|
Uno de los pocos sucesos de las guerras contra los indios
susceptibles de recibir la luz de luna de lo novelesco, fue la
expedición emprendida en defensa de las fronteras en el año de 1725,
que terminó con la célebre "batalla de Lovell". La imaginación, si
tiene el juicio de dejar en la sombra ciertos incidentes, encuentra
mucho que admirar en el heroísmo de la pequeña tropa que combatió en
proporción de dos a uno en las entrañas del territorio enemigo. La
evidente valentía desplegada por ambos bandos se ajustó a la
concepción civilizada del coraje; y los propios anales de la
caballería podrían sin bochorno registrar las hazañas de uno o dos
individuos. La batalla, fatal para quienes lucharon, no tuvo
consecuencias tan infortunadas para el país, pues dispersó las
fuerzas de una tribu y condujo a la paz que reinó en los años
siguientes. La historia y la tradición son extraordinariamente
detalladas en sus recuentos de este suceso; y el capitán de una
avanzada de colonizadores adquirió tanta fama militar como los
victoriosos caudillos de legiones. Pese al empleo de nombres
ficticios, algunos hechos contenidos en las páginas siguientes serán
reconocidos por quienes han oído, de labios de los viejos, acerca de
la suerte de los pocos combatientes que quedaron en condiciones de
replegarse tras la "batalla de Lovell".
***
Los primeros rayos del sol bañaban con su luz alegre las copas de
los árboles, bajo los cuales se habían dejado caer aquella víspera
un par de hombres heridos y agotados. Su lecho de hojas secas de
roble se esparcía sobre el pequeño espacio llano al pie de una roca,
situada cerca de la cima de uno de los suaves promontorios que
moldean los contornos de esa parte del país. La mole de granito, que
levantaba su lisa superficie unos seis u ocho metros sobre sus
cabezas, no dejaba de asemejarse a una enorme lápida, sobre la cual
las vetas parecían componer una inscripción en caracteres olvidados.
En un trecho de varios acres a la redonda, los robles y otros
árboles de madera dura tomaban el lugar de los pinos que poblaban
aquella zona. Cerca de nuestros caminantes se erguía un robusto
roblecillo.
La grave herida del hombre mayor probablemente lo había privado
de sueño, ya que se enderezó penosamente hasta quedar sentado tan
pronto dio el primer rayo de sol en la copa del árbol más alto. Las
hondas líneas de su rostro y sus cabellos entrecanos denotaban que
había pasado de la edad madura; pero su musculatura, salvo por los
efectos de la herida, habría sido tan capaz de soportar fatigas como
en el vigor temprano de la vida. La debilidad y el agotamiento
marcaban ahora sus rasgos; y la mirada desesperanzada que dirigió a
las profundidades del bosque probaba su convencimiento de que se
aproximaba el fin de su peregrinaje. A continuación volvió los ojos
hacia el compañero recostado a su lado. El joven -pues escasamente
era un hombre crecido- reposaba con la cabeza sobre el brazo, inmerso
en un sueño agitado que a cada momento parecía estar a punto de
romperse debido a las punzadas de sus heridas. Con la mano derecha
agarraba un mosquete y, a juzgar por la violenta expresión de su
semblante, en su sopor volvía a presenciar el conflicto del cual era
uno de los pocos sobrevivientes. Un grito -potente y penetrante en el
delirio de su sueño- se abrió camino como un murmullo imperfecto
entre sus labios y, sobresaltándose hasta de oír el delgado sonido
de su propia voz, despertó súbitamente. El primer acto de revivir
recuerdos fue preguntar lleno de ansiedad por el estado del
compañero herido. Este último sacudió la cabeza.
-Rubén, mi chico -dijo-, la roca a cuya sombra nos sentamos será
la lápida de un viejo cazador. Todavía nos faltan leguas y leguas de
monte desolado; y de nada me serviría que el humo de mi propia
chimenea estuviera al otro lado de aquel cerro. La bala india era
más mortífera de lo que yo creía.
-Está cansado por estas tres jornadas -replicó el joven-, y otro
poco de descanso lo recuperará. Quédese aquí sentado mientras busco
en el bosque las hierbas y raíces que tienen que servirnos de
sustento. Cuando hayamos comido se apoyará en mí y enderezaremos
nuestras caras rumbo a casa. No dudo que con mi ayuda podrá aguantar
hasta algún fuerte fronterizo.
-No me quedan dos días de vida, Rubén -dijo con calma el otro-, y
no pienso agobiarte más con mi inútil cuerpo, cuando a duras penas
puedes con el tuyo. Tus heridas son hondas y vas con rapidez
perdiendo fuerzas. Sin embargo, si te apresuras solo, puedes
salvarte. Para mí no hay esperanza. Voy a aguardar la muerte aquí.
-Si ha de ser así, me quedo entonces a cuidarlo -dijo
Rubén,
resuelto.
-No, hijo mío, no -objetó su compañero-. Deja que el deseo de un
moribundo tenga influencia en ti. Dame una vez la mano y ándate.
¿Piensas que aliviará mis últimos momentos la idea de que te
abandono a una muerte más lenta? Te he amado como un padre, Rubén;
y en una ocasión como ésta debo tener algo de la autoridad de un
padre. Te ordeno que te vayas, para poder morir en paz.
-¿Y porque ha sido un padre para mí debo entonces dejarlo que
perezca y quede sin enterrar en la espesura?-exclamó el joven-. No.
Si es verdad que se acerca su fin, voy a cuidar de usted y voy a
recibir sus últimas palabras. Cavaré cerca de esta roca una tumba en
la que, si la debilidad me rinde, yaceremos los dos; o, si el cielo
me da fuerzas, me abriré camino a casa.
-En las ciudades y dondequiera que residen los hombres -respondió
el otro-, entierran a los muertos; los esconden de la vista de los
vivos. Pero aquí, donde quizás no va a oírse un paso en cien años,
¿por qué no descansar a cielo abierto, cubierto sólo por las hojas
de roble cuando el viento de otoño las esparza? En cuanto a un
monumento, aquí está esta roca gris, en la que labraré con mano
moribunda el nombre de Roger Malvin; y el caminante en días futuros
sabrá que duerme aquí un cazador y un guerrero. No tardes, pues, por
este despropósito; y apresúrate, si no por tu bien, por el de la que
se sentirá desconsolada.
Malvin pronunció estas últimas palabras con voz quebrada y su
efecto sobre el compañero fue más que evidente. Le recordaban que
había otros deberes menos cuestionables que compartir la suerte de
un hombre a quien de nada beneficiaría con su muerte. Tampoco puede
aseverarse que ningún sentimiento egoísta pugnó por penetrar al
corazón de Rubén, aunque la conciencia lo hacía resistirse con
mayor ahínco a los ruegos de su compañero.
-¡Qué horrible es esperar el lento paso de la muerte en estas
soledades! -exclamó-. El bravo no se acobarda en la batalla; y,
cuando hay amigos alrededor del lecho, incluso una mujer puede morir
sin perder el aplomo; pero aquí...
-No voy a amilanarme, ni aun aquí, Rubén Bourne -lo interrumpió Malvin-. No soy un hombre de débil corazón y, si lo fuera, existe un
soporte más seguro que el de los amigos terrenales. Eres joven y
amas la vida. Vas a necesitar más consuelo que yo en tu lance
postrero. Y cuando me hayas depositado en la tierra y estés solo, y
la noche descienda sobre el bosque, vas a sentir toda la amargura de
mi muerte, que ahora puedes esquivar. Pero no quiero incitar un
motivo egoísta en tu naturaleza generosa. Déjame por mi bien, de
modo que, tras rezar una oración por tu seguridad, me quede tiempo
para rendir cuentas sin que me perturben las penas de este mundo.
-Y su hija, ¿cómo me atreveré a mirarla a los ojos? -inquirió
Rubén-. Va a preguntarme por la suerte de su padre, cuya vida juré
defender con la mía. ¿Debo decirle que marché con él tres días desde
el campo de batalla y que lo abandoné para que pereciera en la
espesura? ¿No sería mejor recostarme y morir a su lado que regresar
a salvo y contarle esto a Dorcas?
-Dile a mi hija -dijo Roger Malvin- que aunque tú mismo estabas
gravemente herido, y débil, y agotado, por varias leguas dirigiste
mis pasos vacilantes y que me abandonaste sólo a instancias de mis
sinceras súplicas, porque yo no quería que tu sangre me manchara el
alma. Dile que fuiste leal en el dolor y en el peligro y que si tu
flujo vital hubiera podido salvarme, se habría derramado hasta la
última gota. Y dile que serás algo más preciado que un padre, que mi
bendición cae sobre ambos y que mis ojos moribundos columbran un
camino largo y placentero que habrán de recorrer en compañía.
Mientras hablaba, Malvin casi se levantó; y el vigor de sus
palabras finales pareció colmar el bosque agreste y desolado con una
visión de felicidad. Pero cuando se desplomó, exhausto, en el lecho
de hojarasca, se extinguió la luz que se había encendido en los ojos
de Rubén. Éste sentía que era pecaminoso y necio pensar en la
felicidad en aquellos momentos. Su compañero observaba cómo cambiaba
de expresión y trató, con generosa maña, de inducirlo a su propio
bien.
-Tal vez me equivoco respecto al tiempo que tengo por
vivir -continuó-. Puede ser que, con pronta ayuda, me recupere de mi
herida. Los fugitivos delanteros ya deben de haber llevado noticias
del combate fatal a las fronteras y van a enviar partidas de socorro
para quienes estamos en estas condiciones. Si te encuentras con una
de éstas y los traes aquí, ¿quién quita que pueda sentarme otra vez
frente a la chimenea?
Una sonrisa lastimera cruzó el rostro del moribundo al insinuar
aquella esperanza infundada; la cual, empero, no dejó de producir
efecto en Rubén. Ni el mero egoísmo ni la afligida situación de
Dorcas lo habrían impelido a abandonar al compañero en esa
coyuntura; pero sus deseos se apresuraron a adoptar la idea de que
podía salvarse la vida de Malvin y su temperamento optimista elevó
casi hasta ser certeza la remota posibilidad de conseguir ayuda
humana.
-Ciertamente hay razones, poderosas razones, para esperar que
haya amigos no muy lejos -dijo a media voz-. A las primeras
escaramuzas salió huyendo un cobarde, ileso y de seguro a muy buen
paso. Todo hombre recto en las fronteras se terciaría el mosquete al
oír la noticia; y, aunque ningún grupo va a adentrarse tanto en los
bosques, tal vez me los encuentre a un día de camino.
-Aconséjeme con sinceridad -dijo, dirigiéndose a Malvin, dudoso de
sus propios motivos-. ¿Si se encontrara en mi lugar, me abandonaría
mientras hubiera vida?
-Hace ya veinte años -replicó Roger Malvin suspirando, pues era
consciente de la gran diferencia entre ambos casos-, hace veinte
años que escapé junto con un amigo del cautiverio de los indios
cerca de Montreal. Caminamos muchos días por el bosque hasta que al
fin, rendido por el hambre y el cansancio, mi amigo se echó al suelo
y me rogó que lo dejara, pues sabía que si yo me quedaba ambos
pereceríamos. Y, con pocas esperanzas de obtener socorro, hice una
almohada de hojas secas bajo su cabeza y partí apretando el paso.
-¿Y volvió a tiempo para salvarlo? -preguntó
Rubén, pendiente de
las palabras de Malvin como si fueran a profetizarle éxito.
-Sí -respondió el otro-. Llegué al campamento de unos cazadores
antes del anochecer de ese mismo día. Los conduje al lugar donde mi
camarada esperaba la muerte; y ahora vive sano y vigoroso en su
granja, en tierras colonizadas, mientras yo estoy herido aquí en las
profundidades del territorio inexplorado.
Este ejemplo, de mucho peso sobre la decisión de
Rubén, venía
robustecido, sin que él lo supiera, por la fuerza oculta de muchos
otros motivos. Roger Malvin se daba cuenta de que estaba a punto de
obtener la victoria.
-Ahora vete, hijo mío, y que el cielo te ayude -dijo-. No te
regreses con tus compañeros cuando te los encuentres, sino que manda
aquí a tres o cuatro que estén disponibles para buscarme; y créeme,
Rubén, mi corazón estará más alegre con cada paso que des en
dirección a casa.
Pero se dio, tal vez, un cambio en su expresión y en su voz
mientras decía esto; puesto que, después de todo, era un sino
espantoso quedarse agonizando en la espesura.
Rubén Bourne, apenas medio convencido de estar obrando
correctamente, se levantó por fin y se dispuso a partir. Pero antes,
contra la voluntad de Malvin, recogió una provisión de hierbas y
raíces, lo único que habían comido en los dos últimos días.
Colocó estas inútiles raciones al alcance del moribundo, para
quien igualmente apiló un lecho de hojas secas de roble. Luego,
subiendo a la cima de la roca, que por un lado era áspera y
escabrosa, arqueó el roblecillo y amarró su pañuelo de la rama más
alta. Tal precaución no era innecesaria para guiar a quien viniera
en busca de Malvin, pues ningún flanco de la roca, excepto el amplio
y liso frente, se podía ver desde cierta distancia debido a la
tupida broza del bosque. El pañuelo había servido para vendar una
herida en el brazo de Rubén. Cuando lo ató al árbol juró por la
sangre que lo manchaba que iba a regresar, bien a salvar la vida de
su compañero, bien a depositar su cadáver en la tumba. Bajó después
y esperó cabizbajo las palabras de despedida de Malvin.
La veteranía de este último le dictó prolijos consejos acerca del
viaje del joven por el bosque no hollado. Hablaba sobre el tema con
calmosa seriedad, como si enviara a Rubén al combate o de caza
mientras él se quedaba en la seguridad del hogar, y no como si el
rostro humano que pronto iba a desampararlo fuera el último que
jamás contemplara. Pero antes de terminar flaqueó su entereza.
-Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última oración será
por ella y por ti. Pídele que no guarde aversión porque me dejaste,
pues la vida no te habría pesado si con su sacrificio me hubieras
hecho un bien. Se casará contigo después de haber llorado un rato
por su padre. ¡Que el cielo les conceda largos años felices y que
los hijos de sus hijos estén al pie de su lecho mortuorio! Y, Rubén -añadió,
mientras por fin se abría paso el desaliento de la mortalidad-,
regresa, cuando hayan sanado tus heridas y otra vez tengas bríos,
regresa a esta roca agreste, entierra mis huesos en una sepultura y
reza una oración por ellos.
Los colonos de aquellas fronteras guardaban un respeto casi
supersticioso por los ritos de entierro, proveniente tal vez de las
costumbres de los indios, que guerreaban con los muertos igual que
con los vivos. Y hay muchos casos de sacrificio de la vida en un
intento por sepultar a quienes habían sido derribados por la "espada
de la selva". Rubén, por tanto, reconocía la enorme importancia de
la promesa que con toda solemnidad hizo de regresar y efectuar las
exequias de Roger Malvin. Era patente que este último, al expresarse
de todo corazón en el adiós, ya ni siquiera trataba de convencer al
joven de que la ayuda más rápida serviría para preservar su vida.
Rubén sabía en su fuero interno que nunca más vería la cara viva de
Malvin. Su generosidad lo habría constreñido a demorarse, hasta
pasar la escena de la muerte; pero las ganas de vivir y la esperanza
de la dicha le habían animado el corazón y era incapaz de
resistirlas.
-Es suficiente -dijo Roger Malvin tras escuchar la promesa de
Rubén-. Ándate, y que Dios te dé alas.
Sin decir nada el joven le apretó la mano, dio media vuelta y se
alejó. Empero, cuando con paso lento y vacilante había recorrido un
corto trecho, lo hizo volver la voz de Malvin.
-Rubén, Rubén -llamaba débilmente.
Rubén se arrodilló junto al agonizante.
-Levántame y recuéstame en la roca -fue su último ruego-. Así mi
cara queda mirando a casa y podré verte por un momento más mientras
te pierdes entre los árboles.
Habiendo hecho la deseada modificación en la postura de su
compañero, Rubén reemprendió el solitario peregrinaje. Al principio
caminó más rápido de lo que era compatible con sus fuerzas, pues una
especie de sentimiento de culpa, que en ocasiones atormenta a los
hombres en sus acciones más justificadas, lo impelía a ocultarse de
los ojos de Malvin. Pero después de haber pisado un largo rato la
crujiente hojarasca regresó a hurtadillas, movido por una curiosidad
desenfrenada y lancinante y, escondido tras la raíz terrosa de un
árbol descuajado, acechó atentamente al hombre abandonado. No se
nublaba el sol de la mañana y árboles y arbustos inhalaban el dulce
aire del mes de mayo. Sin embargo, la faz de la naturaleza parecía
ensombrecida, como si se compadeciera de la agonía mortal y del
dolor. Roger Malvin levantaba las manos en fervorosa oración,
algunas de cuyas frases se deslizaban por la quietud del bosque y
penetraban en el corazón de Rubén, atormentándolo con ramalazos
indecibles. Pedían, con acentos quebrantados, por la felicidad de
éste y la de Dorcas. Al oír esto el joven, la conciencia, o algo
parecido, lo urgía fuertemente a regresar y otra vez reclinarse al
pie de la roca. Sentía cuán duro era el destino de aquel ser bueno y
generoso que había abandonado en la adversidad. La muerte llegaría
como un cadáver que se acercara lentamente, reptando por el bosque y
asomando de árbol en árbol, cada vez más cerca, sus espantosos y
congelados rasgos. Pero igual suerte habría corrido Rubén de
haberse demorado otro crepúsculo. ¿Quién puede reprocharle que
rehuyera tan inútil sacrificio? Mientras lanzaba una mirada de
despedida, un soplo de brisa agitó el pequeño pendón que colgaba del
roblecillo y le hizo recordar a Rubén su promesa.
***
Varias circunstancias se aunaron para retardar al caminante
herido en su regreso a la frontera. Al segundo día las nubes,
encapotando el cielo, le hicieron imposible ajustar el rumbo según
la posición del sol. Sólo sabía que cada impulso de sus ya casi
extintas fuerzas lo alejaba aún más del hogar que buscaba. Las bayas
y otros frutos silvestres le suministraban el escaso sustento. Es
cierto, a veces pasaban saltando frente a él manadas de venados y
las perdices al oír sus pisadas batían las alas y volaban, pero
había agotado sus municiones en la batalla y no tenía con qué
derribarlos. Las heridas, inflamadas por el constante esfuerzo del
que dependían sus esperanzas de sobrevivir, corroían su fibra y a
ratos le confundían la razón. Pero, incluso en los extravíos de la
mente, el joven corazón de Rubén se aferraba a la existencia; y
sólo cuando por fin fue incapaz de dar un paso más, se desplomó bajo
un árbol, obligado a esperar allí la muerte.
En esta situación fue descubierto por una partida que a las
primeras nuevas del combate fue despachada a socorrer a los
sobrevivientes. Lo condujeron a la colonia más cercana, que resultó
ser su lugar de residencia.
Dorcas, con la sencillez característica de antaño, veló al pie
del lecho del pretendiente herido y administró ese bálsamo que es
don exclusivo de la mano y del corazón de la mujer. Por varios días
la memoria de Rubén vagó soñolienta entre los peligros y fatigas
que había atravesado y no pudo dar respuestas claras a las preguntas
con que muchos estuvieron prontos a importunarlo. No habían
circulado detalles de primera mano sobre la batalla, ni tampoco
sabían las madres, las esposas y los hijos si los seres queridos
estaban retenidos en cautiverio o bajo la más firme cadena de la
muerte. Dorcas abrigó sus temores en silencio, hasta una tarde en
que Rubén despertó de un sueño agitado y pareció reconocerla más
conscientemente que en ningún momento previo. Percibió ella que su
mente se había aclarado y no pudo seguir reprimiendo la ansiedad
filial.
-¿Y mi padre, Rubén? -comenzó a decir; pero un cambio en la
expresión de su enamorado la detuvo.
El joven se crispó como por un dolor agudo y la sangre fluyó
violentamente a sus mejillas macilentas. Su primer impulso fue
cubrirse la cara; pero, al parecer con un esfuerzo extremo, se
enderezó a medias y habló con vehemencia, defendiéndose de una
acusación imaginaria.
-Tu padre fue herido de gravedad en el combate, Dorcas; y me
pidió que no cargara con él, únicamente que lo llevara a la orilla
del lago para poder calmar la sed y allí morir. Pero yo no quería
abandonarlo en ese trance y, aunque yo también sangraba, le di
apoyo. Le presté la mitad de mis fuerzas y partí con él. Caminamos
juntos tres días y tu padre aguantó más de lo que yo esperaba; pero,
cuando desperté al amanecer del cuarto día, lo encontré débil y
agotado. No podía seguir. Su vida se escapaba rápidamente
-¡Murió! -gimió Dorcas desmayadamente.
A Rubén le pareció imposible admitir que su egoísta amor a la
vida lo había hecho alzar el vuelo antes de que se consumara el
destino del padre. No habló más. Se limitó a agachar la cabeza y,
entre la vergüenza y el agotamiento, se recostó de nuevo y hundió la
cara en la almohada. Dorcas lloró al ver confirmados sus temores;
pero, habiéndolo previsto tanto tiempo, el golpe no fue tan
violento.
-¿Cavaste en la espesura una tumba para mi pobre padre,
Rubén? -fue
la pregunta con que manifestó su devoción filial.
-Mis manos estaban débiles, pero hice lo que pude -contestó el
joven con acento apagado-. Sobre su cabeza se levanta una noble
lápida. ¡Quisiera el cielo que mi sueño fuera tan profundo como el
suyo!
Dorcas, notando el extravío de las últimas palabras, por el
momento no hizo más preguntas; pero su corazón encontró alivio
pensando que a Roger Malvin no le faltaron los ritos funerales que
fue posible conferirle. La historia del coraje y la lealtad de
Rubén no perdió nada cuando ella la repitió a sus amigos; y el
infeliz muchacho, cuando salía tambaleándose a tomar el aire,
recibía de todas las bocas la miserable y humillante tortura del
elogio inmerecido. Todos convenían en que se había ganado el derecho
de pedir la mano de la doncella a cuyo padre le había sido "fiel
hasta la muerte"; y, como mi relato no es de amor, baste decir que
en unos pocos meses Rubén se convirtió en el esposo de Dorcas
Malvin. Durante la boda la novia se cubría de rubores, pero el
rostro del novio estaba pálido.
En el pecho de Rubén Bourne había ahora un relato inconfesable,
algo que había de ocultar con suma cautela a la mujer que más quería
y en quien más confiaba. Deploraba honda y amargamente la cobardía
moral que había refrenado sus palabras cuando estuvo a punto de
revelarle la verdad a Dorcas. Pero el orgullo, el temor de perder su
cariño, el miedo del desprecio general, le prohibían enmendar su
falsedad. No creía merecer censura alguna por haber abandonado a
Roger Malvin. Su presencia, el vano sacrificio de su vida, sólo
habría añadido otra agonía innecesaria a la hora final del
moribundo; pero el encubrimiento le había impartido a un acto
justificable muchos de los efectos de la culpa. Así, Rubén,
mientras que la razón le decía que había obrado bien, padecía en
alto grado los horrores mentales que castigan al autor de un crimen
secreto. Ciertas asociaciones de ideas a veces lo llevaban a
imaginarse casi que era un asesino. También, durante años, lo rondó
un pensamiento que, aunque se daba cuenta de cuán insensato y
extravagante era, no estaba en su poder desterrar de su mente. Era
la obsesiva y atormentadora fantasía de que su suegro todavía
esperaba, al pie de la roca, sobre las hojas secas, vivo, la ayuda
prometida. Estos espejismos, sin embargo, se iban como venían y él
nunca los tomaba por realidades; pero en los estados de ánimo más
tranquilos y lúcidos era consciente de tener una promesa por cumplir
y de que un cadáver insepulto lo llamaba desde la espesura. No
obstante, las consecuencias de su engaño eran tales que le impedían
obedecer aquel llamado. Ahora era demasiado tarde, no podía pedir la
ayuda de los amigos de Roger Malvin para efectuar la postergada
inhumación; y los temores supersticiosos, de los que nadie era más
susceptible que las gentes de los poblados fronterizos, le impedían
ir solo. Tampoco sabía cómo buscar en el ilimitado bosque virgen la
piedra lisa y con una inscripción en cuya base reposaba el cadáver:
los recuerdos de cada etapa de su trayectoria eran confusos y del
último tramo no quedó en su mente impresión alguna. Había, sin
embargo, un impulso continuo, una voz que sólo él oía, que le
ordenaba ir a cumplir con su promesa; y tenía la impresión de que,
en caso de decidirse a abrir trocha, sería conducido derecho hasta
los huesos de Malvin. Pero año tras año, sin oírlo pero sí
sintiéndolo, pasaba sin atender el llamamiento. Su obsesión secreta
llegó a ser como una cadena que le agarrotaba el alma y como una
serpiente que le roía el corazón. Se convirtió en un hombre triste,
desalentado e irritable.
Pasados unos años tras su boda, comenzaron a hacerse visibles
ciertos cambios en la prosperidad material de Rubén y Dorcas. Las
únicas riquezas del primero habían sido su recio corazón y su
potente brazo; pero ella, única heredera de su padre, hizo a su
marido amo de una granja, cultivada por más tiempo, más grande y más
bien surtida que la mayoría de las de la frontera. Rubén Bourne,
sin embargo, era un negligente labrador. Y mientras las tierras de
los otros colonos cada año eran más productivas, las suyas se
deterioraban al mismo ritmo. Los obstáculos para la agricultura
habían disminuido grandemente con el cese de las hostilidades de los
indios, durante las cuales los hombres sostenían el arado en una
mano y el mosquete en la otra, y corrían con suerte si el salvaje
enemigo no arruinaba, en el campo o en el granero, los frutos de su
labor riesgosa. Pero Rubén no se benefició de la cambiada situación
del país. Tampoco puede negarse que las ocasiones en que atendió con
diligencia sus asuntos fueron recompensadas con muy poco éxito. La
irritabilidad que últimamente lo había distinguido fue otra causa de
la mengua de su prosperidad, pues daba pie a frecuentes disputas en
el inevitable roce con los colonos vecinos. El resultado fueron
incontables litigios, ya que las gentes de Nueva Inglaterra, en las
primeras etapas y en las circunstancias más incivilizadas del país,
recurrían, cuando podían, a las vías legales para dirimir sus
pleitos. En resumen, al mundo no le iba bien con Rubén Bourne; y,
aunque no fue sino muchos años después del matrimonio, por fin llegó
a arruinarse. Contaba sólo con un último recurso contra el mal sino
que lo perseguía. Desnudaría al sol algún rincón profundo de los
bosques y buscaría la subsistencia en el regazo virgen de la tierra.
Rubén y Dorcas tenían un hijo único de quince años cumplidos,
bello en la juventud y promesa de una espléndida hombría. Estaba
especialmente dotado, y ya empezaba a sobresalir en ellas, para las
bravías faenas de la vida de frontera. Su pie era ligero, su
puntería certera, alerta su sentido, alegre y noble el corazón; y
todos los que esperaban un regreso de las guerras de los indios
hablaban de Cyrus Bourne como un futuro caudillo del país. Su padre
lo quería con un fervor profundo y silencioso, como si todo lo que
fuera bueno y dichoso en su persona hubiese sido traspasado al hijo,
llevándose consigo su cariño. Incluso Dorcas, amorosa y amada, le
era asaz menos querida; ya que los pensamientos secretos de Rubén y
sus emociones retraídas lo habían ido convirtiendo en un hombre
egoísta. Ya no podía amar intensamente, excepto cuando percibía o
imaginaba un reflejo o parecido de su propia mente. Reconocía en
Cyrus lo que él había sido en otros tiempos; y de vez en cuando
parecía compartir el espíritu del muchacho y reanimarse con una vida
lozana y festiva. Rubén partió en compañía de su hijo en una
expedición que tenía el propósito de escoger una extensión de tierra
y de talar y quemar la broza, condición necesaria para el trasteo de
los enseres domésticos. En estas estuvieron dos meses de otoño, tras
los cuales Rubén Bourne y el joven cazador regresaron para pasar el
último invierno en el asentamiento.
***
Corrían los primeros días del mes de mayo cuando la reducida
familia partió en dos los lazos afectivos que los ligaban a las
cosas y se despidió de los pocos que en el infortunio decían
llamarse sus amigos. La tristeza del adiós tuvo para cada uno de los
peregrinos mitigaciones particulares. Rubén, taciturno y huraño por
la infelicidad, arrancó a paso largo, con su habitual ceño fruncido,
cabizbajo, lamentando muy poco y sin dignarse a reconocerlo. Dorcas,
aunque lloró profusamente el rompimiento de los vínculos con que su
espíritu sencillo y afectuoso se aferraba de todo, sentía que los
habitantes de las entrañas de su corazón se mudaban con ella y que
lo demás se repondría donde quiera que fuese. Y el muchacho, tras
derramar una lágrima, pensaba en los azarosos placeres del bosque
inexplorado.
¿Quién, en el fervor de la ilusión, no ha deseado ser un nómada
en un mundo silvestre y soleado, con un ser tierno y puro que se
apoye liviano en su brazo? Para la marcha libre y jubilosa de la
juventud no habría más barreras que el agitado océano y las montañas
coronadas de nieve. La más serena madurez escogería una morada donde
la naturaleza hubiera derramado sus riquezas por partida doble en el
valle de un arroyo transparente. Y cuando la vejez, tras largos años
de vida sana, se arrimara furtiva y allí lo sorprendiera,
encontraría al padre de una raza, al patriarca de un pueblo, al
fundador de una nación en ciernes. Al sobrevenir la muerte, como el
dulce sueño que nos embarga tras un día de dicha, sus lejanos
descendientes llorarían ante el polvo venerable. Revestido de
misteriosos atributos por la tradición, los hombres de las
generaciones venideras lo mirarían como a un dios y la remota
posteridad vería su figura, vagamente gloriosa, erguida en las
lejanías del valle de cien siglos.
El enmarañado y lóbrego bosque que atravesaban los personajes de
mi relato era harto distinto de la tierra de fantasía del soñador.
Pero en el modo de vivir de éstos había algo que la naturaleza
reclamaba como suyo y los atenazantes cuidados que habían traído del
mundo eran los únicos estorbos de su felicidad. El alentado y brioso
caballo que cargaba todos sus haberes no se plantaba bajo el peso
añadido de Dorcas, aunque la recia crianza la sostenía a ella, en el
último tramo de cada jornada, al lado del marido. Rubén y el hijo,
mosquetes al hombro y hachas a las espaldas, marchaban a paso
vigoroso, cada uno a la mira de la caza que les proporcionaba
alimento. Al dictado del hambre hacían un alto y preparaban la
comida a la orilla de alguna corriente cristalina que, cuando se
arrodillaban a beber con labios sedientos, murmuraba con dulce
renuencia como una doncella ante el primer beso de amor. Dormían
bajo una enramada y despertaban al despuntar el alba, repuestos para
las faenas de otro día. Dorcas y el muchacho avanzaban llenos de
alborozo; y hasta el ánimo de Rubén reflejaba a ratos alegría
exterior, aunque adentro había una helada pesadumbre que él
comparaba con los ventisqueros en las hoyas y vegas de los
riachuelos mientras la fronda arriba era de un verde claro.
Cyrus Bourne era tan buen baquiano de los bosques como para saber
que su padre no se ceñía a la ruta que habían seguido en la
expedición del otoño anterior. Ahora caminaban más hacia el norte,
alejándose directamente de los poblados y penetrando en una región
cuyos únicos dueños seguían siendo las bestias salvajes y los
hombres salvajes. El muchacho a veces insinuaba sus opiniones al
respecto y Rubén escuchaba con atención, llegando a cambiar de
rumbo en una o dos ocasiones, según el consejo del hijo. Pero
después de hacerlo parecía incómodo. Lanzaba vistazos rápidos y
erráticos, como al acecho de enemigos ocultos tras los árboles; y,
al no descubrir nada, miraba atrás como con miedo de que alguien lo
siguiera. Cyrus, dándose cuenta de que el padre poco a poco retomaba
la antigua dirección, dejó de intervenir; y, aunque algo empezó a
pesarle en el pecho, su temple aventurero le impedía lamentar que el
camino se hiciera más largo y misterioso.
Hicieron alto en la tarde del quinto día y organizaron el
sencillo campamento casi una hora antes de la puesta del sol. En las
últimas leguas el territorio se había ido diversificando con suaves
ondulaciones que parecían las enormes olas de un mar petrificado; y
en una de las correspondientes hondonadas, en un lugar agreste y
romántico, la familia levantó el cobertizo y encendió la hoguera.
Algo nos hace estremecer -y sin embargo nos caldea el corazón- cuando
pensamos en los tres, unidos por los fuertes lazos del amor y
separados de todos los que vivían por fuera de este vínculo. Los
negros pinos los miraban desde arriba y cuando el viento soplaba entre sus copas se escuchaba
por el bosque un sonido compasivo. ¿O gemían esos añosos árboles por
miedo a que por fin hubieran venido los hombres a hundir el hacha en
su corteza? Mientras Dorcas alistaba la cena, Rubén y el hijo se
proponían dar una vuelta en busca de la caza que no habían podido
conseguir durante la jornada. El chico, luego de prometer que no se
alejaría del campamento, partió con paso tan ligero y elástico como
el del venado que pensaba derribar; en tanto que su padre, sintiendo
una dicha pasajera al seguirlo con la vista, se dispuso a tomar el
rumbo opuesto. Dorcas, mientras tanto, se había acomodado cerca de
la fogata de chamizas, sobre el musgoso y carcomido tronco de un
árbol desarraigado años atrás. Su ocupación, interrumpida por un
vistazo ocasional a la olla que empezaba a hervir en las llamas, era
la lectura del Almanaque de Massachusetts de ese año, el cual, con
la excepción de una vieja Biblia en letra gótica, componía el acervo
literario de la familia. Nadie presta más atención a las divisiones
arbitrarias del tiempo que quienes están apartados de la sociedad; y
Dorcas comentó, como si el dato tuviera importancia, que ese día era
doce de mayo. Su marido dio un bote.
-¡El doce de mayo!, y bien que debería recordarlo -murmuró,
mientras numerosos pensamientos le confundían momentáneamente el
cerebro-. ¿Dónde estoy? ¿Adónde me dirijo? ¿En dónde lo dejé?
Dorcas, demasiado acostumbrada a los accesos caprichosos del
marido como para notar alguna rareza en su conducta, puso a un lado
el almanaque y le habló con el tono compungido que los de tierno
corazón asignan a las penas que hace tiempo se enfriaron y murieron.
-Fue por estas fechas, hace dieciocho años, que mi padre dejó
este mundo por uno mejor. Contó con un brazo amable que le
sostuviera la cabeza y una voz bondadosa que lo animara, Rubén, en
la hora final. Y el pensamiento del fiel cuidado que le prestaste me
ha consolado en muchas ocasiones desde entonces. ¡Oh, morir sería
horrible para un hombre solo en un lugar salvaje como este!
-Pídele al cielo, Dorcas -dijo Rubén con voz entrecortada-,
pídele al cielo que ninguno de nosotros muera solo y quede sin
enterrar en este bosque lúgubre.
Y se alejó de prisa, dejándola que vigilara el fuego bajo los
tristes pinos.
Rubén Bourne aflojaba el paso a medida que se hacía menos aguda
la punzada que sin intención le habían causado las palabras de
Dorcas. Sin embargo, lo abrumaban numerosas y extrañas reflexiones;
y, caminando más como sonámbulo que como cazador, no puede
atribuirse a sus designios el hecho de que su tortuosa orientación
lo hubiera mantenido en las cercanías del campamento. De modo
imperceptible sus pasos fueron trazando un círculo; tampoco se dio
cuenta de que estaba en los límites de un terreno muy poblado de
vegetación, pero no de pinos. En lugar de estos últimos había robles
y otras maderas duras; y rodeaban sus raíces tupidos matorrales que
dejaban, empero, claros entre los árboles, cubiertos por una gruesa
capa de hojarasca. Cuando se oía el susurro de las ramas o el
crujir de los troncos, como si el bosque despertara de un sueño,
Rubén alzaba por instinto el mosquete que descansaba en su brazo y
echaba una mirada rápida y aguda a cada lado; pero, convencido en su
atención parcial de que allí no había animal alguno, volvía a
sumirse en sus cavilaciones. Meditaba en la extraña influencia que
lo había desviado del curso prefijado hasta este recóndito paraje.
Incapaz de penetrar en el rincón secreto del alma donde yacían
escondidos sus motivos, creía que una voz sobrenatural lo había
llamado y que una fuerza sobrenatural le había impedido retroceder.
Confiaba en que el propósito del cielo fuera darle la oportunidad de
expiar su pecado; tenía la esperanza de encontrar los huesos
insepultos hacía tanto tiempo y de que, tras cubrirlos de tierra, la
paz bañaría con su luz el sepulcro de su corazón. Fue despertado de
estos pensamientos por un chasquido en la maleza, a cierta distancia
del sitio por donde vagaba. Percibiendo que algo se movía tras las
espesas frondas, disparó con el instinto de un montero y con la
puntería de un tirador. Un gemido apagado, prueba de que había dado
en el blanco, y mediante el cual hasta los animales expresan la
agonía de la muerte, pasó inadvertido para Rubén Bourne. ¿Qué
recuerdos lo asaltaban ahora?
El matorral hacia donde Rubén había disparado quedaba cerca de
la cima de un promontorio y se enmarañaba al pie de una roca que,
por la forma y lisura de uno de sus flancos, no dejaba de asemejarse
a una enorme lápida. Su imagen persistía en la memoria de Rubén
como reproducida en un espejo. Incluso reconoció las vetas que
parecían componer una inscripción en caracteres olvidados. Todo
seguía igual, con la excepción de que un espeso monte bajo envolvía
la parte inferior de la roca y habría ocultado a Roger Malvin de
haber estado aún recostado en ella. Pero a continuación Rubén echó
de ver otro cambio efectuado por el tiempo desde que estuvo allí
escondido en ese mismo sitio, tras la raíz terrosa del árbol
descuajado. El roblecillo en el que había atado el símbolo
ensangrentado de su promesa había crecido bastante, convirtiéndose
en un árbol ciertamente distante del pleno desarrollo, pero con una
nada exigua extensión del umbroso ramaje. Exhibía una peculiaridad
que hizo temblar a Rubén. Las ramas del medio para abajo eran de
una vitalidad exuberante y el follaje excesivo orlaba el tronco casi
hasta el suelo; pero una plaga al parecer había atacado la parte
superior del roble y la rama más alta aparecía marchita, privada de
savia y por completo muerta. Rubén recordó cómo ondeaba la pequeña
bandera en esa última rama, verde y lozana dieciocho años atrás. ¿De
quién era la culpa que la había maldecido?
***
Dorcas, tras la partida de los dos cazadores, continuó preparando
la comida de esa noche. La rústica mesa era el tronco invadido de
musgo de un gran árbol derribado. En la parte más ancha había
extendido un mantel de blancura inmaculada y había dispuesto lo que
quedaba de los relucientes cubiertos de peltre que habían sido su
orgullo en el asentamiento. Extraña vista la de aquel limitado
rincón de solaz hogareño en la desierta entraña de la naturaleza. El
sol se demoraba todavía en las ramas más altas de los árboles que
crecían en las lomas; pero las sombras de la noche se hacían más
oscuras en la hondonada donde habían instalado el campamento y la
lumbre se ponía más roja mientras reverberaba en los altos troncos
de los pinos y oscilaba en los negros matorrales que bordeaban el
paraje. El corazón de Dorcas no se sentía triste, puesto que
presentía que era mejor viajar por la espesura con dos seres
queridos que ser una mujer desamparada en medio de un gentío
indiferente. Mientras se ocupaba en componer asientos de madera
carcomida cubriéndolos con hojas para Rubén y el hijo, su voz
danzaba por el sombrío bosque al compás de una tonada que había
aprendido en la juventud. La tosca melodía, creación de un bardo que
no alcanzó la fama, se refería a una noche de invierno en una cabaña
en la frontera, en la que, protegida de incursiones salvajes por la
nieve apilada, la familia se reunía llena de contento junto al
fuego. La canción poseía el anónimo encanto del pensamiento que no
se tomó en préstamo, pero en particular había tres o cuatro versos
repetidos que fulguraban aparte de los otros como las llamas del
hogar cuyos placeres celebraban. En ellos, con la magia de unas
pocas y sencillas palabras, el poeta había infundido la mismísima
esencia del amor doméstico y la dicha hogareña. Eran al mismo tiempo
poesía y retrato. Mientras Dorcas cantaba, las paredes del hogar
abandonando volvían a rodearla; ya no veía más los tristes pinos ni
escuchaba el viento que, al iniciarse cada verso, soplaba gravemente
entre las ramas y que se extinguía con un sordo quejido por el peso
de aquella tonada. La espabiló el estallido de un arma en las
cercanías; y el sonido repentino, o bien su soledad junto a la
hoguera, la hizo temblar violentamente. Al momento siguiente echó a
reír con el orgullo de un corazón materno.
-¡Mi hermoso cazador! ¡Mi niño ha matado un venado! -exclamó,
recordando que Cyrus había salido en la dirección de donde procedió
el disparo.
Esperó un rato prudente a que se oyeran los ligeros pasos de su
hijo, saltando por la crujiente hojarasca para contarle de su éxito.
Pero él no aparecía, de modo que envió en su busca un alegre llamado
entre los árboles.
-¡Cyrus, Cyrus!
Todavía demoraba en llegar, así que, puesto que la detonación
parecía haber venido de muy cerca, decidió ir a buscarlo en persona.
Además, podría necesitar su ayuda para traer la carne de venado que,
en su ilusión, había conseguido. Partió pues, dirigiendo los pasos
por el sonido recordado y cantando al andar para que el muchacho se
percatara de su aproximación y corriera a su encuentro. Detrás de
cada árbol y en cada escondrijo entre los matorrales esperaba
toparse el rostro de su hijo, riendo con la malicia juguetona que
nace del cariño. El sol ahora se había puesto tras el horizonte y la
luz mortecina que se filtraba entre las hojas bastaba para conjurar
múltiples espejismos en su acuciosa fantasía. Varias veces le
pareció ver su cara borrosa atisbando entre el follaje; y en una
ocasión le pareció que él le hacía señas al pie de un peñasco. Pero
al fijar la mirada en aquella figura descubrió que no era más que el
tronco de un roble orlado hasta el suelo de ramitas, una de las
cuales sobresalía entre las otras y era mecida por la brisa.
Bordeando la base de la roca se encontró de pronto al lado de su
esposo, que había llegado por otro lado. Apoyado en la culata del
mosquete, cuya boca apuntaba contra las hojas secas, parecía absorto
en la contemplación de un objeto a sus pies.
-¿Qué es esto, Rubén? ¿Mataste un venado y te dormiste sobre él?
-exclamó Dorcas, riendo con alegría tras dar una ojeada superficial a
su postura y su semblante.
Él no se movió ni volvió sus ojos hacia ella; y un temor
escalofriante, vago en su origen y en su objeto, comenzó a helarle
la sangre en las venas. Entonces se dio cuenta de que la cara de su
esposo mostraba una palidez cadavérica y de que sus rasgos estaban
tiesos, como si no pudieran asumir una expresión distinta del
terrible desespero que había cuajado en ellos. No daba la menor
muestra de haber notado su llegada.
-¡Por amor al cielo, Rubén, háblame! -gritó Dorcas; y el extraño
sonido de su propia voz la asustó más que el silencio total.
Su marido reaccionó, la miró a la cara, la condujo al frente de
la roca y señaló con el dedo.
¡Ay, allí yacía el muchacho, dormido, pero no soñando, sobre las
hojas secas del bosque! La mejilla descansando en el brazo; los
rizos echados hacia atrás, despejada la frente; los miembros
levemente relajados. ¿Lo había rendido un súbito cansancio? ¿Lo iría
a despertar la voz de la madre? Pero ella sabía que se trataba de la
muerte.
-Esta piedra anchurosa es la lápida de tu sangre cercana, Dorcas -dijo
su esposo-. Verterás tus lágrimas al mismo tiempo por tu padre y tu
hijo.
Ella no lo escuchó. Profiriendo un alarido desgarrado que parecía
venir de las profundidades de su alma doliente, perdió el sentido y
se desplomó al lado de su muchacho muerto. En ese instante la rama
marchita del roble se desprendió en el aire quieto y cayó hecha
pedazos en la roca, en las hojas, en Rubén, en la mujer y el hijo,
en los huesos de Roger Malvin. Y fue así que se abrió el corazón de
Rubén y brotaron las lágrimas como agua de una piedra. El
desdichado adulto vino a pagar la promesa hecha por el joven herido.
Reparó su pecado... se había levantado la maldición que pesaba sobre
él. En la misma hora en que derramó sangre más preciada que la
propia, una oración, la primera en años, subió al cielo salida de
los labios de Rubén Bourne.
|