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El primer mes de julio después de mi matrimonio se hizo
memorable por tres casos interesantes en los que yo tuve la suerte de estar
asociado con Sherlock Holmes y de estudiar sus métodos. Los encuentro
registrados en mis notas bajo los encabezamientos de La aventura de la segunda
mancha, La aventura del Tratado naval y La aventura del capitán cansado. Pero el
primero de estos casos se refiere a intereses de tan gran categoría, e implica
en sí a tantas de las familias más distinguidas del reino, que será imposible
hacerlo público durante muchos años. Sin embargo, ningún otro de los casos de
que se ocupó Holmes sirvió tanto como ése para ilustrar el valor de sus métodos
analíticos, ni ha causado impresión tan profunda en quienes estuvieron
relacionados con dicho señor. Conservo todavía un relato casi verbal de la
entrevista en que Holmes demostró los hechos auténticos de ese caso a monsieur
Dubuque, de la Policía de París, y a Fritz von Waldbaum, el afamado especialista
de Dantzig, personajes ambos que habían malgastado sus energías persiguiendo
soluciones que resultaron accesorias. Sin embargo, para cuando pueda relatarse
sin peligro esa historia habrá llegado ya el nuevo siglo. Mientras tanto, voy a
pasar al caso segundo de mi lista, que en un momento dado prometió también
adquirir importancia nacional, y que fue señalado por varios incidentes que le
dan un carácter completamente único.
En mis años escolares estuve yo íntimamente relacionado
con un muchacho que se llamaba Percy Phelps, que tenía, más o menos, mi edad,
aunque iba dos clases más adelantado que yo. Era un joven muy despejado, y se
llevaba cuantos premios ofrecía la escuela, acabando sus hazañas con la
conquista de una beca, que le envió a proseguir su triunfal carrera en Cambridge.
Recuerdo que estaba extraordinariamente bien emparentado, e incluso cuando
éramos todos unos muchachitos sabíamos que el hermano de su madre era lord
Holdhurst, el gran político conservador. Tan vistoso parentesco le benefició
poco en la escuela; al contrario, nosotros encontrábamos un placer especial en
mortificarle en el campo de juego y en darle con un wicket en las espinillas.
Pero cuando entró en el mundo la cosa varió. Me enteré confusamente de que su
talento y su influencia le habían valido un buen cargo en el Foreign Office, y
desde entonces ya no volví a pensar en él hasta que la siguiente carta me
recordó su existencia
«Briarbrae, Woking.
»Mi querido Watson: No dudo de que te acordarás del
renacuajo Phelps, que estudiaba el quinto cuando tú estabas en el tercero. Es,
incluso, posible que te hayas enterado de que, gracias a la influencia de mi
tío, logré un buen cargo en el Foreign Office, y que ocupaba un puesto de
confianza y de honor hasta que una horrenda desgracia agostó súbitamente mi
carrera.
»De nada sirve dar detalles por escrito del espantoso
suceso. Es probable que, si accedes a mi solicitud, tenga que relatártelo. Acabo
justamente de recobrarme después de nueve semanas de fiebre cerebral, y me
encuentro extraordinariamente débil. ¿Crees que te seria posible venir a
visitarme trayendo en tu compañía a tu amigo el señor Holmes? Me gustaría
escuchar su opinión acerca de mi caso, aunque las personas de autoridad me
aseguran que ya no es posible hacer nada más. Esfuérzate por traerlo en tu
compañía lo antes posible. Cada minuto que pasa se me antoja una hora mientras
vivo en esta horrenda incertidumbre.
Asegúrale que si no he solicitado antes su consejo, no
ha sido porque no apreciase su talento, sino porque no he andado bien de la
cabeza desde que cayó el golpe sobre mí. Pero ya me encuentro otra vez sereno,
aunque no me atrevo a pensar demasiado en el asunto por miedo a una recaída. Me
encuentro tan débil, que, como verás, tengo que dictar mi carta. Procura
conseguir el traerlo contigo.
»Tu viejo compañero de escuela,
Percy Phelps.»
Hubo algo que me conmovió en la lectura de esta carta,
algo que excitaba la compasión en las reiteradas peticiones de que llevase
conmigo a Holmes. Tan conmovido estaba yo, que lo habría intentado, aunque se
tratase de una empresa difícil; pero, como es natural, yo sabía perfectamente
que Holmes estaba tan encariñado con su profesión, que siempre se encontraba tan
dispuesto a llevar su ayuda como su cliente pudiera encontrarse dispuesto a
recibirla. Mi esposa estuvo de acuerdo conmigo en que no podía perderse un
instante en plantear a Holmes el asunto; por eso, antes de que transcurriese una
hora desde el desayuno, me encontré una vez más de regreso en mis viejas
habitaciones de Baker Street.
Estaba Holmes sentado a su mesa lateral, vestido con su
batín y entregado de lleno a una investigación química Una retorta grande,
encorvada, hervía furiosamente a la azulada llama de un calentador Bunsen, y las
gotas destiladas iban cayendo en una medida de dos litros. Apenas si mi amigo
levantó la vista cuando yo entré, y yo, dándome cuenta de que su investigación
era, sin duda, importante, me senté en un sillón y esperé. Holmes metía su
probeta de cristal tan pronto en una botella como en otra, sacando algunas gotas
de cada una y, por último, colocó encima de la mesa un tubo de ensayo que
contenía una solución. Tenía en su mano derecha una tira de papel tornasolado.
-Llega usted en el momento de la crisis, Watson -me
dijo-. Si este papel permanece azul, todo va bien. Si se vuelve encarnado, eso
equivale a la vida de un hombre.
Metió el papel dentro del tubo de ensayos, y en el acto
se revistió de un color granate, apagado y sucio.
-¡Ejem! ¡Me lo imaginaba! -exclamó-. Estaré a sus
órdenes dentro de un instante, Watson. Encontrará usted el tabaco dentro de la
zapatilla persa.
Se dirigió a su mesa de escritorio y garrapateó varios
telegramas, que luego entregó al botones. Acto continuo se dejó caer en el
sillón que había enfrente del mío, y levantó sus rodillas hasta que los dedos de
sus manos se cerraron alrededor de sus largas y delgadas espinillas.
-Un pequeño asesinato de tipo muy vulgar -dijo-. Me
imagino que usted me trae algo mejor. Es usted, Watson, el ave de las tormentas.
¿De qué se trata?
Le entregué la carta, que él leyó con toda su atención
reconcentrada.
-No nos dice gran cosa, ¿verdad? -comentó, al
devolvérmela.
-Nada apenas.
-Sin embargo, la letra es interesante.
-Pero la letra no es la suya.
-Precisamente. Es letra de mujer.
-Es de un hombre, no es posible negarlo -exclamé yo.
-No, es letra de mujer, y de una mujer de
extraordinario carácter. Comprenda usted que en los comienzos de una
investigación tiene alguna importancia el saber que el cliente se halla en
estrecho contacto con alguien de índole excepcional, para el mal o para el bien.
Este caso ha despertado ya mi interés. Si usted está listo, nos pondremos al
instante en camino para Woking, y visitaremos a este diplomático que se
encuentra en tan mala situación y a la señora a quien el dicta sus cartas.
Tuvimos la buena suerte de alcanzar uno de los primeros
trenes que salían de Waterloo, y en algo menos de una hora nos encontramos entre
los bosques de abetos y los brezales de Woking. Briarbrae resultó ser una gran
casa aislada que se levantaba en el interior de un extenso parque, a pocos
minutos de camino de la estación. Al pasar nuestras tarjetas, nos introdujeron
en una sala elegantemente dispuesta, donde vino a reunírsenos, algunos minutos
después, un hombre bastante corpulento, que nos recibió con gran hospitalidad.
Andaría más cerca de los cuarenta que de los treinta años, pero sus mejillas
eran tan coloradas y sus ojos tan alegres, que daba todavía la impresión de un
muchacho regordete y pícaro.
-Me alegro de que hayan venido -nos dijo, estrechando
nuestras manos efusivamente-. Percy no ha dejado en toda la mañana de preguntar
por ustedes. Pobre muchacho, que se aferra aunque sea a una paja.
Su padre y su madre me rogaron que me entrevistase con
ustedes, porque la simple mención del asunto les resulta dolorosa.
-Hasta ahora no se nos han dado detalles -hizo notar
Holmes- Por lo que veó, usted no es un miembro de la familia
Nuestro nuevo conocido pareció sorprenderse, y luego,
bajando la vista, empezó a reírse.
-Naturalmente, usted vio el monograma J. H. en mi
medallón -dijo-. Creí de momento que el haberlo adivinado era un golpe de efecto
suyo. Me llamo Josep Harrison y, como Percy se va a casar con mi hermana,
emparentaré con ellos por lo menos políticamente. Encontrará usted a mi hermana
en la habitación de Percy, porque lleva dos meses cuidándolo en todo. Quizá sea
lo mejor que vayamos allí en seguida, porque yo sé todo lo impaciente que está.
La habitación donde nos llevaron se hallaba situada en
la misma planta que la sala. Hallábase amueblada, en parte, como cuarto de
estar, y en parte, como dormitorio, y había flores delicadamente colocadas en
todos los ángulos y rincones. Sobre un sofá, próximo a la ventana abierta,
estaba tendido un hombre joven, muy pálido y demacrado; entraban por ésta los
ricos perfumes del jardín y el aire veraniego embalsamado. Al lado del joven se
hallaba sentada una mujer, que se puso en pie al vernos entrar, diciendo:
-¿Debo retirarme, Percy?
El la agarró de la mano para que no lo hiciese.
-¿Cómo estás, Watson? -dijo con mucha cordialidad-. No
te habría reconocido jamás con ese bigote, y creo que tú tampoco habrías jurado
que yo soy aquél. Supongo que este caballero es tu célebre amigo el señor
Sherlock Holmes, ¿verdad?
Hice la presentación en breves palabras, y ambos
tomamos asiento. El individuo robusto nos había dejado, pero su hermana se
quedó, con su mano en la del inválido. Era mujer de aspecto llamativo, demasiado
baja y gruesa para ser simétrica, pero con un hermoso cutis aceitunado, ojazos
negros de italiana y un tesoro de cabellos negrísimos. La pálida cara de su
acompañante resultaba más cansada y macilenta por contraste con las ricas
tonalidades de ella.
-No les haré perder el tiempo -dijo, incorporándose en
su sofá-. Me zambulliré en el tema sin preámbulos.
Yo, señor Holmes, era un hombre feliz y al que
acompañaba el éxito, estando en vísperas de contraer matrimonio, cuando una
terrible desgracia hizo zozobrar todas las perspectivas de mi vida. Estaba, como
ya Watson le habrá informado, en el Foreing Office, y gracias a la influencia de
mi tío, lord Holdhurst, alcancé rápidamente un cargo de responsabilidad. Cuando
mi tío desempeñó el cargo de ministro del Exterior de este Gobierno, me encargó
de varias misiones de confianza, que siempre llevé a cabo felizmente, debido a
lo cual, llegó a tener la máxima fe en mi habilidad y en mi tacto. Hará diez
semanas (para ser más exacto, el veintitrés de mayo) me llamó a su despacho
particular, y, después de felicitarme por lo bien que había trabajado, me
comunicó que me tenía reservada otra misión de confianza que yo debería llevar a
cabo. «Este -me dijo, mostrándome un rollo gris de papel que tomó de su
escritorio- es el original del Tratado secreto entre Italia e Inglaterra, acerca
del cual, lamento decirlo, han circulado ya algunos rumores en los periódicos.
Es de enorme importancia que no se filtre ningún otro dato. Las embajadas de
Francia y de Rusia pagarían sumas enormes por conocer el contenido de estos
documentos. No saldrían de mi despacho si no fuera absolutamente indispensable
sacar copias de los mismos. ¿Tienes una mesa escritorio propia en tu oficina?»
«Sí, señor.» «Pues entonces, hazte cargo del Tratado y ciérralo en ella con
llave. Yo daré instrucciones para que puedas quedarte después que los demás se
retiren, a fin de que tengas ocasión de copiarlo con comodidad, sin miedo a que
nadie mire lo que estás haciendo. Cuando hayas terminado, cierra otra vez con
llave el original y la copia, y entrégamelos mañana por la mañana
personalmente.» Me hice cargo de los documentos y...
-Perdone un instante -dijo Holmes-. ¿Estaban ustedes
solos durante esta conversación?
-Absolutamente solos.
-¿Es una habitación espaciosa?
-Treinta pies por treinta.
-¿En el centro de la misma?
-Sí, poco más o menos.
-¿Y hablaban en voz baja?
-La voz de mi tío ha sido siempre notablemente baja- Yo
apenas hablé.
-Gracias -dijo Holmes, cerrando los ojos-. Prosiga, por
favor.
-Hice exactamente lo que él me había indicado, y esperé
a que los demás escribientes se marchasen. Uno de los que trabajaban en mi misma
oficina, Charles Gorot, tenía algunos trabajos retrasados que poner al día; lo
dejé, pues, haciéndolos y me marché a comer. Cuando regresé, ya él se había
marchado. Yo tenía prisa en hacer mi trabajo porque sabía que Joseph, el señor
Hamson, con el que acaban ustedes de hablar, estaba en Londres y que vendría a
Woking con el tren de las once. Yo quería, si era posible, alcanzar ese tren.
Cuando me puse a leer el Tratado, comprendí en seguida que mi tío no se había
hecho culpable de exageración en lo que me había dicho. Sin entrar en detalles,
puedo decir que en él se definía la posición de la Gran Bretaña hacia la Triple
Alianza, previéndose la actitud que nuestro país adoptaría en el caso de que la
flota francesa adquiriese una superioridad completa sobre la de Italia en el
Mediterráneo. Las cuestiones en ella tratadas eran puramente navales. Al pie del
documento estaban las firmas de los altos dignatarios que lo habían firmado.
Eché un vistazo a todo y me puse a la tarea de copiar. Era un documento largo,
escrito en francés y que abarcaba veintiséis artículos distintos. Lo copié todo
lo rápidamente que pude, pero a las nueve de la noche sólo llevaba hechos nueve
artículos, y parecía inútil que pensase en alcanzar mi tren. Me sentía
amodorrado y atontado, en parte, por efecto de la comida, y en parte, por efecto
de un largo día de trabajo. Una taza de café me aclararía el cerebro. Durante
toda la noche permanece de guardia un ordenanza en una casilla que hay al pie de
la escalera, y suele preparar el café en su lámpara de alcohol para los
funcionarios que estén trabajando horas extraordinarias. Tiré, pues, de la
campanilla, para que acudiese. Con gran sorpresa mía, la que acudió fue una
mujer grandota, de cara ordinaria y entrada en años, vestida con un delantal. Me
dijo que era la mujer del ordenanza, que hacía los trabajos de limpieza, y yo le
encargué el café.
Copié otros artículos y, sintiéndome más soñoliento que
nunca, me levanté y me paseé por la habitación para estirar las piernas. Mi café
no había llegado todavía y yo empecé a preguntarme a qué obedecería aquel
retraso. Abrí la puerta, y me lancé pasillo adelante para averiguarlo. De la
habitación en que yo había estado trabajando arrancaba un pasillo débilmente
iluminado, sin que tuviese ésta otra salida El pasillo desemboca en una escalera
en curva, y la casilla del ordenanza está en el corredor que hay al pie de la
escalera. A mitad de la escalera hay un rellano, en el que desemboca otro
pasillo, formando ángulo recto. Este segundo pasillo conduce, por otra pequeña
escalera, a una puerta lateral destinada a la servidumbre, y de la que se sirven
también como de atajo los empleados que vienen de Charles Street. Aquí tiene un
esbozo tosco del lugar.
-Gracias. Creo que voy siguiéndole perfectamente-dijo
Sherlock Holmes.
-Es de la máxima importancia que usted repare en este
detalle. Descendí por la escalera al vestíbulo encontrándome al ordenanza
completamente dormido en su casilla, mientras el agua de la cafetera hervía
furiosamente encima de la lámpara de alcohol, hasta el punto de verterse por el
suelo. Alargué mi mano, y estaba a punto de zarandear al hombre, que dormía
profundamente, cuando resonó con fuerza encima de su cabeza una campanilla, y él
se despertó sobresaltado. «iSeñor Phelps, señori», exclamó, mirándome con
asombro. «Bajé para ver si está listo mi café.» «Había puesto la cafetera a
hervir y me quedé dormido, señor.» Me miró a mí, y miró luego a la campanilla
que vibraba aún, y el asombro fue haciéndose cada vez mayor en su rostro, hasta
que preguntó: «Pero, señor, si usted está aquí, ¿quién ha tocado la campanilla?»
«¡La campanilla! ¿Qué campanilla es ésa?», le dije yo. «La de la habitación en
que usted estaba trabajando.» Sentí como si una mano helada me apretase el
corazón. Alguien estaba en la habitación en la que yo había dejado sobre la mesa
el precioso documento. Eché a correr como loco escaleras arriba y por el pasillo
adelante. No había nadie en el corredor, señor Holmes. No había nadie en la
habitación. Todo estaba tal y cual yo lo había dejado, salvo que los documentos
que me habían sido confiados habían desaparecido de la mesa en que estaban. La
copia seguía allí, pero el original se lo habían llevado.
Holmes se irguió en su asiento y se frotó las manos. Me
di cuenta de que aquel problema era de los que a él le gustaban.
-Vamos a ver, ¿y qué hizo usted entonces? -murmuró.
-Comprendí en el acto que el ladrón tenía que haber
subido por la escalera de la puerta lateral. De haber subido por el otro camino,
yo habría tenido que tropezarme con él.
-¿Está usted bien seguro de que no pudo durante todo
ese tiempo estar escondido en la misma habitación o en el pasillo que, según
usted lo ha descrito, se hallaba débilmente alumbrado?
-Ambas cosas son absolutamente imposibles. Ni siquiera
una rata podía esconderse en el cuarto o en el pasillo. No existe escondite
alguno.
-Gracias. Siga usted.
-El ordenanza, adivinando por mi palidez que algo había
que temer, me siguió escaleras arriba. En seguida salimos ambos corriendo por el
pasillo y bajamos por la empinada escalera que conduce a Charles Street. La
puerta que hay al pie estaba cerrada, pero sin echar la llave. La abrimos de par
en par y nos lanzamos fuera. Recuerdo con toda claridad que, en el momento de
abrirla, sonaron tres campanadas en una iglesia de la vecindad. Eran las diez
menos cuarto.
-Eso tiene una importancia enorme -dijo Holmes,
haciendo una anotación en el puño de su camisa
-La noche era muy oscura, y caía una llovizna tibia No
se veía a nadie por Charles Street, aunque, allá en su extremidad, por Whitehall,
el movimiento era, como siempre, muy grande. Tal como estábamos, con las cabezas
descubiertas, echamos a correr, por la acera adelante, hasta el final de la
calle, donde tropezamos con un guardia que estaba allí en pie. «Se ha cometido
un robo -le dije jadeante-. Ha sido robado del Foreing Office un documento de
inmenso valor. ¿Ha pasado alguien por aquí?» -Llevo sin moverme un cuarto de
hora, señor -me contestó-. En todo ese tiempo sólo ha pasado una persona, una
mujer alta y ya de edad, con un chal de Paisley.» «¡Esa no es otra que mi mujer!
-exclamó el ordenanza-. ¿No ha pasado nadie más?» «Nadie.» «Pues entonces el
ladrón debió de tomar la otra dirección», gritó el ordenanza, tirándome de la
manga. Pero yo no quedé convencido, y los esfuerzos que él hacía para apartarme
de allí no hicieron otra cosa que aumentar mis sospechas. «¿Hacia dónde tiró la
mujer?», dije yo, excitado. «Lo ignoro, señor. La vi pasar, pero no tenía
motivos especiales para fijarme en ella Parecía llevar prisa.» «Cuánto hace de
eso? .» «Hará pocos minutos.» «¿Menos de cinco?» «Eso es, más de cinco no hará.»
«Señor, está usted perdiendo el tiempo, y cada minuto es ahora de importancia
-exclamó el ordenanza-. Hágame caso, porque mi mujer nada tiene que ver en el
asunto; vámonos al otro lado de la calle. Si usted no quiere venir, iré yo.» Y
echó a correr en la otra dirección. Pero yo corrí tras, él inmediatamente y le
sujeté la manga, preguntándole: «dónde vive usted?» «En Ivy Lane, número
dieciséis, Brixton -me contestó-; pero no se deje usted arrastrar por una pista
falsa, señor Phelps. Vamos al otro lado de la calle y veamos si nos enteramos de
algo.» Nada se perdía siguiendo su consejo. Nosotros dos y el guardia corrimos
hacia el otro extremo, pero sólo descubrimos una calle de gran movimiento, con
mucha gente que iba y venía, pero todos anhelando llegar a un lugar de refugio
en una noche tan húmeda No había por allí ningún ocioso que pudiera informarnos
de las personas que habían pasado. Regresamos después al Ministerio, registrando
las escaleras y el pasillo sin resultado alguno. El que conduce hasta las
oficinas está alfombrado con una especie de linóleo cremoso, en el que se
señalan con gran facilidad las pisadas. Lo revisamos cuidadosamente, sin
encontrar ninguna huella.
-¿No había estado lloviendo toda la noche?
-Desde las siete, más o menos.
-¿Cómo pudo ser, pues, que la mujer que entró en la
oficina a eso de las nueve no dejase las huellas de sus botas embarradas?
-Me alegro de que haya suscitado usted ese punto.
También a mí se me ocurrió en aquel instante. Las asistentas acostumbran
quitarse las botas en la casilla del ordenanza, y se calzan allí zapatillas.
-Eso está muy claro. No había, pues, huellas, aunque la
noche era lluviosa, ¿no es cierto? Desde luego, la cadena de los hechos resulta
de extraordinario interés. ¿Y qué hizo usted acto continuo?
-Examinamos también mi oficina. No hay en ella
posibilidad de que exista una puerta secreta, y las ventanas están a sus buenos
treinta pies de altura del suelo. Las dos estaban, además, cerradas por dentro.
La alfombra elimina, así mismo, toda suposición de un escotillón, y el techo es
de los corrientes, enjalbegados.
Yo me jugaría la vida a que quien robó mis papeles sólo
pudo entrar por la puerta del despacho.
-¿.Y qué me dice usted de la chimenea?
-No la hay. Nos servimos de una estufa El llamador de
la campanilla cuelga de su alambre a la derecha misma de mi mesa escritorio. El
que llamó, fuese quien fuese, tuvo que llegarse hasta mi escritorio para
hacerlo. Pero ¿cómo se le ocurrió al criminal tirar del llamador de la
campanilla? Es un misterio de lo más insoluble.
-Desde luego, ese incidente se sale de lo vulgar. ¿Qué
otros pasos dio usted? Me imagino que si examinó la oficina lo haría en busca de
las huellas que hubiera podido dejar el ladrón: una colilla, por ejemplo; un
guante, una horquilla o cualquier otra menudencia, ¿no es así?
-No encontramos nada de eso.
-¿Ni olía a nada?
-No caímos en ese detalle.
-Pues nos habría servido muchísimo en esta
investigación el humillo del tabaco.
-Como yo no fumo nunca, creo que si hubiese olido a
tabaco lo habría advertido. No había allí rastro de ninguna clase. La única
realidad tangible era que la mujer del ordenanza, cuyo apellido es señora Tangey,
se había ausentado con prisas de allí. Su marido no pudo dar otra explicación
sino la de que era, más o menos, la hora en que su mujer se marchaba siempre a
casa. El guardia y yo convinimos en que el plan mejor consistía en detener a la
mujer antes que pudiera desembarazarse de los documentos, dando por supuesto que
era ella quien había de tenerlos. Entonces había llegado ya la alarma a Scotland
Yard, y el detective Forbes vino inmediatamente y tomó en sus manos el caso con
gran actividad. Alquilamos un coche y antes de media hora nos encontrábamos en
la dirección que se nos había dado. Nos abrió la puerta una mujer joven, que
resultó ser la hija mayor de la señora Tangey. No había regresado su madre
todavía, y nos pasó a la habitación delantera a fin de que la esperásemos. Unos
diez minutos más tarde llamaron a la puerta, y fue entonces cuando yo cometí la
única equivocación seria que me echo en cara. En lugar de abrir la puerta
nosotros mismos, dejamos que la abriera la joven. Le oímos que decía «Madre, hay
dos hombres dentro, esperándola», y acto seguido oímos un pataleo de pies que
huían hacia el fondo del pasillo. Forbes abrió de golpe la puerta, y ambos
corrimos hacia el cuarto posterior, es decir, la cocina; pero la mujer había
llegado antes. Nos miró con ojos desafiadores, pero de pronto me reconoció, y
puso cara de absoluto asombro.
«¡Pero si es el señor Phelps, de la oficina!», exclamó.
«¿Y quién creyó que éramos cuando huyó?», le preguntó mi acompañante. «Pensé que
eran los agentes de embargo -contestó-. Hemos tenido algunas dificultades con un
comerciante.»
«Esa no es explicación suficiente -contestó Forbes-.
Tenemos razones para creer que ha sustraído usted un documento importante del
Foreing Office, y que si usted corrió fue para desembarazarse del mismo. Tiene
usted que venir con nosotros a Scotland Yard para que la registren.» Fue en vano
que ella protestase y se resistiese. Se hizo venir un coche de alquiler de
cuatro ruedas, y los tres volvimos en el mismo. Habíamos antes registrado la
cocina y, especialmente, el hogar de la misma, por si se había desprendido de
los papeles mientras estuvo sola. No había, sin embargo, rastros de cenizas ni
de pedazos Una vez llegados a Scotland Yard, fue puesta inmediatamente en manos
de la matrona. Esperé con intranquilidad angustiosa a que ésta volviese con el
informe. No había rastro alguno de los documentos Entonces se me representó por
vez primera y con toda su fuerza lo horrible de mi situación. Hasta ese momento
había estado actuando y la acción había entorpecido el pensamiento. Era tal mi
confianza en recuperar el Tratado, que ni siquiera me había atrevido a pensar en
cuáles serían las consecuencias si no lo conseguía. Pero ya nada quedaba por
hacer, y tuve ocasión de darme cuenta de cuál era la situación en que me
encontraba. ¡Era horrible! Watson, que está aquí presente, podrá decirle que en
la escuela era yo un muchacho nervioso y sensible. Tal es mi condición. Pensé en
mi tío y en sus colegas de Gabinete, en la vergüenza que yo le había acarreado a
el y a todos mis parientes.
¿Qué importa que hubiese sido yo víctima de un
accidente extraordinario? Cuando los intereses diplomáticos están en juego, de
nada sirve alegar accidentes. Estaba arruinado: vergonzosa e irremediablemente
arruinado. No sé lo que hice. Supongo que daría un espectáculo.
Conservo un confuso recuerdo de un grupo de
funcionarios que me rodeaba intentando consolarme. Uno de ellos vino en coche
conmigo hasta la estación de Waterloo y me metió en el tren para Woking. Creo
que hubiera venido acompañándome hasta mi casa, de no haber sido porque el
doctor Ferrier, que vive cerca, venía con el mismo tren. El doctor se hizo cargo
de mí bondadosamente, y fue una suerte, porque me dio un ataque en la estación,
y cuando llegamos a mi casa era yo en realidad un loco furioso. Puede usted
imaginarse lo que en ésta ocurriría cuando la llamada del doctor a la puerta
hizo que todos se levantaran de la cama encontrándome en semejante estado. Mi
pobre Annie, aquí presente, y mi madre quedaron desconsoladas. El doctor Ferrier
había oído lo suficiente de boca del detective en la estación para poder dar una
idea de lo que había ocurrido, y lo que él contó no contribuyó a mejorar las
cosas. Todos comprendieron que yo tenía enfermedad para mucho tiempo. Por eso
convirtieron este dormitorio alegre, que ocupaba Joseph, en cuarto de enfermo
para mí, instalándole a él en otro. Y aquí he permanecido, señor Holmes, por
espacio de más de nueve semanas, inconsciente y delirando de fiebre cerebral. De
no haber sido por la señorita Harrison, aquí presente, y por los cuidados del
médico, no estaría hablando con ustedes ahora. Ella me ha atendido día a día, y
una enfermera de profesión me atendía durante la noche, porque en mis ataques de
locura habría sido yo capaz de cualquier cosa. Mi razón se ha ido aclarando poco
a poco, pero hasta estos últimos tres días no he recobrado por completo la
memoria. A veces desearía que la hubiese perdido definitivamente. Lo primero que
hice fue telegrafiar al señor Forbes, que tiene el caso en sus manos. El vino
aquí y me aseguró que, a pesar de que se había hecho todo lo que era posible
hacer, no se había encontrado ni asomo de pista alguna. Se había sometido al
ordenanza y a su esposa a toda clase de interrogatorios, sin que se hubiese
hecho la menor luz en el asunto. Las sospechas de la Policía recayeron en Gorot,
al que, como usted quizá recuerde, trabajó aquella noche horas extraordinarias
en la oficina A decir verdad, sólo dos puntos podían sugerir alguna sospecha
sobre él: el haberse quedado después de la hora y su apellido francés: pero, a
decir verdad, yo no empecé mi trabajo hasta después que él se marchó, y, por
otra parte, viene él de familia hugonote, pero es tan inglés por sus simpatías y
tradiciones como podemos serlo usted y yo. Nada se descubrió que pudiera
complicarlo de una manera u otra, y el asunto no pasó adelante. Recurro a usted,
señor Holmes, como a mi última esperanza. Si usted me fracasa, puedo dar por
perdidos para siempre mi honor y mi cargo.
El inválido se dejó caer sobre los almohadones,
fatigado por aquella larga narración, y su enfermera le sirvió una copa de una
preparación estimulante. Holmes permanecía callado, con la cabeza echada hacia
atrás y los ojos cerrados, en actitud que quien no le conociese habría juzgado
de indiferencia, pero que a mí me constaba que era señal de la más intensa
concentración mental.
-Su exposición ha sido tan expresiva -dijo por último-,
que me ha dejado realmente pocas preguntas por hacer. Hay, sin embargo, una de
la mayor importancia.. ¿Dijo usted a alguna persona que tenía que quedarse a
realizar esa tarea?
-A nadie.
-¿Ni siquiera a la señorita Harrison, por ejemplo?
-No. Entre la orden de realizar esa tarea y su
ejecución, yo no regresé a Woking.
-¿Y no estuvo ninguno de sus familiares a visitarlo?
-Ninguno.
-¿Conocía alguno de ellos por dónde se iba hasta su
despacho?
-¡Oh, sí!; a todos ellos se les había enseñado.
-Pero bueno, estas preguntas no vienen a cuento, ya que
nada les había dicho usted acerca del Tratado.
-Nada les hablé.
-¿Tiene usted algunos informes acerca del ordenanza?
-Nada, fuera de que se trata de un veterano.
-En qué regimiento sirvió?
-Lo he oído decir alguna vez, ¡ah, sí!, en los
Coldstream Guards.
-Gracias. Estoy seguro de que Forbes me dará más
detalles. Los funcionarios de Policía actúan de un modo excelente en reunir
datos, aunque no siempre saben emplearlos ventajosamente. ¡Qué cosa más
encantadora es la rosa!
Holmes pasó por delante del sofá para abrir la ventana,
y colgó en las manos el tallo colgante de una rosa musgueña, poniéndose a
contemplar la delicada combinación del granate y el verde. Fue aquélla una
novedad en su manera de ser, porque hasta entonces no le había visto nunca
interesarse por los productos de la Naturaleza.
-No hay nada en que sea tan indispensable la lógica
como en la religión -dijo apoyando su espalda en los postigos de la ventana-. El
buen razonador puede construirla igual que una ciencia exacta. A mí me parece
que nuestra certidumbre suprema de la bondad de la Providencia está en las
flores. Todas las demás cosas: nuestras facultades, nuestras ansias, nuestro
alimento, son, en realidad, necesarios para nuestra existencia en primera
instancia. Pero esta rosa constituye un extra Su aroma y su color son un
embellecimiento de la vida, no condición indispensable de ella. Únicamente la
bondad da más de lo obligado, y por eso digo que de las flores podemos derivar
grandes esperanzas.
Percy Phelps y su enfermera miraban a Holmes durante
este razonamiento con sorpresa y con mucha desilusión pintada en sus rostros.
Holmes había quedado sumido en ensoñaciones, con la rosa entre sus dedos.
Transcurrieron así varios minutos, hasta que la joven las cortó diciendo:
-¿Ve usted algunas probabilidades de aclarar este
misterio, señor Holmes? -preguntó con un punto de esperanza en su voz.
-¡Oh, el misterio!-exclamó Holmes volviendo con un
respingo a las realidades de la vida-. Bien, sería absurdo negar que el caso es
abstruso y complicado, pero puedo prometerles que estudiaré el asunto y les
comunicaré los extremos que pudieran llamarme la atención.
-¿Ve usted alguna pista?
-Usted me ha proporcionado siete: pero, como es
natural, necesito ponerlas a prueba antes de que pueda dictaminar sobre su
valor.
-¿Sospecha usted de alguien?
-Sospecho de mí mismo...
-¿Qué dice?
-Por haber llegado con demasiada rapidez a establecer
conclusiones.
-Pues entonces váyase a Londres y póngalas a prueba
-Ese es un consejo excelente, señorita Harrison -dijo
Holmes levantándose-. Creo que nada mejor podemos hacer, Watson. Señor Phelps,
no se abandone a falsas esperanzas. El asunto está muy embrollado.
-Estaré febril hasta volver a verlo a usted -exclamó el
diplomático.
-Bien, vendré mañana con el mismo tren de hoy, aunque
es muy verosímil que mi informe sea negativo.
-¡Que Dios le bendiga por esa promesa de venir! -dijo
nuestro cliente-. El saber que se está haciendo algo me da nueva vida. A
propósito, he recibido carta de lord Holdhurst.
-¡Ah, sí! ¿Y qué le dice?
-Me escribe con frialdad, pero no con aspereza. Quizá
se ha abstenido de hacerlo pensando en mi enfermedad. Repite que el asunto es de
máxima importancia, y agrega que no se tomará ninguna medida acerca de mi
porvenir, con lo que alude, claro está, a mi despido, hasta que recobre la salud
y haya tenido una oportunidad de reparar mi desgracia.
-Bueno, con ello se muestra razonable y considerado
-dijo Holmes-. Vamos, Watson, que nos espera en Londres un buen día de trabajo.
El señor Joseph Harrison nos condujo en coche a la
estación, y no tardamos en rodar hacia Londres en un tren de Portsmouth. Holmes
marchaba sumido en profundos pensamientos y apenas si abrió la boca hasta
después que pasamos el empalme de Clapham.
-Da gusto venir hacia Londres en una de estas líneas de
alto nivel, que le permiten a uno mirar hacia abajo a las casas.
Creí que bromeaba, porque el panorama era bastante
sórdido, pero no tardó en explicarse.
-Fíjese en esos grupos, aislados y voluminosos, de
edificios que se alzan por encima de los tejados de pizarra, como islas de
ladrillo en un mar color plomizo.
-Son los internados.
-¡Son faros, muchacho! ¡Lumbreras del futuro! Cápsulas
que tienen dentro centenares de semillitas brillantes, de las que brotarán la
Inglaterra más sabia y mejor del porvenir. Supongo, Watson, que este señor
Phelps no será un bebedor.
-No lo creo.
-Ni yo tampoco. Pero nos es preciso calcular con todas
las posibilidades. El pobre se ve metido, desde luego, en aguas muy profundas, y
la cuestión estriba en que podamos sacarlo a la orilla ¿Qué le pareció la
señorita Harrison?
-Una joven de mucho carácter.
-Sí, pero de la clase de las buenas, si no me equivoco.
Ella y su hermano son hijos únicos de alguno de los magnates del hierro de allá,
por Northumberland. Phelps quedó comprometido con ella durante un viaje que hizo
el invierno pasado. Ella vino para que la conociesen los padres de él, y se
trajo de acompañante a su hermano. En esto se produjo la catástrofe, y ella
siguió en la casa para cuidar de su novio; su hermano Joseph, que se encontraba
muy a gusto, se quedó también. Ya ve usted que he realizado algunas
investigaciones por mi cuenta Pero el día de hoy tiene que estar dedicado a la
investigación.
-Mi clientela... -empecé a decir, pero Holmes me
interrumpió con alguna aspereza.
-Bueno, si a usted le parecen sus casos más
interesantes que los míos...
-Lo que iba a decir es que mi clientela puede pasarse
perfectamente sin mí un par de días, puesto que es la época de menos movimiento
del año.
-Magnífico -me dijo, recobrando su buen humor-. Pues
entonces investigaremos juntos este asunto. Creo que deberíamos empezar por
visitar a Forbes. Es probable que nos proporcione todos los detalles que
necesitamos hasta que hayamos decidido desde qué punto debemos abordar el
problema.
-Dijo usted que tenía una pista.
-La verdad es que tenemos varias, pero únicamente
realizando nuevas investigaciones podemos calibrarlas.
El crimen más difícil de rastrear es el que carece de
móviles. Pero este de ahora no carece de ellos. ¿Quién se beneficia con él?
Tenemos, de un lado, al embajador de Francia; del otro, al de Rusia; de otro, a
quienquiera que pudiera vendérselo a uno de los dos, y tenemos a lord Holdhurst.
-¡Lord Holdhurst!
-Le diré. Es perfectamente concebible que un estadista
llegue a encontrarse en una situación en que no le desagrade que sea destruido
casualmente un documento de esa clase.
-Pero no un estadista del honroso pasado de lord
Holdhurst.
-Siempre sería una posibilidad, y no podemos
permitirnos el pasarla por alto. Mientras tanto, he puesto ya en marcha ciertas
investigaciones.
-¿Ya?
-Sí, desde la estación de Woking envié telegramas a
todos los periódicos de la tarde de Londres.
Aparecerá en ellos este anuncio.
Me alargó una hoja arrancada de un cuaderno de notas;
en ella estaba garrapateado con lápiz
«Diez libras de recompensa-. Por el número del coche de
alquiler que dejó un viajero en o cerca de la puerta del Foreign Office en
Charles Street a las diez menos cuarto de la noche del 23 de mayo. Dirigirse 22
B, Baker Street.»
-¿De modo que usted opina que el ladrón llegó en un
coche de alquiler?
-Si no es así, nada se habrá perdido. Pero si el señor
Phelps está en lo cierto cuando afirma que ni en el despacho ni en los pasillos
existe ningún escondite, no cabe duda de que la persona en cuestión tuvo que
venir del exterior. Si vino del exterior en una noche tan lluviosa, y, sin
embargo, no dejó en el linóleo rastro alguno de humedad, puesto que fue
examinado pocos minutos después que él pasó, entonces hay grandes probabilidades
de que viniese en un coche. Sí, creo que podemos deducir con bastante seguridad
que vino en un coche.
-El razonamiento parece plausible.
-Esa es una de las pistas de que hablé. Pudiera ser que
nos condujese a alguna parte. Tenemos, por otro lado, la de la campanilla, y ése
es precisamente el rasgo más característico del caso. ¿Por qué tocaría la
campanilla? ¿Tiró de ella el ladrón por pura fanfarronada? ¿O la hizo sonar
alguien que estaba en compañía del ladrón y que quiso evitar el crimen? ¿Fue un
simple accidente? ¿O acaso, acaso...?
Holmes volvió a sumirse en las reconcentradas y
silenciosas meditaciones de que antes había salido a la superficie; pero a mí,
que estaba acostumbrado a todos sus cambios de humor, me pareció que alguna
posibilidad había aparecido súbitamente ante su imaginación.
Eran las tres y veinte cuando llegamos a la estación
terminal, y después de almorzar rápidamente en el buffet, seguimos en el acto
viaje hacia Scotland Yard. Holmes había telegrafiado ya a Forbes, y lo
encontramos esperándonos. Era un hombre pequeño, astuto, de expresión aguda,
pero que no tenía nada de simpática.
Nos recibió con marcada frialdad, especialmente cuando
se enteró del asunto que allí nos llevaba, y dijo con algo de impertinencia
-Señor Holmes, he oído antes de ahora hablar de sus
métodos. Usted está bastante dispuesto a servirse de los datos que la Policía
pueda poner a su disposición, para luego dar fin usted mismo al caso y de esa
manera desacreditamos.
-Todo lo contrario -dijo Holmes-; de mis últimos
cincuenta y tres casos sólo se ha mencionado mi nombre en cuatro, y la Policía
se ha llevado los honores en cuarenta y nueve. No lo censuro por ignorarlo, ya
que es usted joven y falto de experiencia, pero si usted desea progresar en sus
nuevas obligaciones, trabaje conmigo, y no contra mí.
-Me alegraría recibir algunas sugerencias-dijo el
detective cambiando de actitud-. Hasta ahora, ningún honor me ha procurado este
caso.
-¿Qué gestiones ha hecho usted?
-He hecho seguir constantemente la pista de Tangey, el
ordenanza Se retiró del regimiento de Guardias con una buena hoja de servicios,
y nada hemos podido descubrir que le sea perjudicial. Sin embargo, su mujer
tiene poco que perder. Yo creo que sabe más de lo que aparenta.
-¿Ha puesto usted a alguien que le siga los pasos?
-Hemos dedicado a esa tarea a una de nuestras mujeres.
La señora Tangey bebe, y nuestra agente alternó con ella en dos ocasiones en que
estaba bien bebida, pero no consiguió sacarle nada
-He oído decir que tuvieron en casa a los agentes de
embargo.
-Sí, pero le liquidaron la cuenta.
-¿De dónde sacaron el dinero?
-Por ese lado la cosa está clara El marido tenía que
cobrar su retiro; no se ha visto indicio alguno de que les sobre el dinero.
-¿Qué explicación dio ella por haber acudido a la
llamada del señor Phelps cuando éste pidió el café?
-Contestó que su marido estaba muy cansado y que ella
quiso aliviarle de ese trabajo.
-Sí, esto concuerda, sin duda alguna, con el hecho de
que un poco más tarde estuviese dormido en su silla.
De modo, pues, que lo único que hay en contra de esta
pareja es la conducta de la mujer. ¿Le preguntó usted por qué razón se alejó tan
de prisa aquella noche? Su precipitación hizo que el guardia se fijase en ella
-Se había retirado más tarde que de costumbre, y tenía
prisa por llegar a su casa.
-¿Le hizo ver que usted y el señor Phelps llegaron a su
casa antes que ella, siendo así que se pusieron en camino, por lo menos, veinte
minutos después?
-Lo atribuye a la diferencia de ir en ómnibus o en
coche hansorn.
-¿Explicó por qué, al llegar a su casa, se metió
corriendo en la cocina de la parte de atrás?
-Adujo que era allí donde tenía el dinero para pagar a
los agentes de embargo.
-Ya veo que, por lo menos, tiene una respuesta para
todo. ¿Le preguntó si al retirarse del Ministerio se cruzó con alguien o vio a
alguien vagabundear por Charles Street?
-No vio a nadie, fuera del guardia.
-Por lo que veo, ha interrogado usted bien a fondo.
¿Qué más ha hecho usted?
-Llevamos siguiéndole los pasos desde hace nueve
semanas al empleado Gorot, pero sin resultado. No podemos aducir nada en su
contra.
-¿Alguna otra cosa?
-Pues la verdad, no tenemos nada más en qué basarnos
para seguir adelante. No hay pruebas de ninguna clase.
-Ha formado usted alguna hipótesis sobre cómo pudo
sonar la campanilla?
-Le confieso que ahí yo me pierdo. Quienquiera que
fuese, debió de ser persona de sangre fría al ponerse a dar la alarma de aquella
manera.
-Si, es una acción verdaderamente rara. Muchas gracias
por todo lo que acaba de informarme. Si llego a encontrarme en situación de
entregarles al individuo, recibirá usted noticias mías. Vámonos, Watson.
-¿Adónde nos dirigimos ahora? -le pregunté al salir de
aquella oficina.
-Vamos a celebrar una entrevista con lord Holdhurst,
ministro del Gabinete y futuro primer ministro de Inglaterra.
Tuvimos la suerte de que lord Holdhurst estuviese aún
en sus habitaciones de Downing Street, y al entregar Holmes su tarjeta se nos
hizo subir inmediatamente. El estadista nos recibió con la vieja cortesía que le
distingue, y nos hizo sentar en dos espléndidos sillones, a uno y otro lado de
la chimenea. En pie sobre la esterilla, entre nosotros dos, con su cuerpo alto y
esbelto, su rostro de rasgos bien marcados y de expresión pensativa y sus
rizados cabellos, teñidos prematuramente de gris, parecía la imagen viva de un
tipo que no es demasiado corriente, el del aristócrata que es verdaderamente
noble.
-Señor Holmes -dijo sonriente-, su nombre me es muy
familiar. Como es lógico, no puedo simular ignorancia del objeto de la visita de
ustedes. Sólo ha ocurrido un suceso en estas oficinas que puede atraer su
atención. ¿Podría preguntarle en interés de quién actúa usted?
-En interés del señor Percy Phelps.
-¡Desdichado sobrino mío! Ya comprenderá que nuestro
parentesco me hace todavía más imposible el servirle de pantalla de cualquier
manera que sea. Me temo que este incidente ha de ser sumamente perjudicial para
su carrera.
-¿Y si se recuperase el documento?
-¡Ah!, eso sería otra cosa.
-Yo traía preparadas una o dos preguntas que desearía
plantearle, lord Holdhurst.
-Me será muy grato proporcionarle todos los informes
que poseo.
-¿Fue en esta misma habitación en la que usted dio sus
instrucciones relativas a la copia del documento?
-En ésta fue.
-¿Verdad que difícilmente pudo nadie escuchar sus
palabras?
-Eso no puede ni siquiera pensarse.
-¿Mencionó usted a alguien su propósito de entregar el
Tratado para sacar una copia del mismo?
-A nadie absolutamente.
-¿Está usted seguro de ello?
-Segurísimo.
-Bien, puesto que usted no se lo dijo a nadie, y
tampoco se lo dijo el señor Phelps, y nadie sabía nada del asunto, sacaremos en
consecuencia que el ladrón se encontró en la oficina de su sobrino de una manera
casual. Vio la oportunidad y se apoderó del documento.
-Eso está ya fuera de mi terreno.
Holmes meditó un instante, y dijo:
-Hay otro punto importantísimo del que yo desearía
hablarle. Tengo entendido que usted temía que se derivasen graves consecuencias
del hecho de hacerse públicos los detalles de este Tratado, ¿no es así?
Por la expresiva cara del estadista cruzó una sombra.
-Gravísimas consecuencias, desde luego.
-¿Han ocurrido?
-Hasta ahora, no.
-Si el Tratado estuviese va en manos, pongamos por
caso, de los ministerios de Relaciones Exteriores de Francia o de Rusia,
¿calcula que ese hecho llegaría a conocimiento de usted?
-Calculo que sí -dijo lord Holdhurst torciendo el
gesto.
-Ahora bien: habiendo transcurrido diez semanas desde
entonces, sin que usted haya tenido noticias de ese origen ¿seria ilógico
suponer que el Tratado no llegó a sus manos, por la razón que sea?
Lord Holdhurst se encogió de hombros.
-Señor Holmes, es difícil suponer que el ladrón se
apoderase del Tratado para colocarlo en un marco y colgarlo en la pared.
-Quizá espere que le mejoren el precio.
-Si espera que transcurra un poco más de tiempo, no
sacará por él absolutamente nada. Dentro de algunos meses, el Tratado dejará de
ser secreto.
-Eso es importantísimo -dijo Holmes-. Naturalmente que
es también posible que el ladrón haya caído víctima de una súbita enfermedad.
-¿De un ataque de fiebre cerebral, por ejemplo?
-preguntó el estadista clavando en Holmes una rápida mirada.
-Yo no he dicho eso -contestó Holmes imperturbable-.
Bien, lord Holdhurst, ya le hemos quitado una parte demasiado grande de su
valioso tiempo, y le daremos los buenos días.
-Les deseo éxito completo en su investigación, sea
quien sea el criminal -contestó el aristócrata al despedirnos en la puerta con
una inclinación.
-Es un hombre magnífico- dijo Holmes cuando salíamos a
Whitehall-. Pero tiene que sostener una lucha para mantenerse a tono con su
posición. No es rico, ni mucho menos, y tiene que hacer frente a muchas
exigencias. ¿Se fijó usted en que se ha hecho poner medias suelas en las botas?
Bueno, Watson, no quiero impedirle por más tiempo que se dedique a sus legítimas
ocupaciones. Nada más haré por hoy, a menos que reciba alguna contestación a mi
anuncio relativo al coche de alquiler. Pero le quedaría sumamente agradecido si
me acompañase mañana a Woking en el mismo tren que tomamos hoy.
Me reuní con él a la mañana siguiente, tal como
habíamos convenido, y nos trasladamos juntos a Woking. Me dijo que no había
recibido contestación alguna a su anuncio, y que ninguna nueva luz había venido
a proyectarse sobre el caso. Holmes sabía revestirse, cuando él quería, de la
absoluta inmovilidad de rostro de un piel roja, y no pude en esta ocasión
deducir de la expresión del suyo si se hallaba satisfecho o no de la marcha del
caso. Recuerdo que su conversación versó acerca del sistema de medidas de
Bertillon y que no recató su entusiástica admiración hacia el sabio francés.
Encontramos a nuestro cliente bajo el cuidado de su
solícita enfermera pero con un aspecto mucho mejor que la otra vez. Se levantó
del sofá y salió a recibimos sin dificultad cuando nosotros entramos.
-¡Hay alguna noticia? -preguntó con ansiedad.
-Tal como esperaba, mi informe es negativo -dijo
Holmes-. He visto a Forbes, he hablado con el tío de usted y he puesto en marcha
un par de mecanismos de investigación que quizá nos conduzcan a alguna parte.
-¿No se ha desanimado usted, según eso?
-De ninguna manera.
-¡Que Dios le bendiga por esas palabras! -exclamó la
señorita Harrison-. Si conservamos nuestro ánimo y nuestra paciencia, la verdad
se abrirá paso al fin.
-Nosotros tenemos más cosas que contarle a usted, que
usted a nosotros -dijo Phelps volviendo a sentarse en el sofá.
-Ya calculaba que tendría algo que contarme.
-Sí, nos ha ocurrido durante la noche una aventura, que
además pudo haber tenido serias consecuencias.
A medida que hablaba fue revistiéndose de gravedad y
apareció en sus ojos algo muy semejante al miedo.
-¿Sabe usted que empiezo a creer que soy el centro
inconsciente de alguna conspiración monstruosa y que está en juego mi vida, lo
mismo que mi honor?
-iHola! -exclamó Holmes.
-Suena a cosa increíble, porque, que yo sepa, no tengo
un solo enemigo en el mundo. Sin embargo, es la única conclusión que puedo sacar
de lo que me ha ocurrido la pasada noche.
-Cuéntemelo, haga el favor.
-Es preciso que sepa usted que la noche pasada ha sido
la primera que he dormido sin enfermera en este cuarto. Me sentía tan mejorado,
que creí que podría pasar sin ella. Sin embargo, dejé encendida una mariposa.
Pues bien: serían las dos de la mañana, y yo dormía profundamente, cuando me
despertó súbitamente un ruido ligero. Se parecía al que hace un ratoncillo que
roe una tabla, y permanecí algunos momentos escuchando, convencido de que, en
efecto, ésa era la causa. Pero fue creciendo de volumen, y de pronto me llegó de
la ventana un chasquido metálico, seco. Me senté en la cama atónito. Ya no cabía
duda de qué clase de ruidos eran aquéllos. Los débiles habían sido producidos
por alguien que estaba pasando a la fuerza un instrumento por la rendija de los
dos armazones de la ventana, y el segundo, al hacer presión sobre el pestillo
empujándolo hacia atrás. Sobrevino entonces una pausa, que duró unos diez
minutos, como si el que andaba allí estuviese dando tiempo para ver si el ruido
me había despertado. Acto continuo oí un suave crujido, como si abriesen
despacito la ventana. No pude aguantar más, porque mis nervios ya no son los de
antes. Salté de mi cama y abrí de par en par los postigos. Había un hombre
agazapado en la ventana. Huyó como una exhalación, y apenas si distinguí algo de
él. Iba embozado en una especie de capa que le tapaba la parte inferior del
rostro. De una sola cosa estoy seguro; a saber de que llevaba algún arma en la
mano. Me pareció un cuchillo largo. Vi con claridad su brillo cuando se volvió
para correr.
-Esto está interesantísimo -dijo Holmes-. Dígame, ¿qué
hizo usted entonces?
-Si hubiese estado más fuerte, le habría seguido,
saltando por la ventana abierta. En mi situación, tiré del llamador de la
campanilla y desperté a la casa. Me llevó algún tiempo, por que la campanilla
suena en la cocina y los criados duermen en el piso alto. Sin embargo, grité, y
esto hizo que acudiese Joseph, y Joseph despertó a los demás. Joseph y el lacayo
encontraron huellas en el macizo de flores que hay en la parte de fuera de la
ventana, pero en los últimos días ha hecho un tiempo tan seco, que le resultó
imposible seguir la pista por la cespedera. Sin embargo, en la valla de madera
que bordea la carretera hay un sitio, según me han informado, que parece indicar
que alguien se encaramó para saltar al otro lado, y al hacerlo rompió un trozo
de la parte superior. Nada he comunicado aún a la Policía local; me pareció que
sería mejor escuchar antes la opinión de usted.
El relato de nuestro cliente pareció haber producido un
efecto extraordinario en Sherlock Holmes. Se levantó de la silla y se paseó por
la habitación presa de un nerviosismo irreprimible.
-Las desgracias nunca vienen solas -dijo Phelps
sonriéndose, aunque saltaba a la vista que su aventura le había amilanado un
poco.
-De luego, usted ha tenido ya su parte en cuestión de
desgracias -dijo Holmes-. ¿Se siente con fuerzas para dar conmigo una vuelta
alrededor de la casa?
-Claro que sí. Me gustaría tomar un poco el sol. Joseph
vendrá también.
-Y yo -dijo la señorita Harnson.
-Perdóneme, pero usted no -le contestó Holmes moviendo
negativamente la cabeza-. Tengo que suplicarle que permanezca donde está, sin
moverse para nada de aquí.
La joven volvió a sentarse con expresión descontenta.
Pero su hermano se había reunido con nosotros, y echamos a andar los cuatro
juntos. Nos dirigimos contorneando la cespedera a la parte exterior de la
ventana del diplomático. Había, en efecto, y según él había dicho, ciertas
huellas en el macizo de flores, pero estaban irremediablemente borrosas y
confusas. Holmes se inclinó un instante para examinarlas, pero en seguida
enderezó el cuerpo, encogiéndose de hombros.
-No creo que nadie sea capaz de sacar gran cosa de esto
-dijo-. Demos un paseo alrededor de la casa y veamos por qué razón eligió el
ladrón esta ventana precisamente. Yo diría que esas ventanas de la sala y del
comedor, que son más amplias, habrían debido atraerle más que aquélla.
-Pero ésas son más visibles desde la carretera -apuntó
el señor Joseph Harrison.
-¡Ah, sí!, desde luego. Aquí hay una puerta que también
pudo intentar abrir. ¿A qué está destinada?
-Es la de los proveedores. Como es natural, se cierra
por la noche.
-¿Han sufrido ustedes en alguna ocasión una alarma de
esta clase?
-Nunca -contestó nuestro cliente.
-Guardan ustedes en la casa objetos de plata o algo
capaz de atraer a los ladrones?
-Nada que tenga mucho valor.
Holmes fue paseando lentamente alrededor de la casa con
las manos en los bolsillos y un aire despreocupado que no era habitual en él.
-A propósito -dijo Holmes a Joseph Hamson-, tengo
entendido que usted ha descubierto el sitio por el que parece que el individuo
en cuestión escaló la valla. Vamos a echar allí una ojeada.
El joven nos condujo hasta el lugar en que había sido
resquebrajada una de las maderas de la valla. Un trozo pequeño de la misma había
quedado colgando. Holmes lo arrancó y lo examinó con mirada crítica.
-De modo que usted cree que esto fue hecho anoche? Da
la impresión de que es cosa bastante vieja, ¿no le parece?
-Sí, es posible.
-No hay rastro alguno de que alguien haya saltado desde
este al otro lado de la valla. Bueno, estoy creyendo que de aquí no vamos a
sacar nada. Volvamos al dormitorio y vamos a pasar revista a la situación.
Percy Phelps caminaba muy despacio y apoyándose en el
brazo de su futuro cuñado. - Holmes cruzó rápidamente el campo de césped, y
llegamos a la ventana del dormitorio, que estaba abierta, mucho antes que los
otros dos.
-Señorita Harrison -le dijo Holmes, poniendo en sus
palabras la máxima expresión-, es indispensable que no se mueva en todo el día
de donde está. No debe ausentarse de aquí por nada ni por nadie en todo el día.
Es de la más vital importancia.
-Lo haré, señor Holmes, si es ése su deseo -contestó
ella atónita.
-Y cuando usted se retire para acostarse cierre la
puerta de este dormitorio con llave, y llévesela usted. Prométame que lo hará.
-¿Y Percy?
-Vendrá con nosotros a Londres.
-Y yo, ¿no he de acompañarle?
-Es preciso por el bien del señor Phelps. ¡Usted puede
actuar en favor suyo! ¡Rápido! ¡Prométamelo!
Ella le contestó con un cabeceo de asentimiento en el
instante mismo en que llegaban los otros dos.
-Por qué te estás ahí dormitando, Annie? -le gritó su
hermano-. ¡Ven aquí afuera a tomar el sol!
-No; gracias, Joseph. Me duele un poco la cabeza y en
esta habitación hace un frescor delicioso y reconfortante.
-¿Qué propone usted ahora, señor Holmes? -preguntó
nuestro cliente.
-Pues que no perdamos de vista la investigación más
importante por dedicarnos a este otro asunto secundario. Sería para mí una
grandísima ayuda el que pudiera usted trasladarse con nosotros a Londres.
-¿Ahora mismo?
-Cuanto antes le sea cómodo. Pongamos de aquí a una
hora.
-Me siento ya fuerte, si de veras puedo servirle de
ayuda.
-Puede servirme de grandísima ayuda.
-¿Desea quizá que pase allí la noche?
-Se lo iba precisamente a proponer.
-De ese modo, si el amigo de la noche pasada me hace
otra visita, se encontrará con que el pájaro ha volado. Nos hemos puestos todos
en sus manos, señor Holmes, y debe usted decirnos exactamente lo que desea que
hagamos. Quizá prefiera usted que nos acompañe Joseph, a fin de que cuide de mí.
-
-¡Oh, no!; ya sabe que mi amigo Watson es médico. El le
cuidará. Almorzaremos aquí, si usted nos lo permite, y luego saldremos los tres
para Londres.
Todo se dispuso según Holmes había indicado, aunque la
señorita Harrison se disculpó y no salió del dormitorio, de acuerdo con la
promesa hecha a Sherlock. No se me ocurría cuál pudiera ser la finalidad de los
manejos de mi amigo, como no tratase de mantener a la joven alejada de Phelps.
Este, alegre al sentirse mejor de salud y por la perspectiva de entrar en
acción, almorzó con nosotros en el comedor. Sin embargo, Holmes nos preparaba
una sorpresa todavía mayor, porque después de acompañarnos hasta la estación y
de vernos instalados en nuestro coche, me anunció tranquilamente su propósito de
no abandonar Woking.
-Sólo hay uno o dos puntos que yo desearía aclarar
antes de marcharme -dijo-. Su ausencia puede, en cierto modo, serme útil, señor
Phelps. Watson, yo le ruego que cuando lleguen a Londres se dirija
inmediatamente con nuestro amigo en coche a Baker Street y no se muevan de allí
hasta que yo me presente. Es una suerte que sean ustedes viejos compañeros de
escuela, porque tendrán mucho que hablar.
El señor Phelps puede ocupar por esta noche la
habitación que queda libre, y yo me reuniré con ustedes a tiempo para el
desayuno, porque hay un tren que me llevará a Waterloo a las ocho.
-Pero ¿y esa investigación que íbamos a realizar en
Londres? -preguntó Phelps tristemente.
-La podremos llevar a cabo mañana. Creo que, de momento
al menos, puedo ser más útil aquí.
-Dígales en Briarbrae que espero estar de regreso
mañana por la noche -exclamó Phelps cuando empezamos a alejarnos del andén.
Phelps y yo hablamos del asunto durante el viaje, pero
ninguno de los dos pudimos dar con una razón que explicase satisfactoriamente
este nuevo giro de la situación.
-Yo me imagino que lo que desea es seguir alguna pista
relacionada con el intento de escalo de la noche pasada, si es que, en efecto,
se trataba de un ladrón, Yo, por lo menos, creo que no era un ladrón corriente.
-¿Qué es, pues, lo que crees?
-La verdad, y atribúyelo, si quieres, a mis nervios,
creo que se está tejiendo en torno mío una profunda intriga política, y que, por
razones que no se me alcanzan, los conspiradores buscan mi vida Esto suena a
cosa absurda y desorbitada, pero fíjate en los hechos. ¿Para qué iba a. intentar
un ladrón introducirse violentando la ventana en un dormitorio en el que no
tenía ninguna esperanza de encontrar cosa de valor, y para qué había de venir
armado de un largo cuchillo?
-.Estás seguro de que no era uná palanqueta de ladrón
de casas?
-¡Oh, no!; era un cuchillo. Distinguí con toda claridad
el brillo de la hoja.
-Pero ¿por qué diablos habrían de perseguirte con tal
saña?
-¡Ahí está precisamente la cuestión!
-Pues entonces, si Holmes opina lo mismo que tú quizá
eso explicaría estas medidas suyas ¿no te parece? Suponiendo que tu hipótesis
fuese acertada, si él consigue echarle el guante al individuo que te amenazó la
noche pasada, llevaría adelantado mucho para descubrir quién fue el ladrón del
Tratado. Es absurdo el suponer que tengas dos enemigos: uno que te roba,
mientras que el otro atenta contra tu vida
-Pero el señor Holmes nos dijo que él no iba a
Briarbrae.
-Yo le conozco desde hace algún tiempo, y nunca le he
visto hacer nada sin tener sus buenas razones para ello -le contesté, y nuestra
conversación derivó hacia otros temas.
Fue para mí un día aburrido, Phelps se encontraba débil
de su larga enfermedad, y sus desgracias lo traían nervioso y propenso a
quejarse. Intenté en vano despertar su interés hablándole del Afganistán, de la
India, de las cuestiones sociales, de todo cuanto pudiera apartar su pensamiento
de su obsesión. Siempre volvía él a su perdido Tratado, haciendo preguntas,
barruntos y cábalas sobre lo que estaría llevando a cabo Holmes, sobre los pasos
que daría lord Holdhurst, sobre cuáles serían las noticias que recibiríamos a la
mañana siguiente. A medida que avanzaba la noche, su excitación se fue haciendo
dolorosa.
-¿Tienes fe absoluta en Holmes? -me preguntó.
-He sido testigo de algunos hechos suyos
extraordinarios.
-¡Pero nunca habrá aclarado ningún problema tan oscuro
como éste!
-¡Oh, sí; le he visto resolver asuntos que presentaban
muchas menos pistas que este tuyo!
-¡Pero en ninguno de ellos estarían en juego intereses
de tal importancia!
-Eso lo ignoro, aunque sé a ciencia cierta que ha
actuado en favor de tres casas reinantes en Europa, y que se trataba de asuntos
de importancia vital.
-Claro que tú lo conoces, Watson. Es un individuo tan
inescrutable, que nunca sé yo a qué atenerme con él.
¿Crees que tiene esperanzas? ¿Piensas que espera
conseguir un éxito en este asunto?
-No me ha dicho una palabra.
-Esa es una mala sena!.
-Todo lo contrarío, mi experiencia me enseña que cuando
anda despistado lo dice. Cuando se muestra de veras taciturno es cuando sigue un
husmillo y no está absolutamente seguro de que es el verdadero. Pero bueno,
querido compañero, nosotros no arreglaremos el problema con nuestro nerviosismo.
Te suplico, pues, que te acuestes, para que el día de mañana te encuentre de
buen temple, traiga para nosotros lo que traiga.
Logré, por último, convencer a mi compañero de que
siguiese mi consejo, si bien comprendí, por su visible excitación, que era mucho
esperar el que se durmiese. A decir verdad, resultó el suyo un humor contagioso,
porque yo también me pasé media noche dando vueltas en la cama, sin poder
apartar mi pensamiento de aquel extraño problema, intentando un centenar de
teorías, a cuál más imposible. ¿Por qué motivo se había quedado Sherlock Holmes
en Woking? ¿Por qué le había pedido a la señorita Harrison que no se moviese en
todo el día del dormitorio del enfermo? ¿Por qué había tomado tales medidas a
fin de que los habitantes de Biarbrae no se enterasen de que él quedaba en el
pueblo? Me estrujé la sesera buscando una explicación que abarcara todos esos
hechos, hasta que caí dormido.
Eran las siete cuando me desperté, dirigiéndome en el
acto a la habitación de Phelps, encontrando a éste ojeroso y agotado, después de
una noche de insomnio. Su primera pregunta fue si Holmes había llegado.
-Lo tendremos aquí a la hora que nos prometió -le
contesté-. Ni un minuto antes ni después.
Mis palabras resultaron ciertas, porque inmediatamente
después de las ocho frenó delante de la puerta un coche del que se apeó nuestro
amigo. Vimos mirando por la ventana que traía la mano izquierda vendada y que su
cara estaba ceñuda y pálida Entró en la casa, pero tardó un ratito en subir por
la escalera.
-Trae aspecto de hombre vencido -exclamó Phelps.
No tuve más remedio que confesar que así era, en
efecto.
-Después de todo -dije-, es probable que la clave del
asunto se encuentre en Londres.
Phelps dejó escapar un gemido, y dijo:
-No sé por qué, pero yo tenía puestas grandísimas
esperanzas en su regreso. Pero ¿verdad que ayer no tenía la mano vendada de ese
modo? ¿Que ha podido ocurrir?
-¿Está usted acaso herido, Holmes? -le pregunté a mi
amigo cuando entro en la habitación.
-iBah! no es más que un rasguño que se debe a torpeza
mía -contestó, dándonos los buenos días con una inclinación de cabeza-. Este
caso suyo, señor Phelps, es, sin disputa, uno de los más oscuros de cuantos me
ha tocado investigar.
-Me temí que resultase superior a sus fuerzas.
-Ha sido ésta una notable experiencia.
-Ese vendaje delata aventuras -le dije yo-. ¿No quiere
decirnos qué es lo que ha ocurrido?
-Después que nos desayunemos, mi querido Watson. Tenga
presente que he venido respirando los aires de Surrev durante treinta millas
esta mañana. Me imagino que no habrá habido contestación a mi anuncio para los
cocheros, ¿verdad? Bueno, bueno; es demasiado pedir ganar siempre.
La mesa estaba puesta ya, y en el momento en que yo me
disponía a tirar del llamador de la campanilla entró la señora Hudson con el té
y el café. Algunos minutos más tarde trajo los cubiertos, y los tres
nos sentamos a la mesa: Holmes, hambriento, yo, lleno
de curiosidad, y Phelps, en el más negro estado de abatimiento.
-La señora Hudson se ha puesto a la altura de la
situación -dijo Holmes quitando la tapadera a una fuente de pollo en salsa-. Su
cocina es poco variada, pero tiene el mismo concepto que una escocesa de lo que
debe ser un buen desayuno. ¿Qué tiene usted ahí, Watson?
-Jamón con huevos -le contesté.
-¡Perfectamente! ¿Qué le apetece, señor Phelps: aves en
salsa, huevos, o es que prefiere servirse usted mismo?
-Gracias. No me apetece nada -dijo el señor Phelps.
-¡Por favor! Mire, vea si le agrada eso que hay en la
fuente que tiene delante.
-No, gracias; prefiero no comer nada.
-Pues entonces -le dijo Holmes con sonrisa maliciosa-
supongo que, por lo menos, no tendrá inconveniente en servirme a mí de esa
fuente.
Phelps levantó la tapadera, y al hacerlo dejó escapar
un grito y se quedó inmóvil, mirando atónito y con la cara tan blanca como la
fuente misma que contemplaba. En el centro de la misma veíase un rollo pequeño
de papel gris azulado. Le echó mano, lo devoró con los ojos, y luego se puso a
bailar como un loco por la habitación, apretándolo contra su pecho y lanzando
chillidos de alegría hasta que cayó en un sillón, tan agotado y exhausto por sus
propias emociones, que tuvimos que verterle aguardiente en la boca para impedir
que se desmayase.
-¿Bueno está! ¡Bueno está! -dijo Holmes, dándole
palmadas cariñosas en el hombro-. He obrado mal en soltárselo de esa manera;
pero Watson, aquí presente, le -dirá que no acierto a prescindir de una
pincelada de dramatismo.
Phelps le cogió la mano y se la besó, exclamando:
-¿Que Dios le bendiga! Me ha salvado usted el honor.
-Sí, pero tenga en cuenta que yo me jugaba el mío -dijo
Holmes-. Le aseguro que a mi me resulta tan odioso el fracasar en un caso como a
usted cometer una pifia en un encargo oficial.
Phelps se guardó el precioso documento en el bolsillo
más recóndito de su chaqueta.
-No tengo alma para retrasar por más tiempo su
desayuno, pero me estoy muriendo de ganas de saber cómo se hizo con el documento
y dónde se encontraba éste.
Sherlock Holmes se echó al cuerpo una taza de café y
luego se dedicó al jamón con huevos. Acto continuo se levantó, encendió su pipa
y se acomodó en su silla.
-Empezaré por contarles lo que hice, y a continuación
por que- lo hice. Después de despedirme de ustedes en la estación di un
encantador paseo, cruzando un admirable paisaje de Surrey, deteniéndome en una
linda aldeíta llamada Ripley, donde me hice servir el té en un mesón, y luego,
como medida de precaución, llené mi frasco y metí en el bolsillo un paquete de
bocadillos. Me quedé allí hasta anochecido, y entonces volví a salir para Woking.
Poco después- de la puesta del sol me encontraba en la carretera de la parte de
fuera de la finca de Briarbrae. Pues bien: esperé a que la carretera quedase
desierta, aunque creo que nunca debe de estar muy concurrida, y trepé por encima
de la cerca, metiéndome en la finca.
-¿Por qué, si la puerta cochera estaría abierta? -se le
escapó decir a Phelps.
-Caprichos que yo suelo tener en estas cosas. Elegí el
sitio en que se yerguen los tres abetos y, cubierto por ellos, avancé sin
peligro de que pudiera verme nadie desde la casa; me agazapé entre los arbustos
que hay al otro lado, y seguí a gatas pasando dé uno a otro, como lo atestigua
el calamitoso estado de mis rodilleras, hasta que alcancé el grupo de
rododendros que hay frente por frente a la ventana de su dormitorio. Una vez
allí, me acurruqué y esperé los acontecimientos. No estaba echada la cortina de
su habitación, y veía a la señorita Harrison. que leía sentada a la mesa. A las
diez y cuarto cerró el libro, aseguró los postigos y se retiró. Oí cómo cerraba
la puerta, y tuve la seguridad de que lo había hecho con llave.
-¿Con llave? -exclamó sin poderse contener Phelps.
-Sí, yo le había dado instrucciones a la señorita
Harrison de que cuando se retirase a acostar cerrase por fuera y se llevase la
llave. Cumplió a la letra con cuanto yo le dije, y desde luego, de no haber
contado con su colaboración, no tendría usted ahora el documento en el bolsillo
de su chaqueta. Se retiró, pues, se apagaron las luces, y yo quedé agazapado en
el bosquecillo de rododendros. La noche era hermosa, pero, con todo, la vigilia
fue por demás fatigosa Claro que una espera así tiene esa especie de emoción que
siente el deportista que, tumbado cerca de la corriente de aire, espera la pieza
de caza mayor. Sin embargo, resultó larguísima, casi tanto, Watson, como cuando
usted y yo esperamos en el cuarto de la muerte al perseguir la solución del
problema de La banda de lunares. Allá en Woking, había un reloj de iglesia que
daba los cuartos de hora, y en más de un momento llegué á creer que se había
parado. Pero, al fin, a eso de las dos de la madrugada, oí de pronto el suave
ruido de un cerrojo que se coma hacia atrás y el crujir de una llave. Un
instante después se abrió la puerta de la servidumbre y apareció bajo la luz de
la luna el señor Joseph Hamson.
-¡Joseph! -exclamó Phelps.
-Traía la cabeza descubierta, pero se había echado
sobre los hombros una capa, para poder taparse en un instante la cara, si
alguien daba la alarma Avanzó de puntillas a la sombra del muro de la casa, y
cuando llegó a la ventana metió un cuchillo de hoja larga por la rendija de los
ventanillos y empujó hacia atrás el enganche. Abrió aquéllos, y luego metió el
cuchillo entre los postigos, levantó la barra y.los abrió de par en par. Desde
donde yo estaba dominábase perfectamente el interior de la habitación, y yo veía
todos sus movimientos. Encendió un par de velas que hay encima de la repisa de
la chimenea y acto continuo se puso a levantar la esquina de la alfombra cerca
de la puerta. Más tarde se agachó y levantó un trozo cuadrado de tarima, como el
que es corriente dejar para que los fontaneros puedan tener acceso a las puntas
de las tuberías del gas. El trozo en cuestión cubría la junta en forma de T, de
la que arranca la tubería que sirve a la cocina, que cae debajo. De ese
escondite extrajo ese pequeño rollo de papel, volvió a encajar la tarima, dejó
la alfombra como estaba antes, apagó las velas y cayó en mis brazos, porque le
estaba esperando de la aparte de afuera de la ventana. Pero e! señorito Joseph
es hombre de peores intenciones de lo que yo creía. Me tiró tres cuchilladas, y
tuve que derribarlo dos veces sobre la hierba antes de poder dominarlo. Me
produje un corte en los nudillos. Cuando terminamos la cosa, solamente veía él
por un ojo, pero en esa mirada se leía el asesinato. Sin embargo, atendió a
razones y me entregó el documento. Una vez éste en mi mano, lo dejé marcharse,
pero esta mañana telegrafié todos los detalles a Forbes. Si él se da prisa
suficiente y apresa a su pájaro, santo y bueno. Pero si, como yo me lo malicio,
encuentra el nido vacío para cuando llegue allí, tanto mejor para el Gobierno.
Yo me imagino que el señor Phelps, por un lado, y lord Holdhurst, por otro,
prefirirían con mucho que el asunto no llegue ni siquiera al tribunal
correccional.
-¡Santo Dios! -dijo sin aliento casi nuestro cliente-.
Pero ¿me quiere usted decir que durante esas diez largas semanas de agonía el
documento robado no dejó de estar conmigo en el mismísimo cuarto?
-Así es.
-¡Y Joseph! ¡Joseph, un bandido y un ladrón!
-¡Ejem! Me temo que el carácter de Joseph sea más
profundo y peligroso de lo que cualquiera juzgaría guiándose por las
apariencias. Por lo que me ha dicho esta mañana, yo calculo que ha sufrido
fuertes pérdidas especulando con valores, y que no parará en barras para mejorar
su situación económica. Como es un hombre totalmente egoísta, al presentársele
una ocasión no consintió que la felicidad de su hermana o la reputación de usted
le impidiesen obrar
Percy Phelps se dejó caer sobre el respaldo del
asiento, y dijo:
-Se me va la cabeza. Las palabras de usted me han
dejado atónito.
-La principal dificultad que presentaba el caso de
usted es que existían demasiados datos -comentó Holmes con su estilo didáctico-.
Lo vital se hallaba oscurecido y oculto por lo subalterno. De todos los hechos
que se nos presentaban teníamos que quedarnos con los que estimábamos
esenciales, para luego unirlos en su orden, reconstruyendo así esa notabilísima
cadena de acontecimientos. Yo empecé a sospechar de Joseph por lo siguiente:
usted tenía el propósito de hacer esa noche el viaje con él hasta su casa, y
era, por consiguiente, muy verosímil que él fuese a buscarlo de paso para la
estación.
Cuando supe por usted que alguien tenía tan gran
interés en entrar en su dormitorio, en el que nadie sino Joseph pudo haber
escondido algo (usted nos dijo en su narración que Joseph tuvo que trasladarse a
otro dormitorio cuando llegó usted con el médico), mis sospechas se
transformaron en certidumbre, sobre todo porque la tentativa tuvo lugar la
primera noche que faltó la enfermera, lo que demostraba que el intruso conocía
bien lo que ocurría en la casa
-¡Qué ciego he estado!
-Lo ocurrido, hasta donde yo he podido reconstruir los
hechos, es esto: Josep Harrison entró en el edificio por la puerta de Charles
Street y, como conocía el camino, fue derecho hacia el despacho de usted, en el
que entró momentos después que usted lo abandonó. Al no encontrar allí a nadie
tiró del llamador de la campanilla, y en ese preciso momento sus ojos se posaron
en el documento que había encima de la mesa.
Le bastó una ojeada para comprender que la casualidad
había puesto en su camino un documento de Estado de inmenso valor. Rápido como
el relámpago, se lo metió en el bolsillo y desapareció. Como usted recordará,
transcurrieron algunos minutos hasta que el adormilado ordenanza llamó su
atención hacia la campanilla, y ésos le bastaron al ladrón para llevar a cabo su
fuga. Marchó a Woking con el primer tren y, después de examinar su botín y de
convencerse de su inmenso valor, lo ocultó en lo que creyó que era un lugar
seguro, con el propósito de sacarlo de allí uno o dos días después para llevarlo
a la Embajada francesa o al sitio en que juzgó que se lo pagarían
espléndidamente. Pero usted se presenta de pronto y él se ve echado del cuarto
que ocupaba, sin que desde ese momento hubiese nunca menos de dos personas
presentes en el mismo, siéndole por ello imposible recuperar su tesoro. La
situación debió de ser como para volverlo loco. Por fin creyó llegada su
oportunidad. Intentó entrar subrepticiamente, pero se vio chasqueado por lo
ligero del sueño de usted. Como recordará, esa noche no tomó usted su medicina
habitual.
-Lo recuerdo.
-Yo opino que él había tomado medidas para que la
medicina tuviese eficacia esa noche, y que contaba con encontrarlo a usted
inconsciente. Yo me dije, como es natural, que repetiría su tentativa en cuanto
pudiera hacerlo sin peligro. La ausencia de usted le proporcionó la ocasión que
deseaba. Hice que la señorita Harrison no se moviese de allí en todo el día,
para que él no se nos anticipase. Después de haberle hecho creer que la costa
estaba libre, monté guardia, según ya les he dicho. Yo sabía que el documento se
encontraba probablemente dentro de la habitación, pero no quería hacer levantar
el entarimado y los zócalos para buscarlo. Le dejé, pues, apoderarse del papel
vigilándolo desde mi escondite, y de ese modo me ahorré un trabajo molestísimo.
¿Falta algún otro punto por esclarecer?
-¿Y por qué en la primera ocasión probó a entrar por la
ventana, siendo así que podía haber entrado por la puerta?
-Porque para llegar a la puerta habría tenido que pasar
por delante de siete dormitorios. Por otra parte, le era facilísimo salir a la
cespedera. ¿Algo más?
-Pero seguramente que no llevaría el propósito de
asesinarme. ¿Qué opina usted? Pensó servirse del cuchillo únicamente como
herramienta.
-Quizá tenga usted razón -contestó Holmes encogiéndose
de hombros-. Lo que yo puedo asegurar es que el señor Harrison es un caballerito
de cuya compasión no me gustaría, ni muchísimo menos, tener que depender. |