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El cochero tiene su punto de vista. Quizá sea más unilateral que cualquier
otro profesional. Desde el alto y oscilante asiento de su cabriolé, con el
pescante en la zaga, considera a sus prójimos unas partículas nómadas que
carecen de importancia, a menos que las posean deseos migratorios. Él es Jerry y
el lector una mercancía de tránsito. Uno podrá ser un presidente o un vagabundo:
para el cochero sólo es un Viaje. Lo carga, hace restallar su látigo, le sacude
a uno las vértebras y lo vuelve a depositar en el suelo.
Cuando llega la hora de pagar, si uno revela familiaridad con los aranceles
descubre qué es el desprecio: si nota que se ha olvidado la cartera, verá lo
suave que es la imaginación del Dante.
Si afirmamos que la unidad de propósitos del cochero y su unilateral punto de
vista provienen de la peculiar construcción del cabriolé con el pescante en la
zaga, ello no implica sentar una teoría extravagante. El campeón del gallinero
está instalado en lo alto como Júpiter, en un asiento incompartible, manteniendo
nuestro destino entre dos correas de inconstante cuero. Imponente, ridículo,
confinado, saltarín como un mandarín de juguete, el pasajero, todo un caballero
ante quien los mayordomos se inclinan abyectamente, está acurrucado como una
rata en una trampa y debe enviar un chillido por una ranura de su peripatético
sarcófago si quiere que se sepan sus débiles deseos.
De modo que, en un cabriolé, uno no es siquiera un ocupante: es el contenido.
Sólo es un cargamento en alta mar y el “querubín sentado en lo alto” se conoce
de memoria el domicilio del demonio de los mares.
Una noche, había estrépito de francachela en la gran casa de huéspedes de
ladrillo casi continua al Café Familiar de MacGary. Los ruidos parecían provenir
de los aposentos de la familia Walsh. La vereda estaba obstruida por un grupo de
vecinos curiosos, que le abrían paso de vez en cuando a un presuroso emisario
que traía del café de McGary mercancías vinculadas a los festejos y diversiones.
El contingente de la vereda se consagraba a comentar y discutir, y no olvidaba
por cierto la noticia de que se casaba Norah Walsh.
En plena parranda hubo una erupción de juerguistas a la vereda. Los no
invitados los rodearon y se confundieron con ellos, y en el aire nocturno se
elevaron gozosos gritos, congratulaciones, risas y rumores no clasificados,
nacidos de las ofrendas de McGary a la escena del himeneo.
Cerca del cordón de la vereda, estaba estacionado el cabriolé de Jerry
O’Donovan. A Jerry lo llamaban pájaro nocturno: pero nunca un cabriolé más
reluciente ni limpio que el suyo cerró sus puertas sobre el encaje y las
violetas de noviembre. ¡Y el caballo de Jerry! No exagero si digo que estaba tan
repleto de avena que cualquiera de esas viejas señoras que dejan sus platos sin
lavar y andan por ahí haciendo arrestar a los mensajeros del expreso, habría
sonreído -sí, sonreído- de haberlo visto.
Entre la movediza y alborotadora multitud podía vislumbrarse por momentos el
sombrero de copa de Jerry, estropeado por los vientos y las lluvias de muchos
años, su nariz semejante a una zanahoria, golpeada por la traviesa y atlética
prole de los millonarios y por los viajeros rebeldes, su levita verde con
botones de latón, admirada en la vecindad de McGary. Era evidente que Jerry
había usurpado las funciones de su cabriolé y que llevaba una “carga”. En
realidad la metáfora puede ampliarse, comparando a Jerry con un carro cargado de
pan, si aceptamos el testimonio de un joven espectador a quien se le oyó
observar que “Jerry tenía un panecillo”.
De la multitud agolpada en la vereda o del escaso fluir de los peatones,
surgió de prisa una muchacha y se detuvo junto al cabriolé. La vista de águila
profesional de Jerry advirtió el movimiento. Se abalanzó hacia su coche,
derribando a tres o cuatro de los mirones y a él mismo por poco... pero no, se
asió de una boca de agua y logro mantener el equilibrio. Como un marinero que
lustra los flechastes durante una tormenta, Jerry trepó a su asiento
profesional. Cuando llegó allí, los líquidos de McGary quedaron dominados. Jerry
hizo un movimiento de vaivén en el palo de mesana de su nave, tan a salvo como
un deshollinador amarrado en lo alto de un rascacielos.
-Suba, señora -dijo, recogiendo las riendas.
La joven subió al cabriolé, la portezuela se cerró con estrépito, el látigo
de Jerry restalló en el aire, la multitud de la vereda se dispersó y el hermoso
coche se lanzó a través de la ciudad.
Cuando el bien nutrido caballo hubo morigerado un poco el primer impulso de
su velocidad, Jerry abrió el techo de su cabriolé y gritó por la abertura con la
voz de un megáfono rajado, tratando de mostrarse amable:
-¿Adónde desea ir?
-Adónde usted quiera -fue la respuesta que subió hasta él, musical y
satisfecha.
“Está viajando por placer”, pensó Jerry.
Y sugirió, como la cosa más natural del mundo:
-Dé una vuelta alrededor del parque, señora. Será un
paseo elegante, fresco y hermoso.
-Como usted guste -respondió la pasajera, complaciente.
El cabriolé empezó a rodar por la Quinta Avenida y cobró velocidad por esa
calle perfecta. Jerry saltaba y oscilaba en su asiento. Los poderosos fluidos de
McGary se habían revuelto y proyectaban nuevas vaharadas hacia su cabeza. Jerry
cantaba una antigua canción de Killisnook y esgrimía su látigo como una batuta.
Dentro del cabriolé, la pasajera estaba muy enhiesta sobre los almohadones,
mirando a derecha e izquierda las luces y las casas. Hasta en la sombra, sus
ojos brillaban como estrellas a la hora del crepúsculo.
Cuando llegaron a la calle Cincuenta y Nueve, la cabeza de Jerry oscilaba y
sus riendas estaban flojas. Pero su caballo franqueó la verja del parque y
comenzó la vieja recorrida nocturna familiar. Y entonces la pasajera se echó
atrás, en éxtasis, y aspiró profundamente los limpios y saludables olores del
césped y el follaje y las flores. Y la sabia bestia uncida al cabriolé,
conociendo el terreno que pisaba, trotaba a gusto de Jerry y se mantenía a la
derecha del camino.
El hábito había luchado también victoriosamente con el creciente sopor de
Jerry. Éste alzó la escotilla de su navío sacudido por la tempestad y preguntó
lo que preguntan habitualmente los cocheros.
-¿Quiere parar en el casino, señora? Podrá tomar algo y escuchar la música.
Todos paran ahí.
-Creo que eso sería agradable -dijo la pasajera. Se detuvieron impetuosamente
ante las puertas del casino. La portezuela del cabriolé se abrió y la pasajera
bajó a la vereda. De inmediato la apresó una maraña de embrujadora música y la
aturdió un panorama de luces y colores. Alguien le deslizó en la mano una
tarjetita sobre la cual estaba impreso un número: el 34. La muchacha miró a su
alrededor y vio su cabriolé a veinte metros de allí, ocupando ya su lugar en la
fila de coches, cabriolés y automóviles que esperaban. Y entonces, un hombre que
parecía ser todo pechera de camisa retrocedió bailando ante ella: y cuando quiso
acordarse, estaba sentada ante una mesita, junto a una balaustrada sobre la cual
trepaba una enredadera de jazmín.
Allí parecía existir una silenciosa invitación a comprar: la muchacha
consultó una colección de moneditas que llevaba en un magro bolso y las
moneditas la autorizaron a pedir un vaso de cerveza.
Y allí se quedó sentada, aspirando y asimilando todo aquello: la vida de
nuevos colores y formas en el palacio de cuento de hadas de un bosque encantado.
Junto a cincuenta mesas, había príncipes y reinas ataviados con todas las
sedas y joyas imaginables. Y de vez en cuando, uno de ellos miraba con
curiosidad a la pasajera de Jerry. Veían una figura rústica, con un traje de
seda rosado del tipo que se atenúa con la palabra “fular”, y un rostro
igualmente rústico que revelaba un amor a la vida que envidiaron las reinas.
Las largas manecillas de los relojes dieron dos vueltas completas.
Las realezas mermaron, retirándose de sus tronos al fresco, y volvieron
ruidosamente a sus carrozas. La música se refugió en estuches de madera y
maletas de cuero y bayeta. Los camareros retiraron intencionadamente los mangles
cerca de la rústica figura sentada casi a solas.
La pasajera de Jerry se puso de pie y tendiendo su tarjeta numerada, preguntó
con sencillez:
-¿Me traerán algo con esta tarjeta?
Un camarero le dijo que aquélla era su contraseña del cabriolé y que debía
dársela al conserje. Éste la tomó de sus manos y voceó su número. Solo tres
cabriolés estaban en la fila. Uno de los cocheros fue a despertar a gritos a
Jerry, dormido en su cabriolé. Jerry masculló una blasfemia, trepó al puente del
capitán y guió su nave hasta el muelle. Su pasajera subió al cabriolé y el coche
se internó en el umbrío frescor del parque, siguiendo los atajos más breves que
llevaban de regreso.
En la verja, un centelleo de razón, bajo la forma de una repentina sospecha,
invadió el oscurecido cerebro de Jerry. Se le ocurrieron un par de cosas. Detuvo
a su caballo, alzó el techo del cabriolé y dejó caer por la abertura su
fonográfica voz, como una plomada: Quiero ver cuatro dólares antes de proseguir
este viaje. ¿Los tiene?
-¡Cuatro dólares! -exclamó riendo la pasajera, con dulzura-. No, por cierto.
Sólo tengo unos peniques y un par de monedas de diez centavos.
Jerry cerró el techo y fustigó a su bien nutrido caballo. El repiqueteo de
los cascos estranguló su blasfemia, pero no pudo ahogarla. Profirió sofocadas y
casi inarticuladas maldiciones, castigó malignamente con el látigo a los
vehículos que pasaban y esparció salvajes y variables improperios por las
calles, a tal punto que un conductor de camión demorado, que se arrastraba
camino de su casa, lo oyó y se sintió avergonzado. Pero Jerry sabía adónde debía
ir y se dirigió allí al galope.
Detuvo su caballo ante la casa de las luces verdes, junto a la escalinata.
Abrió de par en par la portezuela del cabriolé y bajó pesadamente al suelo.
-Venga -dijo, con rudeza.
Su pasajera se apeó con la soñadora sonrisa del casino diluida afín sobre su
semblante. Jerry la tomó del brazo y la condujo a la comisaría. Un sargento de
gris bigote los miró con penetrantes ojos desde el otro lado del escritorio. Él
y el auriga se conocían.
-Sargento -empezó Jerry, con su tono quejumbroso, ronco y atormentado de
otras ocasiones-. Tengo aquí a una pasajera que... Jerry hizo una pausa. Se pasó
por la frente una mano nudosa y roja. La niebla provocada por McGary comenzaba a
disiparse.
-Una pasajera, sargento, que quiero presentarle -continuó, con una sonrisa-.
Es mi esposa. Me casé con ella esta noche en casa del viejo Walh. Y por cierto
que nos divertimos. Dale la mano al sargento, Norah, y nos iremos a casa.
Antes de subir al cabriolé, Norah suspiró profundamente.
-Me he divertido tanto, Jerry... -dijo.
FIN
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