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Gracias a mi amistad con un periodista que tenía un par de entradas gratis
pude ir a ver, hace dos noches, el espectáculo que daban en una de las salas
populares de vaudeville.
Uno de los números era un solo de violín que tocaba un hombre de aspecto
impresionante y poco más de cuarenta años, aunque peinaba ya muchas canas en su
espesa cabellera. Como no soy particularmente sensible a la música, dejé que el
sistema de ruidos pasase de largo por mis oídos mientras me dedicaba a
contemplar al hombre.
-Hace uno o dos meses hubo una historia protagonizada por ese tipo -dijo el
periodista-. Me encargaron a mí la crónica. Tenía que escribir una columna y
había de ser en un tono extremadamente ligero y divertido. Al viejo parece
gustarle el toque jocoso con el que trato los sucesos locales. Sí, ahora estoy
trabajando en una farsa. Bueno, pues entonces fui a ver al hombre a la sala y
tomé nota de todos los detalles; pero lo cierto es que fracasé en aquel empeño.
Me eché para atrás y opté por hacer una crónica sobre un funeral en el East Side.
¿Que por qué? No sé, en cierto modo me sentí incapaz de hincarle el diente a
aquel asunto por el lado divertido. Quizá tú pudieras hacer una tragedia de un
acto, en plan entremés, con aquella historia. Voy a contártela en detalle.
Después del concierto, mi amigo el reportero me relató los hechos en el
Würzburger.
-No veo la razón -dije, cuando hubo terminado- para que no pueda hacerse con
eso una historia divertida realmente estupenda. Esas tres personas no podrían
haber actuado de forma más absurda y ridícula si hubiesen sido auténticos
actores de teatro. Me temo que el escenario es todo un mundo, en cierto modo, y
todos los actores simples hombres y mujeres. «El teatro es la vida», así es como
yo cito al señor Shakespeare.
-Inténtalo -dijo el periodista.
-Lo haré -le contesté.
Y así lo hice, para demostrarle cómo podría haber transformado aquella
narración en una columna humorística para su periódico.
Había una vez una casa cerca de Abingdon Square. En el piso bajo hay una
tienda pequeña de juguetes, artículos de regalo y objetos de escritorio desde
hace veinticinco años.
Una noche, hace veinte años, se celebró una boda en las habitaciones de
encima de la tienda. La viuda Mayo era la dueña de la tienda y de la casa. Su
hija, Helen, se casaba con Frank Barry. John Delaney era el padrino. Helen tenía
dieciocho años, y su retrato había aparecido en un periódico de la mañana junto
a unos titulares que decían: «Asesina de mujeres al por mayor», una historia
escrita por Butte, Mont. Pero cuando tanto los ojos como la inteligencia habían
rechazado la conexión, uno cogía la lupa y leía bajo el retrato de la muchacha
un pie de foto que la describía como una de las Bellezas Destacadas del oeste
del bajo Manhattan.
Frank Barry y John Delaney eran «destacados» galanes de ese mismo barrio, y
amigos íntimos de quienes el espectador siempre estaría dispuesto a esperar que
se lanzasen uno contra otro nada más levantarse el telón. Quien paga dinero por
una butaca en un concierto o espectáculo es esa precisamente lo que espera. Esta
es la primera idea divertida que ha surgido ya en la narración. Ambos habían
librado una reñida carrera por conseguir la mano de Helen. Cuando Frank la ganó,
John le dio la mano y la enhorabuena; sí, así lo hizo.
Después de la ceremonia, Helen corrió al piso de arriba a ponerse el
sombrero. Se había casado con traje de viaje. Ella y Frank iban a pasar una
semana en Old Point Comfort. En el piso de abajo las habituales hordas de
cavernícolas balbucientes esperaban con las manos llenas de viejas polainas del
Congreso y bolsas de papel repletas de gachas de avena.
De repente se oyó un crujido en la escalerilla de incendios, y el loco
enamorado John Delaney saltó dentro de la habitación de la muchacha con un rizo
empapado goteándole sobre la frente. Y le hizo violentas y censurables
proposiciones a su perdido amor, incitándola a huir con él a la Riviera, o al
Bronx, o a cualquier viejo lugar donde hubiera cielos italianos y dolce far
niente.
El rechazo de Helen debía de haber conducido a Delaney al punto más febril de
su locura de amor. Con ojos iracundos y despectivos lo fulminó sin esfuerzo,
preguntándole qué pretendía conseguir hablando a la gente de aquel modo.
En pocos minutos acabó con él. La hombría que lo había poseído lo abandonó.
Agachó la cabeza y farfulló algo acerca de «impulso irreprimible» y «llevar tu
recuerdo siempre en la memoria». Ella le sugirió al instante que tomase la
primera escalerilla de incendios de bajada que encontrase.
-Me marcharé -anunció John Delaney- al lugar más remoto del mundo. No puedo
permanecer junto a ti sabiendo que perteneces a otro. Me iré a África, y allí,
en otro escenario, lucharé por...
-Por lo que más quieras, vete ya -dijo Helen-. Puede llegar alguien.
El muchacho hizo una genuflexión y ella le alargó una blanca mano para que la
besase como despedida. Muchachas, ¿han recibido alguna vez del pequeño gran
dios Cupido tan azaroso favor: tener firme y seguro en sus manos, de modo
irrevocable, al hombre amado, y recibir la visita de aquel al que no aman, el
cual, con un rizo empapado sobre la frente se arrodilla ante ustedes y balbucea
frases sobre África y el amor que, por encima de todo, permanecerá siempre en su
corazón como una flor de amaranta? Conocedoras del poder de ustedes y con la dulce
seguridad de su feliz estado, envían al desdichado, al corazón roto, a
climas extranjeros, mientras se felicitan a sí mismas, al tiempo que él
deposita su último beso sobre sus nudillos, por tener en ese momento una
buena manicura en las manos.:. Óiganme bien, muchachas, es una situación
bochornosa, no dejen jamás que les suceda algo semejante.
Y en aquel instante, por supuesto, ¿cómo lo han adivinado?, la puerta se
abrió y dio paso al enfurecido novio que había empezado a sentirse celoso de la
lentitud de su flamante esposa en atarse los lazos del sombrero.
El beso del adiós quedó impreso sobre la mano de Helen, y por la ventana
salió disparado John Delaney, rumbo a África.
Un poco de música lenta, si les parece, un desmayado toque de violín, un mero
suspiro del clarinete y un acorde de violonchelo. Imaginen la escena. Frank,
rojo de ira, lanza el grito de un hombre herido de muerte. Helen se arroja en
sus brazos y lo agarra, tratando de darle una explicación. Él la coge por las
muñecas y se las arranca de los hombros; una, dos, hasta tres veces la rechaza
de ese modo y luego -el director de escena les mostrará cómo- la arroja lejos de
sí tirándola al suelo, convertida en un guiñapo estrujado y gimiente. Jamás,
exclama, jamás volverá a mirarla a la cara, y luego se aleja de la casa entre
los atónitos grupos de invitados.
Y ahora, ya que se trata de la vida y no del teatro, la audiencia ha de salir
en el descanso al vestíbulo real del mundo y casarse, o morir, encanecer,
enriquecerse, empobrecerse, o sentirse feliz o desdichada durante un intermedio
de veinte años que han de preceder al levantamiento del telón para el segundo
acto.
La señora Barry heredó la tienda y la casa. A los treinta y ocho años podría
haber desbancado a muchas jovencitas de dieciocho en un concurso de belleza por
puntos y resultado general. Sólo unos pocos se acordaban de la comedia de su
boda, pero no hizo de ello ningún secreto. No envolvió aquel recuerdo en hojas
de lavanda o naftalina, ni tampoco se lo vendió a una revista.
Un día, un abogado de mediana edad y buena posición económica, que compraba
en su tienda el sello legal y los tampones1, le pidió, a través del mostrador,
que se casase con él.
-No sabe cuánto se lo agradezco -respondió Helen afectuosamente-, pero me
casé con otro hombre hace veinte años. Era más un ganso que un hombre, pero me
temo que todavía lo amo. No he vuelto a verlo nunca más desde media hora después
de la ceremonia. ¿Eran tampones lo que ha pedido o tinta para la pluma?
El abogado le hizo una reverencia tras el mostrador con anticuada gracia y
depositó un respetuoso beso sobre el dorso de su mano. Helen suspiró. Los
saludos de despedida, aunque sean románticos, pueden resultar fatigosos. Allí
estaba ella a sus treinta y ocho años, hermosa y admirada, y todo lo que parecía
haber recibido de sus enamorados eran adioses y reproches. Peor aún, en el
último había perdido además a un cliente.
El negocio empezó a flojear, y colgó un cartel de «Se alquilan habitaciones».
Dos amplias estancias en el tercer piso fueron dispuestas para recibir a
inquilinos deseables. Y los inquilinos llegaban y se marchaban con gran pena,
porque la casa de la señora Barry era la morada de la pulcritud, la comodidad y
el buen gusto.
Un buen día llegó Ramonti, el violinista, y alquiló la habitación de delante.
La estridencia y el estruendo de la parte alta de la ciudad ofendían sus
delicados oídos; así que un amigo lo había enviado a aquel oasis en el desierto
del ruido.
Ramonti, con su rostro joven todavía, sus oscuras cejas, su barba castaña
recortada, puntiaguda y extranjera, su distinguida cabeza canosa y su
temperamento de artista -que se revelaba en sus maneras delicadas, alegres y
cordiales- fue un inquilino bien recibido en la vieja casa cercana a Abingdon
Square.
Helen vivía en el piso de encima de la tienda. Su arquitectura era rebuscada
y singular. El vestíbulo era amplio y casi cuadrado. Por una de sus paredes
trepaba en diagonal, de esquina a esquina, una escalera descubierta que conducía
al piso de arriba. Aquel espacioso vestíbulo lo había decorado Helen como cuarto
de estar y oficina combinados. Allí tenía su despacho y escribía las cartas de
negocios; y allí se sentaba durante las noches junto a un cálido fuego y una
lámpara de buena luz y se ponía a coser o a leer un libro. Ramonti encontraba
tan agradable aquel ambiente que pasaba gran parte del tiempo allí,
describiéndole a la señora Barry las maravillas de París, donde había estudiado
con un violinista particularmente notorio y ruidoso.
Después llegó el inquilino número dos, un hombre guapo y melancólico de
cuarenta y pocos años, con una barba castaña y misteriosa, y ojos extrañamente
obsesionantes. También él consideraba la sociedad de Helen como algo muy
apetecible. Con los ojos de Romeo y la lengua de Otelo, la encantaba con relatos
de remotos climas y la pretendía mediante respetuosas insinuaciones.
Helen sintió por este hombre, desde el principio, una maravillosa e impulsiva
emoción. Su voz la trasladaba de algún modo a los pasados días de su romance
juvenil. Este sentimiento fue creciendo, y ella lo dejó crecer, y acabó
conduciéndola a una instintiva creencia de que él había formado parte de aquel
remoto romance. Y entonces, con un razonamiento muy femenino, saltó por encima de la lógica y las teorías y silogismos
comunes, y tuvo la certeza de que su marido había vuelto a ella. Porque en sus
ojos leía amor, algo que una mujer no confunde jamás, y un millar de tonos de
arrepentimiento y mala conciencia, los cuales despertaron su piedad, tan
peligrosamente cercana al amor correspondido, que es la condición sine qua non
en la casa que construyó Jack.
Pero no se dio por enterada. Un marido que se larga sin dejar rastro durante
veinte años y luego vuelve a aparecer no puede esperar encontrarse con las
zapatillas preparadas ni con una cerilla dispuesta a encender su cigarro. Ha de
haber expiación, explicaciones y posiblemente también execración. Un poco de
purgatorio, y luego, tal vez, si fuese realmente humilde, podría llegar a ser
reconocido y admitido de nuevo con un arpa y una corona. Así que no dio la menor
muestra de saber o sospechar nada.
¡Y mi amigo, el periodista, no veía en esto nada divertido! Le habían
encargado que escribiese una historia trepidante, burlona, cómica y brillante
de..., pero no voy a meterme con un colega, sigamos con la historia.
Una tarde, Ramonti se quedó en la salita-oficina de Helen y le habló de su
amor por ella con la ternura y el ardor de un artista arrebatado. Sus palabras
eran una llama fulgurante del fuego divino que brota del corazón de un hombre
soñador y hombre de acción al mismo tiempo.
-Pero antes de que me dé una respuesta -prosiguió, sin dar tiempo a que ella
pudiese acusarle de precipitación- he de decirle que Ramonti es el único nombre
que puedo ofrecerle. Es el que me dio mi jefe. No sé ni quién soy ni de dónde
vengo. Mi primer recuerdo es el de haber despertado en un hospital. Yo era joven
y había permanecido allí durante varias semanas. Mi vida anterior es un espacio
en blanco en mi memoria. Me dijeron que fui encontrado en la calle con una
herida en la cabeza y que me condujeron hasta allí en una ambulancia. Pensaron
que debí caer y romperme la cabeza contra los adoquines. No había señal alguna
para atestiguar mi identidad. Y jamás he sido capaz de recordarlo. Cuando me
dieron de alta, empecé con el violín. He tenido un gran éxito. Señora Barry,
es el único nombre que conozco de usted, la quiero; la primera vez que la vi me
di cuenta de que era usted la única mujer en el mundo para mí..., y...
Bueno, la retahíla prosiguió más o menos con el mismo tono.
Helen se sintió rejuvenecer. Primero la embargaron una oleada de placer y un
dulce estremecimiento de vanidad, luego miró a Ramonti a los ojos, y un
vertiginoso latido sacudió su corazón. No se había esperado aquella conmoción.
Le cogió de sorpresa. El músico se había convertido en parte muy importante de
su vida y no se había percatado hasta entonces.
-Señor Ramonti -dijo con pena (esto no sucedía en el escenario, no lo
olviden, sino en la vieja casa cerca de Abingdon Square)-. Lo siento en el
alma, pero soy una mujer casada.
Y entonces le contó la triste historia de su vida, como ha de hacer una
heroína, más tarde o más temprano, bien sea dirigiéndose a un empresario de
teatro o a un periodista.
Ramonti le cogió la mano, se inclinó y se la besó, y luego subió a su
habitación.
Helen se sentó y se miró la mano con desolación. Bien podía. Tres
pretendientes la habían besado, montado en sus briosos corceles y huido a
galope.
Al cabo de una hora apareció el misterioso forastero de los ojos
obsesionantes. Helen estaba sentada en la mecedora china, tejiendo una prenda
inútil en lana de algodón. Apareció rebotando por las escaleras y se detuvo a
charlar con ella. Sentado frente a ella al otro lado de la mesa, también él
soltó la narración de sus amores. Y luego dijo:
-¿No te acuerdas de mí, Helen? Me parecía haberlo visto en tus ojos. ¿Podrás
perdonar el pasado y recordar este amor que ha durado veinte años? Me equivoqué
contigo por completo, y tenía miedo de volver, pero mi amor ha sido más fuerte
que la razón. ¿Podrás perdonarme? ¿Vas a perdonarme?
Helen se puso de pie. El misterioso forastero le cogió una mano con un
apretón fuerte y tembloroso.
Y allí se quedó ella, inmóvil, y lástima me da el escenario que no represente
una escena como aquélla ni retrate emociones como las suyas.
Porque su corazón estaba dividido. El amor fresco, inolvidable y virginal
hacia su novio le pertenecía; pero también la otra mitad más plana, más
reciente. Y así el pasado entabló lucha con el presente.
Y mientras se debatía en la duda, llegó de la habitación de arriba una música
de violín suave, desgarradora y suplicante. La bruja música es capaz de hechizar
a las almas más nobles. Los cuervos pueden picotear la manga sin infligir daño,
pero a aquel que lleve el corazón en el tímpano no le será difícil sentirlo
atenazando su garganta.
La música y el músico la reclamaban, pero el honor y el viejo amor tiraban de
ella en dirección opuesta.
-Perdóname -suplico él.
-Veinte años son muchos para mantenerse alejado de alguien a quien se dice
amar -declaró con un cierto tono de expurgación.
-¿Cómo te lo podría explicar? -dijo él, suplicante-. No te ocultaré nada.
Aquella noche, cuando él se marchó, yo lo seguí. Estaba loco de celos. En una
calle oscura lo golpeé hasta derribarlo. No se levantó. Lo examiné, y su cabeza
se había golpeado contra una piedra. No pretendía matarlo. Estaba loco de amor y
celos. Me escondí por allí cerca y vi cómo se lo llevaba una ambulancia. Helen,
aunque te casaras con él...
-¿Quién eres tú? -exclamó la mujer, con los ojos como platos, retirando la
mano bruscamente.
-¿No me recuerdas, Helen? ¿No te acuerdas del que siempre te quiso más que
nadie? Soy John Delaney. Si me puedes perdonar...
Pero ella ya había desaparecido, saltando, tropezando, corriendo, volando
escaleras arriba hacia la música y hacia aquel que nada recordaba, pero que la
había tenido por suya en cada una de sus dos existencias. Y mientras subía la
escalera, iba sollozando y cantando:
-¡Frank! ¡Frank! ¡Frank!
Y así fue como tres mortales hicieron malabarismos con los años como si
fuesen bolas de billar, y mi amigo, el periodista, ¡no había sido capaz de verle
el lado cómico!
FIN
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