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Bartram el calero1,
un hombre rudo, corpulento y tiznado de carbón, vigilaba el horno a
la caída de la noche y su pequeño hijo jugaba a hacer casas con
trozos sueltos de mármol, cuando escucharon falda abajo una risa
estentórea, no jubilosa sino lenta e inclusive solemne, como si el
viento sacudiera las ramas del bosque.
-¿Qué es eso, padre? -preguntó el niño,
dejando el fuego para buscar refugio en las rodillas de su
progenitor.
-Oh, algún borracho, me figuro -respondió
el calero-. Algún achispado que no se atrevió a reírse bien duro
dentro de la taberna por miedo de ir a volar el techo. De modo que
ahí está, feliz desternillándose al pie del Graylock.
-Pero, padre -insistió el niño, más
sensible que el obtuso y no tan joven bromista-, él no se ríe como
alguien contento. Ese ruido me asusta.
-¡No seas tonto, niño! -gritó con aspereza
el padre-. Nunca serás un hombre, ya lo creo. Has salido a tu madre
en muchas cosas; he visto cómo te hace dar un bote el roce de una
hoja. ¡Escucha! Ahí viene el borrachín. Ya vas a ver que no hace
daño.
Bartram y el niño hablaban frente al mismo
horno que fuera el escenario de la solitaria y meditativa vida de
Ethan Brand antes de que partiera en busca del pecado imperdonable.
Como hemos visto, habían pasado muchos años desde la ominosa noche
cuando por vez primera concibió la idea. Sin embargo, el horno
seguía incólume en la ladera y en nada había cambiado desde que éste
arrojara sus negros pensamientos en las candentes ascuas del crisol,
fundiéndolos, por así decirlo, en la sola noción que se adueñó de su
existencia. Se trataba de una estructura burda, redonda y semejante
a una pesada torre de unos siete metros de altura, edificada con
pedruscos y rodeada por un terraplén en casi toda su circunferencia,
de modo que los bloques y pedazos de mármol se pudieran traer a
carretadas para ser arrojados desde arriba. En la base había una
abertura, similar a la boca de una estufa pero lo suficientemente
alta como para que entrara un hombre agachado y dotada de una puerta
de hierro macizo que parecía dar ingreso al interior del cerro. Con
el humo y los chorros de fuego que escapaban por sus grietas y
hendiduras, se asemejaba más que nada a la entrada secreta de las
regiones infernales que los pastores de las Montañas Deleitosas
solían enseñar al peregrino.
En aquella comarca hay muchas de estas
caleras, levantadas con el fin de calcinar el mármol blanco que
compone gran parte del material de las montañas. Algunas,
construidas hace años y hace tiempo abandonadas, plagadas de malezas
que crecen en el ruedo vacío del interior y de hierbas y flores
silvestres que hunden las raíces en las grietas de las piedras,
parecen ya reliquias de la antigüedad; y aún así podrá cubrirlas el
liquen de siglos por venir. Otras, cuyo fuego el calero todavía
alimenta día y noche, proporcionan lugares de interés al visitante
de estos cerros, quien se sienta en un leño o en un trozo de mármol
a charlar con aquel personaje apartado. Esta es una ocupación
solitaria y, cuando el individuo es propenso a pensar, puede mover a
intensas reflexiones; como se comprobó en el caso de Ethan Brand,
quien meditara con tan raro propósito, en días ya pasados, mientras
ardía el fuego en este mismo horno.
El hombre que a la sazón cuidaba el fuego
era de otra índole y no se apuraba con ningún pensamiento, salvo con
los poquísimos indispensables en su oficio. A intervalos frecuentes
abría de golpe la pesada y sonora puerta de hierro y, apartando la
cara del resplandor intolerable, arrojaba adentro enormes leños de
roble o removía con una pértiga los inmensos tizones. En el interior
del horno se veían las llamas encrespadas y tumultuosas y el mármol
en cocción, casi fundido por la violencia del calor; mientras afuera
el reflejo del fuego reverberaba en la oscura maraña del bosque y
presentaba en primer plano, ante una clara y rojiza miniatura de la
cabaña y el manantial junto a la puerta, la figura atlética y
tiznada del calero y la del niño medio aminalado que se encogía bajo
la protección de la sombra paterna. Cuando otra vez se cerraba la
puerta de hierro, entonces resurgía la blanda luz de la media luna,
que en vano porfiaba por delinear los perfiles borrosos de las
montañas circundantes. Alto en el cielo se veía una fugaz
congregación de nubes, aún teñida levemente del rosado crepúsculo,
aunque aquí abajo cerca del valle la luz del sol se había disipado
hacía ratos.
El niño se arrimó más al padre cuando se
oyeron pasos subiendo la cuesta. Una figura humana apartó el tupido
matorral bajo los árboles.
-¡Eh, quién vive! -llamó el calero, irritado
con la timidez del hijo pero en parte contagiado de ella-. ¡Salga y
déjese ver como un hombre, si no desea que le tire a la cabeza este
trozo de mármol!
-Me ofrece usted una ruda bienvenida -dijo
una voz lóbrega a medida que el desconocido se acercaba-. Sin
embargo, no pido ni deseo una más amable, aun junto a mi propio
fuego.
Para verlo con más claridad Bartram abrió
la puerta de la calera. Brotó al instante una violenta ráfaga de luz
que dio de lleno contra el rostro y la figura del forastero. Para un
observador descuidado no habría nada notable en su aspecto, que era
el de un hombre alto y delgado en un terno marrón, burdo y de
hechura rústica, con el bastón y los gruesos zapatos de los
caminantes. Al avanzar no apartaba los ojos, que eran muy
brillantes, del fulgor del horno, como si viera o esperara ver allí
dentro algún objeto digno de atención.
-Buenas noches, forastero -dijo Bartram-.
¿De dónde viene, ya tan tarde?
-Regreso de mi búsqueda -respondió el
caminante-; ya que, por fin, ha concluido.
-Borracho o loco -murmuró el calero para
sí-. Voy a tener problemas con este sujeto. Tanto mejor cuanto más
rápido lo aleje.
El niño, todo tembloroso, le rogaba al
padre entre susurros que cerrara la puerta del horno para que no
saliera tanta luz; porque en el rostro de ese hombre había algo que
lo asustaba pero que no podía dejar de mirar. En efecto, hasta el
lerdo entendimiento del calero empezó a sentirse impresionado por
algo indescriptible en aquel semblante enjuto, áspero y pensativo,
el pelo encanecido colgando desgreñado alrededor, y esos ojos
hundidos muy adentro que destellaban como hogueras a la entrada de
una cueva misteriosa. Sin embargo, cuando Bartram fue a cerrar la
puerta el forastero se dirigió a él y le habló en un tono tranquilo
y natural que le hizo pensar que al fin y al cabo se trataba de una
persona cuerda y razonable.
-Veo que ya termina su tarea -dijo-. Este
mármol lleva cociéndose tres días. En pocas horas la piedra será
cal.
-¿Cómo? ¿Quién es usted? -exclamó el
calero-. Parece que conoce mi oficio tanto como yo.
-Tengo por qué hacerlo -contestó el
forastero-, pues yo me dedicaba a lo mismo hace bastantes años; y
aquí, además, en este mismo sitio. Pero usted es nuevo por estos
lados. ¿Alguna vez oyó hablar de Ethan Brand?
-¿El hombre que partió en busca del pecado
imperdonable? -preguntó Bartram, con una carcajada.
-El mismo -contestó el forastero-. Encontró
ya lo que buscaba y por lo tanto ha vuelto.
-¡Qué! ¿Entonces usted es Ethan Brand en
persona? -exclamó el calero con sorpresa-. Como dice, soy nuevo aquí
y cuentan que han pasado ya dieciocho años desde que usted dejó las
faldas del Graylock. Pero, se lo aseguro, allá en el pueblo las
buenas gentes todavía hablan de Ethan Brand y del curioso empeño que
lo alejó de la calera. Bueno, ¿de modo que encontró el pecado
imperdonable?
-Cómo no -dijo serenamente el forastero.
-Si no es mucha imprudencia -prosiguió Bartram-, ¿en dónde sería?
-Aquí -respondió Ethan Brand, poniéndose el
dedo en el corazón.
Entonces, sin alegría en la expresión, más
bien como si se sintiera conmovido por un reconocimiento
involuntario del infinito absurdo que fue buscar por todo el mundo
la cosa más cercana y escudriñar todos los corazones, salvo el suyo,
tras de lo que no estaba oculto en otro pecho, soltó una risotada
desdeñosa. Era la misma risa lenta y grave que casi había pasmado al
calero cuando anunció el arribo del caminante.
La desierta ladera se entristeció con ella.
La risa, cuando está fuera de tiempo o de lugar, bien puede ser la
más terrible inflexión de la voz humana. La risa de un durmiente,
así sea la de un niño, la risa de un loco, la risa descompuesta y
estridente de un idiota de nacimiento, son sonidos que a veces nos
ponen a temblar y que siempre olvidaríamos de buen grado. Los poetas
no han imaginado para los demonios o los duendes una expresión más
atrozmente propia que la risa. Hasta al rudo calero se le crisparon
los nervios al ver cómo este hombre se examinaba el corazón y
prorrumpía en una risa que se fue extinguiendo entre las sombras y
que repercutió confusamente en las colinas.
-Joe -le dijo a su pequeño hijo-, corre a la
taberna del pueblo y cuéntales a los juerguistas que Ethan Brand
encontró el pecado imperdonable.
El niño voló a llevar el recado, a lo que
Ethan Brand no hizo objeción. Ni siquiera pareció notarlo. Se sentó
en un leño, mirando con fijeza la puerta del horno. Cuando el niño
se perdió de vista y dejaron de oírse sus veloces y livianos pasos,
que pisaron primero las hojas caídas y luego el sendero pedregoso
que bajaba la montaña, el calero empezó a lamentar su partida. Se
dio cuenta de que la presencia del niño servía de barrera entre el
huésped y él y de que ahora tendría que habérselas de corazón a
corazón con un hombre que, según su propia confesión, había cometido
el único crimen hacia el cual el cielo no puede mostrar clemencia
alguna. Aquel crimen, en su vaga negrura, parecía ensombrecerlo. Los
propios pecados del calero resucitaron en su fuero interno y
alborotaron su memoria con un tropel de imágenes malignas
emparentadas con el pecado primordial, fuera este lo que fuera, cuya
ambición y concepción estaban al alcance de la corrupta naturaleza
humana. Todos componían una misma familia; iban y venían entre su
pecho y el de Ethan Brand y llevaban siniestros saludos de uno a
otro.
Entonces Bartram recordó las anécdotas,
tradicionales ya, respecto a este hombre que se le había aparecido
por sorpresa como una sombra de la noche y que ahora se ponía cómodo
en su antigua morada, después de una ausencia tan prolongada que los
muertos, muertos y enterrados hacía tiempo, habrían tenido más
derecho que él a estar en casa en cualquier paraje frecuentado en
vida. Ethan Brand, decían, había departido con el propio Satanás
bajo el grotesco resplandor de ese horno. Hasta aquí la leyenda
había sido causa de regocijo, pero ahora parecía espeluznante. Según
la fábula, antes de partir en su cometido Ethan Brand acostumbraba
invocar noche tras noche a un demonio del ígneo crisol de la calera,
para tratar con él acerca del pecado imperdonable; empeñados el
hombre y el demonio en formular la idea de algún tipo de culpa que
no pudiera ser expiada o perdonada. Cuando el primer rayo de sol
alumbraba la cumbre del monte, el demonio se escurría por la puerta
de hierro para esperar allí, en el vivísimo elemento del fuego,
mientras era llamado a tomar parte en la espantosa empresa de
extender la posible culpa del hombre más allá del alcance de la por
lo demás infinita clemencia celestial.
Mientras el calero luchaba contra el horror
de estos pensamientos, Ethan Brand se levantó del leño y abrió la
puerta del horno. Tan concordante era esta acción con la idea que
Bartram tenía en mente, que éste casi esperó ver salir al Maligno,
al rojo vivo, del horno crepitante.
-¡Espere, espere! -gritó, emitiendo una
risa entrecortada, pues sentía vergüenza de sus miedos, aunque lo
dominaban-. ¡Por favor, no haga salir su diablo ahora!
-¡Hombre! -le respondió severamente Ethan
Brand-. ¿Qué necesidad tengo yo del diablo? Lo dejé atrás, sobre mi
pista. Él se ocupa con los que pecan a medias, como usted. No tema
que abra la puerta. Obro impulsado por la vieja costumbre y apenas
voy a avivar el fuego, como el calero que una vez fui.
Atizó las enormes brasas, echó más leña y
se inclinó para asomarse a la hueca prisión de la candela, a pesar
del feroz reverbero que le teñía de rojo el rostro. El calero lo
observaba y medio sospechaba que el raro huésped tenía el propósito,
si no de invocar a un demonio, al menos de lanzarse a las llamas en
persona y así esfumarse de la vista de la humanidad. Ethan Brand,
sin embargo, retrocedió con calma y cerró la puerta.
-He escrutado -dijo- más de un corazón
humano que ardía de pasiones pecadoras siete veces más recio que
este crisol de fuego. Pero no encontré allí lo que buscaba. No, al
menos no el pecado imperdonable.
-¿Qué es el pecado imperdonable? -preguntó
el calero, aunque alejándose aún más de su interlocutor por miedo a
que respondiera la pregunta.
-Es un pecado que creció en mi propio pecho
-respondió Ethan Brand, irguiéndose con el orgullo que distingue a
los entusiastas de su laya-; un pecado que no germinó en ningún otro
sitio. El pecado de una inteligencia que triunfó sobre los
sentimientos de hermandad con los hombres y de respeto a Dios, y que
lo sacrificó todo en aras de sus poderosas exigencias. El único
pecado que merece la recompensa del tormento eterno. Si fuera a
cometerlo otra vez, incurriría en la culpa con plena libertad; y
acepto el justo castigo sin vacilaciones.
-El hombre ha perdido la cabeza -murmuró
entre dientes el calero-. Puede ser pecador como todos nosotros,
nada más probable. Pero, lo juro, es un loco también.
Con todo, se sentía incómodo en esta
situación, a solas con Ethan Brand en la montaña agreste. Y se puso
feliz de oír el ronco murmullo de las voces y las pisadas de lo que
parecía ser una partida bastante numerosa, cuyos integrantes
tropezaban con las piedras y hacían crujir la maleza a su paso.
Pronto apareció el regimiento de holgazanes que solía infestar la
taberna del pueblo, incluyendo tres o cuatro individuos que desde la
partida de Ethan Brand habían pasado todos los inviernos bebiendo
ponche de ron junto a la chimenea del bar y todos los veranos
fumando pipa bajo el porche. Soltando carcajadas y mezclando las
voces en una cháchara informal, de pronto aparecieron a la luz de la
luna y de los delgados rayos de lumbre que iluminaban el espacio
despejado frente al horno. Bartram entreabrió la puerta, inundando
el lugar de claridad, de modo que el grupo tuviera una vista
adecuada de Ethan Brand y él de ellos.
Allí, entre otros viejos conocidos, se
hallaba un personaje, anteriormente ubicuo y ahora casi extinto, con
quien en otros tiempos de seguro nos habríamos tropezado en el hotel
de cada población floreciente del país: un empresario de teatro. El
presente ejemplar era un hombre marchito, como curado al humo, la
nariz roja en el rostro arrugado, vestido con una chaqueta parda de
elegante factura, cola corta y botones de cobre. Quién sabe cuánto
hacía que la cantina le servía de despacho y refugio; y todavía
chupaba lo que parecía ser el cigarro que encendiera veinte años
atrás. Gozaba de gran fama por sus chistes secos, aunque tal vez
menos debido a su humor intrínseco que a cierto aroma de brandy y de
humo de tabaco que impregnaba todas sus ideas y expresiones, además
de su persona. Otro rostro, claro en el recuerdo aunque ahora
cambiado en forma extraña, era el del abogado Giles, como por
cortesía seguía llamándolo la gente; un pelagatos entrado en años,
en mangas de camisa -por lo demás mugrosas- y calzones de estopa. Este
pobre sujeto había sido abogado en los que él llamaba sus mejores
años, un diestro picapleitos de mucha acogida entre los litigantes
del pueblo. Pero el ron, la ginebra, el brandy y los cocteles, que
ingería a todas horas, mañana, tarde y noche, lo habían hecho rodar
del trabajo intelectual a varias clases y grados de trabajo
corporal, hasta que al fin, para adoptar su propia expresión,
resbaló en una cuba de jabón. En otras palabras, Giles era ahora un
jabonero en pequeña escala. Llegó a ser el mero recorte de un ser
humano, habiéndose cercenado parte de un pie con un hacha y
arrancado una mano entera por causa del agarrón endemoniado de una
máquina de vapor. No obstante, aunque la mano material se había ido,
le quedó un miembro espiritual; ya que, extendiendo el muñón, Giles
no dejaba de afirmar que sentía un pulgar y unos dedos fantasmas con
una sensación tan viva como antes de que le fueran amputados los
reales. Sería un miserable lisiado, pero, a pesar de todo, uno que
el mundo no podía pisotear y no tenía derecho a despreciar, tanto en
esta como en cualquier etapa previa de sus desventuras, puesto que
conservó el coraje y los ánimos de un hombre, no pedía nada por
caridad y con la única mano -la izquierda por añadidura- libraba una
batalla decidida contra la necesidad y las adversidades.
Entre el gentío venía también otro
personaje que, si bien se parecía en ciertos puntos al abogado Giles,
exhibía muchos más de diferencia. Se trataba del médico del pueblo,
un hombre de unos cincuenta años a quien ya presentamos haciendo una
visita profesional a Ethan Brand durante la supuesta locura de este
último. Se había convertido en un sujeto de rostro purpurino,
grosero y brutal y, sin embargo, medio caballeroso. En su hablar y
en todos sus gestos y modales había algo de arrebato, ruina y
desesperación. El brandy poseía a este hombre como un espíritu
maligno y lo ponía tan arisco y salvaje como una fiera montaraz y
tan miserable como un ánima en pena; pero se suponía que estaba
dotado de una destreza tan maravillosa, de tales poderes naturales
de curación, superiores a los que podía impartir la ciencia médica,
que la sociedad le echó mano y no permitía que se hundiera fuera de
su alcance. Así pues, balanceándose en el caballo y gruñendo con
acentos espesos al pie del lecho, recorría leguas a la redonda
visitando cada cuarto de enfermo en las poblaciones de aquellas
montañas. A veces, como por milagro, levantaba a un moribundo. Y con
igual frecuencia, no cabe duda, enviaba al paciente a una tumba
cavada muchos años antes de lo debido. El doctor mordía una pipa
perpetua que, como decía alguien aludiendo a su hábito de anclar
soltando juramentos, mantenía prendida con chispas del infierno.
Los tres prohombres se adelantaron y cada
uno a su manera saludó a Ethan Brand, brindándole con toda seriedad
el contenido de una botella negra en la que, aseguraban, encontraría
algo mucho más digno de buscarse que el pecado imperdonable. Ningún
intelecto, elevado a un alto grado de entusiasmo por medio de la
meditación intensa y solitaria, puede soportar la clase de contacto
con modos vulgares y rastreros de pensar y sentir que se le
presentaba a Ethan Brand. Lo hacía dudar -y, cosa rara, era una duda
dolorosa- si de veras había encontrado el pecado imperdonable y si
lo había encontrado en su interior. La cuestión por la que había
agotado su vida entera, y aún más que la vida, parecía ser cosa de
ilusión.
-Déjenme en paz -dijo con amargura-,
bestias, que en eso se han convertido consumiendo sus almas con
licores ardientes. Ya acabé con ustedes. Hace años de años que
hurgué en sus corazones y no encontré allí nada para mi propósito.
Ahora lárguense.
-¡Cómo, pícaro descortés! -bufó iracundo el
médico-. ¿Es ese el modo de corresponder la gentileza de sus mejores
amigos? Permita entonces que le diga la verdad. Usted no ha
encontrado el pecado imperdonable más que aquel niño allí, Joe.
Usted no es más que un loco, se lo dictaminé hace veinte años ni
mejor ni peor que cualquier loco y digna compañía del viejo Humphrey,
aquí presente.
Señaló con el dedo a un anciano
zarrapastroso de pelo largo y blanco, rostro macilento y mirada
insegura. Hacía algunos años que vagaba por los montes, preguntando
por su hija a todos los viandantes que encontraba. La muchacha al
parecer se había fugado con una compañía circense. De cuando en
cuando llegaban al pueblo noticias de ella. Corrían bonitas
historias sobre su rutilante aparición a lomo de caballo por la
pista o ejecutando fantásticas proezas en la cuerda floja. El padre
encanecido se acercó a Ethan Brand y lo escrutó con ojos vacilantes.
-Dicen que usted ha recorrido el orbe
entero -dijo, retorciéndose con ansiedad las manos-. Tiene que haber
visto a mi hija, porque ha logrado descollar en el mundo y todos van
a verla. ¿Le envió a su viejo padre algún mensaje o dijo cuándo
pensaba regresar?
Ethan Brand no pudo sostenerle la mirada.
Aquella hija, de quien con tanta avidez anhelaba un saludo, era la
Esther de nuestra historia, la misma joven que con intención tan
fría y despiadada él había sometido a un experimento sicológico y
cuya alma había devastado, absorbido y acaso aniquilado en el
proceso.
Mientras ocurrían estas cosas, una animada
escena tenía lugar en el área de la luz alegre, cerca del manantial
y frente a la puerta de la cabaña. Un buen número de jóvenes del
pueblo, muchachos y muchachas, habían subido la cuesta a toda prisa,
impulsados por la curiosidad de ver a Ethan Brand, el héroe de
tantas leyendas conocidas desde la infancia. Ahora bien, no habiendo
encontrado nada notable en su persona -tan sólo un caminante tostado
por el sol, de traje sencillo y zapatos polvorientos, que estaba
sentado mirando al fuego como si viera imágenes entre los
carbones- los muchachos pronto se cansaron de observarlo. Dio la
casualidad de que había a mano otra diversión. Un viejo judío
alemán, que viajaba con un diorama2 a la espalda, pasaba rumbo al
pueblo justo cuando el grupo se desvió del camino; y, con miras a
ajustar las ganancias del día, el presentador los había seguido
hasta la calera.
-¡Venga acá, viejo alemán! -llamó uno de los
jóvenes-. Muéstrenos sus vistas, si es que puede jurar que valen la
pena.
-Claro, capitán -contestó el judío, quien,
fuera por cuestión de cortesía o de marrulla, llamaba "capitán" a
todo el mundo-. Voy a mostrarles, ya lo creo, algunas vistas
excelentes.
Así que, colocando la caja en posición
correcta, invitó a los jóvenes a que miraran por los orificios del
aparato y procedió a exhibir, como modelos de las bellas artes, una
sucesión de los más chocantes garabatos y pintarrajos con los que
nunca un artista itinerante tuviera el descaro de embaucar al corro
de sus espectadores. Es más, los lienzos estaban raídos,
deshilachados, llenos de quiebres y arrugas, manchados de humo de
tabaco y, aparte de eso, en la más deplorable condición. Algunos
pretendían representar ciudades, edificios públicos y ruinosos
castillos europeos. Otros reproducían las batallas de Napoleón y los
combates navales de Nelson. En medio de éstos aparecía una mano
gigantesca, morena y velluda -que podría haber sido tomada por la
Mano del Destino, pero que en realidad pertenecía al
presentador- señalando con el índice las variadas escenas del
conflicto mientras su dueño aportaba explicaciones históricas.
Cuando, tras mucho regocijo por la abominable ausencia de méritos,
la exhibición se dio por terminada, el alemán le pidió al pequeño Joe que metiera la cabeza en la caja. Visto a través de los lentes
de aumento el semblante redondo y sonrojado del niño asumía el más
extraño aspecto que quepa imaginarse, el de un niño titánico, con la
boca sonriendo ampliamente y los ojos y todas las facciones colmadas
de alegría por la broma. De repente, empero, aquel rostro feliz
palideció y su expresión pasó a ser de terror. Pues este niño
fácilmente excitable se dio cuenta de que Ethan Brand le había
clavado la mirada a través del vidrio.
-Asusta al niño, capitán -dijo el judío,
enderezando el oscuro y anguloso perfil-. Pero mire otra vez que,
por casualidad, tengo para mostrarle algo muy lindo, le doy mi
palabra.
Ethan Brand se asomó a la caja por un
instante y luego, retrocediendo bruscamente, se quedó mirando al
alemán. ¿Qué vio? Nada, parece; pues un joven curioso que echó un
vistazo casi al mismo tiempo sólo atisbó un pedazo de lienzo sin
pintar.
-Ahora lo recuerdo a usted -murmuró Ethan
Brand al artista.
-Ah, capitán -dijo en un cuchicheo el judío
de Nuremberg, esbozando una sonrisa siniestra-, encuentro que este
asunto pesa mucho en mi caja de espectáculos, el tal pecado
imperdonable. A fe mía, capitán, que me molió la espalda atravesar
el monte con él a cuestas todo el santo día.
-¡Silencio -lo conminó Ethan Brand
secamente-, si no quiere que lo meta en el horno que ve allá!
Apenas concluía la exhibición del judío
cuando un mastín grande y viejo, que parecía ser su propio amo
puesto que nadie entre los asistentes lo reclamaba, tuvo a bien ser
objeto de la atención pública. Hasta entonces se había comportado
como un perro manso y apacible, rondando de una persona a otra y,
para ser sociable, ofreciendo la cabeza rasposa para que le diera
palmaditas cualquier mano amable que se tomara la molestia. Pero
ahora, de súbito, el grave y venerable cuadrúpedo, por su propia
cuenta y sin la más leve sugerencia de parte de nadie más, empezó a
perseguirse la cola, que, para subrayar lo absurdo del acto, era
harto más corta de lo que debería. No se vio nunca empeño más tozudo
en pos de un objeto imposible de alcanzar; no se oyó nunca tan
tremenda explosión de gruñidos, resuellos, ladridos y mordiscos,
como si un extremo del cuerpo del ridículo animal mantuviera un
antagonismo mortal e imperdonable con el otro. Más y más rápido
corría en redondo el can, más y todavía más rápido huía la
inaccesible brevedad de la cola, y más y más fuertes eran los
aullidos de rabia y de rencor. Hasta que, completamente exhausto y
tan distante de la meta como siempre, el necio perro terminó su
actuación tan repentinamente como la había iniciado. Al momento
siguiente era tan dócil, sosegado, sensato y respetable en su
comportamiento como cuando trabó conocimiento con la concurrencia.
Como es de suponerse, la exhibición fue
recibida con risas generales, aplausos y gritos de "otra vez", a los
que respondió el acróbata canino meneando lo que tenía para menear
de cola. No obstante, parecía por completo incapaz de repetir el
exitoso intento de divertir a los espectadores.
Mientras tanto Ethan Brand había vuelto a
tomar asiento en el leño. Impresionado, podría ser, por haber
percibido una remota analogía entre su propio caso y el del perro a
la caza de sí mismo, de nuevo prorrumpió en esa risa atroz que más
que cualquier otra señal expresaba el estado de su ser interior. A
partir del momento el regocijo de los presentes tocó a su fin.
Quedaron espantados, temerosos de que el nefasto sonido repercutiera
por todo el horizonte y que tronara de montaña en montaña,
prolongándose así el horror en sus oídos. Entonces, susurrándose que
se había hecho tarde, que la luna casi se había puesto, que la noche
de agosto se hacía fría, se marcharon veloces a sus casas, dejando
que el calero y el pequeño Joe se las hubieran como fuera posible
con el huésped indeseable. Salvo por estos tres seres humanos, el
claro en la ladera era un desierto engastado en la vasta penumbra
del bosque. Más allá del límite sombrío, la lumbre proyectaba su luz
tenue sobre los majestuosos troncos y el follaje casi negro de los
pinos, entreverado con el verdor de robles, arces y álamos más
jóvenes, mientras aquí y allá yacían los colosales cadáveres de
árboles que se pudrían en el suelo cubierto de hojarasca. Al pequeño
Joe, niño imaginativo y tímido, le parecía que el bosque silencioso
contenía el aliento hasta que sucediera alguna cosa horrible.
Ethan Brand arrojó más leña al fuego, cerró
la puerta del horno y, mirando por encima del hombro al calero y el
niño, les ordenó, más bien que aconsejarles, que fueran a dormir.
-En cuanto a mí, no puedo hacerlo -dijo-.
Tengo asuntos que me incumbe meditar. Voy a cuidar el fuego como en
los viejos tiempos.
-Y a llamar al diablo a que salga del horno
y le haga compañía, me figuro -murmuró Bartram, que había entablado
relaciones íntimas con la botella negra arriba mencionada-. Pero
cuide si quiere y llame cuantos demonios guste. Por mi parte, me
caería muy bien un sueñecito. Vamos, Joe.
Mientras seguía al padre a la cabaña, el
niño se volvió a mirar al viajero. Los ojos se le llenaron de
lágrimas, pues su alma tierna intuía la inconsolable y terrible
soledad en la que este hombre se había emparedado.
Ethan Brand se quedó escuchando los
chasquidos de la leña encendida y observando los menudos espíritus
de fuego que salían por las hendiduras de la puerta. Sin embargo,
estas fruslerías, antes tan familiares, retenían su atención del
modo más superficial, mientras en las profundidades de la mente
repasaba el cambio gradual pero maravilloso que la búsqueda a la
cual se consagró había operado en su persona. Recordaba cómo lo
salpicaba el rocío de la noche, cómo le susurraba el bosque, cómo
rielaban las estrellas sobre él, un hombre sencillo y henchido de
amor, mientras vigilaba el fuego en años idos, embargado en sus
meditaciones. Recordaba con cuánta ternura, con cuánto amor y
conmiseración por la humanidad y compasión por la culpa y el
infortunio ajenos había comenzado a contemplar las ideas que después
fueron la inspiración de su existencia; con cuánta reverencia
escrutaba entonces el corazón del hombre, considerándolo como un
templo de origen divino que, por más que fuese profanado, todo
hermano debía siempre valorar como algo sagrado; con qué imponente
miedo condenaba un eventual triunfo de su búsqueda e imploraba para
que el pecado imperdonable jamás le fuera revelado. Más tarde vino
el vasto progreso intelectual que en su transcurso perturbó el
equilibrio de mente y corazón. La idea que se adueñó de su
existencia obró como aliciente para su educación; cultivó sus
facultades hasta el más alto grado de que eran susceptibles; lo
encumbró del nivel de un trabajador analfabeta hasta una eminencia
que iluminaban las estrellas, adonde los filósofos de la tierra,
agobiados por el saber de las universidades, en vano tratarían de
subir para alcanzarlo. Eso en cuanto al intelecto. Pero, ¿en dónde
quedaba el corazón? Este, a decir verdad, se había marchitado, se
había endurecido, se había encogido, ¡había perecido! Ya no
participaba en el latido universal. Ethan Brand se había desprendido
de la cadena imantada de la humanidad. Dejó de ser un hermano del
hombre, que abre las cámaras o los calabozos de nuestra común
naturaleza con la llave de la sagrada compasión, la cual le confería
el derecho de compartir todos sus secretos. Ahora era un frío
espectador que consideraba a la humanidad como el objeto de su
experimento y que a la postre convirtió en marionetas a hombres y
mujeres, tirando de los hilos para conducirlos a los extremos
criminales que precisaba su investigación.
Fue así como Ethan Brand llegó a ser un
desalmado. Comenzó a serlo desde que su carácter moral dejó de
seguirle el paso al perfeccionamiento de su intelecto. Y ahora, como
máximo esfuerzo y consecuencia inevitable, como la flor colorida y
espléndida, como el suculento fruto de sus trabajos, había
engendrado el pecado imperdonable.
-¿Qué más puedo buscar? ¿Qué más puedo
alcanzar? -se decía Ethan Brand-. Está cumplida mi tarea. Y bien
cumplida.
Se levantó del leño y, con cierta presteza
en el andar, escaló el terraplén que se apoyaba contra el círculo de
piedra del horno, alcanzando así la parte superior de la estructura.
Ésta abarcaba un vacío de unos tres metros de borde a borde, que
permitía ver la superficie de la enorme masa de mármol quebrado que
atestaba la calera. Los innumerables bloques y fragmentos de este
material ardían al rojo, expeliendo altas llamaradas azulosas que
flameaban en el aire y danzaban locamente, como en el interior de un
círculo mágico, y se hundían para alzarse de nuevo en una agitación
profusa e incesante. Cuando aquel hombre solitario se inclinó sobre
el terrible mar de fuego, el calor sofocante pegó contra su cuerpo,
en una bocanada que, era de suponerse, debería haberlo chamuscado y
abrasado en el instante.
Ethan Brand se enderezó y levantó los
brazos al cielo. Las llamas azuladas le retozaban en la cara y lo
bañaban con la única luz, salvaje y espectral, que se ajustaba a su
expresión. Esta era la de un demonio a punto de precipitarse en este
golfo del más vivo tormento.
-¡Oh, madre tierra -exclamó-, que no es más
mi madre y en cuyas entrañas este cuerpo no ha de descomponerse!
¡Oh, raza humana, a cuyo parentesco he renunciado y cuyo excelso
corazón pisoteé! ¡Oh, estrellas de los cielos, que arrojaban antaño
su luz sobre mi ruta como para alumbrarla adelante y arriba! ¡Adiós
a todos, para siempre! ¡Ven, elemento mortífero del fuego, en lo
futuro amigo inseparable! ¡Abrázame, igual que yo a ti!
Aquella noche el eco de un espeluznante
estampido de risa cruzó pesadamente por los sueños del calero y su
hijo. Y los rondaron opacas sombras de horror y de angustia que
parecían seguir presentes en el tosco cobertizo cuando abrieron los
ojos a la luz del día.
-¡Levántate niño, levántate! -gritó el
calero, mirando en derredor-. Gracias al cielo se terminó por fin la
noche. En vez de pasar otra igual, preferiría cuidar la calera todo
un año sin pegar el ojo. El tal Ethan Brand, con el embuste del
pecado imperdonable, no es que me hiciera tamaño favor
reemplazándome.
Salió de la cabaña seguido por el pequeño
Joe, que le apretaba con fuerza la mano. La luz del alba ya vertía
su oro en las cumbres. Y los valles, aunque seguían en sombras,
sonreían alegremente ante la promesa del claro día que se avecinaba.
El pueblo, rodeado por completo de colinas que se iban elevando
gradualmente hacia la lejanía, parecía como si hubiera dormido un
sueño plácido en el hueco de la mano de la Providencia. Cada
vivienda se distinguía con claridad; las torrecillas de las dos
iglesias apuntaban hacia arriba, atrapando en las veletas de metal
visos anticipados del brillo de los cielos dorados por el sol. La
taberna estaba en pleno movimiento y la figura del curtido
empresario teatral, cigarro en boca, se veía en el porche. Una nube
áurea glorificaba la cabeza del viejo monte Graylock. Esparcidos
también por los estribos de los montes circundantes se veían blancos
rimeros de neblina de fantásticas formas, algunos bajos cerca del
valle y otros altos cerca de las cimas; y otros más, del mismo
linaje de neblina o nube, flotando en la dorada resplandecencia de
la atmósfera. Parecía como si, saltando de una a otra de las nubes
que reposaban en las pendientes y de allí a la más elevada cofradía
que surcaba por los aires, cualquier mortal podría ascender a las
regiones celestiales. Era un ensueño ver cómo la tierra se confundía
con el cielo.
Para suministrar el encanto de lo familiar
y doméstico que la naturaleza fácilmente asimila en una escena como
ésta, la diligencia bajaba traqueteando por la cuesta cuando el
cochero sonó el cuerno, cuyas notas fueron arrebatadas por el eco,
que las conjugó en una armonía rica, variada y compleja, en la que
el ejecutante original podía reclamar escasos méritos. Los montes
tocaban entre ellos un concierto, contribuyendo cada uno con un
acorde de dulzura etérea. La cara del pequeño Joe se iluminó de
inmediato.
-Querido padre -exclamaba, brincando de un
lado a otro-, el forastero se marchó y parece que el cielo y las
montañas se alegraron por eso.
-Sí -gruñó el calero, soltando un
juramento-, pero dejó que se apagara el fuego y no hay por qué
agradecerle si no se echaron a perder quinientas cargas de cal. Si
pillo al tipo rondando otra vez por estos lados, voy a tener ganas
de arrojarlo a la candela.
Con la pértiga en la mano se encaramó al
horno. Tras una breve pausa llamó al hijo.
-Sube acá, Joe -dijo.
Así que Joe escaló el terraplén y se paró
al lado de su padre. Todo el mármol se había incinerado y era ya
cal, pura y blanca como la nieve. Pero en la superficie, en medio
del ruedo, de igual manera blanco como la nieve y por completo
reducido a cal, reposaba un esqueleto humano.
Tenía la postura de alguien que tras arduos
trabajos se recuesta a tomar un largo descanso. Entre las costillas,
cosa extraña, se distinguía el contorno de un corazón humano.
-¿Era de mármol el corazón de este sujeto?
-exclamó Bartram, algo perplejo ante el fenómeno-. En todo caso, se
ha convertido en lo que tal parece es una cal especialmente buena.
Y, considerando los huesos en conjunto, mi horno es media carga más
rico, todo gracias a él.
Diciendo esto, el rudo calero levantó la
pértiga, la descargó sobre el esqueleto y los despojos de Ethan
Brand se hicieron trizas.
FIN
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