonestidad que pudiera haber sido atribuida al asistente a causa
de las indecorosas conversaciones antes mencionadas, mostrando,
además, que si el criado fuera culpable, lo sería más por culpa de
su amo que por la suya propia, ya que, por sí mismo era capaz de
comportarse tan correctamente.
Distraída su mirada del
espectáculo de desconcierto hacia otro más agradable como el que
tenía ante sí, el capitán Delano no pudo abstenerse de felicitar
nuevamente a su anfitrión por el hecho de poseer tal criado, el
cual, aunque de cuando en cuando era tal vez un poco descarado,
debía de ser, por lo general, inestimable para alguien en la
situación del enfermo.
-Dígame, don Benito -añadió con
una sonrisa-, me gustaría tener a este hombre a mi servicio, ¿que me
pediría por él? ¿Le parecería correcto cincuenta doblones?
-El amo no se separaría de Babo ni
por mil doblones -murmuró el negro, al oír la
oferta, y no sólo tomándola con la mayor seriedad sino también
despreciando tan insignificante valoración llevada
a cabo por un desconocido con la extraña vanidad del fiel esclavo
apreciado por su amo. Pero don Benito, aparentemente aún no del todo
recuperado, y nuevamente interrumpido por la tos, dio tan sólo una
respuesta entrecortada.
Pronto su angustia llegó a tal
punto, afectando aparentemente también a su mente que, como
intentando esconder el triste espectáculo, el criado condujo
lentamente a su amo hacia abajo.
Al quedarse solo, el
norteamericano,
para matar el tiempo hasta que llegara su barca, se habría acercado
amablemente a alguno de los marineros españoles que vio, pero
recordando algo que había mencionado don Benito sobre su incorrecto
comportamiento, se abstuvo de hacerlo, como corresponde a un capitán de
barco que no está dispuesto a aprobar la cobardía o la falta de
lealtad en los subordinados.
Mientras, con estos pensamientos,
permanecía de pie observando abiertamente aquel pequeño grupo de
marineros; de repente, le pareció que uno o dos de ellos le dirigían
una mirada cargada de intención. Se frotó los ojos y volvió a mirar,
pero nuevamente le pareció ver lo mismo. Bajo una nueva forma, pero
más misteriosa que cualquier otra anterior, volvió a su mente la
antigua sospecha, pero, al no estar presente don Benito, con menos
sobresalto que antes. A pesar de todo lo malo que le habían contado
sobre los marineros, el capitán Delano se acercó decididamente a uno
de ellos. Descendiendo por la popa, se hizo paso entre los negros,
provocando su movimiento un extraño grito de los recogedores de
estopa, incitados por el cual, los negros, apartándose a empujones,
le abrieron paso, pero, como con curiosidad por ver cuál era el
objeto de su deliberada visita al ghetto, acercándose por detrás en
un orden tolerable, siguieron al forastero blanco. Siendo su avance
proclamado como por heraldos a caballo y escoltado como por la
guardia de honor de un cafre, el capitán Delano, adoptando una
actitud amistosa e informal, siguió avanzando, dirigiendo de vez en
cuando una palabra jovial a los negros, y examinando curiosamente
con la mirada los rostros blancos espaciadamente mezclados aquí y
allá entre los negros, como dispersas piezas blancas de ajedrez que
ocuparan osadamente las posiciones de las piezas del oponente.
Mientras pensaba en cuál escogería
para su propósito, se fijó por casualidad en un marinero sentado en
cubierta, atareado en embrear la correa de un gran aparejo de poleas
con un círculo de negros a su alrededor, que observaban con
curiosidad el procedimiento.
La humilde tarea de aquel hombre
contrastaba con algo en su aspecto físico que denotaba superioridad.
Había un extraño contraste entre su mano, negra por el continuo
sumergirla en el cubo de brea que le sostenía un negro, y su rostro, un rostro
que habría sido de muy noble apariencia de no ser por su aspecto
ojeroso. Si ese aspecto ojeroso era producto de una actividad
criminal era algo imposible de determinar, ya que, del mismo modo
que el calor o el frío intensos producen sensaciones similares, al
igual la inocencia y la culpabilidad, cuando, casualmente unidas a
un sufrimiento mental, dejan una marca visible, usan un mismo sello,
un sello hiriente.
No es que tal reflexión se le
ocurriera al capitán en ese momento, siendo, como era, un hombre
caritativo. Era más bien otra idea. Porque, observando tan singular
aspecto ojeroso combinado con una mirada misteriosa, que se hacía
esquiva como con preocupación y vergüenza, y recordando de nuevo la
mala opinión que don Benito confesaba tener de su tripulación,
insensiblemente, se dejó influenciar por ciertas opiniones
generalizadas que al tiempo que disocian el dolor y el abatimiento
de la virtud, los asocian irremediablemente con el vicio.
«Si realmente existe maldad a
bordo de este barco -pensó el capitán Delano-, seguro
que ese hombre de ahí se ha ensuciado en ella la mano del mismo modo
que ahora se la ensucia en la brea. No quiero acercarme a él.
Hablaré con este otro, este viejo marinero que está aquí, en el
cabrestante.»
Se dirigió hacia un viejo marinero
de Barcelona, que lucía calzones rojos y harapientos y un gorro
sucio, mejillas llenas de surcos y curtidas por el sol, bigote
espeso como un seto de espino. Sentado entre dos africanos de
aspecto soñoliento, este marinero, como su más joven compañero de a
bordo, estaba trabajando en un aparejo, empalmando un cable,
desempeñando los negros de aspecto soñoliento la inferior función de
sostenerle las partes exteriores de la cuerda.
Al acercarse el capitán Delano, el
hombre inclinó la cabeza de sopetón, más abajo del nivel en que la
tenía, o sea, el necesario para su trabajo. Pareció como si deseara
aparentar estar absorto en su tarea con más fidelidad que de
costumbre. Al ser interpelado levantó la vista pero con lo que
parecía ser una furtiva, tímida actitud, que resultaba bastante
extraña en su cara maltratada por el clima, del mismo modo que si un
oso pardo, en vez de gruñir y morder, sonriera bobamente y pusiera
cara de oveja. Se le preguntaron varias cuestiones acerca del viaje
que se referían intencionadamente a varias peculiaridades de la
narración de don Benito que no habían sido corroboradas
anteriormente por los impulsivos gritos con los que había sido
recibido el visitante cuando había llegado a bordo. Las preguntas
fueron contestadas con brevedad, confirmando todo lo que quedaba por
confirmar de la historia. Los negros que se encontraban en el
cabrestante se unieron al viejo marinero, pero, a medida que ellos
intervenían en la conversación, él se iba quedando silencioso hasta
quedarse bastante taciturno, y con un cierto mal humor, parecía poco
predispuesto a contestar más preguntas, aunque todo el tiempo se
mezclaban en él el aspecto de oso con el de oveja.
Desesperado por entablar una
conversación más distendida con esa especie de centauro, el capitán
Delano, tras echar una hojeada a su alrededor en busca de un
semblante más halagüeño, aunque sin encontrar ninguno, habló
amablemente con los negros haciéndose paso y así, entre varias
sonrisas y muecas, volvió a la popa, sintiéndose un poco raro al
principio, sin saber muy bien por qué, pero, en suma, habiendo
recobrando la confianza en Benito Cereno.
Con qué claridad, pensaba, aquel
bigotudo había puesto en evidencia su mala conciencia. «Sin duda, al
ver que me acercaba, había temido que yo, enterado por su capitán de
la general mala conducta de la tripulación, fuera a reprenderle, y,
por lo tanto, había bajado la cabeza. Y sin embargo..., sin embargo,
ahora que lo pienso, ese mismo viejo, si no me equivoco, era uno de
aquellos que parecían mirarme seriamente aquí arriba, hace un
momento. Ay... estas corrientes hacen que a uno le dé vueltas la
cabeza casi tanto como el mismo barco. Vaya, ahí se ve ahora una
agradable y alegre escena, y bastante sociable, además.»
Su atención se había dirigido
hacia una negra que se hallaba profundamente dormida, parcialmente a
la vista por entre las redes de cuerda de un aparejo, acostada, con
sus jóvenes miembros dispuestos de cualquier manera, al socaire de
los macarrones, como una joven cierva a la sombra de una roca del
monte. Repanchigado en el seno de su regazo, se encontraba su
cervatillo bien despierto, completamente desnudo, el cuerpecillo
negro medio incorporado desde la cubierta, entrecruzado con sus
diques; sus manos, como dos patas, trepando por ella, buscando sin
efecto por todas partes, con la boca y la nariz, para llegar a su
objetivo. Emitía, al mismo tiempo, un ruidoso semigruñido que se
mezclaba con el sosegado ronquido de la negra.
La insólita fuerza del niño acabó
por despertar a la madre. Se incorporó bruscamente de cara al
capitán Delano que se encontraba algo más allá. Pero, como si no le
preocupara en absoluto la actitud en que había sido sorprendida,
levantó gozosamente al niño en sus brazos, y, con efusión maternal,
lo cubrió de besos.
«He aquí a la naturaleza desnuda,
pura terneza y amor», pensó el capitán Delano con gran satisfacción.
Este incidente lo incitó a fijarse
en otras negras con más interés que antes. Se sentía complacido por
su forma de hacer: como la mayoría de mujeres sin civilizar,
parecían ser al mismo tiempo tiernas de corazón y fuertes de
constitución, dispuestas por igual a morir por sus hijos que a
luchar por ellos. Salvajes como panteras y tiernas como palomas.
«¡Ah! -pensó el capitán Delano-, éstas son, posiblemente, algunas de
las mismas mujeres que vio Ledyard en África y de quienes hizo tan
noble relato.»
Estas espontáneas escenas, de una
u otra manera, reforzaron inconscientemente su confianza y
tranquilidad. Por fin miró para ver cómo le iba a su barca, pero aún
se encontraba bastante lejos. Se giró para ver si había regresado
don Benito, pero no lo había hecho.
Para cambiar de escenario, además
de para darse el gusto de observar ociosamente la llegada de la
barca, pasando por encima de las cadenas de mesana, se encaramó
hasta uno de esos balcones abandonados de aspecto veneciano de los
que ya hemos hablado, apartados de la cubierta. Al pisar el musgo
marino, medio húmedo, medio seco, que alfombraba el lugar, sintió en
su mejilla la espectral caricia de un soplo aislado de brisa,
llegado sin previo aviso y del mismo modo desaparecido; y su mirada
se posó en la hilera de menudas claraboyas redondas, todas cerradas
con rodelas de cobre como los ojos de un muerto en su ataúd, y en
la puerta del camarote de oficiales que antes conectaba con la
galería, al igual que las claraboyas, que en su tiempo la miraban
desde arriba y que ahora veía que estaban selladas a cal y canto,
como la tapa de un sarcófago, y el entrepaño, umbral y travesaño,
alquitranados y de color negro violáceo; y se le ocurrió pensar en
el tiempo en que en ese camarote de oficiales habían resonado las
voces de los oficiales del rey de España y en que las figuras de las
hijas del virrey de Lima se habían asomado a ese balcón,
posiblemente en el mismo lugar en que ahora se hallaba él; mientras
éstas y otras imágenes revoloteaban en su mente, como la ligera
brisa durante la calma, sintió que, progresivamente, lo sobrecogía
una inquietud ensoñadora, como la de aquel que hallándose solo en
una llanura, le embarga el desasosiego tras el reposo del mediodía.
Se apoyó en la labrada
balaustrada, mirando nuevamente a lo lejos, hacia su barca, pero su
mirada tropezó con unas cintas de hierba marina que formaban una
larga estela a lo largo de la línea de flotación del barco, rectas
como un seto de boj verde y con unos arriates de algas, anchos
óvalos y medias lunas, flotando aquí y allá con lo que parecían
elegantes alamedas entre ellos, cruzando las hileras de oleaje y
curvándose como si se dirigieran a las grutas del fondo y,
suspendida por encima de todo ello, se encontraba la balaustrada que
él tenía junto a sí, la cual, en parte manchada por la brea y en
parte estampada en relieve por el musgo, semejaba
la ruina calcinada de una quinta de veraneo en medio de un gran
jardín largo tiempo incultivado.
Intentando romper un hechizo,
había sido hechizado de nuevo. Aunque se hallaba sobre el ancho mar,
parecíale encontrarse en algún lejano país tierra adentro,
prisionero en un castillo abandonado, condenado a contemplar campos
vacíos y asomarse para ver caminos solitarios por los que no pasaba
jamás ningún carro ni caminante.
Pero esos encantamientos se
desencantaron un poco cuando vio las corroídas cadenas principales.
De estilo antiguo, deformes y oxidados los eslabones, argollas y
tornillos, parecían todavía más acordes con la presente utilización
del barco que con aquel para el que había sido creado.
En aquel momento, pensó que algo
se movía cerca de las cadenas. Se frotó los ojos y miró con
atención. Arboledas de aparejo envolvían las cadenas, y allí
asomándose por detrás de una gran estay, como un indio detrás de una
cicuta, pudo ver a un marinero español, con un pasador en la mano,
que hacia lo que parecía ser un gesto inacabado en dirección al
balcón, pero inmediatamente, como alarmado por un ruido de pasos
sobre la cubierta, desapareció entre los escondrijos del bosque de
cáñamo, como un cazador furtivo.
¿Qué significaba aquello? Aquel
hombre había intentado comunicar algo, sin que nadie lo supiera, ni
siquiera su capitán. ¿Tenía relación ese secreto con algo
desfavorable a don Benito? ¿Iban acaso a confirmarse los anteriores
presentimientos del capitán Delano? ¿O tal vez en su asustadizo
actual estado de ánimo, había tomado como una señal de aviso
significativa lo que no era sino un movimiento hecho al azar y sin
intención por aquel hombre que parecía estar ocupado en reparar el
estay?
Algo desorientado, buscó
nuevamente su barca con la mirada. Pero ésta se encontraba
temporalmente escondida por las rocas de un espolón de la isla. Al
inclinarse hacia delante con cierta impaciencia para avistar la
salida del rostro de la barca, la balaustrada cedió ante él como
carbón vegetal. De no haberse agarrado a una cuerda que sobresalía,
habría caído al mar. El choque, aunque débil, y la caída, aunque
sorda, de los fragmentos podridos, por fuerza habían de ser oídos.
Miró hacia arriba. Mirándolo desde arriba con comprensible
curiosidad, se encontraba uno de los recogedores de estopa, que
resbaló desde su peligrosa posición hasta una botavara exterior,
mientras que, por debajo del negro, invisible para él, avizorando
desde una portilla como un zorro desde la boca de su guarida, se
agazapaba nuevamente el marino español. Por algo que le sugirió
repentinamente la actitud del hombre, la loca idea de que la
indisposición de don Benito, al retirarse abajo, no era más que un
falso pretexto, se disparó en la mente del capitán Delano: que su
colega se hallaba atareado urdiendo su plan, y que el marinero,
habiendo concebido algún tipo de sospecha, estaba dispuesto a poner
sobre aviso al extraño, incitado posiblemente por la gratitud, tras
haber oído sus amables palabras al subir al barco. ¿Era quizá en
previsión de una interferencia como ésta por lo que don Benito había
dado tan negativas referencias de sus marineros, al tiempo que había
elogiado a los negros, aunque, de hecho, los primeros parecían tan
dóciles como rebeldes los últimos?
También era cierto que los blancos
eran, por naturaleza, la raza más perspicaz. Un hombre que tramaba
un plan maléfico, ¿no alabaría la estupidez que es ciega a su
depravación al tiempo que difamaría la inteligencia ante la que no
puede esconderse? Posiblemente no resultaría extraño.
Pero si los blancos poseían oscuros
secretos en relación a don Benito... ¿acaso éste podía actuar de
alguna manera en complicidad con los negros? Aunque ellos eran
demasiado estúpidos. Además ¿dónde se ha visto que un blanco pueda
ser tan renegado como para prácticamente abjurar de su propia
especie, aliándose con los negros en contra de él? Estos apuros le
recordaron otros precedentes. Perdido en sus laberintos, el capitán
Delano, quien ahora había vuelto a cubierta, iba avanzando
intranquilo por ella cuando se fijó en una cara que no había visto
antes, un viejo marinero sentado con las piernas cruzadas cerca de
la escotilla principal. Las arrugas encogían su piel como la bolsa
vacía de un pelícano, su pelo era blanco, su rostro grave y
sosegado. Tenía las manos llenas de cuerdas con las que hacía un
gran nudo. A su alrededor se encontraban algunos negros que,
servicialmente, le metían los cabos aquí y allá, según mandaban las
exigencias de la operación.
El capitán Delano cruzó hacia él y
se quedó en silencio contemplando el nudo; su mente, a causa de una
agradable transición, pasó de sus propios enredos a los del cáñamo.
Nunca había visto un nudo tan rebuscado en ningún barco
norteamericano,
ni, de hecho, en ningún otro. El viejo parecía un sacerdote egipcio
realizando nudos gordianos para el templo de Amón. El nudo parecía
una combinación de un doble nudo de bolina, uno triple de corona, un
nudo de pozo hecho con el revés de la mano, un as de guía y un
barrilete.
Finalmente, desconcertado en
cuanto al significado de tal nudo, el capitán Delano se dirigió al
anudador:
-¿Qué estás anudando ahí, amigo?
-El nudo -fue su breve respuesta,
sin levantar la mirada.
-Eso parece, pero ¿para qué es?
-Para que alguien lo desanude
-murmuró al contestar el viejo, sin dar a sus dedos menos descanso
que nunca y a punto de completar el nudo.
Mientras el capitán Delano se
quedaba mirándolo, de repente, el viejo lanzó el nudo hacia él
diciendo, en inglés chapucero, el primero que oía a bordo, algo así
como:
-Deshágalo, córtelo, deprisa.
Lo dijo despacio, pero de una
forma tan abreviada que las largas, lentas palabras en español que
le precedieron y sucedieron, operaron casi como una cobertura del
breve inglés entremezclado.
Por un momento, con un nudo en las
manos y otro nudo en la mente, el capitán Delano se quedó mudo,
mientras, sin prestarle más atención, el viejo se ponía a trabajar
en otras cuerdas. En aquel momento se produjo una leve agitación
detrás del capitán Delano. Al volverse, vio al negro encadenado,
Atufal, de pie, en silencio.
Al instante siguiente, el viejo
marinero se levantó murmurando y, seguido por sus subordinados
negros, volvió a la parte delantera del barco, donde desapareció
entre la multitud.
Un anciano negro, vestido con un
sayo como de niño y con cabeza de mulato y un cierto aire de abogado,
se acercó en ese momento al capitán Delano. En un español pasable y
con un afable guiño de complicidad, le informó que el negro anudador
era un poco flojo de mollera, pero inofensivo, y que a menudo
realizaba sus raros trucos. El negro concluyó pidiéndole el nudo ya
que, evidentemente, el extranjero no debía desear ser molestado con
algo así. Inconscientemente, se lo entregó. Con una especie de congé,
el negro tomó el nudo y, girándose, se puso a revolverlo todo como
un detective de aduanas buscando cuerdas de contrabando. En seguida,
con una expresión africana que equivalía a ¡bah!, tiró el nudo por
la borda.
«Todo esto es muy raro», pensó el
capitán Delano, con un cierto sentimiento de aprensión, pero, como
quien siente un mareo incipiente, se esforzó, ignorando los
síntomas, en acabar con el malestar. Una vez más miró a lo lejos,
hacia la barca. Se alegró al ver que volvía a estar a la vista,
dejando a popa las rocas del espolón.
La sensación que experimentó con
ello, tras haber aliviado su intranquilidad, pronto empezó a
eliminarla con imprevista eficacia. La visión menos distante de esa
bien conocida barca, que ahora podía ver claramente y no como antes,
mezclándose a medias con la neblina, sino con el perfil defmido,
hacía que su personalidad, como la de un hombre, quedase de
manifiesto; esa barca, de nombre Rover, que, aunque actualmente
estuviera en mares extraños, a menudo había estado varada en la
playa donde se hallaba la casa del capitán Delano y había sido
llevada hasta el umbral para ser reparada, permaneciendo allí,
familiarmente, como un perro de Terranova; la vista de esa barca
doméstica evocó mil asociaciones agradables, las cuales, en
contraste con las anteriores sospechas, provocaron en él no tan sólo
una alegre confianza sino también, en cierta forma, burlones
autorreproches por su anterior desconfianza.
«Como iba yo, Amasa Delano, el
Marinero de la Playa, como me llamaban de joven; yo, Amasa, que con
la cartera del colegio bajo el brazo iba chapoteando por la orilla
hasta la escuela, construida en un viejo buque; yo, pequeño Marinero
de la Playa, que iba a buscar bayas con el primo Nat y los demás,
¿tenía que ser asesinado aquí, en el confín del mundo, a bordo de un
barco pirata encantado; tendría que ser asesinado, digo, por un
horrible español? ¡Vaya idea más descabellada! ¿Quién iba a matar a
Amasa Delano? Su conciencia está limpia. Hay alguien allá arriba.
¡Marinero de la Playa, chico malo! Eres realmente un niño; un niño
en su segunda infancia; me temo que empiezas a chochear y babear.»
Ligero de corazón y de pies, se
dirigió a popa y allí encontró al criado de don Benito, el cual, con
una expresión agradable que se avenía con sus presentes
sentimientos, le informó que su amo se había recuperado de los
efectos de su ataque de tos y le acababa de ordenar que fuera a
presentar sus cumplidos a su buen huésped, don Amasa, y decirle que
él (don Benito) tendría pronto la satisfacción de volver a su lado.
«¿Ves lo que te decía? -pensó otra
vez el capitán Delano, caminando por popa-. Qué zoquete he sido.
Este amable caballero que me envía sus cumplidos, es de quien
pensaba hace diez minutos que estaba, oscura linterna en mano,
escondiendo alguna vieja piedra de afilar en la bodega, sacándole
filo a un hacha destinada a mí. Hay que ver; estas largas calmas
producen un efecto malsano en la mente, como había oído a menudo,
aunque hasta ahora no lo había creído. Vaya, dijo mirando hacia la
barca, allí está Rover, un buen perro, con un hueso blanco en la
boca, un hueso bastante grande, en verdad, me da la impresión...
¿Qué? Sí, se ha puesto a malas con esta burbujeante resaca. Y encima
se la lleva en dirección contraria, por el momento. Paciencia.»
Ya era cerca de mediodía, aunque
por el matiz gris que lo teñía todo, más bien parecía que estuviera
llegando el atardecer.
La calma acabó de confirmarse. En
la lejana distancia, libre del influjo de la tierra, el plomizo
océano parecía terso y emplomado, su curso extinguido, sin alma,
difunto. Pero la corriente que provenía de la costa, donde se
encontraba la embarcación, cobró mayor fuerza, llevándosela
silenciosamente más y más lejos hacia las hipnotizadas aguas de mar
adentro.
Sin embargo, el capitán Delano,
por su conocimiento de estas latitudes, abrigaba todavía la
esperanza de que, de un momento a otro, se dejaría sentir el soplo
de una brisa fresca y prometedora, y a pesar de las presentes
perspectivas, contaba optimistamente con poder llevar el San Dominick a anclar en lugar seguro antes de la noche. La distancia
recorrida no importaba, ya que, con buen viento, en diez minutos de
navegar a la vela, recuperaría más de sesenta minutos de deriva.
Mientras tanto, girándose ahora a ver cómo le iba a Rover en su
lucha contra la resaca y volviéndose al cabo de un minuto para ver
si se acercaba don Benito, siguió caminando por popa.
Sintió que la impaciencia lo iba
invadiendo progresivamente a causa del retraso de su barca,
impaciencia que pronto se convirtió en inquietud hasta que finalmente,
recayendo continuamente su mirada, como desde el palco de proscenio
sobre la platea, en la multitud que se hallaba delante y debajo de
él, y, de cuando en cuando, reconociendo entre ella el rostro, ahora
sosegado hasta la indiferencia, del marinero español que había
creído que le hacía señas desde la cadena principal, parte de sus
anteriores turbaciones regresaron a su mente.
«¡Ah -se dijo, bastante
gravemente-, esto es como la fiebre de la malaria: el hecho de que
haya desaparecido no significa que no vaya a reaparecer!»
Aunque avergonzado por la
reincidencia de su turbación, no consiguió dominarla completamente,
por lo que, forzando al máximo su buen talante, transigió
inconscientemente:
«Sí, es ésta una extraña nave, con
una extraña historia, además, y con extrañas gentes. Pero... eso es
todo.»
Con la intención de mantener su
pensamiento alejado de ideas maliciosas mientras llegaba la barca,
intentó ocupar su mente a base de darle vueltas y más vueltas, de
forma puramente especulativa, a las peculiaridades menores del
capitán y de su tripulación.
Entre otros, cuatro puntos
curiosos se repetían en su memoria: Primero, el asunto del joven
español que había sido atacado con un cuchillo por un muchacho
negro; acto ante el que don Benito había hecho la vista gorda.
Segundo, la tiranía con que don Benito trataba a Atufal, el negro,
como un niño llevando a un toro del Nilo por la argolla de su
hocico. Tercero, el marinero que había sido pisoteado por dos
negros, un acto de insolencia que había sido pasado por alto sin ni
tan siquiera reñirles por ello. Cuarto, la servil sumisión a su amo
por parte de todos los subordinados del navío, en su mayoría negros,
como si a la más mínima distracción temieran provocar su despótico
enojo.
En su conjunto, estos cuatro
puntos parecían algo contradictorios. «Mas... ¿qué importa? -pensó
el capitán Delano mirando hacia la barca que ahora se acercaba-,
¿qué más da? A fin de cuentas, don Benito no es más que un
comandante caprichoso. Pero no es el primero que encuentro de esta
clase, aunque, a decir verdad, supera con creces a cualquier otro.
Ahora bien, como nación -continuó él en sus fantasías-, estos
españoles son una gente bien rara; la propia palabra "español"
tiene una curiosa resonancia a conspiración, que recuerda a Guy
Fawkes. Sin embargo, me atrevería a decir que, por lo general, los
españoles son tan buena gente como cualquier habitante de Duxbury,
en Massachusetts. ¡Vaya, fantástico, al finha llegado Rover!»
En cuanto la barca, con su
bienvenido cargamento, tocó el costado, los recogedores
de estopa, con venerables ademanes, intentaron reprimir a los
negros, quienes, al ver las tres barricas repletas de agua en su
fondo y un montón de calabazas secas en su proa, se colgaron de los
macarrones en medio de un alborotado jolgorio.
Don Benito, con su criado,
apareció en ese momento, apresurado, tal vez, su regreso por el
ruido.
El capitán Delano le pidió permiso
para distribuir el agua, para que todos la compartieran por igual y
que nadie se indispusiera a causa de un injusto exceso. Pero, aunque
la proposición era prudente, y, según don Benito, amable, fue
recibida con una aparente impaciencia; como si, consciente de su
carencia de autoridad, don Benito, con los celos propios de la
debilidad, tomara como una afrenta cualquier injerencia ajena. Por
lo menos eso fue lo que dedujo el capitán Delano.
Al cabo de un momento, mientras
izaban las barricas a bordo, algunos negros más impacientes que los
demás empujaron accidentalmente al capitán Delano que se encontraba
junto al portalón, ante lo cual, sin tener en cuenta a don Benito y
dejándose llevar por el impulso del momento, con amable autoridad,
ordenó a los negros que se mantuvieran más atrás, reforzando sus
palabras con un gesto entre divertido y amenazador. Inmediatamente,
se detuvieron todos en el lugar en que se hallaban, inmovilizándose
cada negro o negra en la postura en que la orden los había
sorprendido; y así se mantuvieron durante unos segundos, al tiempo
que una sílaba desconocida se iba transmitiendo de hombre en hombre
entre los recogedores de estopa, situados en su posición más elevada,
como si fueran estaciones de telégrafo. Mientras el visitante fijaba
su atención en esta escena, los pulidores de hachas se incorporaron
repentinamente y se oyó un rápido grito de don Benito.
Creyendo que, a la señal del
español, iba a ser asesinado, el capitán Delano estuvo a punto de
saltar hacia su barca, pero se detuvo, al ver que los recogedores de
estopa, saltando entre la multitud con firmes exclamaciones,
forzaban a retirarse tanto a blancos como a negros, al tiempo que,
con gestos amistosos y familiares, casi jocosos, los exhortaban a
que no hicieran tonterías. Simultáneamente, los pulidores de hachas
volvieron a sus asientos mansamente, como si de sastres se tratara,
y acto seguido, como si nada hubiera ocurrido, se reanudó la tarea
de izar los toneles, cantando al unísono blancos y negros junto a la
polea.
El capitán Delano miró hacia don
Benito. Al ver su exigua figura esforzándose por incorporarse entre
los brazos de su criado, en los que el agotado enfermo había caído,
no pudo sino asombrarse del pánico que se había apoderado de él al
suponer precipitadamente que un comandante como éste, que perdía el
control de sí mismo ante un incidente tan trivial, incluso
intrascendente, como ahora se veía, iba a provocar su muerte con tan
enérgica iniquidad.
Hallándose ya los barriles sobre
cubierta, el capitán Delano recibió unas cuantas jarras y tazas de
manos de los ayudantes del camarero, quien, en nombre de su capitán
le rogó que hiciera lo que había propuesto, distribuir el agua.
Él hizo lo que se le pedía,
ajustándose con republicana imparcialidad a ese ideal republicano
según el cual debe siempre buscarse un término medio, es decir,
sirviendo al blanco más viejo la misma cantidad que al negro más
joven, a excepción, claro está, del pobre don Benito, cuya
condición, si no su rango, exigía una ración suplementaria. A él, en
primer lugar, ofreció el capitán Delano una buena jarra del líquido
elemento, pero el español, aunque sediento, no sorbió ni una gota
sin antes haber llevado a cabo varias reverencias y solemnes
saludos, intercambio de cortesías que los africanos, encantados con
la escena, aclamaron con aplausos.
Dos de las calabazas menos resecas
fueron reservadas para la mesa del capitán y las demás fueron
desmenuzadas allí mismo y distribuidas para deleite general. Pero el
pan tierno, el azúcar y la sidra embotellada, el capitán Delano se
los habría dado solamente a los blancos, especialmente a don Benito,
mas este último se opuso con un desinterés que complació no poco al
norteamericano; se repartieron, pues, bocados por igual tanto a blancos
como a negros, a excepción de una botella de sidra, que Babo
insistió en apartar para su amo.
Conviene aquí observar que de la
misma manera que en la primera visita de la barca el norteamericano no
había permitido que sus hombres subieran a bordo, tampoco lo había
hecho ahora, a fin de no ocasionar mayor confusión en la cubierta.
Influenciado hasta cierto punto
por el buen humor general que prevalecía en el momento, olvidando
por el momento cualquier pensamiento que no fuera benévolo, el
capitán Delano, quien, por los últimos indicios, contaba con una
brisa en una o dos horas a lo sumo, mandó que la barca regresara al
velero, con órdenes de que todos los hombres disponibles se
dedicaran inmediatamente a llevar botes con barriles a donde manaba
el agua y llenarlos. Asimismo, mandó que transmitieran a su primer
oficial la orden de que si, a pesar de las presentes expectativas,
no llevaban la nave a anclar antes del crepúsculo, no debía
preocuparse, ya que esa noche iba a haber luna llena y él (el
capitán Delano) se quedaría a bordo, dispuesto a pilotar la nave en
cuanto llegase el viento.
Mientras los dos capitanes
permanecían de pie observando la barca que partía y el criado, que
había detectado una mancha en la manga de terciopelo de su amo, se
hallaba atareado limpiándola en silencio, el norteamericano se lamentó de
que el San Dominick no tuviera por lo menos una sola barca, a
excepción de la innavegable lancha ruinosa que, deforme como el
esqueleto de un camello en el desierto y blanqueada casi de la misma
manera, se encontraba boca abajo como un perol, algo ladeada,
proporcionando una especie de madriguera subterránea a los grupos
familiares de negros, en su mayoría mujeres y criaturas, los cuales,
sentados sobre lo que habían sido las esterillas del fondo, o
encaramados en los asientos bajo la oscura bóveda, vistos desde
cierta distancia semejaban un grupo de murciélagos refugiados en una
acogedora gruta; de tiempo en tiempo, se alzaba un revuelo de ébano
cuando niños y niñas de tres o cuatro años, enteramente desnudos,
entraban y salían correteando por la boca de la madriguera.
-Si ahora tuvieran tres o cuatro
barcas, don Benito -dijo el capitán Delano-, me parece que,
manejando los remos, sus negros podrían ser de utilidad.
¿Dejaron el puerto ya sin barcas, don Benito?
-Se desfondaron durante los
vendavales, señor.
-¡Qué lástima! También perdió
muchos hombres en esos momentos. Hombres y barcas. Debieron ser muy
fuertes los vendavales, don Benito.
-Algo inenarrable -dijo el
español, encogiéndose.
-Dígame, don Benito -prosiguió su
colega con renovado interés- dígame, ¿encontró los vendavales
inmediatamente después del Cabo de Hornos?
-¿Cabo de Hornos? ¿Quién ha
hablado del Cabo de Hornos?
-Usted mismo, cuando me relató su
viaje -respondió el capitán Delano, viendo casi con el mismo
asombro que al español le carcomían sus propias palabras de la misma
manera que otras veces le carcomían sus propios sentimientos-, usted
mismo, don Benito, habló del Cabo de Hornos -repitió con
énfasis.
El español se giró, adoptando una
actitud encorvada y manteniéndola un instante como aquel que se
dispone a llevar a cabo, zambulléndose, un cambio de elemento: del
aire al agua.
En ese momento, pasó corriendo un
grumete blanco, llevando al castillo de proa, en el normal
cumplimiento de sus funciones de mensajero, el aviso de que había
transcurrido media hora en el reloj del camarote, para que se
hiciera sonar en la gran campana del barco.
-Amo -dijo el criado,
interrumpiendo su tarea en la manga de la chaqueta y dirigiéndose al
ensimismado capitán con esa especie de tímido recelo de quien debe
cumplir con un deber cuya ejecución prevé que resultará fastidiosa
para la misma persona que lo ha impuesto y en cuyo provecho ha de
redundar-, el amo me dijo que, sin importar dónde estuviera o en qué
se hallara ocupado, le recordara siempre el instante en que había
llegado la hora de afeitarse. Miguel ha ido a hacer sonar las doce y
media del mediodía. Es decir, ahora, amo. ¿Irá el amo al salón?
-Ah... sí... -contestó el español,
aturdido, como volviendo de un sueño a la realidad; luego,
volviéndose hacia el capitán Delano, le dijo que más tarde
continuarían la conversación.
-Pero si el amo quiere hablar más
con don Amasa -dijo el criado-, ¿por qué no permite que don Amasa se
siente al lado del amo en el salón, y el amo puede hablar, y don
Amasa puede escuchar mientras Babo va enjabonando y suavizando?
-Sí -dijo el capitán Delano, nada
descontento con una proposición tan afable-, sí, don Benito, si no
le importa iré con usted.
-Que así sea, señor.
Mientras los tres pasaban a popa, el
norteamericano no pudo abstenerse de pensar que eso de que lo
afeitaran con tan insólita puntualidad a la mitad del día era otro
extraño ejemplo del caprichoso talante de su anfitrión. Pero
consideró que era muy probable que la ansiosa fidelidad del criado
tuviera algo que ver con el asunto, teniendo en cuenta que la
oportuna interrupción había servido para que su amo se sobrepusiera
del estado de ánimo que, evidentemente, le había estado afectando
El lugar al que llamaban salón era
un luminoso camarote de cubierta dispuesto en el lado de popa, a
manera de buhardilla del gran camarote sobre el que se hallaba.
Parte de éste había constituido en el pasado los alojamientos de los
oficiales, pero tras la muerte de éstos se habían echado abajo todos
los tabiques y todo el interior había sido convertido en un único
espacioso y aireado salón marinero; por la ausencia de mobiliario
elegante y el pintoresco desorden de inútiles accesorios, más bien
hacía pensar en el amplio y desordenado salón de la hacienda de un
excéntrico terrateniente soltero de esos que cuelgan el chaquetón y
la bolsa del tabaco en los cuernos de un ciervo y guardan la caña de
pescar, las tenazas y el bastón en el mismo rincón.
Realzaban la similitud, si no es
que la sugerían desde el principio, las perspectivas del mar que los
rodeaba, ya que, en algunos aspectos, el campo y el océano parecen
primos hermanos.
El suelo del salón se hallaba
alfombrado. Junto al techo, cuatro o cinco viejos mosquetes se
alojaban en sendas ranuras horizontales practicadas a lo largo de
las vigas. A un lado se encontraba una mesa con patas en forma de
garra, amarrada a la cubierta, sobre ella un misal manoseado, y algo
más arriba, fijado al mamparo, un menudo, exiguo crucifijo. Bajo la
mesa, podían verse uno o dos chafarotes abollados y un arpón
mellado, entre tristes restos de aparejo, semejantes a un montón de
cintos de fraile. Había también dos largos canapés de caña de
Malaca, angulosos, ennegrecidos por el paso del tiempo y a simple
vista tan incómodos como potros de tortura de un inquisidor, y un
enorme y destartalado butacón, el cual, provisto de un vulgar
apoyacabezas de barbero sujeto con un tornillo, semejaba también un
grotesco aparato de tortura. Situado en una esquina, un armario de
banderas, abierto, mostraba su contenido: lanillas de diversos
colores, enrolladas las unas, las otras a medio enrollar; algunas,
incluso, tiradas por el suelo. Enfrente, se alzaba un embarazoso
aguamanil de caoba, de una sola pieza, sostenido por un pedestal
como si de una pila bautismal se tratara, y, sobre él, un estante
con barandilla contenía peines, cepillo y otros accesorios de baño.
Una desgarrada hamaca de rafia teñida se columpiaba cerca de allí,
las sábanas revueltas y la almohada arrugada como un ceño fruncido,
como si el que durmiera allí lo hiciera malamente, alternativamente
asaltado por tristes pensamientos y negras pesadillas.
El extremo más alejado de dicho
salón, que sobresalía por encima de la popa del barco, se hallaba
perforado por tres aberturas, ora ventanas, ora portillas, según
asomara por ellas un hombre o un cañón, ora sociables, ora
insociables. En aquel momento no se veían ni hombres ni cañones,
aunque enormes cáncamos y otros herrumbrosos accesorios guardaban
memoria de cañones del veinticuatro.
Al entrar, el capitán Delano echó
una mirada a la hamaca y dijo:
-¿Duerme usted aquí, don Benito?
-Así es, señor, desde que reina el
buen tiempo.
-Este lugar, don Benito, parece
una mezcla de dormitorio, salón, taller de velas, capilla, armería y
guardarropa privado -añadió el capitán Delano mirando a su
alrededor.
-Cierto, señor, los
acontecimientos no han permitido que pudiera poner mis cosas en
orden.
Aquí el criado, con un paño en el
brazo, se movió para hacer notar que se hallaba a la espera de una
indicación de su amo. Don Benito le indicó que se hallaba dispuesto,
por lo cual, ayudándolo a sentarse en el sillón de Malaca y
colocando ante él uno de los sofás para acomodo de su huésped, el
criado comenzó su tarea echando para atrás el cuello de la camisa de
su amo y aflojándole la corbata.
Hay algo especial en los negros
que los hace particularmente aptos para las tareas de asistente
personal. La mayoría de los negros son ayudas de cámara o peluqueros
natos y manejan el peine y el cepillo como si fueran castañuelas y,
aparentemente, casi con la misma satisfacción. Poseen, además, una
gentil discreción en la forma de desempeñar su tarea, junto a una
maravillosa, silenciosa, deslizante presteza tan grácil en sus
maneras que resulta singularmente grata para el que lo contempla y
aun más para aquel que es objeto de tales manipulaciones.
Y, sobre todo, poseen el gran don
del buen humor. Lo cual, en este caso, no significaba ni una mera
sonrisa ni una simple carcajada. Ello hubiera resultado inadecuado.
Era más bien una cierta alegría natural, una armonía en cada gesto y
cada mirada, como si Dios hubiera dotado al hombre negro de una
alegre melodía.
Cuando a ello se le suma la
docilidad que surge de la humilde complacencia de una mente limitada
y esa propensión a encariñarse ciegamente que es, a veces, innata en
seres indiscutiblemente inferiores, se hace fácil comprender por qué
esos hipocondríacos, Johnson y Byron, posiblemente bastante
parecidos al hipocondríaco don Benito, se encariñaron de sus criados
negros, Barber y Pletcher, casi hasta la total exclusión de la raza
blanca. Entonces, si hay en el negro algo que le libra de que las
mentes más cínicas o insanas le inflijan su resentimiento ¿cómo
influirán en una mente benévola sus más atractivas cualidades? Y
cuando las cuestiones externas se hallaban en armonía, la mente del
capitán Delano no es que fuera benévola, era familiar y jovialmente
benévola. En su casa, a menudo, había tenido la poco común
satisfacción de sentarse junto a la puerta y observar a algún
liberto de color en su tarea o sus juegos.
Si, por casualidad, en alguno de
sus viajes tenía algún marinero negro, invariablemente se mostraba
franco y distendido con él. De hecho, como la mayoría de los hombres
de alegre y buen corazón, al capitán Delano le caían bien los negros
pero no por filantropía, sino por simpatía, como a otros hombres les
caen bien los perros de Terranova.
Hasta aquel momento, las
condiciones en que había encontrado el San Dominick habían reprimido
esa tendencia. Pero allí, en el salón, libre de sus anteriores
preocupaciones y más dispuesto, por varias razones, a mostrarse
sociable que en cualquier anterior momento del día, al ver al criado
de color, con el paño al brazo, tan elegante y solícito con su amo
y, además, desempeñando una tarea tan familiar como era afeitarlo,
renació en él su vieja debilidad por los negros.
Entre otras cosas, le divertía
aquella afición de los africanos por los colores brillantes y las
exhibiciones vistosas de la que el negro dio un singular ejemplo
sacando del armario, con gran desenvoltura, un buen trozo de lanilla
multicolor y ajustándola con gran ceremonial bajo la barbilla de su
amo a modo de delantal.
La manera de afeitarse de los
españoles difiere ligeramente de las de otros países. Utilizan una
jofaina a la que denominan específicamente bacía de barbero y que
tiene una escotadura en el borde que se ajusta con precisión a la
barbilla y donde ésta queda bien apoyada para el enjabonado, lo cual
no se lleva a cabo con una brocha, sino mojando el jabón en el agua
de la jofaina y frotándolo por la cara.
En el presente caso, a falta de
algo mejor, el agua era salada, y tan sólo fueron enjabonados el
labio superior y la zona inferior de la garganta, conservando todo
el resto una espesa barba.
Por ser los preliminares algo
insólitos para el capitán Delano, éste se quedó observándolos con
gran curiosidad, por lo que no se terció conversación alguna, ni
parecía que, por el momento, don Benito estuviera dispuesto a
reanudar la anterior.
Dejando la jofaina en el suelo, el
negro se puso a buscar entre las cuchillas como si quisiera elegir
la más afilada y, habiéndola encontrado, la aguzó algo más
suavizándola con pericia sobre la firme, suave y grasienta piel de
su palma bien abierta; hizo entonces ademán de empezar, mas se
detuvo un instante a medio camino, sosteniendo la navaja en alto con
una mano y humedeciendo expertamente con la otra las burbujas de
jabón del largo y delgado cuello del español. Turbado por la visión
de la proximidad del reluciente acero, don Benito se estremeció
nerviosamente; su habitual palidez parecía aún más intensa por
efecto del jabón, cuya espuma se veía aún más blanca por contraste
con el cuerpo del criado, negro como el hollín. Entre una cosa y
otra, la escena resultaba algo singular para el capitán Delano,
quien, al verles en tal actitud, tampoco pudo sustraerse a la
fantasía de ver al negro como a un verdugo y al blanco como a un
hombre con la cabeza en el tajo. Pero fue uno de estos caprichosos
espejismos que aparecen y se desvanecen en un abrir y cerrar de ojos
y de los que, posiblemente, incluso las mentes más cuerdas no
siempre están exentas.
Con todo ello, en su agitación, el
español había aflojado un tanto la lanilla que lo cubría, de manera
que un ancho pliegue se había deslizado hasta el suelo cubriendo el
brazo del sillón como un cortinaje, mostrando, entre una profusión
de barras heráldicas y campos de color negro, azul y amarillo, un
castillo en campo rojo vivo en diagonal con un león rampante sobre
campo blanco.
-¡El castillo y el león! -exclamó
el capitán Delano-. Don Benito, pero si lo que está utilizando
aquí es la bandera de España! Es una suerte que sea yo y no el rey quien lo está viendo -añadió con una sonrisa-, pero, total
-prosiguió volviéndose hacia el negro- qué más da, supongo, con tal
de que los colores sean alegres... -jocoso comentario que no dejó de
divertir al negro.
-Vamos, amo -dijo éste volviendo a
ajustar la bandera y reclinando suavemente la cabeza de su amo sobre
el apoyacabezas del respaldo-, vamos, amo.
Y el acero volvió a brillar junto
a la garganta. De nuevo, don Benito se estremeció ligeramente.
-No debe temblar así, amo. Como
don Amasa puede ver, el amo siempre tiembla cuando lo afeito. Y, sin
embargo, el amo sabe bien que nunca lo he hecho sangrar, aunque la
verdad es que si el amo tiembla así, puede ocurrir algún día. Vamos,
amo -volvió a decir-. Y, ahora, don Amasa, siga, por favor, con su
charla sobre el vendaval y todo eso; el amo lo escuchará y, de
tiempo en tiempo, el amo podrá contestarle.
-Ah, sí, esos vendavales -dijo el
capitán Delano-. Cuanto más pienso en su viaje, don Benito, más
me extraño, no por los vendavales, que debieron de ser terribles,
sino por el desastroso período que los siguió, ya que, desde
entonces, según su relato, han pasado dos meses o más,
dirigiéndose hacia Santa María, una distancia que yo mismo, con buen
viento, he navegado en pocos días. Es verdad que habéis encontrado
calmas, y muy prolongadas, pero permanecer inmovilizado durante dos
meses es, por lo menos, poco habitual. Porque, don Benito, si
cualquier otro caballero me hubiera contado tal historia, me habría
sentido un tanto predispuesto a no acabar de darle crédito.
En aquel momento asomó al rostro
del español una expresión involuntaria, similar a la que había
mostrado en cubierta poco antes y, ya fuera a causa de su
estremecimiento, ya fuera por un brusco y torpe cabeceo del casco en
medio de la calma, o por una momentánea vacilación de la mano del
criado, por la razón que fuese, en aquel momento la cuchilla hizo
brotar la sangre y unas gotas mancharon de rojo el cremoso jabón que
cubría la garganta; en seguida, el barbero retiró el acero y,
manteniendo su actitud profesional, de espaldas al capitán Delano y
de cara a don Benito, levantó la goteante cuchilla diciendo con una
especie de tragicómica compunción:
-Ve, amo, temblaba tanto que
aquí está la primera sangre que le hace Babo.
Ninguna espada desenfundada ante
Jacobo I de Inglaterra, ningún asesinato perpetrado en presencia de
ese tímido rey, podrían haber provocado mayor expresión de terror
que la que mostraba don Benito en ese momento.
«Pobrecillo -pensó el capitán
Delano-, es tan nervioso, que ni siquiera puede soportar la visión
de la sangre de un rasguño de navaja; y ese hombre enfermo y
trastornado, ¿es posible que yo haya podido imaginar que quisiera
derramar toda mi sangre, cuando no es capaz de soportar la visión de
una gotita de la suya? No cabe duda, Amasa Delano, no estás hoy en
tus cabales. Más vale que, cuando vuelvas a casa, no se lo cuentes a
nadie, bobo de Amasa. ¡Si, hombre, o sea, que parece un asesino, no
me digas! Más bien parece como si fuera él mismo quien está
acabado. Pues bien, la experiencia de hoy me va a servir de
lección.»
Mientras tanto, al tiempo que
estos pensamientos discurrían por la mente del honesto marino, el
criado había tomado el paño que llevaba en el brazo y le decía a don
Benito:
-Pero, amo, por favor, responda a
don Amasa mientras limpio esta cosa fea de la navaja y la vuelvo a
afilar.
Cuando pronunciaba estas palabras,
volvió a medias el rostro, de manera que fuera visible al mismo
tiempo para el español y para el norteamericano, y parecía, por su
expresión, dar muestras de que, animando a su amo a proseguir la
conversación, lo que deseaba era desviar oportunamente su atención
del enojoso accidente que acababa de tener lugar. Como si le
alegrara poder hacer uso del alivio que se le ofrecía, don Benito
reanudó la conversación reiterando al capitán Delano que no sólo las
calmas habían tenido una duración insólita, sino que, además, el
barco había sido presa de repetidas corrientes, y añadió otras
circunstancias, algunas de las cuales no eran más que repeticiones
de afirmaciones anteriores, para explicar cómo había sido posible
que el trayecto desde el Cabo de Hornos hasta Santa María se hubiera
prolongado de manera tan excesiva, todo ello salpicado de
ocasionales elogios, ahora menos profusos que los anteriores, hacia
los negros, por la buena conducta general. La narración de estos
pormenores no se llevó a cabo de manera consecutiva, ya que el
criado, en los momentos adecuados, utilizaba la navaja, por lo cual,
durante los intervalos del rasurado, relato y panegírico se sucedían
con más ronquera de lo habitual.
Según la imaginación del capitán
Delano, que volvía a no sentirse del todo tranquilo, había algo tan
vacío en el comportamiento del español y, aparentemente, tal
recíproca vaciedad en el oscuro comentario silencioso del sirviente,
que, súbitamente, le asaltó la idea de que era posible que aquel
hombre y su amo, con un propósito desconocido, estuvieran
representando ante él, tanto con sus palabras como con sus actos, a
pesar del gran tembleque de los miembros de don Benito, algún juego
malabar. Tal sospecha de confabulación no carecía de aparente
evidencia ya que también estaban los parlamentos en voz baja,
anteriormente mencionados. Pero, si ello era así, ¿con qué objetivo
representaban ante él esta farsa del barbero? Al final, considerando
dicha idea como un capricho de la imaginación, posiblemente sugerido
de manera inconsciente por el aspecto teatral de don Benito con su
bandera arlequinada, el capitán Delano la desechó rápidamente.
Una vez concluido el afeitado, el
criado empezó a evolucionar con un botellín de agua de olor, echando
unas gotas sobre la cabeza de su amo y frotándola luego tan
diligentemente que la vehemencia del ejercicio le provocó en los
músculos de la cara una extraña contracción.
La siguiente operación la llevó a
cabo con tijeras, peine y cepillo, girando hacia un lado y hacia
otro, alisando un rizo aquí, recortando un pelo rebelde de las
patillas allá, retocando grácilmente el mechón sobre la sien y otros
improvisados toques que ponían de manifiesto su maestría, mientras,
don Benito, del mismo modo que se resigna cualquier caballero en
manos del barbero, lo soportaba todo con una intranquilidad, por lo
menos, mucho menor que cuando lo había afeitado; a decir verdad, se
le veía ahora tan pálido y rígido que el negro semejaba un escultor
nubio dando los últimos toques a la cabeza de una estatua blanca.
Habiendo concluido por fin su
tarea, el negro recogió el estandarte español, lo enrolló de
cualquier manera y lo guardó de nuevo en el armario de las banderas,
sopló con su cálido aliento algún pelo que pudiera haber quedado
bajo el cuello de su amo, reajustó el cuello de la camisa y la
corbata, retiró con la escobilla una pizca de hilas de la solapa de
terciopelo, y, habiendo llevado a cabo todo esto, se retiró un poco
y se detuvo con una expresión de discreta complacencia, observando
durante un momento a su amo, como si éste fuera, en lo tocante al
aseo personal, una creación de sus propias expertas manos.
El capitán Delano le dirigió un
jovial cumplido por su buena labor al tiempo que felicitaba a don
Benito.
Pero, ni el agua de olor, ni el
enjabonado, ni la fidelidad, ni la afabilidad alegraban al español.
Viendo que recaía en su lóbrego mal humor y que aún permanecía
sentado, el capitán Delano, suponiendo que su presencia no era
deseada en ese momento, se retiró con la excusa de ir a comprobar
si, como había predicho, era visible algún indicio de brisa.
Dirigiéndose hacia el palo mayor,
se detuvo a reflexionar sobre la escena anterior, no sin un cierto
recelo, cuando oyó un ruido cerca del salón y, al girarse, vio al
negro con la mano en la mejilla. Al acercarse, el capitán Delano
pudo observar que la mejilla estaba sangrando. Cuando iba ya a
preguntar la causa, el quejumbroso soliloquio del negro se la
desveló.
-¡Ah! ¿Cuándo se repondrá el amo
de su enfermedad? Es tan sólo su amarga enfermedad la que le agria
el corazón y hace que trate así a Babo, cortando a Babo con la
navaja porque Babo le había hecho, sin querer, un pequeño arañazo
y, además, por primera vez en tantos días. ¡Ah, ah, ah! -profirió
manteniendo la mano en la cara.
«¿Será posible? -pensó el capitán
Delano-. ¿Fue para descargar a solas todo su despecho español sobre
este pobre amigo suyo por lo que don Benito, con su hosco
comportamiento, me indujo a retirarme? ¡Ah, cuán feas pasiones crea
la esclavitud en los hombres! ¡Pobre tipo!»
Cuando estaba a punto de expresar
sus simpatías al negro, éste, con tímida desgana, volvió a entrar
en el salón.
A continuación salieron el hombre y su amo,
don Benito apoyado en el criado como si nada hubiera
sucedido.
«Al fin y al cabo -pensó el capitán
Delano-, no era más que una especie de riña de enamorados.
Se acercó a don Benito y
anduvieron juntos lentamente. Habrían dado unos cuatro pasos cuando
el camarero, un mulato alto con aires de rajá, ataviado a la manera
oriental, con un turbante en forma de pagoda formada por tres o
cuatro pañuelos de Madrás enrollados de forma gradual alrededor de
la cabeza, se aproximó y, con una reverencia, anunció que el
almuerzo estaba servido en el camarote.
En su camino hacia allí, los dos
capitanes fueron precedidos por el mulato, el cual, volviéndose al
tiempo que avanzaba, con repetidas sonrisas y reverencias, les hizo
pasar al camarote; tal despliegue de elegancia hacía aún más patente
la insignificancia de Babo, pequeño y con la cabeza al descubierto,
quien, no ignorando su inferioridad, observaba con desconfianza al
elegante camarero. Pero el capitán Delano atribuyó, en parte, su
celosa forma de mirarlo a ese especial sentimiento que albergan los
hombres de pura sangre africana hacia los de sangre mezclada. En
cuanto al camarero, si bien su porte no mostraba una gran dignidad
en su amor propio, sí que evidenciaba su extremo deseo de
satisfacer, lo cual era doblemente meritorio, tanto como ser al
mismo tiempo cristiano y habitante de las islas Chesterfield.
El capitán Delano observó con
interés que, mientras que la tez del mulato era de tono mestizo, sus
facciones eran europeas, incluso clásicas.
-Don Benito -susurró- me alegra
ver a este chambelán de la vara de oro; verle refuta una observación
que me hizo una vez un plantador de las Barbados según la cual
cuando un mulato posee un rostro de europeo común hay que desconfiar
de él porque se trata de un demonio. Pero ya ve, este camarero
suyo posee facciones más europeas que el rey Jorge de
Inglaterra y, sin embargo, ahí lo tiene, inclinando la cabeza,
haciendo reverencias y sonriendo; es verdaderamente un rey, el rey
de los corazones bondadosos y de los hombres corteses. Y, además,
qué agradable es su voz...
-Es cierto, señor.
-Pero, dígame: ¿le ha dado
muestras siempre, desde que lo conoció, de ser un buen sujeto,
digno de confianza? -dijo el capitán Delano, deteniéndose mientras el
camarero, con una genuflexión final, desaparecía hacia el interior del
camarote-, dígame, ya que, por la razón que acabo de mencionar,
tengo curiosidad por saberlo.
-Francesco es un buen hombre
-respondió don Benito con desgana, como un flemático experto en arte
que eludiera tanto la crítica como el elogio.
-¡Ah, eso pensaba yo! Ya que sería
realmente extraño, y no muy halagüeño para nosotros, los de piel
blanca, que una porción de nuestra sangre mezclada con la de los
africanos pudiera, lejos de mejorar la calidad de la última,
provocar el triste efecto de verter vitriolo en el caldo negro,
mejorando tal vez el color, pero no así la salubridad.
-Sin duda, señor, sin duda -dijo
don Benito mirando a Babo- pero, para no hablar de los negros, el
comentario de su plantador lo he oído yo aplicado al mestizaje
entre españoles e indios de nuestras provincias, aunque poco sé yo
sobre este tema -añadió con indiferencia.
Y entonces entraron en el
camarote.
El almuerzo era frugal. Algo del
pescado fresco y las calabazas del capitán Delano, galletas y
cecina, la botella de sidra que habían reservado y la última botella
del vino de Canarias del San Dominick.
Cuando entraron, Francesco, junto
a dos o tres ayudantes de color, iba dando vueltas alrededor de la
mesa, dando los últimos toques. Al percibir a su amo se retiraron; Francesco realizó un sonriente
congé y el español, sin dignarse a
prestarle atención, comentó a su acompañante, con recompuesto
remilgo, que le resultaba molesto el exceso de sirvientes.
Ya sin compañía, anfitrión y
huésped tomaron asiento, como un matrimonio sin hijos, a ambos
extremos de la mesa, ya que don Benito, agitando el brazo, indicó al
capitán Delano dónde debía sentarse y, aun estando él tan débil,
insistió en que el caballero se situara frente a él.
El negro colocó una alfombrilla
bajo los pies de don Benito y un cojín tras su espalda, y luego se
quedó detrás, no de la silla de su amo, sino de la del capitán
Delano. Al principio, este último se sorprendió ligeramente, pero
pronto se hizo evidente que tomando esa posición, el negro mostraba
nuevamente fidelidad a su amo, puesto que, teniéndole de cara,
podría anticiparse más deprisa a su más imperceptible requerimiento.
-Este individuo suyo es de lo
más inteligente, don Benito -susurró el capitán Delano a través de
la mesa.
-Dice verdad, señor.
Durante la comida, el invitado
volvió a referirse a algunos momentos de la historia de don Benito,
pidiendo nuevos detalles aquí y allá. Quiso saber cómo había sido
que la fiebre y el escorbuto habían perpetrado tal mortandad entre
los blancos, y en cambio se habían llevado tan sólo a la mitad de
los negros. Como si estas palabras reprodujeran todas las escenas de
la peste ante los ojos del español, recordándole miserablemente su
soledad en un camarote donde antes le habían rodeado tantos amigos y
oficiales, le tembló la mano, su rostro empalideció, y de su boca
escaparon palabras entrecortadas; pero enseguida, esos mismos
recuerdos del pasado parecieron ser sustituidos por desquiciados
terrores del presente. Sus ojos aterrorizados se quedaron mirando
fijamente ante sí en el vacío, pues nada podía verse allí, salvo la
mano de su criado que le acercaba el vino de Canarias.
Eventualmente, unos pocos sorbos sirvieron para recuperarle
parcialmente. Se refirió, sin orden ni concierto, a las diferencias
de constitución, que permitían a unas razas hacer frente a la
enfermedad mejor que otras. Era esta idea algo nuevo para su
compañero.
En aquellos momentos, el capitán
Delano, que tenía la intención de discutir con su anfitrión algunos
aspectos pecuniarios relativos a los servicios que se había
comprometido a prestarle, especialmente dado el hecho de que debía rendir
cuentas a sus armadores en lo tocante al nuevo velamen y otras
cosas de este tipo, y como prefería, lógicamente, llevar tales
asuntos en privado, estaba deseoso de que el criado se retirara, e
imaginaba que don Benito podría prescindir por unos minutos de su
ayudante. No obstante, aguardó un rato, convencido de que, a medida
que avanzara la conversación, don Benito se daría cuenta, sin
necesidad de sugerírselo, de la conveniencia de tomar tal medida.
Pero no fue así. Finalmente,
llamando la atención de su anfitrión, el capitán Delano señaló
hacia atrás con un leve gesto del pulgar, y susurró:
-Don Benito, excúseme, pero hay
algo que me impide expresar con total libertad lo que debo decirle.
Al oírlo, el rostro del español
cambió de expresión, cosa que el norteamericano atribuyó a un cierto
resquemor por la indirecta, como si, de alguna manera, se tratara de
un reproche hacia su criado. Tras una corta pausa, aseguró a su
invitado que podía ser de utilidad que el criado se quedara con
ellos ya que desde que había perdido a sus oficiales, había hecho de
Babo (cuya función original había sido, al parecer, la de capitán de
los esclavos) no sólo su sirviente y compañero permanente, sino su
confidente en todos los asuntos.
Tras esto, nada más podía decirse,
pero el capitán Delano no pudo evitar sin dificultad un cierto grado
de irritación al ver que no era satisfecho tan nimio deseo, por
parte de alguien, además, a quien se disponía a prestar tan
importante servicio. «De todas maneras, sólo se trata de su talante
quejumbroso», pensó, y, llenándose el vaso, procedió a negociar.
Fijaron el precio de las velas y
otros objetos. Pero, mientras lo hacían, el norteamericano observó que si
bien su oferta original había sido recibida con febril urgencia,
ahora que se había reducido a una simple transacción comercial,
hacían acto de presencia la apatía y la indiferencia. De hecho, don
Benito parecía avenirse a entrar en detalles más por respeto a las
buenas maneras que porque le causaran alguna impresión las grandes
ventajas que todo ello suponía para él mismo y para su viaje.
Pronto, su actitud se tornó aún más
reservada. Cualquier esfuerzo por conseguir que entablara una
sociable conversación fue en vano. Atormentado por su enojadizo
estado de ánimo, se quedó sentado, pellizcándose la barba, mientras
la mano de su criado, en vano, le acercaba lentamente el vino de
Canarias.
Acabado el almuerzo se sentaron en
el yugo acolchado y el criado colocó un cojín detrás de su amo. La
larga persistencia de la calma había alterado la atmósfera. Don
Benito suspiró profundamente, como queriendo recuperar el aliento.
-¿Por qué no nos trasladamos al
salón? -propuso el capitán Delano-. Allí corre más el aire.
Pero don Benito continuó inmóvil y
silencioso.
Mientras, el criado se arrodilló
ante él con un gran abanico de plumas. Y Francesco, entrando de
puntillas, entregó al negro una tacita de agua aromatizada con la
que, a intervalos, iba frotando la frente de su amo, alisándole el
pelo de las sienes como hace una nodriza con un niño. No pronunciaba
ni una palabra. Tan sólo mantenía la mirada fija en la de su amo,
como si, en medio de todo el pesar de don Benito, la silenciosa
visión de su fidelidad pudiera levantarle un poco el ánimo.
En ese momento, la campana del
barco dio las dos en punto y, a través de las ventanas del camarote
pudo percibirse una ligera ondulación del mar, y en la dirección
deseada.
-¡Ea! -exclamó el capitán Delano-.
¡Qué le había dicho, don Benito, mire!
Se había puesto en pie, frente a
una vista que hubiera debido levantar el ánimo de su compañero. Pero
aunque la cortina carmesí de la ventana de popa que tenía cerca
batía en aquel momento junto a su pálida mejilla, pareció acoger la
brisa aún con peor humor que la calma.
«Pobrecito -pensó el capitán Delano-, la amarga experiencia le ha enseñado que un soplo no hace
viento al igual que una golondrina no hace verano. Pero esta vez se
equivoca. Le llevaré su barco a puerto y se lo demostraré.»
Aludiendo discretamente a su débil
estado de salud, pidió a su anfitrión que permaneciera tranquilo
donde se encontraba, ya que él (el capitán Delano), se haría
gustosamente responsable de sacarle el mayor provecho al viento.
Cuando salía a cubierta, el
capitán Delano se estremeció al encontrar inesperadamente a Atufal,
plantado en el umbral como una enorme estatua, al igual que uno de
esos porteros esculpidos en mármol negro que montan guardia a la
entrada de las tumbas egipcias.
Pero esta vez, posiblemente, el
estremecimiento fue puramente físico. La presencia de Atufal, dando
fe de su docilidad de manera singular incluso estando resentido,
quedaba contrastada con la de los pulidores de hachas que,
pacientemente, daban muestra de su laboriosidad; mientras ambos
espectáculos mostraban que, por negligente que fuera la autoridad de
don Benito, todavía, cuando fuera que decidiese ejercerla, ningún
hombre por salvaje o colosal que fuera podía dejar de doblegarse
ante ella de una u otra manera.
Cogiendo un tornavoz que colgaba
de los macarrones, el capitán Delano avanzó con paso ligero hacia el
borde delantero de la popa, dando órdenes en su mejor español. Los
pocos marineros y los numerosos negros, todos igualmente
complacidos, se dispusieron obedientemente a dirigir el barco hasta
el puerto.
Mientras daba instrucciones sobre
cómo izar una arrastradera, de repente, el capitán Delano oyó una
voz que repetía fielmente sus órdenes. Al volverse, vio a Babo que
ahora representaba temporalmente su papel original de capitán de los
esclavos, bajo las órdenes del piloto. Esta ayuda le resultó muy
valiosa. Velas hechas jirones y vergas empalmadas pronto estuvieron
en su lugar. Y no hubo braza ni driza que no fueran tensadas al
ritmo alegre de las canciones de los ardorosos negros.
«Buenos tipos -pensó el capitán
Delano-, con un poco de formación se convertirán en buenos
marineros. Porque, ya ves, incluso las mujeres halan y cantan. Deben
de ser algunas de esas negras ashanti que he oído decir que resultan
tan buenos soldados. Pero ¿quién gobierna el timón? Necesito tener
ahí alguien que sepa lo que se hace.
Fue a verlo.
El San Dominick se gobernaba
mediante una incómoda caña de timón sujeta a grandes poleas
horizontales. Al extremo de cada polea se hallaba un subalterno
negro; entre ellos, al frente del timón, en el puesto de mayor
responsabilidad, un marinero español cuyo rostro expresaba cómo
compartía la esperanza y confianza generales que había traído la
llegada de la brisa.
Resultó ser el mismo hombre que se
había comportado de forma tan tímida junto al molinete.
-¡Vaya, con que eres tú! -exclamó
el capitán Delano-. Bien, se acabó poner ojos de cordero; ahora mira
hacia adelante y mantén el barco en esa dirección. ¿Sabes hacerlo,
verdad? ¿Y quieres que entremos en el puerto, no es cierto?
El hombre asintió con una risilla
de conejo, empuñando firmemente el timón. En eso, sin que el
norteamericano se apercibiera de ello, los dos negros observaron
atentamente al marinero.
Habiéndolo encontrado todo
correcto en el timón, el piloto se encaminó hacia el castillo de
proa para ver cómo iban las cosas por allí.
La nave llevaba ahora velocidad
suficiente para afrontar la corriente.
Con la llegada del atardecer, era
seguro que la brisa iba a soplar más recia.
Hecho todo lo necesario por el
momento, el capitán transmitió sus últimas órdenes a los marineros y
volvió de nuevo a popa para informar a don Benito, en su camarote,
de la situación, quizá más deseoso de reunirse con él por la
esperanza de poder conversar un momento en privado mientras el
criado se hallaba atareado en la cubierta.
Bajo la popa, se encontraban dos
accesos al camarote, uno a cada lado y uno más hacia proa que otro,
comunicándose, por tanto, por un pasadizo más largo. Convencido de
que el criado seguía arriba, el capitán Delano, tomando la entrada
más cercana, la anteriormente citada y en cuyo portal se encontraba
todavía Atufal, se apresuró hasta llegar al umbral del camarote,
donde se paró un instante, un poco para recobrarse de sus prisas.
Luego, ya con las palabras del asunto que quería tratar en los
labios, entró. Cuando se acercaba hacia el español, aún sentado, oyó
otro ruido de pasos que resonaban al mismo tiempo que los suyos. Por
la puerta opuesta, bandeja en mano, avanzaba también el criado.
«Maldito criado y su fidelidad
-pensó el capitán Delano-. ¡Qué coincidencia más fastidiosa!»
Posiblemente, el fastidio podría
haberse convertido en algo peor de no ser por la vigorosa confianza
que le inspiraba la brisa. A pesar de ello, sintió un leve
remordimiento al asociar en su mente, de manera súbita e indefinida,
a Babo con Atufal.
-Don Benito -dijo- le traigo
buenas noticias; la brisa se mantendrá y ganará fuerza. A propósito,
su enorme reloj humano, Atufal, se encuentra ahí afuera.
Supongo que por orden suya.
Don Benito se encogió como
respondiendo a la punzada de una leve sátira, tan hábilmente
aderezada con aparente cortesía que no dejaba lugar a réplica.
«Es como si lo hubieran
despellejado vivo -pensó el capitán Delano-, ¿dónde se le podría
tocar sin provocarle un estremecimiento?»
El criado se situó delante de su
amo para arreglarle un almohadón; recobrando su cortesía, el español
respondió fríamente:
-Tiene razón. El esclavo se
encuentra donde lo ha visto cumpliendo mis órdenes, las cuales
especifican que si a la hora indicada estoy aquí abajo, él debe
quedarse ahí y aguardar mi llegada.
-Perdóneme, pues, pero eso es
realmente tratar al pobre sujeto como a un ex rey. ¡Ah, don Benito!
-dijo sonriendo-. A pesar de la libertad que usted permite en algunos
aspectos, mucho me temo que, en el fondo, sea un amo implacable.
Don Benito se estremeció de nuevo
y esta vez, según pensó el buen marinero, a causa de un auténtico
remordimiento de conciencia.
La conversación volvió a
enfriarse. En vano el capitán Delano le hizo notar el ya perceptible
movimiento de la quilla surcando suavemente el mar; con la mirada
apagada, don Benito respondió con pocas y discretas palabras.
Entretanto, el viento que se había
ido levantando gradualmente sin dejar de soplar en dirección al
puerto, arrastraba velozmente al San Dominick. Al doblar un saliente, el velero apareció en la distancia.
Mientras, el capitán Delano había
vuelto a trasladarse a la cubierta, permaneciendo en ella unos
momentos. Finalmente, tras haber modificado el rumbo de la nave para
evitar encontrar el arrecife, volvió abajo por unos instantes.
«Esta vez conseguiré que mi pobre
amigo levante el ánimo», pensó.
-Vamos cada vez mejor, don Benito
-pregonó mientras volvía a entrar con aire alegre-, pronto acabarán
sus preocupaciones, al menos por algún tiempo. Pues, como ya sabe, cuando, tras un largo y triste viaje, se echa el anda en el
puerto, parece aligerar el corazón del capitán de todo su enorme
peso. Navegamos de mil maravillas, don Benito. Ya tenemos mi barco a
la vista. Mírelo a través de esta puerta ¡Ahí lo tiene, con todo
su aparejo! El Bachelor's Delight, mi buen amigo. Ah, cómo levanta
el ánimo este viento. ¡Ea!, esta noche habrá de tomar una taza de
café conmigo. Mi viejo mayordomo le preparará un café mejor que el
que haya probado nunca ningún sultán. ¿Qué me dice, don Benito,
vendrá?
Al principio, el español alzó los
ojos febrilmente, lanzando una ansiosa mirada hacia el velero,
mientras el criado, con silencioso interés, le miraba cara a cara.
De pronto, reapareció su viejo ataque de fríos temblores y,
dejándose caer sobre los almohadones, guardó silencio.
-¿No me responde? Vamos, ha
sido mi anfitrión durante todo el día, ¿no querrá que la
hospitalidad se ejerza sólo por una parte?
-No puedo ir -fue su respuesta.
-¿Cómo así? Si ello no le causará
fatiga alguna... Los barcos estarán fondeados tan cerca como sea
posible sin colisionar con el balanceo. Será poco más que pasar de
cubierta a cubierta, como si fuera de una habitación a otra. ¡No
es para tanto! No puede rehusar...
-No puedo ir -repitió don Benito
con decisión y repelencia.
Renunciando a todo intento de ser
cortés, con una especie de rigidez cadavérica y mordiéndose hasta la
carne las delgadas uñas, lanzó una feroz mirada a su invitado, como
si temiera que la presencia de un extraño pudiera impedirle
abandonarse por completo a su retraimiento.
Mientras esto sucedía, a través de
las ventanas llegaba el sonido cada vez más gorgoteante y alegre de
las aguas al ser surcadas, como reprochándole su tétrico mal humor,
como advirtiéndole que, por más mohíno que se sintiera, y aunque
ello lo hiciera enloquecer, a la naturaleza la tenía sin cuidado, ya
que ¿de quién era la culpa, si podía saberse?
Pero su terrible estado de ánimo
había tocado fondo del mismo modo que el suave viento había llegado
a su apogeo.
Había algo ahora en aquel hombre
que ultrapasaba lo que hasta entonces había sido mera acritud o
falta de sociabilidad, hasta el punto de que su invitado, a pesar de
su paciente buen carácter, no pudo soportarlo más. Incapaz de
comprender el motivo de tal conducta y juzgando que la enfermedad,
aun en el peor de los casos, no era excusa para la excentricidad, y
convencido, además, de que nada en su propia conducta podía tampoco
justificarla, el orgullo del capitán Delano empezó a resentirse.
También él se volvió reservado. Pero ello traía sin cuidado al
español. En consecuencia, dejándolo por imposible, el capitán Delano
volvió una vez más a cubierta.
La nave se hallaba ahora a menos
de dos millas del velero. Entre ambos se veía avanzar la barca
ballenera.
En pocas palabras, gracias a la
destreza del piloto, al cabo de poco los dos navíos se encontraban
anclados uno junto al otro, como buenos amigos.
Antes de regresar a su propio
barco, el capitán Delano había pensado comunicar a don Benito los
detalles menores de los servicios que se proponía prestarle. Pero
tal como estaban las cosas, y sin ningún deseo de volver a sufrir más
desaires, decidió, ahora que el San Dominick se encontraba fondeado
en lugar seguro, dejarlo inmediatamente, sin más alusiones a la
hospitalidad ni a los negocios. Posponiendo indefinidamente sus
planes ulteriores, regularía sus acciones futuras según las
circunstancias futuras. Su barca estaba lista para recibirlo, pero
su anfitrión todavía permanecía rezagado allí abajo. «Pues bien
-pensó el capitán Delano-, si él apenas posee educación, mayor
motivo para que yo muestre la mía. Descendió al camarote para
despedirse ceremoniosamente y, a ser posible, en tono de tácita
reprobación. Pero, para su mayor satisfacción, don Benito, como si
empezara a sentir el peso del trato con el que su desairado huésped
se vengaba de él, aunque fuera de forma decorosa, se puso de pie,
sostenido por su criado, y tomando la mano del capitán Delano, se
quedó en pie, tembloroso, demasiado emocionado para poder hablar.
Mas el buen presagio que había suscitado tal actitud, se esfumó
súbitamente cuando, recayendo en su anterior reserva, con aún más
lúgubre aspecto, y esquivando a medias la mirada, volvió a sentarse
silenciosamente en los cojines. Habiendo ello enfriado nuevamente
sus propios sentimientos, el capitán Delano hizo una reverencia y se
retiró.
Apenas había recorrido la mitad
del estrecho corredor, sombrío como un túnel, que llevaba del
camarote a las escaleras, cuando un ruido, parecido al redoble que
anuncia una ejecución en el patio de una prisión, vino a retumbar en
sus oídos. Era el eco de la resquebrajada campana de a bordo que
daba la hora, resonando lúgubremente bajo aquella bóveda
subterránea. Al instante, por una fatalidad irresistible, su ánimo,
en respuesta a tal presagio, se vio invadido por un sinfín de
supersticiosas sospechas. Se detuvo. En imágenes mucho más
aceleradas que estas frases, desfilaron por su mente los más
minuciosos detalles de sus anteriores presentimientos.
Hasta entonces, su crédula buena
fe lo había predispuesto en demasía a disipar con excusas sus
temores más que razonables. ¿Por qué motivo el español, tan
exageradamente remilgado en otras ocasiones, despreciaba ahora la
más elemental cortesía, al no acompañar a su huésped hasta el
costado en el momento de su partida? ¿Se lo impedía su
indisposición? Sin embargo, esa misma indisposición no le había
impedido realizar esfuerzos más penosos a lo largo de aquella
jornada. El capitán Delano recordó la ambigua actitud con que
acababa de comportarse don Benito. Se había puesto en pie, había
tomado la mano de su huésped, había esbozado un gesto hacia su
sombrero; y, un instante después, todo se había diluido en un
mutismo lúgubre y siniestro. ¿Acaso ello significaba que, en un
breve arrebato de compasión, se había arrepentido, en el último
momento, de algún inicuo complot, volviendo enseguida a él sin
remordimiento alguno?
Su última mirada parecía expresar
un conmovedor y al tiempo resignado adiós para siempre al capitán
Delano. ¿Por qué había rechazado la invitación para visitar el
velero esa noche? ¿O es que el español estaba menos endurecido que
aquel judío que no se abstuvo de cenar en la mesa de aquel a quien
pensaba traicionar esa misma noche? ¿A qué venían todos esos enigmas
y contradicciones a lo largo de la jornada a no ser que pretendieran
encubrir un golpe proyectado a hurtadillas? Atufal, el supuesto
amotinado, pero también puntual sombra, estaba escondido en aquel
momento en la parte de afuera del umbral. Parecía un centinela, o
quizás algo más. ¿Quién, según su propia confesión, le había
ordenado mantenerse en aquel lugar? ¿Esperaría ahora el negro al
acecho?
Tenía al español detrás, a su
criatura delante: sin detenerse a pensar escogió correr hacia la
luz.
Un instante después, contrayendo
la mandíbula y los puños, pasó junto a Atufal y se encontró,
indemne, al aire libre.
Al ver su elegante velero anclado
pacíficamente, casi al alcance de una simple llamada; al ver su
propia barca, poblada de rostros tan familiares, alzándose y
hundiéndose entre las breves olas, al lado del San Dominick; y
mirando, luego, en torno a sí sobre la cubierta donde se hallaba,
vio a los recogedores de estopa, tan serios, que continuaban
moviendo incansablemente los dedos, y oyó el grave y vibrante sonido
y el laborioso canturreo de los pulidores de hachas que seguían en
su incesante tarea; y, sobre todo, al comprobar el benigno aspecto
de la naturaleza, que gozaba del inocente reposo del anochecer, con
el sol ya oculto tras el apacible horizonte del Oeste, brillando
como el suave resplandor de la tienda de Abraham; cuando sus ojos y
sus oídos, hechizados, captaron todas estas cosas al mismo tiempo
que la encadenada figura del negro, la crispación de puños y
mandíbula disminuyó. Una vez más sonrió ante los fantasmas que le
habían hecho víctima de sus burlas y sintió algo parecido a una
punzada de remordimiento como si, por haberlos albergado siquiera un
momento, hubiera descubierto en sí mismo una atea falta de confianza
en la eternamente vigilante Providencia celestial.
Hubo unos minutos de demora,
mientras, obedeciendo sus órdenes, la barca era enganchada a lo
largo del portalón. Durante este intervalo, una especie de
desilusionada satisfacción se adueñó del capitán Delano al pensar en
los bienintencionados servicios que había prestado ese día a un
extraño. «¡Ah! -pensó-, tras haber llevado a cabo una buena acción,
la conciencia de uno no se muestra nunca ingrata, por mucho que lo
sea la parte beneficiada!
Ahora se disponía ya a descender a
la barca, vuelto de cara hacia adentro, mirando a la cubierta; su
pie pisaba el primer peldaño de la escala del costado. En ese mismo
instante oyó pronunciar su nombre cortésmente y, con agradable
sorpresa, vio a don Benito acercándose con inusitada energía en su
ademán, como si, en el último momento, pretendiera enmendar su
reciente descortesía. Con su instintiva amabilidad, el capitán Delano, retirando el pie de la escala, se volvió hacia el español y
se dirigió a su encuentro. Al observar esto, la nerviosa
precipitación de don Benito se acrecentó, pero su vitalidad
desfalleció, por lo que, para sostenerle mejor, su criado, colocando
la mano del amo sobre su hombro desnudo, y sujetándola suavemente,
formó con su cuerpo una especie de muleta.
Cuando los dos capitanes se
encontraron, el español volvió a coger con fervor la mano del
norteamericano, al tiempo que lo miraba insistentemente a los ojos, pero,
como antes, demasiado aturdido para hablar.
«Lo he juzgado mal -pensó el
capitán Delano reprochándoselo-; su aparente frialdad me ha
engañado, en ningún momento ha pretendido ofenderme.»
Mientras tanto, como si temiera
que, si la escena se prolongaba, su amo pudiera trastornarse
demasiado, el criado parecía ansioso de que ésta tocara a su fin. De
manera que, sin dejar de hacer de muleta, y andando entre los dos
capitanes, se acercó con ellos al portalón; mientras don Benito,
desbordando afectuosa contrición, rehusaba soltar la mano del
capitán Delano y la retenía en la suya, por delante del cuerpo del
negro. Pronto estuvieron junto a la borda, mirando hacia la barca,
cuya tripulación levantaba la mirada hacia ellos con curiosidad.
Esperando un momento a que el español le soltara la mano, el capitán
Delano, con un cierto embarazo, levantó el pie para cruzar el umbral
del portalón abierto, pero don Benito seguía reteniéndole la mano.
Finalmente, dijo con voz agitada:
-No puedo ir más lejos; aquí debo
despedirme, adiós mi muy querido don Amasa. ¡Vaya, vaya! -Le soltó
repentinamente la mano-. ¡Vaya y que Dios lo guarde mejor que a mí,
mi buen amigo!
Algo conmovido, el capitán Delano
se hubiera demorado un momento más pero, al encontrar la mirada
sumisamente admonitoria del criado, se despidió precipitadamente
y descendió a la barca, seguido por los incesantes adioses de don
Benito, que permanecía como enraizado en el portalón.
Tomando asiento en la popa, el
capitán Delano, tras el último saludo, ordenó que la barca se
alejara. La tripulación ya tenía los remos en alto. Los proeles
empujaron la barca a una distancia suficiente para que los remos
pudieran hundirse en el agua en toda su longitud. Pero en el
instante en que la maniobra se llevaba a cabo, don Benito saltó por
encima de los macarrones, yendo a parar a los pies del capitán
Delano; al tiempo que saltaba, dio voces hacia el barco, pero de
modo tan frenético que nadie en la barca pudo entenderle. No
obstante, como si ellos sí le entendieran, tres marineros se
lanzaron al mar desde tres puntos del barco distintos y distantes
entre sí, nadando tras su capitán como si trataran de rescatarle.
El asombrado oficial de la barca
preguntó con impaciencia qué significaba aquello. A lo cual el
capitán Delano, dirigiendo una desdeñosa sonrisa al incomprensible
español, respondió que, por lo que a él respectaba, nada sabía ni le
importaba, pero que le parecía como si a don Benito se le hubiera
ocurrido hacer creer a su gente que los de la barca intentaban
secuestrarle.
-Dicho de otra manera: ¡Remen!
¡Remen por sus vidas! -añadió como un loco, sobresaltándose
ante la estruendosa barahúnda que se oía en el barco, de entre la
que sobresalía el toque a rebato de los pulidores de hachas y
asiendo a don Benito por el cuello añadió-: ¡Este pirata conspirador
pretende que nos maten!
Entonces, aparentemente
corroborando estas palabras, pudo verse al criado, puñal en mano,
sobre la borda del barco, suspendido en el aire, saltando, como si,
con desesperada fidelidad, intentara amparar a su amo hasta el
último momento; al mismo tiempo, con la aparente intención de ayudar
al negro, los tres marineros blancos se esforzaban por trepar a la
obstaculizada proa. Mientras tanto, la hueste de negros al completo,
como si se hubiera inflamado al ver a su capitán en peligro, se
arremolinaba, amenazante, sobre los macarrones como una avalancha de
hollín.
Todo esto, así como lo que
precedió y siguió, sucedió con tan intrincada rapidez que
pasado, presente y futuro parecían una sola cosa.
Al ver venir al negro, el capitán
Delano había apartado bruscamente al español, casi en el mismo
momento en que lo asía por el cuello y, cambiando de posición en un
inconsciente movimiento de retroceso, levantó los brazos y cogió al
vuelo al criado en su caída que, con el puñal apuntando al corazón
del capitán Delano, parecía que había saltado a propósito para hacer
blanco en él. Pero el arma le fue arrebatada y el asaltante arrojado
al fondo de la barca, la cual en ese momento, liberados ya los
remos, empezaba a correr velozmente a través de las olas.
En esta coyuntura, la mano
izquierda del capitán Delano asió de nuevo a don Benito, medio
derrumbado, sin reparar en que se hallaba desfallecido y sin habla,
mientras con el pie derecho, en el lado opuesto, mantenía al negro
postrado en el suelo; con el brazo derecho empuñaba el remo trasero
para conseguir mayor velocidad, y, mirando hacia adelante, animaba a
sus hombres a remar con todas sus fuerzas.
Pero entonces el oficial de la
barca, que por fin había conseguido deshacerse de los tres marineros
que llevaba a remolque, y que ahora con el rostro vuelto hacia popa
estaba ayudando al proel con su remo, llamó de repente al capitán Delano para que viera lo que hacia el negro al tiempo que un remero
portugués le gritaba que prestara atención a lo que estaba diciendo
el español.
Mirando a sus pies, el capitán
Delano vio la mano libre del criado empuñando un segundo puñal, tan
diminuto que había podido esconderlo entre su ropa, con el que se
retorcía como una serpiente desde el fondo de la barca hacia el
corazón de su amo y cuya expresión furiosamente vengativa, reflejaba
el propósito que se arremolinaba en su alma; mientras, el español,
casi sin aliento, se encogía intentando en vano alejarse, con un
ronco murmullo, incomprensible para todos excepto para el portugués.
En ese momento, un destello
revelador cruzó la mente del capitán Delano, tanto tiempo
oscurecida, iluminando con claridad imprevista el misterioso
comportamiento de su anfitrión, cada uno de los enigmáticos
incidentes de la jornada, y toda la historia de la travesía del San Dominick. Golpeó la mano de Babo, abatiéndola, pero su corazón lo
golpeó aún con mayor dureza. Con infinita compasión soltó a don Benito. No
era al capitán Delano sino a don Benito a quien había querido
apuñalar el negro cuando había saltado a la barca.
Le sujetaron ambas manos al negro,
al tiempo que, levantando la vista hacia el San Dominick, el capitán
Delano, caído el velo que tenía ante sus ojos, veía a los negros ya
no como faltos de gobierno, no como tumultuosos, ni ansiosamente
inquietos por causa de don Benito, sino, libres ya de su máscara,
blandiendo hachas y cuchillos en una feroz revuelta de piratas. Cual
delirantes derviches negros, los seis ashanti bailaban en la popa.
Habiéndoles impedido sus enemigos saltar al agua, los grumetes
españoles trepaban apresuradamente hasta las perchas más altas,
mientras a otros de los pocos marineros españoles que, menos
avispados, no se habían lanzado al mar, se les podía ver en la
cubierta desamparados en medio de los negros.
Entretanto, el capitán Delano
llamaba a voces a los de su barco y les ordenaba levantar las
portillas y sacar fuera los cañones. Pero mientras lo hacía, alguien
había cortado el cable del San Dominick, y el latigazo de la cuerda
había arrastrado la lona que cubría el espolón, dejando de pronto al
descubierto, cuando el blanqueado casco viraba hacia mar abierto, a
la muerte como mascarón de proa, en forma de esqueleto humano,
calcáreo comentario sobre las palabras escritas con tiza: «SEGUID A
VUESTRO JEFE».
Al verlo, don Benito, cubriéndose
la cara, gimió:
-¡Es él! ¡Mi amigo Aranda,
asesinado y sin enterrar!
Al llegar al velero, pidiendo unas
cuerdas, el capitán Delano ató al negro, que no ofreció resistencia,
y ordenó que lo izaran a cubierta. Se dispuso entonces a ayudar a
don Benito, ya casi desfallecido, pero don Benito, lívido como
estaba, se negó a moverse, o a que lo trasladaran, hasta que el
negro hubiera sido bajado a la bodega, fuera de su vista. Cuando
estuvo seguro de ello, ya no temió subir a bordo.
Inmediatamente, la barca fue
enviada de vuelta para recoger a los tres marineros que seguían en
el agua. Mientras tanto, se pusieron a punto
los cañones, aunque, a causa de que el San Dominick había virado un
poco hacia la popa del velero, sólo pudieron apuntar con la última
pieza de popa. Con ella hicieron seis disparos con la intención de
inutilizar el barco fugitivo, abatiendo los mástiles, pero sólo
consiguieron alcanzar unas pocas jarcias de escasa importancia.
Pronto el barco quedó fuera del alcance del cañón, virando
claramente hacia la salida de la bahía, con los negros
arremolinándose en torno al bauprés, primero profiriendo insultos
contra los blancos, saludando después con los brazos en alto los
páramos del océano, ahora ya en sombras, graznando como cuervos
huidos de la mano del pajarero.
El primer impulso fue el de largar
amarras y darle caza. Pero, pensándolo mejor, pareció más prometedor
darles alcance con la barca ballenera y la yola.
Cuando el capitán Delano preguntó
a don Benito qué armas de fuego tenían a bordo, éste le respondió
que no había ninguna que pudiera ser utilizada ya que, al principio
del motín, un pasajero de camarote, muerto entonces, había
inutilizado en secreto los cerrojos de los pocos mosquetes que
había. No obstante, don Benito, concentrando las pocas fuerzas que
le quedaban, suplicó a los norteamericanos que no les dieran caza ni con
el barco ni con los botes ya que los negros habían dado tales
muestras de ser capaces de todo que, en caso de producirse ahora un
asalto, sólo podía esperarse una total masacre de los blancos. A
pesar de ello, considerando que esta advertencia provenía de alguien
cuyo coraje había sido destrozado por la adversidad, el
norteamericano no
quiso abandonar su propósito.
Fueron dispuestas y armadas las
barcas. El capitán Delano ordenó a sus hombres que tomaran lugar en
ellas. Él mismo se disponía a marchar cuando don Benito le sujetó el
brazo.
-¿Cómo es posible, señor, que
después de salvarme la vida vaya ahora a malversar la suya?
Los oficiales, teniendo en cuenta
sus propios intereses, los del viaje y su responsabilidad ante los
armadores, se opusieron firmemente a que su comandante partiera.
Tras sopesar un momento sus objeciones, el capitán se sintió
obligado a permanecer a bordo; en consecuencia, puso en cabeza de la
expedición a su primer oficial, hombre atlético y decidido, que
había sido la mano derecha de un corsario.
Para mejor alentar a los marineros
se les dijo que el capitán español daba por perdida su nave; que
ésta y su cargamento, incluyendo algo de oro y plata, valían más de
mil doblones. Si la capturaban, una buena parte sería para ellos.
Los marineros respondieron con una gran aclamación.
Poco faltaba para que los
fugitivos se perdieran de vista. Era casi de noche pero estaba
saliendo la luna. Tras un duro y prolongado esfuerzo, las barcas
lograron aproximarse a los costados de la nave, entrando los remos a
distancia adecuada para disparar sus mosquetes. A falta de balas,
los negros respondieron con alaridos, pero, tras la segunda descarga
arrojaron violentamente sus hachas, al estilo indio. Una de ellas se
llevó los dedos de un marinero. Otra fue a parar a la proa de la
barca ballenera, cortando la cuerda y quedándose clavada como el
hacha de un leñador. El oficial la arrancó, aún vibrante, de donde
se había alojado y la arrojó de vuelta. Repelida como un desafío se
hundió ahora en la destrozada galería de popa y allí se quedó.
Ante el recibimiento tan
excesivamente caluroso que les deparaban los negros, los blancos
optaron por mantener una distancia más prudente. Evolucionando
entonces al límite del alcance de las hachas que les lanzaban, en
previsión del apretado encuentro que se avecinaba, los marineros
intentaron inducir a los negros a desprenderse totalmente de las
armas más mortíferas en una lucha cuerpo a cuerpo, arrojándolas
tontamente al mar, como proyectiles, sin alcanzar su objetivo. Pero
en cuanto advirtieron la estratagema, los negros desistieron de su
empeño, aunque muchos ya no habían tenido más remedio que reemplazar
las hachas perdidas por espeques, cambio que, más tarde,
resultó favorable para dos asaltantes, tal como habían previsto.
Mientras, gracias al viento
favorable, el barco seguía surcando las aguas, en tanto que las
barcas se dejaban distanciar y, a intervalos, se volvían a acercar
para lanzar nuevas descargas.
El fuego iba dirigido
principalmente a popa, ya que era allí donde, por el momento, se
replegaban la mayor parte de los negros. Sin embargo, el objetivo no
era matar ni mutilar a los negros. El objetivo era capturarlos junto
con el barco. Para conseguirlo era necesario abordar la nave, y ello
no podía llevarse a cabo con las barcas mientras el San Dominick
navegase a aquella velocidad.
En aquel momento, al oficial se le
ocurrió una idea. Observando a los grumetes españoles que
continuaban encaramados en la arboladura, tan alto como les había
sido posible llegar, les gritó que descendieran hasta las vergas y
cortaran las velas para que el barco quedara a la deriva. Y así lo
hicieron. Entonces, por causas que más tarde serían explicadas, dos
españoles en traje de marinero y que se mostraban como para llamar
la atención, fueron muertos, no por una de las descargas sino por
los disparos deliberados de un francotirador; mientras, como se vio
más tarde, en una de las descargas generales, Atufal, el negro, y el
español que se hallaba en el timón también fueron muertos. Por lo
cual, en aquel momento, habiendo perdido sus velas y sus pilotos, el
barco escapó por completo al control de los negros.
Con los mástiles rechinando, orzó
pesadamente al viento, la proa viró lentamente hasta ponerse a la
vista de las barcas y mostrar su esqueleto que brillaba con el
reflejo horizontal de la luna y proyectaba sobre las aguas una
gigantesca sombra ondulante. Un brazo extendido del fantasma parecía
hacer señas a los españoles llamándolos a la venganza.
-¡Seguid a vuestro jefe! -gritó el
primer oficial.
Y las barcas, una por cada
costado, abordaron la nave. Arpones y chafarotes se cruzaron contra
hachas y espeques. Apiñadas sobre el bote
volcado en medio del barco, las mujeres negras entonaron una
salmodia de lamentos a la que servía de coro el rechinar del acero.
Durante un tiempo, el ataque se
mantuvo indeciso, los negros se apiñaban para repelerlo y los
marineros, rechazados a medias, sin haber podido aún ganar
posiciones, combatían como soldados a caballo, pasando una pierna de
medio lado por encima de la borda y la otra fuera, manejando sus
chafarotes como látigos de carretero. Pero era en vano. Casi los
habían vencido cuando, replegándose en un grupo compacto, como un
solo hombre, lanzando un grito de ánimo, saltaron hacia adentro
donde, en medio de la trifulca, se volvieron a separar
involuntariamente. Tras un breve respiro, se produjo un rumor vago,
sofocado, proveniente del interior, como de peces espada
precipitándose de un lugar a otro bajo el agua entre bancos de
negras anguilas. Enseguida, reagrupados y reforzados por los
marineros españoles, los blancos volvieron a la superficie,
empujando irremediablemente a los negros hacia la popa. Pero, junto
al palo mayor, de lado a lado, había sido levantada una barricada de
sacos y barriles.
En ella los negros pudieron hacer
frente a sus enemigos y, aunque desdeñaban la paz o la tregua,
habían acogido gustosamente un respiro. Pero, sin pausa alguna, los
acorralaron otra vez. Exhaustos, los negros luchaban ya a la
desesperada; de sus oscuras bocas, a semejanza de los lobos, pendían
sus rojas lenguas. Pero los claros dientes de los marineros
continuaban apretados; no se dijo ni una sola palabra y, al cabo de
tan sólo cinco minutos, el barco había sido tomado.
Cerca de una veintena de negros
habían sido muertos. Sin incluir a los heridos por las balas, muchos
quedaron mutilados; sus heridas, infligidas en su mayoría por
arpones de filo largo, se parecían a los limpios cortes de los
ingleses en Preston Pans, causados por las largas guadañas de los
Highlanders. Nadie murió en el otro bando, aunque fueron varios los
heridos, algunos de gravedad, entre ellos el primer
oficial. Los negros que sobrevivieron fueron maniatados
provisionalmente y el barco, remolcado de vuelta a la ensenada, fue
anclado de nuevo a medianoche.
Omitiendo los incidentes y las
medidas que luego siguieron, bastará decir que, tras dedicar dos
días a recomponerlas, las naves zarparon juntas rumbo a Concepción,
en Chile, y desde allí a Lima, en Perú, donde, ante los tribunales
del virrey, todo el asunto, desde su inicio, se sometió a
investigación.
Aunque, a mitad del trayecto, el
desdichado español, liberado ya de su cohibición, dio señales de
recuperar su salud con la libertad de movimiento, sin embargo, de
acuerdo con sus propias previsiones, poco después de llegar a Lima,
recayó en su anterior estado, llegando a quedar tan debilitado que
tuvo que ser llevado a tierra en brazos.
Tras conocer su historia y su
inquietante estado, una de las muchas instituciones religiosas de la
Ciudad de los Reyes le ofreció hospitalaria acogida, donde médicos y
sacerdotes le prodigaron sus cuidados y un miembro de la orden se
ofreció voluntariamente a prestarle compañía y consuelo de día y de
noche.
Los siguientes extractos,
traducidos de uno de los documentos oficiales en español, arrojarán,
así lo esperamos, alguna luz sobre el precedente relato, del mismo
modo que revelarán, en primer lugar, de qué puerto zarpó en realidad
el San Dominick y cuál fue la verdadera historia de su travesía
hasta el momento en que llegó a la isla de Santa María.
Pero antes de ofrecer dichos
extractos, no estaría de más hacer unas observaciones, a modo de
prólogo.
El documento escogido, de entre
muchos otros, para ser parcialmente traducido, contiene la
declaración de don Benito, la primera que se tomó en este caso.
Algunas de las afirmaciones que contiene fueron, en su momento,
puestas en duda por razones tanto naturales como eruditas. El
tribunal se inclinó a suponer que el declarante, algo trastornado por los recientes
sucesos, imaginaba en su delirio algunos hechos que nunca podían
haber ocurrido. Pero las sucesivas declaraciones de los marineros
supervivientes, confirmando las afirmaciones de su capitán sobre
varios de los más extraños pormenores, dieron crédito a todo lo
demás. De manera que el tribunal, en su resolución final, basó sus
sentencias de muerte en deposiciones que, de no ser por su
confirmación, hubieran sido consideradas como inadmisibles.
«Yo, DON JOSÉ DE ABOS Y PADILLA,
Notario de Su Majestad para la Hacienda de la Corona, e Interventor
de esta Provincia, y Notario Público de la Santa Cruzada de este
Obispado, etc.
»Certifico y declaro, conforme a
lo exigido por la ley, que en la causa criminal incoada el día
veinticuatro del mes de septiembre del año mil setecientos noventa y
nueve, contra los negros de la nave San Dominick, se llevó a cabo
ante mí la siguiente declaración:
»Declaración del primer testigo,
DON BENITO CERENO.
»En ese mismo día, mes y año, Su
Señoría, el doctor Juan Martínez de Rozas, Consejero de la Real
Audiencia de este Reino, y conocedor de las leyes de esta
Intendencia, mandó comparecer al capitán del barco San Dominick, don
Benito Cereno, quien lo hizo en su camilla, asistido por el monje
Infelez, y que prestó juramento por Dios Nuestro Señor y la Señal de
la Cruz, bajo el cual prometió decir toda la verdad sobre lo que
supiera o se le preguntara. Y al ser amablemente interrogado, a
tenor del acto que dio lugar al proceso, declaró que el pasado
veinte de mayo zarpó con su nave del puerto de Valparaíso rumbo al
de Callao, llevando a bordo diversos productos del país además de
treinta cajas de ferretería y ciento sesenta negros de ambos sexos,
la mayor parte pertenecientes a don Alejandro Aranda, hidalgo de la
ciudad de Mendoza; que la tripulación de la nave estaba compuesta
por treinta y seis hombres, además de las personas que viajaban en
calidad de pasajeros; y que los negros eran principalmente los que
se registran a continuación:»
(Aquí, en el original, sigue una
lista de unos cincuenta nombres, con sus descripciones y edades,
establecida según ciertos documentos de Aranda recuperados y también
conforme a los recuerdos del declarante, de la cual sólo hemos
extraído unos fragmentos.)
»Un negro, de unos dieciocho o
diecinueve años, llamado José, que era el hombre que se ocupaba de
su amo y que, habiéndole servido durante cuatro o cinco años, habla
bien el español; [...] un mulato, llamado Francisco, mayordomo de
camarote, de buena estatura y voz potente, que había cantado en las
iglesias de Valparaíso, natural de la provincia de Buenos Aires, de
unos treinta y cinco años de edad; [...] un astuto negro, de nombre Dago, que había sido sepulturero entre los españoles durante muchos
años, de cuarenta y seis años de edad; [...] cuatro ancianos negros,
oriundos de África, con edades entre los sesenta y los setenta, pero
que conservan bien sus facultades, calafates de oficio, cuyos
nombres son los siguientes: el primero se llamaba Mun y fue muerto;
así como su hijo, llamado Diamelo; el segundo Nacta; el tercero
Yola, también muerto; el cuarto Ghofan; y seis negros adultos, de
edades comprendidas entre los treinta y los cuarenta y cinco años,
todos salvajes y nacidos entre los ashanti: Matiluqui, Yan, Lecbe,
Mapenda, Yanbaio, Akim, cuatro de los cuales resultaron muertos;
[...] un negro robusto, llamado Atufal, que se suponía había sido
jefe de tribu en África y que su propietario tenía en gran estima.
[...] Y un negrito del Senegal, pero que llevaba algunos años entre
españoles, de unos treinta años de edad, cuyo nombre de negro era
Babo; [...] que no recuerda los nombres de los demás, pero que como
aún tiene la esperanza de que sea encontrado el resto de los papeles
de don Alejandro, podrá entonces rendir debida cuenta de todos ellos
y remitiría al tribunal; [...] y treinta y nueve mujeres y niños de
todas las edades.»
(Acabada la lista, continúa la
declaración.)
«... Que todos los negros dormían
sobre cubierta, como es costumbre en estos viajes, y ninguno llevaba
grilletes, ya que el dueño, su amigo Aranda, le dijo que todos
ellos eran dóciles; [...] que el séptimo día después de salir de
puerto, a las tres en punto de la madrugada, cuando estaban dormidos
todos los españoles excepto los dos oficiales de guardia, o sea, el
contramaestre Juan Robles y el carpintero Juan Bautista Gayete, y el
timonel y su ayudante, los negros se sublevaron de repente, hirieron
gravemente al contramaestre y al carpintero y a continuación mataron
a dieciocho de los hombres que dormían en cubierta, a unos con
espeques y hachas, a otros arrojándolos vivos por la borda, tras
haberlos atado; que, de los españoles que se encontraron en cubierta
dejaron unos siete, cree recordar, vivos y atados, para que
maniobraran el barco, y que tres o cuatro más se escondieron,
salvando así la vida. Que, a pesar de que, en el transcurso de la
revuelta, los negros se habían apoderado de la escotilla, seis o
siete hombres malheridos la cruzaron para dirigirse a la cabina de
mando, sin que les cortaran el paso; que durante la revuelta, el
primer oficial y otra persona, cuyo nombre no recuerda el
declarante, habían intentado subir por la escotilla pero que,
habiendo sido heridos al momento, se habían visto obligados a
regresar al camarote; que, al amanecer, el declarante decidió subir
por la escala de la cámara, donde se encontraban el negro Babo,
cabecilla del motín, y Atufal, su asistente, y, hablando con ellos,
les exhortó a que cesaran de cometer tales atrocidades,
preguntándoles al mismo tiempo qué deseaban e intentaban hacer,
ofreciéndose él mismo a obedecer sus órdenes; que, a pesar de ello,
lanzaron en su presencia a tres hombres, vivos y atados, por la
borda; que dijeron al declarante que subiera, asegurándole que no le
iban a matar; que, habiendo subido, el negro Babo le preguntó si
había por esos mares algún país negro a donde pudieran ser
conducidos y él había respondido que no; que el negro Babo le dijo
entonces que los condujera a Senegal o a las cercanas islas de San
Nicolás y él contestó que ello no era posible teniendo en cuenta la
mucha distancia, la necesidad de haber de doblar el Cabo de Hornos,
las malas condiciones de la nave, la falta de provisiones de velas y
de agua; pero que el negro Babo le respondió que debía llevarles de
todos modos, que obrarían en todo conforme a las instrucciones del
declarante respecto a las raciones de comida y bebida; que después
de conferenciar largamente, viéndose obligado sin remedio a
complacerles, ya que amenazaban con matar a todos los blancos si no
los llevaba al Senegal por el motivo que fuere, les dijo que lo más
indispensable para el viaje era el agua, que se acercarían a la
costa para abastecerse y que desde allí proseguirían su ruta; que el
negro Babo estuvo de acuerdo y el declarante puso rumbo a los
puertos intermedios con la esperanza de encontrar algún navío
español o extranjero que pudiera salvarles; que al cabo de unos diez
días avistaron tierra y prosiguieron su rumbo bordeando la costa en
las cercanías de Nazca; que entonces el declarante observó que los
negros daban muestras de inquietud y rebeldía porque no se
efectuaba el abastecimiento de agua y el negro Babo exigió con
amenazas que se llevara a cabo sin falta al día siguiente; él le
dijo que podía ver claramente que la costa era escarpada y que no
lograba localizar los ríos señalados en el mapa, y otras razones
adecuadas a las circunstancias, que lo mejor que podían hacer era
dirigirse a la isla de Santa María, como hacían los extranjeros ya
que, por ser ésta una isla desierta, podían allí abastecerse de agua
tranquilamente; que el declarante no se dirigió a Pisco, que se
encontraba cerca, ni a ningún otro puerto de la costa porque el
negro Babo le había dado a entender en repetidas ocasiones que
mataría a todos los blancos en el momento en que percibiera
cualquier ciudad, pueblo o asentamiento en las costas hacia las que
navegaban; que, habiendo decidido ir a la isla de Santa María, como
el declarante había planeado, con la intención de procurar
encontrar, durante la travesía o en la misma isla, algún navío que
pudiera socorrerles o ver si podía escapar en un bote hasta la
cercana costa de Arauco, con la intención de adoptar las medidas
necesarias, por lo cual cambió inmediatamente su rumbo, dirigiéndose
a la isla; que los negros Babo y Atufal mantenían conversaciones
todos los días discutiendo sobre si sería necesario, para su plan de
regresar a Senegal, matar a todos los españoles, y en particular al
declarante; que ocho días después de partir desde la costa de Nazca,
cuando el declarante estaba de guardia poco después del amanecer y
después de que los negros celebraran su consejo, el negro Babo llegó
al lugar donde se encontraba el declarante y le notificó que había
decidido matar a su amo, don Alejandro Aranda, porque, de lo
contrario, ni él ni sus compañeros podían estar seguros de su
libertad y que para mantener sometidos a los marineros, se proponía
advertirles acerca de lo que les podía ocurrir si ellos, o algunos
de ellos, oponían resistencia, y que la advertencia que podía surtir
mayor efecto era la muerte de don Alejandro, pero que del
significado de esta última frase, el declarante no comprendió en su
momento sino que se pretendía dar muerte a don Alejandro; además, el
negro Babo propuso al declarante que llamara al oficial Raneds, que
dormía en el camarote, antes de que se llevara a cabo el asunto, por
temor, según entendió el declarante, a que el oficial, que era un
experto marinero, fuera muerto con don Alejandro y los demás; que el
declarante, que era amigo de don Alejandro desde su juventud, rogó y
suplicó, pero todo fue inútil, y a lo que el negro Babo le contestó
que era inevitable, y que todos los españoles arriesgaban la vida si
intentaban oponerse a su voluntad en este u otro asunto; que, ante
tal dilema, el declarante llamó al oficial Raneds, que fue obligado
a permanecer al margen, e, inmediatamente, el negro Babo ordenó al
ashanti Matiluqui y al ashanti Lecbe que fueran a ejecutar aquel
crimen; que esos dos hombres, provistos de hachas, bajaron al
camarote de don Alejandro y que, mutilado y agonizante, lo llevaron
a rastras por la cubierta; que, en este estado lo iban a arrojar por
la borda, pero el negro Babo los detuvo, ordenando que lo remataran
en cubierta, delante de él, lo cual así se hizo y después, por
mandato suyo, el cuerpo fue llevado abajo, a la proa; que el
declarante no supo nada de él durante tres días; [...] que don
Antonio Sidonia, un hombre de edad que residía habitualmente en
Valparaíso y había sido nombrado recientemente para ocupar un cargo
civil en Perú, para donde había tomado pasaje, se encontraba en
aquel momento durmiendo en su camarote frente al de don Alejandro;
que al despertarse sorprendido por los gritos y ver a los negros
armados con las hachas ensangrentadas, se arrojó al mar por una
ventana que tenía cerca y se ahogó sin que el declarante pudiera
socorrerle o izarle; que, poco después de haber dado muerte a
Aranda, subieron a cubierta a su primo hermano, de mediana edad, don
Francisco Masa, de Mendoza, y al joven don Joaquín, marqués de
Aramboalaza, recientemente llegados de España, con su criado
español, Ponce, y los tres jóvenes auxiliares de Aranda: José Mozain,
Lorenzo Bargas y Hermenegildo Gandix, todos ellos de Cádiz; que el
negro Babo dejó con vida, por motivos que se conocieron más tarde, a
don Joaquín y a Hermenegildo Gandix, pero que de don Francisco Masa,
José Mozain y Lorenzo Bargas, con el criado, Ponce, junto al
contramaestre, Juan Robles, dos ayudantes, Juan Viscaya y Rodrigo
Hurta y cuatro de los marineros, el negro Babo ordenó que se los
lanzara vivos al mar, aunque ellos no habían opuesto resistencia
alguna ni habían reclamado más que un poco de misericordia; que el
contramaestre Juan Robles, que sabía nadar, se mantuvo a flote más
tiempo que los demás rezando actos de contrición y siendo las
últimas palabras que pronunció para encargar al declarante que
mandara decir unas misas por su alma a Nuestra Señora del Socorro; [...] que, durante los tres días
que siguieron, el declarante, dudando del destino acontecido a los
restos de don Alejandro, preguntó con frecuencia al negro Babo dónde
se encontraban y, en caso de que se hallaran todavía a bordo, si
iban a ser conservados para darles sepultura en tierra, suplicándole
que así lo ordenara; que el negro Babo no le dio respuesta hasta al
cuarto día, cuando, al amanecer, al subir a cubierta el declarante,
el negro Babo le mostró un esqueleto el cual había reemplazado al
auténtico mascarón de proa, la figura de Cristóbal Colón, el
descubridor del nuevo mundo; que el negro Babo le preguntó de quién
era ese esqueleto y que si, viendo su blancura, no creía que fuera
el de un blanco, que, como se cubriera el rostro, el negro Babo,
acercándose mucho, le habló de esta suerte: "No quieras engañar a
los negros de aquí hasta Senegal, de lo contrario tu alma irá tras
tu jefe como lo hace ahora tu cuerpo", al tiempo que señalaba la
proa; [...] que esa misma mañana, el negro Babo condujo uno tras
otro a todos los españoles hasta proa y les preguntó de quién era
aquel esqueleto y que si no les parecía que era el de un blanco, que
cada uno de los españoles se cubrió el rostro; que luego a cada cual
el negro Babo le repitió las palabras que había dirigido en primer
lugar al declarante; [...] que estando los españoles reunidos en
popa, el negro Babo les arengó diciéndoles que ya había hecho todo
lo que se proponía; que el declarante (como piloto de los negros)
podía proseguir su viaje, advirtiéndoles a él y a todos los demás
que acabarían como don Alejandro si los veía (a los españoles)
hablar o conspirar contra ellos (los negros), amenaza que fue
reiterada diariamente; que antes de los sucesos mencionados en
último lugar, habían atado al cocinero para tirarlo por la borda,
por no se sabe qué cosa que le habían oído decir, pero que al final
el negro Babo le perdonó la vida, a petición del declarante; que,
unos días después, el declarante, con la intención de que no quedara
ningún cabo suelto a fin de salvaguardar las vidas de los blancos
que quedaban, exhortó a los negros a mantener la paz y la
tranquilidad y se avino a redactar un documento, firmado por el
declarante y por los marineros que podían escribir, así como por el
negro Babo, en su nombre y en el de todos los negros, por el cual el
declarante se comprometía, a condición de que no mataran a nadie
más, a cederles formalmente el barco, con su cargamento, tras lo
cual quedaron tranquilos y satisfechos por el momento [...]. Sin
embargo, al día siguiente, para tener mayor seguridad de que los
marineros no escaparan, el negro Babo ordenó que fueran destrozadas
todas las barcas a excepción del bote, que ya no podía navegar, y de
un cúter en buenas condiciones, el cual, sabiendo que todavía haría
falta para transportar los barriles de agua, ordenó bajar a la
bodega.»
(Se detallan aquí varios
pormenores de la prolongada e insólita travesía que llevaron a cabo,
con los incidentes de una desastrosa calma, de cuya relación se ha
extraído el pasaje siguiente:)
«...Que durante el quinto día,
víctimas todos a bordo del calor y la falta de agua, y habiendo
muerto cinco hombres en medio de ataques de demencia y convulsiones,
los negros empezaron a mostrarse irritables, y que, a causa de un
gesto sin importancia que hizo el primer oficial, Raneds, hacia el
declarante al entregarle un cuadrante, mataron a dicho oficial; pero
que más tarde se arrepintieron de haberlo hecho ya que éste era el
único piloto que quedaba a bordo, aparte del declarante.
«...Que, omitiendo otros sucesos
que ocurrían a diario, y que tan sólo servirían para evocar
inútilmente conflictos e infortunios pretéritos, tras sesenta y tres
días de navegación, es decir, desde que zarparon de Nazca, durante
los cuales fueron asolados por las calmas antes mencionadas y
tuvieron que soportar una escasa ración de agua, llegaron finalmente
a la vista de Santa María, el día diecisiete del mes de agosto,
hacia las seis de la tarde, hora en que echaron anclas muy cerca del
navío norteamericano el Bachelor's Delight, que se encontraba en
la misma bahía bajo el mando del generoso capitán Amasa Delano; pero
que a las seis de la mañana ya habían avistado la ensenada y que los
negros se habían intranquilizado tan pronto como habían divisado el
barco en la distancia, ya que no esperaban encontrar ninguno por
aquel lugar; que el negro Babo los calmó, asegurándoles que no había
nada que temer; que enseguida ordenó que la figura de proa fuera
cubierta con una lona, como si la estuvieran reparando y mandó que
ordenaran un poco las cubiertas; que, durante un rato, el negro Babo
y el negro Atufal conversaron en privado; que el negro Atufal quería
alejarse del lugar pero que el negro Babo no quiso y, decidiendo por
su cuenta, dio las órdenes oportunas; que finalmente se acercó al
declarante y le propuso que dijera e hiciera todo cuanto el
declarante afirma haber dicho y hecho en presencia del capitán
norteamericano; [...] que el negro Babo le advirtió que si se desviaba en
lo más mínimo, pronunciaba cualquier palabra o lanzaba alguna mirada
que pudiera dejar entrever lo que había sucedido o cuál era la
situación actual, le mataría al instante, así como a todos sus
compañeros y, mostrándole un puñal que llevaba escondido, dijo algo
que, según entendió el declarante, significaba que aquel puñal
estaría tan alerta como su propia mirada; que el negro Babo expuso
entonces el plan a todos sus compañeros y que a éstos les agradó; y
que después, para disfrazar mejor la verdad, planeó varias
estratagemas, algunas de las cuales aunaban el propósito de
defenderse con el de engañar; que de este género era la estratagema
de los seis ashanti antes mencionados, los cuales eran sus esbirros;
que les mandó situarse al borde de la popa simulando limpiar unas
hachas (dentro de unas cajas que formaban parte del cargamento),
pero que en realidad eran para utilizarlas y distribuirlas si se
hacía necesario, en cuanto oyeran cierta palabra que él les indicó;
que, entre otras estratagemas, se encontraba la de presentar a
Atufal, su mano derecha, como encadenado, pero cuyas cadenas podían
ser soltadas en un instante; que informó al declarante de cada
detalle del papel que debía representar en cada estratagema y de la
historia que debía contar en cada ocasión, siempre amenazándole con
matarle inmediatamente si se desviaba en lo más mínimo; que,
consciente de que muchos de los negros podían sentirse agitados, el
negro Babo encargó a los cuatro negros de edad, que eran calafates,
que mantuvieran el máximo de orden en las cubiertas, entre los
suyos; que, una y otra vez, arengó a los españoles y a los suyos,
informándoles de sus intenciones y sus estratagemas y de la historia
ficticia que el declarante debería referir, advirtiéndoles de lo que
pasaría si tan sólo uno de ellos se desviaba un ápice de esa
historia; que estas disposiciones se adoptaron y se completaron en
las dos o tres horas que transcurrieron entre el primer avistamiento
del barco y la llegada a bordo del capitán Amasa Delano; que ésta
tuvo lugar cerca de las siete y media de la mañana, que el capitán
Delano llegó en su barca y todos le recibieron con gran alegría; que
el declarante representó entonces, lo mejor posible, el papel de
principal propietario y de capitán libre del barco y le explicó al
capitán Amasa Delano, cuando éste se lo preguntó, que venía de
Buenos Aires y se dirigía a Lima con trescientos negros; que frente
al Cabo de Hornos y a causa de una epidemia, habían fallecido muchos
de los negros; que también todos los oficiales de a bordo y la mayor
parte de la tripulación habían perdido la vida en similares
circunstancias.»
(Y así prosigue la declaración,
volviendo a contar, pormenorizándola, la falsa historia dictada por
Babo al declarante con la cual, por medio del declarante, fue
embaucado el capitán Delano, refiriendo también el amistoso
ofrecimiento del capitán Delano, entre otras cosas, todas las cuales
se omiten aquí. Después de la falsa historia, etc., la declaración
continúa así:)
Que el generoso capitán Delano se
quedó a bordo todo el día, hasta dejar el barco anclado a las seis
en punto de la tarde, relatándole siempre al declarante sus
supuestos infortunios según las condiciones antes mencionadas, sin
haber podido decirle una sola palabra ni hacerle la menor
insinuación que le pusiera en conocimiento del verdadero estado de
las cosas, ya que el negro Babo, interpretando el papel de un fiel
sirviente con todas las apariencias de sumisión de un humilde
esclavo, no dejó solo al declarante ni un momento; que ello fue para
observar todos sus gestos y palabras ya que el negro Babo entiende
bien el español; que, además, había siempre cerca otros negros que
los vigilaban constantemente y que también entendían el español;
[...] que, en una ocasión, mientras el declarante se hallaba en
cubierta, conversando con Amasa Delano, el negro Babo le hizo una
señal secreta para que se apartara de aquél de manera que pareciera
que lo hacía por voluntad propia; que entonces, habiéndose retirado
ambos, el negro Babo le propuso que obtuviera de Amasa Delano una
información detallada sobre su barco, tripulación y armas; que el
declarante le preguntó "¿Para qué?"; que el negro Babo le contestó
que ya se lo podía imaginar; que, afectado ante la perspectiva de lo
que podía ocurrirle al generoso capitán Amasa Delano, el declarante,
al principio, se negó a formular las preguntas requeridas y utilizó
todos los argumentos posibles para intentar que el negro Babo
renunciara a su nuevo proyecto; que el negro Babo le mostró la punta
de su puñal; que, tras haber obtenido la información, el negro Babo
volvió a llevarle aparte, para decirle que esa misma noche, él (el
declarante) iba a ser capitán de dos navíos, en vez de uno, ya que,
como la mayoría de la tripulación del norteamericano iba a estar
pescando, los seis ashanti, sin otra ayuda, podrían tomar el barco
fácilmente; que en ese mismo momento le dijo otras cosas al respecto
y que no le viniera con súplicas; que antes de que Amasa Delano
subiera a bordo no se había dicho nada en relación a la captura del
barco norteamericano; que el declarante no tenía medios para impedir tal
proyecto; [...] que en algunas cuestiones su memoria está confusa,
ya que no puede recordar con precisión cada momento; [...] que tan
pronto hubieron echado anclas, a las seis de la tarde, como se ha
afirmado anteriormente, el norteamericano se despidió para regresar a su
nave; que, en un impulso repentino, que el declarante cree
proveniente de Dios y de sus ángeles, después de despedirse,
acompañó al generoso capitán Amasa Delano hasta la misma borda,
donde se quedó, con el pretexto de darle el último adiós, hasta que
Amasa Delano se hubo sentado en su barca; que en el momento en que
iban a partir, el declarante saltó por la borda hacia la barca y
cayó dentro, no sabe cómo, bajo el amparo divino; que [...]»
(Aquí, en el original, sigue el
relato de lo que ocurrió más tarde, durante la huida, de cómo fue
recobrado el San Dominick, y del trayecto hasta la costa, incluyendo
numerosas expresiones de «eterna gratitud para con el generoso
capitán Amasa Delano». La Declaración procede ahora a añadir algunos
comentarios recapitulatorios y un nuevo censo parcial de 105 negros,
concretando datos sobre la participación de cada uno de ellos en los
sucesos acaecidos, con el fin de facilitar, siguiendo las
indicaciones del tribunal, la información en que se basa el
pronunciamiento de las sentencias criminales. De esta parte se
extrae lo que sigue:)
«... Que, a su entender, todos los
negros, aunque desconocieron al principio el proyecto de rebelión,
lo aprobaron cuando se puso en práctica; [...] que el negro José, de
dieciocho años, y al servicio personal de don Alejandro, fue quien
informó al negro Babo acerca del estado de cosas en el camarote
antes de la revuelta; que esto se deduce del hecho de que, en las
medianoches anteriores, solía dejar la litera, que se hallaba bajo
la de su amo, en el camarote, y acudir a cubierta donde se
encontraban el cabecilla y sus secuaces; y que mantuvo
conversaciones secretas con el negro Babo, siendo visto varias veces
por el primer oficial; que una noche el primer oficial le mandó
abajo en dos ocasiones; [...] que ese mismo negro, José, sin que el
negro Babo le ordenara que lo hiciera, como lo había ordenado a
Lecbe y Matiluqui, apuñaló a su amo, don Alejandro, después de que
hubiera sido arrastrado, moribundo, hasta cubierta; [...] que el
camarero mulato, Francesco, formaba parte del primer grupo de
rebeldes y que fue, en todo momento, la criatura y el instrumento
del negro Babo; que, para adularle, justo antes de la comida en el
camarote, propuso al negro Babo envenenar uno de los platos
destinados al generoso capitán Amasa Delano; que esto lo sabe y lo
cree porque lo dijeron los negros, pero que el negro Babo, abrigando
otros propósitos, no se lo permitió a Francesco; [...] que el
ashanti Lecbe era uno de los peores ya que, el día en que la nave
fue recuperada, se sirvió, para la defensa de ésta, de dos hachas,
una en cada mano, con una de las cuales hirió en el pecho al primer
oficial de Amasa Delano, en el momento en que subía a bordo; que
todos conocían este hecho; que, en presencia del declarante, Lecbe
había golpeado con un hacha a don Francisco Masa cuando, por orden
del negro Babo, lo arrastraba para arrojarlo vivo por la borda,
además de haber participado en el asesinato de don Alejandro Aranda
y el de otros pasajeros de camarote; que, a pesar de la furia con la
que los ashanti lucharon en el enfrentamiento con las barcas, tan
sólo Lecbe y Yan sobrevivieron; que Yan era tan malvado como Lecbe;
que Yan había sido el hombre que, por orden de Babo, había preparado
de buena gana el esqueleto de don Alejandro del modo que más tarde
los negros revelaron al declarante, pero que él nunca podría
divulgar, mientras estuviera en su sano juicio; que Yan y Lecbe
fueron quienes una noche, durante una calma, colgaron el esqueleto
en la proa; que esto también se lo contaron los negros; que fue el
propio Babo quien trazó la inscripción bajo el esqueleto, que el
negro Babo fue el instigador de la sedición del principio al fin; él
ordenó cada asesinato y fue el timón y la quilla de toda la
rebelión; que Atufal fue su lugarteniente en todo momento, pero que
ni él ni el negro Babo cometieron ninguno de los homicidios por su
propia mano; [...] que Atufal fue muerto de un disparo en el combate
con las barcas, antes del abordaje, que las negras, mayores de edad,
sabían de la revuelta y se mostraron satisfechas por la muerte de su
amo, don Alejandro; que, de no habérselo impedido los negros,
habrían torturado hasta la muerte, en vez de matarlos simplemente, a
los españoles ejecutados por orden del negro Babo; que las negras
utilizaron toda su influencia para que se deshicieran del
declarante; que, mientras se perpetraban aquellos crímenes,
entonaron diversos cánticos y danzaron, no con júbilo, sino
solemnemente, y que, antes del encuentro con las barcas, así como
durante la acción, entonaron para los negros tristes cánticos y que
ese tono melancólico los exaltaba más que cualquier otro y que ésta
era la intención con que cantaban; que todo esto se supone cierto
porque lo han dicho los negros; [...] que, de los treinta y seis
hombres de la tripulación, con exclusión de los pasajeros (muertos
todos entonces), de los que el declarante tenía conocimiento, sólo
sobrevivieron seis, además de cuatro muchachos asistentes de
camarote y grumetes, no incluidos en la tripulación; [...] que los
negros le rompieron el brazo a uno de los asistentes de camarote y
le golpearon a hachazos.»
(Siguen a continuación diversas
revelaciones referentes a distintos períodos cronológicos. Se han
extraído las siguientes:)
«... Que, durante la estancia del
capitán Amasa Delano a bordo, los marineros llevaron a cabo diversos
intentos, uno de ellos a iniciativa de Hermenegildo Gandix, para
darle a entender indirectamente cuál era la verdadera situación,
pero tales intentos resultaron inútiles debido al riesgo mortal que
conllevaban y sobre todo a causa de las estratagemas que
contradecían la situación real, así como la generosidad y el
espíritu caritativo de Amasa Delano, incapaz de adivinar tanta
maldad; [...] que Luys Galgo, un marinero de unos sesenta años de
edad, que había servido en la armada real, fue uno de los que
trataron de proporcionar indicios al capitán Delano; pero que si
bien no descubrieron su intento, sí que algo sospecharon, por lo
que, con un pretexto cualquiera, fue apartado de cubierta y,
finalmente, fue asesinado en la bodega. Que este hecho lo refirieron
los negros más tarde; [...] que a uno de los grumetes, abrigando una
cierta esperanza de liberación, inspirada por la presencia del
capitán Amasa Delano, se le escapó imprudentemente alguna palabra
que reveló sus expectativas, que al ser oída y entendida por un
joven esclavo con el que compartía su comida en ese momento, éste
último le golpeó en la cabeza con su cuchillo, infligiéndole una
profunda herida de la cual el grumete se está recuperando
actualmente; que, de forma parecida, poco antes de anclar el barco,
uno de los marineros que lo gobernaban en aquel momento se encontró
en un apuro al notar los negros una expresión en su rostro que
delataba cierta esperanza por el motivo antes citado, pero este
marinero, gracias a su prudente conducta posterior, salió indemne de
la situación; [...] que estas declaraciones tienen por objeto
mostrar al tribunal que, desde el principio hasta el fin de la
rebelión, fue imposible para el declarante y para sus propios
hombres actuar de otro modo al que lo hicieron; [...] que el tercer
escribiente, Hermenegildo Gandix, que al principio se había visto
forzado a vivir con los marineros, vestir ropas de marinero y que en
todos los aspectos parecía serlo en aquel momento, fue muerto por
una bala de mosquete disparada por error desde las barcas antes del
abordaje cuando, aterrorizado, había trepado al aparejo de mesana
gritando hacia las barcas "¡No abordéis!" por temor a que los
negros le mataran en el abordaje; que induciendo esto a los
norteamericanos a creer que, de alguna forma, él estaba del lado de los
negros, le dispararon dos balas, por lo que cayó herido desde el
aparejo y se ahogó en el mar; [...] que el joven don Joaquín, marqués
de Aramboalaza, al igual que Hermenegildo Gandix, el tercer
escribiente, fue degradado a las funciones y apariencia externa de
simple marinero; que en cierta ocasión en que don Joaquín se negó a
hacer algo que le repugnaba, el negro Babo ordenó al ashanti Lecbe
que cogiera alquitrán, lo calentara y lo vertiera sobre las manos de
don Joaquín; [...] que don Joaquín resultó muerto a causa de otro
error de los norteamericanos, error, por otra parte, imposible de evitar,
ya que al acercarse las barcas, los negros obligaron a don Joaquín a
situarse visiblemente sobre los macarrones con un hacha levantada y
con el filo hacía fuera atada a la mano, por lo que, al verle
blandir un arma y en una actitud equívoca, le dispararon tomándole
por un marinero renegado; que sobre la persona de don Joaquín se
encontró oculta una joya, la cual, según documentos posteriormente
descubiertos, resultó ser una ofrenda votiva destinada al santuario
de Nuestra Señora de la Merced, en Lima, preparada y guardada de
antemano, con la intención de testimoniar su gratitud, al
desembarcar en Perú, su destino final, por la feliz conclusión de
toda la travesía desde España; [...] que la joya, con los demás
efectos personales del difunto don Joaquín, se halla bajo custodia
de los hermanos del Hospital de Sacerdotes, en espera de lo que
disponga el ilustre tribunal; [...] que, debido al estado del
declarante y a las prisas con que las barcas partieron para el
ataque, los norteamericanos no fueron advertidos de que, entre la
tripulación, se hallaba un pasajero y uno de los escribientes
disfrazados por obra del negro Babo; [...] que, además de los
negros muertos en la acción, algunos lo fueron tras la captura y
mientras se volvía a anclar por la noche, encontrándose encadenados
a las anillas de cubierta; que estas muertes fueron cometidas por
los marineros antes de que pudieran impedírselo. Que en cuanto fue
informado de ello el capitán Amasa Delano ejercitó toda su autoridad
y, en especial, derribó con sus propias manos a Martínez
Gola quien, al encontrar una navaja
de afeitar en el bolsillo de una vieja chaqueta suya que llevaba
puesta uno de los negros encadenados, la apuntaba hacia la garganta
de éste; que el noble capitán Amasa Delano también arrebató de la
mano de Bartolomeo Barlo un puñal, ocultado durante la masacre de
los blancos, con el cual estaba apuñalando a un negro encadenado
que, aquel mismo día, con ayuda de otro negro, le había derribado y
pisoteado; [...] que, de todos los sucesos acaecidos durante el
largo tiempo en que la nave había estado en poder del negro Babo, no
puede dar cuenta por el momento, pero que lo que ha dicho es lo más
importante de lo que ahora recuerda y que todo ello es cierto de
acuerdo con el juramento prestado, declaración que firma y ratifica
tras haberle sido leída. Declaró que tenía veintinueve años y que se
sentía fisica y moralmente destrozado y que cuando, finalmente, el
tribunal le permitiera marcharse, no volvería a su casa en Chile,
sino que se trasladaría al monasterio del Monte Agonía; y firmó y se
santiguó y, de momento, tal como había venido, en litera y en
compañía del monje Infelez, partió hacia el Hospital de Sacerdotes.
»BENITO CERENO
»DOCTOR ROZAS»
Si esta declaración ha servido de
llave para abrir la cerradura de las complicaciones que la
precedieron, en este caso, como una tumba cuya puerta hubiera sido
apartada, queda hoy abierto el casco del San Dominick.
Hasta ahora, la naturaleza de esta
narración, aparte de hacer inevitable la reproducción de las
complicaciones del principio, ha requerido, en mayor o menor grado,
que gran número de hechos, en vez de ser referidos en el orden en
que ocurrieron, hayan sido presentados en forma retrospectiva o
irregular. Así ocurre con los siguientes pasajes, que concluirán el
relato:
En el transcurso del prolongado y
tranquilo viaje hacia Lima, hubo, como ya se mencionó anteriormente,
un período durante el cual el enfermo recuperó un poco su salud o,
por lo menos en parte, su propia tranquilidad. Antes de la
definitiva recaída que sobrevino más tarde, los dos capitanes
pudieron conversar cordialmente en ocasiones, contrastando su
notable franqueza con las antiguas reticencias.
Una y otra vez repitió el español
lo difícil que le había resultado representar el papel que le había
impuesto el negro Babo.
-¡Ah, mi querido amigo! -dijo una
vez don Benito-. En aquellos momentos en que me creía tan hosco e
ingrato, en los que incluso, como ahora reconoce, llegó a
pensar que planeaba asesinarlo, en aquellos mismos momentos estaba
mi corazón helado; no podía mirarlo pensando en la amenaza que,
tanto a bordo de este barco como del suyo, pendía, de otras
manos, sobre mi generoso benefactor. Y, vive Dios, don Amasa, que no
sé si por velar tan sólo por mi seguridad habría tenido valor para
saltar a su barca, si no hubiera sido por la idea de que si
volvía a su barco ignorándolo todo, usted, mi buen amigo, y
aquellos que con usted estuvieran, aquella misma noche, sorprendidos
durmiendo en las hamacas, no habrían despertado nunca más a la luz
de este mundo. Piense tan sólo en cómo caminaba por esta cubierta,
cómo tomaba asiento en este camarote, cuando cada pulgada de
terreno bajo sus pies estaba minada como un panal. Si hubiera
intentado sugerirle lo más mínimo, si hubiera dado el menor paso
para darle a entender algo, la muerte, una muerte explosiva, la
suya y la mía, habría puesto fin a la escena.
-Así es, así es -exclamó el
capitán Delano, estremeciéndose-, usted salvó mi vida; y, además,
la salvó sin que yo lo supiera ni lo hubiera pedido.
-Más bien, amigo mío -replicó el
español, cortés incluso en cuestiones de religión-, fue Dios quien
salvó milagrosamente su vida, pero la mía la salvó usted.
Cuando pienso en algunas de las cosas que hizo, sus
sonrisas, sus murmullos, sus gestos
temerarios... Por mucho menos que eso
fue asesinado mi primer oficial, Raneds; pero a usted lo guió, a buen
seguro, el Príncipe de los Cielos por entre todas las emboscadas.
-Sí, ya sé que todo es obra de la
Providencia, pero aquella mañana, mi ánimo era más plácido de lo
acostumbrado, y el espectáculo de tanto sufrimiento, más aparente
que real, unió a mi buen talante la compasión y la caridad
entrelazándolas felizmente a lastres. De lo contrario, sin duda,
como usted insinúa, algunas de mis intervenciones habrían acabado de
forma bastante desagradable. Además, esos sentimientos de los que le
he hablado me permitieron superar mi momentánea desconfianza, en
circunstancias en que una mayor agudeza me hubiera podido costar la
vida sin poder salvar la de los demás. Sólo al final me ganaron las
sospechas y ya sabe cuán lejos resultaron estar de la realidad.
-Bien lejos, ciertamente -dijo
tristemente don Benito- estuvo conmigo todo el día, se
sentó junto a mí, hablándome, mirándome, comiendo y bebiendo
conmigo, y, a pesar de ello, su último gesto fue tomar por un
monstruo, no sólo a un inocente, sino al más digno de compasión de
todos los hombres. Hasta tal punto pueden imponerse las malignas
maquinaciones y engaños. Hasta tal punto puede llegar a confundirse
incluso el más bueno de los hombres al juzgar la conducta ajena si
desconoce los más profundos entresijos de su situación. Sólo que
usted
no tuvo más remedio que juzgar así y en aquel momento se
sentía desengañado. Ambas cosas podrían sucederle a cualquier
hombre.
-Usted generaliza, don Benito, y
muy lúgubremente. Pero lo pasado, pasado está. ¿Por qué moralizar
sobre ello? Olvídelo. Vea: el radiante sol ya todo lo ha olvidado,
y también el cielo y el mar, tan azules; ellos ya han vuelto nuevas
páginas.
-Porque no tienen memoria -replicó
sin ánimo- porque no son humanos.
-Pero ¿y el suave soplo de los
alisios que acaricia ahora su mejilla, don Benito? ¿No le trae
un alivio casi humano? Son los alisios amigos cálidos y constantes.
-Con su constancia no hacen sino
empujarme hacia mi tumba, señor -fue su profética respuesta.
-¡Se ha salvado, don Benito!
-exclamó entonces el capitán Delano, cada vez más asombrado y
entristecido-. Se ha salvado, ¿qué es, pues, lo que proyecta tal
sombra sobre usted?
-El negro.
Se hizo el silencio mientras el
melancólico don Benito permanecía sentado, envolviéndose lenta e
inconscientemente en su capa, como en un sudario.
Aquel día ya no conversaron más.
Pero si a veces la melancolía del
español acababa por convertirse en mutismo cuando se abordaban temas
como el precedente, existían otros sobre los que no hablaba
absolutamente nunca; sobre ellos, realmente, se alzaban como un
castillo todas sus reservas. Omitamos lo peor y, sólo como ejemplo,
citemos uno o dos detalles al respecto: El atuendo, tan costoso y
rebuscado, que llevaba el día en que tuvieron lugar los sucesos
relatados, no se lo había puesto por su voluntad; en cuanto a la
espada de montura de plata, símbolo aparente de un poder despótico,
no era, en realidad, tal espada, sino un espectro de ella: la vaina,
artificialmente rígida, estaba vacía.
En lo que se refiere al negro,
cuyo cerebro, no su cuerpo, había tramado y liderado la rebelión y
el complot, su frágil complexión, desproporcionada con lo que
contenía, había cedido en seguida, en la barca, ante la superior
fuerza muscular de su capturador. Viendo que todo había terminado,
no soltó ni una palabra, ni se le pudo forzar a que lo hiciera. Su
apariencia parecía decir: «Ya que no me es posible actuar, tampoco
me harán hablar». Aherrojado en la bodega con los demás, fue
conducido a Lima. Durante la travesía, don Benito no fue a verle. Ni
entonces, ni más tarde, llegó siquiera a mirarle. Delante del
tribunal se negó a hacerlo. Instado por los jueces, se desmayó. La
identidad legal de Babo sólo se pudo determinar por el testimonio de
los marineros.
Unos meses después, arrastrado al
cadalso a la cola de un mulo, el negro encontró su mudo final. Su
cuerpo fue quemado hasta reducirlo a cenizas. Pero su cabeza, esa
colmena de astucias, permaneció durante muchos días clavada de un
poste en la plaza, desafiando, indómita, las fieras miradas de los
blancos. Y, a través de la plaza, sus ojos miraban hacia la iglesia
de San Bartolomé, en cuya cripta reposaban entonces, como hoy, los
huesos rescatados de Aranda y, a través del puente del Rimac, su
mirada se dirigía hacia al monasterio del Monte Agonía, donde, tres
meses después de que el tribunal le permitiera retirarse, don Benito
Cereno, llevado en un ataúd, siguió, efectivamente, a su jefe. |