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Tom King rebañó el plato con el último trozo de pan para recoger la última
partícula de gachas, y masticó aquel bocado final lentamente y con semblante
pensativo. Cuando se levantó de la mesa, le embargaba una inconfundible
sensación de hambre. Él era el único que había cenado. Los dos niños estaban
acostados en la habitación contigua. Los habían llevado a la cama antes que
otros días para que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir
sin probar bocado.
La esposa de Tom King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y
lo observaba en silencio, con mirada solícita. Era una mujer de clase humilde,
flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones conservaban restos de una
antigua belleza. La vecina del piso de enfrente le había prestado la harina para
las gachas. Los dos medio peniques que le quedaban los había invertido en pan.
Tom King se sentó junto a la ventana, en una silla desvencijada que crujió al
recibir su peso. Con un movimiento maquinal, se llevó la pipa a la boca e
introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta. Al no encontrar tabaco, se dio
cuenta de su distracción y, lanzando un gruñido de contrariedad, se guardó la
pipa. Sus movimientos eran lentos y premiosos, como si el extraordinario volumen
de sus músculos le abrumara. Era un hombre macizo, de rostro impasible y aspecto
nada simpático. Llevaba un traje viejo y lleno de arrugas, y sus destrozados
zapatos eran demasiado endebles para soportar el peso de las gruesas suelas que
les había puesto él mismo hacía ya bastante tiempo. Su camisa de algodón (un
modelo de no más de dos chelines) tenía el cuello deshilachado y unas manchas de
pintura que no se quitaban con nada.
Bastaba verle la cara a Tom King para comprender cuál era su profesión. Aquel
rostro era el típico del boxeador, del hombre que ha pasado muchos años en el
cuadrilátero y que, a causa de ello, ha desarrollado y subrayado en sus
facciones los rasgos característicos del animal de lucha. Era una fisonomía que
intimidaba, y para que ninguno de aquellos rasgos pasara inadvertido iba
perfectamente rasurado. Sus labios informes, de expresión extremadamente dura,
daban la impresión de una cuchillada que atravesara su rostro. Su mandíbula
inferior era maciza, agresiva, brutal. Sus ojos, de perezosos movimientos y
dotados de gruesos párpados, apenas tenían expresión bajo sus tupidas y
aplastadas cejas. Estos ojos, lo más bestial de su semblante, realzaban el
aspecto de brutalidad del conjunto. Parecían los ojos soñolientos de un león o
de cualquier otro animal de presa. La frente hundida y angosta lindaba con un
cabello que, cortado al cero, mostraba todas las protuberancias de aquella
cabeza monstruosa. Una nariz rota por dos partes y aplastada a fuerza de golpes,
y una oreja deforme, que había crecido hasta adquirir el doble de su tamaño y
que hacía pensar en una coliflor, completaban el cuadro. Y en cuanto a su barba,
aunque recién afeitada, apuntaba bajo la piel, dando a su tez un tono azulado
negruzco.
Si bien aquella fisonomía era la de uno de esos hombres con los que no
deseamos encontrarnos a solas en un callejón oscuro o en un lugar apartado, Tom
King no era un criminal ni había cometido nunca una mala acción. Dejando aparte
las reyertas en que se había visto mezclado y que eran cosa corriente en los
medios que frecuentaba, no había hecho daño a nadie. No se le consideraba un
pendenciero. Era un profesional de la contienda y reservaba toda su combatividad
para sus apariciones en el ring. Fuera del tablado, era un hombre bonachón, de
movimientos tardos, y en su juventud, cuando ganaba el dinero a espuertas, había
sido, no ya generoso, sino despilfarrador. Para él el boxeo era un negocio.
Cuando estaba en el cuadrilátero, pegaba con intención de hacer daño, de
lesionar, de destruir; pero no había animosidad en sus golpes: era una simple
cuestión de intereses. El público acudía y pagaba para ver cómo dos hombres se
vapuleaban hasta que uno de ellos quedaba inconsciente. El vencedor se quedaba
con la parte del león de la bolsa. Hacía veinte años, cuando Tom King se
enfrentó con el «Salta Ojos», de Woolloomoolloo, sabía que la mandíbula de su
contrincante sólo estaba firme desde hacía cuatro meses, pues anteriormente se
la habían partido en un combate celebrado en Newcastle. Por eso dirigió todos
sus golpes contra ella, y consiguió fracturarla nuevamente en el noveno asalto.
No lo movía ningún resentimiento contra su adversario: procedió así porque era
el medio más seguro de dejar fuera de combate a aquel hombre y, de este modo,
ganar la mayor parte de la bolsa ofrecida. En cuanto al «Salta Ojos», no le
guardó rencor alguno. Ambos sabían que así era el boxeo, y había que atenerse a
sus reglas.
Tom King no era nada hablador. En aquel momento en que permanecía sentado
junto a la ventana, se hallaba sumido en un huraño silencio, mientras se miraba
las manos. En el dorso de ellas se destacaban las venas gruesas e hinchadas. El
aspecto de los nudillos, aplastados, estropeados, deformes, atestiguaba el
empleo que había hecho de ellos. Tom no había oído decir nunca que la vida de un
hombre dependía de sus arterias, pero sabía muy bien lo que significaban
aquellas venas prominentes, dilatadas. Su corazón había hecho correr demasiada
sangre por ellas a una presión excesiva. Ya no funcionaban bien. Habían perdido
la elasticidad, y su distensión había acabado con su antigua resistencia. Ahora
se fatigaba fácilmente. Ya no podía resistir un combate a veinte asaltos con el
ritmo acelerado de antes, con fuerza y violencia sostenidas, luchando
infatigablemente desde que sonaba el gong, acosando sin cesar a su adversario,
retrocediendo hasta las cuerdas o llevando a su oponente hacia ellas, recibiendo
golpes y devolviéndolos. Ya no multiplicaba su acometividad y la rapidez de sus
golpes en el vigésimo y último asalto, levantando al público de sus asientos y
provocando sus aclamaciones, cuando él acometía, pegaba, esquivaba, hacía caer
una lluvia de golpes sobre su adversario y recibía otra igual mientras su
corazón no dejaba de enviar, con impetuosa fidelidad, sangre a sus venas jóvenes
y elásticas. Sus arterias, dilatadas durante el combate, se encogían de nuevo,
pero no del todo; al principio, esta diferencia era imperceptible, pero cada vez
quedaban un poco más distendidas que la anterior. Se contempló las venas y los
estropeados nudillos. Por un momento le pareció ver los magníficos puños que
tenía en su juventud, antes de romperse el primer nudillo contra la cabeza de
Benny Jones, apodado el «Terror de Gales».
Experimentó de nuevo la sensación de hambre.
-¡Lo que daría yo por un buen bistec! -murmuró, cerrando sus enormes puños y
lanzando un juramento en voz baja.
-He ido a la carnicería de Burke y luego a la de Sawley -dijo la mujer en
son de disculpa.
-¿Y no te quisieron fiar?
-Ni medio penique. Burke me dijo que...
Vacilaba, no se atrevía a seguir.
-¡Vamos! ¿Qué dijo?
-Que como esta noche Sandel te zurraría de lo lindo, no quería aumentar tu
cuenta, ya es bastante crecida.
Tom King lanzó un gruñido por toda respuesta. Se acordaba del bulldog que
tuvo en su juventud, al que echaba continuamente bistecs crudos. En aquella
época, Burke le habría concedido crédito para mil bistecs. Pero los tiempos
cambian. Tom King estaba envejecido, y un viejo que tenía que enfrentarse con un
boxeador joven en un club de segunda categoría, no podía esperar que ningún
comerciante le fiase.
Aquella mañana se había levantado con el deseo de comer un bistec, y aquel
deseo no lo había abandonado. No había podido entrenarse debidamente para aquel
combate. En Australia el año había sido de sequía y los tiempos eran difíciles.
Había dificultades para encontrar trabajo, fuera de la índole que fuere. No
había tenido sparring, no siempre había comido los alimentos debidos y en la
cantidad necesaria. Había trabajado varios días como peón en una obra, y algunas
mañanas había corrido para hacer piernas. Pero era difícil entrenarse sin
compañero y teniendo que atender a las necesidades de una esposa y dos hijos.
Cuando se anunció su combate con Sandel, los tenderos apenas le concedieron un
poco más de crédito. El secretario del Gayety Club le adelantó tres libras -la
cantidad que percibiría si perdía el combate-, y se negó a darle un céntimo
más. De vez en cuando consiguió que sus antiguos compañeros le prestasen unos
centavos, pero no pudieron prestarle más, porque corrían malos tiempos y ellos
también pasaban sus apuros. En resumen, que era inútil tratar de ocultarse que
no estaba debidamente preparado para la pelea. Le había faltado comida y le
habían sobrado preocupaciones. Además, ponerse «en forma» no es tan fácil para
un hombre de cuarenta años como para otro de veinte.
-¿Qué hora es, Lizzie? - preguntó.
Su mujer fue a preguntarlo a la vecina y, al regresar, le dio la respuesta.
-Las ocho menos cuarto.
-El primer match empezará dentro de unos minutos -observó Tom-. No es más
que un combate de prueba. Después hay un encuentro a cuatro asaltos entre Dealer
Wells y Gridley, y luego uno a diez asaltos entre Starlight y un marinero. Yo
aún tengo para una hora.
Otros diez minutos de silencio y Tom se puso en pie.
-La verdad es, Lizzie, que no me he entrenado todo lo que debía.
Cogió el sombrero y se dirigió a la puerta. No le pasó por la
mente
besar a su mujer -nunca la besaba al marcharse-, pero aquella noche ella lo
hizo por su cuenta y riesgo: le echó los brazos al cuello y lo obligó a
inclinarse hacia su rostro. Se veía menudita y frágil junto al macizo corpachón
de su marido.
-Buena suerte, Tom -le dijo-. Tienes que ganar.
-Sí, tengo que ganar -repitió él-. Ni más ni menos.
Se echó a reír, tratando de mostrarse despreocupado, mientras ella se
apretaba más contra él. Tom contempló la desnuda estancia por encima del hombro
de su esposa. Aquel cuartucho, del que debía varios meses de alquiler, era, con
Lizzie y los niños, cuanto tenía en el mundo. Y aquella noche salía en busca de
comida para su hembra y sus cachorros, no como el obrero de hoy que va a la
fábrica, sino al estilo antiguo, primitivo, arrogante y animal de las bestias de
presa.
-Tengo que ganar -volvió a decir a su esposa, esta vez con un rictus de
desesperación-. Si gano, son treinta libras, con lo que podré pagar todas las
deudas y, además, verme un buen sobrante en el bolsillo. Si pierdo, no me darán
nada, ni un penique para tomar el tranvía de vuelta, pues el secretario ya me ha
dado todo lo que me correspondería en caso de perder. Adiós, mujercita. Si gano,
volveré inmediatamente.
-Te espero -dijo ella cuando Tom estaba ya en el rellano.
Había más de tres kilómetros hasta el Gayety y, mientras los recorría,
recordó sus días de triunfo, cuando era el campeón de pesos pesados de Nueva
Gales del Sur. Entonces habría tomado un coche de punto para ir al combate, y
con toda seguridad alguno de sus admiradores se habría empeñado en pagar el
coche para tener el privilegio de acompañarlo. Entre estos admiradores se
contaban Tommy Burns y el yanqui Jack Johnson, que poseían automóvil propio. ¡Y
ahora tenía que ir a pie! Como todo el mundo sabe, una marcha de tres kilómetros
no es la mejor preparación para un combate. Él era un viejo para el pugilismo, y
el mundo no trata bien a los viejos. Él sólo servía ya para picar piedra, e
incluso para esto era un obstáculo su nariz rota y su oreja hinchada. Ojalá
hubiera aprendido un oficio. A la larga, habría sido mejor. Pero nadie se lo
había enseñado. Por otra parte, una voz interior le decía que él no habría
prestado atención si alguien hubiera tratado de enseñárselo. Su vida fue
demasiado fácil. Ganó mucho dinero. Tuvo combates duros y magníficos, separados
por períodos de descanso y holgazanería. Estuvo rodeado de aduladores que se
desvivían por acompañarle, por darle palmadas en la espalda, por estrecharle la
mano; de petimetres que lo invitaban a beber para tener el privilegio de charlar
con él cinco minutos. Además, ¡aquellos magníficos combates ante un público
delirante de entusiasmo! ¡Y aquel último asalto en que se lanzaba a fondo como
un torbellino y el árbitro lo proclamaba vencedor! ¡Y leer su nombre en las
secciones deportivas de todos los periódicos al día siguiente...!
¡Ah, qué tiempos aquéllos! Pero, de pronto, su mente tarda y premiosa
comprendió que en aquellos lejanos días él dejaba fuera de combate a los viejos.
Él era entonces la juventud que despuntaba, y sus adversarios la vejez que
decaía. Era natural que resultara fácil para él: ellos tenían las venas
hinchadas, los nudillos rotos y los huesos desvencijados por una larga serie de
combates. Recordaba el día en que «noqueó» al maduro Stowsher Bill en Rush-Cutters
Bay al decimoctavo asalto y luego lo vio llorando en los vestuarios, llorando
como un niño. Acaso el viejo Bill debía también varios meses de alquiler, y
acaso lo esperaban en su casa su mujer y sus hijos. ¡Y quién sabe si aquel mismo
día, el del combate, había sentido el deseo de comerse un buen bistec! Bill
combatió valientemente, recibiendo a pie firme una soberana paliza. Ahora que él
pasaba el mismo calvario, comprendía que aquella noche de hacía veinte años Bill luchó por algo más importante que su adversario, el joven Tom King, que
sólo trataba de ganar dinero y gloria fácilmente. No era extraño que Stowsher
Bill hubiese llorado en los vestuarios amargamente después del combate.
No cabía duda de que cada púgil podía soportar un número limitado de
combates. Era una ley inflexible del boxeo. Unos podían librar cien encuentros
durísimos, otros sólo veinte. Cada cual, según sus dotes físicas, podía subir al
ring tantas o cuantas veces. Después, quedaba al margen.
Él se había pasado de la raya, había librado más combates encarnizados de los
que debía, encuentros en que el corazón y los pulmones parecía que iban a
estallar; contiendas que hacían perder elasticidad a las arterias y convertían
un cuerpo esbelto y juvenil en un montón de músculos nudosos; combates que
desgastaban los nervios y los músculos, el cerebro y los huesos, por obra del
esfuerzo. Sí, él había resistido más que nadie. No quedaba ya ni uno solo de sus
antiguos compañeros. Él era el último de la vieja guardia. Había visto cómo iban
cayendo todos y había contribuido a poner punto final a la carrera de algunos de
ellos.
Lo opusieron a los boxeadores ya viejos y él los fue liquidando uno tras otro. Y
después, cuando los veía llorar en los vestuarios, como había llorado el viejo Stowsher Bill, se reía. Pero ahora el viejo era él, y a su vez tenía que
enfrentarse con los jóvenes. Con Sandel, por ejemplo. Había llegado de Nueva
Zelanda precedido de un brillante historial. Pero como en Australia aún era un
desconocido, se acordó enfrentarlo con el viejo Tom King. Si Sandel hacía un
buen combate, se le opondrían mejores púgiles y las bolsas serían más crecidas.
Así, pues, era de esperar que luchara como un demonio. Aquel combate era
decisivo para él, ya que si ganaba tendría dinero, cobraría nombre y habría dado
el primer paso de una brillante carrera. Tom King no era para él más que el muro
viejo que le cerraba el paso a la fama y la fortuna. En cambio, a lo único que
Tom King podía aspirar era a recibir treinta libras, que le servirían para pagar
al dueño de la casa y a los tenderos. Y mientras cavilaba así, Tom King vio
alzarse ante sus ojos hinchados el cuadro de la juventud triunfadora, exuberante
e invencible, de músculos suaves y piel sedosa, de corazón y pulmones que no
sabían lo que era el cansancio y se reían del jadeo de los viejos. Los jóvenes
destruían a los viejos sin pensar que, al hacerlo, se destruían a sí mismos,
dilatando sus arterias y aplastando sus nudillos, para ser, al fin, aniquilados
por una nueva generación de jóvenes. Pues la juventud ha de ser siempre joven.
Al llegar a la calle de Castlereagh dobló a la izquierda y, después de
recorrer tres manzanas, llegó al Gayety. Una multitud de golfillos apiñados
frente a la puerta se apartaron respetuosamente al verle y oyó que decían:
-¡Es Tom King!
Una vez dentro, cuando se dirigía a los vestuarios, encontró al secretario,
un joven de mirada viva y expresión astuta, que le estrechó la mano.
-¿Cómo te encuentras, Tom? - le preguntó.
-Estupendamente -respondió King, a sabiendas de que mentía y de que le
hacía tanta falta un buen bistec, que si tuviera una libra la daría a cambio de
él sin vacilar.
Cuando salió de los vestuarios, seguido por sus segundos, y se dirigió al
cuadrilátero, que se alzaba en el centro de la sala, estalló una tempestad de
aplausos y vítores en el público. Él respondió saludando a derecha e izquierda,
aunque conocía muy pocas de aquellas caras. En su mayoría, eran muchachos que
aún tenían que nacer cuando él cosechaba sus primeros laureles en el ring. Saltó
con ligereza a la alta plataforma y, después de pasar entre las cuerdas, se
dirigió a su ángulo y se sentó en un taburete plegable. Jack Ball, el árbitro,
se acercó a él para estrecharle la mano. Ball era un boxeador fracasado que
desde hacía diez años no pisaba el ring como púgil. King se alegró de tenerlo
por árbitro. Ambos eran veteranos. Si él apretaba las tuercas a Sandel algo más
de lo que permitía el reglamento, sabía que Ball haría la vista gorda.
Subieron al tablado, uno tras otro, varios jóvenes aspirantes a la categoría
de pesos pesados, y el árbitro los fue presentando sucesivamente al público.
Asimismo, expuso sus carteles de desafío.
-Young Pronto -anunció Ball-, de Sidney del Norte, reta al ganador por
cincuenta libras.
El público aplaudió y los aplausos se renovaron cuando Sandel trepó ágilmente
al ring y fue a sentarse en su rincón. Tom King, desde el ángulo opuesto, lo
miró con curiosidad, pensando que minutos después ambos estarían enzarzados en
implacable combate, y pondrían todo su empeño en noquearse. Pero apenas pudo ver
nada, pues Sandel llevaba, como él, un mono de entrenamiento sobre su calzón
corto de pugilista. Su cara era muy atractiva. Estaba coronada por un mechón
rizado de pelo rubio, y su cuello grueso y musculoso anunciaba un cuerpo de
atleta verdaderamente magnífico.
Young Pronto se dirigió sucesivamente a los dos ángulos y, después de
estrechar las manos a los boxeadores, salió del ring. Continuaron los desafíos.
Un joven tras otro pasaba entre las cuerdas. Aquellos muchachos desconocidos
pero ambiciosos estaban convencidos, y así lo pregonaban, de que con su fuerza
y destreza eran capaces de medirse con el vencedor. Unos años antes, cuando su
carrera se hallaba en su apogeo y él se consideraba invencible, aquellos
preliminares hubieran divertido y aburrido a Tom King. Pero a la sazón los
contemplaba fascinado, incapaz de apartar de sus ojos la visión de la juventud.
Siempre existirían aquellos jóvenes que subían al ring, y saltaban por las
cuerdas para lanzar su reto a los cuatro vientos; y siempre tendrían que caer
ante ellos los boxeadores gastados. Ascendían hacia el éxito trepando sobre los
cuerpos de los viejos púgiles. Y continuaban afluyendo en número creciente, como
una oleada de juventud incontenible que arrollaba a los viejos, para envejecer a
su vez y seguir el camino descendente, a impulsos de la juventud eterna, de los
nuevos mozos que desarrollaban sus músculos y derribaban a sus mayores, mientras
tras ellos se formaba una nueva masa de jóvenes. Y así ocurriría hasta el fin de
los tiempos, pues aquella juventud voluntariosa era algo inseparable de la
humanidad.
King dirigió una mirada al palco de la prensa y saludó con un movimiento de
cabeza a Morgan, del Sportsman, y a Corbett, del Referee. Luego tendió las manos
para que Sid Sullivan y Charles Bates, sus segundos, le pusieran los guantes y
se los atasen fuertemente, bajo la atenta fiscalización de uno de los segundos
de Sandel, que ya había examinado con ojo crítico las vendas que cubrían los
nudillos de King. Uno de los segundos de Tom cumplía la misma misión en el
ángulo ocupado por Sandel. Este levantó las piernas para que le despojasen de
los pantalones del mono y luego se levantó para que acabaran de quitarle la
prenda por la cabeza. Tom King vio entonces ante sí una encarnación de la
juventud, un pecho ancho y desbordante de vigor, unos músculos elásticos que se
movían como seres vivos bajo la piel blanca y satinada. Todo aquel cuerpo estaba
pletórico de vida, de una vida que aún no había dejado escapar nada de ella por
los doloridos poros en los largos combates en que la juventud ha de pagar su
tributo, dejando algo de ella misma en los tablados.
Los dos púgiles avanzaron hacia el centro del cuadrilátero y cuando los
segundos saltaron por las cuerdas, llevándose los taburetes plegables, ellos
simularon estrecharse las manos enguantadas e inmediatamente se pusieron en
guardia. Acto seguido, como un mecanismo de acero puesto en marcha por un fino
resorte, Sandel se lanzó al ataque. Asestó a Tom un gancho de izquierda al
entrecejo y un derechazo a las costillas. Luego, entre fintas y sin cesar de
saltar sobre las puntas de los pies, se alejó ligeramente de su contrincante
para volverse a acercar en seguida, ágil y agresivo. Era un boxeador rápido e
inteligente, que había iniciado la pelea con una espectacular exhibición. El
público vociferaba entusiasmado. Pero King no se dejó impresionar. Había librado
demasiados encuentros y había visto a demasiados jóvenes. Supo apreciar el
verdadero valor de aquellos golpes: eran demasiado rápidos y hábiles para ser
peligrosos. Evidentemente, Sandel trataba de forzar el curso del combate desde
el comienzo. No le sorprendió. Esto era muy propio de la juventud, inclinada a
malgastar sus espléndidas facultades en furiosos ataques y locas acometidas,
alentada por un ilimitado deseo de gloria que redoblaba sus fuerzas.
Sandel atacaba, retrocedía, estaba aquí y allá, en todas partes. Con pies
ligeros y corazón vehemente, deslumbrante con su carne blanca y sus potentes
músculos, tejía un ataque maravilloso, saltando y deslizándose como una ardilla,
eslabonando mil movimientos ofensivos, todos ellos encaminados a la destrucción
de Tom King, del hombre que se alzaba entre él y la fortuna. Y Tom King
soportaba pacientemente el chaparrón. Conocía su oficio y sabía cómo era la
juventud, ahora que la había perdido. Se dijo que tenía que esperar a que su
oponente fuese perdiendo fogosidad, y sonrió para sus adentros mientras se
agachaba para parar un fuerte directo con la base del cráneo. Era una argucia
innoble, pero correcta, según el reglamento del pugilismo. El boxeador tenía que
velar por sus nudillos y, si se empeñaba en golpear a su adversario en la
cabeza, allá él. King podía haberse agachado más para que el golpe no lo
alcanzara, pero se acordó de sus primeros encuentros y de cómo se partió por
primera vez un nudillo contra la cabeza del «Terror de Gales». Aun ajustándose a
las reglas del juego, al agacharse había atentado contra los nudillos de Sandel.
De momento, éste no lo notaría. Seguro de sí mismo e indiferente, seguiría
propinando golpes con la misma fuerza durante todo el combate. Pero, andando el
tiempo, cuando en su historial tuviera muchos encuentros, el nudillo lesionado
se resentiría, y entonces él, volviendo la vista atrás, recordaría el potente
golpe asestado a la cabeza de Tom King.
El primer asalto lo ganó Sandel por puntos. El joven boxeador mantuvo a la
sala en vilo con sus fulminantes arremetidas. Lanzó sobre King un verdadero
diluvio de golpes, y King no devolvió ni uno solo: se limitó a cubrirse,
mantener una guardia cerrada, esquivar y llegar a veces al cuerpo a cuerpo para
eludir el castigo. De vez en cuando hacía alguna finta, movía la cabeza cuando
encajaba un directo, e iba evolucionando imperturbable por el ring, sin saltar
ni bailar para no malgastar ni un átomo de energías. Debía dejar que Sandel
desahogara el ardor de su juventud y sólo entonces replicarle, pues no debía
olvidar sus cuarenta años.
Los movimientos de King eran lentos y metódicos. Sus ojos, casi inmóviles
bajo los gruesos párpados, le daban el aspecto de un hombre adormilado y
aturdido. Sin embargo, no se le escapaba ningún detalle: su experiencia de más
de veinte años le permitía verlo todo.
Sus ojos no pestañeaban ni se desviaban al recibir un golpe, porque así
podían ver y medir mejor las distancias.
Cuando, al terminar el asalto, fue a sentarse en su rincón para descansar, se
recostó con las piernas extendidas y apoyó los brazos en el ángulo recto que
formaban las cuerdas. Entonces su pecho y su abdomen empezaron a subir y a bajar
en profundas aspiraciones, mientras le acariciaban el rostro el aire de las
toallas con que le abanicaban sus segundos.
Con los ojos cerrados, Tom King escuchaba el clamoreo del público.
-¿Por qué no luchas, Tom? -le gritaron- ¿Es que tienes miedo?
-Le pesan los músculos -oyó que comentaba un espectador de primera fila-. No
puede moverse con más rapidez. ¡Dos libras contra una a favor de Sandel!
Sonó el gong y los dos púgiles abandonaron sus rincones. Sandel recorrió tres
cuartas partes del cuadrilátero, ansioso de reanudar la contienda. King apenas
se apartó de su rincón. Esto formaba parte de su plan de ahorro de fuerzas. No
había podido entrenarse como era debido, no había comido lo suficiente, y el
menor movimiento innecesario tenía su importancia. Además, había que tener en
cuenta que había recorrido a pie más de tres kilómetros antes de subir al ring.
Aquel asalto fue una repetición del primero: Sandel atacaba en tromba y el
público, indignado, abucheaba a King al ver que no combatía. Aparte algunas
fintas y varios golpes lentos e ineficaces, se limitaba a mantener una guardia
cerrada, parar golpes y agarrarse al adversario. Sandel deseaba acelerar el
ritmo del combate, y King, hombre de experiencia, se negaba a secundarlo. En su
rostro deformado por los golpes había una melancólica sonrisa, y Tom seguía
economizando fuerzas celosamente, como sólo puede hacerlo un boxeador maduro.
Sandel era joven y derrochaba sus energías con la prodigalidad propia de su
juventud. El generalato del ring correspondía a Tom, y suya era también la
sabiduría cosechada a costa de largos y dolorosos combates. Observaba a su
adversario con mirada fría y ánimo sereno, moviéndose lentamente, en espera de
que se agotara el ardor de Sandel. Para la mayoría de espectadores, aquello era
buena prueba de que King era incapaz de medirse con su joven adversario, opinión
que expresaban en voz alta, apostando a razón de tres a uno a favor de Sandel.
Pero aún quedaban algunos espectadores prudentes que conocían a King desde hacía
años y aceptaban estas ofertas, con grandes esperanzas de ganar.
El tercer asalto comenzó como los anteriores. Sandel llevaba la iniciativa y
castigaba duramente a su adversario. Pero, cuando aún no había transcurrido medio
minuto, el joven, excesivamente confiado, se olvidó de cubrirse, y los ojos de King centellearon a la vez que su brazo derecho se lanzaba como un rayo hacia
adelante. Fue su primer golpe de verdad: un gancho reforzado, no sólo por el
hábil movimiento del brazo, sino por el peso de todo el cuerpo. El león
adormecido acababa de lanzar un imprevisto zarpazo. Sandel, tocado en un lado de
la mandíbula, cayó como un buey abatido por el matarife. El público se quedó
pasmado: algunos aplaudieron tímidamente, mientras por toda la sala corrían
murmullos de admiración. ¡Caramba, caramba! King no tenía los músculos tan
embotados como se creía, sino que era capaz de asestar verdaderos mazazos.
Sandel quedó casi inconsciente, hizo girar su cuerpo hasta ponerse de costado
e intentó levantarse, pero, al oír los gritos de sus segundos que le aconsejaban
esperar hasta el último instante, no acabó de ponerse en pie, sino que quedó con
una rodilla en el suelo. El árbitro se inclinó hacia él y empezó a contar los
segundos con voz estentórea junto a su oído. Cuando oyó decir «¡nueve!» Sandel
se levantó con gesto agresivo y Tom King hubo de hacerle frente, mientras se
lamentaba de no haberle dado el golpe un par de centímetros más cerca del
mentón, pues entonces habría conseguido el fuera de combate y vuelto a casa con
treinta libras para su mujer y sus hijos.
El asalto continuó hasta que se cumplieron los tres minutos reglamentarios.
Sandel empezó a mirar con respeto a su oponente. Por su parte, King seguía
moviéndose con lentitud y su mirada aparecía tan soñolienta como antes. Cuando
el asalto estaba a punto de terminar, King se dio cuenta de ello al ver a los
segundos agazapados junto al cuadrilátero. Estaban preparados para subir,
pasando entre las cuerdas. Entonces llevó el combate hacia su rincón, y, cuando
sonó el gong, pudo sentarse inmediatamente en el taburete que ya tenían
preparado. En cambio, Sandel tuvo que cruzar de ángulo a ángulo todo el ring
para llegar a su sitio. Esto era una pequeñez, pero muchas pequeñeces juntas
pueden formar algo importante. Al verse obligado a dar aquellos pasos de más,
Sandel perdió no sólo cierta cantidad de energía, sino una parte de los
preciosos sesenta segundos de descanso. Al principio de cada asalto King salía
perezosamente de su rincón, con lo que obligaba a su adversario a recorrer una
distancia mayor, y cuando el asalto terminaba, King estaba en su sitio y podía
sentarse inmediatamente.
Transcurrieron otros dos asaltos en los que King economizó sus fuerzas con
toda parsimonia, mientras Sandel derrochaba energías. Los esfuerzos que el joven
púgil hacía por imponer un ritmo más vivo a la lucha resultaron bastante
enojosos para King, que hubo de encajar una parte bastante crecida del diluvio
de golpes que cayó sobre él. Sin embargo, King mantuvo su deliberada lentitud,
sin importarle el griterío de los jóvenes vehementes que querían verle pelear.
En el sexto asalto, Sandel volvió a tener un descuido, y la terrible derecha
de Tom King lanzó un nuevo disparo contra su mandíbula. Otra vez contó el
árbitro hasta nueve.
Al comenzar el séptimo asalto se vio claramente que el ardor de Sandel se había esfumado. El joven boxeador se percataba de que estaba librando
el combate más duro de su carrera. Tom King era un boxeador gastado, pero el de
más calidad que se le había opuesto hasta entonces; un boxeador maduro que no
perdía la cabeza, que se defendía con extraordinaria habilidad, cuyos golpes
eran verdaderos mazazos y que tenía un fuera de combate en cada puño. Pero Tom
King no se atrevía a utilizar estos potentes puños demasiado, pues no se
olvidaba de que tenía los nudillos lesionados y sabía que, para que pudieran
resistir todo el combate, tenía que racionar los golpes prudentemente.
Mientras permanecía sentado en su rincón, mirando a su adversario, pensó que
la unión de su experiencia y de la juventud de Sandel producirían un campeón
mundial. Pero esta mezcla era imposible. Sandel no sería campeón del mundo. Le
faltaba experiencia y ésta sólo podía obtenerse a costa de la juventud. Cuando Sandel tuviera experiencia, advertiría que había gastado su juventud para
adquirirla.
King recurrió a todas las tretas y argucias. No desaprovechaba ocasión de
agarrarse a su adversario y, cada vez que llegaba al cuerpo a cuerpo, clavaba
con fuerza el hombro en las costillas de Sandel. En la teoría pugilística no
había diferencia entre un hombro y un puño si con ambos podía hacerse el mismo
daño, y el hombro aventajaba al puño en lo concerniente a la pérdida de
energías. Asimismo, cuando se agarraban los dos púgiles, King descargaba todo el
peso de su cuerpo sobre su contrincante y se resistía a soltarse. Esto obligaba
al árbitro a intervenir para separarlos, en lo cual hallaba las mayores
facilidades por parte de Sandel, que todavía no había aprendido a descansar de
este modo. El joven no podía dejar de emplear sus magníficos brazos ni su lozana
musculatura. Cuando King se aferraba a él, clavándole el hombro en las costillas
e introduciendo la cabeza bajo su brazo izquierdo, Sandel le golpeaba el rostro
pasando su brazo derecho por detrás de su espalda. Era un castigo espectacular
que provocaba murmullos de admiración en el público, pero sin ninguna eficacia.
Por el contrario, sólo servía para hacer perder energías a Sandel. Éste,
incansable, no se daba cuenta de que todo tiene un límite. King sonreía y no se
apartaba de su prudente táctica.
Sandel asestó un sonoro derechazo al cuerpo de King, que la masa de
espectadores consideró como un rudo castigo, pero los pocos expertos que había
en la sala percibieron el hábil movimiento del guante izquierdo de Tom, que tocó
el bíceps de Sandel en el momento en que éste lanzaba el fuerte derechazo.
Sandel repitió una y otra vez este golpe, consiguiendo que siempre llegara a su
destino, pero nunca con eficacia, debido al ligero contragolpe de King.
En el noveno asalto, y en un solo minuto, Tom alcanzó con tres ganchos de
derecha la mandíbula de Sandel, y las tres veces el corpachón del joven besó la
lona y el árbitro hubo de contar hasta nueve. Sandel quedó aturdido y
ligeramente conmocionado, pero conservaba las energías. Había perdido velocidad
y economizaba sus fuerzas. Tenía el ceño fruncido, pero seguía contando con el
arma más importante del boxeador: la juventud. El arma principal de King era la
experiencia. Cuando empezó el declive de su vitalidad, cuando su vigor empezó a
disminuir, lo reemplazó con la astucia, la sabiduría cosechada en mil combates y
una escrupulosa economía de sus fuerzas. King no era el único que sabía eludir
los movimientos superfluos, pero nadie como él poseía el arte de incitar al
adversario a despilfarrar sus energías.
Una y otra vez, haciendo fintas con los pies, los puños y el cuerpo, siguió
engañando a Sandel: obligándolo a saltar hacia atrás sin motivo, a esquivar
golpes imaginarios, a lanzar inútiles contraataques. King descansaba, pero no
daba descanso a su rival. Era la estrategia de un boxeador maduro.
Al iniciarse el décimo asalto, King detuvo las embestidas de Sandel con
directos de izquierda a la cara, y Sandel, que ahora procedía con cautela,
respondió esgrimiendo su izquierda, para bajarla en seguida, mientras lanzaba un
gancho de derecha a la cara de Tom King. El golpe fue demasiado alto para
resultar decisivo, pero King notó que ese negro velo de inconsciencia tan
conocido por los boxeadores se extendía sobre su mente. Durante una fracción
casi inapreciable de tiempo, Tom dejó de luchar. Momentáneamente, desaparecieron
de su vista su adversario y el telón de fondo formado por las caras blancas y
expectantes del público..., pero sólo momentáneamente. Le pareció que abría los
ojos tras un sueño fugaz. El intervalo de inconsciencia fue tan breve, que no
tuvo tiempo de caer. El público sólo lo vio vacilar y doblar las rodillas.
Inmediatamente, Tom King se recuperó y ocultó más su barbilla en el refugio que
le ofrecía su hombro izquierdo.
Sandel repitió varias veces este golpe, aturdiendo parcialmente a King. Pero
el experto boxeador consiguió elaborar su defensa, que fue también una forma de
contraatacar. Retrocediendo ligeramente sin dejar de hacer fintas con el brazo
izquierdo, lanzó a Sandel un uppercut con toda la potencia de su puño derecho.
Lo calculó con tanta precisión, que consiguió alcanzar de pleno la cara de
Sandel cuando éste se agachaba haciendo un regate. El joven, levantado en vilo,
cayó hacia atrás y fue a dar en la lona con la cabeza y la espalda. King repitió
este golpe dos veces. Después dio rienda suelta a su acometividad y acorraló a
su adversario contra las cuerdas, lanzando sobre él una lluvia de golpes. Sus
puños funcionaron sin cesar hasta que el público, puesto en pie, le tributó una
estruendosa salva de aplausos. Pero Sandel poseía una energía y una resistencia
inagotables, y se mantenía en pie. Se mascaba el knock-out. Un capitán de
policía, impresionado por el terrible castigo que recibía Sandel, se acercó al
cuadrilátero para suspender el combate, pero en este preciso instante sonó el
gong, señalando el fin del asalto, y Sandel regresó tambaleándose a su rincón,
donde aseguró al capitán que estaba bien y conservaba las fuerzas. Para
demostrarlo, dio un par de saltos, y el policía, convencido, volvió a sentarse.
Tom King, mientras descansaba en su rincón, jadeante, se decía, contrariado,
que si el combate se hubiera suspendido, el árbitro se habría visto obligado a
declararlo vencedor y la bolsa hubiera ido a parar a sus manos. A diferencia de
Sandel, él no luchaba por la gloria ni para abrirse paso, sino para ganar
treinta libras esterlinas. En aquel minuto de descanso, Sandel se recuperaría.
La juventud será servida... Esta frase cruzó como un relámpago por el cerebro
de King. Se acordó también de la ocasión en que la oyó: fue la noche en que dejó
fuera de combate a Stowsher Bill. El señorito que la había pronunciado tenía
razón. Aquella noche, tan lejana ya, él encarnaba a la juventud. «Pero esta
noche -se dijo- la juventud se sienta en el rincón de enfrente.» Ya llevaba
media hora de pelea y los años le pesaban. Si hubiese luchado como Sandel, no
hubiera resistido ni quince minutos. Lo peor era que no se recuperaba. Sus venas
hinchadas y su corazón fatigado no le permitían recobrar las perdidas fuerzas en
los descansos entre asalto y asalto. Las energías le faltarían ya desde el
comienzo de los asaltos. Notaba las piernas pesadas y empezaba a sentir
calambres. No debió haber hecho a pie aquellos tres kilómetros que mediaban
desde su casa a la sala de deportes. Y para colmo de desdichas, aquel bistec que
no se había podido comer aquella mañana y que tanto había deseado. Se despertó
en él un odio terrible contra los carniceros que se habían negado a fiarle. Un
hombre de sus años no podía boxear sin haber comido lo suficiente. ¿Qué era, al
fin y al cabo, un bistec? Una insignificancia que valía unos cuantos peniques.
Sin embargo, para él significaba treinta libras esterlinas.
Cuando el gong señaló el comienzo del undécimo asalto, Sandel se levantó
impetuosamente, aparentando una gallardía que estaba muy lejos de poseer. King
supo apreciar el justo valor de semejante actitud: se trataba de un farol tan
antiguo como el mismo boxeo. Para no gastar fuerzas en balde, Tom se abrazó a su
adversario. Luego, cuando lo soltó, permitió que el joven se pusiera en guardia.
Esto era lo que King esperaba. Hizo una finta con la izquierda, consiguió que su
contrincante se agachara para rehuirla, y al mismo tiempo le lanzó un
gancho de derecha. Seguidamente King, retrocediendo un poco, asestó a Sandel
un uppercut que lo alcanzó en plena cara y lo derribó. Después no le dio punto
de reposo. Encajó mucho, pero pegó mucho más. Acorraló a Sandel contra las
cuerdas mediante una serie de ganchos y con toda clase de golpes. Después de
desprenderse de sus brazos, le impidió que lo volviera a abrazar, propinándole
un directo cada vez que lo intentaba. Y cuando Sandel iba a caer, lo sostenía
con una mano y lo golpeaba inmediatamente con la otra para arrojarlo contra las
cuerdas, donde no le era posible desplomarse.
El público parecía haber enloquecido. Todos los espectadores, puestos en pie,
lo animaban con sus gritos.
-¡Duro con él, Tom! ¡Ya es tuyo! ¡Lo tienes en el bolsillo!
Querían que el combate terminara con una lluvia de golpes irresistibles. Esto
era lo que deseaban ver; para esto pagaban.
Y Tom King, que durante media hora había economizado sus fuerzas, las
derrochó a manos llenas en lo que debía ser el esfuerzo final, un esfuerzo que
no podría repetir. Era su única oportunidad. ¡Ahora o nunca! Las fuerzas lo
abandonaban rápidamente, y todas sus esperanzas se cifraban en que, antes de que
lo abandonasen del todo, habría conseguido que su adversario permaneciera
tendido en la lona durante diez segundos. Y mientras seguía pegando y atacando,
calculando fríamente la fuerza de sus golpes y el daño que causaban, comprendió
lo difícil que era dejar a Sandel fuera de combate. La resistencia de aquel
hombre, realmente extraordinaria, era la resistencia virgen de la juventud.
Desde luego, Sandel tenía ante sí un futuro lleno de promesas. Él también lo
tuvo. Todos los buenos boxeadores poseían el temple que demostraba Sandel.
Sandel retrocedía dando traspiés, perseguido por King, que empezaba a sentir
calambres en las piernas y cuyos nudillos comenzaban a resentirse. Sin embargo,
siguió asestando sus terribles golpes, sin detenerse ante el dolor que cada uno
de ellos producía en sus manos, en sus pobres manos, viejas y torturadas. Aunque
en aquellos momentos no recibía ninguna réplica de su adversario, King se
debilitaba a toda prisa, de modo que pronto su estado igualaría el de Sandel. No
fallaba un solo golpe, pero éstos ya no poseían la potencia de antes y cada uno
de ellos suponía para Tom un esfuerzo extraordinario. Sus piernas parecían de
plomo y se arrastraban visiblemente por el ring. Los partidarios de Sandel lo
advirtieron y empezaron a dirigir gritos de aliento al joven boxeador.
Esto decidió a King a realizar un postrer esfuerzo y asestó dos golpes casi
simultáneos: uno con la izquierda, dirigido al plexo solar y que resultó un poco
alto, y otro con la derecha a la mandíbula. Estos golpes no fueron demasiado
fuertes, pero Sandel estaba ya tan conmocionado, que cayó en la lona, donde
quedó debatiéndose. El árbitro se inclinó sobre él y empezó a contarle al oído
los segundos fatales. Si antes del décimo no se levantaba, habría perdido el
combate. En la sala reinaba un silencio de muerte. King apenas se mantenía en
pie sobre sus piernas temblorosas. Se había apoderado de él un mortal
aturdimiento y, ante sus ojos, el mar de caras se movía y se balanceaba mientras
a sus oídos llegaba, al parecer desde una distancia remotísima, la voz del
árbitro que contaba los segundos. Pero consideraba el combate suyo. Era
imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse.
Solamente la juventud se podía levantar... Y Sandel se
levantó. Al cuarto segundo, dio media vuelta, quedando de bruces, y buscó a
tientas las cuerdas. Al séptimo segundo ya había conseguido incorporarse hasta
quedar sobre una rodilla, y descansó un momento en esta postura, mientras su
aturdida cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Cuando el árbitro gritó
«¡nueve!» Sandel se levantó del
todo, adoptando la adecuada posición de guardia, cubriéndose la cara con el
brazo izquierdo y el estómago con el derecho. Así defendía sus puntos vitales,
mientras avanzaba agachado hacia King, con la esperanza de agarrarse a él para
ganar más tiempo.
Tan pronto como Sandel se levantó, King se le echó encima, pero los dos
golpes que le envió tropezaron con los brazos protectores. Acto seguido, Sandel
se aferró a él desesperadamente, mientras el árbitro se esforzaba por separarlo,
ayudado por King. Éste sabía con cuánta rapidez se recobraba la juventud y, al
mismo tiempo, estaba seguro de que Sandel sería suyo si podía evitar que se
repusiera. Un enérgico directo lo liquidaría. Tenía a Sandel en su poder, no
cabía duda. Él había llevado la iniciativa del combate, había demostrado mayor
experiencia que su contrincante, le llevaba ventaja de puntos. Sandel se
desprendió del cuerpo de King, tambaleándose, vacilando entre la derrota y la
supervivencia. Un buen golpe lo derribaría definitivamente, y, ante esta idea,
Tom King, presa de súbita amargura, se acordó del bistec. ¡Ah, si lo hubiera
tenido y contara con su fuerza para el golpe que iba a asestar! Concentró sus
últimas energías en el golpe decisivo, pero éste no fue bastante fuerte ni
bastante rápido. Sandel se tambaleó, pero no llegó a caer. Con paso vacilante,
retrocedió hacia las cuerdas y se aferró a ellas. King, también tambaleándose,
lo siguió y, experimentando un dolor indescriptible, le asestó un nuevo golpe.
Pero las fuerzas lo habían abandonado. Únicamente le quedaba su inteligencia de
luchador, turbia, oscurecida por el cansancio. Había dirigido el puño a la
mandíbula, pero tropezó en el hombro. Su intención había sido darlo más alto,
pero sus cansados músculos no lo obedecieron. Y, por efecto del impacto, el
propio Tom King retrocedió, dando traspiés. Poco faltó para que cayera. De nuevo
lo intentó. Esta vez su directo ni siquiera alcanzó a Sandel. Era tal su
debilidad que cayó sobre el joven y se abrazó a su cuerpo, para no desplomarse
definitivamente a sus pies.
King ya no hizo nada por separarse. Había puesto toda la carne en el asador:
ya no podía hacer más. La juventud se había impuesto. Incluso en aquel abrazo
notaba cómo Sandel iba recuperando sus fuerzas. Cuando el árbitro los separó,
King vio claramente cómo se recobraba su joven adversario. Segundo a segundo,
Sandel se iba mostrando más fuerte. Sus directos, débiles y vacilantes al
principio, cobraron dureza y precisión. Los ofuscados ojos de Tom King vieron el
guante que se acercaba a su mandíbula y se propuso protegerla alzando el brazo.
Vio el peligro, deseó parar el golpe, pero el brazo le pesaba demasiado y no
pudo: le pareció que tenía que levantar un quintal de plomo. El brazo no quería
levantarse y él deseó con toda su alma levantarlo. El guante de Sandel ya le
había llegado a la cara. Oyó un agudo chasquido semejante al de un chispazo
eléctrico y el negro velo de la inconsciencia envolvió su mente.
Cuando abrió de nuevo los ojos, se encontró sentado en su rincón y oyó el
clamoreo del público, semejante al rumor del oleaje de la playa de Bondi.
Alguien le oprimía una esponja empapada contra la base del cráneo, y Sid
Sullivan le rociaba la cara y el pecho con agua fría. Le habían quitado ya los
guantes y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No sintió rencor
alguno hacia el hombre que lo había dejado fuera de combate, y le devolvió el
apretón de manos tan cordialmente que sus nudillos se resintieron. Luego Sandel
se dirigió al centro del cuadrilátero y el griterío del público se acalló para
oírle decir que aceptaba el desafío de Young Pronto, y que proponía aumentar la
apuesta a cien libras. King lo contemplaba, indiferente, mientras sus segundos
secaban el agua que corría a raudales por su cuerpo, le pasaban una esponja por
la cara y lo preparaban para abandonar el cuadrilátero. King sentía hambre; no
era aquélla la sensación de hambre ordinaria, sino una gran debilidad, una serie
de palpitaciones en la boca del estómago que repercutían en todo su cuerpo. Se
acordó del momento en que había tenido ante él a Sandel tambaleándose, al borde
del knock-out. ¡Ah, si hubiese tenido aquel bistec en el cuerpo! Entonces nada
habría salvado a Sandel. Le había faltado sólo esto para asestar el golpe
decisivo con eficacia. Había perdido por culpa de aquel bistec.
Sus segundos trataron de ayudarlo a pasar entre las cuerdas, pero él los
apartó, se agachó y saltó solo al piso de la sala. Precedido por sus cuidadores,
avanzó por el pasillo central abarrotado de público. Poco después, cuando salió
de los vestuarios y se dirigió a la calle, se encontró con un muchacho que le
dijo:
-¿Por qué no le pegaste de firme cuando lo tenías
atontado?
-¡Vete al diablo!
-le respondió Tom King mientras bajaba los escalones del portal.
Las puertas de la taberna de la esquina estaban abiertas de par en par. Tom
King vio las luces cegadoras del local y las sonrientes camareras, y, entre el
alegre tintineo de las monedas que saltaban en el mármol del mostrador, oyó
diversas voces que comentaban el combate. Alguien lo llamó para invitarlo a una
copa, pero él rechazó la invitación y siguió su camino.
No llevaba un céntimo encima. Los tres kilómetros que lo separaban de su casa
le parecieron muy largos. Era evidente que envejecía. Cuando cruzaba el Dominio,
se dejó caer de pronto en un banco. La idea de que su mujer estaría esperándolo,
ansiosa de saber cómo había terminado el encuentro, lo sumió en una angustiosa
desesperación. Esto era peor que un knock-out: no se sentía con fuerzas para
mirarla a la cara.
Estaba desfallecido y amargado. El vivo dolor que sentía en los nudillos le
hizo comprender que, aunque encontrase trabajo como peón de albañil, tardaría lo
menos una semana en poder empuñar la pala o el pico. Las palpitaciones que le
producía el hambre en la boca del estómago le hacían sentir náuseas. Una
profunda desolación se apoderó de él y notó que sus ojos se llenaban de lágrimas
incontenibles. Se cubrió la cara con las manos y lloró. Y mientras lloraba se
acordó de la paliza que propinó a Stowsher Bill una noche ya lejana. ¡Pobre
Stowsher Bill! Ahora comprendía por qué lloró aquella noche en los vestuarios.
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