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Hastings Beauchamp Morley iba paseando lenta y apaciblemente por Union Square
con una mirada de compasión dirigida a los cientos de personas que se
encontraban reclinadas en los bancos del parque. Formaban una colección
variopinta: los hombres, con rostro estólido, animal y sin afeitar; las mujeres,
inquietas y cohibidas, cruzando y descruzando los pies que les colgaban a cuatro
pulgadas de distancia de la gravilla.
Si yo fuese el señor Carnegie o el señor Rockefeller me metería unos cuantos
millones en el bolsillo interior y convocaría a todos los guardias del parque (a
la vuelta de la esquina, si fuese preciso), y ordenaría que se pusieran bancos
en todos los parques del mundo, lo suficientemente bajos para que las mujeres
pudiesen sentarse apoyando los pies en el suelo. Una vez hecho esto, tal vez me
dedicase a abastecer de bibliotecas las ciudades que quisieran pagar por ello, o
a construir sanatorios para profesores chiflados, y llamarlos luego
universidades, si
así me placía.
Las asociaciones en defensa de los derechos de la mujer llevan muchos años
luchando por conseguir la igualdad con el hombre. ¿Y con qué resultado? Cuando
se sientan en un banco se ven obligadas a entrelazar los tobillos y a girar
incómodamente sus más altos tacones franceses, exentos de todo apoyo terrenal.
Señoras, no empiecen la casa por el tejado. Pongan primero los pies en el suelo
y luego elévense a las teorías sobre la igualdad mental.
Hastings Beauchamp Morley iba pulcra y cuidadosamente vestido, lo cual se
debía a un instinto innato del que le habían dotado su cuna y educación. No nos
está permitido mirar el pecho de un hombre más allá de su pechera de almidón;
así que lo único que nos queda es observar sus andares y su conversación.
Morley no llevaba ni un centavo en los bolsillos, pero iba sonriendo
compasivamente a los cientos de seres mugrientos y desdichados que no tenían más
dinero que él, y que tampoco lo tendrían cuando los primeros rayos del sol
tiñesen de amarillo el alto edificio en forma de abrecartas que se alzaba al
oeste de la plaza. Morley, sin embargo, sí tendría dinero suficiente por
entonces. En muchas otras ocasiones le había sorprendido el ocaso con los
bolsillos vacíos, pero la luz del alba los había visto siempre nuevamente
forrados.
Primero se dirigió a casa de un cura cerca de Madison Avenue y le entregó una
carta falsificada de presentación que muy santamente pretendía proceder de un
obispado de Indiana. Aquello le hizo sacar en limpio cinco dólares una vez que
hubo apoyado la historia con un cuento muy realista sobre el retraso de un giro
postal.
A veinte pasos de la puerta del cura, un hombre pálido y gordo lo abordó
bruscamente en la acera blandiendo el rojo puño, al tiempo que le exigía con una
voz de campanario el pago de una antigua deuda.
-Pero hombre, Bergman -dijo Morley con voz suave y cantarina-, ¿eres tú?
Precisamente me dirigía ahora mismo a tu casa para pagarte. El giro de mi tía no
me ha llegado hasta esta mañana. Todo ha sido culpa de un error en las señas.
Sube conmigo hasta la esquina y te saldaré la deuda. Me alegro mucho de verte;
así me has ahorrado una caminata.
Cuatro copas aplacaron al emocional Bergman. Había un aplomo en Morley,
cuando se sentía respaldado por dinero en el bolsillo, que habría logrado
retrasar el pago de un préstamo al contado en casa del mismísimo Rothschild.
Cuando estaba sin monedas, sus faroles bajaban medio tono, pero pocos son los
hombres competentes para detectar las diferencias de notas.
-Tú venir a mi pasa para pagarrme mañana por la mañana, Morley -dijo Bergman-.
Disculpa mi forrma de actuar antes en der calle. Pero tres meses hacerr que no
te veo. Pros’t!
Morley se alejó con una sonrisa aviesa en su pálido y afable rostro. El
crédulo alemán, suavizado por el alcohol, le divertía. De ahora en adelante
tendría que evitar la calle Veintinueve. No había caído en la cuenta de que
Bergman volvía siempre a casa por aquella ruta.
Al llegar a la puerta de una casa sombría, dos plazas más al norte, Morley
llamó con una determinada secuencia de golpecitos. La puerta se abrió las seis
pulgadas que permitía la cadenita, y el negro rostro pomposo e imponente de un
guardián africano se plantó en la rendija. Morley fue admitido.
En una habitación de un tercer piso, envuelto en una atmósfera opaca por el
humo, Morley pasó diez minutos colgado de una mesa de ruleta. Luego se escurrió
escaleras abajo, donde fue despedido con premura por el imponente negro,
mientras hacía tintinear en el bolsillo los cuatro centavos de plata que le
quedaban de su capital de cinco dólares. Al llegar a la esquina vaciló indeciso.
Al otro lado de la calle había una farmacia bien iluminada, que lanzaba
destellos de plata y cristal alemán desde la fuente de soda y las vitrinas. Un
chico de cinco años se dirigía hacia allí, directo al dispensario, sintiéndose
importante por la seria misión que le habían encomendado, debida tal vez a que
su edad aventajada le había supuesto un ascenso. Llevaba en la mano algo
fuertemente apretado, de un modo público, orgulloso y notorio.
Morley lo detuvo con su encantadora sonrisa y su suave voz.
-¿Yo? -dijo el chico-. Voy a la farmacia para mamá. Me ha dado un dólar para
que le compre una botella de medicina.
-¡Vaya, vaya, vaya! -se admiró Morley-. ¿Tan mayor eres ya para andarle
haciendo recados a tu madre? Tengo que acompañar a mi hombrecito y cuidar de que
no lo pille un tranvía. Y por el camino compraremos una chocolatina. ¿O
prefieres caramelos de limón?
Morley entró en la farmacia con el chiquillo cogido de la mano. Enseñó la
receta que envolvía el dinero.
En su rostro había una sonrisa rapaz, paternal, política, profunda.
-Agua pura, medio litro -le dijo al farmacéutico-. Y diez gramos de cloruro
sódico. En solución legalizada autorizada. Y no intente timarme, porque lo sé
todo acerca del número de galones de H2O en el embalse de Croton, y en cuanto al
otro ingrediente lo uso siempre para las papas:
-Son quince centavos -dijo el farmacéutico, con un pestañeo, después de
preparar el pedido-. Veo que entiende usted de farmacia. El precio normal es un
dólar.
-Para los pardillos -comentó Morley sonriente. Colocó cuidadosamente la
botella envuelta entre los brazos del niño, lo acompañó hasta la esquina y
deslizó en su propio bolsillo los ochenta y cinco centavos que acababa de
ganarse gracias a sus conocimientos de química.
-Ten cuidado con los tranvías, hijito -recomendó cariñosamente a su pequeña
víctima.
Dos de tales tranvías aparecieron de repente en direcciones opuestas
lanzándose hacia el pequeño. Morley se precipitó entre ambos y agarró al
infantil mensajero por el cuello, poniéndolo a salvo. Luego, desde la esquina de
su calle lo puso en camino, estafado, feliz y pegajoso a fuerza de viles
caramelos baratos comprados en el puesto de fruta italiano.
Morley fue a un restaurante y pidió un chuletón y media botella de Cháteau
Breuille barato. Se echó a reír sin ruido, pero con tal convicción que el
camarero se aventuró a preguntarle si había tenido buenas noticias.
-No, qué va -respondió Morley, quien raramente entablaba conversación con
nadie-. No es eso. Lo que me divierte es otra cosa. ¿Sabe usted qué tres grupos
de personas son los más fáciles de aventajar en cualquier tipo de transacción?
-Claro que sí -dijo el camarero, calculando la magnitud de la propina que
prometía el esmerado nudo de la corbata de Morley-; están los compradores de
mercería en el Sur durante el mes de agosto, y los recién casados en luna de
miel por Staten Island, y...
-¡Falso! -le interrumpió Morley, chasqueando la lengua gozoso-. La respuesta
es simplemente: los hombres, las mujeres y los niños. El mundo... bueno, digamos
Nueva York y sus alrededores hasta donde alcanzan nadando los turistas
veraniegos desde Long Island, está lleno de pardillos. Dos minutos más en la
parrilla habrían hecho de esta chuleta algo digno de un caballero, François.
-Si cree usted que no está en su punto -dijo el camarero-. Lo puedo arreglar...
Morley levantó la mano con gesto de protesta, una protesta con un ligero
toque de sacrificio.
Déjelo, puede pasar así -dijo magnánimo-. Y ahora sírvame un Chartreuse
verde, frappé y una taza de café.
Morley salió del restaurante pausadamente y se apostó en una esquina en la
que se cruzan dos bulliciosas arterias de la ciudad. Estaba de pie sobre el
bordillo, con una solitaria moneda de diez centavos en el bolsillo como todo
capital, contemplando con ojos cínicos, seguros y sonrientes las corrientes de
gente que pasaban junto a él. En aquel fluir podría arrojar la red y sacar peces
para cubrir su inmediato sustento y necesidades. El bueno de Izaak Walton no
tenía ni la mitad de su confianza en sí mismo y de su sabiduría popular.
Un festivo grupo de cuatro personas -dos hombres y dos mujeres- cayeron sobre
él con gritos de gozo. Habían preparado una fiesta con cena, ¿dónde se había
metido los últimos quince días? ¡Qué suerte haberse encontrado con él así! Lo
rodearon y lo acorralaron: tenia que unirse a ellos, y tra–la–la, y todas esas
cosas.
Una de las mujeres, con un penacho blanco en el sombrero que le volaba sobre
los hombros, le cogió de la manga y lanzó una mirada a los demás como diciendo:
«¡Miren lo que puedo hacer con él!» y así reforzar su dominio como reina del
convite.
-Pueden imaginar -dijo Morley con voz patética-
cuánto lamento rehusar la
invitación a la fiesta. Pero mi amigo Carruthers, del Yatch Club de Nueva
York, va a venir a buscarme aquí en su automóvil a las ocho en punto.
El blanco penacho iba ondeando visiblemente a medida que el cuarteto se
alejaba calle abajo bailando como un grupo de enanitos traviesos en torno a un
arco de luz. Morley se quedó allí de pie, dándole vueltas y más vueltas a la
moneda que tenía en el bolsillo y riéndose con júbilo para sus adentros.
«Fachada -recító para sus adentros-, fachada es lo que hace falta. Es un
triunfo en el juego. ¡Cómo pican! Hombres, mujeres y niños, con engaños y
mentiras de agua con sal, ¡hay que ver cómo pican!»
Un hombre viejo con un traje que le sentaba muy mal, una barba gris
descuidada y un aparatoso paraguas surgió de un salto de la aglomeración de
taxis y tranvías para ir a parar al mismísimo lugar de la acera donde se
encontraba Morley.
-Forastero -dijo-, discúlpeme sí le molesto, pero ¿conoce usted a alguien,
aquí en esta ciudad, llamado Solomon Smothers? Es mi hijo y acabo de llegar de
Ellensville para visitarlo. Me gustaría saber dónde diablos he podido meter sus
señas.
-No lo sé, señor -respondió Morley, entrecerrando los ojos para velar la
alegría que a ellos asomaba-, Será mejor que acuda a la policía.
-¿A la policía? -exclamó el viejo-. ¡No he hecho nada
para tener que llamar a
la policía. He venido simplemente a ver a Ben. Me escribió que vivía en una casa
de cinco pisos. Si conoce usted a alguien con ese nombre y puede...
-Ya le he dicho que no -repuso fríamente Morley-. No conozco a nadie que se
llame Smithers, y lo que le aconsejo es que...
-Smothers, no Smithers -interrumpió el viejo, esperanzado-. Es un hombre de
complexión robusta, aunque desgarbado, de unos veintinueve años, con los
incisivos salientes, de unos cinco pies de...
-¡Ah, Smothers...! -exclamó Morley-. ¿Sol Smothers? ¡Pero si vive al lado de
mi casa! Había entendido Smithers.
Morley miró el reloj. Hay que tener reloj. Por un dólar es posible. Más vale
pasar hambre que privarse de un reloj de bronce de cañón o de esos de noventa y
ocho centavos por los cuales -según los relojeros- se rigen los horarios de los
trenes.
-El obispo de Long Island -dijo Morley- había quedado aquí conmigo a las ocho
para que cenásemos juntos en el Kingfishers Club. Pero no puedo permitir que el
padre de mi amigo Sol Smothers ande solo por las calles. ¡Por san Swithin, señor Smothers, hay que ver cómo trabajamos los hombres de Wall Street! ¡Decir
hasta el agotamiento es quedarse corto! Estaba a punto de cruzar a la otra
esquina para tomarme una copa de ginger ale con unas gotítas de jerez cuando se
ha acercado usted. Va usted a permitirme que le acompañe a casa de Sol, señor Smothers, pero antes de coger el tranvía me gustaría mucho que viniese conmigo a
tomar...
Una hora después, Morley estaba sentado en el extremo de un banco tranquilo
en Madison Square, con un puro de veinticinco centavos entre los labios y ciento
cuarenta dólares en billetes, doblados y bien metidos dentro del bolsillo
interior. Satisfecho, alegre, irónico, vivamente filosófico, estaba contemplando
la luna que entraba y salía de entre un laberinto de nubes errantes. Un hombre
viejo y andrajoso con la cabeza gacha se encontraba sentado al otro extremo del
banco.
De repente el viejo se agitó y miró a su compañero de asiento. En el aspecto
de Morley le pareció reconocer algo superior a los habituales ocupantes
nocturnos de los bancos.
-Amable caballero -gimió-, si pudiese usted gastarse diez centavos o incluso
unos pocos centavos en alguien que...
Morley cortó tajantemente su estereotipada súplica entregándole un dólar.
-¡Que Dios se lo pague! -dijo el viejo-. He estado buscando trabajo y...
-¡Trabajo! -repitió Morley con su risa cantarina-. Es usted tonto, amigo mío.
La vida para ti es un erial, no me cabe la menor duda, pero tienes que ser un
Aarón y golpearla con tu barra. Y entonces cosas mejores que el agua brotarán de
ella para ti. Para eso está el mundo. A mí me concede todo lo que deseo de él.
-Dios le ha bendecido a usted -dijo el viejo-. Yo lo único que he conocido es
el trabajo. Y ahora ya no me dan ninguno.
-Tengo que marcharme a casa -anunció Morley, levantándose y abotonándose la
chaqueta-. Me he sentado aquí sólo para fumarme un purito. Espero que encuentre
usted el trabajo que busca.
-Es muy posible que su amabilidad le sea recompensada esta misma noche -dijo
el viejo.
-No tiene importancia -sonrió Morley-, ya tiene usted lo que deseaba. Y yo
estoy satisfecho. Creo que la buena suerte me persigue como un perro. Voy a
pasar la noche en ese hotel luminoso que ve usted allí. ¡Y vaya luna que hace
esta noche, alumbrando toda la ciudad! Creo que no hay nadie que disfrute de la
luz de la luna y de esas cosillas tanto como yo. Bien, que tenga usted una buena
noche.
Morley anduvo hasta la esquina desde la cual cruzaría hacia su hotel. Iba
soltando lentas bocanadas de humo que se elevaban desde su cigarro hasta el
cielo. Un policía, al pasar, respondió con un saludo a su afable inclinación de
cabeza. ¡Qué luna tan bonita hacía!
El reloj empezó a dar las nueve en el mismo instante en que una muchacha,
apenas recién convertida en mujer, se detuvo en la esquina a la espera del
tranvía que se estaba acercando. Iba apresurada como si volviese del trabajo o
llegara tarde a casa. Tenía unos ojos claros y puros, iba vestida sencillamente
de blanco, y miraba con impaciencia hacia el tranvía, sin volver la vista ni a
derecha ni a izquierda.
Morley la reconoció. Ocho años antes había estado sentado junto a ella en el
mismo banco del colegio. No había existido nada entre los dos, nada que no fuese
la amistad de los días inocentes.
Pero Morley bajó por la bocacalle hasta llegar a un
lugar tranquilo y apoyó su rostro súbitamente ardiente contra el frío hierro de
una farola, y dijo sordamente:
-¡Dios mío, quisiera morirme!
FIN
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