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Anduvo perdido todo el día
por Roma. Era un mayo frío, oscuro y lluvioso. Una mala primavera, una primavera
maldita. Las flores no se abrían. Estaban demoradas, encogidas por el frío y el
tacto pálido del sol. Había salido de su habitación helada.
El piso era de baldosas
-antiguas, con figuras sensuales de uvas rojas desteñidas y peras violetas- que
hacían arder de frío los pies descalzos. La chimenea se llenaba de humo en vez
de calentar la piel desnuda. En los amaneceres fríos lo despertaban los gritos
desolados de los pájaros, que respondían al tañido de las campanas. A través de
la ventana veía la cúpula sin sol de San Pedro, que no brindaba consuelo.
A la tarde, poco antes del
ocaso, el cielo se despejó. Caminaba por los jardines de la Villa Borghese. De
pronto, frente a él, vio a un grupo de chicas de un convento. Jugaban y cantaban
en el pasto frío, en un claro verde, bajo los grandes árboles. Las vigilaban
cuatro monjas blancas. Las chicas bailaban y daban vueltas por los jardines,
bajo la pálida luz tardía del sol. Se acercó y se recostó boca abajo al borde
del baile verde y las miró. Algunas se habían caído o habían rodado por el pasto
fresco y tenían una mancha verde en el vestido rosa. Otras tenían aros hechos
con capullos o pulseras y collares tejidos con hebras de pasto y amapolas
tempranas. Las miró, tendido en el pasto, y en su mente se aclaró la antigua
confusión de una tarde remota, de un mes de mayo.
Era el recuerdo de una
tarde soleada de mayo en Woodland Park, allí en la Texas lejana. Corría un
viento suave entre los pinos, donde la escuela había abierto un claro para la
Fiesta de la Primavera de la primaria. Era un día encantado. Su disfraz de rey
de las flores estaba listo. El de amapola, de la hermana, al fin estaba
terminado. Él tenía una varita y una corona plateadas -hechas de cartón, pero
forradas con papel metalizado-. La corona y la varita estaban sobre el mueble de
las copas de cristal, que había sido de su abuela. Guardó durante muchos años la
corona, aunque al tiempo el lustre se gastó y se le cayeron las estrellas. Allí,
tirado en el pasto, le hubiera gustado tenerla de nuevo, aunque eso no fuera a
cambiar nada.
El disfraz de la hermana
era una amapola roja y verde de papel crêpe. Tenía una gorrita para la cabeza,
con la corola invertida de una amapola y estambres verdes. El disfraz estaba
sobre la cama de la habitación extra que se convertiría en la habitación de su
hermana cuando ella fuera suficientemente mayor como para ocuparla, sin miedo a
dormir lejos del resto de la familia. Era un vestido muy frágil, que la madre
había cosido, preocupada, mientras decía todo el tiempo que era muy difícil y
que pensaba que no podría hacerlo bien aunque tuviese toda la vida para
intentarlo. El disfraz de su hermana no duró tanto como la corona de rey y la
varita plateada.
Parecía que el día de la
primavera no iba a llegar nunca, que había quedado, suspendido, al borde del
jueves. Pero había llegado y allí estaba la familia, yendo a Woodland Park. Los
chicos, al fin con sus disfraces, tomados de la mano, iban delante. La madre y
el padre marchaban detrás. Los ojos de la madre miraban, resignados, el tallo
imperfecto que caía, de lado, sobre la cabeza de la hermana, que caminaba
cuidadosamente. Él no podía verse la corona, pero sabía que el sol la iluminaba
porque podía ver que la varita resplandecía a la luz dorada del sol. La hermana
iba con más cuidado que nunca para no arruinar su traje de amapola porque la
madre le había advertido seriamente que, si corría, el papel crêpe podía
estirarse y deformarse y hasta "romperse". Era tan efímero como una flor. Él se
preguntaba cómo iba a hacer su hermana para bailar el baile de las cintas metida
dentro de eso. Tendría que moverse con suavidad.
El Woodland Park era una
gran barranca verde a orillas del Chocolate Bayou. Había una multitud radiante.
Algunos estaban de pie y otros caminaban. Había puestos de limonada decorados
con papeles de colores, kioscos con faroles de colores que se mecían al viento,
carros con toldos donde vendían helados que crujían en conos de papel Dennison y
banderas hechas con cintas. El claro estaba en el centro del parque y en el
centro del claro estaba el gran palo de mayo, alto y fuerte, con serpentinas
azules y blancas atadas a la base para que la mano de cada bailarina agarrara la
suya. El viento hacía temblar la delicada construcción. El sonido sedoso y
crujiente del papel y las hojas era tan fuerte que el mundo parecía hecho de
hojas y flores temblorosas y brillantes al viento y a la luz del sol. Uno
deseaba que las bailarinas del baile de las cintas lo hicieran bien, como les
habían enseñado durante los ensayos en el auditorio de la escuela. Era su única
oportunidad. Esa tarde fugaz, todo parecía delicado y efímero. Parecía que sólo
era un momento intrascendente de mayo, que la lluvia podía desteñir y marchitar,
que el viento podía romper y soplar.
La hermana encontró reunido
al grupo de amigas, que eran flores: rosas, tulipanes, lilas y algunas pocas
glicinas. Las madres, guiadas por las maestras, habían hecho un buen trabajo con
los disfraces. Habían pasado dos tediosas semanas cosiendo materiales delicados
en una de las aulas, después de clase.
Era el rey de las flores.
Tenía que quedarse solo en su puesto en el claro, al entrar, porque no había
reina de las flores. No sabía por qué, ni siquiera lo había pensado. Su disfraz
era nada más que un traje negro, pero era el primer traje que tenía -saco y
pantalón, camisa blanca y corbata- y eso bastaba para que ese día se
transformara en un día especial. Lo que hacía toda la diferencia eran la corona
y la varita. Tenía que moverse entre las chicas, que estarían de cuclillas, y
rozarlas gentilmente con su varita para hacerlas florecer, mientras sonaba la
música de "Bienvenida, dulce primavera", bonita pero triste. Esperaba su turno
con miedo. Era el segundo en el programa. Primero iban a entrar y desfilar el
rey y la reina de mayo con toda su corte.
Empezó. Un chico salió del
grupo, se ubicó al lado del trono vacío y sopló una fanfarria tan clara como la
luz del sol que daba en su clarín. Sopló bien -a Dios gracias- y de una vez, así
que no hubo peligro de que las flores se rieran (no habían podido controlarse en
los ensayos cuando el clarín soplaba sin que saliera ningún sonido). Después de
la perfecta fanfarria, todos se quedaron callados y arrancó el piano. La corte
entró en el claro. Él empezó a sentir una jaqueca punzante, a sentirse muy mal.
Salieron las flores, las más pequeñas, arrojando unos pétalos de rosas que
formaban un camino para el rey y la reina. El bufón que las seguía -todo
campanitas y papel puntiagudo- pateaba los pétalos, contra lo que le habían
advertido en los ensayos. Fue el primer error. Pero, ¿cómo podía hacer el bufón
para no patear las flores? Se sintió peor. Entraron las princesas, tentadas.
Después los príncipes, los duques y las duquesas y, por último, el rey y la
reina, que habían sido elegidos en la escuela por votación. Cuando sonó la
marcha de la coronación, él corrió hasta detrás del piano. La música le
retumbaba en la cabeza y vomitó sosteniendo la corona con las manos para que no
se le cayera. Pensó que iba a morirse por lo mal que se sentía y por el miedo.
Ahora estaba mejor, aunque avergonzado. Volvió a su lugar. La corte ya se había
sentado, sin ningún traspié. Parecía un jardín de flores. Hubo un gran aplauso,
una pausa. Y la melodía familiar de "Bienvenida, dulce primavera", que lo había
cautivado desde el comienzo de los ensayos, colmó el aire. De pronto, todas las
flores corrieron hacia el claro y cayeron al suelo, alrededor del palo de mayo,
agarrando sus serpentinas.
Fue un momento de ceguera y
exaltación: reconoció su pie musical, era la hora de pasearse entre las flores.
Sólo iba a recordar el sentimiento de profunda tristeza y encanto que lo embargó
cuando entró en el claro y caminó entre las flores plegadas, tocando a cada una
con su varita plateada para que floreciera. Todas esas chicas bonitas se
esfumarían, con el tiempo, por todos lados. No volverían a tener la naturalidad
de esa tarde en ese parque dorado de pinos y flores. El palo de mayo empezó a
abrirse como una enorme sombrilla de papel. Se acercó a una de las amapolas. Era
su hermana. Se dio cuenta porque reconoció de inmediato, mientras hacía
descender la varita, el defecto del tallo verde que había afligido a su madre
porque no podía hacerlo bien, aunque las otras madres le habían dicho que no
estaba tan mal, que no se preocupara. Durante las últimas semanas se había
convertido en la angustia de toda la casa. Una vez la madre lloró, desconsolada,
por el tallo, y dijo, mientras se mordía el labio y miraba por la ventana: "No
puedo hacerlo bien". Había oído que su madre y su padre hablaban en voz baja
sobre eso a la noche. "Está bien aunque no te salga perfecto", la había
consolado el padre. "Los chicos no se fijan en esas cosas." El hermano y la
hermana se habían preocupado por el tallo. Cuando iban caminando a la escuela,
se decían que esperaban que su madre pudiera hacerlo bien. El hermano había
llegado incluso a rezar por la noche. Terminaba las oraciones que se sabía de
memoria con un "Señor, ayuda a mi madre para que le salga bien el tallo de la
amapola". En ese instante, mientras hacía descender la varita para tocarlo, el
pequeño tallo verde le pareció el defecto de su casa y un símbolo de la
imperfección del amor.
Tocó con la varita
temblorosa el tallo verde de la cabeza de su hermana y sintió su timidez. La
hermana empezó a enderezarse, como en un hechizo. Se pisó uno de los pétalos del
vestido. La vio tropezar y caer, como si él la hubiera golpeado con una barra
candente.
En una niebla de lágrimas,
tuvo una visión. Su madre, su padre, su hermana y él estaban de pie, juntos, en
el claro del trono de primavera, sin la realeza. Los habían llevado allí como
escarmiento porque habían arruinado el palo de mayo. El palo de mayo era un
tallo retorcido de papel arrugado, que estaba a sus espaldas y les hacía sombra.
La hermana tenía el disfraz de amapola estropeado y él, con su traje, tenía la
corona pulida caída sobre los ojos, como una venda, y la varita plateada, que le
hacía burlas, en la mano. Su madre estaba afligida y su padre se veía humillado.
Oyó la risa atronadora y el suspiro silbado -como una tormenta entre los
árboles- del grupo numeroso de personas que, vestidas con papel, hojas y flores,
parecían haber salido de los árboles, del pasto y de las emanaciones del río
pantanoso que corría debajo del claro (una asamblea de jueces burlones y
juerguistas demoníacos, verdes, acusadores). Mayo era cruel y encantador. Todo
era impetuoso, pasional y despiadado. Podía oír la voz de su madre, que le
hablaba al jurado vegetal: "No me salió bien". Y la voz de su padre: "Nunca
tuvimos una oportunidad. Ninguno de los nuestros. Ni mi madre ni mi padre ni mis
hermanos ni mis hermanas". Podía sentir su propia respuesta, carente de
palabras, que se agitaba en sus profundidades, donde iba a permanecer hasta que
pudiera elevarse y pronunciarse, dentro de no mucho tiempo.
Dio un paso atrás y se
apartó un instante de la hermana, por alguna razón que sólo comprendería muchos
años después, tirado en el pasto de una ciudad extranjera, en un parque donde
jugaban unas huérfanas. No podía moverse para ayudar a su hermana. Su frágil
vestido de papel se había roto. Estaba llorando. Se quedó junto a ella. La
varita, que colgaba de su mano floja, se le cayó al piso. Él también empezó a
llorar. El llanto de los hermanos interrumpió el acto. Ahí estaban la flor y el
rey de las flores, en medio del claro, bajo el sol, rodeados por un mundo de
caras amigas y extrañas, con la música de "Bienvenida, dulce primavera" de
fondo, triste como un canto invernal. Algunas flores, que aún no se habían
abierto con el toque de la varita, no pudieron contenerse y espiaron para ver
qué pasaba. El jardín estaba a punto de desarmarse. Una maestra corrió para
ayudar a la hermana a ponerse de pie mientras lo incitaba para que siguiera
adelante. No había sido capaz de ayudar a florecer a su hermana, del mismo modo
que ni él ni nada de este mundo podían ayudar a su madre a hacer bien el tallo.
En ese momento supo, con certeza, que nadie podía remediar algunos defectos, ni
las manos de una madre ni la varita de un hermano, sólo la mano de Dios o alguna
vara o viento o lluvia -o algo así- que estaban más allá del alcance de las
manos humanas.
Ya había florecido todo el
jardín -a excepción de su desgraciada hermana, que tenía el vestido roto y un
pétalo colgando por detrás-. El palo de mayo estaba abierto y temblaba a la luz
del sol. El hermano se alejó del claro, se metió entre la gente y se abrió
camino para ocultarse detrás del piano. Lloró con amargura mientras el piano
seguía tocando la triste tonada primaveral. Le dolía la garganta. Le ardía con
el ácido disgusto por su hermana, por su madre, por ese momento amargo de mayo,
por su primer traje y corbata -que entonces se le antojaron ligados a esa tarde
desastrosa que no podían cambiar o transformar ni la varita ni la corona-.
Lloró con amargura en honor
de algo que iba mucho más allá de lo que entonces comprendía. Volvió a sentirse
como se había sentido muchas veces, en los comienzos de su vida. Sintió la
visita, leve y triste, de una sensación de trágica incompletad en su herencia,
nunca del todo florecida, como si una sombra de error atravesara su camino y
así, intacta, avanzara -en puntas de pie, a los tumbos, con su defecto sobre la
frente-, para alcanzar el roce de una varita mágica, y no pudiera levantarse y,
al intentarlo, se lastimara la piel y renqueara al bailar.
Las flores rodeaban, en
círculo, el palo de mayo desplegado. Empezaron a bailar el baile de las cintas.
Su hermana estaba allí. La vio pasar, bailando, una vuelta y otra vuelta,
haciendo zigzaguear su ser vapentina azul a un lado y al otro sin cometer un
solo error; pálida, inocente y melancólica con su vestido roto. Saltaba, como si
estuviera un poco renga y arrastraba con ella el pétalo quebrado del vestido que
ya parecía marchitarse. Sobre la cabeza, el tallo malogrado se caía y sacudía,
grotesco y burlón como un cuerno verde en su frente. Vio -como seguramente vio
toda la gente que estaba en la Fiesta de la Primavera- que su hermana era una
bailarina tranquila, una criatura aérea, desmejorada por el fracaso, tocada por
una luz débil, que saltaba y bailaba suavemente en ese instante de belleza
sobrenatural. Sintió que a él también lo tocaba la varita del desengaño,
empuñada por el demonio de mayo, ese mes fugaz que se iría para no volver. El
mundo, con sus flores y praderas, se doraría con el sol del verano, se quemaría
con la escarcha del invierno. Las serpentinas del palo de mayo se esfumarían. El
vestido de amapola quedaría hecho jirones, la varita terminaría deslustrada y la
corona de cartón se quedaría sin estrellas.
El arduo baile terminó, las
bailarinas salieron del claro. Quedó el palo de mayo, tejido y trenzado, sin
defectos. En el claro vacío estaba tirado, sobre el césped cortado al ras, el
pétalo del traje de su hermana.
Ahora miraba y oía de nuevo
a las chicas en los jardines de Villa Borghese. Se levantó, se dio vuelta, las
miró y se alejó, mientras tocaba la mancha verde de pasto en su pantalón blanco
con los dedos que habían sostenido, hacía tiempo, la varita mágica. ¡Ese pasto,
tan amargo! El agua amarga de las fuentes de la ciudad debía servir para regar
el pasto, pensó. El amor de Dios también era amargo porque Dios debía sufrir por
la fugacidad, porque el viento fecundo soplaba y marchitaba todo. ¡Qué mayo
amargo! La naturaleza humana era amarga porque cargaba con la mancha indeleble
que cuenta la historia de la gloria de la naturaleza del hombre y los campos.
En su habitación de
baldosas antiguas vivía el grito del demonio de mayo. Cuando llegó, se sentó y
pensó en las primeras revelaciones que tenemos en la vida y en cómo esas
revelaciones van cambiando con el tiempo. Pensó que se hunden en la corriente de
los años; que sus detalles se disuelven como pétalos de papel, como estrellas
fijadas con pegamento. Y que esas revelaciones quedan asentadas, sin dobleces ni
adornos, en el fondo frío y duro de la verdad inalterable.
FIN |